"LA MALA MUERTE", DE FERNANDO ROYUELA

Todos los años tengo una novela estrella: la que más me ha gustado o más me ha sorprendido en ese período cronológico, y creo que la de 2026 ya ha llegado. Empezada sin demasiadas expectativas, en cuanto pasas las tres o cuatro primeras páginas te das cuenta de que estás ante una lectura distinta de todo lo que has leído antes.

Las palabras, sirviendo de trampolín para malabarismos idiomáticos de lo más extravagantes, nos traen una historia tan burbujeante, tan irreverente y provocadora, que es inevitable reaccionar —para bien o para mal—; en mi caso, lo primero.

Y es que Fernando Royuela, autor al que no conocía y que no se ha prodigado demasiado en su carrera literaria —esta novela es del año 2000 y no tiene más de diez trabajos posteriores—, se arma de una imaginación desbordante y nos suelta una historia entre lo cómico —quizá tragicómico—, lo sarcástico y definitivamente lo picaresco.

Es como si un personaje del siglo XX quisiera reverdecer los laureles de aquellas viejas historias de «El Lazarillo» y otros personajes de similar pelaje, pero con la particularidad de que es un enano y de que lo que nos cuenta ya lo hemos vivido nosotros. Y aunque ya haya transcurrido un cuarto de siglo desde la publicación de la novela, su crítica social sigue plenamente vigente hoy.

Porque Gregorio nació enano, un acondroplásico, como diríamos hoy. Pero no busquen la expresión «acondroplásico» en el libro por ninguna parte, porque básicamente dista mucho de ser una novela políticamente correcta. No; de hecho, es muy incorrecta. Es una historia sin pelos en la lengua, escatológica, obscena, descarada y hasta impertinente. Me reitero: o te gusta o no te gusta; no puede haber medias tintas. Es tan supurante que tienes que posicionarte en uno de los dos bandos.

Gregorio es un hijo de puta. Lo es literalmente, porque su madre tenía tal condición, y luego, en sentido figurado, se convierte en un hijoputa en su vida, de los que tienen mal fondo. Pero es que su jodida existencia lo hizo así; o tal vez esa sea su manera de reaccionar ante los escarnios que sufre a lo largo de su vida, especialmente en su primera etapa.

Tiene una infancia difícil en una zona rural. Su madre apenas le hace caso; su hermano Tranquilino es su principal enemigo. No sufre más que reveses: los niños, las niñas, el cura, las autoridades, el maestro… nadie tiene un atisbo de compasión. Pero él va tomando conciencia de su situación y comienza a rebelarse.

La novela, en este punto, es de una jocosidad inusual. Las vicisitudes del pequeño Gregorio son desternillantes y el autor hace gala de una imaginación sin límites para ilustrarnos con las pequeñas venganzas del protagonista, las cuales serán su seña de identidad a lo largo de la narración.

Más tarde será vendido literalmente a un circo por su madre. Allí conocerá a una serie de personajes de lo más histriónico que me recuerdan a aquella vieja película norteamericana —de culto a todas luces—, «La parada de los monstruos» (1932), de Tod Browning. Entre esos personajes destaca Gurruchaga, que viene a ser su mentor: una suerte de poeta de la vida que, entre paletada y paletada de excrementos de fieras salvajes —que es a lo que se dedicarán ambos, es decir, a limpiar las jaulas de los animales—, le ofrecerá por primera vez en la vida una mano amiga, cierta conmiseración hacia él y hacia una sociedad —la de la España de finales del franquismo— que es esquiva con los miserables de la vida y aún más con los minusválidos (cuando yo era niño, se llamaba directamente “subnormales” a los discapacitados mentales; incluso esta última expresión ya tampoco es de recibo hoy).

«La mala muerte» es el sino de muchos de los personajes de la novela, porque sus vidas los abocan a ella o porque nuestro Goyito —al que también se le llama así— procura, con mayor o menor razón, o ninguna, que tengan un mal final. Sí, porque en su rebelión contra la vida, contra la sociedad, viniendo de donde viene —desde el fondo más profundo de las escalas sociales, trasegando mierda de león, recibiendo puntapiés y empellones—, ha decidido que su manera de vivir consistirá en trepar sea como sea y cortando la cabeza de quien haga falta. Y, por cierto, no se corta un pelo: lo hace a cara descubierta, ofreciéndonos muestras de su mala baba, porque él, además, es el narrador de la novela.

Bustamante será su primera víctima: un guapo y seductor malabarista del circo, un canallita que también procurará ser buen amigo de Goyo, que le invita a mariscadas y a ir de putas… Pero este se lo quita de en medio, se la juega. ¿Por qué? Pues porque nuestro personaje es así.

Con el circo en decadencia, Gregorio se bate en retirada y aterriza en el Madrid de finales del franquismo. Allí se moverá por los bajos fondos, donde la mendicidad se mezcla con la picaresca y la rapiña, el hurto y la pillería. Allí conocerá a Magro el Tuerto, quien será su benefactor durante unos años.

Mientras vive haciendo malabares en los suburbios de la sociedad, asistirá en directo a la Transición, codeándose con gente de poder, puesto que comenzará a trabajar de soplón infiltrado en grupos de izquierda. Quizá la novela pierde algo de fuelle ahí, más metida en política y en ese repaso a la historia contemporánea española. Tal vez los personajes —aunque todos estén sacados de quicio— resulten menos interesantes que los de la primera parte.

Allí conocerá a Fe Bueyes, una vieja comunista que bien podría ser un remedo de Dolores Ibárruri, a la que servirá como si de un mayordomo se tratase. En esa relación llena de perversión e interés, Fernando Royuela hará una crítica adelantada a lo que hoy vemos en muchos políticos de izquierdas: esos que predican igualdad de clases y reparto de riqueza y luego son los primeros en comprarse un casoplón de cientos de miles de euros en zonas exclusivas, vestir ropa de diseñadores prestigiosos y mandar a sus hijos a colegios privados.

Finalmente, Gregorio triunfará. Es algo que va anunciando a lo largo de la novela; no es ningún misterio. Lo hará metiéndose de lleno en un negocio de comida rápida, y descubriremos también qué catapulta ese ascenso. El triunfo implicará cierta denigración social: la de quienes no soportan que un enano pueda manejar más poder que los «normales».

Igualmente, mientras vas leyendo la novela, percibes —por las alusiones constantes que hace Gregorio— que se le aparece un ente del otro mundo que pareciera venir a por él, como una manera de repasar su vida. Y en realidad eso es exactamente lo que hace. En ese itinerario vital, el personaje es definitivamente un trepa y un cabronazo de mucho cuidado. Adorable, por cierto; al menos para mí.

Una novela que es todo un descubrimiento, con un lenguaje culteranista que te obliga inevitablemente a mirar el diccionario. A veces demasiado barroco, hasta el punto de llegar a exasperar, pero en cualquier caso chispeante y grandioso.

Es densa, surrealista por las historias imposibles que cuenta, y su crítica social es tan amplia que daría para analizarla durante muchísimas tertulias. Sinceramente, no sé por qué no se hizo una película o una miniserie basada en esta novela. Es, sin duda, una joya escondida de la literatura contemporánea española.

La portada de la edición de Alfaguara —que es la que yo he tenido entre las manos— reproduce el cuadro «El gran masturbador», de Salvador Dalí; ya se pueden hacer una idea de algunos pasajes del libro. En otras portadas también aparece una serie de lápices alineados, entre los que resalta uno más pequeño que el resto; quizá una metáfora menos potente que la anterior.

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