sábado, 21 de marzo de 2015

"VENIRSE ARRIBA", DE BORJA COBEAGA Y DIEGO SAN JOSÉ

Alentados por el indiscutible éxito de «Ocho apellidos vascos» del que Borja Cobeaga y Diego San José son los padres de su guión, esta pareja con una dilatada trayectoria en el cine y la televisión, ya que han estado detrás de muchos programas de humor, sobre todo de la televisión pública vasca, llegan ahora con esta novela fresca, desenfadada y simpática, que como premisa cumple algo muy importante en la literatura, que sea entretenida.

No sé si este tándem es ahora el equipo de guionistas con más trabajo de España, sobre todo porque las productoras están buscando las secuelas de la gran película de 2014, más aclamada por el público (la película española más taquillera de la historia del cine de nuestro país) que por la crítica y los académicos del cine, que sólo premiaron con tres goyas a esta cinta. Lo que sí es verdad es que Cobeaga y San José están de dulce y tienen que aprovecharlo para su bien y para el de sus seguidores que esperan ansiosos a que sigan convirtiendo en oro todo lo que tocan.

Y no sólo es una novela entretenida, que se deja leer, hay algo muy importante más allá del valor literario y es que, siendo una novela un tanto gamberra, pues te ríes bastante mientras la lees, se destila mucho humor inteligente, no hay chiste fácil ni trillado, y eso es mucho de agradecer.

Que nadie espere que sea un novelón con un inmaculado tratamiento del castellano, y es que sus personajes se expresan como tú y como yo cada día. Aunque se cuida la narrativa y el vocabulario, la predominancia de los diálogos con muchos giros actuales ya nos dice qué es lo que vamos a leer, toda una comedia.

Pues eso, en esa ola buena que han cogido Cobeaga y San José, son capaces de configurar esta comedia escrita que nace para alegrar la vida a cualquiera durante varios ratos. El libro se lee fácil, no querrás que pasen muchas jornadas sin meterle mano y nos permite no sólo unas risas, sino que te imagines, como pocos libros, en tu mente cómo serían físicamente los personajes principales.

La historia se sucede en Ámsterdam donde Miguel, un joven asturiano, que está de erasmus, comparte piso con Fernando, un onubense. Todo circula con aparente placidez, Fernando le da al pelo y a la pluma, y Miguel aspira a terminar de camelarse a una potente francesita, Marion. No obstante, entrará en escena Jesús, el padre de Miguel, un parado prematuro de la minería asturiana, al más puro estilo «Los lunes al sol», que decide rematar los pocos ahorros que le quedan para cambiar el ciclo de una vida aburrida y sin destino, divorciado y con el único aliciente de visitar cada día una sidrería de Mieres adonde se encuentra con una basca de iguales.

Pero Jesús no llega a Ámsterdam para servir de apoyo a su hijo, va un poco a la aventura, a saco, y su peculiar personalidad lo pondrá en un aprieto no pocas veces. En primer lugar, porque el idioma es un obstáculo, sólo se puede entender con españoles o con quienes hablan español (los erasmus se comunican en inglés), y por otro lado, porque lejos de ayudar a su hijo no hace más que ocasionarle problemas.

A partir de ahí comienza lo bueno, todo es un puro enredo. A Miguel no le terminan de salir bien sus planes, y ve cómo sus evoluciones con Marion son muy ambiguas; la quiere, se quieren, sí y no, no y sí, pues cada uno tiene sus parejas respectivas en sus países de origen, y romper no será tan fácil, al menos para la gabacha, y encima el novio de esta se presenta en Ámsterdam pidiéndole ayuda a Miguel para que le sustente la sorpresa, ahí es nada. Su padre, mientras tanto, tampoco colabora demasiado, lo que iba a ser una visita casi de fin de semana, y una salida forzada, se pospone sine díe.

Las intensas salidas del padre son antológicas, entre que no se entera y que todo lo ve con su exclusivo prisma, pues no para de liarla y estar en todos los fregados. Con su exmujer, con Fernando el compañero de piso, con el dueño de un restaurante español venido a menos, o con sus amigos de la sidrería de Mieres con los que se comunica a través de correo electrónico, haciendo sufrir al teclado del portátil de su hijo, todo hay que decirlo. Para Jesús no hay límites, no hay fortaleza que se le resista en ese extraño mundo centroeuropeo, ni tan siquiera un cuadro de Van Gogh, que por qué no cogerlo prestado de un museo para que decore la habitación de su hijo, al que por cierto, se empeña en llamarle Chusmi, pese a que el joven Miguel se opone y terminará por dejarlo por imposible.

Pues nada, que el protagonismo del padre no cesará, en una paranoia irrefrenable, intentando solucionar el mundo a su manera, por un lado, su destino sin su exmujer, capitulo este del que debe «pasar página», y por otro, debe tratar a la vez de congraciarse con su hijo, intentando que este cace definitivamente a Marion aunque sea lo último que haga en esta vida.

El final es apoteósico, pero esbozo solo unos detallitos: Cobro de la indemnización de la mina, Bruselas, Eurovisión, Melendi y pasamos página...

¿Final feliz o infeliz? Es la vida misma, y no creo que el objetivo del libro fuera buscar el mejor final para sus protagonistas, tal vez esto le podría ocurrir a cualquiera, sin la espectacularidad de lo novelesco, pero al final es una historia de encuentros y desencuentros, éxitos y decepciones, amores y desamores. Lo sustancial es el nudo de la historia y su desenlace por encima del después de sus personajes, todo ello verdaderamente para reírse y sonreírse relajadamente; por eso digo que esta obrita merece mucho la pena para desencajar un poquillo las mandíbulas.

La historia en sí sería un perfecto guión cinematográfico, se nota que los autores saben de qué va esto; aunque curiosamente he notado cierta similitud temática con la recién estrenada película «Perdiendo el norte» de Nacho G. Velilla, que también habla de la experiencia de estudiantes españoles en Alemania.

Más allá de eso, incluso tendría mucho más éxito y vidilla la historia posterior del exminero Jesús, en su venturosa nueva vida en la capital de Holanda, regentando una renovada sidrería en el centro de la bulliciosa ciudad de los canales, me la imagino como una taberna parecida a la de la mítica serie «Los Serrano», y el papel de Jesús bien podría ser el mismo Antonio Resines, o incluso Karra Elejalde, que realmente mientras iba leyendo el libro y en la particular imagen que me he formado en mi mente de sus personajes, siempre he imaginado a Karra Elejalde haciendo el ganso.

En definitiva, un libro para disfrutarlo, para echar varios ratos muy agradables, y para compartir la cantidad de pequeños chistes insertados en esta novelita con el perfil de humor inteligente propio de El club de la comedia y todas sus versiones monologuistas. Mi querida hermana me lo regaló esta Navidad, porque lo recomendaban como grajea de risoterapia, especialmente en un momento personal un tanto delicado por el que yo atravesaba.

sábado, 14 de marzo de 2015

MACGYVER, ESE SUPERHOMBRE MODERNO AL QUE DESEARÍAS TENER COMO AMIGO

Bienvenidos a la serie del hombre perfecto, especialista en todo lo habido y por haber: médico, arqueólogo, botánico, ecologista, químico, mecánico, manitas por antonomasia... y mucho más, una larga lista que amontona MacGyver, este superhombre de la calle que con su aspecto de hippy y un tanto bobalicón, era capaz de conseguir todo lo que se propusiera, haciendo uso de unas cualidades especiales, en una reinterpretación del viejo concepto de la eficiencia de los recursos escasos, considerando que a veces apenas contaba con su inseparable navaja suiza.

No hace mucho leí a un bloguero escribir en un tono un tanto socarrón más de cincuenta calificativos acerca de las «especialidades», yo diría que casi infinitas de este individuo. Y es que a lo largo de los casi ciento cuarenta capítulos de esta exitosa serie, a este mítico personaje le da tiempo a mostrarnos sus virtudes en casi cualquier cosa; por eso, aunque este bloguero sarcástico me podría parecer que exageraba en un principio, llevaba mucha pero que muchísima razón.

Y es que no debemos darle demasiadas vueltas, MacGyver también es una revisión del concepto de superhéroe o de caballero andante, un superhéroe moderno, que con herramientas que tú tienes en tu casa, él es capaz de salvar la humanidad, como también a viejecitas desvalidas, a bosques acosados por la presión urbanística, o a jóvenes con vidas descarriadas.

Si la serie la ves de semana en semana, se te hacía entretenida, doméstica, apacible; pero si te cargas algunos capítulos de una vez, como yo he hecho recientemente, este MacGyver termina por ser un poco repelente, vomitivo hasta cierto punto. No se puede ser tan perfecto, ni por ende, tener unos enemigos tan imbéciles.

Y es que MacGyver trabaja para una extraña fundación filantrópica, la Fundación Phoenix, cuya base es la defensa medioambiental de la humanidad, pero es por analogía también una entidad dedicada a deshacer entuertos, a colaborar en la paz mundial y equis miles de cosas... buenas, porque era una fundación al estilo de su personaje, un comodín de actividades para dar cobertura al genio macgyveriano.

Pero, a ver, centrémonos, Televisión Española la compró para la tarde de los sábados, cuando entonces no nos asaeteaba con películas de Paco Martínez Soria o Manolo Escobar, y había que pensar en un producto que no alterara a las masas, fundamentalmente para la familia al completo, mayores, jóvenes y niños, que eran un colectivo que nuestra televisión pública, la única hace veinticinco años, consideraba que era a quien se debía destinar el producto, por tanto, debía ser algo para todos los públicos, con escasa o nula violencia, con acción, toques de comedia, y por supuesto, final feliz, para que nadie estuviera angustiado durante la semana. Y la serie tenía todos esos ingredientes, para empezar, a MacGyver nunca se le vio empuñar un arma de fuego, era su principio fundamental, y otro también era que aunque se defendía nunca mataba a nadie (si alguna moría era por su propia maldad o de forma fortuita).

No obstante, y fuera de toda esta declaración de principios, MacGyver funcionaba porque era el supermanitas, el hombre que todo chapuzas tuercetornillos como yo desearía tener como amigo. La expectación iba creciendo a medida que avanzaba cada capítulo, pues generalmente el genio solía hacer uso de sus trucos al final de cada uno de ellos. Era cuando se valía de esos «recursos escasos» y era capaz de hallar una solución en segundos para convertir el caos en luz.

Y es que hay que ser sincero, los enemigos de MacGyver tenían porte, cara de malos malísimos, procedimientos deleznables, intereses aviesos y escasísimos principios, pero todo ese esfuerzo de fachada no tenía transferencia en la cabeza, pues todos sin excepción carecían de la más mínima inteligencia o raciocinio, y es que cuando podían liquidar a su peor adversario con facilidad, metiéndole un balazo sin más, invariablemente lo solían encerrar en alguna habitación o almacén donde había de todo para que el hombre perfecto lograra una artimaña, muchas veces acuciado por el tiempo, y saliera con suficiente energía para doblegar a sus captores.

Y es que la secuencia en la mayoría de los capítulos era muy similar, era una especie de sube y baja, primero daba él, luego daban los malos y finalmente él remataba la faena, y en todo ese intercambio, pues MacGyver sufrió más estocadas que un torero: le disparan, se queda ciego, cojo, manco, sordo..., pero como tenía más vidas que un gato, en el capítulo siguiente había recargado las pilas como si de un héroe de videojuego se tratara, el cual se reiniciaba cada semana.

Ni que decir tiene que la serie fue y seguirá siendo por mucho tiempo, una de las más populares en el mundo entero. En España se sigue hablando de MacGyver cada día, como una especie de mito, para comparar a aquel individuo que con medios escasos es capaz de conseguir una máximo rendimiento. Y y no pocos fueron los chistes que se hicieron con MacGyver, recuerdo aquel que decía que era capaz de construir un transatlántico con un clip y que encima le sobraban piezas.

Lo sorprendente de todo este éxito es que, bajo mi punto de vista, no era para tanto; pues quitando la primera temporada y la segunda, donde se despertó interés por los trucos de su protagonista y donde se prodigaba bastante con su ingenio y astucia, las temporadas posteriores fueron un poco aburridas, y los trucos nada trabajados. De hecho, había menos acción que lo que la gente se piensa, mucho diálogo pesado y que no hacía más que llenar el tiempo hasta la traca final.

Tampoco se puede decir que contara con un gran presupuesto esta producción, y esta también es una apreciación personal. Hay que decir que uno de los capítulos donde las productoras tienen que invertir más dinero es en las personas, los extras, algo nada baladí y que impide, por ejemplo, que se desarrollen series de temática deportiva, ya que de momento necesitarías mucha gente para llenar un estadio (si no observen en alguna serie española algún partido de fútbol o de baloncesto, no hay nadie viéndolo). En MacGyver ocurría esto, poca gente en cada capítulo y escenarios un tanto solitarios para no tener que llenar con gente, de hay que hubiera gran profusión de talleres, garajes, naves industriales, espacios al aire libre..., de hecho, muy pocas veces vimos a MacGyver en medio de una gran ciudad.

En esos escenarios al aire libre, a veces, en lugares inexistentes y países inventados, ocurrió si no recuerdo mal en la primera temporada un ejemplo claro de que entre Estados Unidos y el resto del mundo y España en particular nos separan, aparte de unos miles de kilómetros, un abismo de conocimientos. En aquel célebre capítulo MacGyver acudía al rescate de una científica al País Vasco, donde una especie de grupo armado sudamericano, ataviado con chapelas, descamisados y con costumbres algo primitivas, nos quería dar la sensación de que era otra cosa, en una comparación absurda, sobre todo en aquellos años 90 del siglo pasado.

La serie se remataba con un matiz un tanto cutrecillo, y es que si el bueno de Richard Dean Anderson, que era el actor que encarnaba al personaje, pues atesoraba tantas virtudes, encima era un rompecorazones y en cada capítulo hacía una conquista, poco más o menos que tenía en cada episodio una nueva novia, como marinero en cada puerto. Y de verdad, esa deriva un poco machista, pues a mí no me gustaba nada, sobre todo porque cuando yo veía la serie me las veía y me las deseaba para hacer mis pinitos con las muchachas, y al MacGyver este le daba tiempo en tres cuartos de hora, a fabricar una bomba, salvar el mundo y encima enrollarse con una periquita, ¡abusón!

Y ahora vamos a desvelar algún secretillo, ¿era realmente Richard Dean Anderson un superhombre? Pues lamentablemente para él, no era para tanto, y en las escenas arriesgadas (caídas, saltos, golpes...) solía estar sustituido por un extra de acción, ¡qué pena!

Pero más importante que poner en tela de juicio al actor de MacGyver es ¿los trucos tenían fundamento físico? Aquí había que plantearse si ha habido alguien que se haya preocupado de probar si los experimentos de la serie tenían base científica y si realmente funcionaban. Es muy probable que a lo largo de este mundo muchos hayan intentado desmontar su efectividad, pero lo más serio que he visto viene de la mano de otra serie de televisión que está en emisión en la actualidad, se trata de «Cazadores de mitos», en una de sus entregas intentaron probar dos inventos de MacGyver. Uno era una especie de ultraligero hecho con cañas de bambú, en el que nuestro supermán se elevaba junto con un acompañante y huía de sus antagonistas; en la prueba real el ultraligero se despeñó por una montaña. En otro experimento intentaron derribar una pared introduciendo un gramo de sodio en agua, la explosión fue casi imperceptible. En definitiva los mitos «fueron cazados», y es muy probable que a lo largo de la serie, con una pequeña base científica se quisiera adornar algo mucho más magnificente.

De la vida pasada de MacGyver se conocía tan poco como tanto de su vida presente. Apenas trascendió que se había criado con su abuelo, que le encantaba el hockey sobre hielo, que tuvo muchas amiguitas, y que jamás se supo su nombre de pila, ¿o sí? En el último capítulo a nuestro héroe le sale un hijo que es una fotocopia de él, por su ingenio e inteligencia, el cual se llama Angus, y se quiere dar a entender que ese sería el verdadero nombre de MacGyver. De hecho, ese hijo es la justificación para acabar la serie, pues se larga con él a descansar y a conocer mundo, más mundo.

Por último, hay que citar a esos personajes recurrentes de la serie que suponían el adecuado complemento para este proyecto televisivo y su cabeza visible; así Pete Thornton (Dana Elcar), jefe de MacGyver en la Fundación Phoenix, y que se embarcaba con él en alguna que otra aventura; Jack Dalton (Bruce McGill), aviador y amigo de MacGyver, metido siempre en asuntos turbios y al que de vez en cuando había que salir a su rescate; Murdoc (Michael Des Barres), el archienemigo de MacGyver, que aparece a lo largo de la serie, tan escurridizo como tonto, ya que intenta liquidar a su enemigo más acérrimo pero siempre falla y muere, o eso parece, porque vuelve a escena milagrosamente unos capítulos más tarde.

En fin, una serie que de verdad no fue para tanto, pero que se ha quedado en nuestro subconsciente como un magnífico entretenimiento para los sábados por la tarde, y ese mérito no seré yo quien se lo quite.

sábado, 7 de marzo de 2015

JUGANDO A LA LIMA, UN REDUCTO DEL PASADO

Siempre que escribo algo con la etiqueta de juegos estoy con la misma cantinela, soy un poco pesado, me siento pesado para mí mismo, pero también me digo siempre que la percepción que tengo es real. Las nuevas tecnologías y maquinitas derivadas, han dado una estocada de muerte a los juegos en la calle y también a los tradicionales juegos de mesa.

Curiosamente el otro día me dijo mi hijo que quería que lo llevara a unos recreativos, ¿no sé en qué serie o película de televisión lo habrá visto? Efectivamente, esos recreativos que yo frecuentaba y bastante, en la década de los 80 y 90, han desaparecido. Tuve que hacer un esfuerzo intelectual para pensar dónde podría haber algo parecido: en algunos centros comerciales donde hay multicines, multinacional de la hamburguesería, restaurantes, hipermercado y tiendas variadas. No están mal las máquinas, pero desde la comodidad de manejar un ordenador, una tableta o un móvil en tu casa, la verdad es que se compensa bastante lo bueno de las máquinas recreativas actuales con toda su espectacularidad.

Ya no ves a los niños en la calle jugando a pillar, a carreras de relevos o al pañuelo, ahora cuando ves a niños en la calle a lo sumo van en bicicleta o están jugando al fútbol; la variedad lúdica brilla por su ausencia.

Imagino que esto irá por generaciones y que mis padres jugarían en la calle a unos juegos que yo jamás conocí, y mi hijo muchos menos que los que yo disfruté. Mi hijo tiene un curioso libro sobre pintores universales y sus cuadros más famosos y hay uno especialmente llamativo, se trata de la obra «Juego de niños» de Pieter Brueghel el Viejo, la tela data del siglo XVI y están preñada de matices, más de docientos cincuenta niños juegan en la calle a unos ochenta juegos distintos, muchos de ellos llamados al olvido, entre ellos quiero apreciar el que rememoro aquí. Es más, me atrevería a decir que si cualquier día normal actual pudiéramos ver con una cámara a lo que están jugando todos los niños de España, estoy convencido de que no llegan a más de cincuenta diferentes, es decir, mucho menos que lo que refleja el cuadro.

Pero yo intento que, por lo menos, a lo que yo jugué y con lo reconozco que me divertí, pues que mi hijo lo conozca, aunque luego él en su libre albedrío decida si le gusta o no le gusta. He de decir que mi hijo ha sucumbido a las nuevas tecnologías de forma inevitable, aunque yo intento tirar de él hacia la calle, pero es muy hogareño, demasiado, es más casero que un árbitro de regional.

El otro día hacía buena tarde y salimos a la calle a, como yo digo, apedrear perros (es una expresión que utilizo en plan castizo, pero que en ningún caso ejecuto porque me encantan los perros y, de hecho, tuve una hasta hace poco que era la mejor). Mientras él se afanaba con pico y pala en mover tierra, otro juego, yo recordé que tenía un trozo de barra de ferralla en casa y una pequeña lima de herrería. Tenía la perfecta excusa para intentar jugar a algo que podía hacer no menos de treinta y cinco años que no hiciera: A la lima.

Se llamaba así, la lima sin más, al menos en mi barrio ese era el nombre. Juego típico de la época otoñal e invernal, sólo se podía jugar cuando había llovido, pero no recién llovido; el terreno tenía que estar tierno pero no embarrado. La base fundamental del juego estriba en lanzar el trozo de barra metálica, del tipo que sea, e hincarla en el terreno.

En esta ocasión, esa buena tarde con mi hijo me inyectó un subidón de adrenalina, porque sí, se hincaba fantásticamente en la tierra y por un rato fui niño otra vez. Así que tras haber hecho la prueba de verificación, no había más que construir el terreno de juego, porque con estos sencillos materiales, facilísimos de conseguir, el remate era hacer un juego entretenido, no bastaba con hincar por hincar, aunque quiero recordar que algún juego consistía en hincar a una distancia larga sin más.

Realmente el juego que yo conozco, a buen seguro que hay muchas variantes, consistía en hacer un rectángulo en el suelo, de tamaño aleatorio, aunque yo diría que unas medidas estándar podrían ser 1 metro de ancho por 2 o 2,5 de largo; dispuesto ese cuadrante se dividía en ocho o diez cuadrados iguales. Yo, en esta ocasión probé con ocho cuadrados, y en cada uno de ellos puse un número. Por buscar alguna similitud, tiene semejanzas con los cuadrantes que se pintan en el suelo para el juego del tejo, otro gran olvidado.

La distribución de los números es longitudinal, es decir, a tus pies te encuentras dos cuadrados que son el principio y el final del juego, a la izquierda puse el uno y a la derecha el ocho, aunque esto se puede cambiar, de hecho, yo soy zurdo y mi subconsciente tal vez decidió hacerlo así porque me era más cómodo. De forma que comenzando en el uno, los números se suceden consecutivamente en línea recta hasta llegar, en mi cancha, al número cuatro, al lado lógicamente el cinco, y vuelta hacia atrás hasta el ocho.

El juego se sucede de la siguiente manera, se lanza la lima al cuadrado con el uno, si se hinca y está dentro del cuadrado, se pone un pie en el mismo y se pasa al dos, y así sucesivamente hasta llegar al ocho, una vez allí hay un círculo fuera, relativamente próximo donde hay que hincar también para completar la tanda. Si se falla en alguno de los números hay que comenzar desde el principio, y se le pasa el turno al rival o rivales. Si se consigue la tanda mi recuerdo me dice que esta vez no se empezaba por el uno, sino por el dos, y así consecutivamente hasta que uno hiciera ocho tandas, que aunque podían ser más cortas en lanzamientos algunas tenían su dificultad, pues por ejemplo, hay que lanzar al cuatro o al cinco de inicio, a unos dos metros de distancia y hay que tener cierta habilidad.

A todo esto, a mí me encantó revivir mis años mozos, más que nada porque hincaba bien la lima (mejor en mi caso el trozo de ferralla), le pegaba con fuerza, tal y como si hubiera jugado ayer con los amigos del barrio. Y mi hijo..., pues tampoco le llamó especialmente la atención, ¿qué se le va a hacer? Me hubiera gustado hacer algún campeonato mundial con él, pero siguió con sus herramientas moviendo tierra.

Ya digo, no sé, a estas alturas de la película, si todavía juega alguien en España a la lima, lo poco que he podido encontrar en Internet es gente de mi edad o mayor, rememorando al igual que yo su andanzas infantiles, y algunos nombres que se le atribuyen a juegos similares de «hincar algo metálico en el terreno», tales como la roma o la ronga.

En fin, puedo decir que las armas del juego las tengo a buen recaudo, que voy a seguir jugando, aunque a mi hijo no le apasione, y todo ello para no olvidarme que alguna vez fui niño y, de paso, para autoimponerme el cargo de ser probablemente el último reducto del juego de la lima en España.

sábado, 28 de febrero de 2015

"DOCTOR EN ALASKA", UNA GRAN SERIE CON UN FINAL POCO DIGNO

Cuando algo funciona bien en una serie lo mejor es perseverar y no desviarse mucho de lo que tiene éxito y gusta a la gente; pero a veces las series de televisión, sobre todo las de largo recorrido no pueden abstraerse de los inevitables vericuetos personales por los que atraviesan sus actores, que amén de profesionales también tienen sus vidas y sus vicisitudes correspondientes. De tal guisa que cuando algún personaje decide marcharse de la serie, pues hay que matarlo, mandarlo a un largo viaje, provocarle un accidente para que esté en el hospital como un vegetal de por vida, etc.

Más o menos eso fue lo que pasó en esta serie, un producto televisivo genial que funcionaba muy bien en Estados Unidos y que tuvo que echar el cierre después de que la «eliminación» del personaje principal rompiera la esencia de la serie, de lo que hasta ese momento estaba funcionando bien. El verdadero Doctor en Alaska, el doctor Fleischman, en la realidad el actor Rob Morrow, pensó que si la serie registraba tan elevados índices de audiencia eso tenía que reflejarse en su nómina, es decir, que pidió un aumento de sueldo y no se lo concedieron, con lo que sobre el final de la quinta temporada los guionistas fueron preparando el terreno para su salida. Fleischman tiene una inspiración y se va a vivir a lo salvaje con un grupo de nativos a las orillas de un río. Sus apariciones van siendo cada vez más espaciadas y su claustro indígena definitivo terminará sin pena ni gloria.

Para entonces ya habían sustituido a Fleischman con un nuevo doctor, en este caso el doctor Kapra y su atractiva esposa. Tratan de que sea una incorporación paulatina, tratando de que el espectador no se diera cuenta de que desparecía uno y venían los otros, pero cuando la gente plantó sus pies sobre la tierra, se dio cuenta de que aunque Rob Morrow no estaba en todas las tramas, la serie nació con él y, de algún modo, era el eje sobre el que se articulaban el resto de personajes. Así que la serie, que podía haber durado más tiempo, porque el formato era apetecible, se quedó en seis temporadas.

Y eso que «Doctor en Alaska» nació como un entretenimiento pasajero de verano (en Estados Unidos), considerando que las televisiones suelen sacar en verano productos de bajo presupuesto, desenfadados, incluso de peor calidad, dado que en teoría las audiencias flojean. No soy sinceramente de esta corriente de pensamiento, y creo que es más bien al contrario, sí que es cierto que se ve menos la tele en verano, pero las patochadas que colocan las cadenas generalistas, al menos en España, te ayudan a tomar la decisión de apagar la caja tonta.

El caso es que nació, así, siendo una ocurrencia veraniega y caló, vaya sin caló. Doctor en Alaska, fue el título en España en una interpretación libre del nombre original «Northern Exposure», algo así como Exposición norteña, y que en una interpretación más ajustada, a tenor del desarrollo y contenido, podría ser en mi modesto criterio «Reclusión en Alaska» y en una reinterpretación mucho más libre y un poco jocosa por mi parte también pudiera haber sido perfectamente «Reclusión en A tomar por cu...».

El doctor Fleischman es un joven judío recién egresado de una prestigiosa universidad neoyorquina, y acepta un contrato en Alaska de corta duración, como un modo de adquirir una experiencia y dar definitivamente el salto con posterioridad a una plaza de lustre en la misma Nueva York o alguna metrópoli similar.

Sin embargo, cualquier idea que hubiera albergado en su mente es rápidamente desmontada, porque Alaska es algo inimaginable y más concretamente el pueblo de Cicely, una localidad que no llega a los mil habitantes y donde hay más animales salvajes que humanos. Fleischman comenzará a trabajar a regañadientes en una despacho clínico adonde acuden personajes de lo más extravagantes y tendrá que hacer uso de paciencia y buen juicio.

Esa reclusión provocará un malestar permanente en el impetuoso doctor que comprenderá que ese exilio obligado poco le va a aportar en su vida personal y profesional, aislado, cerrado, sin alicientes y abocado a convivir con personas raras de por sí que, por si fuera poco, ni suelen cursar enfermedades comunes ni tampoco se dejan curar mucho con métodos convencionales.

Ese estado permanente tiene sus altibajos, pues pese a que Fleischman quiere largarse en cuanto termine su contrato, por oscuros designios siempre terminan ampliándole unilateralmente y por ende su reclusión, aunque también es cierto que poco a poco se adapta al lugar, a sus gentes y a sus extrañas costumbres. De hecho, en esta serie mal terminada por sus productores lo único que se resuelve, por la rescisión del contrato del actor que lo encarna, es la decisión de Fleischman de vivir definitivamente de cara a la naturaleza, apartado incluso de la mínima civilización de Cicely.

Siendo como era una desenfadada serie de verano y aunque el elemento raíz era la llegada del joven doctor neoyorquino, poco a poco los personajes principales de la serie irán tomando protagonismo en las tramas, de tal forma que se entrelazan con el devenir de su doctor local.

Sin duda el personaje con el que más interactúa Fleischman es con Maggie O´Connell (Janine Turner), una atractiva piloto de avionetas, mujer de armas tomar, aparantemente dotada de un halo de mala fortuna o gafe, pues los novios que han pasado por su vida han muerto en extrañas circunstancias. Mantiene con Fleischman una relación de amor – odio, que finalmente no llegará a término, y probablemente fue algo que mató la serie en su última temporada, porque creo que el gran público, yo también, deseaba que esa tensión sexual no resuelta, tuviera su adecuado desenlace, pero no fue tal.

No obstante lo anterior, tal vez el rasgo diferenciador de esta serie era que a pesar de ser un pueblo pequeñito, sus personajes tenían unas personalidades muy acentuadas a los que las vicisitudes de sus existencias los habían llevado allí y se revelaba que en ese lugar recóndito del mundo, en realidad, había mucha vida social, muchas cuitas, mucho mensaje, poesía, controversia, guerra y paz; en definitiva, todos ellos conformaban una gran familia.

No sólo eran personalidades muy acentuadas, sino que directamente ellos eran personajes muy curiosos, uno entre un millón, como la vida misma, pero con características que los hacían incluso fuera de la normalidad.

De otro modo, no se explica que el terrateniente del pueblo Maurice Minnifield (Barry Corbin) sea un astronauta jubilado, nacionalista, déspota y algo atrabiliario, el cual presume de millonario, lo es, y anda a la gresca siempre contra todo y contra todos, siempre y cuando no le lleven la contraria; no obstante, en el fondo no es mala gente y es bastante generoso.

Uno con los que más se pelea es con Holling Vincoeur (John Cullum), pronunciado en francés que es como se hace en la serie es como «banquer», es de origen canadiense, de Quebec concretamente; regenta The brick, la cafetería – bar – pub – salón social – restaurante de la localidad, con apariencia de buena persona, de vez en cuando se le cruzan los cables y la lía. Tiene la cualidad de haberle robado la chica a Minnifield, cuando este iba a casarse con ella.

La chica en cuestión es la atractiva y simpática Shelly Tambo (Cynthia Gery), que llega a la localidad con Maurice tras haber ganado un concurso de belleza, pero se enamora de Holling que es cuarenta años mayor que ella, como poco. Es una chica muy sensible, con la apariencia de tontita, pero luego se revela como una chica con valores más profundos que los que muestra de primeras. Durante la serie tendrá una niña fruto de su relación con Holling.

Uno de los personajes más curiosos es el del locutor de radio Chris Stevens (John Corbett) es, de algún modo, la voz del pueblo y la voz del sentir de todos sus habitantes. Trabaja en la radio KBHR (la K-OSO se pronunciaba en la serie, que era la transcripción que las letras originales querían decir verdaderamente), que es propiedad de Maurice Minnifield. Este ex presidiario emerge a la sociedad tras su estancia carcelaria como un hombre nuevo y bueno. Entre canción y canción, clama mensajes filosóficos de gran calado. Su inmaculado don de palabra le permitirá ser, de algún modo, el psicoanalista de todos. Amén de ello, es el pastor del pueblo, no se sabe de qué confesión religiosa, pero sí que oficia todo lo oficiable, y sus habitantes le dan validez a lo que él dicta y proclama. Vive en una caravana, de cara a la naturaleza más que ninguno de sus convecinos. Terminará con Maggie.

No menos curioso es Ed Chigliak (Darren E. Burrows), un joven nativo, abandonado de bebé y criado por la comunidad, amante del cine y cuyo sueño es dirigir una película (de hecho sus sugerencias cinematográficas han supuesto verdaderos hallazgos para mí). Es una persona inocente, jovial y sencilla. Trabaja entre la casa de Minnifield, donde realiza trabajos de mantenimiento y en la tienda – supermercado de Ruth Anne Miller. Durante la serie descubrirá que tiene otra acendrada vocación, la de chamán, y con cierta displicencia hará sus pinitos.

Precisamente Ruth Anne Miller (Peg Phillips), una entrañable ancianita, llena de vitalidad y carisma, aún conserva redaños para formar parte activa de la vida de Cicely, metida en un montón de fregados. Y sí, suya es la única, en la serie no se aparece otra, tienda del pueblo, adonde puedes encontrar de todo: comida, bebida, ferretería, munición, ropa, muebles... Tiene un fuerte carácter y es proverbial su enfrentamiento con Maurice, aunque también en el fondo son buenos amigos.

El capítulo de personajes principales termina con otro ser irrepetible, Marilyn Whirlwind (Elaine Miles), también nativa como Ed, es la ayudante en la consulta del doctor Fleischman, se trata de una joven rellenita que se caracteriza por su parquedad en las palabras, no habla más que lo justo. Su extraño modo de actuar exasperará no pocas veces al doctor, que en el fondo ama y respeta a esta mujer que es la esencia de Alaska, pura naturalidad.

Había otros personajes que fueron tachonando la actividad de este minúsculo punto de Alaska y que a veces eran recurrentes en la serie, y que no hacían más que confirmar ese universo tan plural y excéntrico que lo gobernaba: un chef con pinta de pordiosero, un titiritero mudo por convicción, un virtuoso violinista tarado...

Pues bien, se han escrito ríos de tinta sobre la serie que dio para mucho en esas seis temporadas y ciento diez capítulos, se podría hablar de la cocina de la serie, de las enfermedades de la serie, de los deportes, de la música (la que ponía Chris en la radio y la que ponía el punto final a cada capítulo), de fauna, de cine (las recomendaciones de de), hasta de los afamados vinos que Maurice Minnifield atesoraba en su bodega...

Sin duda lo que le dio carácter a la serie fueron sus guiones, muy elaborados, con mucha enjundia, trataban asuntos del día a día, universales, para nada centrados en Estados Unidos, se hablaba de la vida y de la muerte, del amor, de la esperanza, de la frustración, de la naturaleza, del extremismo, de la violencia, todo ello con diálogos y tramas muy acertadas, por cierto, casi invariablemente tres en cada capítulo. Podía parecer un poco pastelosa la serie, con poca acción y mucha interactuación de sus personajes, pero para los grandes amantes de esta producción era una gozada recurrente.

La lástima es que en España esta serie fuera y sigue siendo maltratada. Televisión Española compró sus derechos y la comenzó a echar en abril de 1993, casi tres años después del inicio de la producción y emisión en Estados Unidos. Además se hizo en un día y una hora malísimos, a las 23.30 y encima en La 2, es decir, condenada al fracaso o al paraíso de los frikis, aun así tuvo su público y merecía un mejor tratamiento que el que tuvo. De hecho, creo que ha habido algunas reposiciones y en horarios desafortunados.

La sintonía de cabecera David Schwartz era genial y resultaba curioso ver a un alce caminando por la calles de Cicely, algo que es manifiestamente complicado porque este es un animal que no se deja domesticar. Y dicho esto, jamás llegó esta serie a Alaska pues las grabaciones se realizaban en el pueblo de Roslyn, en el estado de Washington, que por lo que tengo entendido se convirtió desde entonces en un atractivo turístico para los apasionados de la serie, ya que se mantienen algunos símbolos de la misma.

En fin, una serie que para los que la apreciaban está entre las mejores de la historia. A mí me gustó mucho, la he revisado últimamente y puedo decir que había capítulos mejores y otros algo más aburridos, aunque reconozco que un mejor final, es decir, un final redondo hubiera sido lo óptimo.

sábado, 21 de febrero de 2015

SUMO, UN DEPORTE DE DIOSES (VI)

Hakuho obtuvo en enero de 2015 su 33º yusho
Toca meterse en faena y hacer un repaso por lo que han deparado estos últimos doce meses de sumo profesional; un deporte que me sigue apasionando y que este año ha tenido una gran noticia que, por lo menos en España, sí ha despertado algo el interés de los diarios deportivos.

Efectivamente la gran noticia que no por esperada iba a dejar de tener su impacto, ha sido el récord de torneos oficiales (yushos) ganados por el yokozuna mongol Hakuho, por el momento treinta y tres. El tope estaba en treinta y dos a cargo del ruso-nipón Taiho conseguidos fundamentalmente en la década de los 60 del pasado siglo y tal como cabía aventurar, sin argucias premonitorias de ningún tipo, en noviembre igualó ese récord y en enero ya lo ha superado.

Tampoco es nada aventurado afirmar que va a llevar el récord muy arriba, Hakuho de hecho está ahora mismo al máximo nivel, no se le aprecia ningún síntoma de debilidad, lleva cinco torneos consecutivos ganando y esta racha abierta y vigente es ahora mismo la segunda mejor de su carrera deportiva. Considerando su forma, sus sensaciones y su talante, no menos de un lustro a tope le espera para que ponga el tope en una cifra insultantemente elevada, yo diría que el número de copas del emperador va a estar muy cercano al medio centenar.

El nuevo yokozuna Kakuryu
Otra importante noticia fue, sin duda, la «coronación» de un nuevo yokozuna, Kakuryu, también mongol y que se unía a sus dos compatriotas en esta nómina, Hakuho y Harumafuji. Kakuryu aprovechó una puerta que se había abierto meses atrás para el japonés Kisenosato, el mejor luchador nacional sin discusión, para permitir saltarse la regla no escrita de que para ser yokozuna había que ganar dos torneos consecutivos y que el nipón no aprovechó, y que ahora se ha venido a flexibilizar en un subcampeonato y un campeonato. Kakuryu lo logró, y tal y como le pasó a su compatriota Harumafuji, llegó, besó el santo y parece que el rango de yokozuna le viene un pelín grande.

De hecho, bajo mi particular opinión tenemos a un gran yokozuna y a dos «yokozunillas», que alcanzan resultados plausibles pero no brillantes del todo. Están en dobles dígitos casi siempre (diez o más victorias sobre un total de quince), pero no siempre están en la carrera por el yusho. Esto tiene su curiosa contraprestación en que tanto Harumafuji como Kakuryu están cediendo muchas victorias en favor de la clase media, y eso en el sumo tiene su mérito y reconocimiento, son estrellas simbólicas (kinboshi) que se entregan a los luchadores que tienen el privilegio de vencer a un yokozuna y que supone un plus económico por su consecución.

Desde la retirada, casi obligada, del polémico pero eléctrico Asashoryu, también mongol, realmente el gran Hakuho no tiene ningún luchador que esté a su altura. Lo cierto es que cuando cede algún título se conjuga algún fallo suyo (no es perfecto pero está muy cerca) y un gran torneo de alguno de los aspirantes a hacerle mínima sombra; y dicho esto, esa conjugación se produce muy pocas veces.

En cuanto a los luchadores japoneses, pues nada nuevo bajo la luz del sol, se sigue viendo cómo evolucionan con cierta rapidez los luchadores extranjeros, especialmente los de Mongolia, curioso lo de este país de poco más de tres millones de habitantes, y de los nacionales no hay nadie llamado a hacer grandes cosas en el futuro, de momento, y no hay más cera que la que arde, es decir, buenas expectativas, alguien que hace buenas cosas en las categorías inferiores, pero llega arriba y no está al nivel de ser una gran estrella.

Los japoneses se conforman con sus ozekis (segundo rango en el sumo), un muy buen Kisenosato que es el más regular de los nacionales en los últimos años, más Kotoshogiku y Goeido, este último fue ascendido en 2014, pero ahora tanto uno como el otro se asoman al abismo de vez en cuando para luchar a duras penas. El ascenso de Goeido fue una buena noticia para el sumo japonés, pero la verdad es que ha sido llegar a ozeki y se ha desinflado notoriamente, o se ha relajado, lo cual es muy posible viendo la trayectoria de los luchadores japoneses en la última década; de hecho, en el último torneo un corporativismo absurdo le ha librado de perder ese preciado rango.

Desde luego si hay ahora mismo algún japonés merecedor de ganar un gran torneo, ese es Kisenosato. Lamentablemente se le está pasando el arroz y no se atisba que pueda llegar a ser yokozuna nunca, porque los años van pesando como losas. No obstante, sueño y conmigo muchos japoneses, así como aficionados al sumo, con que Kisenosato tenga el honor de romper la racha que ya ha superado los nueve años, sin que un japonés haya logrado una copa del emperador (desde Tochiazuma en enero de 2006), y que si nadie lo remedia, lo cual no es nada atrevido, pues se va a ir a la década; una década de sequía para los japoneses es su propio deporte patrio, que a más de uno le debe levantar ampollas.

Pero es que al hilo de lo anterior, se puede observar con cierta notoriedad, que en la categoría de makuuchi (la máxima división), se suceden combates entre japoneses y extranjeros, donde aparte de bastantes mongoles, hay de Georgia, Rusia, Brasil o Bulgaria, y ves cómo los extranjeros le mojan la oreja a los del país del sol naciente con mucha frecuencia.

La nueva sensación del sumo,
el mongol Ichinojo
Y si tuviera que otear, lo cual puede ser algo arriesgado en este deporte, a alguna figura emergente, pues en 2014 la palma se la lleva otro luchador no japonés, y sí también de Mongolia, se trata de Ichinojo, un joven gigantón de 21 años que en su primera aparición en la máxima categoría sorprendió a todos con un subcampeonato y varios premios honoríficos. Sin embargo, a este esbelto mocetón le tomaron la matrícula tras esa fulgurante irrupción, y ya le han limado su ímpetu, aun así permanece entre los diez mejores del escalafón y eso es muy de valorar. Ha sido la sensación en 2014 y eso ha animado algo este deporte entre los aficionados. ¿Futuro yokozuna? Por el momento hay que darle tiempo, está muy verde.

Por cierto que estaba repasando lo que dio de sí el último período analizado hace ya un año, y si ya en el pasado atisbaba la más que previsible retirada del búlgaro Kotooshu, he tenido que ir al dato concreto para saber cuándo se retiró y fue el pasado mes de marzo, tristemente con escasa repercusión. No obstante, igual que otros sumotoris extranjeros abandonan Japón definitivamente, este se ha quedado y se le puede ver como guardia de seguridad en los grandes torneos, algo que no me termina de encajar para un gran luchador (llegó a lograr una copa del emperador) al que le faltó mentalidad para llegar a alcanzar la deidad de ser yokozuna.

Y esto es todo, en lo que resta de 2015 todos los aficionados al sumo creo que pedimos más o menos lo mismo, que haya más salsa, más lucha hasta el último día del torneo, nuevas figuras que vayan aplacando a las existentes, no obstante, Roma no se hizo en un día y me da la impresión de que este año va a ser un poco de transición.

sábado, 14 de febrero de 2015

"EL DON", DE MAI JIA

Alentado por la novedad que suponía para mí leer una obra de uno de los escritores chinos actuales más afamado, considerando que no suelo leer mucha novela extranjera, me adentré en este libro que por su título y sinopsis parecía ser interesante.

Presentado como un thriller de espionaje chino, llegado a su desenlace puedo confirmar que sí que hay espionaje chino, pero lamentablemente de thriller poco. Y siento decir, al respecto de esto, que la obra me ha decepcionado bastante.

Y puedo señalar, a tenor de las críticas y opiniones que he leído, que debo ser un raro, porque la obra está calificada como un novelón de proyección mundial y puesta a la altura de la producción de monstruos literarios de este género de suspense como Ruiz Zafón, Roberto Bolaño o Borges, algo que se me antoja pretencioso a todas luces.

Bien ha expresado Mai Jia acerca de esta obra que esta historia de espías es una tapadera, pues él escribe sobre la gente. Sin duda, creo que ahí está la esencia, el pensar que esto es un thriller, una novela de suspense, y es realmente la semblanza de una historia humana, y no puede ser de otro modo, porque con el conque de la trama se radiografía a un ser humano, con su crecimiento, sus éxitos, sus defectos y sus pensamientos.

La novela narra la historia de Rong Jinzhen, el enésimo miembro de una familia peculiar que se caracteriza por tener un talento especial para las matemáticas. No obstante, la historia de este miembro es, como poco, atípica. Nacido casi de casualidad, no deseado, prácticamente dejado de la mano de Dios por su familia, con taras físicas..., un no menos atípico profesor occidental, Auslander, se convierte de tácito en su padre adoptivo, el cual le transmite sus cualidades. Muerto prematuramente Auslander, el niño será acogido por otra parte de su familia (el joven Lillie, su tío abuelo), donde ahí sí que será reconocido y tendrá la auténtica consideración de adoptado.

No obstante, para entonces el joven Rong ya se habrá revelado como un individuo raro, casi antisocial, limitando con el autismo aunque también con algunos indicios de ser Asperger. Rong se ha hecho a sí mismo, ha construido un sólido edificio mental, en el que ha ido aprendiendo todo de forma autodidacta, fundamentalmente en lo que se refiere a las matemáticas y de una manera asombrosa.

Se nota que el autor ha trabajado en servicios de inteligencia porque su dominio de las matemáticas y la criptografía es patente, en este sentido, el descubrimiento espontáneo de Rong de las sumas, las restas, las multiplicaciones y las divisiones es muy interesante, absolutamente creíble, toda una revelación para mí, que aunque soy de letras, me hubiera gustado ser de ciencias pero un mal profesor en el Instituto me cambió la vocación.

Su incursión tardía en las aulas confirmará que estamos ante un superdotado que progresará con rapidez adelantándosele los cursos y culminando sus estudios con brillantez, allí conocerá al profesor Jan Lisiewicz, el cual marcará su futuro. El joven Lillie orientará ese talento y su proyección profesional hacia la inteligencia artificial, pero ese sublime «don» llegará a los oídos del régimen que lo captará para su unidad secreta 701 dedicada al contraespionaje, y muy particularmente para su sección de criptografía, especializada en el desciframiento de códigos militares secretos.

Hasta ese momento, casi en la mitad del libro, la vida, casi a modo de aventuras, de Rong Jinzhen y su familia es un relato ágil, ameno, entretenido; pero es entrar en esa unidad y la lectura a mí me parece que se vuelve tan enredada como los códigos que pretende descifrar, infantil, inocente, incongruente y poco realista.

Confieso que a medida que iba leyendo no paraba de pensar si, pese a la buena traducción, la diferencia cultural que separa a China de Occidente sería un obstáculo para entender el libro. Y al final me han quedado dudas acerca de esto, porque o yo soy poco avispado o esas incongruencias son propias de una cultura que un occidental como yo conoce muy de lejos.

Y es que el relato de aventuras pasa a ser en ese punto un auténtico pestiño, no pasa nada de nada, o muy poco. Rong Jinzhen descifrará con bastante facilidad un código secreto denominado Púrpura, y luego intentará descifrar Negro, pero le roban un cuaderno con sus notas, se volverá medio lelo, y al final otro miembro de su unidad concluirá exitosamente su trabajo.

Una de las incongruencias más evidentes es en el momento en que le roban ese cuaderno, plantea el autor que un personaje como Jinzhen, elemento clave del contraespionaje chino, viaje a otro punto del país a un congreso. Justifica que no puede viajar en avión porque sería «fácil» para el enemigo (que aunque nunca se nombra se sobreentiende que es Estados Unidos), llevar a cabo una conspiración para atentar contra ese avión, con lo que se ve más conveniente ir en tren o en coche. Al final se decide ir en tren en un viaje maratoniano de tres días, y donde sorprendentemente va con unas endebles medidas de seguridad, porque al final le roban bien robado aunque se trata de un raterillo de poca monta. Hubiera sido mucho más lógico y novelesco cuasi peliculero, forzar la situación y que hubiera habido alguna trama conspiranoica, que la libreta se hubiera destruido en el intento, o algo así; en fin, son divagaciones mías. Pero ir durante tres días en un tren normal y corriente, durante tres días, con un guardaespaldas, me ha parecido de lo más inconsistente que he leído últimamente.

Para rematar la faena Mai Jia desvela al final del libro, a modo de anexo, parte del contenido ¡tan secreto!, de esa famosa libreta azul, y el mismo escritor se atreve a sugerir al lector que puede obviar su lectura, pues puede resultar incomprensible. Es realmente incomprensible, o es una tomadura de pelo del autor, o es una «turbación más» mental.

Me quedo sinceramente con la primera parte de la obra, original y entretenida. Lo mejor es la semblanza de toda una familia con una especial predilección por las ciencias y muy particularmente la autodidáctica de Rong Jinzhen para adiestrarse en las matemáticas con elementos escasos; de hecho, para él las matemáticas lo serán todo en el mundo, destaco un párrafo en el que señala:«En la ciencia el verdadero obstáculo es el tiempo. Si dispusiéramos de tiempo ilimitado, todo el mundo podría aprender los secretos del universo». La segunda parte pasa a ser un pestiño solemne con escaso interés y perpetrada alevosía.

sábado, 7 de febrero de 2015

"TRATA DE ARRANCARLO CARLOS", CARLOS SÁINZ Y SUS EPISODIOS DESAFORTUNADOS

Muchos como yo en nuestra juventud pasamos a tener cierta predilección por los rallys, más que todo porque participaba el prohombre del automovilismo en nuestro país, Carlos Sáinz, por supuesto mucho más laureado que Fernando Alonso, aunque estamos hablando de diferentes disciplinas de este deporte y épocas distintas.

Aún recuerdo que en el verano de 1990 todos mis amigos nos hacíamos eco de una pedazo de noticia en este deporte, como era que nuestro Carlos había ganado el célebre Rally de los 1.000 Lagos en Finlandia, rompiendo la hegemonía nórdica hasta ese momento, pues en cuarenta años de existencia de este rally, ningún piloto no nórdico había conseguido subirse a lo más alto (después ya lo lograrían otros).

Eran aquellos años en que Carlos Sáinz, un tipo al que se notaba en las entrevistas de televisión que tenía un carácter fuerte, aparecía con cierta habitualidad en los telediarios, porque se había metido de lleno en la lucha por el triunfo en los Campeonatos del Mundo de rallys, en esta disciplina deportiva donde jamás había sonado el nombre de España, y donde se repetían sin cesar los apellidos suecos y finlandeses, países precisamente donde existía y existe gran predicamento por esta especialidad.

A Carlos Sáinz le faltaron unos años para ser más mediático, considerando que en la actualidad los noticiarios de cualquier cadena generalista en España dedican a deportes, fútbol fundamentalmente, casi la mitad de su duración y hay mucha, demasiada paja. Dos detalles de este deportista se nos quedaron en la retina a los aficionados, su peculiar copiloto Luis Moya y su reiterada mala suerte que se resume en aquel mítico «trata de arrancarlo Carlos».

Lo de Luis Moya dio para mucho, aunque ahora hubiera dado para más, los de mi época recordarán su singular manera de dar las instrucciones a su compañero en ese momento, una jerga propia, aparentemente ininteligible, en la que como suele ocurrir en estas carreras se anticipa las características de los tramos: ángulo de la curva y salida de la misma, desniveles, peraltes, saltos, medidas de las rectas... Las imitaciones que se hacían de Luis Moya eran proverbiales, célebre es aquel «a ras», acompañado de una serie de números y algún derecha – izquierda, pero todo muy rápido y con un notorio deje galleguiño, pues Luis era y es de La Coruña.

Y digo que era su compañero en su momento y entiendo que amigo por entonces, cuando también trascendió que tras quince años juntos, en 2002 se separaron por asuntos económicos y ello implicaba también desavenencias personales. Después se han unido en alguna ocasión para participar en algún rally de exhibición, pero ese tándem deportivo podemos concluir que no tuvo su espejo en lo cotidiano.

Por cierto, Carlos Sáinz comenzó en el Mundial en 1987 y su última participación fue en 2005, y aunque el copiloto que más tiempo estuvo con él (quince años) fue Moya, también tuvo otros compañeros a su lado y sigue teniendo, porque ahora, como muchos saben, se dedica a los rallys de aventura.

En esos dieciocho años acumuló once podios, con dos campeonatos (1990 y 1992), cuatro subcampeonatos y cinco terceros puestos. Cuando todavía competía en el Mundial era el piloto más laureado, con un montón de récords en su haber; pero vendría un monstruo como el francés Sebástien Loeb que desde 2004 a 2012 consiguió nueve títulos consecutivos y batió todo lo batible y aburrió a todo el mundo. De hecho, cansado de ganar dejó el Mundial en 2013 para adentrarse en nuevas experiencias del motor.

Y ahora vamos con aquella frase tan famosa de su copiloto, el cual tocando en el motor mientras salía humo de él, daba un grito desesperado sabedor de que no había nada que hacer. Esa frase repetida con el «trata de arrancarla por Dios»y después el «me cago en su p... madre» definió el culmen de la mala suerte en la que tú no pones nada de tu parte, porque en otros deportes la mala suerte tiene un componente personal, un tiro que no entra, un rechace, un tropezón, una caída, pero aquí fue terrible, porque se le rompió el coche en el Rally de Gran Bretaña en 1998 concretamente una biela de su Toyota Corolla a 500 metros del final cuando acariciaba el triunfo en el Campeonato del Mundo de ese año.

Lo cierto es que esa fue una temporada aciaga, pero siempre se nos quedó la impresión de que a Sáinz no le acompañó la fortuna en su carrera: accidentes increíbles (choque contra una oveja), averías raras, contrincantes en racha, y sigue, porque el madrileño no se ha separado del volante de forma oficial y profesional, pues siempre suena como aspirante al triunfo en el rally Dakar y justo en esta edición de 2015 también sufrió un revés, primero tuvo problemas con el turbo, y posteriormente en la quinta etapa, después de desajustes previos con la dirección asistida, finalmente cuando iba con su copiloto detrás de un quad que levantaba mucho polvo, impactó contra una piedra dando cinco vueltas de campana y dejando el coche prácticamente fuera de combate.

Pues aquella leyenda o mito del «trata de arrancarlo Carlos» ha quedado depositada en la memoria colectiva de este país y lo que no trascendió tanto como aquella frase es que aunque estaban a 500 metros de la meta, para ser ganadores tenían que haber conducido 70 kilómetros en un tramo neutro o enlace hasta la meta final, es decir, que ni haciendo algún arreglito tipo MacGyver podrían haber podido hacer lo que restaba para concluir oficialmente el rally.

Tantas circunstancias adversas siguen dotando a Carlos Sáinz de ese halo de deportista con mala fortuna y, pese a los reveses, él persevera y continúa disfrutando con lo mejor que le puede pasar a una persona y a un deportista, o sea, convertir en profesión tu pasión.

Por cierto que en esta temporada 2015 y recordando ese célebre aforismo de que «de la casta le viene al galgo», su hijo Carlos, al que no quieren que se le conozca como Jr o hijo de..., participa en el Mundial de Fórmula 1 tras unos años precedentes de brillantes resultados en fórmulas de promoción, ahora da el gran salto y esperemos que pueda revertir con oficio y una pizca de suerte, la mala fortuna que ha ido acompañando a su padre.

Para finalizar, y aunque no tenga que ver nada con Sáinz, hace poco leí unas declaraciones de Jaime Alguersuari en las que decía que para ser piloto de Fórmula 1 había que tener mucho dinero, y también que los resultados en ésta dependían un 80 % del coche y un 20 % del piloto, justo lo mismo que yo aventuré en octubre de 2013 en esta bitácora con ocasión del aburrimiento que me generaba este deporte (a mí y a la mayoría) y los recordados coches de seis ruedas.

No sé si los Carlos Sáinz padre e hijo tienen mucho dinero, lo que sí es cierto es que les seguiremos los pasos para ver cómo se siguen modelando sus vidas deportivas, tan apasionantes.