sábado, 16 de septiembre de 2017

"MISTERIOSO ASESINATO EN CASA DE CERVANTES", DE JUAN ESLAVA GALÁN

Confieso que nunca había leído nada de mi paisano comprovinciano Juan Eslava Galán, y después comentaré por qué, aunque siempre lo he tenido como un divulgador de la historia ameno y sagaz, al que he escuchado en la tele, pero especialmente en la radio, porque yo sigo siendo muy afín a este medio de comunicación.

Eslava Galán nos propone un viaje a los inicios del siglo XVII, a Valladolid que se había convertido con los albores del inicio de la nueva centuria en la capital de España y, por ende, en la de todo un inmenso imperio, comandado por Felipe III y que comenzaba a hacer aguas por todos sus costados.

El popular escritor urgavonense aprovecha unos hechos reales para construir una novela que tiene un poco de todo, humor, tensión, historia, costumbrismo..., y que cuenta como foco gravitatorio con D. Miguel de Cervantes, aunque el mito de nuestras letras sirve como excusa para construir una trama detectivesca con múltiples variables que hacen muy amena su lectura.

Lo primero que me sorprendió de la novela es que la trama no se presenta enrevesada, es clara y directa, en apenas veinte páginas, las primeras, sin mayores preámbulos y vericuetos que muchos autores suelen utilizar para engordar sus obras y dilatar pesadamente el meollo, ya se nos ha presentado el intríngulis de la misma. Miguel de Cervantes y «las cervantas» (familiares directas del célebre escritor del Quijote que conviven con él) son enviados a prisión acusados de la muerte de un caballero, Gaspar de Ezpeleta, por la cercanía a la vivienda donde ocurre el óbito y por las habladurías y sospechas de una vecina cotilla y malcarada.

El bueno de Eslava, que es un erudito de la historia, y en la divulgación de la misma, ratón de biblioteca que siempre me ha llamado la atención por descubrirnos curiosidades de la vida de nuestros ancestros hace siglos; se pone en la piel de un morador del siglo XVII, y este es el segundo dato que sorprende agradablemente ya que adapta con ciertos matices su lenguaje que tiene innumerables giros de la época y palabras en cierto desuso. Pero no es una adaptación radical y eso permite que no desconectemos de la lectura, a veces ciertamente profusa en adjetivos y sinónimos. Yo siempre he sido de la opinión de que la lectura debe instruir y ha de ser rica, ¿de qué sirve un texto plano con un vocabulario simplón y casi infantil?, y el caso es que los hay; a mí me llena más un texto de cierto nivel y que te obligue de vez en cuando a mirar el diccionario. Además, hace una especie de guiño al Quijote de Cervantes cuando cada capítulo lo titula con un nombre largo e historiado.

En este sentido, en la novela el escritor ha tenido el acierto de proporcionar un justo equilibrio entre los giros de la época, lenguaje llano y palabras cultas, estas últimas se sacan con el contexto o se acude sin ningún problema a la RAE, que yo intento utilizar casi a diario, ahora con mayor inmediatez gracias a las posibilidades que las herramientas digitales nos proporcionan.

Don Teodoro llega a Valladolid con el encargo de la Duquesa de Arjona de intentar esclarecer el asesinato cometido y muy particularmente tratar de que Cervantes y su parentela abandonen la cárcel y se limpie su nombre. Don Teodoro, todo un detective de la antigüedad, es en realidad Doña Dorotea, una mujer culta y adelantada a su tiempo, que urde esa doble identidad para manejarse mejor en según qué lugares, donde una mujer en esa época sería imposible que pudiera acceder.

Con esa dualidad de personalidades, su educación y las monedas que lleva en su bolsa Doña Dorotea y Don Teodoro, curioso el juego de palabras, irán abriendo puertas y desmadejando la maraña. La liberación de Miguel de Cervantes y sus hermanas y sobrinas se logrará pronto, dada la endeblez de las pruebas en su contra, más fruto de la maledicencia que de otra cosa; y la búsqueda del autor o autores del asesinato ocupará la mayor parte de la trama.

La astucia de nuestro doble protagonista irá poco a poco descubriendo chanchullos, líos de faltas y hasta conspiraciones al más alto nivel, que obviamente no voy a desvelar para no destripar el desenlace, confiriendo a la trama una riqueza mayor, pero siempre de forma entretenida, en la que Eslava juega con habilidad con el tono cómico a veces, que permite tomar la obra con cierta simpatía. Tal vez el final me decepcionó un pelín, aunque seguro que es porque yo esperaba otro desenlace.

Se retrata muy bien la época y se pone de relieve por qué se venía nuestra nación abajo; los ricos y la aristocracia acostumbrados a vivir de las rentas y preocupados en mantener ese estatus contra viento y marea, los de abajo con el ansia de no dar un palo al agua y vivir de los de arriba; y finalmente una estrecha clase media de obreros, artesanos y agricultores que a duras penas tiraban del carro nacional, cuando no aspiraban a llenar la talega para vivir como los ricos.

Me voy a parar a título de curiosidad en una alusión que hace el autor hacia nuestra tierra jiennense, pues habla de la natura de Poyagorda el hornero, la natura se refiere a un sustantivo en desuso (obsérvese la tercera acepción en el diccionario de la RAE), que hace referencia a los atributos masculinos. En Bailén, donde resido, había escuchado la comparación, y hasta pensé sin mayores indagaciones que era algún personaje local, dado que en esta localidad hay y han habido muchos hornos (de cerámica). No obstante, rastreando un poco más, el tal Poyagorda no era otro que un personaje de la capital del Santo Reino, titular de un horno cercano al Pilar del Arrabalejo, que realizaba masas de pan muy generosas (atiéndase de igual modo al significado de «poya» en el diccionario y del «pan de poya»), luego en nada tenía que ver el nombre del tal Poyagorda con su miembro viril sino que era una característica propia de su oficio de panadero. Eso es lo que yo, en principio, he visto en Internet, por lo que Eslava Galán pudiera estar confundido en este punto, banal por otra parte, aunque es posible que él tenga otras fuentes. En fin, una curiosidad sin más.

No tendré inconveniente en el futuro en leer más de Eslava Galán, y lo que comentaba al principio, una vez pertenecí a una asociación cultural, y quisimos darle un premio, pero el autor pidió ciertos emolumentos por su asistencia no sé si con mayor o menor razón y criterio, aunque bien es verdad que este escritor arjonero ya lleva años en la Liga de campeones de la literatura y no quiere perder dinero en minucias, no sé. La asociación la abandoné hace años, también es verdad, por personalista y algo corrupta.

En fin, esta es una buena novela, a la que yo otorgaría una calificación de notable, y no es de extrañar que haya merecido idénticas consideraciones por parte de la crítica, no en vano es el Premio Primavera de Novela en 2015 que concede la Editorial España junto con El Corte Inglés.

sábado, 9 de septiembre de 2017

JUGANDO Y COLECCIONANDO CON LOS ASTROS DE LA LIGA DE LOS AÑOS 70 Y 80

En mi niñez, el final del verano y las semanas previas al inicio del nuevo curso escolar tenían un denominador común en las calles de mi barrio, que se convertían en el escenario del intercambio y juegos diversos con los cromos de la Liga de la temporada que se avecinaba como protagonistas, por cierto, que el sustantivo «cromo» a mí me suena muy cursi, porque en mi calle siempre le dijimos estampas.

En honor a la verdad yo nunca fui coleccionista de estampas de futbolistas, y conmigo yo creo que la mayoría de los niños de mi época, estoy hablando de finales de los 70 y principios de los 80, porque lo que nos apetecía era jugar con ellas. Yo tuve pocos álbumes de futbolistas, por no decir casi ninguno, no me llenaba hacer la colección, y sobre todo porque vagaba una especie de leyenda urbana que decía que había algunos futbolistas que nunca te salían en los sobres, por lo que te obligaban a pedirlos a la casa editorial que los hacía para completar los huecos, y esos cromos faltantes te los vendían a precio de oro.

Imagino que aquellos que tuvieron la delicadeza y la visión de guardar sus colecciones o cromos sueltos, ahora hacen sus pinitos en las páginas de compraventa de estos efectos en Internet, donde puedes encontrar de todo, aunque eso sí, para tener a aquel futbolista del que estabas enamorado tendrás que pagar hoy cierta cantidad.

A propósito de esto, antes los cromos no eran autoadhesivos como creo que son ahora, así que te tenías que comprar el pegamento de turno (enfrente de mi casa había una droguería que no vendía pegamento Imedio, que era más caro, sino pegamento Entero, juro que así se llamaba la marca o mi memoria me está traicionando) o en su defecto, que era lo más habitual, acudíamos a ese engrudo que se hacía con agua y harina.

La actividad de los cromos en esas semanas previas de la vuelta al cole, tenían más de juego que de intercambio, era fantástico jugar teniendo como excusa las fotos de los futbolistas que más o menos conocías, aunque también tenías el trasfondo de poder conseguir la plantilla completa de tu equipo favorito, tal vez ese jugador que salía nunca o muy poco, o sobre todo, aquellos cromos de la recentísima hornada, que se llamaban «Últimos fichajes» y que imagino que a los que coleccionaban de verdad les haría un lío tremendo, porque jamás sabían cuándo su colección iba a estar completa.

Creo que la temporada que más estampas acumulé fue la 1981-82, seguramente me hice con más de mil cromos, aunque es evidente que muchos eran repetidos. Entonces la casa que los fabricaba no era Panini, como son los que ahora circulan entre las (pocas) manos de los niños del siglo XXI, sino la Editorial Este, que desde Barcelona nos traía la emoción de rememorar año tras año una moda que nos gustaba, y que coincidía con esta época del año que a mí sinceramente es de las que más me gusta, el calor se reprime, se añora la vuelta a la rutina, hay aceitunas de cornezuelo…

Los de la Editorial Este se afanaban también en cada campaña con hacer los cromos de mayor calidad; recuerdo que la mayor innovación para los niños de mi época fue la de pasar de tener cromos donde solo se veía el busto de los jugadores, a otros más modernos donde se veía la foto de los mismos en una acción de juego y el busto en una esquina. Hay que decir que también hacían sus chapucillas, en aquella época donde el Photoshop no existía, a aquellos jugadores que se fichaban de última hora les repintaban burdamente una foto con la camiseta de su equipo anterior y lanzaban el cromo sin mayores miramientos.

El cómo llegué a juntar ese millar de estampas es algo que siempre me he estado preguntando, y es que igual que siempre tuve cromos de futbolistas en casa (y alguno he guardado) yo nunca compré muchos sobres. Aquel 1981 creo que conseguí cambiar estampas de jugadores «difíciles de que salieran», a razón de «yo te entrego la mía y tu me das diez a cambio». Y luego jugando y apostando, el juego más clásico era el de los montones; generalmente jugábamos dos, el que las barajaba, algunos con cierta destreza (vicio que yo tuve y que seguro que no he perdido), terminaban haciendo tres montones, el otro elegía uno de los tres y apostaba una cantidad variable, si la carta de abajo correspondía con el jugador cuyo nombre tenía más letras ganaba, si era el que menos perdía, si estaba en medio pues empate. Creo que era bastante justo, la victoria, el empate y la derrota se repartían exactamente en un 33,3 %. Había otros juegos, pero este era el que más se jugaba en mi calle.

Lo que pasa es que había jugadores habilidosos que sabían colocarlas, es decir, eran capaces de mandar a Jesús (portero del Cádiz) y con pocas letras, al final, lo cual era una tontería, porque una cosa era que supieras colocarlas, que yo sabía, y otra bien distinta que el otro jugador eligiera el montón donde tú habías puesto a Jesús.

También había un pequeño truco o engaño que consistía en despegar el cartón de la parte trasera y delantera, en la delantera colocabas a un jugador con pocas letras, Mayé de Las Palmas y por detrás alguno con muchas letras, los jugadores vascos eran geniales para eso, así Cortabarría o Satrústegui, ambos de la Real Sociedad. Pero este truquito tenía las patas muy cortas, porque lo normal es que tú levantaras las estampas por la parte de atrás, así que el extraerlas para que solo se viera la foto era un procedimiento raro y de momento te pillaban.

Se ve que aquel año gané muchas apuestas y me vi con una caja de zapatos casi llena de estampas, que hoy día tendría un cierto valor económico, pero sobre todo un gran valor sentimental porque me hubiera encantado recordar a aquellos futbolistas de inicios de los 80. Aquel arsenal de cromos se lo doné a un primo mío que tenía unos años menos que yo, e imagino que la colección tarde o temprano terminó en la basura. A mí siempre me llamaron la atención los jugadores friquis, los desconocidos antes y hoy, Ibeas o Pascual Beltrán del Castellón, el tal Jesús del Cádiz...

Por cierto que también recuerdo que en una temporada la estampa más codiciada era la del Ratón Ayala del Atlético Madrid, no sé si porque efectivamente era la rara de la colección o porque la apariencia melenuda del astro lo hacía más apreciado (yo siempre tuve una camiseta del At. de Madrid aunque soy del Real Madrid, pero me gustaba más la colchonera en contraposición del soso color blanco de la merengue); el caso es que siendo ese el cromo más deseado por todos, se la conseguí robar a un primo segundo mío y mis pésimas habilidades quedaron al descubierto porque ese primo descubrió la falta en menos de cinco minutos, y tuve que confesar. A todo esto hay que decir que si en el inicio del siglo XXI predominan en los futbolistas las barbas de varios días y los tatuajes, en la década de los 70 la moda era las melenas, las greñas.

También me pregunto cuál es el primer recuerdo que tengo de juntar con estampas, y con el Mundial del 74 en Alemania Federal aparece, sí yo tenía seis años y ya manejaba aquellos cromos de los que me acuerdo de unos pocos futbolistas, pero sobre todo de los de Zaire y Haití, que eran las selecciones pintorescas de aquel Mundial. Y no sé por qué pero recuerdo al jugador de Haití Jean Joseph con cierto cariño, me caía bien ese cromo, y jamás he olvidado su nombre.

En fin, esta es la historia de un coleccionismo que no lo era tal en mi caso, pero que generaba mucha afición. Hoy paradójicamente con la mayor avalancha y presión de los medios de comunicación que han provocado que el fútbol sea más que el deporte rey, un espectáculo con el deporte como excusa, los niños actuales no necesitan tantos cromos, aunque existan, porque a golpe de móvil tienen cincuenta mil fotos y vídeos de su futbolista favorito. Y esa es otra falacia del fútbol actual, los de mi época no soñábamos con llegar a ser estrellas, ahora cualquiera piensa que puede llegar a ser Messi, y eso tarde o temprano frustra enormemente.

domingo, 3 de septiembre de 2017

EL POSTUREO EN NUESTRO IDIOMA, ESCRIBIR MUCHO PARA NO DECIR NADA

Si leo revistas, que lo hago con habitualidad, lo suelo hacer con aquellas de temática tipo magacín, es decir, que tienen un poco de todo; de hecho soy suscriptor de Muy Interesante desde hace más de veinte años que es, en teoría, una revista de ciencia, aunque tiene de todo un poco. Pues cuando llego en esta revista o en otras a la sección de Motor se aventura un momento de relajación.

Me gusta leer publicaciones que tengan enjundia, que te hagan pensar y reflexionar, así que después de unas cuantas páginas en las que la cabeza ha estado dando vueltas no viene mal unos instantes de relax con noticias que aportan poco y que son como comer pipas, un entretenimiento sin sustancia.

Y es que después de tantos años llegando a las páginas de Motor de diversas revistas y medios digitales, me he dado cuenta de que los periodistas que las escriben se empeñan cada vez con más ahínco en que definitivamente no se diga nada en ellas y que la aportación técnica sea nula, porque se limitan a exponer las bondades de un vehículo de forma genérica, pues lo que expresan podría ser de ese o de otro parecido.

Expresiones como: «diseño juvenil», «suspensión innovadora», «estilo deportivo y musculoso», «imagen contundente», «tecnología optimizada para ofrecer un nivel de practicidad diaria que va más allá de las exigencias de los trayectos puramente urbanos», «conducción divertida», «permite un estilo de conducción personal», «es un coche rápido, directo, implacable», «conducción dinámica y segura», «experiencia de conducción agresiva y confortable», «vehículo extremadamente práctico que permite una experiencia al volante más activa»..., son vanas. Es evidente que podría llenar párrafos y párrafos de retahílas de calificativos de un coche, da igual el que sea, que apenas significan nada.

Los hacedores de estas páginas de Motor deben estar muy agradecidos a las marcas porque puedes leer de un coche lo mismo que de otro aunque físicamente tú veas que son dos vehículos completamente diferentes. En las revistas generalistas y medios digitales jamás he visto una mala opinión de un vehículo, todos son buenos lo cual seguramente es cierto.

Yo tengo un Kia Sportage que ahora cumple tres años y en la publicidad que me traje del concesionario antes de comprarlo apenas era una sucesión de páginas con expresión de las bondades del vehículo, qué menos. Sobre el mismo reporto: «creado para no dejar de sorprenderte», «suficiente espacio para ti y para tu imaginación», «tacto suave y cómodo del volante», «asientos robustos y confortables», «sensación de amplitud y visión muy correcta», «agilidad en carretera», «rapidez en la dirección», «vehículo muy capaz», «uno de los SUV compactos más atractivos del mercado»... En fin, pura palabrería. Por cierto que lo del tacto suave y cómodo es una chorrada porque el volante es igual de duro que el de mi antiguo de Volkswagen Polo de 1998, que además entiendo que es lo que tiene que ser un volante, duro para agarrarlo bien.

Creo que mi padre me lo decía y la gente mayor lo comenta también que en el siglo XXI ya no hay coche malo, efectivamente cada vehículo lleva detrás un importante bagaje de I + D, por lo que el objetivo principal de desplazarte de un lugar a otro con seguridad lo cumplen todos. Pero es que se echa de menos que todas estas páginas de motor con contenidos bastante planos, como se ha podido comprobar, te ayuden un poco más en tu elección.

Y es que dudo mucho que alguien mire estas páginas a la hora de decidirse, de hecho, el mundo del motor es ahora más rico en cuanto a marcas que hace cuarenta años. Antes había siete u ocho marcas con sus distintos modelos, ahora hay cincuenta y la diversificación de modelos es inacabable, inaccesible para un lego en la materia como yo.

Yo, e imagino que conmigo, cualquier común de los mortales, solemos tener las cosas claritas: cuánto me voy a gastar, tipo de coche (grande, chico, todoterreno, furgoneta...), diseño, potencia, color y poco más... Con el dinero que te vas a gastar encontrarás lo menos diez coches diferentes con características muy similares y al final te fijas en detalles casi intangibles, en mi caso: el diseño exterior parecía chulo, siete años de garantía, un buen maletero y que a la familia le gustó. Me daba igual la potencia, algo que hoy no se necesita, el acabado interior o si llevaba o no navegador de a bordo...

Es obvio que no me refiero en este punto a revistas especializadas del motor, que ni leo ni compro, pues reconozco que no soy un apasionado del volante y conduzco por obligación, donde entiendo que se entra con más detalle en lo que no se aprecia en la referida palabrería.

A esas revistas y medios digitales generalistas sí que les pediría que no fueran tan pagados de sí mismos y de las marcas, y que se mojaran un poco, que pusieran alguna pega, algún defecto, porque igual que todos los coches son buenos, todos tienen también sus cosillas, ruidos, prevalencia en ir al taller, consumos reales y no los ficticios o ideales que son los que se realizan cuando se elabora la ficha técnica (se llevan a cabo en circuitos cerrados y con condiciones idóneas, tales como pocas curvas, en llano, con nulo viento y sin carga)...

Por cierto que el sector del motor no es el único que hace postureos con sus opiniones, en el mundo de la gastronomía, donde no hay que olvidar que se han aposentado los nuevos gurús del siglo XXI, hace ya tiempo que el vocabulario ha quedado afectado por una notable carga de adjetivos calificativos que tratan de adornar lo que un plato tal vez es imposible que diga por su mediocridad por su ridícula vanguardia.

Ya llevamos muchos años encontrándonos en las cartas de menús de los restaurantes con estrambóticos títulos de platos que tardas más en leerlos que en comértelos, pero es que ahora con la proliferación de esos gurús, los programas de cocina en las televisiones y los concursos para descubrir nuevas estrellas de los fogones se ha generado un submundo donde envolver con una historia fantástica un plato se ha vuelto tan importante como su elaboración.

Pero claro entre tanta esferificación, tanto infusionar, el hidrógeno líquido, el arginato o la deconstrucción, creo que a veces perdemos el norte. Porque, a ver si nos enteramos, que aquí lo importante no es la técnica utilizada ni el rollo que el cocinero de turno suelte sobre un plato, que cuando nos sentamos a una mesa queremos comer (y no quedarnos con hambre) y, en la medida de lo posible, que esté rico, pero siempre por este orden.

No obstante, muchos cocineros con programas propios en la televisión, se atreven con todo e incluso hasta tomarnos el pelo, por cierto que he hecho una recopilación este verano de platos extravagantes y no tienen desperdicio, o a lo mejor son todo desperdicio: un platito realizado encima de un cojín, otro servido en unas sandalias de playa y, finalmente, un desafortunado engendro que incluía tierra auténtica.

Huelga decir que si esos platos y otros de supuesta vanguardia no los vistes con un buen discurso no te comes un rosco, porque los urbanitas que están a la última esperan precisamente eso, comerse algo diferente y que te suelten un rollo para convencer tus sentidos más allá de tus papilas gustativas; un arte al que esos gurús se han acostumbrado de tal forma que, como digo, ya han perdido el norte, porque la gastronomía, que sí que puede ser un arte, debe dar de comer, una necesidad vital para el ser humano.

Y, por último, el vino, otro campo donde el vocabulario sirve para bien poco, o sobre todo para el autobombo de enólogos, catadores y de los que, por escuetas que sean, redactan las etiquetas. ¿Qué es un vino redondo, estructurado? ¿O un vino armónico con los taninos bien pulidos? ¿O un vino pleno, potente, agradable y con personalidad? Pues que esto es como los coches, pero casi peor, porque igual que todos los coches son buenos, en los vinos hay buenos y no tan buenos, y lo gracioso es que ni los que se las dan de expertos son capaces de diferenciar un vino bueno de uno de tetrabrik de euro el litro y si no observen lo que le ocurrió a «El comidista» hace un par de años con ocasión de una feria para profesionales del vino.

Señores y señoras que se dedican a escribir sobre vinos, bájense un poco a la arena; a mí me gusta el vino, pero soy incapaz de apreciar el sabor a cereza, a regaliz, a pimiento o a café, ¿por qué no tratan de ser más didácticos y nos facilitan las cosas en las etiquetas visto que en este país la mayoría somos incapaces de diferenciar un vino bueno del malo?

Claro que se sobreentiende que el que elabora las etiquetas o el que informa en las revistas no se va a tirar piedras sobre su propio tejado, pues nada, nos montaremos en un coche que tenga conducción dinámica y porte elegante y al llegar al restaurante nos comeremos filetes de lenguado de la bahía con mantequilla fundida, aromas cítricos, sobre almohada de patatas torneadas; de postre tierra de brownie de queso de cabra y tomate cremoso con núcleo de frambuesa, bordeado de doradas hojas de cacao, micro margaritas y pétalos de clavellina con piedra de coco y mariposa de mango; y todo ello bien regado con un caldo bien estructurado, delicado en boca, con matices florales y retrogusto suave. En definitiva, ahí llevas Villegas.

sábado, 26 de agosto de 2017

HIJOKAIDAN, UNA ESCALERA DE INCENDIOS HACIA EL INFINITO MUSICAL

Si alguien piensa que en el mundo de la música está todo inventado o que lo ha visto todo, pongo mi brazo en el fuego a que en la mayoría de los casos, aquel que sea tan osado de afirmar esto, se equivoca de cabo a rabo.

El mundo de la música proporciona constantemente nuevos horizontes de creatividad y consuela conocer que aunque hay unos circuitos comerciales muy consolidados, en los submundos de la música sigue habiendo vida, y más histriónica y sorprendente que la que nos podemos imaginar.

Resumamos la historia de la humanidad de forma muy somera, Dios creó el mundo, nació la música y los japoneses Hijokaidan emergieron de las entrañas de la Tierra.

A todo esto, también se equivoca quien piensa que los japoneses son un pueblo muy educado, con una moral absolutamente recta y que son incapaces de sacar los pies del plato en ningún momento. Sin duda que mi afición friki al deporte del sumo me ha ayudado a conocer más de la cultura japonesa, su idiosincrasia y sus modos de vida, básicamente porque consumo información en la medida de mis posibilidades que proviene del país del sol naciente.

En alguna ocasión he comentado en esta bitácora que hay espacios musicales bastante residuales a los que solo se accede por convicción, por pasión o por una mezcla de ambas. La noise music (música ruido o música ruidosa) es uno de esos géneros estrambóticos que circula por los sustratos de la música y, sin embargo, se mueve, tiene un público, existen grupos, se hacen conciertos y vive.

La noise music es básicamente ruido por acotar términos, le podremos dar las vueltas que queramos pero es improvisación libre de música a toda pastilla, guitarras, voces, batería y algún instrumento más, comienzan a sonar a máximo volumen sin aparente guion.

Pero la música de Hijokaidan no se caracteriza solo por ser ruidosa, Hijokaidan es mucho más y es lo que, desde que los conocí, me ha llamado la atención de este grupo; y es que generar ruido sin más puede resultar un tanto plano, monótono, pero si a esa música le proporcionamos un espectáculo (casi teatral), entonces el asunto ya va tomando otro cariz.

Hijokaidan ha presumido de tener una de las performance más brutales del mundo entero, actuaciones sobrecogedoras que difícilmente no estremecen a una persona en su sano juicio: destrozan instrumentos, se embadurnan en basura y se revuelcan en la misma, vomitan e incluso se orinan y hacen partícipe al público. Se puede pinchar sobre este enlace, aunque evidentemente no es apto para personas escrupulosas.

Y sí, con estos mínimos argumentos el espectáculo está montado, porque su grupo de adeptos, y no estamos hablando de cuatro locos, son más que incondicionales, deliran a la par que los integrantes del grupo con una puesta en escena caótica donde todo vale y no hay límites para la moral o para lo impuesto.

Claro que Hijokaidan no es un invento calenturiento de una noche de verano, nacieron en Kioto a principios de los 80 y siguen vivos, o sea, que llevan casi cuarenta años reinventándose y haciendo un peculiar espectáculo con su música; y desde luego, su onda gravitacional se ha extendido allende sus fronteras y han actuado en locales de un montón de países, de hecho, me consta que en Nueva York tienen una legión de seguidores.

En honor a la verdad y corroborando que la juventud es siempre muy atrevida, bien es cierto que eran más habituales sus espectaculares performance en sus inicios, y que ahora son algo más modositos, pero aun así, el que tuvo retuvo y solo la amenaza de que la pueden liar, mezclada con esa música que conmociona los sentidos y que es fronteriza con el delirio, supone una inquietante exposición a una experiencia a la que no nos acostumbramos las personas normales, si es que yo o los que me leen realmente lo somos.

Ciertamente aunque Hijokaidan tiene discografía (quince álbumes), los conciertos dan mucho juego a la improvisación, sin embargo, los discos tienen una cierta planificación, se supone que hay algo de música ordenada, se supone que hay alguna letra entendible; pero solo se supone, ante todo es ruido y eso le «pone» a sus apasionados.

No es de extrañar que eligieran el nombre del grupo para que evocara cierta intolerancia, cierta desvergüenza, se traduce como «Escalera de incendios», que bien podríamos interpretar como esa a la que el grupo accede para meterse de lleno en la boca del lobo, o aquella otra a la que el público se quiere aferrar para huir del horror, que todo es posible. Hijokaidan es provocación y ellos lo saben, el que acuda a un concierto y espere otra cosa ya sabe lo que tiene que hacer, que se ponga Los 40 principales.

Para completar esta entrada bastante friki, cabría preguntarse si Hijokaidan y la filatelia tienen alguna relación, y sí, y es que en el año 2013 España y Japón sacaron una serie de sellos conjunta en ocasión de la celebración del «Año Dual», en el que se conmemoraban no sé cuántos años de relaciones fructíferas entre ambos países. En el programa de actos rezaba la actuación en una sala de conciertos de Osaka y promovida por la Embajada española del grupo también español de música alternativa (bastante desconocidos en nuestro país) «Esplendor geométrico», en la que actuó al alimón con Hijokaidan; debió de ser un espectáculo inenarrable.

Pues nada, a las órdenes de Yoshiyuki Hiroshige «Jojo», este grupo japonés sigue cultivando sobre terrenos musicales que jamás imaginaríamos que se pueden explorar, y es que la música y el espectáculo a que va unida parece no tener límites, por suerte para la creatividad de nuestras mentes.

sábado, 19 de agosto de 2017

"LA CAÍDA DE LA CASA USHER", DE ROGER CORMAN

Ya comenté en una ocasión que mi amor por el cine se remonta a mi infancia, cuando abundaban precisamente los cines en cada barrio, en cada pueblo. Incluso pequeñas localidades de la Andalucía profunda como Begíjar, donde pasé muchos momentos de mi niñez, contaban con sala de invierno y de verano para hacer las delicias de la población, que no disponía de tanta variedad de entretenimientos como ahora. Así que entre que tenía enchufe para colarme siempre en el cine de Paco Leive en Begíjar y el cine Roselly en Linares donde o pagaba o subía a alguna tapia con la gente de mi barrio para ver (mal) aquellas pelis clásicas de Bruce Lee, se construyó mi idilio por el séptimo arte.

El género de terror no ha sido nunca de mis preferidos, primero porque soy bastante incrédulo y segundo porque una historia inventada por muy bien armada que esté no me da más miedo que las malas personas, la soledad y tal vez la oscuridad. No obstante, no niego que alguna peli se ha colado a lo largo de mi vida, que he visto más por curiosidad que por interés, y efectivamente casi ninguna ha llegado a conmoverme lo más mínimo. Si tuviera que quedarme con alguna, sin duda me inclinaría por «El resplandor», un largometraje de suspense psicológico que angustia, probablemente «Perros de paja» también; pero no es miedo lo que late, es tensión por saber qué ocurrirá en la siguiente escena.

Esta película de 1960 que hoy traigo a colación, «La caída de la casa Usher», pronúnciese el apellido en español como Asher, es la adaptación cinematográfica más reconocida de un cuento de terror de Edgar Allan Poe. Su director, Roger Corman, se ha dedicado durante la mayor parte de su vida a la difícil tarea de hacer películas de miedo, y en su trayectoria no destacan más que tres o cuatro películas salvables y la inmensa mayoría a las que podríamos calificar como de serie B. Y es que este género es muy complicado y, o se hace muy bien con las excepciones que he citado, o es parcela para los entusiastas e incondicionales de este cine que año tras año sigue produciendo nuevos proyectos con limitado éxito.

Y esta película, aun estando bien hecha, no deja de quedarse en ese intento de adaptación, porque constreñir algo más de cien páginas de poesía, espiritualidad, melancolía y ensoñaciones (no he leído el cuento pero sí lo conocía y he leído algunos resúmenes) en ochenta minutos de grabación, se me antoja un ejercicio de excesiva concisión, es más hay cambios demasiado sustanciales en la película con respecto al libro.

Por tanto, más que una adaptación, Roger Corman nos propone una interpretación del cuento, centrándose en el argumento principal y dándole mucha importancia al trabajo de los actores, tan solo cuatro. El hecho de que sean solo cuatro podría ofrecernos la dimensión de una obra teatral, puesto que por otro lado, la acción se desarrolla en una mansión, pero precisamente los múltiples espacios que se representan en la casa obligarían a encapsular demasiado la trama.

Y es que lo mejor de la película son sus cuatro actores, entre paréntesis el personaje: Mark Damon (Phillip Winthrop), Madeline Usher (Myrna Fahey), Roderick (Vincent Price) y Bristol (Harry Ellerbe). Nos remontamos a la segunda mitad del siglo XIX y el joven Winthrop acude desde Boston hasta la mansión de los Usher, bastante siniestra bien es cierto, con el objetivo de reunirse con su prometida Madeline para volverse con ella y contraer matrimonio, pero el mayordomo Bristol lo recibe con cierto desprecio, insistiéndole en que no es bienvenido y que se tiene que marchar. A regañadientes accederá a la casa y el hermano de su prometida le conmina a que se largue pues Madeline está débil y enferma.

Winthrop no cejará en su empeño y se quedará a pasar la noche, mientras percibe que más allá del amor que profesa a Madeline y que es correspondido, no solo tiene de enemigos al señor Usher y un impertérrito Bristol, sino que la casa es una especie de laberinto de misterios que le prepara una sorpresa a cada instante.

La mansión se resquebraja pero también todo lo que une a Winthrop con esa casa, el compromiso con su amada; pues poco a poco los Usher van desvelando los misterios que les impiden abandonar esa casa maldita.

Los trabajos interpretativos son sensacionales y la mansión muy bien conseguida. El vestuario contribuye a ofrecer una imagen de tenebrismo y congoja. Roderick Usher, el hermano de Madeline, casi da miedo con su sola presencia, presenta un rostro sepulcral y un traje rojo sangre que casi asusta en cada escena. Madeline está entre tierna y endemoniada. Bristol entre cortés e implacable; y el joven Winthrop en su papel de enamorado que no da su brazo a torcer, noble pero obsesionado con salvar a su prometida.

Pero la casa se hunde y nos muestra los terribles secretos que contiene, las pesadillas de Winthrop se convierten en realidad y luchará por evitar que todo el mal que se cierne sobre la casa tome cuerpo.

Salvando las interpretaciones, la ambientación y el vestuario, la película tiene visibles defectos, problemas de enfoque, unos efectos especiales ramplones y una trama previsible y que no convence, ni conmueve, o sea, miedo poquito.

Ha habido alguna película más sobre el cuento, incluso cortometrajes, intentos solo que nos ofrecen diversas perspectivas. La crónica más reconocida es esta, aunque deja que desear. Tal vez si hoy se produjera habría muchas más oportunidades para explayarse.

sábado, 12 de agosto de 2017

LOS CULEBRONES, PRODUCTO TELEVISIVO CON LARGA VIDA

Estamos a mediados de los 80 y TVE comienza a agrandar su parrilla horaria con nuevos espacios, ante los embates de las televisiones autonómicas y la llegada, que se avecinaba en poco tiempo, de las cadenas privadas. Fue el tiempo en que el horario de mañana, antes territorio solo explorado durante los fines de semana, comienza a ser un interesante mercado en los días laborables, con un público potencial que está en esa franja en sus casas y que desea ver la tele mientras desayuna o hace las labores hogareñas.

Así TVE comienza a producir programas magacines, de variedades, en el que había un poco de todo, noticias, chismorreos, debate, música... Se me pierde un poco en los orígenes de los tiempos cuándo fue el pistoletazo de salida como tal. Pero sí que quería tomarlo como punto de referencia, porque al poco del nacimiento de estos magacines matutinos, en España recuerdo que se vio por primera vez «oficialmente» un culebrón.

No podré olvidar jamás el título de esta telenovela, mexicana para más señas, que se llamaba «Los ricos también lloran» y que inauguró en nuestro país este nuevo producto televisivo. Culebrón que como cabe deducir de su nombre, hace referencia a una serie de larguísima duración y con múltiples enredos y líos, como si de una serpiente se tratara.

Los culebrones, que llevan funcionando en América Latina como una industria sólida desde los finales de los años 70, gozan de un gran predicamento en buena parte de la audiencia porque gravitan sobre temáticas que llaman a la curiosidad del telespectador medio.

Son muchos los rasgos característicos, pero podríamos sintetizar más o menos en estos: 1. Son historias de buenos y malos esterotipados, con unos malos supermalísimos con un elenco de defectos innumerable pero con la habilidad de maquinar a lo largo del tiempo para mantener sus estatus, pues suelen ser generalmente ricos; los buenos por su parte acostumbran a ser de extracción humilde, pero son un dechado de virtudes, tremendos sufridores antes las cruentas adversidades de la vida, por otro lado, muy religiosos. Los buenos suelen ser guapos y guapas y en los malos abundan más los poco agraciados. Entre ricos y pobres, buenos y malos, suele haber conexiones (amorosas), y en una misma familia y con la misma sangre conviven buenos y malos. 2. Tienen estas series la gran virtud de que te puedes perder muchos capítulos y retomarla sin pérdidas sustanciales, pues juegan con la sensación de que en cada capítulo pasan muchas cosas, pero realmente no pasa nada. 3. Los enredos gravitan sobre las vidas de las personas: el dinero, la familia, muchos hijos y padres ocultos y secretos de familia, el poder, veladas tensiones sexuales, algún discapacitado, tal que reproduce, aunque de manera exagerada, la vida real. 4. Las historias, en su largo discurrir, se fundamentan en el sufrimiento; las productoras descubrieron ese filón que también es el reflejo de la sociedad, que se ha acostumbrado más a las malas noticias que a las buenas; de hecho, tanto dolor acumulado se resuelve en el desenlace, que apenas toma partido en el último o en los dos últimos capítulos. 5. El culebrón también ensalza el chismorreo y eso genera hambre en la audiencia que asiste diaria a cada capítulo. Te metes en la vida de una familia que no conoces, que teóricamente no te interesa su vida, pero necesitas saberlo todo de ella, todos sus secretos, todos sus trapos sucios, y esa familia te lo va a contar todo, no va a dejar ningún cabo suelto. 6. Estas series tienen un argumento muy simple, tramas y subtramas muy sencillitas, nada de calentarse la cabeza, por lo que es muy fácil seguirlas y opinar de ellas para un amplio espectro de la población.

Es muy probable que estas series, en algún momento de su historia, hayan funcionado con un panel de telespectadores que ven los capítulos antes de su emisión y opinan sobre lo que les gusta, lo que no, por dónde deben orientarse las tramas y subtramas, generación de nuevos personajes... Esto funciona muy bien en cualquier serie, porque los guionistas, metidos en su capullo no tienen acceso a las opiniones de la calle, y ese panel no técnico es un fantástico sensor de las querencias del público.

No voy a negar que he visto culebrones alguna vez, por unas circunstancias u otras, porque no había otra cosa que hacer, era la única opción, o estaba en la habitación donde echaba la siesta. «Los ricos también lloran» no la vi, y sí vi bastantes capítulos de «Cristal» y «Topacio», esta última si no recuerdo mal, emitida por Canal Sur. Aunque lo que yo siempre eché en falta es que nunca llegara a ver el último capítulo de esa o de otras, porque sería tener mucha suerte, que es donde me consta que los malos tienen el peor de los finales, o mueren de forma trágica y dolorosa, o quedan impedidos de tal manera que tengan un sufrimiento de por vida; y los buenos, por supuesto, salen airosos.

Aquel primitivo culebrón de «Los ricos también lloran» que ocupaba el horario de mañana, fue dejando paso al horario de tarde, probablemente mucho más prolífico a la hora de captar audiencia, esa hora de después de comer donde te entra el sopor postprandial y tienes necesariamente que apaciguarlo en un sofá o en un sillón para ver la tele, o como sonido de fondo para echar la siesta (he dormido cientos de capítulos de culebrones y de documentales de la selva en la 2).

Los culebrones son una industria muy consolidada, porque múltiples productoras latinoamericanas las siguen produciendo actualmente y ello se puede constatar porque en España, sin ir más lejos, Antena Nova está buena parte del día emitiendo este producto en sucesivas series. Mi suegra es particularmente aficionada a estas y cuando voy a comer a su casa o por la noche siempre tiene puesta alguna.

Tradicionalmente los culebrones latinoamericanos por antonomasia son los venezolanos, y copando la segunda posición casi al alimón los mexicanos y colombianos. Prácticamente en todos los países de América Latina se han hecho telenovelas, incluido Brasil, de las que nos venían las series obviamente dobladas pero con una sistemática similar a la de los países vecinos. Hubo una telenovela chilena también de hace años, titulada «Machos», de la que recuerdo poco más que su música de entrada y un grupo de hombres vestidos de traje que caminaban en línea con cierta soberbia.

En cuanto a la calidad, hay que decir que ha ido mejorando con el tiempo, partiendo de decorados muy básicos hace treinta años, elenco actoral muy verde, errores de postproducción en los que se apreciaban los micrófonos, y actores que iban con pinganillo por la premura de las grabaciones. Ahora cuentan con mayor presupuesto, hay muchos exteriores, pese a que las historias algo modernizadas sigue girando alrededor de los caracteres que las han hecho tan populares.

Técnicamente en España no se han hecho telenovelas, o han querido separarse productos y formatos similares del culebrón, aunque las teleseries vespertinas de larga duración y varias temporadas, incluso algunas de noche (en Canal Sur hubo una de algunos cientos o miles de capítulos), cuentan con aspectos muy identificativos del culebrón.

Es evidente que la telenovela-culebrón seguirá teniendo larga vida como largas son cada una de ellas, en España y en América son muy populares, especialmente en un público de mediana y tercera edad. Pero curiosamente también son populares en otras partes del mundo, en la tele ha salido gente de Rumanía que habla español gracias a las telenovelas (se emiten en versión original con subtítulos). El producto, con sus peculiaridades, es casi mundial; en Mongolia me consta que las hay, cuando fui a Etiopía las había y con una ambientación muy sudamericana… Pues eso, larga vida, para los que las quieran ver.

sábado, 5 de agosto de 2017

"LA CHICA DEL ABRIGO AZUL", DE MONICA HESSE

Lectura moderada de verano, así se podría calificar esta novelita que me ha acompañado durante un par de semanas en mis tardes de estío. Y moderada debe ser la calificación final porque las expectativas que anunciaba la historia, al final no han estado a la altura y me ha dejado un sabor un tanto agridulce. Fácil de leer, bien es cierto, no tiene una gran extensión, pero aun así, me ha parecido que divaga mucho y que el desenlace es tan rebuscado como inverosímil.

Hanneke es una joven que vive en la Holanda ocupada por los nazis en plena 2ª Guerra Mundial, 1943 concretamente y en Amsterdam. En un escenario de opresión y penurias, la protagonista tiene el extraño oficio de encontradora de cosas, una especie de estraperlista o facilitadora de pequeños lujos para aquellos que tienen algo que ofrecer a cambio, generalmente dinero. Con su bicicleta, tan típica del país holandés, Hanneke mueve sus hilos para que las peticiones de su clientela sean debidamente cubiertas y que cada cual pueda tener su pequeño exceso entre tanta escasez: cigarrillos, chocolate, café, un perfume... La joven tiene oficialmente su oficio en una funeraria, donde el señor Kreuk ampara la libertad de movimientos de su empleada.

Es todo un ejercicio de astucia y sagacidad el que tiene que llevar a cabo cada día Hanneke para no solo conseguir lo que le pide su clientela, sino que además debe hacerlo con la suficiente discreción para pasar desapercibida ante los soldados nazis, aunque bien es cierto que alguna vez se encuentra en la tesitura de tener que tirar de su arsenal de excusas o mentirijillas, incluso de ciertas dotes de seducción, para librarse de ellos.

Una apacible aunque arriesgada rutina diaria se verá alterada cuando una de sus clientas, la señora Janssen le propone encontrar algo muy diferente a un producto del estraperlo, en concreto a una persona. La joven Mirjam, perteneciente a una familia judía, se encontraba oculta en esa casa hasta hace unas horas, cuando ha desaparecido de una manera de un tanto extraña, y lo que es peor su desconocido paradero la ponen en una situación de grave riesgo porque es objetivo evidente de los nazis. La señora Janssen le propone que encuentre a Mirjam antes de que lo hagan sus enemigos.

Hanneke, medio acostumbrada a una vida extraña pero rutinaria, que vive con sus padres dentro de lo apacible que puede ser una contienda bélica, inicialmente no querrá abandonar ese espacio ideal de su quehacer diario y no accederá a ese encargo, pero tardará pocas horas en reaccionar, su innata audacia le obliga a embarcarse en una aventura de insospechadas consecuencias.

Esa seguridad, tal vez letárgica, de lo conocido dará paso a un nuevo horizonte para Hanneke, capaz de conseguir casi cualquier cosa en el mercado negro, pero incapaz de hallar a una joven de la que poco más se sabe que su nombre y que vestía un llamativo abrigo azul.

Y es que a Hanneke, que aún es adolescente, se le reviven los recuerdos de su novio Bas, el cual se fue a la Guerra casi porque ella lo conminó, y mientras estos sentimientos están a flor de piel, tiene la necesidad de resarcir su memoria y a la sociedad, y puede ofrecer algo más que el simple avituallamiento a familias con ciertos posibles.

La aventura de la búsqueda de Mirjam se convertirá pues, en la chispa que moverá un enorme engranaje de favores; eso hará que tenga que acudir a la comunidad judía y a la organización que clandestinamente todavía funciona para realizar sus pesquisas. Hanneke comprobará que más allá de la búsqueda de una joven, la organización se mueve en favor de la colectividad, su objetivo es salvar al mayor número de personas.

La protagonista se dará de bruces con la realidad, esa realidad que es impensable para una joven con sus papeles en regla (no es judía), pero que no comulga con la ocupación nazi, y no tiene más remedio que colaborar con la «resistencia», mediante el intercambio de favores. Son otros jóvenes que viven en primera persona los avatares de pertenecer a otra etnia y estar señalados para el peor de los finales.

Con no pocas dificultades llegarán a dar con Mirjam, el Schowburg es el escenario inopinado (un teatro real de Amsterdam) en el que se centralizan las deportaciones de los nazis en dicha ciudad, y son informados del momento en que van a ser sacados de allí y conducidos por las calles del centro para su traslado a un campo de concentración. Hanneke y sus nuevos amigos montarán todo un dispositivo para intentar rescatar a Mirjam y un cochecito de bebé que contiene una cámara de fotos clandestina con imágenes que pondrían en peligro a toda la resistencia.

La autora de esta novela, la estadounidense Monica Hesse, pese a que el libro no es extenso, se anda un poco por las ramas hasta lanzar la trama principal, y ahora en pocas páginas nos ofrece un desenlace inesperado y que a mí no me convenció, demasiado liado, rebuscado y, a la postre, claramente con signos de irreal. Bien es cierto que la obra es inventada pero en el desenlace se suceden personas que no son quienes eran, otras que no son quienes dicen ser, traiciones, secretos y, al final, muerte; muerte de inocentes fuera del bando que fueran.

El desenlace, del que no quiero desvelar su contenido, se revela como un giro que aunque, como he señalado antes, es inesperado, por el momento en que se obtiene la información principal y a la vista de que todavía hay páginas por leer, ya sabemos qué es lo que va a ocurrir, tan solo queda saber los porqués.

Señala Monica Hesse en su epílogo que se ha ilustrado para hacer la novela con un sinfín de documentos de la época, que ha contactado con holandeses para ambientar el Amsterdam de la 2ª Guerra Mundial, y esa sensación sí que la da, de estar concienzudamente escrito. Los personajes parecen demasiado maduros para ser adolescentes, de hecho, ella refiere que su idea inicial era que estos fueran adultos, pero uno de sus editores sugirió el cambio. Y principalmente, una Mirjam oculta en un escondite secreto de un armario de la señora Janssen, se inspira en la joven Ana Frank que se refugió junto a su familia durante dos años en un escondrijo de una vivienda de la capital holandesa.

Monica Hesse recibió en este año el Premio Edgar a la Mejor Obra para Adulto Joven por esta novela, tal vez el jurado haya visto mucha intrepidez en los jóvenes que la protagonizan, pero el final a mí me falla, me ha faltado algo, es como si se careciera de más esencia, jugo, como si los personajes no terminaran de encajar con el escenario. La he visto, en general, un pelín suave, tal vez ñoña, o a lo mejor era el momento en que la leí.