domingo, 7 de febrero de 2016

"3, 2, 1... CONTACTO", LA DIVULGACIÓN PARA LOS MÁS JÓVENES TAN AÑORADA HOY

No es la primera vez, ni probablemente será la última, que me asomo al balcón de mi bitácora para pregonar con anhelo el recuerdo de los programillas divulgativos de televisión que veía cuando era joven, y a la par, para criticar la escasa oferta que nuestros niños o jóvenes tienen de espacios de ese carácter en la actualidad.

La oferta especializada en jóvenes y niños directamente no existe en las cadenas generalistas, lo han dejado todo en manos de los canales infantiles y juveniles, que tampoco ofertan nada especial, sino una sucesión inacabable de series de dibujos animados o de ficción; a todas horas igual. Algo es algo porque al menos nuestros pequeños se libran de ver otras ofertas televisivas de corte antediluviano.

Cuando hablo del corte antediluviano me refiero a la programación vespertina de Telecinco, plegada a la bazofia de espiar la vida de una serie de personajes populares, que no públicos, alimentados y mantenidos por estos propios programas y que tienen como mayor logro haberse acostado con alguien, haber puesto cuernos, o haber mostrado sus partes pudendas en algún bolo.

Yo siempre digo que cuando Televisión Española era un monopolio creo que trató a los jóvenes con dignidad; podían haber hecho lo que les hubiera dado la gana, estaban ellos solos y daba igual lo que pusieran porque lo íbamos a ver de todas maneras, o no; pero muchas veces acertaban y el poso que nos dejó es mucho mayor que el que nos dejan los programas de hoy, al menos para mí y esto sin considerarme una persona varada en el pasado.

Curiosamente sé que hubo en TVE diversos programas de divulgación científica o social cuando yo era niño. Me acuerdo de un tal Dr. Rosado que en la década de los 70 era un personaje mediático televisivo, que llegó a tener un programa para niños muy entretenido donde se nos ofrecía consejos de muy diverso carácter, no recuerdo el nombre, aunque sí sé que este Dr. Rosado fue detenido varias veces por diversas fechorías.

Este programa que traigo hoy a colación fue uno de los más conocidos de mi generación, probablemente supusiera una innovación en cuanto a programas divulgativos para jóvenes se refiere. Era un producto foráneo, es decir, que se funcionaba con una licencia, y esta era además estadounidense (3-2-1 Contact), con lo que el éxito de «3, 2, 1... Contacto» estaba garantizado aunque sólo fuera porque estaba auspiciado por la productora de un país que nos llevaba varios años luz de distancia.

Bajo el marco de la didáctica, el programa contenía espacios enlatados, minidocumentales que trataban algún tema divulgativo relacionado con la ciencia, el medio ambiente, el funcionamiento de la sociedad humana, etc. E igualmente también disponía de otros espacios, todos de corta duración y ahora diré por qué, en los que algún profesor comentaba algún aspecto que introducía la temática del programa, o había alguna entrevista a algún personaje de relevancia en el mundo de la ciencia en su sentido más amplio. Pero lo que era más que relevante o llamaba la atención a la comunidad de jóvenes televidentes es que un grupo de jóvenes actores españoles se concentraban en una buhardilla y en un lenguaje muy cercano aplicaban de forma práctica alguna cuestión que se desarrollaba en el programa.

Todo esto se realizaba en un formato comprimido, ¿por qué?, pues porque el programa duraba veinticinco minutos, que con los anuncios privados de la televisión pública, esos que no tenemos ahora aunque veladamente también hay, pues se convertía en una media hora muy bien aprovechada.

Lo de la buhardilla de los jóvenes tenía su aquel, y es que entre el elenco de actores juveniles, estaba la siempre recordada Sonia Martínez, una actriz que se convirtió en un icono para muchos chicos de mi edad, una morenaza bien guapa, y simpática (en la tele) que respondía inopinadamente a la imagen de ser el «ligue» deseado por media España. Entre esta Sonia y la también morena que cantaba en el grupo musical Parchís, copaban mis platónicas preferencias femeninas, nada exacerbadas, de verdad, en aquella época. Esta Sonia Martínez hay que decir que los de mi generación tendrán un infausto recuerdo, pues fue eligiendo caminos incorrectos y la marginalidad, las drogas y el sida se la llevarían por delante con apenas treinta años.

El programa aparte de tener una sintonía molona que también podrán recordar los de mis yerbas, podemos decir que tenía una temática adelantada a su tiempo; ya que se destilaba una cierta tendencia a tratar asuntos que comenzaban a preocupar, la contaminación, la desertización, el cambio climático, y a la par se buscaban respuestas desde la ecología, el consumo, la acción individual...

Aunque tengo vagos recuerdos del programa, me queda esa sensación de que me gustaba mucho, de que merendar con un bocadillo de chorizo viendo este programa era uno de esos pequeños grandes placeres a los que podía aspirar un joven que venía hambriento del Instituto, y sí, teníamos clase por las tardes (opción que no veo nada mal en la actualidad para nuestros niños y jóvenes); y es que el programa era por la tarde, de lunes a miércoles, justo a esa hora, sobre las 18.30 h., en la que llegábamos a casa tras una jornada partida pero intensa en las aulas.

Dentro de esos recuerdos remotos creo que una vez se mostró cómo era un traje de astronauta y llegaron a entrevistar a uno de los astronautas que llegaron a la Luna en el Apolo 11, Armstrong no era, estoy seguro, por lo que probablemente fuera Aldrin.

El programa estuvo en antena entre 1982 y 1983, posteriormente en una segunda etapa saldría a las pantallas de 1990 a 1992 los sábados, pero esa etapa ya me pilló más mayorcete en mi época universitaria, y ya tenía otros focos de atención.

En fin, un programa chulo, que para el que no se acuerde basta con que pinche en Internet la melodía del programa, o la foto de Sonia Martínez, y revivirá aquellos años.

sábado, 30 de enero de 2016

BLISS, EL MEJOR CHILL OUT DANÉS CON NOMBRE DESAFORTUNADO

¿Puede haber algo peor que el hecho de que seas no muy conocido en el mundillo de la New Age? Pues sí, si ya es raruna la música New Age en un océano de miles de posibilidades de grandes creaciones con un público limitado, aún se le puede dar una vuelta de tuerca más, y es la realidad tangible de que tengas un nombre poco atractivo. Bliss, significa felicidad en un montón de idiomas, con esas cinco letras se dicen muchas cosas en muchas lenguas del planeta y, sobre todo, en las indoeuropeas.

Dicho esto, con una palabra tan sonora no es extraño que se haya utilizado por diversos grupos de música a lo largo de la historia (que se llaman así), hay discos con ese título, películas, calles, plazas. Si yo quisiera montar un grupo de música en España no se me ocurriría llamarlo «Amor» porque buena parte del éxito se lo lleva el nombre, y habría de optar por algo compuesto si puede ser posible (La oreja de Van Gogh, La quinta estación, El sueño de Morfeo, Alaska y los pegamoides, Mago de Oz...). Si tuvieras que hacer música New Age y que no fuera fácil encontrarte y reducirte a ti mismo tu ámbito de actuación, pues tú mismo, ponle Bliss, y la gente de a pie apenas sabrá a qué grupo Bliss te refieres, de los que hay en la actualidad musical.

Este Bliss que yo asaco aquí en esta humilde entradilla es el Bliss de Dinamarca, un grupo relativamente conocido en ese país escandinavo, donde me consta que son muy aficionados a la música ambiental. De hecho, con este grupo creo que hablo por primera vez en este blog de la música chill out, una música ambiente relajante y tranquilizadora, de esas que puedes escuchar en un gimnasio, balneario o pub de playa, seguro que alguna vez hemos experimentado esto.

La música chill out es transparente como pocas, es de esas que cierras los ojos y parece que surge de cada uno de los rincones que hay a tu alrededor, de la naturaleza. Es nada invasiva, es como una respiración, un susurro; y a mí me ocurre que la música no invasiva me invade un montón, es cuando me siento mejor, si estoy bien, es cuando pienso que egoístamente estoy en el centro del universo por un momento.

Pues este grupo danés está plenamente vigente, en la cresta de la ola, desde su nacimiento en 2001 siguen produciendo composiciones que sus adeptos alaban como fanáticos, pues se trata de este formato de músicas que enganchan y varios elementos colaboran en otorgarle ese halo.

Para empezar, parece como si hubiera un signo de distinción en la música chill out y es la «fusión», el hecho en sí de que tengas la sensación de que se mezclan varios estilos y donde necesariamente tiene que aparecer la etiqueta «étnico». Luego para formar un buen grupo de chill out casi estás obligado a que disponga de un cierto mestizaje, y Bliss lo cumple a la perfección.

Ese crisol racial lo representan sus componentes, aunque el grupo está asentado en Dinamarca, también cuenta con músicos de Suecia y Guinea-Bisáu. Así bajo el influjo de Steffen Aaskoven, que es productor y compositor del grupo, tenemos a la cálida y suave voz de Alexandra Hamnede, también actúa como compositor Marc-George Andersen y la voz tribal y envolvente de Salvador «Tchando» Embalo, que igualmente compone algunas creaciones. A veces tienen colaboraciones de otras voces femeninas.

Las voces de Alexandra y Tchando entrelazándose en las melodías es un espectáculo único, es una experiencia vital y renovadora. Sus voces son regalos del cielo que te cautivan y te procuran una sensación de inmensa paz.

La primera vez que escuché a Bliss pensé que estaba escuchando parte de la banda sonora de la película «La lista de Schindler», con ocasión de su elepé de 2003 Quiet letters, pero esa canción introductoria titulada Sleep will come (el sueño vendrá), toda una declaración de intenciones, en cuanto a la calma que impregna sus discos, deja paso a un conjunto de temas exquisitos, con mucha presencia de instrumentos, tocados con delicadeza, y mínimas voces. La música se apoya en sintetizadores fundamentalmente, así como piano, flautas, guitarras y algo de percusión (batería, tambores y maracas).

Las voces pueden tener cierta semejanza a las tribales, la de Tchando, mientras que la camaleónica voz de Alexandra Hamnede discurre entre la voz operística, la de una cantante de rock o un aterciopelado sonido de la naturaleza. He visto opiniones de seguidores de este grupo en referencia a la voz de Alexandra acerca de que nadie en el mundo podrá decir o susurrar con mayor suavidad algunos de los estribillos o frases que se repiten en sus temas.

Apenas una decena de álbumes contemplan a esta banda que no está plegada a la popularidad y a producir a mansalva, sino que procuran trabajar con rigor y pausa sus discos, marcados por el sello de la calidad, de ofrecer un producto que no parezca lo mismo para su audiencia.

Como curiosidad cabe señalar que algunas de sus composiciones han aparecido en la afamada serie de televisión CSI.

En fin, una propuesta musical cautivadora, de esas que a buen seguro que has escuchado alguna vez y no has sabido relacionar. Pero eso es lo que tiene llamarse Bliss y dedicarte a una música con un horizonte de proyección muy limitado. Si el valor de la calidad de la música que este tipo de grupos hacen fuera proporcional a su éxito, serían multimillonarios, pero a día de hoy, siguen siendo muy desconocidos.

sábado, 23 de enero de 2016

"MAYRIG", DE HENRI VERNEUIL

Amigo de las rarezas como pocos aunque intentando no llegar al friquismo, aunque mi hijo, no obstante, dice que sí formo parte de este movimiento anónimo, pues me apasiona acceder a conocimientos y recursos escondidos y accesibles a la vez. De hecho, uno de los impulsos que tuve en el pasado para crear este blog era el de compartir rarezas o mis rarezas, lo que sigue siendo una etiqueta propia de esta bitácora a la par que una especie de hilo conductor más o menos palpable en algunas de mis entradas.

No sé por qué pero quiero para mí en este humilde balcón que esta nueva anualidad se pinte de más introspección, de más conocimiento y también de más descubrimiento de tesoros y rarezas escondidos.

Mi buen amigo y compañero de trabajo Nicolás Linares es de esas personas a las que le viene como anillo al dedo ese aserto, creo que es un proverbio, de que «corrige a un sabio y lo harás más sabio, pero corrige a un necio y lo convertirás en tu enemigo». Siempre se deja corregir por esto mismo, porque entendemos que es esencia del ser humano equivocarse y poder rectificar o ser rectificado; del mismo modo, que yo, sin ánimo de resultar presuntuoso, lo tengo por cualificadísimo corrector de esta nave digital. Por cierto, Nicolás y yo, que no queremos tener enemigos, también sabemos que hay mucho necio en el mundo a quien nunca se nos ocurriría corregir. El caso es que hace unas semanas me recomendó una película que, sabiendo el perfil de este blog, a buen seguro que podría encajar, y acertó de pleno.

Esta «Mayrig» es una película que no sólo está muy bien hecha, sino que además le otorga esa dosis de rareza que a mí me motiva doblemente. Tiene ese toque de tesoro por descubrir ya que subyacen algunos detalles significativos, en la Red no está en español (sólo subtitulada en nuestro idioma) lo que me hace pensar que su paso por nuestro país habrá sido de puntillas y el conocimiento de los hispanohablantes de la misma muy limitado; tal vez haya venido por España a algún festival. Por otra parte, tengo entre mis webs favoritas de cine la de filmaffinity, la cual tiene un ranking de valoraciones que suelo observar mucho cuando voy a ver o ya he visto una película; pues bien, en esta web que es una base de datos inmensa, esta producción no está valorada, porque para que aparezca con una nota, requiere que un número de usuarios mínimo la hayan votado, unos veinte o veinticinco, con lo cual quiere decir que muy poquita gente que entiende o está interesada en el cine la ha visto, rareza pues.

El hecho de visionar una película subtitulada es toda una joya en sí misma, pues te obliga a estar más concentrado si cabe que con otra doblada. Aunque no entiendas el idioma, recoges matices que en una película doblada se pierden. Lo he comentado más de una vez en esta bitácora, pero el gremio de los dobladores es una industria tan poderosa en España que obstaculiza acceder a esta forma diferente de ver películas, y de paso provoca que, en el idioma más internacional que es el inglés, seamos unos analfabetos funcionales, estando a la cola del conocimiento de lenguas foráneas con respecto a países de nuestro entorno, aunque también con respecto a países del llamado tercer mundo.

El director de origen armenio Henri Verneuil (nacido Ashot Malakian) nos construye de una manera sencilla el relato particular de una familia protagonista de la diáspora armenia. La diáspora armenia supone una de las mayores dispersiones mundiales de nacionales de un país en el mundo contemporáneo, probablemente superada por judíos. El exterminio al que fue sometido el pueblo armenio por los turcos durante la 1ª Guerra Mundial supone el punto de partida de este largometraje de 1991 que va pasando de un escenario sórdido y agobiante hasta la libertad de una familia que llega a Francia para construir su nueva vida.

La narración histórica del genocidio es casi una reivindicación necesaria del director que desea ilustrarnos acerca de la razón moderna por la que hay armenios repartidos por todo el mundo. Verneuil no se anda por vericuetos y culpabiliza al por aquel entonces decadente aunque beligerante imperio otomano. Alguna escena dura, me subrayó mi amigo Nicolás, aunque imprescindible de ver, pone el punto y seguido a la narración, una especie de impuesto revolucionario con la que el director pretende decirnos que después de todo lo que tuvieron que soportar sus paisanos, nada podría ser peor que el mundo desconocido que se les abría o cerraba allende sus fronteras patrias.

La historia se construye a través de la familia Zakarian, una familia bien, el jefe de la misma, Hagop (Omar Sharif) es un reputado empresario naval en su país que emigra a la fuerza con su prole a Francia. Los otros miembros del clan son su mujer Araxi (Claudia Cardinale), las hermanas de esta, una más mayor y otra más joven, Anna (Isabelle Sadoyan) y Gayane (Nathalie Roussel); y todos ellos alrededor del pequeño Azad (hasta tres actores se suceden en tres edades diferentes de este personaje).

En Francia comienzan a esculpir su nueva vida con alguna que otra dificultad, con el apoyo de otros armenios ya situados allí, es especialmente emotivo el personaje de Apkar (Jacky Nercessian). Poco a poco se va destilando en la narración que los Zakarian tendrán como objetivo primordial vivir por y para Azad. Todo movimiento que ejerce la familia tiene como fin su protección, el proveerle la mejor educación posible y que se convierta en un ciudadano francés de pro, sin olvidar sus orígenes.

La familia se convierte para Azad en su mayor fortaleza. Mayrig es la fonetización de la palabra madre en armenio, y él refiriéndose con ese nombre a su madre también reconoce que no tiene una madre sino tres. Tres delicadas estrellas en el firmamento que sacrificarán mucho para ofrecerle lo mejor a su vástago. De hecho, es particularmente significativo que Gayane, la más joven de las hermanas, y en edad de merecer, al final opte por la soltería aun teniendo pretendientes de diverso pelaje y alguno más que interesante. Me recordó esta parte de la historia a tantas y tantas personas, hombres y mujeres, que todavía hoy día sacrifican su vida, un posible matrimonio, para garantizar la pervivencia de otro núcleo familiar, padres y hermanos, o incluso para proteger un negocio o un patrimonio.

La familia prosperará, Francia es acogedora, y con algún que otro acontecimiento triste y emotivo, se va percibiendo la adaptación paulatina y plácida de estos honrados que, como tantos otros armenios, construyeron su nueva existencia alejados de la patria que los vio nacer.

En este sentido hay que señalar que el guión es original del propio Henri Verneuil y que aunque no está basada la historia de la familia en hechos reales, estoy convencido de que hay un importante bagaje autobiográfico en la misma.

Una muy buena música del compositor Jean-Claude Petit (el mismo de Cyrano de Bergerac) ilustra cada momento de la película en el que es obligado contar lo que sucede con una visión melódica, otorgándole el acento necesario para intensificar mensajes y sensaciones.

Comprobé ciertas incoherencias temporales en la edad de los personajes que Internet me corroboró, detalles sin importancia pero que bien podría haber perfilado más el director para ofrecer mayores notas de realismo.

Por supuesto, seguiré indagando en la aventura del pueblo armenio, hay diversas películas al respecto; y precisamente aunque no tenga que ver con el genocidio y sí con la integración, esta película tiene una continuación que se titula «588 Rue Paradis», la cual espero ver en breve.

Una muy buena película con alguna tacha argumental por mi parte, pasajes que son superfluos, pero que no deslucen en demasía el resultado final. Y a todo esto, me encanta el cine francés, ya sé que esto suena demasiado categórico y exento de cualquier consideración científica, pero es que el cine europeo en general lo tenemos demasiado olvidado en España, y nada que no sea comercial llega a nuestras carteleras y estamos viendo claramente una imagen sesgada de la cinematografía existente por otros lares que no sean los puramente comerciales, dominados por la brutal industria estadounidense.

sábado, 16 de enero de 2016

VUELTA AL ZOO DE CÓRDOBA, CERRANDO EL CÍRCULO

El ocupar el tiempo libre con mi hijo se ha convertido en estos últimos años en una de mis mayores pasiones y objetivo vital siempre que las fuerzas, el tiempo y las ganas me lo permiten. Es mi sino experimentar con mi hijo, adoptado para los que no lo sepan, nuevas vivencias y sucesivos estímulos, para que su adaptación más que consolidada sea, que lo es, una paulatina equiparación a un niño de su tiempo con las mismas costumbres, virtudes, aficiones y manías que cualquiera con los que se junta en el cole.

Esa sucesión de estímulos pasa, según mi saber y entender de padre que ha leído el libro que dicta la mente y la razón, por dotarlo de experiencias que yo viví cuando era pequeño y que me proporcionaron la felicidad infantil. Experiencias nada altisonantes, más bien humildes y modestas, pero es que nadie ha dicho que la felicidad cueste dinero ni que necesariamente la puedas encontrar en un crucero por el Caribe, yendo a un parque de atracciones o regalando al niño en cuestión un quad. Como en mi mente han dejado poso muchas de esas experiencias que me proporcionaron mis padres, yo quiero hacer igual con mi hijo.

Hacía tiempo ya que barajaba en mi cabeza el ir con mi hijo al Zoo de Córdoba, porque fue de los primeros recuerdos que tengo de niño, apenas tendría cinco años, primera mitad de los años 70. Esos recuerdos apenas han quedado limitados a la imagen de aves de colores muy llamativos (probablemente flamencos) paseando por los jardines del recinto y el darle cacahuetes con la mano a un elefante que sensiblemente te los cogía provocándote un cosquilleo.

He tenido oportunidades de volver al Zoo de Córdoba, pues han sido varias las veces a lo largo de mi vida que he vuelto a la ciudad de los califas, pero no lograba momento más oportuno para cerrar ese círculo de sentimientos que aquel en el que pudiera ir con mi prole. Hace un par de meses ese círculo tan entrañable para mí se cerró; mi hijo, mi mujer y yo pudimos pasear por el remozado recinto zoológico cordobés y disfrutar de una mañana de domingo soleada y plácida, viendo un buena colección de animales de todo el mundo.

Sé que hay defensores y detractores de los zoos, de las casas de fieras o de los parques temáticos zoológicos, acuarios..., como siempre considero, esto nunca puede ser ni blanco ni negro, sino escala de grises. Los defensores de estos recintos adoptarán aquellas razones que sostienen que la vida en cautividad proporciona a los animales paz, estabilidad, sustento, atención, calidad de vida... Los detractores abogarán por la prostitución de los animales, sacados de su propio hábitat, domesticados a la fuerza y constreñidos a vivir en espacios reducidos para el disfrute de los auténticos depredadores de la humanidad que somos los seres humanos, aparte de que se merma su longevidad al vivir en lugares a los que no pertenecen, por estrés o por simple obesidad. La verdad es que yo, en esta dicotomía, he de decir que siempre me han gustado mucho los zoológicos y que la dimensión pedagógica es sumamente importante, aun sacrificando algunos animales que se ven limitados en su espacio, para concienciar al hombre de que debe seguir contribuyendo a que las especies animales se mantengan en sus hábitats, que no las extingamos y sobre todo y muy importante, que el planeta no es patrimonio de los seres humanos sino de todos los seres vivos, por mucho que nuestro raciocinio nos haya hecho y nos hayamos creído que somos los amos del cotarro.

Sí que es cierto que en estos muchos años que han pasado después de mi visita infantil he ido conociendo más o menos de los avatares de este zoológico cordobés, y muy particularmente trascendió hace unos años a los medios de comunicación el deplorable estado en el que se encontraba que, dentro de las cosas malas que puede tener un zoo, esta es de las peores, que ni siquiera los animales puedan vivir decentemente o en condiciones de salubridad, y el que el mantenimiento de estos recintos brille por su ausencia. Y dentro de lo peor, el remate es que los derroteros de un zoo tengan que depender de los políticos, ya que su propia basura la trasladarán a buena parte de las parcelas que toquen.

Hay que decir que si de aquella visita pretérita guardo el recuerdo de un paseo por un recinto inmenso, no voy a decir infinito, pero sí que algo inabarcable para mi chiquitito uso de razón; el tiempo tristemente relativiza todo y la madurez también, así que este Zoo resulta ser coqueto, accesible y digno de hacer un buen paseo, pero ni inmenso ni infinito. Esa relativización también me ocurre, nos ocurre a los adultos, con los períodos de tiempo, un año para un niño es una eternidad, mientras que para los mayores un año se pasa en un volazo.

No obstante, considérense los calificativos del párrafo anterior como elogios al Zoo de Córdoba que, superados los problemas de antaño, es ahora un magnífico lugar de ocio, acorde con la bella ciudad que lo acoge.

Hay una buena selección de animales de todo el mundo, el recinto está limpio y los hábitats de sus residentes están muy bien logrados y están curiosos. La arboleda y jardines se notan cuidados y se benefician de una cierta madurez de sus plantas toda vez que las instalaciones se abrieron a finales de los años 60 del pasado siglo.

El recorrido está dividido en zonas geográficas, pero no hay un itinerario preconcebido, con lo que tú te lo organizas a tu manera y, al final, basta repasar el mapa que te proporcionan para observar lo que te queda por ver. Por cierto, los precios de la entrada son asequibles, ajustados a la economía de un ciudadano de clase media; y en el restaurante también son razonables, y esto lo suelo mirar yo mucho.

El objetivo de que mi hijo se lo pasara bien, que disfrutara y que se sintiera feliz, se cumplió, aparte de que yo cerraba ese círculo sentimental. En una mañana o en una tarde se puede ver más que bien, incluso en un día completo llevándose la «talega» y disfrutando de paseos diferentes para ocupar más el tiempo.

Nosotros teníamos el tiempo más o menos limitado, ya que queríamos visitar el recinto en una mañana, pero sin prisas, viéndolo con interés y pausa. Lo que pasa es que mi hijo se obsesionó casi de inicio con ver dónde estaban los lemures, por aquello del personaje del rey Julien o «Anillado» de la serie infantil «Los pingüinos de Madagascar» y fuimos un poco ligeros. Como no localizó sus objetivos, se relajó un poco y ya fuimos visitándolo todo con más parsimonia.

A mí me gustaron mucho los suricatas, esas pequeñas mangostas africanas en su constante posición erguida que parecen siempre estar esperando a algo o a alguien. El jaguar también me pareció impresionante (será porque me gustan los gatos), con su bellísimo pelaje y su mirada arrogante, sabedor de su agilidad y de su superioridad.

No estuve hábil en ese momento, pues la información la conocí después, y es que cuando pasé por el espacio del elefante, elefanta en este caso, no reparé en que su moradora podría ser aquel animal al que yo le di cacahuetes hace cuatro décadas. Por edad es más que posible, si aquella elefanta era joven cuando yo la vi de niño, pues estos paquidermos suelen vivir unos sesenta o setenta años, aunque como ya he dicho antes, en cautividad la esperanza de vida se retrae. La información de Internet no me pareció concluyente, pues se hablaba de la emblemática elefanta Flavia con la que prácticamente se inauguró este Zoo, y para salir de dudas escribí un correo electrónico a la administración de este parque, que muy amablemente me reafirmó que Flavia sigue viviendo y haciendo las delicias de grandes y pequeños con su tremendo porte. Así que una razón más por la que me congratulo de haber pasado esa mañana de domingo con los míos en el Zoo de Córdoba.

Por cierto, también había flamencos, aunque es harto complicado que fueran exactamente los mismos que yo vi hace un montón de años, pero ¿y si fueran sus hijos?

Experiencia magnífica e inolvidable, espero que mi hijo algún día visite con los suyos este Zoo y recuerde su primera visita. Mientras tanto, esperemos que este coqueto y entrañable recinto se siga manteniendo como está o mejor, como legado para nuestras generaciones venideras y que cada cual puede escribir su modesta y anónima historia, como yo.

sábado, 9 de enero de 2016

EL SORPRESÓN DE COREA DEL NORTE EN EL MUNDIAL DE 1966

Mi pasión por el fútbol ha ido decreciendo a medida que he conocido otros deportes y he observado la pureza de estos y la artificialidad de aquel. El fútbol está cada vez más volcado a la corrupción, el mercantilismo, la morosidad, el endiosamiento, y definitivamente a tal marrullería que todo parece un teatro y son escasos los jugadores que son deportistas totales, que no protestan ni engañan. Y los medios de comunicación que jalean al fútbol son una feria.

No obstante, mi vida sí que ha estado tocada por el fútbol, un niño español en la década de los 70 y 80 del pasado siglo, apenas podía practicar otro deporte más que aquel de pegarle patadas a un balón o a algo que se le pareciera, e ir detrás de él en masa. Con dicha pasión mamada desde el vientre de la barriga de tu madre era difícil escabullirse de este deporte, no había nadie en el cole que no jugara, ni los más tiernos.

En ese estado de embriaguez balompédica, vitaminado con las correspondientes dosis de partidos de la Liga, la Copa de Europa, la Recopa, la UEFA y la actividad de nuestra selección, difícil era dar la espalda a esto. De tal manera que más aborregado que otra cosa, uno se sabía, para no ser el rarito, todos los jugadores de cada equipo de 1ª División, ahora me sé los jugadores del Real Madrid, Barcelona, y poco más.

Si llegaba el Mundial, acontecimiento que es cada cuatro años, pero que a mí se me antojaba de niño que había pasado medio siglo desde el último, pues ahí que me ponía a aprenderme las alineaciones de todas las selecciones competidoras. De hecho, aún me sé de memoria algunas del Mundial 82, aquella cita en la que nuestra selección fracasó vilmente.

Pues viene esto a colación por el hecho de que fue con ocasión de ese Mundial cuando me empapé bastante de la historia de los Mundiales, saqué algunos libros de la biblioteca municipal de Linares, vi programas de televisión que eran la antesala del gran acontecimiento deportivo, y casualmente Danone en uno de sus famosos álbumes coleccionables (álbumes que juntábamos de niños y que ya han pasado a la historia, a la historia escolar) fue el que me desveló una de las mayores sorpresas de la historia del fútbol en particular y de las más curiosas historias del mundo del deporte en general. Por cierto, aquel álbum se llamaba «Fútbol en acción» y creo que lo llené casi entero, y lo sorprendente es que no recuerdo muy bien cómo, pues en mi casa no consumíamos Danone, porque nuestra economía no nos lo permitía.

La historia que voy a contar está archirrepetida en Internet, no obstante, algún dato curioso que no he visto en los artículos que he leído en la Red se obvia y sólo venía en aquel álbum, que es la curiosidad que intento trasladar hoy en este humilde articulillo.

Nos situamos en el año 1966, el del Mundial de Inglaterra, jugado en la cuna del balompié y única vez en la historia del fútbol en que la selección inglesa se alzó con el título de campeona del mundo, en una final que tuvo mucha polémica. De entre las dieciséis selecciones aspirantes a la copa Jules Rimet, se coló una de las más exóticas que por entonces pudiera existir y si hoy ocurriera continuaría siendo exótica, Corea del Norte, una de las naciones más desconocidas y aisladas de este planeta, por no decir que es la primera.

Por cierto que aquel Mundial ya empezó con otra polémica precisamente con el trofeo que en ese momento se llamaba Jules Rimet, pues unos meses antes había sido robada de una exposición filatélica en Londres y encontrada envuelta en periódico una semana más tarde en un jardín de la capital inglesa por el perro Pickles (a Pickles y su dueño les llegarían a invitar al banquete de celebración por el triunfo inglés en el Mundial y dice la historia que al can se le permitió lamer los platos de tan insignes comensales).

Corea del Norte entraría casi «de chorra» en el Mundial, la FIFA decidió que en la clasificación habría una plaza que se tendrían que disputar entre Asia-Oceanía y África; los africanos, críticos con tan exigua cuota, renunciaron a jugar partido alguno; por lo que respecta al grupo clasificatorio asiático-oceánico se componía de Corea del Norte, Corea del Sur, Australia y Sudáfrica. Sudáfrica no podía competir en África por su política racista y precisamente por el apartheid fue excluida antes de empezar las eliminatorias. Corea del Sur se solidarizó con los africanos y decidió retirarse. Así que todo quedó entre norcoreanos y australianos, y no hubo color, los asiáticos vencerían la doble confrontación que tendría lugar en campo neutral, en la capital de Camboya; el global de la eliminatoria reflejaría un global de 9 – 2.

Ante el gran reto, la selección de Corea del Norte tuvo siete meses para prepararse en conciencia. Mucho se ha hablado y escrito acerca de las maneras de entrenar del equipo, de la planificación paramilitar y de las condiciones que impuso el recalcitrante régimen comunista de Kim Il-sung (abuelo del actual presidente plenipotenciario Kim Jong-Il); condiciones que básicamente se centrarían en lograr alguna victoria y no desentonar.

Sea como fuere lo cierto es que aquella preparación en conciencia surtió efectos porque la participación de Corea del Norte no fue ni mucho menos testimonial. Enclavada en el grupo D junto a Unión Soviética, Italia y Chile, tenía a priori todas las de perder. Los partidos se disputaban en Middlesbrough y Sunderland, y en la primera cita sucumbían ante la potente Unión Soviética, selección que estaba en la cresta de la ola pues fue en la década de los 60 cuando obtuvo sus mejores prestaciones; el resultado final de 3 a 0 dejaba bien a las claras el dominio sin apelativos de los soviéticos.

En el segundo partido los norcoreanos consiguieron un honroso empate ante Chile, toda vez que fueron perdiendo durante la mayor parte del choque y un postrero gol de Pak Seung-Zin lograría la igualada a apenas dos minutos del final.

Es relevante destacar que la característica que sobresalió en ese equipo asiático en los dos partidos disputados, es que se trataba de un equipo de jugadores de corta estatura y con una condición física inmejorable; es sabido que en el fútbol un equipo que corre mucho por poca calidad técnica que tenga puede poner en serios aprietos a un conjunto superior.

Y llegó el tercer partido contra Italia, a los transalpinos, haciendo sus cuentas, les valía el empate para pasar a cuartos; los norcoreanos necesitarían ganar y que Chile no venciera a la Unión Soviética; pero claro estábamos hablando de Italia, una de las históricas grandes potencias del fútbol mundial, casi nada al aparato. Los norcoreanos fieles a su estilo derrocharon físico a raudales y al filo del final de la primera parte conseguían perforar la portería italiana. En la segunda parte aguantaron estoicamente los embates de sus rivales y al final les valió ese gol y se convirtió en una de las mayores sorpresas de la historia del fútbol. Lo que comentaba aquel álbum de cromos es que los italianos muy heridos en su amor propio trataron de justificar con posterioridad que los norcoreanos eran todos tan parecidos que en el descanso habían cambiado al equipo por completo sin que nadie lo advirtiera, algo que sinceramente no es muy creíble.

La sorpresa pudo haber tenido una extensión de proporciones siderales, pues Corea del Norte accedería a los cuartos de final donde tendría enfrente a la Portugal de Eusebio, el mejor jugador portugués de siempre (con permiso de Cristiano Ronaldo, de hecho, Eusebio tiene mejor promedio goleador por partido disputado en su selección). Y es que antes de que los espectadores del estadio Goodison Park de Liverpool se hubieran sentado en sus asientos, los norcoreanos ya se habían adelantado en el marcador en el minuto 1. La sorpresa pasó a ser mayúscula cuando en el minuto 22 y en el 25 habían vuelto a incrustar el esférico en la portería rival. Un asombroso 0 – 3, que mostraba bien a las claras el espíritu del equipo asiático, les iba la vida en ello, corrían, se multiplicaban y eran eficaces como mosquitos asediando el marco ajeno.

Muchas lecturas hay acerca de lo que ocurrió después, y es que con una ventaja tan sustancial, la verdadera sorpresa sería que en apenas una hora los lusos pudieran darle la vuelta a un resultado tan adverso, teniendo delante a un seleccionado que no se caracterizaba precisamente por bajar los brazos.

Pero Portugal era mucha Portugal y Eusebio un portento de la naturaleza nacido para ser futbolista. En el minuto veintisiete anotaba para su selección y poco antes del descanso y de penalti colocaba un momentáneo 2 a 3 en el marcador.

Un período por delante y tanta historia por escribirse, los lusos creyeron en sus posibilidades y no se agobiaron por el nefasto inicio. Los norcoreanos probablemente no supieron administrar un resultado que jamás se hubieran imaginado ni en el mejor de sus sueños, y aparte aunque el fútbol no es una matemática, por una vez se reflejó que el equipo más grande suele ganar al pequeño.

Eusebio seguiría a lo suyo, anotaría en el 56 y en el 59 (este también de penalti), y con el 4 – 3 a Portugal le dio tiempo a gestionar el choque a su modo, desactivando a sus contendientes por completo; a diez minutos del final Augusto anotaría el definitivo 5 a 3. La lógica se cumplió y Corea del Norte no pudo consumar el redoble de la más mayúscula sorpresa en la historia de los mundiales de fútbol, pero se fueron con la cabeza bien alta. Y, por cierto, para decepción de los italianos, también se les cayó aquel endeble argumento del cambio de equipo en el descanso, porque ante Portugal esa supuesta estratagema no funcionó.

En cualquier caso, como digo, la historia se escribió el día del partido contra Italia, los «chollimas» (caballo alado de la mitología norcoreana) había escrito una página de oro en la historia del fútbol. Tal hazaña quedó reflejada en una película documental de 2002 titulada «El partido de nuestras vidas».

Algunas anécdotas más se pueden contar de esta sorprendente selección, así el hecho de que llevaran a doce hinchas elegidos previamente por sorteo, al menos eso es lo que se dice en la Red, porque no he encontrado fotos de tan exclusivo grupo. También se comenta que no habían previsto el pase a cuartos de ningún modo y no había presupuesto para continuar en Inglaterra, así que para la cita ante Portugal fueron alojados en una institución religiosa de Liverpool.

Corea del Norte volvería a un Mundial en 2010, el de Sudáfrica que ganó nuestro país, y aunque tuvo un comienzo prometedor, perdiendo por un meritorio 2 a 1 contra Brasil, en el segundo partido se volvería a ver las caras con Portugal que le endosó un 7 a 0, y en el tercero caería por 3 a 0 ante Costa de Marfil. Se dice en Internet que los jugadores sufrieron las iras (encarcelamientos) del gobierno norcoreano de vuelta a su país, pero dado el aislamiento de esta nación esto es difícil de probar, por no decir de creer.

sábado, 2 de enero de 2016

¿CÓMO HAN CAMBIADO LAS CAMPAÑAS ELECTORALES?

Se acabaron las elecciones, ¡por fin!, tres veces hemos ido a las urnas los que vivimos en Andalucía o Cataluña en 2015, si le unimos las del Parlamento europeo de 2014, en apenas dieciocho meses hemos tenido que votar cuatro veces: un empacho.

Y es un empacho porque no está el horno para bollos, observando el nivel de la clase política de este país, entre corrupción, poltronas inamovibles y el «tú, pues anda que tú» a más de uno le echa para atrás ejercer su derecho al voto y otros, como yo, acudimos al colegio electoral con muchas reticencias, casi pensando que votas a lo menos malo, partiendo de la base de que nuestros políticos no nos solucionan nada de verdad, que prometen mucho y cumplen poco.

No es mi propósito sacar conclusiones de lo acontecido en 2015 aunque hay un resumen muy fácil y automático. En este país llevamos décadas de bipartidismo, del rodillo político, de pactos evidentes y consecuentemente subvertidos por privilegios a partidos nacionalistas catalanes y vascos (de aquellos barros estos lodos). De tal manera que ahora que el músculo del bipartidismo ha perdido vigor, todo el mundo se echa las manos a la cabeza, y parece un escollo infranqueable, tal cual la subida al Tourmalet para un aficionado, el sentarse a hablar, no sólo a pactar sino a dialogar y debatir todo, todo y todo en los próximos cuatro años.

Que no, que no vamos a ir a votar otra vez, que nuestra misión como electores es votar cada cuatro años, que somos soberanos, y ya hemos hablado, ¿o es que cambiaría radicalmente nuestro voto en apenas cinco meses? Lo que deben hacer sus señorías, nuestros políticos a la sazón, para ganarse alguno nuestro respecto y más justificadamente sus habichuelas, es aprender a gobernar en minoría, sin pactos, y trabajar de manera incansable durante la legislatura para que toda ley o cambio de rumbo en nuestro país esté siempre consensuado. Si en cuatro meses nuestros políticos no son capaces de ponerse de acuerdo para que gobierne quien sea desde la minoría es que hemos suspendido como país y nuestros políticos los primeros, entonces parad el mundo que ahora sí que me bajo.

Sí que es mi propósito en esta entradilla hacer una breve reflexión acerca de lo que han cambiado las campañas electorales y el impacto de las mismas en el electorado. Es obvio que dichas campañas han cambiado y mucho, lejos quedan aquellos mítines fiesta multitudinarios y no necesariamente en grandes capitales, a los que yo personalmente acudía a ver al cantante o grupo de turno, más que a escuchar un discurso que me interesaba de soslayo.

Eran aquellos mítines que se celebraron tras el fin de la dictadura, de hecho, me interesaba tan fugazmente el discurso político que iba con la fiesta porque yo era menor de edad. Las primeras elecciones en las que voté fueron las elecciones generales de 1986, aquellas de la segunda mayoría absoluta de Felipe González (la década de los 80 fue marcadamente socialista en nuestro país). Hasta ese momento yo me limitaba a la fiesta, a ver si pillaba alguna chuleta y una Fanta, una baraja de cartas, un mechero, una pegatina o una camiseta, y por supuesto, escuchar de gratis a algún artista reconocido.

Aún recuerdo uno impresionante en Linares, sería finales de los 70, venía un Felipe González por aquel entonces en la cresta de la ola, acudieron cientos de autocares que atestaron los alrededores del Estadio de fútbol de Linarejos, un despliegue que jamás volví a ver. Recuerdo a los simpatizantes del PSOE acudiendo en tropel con sus banderas al viento, había una necesidad de respirar aire democrático, de cambio radical y estaban más que justificadas estas escenificaciones y estas demostraciones de fortaleza partidista e ideológica.

Eran aquellos mítines en los que dar voces para arengar a la tropa era algo consustancial, no se permitía no vocear. Ahora ya se vocea menos pero de vez en cuando, los jefes de campaña, auténticos gurús del entramado mediático, dicen en qué momento debes gritar o en qué momento debes dar el mensaje clave (sobre todo cuando conecta el noticiario de alguna televisión). Antes se pretendía dejar mensajes más que ahondar en lo que se prometía, primaba la forma sobre el fondo. Ahora, sin desdeñar la forma, los políticos cuidan cada vez más el fondo, mensajes sí, pero con contenido comprensible y de calado.

También quedó atrás aquella época en la que se lanzaban octavillas por las calles a mansalva, por coches, e incluso lo vi alguna vez con una avioneta; alguien se dio cuenta de que aparte de que no servía para ganar votos, ensuciaba mogollón y obligaba a disponer de un extra de operarios para limpiar las hojas del árbol artificial de la política.

Esa inundación de papel también se reflejaba en los espacios autorizados y no autorizados para la pega de carteles, y es que las famosas pintadas de la década de los 70 fueron el fiel reflejo del sentir de toda una generación que pretendía ofrecer mensajes indelebles y perdurables en el tiempo.

No obstante, y haciendo de esta entradilla un remembranza del pasado, mi periplo infantil y juvenil por mítines, pues probablemente haga más de dos décadas que no voy a ninguno, se resume en diversos hechos, recuerdos, anécdotas, vivencias..., que se han quedado alojadas en mi devenir.

Las muestras de aquellos regalos publicitarios de los partidos se materializa en una baraja de cartas de la UCD con la que estuvimos jugando muchos años en mi casa. Mi tío vivía en un piso de profesores con uno que fue en su momento teniente de alcalde del ayuntamiento de Granada. Pero también tuve pegatinas del PSOE, del PCE (cuando llamarse comunista no era pecado, y es que a base de tanto cambiarse el nombre a Izquierda Unida o desunida, ya no saben ni quiénes son); mecheros de PSOE y AP; pines del CDS o de la Federación de la Democracia Cristiana...

¿Y mítines fiesta? Seguro que muchos, pero los que más huella me dejaron fue Los Morancos con el PSOE en Linares, y la Orquesta Mondragón con IU en Granada. De hecho, el caché de los grupos que acompañaban a los líderes políticos no era moco de pavo, y eran de bastante calidad.

Si tuviera que quedarme con algún recuerdo del fondo, de lo que se decía, pues yo diría que por su cadencia al expresarse y su claridad de ideas, al famoso «profesor» Tierno Galván lo vi en Linares con ocasión de una campaña de elecciones locales y sinceramente pensé que ese hombre brillante era el prototipo de todo menos de político, donde los improperios y la crítica, por muy bien que lo hagas, están a la orden del día.

¿Qué son hoy los mítines y las campañas electorales? La globalización y el posicionamiento de los medios de comunicación ha ido modificando sustancialmente las filosofías de campaña, y si no que se lo digan a Pablo Iglesias. La aparición en debates televisivos y programas de opinión de las cadenas generalistas han supuesto el punto de inflexión para la captación de votos. Por eso ya casi ningún político que se precie, salvo Rajoy, se niega a aparecer en estos programas donde hay un semillero potencial de votos.

En cuanto a los mítines hace ya varios años que se han quedado como una reliquia, como un apoyo, como algo necesario, no para captar votos, sino para la autocomplacencia. A esos mítines que ya sólo son multitudinarios en las grandes capitales, asisten la cúpula de los partidos, los afiliados y simpatizantes que son votantes convencidísimos.

Si esos mítines los trasladamos a un pueblo o localidad media, si antaño Felipe González llenaba auditorios, pabellones, campos de fútbol, ahora los políticos provinciales y locales intentan buscar escenarios pequeñitos y acogedores porque tienes el peligro de que se vean demasiadas sillas vacías.

Y lo de la pega de carteles es una tradición, porque tampoco interesa mucho ni la foto, ni los eslóganes, ni quién se presenta; ahora todo se cuece en otros foros y el que no se entere de todas estas premisas es que no está en el mundo. Por cierto algunos no se enteran.

sábado, 26 de diciembre de 2015

CLÁSICOS POPULARES Y EL ENTRAÑABLE FERNANDO ARGENTA

Triste, muy triste me sentí cuando me enteré de la muerte de Fernando Argenta, una de las personas que más han contribuido a la música clásica en este país y que, sin embargo, ni se le ha hecho el debido homenaje y, por otra parte, el legado que nos dejó está pasando velozmente al olvido sin que nadie tenga intención de evitarlo.

Fernando Argenta fue un locutor radiofónico, músico y ante todo un gran divulgador de la música clásica. Con su programa «Clásicos populares» en Radio Nacional de España estuvo más de treinta años ejerciendo esa labor de difusión, que de una manera didáctica nos acercaba la música que pudieron escuchar nuestros antepasados.

Desde 1976 y aunque no siempre presentó Fernando el programa, estuvo en antena, siendo un formato de su invención, en el que a lo largo de esas tres décadas y con una metodología muy amena pudo repasar toda la historia de la música, los instrumentos, compositores, cantantes...

Yo no soy un fanático de la música clásica, pero más que nada por falta de tiempo, y porque hay músicas (modernas) que me apasionan más; aunque bien es cierto que mi deriva hacia la música New Age tiene bastantes similitudes, salvando las distancias temporales, con la música clásica. No obstante, lo cierto es que cuando escuchabas el programa de Fernando Argenta, no era aburrido, él y sus colaboradores lo hacían muy entretenido.

Tuvo que lidiar el bueno de Fernando Argenta con numerosos cambios de horario en todos esos años, de hecho, aunque yo conecté con el programa en diversas épocas, la que más seguí con asiduidad fue la última en la que el mismo se desarrollaba entre las 3 y las 4 de la tarde, hora a la que suelo comer.

Naturalmente estoy hablando en pasado del programa no porque con la muerte de Argenta hubiera desaparecido su creación, sino porque en 2008, el 31 de julio para ser más exactos, el programa se cerró con la jubilación anticipada de Fernando. Desde 1976 a 2008 divulgándose la música clásica en la radio pública y la jubilación de su hacedor precipitó su cerrojazo, como si de verdad molestara el programa, o no se pudiera haber seguido con savia nueva para continuar con la labor tan instructiva de su valedor.

Fernando Argenta fue un hombre comprometido con la música y su prematuro óbito realmente me llegó muy dentro, apenas tuvo cinco años de disfrute de su jubilación cuando un cáncer de páncreas nos privó de haberlo visto en alguna ocasión en la tele, en radio o cualquier acontecimiento adonde la música estuviera presente. Y sí, parece como si yo hubiera conocido a este personaje, pero es que lo conocí, y es que en esa intensa labor divulgativa Fernando Argenta tuvo una vida profesional intensísima, de hecho, con su programa «El conciertazo» dio el salto a la pequeña pantalla, como una forma de acercar la música a los más pequeños, este programa duró en TVE de 2000 a 2008, también TVE abandonó el programa con la prejubilación de Fernando; por cierto, los derechos de este programa se vendieron a algunos países y al parecer sigue funcionando más que bien. Pues a lo que voy, ese programa de televisión tenía una versión extendida al público en general, que era casi como decir que era una salida a la calle de «Clásicos populares», pues el producto se vendía a los ayuntamientos, probablemente a escuelas de música o conservatorios, y el programa se llevaba a casas de la cultura, auditorios, teatros..., para que los pequeños y no tan pequeños pudieran ver, de algún modo, el desarrollo televisivo del programa en la realidad, pero sin cámaras.

Fernando Argenta con la Unión Musical Bailenense
Fernando Argenta estuvo en Bailén en junio de 2007, en un sábado en el que la Casa de la Cultura de mi pueblo estaba a reventar. Fernando Argenta derrochaba bonhomía a través de las ondas radiofónicas, su voz cálida, simpática, sus giros humorísticos a veces, lo hacían parecer una de esas personas que decimos que son «buena gente», incluso su cara, de la que siempre se dice que es el espejo del alma, también contribuía a esta sensación; pero es más, se percibía que era un hombre que conectaba perfectamente con los niños y los hacía reír, sin forzar, simplemente porque era así.

Fue un concierto delicioso, entretenido, divertido..., con el punto gravitatorio en la música, en la orquestas, esa joya que no puede faltar en ninguna ciudad que se precie, en esa banda de música que ameniza, alegra y acompaña cualquier acontecimiento importante de una localidad.

El programa radiofónico fue reciclándose a lo largo del tiempo y tuvo de todo un poco, concursos, biografías, algo de humor, mucha historia, un repaso a todos los conceptos musicales habidos y por haber, los instrumentos, las partituras, los períodos históricos... En esos concursos, en alguno participé, se proponía por ejemplo llanamente el elegir al mejor tema clásico del año, una especie de «40 principales» a lo retro.

El programa no sólo se quedaba en la historia propiamente sino que daba un paso más, ejercía una profunda labor investigadora, que con el tiempo dispuso del apoyo de Internet. Nunca podré olvidar el día en que nos reveló la existencia de una compositora austriaca de sonoro y común apellido español, como fue Marianne von Martínez, la cual llegó a convivir en la época de Beethoven y Mozart y conocerlos personalmente, personaje femenino que jamás volví a escuchar tras aquella sorprendente revelación radiofónica.

Curiosamente cuando uno tiene un hijo desea que este le supere, y Fernando Argenta tuvo el honor de superar en popularidad a su padre, el compositor Ataúlfo Argenta, el cual desde arriba seguro que estaría orgulloso de ese hijo al que alimentó el gusto y amor por la música, y eso que en su juventud Fernando hizo sus pinitos en el rock allá por los años 60 del pasado siglo, con su grupo Micky (sí el Micky de «Enséñame a cantar») y los Tonys, tocando la guitarra.

Pues nada, desde aquí mi recuerdo entrañable a Fernando Argenta y a sus «Clásicos populares» que murieron casi juntos en una comunión espiritual que tan solo podrá borrarse cuando los que aún recordamos aquellas simpáticas sobremesas lo dejemos de hacer. Fernando fue de esas personas que da la razón al aserto de que «siempre se nos van los mejores».