sábado, 27 de junio de 2015

"LA PROMESA DE GERTRUDA", DE RAM OREN

Ya lo he comentado en alguna ocasión cuando he traído a este blog algún libro, de los que asiduamente devoro, relativo al exterminio que ejerció la Alemania nazi contra la población judía durante la 2ª Guerra Mundial, que salvarse, escapar de aquella barbarie fue una cuestión de suerte, de picardía o de oportunidad, además, ni por este orden ni necesariamente todas juntas. Podemos decir que la maquinaria de devastación no controlaba en su totalidad esto, porque los avatares del ser humano son inescrutables y simplemente hay gente que sobrevivió por una serie de circunstancias y gracias a Dios nos ofreció su testimonio para que no olvidáramos jamás lo que ocurrió.

Un poco de suerte, oportunidad e incluso de picardía, sí que se unieron para que los protagonistas de esta bella historia, la historia de Gertruda Babilinska y Michael Stolowitzky, pudieran salir de aquel infierno.

Varias notas muy particulares separan esta historia de otras que he leído sobre la misma temática en los últimos tiempos. Para empezar hay que decir Michael era el hijo de una potentada familia judía polaca, su padre Jacob Stolowitzky tenía fábricas por toda Europa y cientos de trabajadores a su cargo, sus negocios florecían y eso le permitía llevar un gran nivel de vida, residiendo en una mansión en el centro de Varsovia donde se daban cita de vez en vez lo más granado de la aristocracia, política y empresariado de aquel país antes del conflicto bélico. Gertruda, por otro lado, era una joven católica, culta y de procedencia humilde y de una zona rural, que será la cuidadora del pequeño Michael.

Por otro lado, paralelamente a la historia de Gertruda y Michael, se cuenta también la de un oficial nazi, Karl Rink, un hombre bueno, casado con una judía, a la que sus propios compañeros liquidan, y con una hija a la que en el inicio de la guerra, manda a un campo de refugiados en Palestina. Rink comete un terrible error en su vida que es el de adherirse al partido nazi en un momento en el que estaba parado; lo hace como una salida laboral y porque en los primeros momentos del nazismo, este partido proclamaba una serie de mejoras en Alemania en un momento de crisis económica (¿nos suena?). La deriva posterior fue la que todos conocemos, y Rink convertido en oficial de las SS, busca poder vengar a su mujer, volver a ver alguna vez a su hija, y a la par intentar desde su privilegiada situación el trato honesto, cuando no la salvación, de un buen número de judíos.

Se tiene como el principal detonante del inicio de la 2ª Guerra Mundial la invasión de Polonia por el ejército nazi, y aun cuando ya se vivía cierto tufo en Europa de odio a los judíos, el punto de mira hacia este pueblo se ajustó. A esta familia la obligada huida le llega en el peor momento, pues el Sr. Stolowitzky está cerrando un negocio en París y se ve impedido de volver a su país y no sólo eso, sino que es imposible establecer comunicación con los suyos.

Con las lógicas prisas y la locura imperando en las calles de Varsovia, la familia Stolowitzky, Michael y su madre (Lydia Stolowitzky), Gertruda y el chófer de la familia (Emil), cogen unas pocas pertenencias, dinero en metálico y joyas. Su destino la capital lituana, Vilna, donde al poco de llegar conocerán la crudeza de la condición humana, pues el chófer se revela como un traidor e incluso confirma que ya lo era antes, y deja a la familia prácticamente tirada en la calle.

Las dos mujeres y el niño se ven abocadas a la miseria y Lydia Stolowitzky fallecerá al poco tiempo, aparte de enfermar, víctima también de una pena irremediable. En su lecho de muerte Gertruda le prometerá llevar a su hijo a la tierra prometida de los judíos, a Palestina, y no separarse de él.

Mientras, la vida del padre, Jacob Stolowitzky, caminará por otros derroteros, desolado, casi sin esperanza de volver a ver a los suyos, llegará a contraer matrimonio con una joven italiana, trasladándose a un pueblo recóndito de ese país, donde se enclaustrará, aunque finalmente será encontrado por los nazis y asesinado por estos.

Los esfuerzos y malabarismos de Gertruda para mantener al pequeño Michael se redoblarán, no sólo para conseguir su sustento y cuidar de su salud, sino para preservar el secreto de su origen, lo cual que se desvelaría con algo tan simple como desnudar al niño, pues por su condición de judío estaba circuncidado; precisamente un buen día paseando por las calles de Vilna se tropezarán con un grupo de las SS, comandado por Karl Rink, el cual termina por conminar a sus huestes para que no los incordien y muy seguramente salvaría la vida del pequeño.

Gertruda se convertirá en la madre adoptiva, sin papeles, de Michael Stolowitzky y después de muchas vicisitudes, y la feliz noticia del fin de la guerra y de su supervivencia, es cuando Gertruda debe dar cumplimiento a su promesa. Sus penurias no acabarán, pues formarán parte del contingente de emigrantes ilegales que a bordo del Exodus en 1947 tratan de entrar en el que muy pronto se convertiría en el nuevo estado de Israel. Otro testimonio histórico digno de repasar, de hecho, hay una película sobre esta odisea que vi una vez a trozos y tengo intención de visionar en breve.

Tras no pocas peripecias finalmente se instalarán en Israel, donde Gertruda y Michael llevarán una vida humilde y tranquila, aunque quedaban dos asuntos pendientes, uno era el recuperar la inmensa fortuna de la familia Stolowitzky que estaría en tres bancos suizos, y el otro, el de rendir tributo a aquel oficial de las SS que tuvo un gesto de humanidad y que los salvó de una muerte prácticamente segura.

Un joven Michael Stolowitzky acudiría a Suiza para reclamar su fortuna, pero la mucha ilusión sin papeles que le avalaran, puso freno a sus expectativas; se enfrascó en todo un laberinto burocrático, en el que finalmente llegaría a conocer a la segunda mujer de su padre, y con su ayuda llegarían a conseguir una mínima cantidad de aquella fortuna; los bancos suizos le pusieron infinidad de trabas (Suiza, ese país tan idílico en el que sus bancos acogen hoy las fortunas de medio mundo procedentes de la corrupción, qué curioso).

Por otro lado, Karl Rink se le reconocería su valor y humanidad, tristemente falleció poco antes de reencontrarse con su hija, pero Michael y Gertruda sí la llegarían a conocer. Gertruda que siempre fue católica pero que ya vivió para siempre en Israel, fue nombrada Justa entre las Naciones en 1963, por Yad Vashem, institución creada en memoria de las víctimas del holocausto.

Aquella terrible guerra sepultó las almas de aquella acaudalada familia polaca, de hecho, la grandiosidad de la mansión en la que vivían se denota en que la misma fue utilizada como sede de un ministerio tras el fin del conflicto.

En definitiva, una bella historia del corazón, dura también, que para los que somos padres adoptivos nos llega muy adentro, y un testimonio que, como siempre intento que así sea, nos tiene que seguir dejando poso para entender todavía mejor la realidad actual en determinados aspectos.

Por cierto, Gertruda Babilinska fallecería en 1995 y Michael Stolowitzky, instalado actualmente en Estados Unidos, ha sido profesional del turismo, y hay muchas entrevistas suyas en Internet que recalcan aquella aventura de muerte, terror y esperanza.

domingo, 21 de junio de 2015

LA DICHOSA SELECTIVIDAD SIGUE SIENDO UNA INADAPTADA

Corría el año 1986 y yo pasaba por el trance o por el trámite de la Selectividad, ya ha llovido un poco. Era como una especie de rito iniciático, el viajar a la capital (Jaén) no muy común para mí, el hacerlo en un autobús de dos plantas repleto de estudiantes y el afrontar por primera y única vez en mi vida esta prueba que por la propia raíz de la palabra, venía y viene a ser como una especie de criba o tamiz para el acceso a la universidad.

Las pruebas se desarrollaban con relativa normalidad y con los nervios propios de una prueba en la que te jugabas tu futuro, aunque en el peor de los casos y salvo hecatombe, perdías un año. Y ahí llegó la anécdota que siempre que puedo rememoro cuando se habla de este asunto; no sé qué prueba se estaba haciendo, si era inglés o lengua, pero en todo caso era una asignatura de letras, porque yo hice letras en el Instituto, y un alumno o alumna levantó la mano y quiso hacer una pregunta al profesor – controlador que en ese momento se encontraba en el aula, un aula inmensa donde podríamos estar perfectamente 100 personas. Aquel profesor, lo recuerdo bien, tenía barba, mediana edad y aspecto de ser un tío afable y cercano a su alumnado, antes de que el preguntante dijera esta boca es mía, respondió que no podía ayudarle porque él era especialista en Física.

Aquella anécdota, hasta cierto punto irritante en aquel momento, fue muy comentada por todos los que estábamos por allí, es decir, no era de recibo que en una prueba que duraba dos días y aun asumiendo que había mucha gente examinándose, pero también muchos profesores controlando, no era de recibo que la coordinación entre ellos no previera que en las aulas hubiera profesores especialistas de la materia sobre la que se estaba examinando, más que nada para resolver algunas dudas formales que pudieran surgir en el desarrollo de la prueba. Total que aquel alumno o alumna no recibió debida respuesta a su duda y desconozco si aquello fue clave para que superara la Selectividad y decidir su futuro.

Ya por entonces tenía mis dudas acerca de la utilidad y escasa justicia de la Selectividad, y mi experiencia durante aquellos dos días corroboró mis pensamientos. El incidente de aquel profesor de Física fue la gota que colmó el vaso, era un dato muy expresivo del desinterés con el que se tomaban los controladores la prueba, como un esfuerzo suplementario, imagino que pagado, en los últimos estertores de un curso lectivo duro y sacrificado (que yo siempre he tenido mucho respeto por el profesorado y jamás he dudado de su labor). Por otro lado, no me pareció que los temas que nos ponían fueran muy rebuscados, no estaban hechos para «pillar», aun así quiero recordar que hubo gente que suspendió, muy poquitos.

Lógicamente todo esto está de actualidad, porque cuando llega a esta época los medios de comunicación se hacen eco de la Selectividad y este año le he prestado más atención que de costumbre, y con ligeras diferencias me temo que poco ha cambiado en la esencia de esta prueba que yo hice hace casi tres décadas.

Vayamos por partes, Selectividad, o lo que es lo mismo seleccionar, pero seleccionar ¿para qué?, filtrar ¿para qué? Antes, en mi época, la nota de la Selectividad te hacía media con el conjunto de las notas de C.O.U. y no recuerdo bien si del resto del bachillerato, desde luego era de lo más injusto y era una especie de tiro en el pie que se disparaba el propio sistema educativo. Hoy sigue siendo prácticamente igual, me parece que la nota final se compone en un 60 % de las notas de bachillerato y en un 40 % del resultado de Selectividad. De tal guisa que en dos días te examinas de lo que has estudiado en los nueve meses precedentes, para comprobar que sabes lo que dicen tus profesores habituales que sabes, para verificar que esas notas son las que más o menos te mereces y para reafirmar que eres digno de seguir estudiando. Siempre me he cuestionado si no es suficientemente selectivo un curso completo, si tus profesores no son auténticos profesionales que en el día a día y en las pruebas que regularmente te hacen, conocen de primera mano cuál es tu nivel, en muchos casos podrían ponerte la nota casi sin hacerte exámenes.

De hecho, soy muy partidario de los no exámenes. Tuve vocación en mi juventud de ser docente y luego mi vida derivó en otros derroteros, pero tenía en mente algunos métodos para evitar esos exámenes y mantener siempre al alumno en activo. Esto tampoco es posible a toda costa, en aulas con 40 alumnos en EGB y en mi Instituto era impensable, y en la Universidad ni te cuento, pero con los ratios actuales sería algo más factible.

Aquella, mi Selectividad, confirmó con bastante certeza que mis profesores no se equivocaban y que mis notas en el curso regular se correspondieron con el resultado de la Selectividad, y que en consecuencia, podía si quería, acceder a la Universidad; pero ¡ojo!, porque mis reservas y algún cabreo que otro tuve. Y es que yo venía de un Instituto de bachillerato de carácter público, estricto, serio, duro incluso, y verdaderamente selectivo, algunos amigos míos se quedaron en el camino, sin embargo, veías en Selectividad a otros jóvenes de tu edad que pertenecían a Institutos privados y cuyas notas en conjunto eran más elevadas que la media de las de mi Instituto, por ejemplo, y a la hora de la verdad la Selectividad les rebajó mucho a muchos esa nota. A los chicos del Instituto público, los que teníamos menos recursos, eso nos cabreó bastante, porque por muy mediocre que fuera la nota de Selectividad de los más pudientes (y no se interprete esto de forma peyorativa), al tener una nota alta de partida en el curso escolar hacía que acabaran con mejor nota que tú.

Es decir, injusto todo esto se mirase por donde se mirase, esos chicos podían estudiar la carrera que quisieran, y así nos lo reconocieron algunos, sus profesores preferían sobredimensionar sus notas en la «temporada regular», con la idea de aunque la nota de Selectividad les bajara la media, podrían optar a las carreras más atractivas, o lo que es lo mismo a itinerarios universitarios deseados y donde la motivación del alumno (porque estudiaba lo que quería), podría suplir la posible mediocridad de su expediente académico.

Yo no tuve unas notas excelsas y, desde luego, no me las regalaron en el Instituto, por lo que al final me fue humanamente imposible, aunque lo intenté, acceder al INEF (Instituto Nacional de Educación Física), una balbuciente carrera universitaria orientada al deporte y que en la década de los 80 estaba solicitadísima.

Pues eso, que han pasado ya treinta años y no veo que el panorama haya cambiado demasiado, prácticamente nada en realidad, resiste los avatares de la modernidad y sigue llamándose Selectividad, antes se llamaba Reválida, y ahora se pretende, más o menos para 2017/18 volver a cambiarle el nombre y generar una prueba final de 350 preguntas tipo test; en definitiva, mismo perro con diferente collar, y lo que es más flagrante, que significa que seguimos confiando poco en nuestro propio sistema cuando tenemos que validar en dos días lo que ya se ha superado en un curso entero. No sé cómo le sentará esto a la comunidad educativa, porque no creo que lo pasen muy bien cuando, es un suponer, las notas de Selectividad difieren sustancialmente de lo que ellos han corregido, imagino que no les molestará cuando sus discípulos han superado sus notas y podrán decir que estos están bien preparados, o tal vez los alumnos puedan decir que sus profesores eran muy estrictos y que puteaban bastante al personal y las notas de Selectividad los ponen en su sitio. Lo que desde luego puede ser un auténtico bofetón a los profesores es, lo que he comentado más arriba, que alumnos con notas sobredimensionadas tengan unos resultados mucho más bajos, ¿una corrupción encubierta de notas?

En fin, no sé hacia dónde desembocará esto, pero por el momento es más de lo mismo y me da igual lo que se haga en otros países, yo sinceramente no estuve de acuerdo jamás con la Selectividad y mantengo mi criterio. Y, por cierto, aquella desgana o falta de rigor que yo encontraba en el pasado, también se adivina ahora, porque en estos días he leído que en un examen de la asignatura de Filosofía en Madrid entró un tema que no pertenecía al temario oficial, o sea, la ceremonia de la confusión.

sábado, 13 de junio de 2015

"ARRIBA Y ABAJO", UNA SERIE IMPRESCINDIBLE Y DE ENORME VALOR HISTÓRICO

Imagino que habrá un montón de listas en las que esta serie aparezca como una de las mejores, más importantes, e incluso influyentes de la historia de la televisión, para otros quizá no. En mi opinión, más allá de su indudable calidad artística, sin duda esta es una de las diez series clásicas en la historia de la televisión que yo recomendaría ver, una producción imprescindible para entender la evolución de las series televisivas.

Pues eso, una clásica entre las clásicas, que no pierde ni un ápice de valor por mucho que el tiempo transcurra, y es que a muchos les sonara o habrán visionado en alguna ocasión algún episodio de esta grandiosa serie británica, que como su propio título indica, trata acerca de las aventuras y desventuras de una familia de clase alta en Londres del primer tercio del siglo XX (los de «Arriba»), y sus sirvientes (los de «Abajo»).

Como no podía ser de otro modo, pese a que ambos grupos tenían vidas e intereses muy distintos, no es menos cierto que sus vicisitudes en no pocas ocasiones les hacían unirse, convivir con alegrías, desgracias, eventos, crisis y todos los avatares de unos convulsos años. Y es que, a todo esto, no sólo tiene la serie un gran valor dramático sino que goza de un manifiesto bagaje histórico que la hace aún más potente de cara a mostrar a nuestras generaciones una forma de vivir de aquella Inglaterra y, de paso, los acontecimientos históricos más relevantes de aquella época (de 1908 a 1930): la 1ª Guerra Mundial, el ascenso de los laboristas, el hundimiento del Titanic, las huelgas, la caída de la Bolsa de Nueva York en 1929.

En la parte de arriba se tratan asuntos trascendentales: política, economía, negocios, viajes..., y en la parte de abajo se tratan asuntos, tal vez más mundanos, pero trascendentes para ellos también, tales como los movimientos obreros, los chismes, el precio de los productos y, de igual modo, la política aunque con sus matices.

Sorprende después del visionado de la serie que la gente de abajo, se sometía a sus patronos en una especie de esclavitud moderna, con un servilismo y fidelidad sin límites, en determinados momentos, con un arrastramiento tan indigno que daba la impresión de que los jefes eran dioses, incapaces de cometer errores, aun cuando eso fuera en contra de la voluntad y los intereses de la servidumbre.

Como contrapunto a ese servilismo exagerado, también es cierto que vivir en la planta baja de una casa aristocrática implicaba un estatus de protección que casi compensaba esa pérdida de personalidad e independencia, algo que se constata en los escasos ratos libres que tienen o el ingente trabajo que supone una mansión en el centro de Londres, concretamente en Eaton Place, uno de las calles más exclusivas del distinguido barrio de Belgravia.

También tenía su positiva contraprestación, el hecho de que los de abajo estuvieran todo el día en la mansión, casi sin margen de maniobra ni de libertad, hacía que estuvieran muy unidos (el roce hace el cariño) y eran realmente como una familia, comandada por los dos cargos más relevantes del servicio en dicha casa, el correctísimo e impertérrito mayordomo Angus Hudson (Gordon Jackson) y la algo huraña pero entrañable a la vez cocinera Sra. Bridges (Angela Baddeley). Sus «hijos», algunos permanentes y otros que entran y salen de la serie en las cinco temporadas de la serie, son como personajes más relevantes, el de la tierna ama de llaves Rose (Jean Marsh), la torpe pinche de cocina Ruby (Jenny Tomasin), el chófer Edward (Christopher Beeny) y su esposa, subalterna de la casa, Daisy (Jacqueline Tong).

La manera de articular el guión de la serie hacía que, aunque los personajes de abajo fueran a veces tan arrastrados, tuviéramos que tomar partido por ellos; en realidad, representaban al pueblo, son imperfectos, se hacen eco de lo que sucede arriba y en la calle, son el termómetro de la sociedad, a veces son críticos, y como humanos que son meten la pata.

Los de arriba no es que fueran esos típicos ricos, despiadados con sus súbditos, redichos y estirados; estaban en su lugar, eso es cierto, sabían lo que se esperaba de ellos y trataban a sus subalternos con superioridad, pero también con respeto y educación, salvo momentos críticos.

Al igual que los de abajo, con los de arriba también hay entradas y salidas a lo largo de la serie. El patriarca es Sir Richard Bellamy (David Langton), aristócrata y político conservador. Su esposa Lady Marjorie Bellamy (Rachel Gurney), bella y de porte distinguido, es la verdadera hacendada de la familia, morirá en la tercera temporada en el hundimiento del Titanic. Sir Richard Bellamy contraerá nuevo matrimonio con Virginia Hamilton (Hannah Gordon), correcta y apropiada para el estatus de Sir Bellamy y la familia. Los hijos de esta pareja son Elizabeth (Nicola Pagett), un tanto díscola y casi renegada de su condición social que pronto se trasladará, y desaparecerá en la serie, a Estados Unidos, y James (Simon Williams), veleta de joven y más centrado con la madurez, será militar de alto rango y después dedicado a los negocios, los cuales le costarán la vida. Desde la tercera temporada se incorpora la guapísima Georgina Worsley (Lesley-Anne Down), un prima lejana de la familia, tal vez de manera forzada para sustituir a Elizabeth, y que será la alegría de la casa.

La serie vino a España, a finales de los 70 y continuó también en los comienzos de los 80, unos años después de haberse producido en Inglaterra, en concreto las fechas de grabación fueron entre 1971 y 1975. Y, como he comentado al principio, fue enormemente popular, incluso muy seguida por los niños, porque se entendía muy bien, y los de abajo le daban un tono ameno e incluso humorístico que hacía que la serie enganchara a todos los públicos. Por otro lado, aunque la serie tenía un hilo discursivo que trascendía de capítulo en capítulo, cada uno tenía su independencia, de tal guisa, que te podías perder uno o muchos y ver la serie y comprenderla aunque no hubieras visto lo anterior.

Precisamente tal popularidad me recuerda una simpática vivencia que atesoro desde que era niño, en el cole (sobre 7º u 8º), teníamos un maestro muy avanzado que organizaba bibliotecas en la clase con la siguiente dinámica, cada alumno traía un libro, y a lo largo del curso te podías llevar alguno de esos treinta y cinco o cuarenta libros para leerlo en casa. Había uno de un compañero mío, originario de Teruel, que era de esta serie, editado por la Caja de Ahorros de Aragón, o de la Inmaculada, si no recuerdo mal, y el cual no tuve la oportunidad de pillar durante el curso, porque estaba prestado siempre, así que esperé a que terminara el curso y se lo pedí para leerlo en verano, jamás se lo devolví y creo que debe andar todavía en casa de mis padres, lo siento Eugenio.

La serie cuidaba muchísimo todos los detalles costumbristas, la decoración de la casa, utillaje, mobiliario, rudimentarios útiles y máquinas de la época, la indumentaria del servicio y de los patronos... Esta producción, por cierto, no se prodigaba mucho en exteriores, todo se grababa en estudio, pero cuando había que salir a las calles de Londres, también se esmeraban mucho en buscar espacios abiertos adecuados, con su atrezo propio, con vehículos de época, todo hecho con mucho gusto y con gran rigor histórico.

Se echa mucho de menos en algunas series que el final sea digno de la serie, algo en lo que yo me fijo mucho. Esta serie tiene un final apropiado, de todos los personajes se habla de cuál va a ser su futuro, en principio bueno. La familia Bellamy, herida por la muerte de James, el hijo, (lo ha perdido todo en el «Jueves negro» de la Bolsa neoyorquina), que era el que tenía la herencia y las posesiones más importantes, debe hacer frente a las deudas con la mansión de Eaton Place y lógicamente mudarse a algo más modesto. Hudson y la Sra. Bridges, como si hubieran hecho un pacto no escrito con sus señores de mantener la decencia en la casa, deciden ante los nuevos acontecimientos, casarse e iniciar una nueva vida. La última en irse de la casa es Rose, y con ella se abrirá una especie de secuela de esta serie producida años después, llamada del mismo modo, la cual no he visto, y en la que la propia «Rose» renace con una nueva familia y en unos nuevos tiempos.

Una gran serie, muy didáctica, de la que merece ver algún capítulo para pulsar un poquito la esencia de una obra de arte de la televisión.

sábado, 6 de junio de 2015

EL HOCKEY SOBRE HIELO EN ESPAÑA CRECE (VI)

Cuando hace unas temporadas me dispuse a hacer un hueco para acercar en una única entrada anual lo que había deparado la campaña en el hockey sobre hielo en nuestro país, quería por un lado, subrayar mi afección por los deportes minoritarios y, por otro lado, a tenor del auge que yo aparentemente divisaba en España, titulé esta entrada como «El hockey sobre hielo en España crece».

Aunque bien es cierto que este título se va a quedar para los restos, salvo que yo mismo en sesión asamblearia unipersonal decida otro cariz, también es verdad que habrá temporadas, como la que acaba de concluir, en la que el título no haga verdaderamente honor a la realidad de los hechos, especialmente por lo que respecta a nuestras selecciones, que llevan estancadas unas temporadas y bien pudieran abanderar el verbo «mantener» para significar la tendencia en la que se ha entrado en los últimos años.

Antes de pasar a analizar la temporada de nuestras distintas selecciones nacionales, hay que decir que el curso liguero a nivel de clubes vino con importantes novedades que, a toro pasado, no contribuyeron a mejorar el nivel de nuestro hockey.

Aunque ya se anticipó el año pasado, todos los aficionados a este deporte estuvimos esperando hasta el último momento que no desapareciera uno de los seis proyectos deportivos de la Superliga española masculina, el del Escor BAKH - Hielo Bipolo de Vitoria; y es que habiendo tan poquitos clubes con un cierto nivel, es como si de repente en un deporte importante se esfumaran de un plumazo el 20 % de los equipos. Los vitorianos, un equipo hecho a golpe de talonario, lo cual fue al final su tumba, se habían paseado por la Superliga en las temporadas 2012/2013 y 2013/2014.

No obstante, nuestra Federación Española quiso darle una vuelta de tuerca a las competiciones nacionales, lo poco que hay, y unificar por primera vez en la historia a todos los clubes en un solo formato, con la idea de, por un lado, proporcionar más competición a los grandes y, por otro, elevar el nivel de los pequeños. Lo que en la teoría podría haber sido una buena solución, que yo en mi ignorancia respaldaba, en la realidad fue un intento fallido, porque la diferencia entre grandes y pequeños resultó abismal, con resultados escandalosos, que aparte de las reticencias de buena parte de los mismos (de hecho hubo problemas para empezar la liga en sus fechas, y realmente empezó más tarde) dejaron más efectos negativos que positivos. Para los cinco grandes, más desembolso económico y unos partidos que pasaban por entrenamientos o menos; para los pequeños, también un gasto excesivo, unas conclusiones deportivas que poco mejorarían su nivel y, por ende, unas goleadas contundentes que a los jugadores nada agradarían por poca que sea la repercusión de este deporte. Desconozco si la Federación, a estas alturas, habrá decidido ya volver al formato tradicional en la próxima temporada.

En Europa, tras la desaparición del Hielo Bipolo, el segundo de la liga pasada, C.G. Puigcerdà adquirió el derecho, y no desentonó en el grupo de calificación que se celebró en la capital búlgara, en ella se verían las caras con los campeones de Turquía, Serbia y la propia Bulgaria. Dieron buena cuenta de los dos primeros, perdiendo por la mínima (3-2) contra los locales del CSKA de Sofía, que jugaban en casa y encima contaban con una quincena de jugadores foráneos entre rusos, eslovacos y suecos.

Pese a la primera fase unificada, la fase final en la Superliga sí que fue competida, llegándose en algunas eliminatorias hasta el quinto partido y proclamándose campeón el CH Jaca Jacetania, el club más laureado de nuestro país.

Un soplo de aire fresco supuso, y a mí me llenó más que el triunfo en la liga de los jacetanos, la victoria en la Copa del Rey del FC Barcelona que llevaba dieciocho año sin obtener ese galardón (desde 1997), y logrando este hito nada menos que en el Pabellón de hielo de Jaca, la catedral de este deporte en nuestro país.

Por lo que respecta a las competiciones de selecciones tocaré en primer lugar los Campeonatos mundiales anuales, y dejaré un apartado al final para la Universiada que se disputó a finales de 2014 en nuestro país, en Granada.

La selección absoluta venía este año del ascenso cosechado en la anterior desde la división IIB; y en esta ocasión encuadrado en la IIA debía verse las caras con belgas, islandeses, serbios, australianos y rumanos en el torneo que se celebró en la capital de Islandia. A priori la selección de Rumanía era la más potente. Nuestro conjunto tuvo una competición un tanto errática, empezó ganando a Australia, perdiendo de forma contundente (6-2) contra Bélgica en partido que, por cierto, pude ver en directo por Internet y donde los nuestros no estuvieron a la altura. Posteriormente ganaría en el mejor partido disputado, a los anfitriones, Islandia. Llegaba a la cuarta jornada con posibilidades matemáticas de conseguir el oro y el ascenso, para lo que deberían vencer a los favoritos, Rumanía, pero la sorpresa no saltó y estos nos ganaron por un claro 7 a 1. En la última jornada, tal vez con algo de moral perdida, el equilibrado partido contra Serbia se decidiría tras el tiempo reglamentario en los penaltis. Al final, ni siquiera tocamos metal, quedando en cuarto lugar.

En la próxima temporada el Campeonato se albergará en nuestro país, en Jaca, y será una buena oportunidad para intentar el asalto a una categoría superior, que aunque en teoría no nos corresponde, a buen seguro que nos ayuda a crecer como equipo. En la cita jacetana tendremos a Serbia, Islandia, Bélgica, junto con los holandeses, descendidos de la IB, y que serán los rivales a batir, y chinos, ascendidos de la categoría inferior.

También en esta temporada jugaremos por la clasificación, imposible, para los Juegos Olímpicos de 2018, pero en el primer torneo de calificación, en noviembre, jugaremos en Serbia, contra los locales, más Islandia y China, una buena oportunidad para disputar partidos de nuestro nivel y jugar un torneo más, si conseguimos ser primeros, con rivales más complicados donde ya será mucho más difícil.

Por lo que respecta a la selección sub 20 enclavada en la división IIB, esta temporada ha quedado demostrado que nuestros jóvenes superan las prestaciones de los grandes, pues prácticamente se han enfrentado a las mismas selecciones de nuestro nivel en la absoluta, y se ha estado muy cerca, cerquísima del ascenso. Se celebró en Jaca, y se trituró con victorias holgadas a islandeses, belgas, serbios y australianos. Pero en el último partido se falló ante Croacia, con todo a favor, en partido que también pude seguir por Internet; los nervios atenazaron a nuestros chicos, que en el primer período ya perdían por 3 a 0, y todo fue remar a contracorriente, en el segundo período el marcador no se movió, y sólo en el último período, pero muy al final, se lograrían dos tantos, el segundo a cinco minutos y medio para la conclusión, ya casi sin tiempo para culminar la remontada. Finalmente nos quedamos con una plata que sabe a poco por la forma en que transcurrió la competición.

El próximo año habrá oportunidad de resarcirse, aunque tal vez sea más complicado, ya no jugaremos en casa, será en esta ocasión en Serbia, y allí tendremos como rivales a los anfitriones más Bélgica, Islandia, Rumanía que desciende y que será el coco del torneo, y China, ascendida, y que ha de ser el rival más asequible.

En cuanto a la selección sub 18 es, en mi opinión, la que más nivel ha demostrado este año, acudió a la competición que se disputaba en Serbia para verse las caras con serbios, chinos, australianos, belgas y rumanos. Aun no jugando en casa, disputó todos los encuentros en buena lid, no fueron resultados contundentes, salvo la cita contra Australia, pero batió bien al conjunto local, deshaciéndose también de chinos y belgas. En la última jornada se la jugaba contra Rumanía, y los nuestros pusieron contra las cuerdas a un país con muchísima más tradición en el hockey que el nuestro. Se adelantaron nuestros chavales en el marcador, empatarían en el segundo período los rumanos, y en el tercer período se adelantarían nuestro contendientes hasta dos veces y las mismas veces nuestros jóvenes lograron igualar el choque. En la prórroga un gol de oro echó por tierra nuestras aspiraciones. Este encuentro también lo pude ver por Internet, y fue apasionante, el mejor partido que pude ver esta temporada dentro de nuestras selecciones nacionales. En fin, una buena plata y que habla mucho de los mimbres con los que se tienen que construir nuestros cestos de la sub 20 y absoluta para el año que viene y sucesivos.

La temporada venidera vamos a jugar el Mundial en casa, la sede está aún por decidir, pero en esa cita en la que podemos ser optimistas, tendremos como rivales a Estonia (equipo descendido y al que sí que podemos batir), China, Serbia, Bélgica e Islandia, equipo ascendido.

En lo que respecta a la competición femenina, sí que nos trajo la buena noticia de que la liga nacional se amplió de forma muy importante, casi exponencial; y es que si hace apenas tres o cuatro años, solamente había tres equipos en la competición, el año pasado ya hubo cinco, y ahora tenemos ocho (también se ha unificado), y además con un nivel mucho más equilibrado que en los hombres. De hecho, en dura pugna se imponían en la Liga Nacional las chicas del SAD Majadahonda, ante el ASME Barcelona; las catalanas achucharon y mucho, y a poco que se refuercen un pelín van a ser el contrapunto adecuado en esta competición para la próxima campaña.

Precisamente las madrileñas disputarían esta temporada, como privilegio por su título en el curso liguero previo, una clasificatoria de la Copa de Europa de Campeonas. Acudieron a Letonia y no desentonaron, perdieron los tres encuentros, pero en ningún caso fueron resultados escandalosos, cayendo ante Jordal Oslo por 4-1, únicamente por 2 a 0 ante las anfitrionas del Laima Riga y ante las que se adjudicarían el torneo, las danesas del Herlev Hornets perderían por 10-4. Sinceramente con que se reforzaran nuestros equipos un poco el salto de calidad sería enorme.

En cuanto a la competición a nivel de selecciones, fue algo decepcionante. El impulso a la competición nacional no se traduce en mejores resultados de nuestra selección absoluta, considerando que en los dos primeros años que participó en Mundiales, hace apenas cuatro temporadas, casi estuvo a punto de ascender del tirón. Este año ha sido el que peores resultados se han logrado. Nuestras chicas enclavadas en la División IIB jugarían en casa, en Jaca, y después de un inicio prometedor, fueron desinflándose e incluso cosechando alguna derrota sorprendente. En la inauguración se imponían con un valioso 4 a 1 a Australia, selección que ha estado jugando varias temporadas en categorías superiores; para caer después contra Eslovenia por 3 a 1, ganar en los penaltis a Islandia por 5 a 4, superar a Bélgica por 3 a 0 y en la despedida perderían ante México, algo muy meritorio para las norteamericanas, toda vez que esta era la segunda vez que jugaban un Mundial, el año pasado fue su debut, y de buenas a primeras, en esta se han se colado con una medalla de plata (que bien pudo ser de oro, ya que ganaron a Eslovenia, las favoritas, perdiendo ante rivales más asequibles como Islandia y Australia). Nuestras chicas se tuvieron que conformar con la medalla de bronce.

La cita del año que viene será en la capital turca, y junto con las anfitrionas, recién ascendidas, estará Nueva Zelanda que ha descendido, Australia, Islandia y México. Las neozelandesas serán las rivales a batir, aunque no descarto que México vuelva a confirmar la sorpresa y vapulee a más de una.

También habrá clasificatorias para los Juegos Olímpicos de Pyeongchang, pero el grupo en el que estarán encuadradas nuestras chicas aún no está definido, porque se jugará en agosto de 2016.

Y ahora vamos con la pesadilla de la Universiada de 2015 en Granada, tengo que aclarar que estaba muy ilusionado con que el Mundial IIB sub 20 se celebrara allí como estaba previsto y anunciado por la IIHF, y así podría haberme escapado para ver algún partido de la selección española, pero el desastre morrocotudo de este evento, como venía aventurando años atrás, impidió que se celebrara en alguna de las pistas de hielo que se iban a habilitar.

Pero vayamos por partes, la Universiada ha sido un fracaso organizativo, hasta el punto de que han tenido que suprimirse determinadas disciplinas deportivas, y otras las han tenido que realizar en Eslovaquia, ante la falta de inversiones que requería un evento de este carácter que llevaba muchos años concedido y que, una vez más, los políticos y sus cuitas se han encargado de machacar.

A duras penas se salió del paso de una competición de todo punto deficitaria y con mínima proyección mediática. Es más, si nos centramos en la repercusión que ha tenido en nuestro país yo diría que ha sido de risa, con ninguna retransmisión en directo, con apenas noticias de prensa y una difusión tan escasa que salvo los muy aficionados, prácticamente nadie que sea amante del deporte en nuestro país ha seguido mínimamente esta competición menor (y hablo con el corazón en la mano).

Si a finales de diciembre no había ninguna infraestructura para albergar el Mundial IIB sub 20, precisamente por eso hubo que buscar el relevo de Jaca para este evento. Aprisa y corriendo se fueron generando en mi querida Granada, que no tiene culpa como ciudad ni sus gentes de este desaguisado, para que en febrero se pudieran disputar los diferentes deportes de hielo (hockey, curling, patinaje artístico y patinaje de velocidad en pista corta). Hasta cuatro escenarios se proveyeron en distintos lugares de la ciudad, una pasta, que a tenor de mis informaciones han servido para nada, porque nada se va a quedar de forma permanente.

En el terreno deportivo, hay que decir que la selección universitaria masculina, disputó seis partidos, perdiendo cuatro y venciendo, los choques ganados fueron ante China por 8-0 y 8-2. En el cruce de cuartos se cayó por un apretado 3 a 4 contra Corea del Sur y no se desentonó en las derrotas, 2-5 contra Rep. Checa, 2-5 contra Eslovaquia y 1-5 contra Suecia. Al final quedamos décimos de once escuadras.

En cuanto a nuestro combinado femenino, fueron séptimas de siete equipos y sí que perdieron de forma más holgada ante Japón, China, Kazajistán y Estados Unidos por dos veces.

Lo triste, deplorable e irritante de la Universiada es que ya sabía que no serviría para nada, económicamente, infraestructuralmente y divulgativamente hablando, pero a mí si me hubiera gustado que la capital de la Alhambra hubiera apostado por tener un pabellón de hielo permanente, o al menos operativo en la temporada invernal, unos seis meses al año como ocurre en los palacios de hielo del norte de España (Vitoria, Logroño, Valladolid, San Sebastián, Huarte...).

Por cierto y como se suele decir, «para muestra un botón», el funcionamiento de la Universiada a nivel organizativo ha sido tan pobre que quise mandar a través de la web de la misma, en el formulario habilitado, una pregunta acerca de cuántas de esas infraestructuras que se habían preparado para este evento se quedarían para la ciudad de Granada y los amantes del hielo. La respuesta fue ninguna, o para ser más preciso, todavía la estoy esperando.

Por lo demás, que valga este humilde articulillo para animar a los clubes de hockey sobre hielo en nuestro país, para que perseveren en su empeño, nadando contra viento y marea, con escasez de recursos y teniendo que afrontar gastos que no son moco de pago, tales como desplazamientos, desembolso en materiales (que valen un pico, a más de un directivo se le rompe el alma cuando se rompe un stick, que puede valer una media de 300 euros), fichaje de jugadores y jugadoras que eleven el nivel, arbitrajes, pago de fichas... En fin, esperemos que el año que viene haya algún guiño que nos pueda ratificar el título de esta entrada.

domingo, 31 de mayo de 2015

"PI, FE EN EL CAOS", DE DARREN ARONOFSKY

Mucho Darren Aronofsky por aquí y por allá, como uno de los nuevos Midas del cine mundial, me inclinaron a buscar sus orígenes, en concreto, esta cinta que es por así decir, su ópera prima. Tendré que ver más productos suyos en el futuro para ver cómo ha desarrollado su carrera, pero este primer proyecto es, como poco, arriesgada e interesante.

Que nadie busque en esta «Pi, fe en el caos» una película lineal con un argumento comprensible y unos diálogos que alimentan sus secuencias. Es una película rara, asfixiante a veces y hasta que, a ratos, te puede poner un poco exaltado. No sabes si Aronofsky se quiere quedar contigo o, en realidad, él va soltando lastre y el espectador lo debe ir recogiendo y asumiendo.

Desde luego que a nadie puede dejar indiferente esta película, no es de esas a las que le puedes dar un cinco sobre diez, o le das la máxima puntuación o la mínima. Yo me inclino más por la máxima nota, aunque con algunas reservas. Lo mejor, aparte de su complejidad que te ayuda a activar tus neuronas, es que el metraje es correcto, en ochenta minutos está todo liquidado, una duración mayor hubiera tirado a la basura un buen esfuerzo para transmitir su esencia.

Desde luego, esta producción de 1998 fue un auténtico soplo de aire fresco en el cine: un presupuesto muy bajo, apenas 60.000 dólares (algo menos de 50.000 euros), mucho primer plano y casi siempre una sola cámara o dos, en blanco y negro, una atmósfera que bien podría dar la impresión de documental y aunque no hay mucho diálogo, hay mucho concepto, mucho mensaje.

Max es un genio matemático que busca entender el mundo a través de una secuencia matemática. Ese orden, inalcanzable hasta ese momento, se convierte en la clave del mensaje de Dios, o para regir los siempre erráticos vaivenes de la Bolsa.

Pero el problema de Max es que es un genio un tanto desquiciado, un tipo asocial, que vive en un cubículo, así nos lo traslada Aronofsky, rodeado de ordenadores, cables, chips, pantallas y papel para anotaciones. Junto a esa habitación central, se abre un aseo en el que Max nos muestra su humanidad y su terrible existencia; aquejado de terribles dolores de cabeza, sometido a un estado de cíclica esquizofrenia. Allí se inyecta, se atiborra de pastillas y se somete a una metamorfosis física.

El control de ese caos, la comprensión de todo lo ingobernable es el reto del protagonista; su genio para las matemáticas y la informática, le ayudarán a construir un complejo sistema encargado de computar los datos que habrán de revelar, aparentemente, el objetivo de conseguir esa secuencia numérica que dé respuesta a todo y, entre medias, número pi, proporción áurea, números de Fibonacci, gráficos y comprensión también a través de la razón.

La tormenta psicológica a la que está sometido Max le lleva a fracasar, o así lo cree él, incluso los últimos resultados que la impresora escupe piensa que son erróneos y los tira en una papelera de un parque; pero su maestro o mentor, probablemente el personaje más lúcido de la película, será el que le indique el camino correcto y que esa sucesión que ha desechado es la clave de todo.

Hasta ahí la película puede ser un profundo bodrio, o una bola que se va amasando y que presagia que algo va a suceder. Efectivamente, ya que si en los primeros cincuenta o sesenta minutos puede que nos hayamos perdido, que no encontremos el hilo, o que nos resulte incomprensible; al menos el giro que toma la acción nos permite encajar piezas, y que la trama se convierta, si no en más creíble, al menos en más factible, en más realista.

Por supuesto, la fotografía de la película es agobiante, infernal a veces, y desde luego es para verla relajado y sin complicaciones existenciales, porque como te pille mal te engulle. Absténganse, por tanto, personas que no quieran pensar mucho, ni menos las que piensen que en la película todo viene dado. Y seguirla es, por supuesto, un atrevimiento de Aronofsky, por no decir que es un pulso del propio director con el espectador; hay que estar no sólo siguiendo el hilo conductor, sino que también hay que lidiar con los incómodos, a veces, primeros planos, con una cámara que parece haber sido comprada en un rastrillo y que, encima no para de moverse caprichosamente, como si el que la soporta hubiera pasado una mala noche o hubiera terminado una jornada inacabable de trabajo en la huerta, o a lo mejor la portaba el primer niño que pasaba por allí donde se grababa.

¿Y la música? Pues electrónica, no podía ser otra. Un acierto en la elección, a manos de Clint Mansell, que dos años más tarde se consagraría también de la mano de Aronofsky con su estridente y genial «Réquiem por un sueño», que a la par es mucho más conocida que esta producción.

Pero hay algo más en la película, hay una disociación entre lo terreno y lo espiritual, una lucha por conseguir respuesta para entender el mundo o para entender a Dios, esta es una de las lecturas más complejas y que permitiría un largo debate en un cinefórum.

Y no digo más, sólo recomiendo su visionado, reitero que es una película rara y que se puede hacer un poco comprometida de ver, pero como tiene una duración acertada, casi no llega a exasperar, o si te cabreas, antes de que lo hagas del todo, ya ha finalizado. Y que cada cual saque sus conclusiones.

sábado, 23 de mayo de 2015

EL COLECCIONISMO EN LOS BARES COMO VALOR AÑADIDO

Es posible que en esta humilde bitácora mía a la que doy de comer semanalmente haya referido en el pasado que la filatelia está de capa caída en este país, aunque eso no necesariamente ha de ser sinónimo de que el coleccionismo se encuentre en similar circunstancia. Sí que es cierto que el coleccionismo está presente casi en cada casa, en cada familia, pero no se explota lo suficiente. En España escasean los comercios dedicados al coleccionista sea del tipo que sea, y me consta que en otros países hasta las grandes superficies dedican pasillos enteros a esta afición, con elementos de todo tipo para las varias clases de coleccionismo más populares e incluso las que no.

Y dicho esto, pues es verdad que el coleccionismo no está muerto en España, aunque sí un pelín dormido, o como digo, poco aprovechado. Acostumbramos a que haya asociaciones para todo y, sin embargo, se echa de menos la promoción de coleccionistas heterogéneos a través de estos colectivos para difundir una pasión tan satisfactoria que, en muchos casos, se queda en un anonimato para la mayoría de los mortales.

Pero el coleccionismo vive, vive casi en cada esquina. Suelo acudir a los bares como buen español y andaluz, me gusta tapear y me gusta departir, aparte de que siendo, como es, un hábito saludable, también ayudas a mantener a un montón de familias en este país que se ganan la vida, haciendo la ídem más agradable a los demás.

A mí mujer siempre se lo digo, me gustan los bares que tienen tema, es decir, que tienen una temática, que están decorados de tal o cual manera, de tal guisa que aunque sea por un momento te parezca que estás en un rancho, en un cortijo, en una estación, en un cafetín francés o en medio de la sabana africana. Por contra, me siento algo más incómodo en esos bares insulsos que parecen un todo 100, sin espíritu, sin alma, que no hay por donde cogerlos.

Y no, no me estoy refiriendo a esos bares temáticos adornados con todo lujo de detalles, decorados por empresas que se dedican a montarte el negocio «llave en mano», me refiero a algo más de andar por casa, algo montado por familias que empiezan con un poco y van haciendo del local un lugar con esencia, cada día añaden algo y ese algo va haciendo más entrañable el lugar.

El coleccionismo es un elemento fundamentalísimo para favorecer esa esencia, en realidad, si nos fijamos a nuestro alrededor, hay bares que sin ser propiamente temáticos, sí que le dan un toque singular cuando rematan sus paredes o estanterías con alguna colección, de billetes, sellos, fotografías antiguas, botellas de gaseosa, latas de refresco y hasta estampitas de santos...

Recuerdo en el pasado, en el pueblo de mis padres, Begíjar, que había un bar con una larga barra que atesoraba cientos de llaveros, y la clientela se afanaba por agrandar la familia con ese llavero que le habían dado en tal o cual sitio... No sé por qué aquel bar, que aún sigue existiendo y en el mismo sitio, un día decidió reformarse y eliminó de la estantería de la barra aquella colección impresionante de llaveros.

Del mismo modo, sin ser exactamente una colección, cuando era chico y salía con mis padres de paseo, me gustaba que fuéramos a los bares de la calle La Virgen de Linares, porque había dos bares con detalles muy particulares, uno (que ya no está ni recuerdo el nombre), tenía un monito cogido con una cadena en la ventana, muy apacible y simpático, que se dejaba tocar, pero sobre todo, queríamos llegar con unos cacahuetes para ofrecérselos al apacible animalito. Más arriba estaba el bar La Marina, que contaba con un precioso acuario y que hacía las delicias de los más pequeños.

Hay bares que sin saberlo, reafirman con sus acciones que el coleccionismo es un valor, aunque sea con una colección de fotos del dueño con toreros famosos, aunque sea con almanaques antiguos de su club de fútbol favorito..., esos son los detalles que le dan entidad a un negocio, que te hacen pensar, a mi por lo menos me produce esa sensación, que ese bar tiene anclas en el pasado y vocación de futuro, que otros muchos estuvieron allí antes que tú y le proporcionaron una impronta que le permitió que aquel bar fuera y sea un pequeño universo con algún aspecto único.

Por cierto que el sueño de todo experto en mercadotecnia es que tu negocio sea visitado por algo muy concreto, aunque lo que ofrezcas como fundamento no sea tan atractivo en sí. El tener una colección y si es hecha de forma personal (no comprada ex profeso) incrementa el valor añadido de ese negocio. Y es que una colección le da un matiz museológico a un bar, a una cafetería, o a un pub, como aspecto museológico lo es en sí cualquier aspecto singular o único que pueda atraer a la gente, incluso más allá del propio municipio. Ejemplos hay muchos, ya sea porque tal o cual bar está especializado en una tapa concreta (aquí en mi pueblo, en Bailén, no puedes pasar una primavera sin ir al «Cojo» a tomarte unos caracoles), o porque tiene una reliquia, para los de esta provincia, Jaén, les será fácil recordar esa taberna de la capital en la que se muestra en una urna de cristal un jamón decimonónico, que da algo de grima verlo y que no es nada en relación inversamente proporcional con la historia que tiene y, por lógica, con el interés que suscita en la ciudadanía.

También recuerdo en mi época estudiantil en Granada muchos bares de ese carácter, aunque rememoro con especial añoranza uno muy singular, se llamaba El cura, aunque nadie sabía cómo se llamaba exactamente, porque no tenía nombre, lo nombrábamos así porque el extraño personaje que lo regentaba se decía que había estado vinculado a la Iglesia. No siempre abría a diario y nadie sabe por qué, allí acudía una fauna tan extraña como él, un día estaba simpático que se acordaba perfectamente de ti y otras veces no te conocía y era algo huraño, su bar, chiringuito, cafetería o pub, que no se sabía muy bien lo que era, era en realidad una casa con muchos recovecos, algo laberíntica, con un piano en una de sus habitaciones. Disponía de una colección fabulosa de discos que jamás habíamos visto, el tipo decía haber ido a propósito a Francia para comprarlos, nombres y músicas que jamás habíamos escuchado por estos lares.

La nómina de bares que cuentan con una colección en sus paredes sería interminable y tal vez jamás nos hayamos fijado en ello, o si nos hemos fijado quizá no nos hemos percatado de que eso tiene su sentido y su fin, la decoración sí, pero también el fomentar veladamente la pasión por coleccionar y darla a conocer a la clientela.

Por eso, desde aquí aplaudo que los bares sigan siendo pequeñas islas de coleccionismo, donde nos podemos encontrar sorpresas agradabilísimas que para un amante de este arte como yo, me hacen sentir congratulado con el mundo en el que vivo.

sábado, 16 de mayo de 2015

CHANO RODRÍGUEZ, EL SUPERDEPORTISTA QUE VINO DEL LADO OSCURO

¿Fue porque tuvo un oscuro pasado o porque es un deportista con discapacidad? Pues puede que las dos cosas, lo cierto es que el nombre de Chano Rodríguez a poco les sonará y, sin embargo, su historia deportiva es grandiosa, es uno de los mejores nadadores con paraplejia de la historia, el deportista español masculino más laureado de todos los tiempos, y con 58 años aún aspira a acudir el verano de 2016 a Río con objeto de seguir agrandando su leyenda en los que serían sus quintos Juegos Paralímpicos.

Es una historia de esfuerzo y superación ante la adversidad, aunque realmente Chano Rodríguez vino al mundo «de los buenos» en 1994, cuando salió de la cárcel a la edad de 37 años, dejando atrás casi una década de reclusión a causa de varios delitos por su pertenencia a la banda terrorista GRAPO y, entre estos delitos, por el asesinato en 1984 del empresario sevillano Rafael Padura. Con posterioridad, una brutal huelga de hambre en 1990 de 432 días le minó de tal forma que perdió de forma irreversible la movilidad en sus dos piernas. En 1994 fue puesto en libertad condicional a causa de su grave enfermedad y Chano Rodríguez dio un giro radical a su vida.

A partir de ahí, este gaditano de nacimiento y vigués de adopción comenzó a trabajar como vendedor de la ONCE en esta populosa ciudad gallega y empezaría a practicar natación, donde pasaría a marcar unos tiempos estratosféricos en toda una serie de pruebas del programa paralímpico. Ello le haría ser llamado por la selección española de discapacitados y cosechar un montón de éxitos cuyo primer colofón tuvo lugar con ocasión de la Olimpíada de Sidney 2000, donde lograría cinco medallas de oro. Desde entonces, jamás ha ido a unos Juegos Olímpicos sin traerse medalla, y también tiene en su haber una miríada de preseas en Mundiales, Europeos..., con numerosos récords mundiales, olímpicos, europeos y nacionales.

Pese a todo este cartel, es como si hubiera una especie de penumbra que gira alrededor de este hombre, por aquello de que fue el que fue, amén como he dicho al principio, de que estamos ante un deportista paralímpico, o lo que viene siendo, como si dijéramos, deporte de segunda división, o de tercera, o de cuarta, o de...

La azarosa vida de Sebastián «Chano» Rodríguez Veloso le llevarían a enrolarse en la banda terrorista GRAPO, una organización clandestina con inspiración comunista maoísta que captó jóvenes en la época de la transición democrática procedentes de nudos industriales, siendo Vigo por aquel entonces uno de los grandes viveros de este grupo terrorista.

A Chano se le atribuyen numerosos delitos, el más sangriento, el asesinato de Rafael Padura, el día 5 de septiembre de 1984, un empresario sevillano del sector de las artes gráficas y en ese momento presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla, al que ejecutaron en su oficina el propio Chano y otros dos terroristas más.

A principios de 1985 Chano sería detenido y encarcelado, su pena principal fue la de 83 años de prisión, aunque hay que aclarar que legalmente en la actualidad sólo se puede permanecer recluido un máximo de 30 años. En 1989 un amplio colectivo de presos del GRAPO inicia una huelga de hambre con objeto de presionar al Gobierno para que abandonara su política de dispersión de dichos presos. La huelga se convirtió en un fracaso, el Gobierno no daría su brazo a torcer y la invasión de Kuwait por Iraq en 1990 desviarían la atención de los medios de comunicación, por lo que la dirección de los GRAPO obligó a sus componentes recluidos a abandonar dicha huelga. Hubo algún compañero de Chano que se quedaría en el camino, y ese sometimiento físico extremo provocó que nuestro protagonista acabara en una silla de ruedas para el resto de sus días.

Con la excarcelación de Chano y sus éxitos deportivos llega la hora de la verdad, comienza a ser un personaje público, es jaleado en su nuevo papel en la sociedad pero tiene un lado oscuro, y quieras que no, eso lo marca a uno para siempre.

BOE con el indulto parcial de Chano
Algo queda fuera de toda duda, si consideramos el objetivo de la cárcel debe ser la reinserción (algo que rara vez se cumple) y con mi formación académica y bagaje personal, he decir que Chano Rodríguez es el paradigma de ese objetivo, utopía en muchos casos. Chano Rodríguez ha sido capaz no sólo de convertirse en una persona rehabilitada socialmente sino que a través de sus logros deportivos y del testimonio de una vida después de las sombras, plena de superación y esfuerzo ante la adversidad, y no atendamos específicamente a cómo se provocó la discapacidad. Ha devuelto a la sociedad, no la vida ni el sufrimiento de los familiares del empresario al que mató, pero sí que con su ejemplo está inculcando una serie de valores que es necesario propugnar en nuestra juventud, y el significado de lo que puede ofrecer el testimonio de un antiguo terrorista aún puede ser más relevante.

En 2007 sería indultado parcialmente por el Ministerio de Justicia, en especial, en lo referido a la pena de privación de libertad, hecho que aún levantó alguna polvareda en la sociedad, pero muy significativamente en la familia del empresario sevillano asesinado.

La realidad de los sonoros éxitos deportivos de Chano Rodríguez fueron acrecentando su figura y, de algún modo, acallando su sombrío origen, hasta el punto de que el Consejo Superior de Deportes le concedió en 2009 la Medalla de oro al mérito deportivo.

Aparte de ello, hay que reconocer que este superdeportista ha cruzado firmemente una línea tenue y prácticamente desvanecida desde que el deporte está profesionalizado, y es que sus éxitos deportivos han venido a una edad anormalmente longeva, continuando activo en la actualidad. De hecho, acudió a Sidney con 43 años y consiguió medallas en tres Juegos Olímpicos más a la edad de 47, 51 y 55 años. Con 53 años en 2010 abandonaría Vigo y su profesión de cuponero de la ONCE para formar parte de la Residencia Blume en Madrid, y aunque en Internet no hay información muy actualizada de Chano, va a estar en el verano de 2016 en la Paralimpíada de Río.

Quizá queden algunos flecos por cortar en la vida de Chano, él ha reconocido que si pudiera marcha atrás no haría lo que hizo, es más que cuando empezó con GRAPO ya sabía que acabaría mal, que no pudo dar marcha atrás porque ya se había comprometido; aunque más o menos ha reconocido que se arrepiente de lo que hizo, ha sido más su testimonio diario de reinserción, de rehabilitación, el que ha avalado sin palabras que rompió con su pasado.

La familia de Rafael Padura, con cierta lógica por su situación personal, no ven más que al asesino de su padre, y han observado con no muy buenos ojos que se le excarcelara, que se le indultara o que no se haya arrepentido clara y explícitamente. En mi opinión, estos capítulos de la vida habrían de cerrarse personalmente, una brecha abierta y tan grande no se puede cicatrizar desde la distancia. Lo suyo es que Chano Rodríguez acudiera alguna vez a ver a la familia de Padura, sin medios de comunicación, privadamente, y le pidiera perdón a esa familia. Ya digo, no le devolvería la vida a quien asesinó, pero con mucha seguridad ayudaría a que estos familiares pudieran perdonar y tal vez atemperar un poco su angustia vital.

Por último, el bagaje de Chano Rodríguez me provoca dos reflexiones, una la del terrorismo que históricamente nos demuestra que no conduce a nada en ningún lugar del mundo, sólo sufrimiento en la sociedad en primera instancia, y con el tiempo, ese sufrimiento sólo se queda en las familias, un duro pero estéril resultado para las pretensiones terroristas. Por otro lado, la nueva vida de Chano no es más que una demostración nítida de que, como ocurre en algunos países de nuestro planeta, la pena de muerte es una medida excesiva e inadecuada, ya que cercenamos cualquier posibilidad de arrepentimiento y de reinserción del penado, y nos podría privar de nuevas personas absolutamente válidas y ejemplificantes para la sociedad.