sábado, 25 de febrero de 2017

LA NUEVA BENEFICENCIA DEL SIGLO XXI

El otro día en uno de los grupos de WhatsApp en los que estoy alguien puso un enlace a un vídeo, con el mensaje de que por cada visionado que se hiciera, un cantante famoso donaría no sé qué cantidad de dinero a un hospital de no sé dónde para que investigaran no sé qué enfermedad.

Ya sabemos todos en lo que se ha convertido el buen invento en sus inicios del WhatsApp, tiene cosas muy buenas, pero también los friquis han hecho de él su paraíso (si yo soy friqui, estos que te mandan una foto con una taza de café y te dan los buenos días, me ganan por goleada) que no son visibles en la sociedad y que para colmar su endeble ego saturan la memoria de tu móvil mandándote tontunas y gilipolleces varias. Bueno pues también sirve para esto, para dar publicidad a un sinfín de «iniciativas sociales».

Curiosamente para seguir el rollo de estas cadenas de favores modernas (ya han quedado en desuso esas cartas de antaño que te conminaban a mandar otras tantas, asegurándote todo tipo de éxitos, y con la amenaza de cien mil años de males a tu familia si rompías la cadena), dije que compartiría el susodicho vídeo para quedar bien, y luego no lo hice, ni seguía cadenas antiguas ni voy a seguir las actuales. Y, por supuesto, no dudo de la profundidad social de la iniciativa, pero ya es tanta avalancha de causas sociales que uno no sabe discernir, pero además es que no quiero discernir.

Lo cierto es que la nueva beneficencia del siglo XXI es esta, la de miles de iniciativas sociales que dividen esfuerzos incluso para, a veces, el mismo fin. Y ya no es tanto, el interés que esa iniciativa pueda tener, sino el famoso que la respalda, ya se sabe, si tienes un buen padrino… De hecho, el asunto de la niña Nadia formaba parte de esta atomización de las causas sociales; los padres llamaron a unas cuantas puertas, metieron la cabeza en algún programilla de televisión y convirtieron en una gallina de los huevos de oro a la enfermedad de la cría. Dicho sea de paso, los padres de esta niña son unos chorizos, unos chorizos y unos jetas, pero hasta ahí, porque como venganza, los medios de comunicación que los apoyaron han querido denostarlos sacando trapos sucios de todo tipo; encima estos caraduras no eran muy inteligentes y un poco salidos, pero hasta ahí, no creo que haya que ver mucho más allá de la estafa.

Esta y otras causas sociales mediáticas han puesto de relieve no solo que algo no funciona bien y que se hacen pocos filtros, sino que la tal atomización es pormenorizadísima y a la par inabarcable. Los actos benéficos se suceden en televisiones, radios, en las redes sociales, en foros nacionales, provinciales, locales y hasta barriales, para todo, para cualquier cosa, muy loable pero exasperante a la vez por su número. En mi pueblo de apenas 18.000 habitantes se suceden iniciativas no todos los fines de semana pero casi.

Yo entiendo que la crisis económica que a duras penas hemos superado, requería de resortes para minimizar sus efectos, pulsando la solidaridad entre los que podían desembolsar un poquito de lo que les podía sobrar, pero es que me da la impresión de que con tanta oferta benéfica, realmente no das tu dinero a la causa más importante y de más calado, sino a la que mejor publicidad tiene.

¿Es más importante la investigación del cáncer que las enfermedades raras o que conseguir una silla de ruedas para un niño que la necesita? ¿Es más importante dar dinero a Manos Unidas o Cáritas, a Médicos sin fronteras o a Ayuda en Acción? A los que estamos en esta tesitura, que somos todos los adultos que administramos un sueldo y una casa, nos movemos por sentimientos inmediatos y contribuimos por moda, porque se ha hecho siempre o porque se vende muy bien.

Sé que en este mundo globalizado y tal vez más democrático que nunca en cuanto a la expresión de las ideas, quizá sea realmente complicado lo que voy a señalar, pero a mí me gustaría que las causas pudieran estar centralizadas por grandes instituciones, cuánto más grandes y más holísticas mejor, las cuales se encargaran de distribuir el dinero que dona la gente de forma equitativa en función de las necesidades, y todo ello porque no sé si hay un exceso de donaciones en algunos casos (como en el caso de la niña Nadia que le dio a su familia para llevar una vida de lujo), gracias a una potente difusión que a veces devienen en estafas. En definitiva, que todo aquel que se considera solidario y que, más o menos, aporta a causas sociales no tenga que discernir cuál es la más importante.

A todo esto, tengo que manifestar que no soy limosnero, nunca me ha gustado dar dinero a gente que pide por la calle o a la salida de las iglesias. Sé que probablemente no esté haciendo bien, también es verdad que encuentras opiniones encontradas en la calle, yo soy de los que pienso que el sistema tiene recursos, que efectivamente los hay, para que ni nadie tenga que pedir para comer, ni tenga que dormir en la calle, y que con la limosna contribuimos a perpetuar estas situaciones, que aun en el siglo XXI siguen siendo demasiado vergonzosamente habituales, en especial en las grandes ciudades.

Posiblemente me conformo, quizá sea un poco egoísta por mi parte, con que la cruz que señalo en mi declaración del IRPF de cada año, no solo supone una aportación indirecta para esos que piden en la calle, sino también y esto nos debiera reconfortar a todos los contribuyentes, que de algún modo, la distribución de estas importantes sumas de dinero aportadas por todos resulta ser equitativa, o al menos más justa que las causas benéficas de las que yo me pueda hacer eco porque están mejor publicitadas en una red social como WhatsApp.

A propósito de esto, me he preocupado por conocer adónde va a parar este dinero, o la suma que todos los españoles juntamos cuando ponemos la correspondiente cruz en la dichosa Declaración de la Renta, bueno pues este enlace es sumamente significativo. Sorprende conocer que algunas organizaciones sin ánimo de lucro reciben auténticas millonadas y, no contentos con ello, te siguen pidiendo más en otros foros.

La segunda parte de la historia y, eso sería para nota o para tener un dolor de cabeza, consistiría en averiguar qué parte de esas cantidades que donamos en el IRPF, en actos benéficos, en las limosnas que damos en diferentes lugares van realmente al punto concreto donde se necesita el impacto de tu aportación, y cuánto «se pierde» para pagar las estructuras de las organizaciones, a veces especialmente burocratizadas, cuando no los grandes sueldos de algunos de sus directivos que en el enjambre que son sus organigramas, provocan su egoísmo y olvidan el sentido de sus cargos para beneficiarse ilícitamente.

Para ir terminando, tengo que decir que en España somos únicos; en este país tenemos organizaciones que luchan por lo mismo, y en vez de sumar se pisan, en un increíble gesto de insolidaridad. Voy a poner un ejemplo bastante sonrojante, cuando llegan determinadas épocas del año en las que renace la sensibilidad en la ciudadanía, como puede ser la cercanía de la Navidad, grupos de voluntarios se apostan a las salidas de los supermercados para pedirte determinados artículos de una lista que te facilitan. Ocurre que Banco de Alimentos y Cáritas, se hacen la puñeta mutuamente, en vez de sumar dividen, no lo hacen en el mismo fin de semana, sino que lo hacen en dos consecutivos, y me da igual quién sea el primero o quién sea más beligerante.

Lo cierto es que el objetivo que persiguen, como es el de ofrecer alimentos básicos a familias de recursos limitados, se prostituye, porque si no son capaces de ponerse de acuerdo para trabajar juntos más complicado es que se ponga de acuerdo en no repetir las familias a las que les ofrecen sus suministros. Conozco gente de mi trabajo, con sueldos suficientes para vivir sin problemas, que reciben de vecinos en paro y que están recibiendo estas ayudas, bolsas de macarrones o de arroz con el sello de «excedente de la Unión Europea», porque sus alacenas van a reventar, porque esto no está bien controlado.

Echo de menos en España que nos hayamos centrado en lo fácil en abastecer de alimentos o productos de limpieza, porque esto no cuesta tanto, más que en ayudar a familias desahuciadas. En este mediocre país, a una familia la echa un banco de su casa porque no puede pagar la hipoteca, al día siguiente otra familia (sí, esa que se pasea por el supermercado en pijama, bata y zapatillas de paño) le pega la patada se mete dentro y Cáritas, el Banco de Alimentos o el sursuncorda la premia llenándole la despensa.

domingo, 19 de febrero de 2017

SUMO, UN DEPORTE DE DIOSES (VIII)

KISENOSATO, EL 72º YOKOZUNA
Si alguien nos hubiera dicho a los aficionados del sumo que el pasado 2016 y este primer torneo de Año Nuevo de 2017 (en mi blog tomo como referencia el primer torneo del año y los cinco anteriores para completar un año entero de análisis, así lo empecé y así voy a seguir con esta costumbre) que íbamos a asistir a uno de las más apasionantes temporadas de este deporte, con numerosos hitos y muchas y muy suculentas noticias, tal vez no nos lo habríamos creído. Y es que los cambios en el sumo son paulatinos, no son radicales, pero ocurre que logros puntuales provocan una cascada de consecuencias, como si del efecto mariposa se tratara.

Acostumbrados durante los últimos años a que las grandes noticias escasearan y que, sobre todo, fueran para airear los trapos sucios del sumo, apuestas ilegales, combates amañados, severidad con los jóvenes en las escuelas oficiales de sumo...; lo cierto es que Japón necesitaba una regeneración para su deporte rey por excelencia, que también ha sucumbido mediáticamente a otros deportes como el fútbol, el béisbol e incluso el rugby, y que hubiera una vuelta de tuerca positiva para volver a generar afición y pasión al sumo en el país del sol naciente.

La gran noticia de este año es aún mejor que la del año pasado. Cabe recordar que el año pasado Kotoshogiku acababa con una racha negativa de diez años sin que un nacido en Japón venciese en un torneo oficial; ahora, en el pasado torneo de enero, el Hatsu Basho 2017, Kisenosato, el gran Kisenosato, el japonés de Ibaraki, obtenía la primera Copa del Emperador de su carrera y a los pocos días se anunciaba su promoción a yokozuna, el grado máximo en este deporte.

Es curioso, porque en el pasado 2016 vimos no solo la victoria del referido Kotoshogiku, sino que otro japonés, Goeido, vencía en el torneo de septiembre y además obtenía el zensho yusho, o sea, conseguía el logro sin mácula, quince victorias y ninguna derrota, y es que algo está cambiando en el sumo, los japoneses despiertan.

De algún modo, la presión se cernía sobre Kisenosato, de largo el mejor luchador japonés del último lustro y paradójicamente el único luchador de los de arriba, el único ozeki en activo, que no había conseguido ningún yusho. Kisenosato se me ha antojado, hasta el último torneo, que era el pupas, una especie de Atlético de Madrid (antes de la llegada de Simeone), capaz de lo mejor y de lo peor, pero que el momento decisivo siempre la cagaba. De hecho, sus números son impresionantes, pero como segundón, habiendo obtenido nada menos que doce subcampeonatos, o fallaba el día importante o se dejaba combates ante rivales asequibles, el caso es que no conseguía rematar.

En este torneo de Año Nuevo dio un puñetazo en la mesa, no solo ya era vencedor el penúltimo día, sino que en el último combate superaba al gran yokozuna Hakuho, una victoria moral para apuntalar su más que probable promoción a yokozuna.

Kisenosato, de nombre real Yutaka Hagiwara, debutará en el torneo de marzo como 72º yokozuna y primer luchador japonés en ser promocionado desde hacía la friolera de diecinueve años; de ahí la importancia del logro, si importante para Japón era que un luchador venciera en un torneo después de diez años, casi dos décadas han tenido que esperar a que un nacional alcanzara el máximo rango en el sumo, posición para la que son muchos los llamados y pocos los elegidos, pues el ordinal hace referencia al número de yokozunas que han existido en el sumo moderno, desde el siglo XVIII hasta la actualidad.

Esa victoria ante Hakuho en el último día del Hatsu Basho 2017 seguramente debió influir mucho desde el punto de vista moral en el Comité de Deliberación de Yokozunas para que tomaran su decisión. No hay reglas escritas acerca de cómo se adquiere dicho rango máximo, en el pasado se deducía que la victoria en dos torneos consecutivos (hay seis oficiales al año) otorgaba ese privilegio; últimamente, en las últimas tres décadas, la serie de un subcampeonato y un campeonato consecutivos también está valiendo (al polémico luchador de la década de los 80 Futahaguro le valieron dos subcampeonatos y jamás logró vencer en un torneo, el único yokozuna de la historia con ese dudoso honor, con lo que devino que fue enormemente controvertida su promoción a yokozuna).

Hay que decir, es una opinión, que Kisenosato ha sido proclamado yokozuna con mucha justicia, tantos años de pupas, de ser un segundón porque no estaba en el momento en el que tenía que estar, no desmerecen una trayectoria más que meritoria, probablemente detrás de Hakuho el luchador más regular del sumo actual, es más, estamos ante un sumotori al que las lesiones le han respetado, y muchas veces no es tanto la suerte sino el sacrificio físico para evitarlas; no ha faltado a un torneo ni a un combate en la máxima categoría (Makuuchi) desde noviembre de 2004. Este hecho seguro que ha sido tenido en mucha consideración por el referido Comité, aparte de que, esto sí ha trascendido, han subrayado que aunque no ha obtenido dos campeonatos seguidos, ha tenido mejores números en el último año que sus dos antecesores Harumafuji y Kakuryu.

Pues nada, Kisenosato con su promoción a yokozuna, y los Kotoshogiku y Goeido con sus brillantes triunfos en las últimas fechas están intentando romper el dominio foráneo del sumo en esta última década, fundamentalmente de luchadores de Mongolia. Yo soy muy de Kisenosato, tal vez por aquello de que fracasaba constantemente y era incapaz de dar la puntilla (como el Atlético de Madrid), y estoy convencido de que va a ser un magnífico yokozuna, va a seguir teniendo muy buenos números y cabe esperar que la dosis de moral que proporciona este rango le permita alcanzar más yushos. De hecho, en un ranking que, como tal, no existe, Kisenosato es el segundo mejor luchador de sumo en la actualidad, por encima de Harumafuji y Kakuryu.

Y es que algo se mueve en el sumo, es posible que estos triunfos, que no por más o menos esperados no dejan de ser sorpresivos, pueden responder al hecho de que el gran Hakuho, el mejor luchador de la historia, y esto hay que resaltarlo, ha flaqueado un poco; el 2016 ha sido el año más pobre en resultados desde que es yokozuna, no ha obtenido campeonato o subcampeonato en los últimos cuatro torneos, y cabe pensar por lógica y porque es humano, que ha entrado en un ligero declive. Es cierto que le quedan unos pocos años, no más de un lustro, para seguir deleitándonos con su lucha poderosa y dominante, pero no es menos real que con la cuerda menos tensa va a permitir que otros encuentren tesoro donde antes parecía imposible.

Por si fuera poco, los otros dos yokozunas mongoles, Harumafuji y Kakuryu, los yokozunillas como yo les llamo, pues son mucho menos consistentes que Hakuho, son, y en 2016 lo han corroborado, bastante irregulares. Y ya se sabe, a río revuelto...

EL IRREGULAR KOTOSHOGIKU
Si mi entrada de 2016 reseñaba el magnífico triunfo de Kotoshogiku, que sí fue sorpresa porque todo el mundo pensaba que si alguien podría romper una década de sequía era Kisenosato, el veterano luchador de Fukuoka, bastante irregular, como todos los ozekis, desde que adquirió ese rango, ha sido degradado tras dos torneos con números negativos. Si hace un año suponía un rayo de esperanza para los aficionados japoneses, su situación actual es crítica porque aún podría recuperar el rango si obtiene dobles dígitos, más de diez victorias, en el próximo torneo de marzo a disputarse en Osaka, prueba que se me antoja harto compleja para Kotoshogiku, toda vez que es un luchador muy inconsistente y al que se le ha atragantado bastante el rango de ozeki (tenía mejores números antes de serlo).

Ni que decir tiene que este año de cierta gloria para el sumo japonés ha desembocado en esa ansiada dosis de apasionamiento que estaban deseando tener los nipones y, por ende, también todos los que amamos este deporte, esto ha desembocado en mayor asistencia de público en los torneos oficiales (para el próximo torneo se han agotado las entradas en tiempo récord), más interés de los medios de comunicación, incrementando de portadas de periódicos y espacios importantes en los titulares de las principales radios y televisiones. Por cierto que también se han hecho eco del logro de Kisenosato los más relevantes diarios de nuestro país.

Por si fuera poco, yo que suelo ser muy crítico con los jóvenes luchadores japoneses que presagian mucho y luego se quedan en nada, probablemente a causa de ese destensar de la soga de Hakuho y de los hombres más importantes del escalafón, ha permitido que los nuevos valores actuales parezcan ser capaces de darle un aire nuevo al sumo, parecen ser más descarados, con menos reparos y más chulería (algo necesario en el sumo) para enfrentarse y doblegar a los de arriba; y en consonancia, se les ve autorizados para que sean dotados de la responsabilidad para afrontar las exigencias de los grados altos del sumo, donde la regularidad y el sacrificio a lo largo de muchos años son la moneda de cambio. Los Shodai, Mitakeumi o Hokutofuji pueden ser en los próximos meses los grandes animadores del cotarro, todo se andará.

Por el momento, el gran núcleo gravitatorio para los próximos torneos seguirá siendo el nuevo yokozuna Kisenosato, sobre él estarán puestas todas las miradas y la atención del público japonés; pero como siempre, otras cuestiones quedarán en el aire, ¿cuánta gasolina le queda a Hakuho y cuántos torneos cederá?, ¿los otros dos yokozunas mongoles seguirán en una indigna mediocridad para su rango?, y genéricamente, esta nueva explosión del sumo, ¿animará a los más jóvenes a la práctica del sumo, con objeto de integrar los rangos no profesionales del sumo, últimamente algo depauperados?

sábado, 11 de febrero de 2017

WENDY CARLOS, CON ELLA CAMBIÓ TODO EN EL MUNDO DE LA MÚSICA

Nada sería igual en el mundo de la música electrónica o la New Age si Wendy Carlos no hubiera estado entre nosotros. Wendy es hoy una venerable anciana de 77 años que en su retiro de Nueva York no cesa de asistir con interés a la evolución actual de la música.

Wendy en realidad nació como Walter (comenzó su reasignación de sexo cuando tenía poco más de 30 años), pero ese es el cambio menos relevante que debemos subrayar en una decisión absolutamente respetable y que pertenece a su ámbito privado, puesto que su contribución al desarrollo de la música con sintetizadores fue tal, que aun siendo bastante conocida en el mundo de la música, el desconocimiento por el gran público hace que no sea suficientemente visible y a esta compositora hay que rendirle más homenajes y tributos que los que tiene. Y, puede que no se conozca, pero bandas sonoras de películas míticas salieron de su infinito talento.

Allá por 1953, cuando en España nuestros abuelos intentaban, como mayor avance tecnológico, sintonizar una arcaica radio para escuchar medianamente en condiciones la escasa oferta existente de emisoras, Carlos, que cursaba educación secundaria, gracias a una beca ya trabajaba con computadoras caseras. Ese antecedente y la dedicación musical de sus padres propiciaría que el, en ese momento, joven Walter cursara en su época universitaria paralelamente física y música.

No obstante, tras su graduación, su perfil se decantó por la música sin desaprovechar sus indudables conocimientos científicos y comenzó a interesarse y relacionarse por una balbuciente música electrónica. Corría la década de los 60 del pasado siglo y Vladimir Ussachevsky y Otto Luening, dos de los pioneros de la música de vanguardia fueron sus primeros inspiradores; más tarde, el punto de inflexión llegaría cuando entabló contacto con Richard Moog, uno de los padres del sintetizador y gran valedor del Columbia-Princeton Electronic Music Center, que avalado por dichas universidades neoyorquinas tan prestigiosas suponía el proyecto más ambicioso que había ese momento en todo el mundo en cuanto a investigación en aparatos productores de músicas de vanguardia.

Moog había creado un sintetizador que llevaba su nombre y Carlos se puso a trabajar no solo en perfeccionar su programación sino en implementar un teclado sobre ese ordenador que a la postre construyera música. Ese fue el segundo logro, sacarle el máximo partido al Moog, y con la ayuda de su inventor consiguieron que viera la luz Switched on Bach en 1968, había nacido, por su impacto popular, el primer disco de música realizada con sintetizador de la historia.

La cualidad de ese disco es que sonaba música de Johann Sebastian Bach, varias composiciones entre las que se encontraba el Concierto de Brandenburgo nº 5 en Re mayor, pero con la peculiaridad de que no se había utilizado ni un solo instrumento musical, aunque su sonoridad era tal que así lo parecía. La onda expansiva provocada de este proyecto fue tal que, cuando este humilde escribiente comenzaba dar por saco en este mundo, Switched on Bach vendía en el mundo, fundamentalmente en Estados Unidos, medio millón de copias.

Su segundo disco, en la misma línea, la de reproducir a compositores clásicos, sería The Well-Tempered Synthesizer (1969). Fruto de ese inusitado éxito, el reconocimiento de la crítica y la obtención de prestigiosos premios (Grammy entre otros), continuó unos años con la adaptación de la música clásica a los sintetizadores. No obstante, para que ese reconocimiento se amplificara, llegaría en 1971 su primer trabajo cinematográfico en una película mítica e irrepetible como «La naranja mecánica», una banda sonora que su director Stanley Kubrick quiso que se basara en música clásica, pero con el contrapunto de los sintetizadores. Era una especie de paradoja entre la realidad y la ficción, entre lo clásico y lo moderno; así pues, para los que pueden rememorar esta producción, resulta intrigante ver a los drugos (la pandilla de gamberros ultraviolentos) haciendo de las suyas mientras suena una música clásica de fondo con una sonoridad levemente transformada.

En su tercer trabajo, Sonic Seasonings, comenzó a experimentar en proyectos más propios y originales y se aprecia ya un acercamiento a la música ambiental. De hecho, en la década de los 70 se debate entre seguir versionando a los clásicos, Switched on Bach II llegaría en 1972, o tratar de avanzar en la música New Age, tal y como le reclamaban muchos de sus seguidores.

Desde luego, para entonces las revolución musical que había emprendido ya era todo un éxito y muchos de los músicos que han aparecido en este blog, y otros que hoy día hacen nuevas músicas basadas en la electrónica, bebieron de la fuente de Wendy Carlos.

Sin ser un momento decisivo de su carrera en solitario, Wendy ganaría más adeptos si cabe cuando volvió a colaborar con Kubrick en otra película inolvidable como fue «El resplandor», aunque parece que, en esta ocasión, el director estuvo muy activo en cómo debía ser la música, ante una película con un ambiente tan irrespirable, por lo que el margen de maniobra de esta autora pudo estar bastante mediatizado, amén de que no fue de Carlos la exclusividad de dicha banda sonora.

No menos importante fue la banda sonora de la película de la factoría de Disney «Tron», una composición que sí que fue verdaderamente novedosa, como el desarrollo de tal producción exigía. A mí la película no me gustó en su momento, y confieso que después de muchas veces que la han echado en televisión no he terminado de verla nunca, pero si he de resaltar que si había algo que llamaba la atención sobremanera en la cinta era su música.

El perfeccionamiento de los sintetizadores y la llegada de los sonidos digitales mucho más nítidos y perfectos que lo anterior, supuso una progresión en su carrera en la década de los 80, de hecho, se le aprecia un cierto interés por descubrir la música cósmica, incluso música étnica. Digital moonscapes, Beauty in the beast y Secrets of synthesis fueron sus tres álbumes en esa década.

Desde los 90 a la actualidad siguió haciendo discos experimentales, remasterizaciones de otros antiguos, grabaciones inéditas y nuevas colaboraciones en proyectos cinematográficos, donde se sintió siempre muy cómoda.

Wendy Carlos prácticamente no ha parado nunca de experimentar, su vida ha estado dedicada en cuerpo y alma a traspasar los muros de la música convencional, no solo desde su aspecto artístico sino también científico, contribuyendo a la investigación y el perfeccionamiento de las máquinas que le servían de soporte. En 2005 la Sociedad para la Electroacústica de los Estados Unidos le otorgó su mayor reconocimiento (Lifetime Achievement), por su contribución al arte y la música electroacústica.

Por siempre, Wendy Carlos, gran mujer, para que tu música que ya es todo un legado siga acariciando nuestros sentimientos.

sábado, 4 de febrero de 2017

"CICATRIZ", DE JUAN GÓMEZ-JURADO

El otro día me dijo mi hijo algo así como que «No debes confiar en cómo será el contenido de un libro con solo mirar la portada», sonó bastante sentencioso y más cuando me informó de que esa frase se la había dicho yo; yo acostumbro a sentenciar de vez en cuando pero, que yo sepa, esa no es de mi cosecha. Desde luego no aludía mi hijo a nada relacionado con la literatura sino para hacer mención a un compañero de clase que parecía tener una especie de doble cara.

Esa afortunada y brillante sentencia de mi hijo, al que se la voy a atribuir, me hizo pensar en que pese a que las portadas tienen su importancia en los libros, como la tienen por ejemplo, mucho más, las portadas de los discos de música; no es menos cierto que cifrar las esperanzas de que estás ante una buena o mala obra con solo esa primera imagen es bastante arriesgado, y verdaderamente hay muchos autores que cuidan hasta el extremo su portada para invitar a su lectura.

No sé si de forma deliberada el título de esta novela de Juan Gómez-Jurado y su portada son verdaderamente minimalistas: el título «Cicatriz», y bajo el mismo una cicatriz blanca rematada por la señal de seis puntos o grapas que atraviesa de arriba a abajo la portada bajo un fondo negro. No obstante, a mí me atraen otros parámetros, tales como que antes de adquirir un libro vea de qué va, así últimamente me llaman la atención aquellos que tratan temática de cierta actualidad (creo que se está abusando en este país de la novela histórica y a mí me cansa, por no decir que me exaspera); y que su autor no sea muy conocido, o sea, no plegado a compromisos editoriales recalcitrantes, aunque lo de no muy conocido habría que dejarlo in albis, pues he visto en Internet que previa a esta novela, este escritor ya ha tenido otras de bastante éxito y que ya cuenta con una nutrida legión de seguidores.

El críptico mensaje del título y el de esa imagen de la cicatriz que plasma la portada del libro esconden una narración hábil y entretenida en la que Gómez-Jurado nos transporta al Chicago de hoy mismo y con unos pocos personajes muy bien definidos (también se explota en la literatura actual el enmarañamiento de las historias con un sinfín de personajes, tal que tienes que ir haciéndote tú mismo un esquema paralelo para no perderte) construye una historia trepidante que te invita a devorar páginas para saber cómo acaba todo.

Simon Sax es el típico informático superdotado para su oficio pero bastante torpe en las relaciones sociales, con ese aspecto de ser introvertido, grande, desgarbado y desaliñado. Su vida se resume en su hermano Arthur que tiene síndrome de Down y su amigo Tom, todo extroversión, que es el que le complementa en sus negocios y en su vida personal para llenar sus carencias sociales. Negocios que marchan bastante mal, dado que sus genialidades cibernéticas no le llegan ni para pagar los suministros básicos de su hogar o para rellenar mínima y decentemente la nevera.

No obstante todo puede cambiar, Simon trabaja junto con un escueto (y mal pagado) equipo en un innovador proyecto de reconocimiento de imágenes para móviles, denominado LISA; tal artificio supone que con el programa instalado en un móvil, acercando la cámara a cualquier objeto y desde cualquier posición, el algoritmo devolvería con un importante porcentaje de acierto las características del objeto y, lo más interesante para el negocio mercantil, en qué web se podría adquirir algo igual. Dicha tecnología llama la atención de la empresa Infinity a través de su magnate Zachary Myers, empresa inventada pero que podríamos entender como uno de los actuales grandes monstruos de las ventas online, tal como Amazon o Alibaba, que espera coger tajada y lógicamente tener la posición dominante o monopolizadora de tan revolucionario algoritmo de búsqueda.

La prueba realizada y superada ante dicho magnate permite que Simon y Tom tengan un respiro, el de un contrato puente limitado en el tiempo, durante el cual deberán perfeccionar el algoritmo hasta llegar a un índice de fiabilidad en el reconocimiento del 74 %, resumidamente del éxito se desprendería adquirir la condición de potentados para ambos socios, así como el fracaso devendría en la pobreza más absoluta. El contrato puente, que está bien remunerado, les permitirá contratar a más personal, adquirir equipos, disponer de mejores instalaciones...

En ese momento de inflexión y de tensión que supone para Simon la exigua victoria de este primer asalto, reflexiona sobre esa parte de su vida que no funciona mucho más que sus, hasta hace poco, precarios logros informáticos. Y tiene la errática idea de entrar en una página de contactos para entablar una amistad con una joven ucraniana. «Hola. ¿De dónde eres?», con semejante frase tan simple pero tan inquietante a la vez, una tal Irina se mete en la vida de Simon de una forma brutal y tal vez para él haya sido la peor decisión de su vida, o no.

Desde luego, al poco de la llegada de Irina comenzarán los problemas para Simon. Su amigo Tom aparecerá muerto en una calle lúgubre y la policía no tardará en asediarlo para buscar información que ofrezca luz en este despiadado asesinato. La lógica invita a pensar que con Tom fuera de órbita, el reparto de ganancias en un prometedor contrato con Infinity, se duplicaría, demasiado obvio. ¿Y qué tiene que ver Irina en todo esto?

Mientras esto ocurre, Gómez-Jurado engarza una historia apasionante en la que nos remonta a la Unión Soviética de la invasión de Afganistán, también al oscuro pasado de Irina, y poco a poco, y de forma paralela al presente, también desvelará el porqué de la presencia de la joven en Chicago.

Dado que la novela está escrita en primera persona, Simon va analizando en el curso de su relato los errores que va cometiendo a medida que Irina va aterrizando en su vida. Las emociones, si es lo que esperaba Simon que es muy dudoso, no han hecho más que comenzar.

La historia se va desgranando con un ritmo trepidante y arrollador, ¿quién es Irina?, ¿a qué ha venido a Chicago?, ¿podrá superar Simon la presión de sus empleados, de los padres de Tom, de la policía?, ¿ama a una mujer que es una asesina?, y a todo esto y con la mente de Simon al límite, ¿llegará a tiempo para superar la gran prueba de fiabilidad de LISA ante el gigante de las ventas online?

Esa tensión se va sucediendo a medida que pasamos cada hoja, y tenemos necesidad de más, de desvelar qué va a ocurrir, de convencernos de que no todo es como parece, donde hay buenos y malos pero no estamos seguros de quiénes desempeñan ese papel, todo se vuelve un tanto contradictorio.

Una novela que engancha a medida que avanzas y que paralelamente al frenético rumbo que acomete más allá de la mitad de la misma, tú tienes la necesidad de apurar cada página para descubrir el desenlace, en un final que es digno de esta potente novela.

A modo de epílogo el autor nos revela que si bien se trata de un relato inventado, existen determinadas fuentes reales que le han inspirado, o sea, que sin ser cierta algunos de sus episodios podrían tener visos de credibilidad real.

Gómez-Jurado ha obrado un producto muy fácil de leer, que se devora por su magnetismo, y además, él utiliza un lenguaje sumamente rico, pero también con giros actuales, lo que nos permite inmiscuirnos más si cabe en la historia.

sábado, 28 de enero de 2017

LA COLECCIÓN DE SELLOS DE UNIFORMES MILITARES ESPAÑOLES (1973-1978)

Zapador del Regimiento
Real de Ingenieros - 1809
Yo sé que lo de coleccionar sellos no es que no esté bien visto, sino que somos tan pocos los que quedamos en este país y es una afición tan minoritaria, que simplemente el solo hecho de hablar de filatelia hace que nuestro entorno social nos tenga como bichos raros.

Realmente y lo afirmo con absoluta sinceridad, que eso es encerrarse un tanto, es como no ver el bosque porque hay unos árboles delante que te lo impiden. Pero es que, además, no es necesario ser coleccionista de sellos para tener sellos en tu casa. Yo voy de vez en cuando a un bar cercano a mi domicilio y tienen como decoración un cuadro colgado con sellos en él, son sellos de muy poco valor, pero con los veinte o treinta sellos que hay en la composición se perciben un montón de colores diferentes, el resultado final es que el cuadro es llamativo y mucha gente se para a contemplarlo.

Los sellos no solo son decorativos, sino que puntualmente son conmemorativos y uno podrá no haber comprado un sello dentado en su vida pero sí tener de recuerdo aquel que sacó Correos para celebrar el primer aniversario de la fundación de tal o cual club de fútbol (y esto es muy cierto porque a Correos le encantan este tipo de aniversarios en favor del deporte rey, porque piensan que van a vender más efectos), o algún monumento de su ciudad.

Colecciones de sellos hay muchas en la historia postal de nuestro país, en concreto, a la conclusión de 2016 algo más de 5.600 sellos, 5.600 motivos diferentes, en los que se ha tocado de todo o casi de todo. Y de calidad también de todo, en este sentido, yo soy muy clásico y me encantan los sellos elaborados por los grabadores existentes en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre tras la posguerra, personalizados en José Luis Sánchez-Toda, personas amantes de su trabajo, profesionales como la copa de un pino, pero además, profesionales en el sentido estricto, de fichar a la entrada y a la salida y hacer su trabajo muy bien, eran artistas y hacían obras de arte, sin mayor reconocimiento que el de su sueldo y la satisfacción de que sus trabajos se vieran plasmados y que luego circularan por miles de manos, pero ciertamente grandiosos artistas en la sombra. Grabadores absolutamente desconocidos como Antonio Manso, Miciano Becerra, Carlos Tauler o Núñez de Celis que apenas tuvieron ni tienen reconocimiento público, aunque espero que lo hayan tenido privado; yo ya les hice mi modesto homenaje.

Abanderado del Real Cuerpo
de Artillería - 1803
Y precisamente hoy reivindico una colección que tal vez no sea de las más brillantes de la historia filatélica de nuestro país, pero que a mí siempre me ha gustado mucho, prácticamente desde que era pequeño, será porque de niño muchos de estos sellos los tuve entre mis manos. Se trata de la serie de «Uniformes Militares» que en diferentes entregas se fueron emitiendo en España entre los años 1973 y 1978 realizándose en nueve bloques de cinco sellos cada uno para completar un total de cuarenta y cinco efectos postales. La técnica utilizada para su realización fue la del huecograbado.

Una de las razones por la que destaco esta colección es porque puede ser un plato muy apetecible para los amantes de la historia en general y de la historia militar en particular, es decir, entre otros, mis amigos los recreadores de época, con los que comparto buenos ratos y alguna que otra decepción. Esta es una colección muy bonita porque recorre en esos pequeños efectos, que yo muchas veces llamo joyitas, la historia de los uniformes militares de nuestro país entre los siglos XV al XX.

No es, desde luego, una colección científica y exacta en el sentido de que sea un documento oficial y fidedigno que recoja los uniformes más relevantes de los últimos cinco siglos, pero dada la pulcritud, rigor y meticulosidad del servicio de Correos en esos años, no solo, por la calidad de los trabajos de los grabadores, sino por la gran labor de investigación que me consta que se hacía y que, por supuesto, dista un abismo con lo que se hace actualmente, donde esa indagación documental brilla por su ausencia, debo concluir en que supone una visión muy cercana a lo que sería una muestra bastante fiel de la evolución de la uniformidad militar en la historia de España en las últimas cinco centurias.

Dicho esto, entiendo que la afición a la historia debe ser algo más que el conocimiento de un episodio puntual, de una fecha concreta, ni tan siquiera de una parte singularizada de la misma, representada en una batalla exclusivamente. Si nos quedamos con la historia militar en particular, de algún modo, desdeñamos la historia política, la historia cultural y tantas y tantas expresiones de la historia. De ahí que yo recomiende para los amantes de la historia que se hagan con esta colección, que pertenecería a una subárea de la historia militar, y que perciban la evolución de varios siglos en esa indumentaria, no solo la de un apartadito del siglo XIX, por ejemplo.

Coronel de Infantería
de Línea - 1802
La vocación divulgativa de Correos entre 1950 y 1980 era mucho mayor que la de ahora, pues aparte del poco impacto cultural y mediático de las emisiones actuales, la rigurosidad ha desaparecido, la falta de planificación en lo que se emite también y, por supuesto, no se percibe un propósito divulgativo. En esas emisiones posteriores a 1950, que filatélicamente hablando inició un nuevo ciclo denominado Centenario del sello español, sí que se pulsaba un más que evidente interés pedagógico, tal es el punto que las colecciones, como esta, emitidas en sucesivas entregas a lo largo de varios años, tenían no solo el rigor ya subrayado, sino que para su más perfecto conocimiento y organización, cada uno de los sellos que la componían llevaban una numeración. En este sentido, esta colección no puede ser más práctica y organizadita, porque cada sello tiene su número en el pie de cada efecto, desde el nº 1 hasta el nº 45.

Bellos sellos, realizados con detalle y minuciosidad, pequeñitos pero precisamente por ese carácter llama más la atención la finura con la que trabajaban nuestros grabadores. Sellos con cierto colorido y realizados de una forma muy seria, realmente asemejan a láminas de un libro de historia; igualmente en contraposición con los diseños actuales, muy erráticos y donde, de vez en vez, nos sorprendemos con figuras históricas que más que un profesional parecen haber sido dibujadas por un niño pequeño y eso que ahora se cuenta con herramientas que antes no existían como los ordenadores y un montón de potentísimos programas especializados.

Dicho esto, he de recordar que en el mundillo de la historia, hay de todo como en botica, y no voy a decir que abunde pero sí es cierto que surge a veces la figura por todos conocida del historiador erudito que ha erigido su cátedra luego de haber leído poco más de la contraportada de un libro de historia, con lo que esta colección incrementaría su bagaje.

En fin, valga esta pequeña licencia humorística para marcar el camino a los muy amantes de las guerras dieciochescas, de la Guerra de la Independencia, por ejemplo. Dentro de esta colección de cuarenta y cinco efectos, únicamente en la quinta entrega de esta serie, en 1975 y antes de que se produjera la muerte de Franco, se muestran cinco sellos que abarcan trajes desde 1785 a 1809, y en concreto, de ese último año data la indumentaria del Zapador del Regimiento Real de Ingenieros (la foto que muestro en la portada de esta entradita), aunque los otros cuatro de fechas anteriores tienen mucha pinta de que esos mismos o parecidos también se usaron en la Guerra de la Independencia. Estos sellos, en el conjunto de la colección, tienen señalados los números 21 al 25.

Así que aprovecho para recomendar a la gente, con mayor o menor apego, con más querencia o menos a los sellos, que no tengan miedo ni vergüenza a comprar. Esta colección completa, he mirado un par de sitios web muy rápido, no cuesta más de diez euros, ¡y encima es barato!

Pero no solo esta colección y ya de paso tiendo la mano a cualquier ciudadano, en esos miles y miles de sellos de la historia postal española que antes he referido, a buen seguro que hay alguno que tenga algún interés para cualquier persona: un escritor, un monumento, una ciudad, un evento histórico... ¿Por qué no disponer de ese recuerdo?

Curiosamente el pueblo donde resido, Bailén, no cuenta con ningún sello en la historia, ni el pueblo ni su célebre Batalla. Cuando se podía (en la dictadura franquista) no sé por qué circunstancia no se acertó con incluir algún efecto en las planificaciones anuales. Cuando no se podía, ahora, el Ayuntamiento solicitó con insistencia la correspondiente estampilla. Y no se podía ni se puede, porque igual que en la dictadura y antes de ella, hablar de historia militar (como esta colección de uniformes), de batallas y de guerras, se entendía como una manera de ensalzar los valores patrios. Desde hace ya décadas desapareció de las programaciones postales españolas todo rastro de guerras, como si molestáramos a otros países por el hecho de que la historia que tenemos, con victorias o derrotas, es la que es y no la podemos cambiar, y eso pudiera levantar ampollas, no me puedo contener con semejante estupidez. Y al hilo de esto, yo que analizo concienzudamente las emisiones de Correos desde hace años observo que hay una deriva hacia asuntos políticamente correctos, mucha pamplina de celebrar eventos que no le interesan a nadie, muchas vírgenes (el tema religioso les interesa con un inopinado fervor) y mucho centenario de clubes de fútbol, incluso el del Villaliebres de Abajo, C.F.

sábado, 21 de enero de 2017

"SI BEETHOVEN PUDIERA ESCUCHARME", DE RAMÓN GENER

Fue casi por casualidad que un día, teniendo en mis manos el mando de la tele de mi casa (quien tiene el mando tiene el poder), en las raras veces que mi hijo no lo controlaba, vi en La 2 de TVE un poco del programa «This is opera», básicamente un espacio en el que de forma amena un hombre de mediana edad y con aspecto desenfadado, incluso pijo, nos acercaba de una manera cercana lo que era la ópera, Ramón Gener.

Esa imagen desenfadada la transmitía no solo por la forma de presentarnos la ópera, abriéndola para todos aquellos que jamás habían ido a un espectáculo de esos, sino porque daba la impresión de ser un tipo normal, de la calle, un tipo en vaqueros, aunque eso sí, con una voz penetrante, de periodista, la que le forjó para ser un barítono profesional.

Más allá de ese programa observé a través del Círculo de Lectores, mi principal proveedor de literatura, que Ramón Gener había escrito un libro que es este del que hoy hago una reseña. Configurado no como una extensión de su programa televisivo, sino más bien como una autobiografía limitada a la experiencia musical a lo largo de su vida.

En realidad «Si Beethoven pudiera escucharme» no es un ensayo al uso, no tiene grandes pretensiones pero llena. Yo lo definiría como el relato de una pasión por parte de un amante de la música. Porque Ramón Gener aprovecha para contar su vínculo con la música desde que era niño y las vicisitudes y crisis por las que atraviesa para mostrarnos cómo está de presente la música en nuestras vidas y también trata de tocar nuestra fibra sensible haciéndonos reflexionar sobre la historia de la música, de los grandes compositores, incluso de músicos actuales, para que sigamos amándola cada uno en su entorno personal, a la manera de cada cual.

Desde mi propio punto de vista he de decir que hubo un momento en mi vida, no muy lejano, que tuve la necesidad de conocer algo más de la música, no solo a la hora de escucharla o para hablar de ella como hago en este blog, sino saber mínimamente qué se escondía en una partitura. Estuve algunos años con un aprendizaje muy suave, a la par que tocaba el saxofón, instrumento que elegí en este pequeño reto; ya lo dejé, aunque no descarto retomarlo en el futuro, y en buena parte de este recorrido, conseguí el objetivo de leer un poco las partituras, las claves, las tonalidades; digamos que ese bagaje me ha enriquecido y ahora puedo ver la música con un enfoque más amplio.

Dicho esto, uno de los buenos posos que me ha dejado este libro es que hay muchos aspectos de la música en los que no reparamos y que Ramón Gener se propone descubrir para nosotros, gracias a la experiencia de una vida muy orientada hacia este arte.

En este recorrido autobiográfico del escritor, dividido por pequeños capítulos no numerados y que son titulados con pequeños lemas: imaginación, libertad, sentimientos, amistad, curiosidad, pasión..., en cada uno de ellos este realiza un relato muy didáctico en el que hace referencia a alguna canción o algún tema musical con su letra, y este le ayuda a hacer una reseña histórica de la música a través de algún compositor, por último, esto lo enlaza con su realidad, para crear referencias que le han acaecido en su vida. En este sentido, los hitos más importantes de la vida musical de Ramón Gener fueron un inicio en la infancia de enseñanza musical, impuesta por sus padres, y aceptada a regañadientes por él, tanto que lo dejó al poco; posteriormente, casi de casualidad vuelve a ella gracias a la sensacional soprano Victoria de los Ángeles, y vive una explosión y madurez de su experiencia musical en la que se convertirá en barítono; y finalmente, tras una nueva crisis, esa madurez devendrá en que el propio Ramón Gener se convencerá de que no será un excepcional barítono, pero descubre que es un gran divulgador, fase de la vida en la que actualmente se encuentra.

Ramón Gener me ha servido para conocer más detalles de la música, realiza muy sabias reflexiones que solo un profesional de este ámbito puede llevar a cabo y que una persona con una modesta afición a la música como yo, no puede abordar.

El libro, que es muy interesante, y que tiene capítulos que me han llenado algunos más que otros, tiene pasajes que me han llamado la atención especialmente. Muy al principio, Gener nos adentra en el significado de la música, es decir, ¿la música nos evoca un mensaje en la cabeza a todo el mundo por igual? En realidad no, particularmente la música sin letra o sin interpretación y sin contexto (en un ballet, en una película...), no nos hace experimentar a todos las mismas sensaciones. Si preguntas a un grupo de personas que escuchan un tema musical sin letra e inédito y sin información previa, es posible que haya tantas interpretaciones como personas.

Culturalmente hemos aprendido qué es una música triste y cuál alegre, la que deberíamos utilizar en una discoteca o en un funeral; pero es imposible que pensemos en las evocaciones que quería transmitirnos el compositor; si quiere que imaginemos un cisne nadando plácidamente en un lago, necesitamos más datos, necesitamos un escenario que nos muestre esa imagen o una letra que nos ofrezca un contexto. Y yo coincido con Ramón Gener en que eso es lo bueno de la música, que es democrática, que es libre, que es universal, que cada uno la oye y puede pensar lo que quiera, y mi pensamiento es mío y no coincidente con el de los demás. En este sentido, la música es pura libertad.

No soy muy aficionado a hacer cortas y pegas, pero he querido pararme en un párrafo, de los muchos que tiene el libro que ofrecen mensajes de calado, y que dice lo siguiente: «Si ahondamos en el sentido filosófico de la trascendencia, nos daremos cuenta de que todos podemos sobrepasar nuestros límites naturales sintiendo e imaginando y que, por los tanto, todos tenemos la capacidad de comprender la música. La universalidad de la música no se debe a que su lenguaje sea el mismo para todos. No se de debe a que una corchea sea y se escriba igual aquí o en la otra punta del mundo. No. La universalidad y la trascendencia de la música se deben a que habla a todo el mundo. La música habla sin hacer distinciones. La música abraza a todos. Todos podemos entenderla. (…). Cuando suena, las notas que oímos son las miasma para todo el mundo, pero su significado, lo que recibimos, lo que sentimos, lo que cada uno de nosotros entiende, es diferente. Esta es su trascendencia. Esta es su magia».

En fin, existen muchos pasajes en el libro que te ayudan a apasionarte más si cabe por la música y, por supuesto, Gener no pierde la oportunidad de hablarnos un poco de la historia de la música a través de los compositores que más le han llenado a él, a través de sus anécdotas y de sus vidas siempre jugosas. Por cierto que para este barítono su preferido es Beethoven, el que le da nombre al libro y explica sus razones para ello.

Por último, recuerdo con cierta curiosidad que, si la música clásica es para la mayoría de nosotros un pequeño espacio de nuestra mente, si tuviéramos que hacer una lista, aun pequeña, de los compositores clásicos que nos suenan, a buen seguro que esa lista tiene muchos apellidos germánicos. Y digo que es curioso porque, de forma un tanto callada, la historia de la música le debe mucho a Alemania y a Austria, y estos países no alardean especialmente con esto, tal vez debieran estar más orgullosos de los Mozart, Brahms, Schubert, el mismo Beethoven, Bach, Haydn, Wagner o Telemann.

Un libro interesante para reflexionar sobre y con la música, para seguir aprendiendo y apasionándonos cada día más sobre este arte que nos hace evadirnos, aunque sea por un momento, de una vida que a veces no es fácil.

sábado, 14 de enero de 2017

¿PROGRAMAS ANTICRISIS EN TIEMPOS DE CRISIS?

Partiendo de la base de que ya hemos superado la crisis económica, aunque no estamos bien del todo mientras sigamos teniendo a tanta gente en el paro; si tuviéramos que medir la sensibilidad del conjunto de los españoles en estos años críticos, hay que decir que hubo de todo, los que lo pasaron mal y no hicieron alardes, o casi; dentro de los que nos mantuvimos hubo los que ayudaron y otros que alardearon; y de los ricos también de todo, los que les dio igual y si acaso contribuyeron a agravar la crisis y aquellos otros a los que se les ablandó el corazón e hicieron esfuerzos para minimizar los efectos de semejante depresión económica en su zona de influencia.

Y dicho esto, hay que subrayar y no me lo invento yo, que hubo mucha gente afectada por la crisis, pero las estadísticas hablan de que también hubo vencedores, y los medios de comunicación se encargaron de recordarlo, y estos fueron los ricos, aquellos que tenían dinero aprovecharon, entre otras estrategias, para pescar en río revuelto, enriqueciéndose por ejemplo, a base de comprar chollos a tres perras porque la gente estaba asfixiada.

Puede ser noble ese afán por beneficiarse, aunque algunos lo hicieran con cierta ruindad no importándoles quién había detrás de esas propiedades que compraban. Por cierto que si hablamos de falta de sensibilidad, desde luego los bancos están en la cúspide de la falta de escrúpulos, y hoy tiene una parte «mala» de su gestión que es la que representa un montón de inmuebles que son hoy de su propiedad, que no consiguen vender y que, en el peor, de los casos, están siendo devaluados a pasos agigantados por esas familias okupas que se han instalado en ellos. Curiosamente muchos bancos que tuvimos que rescatar con dinero de todos los contribuyentes y que ya nos han dicho los economistas que ese dinero jamás se recuperará.

Por si no estuviera mal el panorama, recuerdo con verdadero asco cómo algunas televisiones echaban aceite hirviendo sobre la herida, contribuyendo a ofrecer no solo un panorama contrario a la realidad sino que mostraban determinados mundos paradisíacos que levantaban verdaderas ampollas a la mayoría de la población.

Por empezar a poner ejemplos, probablemente el más conocido era «Españoles por el mundo», sobre todo porque se emitía en un horario de máxima audiencia y en TVE que, como televisión generalista y pública, suele ser una elección casi automática para la mayoría de los españoles.

Ojo, hay que advertir que el programa bien pudiera haberse llamado «Españoles triunfadores por el mundo», es decir, aquellos que habían llegado a tal o cual país y allí tenían una vida placentera. Es decir, se trataba de una imagen muy sesgada; los había que vivían en países menos avanzados que el nuestro, o del tercer mundo, y allí vivían por el éxito que habían cosechado mejor que en España. Pero también los había de esa nueva generación de inmigrantes provocados por la crisis que rápidamente habían encontrado un buen empleo en países más ricos que el nuestro y que en poco tiempo comentaban todo tipo de excelencias de su nuevo exilio.

Curiosamente con estos españoles que tuvieron que inmigrar por mor de la crisis, parecía que alguna mente pensante nos mandaba un mensaje subliminal y casi involuntario de que dejáramos España para irnos a ese nuevo paraíso de las oportunidades. El mensaje más allá de su involuntariedad calaba, vaya si calaba, esos españoles que aparecían en Dinamarca, Noruega o Nueva Zelanda, nos ponían los dientes largos cuando expresaban las bondades de las ayudas sociales, los sueldos, los avances tecnológicos en ciudades o pueblos, que dejaban en mantillas a un sistema como el nuestro que, como las comparaciones son odiosas, se nos antojaba absolutamente arcaico. Medio en broma medio en serio, no pocas veces mi mujer me decía, «pues vámonos a vivir allí», comentario que seguro que hicieron muchísimos españoles, y con total certeza el programa impulsó a algunos que no tenían futuro en nuestro país a abandonarlo con tristeza, porque no olvidemos que pese a todo lo malo de España, nos sigue valiendo que como aquí no se vive en ningún sitio y que como la comida de mamá, el jamón serrano y las cervecitas con tapa del mediodía no hay nada.

Por si no fuera suficiente la dosis semanal, cada televisión autonómica también hizo su propio clon, con similares características y con unas consecuencias idénticas, seguir mandándonos mensajes sobre las excelencias foráneas, en un bombardeo continuo.

Yo ya no sé si algún directivo sesudo de TVE o del propio Gobierno, cayeron en la cuenta, tal vez ya demasiado tarde, de que había de dejar de enviar mensajes subliminales porque todo el mundo se estaba coscando del asunto, y particularmente «Españoles por el mundo», dejó de estar en ese horario de máxima audiencia, para pasar a otro menos impactante y aleccionador.

Vendrían después otros programas, más actuales, en los que se ofreció una imagen más cercana de la realidad, la de esos otros españoles no triunfadores por el mundo. Ahora ya sí que vemos con más habitualidad a familias que viven en Berlín, en Oslo o en Londres y el marido, con un currículum fabuloso y una ingeniería de telecomunicaciones se las arregla para sacar un sueldecillo medio qué, limpiando mierdas en los servicios de un centro comercial, mientras la mujer trata de hacer encaje de bolillos con ese salario exiguo y mantener a los dos niños pequeños en un piso superenano en el suburbio de una gran ciudad, a la par que acude a los centros de beneficencia para que le procuren algo de comida y ropa, mientras observan por la ventana que todo está nevado y tienen que estar todo el día con la calefacción puesta, acordándose, por supuesto, del buen tiempo que hacía en nuestra España, donde la nieve es siempre una excepción y una alegría por su escasez.

Por eso, cuando el nuevo Ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, manifestaba semanas atrás acerca de los españoles que emigraban «lo que muestran es una inquietud, una amplitud de miras, una adaptabilidad a nuevos horizontes..., ir fuera enriquece, abre la mente, fortalece habilidades sociales», realmente pensé que ya teníamos con nosotros al nuevo tonto del año, un tipo capaz de soltar por la boca este tipo de lindezas y gilipolleces para contentar a su propia bancada; sinceramente vomitivo, tendría que estar un día limpiando mierda en Manchester.

Por desgracia estos programas indecentes y provocadores se sucedieron en otras cadenas, no exactamente del mismo perfil, pero con un afán no premeditado de enervar a la clase media y baja de este país.

Así estaba uno denominado «Mujeres ricas», este emitido en La Sexta en plena crisis y en el que, mientras muchos españoles comían la sopa boba y adelgazaban por necesidad, estas señoras superfantásticas y con tipitos espectaculares, derrochaban su dinero a base de bien, con gastos que se nos escapan de nuestra mente.

Yo siempre lo he dicho, soy una persona corriente en un mundo mediocre, y sobre todo en cuestiones económicas soy muy inocente, tanto que aunque sé que es verdad no logro concebir que un jugador de fútbol gane las barbaridades que gana, y que cualquier día de trabajo ingrese lo que yo en un año. Y me cuesta trabajo pensar que alguien puede comprarse una botella de vino de 6.000 euros y bebérsela en una comida, o ir a un hotel donde la noche vale 3.000, o ir al casino (esto lo he visto con mis propios ojos) y jugarse en un minuto mi sueldo de todo el mes.

En fin, por más que reconozca que hay gente que es multimillonaria, no me cabe en la cabeza que puedan, porque pueden, gastar enormidades. Las tales mujeres ricas, tenían un séquito alrededor y casas con chorrocientas habitaciones superlujosas. Ciertamente que al final las vidas de todos los humanos coinciden, afortunadamente, en que en muchas cosas somos muy iguales y tenemos los mismos problemas; y las vidas de estas señoras terminaban siendo vulgares, con la única diferencia de que debían quemar dinero.

Recuerdo a una moza almeriense guapa y de buen cuerpo, no sé si con ayudas de quirófano, casada con un empresario de la construcción de aspecto entre vulgar, cateto y vestido por su condición social a pedradas, o sea, que el traje le sentaba como las pistolas a un santo; es decir, prototípica imagen de pareja de hombre feo y con cuenta corriente de siete cifras y mujer guapa, enamorada de los dineros de su marido y también enamorada, aunque a más distancia, de su marido, que era feo. La buena señora preparaba una fiesta y se entretenía en gastarse 1.000 euros en los días previos para que una manicura, peluquera y esteticista la dejaran como un palmito para tan fastuoso evento.

También en este programa salía la mujer del que fuera jugador argentino de fútbol de varios clubes europeos hace un par de décadas Claudio Caniggia, que tenían su residencia en Marbella, y la señora (esta no era muy bella y sí muy reparada) tenía unas importantes comeduras de olla, y lo mismo, coincidía en que su vida giraba en torno a cómo gastar dinero, y lo que era más deplorable para los sufridores telespectadores, es que ella misma detestaba lo vulgar, no sé, comprar en el Mercadona, ir a una playa con su arena y niños molestando, o comer alimentos que la clase media comía. Semejante payasa...

Luego había otro programa, tal vez no era tan sangrante, se llamaba «¿Quién vive ahí?» y también de La Sexta. Este también era una especie de bofetón para la mayoría de los españoles que vivimos en una vivienda humilde y con las habitaciones y el espacio justo. Esos casoplones no solo habían costado una millonada en su construcción, sino que la decoración tenía que ser acorde con el diseño del edificio y con la posición social de la persona. Era otra especie de «Españoles triunfadores por España».

Pues sí, porque escocía que nos plantificaran en nuestras narices a esos ciudadanos y convecinos nuestros que se podían permitir el lujo en plena crisis de mantener una casa con cinco cuartos de baño, un gimnasio, una sala de cine y una cocina del tamaño de un polideportivo, pagando sueldos por su mantenimiento que en un mes podría suponer lo que yo gano en tres años.

Todas estas manifestaciones vergonzantes demuestran la poca sensibilidad y el escaso tino de algunas televisiones, ahora ya no se ve tan mal, pero en aquellos años no tan lejanos, yo no entendía cómo la gente no salía a la calle y se rebelaba, quizás hubiera una razón, y es que muchos españoles en su inocencia y en su humildad veían el programa de forma masoquista, a lo mejor yo también, porque aspiraban alguna vez, por un golpe inopinado de fortuna, a ser protagonistas de esas historias.