sábado, 15 de febrero de 2020

"THE IT CROWD", EL PARTICULAR HUMOR INGLÉS CON TINTES DE MODERNIDAD

Nadie duda del éxito que tuvo «The Big Bang Theory», es más, pese a ser una serie acabada la onda expansiva la seguiremos sintiendo durante muchos años; probablemente generaciones venideras se seguirán riendo con las ocurrencias de sus personajes, como hoy nuestros hijos también se parten con los entresijos de «Friends» que dejó de producirse hace ya más de un cuarto de siglo. Y, sin embargo, a tal cúmulo de originalidad, en lo que a la serie de los cerebritos se refiere, podríamos achacarle cierto plagio, o en realidad cierta inspiración en una comedia de situación británica que comenzó a funcionar dos años antes, en 2005, y que sugiere ciertas similitudes con los personajes.

«The IT crowd», que fue traducida en España como «Los informáticos» y que en una transcripción más ajustada y literal sería algo así como el equipo o grupo de informática, narra las absurdas aventuras de un pequeño departamento de informática de una importante multinacional, Industrias Reynholm, de la cual curiosamente nunca se llega a saber a qué negocio productivo se dedica.

Muy al principio la aparentemente sosegada, pacífica y friqui existencia de Roy Trenneman (Chris O’Dowd) y Maurice Moss (Richard Ayoade) se verá alterada por la llegada de su supervisora o responsable de departamento, Jen Barber (Katherine Parkinson). En un panorama de absurdidad en que se mueve la serie, Jen hace suyo uno de los axiomas de la Ley de Murphy de que «todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia», en este caso, a esta joven no le sirve nada más que hacer una entrevista ridículamente absurda para obtener el puesto en una materia de la que no tiene ni idea, es decir, no sabe de ordenadores, todo lo más encenderlos y apagarlos.

Jen que es errática en sí misma porque su existencia en la empresa se sustenta sobre una gran mentira, compite con sus dos compañeros en ser extravagante de todo punto. Tal vez no lo consiga pero poco le falta. Roy es irlandés y quiere parecer un tipo de su tiempo, aparentemente normal, pero es un inadaptado, no conecta con las mujeres, no se comporta, no para de meterse en líos porque su inteligencia con los ordenadores es inversamente proporcional a su inteligencia emocional. Moss es el friqui por antonomasia, casi el preludio de Sheldon Cooper, probablemente tiene algo de Asperger, no entiende dobles sentidos, viste de la misma manera siempre, con pantalón de pana, camisa de cuadros y corbata que mete en el pantalón, rematado por una raya hecha exageradamente sobre un pelo ensortijado; sus gestos, palabras, movimientos… son casi robóticos; sus relaciones con el mundo exterior siempre están llenas de malentendidos.

Dilucidar qué personaje de los tres está más fuera de sitio se antoja complicado, porque aunque Jen es la aparentemente más cuerda, luego no es capaz de comprender las cuitas de sus inteligentes aunque raretes compañeros, ni muchas cosas que ocurren alrededor, quizá no entienda ni a la sociedad misma. Pero es que Roy es un poco mentecato y no sabe en qué mundo vive, y al final Moss, en su propio mundo de felicidad, tampoco nos parece tan extraño comparado con ellos.

Claro, que un equipo de estas características llamaría mucho la atención estuviera donde estuviera, en todos sitios salvo en Industrias Reynholm, donde aparte de no saberse su ramo de actividad, su dirección y sus trabajadores son totalmente absurdos, y el equipo informático es la punta de lanza o no, simplemente una expresión más de una empresa donde nadie es normal. Ni tan siquiera su presidente Denholm Reynholm (Chris Morris), cuya ridiculez alcanza un grado sumo, y que más o menos a la mitad de las cuatro temporadas que dura la serie muere de una forma trágicamente ridícula, y le sustituye su hijo Douglas Reynholm (Matt Berry), más ridículo si cabe, tan ridículo que, al igual que su padre, no sabe dirigir la empresa y lo que es más importante, probablemente el hecho de que no sepamos a qué se dedica la empresa es también porque sus rectores ni tan siquiera conocen este extremo. De hecho, ambos personajes no tienen otra motivación en la vida que ser narcisistas aunque eso implique pisotear a todo el mundo.

Me ha hecho mucha gracia la serie porque rememora otras producciones británicas viejunas y añejas que veía cuando era niño, Benny Hill, Alló Alló, Un hombre en casa o Los Roper; y es que pese a la aparente vis seria y circunspecta del ciudadano inglés, el humor procedente del Reino Unido tiene una característica seña de identidad y es que se ríe de sí mismo. Es un humor muy personal y que precisamente gravita sobre las personas, a las que saca de quicio en sus rasgos identificativos, y todo se lleva al extremo del absurdo.

No busquen en esta producción nada de seriedad, ni un solo personaje más o menos relevante es normal, cualquiera de ellos se ríe de los demás, se ríe de sí mismo, pero es que los demás se ríen de él.

Y a todo esto, ¿los informáticos resuelven algo? Aunque no hay un hilo conductor muy exagerado en la serie, aunque sí se recuerdan hazañas previas de un capítulo para otro, lo cierto es que hay una máxima en Industrias Reynholm y es que el equipo informático es irrelevante, no es que nadie sabe a lo que se dedican, sino que sus personajes no son «populares», hasta el punto de que prácticamente nadie se sabe sus nombres.

Y, por supuesto, nuestros informáticos también gozan de las ventajas de su estatus de bichos raros y de que precisamente en su materia son intocables. En ese punto se han convertido en algo vagos porque ellos entienden que todos los que hay a su alrededor son unos catetos tecnológicos y también se escudan en su anonimato. Su vaguería les ha llevado a automatizar una pregunta que lanzan, sin mediar palabra, cada vez que descuelgan el teléfono cuando suena: «¿ha probado a apagarlo y encenderlo?».

Pues nada, si queremos echar unas risas sanas, refrescando el humor inglés de toda la vida, sazonado con algo de aires actuales, dispongámonos a ver esta serie que se digiere con rapidez (capítulos de apenas veinte minutos de duración), cuatro temporadas, y en la que apreciamos una precursora de la aclamada serie estadounidense «The Big Bang Theory».

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