viernes, 19 de diciembre de 2014

"EL DÍA DESPUÉS" ERA EL DÍA ESPERADO POR LOS FUTBOLEROS

Yo andaba estudiando en Granada y aquello se vendió como la revolución en televisión, un nuevo canal, una nueva manera de enfocar el producto y, sobre todo, un nuevo concepto: se trataba de Canal Plus. Para empezar el concepto más novedoso y que hasta ese momento jamás habíamos visto los televidentes era que necesitabas un descodificador para acceder a la mayoría de sus contenidos o de lo contrario lo verías todo borroso, o lo que era lo mismo, que lo verías con unas rayas y unas voces espantosas, imposibles de sacar nada en claro.

En Granada, lo recuerdo bien, había unos coches de publicidad con un enorme remolque sobre los que posaba una pantalla gigantesca donde se difundían las exquisiteces de este modernísimo canal de televisión. Aquello verdaderamente llamaba la atención, parecía realmente lo último, nuevas voces, perspectivas inéditas en televisión, las últimas películas, el mejor partido de fútbol de cada fin de semana, los toros y hasta una película pornográfica.

Con lo de los toros (echaban todas las corridas de San Isidro), estos de Canal Plus fueron los primero en acuñar el término «cámara superlenta», aparte de unos primeros planos de los lances que nos adentraban en una nueva dimensión de este arte, arte para algunos y tortura para otros.

Lo de la película pornográfica tenía su aquel, el que más o el que menos ha sentido la curiosidad de observar esos movimientos mecánicos y repetitivos, casi petrolíferos, que se adivinaban entre las rayas de la tele. Aquello tuvo sus fieles seguidores, recuerdo que salieron estadísticas de telespectadores siguiendo esas películas incluso codificadas, cifras nada despreciables. Es más, salieron los que señalaban que entornando los ojos se veía mejor. Total era una curiosidad que realmente a mí no me ofrecía más allá que la sonrisa de ver algo imposible de interpretar.

Eso sí, aquellos usuarios que contrataron el Canal Plus daban envidia a los demás porque tenían el partido del domingo, y aquello sí que era una gozada. Si el fútbol es un espectáculo por sí mismo, las realizaciones de este canal le daban un atractivo añadido. Tenían más cámaras que nadie, vistas del terreno de juego que nunca se habían adoptado por las realizaciones convencionales, cámaras que seguían a jugadores concretos con gran nitidez y otras que enfocaban directamente al graderío, al público.

Corría el año 1990 y uno tenía ilusión de ir a ver el fútbol a casa de alguien que tenía más posibles que tú, a la par que tú probabas inútilmente a teclear el dígito del mando en tu casa (en mi casa y en muchas el 4) por si alguna vez a los de Canal Plus se les había olvidado codificar la señal y tú te aprovechabas. Pero eran exactos como un reloj suizo, los prolegómenos eran en abierto hasta que el árbitro señalaba el pitido inicial, entonces todo terminaba, o sea, a escucharlo en la radio.

No sé si surgió un leve hálito de condescendencia por parte de Canal Plus, pero aproximadamente un año después del inicio de sus emisiones, el programa «El día después» paso de ser codificado a ser abierto. Fue un impacto ya que un programa que analizaba la jornada concluida de la liga española de fútbol los lunes por la tarde – noche y que estaba en el extremo opuesto a «Estudio Estadio» ya era mucho adelanto. Así que comenzó a correr como la espuma este nuevo programa y yo me enganché de inmediato y estuve durante algunas temporadas siendo un fiel seguidor.

El alma del programa no era, curiosamente, su presentador, sino el colaborador o segundo presentador, se trataba de Michael Robinson, un buen jugador inglés no una estrella, que había militado en el Osasuna. La característica fundamental de Michael es que realizaba comentarios muy acertados y pedagógicos, con alguna broma del perfil humor británico, decorado todo con una pronunciación del español lindera con lo espantoso. Robinson es el típico extranjero que conoce el idioma perfectamente pero no tiene preocupación por mejorar su pronunciación, de hecho, ahora hablar igual que hace veinte años; aparte de fondón, es decir, poco preocupado por hacer deporte.

El mejor contrapunto a Robinson lo protagonizaba el presentador Nacho Lewin, un periodista curtido en la radio que manejaba el programa con muchísima profesionalidad, e intercambiaba momentos serios con otros en los que sacaba punta a algunos de los colaboradores.

La novedad del programa es que era un programa de fútbol que no echaba los reportajes de los partidos de la jornada del fin de semana, es decir, rompía con el formado caduco de «Estudio Estadio» (que aún se mantiene aunque con variables), e introducía secciones muy interesantes. Probablemente la que más llamara la atención a los televidentes era «Lo que el ojo no ve»; y es que gracias al impresionante despliegue de cámaras, y algunas de largo alcance, que Canal Plus hacía en un montón de campos de juego era capaz de no perderse detalle de lo más curioso que se veía en la grada, naciendo personajes entrañables que seguro que sin la existencia de este programa no hubiéramos descubierto nunca, como por ejemplo la abuela del Betis. Pero además, estas cámaras curiosonas se metían por todos lados y eran capaces de captar lo que el árbitro hablaba con los linieres; es célebre aquel «No me jodas Rafa, ¿qué has pitado?» o algo similar; y también recuerdo un monumental rapapolvo que Benito Floro le echó en el vestuario a su equipo cuando era entrenador del Real Madrid y perdían al descanso en un campo de un conjunto modesto.

Esa sección no sólo estaba dedicada al reconocimiento de los grandes, no. El programa tenía la gran virtud de acudir a otros focos de la noticia, aunque esa noticia estuviera en un partido de regional, o de 2ª B, eso era muy bonito.

Por otro lado, también tenía «El día después» un espacio dedicado al análisis de las estrategias, y del mismo modo, vimos por primera vez el uso de ordenadores adaptados a los posicionamientos en los terrenos de juego. Veíamos esas pizarras electrónicas que ahora se utilizan en los colegios y los expertos nos hacían observar esas estrategias, las posiciones de los jugadores, los marcajes, las virtudes de los equipos y también sus huecos. Era, sinceramente, una buena manera de entender más del fútbol, es más pienso que a día de hoy no ha llegado la revolución informática a este deporte como en otros, donde la existencia de programas informáticos que analizan jugadas, espacios y movimientos están muy presentes; en el fútbol sigue siendo todo más analógico.

Por supuesto, también había espacio para la moviola, en la sección «Lo que el árbitro no ve», donde el inefable Ramos Marcos ejercía de abogado del diablo de sus antiguos compañeros, y sacaba a relucir sus errores o sus aciertos.

Y aparte de todas estas secciones, había algún espacio para entrevistas, algún reportaje especial, a veces noticias en directo, cualquier detalle que hacía sin lugar a dudas a este programa muy dinámico y entretenido.

Se tiró muchos años el programa con este formato, hasta 2005, pero las circunstancias de la vida me hicieron abandonar el placer de verlo, pero en esos primeros años, a partir de 1991, era un asiduo seguidor. Al parecer desde 2009 goza de una segunda etapa en Canal Plus, pero es que ese canal ya no es generalista y hay que pagar para verlo, así que adiós, hasta siempre y feliz recuerdo del genuino programa de los años 90, qué buenos ratos.

viernes, 12 de diciembre de 2014

BAÑOS DE LA ENCINA, BELLA ESTAMPA DE SIERRA MORENA

Nada como improvisar un día para que el plan salga redondo, es como una extraña Ley de Murphy que suele cumplirse; será porque como no tienes grandes expectativas, con que todo vaya bien y no tengas problemas ya te parece algo magnífico.

Así que nos dispusimos a dar una vuelta, ya rondando el mediodía, por Baños de la Encina, en una especie de domingo tonto de esos que era el preludio de día tendido en el sofá sin tener muchas esperanzas en que algo relevante ocurriera, lo que viene siendo un largo día con aroma de aburrimiento.

Y ahí estaba Baños de la Encina esperándonos, un destino cercano, pero tan sorprendente cada vez que lo ves, que no hace falta que pase mucho tiempo para que puedas ir y te puedas seguir enorgulleciendo de que es parte de ti.

Un mediodía algo gris pero apacible a la vez, es de esos ambientes en los que la tristeza del día no invita a salir a la calle, aunque la temperatura tampoco sea muy rigurosa. Así que los vecinos de Baños nos permitieron un paseo casi solitario, al punto de que mi hijo preguntó si en ese pueblo no vivía nadie.

Pero ahí está lo bueno, y me encanta, nada como perderte racionalmente, como parecer extraño en un lugar que conoces, y pasear por calles silenciosas que en decenas de miradas te transportan a escenarios y momentos pretéritos.

Tuerces una esquina y tienes ante ti una calle solitaria y serena con edificios antiguos de piedra que se presentan ante ti como testigos mudos del trascender del tiempo, y piensas que muchos como tú pudieron pensar y pisar como tú unos cuantos siglos atrás.

El legado histórico de esta localidad es notable y lo que es más importante, es que se mantiene razonablemente bien cuidado. Con el paso del tiempo la amplia zona que representa el casco histórico tiene más casas en buen estado que otras en estado ruinoso. Los vecinos han hecho un esfuerzo por respetar o poner en valor sus fachadas de piedra, y mira que en Andalucía hemos abusado de la cal para perder la naturaleza de las edificaciones, aparte de que las puertas de madera se mantienen en su mayoría en buen estado, bien barnizadas o pulidas; de igual modo, que se pueden ver en los recibidores o en los patios delanteros, las que los tienen, macetas con plantas de gran porte que siempre dan alegría al invitado.

Es curioso que esto ocurra en Baños, una localidad rural en la provincia más pobre de España, por estadísticas, y que uno visite otras ciudades donde rezuma mayor poder adquisitivo donde es más evidente el deterioro histórico-urbano. Hace unos años visité Ávila, no sé cómo estará ahora, pero en el interior del recinto amurallado había muchísimas casas, tal vez demasiadas, en situación ruinosa, y poco movimiento, y eso que era antes de la crisis. Y aunque sea en la misma provincia, nuestra capital Jaén, que sí la visito con más asiduidad, también tiene muchas partes de su rico, y desconocido para muchos, casco histórico, que están sumamente descuidadas, y muy sucias.

Y es que, a propósito de Ávila, Baños es un pueblo atípico por su fisonomía, más parece en esa zona antigua un pueblo de esos castellano, un pueblo recio, con casas de piedra, calles empinadas y empedradas, y escaleras imposibles.

Y un domingo por la mañana en Baños de la Encina podías ver también con cierta sorpresa las calles limpias, eso no es tarea exclusiva del servicio de limpieza. Por más que se diga por activa o por pasiva, no deja de tener vigencia, y es que no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia. Y por suerte, sospecho que los vecinos de Baños saben que un simple gesto como el no tirar papeles a la vía pública, reporta unos beneficios inopinados al conjunto del municipio, y que revierten sí o sí en cada uno de sus habitantes.

Pues sí, fue un paseo plácido y poético, inhóspito y tranquilizante, que como punto obligado de paso o de llegada siempre está su castillo, el Castillo de Burgalimar, honestamente bien conservado, para su edad, y que tiene una excepcional belleza paisajística. Es cierto que todos los castillos dominan las localidades, pero desde el promontorio donde se halla este pocos habrá, porque tiene el pueblo a un lado en un descenso suave del relieve, y a otro lado tiene un descenso más brusco en el que se mete la lengua del pantano del Rumblar, conocido por los alrededores popularmente como el pantano de Baños. No lo visitamos por dentro pero ha quedado pendiente.

Es también visita obligada, como no puede ser de otro modo, dicho pantano. Cada pantano tiene su singularidad y este es de los que están enclavados en una sierra, en este caso, es la de Sierra Morena; para los que nos hemos criado cerca de esta sierra, nos parece de las más bonitas del mundo, es parte de nuestro acerbo. Tiene esas cosas únicas, el olor a monte mediterráneo potenciado aún más si ha llovido (jara, aromáticas, encinas, pinos...), la presencia siempre presumida y a veces maravillosamente descubierta de algún ciervo o jabalí, dueños de esta parte de la sierra. Ese bosque inmenso de pinos alberga en época otoñal muchas variedades de setas y hongos, ahí lo dejo para el que quiera aventurarse, no es afición que vaya conmigo, para otras cosas soy paciente para esta no.

Hay otra particularidad que converge en la Sierra de Baños, llamémosla así a esta subárea, y es que la geología se une para hacer más maravilloso el marco. Y es que este pantano aprovechó el lecho de pizarra que lo orilla en buena parte, porque hay que recordar que esta roca es impermeable y funciona perfectamente para la retención de aguas. De hecho, no es un pantano moderno, es de los más antiguos de la provincia de Jaén y data de 1841, es decir, que ya nuestros ingenieros del siglo XIX, con sus limitados medios y conocimientos, ya sabían cómo optimizar los recursos escasos y rentabilizar las características del terreno para sus fines.

Uno de mis pequeños placeres es tirar piedras al agua y hacerla saltar, pues para el que tenga conmigo esta inocente afición encontrará en las pizarras el súmmum. Estuvimos no menos de media hora mi hijo y yo lanzando piedras, que algunas sin exagerar saltaron quince veces, y al final parece que flotaban en saltos casi infinitos, como si caminaran por las aguas, emulando a un Jesucristo ahora pétreo. Reflexioné con mi hijo sobre los estudios científicos, que los hay, sobre el tamaño y la forma ideal de las piedras saltarinas, es una tontería obviamente y creo que se trataba de un canto rodado de forma triangular. Y bueno, aquí sí que había pizarras triangulares (también son fáciles de cortar y cortan, porque me rajé un dedo nada más empezar a lanzar), y muy planitas que hasta me excito con pensar que tengo una entre las manos y una extensión de agua serena para lanzarla. Eso sí, el latigazo repetido durante mucho rato y el hecho de que no puedo lanzar a diario, me provocaron importantes agujetas al día siguiente, pero mereció la pena.

Para rematar la faena nada mejor que cerrar la tarde tomando un cafetito desde ese Hotel Baños que situado también en un lugar privilegiado permite tener una visión igualmente magna del entorno, el pueblo, el castillo, el pantano, y una Sierra Morena que en un día de nubes y poquitos claros fue el perfecto colofón a la visita a este plácido paraíso, cercano y sorprendente.

sábado, 6 de diciembre de 2014

HERMINIO MENÉNDEZ, RAMOS MISIONÉ, CELORRIO Y DÍAZ-FLOR, UN CUARTETO DE PIRAGÜISTAS PARA LA HISTORIA

Quiero pensar y así estoy convencido de que desde muy chiquitito ya me gustaba el deporte, tanto practicarlo como verlo, de hecho, tengo conciencia de que desde que tengo uso de razón ya estaba enganchado a la tele viendo tal o cual acontecimiento deportivo, así recuerdo mi primer Mundial de fútbol en 1974 (Alemania) y mis primeros Juegos Olímpicos en Montreal 1976; y antes de eso la nada, pues en 1974 yo tenía seis años y mis primeros recuerdos sólidos se sitúan en los cinco añitos aproximadamente.

Pues eso, mis primeros Juegos Olímpicos fueron en Montreal y de ellos tengo un tenue recuerdo, como chispazos en mi mente. Curiosamente no se vivía en España un idilio con los deportes como ahora se vive, que tampoco, porque ahora es todo fútbol, fútbol y más fútbol, básicamente como antes, aunque matizado. Así que no habiendo hace cuarenta años una cultura deportiva firmemente asentada en la población, más allá del fútbol, que por su manera de desarrollarse es casi el antideporte por antonomasia, pues a mí ya me iba gustando de infante todo lo que tenía que ver con competición en todo tipo de disciplinas.

La realidad es que damos por hecho que España es un país desarrollado en materia deportiva y que acudimos a los Juegos Olímpicos con muchas expectativas de medalla, no es exactamente así, porque hay países menos poblados que el nuestro y menos desarrollados económicamente donde se trabaja el deporte de forma mucho más planificada y científica que aquí; el caso paradigmático quizá sea Cuba, especialista en varias disciplinas deportivas, no en muchas, que es capaz con tres o cuatro deportes fuertes (boxeo, judo, lucha y atletismo), de situarse siempre por encima de España en la clasificación del medallero.

En España tenemos muy desequilibrados los esfuerzos, amén de que la inversión en infraestructuras y estructuras deportivas deja mucho que desear, esto hace que nuestra posición en dicho medallero siempre se sitúe de forma natural por detrás de no menos de veinte países. Y no hablemos de los Juegos Olímpico de invierno, porque seguimos como siempre, es decir, sin medallas, aunque hay que reconocer la labor de algunos/as valerosos/as que se buscan la vida hipotecando su vida, por amor a su pasión. Con todo no es peor que hace apenas treinta años en los «deportes de verano», donde nuestra presencia en dichos Juegos era casi testimonial, a excepción de algunos lobos solitarios que esculpían artesanalmente su preparación física, su planificación y la búsqueda de fondos.

El punto de inflexión del cambio de tendencia no radical pero sí sólido, vino con los Juegos de Barcelona, donde dimos el do de pecho y logramos veintidós medallas, de las cuales trece de oro, encaramándonos al sexto lugar del medallero. Desde entonces, sin contar esa excepcional participación en nuestro propio país (mientras no se demuestre lo contrario que Barcelona es España), la media actual de medallas ronda las diecisiete.

Sólo con las medallas de Barcelona casi igualamos el total de las conseguidas en toda la historia de nuestro país hasta ese momento. De hecho, hasta aquella fecha yo casi me sabía de memoria todas las que habíamos conseguido, ya que tampoco eran tantas. Recuerdo que Correos, después de Barcelona sacó una colección de sellos rindiendo homenaje a todos nuestros medallistas históricos, ahora ya sería impensable, porque ya tenemos unas cifras más consecuentes para la situación económica, social y deportiva de nuestro país, aunque siempre opinaré que nunca es suficiente y seguimos algo subdesarrollados en relación con los países de nuestro entorno.

Haciendo un rápido análisis del medallero histórico de España se podrían sacar más conclusiones aún. Desde los primeros Juegos Olímpicos en los que participamos, los de 1900 en París hasta Munich 1972 inclusive, habíamos ganado nueve medallas. Y hubo una pequeña vuelta de tuerca en los cuatro Juegos que hubo entre 1976 y 1988 donde se alcanzaron un total de diecisiete, unido a que en estos años hubo sucesivos boicoteos de cariz político.

Pues bien, en ese recuerdo preclaro de las medallas que conseguíamos en esos años, que por su escasez eran fáciles de retener en la memoria; honestamente no sé si será mi primer recuerdo de un acontecimiento deportivo en los Juegos Olímpicos, pero estoy seguro de que fue el primero que viví con intensidad. Se trataba de un deporte de esos que te parecían raros y que tú ni por asomo pensabas que lo podrías practicar en tu vida, el piragüismo.

Y mira por dónde que en Montreal, no teníamos a uno ni a dos ni a tres, sino a cuatro hercúleos jóvenes que en una larga canoa estaban dispuestos a plantarle cara a todo el mundo mundial, ¡qué bárbaro! Para colmo quiso la suerte y el destino que no se llamaran López, Pérez o Sánchez, sino apellidos menos comunes y que unidos los cuatro como una especie de salmodia forman parte de la historia del deporte español para siempre.

Efectivamente ese increíble mérito les correspondió a Herminio Menéndez, Ramos Misioné, Celorrio y Díaz-Flor, el mítico equipo de K-4 1.000 metros de Montreal '76. Fue una unión realizada ex profeso, considerando que procedían de puntos diversos de nuestro país: dos gallegos de Lugo, un zaragozano y un ceutí; probablemente se buscara a los piragüistas individuales más potentes y se les sugiriera este proyecto que nació en noviembre de 1972. El caso es que lo de este éxito no era flor de un solo día, los nuestros venían con la vitola de campeones del mundo y eran el rival a batir. Ya, tras la conquista del entorchado mundial se quejaba nuestros deportistas amateur (o sea, que no eran profesionales) de que poca repercusión tuvo ese triunfo y le tenían que poner dinero a su afición y mucho sacrificio.

Únicamente 25 centésimas, menos que un suspiro, un impulso final, separaron a nuestros bravos representantes del oro, siendo superados por la escuadra soviética, estos últimos parece ser que favorecidos por una calle, la 2, que estaba más preservada del viento, mientras que los españoles paleaban por mitad del canal, en la calle 5. A partir de ahí ya comenzó a oírse el soniquete de los cuatro nombres, héroes de un país que había plantado cara al mundo y que había tuteado a la mismísima Unión Soviética. Hay que considerar que estábamos en la transición y que todavía estaba muy asentado el sentir anticomunista.

Los ecos de aquel logro y el efecto multiplicador perduraron en el tiempo, de hecho, en Moscú '80, Herminio Menéndez con Guillermo del Riego, conseguirían otra plata pero en esta ocasión en la modalidad de K-2 500 m.

Es evidente que un hito de estas características cambió la vida a este cuarteto, no sólo que con solo nombrarlos a mucha gente le suena, sino que ellos mismos, todos, han seguido vinculados al deporte, dedicándose fundamentalmente a la gestión: Díaz-Flor es Director del Centro de Alto Rendimiento de piragüismo en Aranjuez (Madrid); Herminio Menéndez, probablemente el más célebre de todos, es profesional de la gestión deportiva y ha estado vinculado a innumerables proyectos y clubes; Celorrio es el actual presidente de la Federación Aragonesa de Piragüismo; y Ramos Misioné es funcionario de la Xunta de Galicia en la Dirección General de Deportes, que simultanea con el cargo de vicepresidente en la Federación Gallega de piragüismo y la dirección deportiva de un club en Lugo.

El piragüismo en España ha sido siempre un vivero de grandísimos deportistas, ahí tenemos a David Cal, y nos ha reportado muchas medallas en todo tipo de competiciones. La geología y el clima de nuestro país favorecen la práctica de este deporte. No obstante, ningún cuarteto de K-4 ha podido reverdecer los laureles de aquel mítico equipo, o al menos hasta ahora. Sí porque hay un fabuloso grupo que ya está cosechando éxitos, en mayo pasado fueron primeros en la Copa del Mundo de Milán, y una inhabitual rotura de la varilla del timón en el Mundial de este año, que incluso pensaron que había sido un sabotaje, los descalificó cuando afrontaban los últimos metros, apuntando ya a lo más alto.

Ah, y para colmo de la curiosidad, que esto es una cuestión mía, que a veces soy un poco maniático, pues el cuarteto no tiene apellidos comunes como Martínez, González o García, sino que son los muy sonoros Hernanz, Germade, Carrera y Peña, ¿tendremos sucesores de los Herminio Menéndez, Ramos Misioné, Celorrio y Díaz-Flor cuatro décadas después? En Río 2016 lo sabremos.

sábado, 29 de noviembre de 2014

"EL VIOLINISTA DE MAUTHAUSEN", DE ANDRÉS PÉREZ DOMÍNGUEZ

Aparte del nombre, que denota cierta relevancia, del Premio Ateneo de Sevilla de novela conocía poco. Con ocasión de este libro fue cuando acudí a Internet para interesarme por la historia de este galardón, y efectivamente es uno de los más importantes de nuestro país y en consonancia con ello, de su nómina de premiados se pueden reconocer algunos nombres ilustres.

Con todo creo que jamás había leído ninguna novela prestigiada con este galardón, por lo que me incliné a abordarla, fiel a la afección que tengo en los últimos años sobre libros que tratan sobre la II Guerra Mundial y en especial del genocidio provocado por el nazismo. Este título me llamó la atención, era evidente la temática y tendría que tener su enjundia; además, suelo siempre leer los resúmenes que con buen criterio las editoriales colocan en el forro o cubierta, para corroborar que efectivamente la historia que contiene merece la pena ser leída.

Desconocía a este autor, Andrés Pérez Domínguez, y la trama tiene menos de histórica que de amor o de thriller con ambientación histórica. Y es que pese a la inserción de ese lugar tétrico como Mauthausen en el título, y que se habla de hecho sobre los campos de concentración; no es una novela que trate específicamente sobre las andanzas de alguien en un campo de exterminio ni la narración se centra en Mauthausen todo el tiempo, hay otros lugares donde se desarrolla la acción. Sí que es verdad que dedica una cierta atención a la cotidianeidad en aquel campo de concentración, pero no se recrea, la exposición del dolor que allí se sufrió es limitada, el horizonte era y es infinito para haberse explayado, pero Pérez Domínguez no utiliza eso más que lo justo y necesario, con bastante mesura.

Y todo ello porque la historia es de amor e intrigas, de muchos sentimientos, de muchos pensamientos y de un hilo conductor que se basa precisamente en los debates mentales que cada uno de los personajes tiene en su cabeza.

Este novelista sevillano construye una trama en la que hay un triángulo pasional, un triángulo de intereses y pasiones, encontradas y disruptivas. Lo que es curioso es que el triángulo, a medida que avanzan las páginas podría convertirse en cuadrado, es casi un cuadrado, pero le falta el embozo de la pasión preclara que sí destilan los tres personajes principales y otro que es medio personaje principal, así lo veo yo; es decir, tres y medio.

Por otro lado es un trío – cuarteto de nacionalidades, por un lado, Rubén Castro, español de Sevilla que por sus ideas izquierdosas ha de huir de nuestro país para exiliarse en París. Por otro lado, Anna Cavour, francesa de madre alemana, una profesora con una vida serena y feliz. El tercer elemento principal es Franz Müller, alemán, ingeniero aeronáutico con poco apego a esta profesión y violinista vocacional. El medio personaje es Robert Bishop, estadounidense, trabaja de espía desmontando las estrategias nazis.

La paz y el amor que viven Rubén y Anna (primera conexión del triángulo) en su feliz hogar de París se ve trastocada por la detención de Rubén por parte de la Gestapo con la ocupación alemana. A partir de ahí comenzarán sus sufrimientos y un calvario de varios años. Mientras tanto, el valioso hecho que supone que Anna hable perfectamente alemán permitirá darle entrada en escena a Bishop que captará a ésta para que trabaje para su país, sabedora de que Anna pedirá a cambio información sobre Rubén y una eventual liberación, si se da el caso.

El trabajo para Anna se irá perfilando y consistirá principalmente en entablar íntima amistad con Müller, un ingeniero alemán que tiene interesante información que podría ser muy útil para los aliados.

Antes de eso presenciamos una sucesión de casualidades, un Franz Müller, violinista bohemio que le da rienda suelta a su pasión musical, tocando por allí y por allá, también en París, y en un escenario donde temporalmente pudo coincidir con Rubén y Anna. Una sonata refuerza los vínculos de esta pareja y, de algún modo, salvará la vida de Rubén en Mauthausen.

A Mathausen acudirá Müller con un grupo de músicos para tocar en el cumpleaños del hijo de un alto cargo de la SS en ese campo de concentración; Müller y Rubén se conocerán fugazmente, este le hablará de Anna y de aquella sonata y se producirá la segunda conexión entre los protagonistas. Franz Müller de forma casi involuntaria salvará la vida de Rubén al tocar esa sonata y oírla este justo cuando pretendía suicidarse.

Müller comprenderá que dada la situación que se vive en Europa, su pasión musical tiene los días contados y tendrá que acudir a un antiguo amigo para intentar que lo enchufe en algún trabajo aburrido, propio de su titulación, y que lo quite de ese mapa conflictivo en que estaba incurso.

Con su nuevo trabajo de ingeniero en una factoría aeronáutica y aunque trate de ser un estorbo en las investigaciones y que ni tan siquiera comulgue con los derroteros que está tomando la filosofía nazi, Müller se convertirá en un objetivo trascendente para los aliados, por la información que atesora.

Ahí intervendrá Anna que, forzada por Robert Bishop, tratará de entablar amistad y la entablará con Müller, tercera conexión. Pero he aquí que en mitad de ese trabajo de espionaje, el tiempo hará mella, a Anna no le ofrecen noticias de Rubén, pierde la esperanza, y comenzará a enamorarse de Müller que es, en realidad, un buen hombre.

La historia tendrá su remate con el fin de la Guerra, la liberación de Rubén, un Rubén demacrado y roto; la encrucijada de Anna enamorada de Müller, pero con el recuerdo de Rubén al que cree muerto; y Müller que vive escondido en Alemania con una identidad falsa y que sigue siendo pretendido por Bishop para que pueda ser acogido en Estados Unidos y formar parte de los investigadores «fichados» por los vencedores.

Y no cuento nada más, es al final cuando reafirmas que, en realidad, esta novela es ante todo y sobre todo, una historia de amor, de amor real y verdadero, en el que todos sus personajes principales han perdido algo por el camino; no hay realmente vencedores, ni hemos de esperar que haya un final feliz, es la vida misma y así hay que acatarlo.

La verdad es que sorprende agradablemente la riqueza expresiva de Pérez Domínguez, igualmente utiliza el recurso de los saltos en el tiempo, no todo lleva un ritmo cronológico lineal, pero esos saltos en el tiempo están muy bien traídos y son perfectamente entendibles, nadie se pierde.

Eso sí, en algunos tramos de la novela es algo cargante, demasiada exposición de sentimientos y poco diálogo, con lo que en determinadas fases es un poco aburrida la narración, es como si tuviera altibajos. Imagino que con el tiempo el autor podrá depurar esto.

En cualquier caso aunque la novela podría haber adelgazado algo y no perder un ápice de su interés, mi calificación es alta; este autor puede seguir creciendo y construir historias tan bonitas como esta, un dechado de imaginación.

viernes, 21 de noviembre de 2014

PROTAGONISTAS Y LUIS DEL OLMO, UN BINOMIO PARA EL RECUERDO

Desde que la radio existe como fenómeno social que llega a todos sitios, y en España desde que las cadenas generalistas asumieron el rol de vehículos de impacto social para la difusión de noticias, publicidad, opinión..., hay que decir que el binomio radio - sociedad permanece inalterado.

No se puede entender una radio sin un público diana, igual que es difícil encontrar un público diana de una cierta relevancia sin su espacio radiofónico. El colmo de la irracionalidad nos lo encontramos en la existencia de radios tan personalistas, burdas y de tan escaso calado social, que sobreviven con lo justo (subvenciones y una publicidad conseguida de forma casi coercitiva) y que apenas tienen público diana, o lo que es lo mismo no las escucha nadie, y sí, he conocido algunos casos sangrantes.

Lo normal es que una radio, amén de que pueda dirigirse a un público de determinada edad o que esté especializada en noticias, deportes, música, religión...; sin duda que nunca se olvidará de ese fin social, sabedora de que cualquier contenido que se emite está facilitando la cohesión social o la formación de opinión (en radios políticas de otros países incluso el adoctrinamiento).

Para mucha gente, para muchos españoles, la radio es una compañera inseparable que está siempre ahí, en una especie de fidelidad mutua, acompañando a las personas en sus quehaceres diarios. Mientras escribo esto, habrá millones de personas en España que estarán oyendo la radio y algunas menos escuchando (escuchar es oír atendiendo a lo que se dice). Pero incluso aunque las personas sólo oigan la radio, como sonido de fondo, ayuda simplemente a no sentirse solo; cúantas personas que viven solas se acuestan con la radio puesta y son capaces de dormir con ella al lado toda la noche.

A mi querida madre la recuerdo casi desde siempre oyendo, y escuchando a ratos, a Luis del Olmo con este programa Protagonistas, en esas jornadas mañaneras que mi madre como la mayoría de amas (y amos) de casa de este país dedican a hacer la faena cotidiana y nunca suficientemente valorada de limpiar, hacer las camas, coser, planchar o preparar la comida.

A mi madre le gustaba Luis del Olmo y, por ende, su programa, y fuera adonde fuera este, aunque cambiara de cadena, ahí que lo seguía, siempre y cuando ese nuevo dial se pudiera sintonizar adecuadamente y las voces llegaran nítidas.

Luis del Olmo ha tenido esa virtud, cosechada a base de muchos años de trabajo, de trascender a través de su programa a las propias cadenas radiofónicas, y curiosamente él no fue el precursor de la idea ni del programa pues de 1969 a 1973 en Radio Nacional de España lo presentaba José Ferrer, aunque con los años Del Olmo se convirtió en su santo y seña. También llama la atención que aunque todo el mundo identifica el programa Protagonistas con Luis del Olmo, lo cierto es que en algunos períodos, imagino que por asuntos de derechos de propiedad intelectual, tuvo otros nombres tales como De costa a costa o Protagonistas vosotros.

No obstante, lo más relevante de todo esto es que este formato radiofónico era un producto terminado que se mantuvo casi invariable casi cuarenta años, que iba bajo el brazo de Luis del Olmo dondequiera que él fuera. Y fuera por asuntos económicos, por desavenencias con las direcciones de las radios, o por otra razón estratégica, el caso es que el programa con este gran periodista al frente que comenzó, como ya se ha comentado, en Radio Nacional de España (1973 – 1983), migraría a la cadena COPE (1983 – 1991), después a Onda Cero (1991 – 2004), luego a Punto Radio (2004 – 2013), para terminar donde empezó en RNE con un formato reducido.

De algún modo ese programa que era una extensión del espíritu de Luis del Olmo, también refleja en sus traslados el devenir de este gran comunicador. Resulta interesante destacar que su emersión en Punto Radio era el culmen de este periodista, ya que lideró el accionariado de esta nueva emisora y ni que decir tiene que contaba con que este programa estrella sería el gran atractivo para enganchar a sus tradicionales escuchantes en esta nueva emisora generalista.

La muerte en las ondas de Protagonistas, un proyecto que tenía muchos elementos y entre ellos que era personalista, vino dado por la retirada de Luis del Olmo en 2013 con setenta y seis años de edad, atesorando más de cincuenta años de profesional de las ondas, y particularmente con el programa Protagonistas fueron algo más de cuarenta, convirtiéndose este en el espacio radiofónico, exceptuando noticiarios, más longevo de la radio española, superando las doce mil ediciones, ahí es nada.

Precisamente el apagón de Protagonistas fue paulatino, casi como un aterrizaje suave y placentero, hecho a la medida de su hacedor principal; tuvo su parte sentimental incluso, pues terminó en su última etapa, con la vuelta a los micrófonos donde nació en Radio Nacional de España, limitándose a realizar una entrevista a un personaje de actualidad durante media hora (de 12.00 h. a 12.30 h.). Previamente en los últimos años, también se había ido reduciendo la duración del programa.

Y ahora bien, lo sustancial del programa era que entretenía y mucho, fundamental para un programa que escuchaban millones de personas, y lo más importante es que lo que se difundía se hacía con un lenguaje sencillo, ameno, accesible a todos. Por otra parte, era una especie de magacín donde tenían cabida los temas de actualidad, noticias, entrevistas, humor, tertulia... Este formato de variedades fue el pionero en España de estos programas, y en los espacios de la mañana se mantiene esta seña de identidad prácticamente en todas las cadenas generalistas.

Tampoco hay que obviar que Luis del Olmo atraía al público femenino, muy fiel por las mañanas, gracias a su potente voz, a su planta, a su simpatía y a esa forma de conectar con el público basada en una defensa de los intereses generales del pueblo, de ser la voz y el sentir de la mayoría.

Otro punto sentimental lo ponía su música de cabecera, una sintonía muy jovial, la misma que la de la serie «Crónicas de un pueblo», y que en contra de lo que pudiera parecer no era una composición nacida en España, sino en Estados Unidos; se trata en realidad de una canción, con su letra y todo denominada «I could easily fall (In love with you)» de los autores Marvin, Welch, Bennett y Rostill, aunque popularizada en los años 60 del pasado siglo por el músico británico Norrie Paramor. Total para las veces que se habrá escuchado en toda la historia, esta sintonía es como si realmente fuera nuestra de toda la vida, o sea más española que la gitanilla que decora las televisiones de media patria.

Me trae gratos recuerdos este programa, no sólo porque tengo la imagen grabada de mi amada madre, afanada en las tareas del hogar y el sonido de fondo, esa música, la voz grave de Luis y tantas y tantas historias que allí se contaron, testigo de su tiempo; grandes momentos que se quedan en la memoria de todos los que alguna vez escuchamos este mítico e irreemplazable programa.

sábado, 15 de noviembre de 2014

EL RECUERDO DE LA SELECCIÓN ZAMBIANA DE FÚTBOL, UNA GENERACIÓN PERDIDA EN 1993

Corría el año 1988 y yo estaba dedicado en cuerpo y alma a los estudios y al deporte, y si no había lo uno, lo otro ocupaba el resto. Eran los Juegos Olímpicos de Seúl, y después de un verano dedicado a estudiar, estos Juegos llegaron atípicamente después de los exámenes de septiembre (se celebraron entre el 17 de septiembre y el 2 de octubre), y me apresté a darme un premio merecido, con la anuencia de mis padres, sobre todo de mi buena madre, que me liberó siempre y mucho de hacer tareas en casa.

En este pedazo de deporte de la vista que es el «sillón ball» o «catre ball», ahí que echaron un escasamente relevante para mí y para la mayoría de los españoles, Italia-Zambia en la fase de grupos del torneo de fútbol. Pero hete por donde que aquel que pasaba por ser un tedioso rato de fútbol, porque es como pocos uno de los deportes más aburridos que existen, se convirtió en todo un espectáculo. Porque eso también lo tiene, el fútbol puede ser la más entretenida de las expresiones deportivas si hay tensión, morbo, lluvia de goles o anécdotas. Pues aquel partido tuvo un poco de todo esto, y ante todo, la sorpresa mayúscula de que los zambianos literalmente se mearan a los italianos.

Recuerdo que aquello fue un vendaval, daba la impresión de que los africanos eran unos jugadores experimentadísimos y de primer nivel, y los transálpinos apenas unos tuercebotas de categoría regional. El repaso fue de órdago y el partido terminaría con un 4 a 0 inapelable para la escuadra de Zambia. Durante mucho tiempo estuve recordando algunos nombres de aquella selección que convirtió aquel choque en un inolvidable hito del fútbol mundial, y especialmente me acuerdo de Kalusha Bwalya quien fue autor de tres de los goles y que bailaba a cada gol con sus compañeros uno de esos bailes étnicos que tanto gustan a los africanos para celebrar sus tantos.

Los ecos de aquel encuentro resonaron durante mucho tiempo en mi mente y sobre todo el recuerdo de aquella Zambia, que hasta ese momento era inédita en el panorama futbolístico, y que yo me imaginaba que con el tiempo, dado que las selecciones olímpicas se forman con jugadores jóvenes, que esa selección a nivel absoluto tendría necesariamente que emerger.

Yo le perdí ciertamente la pista, pero casi cinco años después de aquel partido, la selección de Zambia volvió a ocupar una pequeña reseña en los medios de comunicación deportivos, y de la peor manera posible, ya que con ocasión de su clasificación para el Mundial de Estados Unidos 1994 iniciaba la fase definitiva, tras haberse paseado en las fases previas y ser favorito frente a las selecciones de Senegal y Marruecos. Aquella fase final se iniciaba en tierras senegalesas y los Chipolopolo (su nombre de guerra), también llamados «las balas de cobre», afrontaban con ilusión ese último esfuerzo y el 27 de abril de 1993 emprendían el vuelo hacia Dakar en un vetusto DHC-5D Buffalo. Hicieron escala en Gabón, dada la enorme distancia entre Senegal y Zambia, y al poco de despegar uno de sus motores se incendió y el avión se precipitó al mar frente a las costas gabonesas, perdiendo la vida sus treinta ocupantes, entre ellos los veinticinco integrantes del cuerpo técnico y jugadores de dicha selección.

Por suerte para Kalusha Bwalya y algunos jugadores zambianos que militaban en equipos europeos, estos no llegarían a ser convocados para aquel partido por razones de calendario en sus ligas domésticas, aunque fue el propio Kalusha el que se erigió en el motor de la nueva selección zambiana tras el desastre vivido. Con aquel equipo recompuesto en su totalidad llegarían a empatar aquel partido aplazado en Senegal y vencer a estos en su propia cancha. A Marruecos le ganarían 2 a 1 en casa y en el último encuentro en tierras magrebíes con un punto estarían clasificados para Estados Unidos, pero los marroquíes se impondrían por 1 a 0, y frustró la que a buen seguro se hubiera convertido en la más heroica y emotiva clasificación en la historia de los Mundiales de fútbol. A propósito, Kalusha Bwalya sigue velando por el futuro futbolístico de su país, pues es el presidente de su federación nacional.

Los zambianos jamás dejaron de sonar en el panorama balompédico mundial sobre todo en el africano, asistentes casi habituales a la Copa de África, y dando siempre la imagen de equipo aguerrido y dotado de ese don especial para sobreponerse a las adversidades, de algún modo, como si aquellas almas de sus compatriotas que perdieron su vida en aquel fatídico vuelo los impulsaran en los terrenos de juego.

Tengo una amiga que, con mayor o menor razón, dice que todo el mundo recibe en vida su recompensa, yo lo dudo sinceramente, pero en el caso de la selección de Zambia la historia los recompensó y, además, de una manera muy peculiar. En el año 2012 la Copa de África se celebraba en Gabón y Guinea Ecuatorial, y el derroche de aquella selección zambiana permitió que pudieran presentarse en la final que tendría lugar en Libreville, la capital gabonesa, a unos kilómetros de distancia de donde perecieron sus compatriotas. Allí se impondría en los lanzamientos de penalti a la potente Costa de Marfil de Didier Drogba, tras el empate a cero en el tiempo reglamentario, y ni que decir tiene que celebraron aquel trofeo con el recuerdo de los compañeros que perdieron la vida apenas veinte años antes defendiendo los colores de su país. De hecho, rindieron el debido tributo a sus compatriotas acudiendo a las costas de la capital gabonesa ofreciéndole el título en una ceremonia informal absolutamente conmovedora.

No obstante, soy de los que piensan que para Zambia no se ha cerrado ese círculo completamente. Por historia y trayectoria reciente (en los últimos veinte años) probablemente sea el país africano que más merecimientos ha hecho para acudir a un Mundial; jamás ha estado en una cita mundialista en toda su historia y su nivel futbolístico y sus participaciones exitosas en la Copa de África, aparte del campeonato en 2012 tiene dos subcampeonatos, desde luego que lo hacen un justo acreedor de ese hito, lo que es para muchos países el triunfo en sí, el acudir a un Mundial de fútbol y disfrutar jugando los tres partidos de la fase de grupos.

El problema es que una clasificación mundialista no es fácil y precisamente en África es enormemente complicada y no del todo justa a mi parecer. La Confederación Africana de fútbol es muy numerosa, con más de cincuenta selecciones, las distancias en África son enormes y los vuelos son muy largos y fatigosos, y después de pasar por varias fases, al final se la juegan en un todo o nada, como ocurrió en la clasificación para Brasil 2014, en cinco eliminatorias finales de ida y vuelta contra otra selección.

Y por reflexionar un poco en voz alta, amén de este homenaje al fútbol zambiano, hay que decir que se dice mucho y no sin razón, que el fútbol africano es de un enorme potencial, pero que no llega más arriba por la propia filosofía de juego y que, por más que los técnicos tratan de imponer sus criterios, el terreno de juego dicta otra cosa. El principal defecto de los equipos africanos en general es cierta ligereza defensiva y mucha actitud ofensiva, así como indisciplina táctica, y sobre todo ese desorden defensivo provoca que sean muy endebles en sus citas mundialistas. De hecho, si pensamos un poco en jugadores africanos famosos seguro que los cuatro o cinco nombres que se nos vienen a la cabeza, todos o la mayoría son delanteros y nos costará trabajo recordar defensas.

Por cierto que la Copa de África es ahora en enero de 2015 y en estos momentos se están sucediendo los partidos clasificatorios, donde Zambia no está rindiendo a su nivel. Esta competición que es un auténtico vivero de estrellas para los ojeadores europeos, está a día de hoy un poco en el aire por lo que respecta a su lugar de celebración, parece que será Guinea Ecuatorial, pues Marruecos ha renunciado a organizarla por temor a la propagación del ébola y, por tanto, pierde su derecho a participar en la misma pues por ser el anfitrión estaba exento de la clasificación.

En fin, valgan todas estas reseñas para rendir mi modesto tributo a aquella generación de futbolistas zambianos que perecieron cuando se dedicaban a practicar el deporte que era su pasión y para algunos una profesión. Zambia como muchos países africanos es un país volcado con el fútbol, también son muy buenas sus féminas, y también como el resto de países de ese continente viven en condiciones económicas y de bienestar muy precarias, por lo que es un auténtico milagro que salgan jugadores de talla mundial.

También valga este homenaje para recordar este accidente, porque somos muy dados los occidentales, los blancos, a rememorar los trágicos accidentes acaecidos a personajes mediáticos, pero mucha gente desconocerá aquella tremenda desgracia que fulminó a la selección zambiana de fútbol en 1993.

sábado, 8 de noviembre de 2014

LA VIDA EN UN CÁMPING EN EL SIGLO XXI

Ya lo he comentado en este blog que este verano estuve en un cámping después de muchos años; es más un par de meses después repetí experiencia de fin de semana en otro. Ambos en la sierra de Cazorla, y desde aquella primera experiencia estival fui anotando en mi mente detalles para plasmarlo en esta mi humilde bitácora. Como me suele pasar en algunas de mis vivencias, no soy de los que se mueven por impulsos para expresar mi opinión, sino que las mismas las dejo en algún recoveco de mi mente para que vayan macerando y provoquen finalmente en mí una corriente de pensamiento, humilde también y absolutamente personalísima.

Días antes de irme de cámping, aparte de meterme en Internet para buscar la información del lugar al que iba con mi familia, hice también una abstracción y puse en el buscador algo así como «¿qué hacer en un cámping?», y me salió un curioso blog de un tipo que comentaba su opinión acerca de estos espacios de paz y descanso, el blog se llamaba si no recuerdo mal «Diario de un gilipollas». Este ingenioso bloguero sacaba punta a todas las interioridades de la vida en un cámping, que bien mirado, desde el punto de vista objetivo, no es un lugar ni higiénico, ni limpio, ni cómodo, o al menos no lo es más que en tu propia casa y, sin embargo, por esas rarezas del ser humano, suele ser un lugar al que acude mucha gente, desde un profesor universitario, una abogada de prestigio o un currante del andamio.

Bien es verdad que cuando uno acude a un cámping tiene que saber a lo que va, tienes que modificar tus niveles de tolerancia, sabes que no hay una bañera para ti como en tu casa, que puedes acudir al váter y que puede que esté ocupado, que el de al lado pone la música a toda marcha y que los mosquitos, la mugre y ese colchón de aire intentan hacerte menos confortable tu estancia. Y, sin embargo, como diría aquel «se mueve», es decir, pese a los muchos inconvenientes que nos procura un cámping, es y seguirá siendo un formato vacacional, seguro que por muchas razones, pero yo veo dos principales y muy claras: 1. La primera es el precio, es más barato irse de vacaciones a un cámping que a cualquier otro lugar, apartamento, hotel..., salvo que tengas la fortuna de contar con un familiar o amigo que te proporcione las llaves de su piso playero. 2. Creo de verdad que para el hombre occidental el contacto con la naturaleza le sigue produciendo una atracción inexplicable; gusta más comerse un bocadillo de chorizo en el campo, aunque sea el mismo que el de casa; gusta la anarquía; y gusta, de algún modo, la vuelta a nuestros orígenes, no la vuelta al salvajismo, sino una especie de vuelta al primitivismo, de reivindicación de lo que sería de nosotros si no tuviéramos tantos adelantos y comodidades.

Nos aventuramos a acudir al primer cámping en pleno mes de julio, a sabiendas de que no estaríamos ni mucho menos solos. Más gente implica una mayor presión sobre los servicios comunes que se ven desbordados, en proporción al exceso de usuarios que a buen seguro el cámping de turno alienta por razones económicas aun cuando pueda estar en el filo de la navaja de las transgresiones legales. También puede ser que el cámping de turno no esté bien dimensionado y a la dirección del cámping le dé igual por razones también económicas, son concesionarios y no propietarios, y más infraestructuras suponen inicialmente más inversión y después más consumo y más mantenimiento, luego menos beneficio.

Estas anomalías logísticas podrían atemperarse relativamente si los usuarios cedieran parte de su egoísmo natural, de nuestro egoísmo natural, en beneficio de la comunidad. Me comentaba mi mujer que desde las largas colas de las duchas observaba como había mujeres que se recreaban en ese espacio, acicalándose, lavándose el pelo con parsimonia (como en casa), o sepa Dios qué misterio se encierra cuando una mujer entra en el baño acompañada por otra en ocasiones, y sí este ha sido un comentario machista.

Por cierto que en un cámping grande como en el que estuve en julio (Fuente de la Pascuala), existe una delgada línea de la salubridad, todo está limpio aun cuando pueda haber muchos usuarios, pero el castillo de naipes se desmorona justo en cuanto eliminemos una de las muchas cartas de la base. Si un usuario es de suyo guarro, y no es capaz de abstraerse a que está usando unas instalaciones compartidas por muchos, en cuanto hace la primera guarrería, es como si hubiera una especie de carta blanca (negra) para seguir guarreando. Por no ser demasiado escatológico, si alguien machacó un mosquito en un espejo del baño a las 10 de la mañana, a las 10 de la noche el espejo se había convertido en un cuadro puntillista.

También es cierto que en aquel cámping concretamente se permitía la presencia de perros, y que estos deberían estar siempre atados y, por supuesto, con los dueños recogiendo sus deposiciones, pero ocurría lo mismo que en el caso anterior, bastaba con que uno o varios dueños se saltaran a la torera esta norma, con la vista gorda o falta de interés de los gestores del cámping, para que todo se convirtiera en un amplio cagadero perruno, por aquello de que como todo es campo..., y por supuesto, con los canes sueltos sin demasiado control, y que conste que soy un amante de los animales y he tenido una perra fantástica hasta hace bien poco.

Por lo demás la vida en un cámping transcurre plácidamente, aunque para un usuario ocasional como yo, tuve la sensación de estar de prestado en comparación con esa serie de familias que tienen su caravana o caseta de obra o chiringuito casi fijo con sus macetas decorativas alrededor, y que más o menos parecen ser dueños de su parcela y de parte del cámping. Uno tiene esa sensación, la sensación de que hay gente que tiene más galones que tú, y que tú aspiras y aspiras pero jamás llegarás a tener sus infraestructuras, porque no puedes, o a lo mejor es porque no quieres.

El espíritu del cámping también permite que todo lo cotidiano se convierta en un remedo de libertad, donde las normas básicas se van cumpliendo pero otras más selectas, las sociales, se disipan o se suavizan por aquello de que todo se hace «a mí manera». Dicho esto, es normal que uno vaya sin camiseta todo el día, es un poco chabacano lo sé, y es casi la única norma social más avanzada que desacato, porque es una manera de sentirme libre de ataduras, un anticipo de estar desnudo. Pero dicho esto, también veías gente en bragas y calzoncillos, señoritas con su sujetador que paseaban como Pedro por su casa, niños pequeños con toda su humanidad al aire, muchas camisetas con manga a la sisa qué tanto daño han hecho a la moda; igual que horteras que llevaban todo tipo de abalorios que serían incapaces de llevar en su vida normal.

Y gordos, muchos gordos, es como si existiera una norma no escrita para que ellos acudan a un lugar de este tipo, donde la gente ha de ser más tolerante, y lo es. Y no quiero decir con esto que no tengan derecho los gordos a ir a un cámping, que no tengo yo nada en contra de la gente oronda, sino que ello puede desentrañar que no son bien recibidos en otros contextos, y esto sí que es deleznable.

Se prodigaban en mi cámping estival las personas con tatuajes, muy por encima de la media española sin temor a equivocarme. Nada tengo en contra de los tatuajes, pero a mí no me han gustado nunca y algunos me parecen un poco ordinarios, y sí, hay gente normal y respetable que los lleva y son discretos, pero hay otros.... Y bueno, encuentras a más tatuados dentro de las gentes chusmillas, que cada cual saque sus conclusiones.

Casi al hilo de este comentario un poco borde, no voy a privarme de hacer otro que es de tinte machista y lo reconozco. En aquel cámping e imagino que en muchos de los de este mundo, como decía al principio, se da cita una muestra casi fiel de nuestra sociedad, mucha clase media, pero también familias que estaban por arriba y por abajo; personas trabajadoras de cuello blanco pero más preponderancia de las de cuello azul; así como mayores casi ancianos a los que le gusta este estilo de vacaciones, gente de mediana edad como yo y jóvenes. Y aquí viene lo bueno, observé no en la generalidad, pero si en algún caso que hay chicas jóvenes, impolutas (sin tatuajes), de buenas familias y atractivas que estaban fuera de sitio, englobadas en grupos con chicos tatuadísimos y con pinta de pandilleros juveniles, de esos que tienen como animal de compañía a un perro potencialmente peligroso. ¿Adónde voy? Pues que existen muchas jovencitas que se enamoran de chulos de barrio moteros que tienen un nivel de vida, una forma de ser libre y libertina susceptible de captar a inocentes chavalitas y cuando las chicas quieren romper a veces es demasiado tarde o esa ruptura no se desarrolla por cauces pacíficos, y pasa lo que pasa, repito, pasa lo que pasa. Aunque a veces puede haber esperanza, porque un día vi a esos pandilleros sentados muy atentos, viendo a Bob Esponja en la tele y riéndose, como unos niños.

Pero bueno, no era este último comentario el objeto de esta entradilla, era más bien dejar una pequeña reflexión sobre la vida en un cámping en el siglo XXI, que es una pequeña feria en el campo, donde cada uno hace lo que le viene un poco en gana, no tiene que dar explicaciones a nadie, tiene unas pocas normas y las que hay pues se respetan así así, depende del ánimo especulativo de los que dirigen la instalación.

Ya está, uno sabe a lo que va, nadie se puede llamar a engaño, y si no le gusta la instalación o el ambiente, con cambiarse de sitio o irse a su casa tiene la solución. Ah, y tiene mucho surrealismo, porque no sabes qué historia sorprendente se podría encontrar en cada campista, si a tu lado tienes a un pederasta, a un deshollinador, a un sacerdote arrepentido, o a una reputada escritora...