Tengo ahí, en el lateral, un listado de etiquetas que conforma el ecosistema de este blog. Algunas de esas etiquetas nacieron con la vocación de desarrollarse en el tiempo. El blog es el reflejo de mi vida y unas avanzan más y otras han quedado reducidas casi a lo testimonial.
Una de las que nació con vocación de tener presencia y regularidad es la de «Juegos», y dentro de esta, en mi fuero interno, quería haber hablado de videojuegos, como en alguna ocasión he hecho, pero lo cierto es que ya no juego a videojuegos, y eso me ha limitado.
Digamos, y de algún modo me congratulo por ello, que conociéndome es hasta mentalmente higiénico y humanamente satisfactorio que no hable de videojuegos, porque reconozco que en mis años mozos le tenía cierta pasión. Mi juventud tenía como uno de los núcleos gravitatorios esenciales los clásicos recreativos de los años 80 y 90 que hoy ya han muerto, me tiraba horas viendo y también jugando.
Con la venida de Internet y las consolas con juegos sumamente realistas los recreativos dejaron de existir que no el ánimo de jugar ni mucho menos el de quedarse embelesado durante horas tratando de superar pantallas, retos, marcar goles o matar a un ejército de enemigos.
Y como me conozco no juego, desde hace tiempo, que no niego que me gustaría, me divierte y me entretiene. Tengo una Xbox del año 2005 y mi hijo sí juega con ella de vez en cuando (que aunque tiene veinte años de antigüedad ya tenía juegos chulísimos), pero yo no, porque sé que caer en la tentación podría significar perderme. La última vez que recuerdo un «enganche» importante sería hará unos quince años que me puse a jugar con un hipnotizante juego de coches que se llama «Need for Speed», recuerdo que me quedé un viernes hasta las 4 o las 5 de madrugada superando pantallas; ya digo que no es nada sano y por eso digo que me congratulo de no meterme en estas historias, porque reconozco que son adictivas.
Sin embargo, a veces tengo la tentación, ahora ya controladísima, de recuperar algún juego en línea de los que en algún momento de mi vida me han robado el tiempo, aunque también me han entretenido. Creo igualmente que, aun habiendo dejado atrás esa deriva del juego, cuando intento reverdecer viejos laureles lo hago con tanto control que soy capaz de decirme a mí mismo, que media hora y se acabó. Además tengo que decir que incluso me autoconvenzo de que la práctica limitada puede tener un efecto incluso terapéutico. Y es que si tienes algún agobio, algún atranque, cualquier cuestión que te preocupa y no te deja avanzar, puedes jugar a ese juego que sabes que lo vas a disfrutar, que te reconecta con el pasado, y te puedes relajar y recibir una recompensa mental.
No creo que el otro día cuando se me ocurrió jugar a este juego que presento hoy yo estuviera en una mala condición, simplemente decidí recordar este juego titulado «Ultimate Assassin», que la lógica hispana podría intentar traducirlo como «el último asesino», es más correcto «el asesino letal», o «el asesino definitivo».
Pues sí, cargándose a gente para desahogarse. Lo de atribuir conductas violentas por el mero hecho de jugar a un juego con un componente beligerante siempre me ha parecido una ida de olla de determinados psicólogos; la mayor parte de la gente tiene la cabeza perfectamente amueblada y sabe que entre la realidad y esa ficción hay un abismo, otra cosa es que haya gente trastornada que ve en las redes una continuidad con la vida real.
Si hay algo que me cautiva de determinados tipos de videojuegos es su simplicidad, creo que con el tiempo se han hecho ya juego tan complejos que casi hay leerse un manual para poder manejarlos y luego conocer la estrategia. A mí me gustan esos juegos que tienen tres reglas básicas y precisamente por eso, por lo simples y el resultado que te ofrecen de satisfacción personal, te da mucha recompensa rápida, creo que lo que se llama la jugabilidad.
Tampoco es que entienda mucho yo de tecnología pero creo que el juego funcionaba con un tipo de programa que se llamaba, o se llama, porque todavía funciona, Flash; y esto solo permite jugarlos en línea, en la red, dentro de una web y, en consonancia con ello, no se puede desde el teléfono o desde una tableta.
Pero vayamos al pastel, este asesino letal tiene una misión y es que en una en una especie de casa, que podría ser una prisión o un internado. A veces resulta un tanto laberíntica, con sus paredes y recovecos. Allí tiene que matar a su objetivo, para eso se vale de un puñal (o imaginamos que lleva un puñal, porque en pantalla apenas vemos un punto negro, una silueta desde una posición cenital), el objetivo es otro punto, en este caso de color verde, pero con el inconveniente de que ese objetivo tiene varios defensores (guardias), armados con fusiles y moviéndose constantemente. Cada uno de esos fusiles tiene un punto de mira o una zona caliente, si en esa zona estás tú, estás muerto.
Estás muerto o casi porque el juego te permite dos ayudas, la primera es que te puedes hacer invisible, tocando una tecla; la segunda, con otra tecla es que puedes correr, vas más rápido, aunque ambas ayudas lo son por tiempo limitado, apenas cinco o diez segundos. Esas ayudas gastan tu energía de manera momentánea, pues se recupera aunque de manera más lenta que cuando haces uso de ellas. No obstante, y dependiendo de la complejidad del juego y lo despistados que estén los polis muchas veces te da para conseguir el objetivo. En realidad, el juego o la pantalla no termina ahí, porque cuando asesinas a tu enemigo debes escapar a través de una especie de agujero negro (creo que es verde), que no siempre está cerca de donde has cometido el crimen. Y, por cierto, en cuanto los guardias detectan con su zona caliente o su punto de mira que hay sangre, porque tú vas dejando el rastro, tienen unos segundos de locura y van moviéndose de forma muy rápida para intentar localizarte.
A todo esto, los movimientos son bastante «analógicos», como tú manejas a tu asesino con el cursor, apenas puedes mover hacia arriba, hacia abajo, izquierda y derecha, o en diagonal tocando dos teclas del cursor a la vez.
Ni que decir tiene que la simpleza del juego te permite intentar el asesinato las veces que quieras, realmente si quisieras hacerlo bien deberías armarte de paciencia ya que los policías no tienen instinto de sabuesos, pero como lo que tú quieres es pasar pantallas, como digo, no hay límite de vidas, pues arriesgas para conseguir el objetivo: asesinar y escapar.
Es más que probable que este juego tenga más de un cuarto de siglo de existencia y, lo voy adelantando ya, tuvo dos secuelas más, el Ultimate Assassin 2 y 3. Quiero creer que el 1 tenía unos veinte niveles, que lógicamente se iban endureciendo a medida que ibas avanzando, con más guardias, prisiones más sofisticadas y con más recovecos, que a veces era misión imposible llegar al objetivo sin ser visto.
Desde luego que el Ultimate Assassin 1 lo superé y el 2 no cambiaba mucho la dinámica, más que el plano de la casa era algo más colorido y las texturas más elaboradas, también debía tener otros veinte niveles que progresaban en dificultad. Y preparando este texto comprobé que hubo una tercera entrega a la cual nunca recuerdo haber jugado.
A este tipo de juegos, de los que salieron mucho a principios de siglo se les llamaba juegos de sigilo, en 2D, e incluso había gente que los llamó juegos de mafia.
Si eres de paciencia y relax, este juego, que sigue siendo operativo y fácilmente encontrable, puedes pasar un rato de divertimento y liberación de tensiones; aunque eso sí, para gente impaciente o desesperada este juego no es de ese perfil, porque una de las mayores frustraciones es haber matado al objetivo después de varios veces y minutos de intentarlo y cuando vas a escapar por la trampilla, ¡zas!, te localizan y tienes que empezar de nuevo.
Y, por último, a título de broma macabra, los guardias hablaban (en inglés), sobre todo cuando te localizaban y si te mataban hacían un comentario irónico o jocoso después de haber cobrado su pieza.


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