sábado, 17 de febrero de 2018

"EL LABERINTO DE LOS ESPÍRITUS", DE CARLOS RUIZ ZAFÓN

En algún momento de mi viaje indefinido por este blog llegará un momento en que expresaré con pelos y señales cuáles fueron mis motivaciones para crearlo, tampoco será nada que los que me sigan desconozcan; pero bueno, en alguna fecha redonda haré una entrada especial y realizaré una especie de retrospectiva con esos orígenes, todavía queda mucho.

No obstante, no falto a la verdad si manifiesto que he descubierto en el blog, una vez empezada mi andadura, una razón vital para perpetuarlo, y es la de tener memoria, y muy particularmente la de recordar libros. Sí, mi mente no llega para tanto y de las decenas de libros que habré leído en mi vida, de la mayoría no me acuerdo de nada. Por eso cada vez que escribo una reseña, siendo algo presuntuoso mi crítica sobre algo que he leído, me reconforta saber que estoy haciendo una extensión de mi disco duro cerebral en un artefacto externo que me permitirá en el futuro, cuando yo quiera, acudir a él para recuperar lo que mi memoria debiera haber atrapado, pero la naturaleza finita de nuestros recuerdos lo impide.

Y claro, cuando mi hermana me regaló hace unos meses esta novela «El laberinto de los espíritus», del reputado escritor Carlos Ruiz Zafón, rememoré que ya había leído antes y me habían gustado muchos otras dos de las tres obras anteriores de esta tetralogía como eran «La sombra del viento» y «El juego del ángel», pero lástima que cuando los leí no existía este blog y apenas puedo decir cuatro cosas de ellas y absolutamente nada de su argumento. Esto no volverá a ocurrir, al menos con esta.

Apenas recuerdo aquel «Cementerio de los libros olvidados», una suerte de edificio oculto en el corazón de Barcelona que alberga todo tipo de joyas de la literatura, un santuario para la lectura, un club selecto donde hay muy pocos elegidos.

Antes de nada, y es de agradecer por parte del escritor, este nos asegura al principio que la historia que cuenta es independiente, no es necesario haber leído las entregas previas.

El libro comienza, al parecer, con una especie de preámbulo en el que hay un recordatorio de una serie de personajes comunes a los libros anteriores, Fermín Romero de Torres y Daniel Sempere (creo sospechar que salen en las novelas anteriores) y en una serie de saltos en el tiempo, nos lleva a un teórico momento presente y también al pasado de la Guerra Civil, donde Fermín se encarga de salvar de casualidad la vida a una niña, pero no conseguirá localizarla tras el bombardeo que sufren.

Tras esta introducción del preámbulo, nos remontamos a la España franquista consolidada en 1959 y no precisamente en Barcelona sino en Madrid, conocemos la desaparición en extrañas circunstancias del ministro y hombre fuerte del régimen Mauricio Valls. El autor nos lo presenta como un ser todopoderoso, omnisciente, potentado, pero con algún trapo sucio del pasado que le impide avanzar en el presente.

En esto conocemos a Alicia Gris, una joven enigmática que sufre unos terribles dolores en uno de sus costados a causa de una herida cuando era pequeña, sí, efectivamente es aquella niña que se le perdió a Fermín. Ahora trabaja para Leandro, un tipo correctísimo, todo un caballero, que rescató a esta chica y que le dio un trabajo en una especie de servicio secreto encargado de llegar con fórmulas pseudolegales adonde los servicios policiales del Estado no alcanzan. Alicia se nos presenta con una tigresa con piel de cordero.

Con la encomienda de buscar al desaparecido ministro y acompañada por el veterano policía Vargas, decisión esta que asume a regañadientes la protagonista Alicia, se dirigen a Barcelona, donde esta tiene un piso y muchos recuerdos.

Ahí comienza la peripecia de esta singular pareja para intentar hilar cabos sueltos, en una trama con múltiples variables, y que va desvelando el oscuro pasado del ministro, y de otros personajes que se entrelazan en la novela, gravitando la existencia de una trama de bebés y niños robados y donde, como no podía ser de otro modo, la literatura está presente y también el Cementerio de los libros olvidados.

La novela, también con algunos saltos temporales puntuales, nos va mostrando dónde se encuentra el ministro a lo largo de la trama, no bien precisamente.

Amén de esto, las pesquisas de Alicia y Vargas avanzan, convirtiéndose en una pareja bien avenida que se respeta y se protege, ambos generan en el lector cierta simpatía y ternura.

Y en esas pesquisas es donde Alicia, el personaje que se erige en «el bueno» de la novela, comienza a interactuar con los otros buenos, personas de su barrio, los habitantes de la librería Sempere, que se convierten en su pequeña familia, y vive aunque sea momentáneamente una paz y una normalidad que jamás ha tenido, dado su carácter y condición que la obligan a su pesar a no mezclarse con la gente normal, por los efectos colaterales perniciosos que puede generar.

Lo que pasa es que los buenos son demasiado buenos, demasiado virtuosos y cuando Alicia está en un callejón sin salida, ahí estarán para echarle una mano. Y sí, los malos ejercen aquí de supermalos.

La vida de Alicia, representada en esos días de finales de la década de los 50, tendrá un principio y un final, al menos su historia relevante, noticiosa. Una historia donde encontrará finalmente su verdadero significado y su devenir, la gente en la que debe confiar, con muertos en el camino, con terribles traiciones y con un destino anónimo.

La historia, policíaca en buena parte de su extensión, es trepidante, aunque tiene algunos parones, una especie de justificaciones histórico-temporales que a veces pueden resultar algo tediosas, pero en general no desmerecen el resultado final.

Eso sí, terminada la historia de Alicia Gris y la trama principal de la novela, Ruiz Zafón se enfrasca en las últimas setenta páginas del libro a continuar con las aventuras de Fermín, Daniel Sempere y su descendencia; páginas que yo diría que sobran, o al menos se podrían haber aligerado.

Y es que estas páginas y parte de este libro son autorreferentes, es decir, trata de justificar, de completar la tetralogía de las novelas de este escritor que están asociadas con el sello de «El Cementerio de los libros olvidados», y para cerrar el círculo, y la que se supone que es la última entrega de esta serie, va cuadrando las historias de sus personajes. Aunque yo creo que este novelista siempre se guarda una bala en la recámara.

Novela, en definitiva, para deleitarse con ella aunque tenga un pelín de sobrepeso, algo más de 900 páginas, pero la esmerada y envolvente redacción de Ruiz Zafón, le proporciona una nota más que positiva.

sábado, 10 de febrero de 2018

EL TAPIZ DE LA CREACIÓN DE GERONA, LA PRIMERA HOJA BLOQUE DE LA HISTORIA POSTAL ESPAÑOLA

Cuando era un niño y comencé mi pasión por el coleccionismo de sellos, mi mente era capaz de recordar cada sello nuevo, cada objetivo resuelto, cada hito alcanzado. No tenía la memoria eidética de Sheldon Cooper, pero me sorprendía cómo podía recordar algo de cada sello que formaba, en aquel momento, mi colección.

La historia evidentemente tenía truco y es que la colección era bien escueta en ese momento y el disco duro de mi mente estaba tan vacío que cada recuerdo nuevo entraba haciendo surco. Lo curioso de esto es que no pocos de esos sellos que conformaron mis primeros pasos en la filatelia siguen teniendo un recuerdo casi intacto en mi memoria, y ahora sí me puede sorprender incluso más que antes porque ya han pasado bastantes años.

Realmente del montante actual de mi colección sería imposible materializar un recuerdo, y es que mucha gente me ha preguntado cuántos sellos, aun repetidos, tengo; y puedo decir que perfectamente dispondré de no menos de medio millón, de los cuales merecen la pena pocos desde el punto de vista económico, aunque para mí tienen un importantísimo valor sentimental.

Sirva este preámbulo para conectar con una historia que sigue fijada en mis neuronas y que rescato para tratar sobre una variable de la filatelia como son las hojas bloque.

Una hoja bloque es un sello pero también es algo más, técnicamente podríamos definir este efecto postal como una modalidad de emisión en la que el sello o sellos se insertan en una pequeña plantilla, a veces en blanco o no, a modo de marco, y amén de tener un destino propio para el tráfico postal, suele tener un fin decorativo o plástico, de tal forma que casi suele ser terreno abonado para los filatélicos y filatelistas (son denominaciones de lo mismo, aunque con sus matices).

El destino postal queda un poco en tela de juicio porque es, de algún modo, un pequeño pliego que contiene uno o varios sellos y para utilizarlos, casi necesariamente hay que romper la hojita. No está limitado su uso completo, es decir, pegándose la hoja bloque entera, pero esta salida solo se da en el caso de coleccionistas que tengan interés en que esa hojita circule así, aunque obviamente para eso se necesita un sobre más grande que el de una carta normal.

Dentro de las hojas bloque se pueden definir variantes, de acuerdo con lo referido un poquito más arriba, si contiene uno o varios sellos, y también si el marco forma parte del conjunto o es blanco o monocolor sin relación con los sellos que contiene.

Y aquí es donde ya retomo con mi historia de la infancia, porque la primera hoja bloque que apareció en mi vida, fue casualmente también, la primera hoja bloque moderna, por así decirlo, de la historio filatélica o postal española; me estoy refiriendo a la hoja bloque del Tapiz de la Creación de Gerona, cuyo primer día de emisión fue el 25 de octubre de 1980.

¿Qué tenía de particularidad esa hoja? Pues que fue la primera en España que se hacía con un marco que era una continuidad de los sellos. Sí que había habido otras hojas, incluso en ese mismo año, y antes, sorprendentemente también durante la Guerra Civil, aunque bien es cierto que las hojas bloque desaparecieron de las emisiones como tal durante más de veinte años, en concreto, en la década de los 60 y 70. Esas hojas emitidas durante la Guerra Civil contenían sello pero la inserción no era dentada, por lo que estaba destinada al coleccionismo y, de hecho hoy, son piezas muy raras y con un coste bastante elevado.

Bien pues aquel tapiz se insertaba en una hojita y se dividió en seis sellos dentados, no contenían ninguna viñeta o sello sin valor postal, y cada uno de esos sellos estaba lleno de color, no tenía marco, probablemente también la primera vez que ocurría en la historia filatélica española. Había tres pequeños por valor de 25 ptas. cada uno y otros tres largos de 50 ptas. cada uno; en total la hoja bloque costaba en aquel año 225 ptas., una fruslería hoy día. Por cierto, conseguirla a precio actual seguro que no excede los 2 euros, poco más del valor facial (los sellos en ptas. se han depreciado bastante, porque si se quisiera no se pueden utilizar en el tráfico postal).

Lo interesante de aquella década de los 80, también de los 70, es que se vivía en España una época dorada de la filatelia, impensable que vuelva en el siglo XXI en nuestro país, y las tiradas eran extensísimas, hasta el punto de que el número de efectos emitidos de esta hoja bloque fue de 6 millones. Tal difusión de la tirada, cabe recordar que el sello dentado era casi la única forma de franqueo en esos años, permitía llegar, y de hecho llegaba, a cualquier estafeta postal de nuestro país.

El caso es que yo me enteré, porque antes los sellos se ponían en circulación de una forma efectiva a los pocos días de emitirse, de que en las cartas que yo conseguía había sellos del tapiz, y recuerdo pedirle las 225 ptas. a mi padre, que para un niño era una pasta y me da hasta cierta vergüenza pensar que me concediera este caprichito, pero mi padre confiaba en mí. Y la adquirí en la oficina postal de Begíjar durante la Navidad de aquel 1980, apenas un par de meses desde su emisión, y es que cualquier pueblo de provincias contaba con todas las emisiones de sellos, había cierta regularidad en su distribución, y funcionaba bien su circulación.

Por supuesto, que conseguí y a día de hoy sigo teniendo, los sellos sueltos y matasellados del conjunto del Tapiz de la Creación, algo impensable hoy, porque la mayoría de las cartas, de las pocas cartas que se envían o se reciben, van con el «franqueo pagado», motivo verdadero por el que murió el sello clásico.

No digo una mentira al afirmar que aquella hojita es de lo más entrañable que he tenido en mi colección, por aquello del valor sentimental que siempre reivindico. Bien es cierto que la ortodoxia nos dice a los coleccionistas que un buen filatélico debe contar en su colección con una hoja bloque completa y otra separada. Así es, puesto que en el álbum Torres que es al que yo estoy suscrito, cuenta con dos hojas para ambas disposiciones, y yo adquirí una nueva hoja bloque para tal fin y, por supuesto, ni me acuerdo cómo la conseguí, no tenía nada de especial, como no tiene casi nada de especial lo que adquiero hoy día.

Quizás habría que analizar, por no decir elucubrar, acerca del porqué fue ese (el Tapiz) y no otro el motivo que tuvo el privilegio de ser esta primera hoja histórica, como yo la he calificado. Y hay que plantearse esto, probablemente, porque no sea un motivo conocido, es más, no lo es pese a que estemos ante una joya única en España y de las pocas de ese carácter en el mundo.

El Tapiz que se encuentra en Gerona, tiene unas dimensiones espectaculares (3,58 x 4,50 metros), y está ubicado en el Museo catedralicio de la Catedral de esa ciudad. Data del siglo XI, es decir, que es románico, aunque otras versiones dan fechas anteriores o posteriores. Tiene una temática religiosa. Los expertos dicen que no es propiamente un tapiz, aunque se denomine así, toda vez que está hecho de lana y muy probablemente su destino original no fuera el de estar expuesto en una pared, sino que más bien pudo ser una alfombra, o incluso otros añaden que pudo servir de baldaquino en el altar de la Catedral. Su estado de conservación es razonablemente bueno, aunque en nuestra época contemporánea se somete a constantes restauraciones y está conservado en una urna especial.

La belleza, colorido y riqueza de los motivos darían para escribir un extenso libro y sinceramente este no es mi cometido, pero juraría que un escaso porcentaje de la población española conoce esta obra de arte tan singular. ¿Las razones de su desconocimiento? Una quizá sea una generalizada incultura, pero esa es una asignatura pendiente; otra razón tal vez más subliminal sea el odio mutuo que se ha generado entre catalanes y resto de españoles, ¿culpables?, eso mejor dejarlo para otro debate, pero parece que lo que viene de Cataluña interesa ahora menos que antes, y esta joya seguirá siendo patrimonio visual de unos pocos.

Para terminar con un simple dato histórico relativo a las hojas bloque, la primera que se configuró como tal es una emitida en Luxemburgo en 1923.

Y, por cierto, para rematar dando caña a Correos, las emisiones de hoy día, de este joven siglo XXI, en España, en lo que a hojas bloque se refiere son demenciales. Visto que su uso en el tráfico postal es inútil, no dejan de ser, en consecuencia, piezas para los sufridos abonados, como yo, del Servicio Filatélico Nacional. Y que, además, por aquello del porque yo lo valgo, como bien dice un buen amigo mío, él sabe de quién hablo, cada hoja bloque es un «chumbazo». No solo cuestan una pasta por mucho valor facial que sea, que no sirven para una carta normal precisamente, sino que además los sellos insertos en ellas suelen ser de formas no cuadradas, con lo que ya se advierte que no tendrá un destino postal. Y es que no me canso de repetir, y este es un mensaje que los amantes de la filatelia sabemos, una hoja bloque nueva puede costar lo que cueste, pero una hoja bloque circulada, matasellada, debiera costar mucho dinero, básicamente porque no las hay.

sábado, 3 de febrero de 2018

ALGUNAS CURIOSIDADES DE LA PARTICIPACIÓN HISTÓRICA DE ESPAÑA EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE INVIERNO

No es una noticia para el que accede a mi blog con cierta habitualidad que me gustan mucho los deportes, pero a medida que avanza mi vida mi interés por los grandes deportes decrece y me intereso más por los deportes minoritarios.

Ahora que van a comenzar en breve los Juegos Olímpicos de invierno en el condado surcoreano de Pyeongchang, me abre el apetito consumir toda una serie de deportes, minoritarios en España, que no en muchas partes de este planeta.

Lo cierto es que en este blog le dedico anualmente una entrada al hockey sobre hielo en España, y lo seguiré haciendo, porque mantengo mi afición de estar informado de lo que acaece sobre este apasionante deporte en nuestro país, deporte que despierta pasiones en muchos países y que aquí no deja de ser un deporte muy minoritario, el que permiten las poco más de diez pistas de hielo estables con las que contamos en nuestra piel de toro. De vez en cuando, he dedicado alguna reseña a otros deportes de invierno, y es que el magnetismo que tiene la nieve o el hielo siempre hacen que me pare a ver la retransmisión que haya en la tele, porque te transporta aunque solo sea con la mente a otras latitudes que en rara ocasión voy a poder experimentar en la realidad.

Y leyendo por aquí y por allá, escuchando algún programa de radio, me ha parecido tal vez interesante extraer algunas curiosidades acerca de los deportes de invierno en nuestro país, en relación con la historia de los Juegos. No escondo nada, la información que voy a exponer circula por la red y yo me he permitido aglomerar lo que me ha parecido más relevante.

Antes de nada, cabe señalar que la historia de España en los Juegos Olímpicos de invierno en cuanto a medallas se refiere se puede resumir en apenas un renglón y se centra en una sola familia, los Fernández Ochoa. Paquito obtuvo el oro en Sapporo 1972 y su hermana Blanca un bronce en Albertville 1992. Desde ahí y antes de ahí, nada de nada, o casi nada. Eso sí, curiosamente en estos Juegos de 2018 se podría pronosticar que muy mal nos tendrían que ir las cosas si no tocamos metal; el patinador Javier Fernández es un valor seguro, si no para el oro sí por lo menos para alzarse con alguna de las otras dos medallas; los snowboarders Lucas Eguíbar y Regino Hernández, pueden darnos alguna alegría si tienen un buen día, tanto en la prueba individual como en parejas; igualmente la snowboarder Queralt Castellet, era más favorita en los últimos Juegos, aunque ha declarado recientemente que está mejor que nunca, por lo que también tendrá sus opciones.

Dicho esto y entrando en materia, hay que señalar que España fugazmente incrementó su volumen de medallas de una manera desproporcionada en los Juegos de 2002 de Salt Lake City, y es que Johan Muehlegg logró tres oros y cuando se preparaba para su cuarta prueba y un teórico póker de dorados metales se descubrió que estaba dopado hasta las cejas. El mito de «Juanito» que incluso fue felicitado personalmente por el rey Juan Carlos, sucumbió tan rápido como veloz fue su encumbramiento en el esquí de fondo español; y esto sí forma parte de la curiosidad: esquiador alemán peleado con su Federación y nacionalizado con calzador para hacer historia, y encima con ficha de la invernal Federación murciana; apenas decía cuatro frases hechas en español, aunque le dotábamos de los medios que requería, ya fuera simplemente el no molestarlo y que hiciera lo que quisiera; y para rematar esta historia, Muehlegg, que hasta donde yo sé de leyes, no ha perdido su nacionalidad española por muy rocambolesca y rauda que fuera su concesión, desapareció del mapa y lo último que yo he leído al respecto, es que «rehízo» su vida fuera de la nieve y se estableció en Brasil llevando una pequeña inmobiliaria, se casó allí, tiene una hija pequeña y su enterrada pasión deportiva la alimenta con una nueva afición como es el surf, pero a nivel aficionado.

Si pistas de esquí (alpino o de fondo) contamos con unas cuantas a lo largo de todo el país, pero nada comparado con las que tienen países nórdicos o centroeuropeos, más complicado se hace practicar y competir en otras disciplinas deportivas invernales donde directamente no disponemos de instalaciones naturales o artificiales, llámese pistas de bobs, luge y skeleton, u ovales para patinaje de velocidad.

Y, sin embargo, la historia nos ha ofrecido testimonios de esforzados españoles que, aun con la intrínseca dificultad de tener que practicar fuera de nuestro país esa disciplina inédita, haberlos haylos y con resultados insospechadamente exitosos.

Sin duda, el caso más sonoro aunque escasamente divulgado fue el proyecto del aristócrata Alfonso de Portago, Marqués de Portago para más señas, que para los Juegos de 1956 en la estación italiana de Cortina d'Ampezzo, soñó con competir por España en bobsleigh; una España en la que no residía, vivía en Suiza, costeando todo de su bolsillo e incluso con ciertas tensiones por el tal «Fon», era manifiestamente monárquico y antifranquista, pero como desde aquí no se ponía ni un duro, pues... El caso es que esa afición que él mantenía en tierras helvéticas, se fue madurando, adquiriendo un trineo de dos plazas y otro de cuatro.

Claro que su buena vida de exilio gracias a que su familia era de posibles, le obligó no obstante, a «fichar» a españoles que vivieran en España para no dar la nota excesivamente; de tal guisa que contactó con jóvenes familiares suyos para ir conformando el equipo. Con toda probabilidad aunque la información sobre esta historia es muy escasa, se llevaría a los componentes un tiempo antes a Suiza para familiarizarlos con el deporte, seguro que con todos o casi todos los gastos pagados. El proyecto casi le salió bien porque obtuvo un increíble cuarto puesto en bobs a dos junto con su copiloto Luis Muñoz (señalan las crónicas que penalizados por salir a competir de los últimos cuando la pista ya estaba bastante sucia y derretida por el sol, por lo que era ligeramente menos deslizante) a catorce centésimas del bronce, y un nada despreciable noveno puesto en el bobs a cuatro.

Curiosamente en la temporada invernal de 1957, Portago junto con el propio Luis Muñoz, conseguiría en Saint Moritz en el Mundial una meritoria medalla de bronce, única en nuestra historia, e injustamente olvidada por no decir perdida.

Portago que viviría a lo ancho y no a lo largo, fallecería ese mismo año, fiel a su afición por deportes con gran consumo de adrenalina, lo haría en una prueba automovilística en Italia, y su romántica historia de éxitos fugaces casi se iría a la tumba con él.

Unos años después en 1968, y esta es otra curiosidad, el primer español de raza negra que compitió en unos Juegos Olímpicos de verano o de invierno, fue el ecuatoguineano Maximiliano Jones (Guinea Ecuatorial era una provincia española en esa fecha) lo hizo en estos últimos, en concreto en los de Grenoble. Aparentemente no parecía encajar un negro, de un país de clima casi tropical entre la fría nieve, pero todo tiene su explicación, y esta nos la da también el bobsleigh, puesto que como es consabido en esta disciplina el empuje inicial es fundamental, no sé en qué porcentaje, y la raza negra se revela como la idónea antropométricamente en las pruebas atléticas de velocidad explosiva, por lo que el rol de Maximiliano es evidente que sería el de lanzador del trineo.

Hubo intentos posteriores en bobs, también en luge, y el proyecto más serio y profesionalizado es el del actual Ander Mirambell en skeleton, que está situado permanentemente en el top 20, sus posibilidades de medalla en Pyeongchang son muy remotas. Él ha reclamado más medios, una pista adaptada, no necesariamente de hielo, para poder lanzar el trineo y desplazarse, y ocupar así las jornadas estivales y hacer un entrenamiento más específico que el que actualmente desarrolla; también requiere de mayores juegos de cuchillas, en definitiva, inversión, dinero; Ander ha declarado que con esos avances podría situarse en el top 10, y ahí ya si podría llamar a la puerta de las medallas. Las condiciones las tiene y hace falta que le demos un empujón.

Por último, me gustaría hacer una mención a los saltadores de trampolín, porque esa es otra, no tenemos ninguno en España, 48 millones de españoles y nadie salta trampolín, o por lo menos, hasta donde yo conozco, nadie lo hace de manera competitiva. Y es que en la década de los 80 tuvimos una especie de idilio con esta disciplina, puesto que contamos con hasta tres deportistas que competían con bastante regularidad y cierto nivel, como fueron Bernat Sola, Joaniquet y De Rivera, probablemente el más conocido fuera el primero, al que yo recuerdo en mi juventud verlo competir en el famoso Torneo de los 4 trampolines, y en Garmisch Partenkirchen cada 1 de enero durante varias temporadas, resaca mediante.

Lo curioso del asunto, es que aun siendo una disciplina muy exigente y que requiere muchos medios, igual que no tenemos pistas (tubos) ni naturales ni artificiales para la práctica de bobsleigh y las demás variantes de trineos, sí que tenemos y hemos tenido trampolines, que son menos costosos de construir, aunque tienen ciertos gastos de mantenimiento. Probablemente el trampolín que tiene más posibilidades de ser recuperado, aunque está abandonado, es el de La Molina, allí entrenaba la base española en la década de los 80. Pero también ha habido (existen restos o fueron completamente desmantelados) trampolines de diversos tamaños, algunos grandes otros de iniciación, en Sierra Nevada, Vall de Nuria, Alto Campoo, Jaca - Astún, Candanchú o Navacerrada. A día de hoy no parece existir interés alguno por recuperar estas estructuras o ejecutar alguna de nuevo cuño para reverdecer los laureles de este deporte tan espectacular.

Finalmente y terminando con este panfleto de curiosidades, voy a apuntar una que no trata estrictamente sobre los deportes de invierno en España, aunque sí incidentalmente que apunta a demás al deporte de invierno que más sigo, el hockey sobre hielo; y es que España cuenta con un jugador de élite, nacido en España aunque de pequeño emigró con sus padres a Suiza, se trata de Rafael Díaz, que es oriundo de Alfoz (Lugo), juega de defensa y es fijo en la selección de ese país, aparte de que ha jugado varias temporadas en la NHL (como la NBA pero del hockey hielo); en estos Juegos de Pyeongchang lo veremos codearse (literalmente) con lo más granado de este deporte. Quiero imaginar que en algún momento del pasado recibiría alguna llamada de la Federación para competir con España, pero declinaría la oferta, desde luego no hubiera llegado a disputar Olimpiada alguna, pero le hubiera dado un indiscutible salto de calidad a nuestra selección.

sábado, 27 de enero de 2018

JENGA, INTENTANDO NO TIRAR UNA TORRE QUE SE TAMBALEA

El mundo de la invención de juegos, creo que ya lo he comentado en más de una ocasión en este blog, me parece tan apasionante como complicado; debe resultar muy satisfactorio para un creador de juegos diseñar uno y que luego tu idea sirva para entretener a millones de personas de generación en generación.

Lo curioso, esto también lo he referido antes, es que muchos juegos del tipo que sean, son simples en su concepción, tanto que uno podría pensar «¿por qué no se me ha ocurrido esto a mí antes?», pero detrás de ello hay un proceso intelectivo bastante complejo; o sea que diseñar juegos o juguetes no es tan aparentemente fácil como uno podría imaginar.

Esto es lo que pasa con el o la «Jenga» (se suele utilizar en femenino en español por concordancia de género, aunque sea un vocablo foráneo, y se pronuncia como yenga), un juego bastante sencillo en su diseño y en su mecánica, que desde su lanzamiento ha proporcionado entretenimiento a millones de personas.

Confieso que no es un juego que yo tenga en mi casa, jamás lo he tenido, pero sí que he jugado varias veces; es un juego muy típico para sacarlo en reuniones de amigos, yo diría que típico del invierno, y con una característica muy interesante en su desarrollo, y es que todo el mundo puede jugar y todo el mundo se divierte; a la par que podemos decir que un porcentaje muy amplio de la población, pongamos de España y de los países occidentales, de entre 10 y 50 años, ha jugado alguna vez en su vida a Jenga.

Porque el factor clave de su mecánica es su rapidez, cada partida dura escasos minutos, y lo divertido es jugar muchas y reírte con estrategias y devenires del juego. No es un juego que invite a una competitividad extrema, por lo que no pasa nada si pierdes o si ganas. Y es que es, ante todo, una fuente de entretenimiento y diversión que tiene como único fin pasar un rato agradable.

Como mucha gente sabe, Jenga (otras copias probablemente chinas también se denominan Yenga tal cual, Blocks o La torre) es un juego de habilidad y estrategia compuesto por piezas de madera que tienen un canon bastante proporcionado: cada una de ellas es tres veces más larga que ancha y la tercera dimensión, llamémosle el fondo o el grueso, es una quinta parte de su longitud. Dispuestas las 54 piezas en pisos de 3 cada uno, se van colocando longitudinalmente en distinta posición en cada piso, es decir, se atraviesan con respecto a la posición de arriba y de abajo; desde la situación de partida el objetivo es ir quitando una a una las piezas de la torre, menos de último piso, y colocarlas arriba para seguir formando nuevos pisos completos.

Jenga por concepto se crea industrialmente con bloques de madera que no son perfectos, aunque todos son del mismo tamaño, tienen ligeros «defectos», tales como pequeñas curvaturas, nudos, no están pulimentados con gran pulcritud..., de manera que todos esos detalles hacen que el juego ofrezca alternativas imprevistas cada vez que se inicia, puesto que esas imperfecciones condicionan el desarrollo de cada partida, con lo que la aleatoriedad se convierte en un aliado fundamental para el constante divertimento para los jugadores, hasta que se cae, porque la torre se va convirtiendo en más alta y más inestable.

Probablemente cuanto más se juega más dure cada partida, porque los jugadores se vuelven más hábiles en sus movimientos, al ver lo que ha pasado en las partidas previas, incluso las piezas que pueden identificarse individualmente por algún defectillo que tengan sirven de referencia por ser más fáciles o más complicadas de sacar.

Aunque hay unas normas básicas de Jenga, estas no son la Biblia y cada cual las adapta a su manera, en principio, el hecho de que se puedan utilizar dos dedos de una sola mano parece que es una regla aceptada por todos, y que no se puedan tomar piezas, por lógica, del piso de arriba también; pero a partir de ahí, por la experiencia que tengo las veces que he jugado, las posibilidades son enormes, por ejemplo, dar un tiempo para mover, prohibir que se puedan coger de los tres últimos pisos de arriba, permitir recolocar...

Eso sí, parece que por la propia dinámica del juego, y que yo diría que a partir de la décima pieza la torre ya se tambalea visiblemente, no es conveniente que jueguen más de cuatro o cinco personas, porque si no es difícil que cada jugador haga más allá de dos movimientos, y hay que darle vidilla al juego, es mi opinión.

El origen que tiene Jenga es bastante de curioso, para empezar hay que señalar que es un juego relativamente moderno, de hay que sea más sorprendente que a nadie se le hubiera ocurrido antes, y es que lo sacó al mercado la diseñadora de juegos Leslie Scott en 1983, diseñadora que por cierto, a día de hoy, sigue en activo. Leslie nació en la costera ciudad tanzana de Dar es Salaam, aunque de ascendencia británica, vivió en su infancia y juventud en varios países africanos de influencia anglosajona. Parece ser que de pequeña inventaron o reinventaron en su familia algún juego que se jugaba en tierras africanas y lo perfeccionó hasta el juego que es hoy. Y ello tiene cierta lógica, porque en países con pocos recursos los niños tienen que agudizar mucho más el ingenio que los nuestros para divertirse con cosas que cuesten poco y sean fáciles de conseguir, y los bloques de madera se me antojan como un recurso idóneo. Jenga derivaría del vocablo suajili kujenga, que significaría construir.

Dado que Jenga fue desde su concepción un juego simple, las diferentes empresas que se hicieron con su comercialización, hoy el gigante de los juguetes Hasbro, también introdujeron variantes para hacerlo si cabe más atractivo a los apasionados seguidores de este lúdico pasatiempo. Uno de esos modelos rediseñados aparece con colores, de tal manera que obligatoriamente hay que alternando los colores en cada turno, o tienes un dado que te obliga a sacar pieza del color que salga. Incluso algunas personas le han dado una vuelta de tuerca a esto y ponen etiquetas a piezas con alguna letra que representa pruebas que hay que realizar en caso de que uno se quede con la pieza en la mano cuando caiga la torre.

Y, por supuesto, visto el filón de un juego que se ha vendido muchísimo a lo largo de estas más de tres décadas, los fabricantes también idearon que, por qué no, también se podría alterar su tamaño, en una «nueva dimensión» del juego. Así que Jenga XXL o Jenga Giant son versiones del juego que hacen las delicias de los amantes del juego, y entre otros jugadores ilustres están los protagonistas de The Big Bang Theory, muy aficionados ellos a los juegos de mesa, en el que juegan con piezas de tamaño maxi y el propio Sheldon Cooper viste casco de obra en su obsesión casi clínica por la seguridad.

También está Jenga Xtreme con las piezas en forma de paralelogramo; incluso hay versiones para ordenador, pero esto no creo que tenga gracia alguna.

Una de las facetas de la diversión que yo puedo aportar por mi experiencia personal, es que te ríes mucho indicando estrategias malas a tus competidores. Yo soy de los que digo tonterías sin sentido muchas veces, y las repito hasta la saciedad, porque la tontería crece por el cansineo, aunque no tenga gracia para nadie más que para mí; por eso cuando juego no paro de recomendar las peores piezas, y me repito, aun cuando todo el mundo advierte que esas piezas son sinónimo de desastre.

En fin, entretenimiento, diversión, calor humano y a un precio módico, y es que unos cuantos tacos de madera, por muy buena que sea esta, no nos pueden sacar de pobres pero sí que nos pueden proporcionar placeres de ricos.

domingo, 21 de enero de 2018

SOBRE EL AMARILLISMO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN EL CASO DIANA QUER

En la madrugada del 21 al 22 de agosto de 2016 se producía la muerte de Diana Quer a manos de un despojo con forma humana, cuando nosotros nos despertamos esa mañana, o tal vez unos días después nos enteramos de que esa muchacha había desaparecido, su nombre y apellidos comenzaban a sernos familiares; y la realidad es que antes de que la opinión pública, toda España, tuviera conciencia de lo que había sucedido, esta joven yacía ya, muerta, en un pozo de una nave industrial cercana a la localidad coruñesa de Boiro.

Un montón de días transcurrieron hasta que la Guardia Civil cerró el caso, deteniendo a este excremento y logrando que «cantara» adónde tenía a la chica, tristemente muerta, y tristemente muerta desde el minuto cero.

Ese montón de días que transcurrieron, fueron, con absoluto convencimiento, un tormento para la familia directa de Diana, fundamentalmente sus padres y su hermana; porque si la muerte es dura, probablemente más duro sea que no sepas si tu hijo está vivo o muerto, y si está muerto que no puedas darle una digna sepultura, y tener en el futuro un lugar para llevar unas flores, reflexionar o rezar, según las ideas religiosas de cada uno.

En el transcurso de estos largos meses para la familia, había dos investigaciones, la profesional que llevaba a cabo la Guardia Civil, y la profana que ejecutaban determinados medios de comunicación, empeñados estos en cubrir sus espacios, cada vez más sensacionalistas, con caóticos análisis sobre el caso en cuestión.

La Guardia Civil no dejaba cabo sin atar, ya conocimos los entresijos de la investigación en la rueda de prensa que dieron días después de la resolución del caso, llamémosle asesinato aunque el juicio todavía no se haya celebrado. La actuación desarrollada fue impecable, tanto que dejaría en mantillas a cualquier película del género policíaco por muy osada que sea esta. Entre otros relevantes aspectos, nada menos que dos millones de datos telefónicos tuvieron que analizar para verificar que el teléfono de Diana Quer y el del ser indigno de la especie humana estaban en el mismo sitio y a la misma hora. Incluso tuvieron que hacer tratamientos de imágenes sofisticadísimos y laboriosísimos para constatar que una «bola de luz» podría corresponder con el coche de semejante inmundicia.

Mientras tanto la investigación paralela cursaba su particular y sucia ejecutoria, cabe recordar que Diana Quer yacía muerta por entonces en un pozo; y los medios de comunicación, radio, prensa, pero sobre todo televisión, llenaban páginas y horas de programación para su lucro propio.

Me centro especialmente en la televisión porque, de algún modo, es de la que he podido percatarme de sus tejemanejes. En el sitio donde desayuno los días laborables, a media mañana, la tele estaba puesta, y durante meses era el monotema, y recuerdo que con mis compañeras comentábamos la ruindad de las televisiones, todas las conjeturas y trapos sucios que estaban trasladándonos, cuando a lo mejor ya estaba muerta la pobre muchacha, como así fue.

La lista de perlas que dejaron algunas cadenas televisivas fue tan extensa como asquerosa, que si un estudio grafológico para afirmar que Diana estaba deprimida, que si videntes eran capaces de saber dónde estaba (esto jamás funciona pero aun así se sigue acudiendo a estos estafadores profesionales), que si una red de trata de blancas la tenía en Europa del este, que si los feriantes la retenían, que si se fue por su propia voluntad, y lo que es más vergonzante, toda una panoplia de sandeces y de mentiras que trataban de hacernos llegar que el entorno de Diana Quer era bastante oscuro...; y a todo esto la joven antes de que todos conociéramos que existía, ni tan siquiera su nombre o su rostro, ya estaba muerta, tirada como un animal en un pozo, dejada de la mano de Dios.

No me quiero imaginar el sufrimiento añadido y de todo punto gratuito de la familia de Diana Quer, que como es lógico a la condición humana, se querría aferrar a un clavo ardiendo; y sospecho que por mucho que intentaran abstraerse y fueran convencidos por la Guardia Civil de que todo seguía su curso, y que las investigaciones de este carácter no son precisamente rápidas ni inmediatas, por todos los datos, que como vimos, se manejaban; es indudable que si no toda, parte de esa basura llegaría a sus oídos. Cabe recordar que Diana Quer ya estaba muerta, asesinada.

Esos medios de comunicación, convertidos desde hace tiempo en medios sensacionalistas, no benefician a nadie, solo a sí mismos, ocupan horas de espacios con conjeturas vacías, y eso no es lo que quiere la opinión pública, que lo que quiere son verdades; para sensacionalismo estaba el Interviú, que va a desaparecer de las mesas de las barberías para los restos, pero incluso ellos contaban con equipos de investigación bastante profesionalizados y sensatos.

Que la letra de Diana Quer desprendía tristeza alentaba el estudio grafológico, y no se les cae la cara de vergüenza, esto salió en «Espejo público» de Antena 3. Pero cuánta indignidad y cuánto periodismo rastrero, y lo peor es que no son capaces de pedir perdón, al público en general y a la familia muy en particular.

Así que Diana Quer estaba triste. Pues Diana Quer era una muchacha normal y corriente que no cometió ningún pecado, ni su familia tampoco, que simplemente salió de fiesta y cuando terminó se volvió caminando a su casa, algo que hemos hecho todos los que hemos sido jóvenes, y que se seguirá haciendo por los siglos de los siglos en cualquier lugar del mundo a cada instante, ¡menudo pecado! La joven tuvo la mala suerte de que un ser infecto se cruzara en su camino, un detrito que decidió que aquella noche fuera la última de la vida de esta chica.

La propia Guardia Civil ya criticó en su rueda de prensa el tratamiento que se había estado haciendo por los medios de comunicación de este caso, dijo el coronel de la UCO Sánchez Corbí: «Yo pondría encima de la mesa un debate del que hasta se podría escribir una tesis doctoral para el periodista que quiera doctorarse: el tratamiento mediático del caso Diana”, a la par que reconocía que aunque las investigaciones oficiales son impermeables a las barbaridades que se comentan por ahí, los intervinientes en estas operaciones complejas tienen su corazón y su sensibilidad y saben que todo eso le está afectando a la familia.

Yo que siempre me he considerado un periodista frustrado y probablemente este blog sea mi válvula de escape para esa vocación perdida, desde luego nunca me posicionaría en un periodismo chusquero, falto de rigor y amarillista. Los medios de comunicación deberían mirarse un poquito su ombligo de vez en cuando y refundar sus principios éticos para no caer en ofrecer un espectáculo sensacionalista y lesivo para las personas que sufren, que están en el ojo del huracán, y a las que proporcionan un dolor suplementario. Lamentablemente lo ideal es que pidieran perdón, pero no lo van a hacer, esto es lo peor, que mucho periodismo de este país ha perdido sus principios y ni sabe ni quiere encontrarlos. Pero es que como leí hace no mucho de un autor que no recuerdo, la verdad está en decadencia porque no es perfecta, no cuadra nuestras expectativas, plantea dudas y preguntas; sin embargo, la mentira es creíble al cien por cien, porque no tiene que justificar la realidad sino decirnos sencillamente lo que queremos oír.

Y a este respecto comparto el dolor con la familia de Diana Quer, y manifiesto mi admiración por ella, por cómo ha reaccionado ante todo lo sucedido. Juan Carlos Quer, el padre de Diana, ha sido todo un señor al haber llamado personalmente a la madre de «El Chicle» para decirle que ella no tenía la culpa y que tenía su perdón.

Aunque dramáticamente esta historia ha tenido un final, que en cierta forma reconforta a la familia y a la sociedad, Diana Quer descansa en paz y sus padres, su hermana, sus familiares y amigos, podrán acudir al cementerio cuantas veces quieran para llorar o meditar un rato; otros no pueden, la familia de Marta del Castillo lucha para que los asesinos de su hija canten de una vez dónde están sus restos.

Y sí, si a «El Chicle» le apretaron las tuercas hasta el límite para que cantara, bien hecho está, y abogo porque eso se haga con cualquiera en esas circunstancias, y con los asesinos de Marta del Castillo, no solo hasta el límite sino por encima de ese límite. Sí, ya sé que por mi formación académica no debería afirmar esto, pero me siento alguien más del pueblo, y la prisión permanente también, para toda la vida. Estoy con el sentir de la calle que seguro que es vehemente e incontrolado, pero para eso están nuestros legisladores, para darle el punto de cordura al sentir de la calle, pero lo digo como lo siento.

sábado, 13 de enero de 2018

ELTON JOHN, PASIÓN POR EL FÚTBOL, PASIÓN POR EL WATFORD

El fútbol en Inglaterra más que un deporte es una auténtica religión. Casi desde que tengo uso de razón he visto en la tele series británicas o películas en las que, de vez en cuando, se hace referencia al fútbol, no en vano es allí donde se inventó. Precisamente por ser los inventores, ellos marcan sus tradiciones y hacen las cosas a su manera, podríamos decir que está el fútbol inglés y luego todo lo demás; incluso esa seña de identidad se traspasa a los terrenos de juego, más racial y más de poder a poder que en la mayoría de los países, aunque la llegada de jugadores foráneos ha descafeinado este aspecto.

En Inglaterra se viven los días de partido de forma diferente que en España; tuve la oportunidad de estar una vez en Londres con ocasión de la final de una copa inglesa, y el día de partido no es acudir al campo un rato antes y marcharte a tu casa después, el día de partido es precisamente eso, una jornada completa, se empieza quedando, bebiendo también, cantando y finalmente si tu equipo gana celebrándolo, o celebrándolo menos si pierde. Y para eso no hace falta que sea el final de la copa, es cualquier sábado a las tres de la tarde, día y hora típica de un partido inglés.

Esos ritos son seguidos y aprendidos de generación en generación, enseñados de padres a hijos, para que la tradición no se pierda…, si te gusta el fútbol, claro. Camiseta, bandera no falta y pasión por tus colores, aun cuando el equipo esté en la categoría más baja posible.

Hoy que se habla mucho de la adquisición de equipos por parte de fortunas procedentes de exóticos países donde la práctica del fútbol está todavía por explotar, China o países árabes, me resulta curioso resaltar la historia de un personaje que se hizo con la propiedad de un equipo de fútbol y lo elevó a cotas inimaginables, me estoy refiriendo al cantante Elton John y su idilio con el equipo del Watford.

Desde bien pequeñito Elton John emprendía con su padre (siempre que sus obligaciones profesionales lo permitían, era soldado y piloto) el viaje de unos 22 km. desde su localidad natal Pinner hacia Watford, ambos situados en la periferia del Gran Londres, para ver al Watford FC en el estadio de Vicarage Road, un conjunto que en los años mozos de Elton se debatía entre la 3ª y 4ª división inglesa.

Luego del encumbramiento de Elton John como figura de la música, y no habiendo perdido nunca la estela de ser aficionado del Watford F.C. quiso reverdecer los viejos laureles de este equipo. El club fue fundado en 1881, como todos los británicos tienen más historia que el club más veterano de España (el Recreativo de Huelva que se fundó en 1889), y solo en los años 20 y 30 tuvo una cierta presencia en la 1ª división, siendo considerado el típico conjunto ascensor.

Pues bien, Elton John quiso sacar a su equipo de alma de la mediocridad y situarlo en el mapa futbolístico no solo inglés sino mundial, cuando se comentaba que estaba a punto de desaparecer. En 1976 con el equipo en 4ª división este se convirtió en presidente del club, tenía veintinueve años, con el firme compromiso de hacerlo crecer deportivamente y llevarlo a 1ª, y por lógica todo ello gracias a su inyección de libras esterlinas.

Vicarage Road
El fútbol no suele ser una ciencia exacta, casi ningún deporte lo es, pero con las obvias modificaciones y cambios en los estamentos de su equipo del alma (entrenadores, jugadores o directivos), incluso remodeló el vetusto Vicarage Road, logró que el Watford ascendiera a 1ª en la temporada 1981/82, después de quedar subcampeón de 2ª tras el Luton Town; en apenas siete años se había logrado el objetivo inicial. Pero el empeño de Elton John no quedó ahí, sino que deseaba la consolidación de su equipo en la hoy llamada Premier League, y por qué no, también que su conjunto viajara por Europa.

En esa temporada de recién ascendidos, la 1982/83, el Watford volvería a hacer historia ganando cuatro de sus primeros cinco partidos de liga y situándose líder provisional. Durante esa temporada estuvo en los primeros puestos, luchando contra grandísimos clubes por todos sabidos, y finalmente acabaría logrando el segundo lugar, teniendo en sus filas al anglo-jamaicano Luther Blissett que sería también el máximo goleador de 1ª división en ese curso liguero y que ficharía posteriormente por el AC Milan.

Ese logro les daba el billete de Europa para la siguiente temporada y jugarían la UEFA, perdiendo en tercera ronda ante el Sparta de Praga, con lo que casi se había cerrado el círculo de objetivos.

Pero es que en 1984 jugaron la final de la FA Cup (una especie de Copa de la liga, no es el torneo de copa tal y como lo entendemos, pero con bastante prestigio pues el evento futbolístico más antiguo del mundo) y aunque perdieron ante el Everton, el entusiasmo de Elton John y de sus hinchas, desembocó en que aquel subcampeonato fura un auténtico triunfo para un equipo que estaba en competiciones regionales hacía apenas una década.

En 1987 vendió el club al empresario Jack Petchey, una vez que saneó el club y lo puso en órbita; desde ese momento, Elton John fue nombrado Presidente honorario del club. En 1997 recompró el club cuando estaba en la UVI y cinco años después lo soltó. No obstante, en 2007 ante una nueva amenaza de quiebra, programó un concierto en Vicarage Road y todos sus beneficios fueron donados al club.

El Watford FC tuvo continuados ascensos a 1ª y descensos a 2ª, pero desde que lo cogió Elton John pasó de ser un equipo anónimo a ser un equipo sumamente conocido a escala mundial. El genial cantante se deja caer siempre que puede por Vicarage Road, donde existe una grada que recibe en su honor el nombre de «The Sir Elton John Stand», y los aficionados lo reciben con júbilo.

Elton John, nacido Reginald Kenneth White, siempre ha tenido una especial devoción por el fútbol, no solo miró a su Watford del alma, también emprendió otros proyectos balompédicos; en la década de los 70, donde impulsó el fútbol en los Estados Unidos, presidiendo Los Ángeles Aztecs.

Sin duda, estamos ante un atípico personaje, Elton no acudió al fútbol para buscar un lucro indirecto, para dar fama a sus empresas, para abrir nuevos horizontes geográficos..., como se presume que hoy ocurre con tantos y tantos empresarios de países exóticos con no se sabe bien qué aviesos intereses. Este personaje público tampoco quería una notoriedad que de sobra ya tenía en los escenarios, acudió al fútbol por una razón bien sencilla, por la pasión que le ha tenido siempre al club de sus colores, al equipo de su infancia y donde forjó su mentalidad futbolera.

El Watford FC, de la localidad que lleva su nombre, con algo más de 100.000 habitantes, o sea, como Jaén capital, ya nunca será un conjunto del montón, hoy, en la temporada 2017/18 está en la Premier League en mitad de la tabla, y aunque pueda haber temporadas en que pueda descender, ya se ha convertido en un clásico, en un histórico de la mano de su Elton John.

Porque desde aquel momento en que Elton puso sus ojos y su dinero en él, los avispas, la armada amarilla o los chicos dorados, ya siempre tendrán un lugar en el particular Olimpo del deporte rey. Sí ya sé que yo no debería hablar de fútbol, porque ya se habla demasiado en los medios de comunicación, pero hoy me ha dado por ahí. Pero es que el fútbol de hoy no me gusta, me gusta el de antes, y mucho.

sábado, 6 de enero de 2018

"ARARAT", DE ATOM EGOYAN

Si el primer día de Año Nuevo de 2016 y 2017 me despertaba con sendas películas esperándome en mi ordenador relativas al genocidio armenio («Mayrig» y «588 Rue Paradis»), aquella temática me enganchó y he querido seguir escarbando en la cinematografía en busca de diferentes puntos de vista, y el 1 de enero, mientras la mayoría dormían, yo visionaba «Ararat».

Aquellas dos películas hacían referencia a familias armenias establecidas en Francia, gracias Nicolás, y el recuerdo de aquel genocidio que los hizo abandonar su tierra entre 1915 y 1923. Las alusiones de aquellas películas, la segunda era una continuación de la primera, sobre todo Mayrig, a aquella masacre protagonizada por los turcos, aunque explícitas, también ofrecían un horizonte de esperanza para los que sufrieron un éxodo indeseable y encontraron una nueva tierra de promisión.

No obstante, el enfoque de esta película que hoy traigo a colación es bien diferente, puesto que su director, el armenio-canadiense Atom Egoyan (la película es de producción canadiense) nos propone entender el genocidio desde una visión actual, en concreto, desde 2002 que es donde se sitúa la acción.

No es fácil indagar en un conflicto de este calibre con un siglo prácticamente de distancia, pero Egoyan con una serie de escenas, más que darlo a conocer, pretende que sigamos reflexionando y doliéndonos con lo que sucedió, puesto que el trasfondo es que buena parte de la comunidad turca actual sigue sin reconocer que el genocidio existió; más o menos lo que ocurre con determinada gente que también niega el genocidio nazi. Lógicamente el genocidio armenio es menos conocido, más antiguo, y a medida que pasa el tiempo dejan de existir generaciones que lo vivieron en primera persona o sus descendientes directos.

La película es ciertamente un rompecabezas que hasta la primera media hora es difícil de descifrar. Por un lado, asistimos al rodaje de una película desde dentro, lleva precisamente el mismo nombre de «Ararat», haciendo tal vez un guiño a la famosa «La noche americana» de Truffaut; en ella se trata de narrar uno de los episodios iniciales del conflicto turco-armenio, en concreto la batalla de Van, muy fundamentalmente a través de la mirada de un niño, Arshile Gorky que posteriormente en su nueva vida en Estados Unidos se convertiría en un reputado pintor abstracto, aunque con una vida bastante atormentada. La película hace constante referencia a una de sus obras más reconocidas «El artista y su madre», basada en una fotografía que se harían ambos casi de forma coetánea a aquel conflicto.

Igualmente vamos conociendo a ciertos integrantes de la película: actores, director (el inmortal Charles Aznavour, nacido Aznavourian, en su menos conocida faceta de actor), productor, parte del equipo y a Ani, de origen armenio, que es profesora de universidad y asesora histórica del largometraje. Ani tiene un joven hijo, Raffi (David Alpay) que mantienen una relación con su hermanastra (no de sangre), que es hija del segundo marido de Ani. Esta joven acusa a Ani de haber matado a su padre, y le hará la vida imposible, especialmente en todas las conferencias que se dan mientras se rueda la película, incluida la inaugural de la exposición que se abre sobre el legado de Gorky.

El tercer pilar se asienta en un policía de aduanas del aeropuerto de Toronto a punto de jubilarse, protagonizado por el veterano actor Richard Plummer, que en primer lugar, es padre de un guía del museo donde se expone la obra de Gorky, el cual tiene una relación (homosexual) con un actor de origen turco que encarnará al general otomano que dirigía las tropas otomanas en Van.

Las interacciones entre ellos son ciertamente un tanto sorprendentes y casi sacadas de quicio, porque te obligan a pensar más de lo normal para intentar encajar las piezas que te faltan del puzle. Finalmente más de mediada la película ya parece que te enteras de lo que quiere mostrarnos Egoyan.

La película se está grabando e incluso llegamos a su estreno, pero mientras tanto y sin saber a priori cuándo Raffi, el hijo de Ani, vuelve de Armenia y al pasar por la aduana el viejo policía lo retiene, porque piensa que el joven está tratando de introducir en el país algún tipo de estupefaciente, dentro de las latas con los rollos de cinta de la película.

Y todo se va mezclando, el interrogatorio, la película, y también la búsqueda del viejo policía David, del entendimiento de la relación de su hijo. Es una especie de introspección psicológica de ambos personajes, que quieren buscar su sitio; Raffi, que ha ido a Turquía al lugar donde sus ancestros sufrieron ante los turcos; y David, no se entiende muy bien qué, tal vez, hacer su último favor a la sociedad y a sí mismo, entendiendo a su joven interlocutor, tratando de entender el holocausto armenio, o intentando descifrar cuál debe ser el destino de su hijo.

Al final de la película conocemos a la postre lo que hay en el interior de las latas, y entendemos un poco el parecer de los personajes, aunque ese entendimiento me pareció decepcionante.

La película está, en general, muy deslavazada, con una arquitectura un tanto abstracta, una especie de «Todo 100» en el que el objetivo final se apunta con destellos y no termina de transmitir, no acaba de aterrizar prácticamente en ningún momento de su metraje.

Ese trasfondo de querer mostrar el genocidio armenio, por su intermitencia, termina por hacernos reflexionar si lo que quiere el director es subrayar ese aspecto u otros más que ese, porque al final la película parece convertirse en un estudio psicológico de sus personajes.

Ni siquiera el nombre de Ararat está bien traído, los propios personajes justifican que la película (dentro de la película) se titule así, puesto que es un símbolo para los armenios, a saber es el monte en el que, según la tradición cristiana, se posó el Arca de Noé (los armenios son mayoritariamente cristianos y los turcos mayoritariamente islámicos), y hoy situado en territorio turco, de hecho es la montaña más alta del país. Pues bien, si la acción histórica de la película se situá en Van, se reconoce que desde Van no se veía Ararat; otra licencia del director.

En fin, un experimento un tanto fallido de Atom Egoyan que lo que es un objetivo se queda solo en pretensión. Salvo determinados flash, como por ejemplo, la vida y obra de Gorky que era un pintor que no conocía, es demasiado ruido para tan pocas nueces.