domingo, 24 de abril de 2016

LA REINVENCIÓN DEL VOLEIBOL, UN HOMENAJE AL DEPORTISTA DESCONOCIDO

Estamos en un país donde el deporte se resume de la siguiente manera: El fútbol y después todo lo demás. El dinero que se mueve, la atención de los medios de comunicación, la afición que arrastra y sus practicantes, deja un triste escenario: calculo yo que el fútbol es un 95 % de todo lo anterior y un triste 5 % el resto.

Por cierto que en vísperas de unos Juegos Olímpicos, muchos de los llamados aficionados al deporte en España, probablemente también en otros países, presenciarán algún deporte que no han visto ni seguido en estos cuatro años y se erigirán en voces cualificadas y críticas para recriminar el que algún deportista patrio no supere ni la fase previa, ¿sabrán lo que es el esfuerzo anónimo?

Amén de los que se han quedado en el camino, buena parte de esos deportistas españoles olímpicos no son profesionales, son gente joven que sacrifican sus años mozos, su familia, su bienestar, incluso su salud, para dedicarse en cuerpo y alma a un deporte; se nutren de una beca que les permite vivir con cierta holgura (mientras la tienes), pero está basada en el rendimiento deportivo y, por supuesto, no garantiza el futuro, es decir, que el día que caes o el día que te retiras si no te has buscado una alternativa, un oficio o unos estudios que te permitan reintegrarte a la sociedad, eres un juguete roto, y tenemos tristes ejemplos de deportistas españoles que han terminado suicidándose.

Este preámbulo viene a cuento porque otro gallo cantaría si en la balanza del deporte, del platillo del seguimiento y la inversión en el fútbol se pudiera trasvasar algo al resto de los deportes. Y los ejemplos son fáciles al respecto, ¿cuántos clubes de cualquier deporte se podrían mantener con lo que cobran Messi o C. Ronaldo en un solo mes?

Por otro lado, en esta deprimente balanza la opinión pública retroalimentada con los medios de comunicación no entiende de rendimientos, «tanto vales tanto ganas», aquí el sueldo se mide por lo mediático que es el deporte, por lo mediático que tú eres y evidentemente porque eres el mejor entre iguales. Pero si la valía realmente se midiera por el esfuerzo, la dedicación, el sufrimiento y otros valores análogos, a buen seguro que ni Messi ni Ronaldo serían los más ricos, habría muchísimos deportistas (desconocidos) que merecerían el máximo reconocimiento y desde luego un sueldo acorde a su entrega.

Siendo lo dicho en el párrafo anterior una utopía, la realidad nos destapa, de vez en cuando, historias alucinantes que no por repetidas dejan de asombrarnos. Hace unos días leí que uno de los jugadores españoles de voleibol más conocido de las últimas décadas, Alexis Valido, había superado un cáncer y con cuarenta años seguía jugando en la máxima competición de nuestro país, y compaginaba este deporte con un trabajo en una gasolinera. Un tipo que tiene más de trescientas internacionalidades y que ha sido el prototipo del «líbero» moderno en España, en el ocaso de su carrera y aun con sus dificultades físicas no habrá podido hacer un patrimonio suficiente porque el voleibol no vende y sus merecimientos se quedan para él y los suyos, cuando a buen seguro tiene más valía su esfuerzo que el que desarrollan las grandes estrellas mediáticas del fútbol. Y dicho esto, de este currante anónimo la mayoría de los que leen esto jamás habrán oído hablar de él.

No quería dedicar esta entradilla expresamente a Alexis Valido, sino más bien al voleibol en general, pero la alusión a este jugador canario me llevó a volver a tratar de este deporte (ya lo hice unos meses atrás con ocasión de la extinta sección de voleibol del Real Madrid), ya que como he señalado, la figura del líbero es relativamente reciente en este deporte y tiene mucho que ver con el cambio de configuración que este deporte sufrió al final del siglo XX.

Tengo la sensación de que el voleibol en España, que tuvo una época dorada entre finales de los 90 y 2007, no goza de mucha atención de los medios de comunicación y de las televisiones porque hemos sufrido un bajón de nivel. Todo esto también se retroalimenta, como no hay éxitos deportivos no hay seguimiento público y no te retransmito. Hoy por hoy, vemos bádminton en la tele porque Carolina Marín es Campeona del mundo, esto es obvio, cuando ella competía en torneos africanos, que lo hizo, para subir de nivel no la conocía ni Dios.

También tengo la sensación de que el voleibol a nivel global sufre un poco de complejo de inferioridad con respecto a otros deportes de equipo y sucumbe, por ejemplo, en Europa, aparte del fútbol ante otras disciplinas que alimentan mejor al gran público, como pueden ser baloncesto, balonmano o rugby.

El voleibol está en una constante reinvención, no sólo de reglas sino de formatos competitivos. La Liga Mundial o la Liga Europea pretender ser focos de atención mediáticos que intentan acercarse a otros eventos deportivos que arrastran a mucho público. No obstante, hay que decir que dichas competiciones no terminan de ser el motor ideal para que el voleibol sea más relevante a nivel mundial, pues se percibe que acoge poco más que el interés de los países participantes o del lugar donde se celebra la fase final.

Curiosamente yo que me siento muy vinculado al deporte, he decir que la primera formación académica que tuve de cualquier disciplina fue de este, hace treinta años hice un curso de monitor escolar en la Federación granadina del que nunca obtuve diploma, aunque hace un par de años les mandé un correo electrónico que nunca respondieron. El caso es que aquel curso me ayudó mucho a entender este deporte.

Si hay un hándicap que condiciona los espectáculos deportivos televisivos es el tiempo. O eres un deporte muy grande donde se mueve mucho dinero, por ejemplo, el tenis, donde no importa asistir a una partido de Nadal contra Djokovic durante cinco horas porque la audiencia no decae, es más va sumando televidentes a medida que se acerca el desenlace; o decididamente tienes que tener una hora de inicio y una hora prevista de conclusión.

Con este problema del tiempo partía el voleibol hasta finales del siglo XX, pues sólo ganaba punto el equipo que sacaba. Partiendo de que en este deporte el equipo que defiende saque tiene estadísticamente más probabilidad de obtener punto, los cambios de saque sin fruto en el marcador hacía que los partidos se eternizaran y podían durar perfectamente más de tres horas.

La Federación Internacional de este deporte no era ajena a esta problemática y con ocasión del Mundial masculino de Japón en 1998 modificó el sistema de puntuación, naciendo la fase de punto total, o sea, cada jugada vale un punto con independencia del saque, saque que por otra parte que tiene que realizar el equipo que ha ganado el último punto.

La puntuación también cambió, al haber más agilidad en anotar los sets que antes terminaban en los 15 tantos (con una diferencia de 2 con el rival) pasó a los 25, salvo el quinto set, en el caso de que se llegara, que acaba en 15, igualmente siempre con una diferencia de 2 con el rival.

Alexis Valido, un currante del voleibol
Por otro lado, también se creó la figura del líbero, demarcación del citado Alexis Valido, con la idea de ganar en espectáculo, plasticidad y favorecer el montaje de jugadas de ataque, nació esta figura que es un jugador especialista en defensa, siempre juega en la parte de atrás, no puede rematar y, para diferenciarlo del resto lleva una camiseta de otro color diferente al resto, es como si fuera técnicamente un portero, por hacer un símil aproximado.

Aparte de este cambio reglamentario la verdadera revolución ya había llegado en la década de los años 80 cuando el saque en salto potente comenzó a generalizarse entre casi todos los jugadores, primero masculinos y un poquito más tarde en la categoría femenina. Lo que en los años 60 y 70 era una rareza, un recurso practicado eventualmente por un puñado de jugadores, una suerte de ruleta rusa por su baja efectividad, comenzó a ser todo un componente del entrenamiento y de la práctica de este deporte, hasta el punto de que hoy día el saque en salto potente es lo común y otros tipos de saques, el saque en salto sin potencia, el saque flotante o el saque en apoyo son ahora las rarezas y los recursos de algunos jugadores para cambiar estrategias o dinámicas en los partidos.

La figura del líbero ha ido cobrando mayor protagonismo con el paso del tiempo, precisamente por la incidencia de los saques potentes. La efectividad es tal que se ha pasado de hacer ese saque como una genialidad y, por tanto, muy sujeto a riesgo, a un elemento más del juego; por tanto, no sólo ese especialista defensivo como es el líbero se encarga de contrarrestar ese saque, sino que todos los jugadores están entrenados para combatirlo.

Por otro lado, la vuelta de tuerca para los sacadores ya no es tanto el lanzar fuerte para ver lo que sale sino que ya son capaces de colocar el balón en el campo contrario justo en la zona que desean, generalmente en las áreas críticas o de interferencia entre dos jugadores.

Para los que no conozcan mucho este deporte hay una característica muy interesante y es la rotación, cuando un equipo recupera el saque todos sus jugadores tienen que rotar en el sentido de las agujas del reloj, esto implica que todos los jugadores juegan en todas las posiciones delanteras y zagueras, y también provoca que haya numerosos cambios en los partidos, de hecho, el líbero rota pero cuando le correspondería llegar a la delantera es cambiado para no perder capacidad atacante; y del mismo modo, cuando los jugadores atacantes más altos se colocan de zagueros, también se les suele cambiar porque se supone que no tienen un perfil específicamente defensivo.

En fin, un deporte bello como pocos, muy plástico, espectacular en cada jugada, y con el aliciente de que es de los más caballerosos que existen, pues hay que tener en cuenta que los jugadores de ambos bandos no se tocan (no pueden simular lesiones), y las protestas arbitrales se limitan a reclamar si una pelota ha entrado o no.

Por cierto, asistiremos en estos Juegos Olímpicos a un punto de inflexión en cuanto a la asistencia y seguimiento in situ, toda vez que en Brasil si el fútbol es una religión el voleibol tanto masculino como femenino no le va a la zaga, de hecho, sus dos selecciones patrias, que han obtenido medallas de todos los metales en pasados eventos olímpicos, son claras favoritas por el hecho de jugar en casa, lo que le va a proporcionar un plus de emoción a esta competencia que yo intentaré presenciar por Internet, porque en la tele echarán muy poco.

sábado, 16 de abril de 2016

"LA PLAZA DEL DIAMANTE" O UNA INOLVIDABLE COLOMETA

Serie clásica entre las clásicas de TVE en los años 80 del pasado siglo, puedo decir que fue una producción que siempre se me quedó grabada en mi memoria, esa Colometa (voz catalana que significa palomita en castellano), y aquel «vuela Colometa, vuela», son una especie de mantras que de vez en cuando me asaltan y me recuerdan con simpatía aquella serie que fue prototipo de su clase en cuanto a temática contemporánea, argumento serio, buena ambientación y mucha sensibilidad.

Quizá con los años, como me ocurre con otras producciones, el halo de que gozaban para mí, decae un poco, se aprecian detalles, algunos errores y básicamente la constatación de un presupuesto limitado que, comparado con lo que se gasta hoy, deja un cierto poso que baja la nota de mi consideración, aunque más que nada se trataría de una valoración técnica.

Por poner en antecedentes, «La plaza del Diamante» narra una historia que se inicia en los años previos a la Guerra Civil, en la que dos jóvenes, Natalia y Quimet (a la postre la Colometa) se enamoran en un baile que se celebra en dicha plaza, perteneciente al popular barrio de Gracia de Barcelona. Ambos se podría entender que forman parte de familias obreras y humildes, con sus idas y venidas terminarán por casarse y formar una familia de dos hijos, un niño y una niña. Llegará la Guerra Civil y Quimet combatirá en el bando republicano pereciendo en la contienda. Comenzará una nueva vida para Natalia que nunca podrá olvidar a su amado.

La serie dirigida por el director catalán Francesc Betriu está basada en la novela del mismo nombre, escrita por la autora catalana Mercè Rodoreda y que la escribió en el exilio, en Ginebra, allá por 1960; y curiosamente y esto lo he conocido ahora, habiendo visto la serie en mi casa en cuatro ratos, resulta que aunque inicialmente se configuró como serie de cuatro capítulos de unos cincuenta minutos de duración, antes de su emisión televisiva se llevó a la gran pantalla, reduciendo su metraje y dejándola en ciento dieciséis minutos, algo más de la mitad de su contenido original.

De hecho, la película fue proyectada en las salas de cine de nuestro país, me temo que no con demasiado éxito, en 1982, y fue en enero de 1984 cuando vino a la pequeña pantalla. Previamente en diciembre de 1983 había pasado por el circuito catalán de TVE. Creo, casi con toda seguridad, que la obra está originalmente hecha en castellano y que si se proyectó en dicho circuito, los propios actores la debieron doblar al catalán. En todo caso, varios personajes tienen un acusado acento catalán que es lógico por otra parte.

Si aventuro que en los cines «La plaza del Diamante» pasó sin pena ni gloria, en la televisión, que como siempre digo en este punto era entonces la única y partía de esa ventaja del éxito garantizado, sí que gozó de una gran aceptación, incluso para un joven como yo, que por entonces tenía quince años y ya empezaba a tener ciertas inquietudes. De hecho, tal vez ese primer acercamiento a las vivencias de la gente llana en la Guerra Civil, me ayudó a empezar a entender el mundo que me rodeaba, a comprender la importancia de la democracia y cómo aquel acontecimiento bélico tampoco estaba tan lejano y aún quedaban muchos españoles que no solo eran testigos directos de lo que ocurrió, sino que además instaurada la democracia algunos otros pudieron volver a su país tras el exilio.

No obstante, pese a que Mercè Rodoreda fue una escritora en el exilio y no porque estuviera especialmente vinculada con el bando republicano, sino por colaboraciones periodísticas en publicaciones afines a ese sector, lo cierto es que la serie es más una historia de amor que una historia de reivindicación política. No sé si en la novela dará esa sensación, pero la serie no omite hechos esenciales del conflicto bélico, pero no hurga en la herida; tampoco apunta a buenos o malos, algo que es muy de agradecer por parte de la autora y de los guionistas que hicieron la adaptación, simplemente se limita a plasmar una realidad que pudo suceder en muchos lugares de España, es decir, un amor roto por la guerra, las necesidades de una familia amputada y los modos de salir adelante.

Como no he leído la novela no sé realmente si la adaptación es óptima y se ha mostrado de la forma más fiel posible el espíritu con el que quiso inspirar su obra la autora. Es lógico que un libro de 250 páginas transportado a unos 200 minutos de emisión deje muchos detalles fuera, pero me da la impresión de que hay algunos pasajes que no terminan de hilar bien, hay unos saltos temporales que parecen dejar cojas algunas líneas argumentales.

Ante todo es una novela intimista, eso parece que está fuera de toda duda, escrita en primera persona, ello se refleja en la serie, en la que las reflexiones y pensamientos de la Colometa jalonan todo el relato, a veces hacen que la serie tenga un desarrollo lento, como si no fuera a ocurrir nada relevante, y realmente no tiene una trama que pueda depararnos grandes sorpresas, es un relato costumbrista que radiografía en especial el ambiente de postguerra. A todo esto hay que decir que con Quimet muerto, Natalia se ve desesperada, incluso llega a pensar en el sacrificio de sus hijos y de ella misma, pero surgirá Antoni, un tendero, mutilado en la Guerra (sin posibilidad de ser padre) y que buscará una relación de intereses, en la que la familia, la compañía y la estabilidad económica juegan como monedas de cambio, y que a la postre se convertirá en una amplia amistad que yo diría que termina siendo amor; experiencia esta que a buen seguro que le tocó vivir a muchas personas, la de los apaños familiares para evitar la soledad, porque la familia es fuerte como núcleo aunque sus piezas sean débiles en sí mismas.

Por lo que respecta al elenco, ahí sí hay que decir que reside buena parte de la fuerza de la serie, como intimista que era la obra y vivida desde el plano femenino por su estructura, había que buscar a una actriz que encarnara los valores de sensibilidad, ternura y cierta debilidad física, y se eligió a una intérprete que quedó grabada para siempre en el imaginario de muchos españoles como la Colometa sin más, se trataba de Silvia Munt, una chica de belleza serena, que si bien tiene una dilatada trayectoria en cine y teatro, este papel realmente la encumbró, la dio a conocer para siempre, y después no la he visto yo en un papel tan estelar y relevante como este. En todo caso, Silvia Munt está brillante en esta interpretación, transmite con sus gestos, en esos muchos primeros planos que hay en la película, las angustias y las alegrías del personaje; buena parte del éxito de la serie habría que arrogárselo a aquella joven actriz en ese momento.

En el papel de Quimet está Lluis Homar, un actor mucho más conocido y bastante presente en la pequeña pantalla en la actualidad, que observando su trayectoria actual, un actor veterano, de muchas tablas y de los que llena la pantalla con su sola presencia, hay que decir que en esta interpretación deja un sabor agridulce, tal vez el personaje que encarna no le permitió más alardes, un personaje lleno de contrasentidos, sensible a la par que celoso; el caso es que no me termina de convencer como Quimet.

En definitiva, una serie guardada a buen recaudo en la memoria de muchos españoles, con un imponente contenido poético, que la hacen ser una joyita televisiva, muy sencilla, fácil de ver y, a pesar del ritmo lento en ocasiones, sus cuatro capítulos se dejan ver con bastante alegría, antes incluso de que sospeches cuál será el devenir de sus personajes.

sábado, 9 de abril de 2016

YA NO ME GUSTAN LOS TOROS

Yo sé que lo que voy a contar puede que no le guste a todo el mundo, pero como suelo mojarme con casi todo, también me voy a mojar aquí: los toros. Como cada uno tiene su opinión, muy respetable y particular, yo también ofreceré la mía.

He de decir que no he sido jamás un apasionado de los festejos taurinos, he visto corridas en la tele, cuando eran muy habituales, aunque difícilmente llegaba a ver el último toro; y también he asistido a festejos taurinos, yo diría que he ido de joven a los toros unas tres veces y también de niño al bombero torero cuando era una tendencia en los años 70 y 80 del pasado siglo.

Por tanto, no puedo decir que me haya sentido en alguna ocasión un aficionado a los toros, aunque como movimiento social (lo de artístico y cultural lo vamos a poner en solfa) que se alimentaba en la televisión, en la radio, en las tertulias, en la vida diaria, pues he estado más o menos al tanto, de los derroteros de los toreros más relevantes del escalafón, las ferias taurinas de mayor prestigio, los lances taurinos más comunes y las normas básicas de organización y funcionamiento de una plaza de toros.

El haber adquirido madurez a mí personalmente me ha provocado que haya perdido paulatino interés en este mundillo para centrarlo en otras parcelas, hasta el punto de que hoy no le encuentro aliciente alguno, me aburriría y ya en estos últimos años yo diría que me repele.

Mi desinterés progresivo era palpable hace ya un par de décadas y se alimentó aún más cuando comencé a tener animales domésticos en casa. Cuando uno tiene un contacto diario con animales, aunque sean perros y gatos como era mi caso, hace que la concepción que uno tiene del trato a estos seres se altere, al menos a mí sí que me produjo un cambio de criterio notable.

Realmente ya no me siento bien observando como a un animal, sea más o menos salvaje, se le inflige un sufrimiento gratuito hasta llevarlo a la muerte, y no sólo no me siento bien sino que mi raciocinio no me hace entender por qué el ser humano hace esto.

Yo respeto a la gente que le gusta los toros, respeto la parafernalia intrínseca a esta fiesta, y reconozco que la industria taurina es un recurso económico en España del que se favorecen muchas
familias, pero que con el tiempo irá limitando su popularidad.

Esa popularidad ya se está limitando y lo que voy a expresar ahora son impresiones personales, en primer lugar, por la presión social, estamos hablando de un maltrato animal y eso no lo puede desmontar ni el mayor de los taurinos; y eso que todavía no han llegado normas europeas más severas que irán arrinconando a esta fiesta nacional, que ya ni es tan fiesta ni de toda España. Por otro lado, esa mayor concienciación ciudadana no favorece el desarrollo y la proyección de los festejos, de hecho, los eventos taurinos pierden seguidores año tras año. Finalmente a todo esto hemos de sumar que ya ni tan siquiera es una moda, el desinterés de los jóvenes es manifiesto, las escuelas taurinas son reductos del pasado y el potencial público de dentro de medio siglo no tiene la más mínima intención, en su mayoría, de aplaudir los lances de los toreros del futuro en las plazas de toros, plazas de toros que dicho sea de paso, ocupan un valiosísimo terreno en el centro de muchas grandes ciudades con una rentabilidad social y económica nula, o sea, estorban y salvo unas pocas, no tienen ningún valor arquitectónico. Y tómese todo esto en cuenta como una opinión, como una sensación más que como una sentencia taxativa.

Igual que digo esto, también tengo que decir que no soy un acérrimo opositor, es decir, no tengo intención de ir a las puertas de una plaza de toros a pregonar mis reivindicaciones, lo hago de manera pacífica, y espero y deseo que la modernidad de la que intentamos hacer gala en el mundo occidental, termine por rechazar unánimemente las corridas de toros.

Por cierto que asumo con algunas reservas, pero asumo al fin y al cabo, que en las corridas de toros hay un torero profesional que trata de reducir el sufrimiento implícito en el acto de entrar a matar, de tal manera que sea una estocada certera que produzca la muerte instantánea, aunque lamentablemente siga habiendo por ahí los currorromero de turno que convierten lo poco estético o artístico que pudiera ser la lidia en una auténtica carnicería. Ahora bien, lo que sí que tenía que estar prohibido sin más dilación es todos esos espectáculos donde se maltrata a los animales entre hordas de bestias sin profesionalidad alguna y por el mero gusto no sólo de terminar matando al toro, en un incomprensible gesto de superioridad humana, sino de proporcionarle un inevitable sufrimiento prolongado, y con esto me refiero al Toro de la Vega, o a todos esos festejos típicos de la costa levantina con toros ensogados, de fuego o similares representaciones de escarnio hacia un animal absolutamente indefenso.

Tampoco me vale, en estas reflexiones que hago según se me van ocurriendo, que los puristas defiendan el mantenimiento de la fiesta como modo de preservación de la raza del toro de lidia, porque la utilidad como alimento de los toros, entiendo que garantizaría sus rasgos genuinos, dicho esto con las reservas de un indocumentado en la materia, como soy yo.

Como tampoco es de recibo señalar que es una lucha de igual a igual; el toro en la mayoría de las ocasiones tiene las de perder; el torero sabe lo que va a hacer y lo que quiere, que es matar a un toro; el toro sale a una plaza descentrado (gente gritando, la música, un caballo con uno encima que le pica, otro vestido de forma extraña que le enseña una manta de colores...) y trata de defenderse tal y como le dicta su instinto, no sabe lo que es matar.

Por cierto, que comparto que en Cataluña no haya corridas de toros, al igual que no me cabe en mi cabeza que los niños puedan ir a las plazas para asistir a este denigrante espectáculo, donde se ve sangre, se ve a un animal sufrir y morir a la postre.

Y dicho esto, tristemente este es el mundo en el que vivimos, el hombre es un ser racional que no sólo domina a la naturaleza sino que somete a todos los que no son sus iguales. Desde que en la antigüedad, dicen que por casualidad, se descubriera el fuego y que la carne de animales tenía mejor sabor y proporcionaba mayor sustento que estar comiendo todo el día vegetales, el hombre se sedentarizó. A partir de ahí, domesticó a los animales y se los comió, así de simple, que es lo que la mayoría de los humanos hacemos cada día, comer carne fresca (cocinada) de animales muertos que en su vida eran dóciles seres. No nos comemos a perros y gatos, al menos en Europa, porque parece que es indecente alimentarnos de esos seres que parecen entendernos, pero nos zampamos ovejas, vacas, pollos, cerdos, caballos..., que realmente interactúan con nosotros, comen de nuestra mano.

A medida que avanzo en esta reflexión me doy cuenta de que no me siento bien del todo comiendo carne, incluso pescado, si pudiera, en algún momento de mi vida intentaría probar a ser vegetariano. Leí no hace mucho que todos los animales tienen cierta sensibilidad, incluso los insectos, desde que asumí esto tengo que decir que me da más cosilla eliminar una hormiga, una mosca o un mosquito. Desde luego los liquido cuando estoy en mi casa y me invaden, pero cuando voy al campo, trato de no alterar a esos seres que viven allí y a los que yo invado para un rato de asueto, y no los mato.

Dicho esto de los toros y de los animales domésticos en general, hay bellas iniciativas como Santuario Gaia, altruista proyecto que dirigen en los valles gerundenses una pareja de jóvenes que acogen a todo tipo de animales de granja y que nos dan a conocer la familiaridad y cercanía de estos seres, como un modo de proteger su existencia y de fomentar la cultura vegana, la cual yo respeto como más o menos se puede inferir de todo lo dicho hasta ahora.

Pues nada, que cada día soy más antitaurino, y que si España es una sociedad moderna terminará por prohibir los toros, tal y como están configurados ahora, como una fiesta sangrienta en la que se somete a un animal hasta la muerte.

sábado, 2 de abril de 2016

"EL SECRETO DE VESALIO", DE JORDI LLOBREGAT

Si hace poco más de un mes escribía sobre «Hombres buenos» de Arturo Pérez-Reverte y ya criticaba la manía de los autores consagrados de criar fama y echarse a dormir, a medida que pasan los días y comento mi sensación con amigos, más llego a la conclusión de que aquel libro no me gustó tanto y que lo escribe por ser quien es. De hecho, creo que el libro más osado que he leído en mi vida de un autor icónico fue «Cristo versus Arizona» de Camilo José Cela, una tomadura de pelo que sólo podía venir de las manos de alguien que todo lo que tocaba lo convertía en oro y que se permitía el lujo de hacer inventos narrativos, porque yo lo valgo.

Si el valenciano Jordi Llobregat, autor de «El secreto de Vesalio», un escritor no muy conocido, hubiera tenido el atrevimiento de haber escrito alguna de las dos obras citadas en el párrafo anterior a buen seguro que no lo hubieran leído ni las águilas, ni de hecho habría encontrado una editorial a quien venderle humo; y es que lo que venden algunos autores reconocidos, que ya me voy coscando, es humo de colores.

Y dicho esto, vamos a dar a cada cual lo suyo, «El secreto de Vesalio» es la mejor novela que ha pasado por mis manos en los últimos años, bien escrita, con un argumento sólido y sin erosiones en el recorrido del relato, y con un dinamismo que permite que te atraiga desde el principio hasta el final, sin que decaiga la trama en momento alguno.

A todo ello se une una trama que con numerosos elementos de misterio y con sorpresas que se van sucediendo a lo largo de la historia, sin desdeñar el hecho de que el relato va creciendo en interés en busca del desenlace que resulta ser brillante y sorpresivo a la vez, muy en la línea de lo que han sido las páginas precedentes, pues en no pocas ocasiones me he encontrado con narraciones muy bien escritas que flaquean en el final y no saben resolver una trama que hasta ese momento era muy interesante.

El joven Daniel Amat verá alterada una vida tranquila en Inglaterra desde que hace siete años tuvo que llevar a cabo una especie de huida hacia delante tras un incendio en su domicilio familiar de funestas consecuencias. Afincado en Inglaterra donde es profesor universitario, goza de una vida plácida y su futuro personal se proyecta con una chica de buena posición con la que está a punto de formalizar su relación, sin embargo, recibirá un telegrama anunciando el fallecimiento de su padre que le obligará a desempolvar recuerdos.

La vuelta a Barcelona, plagada de dudas y temores por revivir aquella tragedia familiar en la que perecerían su prometida y su hermano, no podrá resultar más convulsa. Su padre ha muerto en extrañas circunstancias y Daniel Amat, casi en contra de su propia voluntad, comenzará a tirar de una madeja enormemente enmarañada, donde se entrelazan los recuerdos del pasado, investigaciones médicas, mujeres horriblemente mutiladas, una Ciudad Condal que se mueve hacia el futuro (finales del siglo XIX) y numerosos misterios que se incrustan en cada una de estos elementos argumentales.

Toda esta trama perfectamente urdida por Jordi Llobregat se sitúa en la Barcelona de 1888, en los días previos a la inauguración de la Exposición Universal, en la que buena parte del mundo occidental tenía puestos sus ojos. De hecho, la organización y esos fastos previos formarán parte de la trama de la historia, en la que acontecimientos y personajes reales se jalonan con otros de ficción, en un bello espectáculo que incluso tiene un interesante matiz de divulgación histórica.

Por cierto, que haciendo un paréntesis en este humilde análisis de la obra, he de manifestar que tengo especial predilección por leer relatos que se desarrollan en Barcelona; Eduardo Mendoza o Ruiz Zafón se me vienen ahora a la memoria, eso y las aventuras que me comentaba un compañero mío de colegio, el cual acudía allí de vez en vez a un oculista y narraba todo tipo de maravillas, me han hecho desear su visita en muchas ocasiones. Es de ese tipo de ciudades por las que he caminado mentalmente muchas veces pero donde jamás he estado, y es uno de los deberes pendientes en mi vida.

A todo esto hay que indicar que el título de «El secreto de Vesalio» hace alusión a la magna obra escrita por el médico belga del siglo XVI Andrés Vesalio, el cual provocó una revolución en el mundo de la medicina con su tratado denominado De humani corporis fabrica, del que se puede decir que supuso un antes y un después en el conocimiento de la anatomía humana.

El tratado que se compone de siete tomos, con detalladas ilustraciones jamás vistas hasta esa época, se concibe aun en el siglo XIX como un obligado documento de consulta para los estudiosos de la medicina, no obstante, a lo largo del relato se asienta el enigma de la posible existencia de un octavo tomo, una especie de culmen del conocimiento en el que Vesalio desvela un trascendental descubrimiento para la humanidad.

El empeño de Amat se verá alentado por dos inopinados colaboradores, a cual más sui generis. Por un lado, Bernat Freixa, un mediocre periodista con una vida azarosa que sueña con ofrecer a su periódico la gran exclusiva que le eleve al estrellato y, por otro lado, el misterioso Pau Gilbert, un joven y brillante estudiante de Medicina que a una existencia compleja se le une que a cada paso que da le surgen los problemas, porque esconde un sorprendente secreto en su interior.

La novela está perfectamente hilada y no he encontrado ninguna erosión argumental, aun partiendo que se trata de una novela de ficción, algo que para mí siempre es muy importante, porque también encuentro obras en las que uno ejerce de detective o de abogado del diablo y descubre detalles en el argumento que no son sólidos, no se sostienen de ningún modo, y provocan debilidad en el conjunto, en la nota media. En esta obra, reitero, no sólo está muy bien hecha y con buena riqueza en el lenguaje, sino que además la traca final es digna de obtener mis máximas calificaciones, las de este modesto lector, dicho sea de paso.

Para aquellos que tengan la ilusión de enfrentarse a «El secreto de Vesalio», a mí me ha ayudado notablemente para hacerme mis escenarios mentales el haber recordado la estética de la serie de televisión «Víctor Ros», basada en diversas novelas del escritor Jerónimo Tristante, en las que Víctor Ros encarna a un innovador detective de finales del siglo XIX; serie que por cierto tuvo una vida efímera en TVE, por criterios de audiencia y no por razones de su calidad y realización que yo creo que eran fantásticas.

Jordi Llobregat, al igual que Jerónimo Tristante, personifican, entre otros, la nueva literatura española; bien escrita, con hilos argumentales de estructura televisiva o cinematográfica, con mucho dinamismo, con buena literatura y con enormes dosis de entretenimiento asegurado.

sábado, 26 de marzo de 2016

"PERSONA", DE INGMAR BERGMAN

Tenía esta película ocupando un espacio en mi estantería desde hace ya unos años y, por fin, me decidí hace unos días a visionarla, esta que es considerada una clásica entre las clásicas.

Ingmar Bergman se posiciona como uno de los cineastas más influyentes del siglo XX, su celebrada cinta «El séptimo sello» ya supuso en la década de los 50 una pequeña revolución cinematográfica y cultural, algo no visto hasta ese momento: historia, filosofía, surrealismo..., todo se podría resumir haciendo una forzada reducción al absurdo en la escena en la que la muerte juega al ajedrez, curiosa forma la de interpretar nuestro destino, que tristemente es no pocas veces caprichoso.

En «Persona», producción de 1966, Bergman nos sigue asombrando con una propuesta que es arriesgada para su tiempo, tanto que aun hoy nos parecería una osadía. Es una película que nos va pulsando la fibra sensible, nos conecta y desconecta sucesivamente de sensaciones diversas y encontradas a la vez: la alegría, la tristeza, el amor, el sexo, el desasosiego, la amargura o la muerte.

Del mismo modo, tampoco desea este genial director sueco que sepamos qué es lo que nos depara la escena siguiente, no es nada previsible, pretende jugar con el espectador; esto hace que te mantenga la emoción a lo largo del recorrido del metraje; es, de algún modo, como si caminaras por una calle y doblaras la esquina sin conocer qué sorpresa te viene encima.

Con un inicio un tanto surrealista, la puesta en escena de la historia es en apariencia absolutamente mundana, una actriz de teatro, Elizabet Vogler (Liv Ullmann) que sin problemas físicos ni psíquicos ha decidido no hablar y aparece postrada en una cama de un sanatorio. A esta le será asignada una enfermera, Alma (Bibi Andersson) que comienza a hablarle, en una relación que en principio es como un frontón.

Ya de primeras, observamos el primer mensaje de Bergman, el escenario es sobrio y la decoración prácticamente inexistente. Nos está queriendo anunciar con claridad que lo sustancial es el espíritu de sus personajes y sus emociones, el ambiente podría haber sido el que es u otro, pero no es especialmente relevante, nada que pueda desviar nuestra atención de lo trascendente.

Alma irá poco a poco abriendo su corazón y su amistad, en lo que se sospecha de inicio una relación complementaria, simbiótica y fructífera para la curación emocional de Elizabet, que incluso favorecerá que ambas dejen el sanatorio para ir a una relajada casa en la costa; pasará con audacia, casi sin que nos demos cuenta, a ser una relación parasitaria. Alma empezará a afectarse del terrible derroche emocional que supone hablar de ella misma, se despojará poco a poco de las varias cruces que tiene que soportar. Ala postre experimentaremos la sensación de que ambas son, en algún momento, parásitas de la otra y también de sí mismas, como si estuvieran atrapadas en un ser que no les pertenece.

Con esa suave evolución, habrá un momento en que Alma cambiará y comenzará a ser más Elizabet, a conocerla, a hablar como ella, a ser ella. Es, del mismo modo, cuando la película se pliega hacia un ambiente irreal, que ya cerca del final es más surrealista. Y al final queda nada..., de algún modo, este concepto de «nada» define el desenlace de la película que, como siempre, no deseo desvelar.

Las imágenes del principio y del final, fotografías sin relación aparente (alguna realmente sorprendente y censurada en algún momento y país), alguna escena que no encaja en la película, una música, una radio, una televisión..., son notas que Bergman pretende encajar en un puzle complejo, que más allá de su interpretación individual, nos hace observar la terrible sordidez que puede suponer la existencia humana para algunas personas.

Las interpretaciones de las dos actrices permitieron la excelencia y mítica de esta película. Bibi Andersson está formidable, en ella se soporta el peso de este atrevido proyecto cinematográfico, sus gestos, su belleza contenida, su espíritu, se ponen al servicio de un guión que ella asume en más de un noventa y cinco por ciento, referido al texto de la película.

Por su parte, Liv Ullmann está también genial, si la película tiene valor y belleza es porque Ullmann se desnuda como una Elizabet Vogler real, atormentada, sin deseos de vivir, pero a la vez con una mezcla extraña de esperanza y desazón.

Todo un clásico de los cineclubs contemporáneos, del que se puede sacar mucha esencia, que ha dado centenares de interpretaciones, y ahí está el valor de esta película, que si la volviéramos a ver repetida, seguro que vendrían a la mente otras sensaciones, detalles que tal vez en un primer visionado podrían pasar desapercibidos. Multitud de símbolos que, cada cual de forma independiente, nos permiten abrir nuevos espacios para el diálogo.

Como últimamente hago, si este mundo global lo facilita, he visto «Persona» en versión original, es decir, en sueco, con los subtítulos en español. Una forma de ver películas que recomiendo a todo el mundo, porque no se pierde ni un gramo de la esencia verdadera con la que el director quiso inyectarla.

domingo, 20 de marzo de 2016

PACO COSTAS Y "LA SEGUNDA OPORTUNIDAD", ESA QUE MUCHOS NO TUVIERON

Creo que es la primera vez que en este blog hago referencia a la conducción y a los coches. Antes de nada, como casi todo hijo de vecino, pues tengo mi carnet de conducir y mi coche, y poco más, es decir, que conduzco por obligación y por la necesidad de una sociedad que te lo exige y ya está; no soy un apasionado, no gozo especialmente conduciendo y aparte de todo, soy consciente de que la conducción de un vehículo es una enorme responsabilidad que está sujeta a innumerables riesgos que a veces uno no puede controlar.

Yo siempre intento, y cada día más con la madurez y bagaje que uno tiene, que el acto de la conducción esté plagado de prudencia. Intento no conducir de forma autómata porque la confianza en una vía que conoces, la relajación que puede implicar, no es una buena consejera. Cada día soy más prudente y me monto en mi coche imponiéndome a mí mismo la obligación de estar absolutamente atento a la conducción, con todos los sentidos alerta.

No obstante, y por muy prudente que uno sea, la conducción es en sí misma una actividad de riesgo para el ser humano, mucho más que montar en un avión, medio de transporte al que el personal suele tenerle un cierto canguelo, cuando las cifras, ya no sólo de accidentalidad, sino de incidencias, permiten concluir que es el medio de transporte más seguro que existe, por más que los accidentes que ocurren, rara vez, ocupen portadas y cabeceras de informativos, por la tragedia colectiva que suponen. El ir en coche tiene tanto riesgo que no hay que mirar al último viaje que hiciste, donde probablemente no tuviste incidencia alguna y llegaste a tu destino sin novedad, pero realmente ¿has pensado en los sustos que has tenido a lo largo de tu vida?

El que más o el que menos el susto lo ha tenido alguna vez, y en ocasiones sin comerlo ni beberlo. Si estás en este punto es porque vives para contarlo, aunque sea con mermas físicas, otros no tuvieron la misma suerte. Aparte de esos sustos que cada cual hemos tenido, luego está el reiterado drama de la muerte en las carreteras. Yo perdí a mi hermano hace exactamente treinta años y pocas familias se libran directa o indirectamente de esta tragedia que sigue asolándonos día tras día. Mi hermano estaba en la flor de la vida y la carretera borró su futuro y de paso le extirpó a mi familia una parte importante de nuestras existencias.

Hoy sigue siendo la primera causa de muerte en España en menores de 25 años, no obstante, con las campañas, en ocasiones radicales, de la Dirección General de Tráfico, creo que la Administración no ha hecho lo suficiente para advertir del riesgo a la población; siempre se puede hacer más y siempre se podía haber hecho más.

Curiosamente sorprende que en la televisión pública los espacios dedicados a la conducción y al tráfico han sido muy escasos, casi como elefantes blancos. Tal vez el más famoso y recordado de los pocos programas que se han hecho sobre esta temática haya sido este de «La segunda oportunidad», un programa ideado y dirigido por Paco Costas, divulgador periodístico del mundo del tráfico y la conducción, probablemente pionero de su difusión y trascendencia en los medios de comunicación.

Pensemos por un momento en los coches de hoy en día, vehículos fuertes y robustos, con un mantenimiento adecuado, los cuales deben pasar por Inspección Técnica de Vehículos cada cierto tiempo (esta es obligatoria desde 1987), y cuentan con un buen puñado de dispositivos de seguridad: airbags, direcciones asistidas, sistemas de frenado inteligente..., las carreteras por donde circulan son razonablemente buenas, mantenidas y con asfalto en aceptables condiciones, hay muchos kilómetros de autovías, montones de rotondas (con lo importantes que son ambos elementos para evitar los choques frontales); y por si fuera poco, luego está el carnet por puntos y la rebaja en el índice de alcoholemia que también colaboran lo suyo en la reducción de accidentes. Ahora vamos a remontarnos a finales de la década de los 70, cuando se emitió este programa, entre los años 1978 y 1979; los coches eran auténticas tumbas rodantes y la carretera un cementerio en potencia. Pocas autopistas y autovías, y carreteras de mala muerte, coches con mínimos sistemas de seguridad y un incipiente incremento paulatino del parque automovilístico, con medidas administrativas muy livianas.

Así las cosas las cifras hace cuarenta años no hacían más que reflejar toda esta realidad, no menos de cinco mil muertos cada año en nuestras carreteras, multipliquen por tanto las familias afectadas y el dolor acumulado y perenne para tanta gente, y todas esas vidas sesgadas. Era difícil estar ajeno a todo esto y Paco Costas, que ya había hecho sus pinitos radiofónicos, tuvo la idea junto con otros profesionales del mundo de la televisión, de crear en TVE un programa impactante, de corta duración (apenas diez o doce minutos), transmitido en un lenguaje simple y con un mensaje didáctico más que evidente.

El título de «La segunda oportunidad» hacía alusión al formato en el que se desarrollaba el espacio. Se mostraba en primer lugar el tema que se iba a tocar en el programa, se documentaba con imágenes y vídeos, y finalmente el momento crucial llegaba cuando se producía un accidente, se explicaba el porqué de su ocurrencia, y finalmente se generaba la llamada «segunda oportunidad», pues la tan cacareada moviola (del fútbol) por aquel entonces, deshacía el accidente, se daba una segunda oportunidad al «conductor» del vehículo y se le permitía hacer bien las cosas y salvar su pellejo.

Paco Costas ilustraba de forma muy inteligente cada espacio y la temática que lo contemplaba, en una especie de curso de especialización de conductores que aun hoy yo diría que se echa de menos; y digo esto básicamente porque dejar a la exclusiva responsabilidad de una autoescuela y al pertinente examen, la enseñanza y formación de la educación vial de un conductor para el resto de su vida, se me antoja una mochila con escasos pertrechos.

Las autoescuelas creo que en líneas generales hacen un muy buen papel, son engranajes necesarios para que los que aspiran a ser conductores cumplan los objetivos y se conviertan en usuarios de la carretera responsables y prudentes. Pero el sistema no lo han creado ellos, uno aprueba el teórico y el práctico y si te he visto no me acuerdo. Uno se especializa en la carretera, pero algunos no se especializan jamás, saben cuatro conceptos de señales de tráfico y desconocen estrategias para conducir adecuadamente y evitar accidentes; que no exista una formación de reciclaje cada cierto tiempo para todos los conductores creo que no es de recibo.

No obstante, y si ya era de por sí atractiva la propuesta de Paco Costas, los accidentes que se documentaban en cada espacio eran reales, tan reales que escogieron al mejor especialista del momento, un experto y hábil francés, Alain Petit, que se dedicaba a ir de feria en feria destrozando vehículos con mil locuras y saliendo prácticamente indemne de los mismos. Un personaje enormemente singular este Alain Petit, ningún superhombre, yo diría que además entrado en kilos, que presentaba un currículum de antiguo mercenario en diversas guerras del continente africano, y que supo ganarse la vida merced a su pericia para afrontar trompazos en aquellos vehículos tan mínimamente equipados de medidas de seguridad. Era curioso ver el final de cada programa cuando todos los que participaban en el equipo de producción del programa, no menos de veinticinco personas, corrían al vehículo para interesarse por el especialista-cascadeur (así se indicaba en los títulos de crédito, la palabra francesa cascadeur significa precisamente eso, especialista).

Accidentes de tráfico en España, últimas décadas
Y es que había un dispositivo más complejo que el que uno se imaginaba, había varias cámaras, tomas desde diversos puntos de vista, y luego dejarlo todo a las manos del habilidoso y algo loco Alain, el cual debía hacer muchas probaturas antes de provocar el definitivo siniestro. Por cierto que hay un vídeo por ahí, en el que se veía cómo se hacía el programa y como por entonces no había ordenadores ni programas de manipulación de imágenes y todo se hacía «a sangre», pues en alguna ocasión y dado que el manejo de un vehículo no es una ciencia exacta y menos aún forzarlo hasta el porrazo, a Alain Petit le fallaban los cálculos mentales y se cargaba alguna cámara o atropellaba a algún camarógrafo.

Gracias a Dios, todas las medidas que se han comentado han ido reduciendo progresivamente el número de accidentes y fallecidos en nuestras carreteras, aun así, mientras siga habiendo muertos no hay que cejar en el empeño, que es cosa de todos, desde las autoridades hasta los que nos ponemos al volante de vez en cuando.

A pesar de todo y erigiéndome en inopinado consejero espiritual, que la prudencia sea cada día la norma básica a la hora de conducir, porque pese a todo y como se decía en el proverbio que acompañaba la cabecera del programa cuando un coche se estampaba contra un pedrusco impresionante en mitad de una carretera, «El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra». Muchas gracias Paco Costas. Siempre en mi vida Luis.

domingo, 13 de marzo de 2016

MALUKU SELATAN Y OTROS SELLOS DE PAÍSES ¿INEXISTENTES?

SELLOS DE MALUKU SELATAN
Correría el año 1981 y en Linares se desarrollaba el célebre Torneo Internacional de ajedrez, quedará para el recuerdo aquella edición en la que vino por primera vez a mi ciudad natal el mítico ajedrecista Anatoli Karpov. No puedo olvidar aquel Torneo y aquel Salón de actos de la Casa de la Cultura hoy convertida a la sazón en Biblioteca Municipal, pues allí pasaba muchas tardes viendo ajedrez, esperando el autógrafo de las estrellas y asistiendo al paso de personajes tan relevantes como Fernando Arrabal, un extraordinario aficionado a este llamado deporte mente; no obstante, recuerdo sobremanera aquella exposición filatélica que se montaba en paralelo al Torneo, y que hacía las delicias de los jóvenes como yo que se iniciaban en esta afición (alguna vez lo he comentado y en mi clase del cole, más de la mitad de mis compañeros coleccionaban sellos, hoy no creo que sigamos más de dos).

Por cierto que tampoco puedo olvidar aquella tarde casi al final del Torneo (enero de 1981) cuando mi querido padre vino a recogerme a dicha Casa de la Cultura, pues Adolfo Suárez había dimitido y probablemente pensara que no había nada de que preocuparse pero por si acaso, mejor en casa.

Tan incipiente afición filatélica para un joven imberbe como yo tenía su adecuado contrapunto examinando esas soberbias colecciones que adornaban la planta primera de la Casa de la Cultura. Se respiraba no sólo afición por la filatelia sino participación de coleccionistas y afluencia de propios y extraños, lo de la visita de extraños era especialmente significativo. Por cierto que yo que aspiraba a ser expositor y poder presentar mi propia colección cuando fuera mayor, continúo en esa fase, será porque todavía no soy mayor o porque tampoco he hecho demasiados esfuerzos para ello, probablemente lo segundo.

En esa exposición y en otras que después se sucedieron con este Torneo ajedrecístico yo aprovechaba para aprender de filatelia, conocer formas de coleccionismo y, de paso, y si mi modesto presupuesto me lo permitía, para adquirir algún sello, un sobre con un matasellos chulo...

También había algún que otro material de regalo y casualmente cayó en mis manos un pequeñito manual denominado «Aprenda a coleccionar sellos» y editado en 1979 por la Filatelia Blanco de Madrid, una de las más reconocidas del sector y que aún hoy sigue funcionando. En dicho documento, de treinta páginas, se nos acercaba con bastante pulcritud qué era la filatelia, sus elementos y cómo orientar y hacer avanzar nuestra colección. A mí me sirvió de mucho y, por cierto, sigo contando con el manual, el cual me he permitido escanear y mostrarlo aquí.

La mayoría de los apartados que contiene el librito han ido diluyéndose en mi cerebro, básicamente porque son cuestiones que ya conozco y he ido solapando con mi experiencia en la filatelia; no obstante, el mayor recuerdo que siempre mantengo del mismo es un apartadillo que se sitúa casi al final, en concreto en un capitulo que se denomina Consejos finales, en el que se decía lo siguiente: «Aprenda a distinguir países solventes filatélicamente hablando, de aquellos otros que han mercantilizado los sellos, pues sin apenas densidad de población, emiten una cantidad masiva de sellos para filatelia (…). A título anecdótico, existen sellos de países que no existen como por ejemplo la Republik Maluku Selatan y en cambio circulan entre cierta clase de coleccionistas, pese a que no pueden catalogarse por no existir en ningún catálogo mundial tales sellos y país».

Pues dicho esto, no sé por qué extraña casualidad, apenas estaba recién iniciada mi afición al mundo de la filatelia cuando por arte de birlibirloque (antes con una minúscula cantidad de sellos sabía el origen de cada uno, ahora con los miles que tengo mi memoria no llega a tanto), yo ya contaba con dos sellos de Maluku Selatan, qué curioso.

Lo cierto es que la lectura de esta parte del manual nunca me limitó el seguir coleccionando a mi manera y, por supuesto, jamás me deshice ni de mis dos sellitos de Maluku Selatan, ni de un conjunto de países «inexistentes» que fueron aterrizando paulatinamente en mis álbumes y cajas.

Es más con el tiempo, con la llegada de Internet, la afirmación del escritor del manual, que no era otro que el dueño de Filatelia Blanco, Miguel Ángel Blanco Fernández, tal vez no fuera del todo precisa.

Bien es verdad que en mis colecciones de sellos extranjeros aparecen sellos que son claramente cromos, realizados con el interés mercantilista que afirmaba Miguel Ángel Blanco, son sellos matasellados de una forma mecánica perfecta, es decir, impresos con el matasellos incorporado y sin haber circulado jamás; así muchos países asiáticos, africanos y algunos países de Europa del Este, entre los que destaco los de Hungría o Rumanía de los años 70.

No obstante, por muy falsos que fueran los sellos de Maluku Selatan, yo jamás he vuelto a ver sellos de este país que en teoría no existe, por lo que en sí son ya una rareza que, al menos, a mí me llena de cierto orgullo, y que con las aportaciones que Internet ofrece, tal vez tienen hoy más interés que el que avecinaba Blanco.

Hay que decir que la rareza no estriba en su valor, nimio por otra parte, sino que ya supone una rareza el propio país en sí del que la mayoría de los que leen esto jamás habrán escuchado hablar. Recuerdo no hace mucho que en un programa de estos de subastas que emite el singular canal televisivo Discovery Channel, en el que una tasadora señalaba con acierto que algo no es raro porque exista poco de ello (de hecho, cualquier cosa que yo firmo o tú es única y rara a la vez, porque no existe nada más que esa en exclusiva), sino porque haya personas interesadas en adquirirlo. Es decir, que si nadie o muy pocos se interesan en adquirir (propiamente la oferta y la demanda) no tendrá ningún valor, o exiguo, incluso aunque sea único.

Y Maluku Selatan ¿existe o existió? Pues la verdad es que sí, de ahí lo raro de la situación; y es que extraño país hace referencia a la República de Molucas del Sur, aunque creo que en realidad significa Molucas Libre, que eran un conjunto de islas situadas en el archipiélago indonesio que pertenecían a Holanda y que pasaron a formar parte de Indonesia en 1949. Con el control indonesio, los moluqueños declararon su independencia, pero el gobierno provisional se vería obligado ante la presión militar oficialista, a exiliarse a Holanda y desde allí dirigirían este estado prácticamente ficticio. No se sabe si llegaron a circular estos sellos alguna vez en las Molucas del Sur, o fueron los defensores de la independencia en el exilio los que decidieron sacar estas emisiones como medio de propaganda. Lo cierto es que existen en torno a ciento treinta sellos de este país emitidos entre 1950 y 1954, que no circularían desde tierras asiáticas e hipotetizo que, son conocidos en los países occidentales, porque a buen seguro que acompañaban a cartas emitidas desde Holanda, pero sin valor postal, a modo de viñetas.

De Maluku Selatan se pueden adquirir sellos hoy sin ningún problema, y no hay una demanda masiva, por eso son muy baratos; o sea, el país es raruno y los sellos también, pero no tienes una joya en tus manos.

SELLOS DE NAGALAND
No pocos de estos sellos de países raros o no reconocidos oficialmente tienen como fin la propaganda, para que luego digan que la comunicación postal no tiene importancia, y en este caso, se ve que sí la tiene desde el punto de vista político-estratégico.

No sólo tengo estos sellos de países raros en mi colección, también los tengo de Nagaland, Katanga, Staffa-Scotland, así como de otros países ya desaparecidos como Zaire, Dahomey..., y por supuesto, Yugoslavia o URSS. Por cierto, todos los sellos que aparecen en las fotos adjuntas son de mi colección personal.

Los países, territorios u órganos postales no reconocidos como Nagaland (estado del nordeste de la India), Katanga (provincia sureña de la República Democrática del Congo) o Staffa-Scotland (una de las islas Hébridas) representan todas esas rarezas que enmarcan el mundo de la filatelia, y que los coleccionistas las atesoramos como eso, como curiosidades.

SELLO DE STAFFA-SCOTLAND
Y es que no hemos de olvidar que la filatelia es a la geografía política contemporánea como la numismática lo es a la historia. Con la filatelia se cumple modestamente un fin cultural como es el de conocer países, territorios, su evolución, su nacimiento y también su desaparición.

A propósito, para conocer algo de toda esta amalgama de países y territorios, nuevamente nuestra tabla de salvación esta en Internet, y en concreto en la Wikipedia. Les invito a hacer un apasionante recorrido por los estados desaparecidos, y dentro de esas rarezas tal vez la vuelta de tuerca (sube la nota en el examen final) esté en los estados desaparecidos con reconocimiento limitado, y también para mayor actualidad y tal vez más lío, los estados actualmente existentes con reconocimiento limitado, entre ellos la República Turca del Norte de Chipre, de la que también tengo sellos.

No me gustaría acabar sin hacer una escueta mención a las provincias y colonias que tuvo España. Cabe recordar que el sello postal moderno tiene poco más de un siglo y medio de existencia, y si nos remontamos al siglo XIX es preciso señalar que España contaba entre sus posesiones con territorios de ultramar, donde se emitían sellos, así Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Pero es que en el siglo XX también tuvo colonias en África y, de hecho, tuvieron el estatus de provincias españolas (Sáhara, Ifni y Fernando Poo) hasta mediados de dicho siglo, hasta la pérdida de la última colonia que fue el Sáhara en 1976. Todos estos territorios, no menos de veinte, generaron toda una serie de efectos postales que aún siguen haciendo las delicias de los coleccionistas, y ahí sí que hay rarezas que valen dinero, especialmente las que se emitieron en el siglo XIX; pero de las colonias españolas hay mucho que decir, y eso me da pie para continuar otro día.