viernes, 12 de septiembre de 2014

EL USO POLÍTICO DE LAS LENGUAS Y ALGUNAS CURIOSIDADES SOBRE LAS MISMAS

Desde luego qué apasionante es la historia de las diferentes lenguas del mundo, sus evoluciones, sus cambios, su ámbito geográfico... El aprender idiomas, aparte del mío materno, será una espinita que siempre tendré clavada, pero me va a faltar tiempo, me faltarían varias vidas para aprender unos cuantos idiomas.

Es curioso que cuando comenzamos a abordar las vicisitudes de un idioma, tarde o temprano nos encontramos con el poder, con la política, esa que quiere imponer sus designios por razones que para nada miran las necesidades de su población.

Desde que tenemos datos documentados de la historia del mundo, aunque seguramente desde siempre, los gobernantes fueron sabedores de que no había herramienta más fuerte para sojuzgar a los pueblos, para colonizar otras tierras, que la marca del idioma, más allá incluso que la sangre (no era un capricho que a las tropas en los conflictos bélicos se las invitara a cometer desmanes y violaciones para implantar su raza). Por poner un ejemplo gráfico, la colonización de América tenía un potente componente cultural en tanto en cuanto los miembros de la Iglesia que acudían a «domesticar» a los indígenas, no sólo lo hacían para enseñarles el camino hacia Dios, sino para dejar la huella indeleble del español.

Los políticos saben que la inmersión lingüística es un procedimiento fácil, relativamente barato y, sobre todo, muy rápido, para veladamente atraer súbditos hacia sus ideas, es un modo de adoctrinamiento. Y digo que es un procedimiento rapidísimo porque yo he visto muy de cerca cómo mi hijo al que adopté hace apenas dos años, borró de su disco duro mental los dos idiomas que hablaba en su país de origen (me hubiera gustado que los siguiera hablando pero era logísticamente imposible) y adoptó el castellano con tremenda rapidez; algo de lo que me siento artífice, pues hoy día habla con una muy buena dicción, no es perfecta todavía, y tiene un vocabulario que no se diferencia en nada con un niño de su edad. Remedando al rey Juan Carlos, desde luego es algo que me llena de orgullo y...

Esa inmersión a gran escala tiene una estrategia evidente, cortar los vasos comunicantes por donde fluye el idioma y generar un nuevo árbol vigoroso con la savia nueva del idioma que queremos insuflar a la población. Hay también muchos ejemplos, pero uno cercano es el de Filipinas. A finales del siglo XIX la mayoría de los nativos de aquella que fue nuestra colonia dominaban el español, llegaron los estadounidenses en aquel «desastre del 98», y no sólo nos quitaron nuestros valores estratégicos, nuestro impulso económico, sino de un zarpazo, nuestro influjo cultural y, con mayor celeridad aún, nuestras raíces idiomáticas, y hoy todo el mundo habla inglés en Filipinas. En algo más de un siglo el español ha desaparecido de Filipinas, ahora se aprende de nuevas en los colegios, pero como se aprende en cualquier lugar del mundo, no porque esté en la calle. Sí quedaron y quedan una minoría de familias filipinas (unos dicen que unas 2.000 personas, algunos piensan que pueden llegar a las 10.000) que por tradición siguen hablando el español de sus antepasados, que es el español que hablamos hoy en día, pero curiosamente con un acento mexicano, pues los administradores de esta colonia procedían de allí, y ese influjo estaba presente en todo: administración, escuelas, sanidad, iglesia..., es decir, donde importaba.

El análisis muy somero de cualquier idioma nos deja peculiares detalles, singularidades donde, en muchos casos, se detecta la mano del poder, a veces sibilina, pero que denota que detrás ha habido una estrategia clara y concienzuda.

Kemal Atatürk, el que fue primer presidente de la república de Turquía, recordado y aclamado en su país por ser un importante estratega militar, auténtico prohombre y artífice de su modernidad, también sabía de las estrategias lingüísticas y de un plumazo, en los años 20 del siglo pasado, el idioma turco que se escribía con caracteres árabes, pasó a adoptar el alfabeto latino, como una medida para occidentalizar su país. Y a fe que lo consiguió, porque el efecto deseado era el que sus habitantes pudieran acercarse más a Europa que no a Asia, gracias a las similitudes y facilidad que por lectura y escritura pudieran encontrar en la mayoría de idiomas europeos.

Precisamente hoy en día la minúscula Chipre es un escenario de esos donde los ecos de una historia pasada aún están presentes, un país tan pequeño que está separado con una frontera que amén de ser política, también lo es social, los del norte hablan turco, los del sur griego, y son enemigos irreconciliables por el momento, aparte de que no pueden hablar entre sí sin traductor.

Se me viene a la memoria ahora el evidente ejemplo que nosotros tenemos en nuestro país con Gibraltar, los llanitos hablan inglés, y la mayoría hablan español con un rajado acento gaditano. Ese reducto es también una reliquia histórica de hace más de tres siglos, y en esos tres siglos los británicos han procurado que el español coexista con el inglés, pero lo que es más importante, que este último jamás se pierda.

Pero sigamos con las historias curiosas de los idiomas, por si no lo saben en Serbia y Croacia, y en otros países (micropaíses) de la antigua Yugoslavia, se habla el serbocroata, aunque unos lo llaman serbio y otros croata, ¿pueden entenderse entre sí?, perfectamente, ahora bien, un serbio no podrá leer un libro croata, y viceversa, porque los serbios tienen el alfabeto cirílico y los croatas el latino.

El caso radicalmente opuesto ocurre en China donde el idioma normalizado es el mandarín, que ya está extendido por todas las escuelas del país y es el que utilizan los medios de comunicación, pero como base hay que decir que el chino tiene una gran multitud de variantes y que muchos no se entienden entre sí. Sin embargo, el idioma mandarín es ante todo un sistema de símbolos que permite que un chino del norte y otro del sur puedan leer un periódico y entenderlo, aunque no puedan entenderse en una conversación. Por cierto, la fonética del chino es poco inteligible para un español y, sin embargo, no ocurre así con el japonés que fonéticamente es relativamente fácil de pronunciar para un hispanoparlante.

De algún modo, es lo que ocurre con el árabe, también con diversas especificidades geográficas, un árabe occidental, de Marruecos por ejemplo, no se entiende con un árabe del otro extremo islámico, por ejemplo de Omán. El árabe normalizado o moderno es un intento de cohesionar todas esas variedades dialectales, el cual se utiliza en muchas escuelas islámicas y en los medios de comunicación oficiales.

Me da mucha pena cuando escucho o leo la noticia de que ha muerto la última persona que hablaba tal o cual idioma. Este es un hecho irrefrenable, con este mundo global, se calcula (dato UNESCO) que en cien años habrán desaparecido entre el 90 y el 95 % de las lenguas del mundo.

Cuando hablo de globalización en relación con una lengua, me fijo en la realidad de pequeños países que saben que su idioma no se habla más allá de sus reducidas fronteras. En Luxemburgo se habla el luxemburgués, pero nadie habla ese idioma exclusivamente, porque en cuanto cualquiera de sus ciudadanos mira apenas al horizonte ya está viendo otro país. Esa apertura tiene que ver mucho con razones socio-económicas, si uno pretende trabajar fuera necesitará un idioma potente aparte del materno.

Creo que lo he comentado alguna vez en este blog, en España tenemos una muy mala política educativa en cuanto a la enseñanza de los idiomas se refiere, lo de los colegios bilingües es sólo un cartel, te tiras media vida aprendiendo un idioma, en mi caso el inglés, y te cuesta mantener una conversación sobre cualquier asunto cotidiano, porque en nuestra vida diaria todos hablamos español, la tele es en español y nuestro entorno también. Y todo esto se basa en que tenemos una lengua fuerte, pero nuestras nuevas generaciones ya se están dando cuenta que sólo con este idioma no es suficiente.

También lo he referido en otra ocasión en este blog que en mi breve estancia en África, en Etiopía, pude comprobar que aun siendo un país más extenso que España y con más habitantes, todo el mundo tiene asumido que hay que tener otra lengua (el inglés) es un pasaporte para el futuro: más oportunidades laborales, mejor posicionamiento en cuanto al contacto con extranjeros, es un salvoconducto para el emigrante y supone acceso al conocimiento.

No obstante, continuemos con las curiosidades de los idiomas, tal vez nos hayamos preguntado en alguna ocasión si en una selección suiza de cualquier deporte sus integrantes se entienden. Hay que considerar que en ese pequeño país coexisten tres idiomas importantes en Europa, como son el francés, italiano y alemán. Lo cierto es que su sistema educativo superó ese reto desde hace muchísimas décadas, se da mucha importancia a la impartición de las lenguas nacionales en todas las regiones lingüísticas del país, lo que hace que casi todos los suizos conozcan al menos otro idioma oficial. En este sentido, la comunicación entre los suizos de diferentes regiones lingüísticas no supone, por lo tanto, un problema en el día a día.

¿Y en Bélgica? Se habla el flamenco en la zona norte (65 % de la población), el francés en el sur (35 %) y en las zonas fronterizas con Alemania hablan el germano; básicamente el flamenco y el francés son los dos idiomas vehiculares. En Bruselas se reparte casi por igual la población francófona y flamencófona. ¿Se entienden en la selección de fútbol? Probablemente sí, pues todos están acostumbrados a relacionarse y a viajar por el país. No obstante, Bélgica es un país más convulso que lo que aparentemente nos puede parecer, los del norte y los del sur tienen siempre sus rifirrafes de poder, el idioma no es un elemento cohesor, y eso no se ha impulsado debidamente en las escuelas, donde la enseñanza del otro idioma del país según la parte en que uno viva es endeble (sospecho que como en España con el idioma extranjero). Se calcula que el 48 % de los flamencos habla francés y sólo el 15 % de los valones (los francófonos) habla flamenco; de hecho hay una anécdota que ocurrió hace unos pocos años, en 2007 concretamente, cuando a la miss Bélgica, una rubia procedente de la zona francófona, la abuchearon en la gala final, porque no supo responder a las preguntas que le hacían en flamenco. Por cierto, que por buscar algún elemento unificador en este escenario tan rarillo, se dice que sus signos identitarios son Bruselas, que sí es bilingüe, la Casa Real y... la cerveza, ahí es nada.

¿Se entienden un portugués y un brasileño? Se entienden sin ningún problema, no obstante, hay que decir que por el número de hablantes, Brasil ocupa la proa de las evoluciones de este idioma, con la incorporación de vocabulario (se calcula que un 0,5 % del vocabulario coloquial de un brasileño se diferencia del de su hermano portugués), pronunciación peculiar, giros, etc. Esta diferencia, para que nos hagamos una idea, es más acentuada que la que podemos encontrar entre el español hablado en Valladolid y el hablado en Buenos Aires. Eso sí, la diferencia del brasileño y el portugués para un español es más rotunda que para ellos, tengo un amigo que estuvo en Uruguay hace unos años y estuvo unos días en Brasil, y me comentó que no se enteraba de nada, que parecía que hablaban polaco.

Se dice que los argentinos son italianos que hablan español, un español y un argentino nos vamos a entender siempre, y observo con un poco de disgusto que en algunos supermercados (DIA) ponen en los productos los ingredientes en español, en otros idiomas y también en argentino (¿?). Del mismo modo, he visto y me parece una exageración en algunos programas argentinos de televisión que subtitulen lo que dicen sus protagonistas, entiendo que lo hagan cuando el sonido no es bueno, pero no por norma con todas las personas.

Por cierto que para los que critican al dialecto andaluz, el hecho de hablar andaluz no implica que la persona que lo habla sea más inculta, y de eso se abusa muchas veces en la televisión y en la radio, que suelen utilizar el habla andaluza cuando tienen que identificar a una persona de clase baja o con escasa educación. Una cosa es hablar comiéndose las terminaciones, seseando o ceceando (según qué zonas) y otra muy diferente que un andaluz con una educación media no sepa discriminar la fonética de la escritura.

Es más, la ligereza al hablar del andaluz, las licencias que nos tomamos, provocan que nuestra variedad idiomática sea pegadiza y que las fronteras se sigan prolongado cada vez más. El andaluz es prácticamente igual que el extremeño y que el murciano, en muchas zonas de Castilla-La Mancha también se comen las terminaciones y se aspira la «s» final; el español hablado en Madrid tiende ya a tener muchas aportaciones del andaluz y la parte sur de Alicante habla prácticamente murciano.

Por cierto que para los que confieren al dialecto andaluz de forma despectiva, hay que decir que en América se sesea porque los primeros pobladores de la nueva América procedían en un importante porcentaje de Andalucía y también de Extremadura; y tiene su lógica pues los tradicionales puertos de embarque hacia la tierras recién descubiertas estaban en el sur de nuestro país y, por ende, buena parte de las tripulaciones de las naves.

A este respecto hay que decir que el español de América es enormemente rico y cada país le da su tono, su melodía, que reconocemos sobre todo en los grandes países, aunque los pequeños también tienen sus variantes. Es decir, que es fácil reconocer el español de Argentina (con la influencia sonora del italiano), el español de México y el español de Cuba; pero si escucháramos durante un tiempo a otros hispanoamericanos sabríamos reconocer y diferenciar a un chileno, costarricense o guatemalteco.

Las lenguas son organismos vivos, ¿alguien lo duda?, en el pueblo donde vivo, Bailén en la provincia de Jaén, hay una importante implantación del seseo, es un seseo seco, no cantarín, de tipo cordobés. Lo curioso es que en una misma familia te encuentras a hermanos que sesean y otros que no, o el padre sí y la madre no y viceversa (mi mujer no sesea y dos de sus hermanos sí). ¿Por qué en algún momento de sus vidas esas personas que seseaban o tenían el influjo del seseo dejaron de hacerlo o no adquirieron ese fenómeno lingüístico? No hay seguramente una causa, aunque la más importante tal vez sea el círculo de relaciones que uno entabló desde pequeño (compañeros de clase, de juegos, otros familiares, maestros), así como el influjo de la televisión. Lamentablemente el seseo se perderá en Bailén o quedará minimizado con el tiempo, no será pronto desde luego, los jóvenes cada vez sesean menos que sus padres, y a su vez esos tendrán otros hijos que terminarán de perder la referencia del seseo.

Voy a ir terminando para no cansar mucho con el argumento principal con el que comencé, la lengua como herramienta política, hablemos de Cataluña y el País Vasco.

En el País Vasco no todo el mundo habla euskera, ni por extensión en ese teórico territorio que los independentistas llaman Euskal Herria. Las ikastolas se han configurado como la base de la educación en ese idioma, muy apoyada desde Ajuria Enea, y en mi opinión más allá del componente pedagógico. El escenario en el País Vasco no es sencillo, la mayoría de la población tiene al castellano como lengua materna y, salvo en dichas ikastolas, adonde asisten niños de familias que tienen el euskera como primera lengua, el bilingüismo es complicado, primero porque salvo en zonas rurales el español sigue siendo la lengua común y en segundo lugar, porque el euskera y el castellano no tienen ninguna raíz común y es difícil pasar mentalmente de una lengua a otra, tal y como hacen de forma automática los gallegos o los catalanes.

La complejidad en la enseñanza del euskera es tal para alguien que no lo ha mamado desde chico que, salvo esas personas que tienen la fortuna de ser completamente bilingües y que dominan ambas lenguas de igual forma, el aprendizaje desde cero es un camino largo y, para mucha gente, tortuoso (me consta porque lo he hablado con algún vasco). Para poder acceder a determinados puestos de trabajo públicos en la comunidad autónoma vasca están reglamentados una serie de perfiles lingüísticos, cuatro en concreto, desde el básico al avanzado, que definen las competencias básicas que debe manejar cada empleado público en función de ese perfil.

Los partidos integristas que hay en el País Vasco siguen denostando a aquellos que no saben euskera y/o no tienen los ochos apellidos vascos. De hecho, ha surgido una muy reciente polémica con el nombramiento de Pablo Berástegui como director del Patronato San Sebastián 2016 (capital europea de la cultura), pues este navarro no habla euskera y rápidamente los de Sortu y Bildu han pedido su destitución.

El escenario en Cataluña es bien diferente, las similitudes entre el castellano y el catalán son tales que cualquier español no nacido en Cataluña podría aprenderlo y hablarlo con bastante corrección con la estancia allí durante un tiempo y un pequeño esfuerzo. El bilingüismo es, pues, una realidad tangible. Igual que las ikastolas son los puntos de apoyo de la educación en el País Vasco en una región donde todos hablan castellano como lengua principal, en Cataluña se ha estado buscando políticamente desequilibrar la balanza hacia el catalán por todos los medios, con la liquidación del castellano de las escuelas, en los medios de comunicación, con leyes que obligan a los comercios a rotular en catalán, con parte de la sociedad que impregnada por sus gobernantes denosta a los que no somos catalanes ni lo hablamos...

Y cuando hablo de esa balanza me baso en fuentes de reconocida solvencia. A pesar de toda la propaganda existente con el «hecho diferenciador catalán» o como se le quiera llamar, en 2010 la Fundació Audiències de la Cultura i la Comunicació (FUNDACC) en colaboración con el Institut d'Estudis Catalans (IEC), realizó un estudio en el que determinó que el catalán era la lengua materna del 39,4% de la población catalana, mientras que el castellano lo era para el 55,1% de los catalanes, y el 5,2% restante tenía como idioma materno otra lengua distinta a las otras dos ya mencionadas. A buen seguro que la Generalitat recibió estos datos con preocupación y habrá seguido trabajando para voltear esta estadística.

Lo comenté hace no mucho en este blog, no estoy en contra de la independencia de Cataluña, tampoco a favor, tengo ideas encontradas, ni sí ni no, sino todo lo contrario; pero con lo que no estoy de acuerdo es con esa estrategia propagandística y adoctrinadora impulsada por CiU, basada en muchos enteros en el valor de la lengua catalana (algo que es muy honesto), pero que sirve de resorte para fundamentar el independentismo, y este independentismo tiene partes de fundamentalismo, de segregación y de xenofobia. Y sinceramente no sé si les compensa a Mas y los suyos hacer este camino en el desierto.

Y ahora sí, ya acabo, y lo voy a hacer con otra curiosidad simpática de los idiomas en este caso del alemán que suele tener palabras compuestas largas, que son frases completas con sus preposiciones y todo; pues aquí está un ejemplo, no sé si será la más larga pero tiene bemoles, se trata de fussbodenschleifmaschinenverleih (foto de arriba), algo verdaderamente impronunciable para un español y que significa alquiler de máquinas pulidoras de suelo, que si nos ponemos a comparar casi nos salen más letras a nosotros que a ellos.

viernes, 5 de septiembre de 2014

LA HISTORIA DE JULIUS YEGO, PORQUE LOS NEGROS TAMBIÉN LANZAN

Estuve este pasado fin de semana nada más y nada menos que en una despedida de soltero, da desde luego para escribir un libro, y con el calor de las copillas allí estuvimos hablando de todo un poco y, por supuesto, solucionando el mundo.

A las tantas de la tarde o de la noche, que ya no me acuerdo por lógicas razones, no tuvimos otra ocurrencia más sana que hablar de atletismo, en concreto, de las evoluciones de mi hijo en el atletismo infantil. Para los que no me conocen, he de decir que mi hijo es negro, y hablamos por extensión del término «negro», cuando en realidad, mi hijo y yo coincidimos en que el color más exacto es el marrón, color chocolate con mayor concreción, pero como digo, por uso habitual y sin entenderlo necesariamente despectivo lo daremos por válido.

El objeto de nuestra tertulia era el de valorar y admirar en sus justos términos la idoneidad de la raza negra para la práctica del atletismo y casi, por ende, para la mayoría de los deportes. Pero nos centramos en concreto en su superioridad en el atletismo, muy especialmente en las disciplinas de carrera. Si tomáramos las quince mejores marcas en fondo y medio fondo, sin atender a la restricción de tres atletas por país en un Mundial o en unos Juegos Olímpicos, sería muy complicada la participación de algún corredor no negro.

Ese predominio, coincidíamos, no puede ser fruto de la casualidad, ni siquiera el hecho de que los países punteros estén situados a cientos de metros sobre el nivel del mar, y su aclimatación los hace superiores al resto cuando hay que competir donde las condiciones de demanda de oxígeno en sangre cambian de forma notable.

Y repasamos, carreras de velocidad, medio fondo, fondo, marathón, saltos, combinadas y ¿lanzamientos? Ahí nos paramos, mis compañeros de tertulia argumentaban que los negros comenzaban a fallar en aquellas pruebas donde el peso de la técnica era mayor que el factor físico y antropométrico. Sin embargo, en un conversación más que constructiva yo les argumenté que había buenos lanzadores negros con los cuatro artefactos y les puse el ejemplo de Julius Yego, un keniano que casi de forma autodidacta se había hecho un hueco entre los mejores jabalinistas del mundo, curiosamente aprendiendo con vídeos colgados en Internet.

Ciertamente si analizamos con algo de detenimiento, podemos comprobar que hay lanzadores negros en disco, peso, martillo (los menos) y jabalina, e igualmente lanzadoras. El caso más evidente tal vez sea el de los/as atletas cubanos/as; son buenos en todo y tienen unas marcas magníficas, y el atletismo cubano, como otros muchos deportes en ese país se nutre de la raza negra, considerando ¡ojo! que dos tercios de su población es blanca, y estamos hablando de un país que tiene una cuarta parte de habitantes que España, o sea, que sólo puede tirar teóricamente de unos tres o cuatro millones de negros y mulatos, aunque muchos menos por razones de edad.

Igualmente ha habido y hay muy buenos lanzadores de peso estadounidenses que son de color, y como la técnica rotatoria puede ser transferible al disco, también son buenos con este artefacto.

Pues sin entrar demasiado en detalle no es habitual ver a lanzadores de jabalina de raza negra en competiciones masculinas. Es verdaderamente una prueba muy técnica donde es común que haya en finales de los grandes campeonatos muchos atletas de Europa del Este e igualmente de países escandinavos, donde existe una enorme tradición por esta disciplina.

Casi como si hubiera surgido de la nada, al menos para el gran público, entre el que me encuentro, en 2012 pudimos presenciar cómo se colaba en la final de jabalina de los Juegos Olímpicos de Londres el referido Julius Yego, ocuparía la última posición de esa final (12º) con una marca de 77,15 m. (aunque para lograr acceder a esa final lo haría sobrepasando los 81 m.), pero ya supuso una nota diferente, casi exótica en una prueba dominada históricamente por los blancos. Curiosamente, no fue el único lanzador de color en la final, siendo además el oro con 84,58 m. para el atleta de Trinidad y Tobago Keshorn Walcott que aprovechó con suerte su gran momento de forma y la flaqueza de los favoritos.

La confirmación de que este peculiar jabalinista no estaba ahí por casualidad vino con el Mundial de 2013 en Moscú, donde esta vez no sólo se clasificó para la final, sino que en uno de sus lanzamientos se fue a los 85,40 m. superando su tope personal hasta ese momento. Hasta la última ronda de lanzamiento estuvo tocando metal, pero un postrero esfuerzo del ruso Dimitri Tarabin le privó del bronce. Y sí, con ese lanzamiento hubiera podido ser campeón olímpico un año antes, pero esta vez los lanzadores europeos estuvieron más acertados.

Con ese cuarto puesto Yego comenzó a acaparar páginas de periódicos, reportajes en Internet, y quizá también alguna reseña en las televisiones. La cuestión fundamental era obvia, ¿qué hacía un keniano lanzando cuando en su país todo el mundo corría?

Y la historia de este jabalinista es muy simpática, comenzó practicando bien joven con jabalinas de madera casi construidas por él mismo, porque en Kenia pocas jabalinas homologadas existían y viendo que progresaba comenzó a perfeccionar su técnica. Pero cómo progresar en un país donde todo es correr, los medios son escasos y entrenadores de lanzamiento no había, pues ni corto ni perezoso nuestro protagonista se puso a ver vídeos de los mejores. Hay varios vídeos en Internet en los que él mismo narra cómo aprendió la técnica viendo lanzar, entre otros, a uno de los mejores jabalinistas de la historia, el noruego Andreas Thorkildsen, el cual tiene la triple corona, campeón olímpico, mundial y continental. En uno de los vídeos Yego comenta cómo observó que Thorkildsen realizaba el latigazo sacando la jabalina desde la altura de sus ojos. Del mismo modo, también vio vídeos en Internet para aprender las técnicas de entrenamiento, en este caso, qué tipo de rutinas de musculación debía seguir en un gimnasio, que a buen seguro tuvo que improvisar también.

La trascendencia mediática de Julius Yego ha sido tal en su país que todos le conocen como Mr. Youtube Man, por obvias razones; popularidad que ha arrastrado a muchos confines de este planeta donde su historia no ha pasado desapercibida.

La lectura primera de esta pintoresca historia es la de la capacidad de superación y compromiso de un deportista, que puede vencer a las adversidades y convertirse en un atleta de élite a base de esfuerzo y de rebasar cualquier obstáculo.

La segunda lectura tiene que ver con la conversación que mantuve con mis amigos y que me motivó a escribir esta entradilla, y es el hecho de que los atletas negros en general lo pueden hacer muy bien en cualquier disciplina incluso en aquellas donde influye más la técnica. Este es, además, un caso palmario, un tío con pocos recursos e instalaciones es capaz de llegar a lo más alto, teniendo un físico envidiable y con un apoyo técnico muy precario (vídeos de Internet).

Dicho esto, para los que quieran aprender lo que sea, Internet es la fuente de sabiduría más grande que el ser humano haya creado jamás; tienes al alcance de un clic, toda la información que desees, la mejor, y sus límites aún no los hemos asumido.

Y ya por extensión lo voy a decir, considero que los negros están más capacitados que cualquier otra raza en todos los deportes, la única diferencia es la disponibilidad y acceso a esa técnica. Se dice que no hay muchos nadadores negros, tal vez la potencia muscular los limite, aunque los corredores etíopes son muy estilizados y nada musculosos. Lo cierto es que en condiciones normales un deportista negro compitiendo en cualquier disciplina es más musculoso que un compañero suyo con el que entrena todos los días, basta con mirar el brazo de un negro que lanza un tiro libre y un blanco del mismo equipo, algo que podemos comprobar estos días con ocasión del Mundial de baloncesto en nuestro país.

Por cierto que en España el récord nacional de jabalina en categoría masculina es muy barato (78,78 m. de Julián Sotelo y data de 1992), probablemente el más barato tanto en categoría femenina como masculina de cualquier disciplina atlética de carácter olímpico, y no hay visos de que se bata a corto plazo. Basta con echar un vistazo a las convocatorias de la selección española en los últimos diez años y la alternancia de nombres en la consecución de los campeonatos de España, no hay un claro dominador. Varios atletas consiguen superar los 70 metros, pero no ha habido ninguno recientemente que por sensaciones y proyección pueda superar el tope y rebasar los 80 metros que es una distancia ya de una cierta relevancia.

Los kenianos tienen un sistema de proyección de sus atletas de élite muy interesante, y es que los hacen funcionarios del cuerpo de policía, Yego ya lo es, con lo que pueden entrenar al nivel que requieren y tienen asegurado su futuro posterior; y qué mejor que contar en la policía con gente que puede correr detrás de un delincuente como nadie.

A todo esto, Julius Yego ya no vuela solo, ya ha estado entrenando en Finlandia, casi la cuna de la jabalina moderna (hay más de cincuenta finlandeses que tienen mejor marca que nuestro récord de España), y ahí ha seguido perfeccionando su técnica. Así que esperemos que en futuras citas lo veamos en lo más alto y, además, rompiendo moldes y estereotipos, es joven, tiene 25 años, y no tiene límites.

viernes, 29 de agosto de 2014

"ALLO ALLO", UNA VISIÓN SIMPÁTICA DE LA 2ª GUERRA MUNDIAL

Realmente es una casualidad que hoy comente esta serie de televisión, pues en nada tiene que ver con mi deriva hacia películas y libros de temática histórica contemporánea, fundamentalmente de la 2ª Guerra Mundial, esta es una serie británica ambientada en aquella época, pero es una sátira completa, una comedia que no tiene mayor valor histórico, es sólo un recurso, y simplemente fue un clásico en su época por sus caóticos y desternillantes personajes.

Así es porque «Allo allo», utiliza como reclamo una época y una situación concreta para construir la típica comedia inglesa de situación, con algún matiz histórico, que la acerca probablemente como uno de los escasos proyectos que se mofan de algún aspecto de la 2ª Guerra Mundial.

Ni que decir tiene que la serie tuvo mucho éxito y en paralelo a ello, no hubo voces discordantes ni críticas hacia la misma, pues en ningún momento se mete en ningún asunto escabroso (me recuerda en este sentido, con sus diferencias, a la estadounidense MASH, ambientada en la guerra de Corea).

Aquí el escenario se situaba en una pequeña villa francesa, Nouvion, ocupada por los alemanes, y donde los locales tratan de defenderse con los medios a su alcance y a través de la Resistencia. A este respecto, la serie tiene como punto gravitatorio el Café René, donde René Artois (Gorden Kaye), regenta este negocio, pero a la par colabora con dicha Resistencia y con los ingleses, gracias a que cuenta con un equipo de comunicaciones bajo la cama de su suegra, con el que entabla conversación e intercambia informaciones con Londres, y cada comunicación se iniciaba precisamente con el nombre de la serie.

Sus personajes, como digo, no pueden ser más disparatados, y aquí no hay bicho que salga vivo: los franceses son tomados por pueblerinos, alegres y alocados; los británicos son tontos e insensatos; y los alemanes son bobos, cabezas cuadradas en grado sumo e infantiles. Es decir, todo parecido con la realidad era pura coincidencia.

A la par que bulle la vida en el Café René, surgen los personajes de los tres bandos, que tratan prácticamente desde el principio de la serie (serie que se grabó de 1982 a 1992, nueve temporada, con ochenta y cinco capítulos en total) de resolver sus muy personales planes.

René Artois se ve siempre inmerso en todo tipo de enredos, su accesible personalidad de buenazo consumado, hace que todo el mundo confíe en él, y eso le llevará a continuos problemas. La Resistencia lo tiene por líder, los alemanes lo ven como un aliado y los ingleses desean que les dé soporte. En cada capítulo René se dirigía a la audiencia explicando cómo iban las cosas, y normalmente refiriendo qué había sucedido en el capítulo anterior.

A todo esto existe un elemento clave en el argumento y es la presencia de «La madonna caída (de los grandes melones)», de Van Klomp, una valiosa aunque insulsa obra pictórica que ha de reportar pingües beneficios a aquel que lo tuviere en su poder al fin del conflicto y que va y viene durante toda la serie entre falsificaciones y un sinfín de escondrijos.

En medio de eso, una pareja de histriónicos paracaidistas británicos que también se esconden en el Café René y ven como se frustran una vez tras otra todos sus intentos de ser rescatados, ya sea por su torpeza o por los disparatados planes que les montan a tal efecto.

Por el lado alemán, tenemos a varios corruptos oficiales, son los máximos interesados en la tela de Van Klomp; pero tendrán el contrapunto del oficial de la Gestapo Herr Flick (Richard Gibson) que intenta torpemente desbaratar esos planes y a la par hacer suyo también dicho cuadro.

Pero había más, René regentaba ese Café que era una especie de cabaret donde de vez en cuando cantaba, mejor vociferaba, su mujer Edith (Carmen Silvera), y que también disponía de camas arriba donde sus dos camareras ofrecían otros servicios. Dicho esto, la serie era para todos los públicos, muy blanca, y esos detalles picantillos lo eran muy leves y casi inocentes. A este respecto hay que decir que el cénit de la sátira en la serie es que el personaje de René era feo, gordo y bizco, y sin embargo, se erigía en el galán de la misma, querido y deseado por todas: su mujer, las camareras, las de la Resistencia, y hasta por el teniente Gruber (Guy Siner), uno de los oficiales germanos, que era un poco «tierno».

El gran éxito de la serie que era capítulo tras capítulo un enredo donde se sucedía caos, surrealismo, disfraces y escenas cómicas, radicaba básicamente en que sus personajes eran fijos, que había continuidad en la historia, no había varias subtramas, sino un solo hilo conductor. Dichos personajes aparecían siempre todos en cada capítulo, no obstante, esa fidelidad a lo largo de más de una década, lo que da idea del alcance de este proyecto televisivo, y partiendo también de la edad de sus actores, en algunos bastante avanzada, hizo que hubiera que sustituir a dichos actores, bien por cansancio o porque iniciaron otra andadura o bien porque fallecieron en el transcurso de la producción, tal fue el caso de monsieur LeClerc (Jack Haig). La sustitución no implicaba el cambio de personajes sino que se buscaban a otros actores con cierto parecido con los anteriores.

También acusó la longevidad de la serie el equipo de dobladores español que a partir de la sexta temporada cambió por completo. A mí particularmente no me agradó, porque escuchar una voz diferente en unos personajes que casi eran de la casa, dio la impresión de que eran otros completamente diferentes, fue como quitarles parte de su alma.

Y, en fin, la serie aguantó y aguantó, duró más que la propia 2ª Guerra Mundial y mucho más que la ocupación francesa por los alemanes, y tarde o temprano tenía que tener un final, porque los guionistas podrían haber seguido enredando eternamente, pues ya digo que el escenario bélico era un excusa sin más, servía de ambientación, así que cuando entiendo que flojeó la audiencia le dieron el corte final, que fue drástico; en un solo capítulo, aparecen los liberadores estadounidenses, los franceses se alegran, los británicos también y los alemanes a su pesar son detenidos. Apenas los últimos diez minutos de ese último capítulo reflejan el Café René muchos años después, regentado por el hijo de René y también aparece un anciano René asistido por una de sus antiguas camareras, Yvette (Vicki Michelle), los visitan sus amigos alemanes y mira por dónde, por mera casualidad aparece el famoso cuadro de «La madonna caída», lo que permite al viejo René huir en un Mercedes con su camarera.

Por último, la pequeña intrahistoria de esta serie es que en España fue adquirida por la FORTA, la federación de televisiones autonómicas, y aquí en Andalucía la pudimos ver obviamente a través de Canal Sur, un canal que iniciaba su andadura hace unos treinta años y que, en su momento, ofrecía producciones de calidad como esta. Luego el objetivo de aquella televisión autonómico como muchas otras, se travistió y ya se sabe lo que ha ocurrido, algunas han cerrado por su sobredimensionamiento, y otras como Canal Sur son muy vulgares y mundanas, a base de adelgazar sus plantillas y de reducir drásticamente la calidad de su programación.

sábado, 23 de agosto de 2014

VOLVIENDO A COTO RÍOS, LUCES Y SOMBRAS DE UN LUGAR ICÓNICO

He vuelto a la sierra de Cazorla estos días pasados y hacía más de treinta años que no había estado allí pasando unos días de disfrute y relajación, aunque me parece que fue ayer. Y que conste que soy un enamorado de la montaña, aunque en los últimos años me he decantado más por la sierra de Segura, mucho más virgen y desconocida, y sinceramente más bella.

Si hay un punto que une a todos los que hemos ido alguna vez a la sierra de Cazorla, probablemente el centro neurálgico de todas nuestras visitas, creo que no hay lugar a dudas de que es Coto Ríos, y desde la última vez que estuve allí la primera sensación que me ha dejado el lugar ha sido la decepción. Probablemente muchos de los habitantes de la provincia de Jaén (aunque también de otras provincias cercanas), en un importante porcentaje, han estado alguna vez en Coto Ríos con ocasión de su visita a esa sierra, y los que estuvieron allí hace mucho tiempo como yo y han vuelto después, a buen seguro que también experimentaron mi disgusto.

Pues sí, porque aquello de Coto Ríos era, para un niño o para un joven como yo, el paraíso de Cazorla, una piscina natural fabulosa, aunque artificialmente delimitada gracias a unas compuertas, si no recuerdo mal de madera, que cerraban casi por completo el paso del agua en verano, y que convertían aquello en una gigantesca piscina con profundidad para todos los gustos, los pequeños podían disfrutar de zonas donde no cubría, los más avanzados podían meterse en el centro donde cubría, y hasta los abuelos podían acercarse tranquilamente a la orilla para mojarse los pies.

Por otro lado, una densa y amplia masa arbórea permitía que las familias de domingueros, como la mía, pudiéramos instalar una mesa y unas sillas, sacáramos nuestras fiambreras y disfrutáramos del mejor día posible.

Hoy por hoy eso no es posible, no como antes, la zona está muy cambiada. Para empezar aquella potente masa de arbolado, la que estaba en el margen izquierdo del río Guadalquivir, fue convertida en un camping, según me dicen hace veinticinco años, buena inversión no lo niego; aunque sospecho que la inauguración de aquella nueva infraestructura pudo tener una consecuencia en la eliminación de aquellas célebres compuertas, no sé si para descargar la presión turística en esa zona y que los campistas de dicho camping, llamado a la sazón Coto Ríos, pudieran disfrutar de su parcela de río, sin intromisiones de fin de semana; realmente es lo que ocurre y así lo percibo yo.

Sí ha quedado en el otro margen, una zona pequeña de merendero con sillas y mesas de piedra, a todas luces muy descuidada, con escasas instalaciones y servicios: nada de césped, un quiosco que no funciona, el arbolado recientemente plantado, sin unos mínimos vestuarios o aseos y ni una pasarela o escaleras en lugar alguno para que puedan acceder al agua minusválidos o personas mayores.

No creo que esto sea auténticamente interesante para el propio poblado de Coto Ríos, una aldea perteneciente al municipio de Santiago-Pontones, aunque puede que por carretera diste de su cabecera más de cien kilómetros. Y no es interesante porque la aldea que puede contar en condiciones normales con algo menos de trescientos habitantes (por el número de calles y casas que calculé), vive amén de sus mayores que ya son muchos, básicamente del turismo, con algunas tiendas y sobre todo con varios bares, restaurantes y hotelitos; si el atractivo del río domesticado ya no lo es tanto, es muy probable que con el tiempo la gente haya diversificado sus opciones serranas.

A todo esto, fue la primera vez que pisé Coto Ríos pueblo propiamente, porque en mis visitas juveniles, yo sólo me limité a bañarme y a comerme los bocatas que generosamente preparaba mi madre. El pueblo en sí está muy bien, nada le falta de lo imprescindible a sus moradores, aparte de los servicios ya citados, cuentan con servicio de Correos, centro de salud y un colegio rural; para los acostumbrados a aquello es mucho más de lo que se puede tener en otros puntos más perdidos de Cazorla y sierras aledañas.

Bueno, hay que decir que he estado por allí, ya que estuvimos en un camping cercano (lo que es probable que me permita elaborar una entradilla futura sobre los devenires de un campista en el siglo XXI), y nos acercábamos a Coto Ríos para avituallarnos.

En todo caso, el entorno de Coto Ríos tiene un atractivo principal por encima de todo, y es el río Guadalquivir, por encima de las comodidades de un camping, con su respectiva piscina, un río es un río y fascina a grandes y pequeños. No sé si será porque es un entorno natural, porque también nos gusta rebozarnos como enanos en el fango, porque nos relaja el suave rumor del agua fluyendo o porque siempre es un reto meterse en agua fría (no estaba tan fría este año); el caso es que por la mañana y por la tarde era parada obligada, para despertar, para intentar pescar con una caña rudimentaria, para tirar piedras o para hacer excursiones río arriba o abajo, y es un disfrute inexplicable.

El río en esa zona está un poco alterado, con cierta suciedad, y restos de inundaciones invernales que nadie se preocupa por limpiar, a veces un poco salvaje, en cualquier caso lo doy por bueno, aunque se podrían cuidar estos detalles un poco más por las autoridades.

A todo esto también he decir que la modernidad también ha llegado a los usuarios del río, cuando yo era chico te metías en el agua con el pie desnudo, y no pasaba nada, ahora todo el mundo lleva zapatillas de agua, no lo veo mal, pero bien es cierto que libramos a nuestros pies de una manera natural de fortalecerlos, no sólo los músculos sino nuestras plantas que son tan endebles que se hacen heridas con una simple piedrecilla.

En conclusión, la vuelta a Coto Ríos tuvo sus luces y sus sombras, de todas maneras, ahí sigue esta aldea y este entorno, ahí queda para siempre, para que de vez en cuando volvamos y recordemos nuestras andanzas infantiles; la vida cambia y este lugar también.

viernes, 15 de agosto de 2014

LA SELECCIÓN PARALÍMPICA DE BALONCESTO EN SIDNEY 2000, EL COLMO DE LA PILLERÍA

No es que en España seamos los más pillos del mundo pero, de vez en cuando, nuestro carácter un tanto travieso sale a relucir y, ya se sabe, siempre habrá algún vecino nuestro (Francia) que se quejará, la mayor parte de las veces sin razón, de que conseguimos los éxitos (deportivos) a base de ayudas externas. Y no estoy hablando de políticos, porque la corrupción es una cosa, y la pillería a baja escala es otra, aunque todos se valgan de una cierta posición de privilegio para cambiar el curso de los acontecimientos a su antojo.

Pues sí, en este sentido, los italianos no nos van a la zaga, y me viene a la memoria aquella anécdota que surgió hace unos años, cuando con ocasión de la reforma del régimen de subvenciones en el olivar, los transalpinos se dedicaron a llenar enormes extensiones de campo con maquetas de olivos dibujadas, al objeto de que aparecieran correctamente en la foto aérea. Aunque luego contraatacamos nosotros y sacamos a un joven que para poder circular por un carril donde era obligatorio ir acompañado en el coche, montó a un maniquí a su lado de acompañante, toda ella muy puesta con su maquillaje, peluca y gafas de sol, ahí es nada.

Y todo esto viene como preámbulo simpático de la que puede haber sido una de las historias más rocambolescas y surrealistas de la historia del deporte, que saca a relucir la picaresca española que rememora, de algún modo, a nuestros clásicos del Siglo de Oro.

Es bien sabido que España es una potencia paralímpica, o lo que es lo mismo, no siéndolo a nivel olímpico, porque hay muchos países que con menos población que la nuestras nos superan, lo cierto es que se perciben inversiones en deportes para discapacitados en nuestro país, que no se clonan en otros lugares de nuestro mundo, donde la delicadeza y el tacto hacia este importante grupo de personas y deportistas no es equitativo con respecto al de sus competidores «normales». Y, este sentido, hay que decir que el grupo ONCE tiene buena parte de la culpa de esto, siendo una de las empresas más pujantes de nuestro país, y todo ello basado primordialmente en la venta de un cupón de azar del que existe predilección por los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía.

Pues corría el año 2000 y allí acudimos a los Juegos Paralímpicos de Sidney, con una importante delegación española, entre la que se encontraba el equipo de baloncesto de discapacitados intelectuales. El equipo español arrasó en la competición y se trajo el oro. Pero al aterrizar en España llegaron los problemas. Hasta ese momento el equipo había coronado un trío de éxitos, con oros en el Europeo, el Mundial y estos Juegos.

Al parecer el diario Marca sacó una curiosa fotografía a la llegada de nuestros héroes en la que aparecían con gafas de sol, barba de varios días y tocados con gorra. El destape de la imaginable travesura paralímpica no se hizo esperar, porque efectivamente la mayor parte de la selección no tenía discapacidad alguna, eran baloncestistas de segunda fila e incluso entrenadores de equipos de base, pero con suficiente calidad como para desbancar a cualquier selección con deportistas realmente discapacitados.

Parece ser que fue este diario deportivo el primero que puso el grito en el cielo, aunque honestamente trascendió a la mayoría de los medios de comunicación, en especial a la televisión, cuando un redactor de la revista Capital, Carlos Ribagorda, confirmaba no sólo la veracidad del fraude, sino que él mismo había formado parte de esa selección fantasma.

Cuando se desvelaron los entresijos del asunto, dio para mucho, la historia era alucinante, increíble, y casi sacada de una novela de intriga.

Amasado desde todo lo alto por la Federación Española de Deporte para Discapacitados Intelectuales (FEDDI), con su presidente a la cabeza, Fernando Martín Vicente, amén de la trascendencia de los logros deportivos, la consecución de los mismos, reportaría beneficios económicos en forma de subvenciones, patrocinios, becas y publicidad. Se cifra en unos 180.000 euros el montante que se embolsaría esta Asociación con este fraude, y que según cuentan los voluntarios deportistas que accedieron a montar la triquiñuela, apenas percibieron contraprestación alguna, difícil de creer. A Ribagorda le llegaron a preguntar si entre ellos se hablaba del asunto, a lo que respondió negativamente, porque es claro que todos sabían a lo que iban.

En el terreno deportivo hay que decir que en la final, nuestros artistas batieron a Rusia por 87-63 y, según cuentan, les costó trabajo porque se deduce que también debían tener a algún competidor no discapacitado. Los nuestros eran, además, tan superiores a todos sus rivales que en un partido de la fase preliminar iban ganando de una burrada a China o Japón, y el entrenador les dijo en un tiempo muerto que bajaran el pistón porque el resultado final no sólo hubiera sido escandaloso sino sospechoso.

Para entender el porqué de esta trapacería habría que remontarse unos años antes, con ocasión de un torneo amistoso con Portugal, en el que nuestra auténtica selección de discapacitados intelectuales perdía con estrépito. Parece ser que los portugueses contaban con jugadores «de élite», y comenzó a extenderse la idea de que era algo habitual, no sólo en esta deporte sino en otras disciplinas paralímpicas, el falsear datos y certificados para introducir deportistas sin discapacidad en las competiciones, por la razón más ruin de la Tierra, poderoso caballero es don Dinero.

Para más inri, difícilmente se podía mantener el engaño, cuando los auténticos deportistas paralímpicos y auténticos merecedores de haber estado en Sidney, comenzaron a dejar de ser convocados por otros nuevos, que obviamente nadie conocía, y eso era muy raro, porque en ese mundillo de ligas y competiciones nacionales, todos se conocían. De hecho, sólo dos deportistas paralímpicos auténticos conformaron la selección de baloncesto en Sidney, habiéndose quedado en su casa, entre otros, el máximo anotador de la liga nacional, muy sospechoso.

Por cierto que aquellos dos paralímpicos reales llegaron a relatar el ambiente festivo con el que se tomaron sus otros compañeros aquellas vacaciones en tierras australianas, sabedores estos últimos de su superioridad, con lo que ello les permitía afrontar excesos extradeportivos que en condiciones normales no hubieran sido de recibo.

Una de las curiosidades de esta historia es que los máximos dirigentes de la citada federación deportiva, ante los primeros visos de que se estaba destapando el pastel, intentaron defenderse aludiendo a que un minusválido no va pregonando por ahí que lo es, dando a entender que sus fichajes eran auténticos discapacitados aunque socialmente lo habían escondido. Después, ya viendo las dimensiones del volcán que se había generado, el presidente llegó a justificar la jugada aludiendo a la necesidad de incorporar efectivos para equilibrar el equipo, y que con los éxitos obtenidos se conseguirían ingresos que revertirían en una labor social como era la promoción del deporte para minusválidos y, por ende, a sus practicantes; o sea, una especie efecto multiplicador, vergonzante por supuesto.

Obviamente para poder llevar el plan hasta sus últimas consecuencias debía tener su necesaria estratagema administrativa, es decir, que hubo que falsificar certificados de minusvalías, con todo lo que ello conlleva, y ¡ojo!, eso no es asunto baladí, porque estamos hablando, en todo caso, de falsificación de documento público, lo que viene siendo un ilícito penal en toda regla.

De hecho, hay que decir que tras una instrucción del proceso ultramaratoniana, el asunto se resolvió el pasado año 2013, amén de las auditorías internas, cuando la Audiencia Provincial de Madrid condenó al entonces presidente de la susodicha Federación, Fernando Martín Vicente, al pago de 5.400 euros por organizar la trama, y se aceptó un documento en el que ya había depositado previamente casi 150.000 euros para atender las responsabilidades civiles derivadas del delito. Después de todo, no acabó tan mal.

Ni que decir tiene que con esta trama se entresacaba una cierta facilidad para burlar los controles nacionales e internacionales y eso provocó una serie de consecuencias. A nivel nacional obviamente porque a partir de ese momento esos controles serían más rigurosos, pero a nivel internacional también; aparte de que la primera consecuencia y drástica fue la de la supresión por parte del Comité Paralímpico Internacional del baloncesto para discapacitados intelectuales del programa paralímpico, supresión que se mantiene en la actualidad. O sea, que ya es triste que por esta estratagema hispana nos cargamos la ilusión de un montón de honrados deportistas de todo el mundo. Ah, y como no podía ser de otro modo, nos desposeyeron de la medalla de oro.

El alboroto que se montó fue de tales dimensiones que el diario británico The Guardian o la cadena televisiva estadounidense ESPN Sports, lo llegaron a calificar como uno de los mayores escándalos de la historia del deporte, comparable con el dopaje del atleta canadiense Ben Johnson.

viernes, 8 de agosto de 2014

"EL CHICO SOBRE LA CAJA DE MADERA", DE LEON LEYSON

Tengo considerada a «La lista de Schindler» como una de las mejores películas de la historia del cine. En mi clasificación particular desde luego que es de las cinco mejores. Y, sin embargo, sólo la he visto una vez, una producción con tan fuerte contenido, tan incómoda como zahiriente, hay que verla en determinadas condiciones y con el cuerpo dispuesto para ello. Aparte, uno la tiene como ese juego de café o esa vajilla que sólo se utiliza en las grandes ocasiones, y quiero reverla en una gran ocasión, tal vez cuando mi hijo sea algo mayor y podamos reflexionar acerca de la misma.

Pues encontré este libro, como siempre, buscando ese género de las vivencias de personas anónimas, no militares, que vivieron aquella despiadada 2ª Guerra Mundial, y Leon Leyson se presentaba como una revisión, no cinematográfica (con la carga ficticia que siempre atesora una película), de lo que fue trabajar en la fábrica de Oskar Schindler.

Leon Leyson (Leib Lejzon en su Polonia natal), la persona más joven de la famosa lista, vivió en primerísima persona los esfuerzos que hizo Schindler por salvar a algo más de mil judíos. No obstante, es más allá de un homenaje a Schindler, un relato de los muchos que pudieron sobrevivir a la barbarie del holocausto, sufriendo todo tipo de vicisitudes: hambre, enfermedades, daños físicos, pérdidas familiares, el horror de ver la muerte cada día, los éxodos, la intransigencia de los iguales...

En este libro, Leyson nos traslada todo eso, en una historia breve (apenas 150 páginas), sincera pero sencilla a la vez, que no se recrea en el morbo, dice lo justo y en el momento justo, se para en momentos críticos, pero es ante todo el documento vivo de un niño que se hizo maduro durante la Guerra, desde su Polonia natal hasta su cautiverio obligado y posterior liberación.

Este tipo de relatos me llenan de profunda tristeza aunque es una tristeza deseada por mí, y la primera reflexión que me ha provocado el libro, es la que viene dada por algo que se narra en alguno de sus pasajes y que es, de algún modo, una repetición de lo que he leído en libros de la misma temática: La salvación o la supervivencia no era una cuestión de inteligencia, era suerte. Sabemos las historias de los que vivieron para contarlo, pero cuántas grandes historias y sufridas se quedaron sin escribir, porque a los que las protagonizaron les mató «la última bala», que relata Leyson en este libro.

Lo curioso de la historia de aquel benjamín de la lista que fue Leon Leyson es que probablemente hubiera quedado en el olvido de no ser por la propia película. La vida de Leyson fue pasando de lo duro y errático que supusieron aquellos primeros años de vida, a una madurez, adultez y ancianidad en Estados Unidos, donde su vida fue ejemplar pero normal. Desde que llegó a su nuevo país, apenas quiso hablar de su pasado, para evitar que se abrieran sus heridas, a excepción de sus círculos más íntimos, y mucha gente desconocía que estaba ante un testigo directo de lo que reflejaba aquella película.

El éxito de la película provocó que aflorara la información sobre aquella bella aunque cruda historia de heroísmo y el anonimato de Leyson fue ya imposible de mantener. A través de múltiples entrevistas y conferencias, donde según cuentan sus semejantes iba sin guión y respondiendo ilimitadamente a las preguntas que le hacía la concurrencia, se fue conformando este libro que aunque lleva su firma fue recopilado por su mujer Elisabeth B. Leyson y Marilyn J. Harran, profesora universitaria y activista en favor de la memoria de los que sufrieron el holocausto.

Leyson conoció no sólo la denigración de sus semejantes antes de la Guerra y el trato despiadado de los nazis que asesinaban sumarísimamente sólo por gusto (de ahí que sobrevivir al holocausto fuera en muchos sentidos una cuestión de suerte); también tuvo que luchar en una Polonia de desgobierno tras el fin de la Guerra, que las secuelas del racismo y la homofobia continuaban existiendo; del mismo modo, que le sorprendió que al llegar a Estados Unidos existiese la segregación de los negros.

El profesor alemán, doctor Neu, del que recibía clases de diversas materia en la Alemania desmantelada de después de la Guerra, y donde Leon trataba de recuperar el tiempo perdido de varios años sin escolarizar, refleja lo que ocurrió en aquel país, muchos seguidores del nazismo acuñaban la máxima de «Nosotros no sabíamos nada», pero este profesor dio con la tecla y le dijo a su mujer en una ocasión cuando argumentó eso, algo así como «No digas eso», queriendo dar a entender que todos los alemanes nazis o no sabía lo que estaba ocurriendo, y Neu en un gesto que le honra, no quería encubrirlo.

El papel de sus padres fue fundamental para que Leyson tuviera la suerte de salir con vida de su cautiverio, tanto su madre que velaba por él, como su padre que gracias a su pericia técnica se convirtió en una pieza clave en las fábricas de Schindler.

De Schindler qué decir, en la película se ve a un personaje noble que tiene un nivel de vida exagerado para la época y las circunstancias. ¿Formaba parte eso de su estrategia? Probablemente o casi seguro, es cierto que era un vividor y mujeriego, pero eso le reportaba un estatus con respecto al régimen nazi, al que agasajaba y hacía formar parte de sus excesos, lo que hoy llamaríamos corrupción, y que le permitía mantener unas relaciones fantásticas que desembocaban en flexibilidad para sus negocios, para contar con judíos en su nómina de trabajadores.

Schindler, ese personaje contradictorio como lo califica Leyson, no era igual que el resto de los nazis, eso era claro, sus fábricas eran una tapadera para ocupar gente, primero hacía menaje de hogar, y luego armas en sus últimos momentos, aunque sus valedores calificaban sus producciones como inservibles. Era ante todo un hombre bueno, que trataba a sus obreros con respeto, al que no le importaba acercarse a altas horas de la madrugada, después de sus fiestas para conversar con sus empleados, de los que se sabía el nombre de prácticamente todos, incluido el benjamín Leyson, que no era un obrero suficientemente capacitado y que para llegar a su máquina había de subirse a una caja de madera. Precisamente el conocimiento que Schindler tenía de sus obreros le permitió que en la lista final se incluyera al joven Leon, que había sido borrado inicialmente. La historia puso en su sitio a Schindler que pasó penurias económicas durante el resto de su vida y fue ayudado por muchos judíos, y fue enterrado en Israel, siendo oficialmente el único nazi que yace en tierras hebreas.

Reconforta saber que aunque el protagonista de esta historia sufrió mucho, y en no pocos momentos estuvo a punto de morir, al final la suerte estuvo con él, y todo ello pasando por haber perdido a miembros de su familia sin haber podido hacer absolutamente nada. Los recelos que se mantuvieron en Europa tras la Guerra, obligaron a su familia, como a otras muchas, a emigrar a Estados Unidos, donde comenzaron una nueva vida. Leon Leyson, que tenía una gran facilidad para los idiomas, se adaptó con cierta facilidad a su nuevo país, no tanto a sus padres. Allí llevó una vida cómoda y dichosa, se casó, tuvo dos hijos, fue un buen estudiante y se dedicó a la educación. Nos dejaría el pasado año el que fuera el superviviente más joven de aquella célebre, y los que le conocieron, especialmente su familia, hablan de él maravillas.

Cuesta creer, a la altura de las circunstancias que con la coyuntura del conflicto entre Israel y Palestina, no salga nadie o se acallen las voces de quien puede hablar (aún viven hoy supervivientes del holocausto), pregonando la barbarie que se está cometiendo. No digo que los israelíes no se puedan defender, siempre de forma justa, legítima y proporcional, pero el ataque indiscriminado a escuelas y las imágenes de infantes muertos amparándose en que con ellos se esconden los terroristas, nos hacen revivir una historia que pensábamos que tardaría mucho tiempo en repetirse y es que no aprendemos. Ahí lo dejo.

sábado, 2 de agosto de 2014

AGAMENÓN, UN MOZO RURAL QUE ERA IGUAL QUE SU ABUELO

Pasados apenas treinta años desde que el cómic o tebeo clásico sucumbió a la televisión, a los videojuegos, y ya más recientemente con los ordenadores y los móviles se le terminó de dar la puntilla, es triste apreciar que aquellos personajes ficticios han pasado al olvido más absoluto, quitando a Mortadelo y Filemón, a Zipi y Zape y a muy pocos más, que eran, de algún modo, las historietas más populares.

Con el paso de los años a esos otros personajes se les va apartando del recuerdo y quedan velados en un rincón de nuestras bibliotecas o en un hueco entre nuestras neuronas asociadas al pasado. Pero si los personajes de tebeo se encuentran en esa tesitura, los padres de los mismos apenas gozaron, ni gozarán ya de un mínimo reconocimiento, ni tan siquiera de una lejana evocación.

Esto ocurre con el padre de este personaje, si ya pasados esos treinta años desde que se dejó ver en las revistas infantiles de la época ya es difícil recordar las aventuras y desventuras del tal Agamenón, quién sabe qué fue del gran historietista Nené Estivill.

Estivill en contra de lo que pueda indicar en primera instancia su apellido, no era catalán, pese a que se vinculara a las editoriales que en aquella época publicaban esos tebeos clásicos, y viviera en Barcelona, aunque afincado a la hora de su muerte en abril de 2011 y en sus últimos veinticinco años de vida en Palma de Mallorca.

Pero, qué homenaje se le dedicó a Nené Estivill, qué medio de comunicación recogió su óbito, y después de ello quién sabe quién fue el dibujante pontevedrés Alejandro Santamaría Estivill.

Por cierto que para valorar en su justa medida de qué pasta estaban hechos estos historietistas hay que decir que este gallego alternaba su pasión artística con su trabajo en Telefónica, y al parecer, precisamente el incremento de responsabilidades en esa empresa fue lo que le hizo dejar aparcadas las plumas de forma profesional en el inicio de la década de los 80, aunque ocasionalmente las retomó. Ahí es nada, este tipo dedicaba su tiempo libre para deleitarnos con personajes como este.

Bueno, pues para ese recuerdo tenue he de señalar que tuvo el mérito de introducir en el panorama historietista español una temática que hasta ese momento no había quedado reflejada en el papel y era el mundo rural. Si hacemos una breve recopilación nos damos cuenta de que algo fallaba en las historietas de los años 60, sus personajes eran de ciudad (los Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, el Botones Sacarino, Don Pío, Carpanta...), algo que precisamente no se correspondía con la realidad de aquella España que aún seguía siendo más rural que urbana.

Agamenón fue el reflejo, de algún modo, de aquel mundo rural, de ese mundo noble, sin prisas, sin agobios, algo rudo, pero sin maldad. Además, rápidamente se identificó con ese medio rural, no sólo por sus andanzas, sino también por su forma de hablar que reproducía la fonética de mucha gente del campo, juntando palabras, con algunas incorrecciones léxicas, con giros impropios. El propio Estivill reconoció que el habla realmente se correspondería con la de los habitantes de algún pueblo anónimo del Pirineo aragonés, aunque en puridad, el habla de los personajes de Agamenón, se podía asemejar al de muchas zonas de España, y hoy creo que seguiría estando vigente. Ese habla se identificaría también con la de Paco Martínez Soria, ese actor que con la repetición infame de películas por TVE, ha terminado por caerme mal, lo siento.

El personaje en sí de Agamenón representaba a un mozo bruto, natural, algo gandul y comilón, que resolvía los problemas cotidianos que le surgían, a lo bravo, con no mucho cerebro, aunque a veces, esa inocencia o ingenuidad, igual que ocasionaba trastadas monumentales, también se alternaba con que esas ocurrencias agamenonianas acababan por resultar brillantes y dignas de elogio.

Pese a que Agamenón fuera el más brutote de Villamulas del Monte, en esa localidad ficticia abundaban los personajes del mismo corte, el padre del propio Agamenón, el alcalde, los comerciantes, los amigos, salvando algún empollón, el médico o el maestro, que trataban de mantener un equilibrio exiguo y obviamente desigual en un pueblo donde el progreso apenas había llegado.

Al hilo de lo anterior, Estivill sentenciaba con rigor la tradicional pugna entre la ciudad (los listos, los avanzados) y el campo (los palurdos y chapados a la antigua), siempre a favor de este último. En este sentido, en alguna de sus andanzas, Agamenón se topa con jóvenes urbanos que, amparados en esa especie de privilegiado estatus de lo moderno, tratan de aprovecharse para su regodeo de los pobres e inocentes pueblerinos protagonizados por nuestro joven amigo. Y aquí Estivill no se andaba con rodeos, Agamenón solía revertir su desventaja cultural con soluciones directas que siempre le hacían salir victorioso, y humillados a los urbanitas.

Esa vida del pueblo era tranquila, de profundo amor a la naturaleza y los animales, sana y ociosa hasta cierto punto; a nuestro amigo Agamenón se le veía en muchos episodios sentado en un taburete, dedicado a comer chorizos o consistentes pucheros en los que el ingrediente principal eran las alubias. Esto sacaba de quicio a su padre que, de vez en cuando, le soltaba algún mamporro para despertarle de esa placentera holgazanería. Pero, eso sí, cuando se trataba de trabajar, Agamenón trabajaba como un auténtico mulo, y no tenía rival en este aspecto.

Había no pocas ocasiones en las que Agamenón tenía que emplear su fuerza bruta, para ayudar a una joven, salvar al pueblo de unos ladrones, o incluso de unos descarados niños de ciudad, entonces sacaba a pasear sus puños o blandía una porra, a modo de rey de bastos para darle candela a cualquiera de forma impenitente.

Lo curioso de esta historieta y que, tal vez, sea el recuerdo más relevante que tengan muchos de mi época acerca de la misma, es que gran parte de las historietas terminaban con una sentencia de la abuela de Agamenón que decía «Igualico, igualico que el “defunto” de su “agüelico”». Es decir, que de casta le venía al galgo y, además, cuando la abuela soltaba esa coletilla por su boca siempre se la veía afanosa haciendo tareas de lo más dispares (tejiendo, cocinando, arreglando cacharros, limpiando...).

Puedo manifestar sinceramente que la carga doctrinal de esta historieta era ninguna o prácticamente ninguna, o sea, que era un tebeo para niños y jóvenes, destinado a la risa y la diversión, sin más; y esta conclusión siempre la saco tras mostrar los tebeos que suelo ir leyendo a mi hijo, y este ha sido de los que más le han gustado, porque los ha entendido casi todos y se ha reído mucho, además eso de igualico, igualico..., le ha hecho mucha gracia, con lo que, de algún modo, reafirma el sentido con el que bueno de Estivill culminaba la mayoría de las historietas de Agamenón.