domingo, 15 de abril de 2018

LAS BANDAS DE MÚSICA DE SEMANA SANTA, UN EXCELENTE INTEGRADOR SOCIAL

Que la Semana Santa es más pasión y fiesta que religión es algo constatable, no ya solo porque lo es, lo cual es palpable, por mucho que a algunos les duela esta afirmación y en particular a la Iglesia Católica; sino porque el ingente tropel de personas que participan de esta celebración es infinitamente mayor que los que acuden todos los domingos a misa en cumplimiento del tercer mandamiento de la Ley de Dios. Ahora bien, que sea más festejo que religiosidad no quita que exista también un sentimiento exaltado de trascendencia; basta con que una imagen pase por delante de los ojos de alguien que no ha acudido a misa desde que hizo la primera comunión, para que experimente la necesidad de permanecer parado por un momento con solemnidad y santiguarse.

Yo he salido en procesiones de Semana Santa muchas veces a lo largo de mi vida, en una banda de música, como horquillero y finalmente como costalero. Cuando estaba debajo del Cristo rodeado de jóvenes y no tan jóvenes, hombro con hombro, codo con codo, sentía la sensación de estar solo, aislado, era silencio en medio del ruido, era un momento de especial recogimiento para pensar en asuntos existenciales. Y eso, allí rodeado de hombres, cada cual de su padre y de su madre, te encontrabas con una muestra representativa de nuestra sociedad, profesionales de todo tipo, parados, buenas personas, mala gente, tipos extraordinarios e individuos incultos y básicos más cercanos genéticamente a un animal que a un humano…; y a pesar de todo, ahí estábamos todos, iguales, unidos por algo, habíamos dejado nuestra mochila antes de meternos bajo las andas y cada cual con su motivación había decidido estar allí cuando podría estar en cualquier otro sitio evitando este sacrificio. Y esto era lo que más me llenaba que, si por un momento, tantos pecadores que estábamos ahí, o tantas malas personas, ovejas descarriadas, por un instante, aunque fuera un segundo, el hecho de estar debajo de una figura que representa a Jesucristo les inspiraba, nos inspiraba algo trascendente, un hálito para enfrentar el día siguiente de una manera distinta, para plantearse que se puede ser mejor persona, entonces merecía la pena la Semana Santa, lo merecía y mucho, y por extensión también a todas esas personas que se mueven en esos días especiales, los que acompañan, los que miran, los que se ganan la vida todo el año en diversos oficios artísticos que giran en torno a esta celebración…

No obstante, si hay un colectivo que mejor personifica el esfuerzo continuo por hacer la Semana Santa más grande quizá lo sea el de las bandas de música. En Andalucía que es lo que más conozco, muchas de ellas no descansan en todo el año, son una auténtica escuela formativa al aire libre, un magnífico vertebrador social. La música no solo los une por una causa sino que también, como muestra social que antes comentaba, tiene de todo un poco, lo malo y lo bueno, pero puestos a sacar conclusiones seguro que a poco que rasquemos, desciframos un buen puñado de beneficios y de valores buenos que se imprimen desde estas formaciones musicales.

Observo que en muchas de estas bandas hay niños y jóvenes de extracción social baja o media baja, tal vez algunos de ellos defenestrados ya del colegio y el instituto, se enfrentan a un futuro no muy halagüeño en lo profesional y, sin embargo, la música es su pegamento, el imán que les permite seguir aferrados, tal vez como último recurso, a una sociedad a través de esa institución más o menos formal como es la banda de música de su cofradía. Jóvenes que tal vez serían carne de cañón si no estuvieran acogidos por esta pasión que los obliga a mantener unas normas: puntualidad, estudio, perseverancia…, a lo largo del año.

Y es que en una existencia de tantas inseguridades el ser humano necesita certezas, siendo un ser social ante todo, en el grupo, en las relaciones, uno siempre se siente mejor, especialmente si está bien integrado, y las bandas de música a buen seguro que fomentan eso, el compañerismo y la camaradería que hacen que cada uno sea más importante como miembro de un colectivo que afrontando su vida individualmente. Es más, puede que haya personas mediocres en su quehacer cotidiano y, sin embargo, son extraordinarios en manejo de grupos, en dinamizadores y, por supuesto, en tocar un instrumento.

No es cuestión baladí lo de tocar un instrumento musical, más allá de la dedicación y las muchas horas que hay que dedicar hasta hacerlo con cierto nivel, también hay buenas dosis de virtuosismo y, por qué no, de inteligencia. Alguien con el que compartía una procesión esta Semana Santa advertía que conocía a uno de los integrantes de una banda que en su devenir académico se había desempeñado de forma muy errática, vamos que era un zoquete y, sin embargo, ahí estaba tocando un instrumento de viento con una suficiencia abrumadora teniendo en cuenta su antecedente curricular. Esto diera, tal vez, para tratar de forma amplia acerca del sistema educativo en España, pero no quiero profundizar, lo que sí está claro es que este sistema no explora ni explota las verdaderas habilidades de los educandos; alguien que no da un palo al agua a los libros no es porque sea tonto, quizás esté desmotivado, tiene otra inteligencia y la práctica y el estudio de la música es un botón de muestra. Un muchacho desorientado en el colegio puede tener en la música su salida laboral futura, desde luego que sí.

Por cierto que las bandas de música de Semana Santa en Andalucía son un colectivo que agrupa a muchísimas personas, es difícil que no conozcas a alguien que toca en una banda. Y una cofradía no tiene una sola banda asociada, no, tiene varias, dos y hasta tres, es algo increíble. En Linares la preponderancia que se le otorga a la música es tal, para el que no conozca esta peculiaridad, que existen las «bandas de cabecera», o sea, bandas que no tocan a ningún trono, tocan a la gente sin más, al público, a ellos mismos, y ¡qué bandas!, auténticas orquestas andantes, compuestas por gente muy cualificada (en la música), que tocan marchas de Semana Santa pero también tiene un soberbio repertorio que para los que conocen esta singularidad linarense, saben que se incluyen bandas sonoras de películas, todo un espectáculo.

Todas estas bandas que, como he referido, muchas de ellas ensayan prácticamente todo el año, se transforman en charangas o en orquestillas para pasacalles y similares en época estival; y en el transcurso de la Semana Santa echan una auténtica semana de pasión, porque de los ochos días que contiene muchos se los tiran en autobús de un lado para otro, terminando de tocar a altas horas de la madrugada para al día siguiente tocar en su pueblo o en otro casi sin tiempo para descansar, y en las más de las ocasiones por amor al arte, y precisamente hacen esto porque los integrantes de estos colectivos reciben otras recompensas en forma de sentirse valorados implícitamente cada uno de ellos dentro del grupo al que pertenecen. Ser un individuo integrado socialmente es un valor intangible que vale más que todo el dinero del mundo.

Por último, culminando estas reflexiones a vuelapluma, y a título anecdótico he de señalar que esta Semana Santa, aprovechando que conocía a un miembro de una banda, le pregunté cuántas marchas distintas tenían y me dijo que en torno a ciento veinte (ni punto de comparación con las quince o veinte que yo tenía en la banda con la que tocaba de joven, claro que era una banda solo de percusión), por supuesto le repuse que si se las sabía todas (de memoria) y me dijo que no, que solo unas pocas, y como él todos, es decir, que para los que duden del esfuerzo intelectivo que imprime la música este detalle es palmario, cuántas puertas se abrirán y cerrarán en nuestro cerebro cuando las notas musicales circulan por él, cuántas neuronas se activarán…, a buen seguro que la práctica de tocar un instrumento música alarga la vida mental y evita que nuestra mente enferme. Con tal repertorio, cualquier banda garantiza que no repetirá una marcha en todo su recorrido procesional.

sábado, 7 de abril de 2018

"SAQUE BOLA", UN PROGRAMA DE CHISTES PARA LOS PRIMEROS PASOS DEL CANAL SUR

«Hola hola hola, saque bola», con ese reclamo comenzaba un programa mítico de Canal Sur de finales de los 80, que justo era además en los inicios de las emisiones de esta televisión pública autonómica. En esta Semana Santa, por casualidad, alguien hizo alusión a este soniquete y me trajo buenos recuerdos.

El que viviera en Andalucía y tenga ya una edad, como poco 35 años o más, recordará este programa concurso con cierta añoranza, y a buen seguro que es capaz de apuntar incluso mínimamente algún detalle de su contenido.

Tampoco hay que ser un lince, todo se resume en que era un concurso de chistes, así de simple, o así de profundo. Y es que parecía predestinado que de las primeras producciones que salieran de Andalucía, en su novata televisión pública, una de ellas tocara una de las esencias de nuestra región, o sea, la gracia, el chiste, el buen humor. Aunque suene así de tópico es la pura realidad, no digo que en otras comunidades no se cuenten chistes y haya gente que tenga ese especial gracejo para contar chistes, pero en Andalucía abundan los contadores de chistes, existe un hábito bastante extendido de hacerlo en familia, en reuniones, en el trabajo..., y además tenemos gente muy experta que casi roza la profesionalización. Yo mismo cuento chistes, sin ser especialmente gracioso, y probablemente no tenga la cualidad de hacerlo con ese salero que muchos tienen, pero yo los cuento.

Aquel programa nos llega hoy con un regusto un tanto añejo, en aquellos principios de las televisiones autonómicas, todo tenía una apariencia un tanto cutre con decorados poco espectaculares y realizaciones con escasez de medios, pocas cámaras y una postproducción muy de andar por casa.

Desde luego este no era un programa donde el decorado o los medios fueran lo importante, el nudo gordiano del programa era el chiste y se podría vestir como se quisiera pero no tenía más fin que ese, o lo que es lo mismo lograr conocer que trío de concursantes eran los más chistosos de Andalucía.

Más allá de la dinámica del concurso, que ahora repasaré someramente, había un elemento esencial que lo hacía muy atractivo y es que había un monstruo de la televisión al frente, ya en esas fechas, como era el carismático Emilio Aragón, que con sus apenas 30 años le proporcionaba frescura, desparpajo e improvisación a un programa que no tenía en el guión su principal valor.

Como la base de todo era el chiste y eso, para un programa que podía durar más de hora y media, podría resultar algo tedioso o monótono, por mucho que el chiste pueda entretener, pues la productora, que era de Tomás Summers (otro fetiche de la televisión que hacía realidad en la televisión, las ideas más disparatadas en formato exitoso), tenía que darle vidilla y repensar qué más se podía hacer con un chiste o con gente chistosa, y que todo ello no fuera un pestiño.

Así las cosas, aun asumiendo la preponderancia del chiste, el nombre de «Saque bola», hacía referencia a un pequeño bombo que contenía bolas y cada una de ellas hacía alusión a la temática de un chiste: Médicos, exámenes, matrimonios, tontos, políticos…, e incluso había una bola de comodín si no recuerdo mal. Era una temática amplia y esto siempre me intrigó, si el concurso se desarrollaba en un falso directo, es decir, se grababa entero sin cortes aunque se emitiera después con una mínima postproducción, los concursantes tenían que ser muy hábiles para improvisar chistes, porque a veces uno no se sabe tantísimos. Sospecho que más que eso, los concursantes conocían a priori esas temáticas, el número que fuera, y podían tener preparados un montón de chistes de cada temática, para evitar que alguien se quedara «en blanco» lo que daría mala impresión al programa; y eso creo que jamás ocurrió. Lo que sí ocurría era que algún concursante con hábil estrategia que no sabía un chiste de ese tema introducía incidentalmente la palabra que tocaba para derivarlo de momento hacia el chiste que se sabía.

Aparte de los chistes se hacían imitaciones, se cantaba junto con algún artista que venía a amenizar el programa, o también se hacían doblajes salvajes, este era uno de los pegotes del programa para no hacerlo monótono, donde se apreciaba que la mayoría de los concursantes no eran tan graciosos, simplemente sabían contar chistes. También había un apartadillo en el que gente de la calle hacía sus propias aportaciones en forma de chiste.

Tampoco había mucho misterio en el resultado final, enfrentándose dos equipos de tres personas, generalmente hombres, y un jurado otorgaba puntos por cada prueba, el que ganaba seguía en el programa y recibía una cierta cantidad de dinero en pesetas, y el que perdía no volvía y también recibía su montante, pero menos.

Recordará muy bien la gente de Linares que hubo un equipo de esta localidad y duró varios programas, rompiendo, de lo que me alegro mucho, el mito de que los graciosos o buenos contadores de chistes por tener tal acento lo eran de Sevilla, Cádiz o Málaga. Estos tres de Linares se sabían una pila de chistes, eran muy buenos (los chistes), porque a veces no es tanto cómo se cuenta sino lo gracioso que es el chiste en sí, y además los contaban muy bien. Entre ellos estaba un tal Juanjo que no sé si antes de eso se dedicaba semiprofesionalmente al mundo del humor, lo que sí es verdad es que a este lo vi actuando en alguna ocasión en la Feria de San Agustín, y también encabezaba una chirigota que, dicho sea de paso, es una rareza en Linares, donde hay escasa tradición carnavalera.

Hay que valorar que siendo el chiste un género que es muy permeable al mal gusto, lo escatológico, lo verde…, pues se cuidaba, yo creo que le daban instrucciones a los concursantes, que no se cayera en lo chabacano, y lo conseguía teniendo en cuenta que el programa lo veían muchos niños. Una vez estuvo Miliki, el padre de Emilio Aragón, de jurado y me acuerdo perfectamente que ofreció muy mala nota a un equipo que había contado un chiste que había sobrepasado esa frontera del mal gusto.

El programa duraría poco más de un año, creo, entre 1989 y 1990, yo por entonces vivía en un piso de estudiantes en Granada, y no nos perdíamos ninguna emisión. Yo contaba con una lista de chistes en una chuleta, sí ya sé que esto es muy cutre, pero siempre he sentido la necesidad de saberme chistes y qué mejor forma que ir apuntándolos; y fruto de esa lista con mis otros dos compañeros de piso, «los Alfonsos», decidimos que nosotros teníamos que participar, se ve que en esa época estábamos muy subidos de bueno humor y de «jeta». En realidad no recuerdo si llegamos a escribir al programa, lo que sí recuerdo es que teníamos un amigo de Andújar llamado Enrique que no paraba de decirnos, esto es un poco surrealista, que si salíamos en el programa teníamos que saludarlo diciéndole «Enrique apaga el calentador».

Indagando un poco sobre el programa, hace unos pocos años Canal Sur hizo una especie de reedición del programa, presentado este por el genial Manu Sánchez, pero he podido ver que se trataba de un engendro que prácticamente nada tenía que ver con su antecesor, pues se trataba de hacer una serie de pruebas con la gracia a cuentagotas.

Me quedo con aquel «Saque bola» de finales de los 80 y esos buenos ratos que pasamos, de aquellos chistes que nunca recordaremos y de aquel «Hola hola hola, saque bola».

sábado, 31 de marzo de 2018

"I, TONYA", DE CRAIG GILLESPIE

No acostumbro, probablemente nunca lo haya hecho en esta bitácora, a escribir sobre películas actuales o de reciente estreno, sin embargo, en esta ocasión voy a hacer una excepción. Con el señuelo de una V.O.S. toda película suele ganar en atractivo y siempre he sido muy partidario de escuchar series y películas en su idioma original porque en primer lugar, no perdemos la esencia de lo que los actores quieren expresar con su lenguaje, y en segundo, porque afianzamos nuestro conocimiento de un idioma extranjero.

Sí que he comentado en este blog en alguna ocasión que España tiene un bajo nivel de inglés porque aquí todo se dobla, cuando en muchos países del mundo las series se proyectan en su versión original, y estar escuchando toda una vida delante de la tele un idioma que refuerzas en las aulas, es un aprendizaje sencillo y natural. Portugal sin ir más lejos, que tiene este sistema, dispone de un nivel medio de inglés en su población muy superior a nuestro país. Pero aquí tenemos un lobby muy poderoso, como es el de los dobladores (que hacen un trabajo genial, eso nadie lo discute), pero que nos limitan.

Pues «I, Tonya» es una película de 2017, creo que bastante conocida, que gira en torno a la vida de la patinadora sobre hielo Tonya Harding y muy particularmente se hizo más mediática toda vez que en 1994 y poco antes de los Juegos Olímpicos de Lillehammer, intervino en el ataque sobre su máxima rival en la pista, Nancy Kerrigan, a la que un matón le golpeó con una barra de hierro en una rodilla, matón que a su vez fue contratado por el marido de Tonya, y al parecer con la anuencia de esta. Historia que, por cierto, yo conocía no solo porque recuerdo haberla visto en la tele en el momento en que se produjo (hay un vídeo en el que se muestra el momento posterior a ese ataque donde la Kerrigan se ve lógicamente muy afectada), sino también porque soy asiduo seguidor de un magnífico blog que recuerda, en esencia, qué ha sido de la vida de deportistas retirados y que actualiza con paciencia y rigor el periodista Eduardo Casado.

La cinta es una película biográfica («biopic» en inglés, de biographical picture), que nos narra la vida de Tonya Harding, pero desde una perspectiva un tanto llamativa y que nos permite reflexionar acerca de nuevos caminos para hacer cine, no digo que esta técnica no se haya utilizando antes, pero en esta película se plasma con genuino acierto. Y es que la película tiene la apariencia de documental en el que sus personajes (actores) desde un momento actual narran sus vidas pero en su interacción con Tonya.

El director de la película tiene el acierto de convertir una historia dura y dramática como la de Tonya Harding en una comedia que nos hace sonreír, porque tal cual los personajes reales podrían dar la impresión de ser tan histriónicos y delirantes que casi la película era inevitable. La cámara se muestra caprichosa, es seria con los personajes del presente, pero es huidiza, nerviosa, tan violenta como sus personajes, pero no agobian los movimientos, casi los vemos como naturales.

Tonya procede de una zona rural y de una familia desestructurada, la madre la maltrata de forma sistemática desde bien jovencita, y tiene hacia ella un trato un tanto degradante, preocupada fundamentalmente porque sea la mejor patinadora del mundo. La niña tiene afecto hacia su padre que le enseña a cazar y conceptos básicos de mecánica, pero el padre, harto de una esposa tan peculiar, se marcha de casa pese a que la pobre niña suplica que no la deje en esa prisión.

La huida hacia delante de Tonya es el patinaje, precisamente como una vía de escape ante los golpes y los desprecios de su madre. También lo es su prematura relación y matrimonio con Jeff Gillooly, que fue poco más que un cambio de cromos para Tonya que ¿acostumbrada a los golpes?, también se ve abocada a una relación tormentosa en la que la pareja se zurra de lo lindo mutuamente.

Así las cosas, no es que Tonya encarnara el ideal de vida deportiva, y tal vez daba lo mejor de ella cuando más se apartaba de su madre, de Jeff, o de los diversos vicios que tenía; y en el momento cumbre de su carrera Nancy Kerrigan era una piedra demasiado dura en el camino, y pasó lo que pasó, fueron muchos años de vicisitudes y una vida marcada ya para Tonya. Si estaba al tanto de la trama contra Kerrigan probablemente no lo sabremos en todos sus detalles, pero las consecuencias de aquel ataque sí que no las previó, porque Tonya avanzó hacia su declive deportivo, cayendo incluso en la práctica del boxeo, tocando fondo.

La dirección de la película conjuga esos saltos en el tiempo que son lineales con entrevistas a los actores en un punto actual y todo desde un prisma desenfadado. Por una razón temporal, y es que han pasado casi veinticinco años de aquellos hechos, que fueron más humo y portadas de revistas del corazón que lo que realmente trascendió desde el punto de vista deportivo, su director, el australiano Craig Gillespie ha intentado ofrecer un tono jocoso, distante, quitando hierro al asunto y sobre todo a la existencia de Tonya, que seguro que fue mediatizada por los personajes que estaban o aparecieron en su vida, sin que ella tuviera más margen de maniobra que el que le permitían sus giros en las pistas de hielo.

De hecho, y para ser consecuentes, aquel golpe en la rodilla de Nancy Kerrigan fue, en sí, un fiasco, porque si la intención era quitarla del medio para el evento olímpico que tuvo lugar en Noruega siete semanas después del «atentado», el efecto fue el contrario. De tal chapuza no se derivó más que unas semanas de lesión para Kerrigan que llegaría en plenas condiciones a Lillehammer, es decir, tuvo una rapidísima recuperación, luego no fue para tanto. Es más, Kerrigan obtuvo la medalla de plata y pese a haber hecho, según ella, el segundo mejor ejercicio de su vida, solo obtuvo ese segundo puesto. Como decía Tonya, obtuvo el subcampeonato olímpico y su rostro reflejaba como estar pisando caca, sin embargo, con todo el peso de la amargura y de la polémica Tonya fue octava y se sintió satisfecha.

Tonya era rural, una cazurrilla, y Nancy era la niña bien y pija; y la película nos genera un torrente de afecto hacia Tonya, un juguete roto en manos de varios descerebrados. Es una especie de princesa del pueblo, al que todos hubiésemos ayudado a deshacerse de tantas personas tóxicas, al menos esta película la ayudará a congraciarse con mucha gente.

Sin mirar críticas sobre la película, la actriz que encarna el papel de la madre de Tonya está soberbia, Allison Janney, cada gesto, cada mirada, cada expresión hablada, tienen un significado e inspira odio, pero también y pese a todo, un velado sentimiento de compasión. Obtuvo el óscar a la Mejor actriz de reparto en este 2018.

Destacada interpretación también para la actriz que hace de Tonya, la también australiana Margot Robbie, que además es productora de la película, casi se puede decir que buena parte de la gestación de este proyecto le corresponde a ella. En su haber está el hecho de haberse convertido en ese personaje rural y de escaso atractivo, que más que conmover da pena.

Pues nada, larga vida a las películas de V.O.S., a las pelis diferentes que se proyectan en los cines del Bowling Linares el tercer jueves de cada mes, y a la fenomenal iniciativa de Cineptos-Zinescrúpulos, porque hay mucho por descubrir en el cine, y mucho margen para seguir soñando.

domingo, 25 de marzo de 2018

NICHOLAS GUNN, EL COMPOSITOR DE LA LIBERTAD VITAL

Si me tuviera que quedar dentro del magno mundo de la música New Age, tan grande como escondido, con un compositor que me inyectara libertad probablemente me decantaría por Nicholas Gunn.

No digo que sea el único músico que inspira libertad en sus composiciones, pero en este momento de mi vida a mí me ha valido en procesos de estrés laboral para afrontar la tarea con talante positivo; como aviso para conocidos navegantes, en muchos sitios se trabaja al límite con recursos finitos y a veces uno necesita doparse con alientos sonoros.

Lo cierto es que Nicholas Gunn se ha creado un perfil de compositor muy encasillado en la música ambiental, centrándose en espacios naturales para realizar composiciones que engrandecen esos paisajes a modo de homenaje de una majestuosidad que nos proporciona la naturaleza, y que él ofrece su manera particular de interpretar a través de su música lo que esos espacios le evocan.

Varios de sus discos giran alrededor del Gran Cañón del Colorado y, en concreto, mi particular droga mañanera vino durante varios días consecutivos con la inserción en vena neuronal de «Flight of the condor», este tema pertenece a su disco de 1999 Return to Grand Canyon. En ese vuelo, cuento mi perspectiva personal, yo me situaba en ese Gran Cañón, como un pájaro más, no necesariamente un cóndor, tal vez me sintiera más águila, y abría mis brazos a modo de alas para sentirme libre por un momento y afrontar el Tourmalet de cada día, oteando el horizonte de forma holística.

Como ya me voy acostumbrando a colocar enlaces, la música es bellísima, muy inspiradora, Gunn cuida con suma delicadeza esta sonata, una sinfonía preciosa donde un preciso violín va haciéndonos caminar y volar, un chutazo de plena libertad, para gozarlo y para pensar en que la decisión está en tus manos.

Nicholas Gunn nació en el condado británico de Kent y su formación musical, como no podía ser de otro modo, es clásica; inició su proceso de formación a una temprana edad y en concreto se especializó en flauta. El punto de inflexión en su vida llegó a los once años cuando su familia se trasladó a los Estados Unidos, a California, y allí siguió con su camino, colaborando en su juventud en proyectos musicales con bandas diversas donde trabó contactos con numerosos géneros.

Mientras se encontraba inmerso en estos proyectos comenzó a interesarse por la electrónica y fue así como comenzó a explorar la música New Age. Allá por 1992 no solo tenía ya muchos temas sin editar en su mochila, sino que visto que ningún sello comercial apostaba por este emergente género, fue cuando él mismo sacó su propio disco titulado Afternoon in Sedona. Sedona es una localidad referente de Arizona por las formaciones geológicas que circundan el pueblo; de algún modo, era su carta de presentación que iba a impregnar su carrera. Obviamente el disco superó todas las previsiones y ya sí hubo varias discográficas dispuestas a trabajar con él.

Su auténtica consolidación llegaría con su disco de 1995 denominado La música del Gran Cañón, donde terminaría de definir su estilo naturalista ambiental; con las evocaciones que él trataba de plasmar también existía una impronta de rendir tributo a la belleza del paisaje y los parques de Estados Unidos.

En esos discos quería marcar la esencia de los lugares que homenajeaba, pero también fue poco a poco incorporando sonidos étnicos que, de algún modo, permitían inspirar las culturas pretéritas que se asentaban cerca de los lugares con los que titulaba sus discos.

Su legado amplió fronteras en su disco de 2012 Thirty-One Nights, tras visitar durante un mes la península de Yucatán, y obviamente este trabajo cuenta con sonidos e instrumentos que vienen desde el interior de la cultura mexicana.

A Gunn se le atribuye el impresionante mérito de haber forjado su éxito fuera de los cauces habituales de la difusión musical, con una estrategia sumamente innovadora. Y es que sus discos, más allá de su presencia a través de discográficas, distribuidoras, o radio y televisión, son una especie de souvenir turístico, toda vez que en muchas de las tiendas de regalos de los diferentes parques nacionales de Estados Unidos se venden sus discos y, por ende, en el del Gran Cañón, ¿quién no se quiere llevar uno de esos discos tras ver la majestuosidad de los espacios que visita? No voy a decir todo el mundo, pero un porcentaje nada despreciable picará.

Nicholas está plenamente activo y se aprecia en sus últimos trabajos, lo que seguramente es un cambio de tendencia, una mayor presencia de lo electrónico sobre lo instrumental, aunque bien es cierto que sin socavar, no solo la calidad que tiene todo lo que inventa, sino la libertad que a mí me transmite.

Como siempre afirmo con la música New Age, uno no se hace rico como un futbolista exitoso, pero bien implantado, con un público fiel, se vive de forma desahogada, amén de que Gunn está inserto en numerosos proyectos musicales (televisión y cine); en este sentido, cabe destacar que este músico tiene su vertiente humanitaria y ha realizado donaciones importantes. Las más destacadas la que realiza a una especie de asociación de amigos del Gran Cañón, así como la asociación americana de enfermos de pulmón; al igual, también colabora en proyectos para hacer llegar la música a los niños.

Pues eso, nada más que un tsunami de libertad para volar y atisbar desde arriba lo que nos depara este mundo, bello pero siempre complicado.

sábado, 17 de marzo de 2018

WOLFENSTEIN 3D, UN PASEO NOSTÁLGICO POR EL PRIMER GRAN VIDEOJUEGO DE ACCIÓN EN PRIMERA PERSONA

Si no lo he confesado en este blog alguna vez lo confieso ahora, me gustan mucho los videojuegos, me gustaban cuando era niño y joven, pasándome largas horas en los hoy inexistentes recreativos, jugando o viendo jugar, y me siguen gustando ahora. Tanto me apasionan que jamás me he comprado una consola nueva porque sé a ciencia cierta que me perdería. Esto no obsta para que siga jugando, estoy en la brecha.

De hecho, mi vida gira siempre alrededor de algún juego, o sea, uno al que me aficiono cada cierto tiempo, durante una temporada. En estos últimos años con las buenísimas aplicaciones de juegos en móviles y tabletas, casi es más fácil todavía, porque todo lo tienes a la mano. Pero hay un problema, que yo mismo trato de controlar, y que todo el mundo imagina, y es que los juegos son tremendamente adictivos; por eso intento dedicar un tiempo razonable antes de que el juego absorba mi vida. También he de sincerarme y es que últimamente, los juegos del móvil me sirven para no quedarme frito por la noche si quiero ver alguna serie interesante en la tele, y es que empiezan a unas horas indecentes en este país, en este sentido el juego me ayuda a no dormirme, aunque ciertamente a veces no me entero de lo que estoy viendo en la tele.

En estas últimas décadas he podido asistir de forma más o menos cercana a la evolución de los videojuegos, ahora ya más desvinculado por aquello de que no tengo consola, pero aun así, puedo percibir más o menos lo que se cuece.

Me siento, de algún modo, protagonista de la explosión de un género de videojuegos denominados técnicamente «acción en primera persona», o lo que es lo mismo, el juego te disponía a ti como el protagonista de la acción, de tal forma que la pantalla era lo que tus ojos veían dentro del desarrollo del juego.

El juego del que voy a hablar hoy, probablemente sea la primera vez que trato de un videojuego como tal en este blog, tiene para mí una historia particular un tanto curiosa. Corría el año 1994 y yo pasaba un verano en Estados Unidos, sí porque con ocasión del Mundial de fútbol que allí se celebró yo viví una experiencia casi iniciática en aquel país, me siento privilegiado por haber viajado allí y haber vivido como joven lo que se cocía en aquel momento en esa sociedad tan avanzada. Por cierto, de aquel viaje ya he hablado en alguna ocasión en esta bitácora.

Yo me encontraba en la capital de Wisconsin, en Madison, ahí pulsé durante un fin de semana la vida universitaria junto con mi amigo Andy (que hoy lo sigue siendo), bastante parecida a la que nos muestran las películas, y aquel sábado de junio antes de salir a comprobar qué tal estaba la marcha madisoniana, en el piso del amigo de Andy adonde íbamos a dormir, había un ordenador; por aquel entonces se comenzaba a vislumbrar en España lo que era un ordenador personal, pero su extensión en casas particulares era aún una quimera. Pero este chaval tenía el último grito en cuanto a computadora personal, y asistí a cómo preparaba un trabajo con su procesador de texto, algo que me parecía todo un adelanto.

Acabada la faena profesional por este chaval, nos dispusimos a jugar al Wolfenstein 3D, un juego que en su momento me pareció apasionante. Es cierto que yo podría haber visto algún juego parecido en los populares recreativos, pero la posibilidad de estar en tu casa, en tu ordenador, con vidas ilimitadas, suponía una auténtica revolución, eran toneladas de entretenimiento sin salir de tu habitación y sin necesidad de meterle monedas a la máquina.

Aquel juego, como ya he referido, tenía la particularidad de que se jugaba en primera persona, tú manejabas el teclado y te desplazabas por el juego como si fueras el protagonista. Para ser más precisos en el juego tú controlabas a un espía estadounidense llamado William Blazkowicz “B.J.”, que estaba retenido en un castillo nazi (en la 2ª Guerra Mundial) y al que tenías que ayudar a huir; era por supuesto el prototipo de supersoldado guaperas y musculoso. Ese era el primero de los tres episodios, los otros dos tenían una estética similar, es decir, el objetivo era huir del edificio.

Tú veías por los ojos de B.J. del que apreciabas en la pantalla apenas sus manos manejando un arma, y en una pantallita adicional su cara y un porcentaje que te decía cuánta salud tenía, cuánta menos salud su cara estaba más demacrada. Había otras pantallitas al pie con otras informaciones interesantes.

En esta aventura que tenía varios niveles (pisos), tenías que ir abriendo puertas y recorrer pasadizos, todo muy laberíntico, y a la par tenías que sortear a enemigos que asediaban, golpeaban y disparaban a B.J., y él se defendía inicialmente con una pistola, si se te acababa la munición con un puñal, para luego ir encontrando armas cada vez más efectivas, un fusil, una metralleta…, incluso había perros que le atacaban. Su objetivo era ir liquidando enemigos y si su salud se resentía debía encontrar botiquines para restablecer su integridad. También encontraba tesoros que te daban puntos, pero eso era menos interesante cuando el juego lo tenías en tu casa y no querías un récord sino sacar al protagonista del laberinto.

Al final de cada piso o nivel siempre tenía que deshacerse de un enemigo especial que, por supuesto, era más poderoso y duro que todo cuanto habías visto hasta ese momento. Por ejemplo, si a un soldado de un disparo te lo cargabas y a un oficial de dos, a ese enemigo especial tenías que acertarle veinte disparos o más. Por cierto, en el último piso del final de juego el enemigo especial no era otro que el propio Hitler, una experiencia un poco «acongojante» aunque fuera un simple juego.

El juego tenía la particularidad de tener cuatro niveles de dificultad que era proporcional al número de enemigos que se escondían en cada habitación a explorar, si en el nivel principiante tenías un soldado al que enfrentarte, tal vez en el nivel experto tenías que lidiar con ocho o diez.

Una de las características que a mí me gustaban mucho de este juego es que, te permitía guardar en cada momento tus avances, así que sin entrabas en una habitación y te daban para el pelo, es decir, caías muerto, no pasaba nada, recuperabas tu posición e intentabas afrontar ese hito con una estrategia diferente.

He tenido varias veces a lo largo de mi vida, después de aquel año 1994, instalado el juego en mis diferentes ordenadores personales, ahora no, pero me parecía un juego muy entretenido, a veces un poco comecocos, por aquello de que los escenarios eran tan laberínticos que te costaba trabajo llegar hasta el final de cada nivel y dabas vueltas y vueltas sin encontrar la salida (yo no utilizaba mapas que, desde luego, los había).

Con el tiempo yo me acostumbré a jugar en el nivel experto, aunque tuviera que estar guardando y cargando partidas a cada instante, pero me parecía mucho más intenso. En todo caso, fuera en el nivel que fuera, era tan complicado sortear enemigos como encontrar la ruta de salida, con lo que para completar el juego debías estar muchas horas, días.

Desde luego, me parecía muy entretenido y desestresante; yo siempre he defendido que una cosa es los juegos violentos, podríamos aceptar que este lo es, y otra que el que juega a esto es un asesino en serie en potencia. Yo ni lo soy ni me gustan las armas, aunque virtualmente pudiera ser todo un depredador, jeje.

El juego se llamaba Wolfenstein 3D, Wolfenstein era el nombre del castillo donde estaba preso B.J. y lo del 3D, no eran obviamente unas tres dimensiones reales, pero los diseños gráficos estaban muy bien, aunque estábamos en la época del pixelado, y hoy serían un poco cutres para lo que existe en la actualidad, lo cierto es que le daban una sensación muy agradable. A propósito, lo de las tres dimensiones es una batalla por ganar en los juegos, no se ha conseguido por el momento ninguna plataforma que realmente convenza. Los niños que juegan con videoconsolas portátiles y que tienen juegos con esa opción dicen que les duele la cabeza y prefieren las dos dimensiones, al menos por lo que yo he podido constatar.

Fue creado en Estados Unidos por programadores y diseñadores de la empresa Id Software y fue distribuido por Apogee Software; y aunque se puede decir que no fue el primer intento de diseño de juegos en primera persona, sí fue el más famoso por la calidad y entretenimiento que ofrecía.

Con este cierto talante pionero, Wolfenstein 3D abrió las puertas de par en par a este género de acción en primera persona, títulos posteriores como Doom o Quake fueron muy dignos sucesores. De Doom me acuerdo perfectamente, era también muy chulo, solo que la acción era de ciencia ficción en escenarios irreales y con enemigos extraterrestres.

El juego tuvo numerosas secuelas y yo ni las he probado, me quedé en la primera, probablemente las siguientes fueran más chulas, pero seguro que no tan genuinas.

Wolfenstein 3D era un poco inquietante en cuanto al sonido, el silencio como banda sonora, el cual se rompía, con disparos, jadeos, ladridos, sonidos de puertas que se abrían y se cerraban, y voces en alemán que siempre daba una sensación de congoja «virtual». Como curiosidad el juego estuvo prohibido en Alemania en sus inicios, ya que la aparición de símbolos nazis en el castillo supone legalmente una ofensa, por lo que se hicieron nuevos diseños suprimiendo dichos símbolos.

Para el veinte aniversario los poseedores de sus derechos dispusieron una opción en línea para que los nostálgicos como yo pudiéramos recrearnos, y hoy se puede visitar (y jugar) sin problemas en este enlace.

viernes, 9 de marzo de 2018

"EN LA OSCURIDAD", DE ANTONIO PAMPLIEGA

Confieso que abrumado por el exceso de información que nos acosa a cada instante, apenas recordaba vagamente que tres periodistas españoles habían sido secuestrados en Siria hacía dos años y medio. Con tan escaso interés seguro que escuché de pasada que habían sido liberados, y tal vez sea bueno que no percibiera esa información, porque de haber tenido un resultado luctuoso entonces los medios de comunicación se hubieran lanzado al morbo inherente a muchos de ellos.

Uno de aquellos periodistas freelance, es decir, que van por libre, era Antonio Pampliega; inversamente proporcional al nulo interés con el que asumí noticias de su secuestro, seguí la entrevista que Risto le hizo en su programa «Chester» hace unas semanas.

Pampliega no solo iluminaba la entrevista con lo que contaba, tan apasionante y duro a la vez, pero más allá de eso me sorprendía algo menos tangible, y es que el periodista tenía cara de buena persona, hablaba como un tío que daba la impresión de ser muy buena gente, y eso era algo que sentía que no cuadraba, no porque un tío con cara de no haber roto un plato en su vida pudiera estar al borde de una muerte cruel, sino porque yo me vi reflejado ahí, no por lo de buena persona que tampoco me creo serlo, y sí más bien porque Antonio Pampliega tenía la esencia de un tipo normal, como tú y como yo, un tipo al que si te cruzaras por la calle no le prestarías demasiada atención, como tú, pero sobre todo como yo.

Pues eso, que vi en Pampliega la figura de un tipo corriente, de una familia corriente, de clase media y por un momento no solo me vi a mí, sino a millones de personas que podrían tener su perfil; pero le tocó a él, le tocó porque se dedica desde hace años a realizar crónicas para diversas agencias de noticias y periódicos desde zonas de guerra por una miseria que no compensa ni esfuerzo ni mucho menos el riesgo.

Su testimonio en aquel programa me caló profundamente y eso provocó que me hiciera con este libro, en el que cuenta las vicisitudes de la que es sin duda la más amarga de sus experiencias en su vida profesional y en su vida en general.

Pampliega nos envuelve en una atmósfera de angustia que, por momentos, por eso de que, tal vez de forma presuntuosa por mi parte, me he visto reflejado en él, uno se siente transportado al infierno en que se convirtió su reclusión en Siria.

Este periodista no ha parado de ir a zonas de guerra, es ese profesional todoterreno que se ve en la necesidad moral, aparte de que es un enamorado de su trabajo a buen seguro vocacional, de ser un vocero de aquellas zonas del planeta donde la información nos llega con cuentagotas, cuando no sesgada. Por cierto, Pampliega sigue al pie del cañón, es decir, ha vuelto a zonas de guerra pese a lo ocurrido y eso refuerza mi criterio de que cuando uno está en este mundo su vida es esta y él como otros no anhelan una vida tranquila porque se ven en la tesitura de aportar su grano de arena en esta sociedad mundial injusta y llena de desequilibrios.

En el verano de 2015 él y sus dos compañeros de fatigas cometieron el error de dar con la persona equivocada y en un escenario de guerra tan laberíntico como el sirio, tres periodistas occidentales eran y son un bocado apetecible para nuevos delincuentes (estos no vocacionales sino forzados por las circunstancias) que puede sacar rédito de un secuestro.

Aunque nuestro protagonista ya había estado en otras ocasiones en Siria, el clima de violencia no solo iba in crescendo, sino que advirtió que de inicio algo no marchaba bien; y efectivamente al poco de entrar, no sin dificultades en Siria y llegar a Alepo, uno de los epicentros de la guerra, fue secuestrado junto con los otros dos periodistas españoles.

A partir de ahí se inicia una sucesión de lugares de confinamiento y sucesivos traslados. No obstante, tras unas semanas de secuestro aparece un inesperado invitado, que no es otro que un tal L.M., al parecer un antiguo militar español de cierto rango, ahora dedicado a ser una especie de asesor militar en zonas calientes del planeta, o sea, un mercenario especializado, que merced a su intervención y, al parecer, su atención sobre Pampliega, así como, tal vez una velada amenaza al grupo terrorista que retenía a los periodistas, hizo que el protagonista de esta historia fuera considerado como un espía.

Este nuevo escenario hizo que Pampliega fuera separado de sus compañeros y que esa reclusión se convirtiera en una experiencia más insoportable. Nuevamente se sucedieron los cambios de lugar, y se empeoraron sus condiciones; pasado el verano, tuvo que pasar otoño e invierno muy fríos y prácticamente sin nada con que abrigarse, sufrió vejaciones físicas (golpes indiscriminados) y psíquicas.

Y hay algo que refuerza más si cabe la humanización de los arriesgados periodistas que día tras día nos traen las crónicas en las zonas de guerra, Antonio siente miedo, muchísimo miedo, se ve en no pocas ocasiones en su zulo, con la degradación física y mental que sufría, abocado a situaciones límite en las que ya se imagina que son sus últimos momentos de vida. Aquí hay que reflexionar sobre lo que cualquier mortal hubiera hecho en esa circunstancias, yo soy un cobarde, y no sé si podría soportar lo que este hombre sufrió.

Podría pensarse que por tener esta profesión tiene que ser valiente por ende, pero sientes su dolor, estás con él, sus preocupaciones, sus cavilaciones. Y, pese a todo, también tiene redaños a hacerles frente en una situación de desequilibro frente a sus captores, con una espada de Damocles que pende del techo a cada instante, con una sentencia de muerte que podía presagiar día tras día, con su minutos y sus segundos, confinado en un cuchitril frío, en el que apenas podía hacer otra cosa más que pensar.

Claro que alguien podría decir «Manolete, si no sabes torear pa’ qué te metes», pero verdaderamente no creo que ese riesgo relativamente calculado imprima un poder especial al que se ve en una encrucijada de estas características, ni que deba ser reprochable su actuación.

En este tiempo, 299 días, 10 meses, de tantísimas reflexiones, Pampliega nos reporta muchos de sus pensamientos, el cómo sus captores llegan a esta situación (incluso es capaz de perdonar), cómo una religión puede justificar la violencia o provocar la muerte en otros. Siempre he pensado que el Islam debiera, a través de su mayor dirigente si lo hay, como el Papa en el catolicismo, de hacer un llamamiento para que las interpretaciones pretenciosas que determinados grupos hacen del Corán no son las adecuadas. Por cierto, a través de sus captores que con los sesos absorbidos por el integrismo más cerril y que pretenden convertir a todo el mundo a su religión verdadera, conoce que el Corán apenas es entendible en un 30 % y el resto se basa en interpretaciones.

Particularmente lacerantes son las vicisitudes que tiene con uno de sus captores al que él llama «El Tarao» (a todos los apoda, como una manera de pequeño resarcimiento o sonrisa interior ante la adversidad); este le trata de la manera más humillante posible, en el más claro ejemplo de que se puede ser mala persona por mucho que uno crea en Dios, que rece más (ni en el Islam ni en ninguna religión se es mejor persona por rezar más) o que va a salvarse abrazando las normas que le dictan, de todo punto erróneas; puesto que recalco que ninguna religión puede amparar ni la violencia ni el asesinato, por mucha razón o mucha venganza que acumulen.

Diez meses de secuestro dan para mucho y, sin embargo, el librito no se hace pesado, precisamente porque es de extensión media, y es que en la historia, a modo de diario, muchos días no tienen contenido, y es que el autor tuvo que enfrentarse a una sucesión de días en los que no pasaba nada, una hiriente y mentalmente agotadora rutina, solo su angustia y sus pensamientos. Antonio se apoyó mucho en su familia, especialmente en su hermana pequeña, él creó una especie de fuerte hilo invisible para mantener vivos sus recuerdos de vivir cada día con la esperanza de volver a abrazar a los suyos, y lo consiguió, el amor fue, de algún modo, la vitamina que le permitió soportar la degradación a que fue sometido.

Al Nusra, una especie de facción nacida en Siria y asociada a Al Qaeda, se presupone que fue la encargada del secuestro; y esta historia ya conocemos que tuvo un final feliz y no quiero saber cómo se solucionó, a mi me interesa la parte humana, y Antonio Pampliega nos traslada a esa terrible oscuridad que sufrió durante diez meses, ¿seríamos tú o yo capaces de soportar esto tan solo un día? Mejor no experimentar.

domingo, 4 de marzo de 2018

ANTONIO HERRERO, EL PERIODISTA QUE CREÓ UN ESTILO PARA LAS MAÑANAS RADIOFÓNICAS

Confieso que en mi época de estudiante universitario no era de quedarme estudiando la noche entera de antes de un examen, jamás lo hice, había que gente que lo hacía y lo hace, y le iba muy bien a base de cafés y otros apoyos (había un tráfico desmedido de un complejo vitamínico llamado Katovit, ahora fuera del mercado, que a veces se agotaba en las farmacias en época de críticas; y había incluso quien tomaba un tipo de anfetamina llamada Centramina, esto no sé si era una leyenda urbana), pero yo no, yo prefería levantarme pronto y apuntalar los conceptos para llevarlos frescos de cara al inminente examen.

Me podía levantar como muy temprano a las cinco, y coincide esta concepción de mi vida con mi estado actual lejos de la presión examinatoria, en el que llevo mal trasnochar y sigo despertándome temprano aunque no tenga que ir a trabajar. En aquella época, consumía mucha radio, sí a la vez que estudiaba, ya sé que no es un modelo a seguir, pero a mí me ayudaba a concentrarme y aunque la radio estuviera puesta a mi lado, puede que mucho tiempo no estuviera escuchando nada de lo que se decía. Y ponía música, pero realmente era más de programas hablados, y quieras que no, sobre todo cuando había algún problema candente, era inevitable no poner el oído.

En esa época de la segunda mitad de la década de los 80 iniciaba sus emisiones a nivel nacional Antena 3 de Radio que trataba de transmitir una nueva forma de hacer periodismo, joven, dinámica y rompiendo con los esquemas existentes hasta ese momento. Probablemente su apuesta más novedosa en el terreno de la información política, era la de la no posicionarse teóricamente con ningún bando político y criticar lo que no se estaba haciendo bien, fuera de donde fuese; cabe recordar que la transición, aun llevada con modélica asunción por todos los estamentos sociales, era una forma de aterrizar en una democracia querida por todos, pero sin olvidar que poco más de una década nos separaba de un régimen dictatorial, por eso, decir determinadas cosas tenía más valor, y a esos osados que se atrevían a abrir los ojos al pueblo había que aplaudirlos.

Ese periodismo que era como una ducha de agua fría en las neuronas de muchos, tenía un nombre propio en la figura de Antonio Herrero. Ahora desde la distancia, tras una prematura muerte, se le percibe como un periodista polémico, lacerante tal vez, con aquello contra lo que se veía obligado a alertar. Polémica sí, pero cuando tantos políticos se mosqueaban con él, como decía aquel, era porque algo se movía, es decir, que Herrero meneaba el tronco del árbol y dejaba numerosos frutos en el suelo.

Antonio Herrero desde su atalaya de «El primero de la mañana» en Antena 3 de Radio, perfiló una nueva manera de plantear los programas radiofónicos de las mañanas; acostumbrados a las programaciones de variedades y de noticias vagamente analizadas, este periodista que en aquella segunda mitad de los 80 apenas superaba la treintena (lo cual lo hacía más atractivo para jóvenes como yo), proponía no solo la lectura de noticias, su análisis, sino también una denuncia sin ambages y pormenorizada de lo que creía que no funcionaba bien en este país o en el mundo. En este sentido, la novedad se singularizaba en lo que yo he venido en denominar, tal vez de forma rimbombante, el análisis monologado de las noticias. Sí, porque si Antonio Herrero fijaba una diana no paraba de disparar con su arma preferida, la palabra, y esos monólogos llegaban a ser muy ingeniosos, hasta cierto punto graciosos, largos sin llegar al tedio y creo que razón no le faltaba muchas veces.

También es cierto que si tenía alguna simpatía a Antonio Herrero, que efectivamente así era, ello tenía sentido dada mi forma de ser; me confieso una persona de talante moderado, pero lo que no me gusta es que se rían del pueblo, ni los de la derecha ni los de la izquierda, ni los del lazo amarillo ni los de Tabarnia; siempre me ha gustado escuchar las opiniones de bandos enfrentados para adquirir mi propia opinión; y por supuesto, ya lo he expresado en más de una ocasión en esta bitácora, creo que la gran virtud de la democracia no está tanto en poner gobiernos sino en quitar a los que no lo están haciendo bien, y esta ha sido y seguirá siendo mi máxima a la hora de votar. Antonio Herrero, por ende, me procuraba la construcción de mi propia opinión y yo intentaba sopesar qué argumentos me parecían adecuados o, por contra, qué otros mensajes de Herrero me suscitaban más reservas.

A Antonio se le tenía por un periodista que se cultivaba muy bien antes de soltar por su boca alguna bomba informativa. Imagino que tenía un amplio equipo de investigación detrás, que le realizaba un análisis concienzudo de los temas que iba a abordar en el programa; y a la par se apoyaba en la lectura de los diarios de tirada nacional. En este sentido, cuando el programa empezaba a las 6 de la mañana probablemente este locutor ya llevara despierto como poco tres o cuatro horas y se había empapado de todo lo noticiable, le presumo a este respecto una envidiable y fabulosa capacidad de trabajo.

Reconozco que sentía cierto placer cuando algún partido político en el poder había metido la pata bien metida y Herrero entraba a degüello sin compasión. Sin duda que no caía bien a ciertos políticos, era un vocero extraordinario y el minarete en el que se encontraba se posicionaba como una de las radios generalistas más pujantes de finales de los 80 y principios de los 90, subiendo las audiencias año tras año. Tuvo enemigos en el PSOE mientras gobernó, pero también en la época del gobierno de Aznar.

Cuando este periodista falleció de forma trágica en 1998 en Marbella practicando buceo, concluye la investigación oficial con que se trató de un corte de digestión que le provocó un vómito que obturó el respirador, al parecer un vómito de sangre. Si uno indica en un buscador quién había detrás de esa muerte, a buen seguro que salen muchas entradas en las que se apunta a la posibilidad de un complot con origen en las más altas instancias del Estado. Por cierto, también se dijo que el vómito de sangre vino provocado por una úlcera de estómago que padecía al periodista provocada por la enorme tensión a la que se veía sometido diariamente.

Hay que decir que Antonio Herrero estuvo en Antena 3 hasta el año 1992, después con la compra de esta emisora por el grupo PRISA, Herrero junto con otros periodistas estrella se fue a la COPE, allí dirigió «La mañana» hasta su muerte. Por aquel entonces ya trabajaba con él un tal Federico Jiménez Losantos, que casi podríamos decir que era un clon de su infortunado maestro, de tal forma que a su muerte cogió el testigo y prácticamente el mismo esquema de hacer periodismo. En mi opinión Losantos es muy cargante, más agresivo y, por ende, demasiado partidista, porque siempre golpea al mismo lado, con lo que pierde objetividad.

Por supuesto, el modelo de Antonio Herrero ya es una norma en el periodismo radiofónico español, y muchos siguen copiando en su forma de hacer radio las peroratas y moralinas de este malogrado locutor, Carlos Herrera por ejemplo, es de este mismo corte.

Pues nada, desde aquí un humilde homenaje a este periodista que, de haber seguido con vida hoy en 2018, hubiera seguido liderando las mañanas, porque presumo que hubiera tenido cuerda para muy largo.