sábado, 23 de mayo de 2015

EL COLECCIONISMO EN LOS BARES COMO VALOR AÑADIDO

Es posible que en esta humilde bitácora mía a la que doy de comer semanalmente haya referido en el pasado que la filatelia está de capa caída en este país, aunque eso no necesariamente ha de ser sinónimo de que el coleccionismo se encuentre en similar circunstancia. Sí que es cierto que el coleccionismo está presente casi en cada casa, en cada familia, pero no se explota lo suficiente. En España escasean los comercios dedicados al coleccionista sea del tipo que sea, y me consta que en otros países hasta las grandes superficies dedican pasillos enteros a esta afición, con elementos de todo tipo para las varias clases de coleccionismo más populares e incluso las que no.

Y dicho esto, pues es verdad que el coleccionismo no está muerto en España, aunque sí un pelín dormido, o como digo, poco aprovechado. Acostumbramos a que haya asociaciones para todo y, sin embargo, se echa de menos la promoción de coleccionistas heterogéneos a través de estos colectivos para difundir una pasión tan satisfactoria que, en muchos casos, se queda en un anonimato para la mayoría de los mortales.

Pero el coleccionismo vive, vive casi en cada esquina. Suelo acudir a los bares como buen español y andaluz, me gusta tapear y me gusta departir, aparte de que siendo, como es, un hábito saludable, también ayudas a mantener a un montón de familias en este país que se ganan la vida, haciendo la ídem más agradable a los demás.

A mí mujer siempre se lo digo, me gustan los bares que tienen tema, es decir, que tienen una temática, que están decorados de tal o cual manera, de tal guisa que aunque sea por un momento te parezca que estás en un rancho, en un cortijo, en una estación, en un cafetín francés o en medio de la sabana africana. Por contra, me siento algo más incómodo en esos bares insulsos que parecen un todo 100, sin espíritu, sin alma, que no hay por donde cogerlos.

Y no, no me estoy refiriendo a esos bares temáticos adornados con todo lujo de detalles, decorados por empresas que se dedican a montarte el negocio «llave en mano», me refiero a algo más de andar por casa, algo montado por familias que empiezan con un poco y van haciendo del local un lugar con esencia, cada día añaden algo y ese algo va haciendo más entrañable el lugar.

El coleccionismo es un elemento fundamentalísimo para favorecer esa esencia, en realidad, si nos fijamos a nuestro alrededor, hay bares que sin ser propiamente temáticos, sí que le dan un toque singular cuando rematan sus paredes o estanterías con alguna colección, de billetes, sellos, fotografías antiguas, botellas de gaseosa, latas de refresco y hasta estampitas de santos...

Recuerdo en el pasado, en el pueblo de mis padres, Begíjar, que había un bar con una larga barra que atesoraba cientos de llaveros, y la clientela se afanaba por agrandar la familia con ese llavero que le habían dado en tal o cual sitio... No sé por qué aquel bar, que aún sigue existiendo y en el mismo sitio, un día decidió reformarse y eliminó de la estantería de la barra aquella colección impresionante de llaveros.

Del mismo modo, sin ser exactamente una colección, cuando era chico y salía con mis padres de paseo, me gustaba que fuéramos a los bares de la calle La Virgen de Linares, porque había dos bares con detalles muy particulares, uno (que ya no está ni recuerdo el nombre), tenía un monito cogido con una cadena en la ventana, muy apacible y simpático, que se dejaba tocar, pero sobre todo, queríamos llegar con unos cacahuetes para ofrecérselos al apacible animalito. Más arriba estaba el bar La Marina, que contaba con un precioso acuario y que hacía las delicias de los más pequeños.

Hay bares que sin saberlo, reafirman con sus acciones que el coleccionismo es un valor, aunque sea con una colección de fotos del dueño con toreros famosos, aunque sea con almanaques antiguos de su club de fútbol favorito..., esos son los detalles que le dan entidad a un negocio, que te hacen pensar, a mi por lo menos me produce esa sensación, que ese bar tiene anclas en el pasado y vocación de futuro, que otros muchos estuvieron allí antes que tú y le proporcionaron una impronta que le permitió que aquel bar fuera y sea un pequeño universo con algún aspecto único.

Por cierto que el sueño de todo experto en mercadotecnia es que tu negocio sea visitado por algo muy concreto, aunque lo que ofrezcas como fundamento no sea tan atractivo en sí. El tener una colección y si es hecha de forma personal (no comprada ex profeso) incrementa el valor añadido de ese negocio. Y es que una colección le da un matiz museológico a un bar, a una cafetería, o a un pub, como aspecto museológico lo es en sí cualquier aspecto singular o único que pueda atraer a la gente, incluso más allá del propio municipio. Ejemplos hay muchos, ya sea porque tal o cual bar está especializado en una tapa concreta (aquí en mi pueblo, en Bailén, no puedes pasar una primavera sin ir al «Cojo» a tomarte unos caracoles), o porque tiene una reliquia, para los de esta provincia, Jaén, les será fácil recordar esa taberna de la capital en la que se muestra en una urna de cristal un jamón decimonónico, que da algo de grima verlo y que no es nada en relación inversamente proporcional con la historia que tiene y, por lógica, con el interés que suscita en la ciudadanía.

También recuerdo en mi época estudiantil en Granada muchos bares de ese carácter, aunque rememoro con especial añoranza uno muy singular, se llamaba El cura, aunque nadie sabía cómo se llamaba exactamente, porque no tenía nombre, lo nombrábamos así porque el extraño personaje que lo regentaba se decía que había estado vinculado a la Iglesia. No siempre abría a diario y nadie sabe por qué, allí acudía una fauna tan extraña como él, un día estaba simpático que se acordaba perfectamente de ti y otras veces no te conocía y era algo huraño, su bar, chiringuito, cafetería o pub, que no se sabía muy bien lo que era, era en realidad una casa con muchos recovecos, algo laberíntica, con un piano en una de sus habitaciones. Disponía de una colección fabulosa de discos que jamás habíamos visto, el tipo decía haber ido a propósito a Francia para comprarlos, nombres y músicas que jamás habíamos escuchado por estos lares.

La nómina de bares que cuentan con una colección en sus paredes sería interminable y tal vez jamás nos hayamos fijado en ello, o si nos hemos fijado quizá no nos hemos percatado de que eso tiene su sentido y su fin, la decoración sí, pero también el fomentar veladamente la pasión por coleccionar y darla a conocer a la clientela.

Por eso, desde aquí aplaudo que los bares sigan siendo pequeñas islas de coleccionismo, donde nos podemos encontrar sorpresas agradabilísimas que para un amante de este arte como yo, me hacen sentir congratulado con el mundo en el que vivo.

sábado, 16 de mayo de 2015

CHANO RODRÍGUEZ, EL SUPERDEPORTISTA QUE VINO DEL LADO OSCURO

¿Fue porque tuvo un oscuro pasado o porque es un deportista con discapacidad? Pues puede que las dos cosas, lo cierto es que el nombre de Chano Rodríguez a poco les sonará y, sin embargo, su historia deportiva es grandiosa, es uno de los mejores nadadores con paraplejia de la historia, el deportista español masculino más laureado de todos los tiempos, y con 58 años aún aspira a acudir el verano de 2016 a Río con objeto de seguir agrandando su leyenda en los que serían sus quintos Juegos Paralímpicos.

Es una historia de esfuerzo y superación ante la adversidad, aunque realmente Chano Rodríguez vino al mundo «de los buenos» en 1994, cuando salió de la cárcel a la edad de 37 años, dejando atrás casi una década de reclusión a causa de varios delitos por su pertenencia a la banda terrorista GRAPO y, entre estos delitos, por el asesinato en 1984 del empresario sevillano Rafael Padura. Con posterioridad, una brutal huelga de hambre en 1990 de 432 días le minó de tal forma que perdió de forma irreversible la movilidad en sus dos piernas. En 1994 fue puesto en libertad condicional a causa de su grave enfermedad y Chano Rodríguez dio un giro radical a su vida.

A partir de ahí, este gaditano de nacimiento y vigués de adopción comenzó a trabajar como vendedor de la ONCE en esta populosa ciudad gallega y empezaría a practicar natación, donde pasaría a marcar unos tiempos estratosféricos en toda una serie de pruebas del programa paralímpico. Ello le haría ser llamado por la selección española de discapacitados y cosechar un montón de éxitos cuyo primer colofón tuvo lugar con ocasión de la Olimpíada de Sidney 2000, donde lograría cinco medallas de oro. Desde entonces, jamás ha ido a unos Juegos Olímpicos sin traerse medalla, y también tiene en su haber una miríada de preseas en Mundiales, Europeos..., con numerosos récords mundiales, olímpicos, europeos y nacionales.

Pese a todo este cartel, es como si hubiera una especie de penumbra que gira alrededor de este hombre, por aquello de que fue el que fue, amén como he dicho al principio, de que estamos ante un deportista paralímpico, o lo que viene siendo, como si dijéramos, deporte de segunda división, o de tercera, o de cuarta, o de...

La azarosa vida de Sebastián «Chano» Rodríguez Veloso le llevarían a enrolarse en la banda terrorista GRAPO, una organización clandestina con inspiración comunista maoísta que captó jóvenes en la época de la transición democrática procedentes de nudos industriales, siendo Vigo por aquel entonces uno de los grandes viveros de este grupo terrorista.

A Chano se le atribuyen numerosos delitos, el más sangriento, el asesinato de Rafael Padura, el día 5 de septiembre de 1984, un empresario sevillano del sector de las artes gráficas y en ese momento presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla, al que ejecutaron en su oficina el propio Chano y otros dos terroristas más.

A principios de 1985 Chano sería detenido y encarcelado, su pena principal fue la de 83 años de prisión, aunque hay que aclarar que legalmente en la actualidad sólo se puede permanecer recluido un máximo de 30 años. En 1989 un amplio colectivo de presos del GRAPO inicia una huelga de hambre con objeto de presionar al Gobierno para que abandonara su política de dispersión de dichos presos. La huelga se convirtió en un fracaso, el Gobierno no daría su brazo a torcer y la invasión de Kuwait por Iraq en 1990 desviarían la atención de los medios de comunicación, por lo que la dirección de los GRAPO obligó a sus componentes recluidos a abandonar dicha huelga. Hubo algún compañero de Chano que se quedaría en el camino, y ese sometimiento físico extremo provocó que nuestro protagonista acabara en una silla de ruedas para el resto de sus días.

Con la excarcelación de Chano y sus éxitos deportivos llega la hora de la verdad, comienza a ser un personaje público, es jaleado en su nuevo papel en la sociedad pero tiene un lado oscuro, y quieras que no, eso lo marca a uno para siempre.

BOE con el indulto parcial de Chano
Algo queda fuera de toda duda, si consideramos el objetivo de la cárcel debe ser la reinserción (algo que rara vez se cumple) y con mi formación académica y bagaje personal, he decir que Chano Rodríguez es el paradigma de ese objetivo, utopía en muchos casos. Chano Rodríguez ha sido capaz no sólo de convertirse en una persona rehabilitada socialmente sino que a través de sus logros deportivos y del testimonio de una vida después de las sombras, plena de superación y esfuerzo ante la adversidad, y no atendamos específicamente a cómo se provocó la discapacidad. Ha devuelto a la sociedad, no la vida ni el sufrimiento de los familiares del empresario al que mató, pero sí que con su ejemplo está inculcando una serie de valores que es necesario propugnar en nuestra juventud, y el significado de lo que puede ofrecer el testimonio de un antiguo terrorista aún puede ser más relevante.

En 2007 sería indultado parcialmente por el Ministerio de Justicia, en especial, en lo referido a la pena de privación de libertad, hecho que aún levantó alguna polvareda en la sociedad, pero muy significativamente en la familia del empresario sevillano asesinado.

La realidad de los sonoros éxitos deportivos de Chano Rodríguez fueron acrecentando su figura y, de algún modo, acallando su sombrío origen, hasta el punto de que el Consejo Superior de Deportes le concedió en 2009 la Medalla de oro al mérito deportivo.

Aparte de ello, hay que reconocer que este superdeportista ha cruzado firmemente una línea tenue y prácticamente desvanecida desde que el deporte está profesionalizado, y es que sus éxitos deportivos han venido a una edad anormalmente longeva, continuando activo en la actualidad. De hecho, acudió a Sidney con 43 años y consiguió medallas en tres Juegos Olímpicos más a la edad de 47, 51 y 55 años. Con 53 años en 2010 abandonaría Vigo y su profesión de cuponero de la ONCE para formar parte de la Residencia Blume en Madrid, y aunque en Internet no hay información muy actualizada de Chano, va a estar en el verano de 2016 en la Paralimpíada de Río.

Quizá queden algunos flecos por cortar en la vida de Chano, él ha reconocido que si pudiera marcha atrás no haría lo que hizo, es más que cuando empezó con GRAPO ya sabía que acabaría mal, que no pudo dar marcha atrás porque ya se había comprometido; aunque más o menos ha reconocido que se arrepiente de lo que hizo, ha sido más su testimonio diario de reinserción, de rehabilitación, el que ha avalado sin palabras que rompió con su pasado.

La familia de Rafael Padura, con cierta lógica por su situación personal, no ven más que al asesino de su padre, y han observado con no muy buenos ojos que se le excarcelara, que se le indultara o que no se haya arrepentido clara y explícitamente. En mi opinión, estos capítulos de la vida habrían de cerrarse personalmente, una brecha abierta y tan grande no se puede cicatrizar desde la distancia. Lo suyo es que Chano Rodríguez acudiera alguna vez a ver a la familia de Padura, sin medios de comunicación, privadamente, y le pidiera perdón a esa familia. Ya digo, no le devolvería la vida a quien asesinó, pero con mucha seguridad ayudaría a que estos familiares pudieran perdonar y tal vez atemperar un poco su angustia vital.

Por último, el bagaje de Chano Rodríguez me provoca dos reflexiones, una la del terrorismo que históricamente nos demuestra que no conduce a nada en ningún lugar del mundo, sólo sufrimiento en la sociedad en primera instancia, y con el tiempo, ese sufrimiento sólo se queda en las familias, un duro pero estéril resultado para las pretensiones terroristas. Por otro lado, la nueva vida de Chano no es más que una demostración nítida de que, como ocurre en algunos países de nuestro planeta, la pena de muerte es una medida excesiva e inadecuada, ya que cercenamos cualquier posibilidad de arrepentimiento y de reinserción del penado, y nos podría privar de nuevas personas absolutamente válidas y ejemplificantes para la sociedad.

sábado, 9 de mayo de 2015

"EL MAESTRO DEL PRADO", DE JAVIER SIERRA

¿Novela, ensayo, documental escrito? Realmente algo sorprendente es la propuesta del mediático Javier Sierra para introducirnos en una colección de enigmas cuyo propósito creo que sinceramente está más allá del propio desenlace, pues en realidad lo que pretende es adiestrarnos acerca de cómo hemos de enfrentarnos al arte pictórico.

Es bien conocida la deriva del turolense Javier Sierra acerca de los misterios, episodios turbios de la historia, incógnitas de la humanidad y preguntas sin respuesta. Su participación en medios de comunicación de todo cariz, le han permitido hacerse un nombre y un hueco en el siempre comprometido candelero periodístico, en el que cada vez se arrincona más todo lo que tiene que ver con la cultura. De hecho, de actualidad está el libro que ha escrito (que le han escrito) Belén Esteban y que arrasa entre sus millones de adeptos, o sea, España de charanga y pandereta, o España sin más.

La fama de Sierra es tal que hubo un momento en su etapa periodística en que dio el salto a la literatura, con objeto de ampliar su abanico de segmentos. Es el primer libro que leo de él y no sé cuál es el modo de escribir que tiene, desconozco si la estrategia utilizada en este que traigo a colación tiene similitudes con otros libros anteriores; este como poco, reitero lo anteriormente citado, es como poco sorprendente.

Desde luego, se percibe y no es una crítica maldiciente, que Sierra no es novelista, porque lo que denota la lectura de este trabajo es que un experto en historia con una intención bien clara de trasladárnosla, de ser pedagógico y de construir una novela alrededor con muchísimos guiños a la historia.

Envuelta en vivencia del propio escritor, en su época universitaria en Madrid, un día de visita en el Museo del Prado, se encuentra con un hombre un tanto extraño que comienza a contarle detalles sobre cuadros muy conocidos de las salas de esta pinacoteca, los cuales encierran historias muy interesantes sobre sus autores y sus peripecias en las diferentes épocas en las que los pintaron.

Poco a poco el maestro y el «discípulo» comienzan a hacernos ver que hay mucho más que lo que vemos en algunos de los cuadros que seguramente hemos visto alguna vez en el propio Museo del Prado fundamentalmente (o en libros de texto y didácticos) y en menor medida en otros museos del mundo. Una serie de láminas van jalonando el libro y nos facilitan el seguimiento de las interesantes apreciaciones que se van sucediendo, detalles que se le pasarían por alto a la mayoría, pero que bien indicados, fundamentados y explicados, nos abren las puertas de nuevas dimensiones del conocimiento acerca de esas pinturas y sus autores.

Toda esa profusión de datos, apuntes, fechas y matices es el punto gravitatorio de este ensayo novelesco, no se puede negar, lo otro, la envoltura de personajes actuales y sus circunstancias queda en un segundo plano. De hecho, podríamos cifrar en un 95 % los análisis histórico-artísticos de los cuadros que se abordan en el libro, y apenas un 5 % para la línea argumental de la novela. ¿Es suficiente? Tal vez no, pero eso depende de cómo se quiera mirar el libro, el que lo considere una novela seguro que verá limitadas sus expectativas, el que lo afronte como yo, que humildemente he entendido que este es un ensayo, pues me quedo con una buena sensación.

Javier Sierra
En realidad, la novela propiamente, se centra en los encuentros envueltos en misterio de Javier Sierra y Luis Fovel (el maestro), apenas una amiga de Javier interviene de pasada, algún otro personaje real, y un tal Julián de Prada que se convierte en antagonista de Fovel, y el padre Juan Luis Castresana erigido en el artífice del desenlace final, si es que lo hay como tal.

Dos veces he estado en el Prado en mi vida, por una regla de tres simple, simple por lo errático de esta alusión, para una persona de poco menos de cincuenta años como yo es muy probable que lo visite una vez más, con mucha suerte incluso dos, y desde luego, este libro ha de ser un referente porque es verdad que detrás de cada pintura hay mucho más que lo que muestran las guías de arte. Introduciéndonos en la biografía de los artistas, en las vicisitudes de la época que les tocó vivir, así como las corrientes de pensamiento humanista y religioso, obtendremos una visión mucho más amplia de lo que estamos observando.

Y, por cierto, puestos a repasar un pelín las obras sobre las que Sierra pone el dedo en la llaga, la mayoría tienen un perfil religioso – místico, y se nos desvelan algunos hechos que están a la vista de todos, y que sin el necesario adiestramiento jamás percibiríamos: ¿un hermano del niño Jesús?, ¿una concepción diferente de la Creación?, ¿códigos secretos? Y todo ello realizado en épocas pretéritas donde la libertad de expresión estaba cercenadísima nos dice mucho del valor y la astucia de esos pintores.

Me quedo, pues, con el esfuerzo documental y bibliográfico de Sierra, a más de uno le podrá parecer excesivo e incluso pesado, por la profusión de datos, pero hay que reconocer que el autor quería que esta historia sobre pinturas históricas tuviera el imprescindible envoltorio de la erudición.

Para el que quiera quedarse con la novela, tal vez le decepcione, por su desarrollo y tal vez por su final, pero lo que no se podrá negar es que el autor intenta hacerlo ameno, lo que a veces puede resultar un tanto espeso, ello lo consigue con buenos recursos tales como la sucesión de diálogos, la misma incorporación de numerosos cuadros mediante láminas que permite no aburrirse en un solo análisis de un cuadro, lo que eventualmente pudiera haber resultado algo áspero.

Por ponerle algún tachoncillo, hay que decir que la conexión entre las historias de los diferentes pintores que son citados, a veces resulta un tanto difusa, el maestro y su alumno hacen saltos en el tiempo que hacen que se pierda el hilo por momentos, pero el fin justifica los medios.

Por tanto, si a alguien le interesa un libro que rasque en cada cuadro y que nos facilite ver detalles que hasta este momento desconocíamos, desde luego tiene una magnífica guía, por ejemplo, para visitar la próxima vez el Museo del Prado.

sábado, 2 de mayo de 2015

JUGANDO A LAS CANICAS PARA MANTENER LOS RECUERDOS VIVOS

¿Hace cuánto tiempo que no habéis visto jugar a niños en la calle a las canicas? Imagino que años y años, que probablemente ni os acordéis de la última vez que asististeis a semejante acción lúdica, otrora común y hoy extraordinaria.

Con ocasión de la última de mis entradas en este blog dedicadas a la etiqueta «Juegos», estuvimos charlando en mi trabajo un rato y recordando aquellos entrañables juegos de antaño y a los que hoy ya no se juega, ha sido todo cuestión de unos años, apenas una generación contempla el sistemático cambio de la forma de relacionarse los niños con el mundo a través del juego.

Yo sigo rejuveneciendo cada día, porque buena parte de mi vida la paso estando con un niño, mi hijo, con el que comparto sus anhelos, sus inquietudes y sus chanzas, de tal guisa que me permeabilizo con su forma de ser y muchas veces me convierto como él en un niño. Por eso también quiero experimentar con él, cualquier juego en el que él quiere explorar, a la par que yo intento que conozca un abanico de juegos mucho mayor que los que practica con otros niños de su edad en la calle, las menos de las veces, o en el recreo del colegio.

Ocurrió en Nochebuena y mi hijo y yo fuimos a comprar artículos de broma a Linares, en una de las tiendas con más solera en este sector de la provincia de Jaén. Lamentablemente parecía ser que la época navideña no era propicia para la venta de esos artículos y andaban escasos de existencias; así que no me pude comprar una gafas de «culo vaso» para hacer un poco el ganso, y mi hijo adquirió algunas fruslerías entre las que se encontraban esos polvos que provocan estornudos, y que básicamente utilizó contra mí en los sucesivos días el muy ladino, a quien sabe que no se va a molestar. No obstante, también aprovechamos para comprar canicas, ya que alguna vez habíamos comentado que teníamos que jugar porque suponíamos que pasaríamos un rato de divertimento.

No sé cuánto costarían las canicas cuando yo era chico, pero ahora con un euro conseguimos varias decenas de canicas, que puestas en manos de un niño, puede ser un caos, y mi hijo es un poco trasto, con lo que meses después de aquella compra hay todavía bolas en el coche, en bolsillos de mis camisas, en la casa de mis padres y en mi propia casa.

Aquella tarde de Nochebuena intentamos apenas entretenernos un rato con nuestras canicas nuevas e inmaculadas, pero ya vimos que las baldosas de un domicilio particular no son el escenario más cómodo para chocar bolas y menos aún considerando el montón de obstáculos y recovecos existentes, muebles, sillas y mesas que propiciaban la momentánea pérdida de visión, y no tan momentánea, porque a buen seguro que debajo de muebles que se mueven muy de vez en cuando, hay algunos restos de la batalla.

No fue hasta algunas semanas después, cuando tras intentarlo varias veces y no concretar por lluvia, barro o perreritis, por fin, aprovechamos un día de campo para jugar donde había que hacerlo en la tierra, con sus desniveles, sus obstáculos naturales... Lo cierto es que tampoco recordaba muy bien las reglas de los juegos que con las canicas se hacían en mi barrio, uno era básicamente el de chocar unas bolas contra otras saliendo de un círculo que era «la casa», y a la que había que acudir de vuelta, una vez conseguido el propósito de golpear las canicas contrarias. Otro se jugaba con un hoyo, que se convertía en centro gravitatorio, al que había que acudir tras haber percutido contra las bolas contrincantes, y ese hoyo era la confirmación de que habías ganado y de que te podías quedar con esas canicas.

Tengo que decir que yo no era nada bueno jugando a las canicas, y no recuerdo haber tenido demasiadas en mi casa, más que nada porque no era de los que jugaba apostando (las canicas), era bastante agarradete con mis posesiones y me sentaba mal, y me sienta, perder arriesgando; máxime cuando, como siempre he comentado en este blog, tuve una infancia feliz sin carencias pero tampoco con excesos, y jugarme algo que había comprado con el dinero que me daban mis padres y perderlo en cuestión de segundos no entraba normalmente en mis planes. Por eso, yo jugaba en el bando de los blandengues, esos que jugaban a las canicas sin apuestas, lo que no dudo que era sacrificar la salsa del asunto.

Mi hijo y yo estuvimos jugando un buen rato, en un plan muy informal, prácticamente un entrenamiento, aunque realmente capturábamos las piezas contrarias, a la postre, todas volvieron al final de la jornada al bote en las que estaban depositadas. También he de decir que gane yo, porque a igualdad de impericia, pudo más la desarrollada motricidad fina de un adulto con respecto a un niño de nueve años.

Mientras jugábamos yo recordaba alguna de las especificidades del manejo de las canicas. Se podía jugar utilizando una cuarta, dos y hasta tres, que eran los límites permisibles para acerca y ayudar a conseguir impactos más certeros. Nunca hubo en mi barrio una postura clara acerca de si la cuarta había de tomarse entre el pulgar y el índice, o entre el pulgar y el meñique.

Del mismo modo, también rememoraba cuál era la técnica de lanzamiento más precisa, realmente había dos estilos, el que pudiéramos denominar clásico o natural que aquel en el que la canica se deposita en la base que se forma al doblar las articulaciones de falanges primera y segunda, y segunda y tercera, del dedo índice, de tal forma que se introduce el pulgar casi desde abajo para catapultar la bola. Otros, los más raros, eran capaces de colocar la canica entre la yema de los dedos pulgar y corazón, e impulsaban la bola con el dedo índice, realmente con la uña. Para gustos..., siempre lo mejor es probar, yo siempre me decanté por el estilo clásico y mi hijo también.

Pasamos, como digo, un muy buen rato, yo recomendaría a cualquiera de mediana edad como yo, que no dejara escapar la oportunidad de volver a practicar su destreza con las canicas; aquella época de antaño donde los niños jugábamos en descampados, en la que atesorabas tus bolas como joyas, incluso mantenías aquellas que estaban desportilladas, tal vez consecuencia de algún golpe de una bola de rodamiento (el que la tenía era el rey), o esas otras llamadas «defoscao», que no eran de cristal transparente, sino que parecían de mármol, muy bonitas y que esas sí que te costaba trabajo perder en una apuesta. Pero el juego daba y quitaba en función de tu pericia y de tu osadía para arriesgar.

sábado, 25 de abril de 2015

EL PASSO DI GAVIA EN EL GIRO 1988, LA ETAPA MÁS DURA DE LA HISTORIA DEL CICLISMO MODERNO

Con los deportes me pasa igual que con algunas actividades lúdicas de mi vida, mantengo siempre unas preferidas aunque hay épocas donde le tiro más a unas que a otras. Si de joven alguien me hubiera preguntado por mi deporte rey, desde luego nunca diría que es el fútbol, porque desde bien pequeño lo vi demasiado mercantilista. A buen seguro que en mi ranking particular estaría el ciclismo entre mis tres deportes más seguidos.

Cuando veo ahora, muy de vez en cuando, en las etapas de montaña de las grandes vueltas fundamentalmente, a los comentaristas de TVE cómo conocen a los ciclistas desde lejos, sin ver el dorsal, prácticamente con su antropometría, por cómo se mueven, por el pelo..., en realidad, yo tenía bastante vicio también hace prácticamente un cuarto de siglo para reconocer a la mayoría de los corredores del pelotón de profesionales, y eso que no había Internet.

Entonces me pasaba las tardes viendo las retransmisiones de la Vuelta, el Tour, el Giro, no me perdía los Mundiales, las clásicas y hasta las vueltas a las comunidades autónomas, si había retransmisión por supuesto. Por desgracia, no se estilaba como ahora echar la carrera casi desde su inicio, porque de lo contrario también me la hubiera tragado.

El seguimiento del ciclismo lo he abandonado casi por completo, la sombra del dopaje es tan alargada que yo no consigo que me despierte algo del interés que tenía antaño por este bello deporte. Imagino que hoy, la mayoría son sanos deportistas en una disciplina que es de las más sacrificadas y arriesgadas de las que existen a título profesional, pero los escándalos más o menos recientes y tan extremadamente mediáticos le han metido una estocada mortal de necesidad. El ciclismo continuará pero la crisis que mantiene tardará tiempo en superarse y la clave para su superación será la honradez de los equipos ciclistas, directores técnicos, médicos y, por supuesto, los propios deportistas, con años de limpieza y a la par de espectáculo con objeto de ganarse el respeto de las marcas comerciales, medios de comunicación y aficionados.

Pero a lo que venía era a recordar una de esas gestas épicas que, con el testigo de excepción de la televisión, permitieron que muchos redobláramos nuestro interés y admiración por este sacrificado deporte.

Corría el año 1988 y por el Giro de Italia compareció por primea vez un Perico Delgado que estaba en la cresta de la ola, y que con pundonor y gallardía, nos volvía locos a los amantes del ciclismo. Por supuesto, había que seguir ese Giro para ver si el segoviano daba la campanada y conseguía esa ronda italiana que tanto se resistía al ciclismo español. Delgado nos gustaba porque era humano, luchaba y sufría, atacaba pero también flaqueaba, era todo raza, nada comparado con esos robots que vinieron después tales como Induráin o Armstrong, este último dopado y desposeído de un montón de títulos, entre ellos sus siete Tour.

Por aquel entonces, como digo, apenas echaban los últimos kilómetros de carrera, como mucho una hora de retransmisión. Se comentaba que en esta edición, en lo que viene siendo la salsa del ciclismo, o sea, la montaña, aparecía un puerto de primera categoría inédito (aunque en realidad ya se había ascendido en 1960), el «Passo di Gavia» que aparte de su dureza tenía algunas zonas sin asfaltar, lo que hacía su ascensión aún más heroica.

Y llegó el día, las imágenes que nos llegaron de la transmisión italiana fueron muy sesgadas, muy limitadas; las adversas condiciones meteorológicas que habían acaecido en aquella jornada del 5 de junio de 1988, domingo para más señas, no permitieron hacer un seguimiento con las motos apoyadas por los helicópteros repetidores de la señal. Hoy día esos problemas técnicos también siguen sin resolverse.

A priori, las dificultades de las ascensión al Gavia se atemperaban con el hecho de que la etapa que comenzaba en Chiesa in Valmalenco tenía apenas 120 kilómetros, con lo que por muy duro que fuera afrontar este puerto y los tramos no asfaltados, en cualquier caso, era hacer ese esfuerzo, descender a la localidad de Bormio y a descansar al hotel.

Pero aquel día de final de la primavera, se presentó en los Alpes como si fuera un día de pleno invierno, llovía a cántaros («a cubos» señalaba el que a la postre ganó el Giro de ese año, el estadounidense Andrew Hampsten). La decisión estaba en manos del Director de carrera, Vicenzo Torriani, el cual tenía ciertos antecedentes de ser demasiado condescendiente y máximo responsable de que el Giro perdiera adeptos por ser una carrera demasiado monótona y aburrida; pero en esta ocasión quiso quitarle la razón a sus detractores y pese a los partes meteorológicos optó por dar el pistoletazo de salida y que esa etapa se celebrara en su totalidad.

Durante toda la etapa estuvo lloviendo muchísimo, pero fue en el Gavia donde se llegó hasta el límite de las condiciones humanas, ya no era frío, ni lluvia, ya era ventisca y una nevada incesante, con la carretera mojadísima, los tramos no asfaltados eran puro barro, donde se hacía surco por donde pasaban las ruedas; a medida que ascendían ya todo estaba nevado; y todo se mezclaba con una espesa niebla.

Aquella no fue una batalla deportiva sino una lucha por la supervivencia. Los más hábiles se prepararon bien para ascender el Gavia, fueron los menos; de hecho, las pocas imágenes existentes de aquel ascenso reflejan al corredor que coronó, el holandés Johan van der Velde subiendo en manga corta y con el maillot prácticamente blanco, era como una imagen extraña en un paisaje inundado de nieve.

Van der Velde llegaría a la cima el primero, pero lo hizo tan al límite que pararía para recuperarse del esfuerzo sobrehumano, calentarse, beber algo caliente, y al final llegaría con más de tres cuartos de hora sobre el vencedor. Por detrás, el más listo de la clase había sido Andy Hampsten, el norteamericano, se había abrigado bien y llevaba varias capas sobre su cuerpo, junto a él otro holandés, Erik Breukink.

Mientras tanto a la cima del Gavia seguían llegando corredores extenuados, sin fuerzas, con rostros desencajados y con aspecto enfermizo. En algunas imágenes que la historia nos ha dejado se ve a aficionados y asistentes de equipo intentando calentar las manos de los esforzados, aprovisionando de ropa..., incluso algún ciclista se niega a continuar.

Pero si todos pensaban que lo peor ya había quedado atrás, estaban realmente muy lejos de que fuera así, el descenso fue demencial, también había tramos no asfaltados, con la velocidad y el frío imperante, el impacto sobre el cuerpo de los ciclistas se multiplicó por mucho. Todos pararían en algún momento para avituallarse y coger ropa, y hubo algunos que lo hicieron hasta tres veces.

En la meta Breukink le arrebataba la etapa a Hampsten por siete segundos, la lucha por el Giro ya iba a ser cosa solo de ellos dos, el tercero llegaría a casi cinco minutos, y Delgado no estuvo nada mal, siendo décimo a algo más de siete minutos.

Hampsten refiere que en el descenso las marchas estaban congeladas y que disponía tan solo de un piñón para afrontar los últimos kilómetros; los frenos también húmedos, había que tocarlos con extrema suavidad; y lo más curioso de todo, ante una jornada tan delirante, el público que presenciaba la prueba en los kilómetros finales daba por hecho que la etapa se había suspendido y caminaba por el recorrido sin control, ante tal desbarajuste de corredores, asistencias y coches de equipo.

La línea de meta se convirtió casi en una sucesión de escenas de pánico, corredores tiritando sin parar, otros desmayándose, otros convulsionando, y la mayoría que era incapaz de mover sus dedos ni su cuerpo para poder quitarse la ropa de encima. Delgado se pudo bajar solo de la bicicleta y parecía que estaba muy mal, pero no tanto como la mayoría, y en apenas diez minutos ya estaba repuesto, y es que el segoviano siempre fue de otra pasta.

Fue una etapa dantesca, de hecho, tengo un especial recuerdo de aquel adjetivo desde ese día, fue la etapa más dura de la historia reciente del ciclismo profesional. Siempre que pienso en «dantesco» se me viene a la memoria aquella mítica etapa.

Muchos corredores llegaron fuera de control pero esta vez la organización permitió que todos fueran de la partida al día siguiente, se lo habían merecido. Por una vez en la historia del ciclismo moderno, lo importante no fue ganar sino llegar. Aquel día cerca de ciento cuarenta ciclistas se convirtieron en héroes, de hecho, para muchos de aquellos profesionales valoran más que algunos triunfos que tuvieron en su vida deportiva, el hecho de aquel 5 de junio de 1988 sobrevivieron a la etapa del Gavia.

sábado, 18 de abril de 2015

LA SIERRA DE ANDÚJAR, SALVAJE, IMPONENTE, PERO UN POCO VALLADA

Sierra Morena es una extensa franja de terreno que atraviesa el norte de Andalucía, prácticamente sin solución de continuidad de este a oeste, desde la provincia de Jaén a la de Huelva. Para la gente de otras latitudes posiblemente le resultará un tanto particular observar una sierra, muy larga en cuanto a longitud (no menos larga de punto a punto que los Pirineos), pero no especialmente abrupta. En este sentido, hay que decir que su relieve no es anfractuoso y no tiene picos elevados, sino que la fotografía más típica es la de lomas suaves y pendientes que son en su mayoría accesibles.

También sorprenderá al viajante foráneo un bosque que es diferente a la mayoría de lo que se haya visto antes, el bosque mediterráneo, típico del monte bajo, con árboles de pequeño y mediano porte, rudos y retorneados para soportar más allá de unos inviernos no muy fríos y secos según temporadas, ante todo unos veranos muy severos. Y aparte, mucha capa arbustiva con una flora que es muy característica de esta sierra y que yo singularizaría en la jara, de particular fragancia y que le da un olor, a veces no apreciable para los que no están acostumbrados, único en estos terrenos y que, para mí, que he olido la jara desde que era chico, me hace sentir como si eso fuera mío, como si fuera parte de mi propia casa.

Igualmente constriño mi descripción a la Sierra de Andújar que es la que más conozco, aunque los caracteres que comento suelen ser comunes a toda Sierra Morena, con sus singularidades en cada zona, si bien es cierto que en la provincia de Huelva cambia ligeramente el paisaje por la cercanía del mar.

Y es que si hablamos de Sierra Morena sin definir demasiado, a muchos, por no decir a todos, se circunscribirán a las provincias de Córdoba y Jaén; dado que la Sierra Morena se define más por sus pequeña sierras que salpican el norte de Andalucía que por su nombre genérico; no obstante, somos más dados en Jaén, e imagino que en Córdoba, a hablar de Sierra Morena.

Sierra Morena es la Sierra de Andújar y viceversa, no sé si es la esencia de esta cordillera, pero hay signos distintivos que la hacen única, y ahí no hay discusión, el reducto más importante del lince ibérico en nuestra Península (en el mundo) se encuentra aquí. La figura excelsa de este felino, que lo es por su porte y por la perfección de sus movimientos, se ha acrecentado en las últimas décadas por la divulgación de lo terrible de su existencia, un descenso de sus unidades que lo han llevado al borde del colapso. Lo triste de esto es que la variabilidad genética ha mermado y los apareamientos son cada vez más comunes entre miembros de las mismas familias que se han reproducido repetidamente en las últimas décadas, es decir, que el acervo génico se está deteriorando; de hecho, han estado pensando introducir algún lince americano (no sé cómo va esa idea) para facilitar la variabilidad.

Por supuesto, también hay algo distintivo de la Sierra de Andújar, y es el Santuario de la Virgen de la Cabeza, pero después lo comentaré.

Si bien es cierto que no he ido de forma frecuente a la Sierra de Andújar, sí que puedo decir que casi desde que tengo uso de razón he ido cada año a Sierra Morena, ya sea por Linares, Vilches, La Carolina o Bailén, lógicamente en sus términos municipales, con ocasión de excursiones, días de domingo con mis padres y cuando era joven e incipiente ciclista incapaz de medir el riesgo (me partí mis incisivos centrales viniendo de una ruta serrana con apenas quinces años), y actualmente también en días de domingo, la historia se repite.

No obstante, y pese a que no he sido muy asiduo a la Sierra de Andújar, tengo que decir que en apenas un año y medio he estado hospedándome allí dos veces en sendos establecimientos de turismo rural, y sí que es una gozada, porque el contacto con la naturaleza te ofrece dosis de oxígeno y solaz a partes iguales.

Y por cerrar un poco el círculo de mis visitas a este enclave serrano, también tengo que decir que tengo el privilegio de haber hecho una peregrinación informal a la Virgen de la Cabeza, desde mi domicilio, Bailén, en dos ocasiones; lo que viene siendo una caminata de algo más de cuarenta kilómetros, a lo largo de la noche (yo salí a las 00.00 horas) para evitar el calor, pues esta época primaveral suele ser la más propicia para estos esfuerzos entre simbólicos y personales. Y sí, caminar en una buena noche de primavera, sin viento, con una temperatura agradable, en torno a los quince grados, y adentrarse desde la campiña bailenense hacia las primeras estribaciones de la Sierra es un todo un espectáculo. Con noche cerrada y un silencio plácido, intentas sondear todo lo que te rodea, un mínimo ruido, una brisa fugaz y ese olor al verde incipiente, que con los primeros albores del sol transforma la leve humedad de las plantas en aroma a tierra mojada, que se mezcla con la jara predominante y otros arbustos. Metidos ya en la Sierra, el olor se intensifica y el cansancio acumulado se compensa cuando desde bien lejos ya se puede ver el objetivo del santuario, en un enclave colosal, ya con el sol de testigo de excepción.

Soy poco o nada romero aunque reconozco que la Romería de la Virgen de la Cabeza pueda tener multitud de adeptos, desde luego los atractivos son muchos, y amén de las convicciones religiosas y el fervor, sin duda, la ubicación de esta Virgen, que como todos la llaman la Reina de Sierra Morena, tiene mucho que ver, en mi opinión, con lo que es el edificio casi místico de este Santuario, porque desde él, alzado en un promontorio sensacional se alcanza a ver una inmensa extensión de Sierra casi inacabable.

Bueno, una de esas dos escapadas recientes a esta Sierra lo ha sido con oportunidad de la Semana Santa, lejos quedan para mí épocas pretéritas donde vivía con pasión y protagonismo cofrade esos días gloriosos, pero todo tiene su momento y aquello pasó, lo degusté y ahora disfruto más con otros placeres.

Aun siendo un visitante ocasional de la Sierra de Andújar tengo que decir que hay una especie de domesticación de lo salvaje, que se ve poco en otras latitudes, en otras zonas serranas de características similares.

Como salvaje, esta Sierra lo es y mucho, sí hay caminos hacia casas, ahora lo analizaré, pero no hay marcadas muchas rutas a pie, te pierdes, si puedes, de uno de los caminos para vehículos y no encontrarás marcas de pisadas, te adentras más aun y creerás que eres el primer ser humano que ha pasado por allí. Pero este escenario teóricamente inexplorado se ve salpicado por muchas, excesivas, alambradas y vallados que no creo que hagan bien ni a los viandantes ocasionales, que nos buscamos la vida, pero sobre todo para esas especies animales críticas en la zona que casi tienen que llevar un plano para moverse.

No lo digo yo y ni tan siquiera me remito a los grupos ecologistas que pudieran estar marcados por una cierta radicalidad, no. Hace unos días leía un informe avalado por el biólogo Miguel Delibes, hijo del ilustre escritor, en el que se señalaba el mal endémico que suponía para la Sierra de Andújar y los Montes de Toledo, la ingente cantidad de fincas cinegéticas, con sus consiguientes vallados que constreñían y limitaban el hábitat no sólo a los linces, sino también a los lobos.

De hecho, los lamentables atropellos de linces en la Nacional IV, es decir, fuera de territorio serrano, no hacen sino demostrar que estos felinos se están moviendo más allá de una escasez de conejos, que también, hacia terrenos abiertos donde no tengan que ir a marcha reducida, vaya a ser que se topen con una valla. Y esos terrenos abiertos que son los que hay en los dos márgenes del recorrido de apenas veintes kilómetros entre Bailén y Andújar, son extensos olivares, llanuras con suavísimas pendientes que están pobladas por esos olivos que son el motor de la provincia de Jaén.

Echo de menos sinceramente que no sólo se habiliten más pasos subterráneos para los animales con objeto de franquear esas barreras artificiales que son las carreteras, sino algún una política racional para reducir los vallados cinegéticos, porque a veces son innecesarios, se vallan una serie de hectáreas donde no hay reserva de caza, simplemente porque esto es mío, porque yo lo valgo, porque lo hace todo el mundo y porque no quiero que entres.

Uno camina, solo en mitad de la nada inexplorada, esperando a que pueda divisar un lince, pero es difícil de divisar, de hecho, los que los ven son pocos y tras muchos intentos (también los hay que a la primera besan el santo), pero yo nada; es más, ni lince, ni cualquier otro animal de cuatro patas, tampoco conejos, ni siquiera lagartos, que los habrá, es como si la flora se hubiera comido la fauna.

Bueno está que uno valle su casa y un poquito más, pero violentan a los animales y rompen la esencia de lo que debe ser una sierra. Y ya sé, repito que no soy un conocedor de la Sierra de Andújar, y que hay muchas zonas abiertas, pero también es verdad que he pateado bastante y como yo decía días atrás en tono de sorna, vayas donde vayas, vallas.

Y dicho esto, hay que decir que a la domesticación de la Sierra con vallas hay que añadir la humanización de la misma con casas por doquier. Sorprende que la legislación urbanística en materia de ordenación urbanística tenga una aplicación desigual dependiendo de los territorios y municipios andaluces. Por otro lado, la normativa actual data de 2002 y quiso hacerse una norma estricta sin atender a características del terreno susceptible de conservar. Las casas en cualquier sierra de forma indiscriminada son un atentado al equilibrio natural, en Andújar su propagación es, como poco, excesiva; en los montes se debiera haber actuado con rotundidad, ahora ya no tiene sentido, porque su persecución habrá prescrito. Si la ley en teoría no permite una casa en el campo salvo excepciones tasadísimas, ni en el monte, ni en la sierra, pues tampoco en mitad de las olivas, donde aquí el impacto visual es mínimo, por no decir ninguno; no obstante, la ley es la ley, y no hacerla cumplir supone una grave irresponsabilidad.

Pues lo dicho, y por resumir mis sensaciones sobre una Sierra maravillosa, es un entorno increíble, con muchos atractivos, con una naturaleza desbordante, donde hay que pulsar cada olor, cada ruido y cada silencio, cada fotografía, y donde también hay que lamentarse de que la mano humana, a veces interesada y despiadada, esté demasiado presente para perjuicio de los animales en primerísimo lugar, y mucho después para el propio ser humano.

sábado, 11 de abril de 2015

"LA ANALFABETA QUE ERA UN GENIO DE LOS NÚMEROS", DE JONAS JONASSON

Cuando observas el título de un libro y este llama la atención, soy de los que piensa que algo mágico debe tener. Con este me pasó algo así, un libro que se titula «La analfabeta que era un genio de los números», debía necesariamente de tener un contenido atractivo; para rematar tampoco suelo tomar a chufla las portadas ilustrativas y esta tenía, en la edición que yo he leído, mucho encanto, algo entre jocoso y que picaba la curiosidad.

A su autor Jonas Jonasson, un experiodista sueco, le avalaba su éxito de 2010 «El abuelo que saltó por la ventana y se largó», todo un superventas a nivel mundial que dio un giro al género del humor absurdo en la literatura. Yo conocía esa novela y no descarto, tras la lectura de esta, meterle mano en breve.

Y por qué no hacer una novela absurda, pero increíble y absurda a más no poder, porque ¿no es el mundo más absurdo en sí mismo y vemos noticias a diario que lo corroboran? Pues sí, el esquema le sigue funcionando a Jonasson, la clave es sumamente sugerente, inventar una historia con dosis de realidad, donde con un ritmo frenético, no paren de acaecer sucesos hilarantes. Si las comedias televisivas británicas han sido y son el prototipo de las historias de enredo, en esta novela el enredo es reiterado, progresivo como una bola de nieve y finalmente explosivo como unos fuegos artificiales.

Sin duda que esta historia disparatada tiene un elemento diferenciador con respecto a otras, siempre está pasando algo, algo relevante, hay poca paja en el libro, ese ritmo acelerado favorece que enganche mucho, que entretenga, y encima que te diviertas un montón, montado en esta ruleta vertiginosa en la que nos embarca Jonasson.

Nombeko es una anónima niña huérfana, negra para más señas, en la Sudáfrica del apartheid, dedicada a limpiar inmundas letrinas en Soweto, uno de los suburbios más grandes del mundo. Pese a su existencia casi condenada a un destino efímero y luctuoso, no obstante, Nombeko no se resiste a ser una más entre los millones de personas que habitan en Soweto, sin más salida que las hectáreas que conforman esta amplia zona chabolista y todos los vicios humanos encerrados en las mismas. Nombeko pretende ser diferente y se revela como un ser inteligente y arriesgado, capaz de dar pasos en firme para que su vida no caiga en la mayor de las indiferencias.

Por eso emprende un camino en el que es casi autodidacta y se vale de diversos vericuetos para ir dando pequeños pasos pero firmes, así aprenderá a leer y a escribir, y se destapará como una magnífica matemática. La mala fortuna, aunque bien pudiera ser buena fortuna en cierto sentido, hace que un buen día sea atropellada por un blanco borracho que conduce un coche, mientras ella camina tranquilamente por la acera.

En aquella Sudáfrica del apartheid, no dudo que sucediera en la realidad, Nombeko lleva todas las de perder, pese a que la razón esté con ella, pero ya se pondrán todos de acuerdo para que al final sea declarada culpable, y la pena económica, dado que la joven no cuenta con capital, se convertirá ni más ni menos que en trabajar como sirvienta durante años para aquel que la atropelló, el ingeniero Van der Westhuizen, responsable nacional del proyecto de fabricación de armas nucleares.

Nombeko rápidamente observará que no ha sido tan malo su destino, pese a lo injusto, pues sus condiciones de vida mejorarán aunque tenga que fregotear sin descanso. La biblioteca del complejo gubernamental de Pelindaba, donde se realizan las investigaciones nucleares, le servirá a la protagonista para ampliar sus conocimientos, y adentrarse, instruirse y especializarse en la tecnología nuclear, de tal forma que servirá de inopinada asesora del burro de Van der Westhuizen, un trasegador de alcohol con conocimientos nulos en la materia en la que, sobre el papel, debe ser un referente.

Mientras tanto, y de forma paralela, en Suecia se sucede una historia también un tanto disparatada, en la que un funcionario del servicio de Correos se convierte de un enfervorizado adepto del rey sueco, a su enemigo más enconado. Tendrá dos hijos gemelos, a los que enseñará a odiar a la monarquía sobre todas las cosas, y por absurdas disquisiciones, de cara a la sociedad sólo inscribirá a uno en el registro, Holger, mientras que el otro, con el mismo nombre, Holger 2, estará permanentemente en el anonimato.

No obstante, el ascenso anónimo de Nombeko no se frenará pese a su insensato cautiverio, y su inmensa capacidad la llevará a ir controlando el programa nuclear sudafricano. Un pequeño consejo por aquí, una estrategia por allá, y su dominio de la lengua china, pues coincide en Pelindaba con tres hermanas asiáticas también recluidas, le permitirá a nuestra joven exlimpiadora de letrinas, a ser traductora, de lo que derivará el dirigir el destino de su vida, la vida de sus tres amigas chinas, la de Van der Westhuizen, la de los perros de Pelindaba, y hasta las relaciones exteriores de Sudáfrica con China y con Israel. Nombeko conseguirá salir de su cárcel para emerger como una nueva persona rica y radiante en Suecia, a cambio tuvo que cambiar una bomba atómica (que se había hecho de más en Pelindaba, por la incompetencia de Van der Westhuizen) por su propia libertad y unos cuantos kilos de piel seca de antílope. Pero no todo sale bien, Suecia espera a Nombeko o no, pero el caso es que de la voluminosa caja con la teórica piel seca de antílope, que se encuentra en la embajada israelí en Suecia no hay eso. En una suerte de casualidad, como todo en este libro, Nombeko conoce a Holger 2, que es el listo de los dos Holger, que le ayudará a transportar la caja a su casa. Y de ella saldrán las tres hermanas chinas y la bomba atómica.

Si no era suficientemente delirante todo, ahora un montón de gente convivirá en una casa destartalada, donde los Holger (uno legal y otro inexistente) dirigen una empresa de almohadas. Holger 1 tiene una novia anarquista y permanentemente peleada con el mundo, Celestine; las chinas optarán por largarse a Suiza para vender piezas de alfarería envejecidas como obras de arte antiguas. Así que los cuatro, pero más bien, Holger 2 y Nombeko, tendrán que sobrevivir con una peligrosa bomba atómica al lado de la que quieren deshacerse y con la amenaza de Holger 1 y Celestine que no hacen más que liarlo todo.

Y el desvarío continuará porque se sucederán en este camino sin retorno todo tipo de peripecias en las que intervendrán agentes del Mosad israelí, el presidente chino Hu Jintao, el primer ministro sueco Reinfeldt, el rey de Suecia, la aristocrática abuela de Celestine, también cultivadora de patatas..., y bueno, un sinfín de giros que prefiero no desvelar, porque la imaginación de este escritor es ilimitada; y a todo esto, el aliño principal es la cabeza magníficamente amueblada de Nombeko, que con grandes dosis de inteligencia y sentido común, intentará ir colocando las piezas exactas en este loco rompecabezas.

Una de las grandes virtudes de Jonas Jonasson es que la historia no tiene casi ningún desperdicio, el ritmo no decrece y te mantiene atento durante todas las páginas. No es importante el final, que lo tiene y es muy edificante, pero la historia en sí merece la pena su lectura.

Jonasson tiene precisamente la virtud de extraer personajes y hechos históricos reales, a los que añade otros inventados, haciéndolos converger y construyendo una historia tan desquiciada como atractiva.

No me extrañaría que esta historia en unos años fuera llevada al cine, pues tiene un argumento muy traspasable a la gran pantalla, al igual que ya se ha hecho con su primera novela, con menor éxito que su libro. En cualquier caso, recomiendo encarecidamente su lectura para adentrarnos en la nueva novela humorística del siglo XXI.