sábado, 27 de febrero de 2010

"MINI MASTER MIND", UN JUEGO DE MESA VETERANO

Aunque me siento un apasionado de la modernidad y de los avances tecnológicos, si hay algo que no envidio de la juventud e infancia actuales y recuerdo con cálida añoranza son los juegos de mesa. Cuando era niño, no había “PSP”, “XBOX” ni la “Play” para divertirnos, salvo los solitarios con las cartas, necesitas obligadamente la participación de más amigos.

No era de extrañar que nos bajásemos a la calle con nuestros juegos y compartirlos con nuestro grupo de amigos del barrio. Recuerdo cómo nos tirábamos larguísimas jornadas jugando al ajedrez, a las cartas, a los chinos, a las estampas de fútbol; ahora esto ya se ve menos o nada. Ni me acuerdo de cuánto hace que no veo a niños jugando en la calle al ajedrez, probablemente, mi recuerdo sea verme a mí mismo tirado en una calle de Begíjar, echando partidas, una tras otra, y divirtiéndome a raudales.

También teníamos adoración por juegos de mesa tales como “El Palé”, “Monopoly”, la lotería, el parchís y la oca, o los sempiternos “Juegos Reunidos Geyper”. Esto también operaba como una cadena de amistades y buenos ratos; uno iba a casa de otro a jugar a tal o cual juego y, como siempre, nunca terminábamos y el tiempo se nos había pasado en un santiamén.

La verdad es que en esto siento algo de orgullo por haber vivido aquella época, y desdeño, en cierto modo, los juegos actuales, los tecnológicos, porque aun entendiendo que algunos también permiten la participación en red (conectividad creo que se llama), se han perdido muchos de los alicientes del tradicional juego de mesa, que era sobre todo para eso, para jugar largas tardes, sentado en una mesa y arropado por esas faldillas que intentaban atrapar todo el calor del brasero.

Adonde voy a parar es que en los sofisticados juegos actuales prevalece el individualismo y, además, se fomenta escasamente la reflexión, el pensamiento, la inventiva, el raciocinio. Ahora todo es teclado y más que nada una cierta habilidad y manejo digital, por aquello de que se utilizan los dedos, de pensar... pues más bien poquito.

Esta pasada Navidad compré por Internet un juego que llegué a comprar cuando era niño, y que se perdería o se tiraría, no por mí que yo no tiro nada. Se trata del “Mini Master Mind”, un interesante y entretenidísimo juego en el que hay que utilizar el cerebro, el coco, para discurrir y adivinar una combinación secreta.

El juego no puede ser más sencillo en su concepción, tenemos una pequeña plataforma con diversos agujeros y fichas de seis colores diferentes, hay dos jugadores, uno se encarga de poner la combinación, el semiactivo o informador, eligiendo cuatro de esos seis colores y colocándolos en una determinada posición, en un lugar concreto de la plataforma, tapados por la misma, lo que impide que el otro jugador, el activo, el que piensa y que se coloca enfrente, la pueda ver.

El juego comienza y el jugador activo (pensador) propone una combinación al azar, el informante, a continuación, debe informar acerca de: a) los colores – fichas que están en la combinación secreta aunque en diferente posición y, b) aquellos colores que están en dicha combinación y en la misma posición. Naturalmente no se dice cuáles son, se informa para el primer caso colocando unas fichas blancas al lado de la combinación y, en el segundo caso, con fichas negras.

El jugador activo, con esos datos, tratará de establecer una nueva combinación haciendo deducciones acerca de qué colores están bien y en qué disposición. Nuevamente el semiactivo informará con las correspondientes fichas blancas y negras. Y así sucesivamente..., está claro que el jugador – pensador cuenta cada vez con más datos e información, hasta que termina hallando la combinación correcta, sin superar los seis intentos, ese es el objetivo del juego. Normalmente si uno es concienzudo y paciente, logra conseguir la solución, eso sí, con buenas dosis de cavilación y reflexión.

Pues sí, este juego recuerdo que en mi niñez llegó a ser muy popular y nos volvíamos locos, sí, ¡nos volvíamos locos de jugar a pensar! Estoy convencido de que a un niño de hoy día le enseñas el juego y, como poco, le llama la atención; las épocas cambian pero el espíritu y el corazón de un niño no. Y, al final, cuando estás con un niño y te tiras una tarde con un juego de mesa, creo que se da cuenta de que necesita de esto, de la familiaridad, de la complicidad, del calor de una diversión que hace que se vayan las horas como una exhalación.

Por cierto que también encontré este juego de “Mini Master Mind” en Internet, para jugar contra la máquina, que actúa como informadora; se presenta con más posibilidades, con seis, ocho y diez colores, para seleccionar cuatro o cinco, y con la posibilidad de que los colores se puedan colocar dos veces en la combinación secreta, todo un ejercicio de elucubración para perder una tarde entera, o dos.

sábado, 20 de febrero de 2010

"LA NOIRE DE", DE OUSMANE SEMBENE

El cine, como vehículo de comunicación y transmisión de la realidad humana, ha supuesto y supone una forma de vivir, una profesión, un mundo; sin ir más lejos, hemos podido ver la pasada semana cómo nuestra industria cinematográfica patria entregaba sus galardones en forma de Goyas.

En este auténtico arte cabe todo; todo se proyecta, todo se experimenta, cualquier expresión humana, por extraña o minúscula que nos pueda parecer, ha tenido su representación en el cine.

Como ya he comentado en alguna ocasión, soy un enamorado de Internet, esta enciclopedia de saber ilimitado que se renueva cada día, cada segundo, nos permite conocer y llegar con la mente a escenarios que jamás hubiésemos imaginado.

Esta herramienta ha posibilitado que podamos acceder a películas raras, de autores poco conocidos, de países escasamente desarrollados. En este sentido, una de las ilusiones que mantengo es la de intentar descubrir el mejor cine de todos los países del mundo, por recóndito o ignoto que sea.

En esta particular búsqueda he podido indagar acerca del cine africano, poco conocido per se, aun en nuestros días, con lo que resulta más atractivo y cautivador si nos remontamos al cine que se hacía en ese continente hace casi medio siglo.

Según los cinéfilos hay un nombre clave en la historia del cine africano, y es el senegalés Ousmane Sembene. Hace un par de años tuve la oportunidad de ver su cortometraje “Borom Sarret” (1963) en el que nos enseña la vida de un conductor de un carro, que se adentra en la parte colonial de la capital senegalesa, Dakar, para llevar a un cliente, pero le multan y le confiscan su medio de subsistencia. Sin duda, es un importante estudio sociológico de la época y, lo que es más interesante, se considera el primer trabajo cinematográfico realizado en África por un cineasta de raza negra.

Ousmane Sembene nace en 1923 y se alista en su juventud en el Ejército francés, pasando posteriormente a trabajar como estibador en el puerto de Marsella. Su formación y sus vivencias en Francia le marcan el futuro, y especialmente su afiliación al Partido Comunista Francés. La lucha de clases es el núcleo sobre el que gira toda su obra literaria (escribió una decena de libros) y cinematográfica.

Tras ese cortometraje que es un auténtico viaje iniciático, nuestro artista de hoy logra su madurez, a través del que es considerado en puridad el primer largometraje africano de la historia; se trata de “La noire de” (1966), traducido al inglés “Black girl”, y en español se mantuvo el título original, aunque lógicamente su traducción es “Chica negra”.

En este largometraje (que no lo es tal, pues su duración es de 55 minutos, por tanto, estamos al límite del tiempo que la RAE marca para diferenciar un largometraje de un mediometraje) nos muestra nuevamente la lucha de clases a la que antes aludía. Nos enseña la vida de los suburbios de Dakar, en contraposición con la parte colonial, europeizada donde viven los blancos casi abstraídos de la realidad senegalesa, en una especie de urbanización privada.

La historia cuenta cómo una joven senegalesa encuentra trabajo como criada para una pudiente familia francesa y se marcha a vivir con ellos a la Costa Azul. Todas las ilusiones que se había hecho la muchacha se desmoronan, pues se pasa todo el tiempo realizando labores del hogar, prácticamente sin descanso y con un trato un tanto despectivo por parte de la familia, sobre todo de la señora.

Mientras la chica negra se va obsesionando con su condición y planteándose muchas dudas acerca de su futuro en un país lejano donde no puede salir y no conoce a nadie, recuerda con nostalgia su vida en Senegal y las ilusiones que se hacía por viajar a Europa, de hecho, la película tiene saltos al pasado, a modo de flash-backs.

La situación se va enquistando hasta que la joven toma la decisión de cerrar su vida, cortándose las venas. El final de la película coincide con el viaje del marido de la familia a Dakar donde entrega a la madre de la chavala, la maleta con sus pertenencias, un fajo de francos que no acepta, y una máscara ritual que la chica le había regalado a la familia como signo de afecto al haber sido contratada.

Más que interesante ejercicio cinematográfico de Sembene que con las limitaciones propias de la época consigue narrar una historia con mucha convicción, sin estereotipos, muy real y que, desde luego, es un símbolo de la opresión inacabada de los países ricos sobre los pobres a lo largo de la historia.

viernes, 12 de febrero de 2010

BEGÍJAR, MI RETIRO ESPIRITUAL

En este rumbo sin definir o camino inexplorado por el que puede y debe discurrir esta bitácora particular, tengo también el deseo de que, de vez en cuando, sirva también como miscelánea de mis vivencias, de mi vida cotidiana, de mi opinión sobre este mundo.

Hoy hablaré de Begíjar, será porque este fin de semana voy a estar allí. Esta localidad jiennense representa para mí a día de hoy un retiro espiritual, un freno a la vorágine diaria y un encuentro con el pasado. Hoy con los cuarenta años ya rebasados, uno vuelve a sitios donde ha vivido mucho y que ahora visita ocasionalmente y todo desemboca en un reencuentro con los recuerdos.

Begíjar también ha representado siempre una especie de máquina del tiempo en la que parece que hicieras una regresión a hace cuarenta o cincuenta años. No digo con esto que mi pueblo (el que siempre está en el corazón) no sea moderno, pero siempre he tenido esa sensación. Puede ser porque la casa en la que me alojo, la de mis abuelos, mi casa, no ha sufrido prácticamente ninguna modificación decorativa desde que tengo uso de razón: muebles antiguos, enseres de antaño.

Por si fuera poco, la calle Espartero (al célebre General Baldomero Espartero le han quitado por costumbre el rango), una de las más céntricas de Begíjar se ha quedado algo muerta; la gente se ha hecho mayor, no ha habido relevo en los domicilios, por la emigración o porque los jóvenes han ido a vivir a otras zonas de expansión del municipio. Esto ha pasado en muchos pueblos, las calles céntricas están desiertas, no hay tráfico, las fachadas de las casas han permanecido inalteradas desde hace decenas de años. Por eso paseas por esas calles y no hay ruido, no hay nadie, hay paz y sólo olores, olor a pueblo, olor a lumbre de madera de olivo, olor a guisos, olor a campo...

También los pueblos como Begíjar tratan a duras penas de comulgar con tradiciones ancestrales y, no haría en mi casa moderna lo que, sin duda, me apetece realizar en esta isla de reposo y solaz: Comer tortillas (tortas de harina) los fines de semana, hacer jabón casero, comerse unas tostadas en la lumbre (ahora ya no tenemos), hacer embutidos...

El Begíjar interior, el del centro mantiene todavía muchas edificaciones antiguas, de piedra, como las que se hacían antes; el reencuentro con esas casas de antaño, con mujeres viejas que se asoman al quicio, le da sentido a mi vida. Todo es tan genuino, tan auténtico que, por momentos, pienso que este pueblo es el centro del mundo. Los entierros son recalcitrantemente protocolarios, las bodas son con mayúsculas, la autoridad manda, el que tiene estudios tiene un status y se le aprecia superior y, por descontado, allí no se va de bar en bar a tapear, allí coges el sitio en uno y no te vas hasta que no te canses o hayas cansado al camarero...

Allí están mis raíces, buena parte de mí, donde nacieron, crecieron y aprendieron a ser lo que hoy son mis padres. Moran mis gozos, mis penas, mis recuerdos, yacen muchos de mis seres queridos, ahí está parte de mi infancia, parte de mi yo.

Y Begíjar no tiene nada y lo tiene todo, para mí es un sitio al que, de vez en vez, gusta ir para descansar y disfrutar de una de las mayores pasiones del ser humano: estar con la familia.

domingo, 7 de febrero de 2010

SUMO, UN DEPORTE DE DIOSES

Hace algo menos de dos años y medio que en una de mis frecuentes navegaciones por Internet, estaba enzarzado en una de esas búsquedas de mi pasado, de vivencias que tuve hace muchos años y que ahora quiero rememorar, cuando redescubrí el sumo.

Recordé que allá por el principio de los 90, la novata cadena en ese momento Canal Plus tenía un par de programas que trataban sobre el deporte del sumo. Uno era los sábados por la mañana bien tempranito, a eso de las 8.30 h. y echaban un resumen de un torneo completo; el otro, quizá más conocido, era Transworld Sport, y en ese daban una reseña de los resultados del último torneo.

Eran aquellos años, en los que a algunos amantes de los deportes no les es muy ajeno haber visto y oído a las estrellas de aquella época, así el hawaiano Konishiki (que pesaba unos 300 kg. y al que apodaban “el camión de basura”), o los también norteamericanos Musashimaru (Samoa Americana) y Akebono, igualmente de Hawai. Me llamaba la atención cómo unos tíos tan gordos eran capaces de moverse por el círculo de combate con bastante destreza y ejercitar unas llaves increíbles.

¡Ah, qué tiempos los 90! No sé, añoro esos años, porque para un “friki” de corazón como yo, los medios de comunicación daban juego a lo que hoy ya no despierta ni el más mínimo interés. Entonces por lo menos podíamos ver algo de sumo en la tele, había secciones de filatelia en los semanales de los periódicos, la música New Age tenía programas de radio y hasta uno de televisión dirigido por el polifacético Ramón Trecet.

En fin, cuando inicié mi proyecto de bitácora sabía que el primer artículo que dedicara a los deportes, tendría que ser para el sumo. Era o es una manera de reivindicar deportes minoritarios, disciplinas con escasa o ninguna tradición en nuestro país y que en otros lugares son fenómenos de masas.

También sabía que en este calendario mental que me he marcado para actualizar el blog esta semana le iba a tocar al sumo. Y casualidad de las casualidades, esta semana, justo día 4 de febrero de 2010, se produjo la noticia más importante del deporte japonés en esta década, la retirada de un grande, de Asashoryu, actual yokozuna (máximo rango deportivo) en el sumo, que anunciaba en medio de lágrimas su decisión tras un incidente un tanto oscuro que tuvo hace unos días.

El último párrafo lo dedicaré a Asashoryu porque creo que se merece un homenaje, pero entrando en materia, ¿por qué me gusta el sumo? Como he dicho antes, resulta sorprendente y espectacular el ver a gigantones de más de 150 kg. cómo se mueven con destreza por el dohyo (así se llama el círculo de combate). Y es que es un deporte en el que se mezclan la fuerza física, la inteligencia, la velocidad, la resistencia y, sobre todo, disponer de una gran capacidad mental.

Uno de los elementos caracterizadores del sumo, en lo estrictamente deportivo, es que las reglas son muy sencillas; se trata de un combate de dos luchadores en el que se vence o sacando al contrincante del círculo o que este toque en el dohyo con cualquier parte de su cuerpo, a excepción lógicamente de la planta del pie.

Existen seis divisiones, las dos primeras son las profesionales, y tienen sus nombres no como en el fútbol que es 1ª y 2ª. La máxima categoría se llama “makuuchi” y la segunda es “juryo”. El sistema de ascensos y descensos de los luchadores también es muy simple. Hay seis torneos al año que duran quince días (todos los meses impares), en las divisiones profesionales hay quince combates y en las inferiores sólo siete. Uno asciende en el ranking (“banzuke” otra palabreja nipona), si tiene un balance de más victorias que derrotas, y lógicamente se asciende o se desciende más rápido cuanto más contundente es ese balance, es decir, no es lo mismo ganar 7 – 0 que 4 – 3 en las categorías inferiores, como no es lo mismo perder por 7 – 8 o por 1 – 14, en makuuchi.

No quiero extenderme mucho porque quiero dedicarle al sumo otras entradas en el futuro; pero sí me gustaría añadir que otro de los ingredientes de este deporte ancestral japonés es que está perdiendo un poco de su esencia oriental y se está convirtiendo en un deporte más global. Ya ocurrió que en la década de los 90 dominaron el banzuke luchadores estadounidenses o de colonias de este país; en el principio del nuevo siglo y hasta la actualidad, los dominadores son de Mongolia con una legión incesante de sumotoris de ese pequeño y remoto país; ¿y en la próxima década? Pues podrían ser muy bien rikishis (otro término sinónimo de luchador) europeos e incluso algún sudamericano. Los japoneses llevan ya varios años buscando un yokozuna, el rango más alto del sumo y al que todos aspiran por sus privilegios y el halo de casi divinidad que lo envuelve, y no se ve un sustituto del último yokozuna japonés, Takanohana, que se retiró en 2003. De hecho, uno de los mejores japoneses, Kaio, resiste entre los mejores con nada menos que 37 años. Mientras, como digo, los mongoles se han revelado como unos luchadores muy competitivos, hay casi un 25% en la máxima competición, y hay otros europeos llamando a las puertas; estos son los más importantes con sus nombres japoneses que han tomado para luchar: Kotooshu (Bulgaria), Baruto (Estonia), Tochinoshin (Georgia), Aran (Rusia), Kokkai (Georgia). Por cierto, se acerca con rapidez a las categorías profesionales un luchador de procedencia exótica, el brasileño Kaisei, que podría dar mucho juego en los próximos torneos.

Y para terminar, Asashoryu, se marcha este gran yokozuna que ha sido el tercero que más torneos ha ganado en toda la historia de este deporte. Y se va antes de que le echen, porque su fortaleza y dominio en el dohyo ha sido proporcional a su escasa discreción fuera del mismo. Hace unos años lo pillaron jugando al fútbol en Mongolia, cuando se había negado previamente a realizar un torneo de exhibición alegando problemas físicos, ha sido poco honorable con sus rivales, y la última es que en el transcurso del último torneo de hace un par de semanas y que, por cierto ganó, agredió a una persona a la salida de un bar, cuando estaba visiblemente borracho. Se ha ido porque de otra manera lo iban a echar, y es que como decía Julio César, “la mujer del César no sólo debe ser honrada sino parecerlo”, y este mongol, leyenda viva del sumo ha sacado muchas veces los pies del tiesto, y para un deporte ancestral y con tantos protocolos y ceremoniales, eso era inconcebible.