viernes, 25 de julio de 2014

HIJO DE SANTANERO Y A MUCHA HONRA

Pues ese hombre vestido con mono de obrero es mi padre, recibiendo de manos del señor Giménez-Cassina (Director General de Metalúrgica Santana) el reconocimiento como «Obrero ejemplar»; corría el año 1969, yo apenas era un bebé y con aquella especie de galardón, le premiaron con un reloj con el escudo de Santana, que llevó puesto en su muñeca durante muchos años y un dinerito extra para comprar algunas cosillas para casa.

Era aquel Linares de los años 70 y 80 del siglo pasado, que yo viví intensamente, una ciudad bulliciosa donde en torno a tres mil trabajadores acudían diariamente a la factoría que fabricaba aquellos míticos vehículos Land Rover.

Una ciudad que era, sin duda, cosmopolita a su manera, aquel monstruo industrial absorbió mano de obra durante muchos años y necesitó obreros cualificados y no cualificados que vinieron principalmente de toda la provincia de Jaén, pero también de toda Andalucía e incluso del resto de España.

Sin ir más lejos nuestra familia vivía (y siguen viviendo mis padres) en un barrio obrero, donde el 95% de los hombres trabajaban en Santana, y había de muchos puntos, de Torredelcampo, Alcalá la Real, Villanueva de la Reina, Alcaudete, pero también los había de la provincia de Almería, de Fuenteobejuna (Córdoba), de Sevilla capital, uno de los mejores compañeros de mi padre era de Manzanares (Ciudad Real) y mis padres que eran de Begíjar. En fin, son los sitios que he recordado así a bote pronto, pero como digo había de muchos sitios. Esto tal vez hacía que Linares fuera una ciudad atípica, con ese conglomerado de culturas y tradiciones, de costumbres rurales, pues muchos procedían del medio rural, y todos creo que racionales habitantes de una ciudad que les estaba dando su sustento y a la que habían de defender. Era y es difícil encontrar en Linares a un linarense de pura cepa, es decir, con sus ocho apellidos linarenses.

Todavía recuerdo que los sonidos de la sirena, que apenas estaba a quinientos metros de mi casa, y a esa llamada, centenares de operarios que entraban o salían, andando o en coche, generando unos embotellamientos puntuales y unas manifestaciones multicolores, que aquello parecía más un llamamiento a ir a un partido de fútbol monumental o a un concierto de música excelso.

En estos días vacacionales, me encontré en la playa a un antiguo trabajador, a uno de los miles de santaneros que forjaron sus vidas a golpe de herramienta, y recordábamos casi al alimón, aquellos años de bonanza, de prosperidad, de bienestar general de un pueblo y de una comarca, años en los que no paraban de salir camiones tráiler con vehículos Land Rover a sus lomos, destinados a toda España, pero también a muchos países europeos y africanos; de hecho, mi padre era capaz de sobresaltarnos cuando veía algún coche autóctono en algún documental o película que sabía a ciencia cierta que había sido fabricado apenas a unos metros de nuestra casa, y quién sabe si alguna vez fue tocado por sus manos. Fueron años en los que ahora uno sabe que las cosas iban bien, aunque yo lo viera entonces como lo más normal del mundo, teníamos un economato que era una envidia, traspasaba las fronteras de la propia empresa, a los niños nos daban regalos para Navidad, los obreros también recibían algunos regalitos navideños, había un periódico, Santana patrocinaba un sinfín de actividades, y sobre todo y lo más importante, había trabajo, mucho trabajo y el que quería podía trabajar casi el tiempo que quisiera.

Mi padre recuerda aquellos años también con esa añoranza, en los que efectivamente me confirma que había meses en los que cobraba más por horas extras que por la jornada normal. Mi padre comenzó a trabajar en 1959, permaneciendo allí unos treinta años hasta su jubilación. Me cuenta que siempre fue un currante, realmente lo fue, y que tal vez su tozudez física le impidió ascender en otros campos y departamentos en los que hubiera tenido un mejor salario y menos cansancio acumulado. Estuvo muchos años siendo probador de vehículos, incluso una vez tuvo un accidente por un fallo mecánico, sin consecuencias afortunadamente, y en su última época estaba en control de calidad, convirtiéndose en un cliente exigente que había de poner fallos a lo que viera mal y según dice, lo hacía con absoluto celo lo que no parecía gustar a sus superiores. Esta época ya coincidía con la presencia de Suzuki, de infausto recuerdo, aunque me referiré después a eso.

Es cierto que yo siempre lo vi trabajar mucho, enamorado de su trabajo, de esos trabajadores que están en el tajo veinte minutos antes de que hubiera que engancharse; sólo una vez recuerdo que estuviera de baja, tuvo un dolor de lumbago y aquello fue un acontecimiento familiar, pues estuvo en cama tres o cuatro días y resultaba atípico y excepcional acudir a su dormitorio a cualquier hora porque allí permanecía escuchando la radio y allí que nos metíamos por aquella inexplicable atracción que tenía la cama de nuestros padres.

El tal Giménez-Cassina al que hacía alusión al principio fue el aventurero empresario, que junto con otro visionario, Antonio Sáenz, invirtieron unos tres millones de pesetas para adquirir unos terrenos, que fueron los que dieron el nombre a la empresa, Metalúrgica Santa Ana, pues así se llamaba la finca donde se situó la factoría, era el año 1956. Lo que tal vez no sepa la gente es que no comenzó haciendo Land Rover desde su inicio, sino que era una empresa destinada a la fabricación de maquinaria agrícola.

Fueron las dimensiones del monstruo que allí se montó lo que permitió abrir el negocio, primero fabricando cajas de cambio para Citroën España, en 1958, y en 1959 con el acuerdo con la firma británica Land Rover, coincidiendo con la entrada de mi padre en la empresa, que estuvo funcionando fantásticamente durante un cuarto de siglo.

En los años 80, y viendo que Land Rover se dormía un poco en los laureles ante la cada vez más potente presencia de marcas procedentes del mercado asiático, fundamentalmente de Japón y Corea del Sur, se propició un acuerdo estratégico con Suzuki, que duró hasta mediados de los 90. Y todo fue razonablemente bien hasta que los nipones no pudieron soportar más el mantenimiento de una producción que no era rentable o que lo era menos que disponer del mismo poder productivo pero pagando salarios notablemente inferiores a los españoles, como los eran en los incipientes países de la Europa del Este que comenzaban a despertar de su parálisis comunista. Para entonces, en 1991, los de Suzuki ya habían echado a andar una planta en Hungría, que aún sigue funcionando.

Mucho se luchó por mantener ese maná, la ciudad se volcó por entero, y hasta la comarca, como jamás se había visto, hasta hubo una huelga general en la misma, y recuerdo alguna manifestación donde no faltó nadie, fue un grito último, el último aliento de lo que era irreversible.

La Junta de Andalucía tomó el mando de las operaciones, y no seré yo quien juzgue negativamente la gestión realizada, más allá de buscar un mercado y actividades alternativas para la planta, sinceramente fue una manera de no destrozar a Linares, sino que la muerte de la factoría fuera paulatina, casi paralela al envejecimiento de sus trabajadores, que no hubiera brusquedades ni una revolución social en una ciudad que vivió gracias a Santana.

Los humanos somos muy malos y poco corporativos en los trabajos físicos, donde se suele criticar bastante al igual. Mucho se especuló con las causas del derrumbamiento de Santana, que fueron las que fueron y ahí las he resumido, pero también se habló con poca elegancia de que había muchos santaneros que no daban el callo. Niego rotundamente la mayor, como en cualquier trabajo y empresa hay trabajadores muy buenos, buenos, normales, regulares, malos y muy malos, y de verdad, no creo que los pocos o muy pocos garbanzos negros fueran la palanca que desmoronó aquella gallina de los huevos de oro.

Aunque mi padre no estudió ninguna carrera ni era un mando superior ni intermedio, el hecho de haber sido un operario cualificado le permitió hacer algunos viajes inolvidables para nosotros, por lo que contaba, estuvo en un par de ocasiones en Casablanca (Marruecos), donde Santana tenía una pequeña planta de producción (también tenía sus estrategias), o sus escalas en Vigo, donde iba a realizar pruebas en la factoría de Citroën, de hecho, durante mucho tiempo, mis hermanos y yo lo vimos en un Citroën GS rojo, que le servía de banco de pruebas para las cajas de cambio; recuerdo que alguna vez de camino al colegio me pilló lloviendo, me vio por la calle, y me montó en su «coche rojo», ¡qué orgullo!

El Linares actual da un poco de pena, efecto de la crisis y efecto también de aquel proyecto industrial que agonizó y murió definitivamente hace unos años. Como en muchas localidades de nuestra depauperada Andalucía, los paseos y las plazas se llenan de jubilados y de parados de eterna duración, que fueron en su momento los importantes engranajes de una maquinaria potentísima.

En fin, valga esta humilde reseña como homenaje a aquellos trabajadores que dieron lo mejor de cada uno para construir sus familias y engrandecer la ciudad que los acogió.

sábado, 19 de julio de 2014

"MIRAR UN CUADRO", CUANDO LA TELEVISIÓN ERA CULTURA

La cueva de Covadonga, de Pérez Villaamil, cuadro sito
en el Museo de Bellas Artes de Asturias
No sé a cuento de qué vino, pero el caso es que comentaba hace unas semanas con mi buen amigo Miguel Ángel Angosto, erudito multidisciplinar donde los haya, lo subjetivo que era el interpretar un cuadro. Tantas facetas diferentes y todas válidas, algunas expresadas por el artista y otras, sin quererlo, inferidas propiamente tras el paso del tiempo.

La pintura no es, tal vez, lo mismo que la poesía, en esta el autor ha querido decir algo, se puede interpretar más allá pero hay una raíz concreta, apartarse de ella es posible pero da, en cierto modo, la espalda al objeto preciso de un sentir personal; la pintura, sin embargo, ofrece más lecturas.

Y dicho esto, ambos coincidimos en que hubo un programa de TVE que para la gente de nuestra época, supuso un antes y un después a la hora de enfrentarse a un trabajo pictórico, se trata de aquel mítico espacio que llevaba por título «Mirar un cuadro».

Comenzó a emitirse en 1982 y hasta 1984 en su primera temporada y luego en una segunda entre los meses de febrero y octubre de 1988. No tenía una duración determinada, aunque siempre oscilaba entre los veinte y treinta minutos.

No me fue difícil indagar en la Red y dar con el programa, es más, TVE tiene en su web un espacio dedicado a antiguos programas y series denominado «A la carta», en el que están colgadas 107 de las 109 entregas que realizó de este proyecto.

La principal característica del programa es que se basaba en la opinión, diferentes personas realizaban su interpretación del cuadro. Pero la virtud esencial del programa estribaba en que lo hacían tanto eruditos como personas anónimas. La gente de a pie se situaba enfrente del cuadro y señalaba lo que le inspiraba. Por otro lado, en otro lugar, no necesariamente en el museo, uno o dos expertos vertían la interpretación, digamos oficial, del cuadro.

Con ambos elementos en las manos y la mente, el televidente recibía una información completa del cuadro, una magnífica, la del erudito, pero también una no menos buena que, de algún modo, se asemejaba a la que él mismo podría tener, una opinión menos experta, más de andar por casa si se quiere, pero por la que uno sentía una cierta cercanía.

No era infrecuente que entre esos aficionados a la pintura intervinieran personas extranjeras que le daban un punto de calidad y universalidad al programa, y que también reforzaba el enfoque multicolor con el que se concebía este «Mirar un cuadro».

El programa tenía otro objetivo no desdeñable y era el fomento de los museos, primordialmente el Museo del Prado, pues en la primera temporada creo que todos los programas se hacían allí. Fue en la segunda temporada cuando se extendió la perspectiva a otros museos españoles, en los que se mostraba, con toda probabilidad, el cuadro estrella; en la imagen que inicia esta reseña tenemos precisamente «La cueva de Covadonga» de Pérez Villaamil, sito en el Museo de Bellas Artes de Asturias, que se analizó en el programa.

Obviamente aquel recuerdo que hacía con Miguel Ángel Angosto era también una reflexión, la de una televisión pública, la única, que dedicaba muchos espacios a la cultura, de hecho, su 2ª cadena (como la gente de antaño la recordamos) era un canal alternativo y de divulgación. No me parece que fuera una propuesta exenta de calidad, aunque aquella televisión pública tuviera sus errores, lo cierto es que no tenían cabida los programas basura y vacíos que nos martillean en muchos canales. Porque, no lo olvidemos, cambiamos una televisión con dos botones razonablemente buena, por un mando a distancia con decenas de propuestas a cual más pobre.

Este programa era el ejemplo fidedigno de una televisión cultural, una televisión que pretendía educar, en la medida de lo posible, desde esa caja que hace treinta años ya se revelaba como una caja insensible, «la caja tonta», que prácticamente era siempre unidireccional, soltaba y soltaba, sin que el televidente apenas recibiera estímulo o cualquier información que le ayudara a crecer como persona. Al menos programas como este contribuían a que esta concepción se rompiera de vez en cuando.

Ha caído demasiado en el olvido en el programa y jamás se ha repuesto, ni tampoco se ha planteado TVE hacer nuevas entregas, lo que no estaría nada mal, y repito, cada vez que me asomo a un museo y veo un cuadro trato de leer algo más que lo que me ofrece un primer vistazo.

Por otro lado, después de haber visionado algunos programas he verificado que es una estupenda herramienta pedagógica, están los cuadros más importantes que tenemos en España, y por supuesto, en el Museo del Prado, nuestra más importante pinacoteca; de manera que puede resultar tremendamente útil para niños y jóvenes que tengan que hacer algún trabajo para la escuela o el instituto, es un apoyo magnífico.

En fin, que a buen seguro que la gente de mi generación ha visto alguna vez este mítico programa y le traerá buenos recuerdos, aunque sólo fuera porque no había más canales donde elegir y nuestro tiempo libre también pasaba, como ahora, por consumir televisión.

sábado, 12 de julio de 2014

"EL VIENTO DE LA LUNA", DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Muchas anécdotas y situaciones curiosas me ha generado el hecho de crear este blog y mantenerlo regularmente cada semana con un articulillo nuevo, que no es ni más ni menos que el reflejo de lo que voy haciendo en mi tiempo libre; a este respecto, el sentido de bitácora que tiene un blog, cobra en este su significado más exacto.

Pues ocurrió que un domingo de hace unos tres o cuatro meses una buena vecina que, en su momento, me confesó que era asidua a este mi blog, llamó a mi casa y me ofreció dos libros de Muñoz Molina, al hilo de la opinión que yo había mostrado acerca de un reciente y mordaz ensayo de este autor titulado «Todo lo que era sólido».

Como reza el refrán, que yo he escuchado a los más viejos «El que tiene un buen vecino tiene un buen matino», o algo parecido, para dar a entender que tener un buen vecino es realmente un tesoro, tengo la suerte de mantener buenas relaciones de vecindad con bastantes personas que viven en mi alrededor, en especial las relaciones las mantiene mi esposa, que pasa más tiempo en el hogar, pero no rehuyo el contacto con mis vecinos, aunque mi carácter algo frío me hace estar algunas veces distante.

Pues eso, mi vecina Trini, a la que tengo por amiga, me ofreció este «El viento de la Luna» y «El jinete polaco», y todo ello venía porque, de algún modo, en mi crítica de «Todo lo que era sólido», me inclinaba a pensar que Muñoz Molina se desempeñaba mejor en el ensayo, en el artículo periodístico, en el relato costumbrista, y yo lo veía perdiendo enteros en la novela pura, donde en mi opinión bajaba su caché. Esto es notablemente pretencioso por mi parte, tratándose del prestigioso Antonio Muñoz Molina, todo un Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Ya le dije a Trini que, en su momento, leí «El jinete polaco», pero que el otro no, y ella precisamente me recomendaba fervientemente este que traigo ahora aquí, pues le remontaba a su Torreperogil natal, localidad cercana y con un fuerte influjo de la Úbeda comercial y bulliciosa, como lo han sido y lo siguen siendo un montón de pueblos de la parte oriental de la provincia de Jaén. A ella le recordaba el libro tantas vivencias en esa Úbeda de Muñoz Molina (en el libro denominada Mágina), si no de finales de los 60, en donde se recrea la acción, sí de los 70.

Nada dista ese escenario y sobre todo la parte costumbrista con el que los habitantes de la provincia de Jaén, somos capaces de identificar e identificarnos. Los recuerdos de nuestros antepasados que trabajaban en el campo de sol a sol, comunidades rurales donde la percepción de los adelantos se apreciaba tan lenta como las glaciaciones. También yo he vivido, de algún modo, ese influjo ubetense, mis padres ambos nacidos en Begíjar, han tenido esa tendencia casi respetuosa, de afirmación de sus raíces al ir a comprar a Úbeda, aunque viviéramos en Linares. De revivir de vez en vez, esas entradas a Los Biedma, donde los dependientes y especialmente los dueños, te recibían a voces, de una manera rayana en la impertinencia, contraria de todo punto a los cánones del comercio, fueron unos adelantados a los chinos; también de nuestras visitas a la zapatería El Rayo, o al Métrico; paseos apresurados con esa figura siniestra de la estatua del General Saro divisando la plaza que lleva su nombre, que como recuerda Muñoz Molina estaba agujereada por disparos de bala, y lo era a mi parecer, siniestra precisamente por el recuerdo de lo que pudo ocurrir en el pasado. Una Úbeda, en definitiva, histórica y señorial, donde sus gentes también lo parecían y lo parecen, más educadas que en otros lugares, y una Úbeda siempre gélida en invierno que en sus paseos parece realmente una ciudad más castellana que andaluza.

Pues no se trata de una novela, sinceramente no lo es, apenas pasa nada, no existe trama novelesca y sí relatos vivenciales del escritor, recuerdos de su infancia y de su juventud, que a buen seguro son absolutamente reales, desconozco si por él mismo o por experiencias cercanas a él. Ahí está la esencia de esta especie de ensayo novelesco que reseña un ciclo vital del personaje del propio Antonio Muñoz Molina en su adolescencia, mostrado en paralelo con la llegada del hombre a la Luna en 1969. El cómo el protagonista vive las estrecheces de una existencia sin grandes alardes, donde se ve integrado en un mundo del que quiere desafectarse sin maldad, por ese impulso personal hacia el conocimiento que le permitirá abrirse camino en el mundo. Algo que vivió realmente, pues Antonio es un hombre de mundo que voló desde muy joven; acostumbra a tocar todo tipo de asuntos, incluidos los científicos, en su colaboración mensual en la revista «Muy Interesante», de la que soy un abnegado seguidor.

Por esas vivencias pasan también sus inclinaciones sexuales de adolescente, su educación y el influjo de haber pertenecido a una escuela regida por una congregación religiosa, los recuerdos del pasado reciente que aún no ha olvidado la Guerra Civil (estamos hablando de finales de los años 60), de cómo una ciudad va poco a poco enchufándose a la modernidad. Particularmente me emociona rememorar los tiempos de la aceituna, el vocabulario propio de esta faena tan arraigada en la provincia de Jaén, y donde claramente me he sentido identificado.

No pasa nada, pero realmente pasan muchas cosas, en el universo vecinal tan anónimo y a la par tan cargado de vida, se suceden personajes que nunca pasarán a la historia, que no fueron nada ni nadie, pero que para el autor supusieron pequeñas tramas que esculpirían su acerbo personal.

Es un libro ameno de leer, excesivamente rimbombante en algunos pasajes, donde Muñoz Molina se recrea con su pluma elocuente, pero que a veces sobra por repetitivo.

Queda dicha que me ha gustado, aunque en el apartado de lo menos bueno, el final del libro se queda un poco liviano, la fusión entre la realidad de Mágina y los avatares de los primeros hombres que pisaron la Luna no termina de llegar a un punto común. Y en lo que respecta a la faceta vital del protagonista, también se pierde un poco el hilo al final, con unos saltos en el tiempo que despistan un poco. En todo caso, el fin es bueno, y el relato es emotivo, el de un escenario que jamás se volverá a repetir en nuestras vidas, por fortuna en lo malo, y que quedará en nuestras neuronas para siempre.

sábado, 5 de julio de 2014

"IF..." DE LINDSAY ANDERSON

Si «La naranja mecánica» fue una película irreverente aparte de otros muchos calificativos, esta «If...» lo es en grado sumo, tal vez sea el principal. Ciertas similitudes incidentales existen entre una película y otra, ese grado de irreverencia, el punto de violencia, la época de rodaje y en la que se sitúa la acción, los lugares (en Inglaterra) donde se desarrolla y un excelso Malcolm McDowell protagonista de ambas cintas que con su cara de niño malcriado inunda la escena en la que se halla.

Pero amén de eso las películas son diametralmente opuestas, esta «If...» es ante todo una desconocida para el gran público, mientras que la otra es un referente para los cinéfilos y parada obligada para todo aquel que quiera conocer la historia del cine universal, y apenas tres años separan a una de otra.

Su director Lindsay Anderson se aventura en un proyecto transgresor mirado desde la distancia, sobre todo porque incide en el sistema educativo británico en una época concreta, finales de los 60, en la que mundialmente se consideraba a los internados británicos como un modelo formativo y educacional al que acudían los hijos de los burgueses y aquellos adinerados que vivían en las colonias británicas y que deseaban para los suyos una educación ortodoxa y recta. Anderson le pega una puñalada trapera a esta estructura, llevándose por delante a las instituciones, al Estado y hasta a la Iglesia (me inclino a pensar que es católica y no anglicana, aunque no lo tengo claro).

La transgresión de la película se refleja, aparte de su temática, también en su forma de discurrir, algunos detalles nos ofrecen ese panorama, la alternancia de escenas en blanco y negro y color, el que no se reconoce el hilo argumental hasta más allá de su ecuador, el balanceo entre lo trágico y lo cómico y algunas escenas surrealistas que pueden desconcertar si no se las examina con suficiente perspectiva.

Un sistema jerárquico al más puro estilo militar ensalza a los veteranos y humilla a los más jóvenes, ello se adereza con el reiterado ensimismamiento de los que tienen que mandar, constantemente mirando su ombligo y desinteresados en la educación de las personas más allá de la educación en las aulas; eso generará distorsiones en todos los estudiantes; algo que se refleja en el día a día, las novatadas o los tratos humillantes que los que tienen que vigilar eluden, esto ha ocurrido y seguirá ocurriendo por los siglos de los siglos.

Como siempre también, los más malos, no sé si por esa justicia automática, ¿divina?, que a veces deseamos que haya en el mundo, pues son los que más se divierten, pero son también los más damnificados y llevarán hasta sus últimas consecuencias su irreverencia.

Son niños bien, no lo olvidemos, son chicos que por sus antecedentes familiares han gozado de una educación privilegiada y cuentan, tal vez por dejadez de la familia que prefiere recluirlos y olvidar, con una economía holgada para caprichos de todo tipo; esa medida de los ricos ha hecho no pocas veces que les salga el tiro por la culata.

Este internado de pago es de los caros, eso se percibe no sólo en la elegante indumentaria, excesiva, de los estudiantes, sino en las habitaciones individuales o los espacios de estudio; penurias pasan pocas, más allá de la rancia disciplina, esa jerarquía cruel y ciega que desalentará a algunos.

Por cierto que los críticos de la película no se han puesto de acuerdo del todo en explicar la alternancia de escenas en color y blanco y negro. Yo al principio traté de buscarle su sentido, sinceramente creo que es intencionado, aunque no he alcanzado a descubrir la intención, tal vez debería verla más veces. La explicación oficial no puede ser más simple, el presupuesto de la película era muy ajustado y se decidió rodar parte de la misma en blanco y negro para ahorrar costes.

La película hace críticas directas al sistema, pero también hace guiños a otros asuntos que el director no quiere dejar pasar por alto aunque sean de pasada: el sexo, la homosexualidad, los pequeños vicios juveniles (alcohol y tabaco), los movimientos revolucionarios de América Latina, la guerra de Vietnam, el África negra, la anarquía... Ah, y un pequeño guiño a España, este sin ninguna intención, en una de las secuencias más gamberras, aparece en toda su inmensidad una preciosa motocicleta Ossa que a buen seguro era el sueño de los jóvenes de aquella época.

En cuanto a las escenas surrealistas, algunas son difíciles de encajar en la película por poco creíbles y otras, bien traídas, desmontan la tensión que la película tiene, dándole un toque cómico. Especialmente soberbia es aquella del reverendo del internado que después de que alguno le gaste una broma pesadísima, es capaz de perdonar saliendo desde su refugio ¡de un cajón!, ubicado en la habitación del rector donde permanece postrado.

Y para rematar la cinta, un soniquete envolvente que emociona en los momentos más recalcitrantes, una bellísima y desconocida música hasta ahora para mí, el Sanctus de la Missa Luba, una versión de la Misa latina basada en canciones tradicionales congoleñas y cantada por niños y adolescentes de dicha nacionalidad, sencillamente espectacular.

Por último, esta película de 1968, menudo año, con ese aire retro y esos peinados infames de los niños y los más jóvenes, y esas patillacas interminables de los no tan jóvenes, permite dar luz a una realidad que, tal vez, hasta ese momento estaba distorsionada.

En fin, una película absolutamente recomendable que entretiene sobremanera y que, por supuesto, tiene varias interpretaciones, sin dejar a nadie indiferente.

sábado, 28 de junio de 2014

CHIGAGO, THE WINDY CITY O EL RECUERDO DE MI VIAJE AL CENTRO DEL MUNDO

El río Chicago, un río que se dio la vuelta
Coincidiendo con este Mundial de fútbol que ha terminado de forma tan apresurada para España (qué se le va a hacer, así es el deporte, unas veces se gana y otras se pierde); pues como pequeño homenaje a a este evento deportivo que despierta pasiones por todo el mundo, no quería posponer esta reseña para que no resultara extemporánea.

Pues hace veinte años, cuando el fútbol era mi deporte favorito, y ciertamente mi pasión, me aventuré a ir al Mundial de Estados Unidos 1994; aprovechando una serie de circunstancias tuve la suerte de poder viajar allí para vivir durante aproximadamente un mes uno de los capítulos más apasionantes de mi vida.

Desde luego la ocasión fue pintiparada, yo tenía un amigo estadounidense que había estado de intercambio en Linares en 3º de BUP y habíamos mantenido el contacto. No sólo mantuvimos las relaciones sino que mi amigo Andy Pollock lo sigue siendo en el presente, porque se casó con una española y vive hoy en Madrid. No pasan menos de seis meses sin que hablemos por teléfono, aunque sinceramente yo soy más dejado, y él me ha hecho varias visitas con su familia a mi casa y yo, aparte de dos momentos puntuales, apenas he ido a verlo a la capital de España, así que esa deuda la tengo y espero solventarla pronto.

Pues eso que Andy vivía por entonces en Chicago, y esa era una de las sedes del Mundial, pensé que sería mucha casualidad que a España le tocara jugar allí algún partido de la primera fase y... ¡ocurrió! Sí, nuestra selección se alojaría en Chicago y jugaría allí dos partidos de esa fase, en concreto, el segundo frente a Alemania (partidazo) y el tercero contra Bolivia.

Aquel era un viaje especial, yo tenía 26 años, estaba en la flor de la vida, y por supuesto, me enfrentaba a aquel viaje como si fuera un rito iniciático, lo del Mundial era el reclamo perfecto, pero eso me daría pie para visitar a mi amigo Andy, honrarle por sus sucesivas visitas sin la debida contrapartida, y para conocer Estados Unidos, ese país que, queramos o no, era y es el centro de la Tierra. En este sentido, había que aprovechar ese viaje para estar allí un tiempecito relativamente amplio, así que permanecería allí en torno a un mes.

Ni que decir tiene que yo por aquella época manejaba un buen nivel de inglés que ahora he perdido considerablemente. No es que fuera una lumbrera, pero mi nivelillo me permitía defenderme en conversaciones simples, es más, a medida que pasaban los días tenía esa natural sensación de que si hubiera estado allí más tiempo terminaría por entenderlo todo y hablar como si tal cosa, la inmersión lingüística que se llama.

La experiencia comenzó desde el momento en que llegué a Barajas, no me había montado en un avión en mi vida, ni siquiera había asomado por un aeropuerto. Así que allí estaba el chico de provincias viviendo desde cero emociones que jamás había experimentado, y así del tirón un viaje para cruzar el charco; recuerdo que al montarme en el avión le pregunté a una mujer y su hija cómo se ponía el cinturón porque no tenía ni idea, luego fue todo coser y cantar.

Por cierto, para rizar el rizo, el vuelo no era directo, sino que tenía escala en Newark (el segundo aeropuerto de Nueva York), donde tenía que coger otro avión que me llevara a Chicago. También le dije a una pareja de jóvenes españoles que iban para Nueva Orleans que qué tenía que hacer, sobre todo porque no sabía lo que era un transfer, ni que mis maletas no las vería hasta el final. Newark no era un aeropuerto era una auténtica ciudad aeroportuaria, desde una terminal a otra pude estar caminando perfectamente veinte minutos, podría ser varias veces Barajas, en la escasa referencia que yo había tomado una horas antes en mi bautismo aéreo.

Este segundo avión era mucho más pequeño y ya tuve la sensación de volar sin paracaídas, pues allí ya nadie hablaba español y yo tenía la sensación de ser un guiri, el único, por primera vez en mi vida, qué curioso.

Cuando llegué a la aduana un funcionario me preguntó en inglés que a qué venía a Estados Unidos y yo ni corto ni perezoso le respondí que a ver ganar a España el Mundial de fútbol, no recuerdo muy bien si me miró con cara de extrañado, aunque es evidente que en Estados Unidos no había pasión por el fútbol, ninguna, en un país tan grande ese acontecimiento deportivo no llegaba a la mayoría de la población, era un evento deportivo más, en sus calles no se apreciaba ni lo más mínimo que eso se estuviera celebrando allí.

A la salida de la terminal me esperaba Andy y allí se iniciaba verdaderamente mi aventura. Apenas me acuerdo del viaje hacia su domicilio para dejar mis bártulos, pero si que recuerdo que me llevó a cenar a un restaurante español regentado por estadounidenses, con objeto de que mi adaptación fuera suave. Me llamó la atención que hubiera en ese negocio más trabajadores casi que clientes, pero esa era la norma en Estados Unidos, un tipo que te acomoda, otro que te echa agua todo el rato en un vaso, otro que te sirve, uno que te cobra..., pleno empleo total.

Al final de aquella jornada maratoniana me acosté a las 12 de la noche hora de Chicago que eran las 7 de la mañana en España; dormí como un lirón mis 8 horas, era lo normal, aunque en teoría me estaba levantando a las 3 de la tarde hora de España, cosa que jamás he hecho en mi vida.

Andy trabajaba de consultor en la multinacional Arthur Andersen y lo hacía por la mañana y parte de la tarde, hasta las 17.00 h., y sus compañeros de piso (era una casita realmente) también, así que mi misión era ocupar todo este tiempo, haciendo turismo por mi cuenta. Él había previsto que yo pudiera ver partidos del Mundial en su casa, y allí no había ningún canal que echara en abierto eso del soccer, así que esa primera mañana recibí a dos operarios de raza negra que vinieron a poner la televisión por cable, les pregunté a quién extendía el cheque en blanco que me había dejado mi amigo y así de buenas a primeras firmé, tal vez, el primer cheque de mi vida, a nombre de Chicago Cable.

Junto a un coche antiguo, de esos de las pelis
Buena parte de ese mes, en el que yo estaba muchas horas libre por el trabajo de Andy los días laborables, lo dediqué a visitar ampliamente Chicago, y este es en realidad mi particular homenaje a aquella ciudad ensoñadora que me pateé de arriba y abajo, si es que una urbe de más de nueve millones de habitantes se podía patear en ese sentido.

Hay que considerar que Chicago está a las orillas del lago Michigan que hace una curva en el mapa de Estados Unidos y los suburbios de esta ciudad se meten muy claramente en el estado de Indiana por debajo y en el de Wisconsin por arriba, una bestialidad, con lo que de punta a punta en su lado más largo a buen seguro que había no menos de 150 km. Y según dicen sigue creciendo enormemente siendo una de las ciudades más extensas del mundo (México D.F. y Tokio no le irán a la zaga), o sea, que es como una invasión obligada; no sé cómo se organizará un municipio así donde tienes que prestar servicios cuando tus vecinos viven en otro estado, una locura, pero una locura, que nadie lo dude, bien organizada.

Yo solía alternar los recorridos en metro (el metro de Chicago no es subterráneo sino que va a unos cinco o diez metros del suelo), con otros a pie para acceder al centro, lo que se denominaba el Mall, lleno de negocios y rascacielos. Tan sólo una advertencia de mi amigo Andy, nunca acceder si iba a pie por una zona relativamente céntrica que era muy conflictiva, jamás lo podré olvidar, Cabrini Green. A todo esto, tanto que se hablaba y se habla de la delincuencia en Estados Unidos, yo no tuve el más mínimo problema durante mi estancia allí, me sentía muy seguro.

Pude ver innumerables museos, los había de todo y para todos los gustos, recuerdo los importantes, uno de pintura con el cuadro de Van Gogh del dormitorio, o el sensacional de Historia Natural, pero también recuerdo uno pequeñito de Historia de la medicina, donde una joven hispana me ayudó a enterarme un poco de los recorridos. También visité la Bolsa de Chicago, con individuos con chaquetas de vivos colores que vociferaban y rompían papeles para tirarlos al suelo.

Degustando una Grape Soda
Por cierto, que no dude nadie de que Estados Unidos se convertirá con el tiempo en casi bilingüe, porque se calculaba que había no menos de un millón de hispanohablantes. Y eso ayudaba, porque cuando tenías algún problemilla o te atrancabas con el idioma tirabas del de Cervantes cuando le veías la pinta al que tenías enfrente. De hecho, un día me subí al metro y llevaba un billete grande, el tipo, claramente hispano, me comentó en inglés que no estaban autorizados a devolver billetes grandes. Usé el recurso y le dije en español que no tenía más pequeño, y él accedió con amabilidad a cambiarme, respondiéndome lógicamente en español.

Chicago tenía esa estructuración de las grandes ciudades, mucha mole de cemento, pero también espacios para el relax, grandes parques y jardines donde reposar y olvidarse del ruido infernal de la gran ciudad. Y luego la ciudad tenía lago, el lago Michigan, que es tan enorme que realmente es como si fuera un mar, de hecho, la orilla era una playa, donde la gente disfrutaba de días de playa, y donde yo me bañé una vez en ese mar de agua dulce, pero donde había su oleaje tal cual si estuviéramos en el mar Mediterráneo.

A Chicago se le dice que es la windy city (la ciudad del viento), y bien es cierto que no hace el calor que en España, pero la mayoría de los días hizo un tiempo muy agradable, primaveral, y apenas un día hizo muy malo, que bajó la temperatura a seis o siete grados. Ahora, eso sí, cuando había tormenta parecía que el mundo se iba a acabar, el fenómeno tiene su explicación científica y es que hay zonas del mundo donde el ruido de los truenos y el aparato eléctrico es más severo que en otras, creo que tiene que ver con los accidentes geográficos que hay alrededor (en Chicago no había ni una montaña a varios kilómetros a la redonda).

Esta ciudad era el paradigma de los Estados Unidos, todo era a lo grande, la foto que abre esta entradilla me muestra a mí asomado al río Chicago. Curiosamente por un problema de organización de la ciudad y también sanitario fue el primer río del mundo que cambió su cauce, así que en el punto donde me tomé esa instantánea, en el siglo XIX el agua fluía en el sentido contrario.

También era y es la ciudad de los rascacielos, parece que en Estados Unidos todas lo son pero el skyline de Chicago es de los más impresionantes del mundo. Me quedo con dos edificios singulares, el elegante John Hancock Building, y Sears Towers, que en el momento de su inauguración fue el edificio más alto del mundo, a él subí pagando unos dolares en un ascensor que franqueaba los ciento y pico pisos en un suspiro; desde arriba veías Chicago entero, pero se perdía la mirada y no veías su fin, impresionante. Ambos edificios, por cierto, tienen unas antenas con luces en su extremos para hacerse visibles a los aviones.

Desde aquel viaje siempre he reconocido Chicago en las innumerables películas que allí se han rodado, su línea de rascacielos, su metro suspendido varios metros sobre el nivel del suelo, o la Estación de tren de Chicago, donde se sucede la escena final del carrito de niño en la película «Los intocables de Elliot Ness», son detalles de una urbe inconfundible. Por poner otro ejemplo, también «El fugitivo», con Harrison Ford como protagonista, discurre allí.

¡Qué impresionante era aquella ciudad hace veinte años! Era la modernidad, ni España tiene una fisonomía hoy como la de Estados Unidos entonces, luego nos llevan veinte años de avances o más. Esa modernidad la veías en todo, en su urbanismo, en la forma de vestir de la gente, en el glamour de los escaparates de tiendas y grandes almacenes...

Hoy será más impresionante, una ciudad cosmopolita y bulliciosa, donde los miles y miles de trabajadores del sector terciario caminaban con rapidez a eso de las 12 de la mañana para comer, ellos con sus trajes impecables y ellas con sus vestidos de fiesta un tanto horteritas y sus zapatillas de deporte con calcetines blancos (medias por debajo). Y sí, la comida era un poco basura, no que no la hubiera elaborada en Chicago, sino que la gente necesitaba un sitio donde comer rápido y esa oferta se cubría a la perfección.

Al hilo de esto hay que decir que jamás vi más gente gorda como allí, aquí es difícil ver a una persona con obesidad mórbida, y en Chicago veías personas muy gordas y otras enfermas por el peso que paseaban por la calle de la forma más normal. Está claro que, en parte era por los hábitos alimenticios, y en parte, imagino que por la vida sedentaria.

El indicativo de que la diferencia de comidas entre Europa y Estados Unidos es enorme es que no existían las barras de pan, todo era pan de molde. En verdad sí que existían aunque fuera de los canales comerciales.

Llegaron los partidos de la selección española, Andy había conseguido las entradas de la Federación Española de Fútbol y, por supuesto, estuvimos vibrando con aficionados españoles en Soldier Field, un estadio que normalmente alberga fútbol americano. Había andaluces e incluso jiennenses con el que teníamos conocidos en común. El de Alemania fue un partido de esos potentes, donde los españoles dieron primero, pero los alemanes eran más peligrosos que una caja de bombas, al final empate a uno y contentos todos. A la salida me entrevistó Canal Sur (cuando las televisiones tenían dinero y derrochaban sin mirar).

En el último partido de esa fase teníamos que ganar a Bolivia sí o sí, hubo algunos momentos de tensión en el partido, pero nunca peligró la victoria y allí disfrutamos con el 3 – 1, y que fuera pasando el siguiente.

Por cierto, que el primer partido lo vi en la tele en otro restaurante español, que si no recuerdo mal se llamaba el Ibérico, ahí sí que lo pasamos mal porque Corea del Sur nos empató a 2 en los últimos cinco minutos cuando ganábamos 2 a 0 tranquilamente.

Tengo una anécdota muy curiosa que con el tiempo ha cobrado valor. En ese restaurante estaba el periodista español Pedro González, el que comentaba siempre el Tour de Francia en TVE, antes del partido lo vi en la puerta y lo saludé, le dije que era de Linares y me contestó, jamás lo podré olvidar, que su mujer también era de Linares. Pedro González nos dejaría en 1998 con 48 años a causa de un infarto.

Viví, como no podía ser de otro modo, la noche de Chicago, marchón absoluto donde la bebida de referencia era la cerveza. Para entrar en cualquier garito te pedían siempre el carné (a mí el pasaporte), por mucha cara de viejo que pudieras tener, eran muy estrictos con lo de la edad. De aquellos sitios tengo un especial recuerdo de Red Dog, un local de ambiente que era lo más in de Chicago en aquella época, era vanguardia absoluta. Estados Unidos era el país de las oportunidades en todos los sentidos, y las chicas eran claramente más accesibles que en España, ahí lo dejo.

Un americano más en Comiskey Park
Por cierto que, al hilo de los partidos del Mundial, tuvimos la oportunidad de ir a ver un partido un tanto intrascendente para mí, como era el Estados Unidos – Suiza que tenía la peculiaridad de que era el primer partido de la historia de los Mundiales de fútbol que se iba a celebrar en un estadio con techo, concretamente el Pontiac Silverdome de Detroit. Andy tenía la posibilidad de conseguir unas entradas, pero teníamos que darnos una paliza en coche de no menos de dieciséis horas de ida y vuelta en coche, al final no fuimos.

La verdad es que me pongo a contar detalles de aquel viaje singular y no acabo, por momentos fue como vivir una película, es más, nada de lo que sale en las películas norteamericanas es inventado, todo es real, pude vivir con Andy una visita a un parque de atracciones, la primera vez en mi vida (Six Flags Great America); fuimos a jugar a los bolos; a echar un partido de baloncesto con unos negros buenísimos donde conseguí meter un par de canastas (por aquel entonces yo jugaba mucho al baloncesto); acudimos a una hamburguesería montados en el coche y nos sirvieron allí mismo; fuimos a ver los Chicago White Sox a Comiskey Park en un partido de béisbol... y ganaron; acudimos al cine con nuestras palomitas para ver una peli, tampoco la podré olvidar nunca, era «Speed».

Nuestra excursión en canoa
También tuvimos Andy y yo un acercamiento a la Norteamérica rural, pues fuimos un fin de semana a ver a sus padres a un pueblito de Wisconsin, Beloit, del tamaño de Andújar. Sus padres vivían en el campo en una típica casa de madera con un montón de acres alrededor de campo virgen. Me trataron fantástico y allí viví otro episodio de película, pues hicimos Andy y yo junto con su perra de la raza labrador Sierra, una excursión en canoa río abajo, salimos desde un punto, navegamos unos kilómetros y en el punto de llegada sus padres nos habían dejado un vehículo para regresar a casa; por supuesto, llevábamos nuestra merienda típicamente estadounidense, el pollo al estilo Kentucky.

Al lado del Capitolio de Indiana
Otro fin de semana estuvimos en Madison, también en Wisconsin visitando la universidad de Andy y a sus amigos de estudios. También fue una experiencia inenarrable el poder apreciar el ambiente universitario, de hecho, estuve en el mismo campus donde se celebraba el fin de curso. Sin saber lo que se aprendía allí ni si había nivel o no, lo cierto es que la camaradería, el crisol de razas, el espíritu, me dio una envidia tremenda.

Y, por último, porque no tengo ganas de acabar pero hay que hacerlo, también tuve la experiencia de visitar Indianápolis. Andy tenía que ir a hacer un inventario a una fábrica encargado por su empresa, así que viajamos cuatro horas en coche, Andy me dejó conducir su coche Subaru Imprezza de cambio automático (todos los coches en Estados Unidos lo son desde los años 60, somos los europeos los que preferimos el cambio manual para calentarnos más la cabeza) por aquellas fabulosas autopistas, era el amo de la carretera. Hicimos noche en Indianápolis y por la mañana mientras mi amigo hacía su encargo, yo visité lo que me dio tiempo de aquella ciudad.

Volví a España con esa experiencia única de haber estado en Chicago, en los Estados Unidos de América, el centro del mundo, y un lugar donde a cada minuto vivías algo nuevo, inolvidable.

viernes, 20 de junio de 2014

"LA FUGA DE COLDITZ", LA 2ª GUERRA MUNDIAL CON MUCHO RESPETO

Casi me llegó esta serie a la mente de casualidad, la recordaba vagamente, accedí a ella por aquello de que trato de hacer memoria con las series de antaño y esta me sonaba más que nada por su peculiar título. Aun más, fue ver su temática, un campo de prisioneros aliados en la Alemania nazi durante la 2ª Guerra Mundial, ambientado en un castillo, y me apresté a verla sin pausa.

Curiosamente esta serie mítica de la BBC británica se grabó entre 1972 y 1974, y no se emitió en España, a través de TVE hasta unos cuantos años después, en concreto, a partir de marzo de 1986, en la La 1, los sábados a media tarde, es decir, una franja horaria magnífica. Me pilló tal vez en una época en la que estaba más centrado en los estudios y el disfrute moderado de la vida, y no consumía ciertamente demasiado producto televisivo, también es cierto que esta temática que hoy me apasiona no era por entonces demasiado santo de mi devoción.

Y la serie es una auténtica joya, aunque la temática es la que es, y tiene como centro neurálgico los sucesivos intentos de fuga de los prisioneros de su cautiverio, tiene más elementos sorprendentes, por un lado, que la serie tiene más diálogos que acción y el gran valor de la misma es la fuerza que desprenden sus actores, sus personajes; por otro lado, que nadie piense que la convivencia entre nazis y aliados es cruenta o salvaje, nada de eso, es muy correcta, y eso es mucho de agradecer en una serie que será de las pocas en las que no todos los nazis son malos, por aquello de que la historia la escriben los que ganan, ni en todos los campos de concentración imagino que se trató a los prisioneros de forma inhumana, viniendo de una productora inglesa la elegancia es absoluta.

Hay que decir a este respecto, que el castillo de Colditz se erige como una fortaleza preñada de medidas de seguridad, pero a la par inundada de habitaciones secretas, conductos y túneles que permiten a los prisioneros ejercer sus planes de fuga. Dadas las condiciones del castillo, este está predestinado para acoger a mandos de las tropas aliadas, generalmente oficiales y suboficiales, que tienen una trayectoria previa de intentos de fuga, por lo que en este castillo van a encontrar, teóricamente, la horma de su zapato.

Muchos personajes van sucediéndose a lo largo de sus veintiochos capítulos, distribuidos en dos temporadas, pero hay un grupo de protagonistas por ambos bandos que son los auténticos pilares de la serie, y a través de los cuales giran los diferentes capítulos.

Por el lado alemán tenemos fundamentalmente a un hombre justo y exquisito con el estricto cumplimiento de la Convención de Ginebra, el Comandante (Bernard Hepton) del que no trasciende su apellido, pero sí su nombre Karl; igualmente al aparentemente frío, pero siempre cumplidor de las normas y correcto hasta el límite, un tipo con un rostro de rasgos muy duros, el capitán Uhlmann (Hans Meyer); y al enchufado, rencoroso y siempre exigente, mayor Mohn (Anthony Valentine).

Por el otro bando, y al ser una serie británica hay preeminencia de personajes de dicha nacionalidad, aunque también algún estadounidense. Así entre otros, tenemos al coronel Preston (Jack Hedley), el correctísimo alto mando de las tropas de Su Majestad, siempre dispuesto a defender a los suyos y apoyando por doquier las fugas razonables; el capitán Grant (Edward Hardwicke), el oficial de fugas en la primera temporada de la serie, un tipo meticuloso y analista; el teniente Carter (David McCallum), el oficial de fugas en la segunda temporada, un individuo nervioso y sólo pensando en cómo maquinar las susodichas fugas; el teniente Player (Christopher Neame), que vivió de joven en Alemania y siempre tiene ese plus que le da el idioma para ser el comodín en todas y cada una de las fugas. Por el lado norteamericano cabe citar al teniente Carrington (Robert Wagner), voluntario piloto de vuelo con las tropas británicas que empezará siendo cuestionado y acabará siendo un referente.

La serie está perfectamente ambientada, es evidente que no se haría en el auténtico castillo de Colditz, pero sí que el espacio elegido ofrecía una idea muy veraz de lo que fue aquel exilio obligado. De hecho, la mayor parte de lo que reflejan los episodios está basado en hechos reales. En ese escenario figurado, que seguro que fue algún palacio o fortaleza en Gran Bretaña, las escenas se sitúan o en el patio principal o en las habitaciones de los prisioneros británicos, y por supuesto, en el despacho del Comandante y la habitación particular del coronel Preston.

Esa ambientación está rematada por un fantástico atrezo que no deja ningún cabo histórico suelto, en un impresionante trabajo del equipo técnico de la serie. Aunque sea anecdótico, me resultó curioso ver unas chulísimas maquetas del castillo, teóricamente realizadas por los prisioneros, fabricadas con las cajas de víveres que proporcionaba la Cruz Roja.

En el castillo no sólo hay prisioneros británicos y unos pocos estadounidenses, también hay polacos, franceses y holandeses, con los que también existen sus cuitas, fugas conjuntas, otras veces proyectos de fuga que se interfieren, respeto mutuo y puesta en común de personas con culturas e identidades diferentes.

Sin duda, el elemento principal de la serie son los diálogos, aparte de girar todo en torno a las fugas. Hay muchos primeros planos, mucha interpretación teatral, donde los actores dan lo mejor de sí, en una actuación absolutamente convincente, espectacular; porque esto es lo mejor de la serie.

Bajo mi punto de vista, la serie tenía un problemilla y que yo creo que hizo que la gente en España se desenganchara pronto de la misma, y es que los cuatro primeros episodios que presentan individualmente a algunos de los personajes principales, son algo pesados, no se sabe muy bien adónde van a llegar, sobre todo porque nada se sabe del posterior desarrollo de la serie. En esta presentación de los personajes se abusa hasta la saciedad de los diálogos y no se añaden las debidas pizcas de acción que hubieran atraído más al gran público. De todas maneras, superados los cuatro primeros capítulos, después la serie es genial.

Los métodos diferentes de fuga se suceden en la serie, algunos simples, otros más elaborados e incluso caben los más rocambolescos. En uno de los episodios más impactantes un asistente médico británico concierta con el coronel Preston, el oficial de fugas y la comisión de fugas, que estrategia para abandonar el castillo consistirá en hacerse pasar por un hombre que ha perdido la cabeza, en un caso clínico, para lo que se embarca en esa misión de convertirse en un enfermo mental, una dura estrategia, en la que conseguirá efectivamente que lo repatrien a Gran Bretaña a costa de perder a la postre, la cabeza para siempre, en una interpretación colosal.

Algún detalle del montaje deja ver en alguna ocasión algún micrófono en el techo; imagino que era inevitable en esa época, donde a la celeridad en las grabaciones, se unía la inexistencia de ordenadores como ahora, impedían un filtrado más exhaustivo de las distintas tomas y grabaciones.

La serie no podía, por lógica, tener una emisión ilimitada, porque sería prostituir las historias reales que se sucedieron en Colditz, y como no podía ser de otro modo, concluye con la ansiada liberación del castillo, anticipada en los capítulos previos con las noticias que de forma clandestina van consiguiendo los prisioneros con radios escondidas, y con el sonido de aviones aliados y bombardeos cerca de su sede.

Por cierto que aunque no es un éxito en sí de esta serie, existe un juego de mesa tipo rol que lleva el mismo título, y que consiste en avituallarse de equipos humanos y materiales de fuga, el objetivo del juego. Del mismo modo, este juego también tiene su versión de ordenador, tipo aventura gráfica.

domingo, 15 de junio de 2014

CHRIS SPHEERIS, OTRO GRIEGO GENIAL PARA LA NEW AGE

No sé cuántos años hace de esto, pero seguramente no menos de veinte. Eran tiempos en los que los aficionados a la música New Age éramos una minoría, más minoritaria aún que la existente en la actualidad.

Los que teníamos afección por esta música tratábamos de hacernos visibles para intercambiar nuestras cintas de casete, que alguien nos había grabado porque había conseguido una copia de no se sabe dónde. Así me pude hacer yo, a principios de los 90 del siglo pasado con una buena colección de discos de esos nuevos músicos que, por supuesto, ahora se queda chica bastando con asomarte a las puertas de Internet.

Pues tampoco recuerdo el cómo ni el porqué, aunque lo cierto es que tomé contacto con alguien de mi entorno con el que no tenía más allá de una relación profesional, y nos pasamos cintas mutuamente, es posible que yo le proporcionara alguna de Lito Vitale o Wim Mertens, y él algunas otras, de las que recuerdo con especial significado a un autor con nombre tan sonoro como el de Chris Spheeris; también recuerdo que me dijo que este compositor había creado su disco para honrar algún acontecimiento deportivo importante (un Mundial de Fútbol o unos Juegos Olímpicos), aunque este extremo no lo he podido corroborar.

Lo que transmite la música de Spheeris es fuerza, es una música dinámica que alienta el espíritu, porque no toda la New Age es música ambiental que se incorpora como un suave susurro a tu oído.

Pues nada, con aquella aportación de ese conocido mío, y que aún lo sigue siendo hoy, aunque ya no hablo jamás de música con él, desde entonces tengo en mi mente la música de Spheeris, y desde luego, es una fantástica recomendación para ambientar una tertulia veraniega sin ruidos estridentes. Es un artista de la fusión, la que más predomina es la New Age, aunque también tiene música con aromas folk, algo de world music, jazz suave, destellos de sacralidad...

A este músico greco-estadounidense, nacido en Milwaukee (Wisconsin), ya se le vieron trazas desde bien jovencito, cuando realizaba sus propias composiciones con la guitarra. Pronto dio el salto y se asoció en su época universitaria con Paul Voudouris al que debe mucho, pues sus mejores melodías están hechas a dúo con él.

Cuando inició su carrera en solitario su música progresó hacia una mayor complejidad, con un incremento en la presencia de ordenadores. Y desde ahí al estrellato de su sector y al anonimato de las masas, porque su música ha estado en televisiones, radios, en campañas comerciales, en competiciones de patinaje sobre hielo, en documentales, en telenovelas; una música sin pretensiones pero a la vez profunda.

Por cierto que la fusión con la música folk no es baladí, no en vano, Spheeris acudía con su familia muchos veranos a su Grecia, y se impregnó de la esencia de sus músicas tradicionales y muy particularmente de aquellos cantos que tenían lugar en las iglesias ortodoxas.

No obstante, los que le conocen observan en la música de Chris unas influencias tan variopintas como las de Los Beatles, Génesis, James Taylor, Cat Stevens, Talking Heads o Joni Mitchell y, por supuesto, como buen griego, también del gran Vangelis, aunque nunca podrá alcanzar su popularidad.

Más de veinticinco años de buenísima música New Age contemplan a Chris Spheeris en un suma y sigue constante, que por el momento no tiene final, por fortuna, y donde ha ido muchas veces unido, aparte de con Voudouris, también con Chip Duncan, Robert Cory o Russell Bond. Un repaso a su carrera ofrece diferentes fases que sería muy meticuloso de precisar, pero someramente se puede decir que hay interculturalidad, romanticismo, intimismo, exotismo y espiritualidad.

Igualmente la versatilidad de sus composiciones ha permitido que el legendario rapero Raekwon versionara tres temas suyos, en ese intento de algunos intérpretes por aprovechar la inherente calidad de las músicas de vanguardia.

Desde su particular centro de inspiración en el desierto de Arizona, donde tiene su hogar, Chris no para de viajar y evolucionar, su música no cesa de recoger influjos y en unas últimas declaraciones señalaba: «A pesar de que mi música es de carácter abstracto, y no pretende transmitir un mensaje en particular, soy muy consciente de la influencia mágica y poderosa que la música puede tener sobre el oyente, por esta razón, llevo conmigo la responsabilidad de lo que comunico a mi público».

Él siempre señala que sus padres lo animaron a los viajes y a permeabilizase de la experiencia de otras culturas, de tal manera que adonde iba recepcionaba sonidos que se convertían para él en todo un vocabulario de sonidos exóticos y motivos musicales. Y efectivamente, como él afirma, aunque su música no tiene letra ni mensaje, habla directamente hacia y desde el espíritu humano.

En esa fusión tiene una composición bellísima, tocada con piano y guitarra denominada curiosamente «Andalu», aunque yo particularmente me quedo con dos temas suyos «Fields of tears» y «Enchantment».

Como es normal, Chris se ha sentido siempre olvidado de los medios de comunicación, pero invito a la gente a que se deje atrapar por su música y entienda si no son ciertas la belleza y espiritualidad de sus melodías.