sábado, 31 de enero de 2015

LAS HERMANAS GILDA, UNIDAS Y ENEMISTADAS COMO LA VIDA MISMA

Adentrarse en el simbólico mundo de los historietistas en la época franquista, este nos desvela historias profundas y a veces sórdidas en contraposición a los trocitos de humor que nos ofrecían en sus páginas. En muchos casos, en la mayoría de los casos, estos artistas siempre utilizaban esta especie de pócimas secretas, dado que eran mucho más avanzados en pensamiento que la media cultural española y, por supuesto, miles de veces más inteligentes y hábiles que esos censores que se permitían el lujo de trastocar la cultura para que el pueblo siguiera sumido en el sopor y la abulia.

Por otro lado, no era poco común que los grandes iconos de la historieta, pegados al pueblo y a los problemas de la sociedad, dispusieran de personajes que eran sus estandartes, aparentemente inocentes, sin dobles lecturas, más que políticamente correctos, para tener otra serie de personajes más segundones, más tapadillos, donde podían dar rienda suelta a sus críticas, amparados por el velo de la impecable blancura de los otros.

Este es el caso del genial Vázquez, el padre de los inefables Zipi y Zape, cuya popularidad ocultó otros personajes dignos de mención y análisis, como es el caso de «Las hermanas Gilda», esta parejita que ocultaba en cada historieta algún mensaje social.

Esta historieta nace en 1949 y el primer dato relevante nos lo ofrece su título de hermanas Gilda, se trata de una primera aproximación a una película y un personaje que despertaron mucha expectación en su época, concretamente en el año de su proyección, 1946 y posteriores. Pero Gilda es un mito erótico que hoy nos parece un espectáculo cuasi infantil, es más lo que insinuaba que lo que mostraba, de hecho, el desenfundarse un simple guante se convirtió en el striptease sugerido más recordado de la historia del cine.

Nuestras hermanitas son, sin embargo, la antítesis de ese bellezón que era Rita Hayworth, tienen poco de glamourosas. Aunque en Internet hay dudas sobre quién es mayor de las dos (Hermenegilda o Leovigilda), yo que he releído últimamente las historietas a fe que he verificado que Herme es la mayor y Leo la menor.

Y Herme y Leo, que es como normalmente se llamaban entre ellas con algún cariño pero no con todo y ahora lo veremos, no son nada Gildas, son mujeres muy normales, demasiado normales. La mayor, Herme, es gordita y baja, y se caracteriza por llevar el pelo recogido en un moño, es de buen carácter, también un tanto ilusa, y tiene una aspiración suprema: encontrar novio. Leo, por su parte, está física y espiritualmente en el lado opuesto de su hermana, esta es alta y delgada, y con el pelo suelto, tiene los pies en el suelo y su misión es jorobar a su hermana y matarle sus ilusiones. Y no, no son muy atractivas ninguna de las dos.

Curiosamente Leo era realmente una dictadora, era ordeno y mando, al más puro estilo de no sé que régimen imperante en la época. La presiona tanto, a veces, que Hermenegilda no pierde la oportunidad, si le viene a la mano, de vengarse de su hermana.

Por si fuera poco contundente esta diferencia visual, los nombres de estas chicas evocan a los reyes visigodos Leovigildo y Hermenegildo, que eran padre e hijo, y de los que se recuerda la mítica rebelión del hijo sobre el dominio del padre, es decir, la constante rebelión de Herme ante el poder establecido de su hermana y su carácter intransigente.

Otra antítesis nos la ofrece la propia presencia de estas muchachas, una gorda y una flaca, a semejanza de otras muchas parejas del cine, de la literatura o del teatro, tal vez la más conocida la del dúo Stan Laurel y Oliver Hardy (el Gordo y el Flaco). De hecho, se reproduce al respecto de esta diferencia física ese sentir social de que los gorditos son afables y bonachones, y que sus opuestos lo son menos.

No obstante, también es verdad que Leo vela por su hermana hasta el límite, la sobreprotege de tal manera que ejerce una presión insoportable, casi dictatorial; por eso no ve nunca con buenos ojos sus planes, y al proyecto de novio que venga a casa siempre le saca faltas y ella misma indirecta o directamente lo aparta de su hermana.

Y a todo esto, a qué se dedicaban estas hermanas, pues a nada, era como una especie de vivir de las rentas, aunque tampoco trasciende que vivieran desahogadas, pues Hermenegilda siempre sueña con encontrar un tesoro, o con hacer un buen negocio que le reporte pingües beneficios. Lo que si denota esta pareja es que viven presas de la soledad y necesitan el aire como el comer, su vida está plagada de frustraciones, porque sus historietas casi siempre acaban con un fracaso, y por supuesto, que las Gilda son el prototipo que vemos cada día, de hermanos o familiares que se quieren, pero que su día a día es decirse de todo menos bonico.

Como ya se podrá imaginar es evidente que la temática de las historietas de las hermanas Gilda tenía poco de infantil, aunque todo sea muy sarcástico e inocente, tal vez estuviera más dirigido al público adolescente y de ahí para arriba. Sin embargo, hubo un punto de inflexión en esta historieta pues con ocasión de la promulgación en 1955 de una normativa estatal sobre ordenación de la prensa infantil y juvenil, se bajó el listón y la temática varió, por lo que nuestra joven Herme dejó de asediar novios y muchas historias se trasladaron al campo donde las aventuras tenían un perfil más infantil y cómico.

El trazo de Vázquez para estas chicas era muy leve, nada detallista, se potenciaba más el diálogo por encima del dibujo, de hecho, aparte del dibujo en sí de las hermanas Gilda, los fondos eran muy leves.

Podemos decir que la gran década para estos personajes fue la vivida en los 50 del siglo pasado, donde las publicaciones infantiles tenían mucho predicamento, y Vázquez junto con otros compañeros de profesión vivió un increíble flujo de trabajo. En la década posterior esta historieta perdió su esencia, al ser realizados los dibujos por un equipo sin la intervención del padre de estas criaturas.

sábado, 24 de enero de 2015

"LOS ENGAÑOS DE LA MENTE", DE STEPHEN L. MACKNICK Y SUSANA MARTÍNEZ-CONDE

Este libro que acabo de leer es, sin duda, uno de los más densos e interesantes que he tenido en mis manos en los últimos años. Su lectura, con constante referencia a otros libros y sobre todo a diversas páginas web, hacen que tengas que pararte de vez en cuando para hacer una indagación que complete adecuadamente lo que los autores nos quieren transmitir.

Quizá lo adquirí porque presagiaba la revelación de trucos de magia, pero es en realidad algo más. Siempre me ha apasionado mucho la magia y, de hecho, sé algunos números, nada del otro mundo, pero sí para entretener durante algún ratillo a un grupo de niños, aunque soy muy malo porque no cumplo los principios de un mago, como es el de no repetir el truco más de una vez o no revelarlo, y yo paso la raya constantemente, es decir, soy un mago de pacotilla. Para ser un buen mago hace falta mucha práctica y en esta vida ya no me da tiempo, tal vez en otra me propondré empezar de pequeño y ser constante.

El concepto casi principal del libro se centra en que nuestra mente es más limitada y compleja a la vez de lo que nos pensamos, y en esos «fallos del sistema» es donde los magos meten el dedo en la llaga para aprovecharse de nuestras limitaciones y nuestros automatismos y engañarnos siempre.

En realidad este proyecto de Macknick y Martínez-Conde ha buscado encontrar la explicación científica a las siete grandes categorías, según ellos, en los trucos de magia: 1. Aparición. 2. Desaparición. 3. Transposición. 4. Restitución. 5. Transformación. 6. Telequinesia. 7. Hazañas mentales o físicas extraordinarias y capacidades extrasensoriales. En realidad, la práctica, la experiencia acumulada de muchos siglos y la transmisión de ese conocimiento han permitido que la magia sea un espectáculo de entretenimiento que cautiva a grandes y chicos casi desde que el mundo es mundo hasta hoy día; pero todo ese conocimiento surgió de forma espontánea, después se transmitió y cuando se pudo se dejó reflejado en libros. Los trucos nacían al descubrirse de forma casual esas limitaciones de nuestra mente. Ahora estos neurocientíficos nos descubren qué mecanismos neurológicos son los que salen a escena en cada truco.

Como digo, el libro es muy denso y tratar de cada uno de sus capítulos sería un ejercicio caótico que tampoco tiene sentido en esta humilde reseña, pero hay un montón de explicaciones curiosas que se pueden extraer de su lectura y que nos sorprenderían. Para empezar, hay que decir que nuestra visión es muy pobre, excepto en el centro exacto de nuestra mirada, a decir verdad la resolución que tenemos en el ojo no es mucho mejor que la de cualquier cámara inserta en nuestro teléfono móvil, de eso sacan tajada los magos, que saben que nuestro cerebro trata de completar lo que hay en nuestro entorno y no vemos suficientemente bien. Tenemos, como si dijéramos, zonas enormes de píxeles muertos, si enfocamos a un sitio estaremos desenfocando el resto, también hay momentos aleatorios en los que no captamos las imágenes; no obstante, nuestro cerebro es de tal complejidad que rellena la información que falta a costa incluso de autoengañarnos para que podamos verlo todo: las cosas no «aparecen y desaparecen» de repente, si algo tiene aspecto de cara probablemente sea de una persona, si un perro se esconde en unos matorrales y sólo le vemos la cabeza supondremos como es el resto del cuerpo y que efectivamente tendrá cuatro patas, si algo se mueve continuará en movimiento… Por cierto, quizá nos hayamos cuestionado alguna vez si cuando miramos estamos viendo nuestra propia nariz, en realidad es así, pero el cerebro la ha ocultado desde que nacimos porque su enfoque es irrelevante.

Hay un ejemplo muy claro al que asistimos cada día y en el que nuestro cerebro nos engaña o adapta nuestra percepción, cuando vemos una película extranjera doblada, si nos fijáramos bien nos daríamos cuenta de que los personajes están pronunciando algo diferente a lo que oímos, pero nuestro cerebro acomoda esa sensación y aun contando con las virtudes profesionales de los dobladores, todo es efecto de nuestra imaginación, que hace que realmente escuchemos cómo salen las voces de las bocas de un montón de actores y actrices foráneos en un perfecto español. Es, de algún modo, el mismo efecto que persiguen los ventrílocuos cuando hacen que sus muñecos hablen.

Otro de los curiosos enigmas que nos desvelan los autores de este trabajo es el de la atención – multitarea. Tal vez hayamos pensado en alguna ocasión si podemos hacer dos o más tareas al mismo tiempo, es posible que respondamos afirmativamente, pero no es cierto, se trata de un mito, en cuanto alguna de las tareas tiene cierta complejidad ya estamos desatendiendo la menos importante. Esto entronca con algo que a lo mejor nos ha ocurrido en alguna ocasión, vamos con nuestro coche por la ciudad y llegamos a un cruce, vemos pasar a coches y más coches, y cuando aceleramos para incorporarnos aparece de no se sabe dónde un ciclista o alguien con una moto, y pegamos un frenazo y a veces hemos tenido que decir esa palmaria frase «de verdad que no te he visto»; y no habremos mentido, porque nuestra mente está tan centrada en ver coches que hace desaparecer a motociclistas o viandantes, por eso hay que prestar mucha atención, doblemente, hemos de pensar en grandes volúmenes y en pequeños volúmenes, a veces no es fácil, porque ocurren accidentes todos los días por este error en nuestro sistema.

También medran los magos en nuestros recuerdos, sabedores que nuestros recuerdos son muy volubles, sorprendentemente volubles. No nos extrañe que alguna vez estemos en una reunión y que alguien que ha vivido con nosotros la misma experiencia, parece como si proporcionara datos o elementos que no han ocurrido, como si se estuviera inventando, y el cerebro funciona como una cita de casete en la que vamos grabando una y otra vez el mismo recuerdo encima de la última grabación, con lo que cada vez utilizamos el andamio del recuerdo que tenemos pero vamos perdiendo detalles o le vamos añadiendo aditivos que alteran la verdadera realidad, o directamente construyen una enorme mentira.

El libro es muy ameno, porque cualquier fundamentación científica viene avalada con algún truco de magia, explicado (aunque de la explicación a la práctica media un abismo, porque hace falta mucha práctica y habilidad), y que cuenta con la colaboración de prestigiosos magos, por cierto, que cuando hablo y hablan ellos de magos, en realidad, se refieren al masculino, porque, y ellos tienen su teoría, hay muy pocas magas en el mundo. Como además, los trucos de magia y sus actores están preñados de humor, pues se pasa un rato muy agradable y divertido. Por cierto, que el humor en los espectáculos de magia no es un asunto baladí, ellos saben cómo utilizar el chiste en el momento justo para desviar nuestra atención. Y es que en la magia nada es improvisación, todo se planifica al milímetro, un traje con brillos, una chaqueta negra, unos zapatos estrambóticos, un movimiento de brazo inusual, unos chistes malos...

También nos ofrecen algunas estrategias para aumentar nuestra memoria, los magos usan métodos mnemotécnicos, por ejemplo, para memorizar la posición exacta de las cartas en una baraja; si nosotros pudiéramos entrenar estas técnicas con algún experto nuestra vida sería mucho más fácil y eficiente.

Como colofón a este estudio, esta pareja quiso poner en práctica lo que durante varios meses habían estudiado y se atrevieron a crear su propio número de magia para obtener el beneplácito de la estadounidense Academia de Artes Mágicas, adonde sólo acceden los mejores y en donde muchos se quedan a las puertas. Tenían dudas de cómo iba a resultar su espectáculo pero al final todo fue muy bien y el jurado, expertos magos, le dio su aprobación: ¡eran magos!, aunque por supuesto ellos no van a dejar su labor científica en el Instituto Neurológico Barrow de Phoenix en Arizona.

Por cierto, que nuestros neurocientíficos terminan este apasionante recorrido, planteándose si la magia desaparecerá algún día, a fuerza de desvelar los trucos. Hoy por hoy, se pueden encontrar en Internet miles de vídeos con trucos revelados, así como un montón de libros que nos permitirían a base de práctica amenizar las fiestas familiares; por cierto, que la base de la mayoría de los trucos no ha avanzado prácticamente desde el siglo XIX y todos los que conocemos hoy son secuelas de aquellos. Ellos entienden que un mayor conocimiento de las estrategias utilizadas por los magos, no hace sino sorprendernos más, porque una cosa es la teoría y otra una diestra práctica por parte de los magos de turno que siempre encontrarán un factor más para hacer que nuestros ojos se salgan de sus órbitas, y es que ellos lo han comprobado, hay magos que le han revelado su truco, pero por más que se lo repiten nunca lo pillan.

Se atreven también estos autores a sacar algunas conclusiones prácticas para nuestro día a día, una manera de domesticar nuestras mentes que van por libre y que operan, como un computador, aunque nosotros no seamos conscientes ni hayamos dirigido eso, de forma resumida estas serían las reglas a seguir, sería algo así como aprovechar lo bueno de la magia para llevarla a casa: 1. Centrémonos en una sola cosa. 2. Dejar constancia de cualquier información o conversación importante inmediatamente después de que se produzca. 3. Si cometemos errores, dejémoslos a un lado, y sigamos avanzando. 4. Mucha gente trata de engañarnos diciéndonos exactamente lo que queremos oír, cortocircuitemos esto. 5. Si el mago juega con el humor, el ser asertivos en nuestras relaciones personales o alimentar nuestro encanto puede hacerlo todo más fácil. 6. Delante de una persona a la que no le quieres revelar un secreto, no pienses en eso porque cualquier gesto te puede delatar. 7. Para tomar una decisión no hay que dejarse llevar por la primera impresión, hay que elaborar una lista con todos los detalles que hayan de influir en la resolución de la misma.

En fin, un encanto de libro del que siempre guardaré un gratísimo recuerdo y yo recomiendo a la gente si no leerlo, por lo menos que visite su página web, bastará con teclear en un buscador sus apellidos.

sábado, 17 de enero de 2015

THE RIPPINGTONS, JAZZ PARA SER FELIZ POR UN RATILLO

Si tuviera que definir la felicidad, diría que para mí no existe como un estado permanente; soy razonablemente feliz, optimista, pero como cada hijo de vecino tengo mis lados oscuros que hacen que la vida no sea de color de rosa ni para mí ni para nadie. Dicho esto, por ese positivismo que me caracteriza, también es verdad que intento que todos los días de mi existencia tengan algún momento feliz, hay gente que no tiene un momento feliz nunca, y si en ese momento no estoy atravesando una racha placentera, pues tiro de mis recuerdos.

Yo intento educar a mi hijo, casi preadolescente como él se empeña ya en pensar, aunque nuestra vida juntos acaba prácticamente de empezar, de que no son importantes las posesiones materiales sino las espirituales, es más importante tener amor, recibir un abrazo, un beso o una caricia, a contar con una videoconsola. Esos son los elementos vitales para proporcionarnos felicidad, por supuesto, que hay vidas mucho más ostentosas y confortables, pero también las hay peores. El justo equilibrio es ser feliz con esas posesiones materiales sin apegarse mucho a ellas y disfrutar eternamente de las espirituales.

Afortunadamente mi hijo creo que va por el buen camino y disfruta de la vida y es feliz como niño que es, tal cual lo fui yo y tal cual estoy intentando que él lo sea. Sin grandes aspavientos ni excesos y viviendo de forma algo desahogada, ahí está el equilibrio que nos da la felicidad.

Quiero que los recuerdos de mi hijo sean entrañables y dichosos como los que yo tuve, y basados muy mucho en la felicidad de las pequeñas cosas, en jugar al tenis en la mesa del salón con una red echa con libros, ir al pantano a tirar piedras o jugar a una batalla de pistolas de agua en mitad de la calle.

Tengo muchos recuerdos felices de niño, es posible que antes haya comentado esto en esta bitácora, pero la felicidad absoluta para mí era ir, por ejemplo, a la gran ciudad, Jaén, a pasar el sábado, ir a la consulta del oculista, montarnos en una bicicleta de alquiler en el Parque, comprar patatas fritas en Casa Paco o desayunar y comprar después en Simago.

Aquello de Simago ha formado parte de mi ser desde siempre, soy un animal consumidor, pero con los pies en el suelo; me gusta ir a comprar a un supermercado o a una gran superficie, porque lo tiene todo, ves aunque no compres, te das algún caprichito y no suelo ser gastoso, se está calentito, no hay prisas, no hay demasiadas colas y... entonces había música. Sí, en aquel Simago de Jaén y en otros muchos, antes había música de fondo, ahora ya no tanto.

Era esa música que te invita a comprar o simplemente a pasear, todo es placentero o aparenta serlo, qué paz se respira mientras ves los estantes magníficamente iluminados, qué atmósfera tan cálida y qué felicidad más tonta y barata.

La música es importante según en qué lugar y situación para mejorar el consumo, para que tu valoración del servicio sea superior, para que la atención médica, por ejemplo, dé la impresión de optimizarse, su impacto es directamente subliminal. En los supermercados, en los que yo me muevo, ya no aprecio que la música esté presente, creo que en El Corte Inglés sí, y eso le da a este un caché adicional, sin prácticamente gastarse un duro, basta con poner la música adecuada; esta suele ser ambiental, New Age, música pop o jazz muy suave, nada que distorsione pero sí que alegre. En gimnasios y balnearios urbanos suele ser del tipo chill out, muy adecuada.

Y bueno, valga este pomposo preámbulo para señalar que la música de The Rippingtons, es una música suave, ambiental, que ayuda y acompaña. Aunque es un renombrado grupo de jazz, en realidad tiene un amplio espectro y no sólo ofrecen claramente este tipo de música, sino muchas de las variantes del jazz, como jazz fusión, jazz pop o crossover jazz; este último es, digamos, la «penúltima» ocurrencia de los jazzistas que es una especie de vuelta de tuerca más al jazz fusión, es propiamente el jazz prestado, en el que se dan cita un conglomerado de corrientes musicales, y es que el jazz es uno de los estilos musicales que mejor se permea de todo lo que hay a su alrededor. ¿No nos hemos preguntado alguna vez qué canción no podría ser versionada en el jazz? Pues eso. Por tanto, en The Rippingtons cabe el jazz en todas sus facetas, pero hay mucho de New Age y de música ambiental.

Bajo el liderazgo de Russ Freeman, este guitarrista, también especialista en programación y afín a los sintetizadores, fue el creador en 1986 de este proyecto nacido en Estados Unidos, que ha ido cambiando de componentes, todos menos él, hasta veinticinco, y atravesando diversos períodos, pero siempre con una base que lo identifica, el jazz contemporáneo, actual, pues ese de los supermercados.

En esas fases por las que ha ido moviéndose, hay que decir que al principio fue una banda con un estilo algo más comercial, que se movía en la frontera del jazz y el pop, para después decantarse por ese jazz crossover y la música más global, world music, New Age y ambiental.

Desde sus inicios el grupo cosechó mucho éxito y fiel a las bandas llamadas de jazz, que ante todo se alimentan del directo, no tardó en hacer giras por medio mundo.

Los cambios de sede, de clima, de músicos han permitido que este proyecto no se pare, no aburra, y siga siendo un proyecto vivo y muy influyente.

Tal vez el punto de inflexión que, de alguna forma, le dio el espaldarazo a su trayectoria y amplió su existencia al resto de los mortales fue en 2009, cuando su último disco en ese instante, Arte Moderno, fue nominado a la categoría «Mejor Álbum Instrumental Pop» en los Grammy de ese año.

Su música evoca en este versátil proyecto una cierta deriva a nombrar canciones de lugares exóticos, aquellos por los que ha viajado Freeman y su grupo, en los que se realizan algunos guiños a esos lugares, que representan los cinco continentes.

No se prodigan mucho por España, en realidad, la última noticia que he podido encontrar de su presencia en nuestro país, es en 2007 en Canarias. A ver si se animan, pues es un grupo muy vivo.

Según refiere Freeman en los últimos años, tal vez con lo de la nominación a los Grammy, se han incrementado los seguidores de The Rippingtons, ampliándose el grupo de apasionados del jazz para los que este grupo forma parte de la banda sonora de sus vidas.

Música alegre, desenfadada, a veces con alguna esporádica aportación vocal que sin mayores pretensiones nos ofrece, me ofrece un poquito de felicidad, un cachito de transportarnos a nuestro espacio de paz interior donde cada uno es inviolable, donde nadie puede acceder, donde uno es férreo, y siente que nadie le va a perturbar.

domingo, 11 de enero de 2015

"MACHUCA", DE ANDRÉS WOOD

Asomarse al cine sudamericano contemporáneo es como enfrentarse a un torrente de aire fresco que inunda tu rostro, que te conmueve y que te obliga a cabecear. Buena parte de la cinematografía actual en Sudamérica tiene mucha carga social y bastante cercanía con el cine europeo, carente de la espectacularidad del cine estadounidense pero con más profundidad y argumentos muy elaborados.

No será Machuca quizá, la mejor película chilena de la historia pero si tenemos interés por saber, de algún modo, cómo se vivió el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende y la muerte de este en septiembre de 1973, esta es una cinta que nos ayudará a refrescar nuestra memoria y a entender cómo se vivieron aquellos momentos convulsos en la calle. Derrocamiento, cabe recordar, que fue trágico, como consecuencia de un golpe de estado y que devino en una radical dictadura de derechas, muy al uso en la Sudamérica de los años 60, 70 y 80.

Esta producción chilena que tiene como cabeza visible a su director Andrés Wood, aunque el guión es un trabajo coral al que se añaden Eliseo Altunaga, Mamoun Hassan y Roberto Brodsky, nos traslada a aquel país, caótico en 1973, que vive una manifiesta fractura social, el gobierno socialista de Allende se sustenta en una mayoría popular proveniente de las clases más bajas y deprimidas de la sociedad, mientras que las clases medias y altas se oponen a este régimen que está llevando al colapso económico del país, con una inflación galopante y un creciente desabastecimiento de productos básicos.

Así las cosas nos adentramos en un colegio católico, el Saint Patricks, en Santiago de Chile, adonde acuden niños de familias acomodadas, limpios, guapitos, bien uniformados, con rasgos europeos, y el rector del colegio, el padre McEnroe, en un gesto que se supone de solidaridad y de cierta afinidad con el socialismo, se presenta un buen día con un grupo de niños de baja extracción social, con objeto de integrarlos en el mismo; esos niños llevan ropas raídas y tienen rasgos indígenas.

Esa fractura social en la calle se traslada al colegio, un colegio de pago, donde la mayoría de niños no ve con buenos ojos la presencia de los nuevos, que están fuera de sitio. A contracorriente surge la amistad entre el niño rico Gonzalo Infante, rubio casi escandinavo, y el niño pobre Pedro Machuca, de tez morena; la primera diferenciación ya nos la ofrecen sus apellidos, uno más pomposo, el otro más vulgar; sería en España como comparar Istúriz con Pérez, dónde va a parar.

Lo cierto es que ambos se hacen buenos amigos, porque el mundo de los niños es más sencillo que el de los mayores, y Gonzalo accede a la sociedad de Pedro y viceversa. A través de cada niño conocemos a cada familia, sus problemas, sus vivencias, sus mensajes...

La familia de Gonzalo vive en un barrio noble, el padre tiene un buen trabajo, no les falta de nada, tienen hasta chacha, y por si fuera poco, cuando hay desabastecimiento consiguen lo que necesitan en el mercado negro con cierta facilidad. La madre es muy derechas y algo libertina, el padre parece más socialista pero no es acérrimo y pasa algo de la situación.

La familia de Pedro está desestructurada, vive en un barrio chabolista y sobrevive con el trapicheo, y con las ayudas sociales. No obstante, parece haber más amor y unión, e incluso educación, en esta familia que en la de Gonzalo, lo poco que tienen lo dan.

Ambos personajes pasearán por el mundo del otro con su mirada infantil e inocente, aunque sin apartarse del presente, saben qué se cuece, saben quiénes son, y lo sabrán y mucho. Incluso Gonzalo conocerá a una chica, Silvana, que le ofrece una visión de la realidad diferente, más pura, más auténtica. En sus vidas, todos se acercarán al amor, a la incomprensión y al desprecio, no obstante, cuando quieran trascender ya será demasiado tarde, cada uno tendrá que volver a su mundo. El golpe de estado los separa definitivamente, Pedro no querrá y para Gonzalo es su tabla de salvación, y Silvana..., hay que ver la película.

El golpe de estado militar viene a restaurar el orden económico, eso parece que lo consiguieron, pero a un coste terrible: purgas, intervención en todos los estamentos públicos, privados y religiosos, enquistando la fractura social...

Es curioso como el padre McEnroe sucumbe a ese intervencionismo del nuevo poder y abandona el colegio no sin antes mandar el mensaje a este poder y al nuevo clero impuesto de que Dios ya no reside allí. De hecho, la película tiene una base argumental real y es la del padre Gerardo Whelan que inspiró este guión, pues fue obligado a abandonar su institución educativa en 1973 (el Saint George), y que impulsó la estrategia de integrar en sus colegios a niños de estratos sociales deprimidos.

Posiblemente se hayan hecho muchos documentales y tal vez películas sobre lo ocurrido en Chile en 1973, pero esta llega en el momento justo, en 2004, unos veinte años después, ya no está Pinochet, y aunque hay heridas abiertas, han cicatrizado bastante. Ya fue posible, pues, hacer la película porque para ello el director necesitaba «tomar» las calles y utilizar símbolos que unos años antes hubiera sido imposible rescatar.

Se percibe que es una película con un generoso presupuesto, se nota en los escenarios utilizados, la ambientación y vestuario, los decorados a gran escala y el importante número de extras que se utilizó. Con esto y con el punto de partida real, la existencia de un religioso integrador en un colegio católico, hacen que esta producción sin ser creíble del todo, sí que es muy convincente. También muy entretenida, pues aunque hay algunos tramos donde la trama pierde alguna fuerza, la historia de los niños sí que engancha.

También tiene mucha fuerza la música, una banda sonora genial de José Miguel Miranda y José Miguel Miranda, le da el acento de emoción a las escenas más impactantes de este largometraje.

Mi calificación es de notable alto, pero voy a poner algunas peguitas, la primera es la incorporación al elenco de actores de Federico Luppi, de hecho, en los títulos de crédito se indica su «colaboración especial», algo que curiosamente se propaga en los últimos años en otras películas sudamericanas y, sobre todo, españolas. ¿Está sobrevalorado Luppi? A lo mejor, desde luego aquí sí. El papel de Luppi en esta película es absolutamente prescindible, haciendo un papel bastante imbécil y no creo que él esté muy contento con ello, sale apenas cinco minutos o menos, y no dirá más de cien palabras, lo podría haber hecho cualquiera. Con sinceridad es una pequeña ida de olla de los productores para darle caché a la película, sin ningún sentido. Es como anunciar que Cristiano Ronaldo va a jugar un partido benéfico y los ponemos de recogepelotas.

Lo siguiente no es que sea tanto una pega, sino un bofetón de realismo; a ver, no es fácil seguir el chileno coloquial, con una pronunciación tan peculiar, tan cerrada, es como un andaluz pero con menos vocalización, imagino que así lo quiso el director, el realismo ante todo, pero hay frases completas en no pocas escenas que uno pierde, aunque no pierde el contenido en el contexto, y eso que tengo amigos chilenos y he estado acostumbrado a ese acento. Quien piense que el español de Argentina es cerrado, puede ver esta película y hacer un ejercicio de observación bastante asombroso.

En definitiva, una película de temática social que conmueve, es de niños pero no para niños; interesante para verla y después leer algo sobre la historia contemporánea de Chile.

sábado, 3 de enero de 2015

SOBRE EL USO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS EN EL DEPORTE Y PARTICULARMENTE EN EL FÚTBOL

Nos encontramos en la final de los 100 metros lisos en los Juegos Olímpicos de Río 2016 y tras la llegada tan apretadísima entre Usain Bolt y su compatriota Asafa Powell, un grupo de jueces, a simple vista, dan como ganador a Bolt, sí, sí, a simple vista, ¿cómo se nos quedaría el cuerpo? O sea que todo quedaría reducido al ámbito subjetivo de esos jueces que en una milésima de segundo han debido tomar tan arbitraria decisión que a buen seguro deja perplejos a todos, cuando paralelamente todos hemos podido ver por televisión que la repetición los deja en mal lugar y que el auténtico ganador es Powell.

En realidad este sería un escenario irreal dado que por fortuna hace muchos años que está implantada la foto finish, y aquí no hay posibilidad de valoración subjetiva por parte de los jueces.

Lo curioso del asunto es que ese grado de subjetividad que deploraríamos en el atletismo conforme al ejemplo que he puesto, sigue a la orden del día en algunos deportes que se resisten a dar el salto a las nuevas tecnologías.

No por obvia la necesidad de las nuevas tecnologías en el arbitraje del deporte, sigue siendo lejana, pero aunque esto sea un brindis al sol, creo sinceramente sí o sí que más pronto que tarde los deportes que no se ayudan de las tecnologías para arbitrar y para tomar decisiones más justas, tendrán que hacerlo. No tiene ningún sentido que existiendo los medios adecuados, un torneo o campeonato importante tenga que venir mediatizado y decidido por el criterio de un juez humano, imperfecto.

Es más, no entiendo cómo en este mundo absolutamente tecnológico, donde todos los deportistas cuentan con mecanismos informáticos para mejorar sus rendimientos, para alimentarse, para curar lesiones o prevenirlas, al final tengan que cifrar sus éxitos o fracasos, a veces se trata de una estrechísima línea, en la interpretación, criterio o voluntad de un tercero.

Y no olvidemos que en los deportes de élite, los profesionales, se mueven cantidades ingentes de dinero, en publicidad, patrocinios; cantidades nada desdeñables, que como comentan algunos economistas pueden tener su impacto en la economía global de un país. De hecho, la consecución de una Copa del Mundo del fútbol tiene un efecto multiplicador muy positivo en la economía de los países que la consiguen, así pasó en España hace cuatro años, aunque estábamos por entonces metidos de lleno en el pozo más profundo de esta crisis que atemperó ese efecto.

Probablemente el fútbol sea, paradójicamente, el que más dinero tiene, el deporte más global, el que más podría invertir en tecnología específica perfecta y, en contraposición, el que capitanea con más fervor que todo se debe dejar al criterio de los jueces de turno.

La realidad me da la razón, o nos la da, a todos los que defendemos el uso de las nuevas tecnologías en colaboración con los jueces de campo. No puede ser más injusto que el esfuerzo de los deportistas, el dinero invertido en ellos y el que ellos mismos generan, o la economía de sus países, tengan que depender y han dependido de una subjetiva decisión.

No sé qué habría pasado si aquel gol de Míchel a Brasil en México 86 lo da por bueno el australiano Bambridge, que lo fue; o si habríamos podido ganar el Mundial en EE. UU. 94 si el árbitro del partido contra Italia expulsa a Tassotti a Luis Enrique y pita penalti, o el sistemático robo que le hicieron a España en el Mundial de Corea – Japón 2002 cuando en los cuartos contra Corea del Sur, nos birlaron dos goles legalísimos que se «comió» el ínclito Al Ghandour.

Los defensores de la tradición utilizan una defensa muy endeble basada en la necesidad de que no se rearbitre, de que cualquier uso de estas nuevas tecnologías implicaría que el partido se tuviera que parar con lo que el choque se enfriaría. Es verdaderamente una tontería, desde luego en el fútbol lo es, porque en un encuentro de fútbol el balón permanece tanto tiempo en juego como parado: lesiones, cambios, faltas (a veces desde la zancadilla al borde del área, con el bote de espray, la colocación de la barrera, las protestas y eventuales tarjetas, y el lanzamiento real de la falta pueden transcurrir más de dos minutos) hacen que este deporte sea de los menos fluidos y con más interrupciones de todos. Por otro lado, esos puristas piensan que se perdería la esencia del fútbol al introducir un factor no humano.

Pero dicho esto, qué ocurre en otros deportes donde la introducción de instrumentos colaborativos del arbitraje ya está implantada, ¿son realmente un engorro?, ¿se pierde frescura y esencia?, ¿aburren, hacen perder tiempo? Para empezar incorporan muchas dosis de justicia, es cierto que interrumpen la acción, pero se intenta optimizar al máximo ese parón para resolver, en función de esa nueva tecnología, en el menor espacio de tiempo posible, pero además, en contra de lo que pudiera parecer aportan un inesperado punto de emoción.

Veamos algunos ejemplos, el más conocido sea tal vez «el ojo de halcón» en el tenis; tiene sus limitaciones por set, y los jugadores no abusan de él, pero cuando hacen uso del mismo, la emoción llega a las gradas y a los telespectadores, y sea cual sea el resultado siempre se escapan unas palmas o un lamento; forma parte del espectáculo y lo acentúa. Además, es una tecnología diseñada a la perfección, sin error, y es un complemento idóneo, dada esa limitación de uso, para la vista del árbitro principal y los jueces de línea.

Hay otros deportes de equipo donde se hace uso del denominado «vídeo umpire», por ejemplo en el hockey sobre hierba o el rugby, se trata de una suerte de repetición de una jugada conflictiva a petición del árbitro o de los equipos, que es examinada con rapidez por un equipo de jueces que cuentan con el equipo informático adecuado y que dirime con justicia qué es lo que realmente ha ocurrido, si ha habido ensayo, penalti, gol, o lo que sea.

Desde luego en los deportes individuales las tecnologías no es que colaboren con los jueces, sino que es que son parte intrínseca de su trabajo, especialmente en aquellos que dependen de juicios de valor como la gimnasia artística o rítmica, los saltos de trampolín o el patinaje sobre hielo, en este sentido, se minimiza el error humano y la subjetividad. También en otros deportes individuales se toman decisiones a posteriori tras ver los vídeos y permite que los resultados finales sean ciertamente justos, le pese a quien le pese.

Hay deportes, aparte del fútbol, que se resisten a estos avances, en el baloncesto se tiene en cuenta para la última jugada, pero no estaría mal ampliar el espectro; en balonmano haría falta algo, porque está un poco desfasadillo (el hándicap principal de uno de mis deportes favoritos es que no existe tiempo de posesión, salvo hasta que el árbitro considere que se lleva un cierto rato atacando y entonces se pita juego pasivo, algo demasiado subjetivo), en waterpolo o voleibol creo que no hay nada y un ojo de halcón no sería complicado de implantar.

En el fútbol quiero recordar que fue en el Mundial pasado de Brasil, cuando se introdujo una especie de ojo de halcón para minimizar la emersión del tan traído y llevado «gol fantasma», pero no es suficiente. La necesidad de uso de esas tecnologías adaptadas tanto al fútbol como a otros deportes, va a ser una realidad tarde o temprano, siempre como complemento de la labor arbitral, y siempre con una limitación en su uso, para que el partido efectivamente no tenga que estar permanentemente parado.

Por supuesto, no trato de hacer una crítica a jueces y árbitros de los diferentes deportes, es más, hay una caterva de comunicadores, también antiguos árbitros, que se dedican a examinar en vídeo las jugadas conflictivas desde su sillón, tranquilamente, después de haber visto las repeticiones tropecientas veces. Mientras el árbitro no tenga mala fe, sus errores humanos tienen que ser perdonables, porque el ser humano es imperfecto, y no hay nadie que no haya tenido un borrón en su vida. Curiosamente estoy leyendo un libro, del que daré próxima cuenta en este blog, que entre otros detalles, manifiesta la escasa definición del ojo humano, por supuesto, inferior a la de cualquier teléfono móvil, y que es el cerebro el que se encarga de complementar a la visión creando volúmenes, formas, espacios, a veces incluso irreales, pero que nos ayudan a entender al mundo. Eso se circunscribe a los estudios que se han hecho acerca de los mayúsculos errores que los jueces de línea tienen en los partidos de fútbol, ¿por qué en las repeticiones vemos siempre cómo levantan el banderín con unas décimas de segundo después de que se haya producido la posición ilícita? Sencillamente porque entre la visión de la jugada, el procesamiento de la misma en la mente, la toma de decisión y el mandato de que el brazo se levante, nos encontramos con una sucesión de actividades complejas en nuestro cerebro, que no se resuelven, pese a la increíble capacidad de ese órgano, de forma instantánea. Y encima de todo esto, queremos que el árbitro no se equivoque, pero es que está limitado por su condición humana, cualquier no profesional que los critica abiertamente, lo haría mucho peor.

En fin, dejemos la subjetividad y el libre albedrío a los deportistas, el fallo y el error para esos protagonistas, pero lo que puede ser perfecto y aportar justicia a un resultado deportivo sin minorar el espectáculo, y con la existencia obligada del juez humano, pues hemos de acogerlo con la misma naturalidad con la que utilizamos esos medios en la vida diaria.

sábado, 27 de diciembre de 2014

SUPERLÓPEZ, EL SUPERHÉROE ESPAÑOL DE LA CLASE MEDIA

A buen seguro que la mayoría de la gente de mi generación sabe quién es SuperLópez, pero es más, es posible que los de generaciones más jóvenes también lo conozcan y hayan leído alguna de sus historietas. Y es que, ante todo, la elevación a los altares de la superheroicidad de un español de clase media como Juan López, ya ha pasado a la historia de España; su nombre está ya en la calle como un invitado más de dichos y anécdotas, y todo ello gracias a la pluma del leonés Juan López Fernández «Jan», curiosamente el personaje y su padre artístico tienen el mismo nombre y apellidos.

Nacido este personaje en 1973, lo que tal vez ignore mucha gente es que el personaje sigue vivo, es decir, que Jan sigue sacando cada año unos dos o tres álbumes (de unas 48 páginas) con alguna aventura de SuperLópez. Jan es ya un historietista veterano, nació en 1939, pero por su trayectoria entiendo que continuará al pie del cañón hasta que físicamente se encuentre lúcido y sus manos le permitan desarrollar lo que su mente dicta.

Nacido claramente como contrapunto al Supermán norteamericano, SuperLópez también trabajaba y trabaja en una oficina, donde lógicamente mantiene en secreto su verdadera personalidad. La oficina nunca se definió muy bien, aunque pareciera que se dedican al marketing. En su trabajo es uno más, es decir, un poco arrastrado, sin mucho reconocimiento de los demás, y menos de su jefe, que siempre le está dando la matraca.

Por otro lado, su constante incursión en misiones especiales hace que tenga que mantener ese complejo equilibrio entre llevar bien su burocrático trabajo y cumplir en su defensa del mundo, aparte de cuidar también sus amistades, que sospechan de sus habituales y largas desapariciones.

Aunque reconozco la labor desarrollada por los historietistas, esta vez sintiéndolo mucho no me voy a mostrar tan benévolo con Jan, por algunas razones que voy a explicar. SuperLópez ha sufrido algunos cambios a lo largo de su historia que le han hecho perder su sabor a historieta infantil. El principal detalle es que en sus inicios SuperLópez era un personaje para el público infantil, era un superhéroe que encarnaba los defectos de muchos personajes de historieta, era ante todo un antihéroe. Sus especiales poderes no hacían más que ocasionarle problemas por doquier. Por entonces era un anodino español medio, casado con una mujer de armas tomar, presionado por su jefe y no bien visto del todo por sus ciudadanos, porque cuando solucionaba una papeleta la enredaba a la par por otro lado. Sus historietas, breves, apenas de una página, no solían terminar bien. En estos primeros años, Jan se ayudaba de colaboradores para realizar sus guiones, sencillitos, graciosos, para niños; el más renombrado es Francisco Pérez Navarro (Efepé).

Con el tiempo, pasarían unos diez años, Jan cogió las riendas y generó sus propios guiones para su personaje. Entonces quiso darle una vuelta de tuerca a su superhéroe, sus dibujos mejoraron ostensiblemente, eran mucho más ricos en detalles, y las historietas se presentaban en álbumes, auténticas aventuras que se iban hasta las 64 páginas. SuperLópez se estilizó, dejó a su mujer (o lo que es lo mismo que ya no tuvo mujer sino que directamente era soltero), y ya era un españolito medio, trabajador de oficina, con una medio novieta (Luisa Lanas) a la que da más calabazas que otra cosa. Su ámbito de actuación dejó de ser su barrio o su entorno, y desplegó su acción por el mundo entero, defendiendo a toda la humanidad de villanos, alienígenas, mafiosos y científicos locos.

Esas aventuras tal vez buscaban captar a un mayor público, probablemente sin esquinar al infantil por aquello de que era un tebeo; Jan quiso que su clientela de la década de los 70 acompañara al crecimiento de SuperLópez en su nueva faceta de mesías mundial. Las historietas tenían mucha miga, eran claramente para un público juvenil e incluso adulto, para un niño son excesivamente intensas y los diálogos y escenas no entendibles, aunque es verdad que hay mucha acción, y eso compensa lo intrincado de estas aventuras.

Por otro lado, y es la principal crítica que yo hago al bueno de Jan es que estas aventuras han ido maleándose, en las de 64 páginas al principio y últimamente de 48 hay demasiada paja, muchas viñetas de relleno que no aportan nada, y las historias son tan rebuscadas y liadas que son difíciles de seguir incluso para mí. Con todos estos ingredientes SuperLópez ha pasado a ser una historieta aburrida y algo incomprensible. Desde luego tenía más salsilla el SuperLópez de antaño.

Aparte hay que decir que este mesiánico SuperLópez, sigue teniendo caracteres de antihéroe, pero en realidad sus aventuras terminaban bien ahora, es decir, a la postre vence a toda esa caterva de malos malísimos que atenta contra el mundo entero, aunque bien es cierto que eso no le reporta réditos importantes a Juan López, porque desatiende a su trabajo, desatiende a Luisa Lanas, y no puede ver tranquilamente un partido de fútbol, comer o simplemente descansar, porque SuperLópez es un héroe particular. SuperLópez es un héroe que se cansa, que a veces le dan para el pelo, que no es tan resolutivo como Supermán y eso que se enfrenta a enemigos que son bastante lelos.

La relación con Luisa Lanas es muy inestable, hay atracción de Luisa a Juan, pero no hay reciprocidad. Luisa se empeña en ir al cine, y Juan está constantemente excusándose, aparte de tener que desaparecer para convertirse en superhéroe. Las apariciones repetidas de SuperLópez casi como continuación a la «huida» de Juan López, no son nada bien vistas por Luisa, que no soporta al superhéroe porque entiende que siempre está metiendo la pata, y lo llama repetidamente de forma despectiva como «supermedianía de acero».

Hay que decir también y eso no hace nada bueno a esta historieta que, de vez en cuando, hay lamentables faltas de ortografía en los diálogos, y siendo el tebeo un vehículo de transmisión cultural, se convierte en un error imperdonable, y que debiera haberse cuidado más por su autor y por los editorialistas.

No obstante, hay algo extraordinario en este tebeo que no es ni más ni menos que el trabajo artístico de Jan, en este cómic casi como en ningún otro el dibujo supera ampliamente el contenido. La pluma de Jan es genial, con muchos detalles, con mucho color y tremendamente expresiva. El darse una vuelta por sus historietas aunque lo que cuenta sea un rollo puede merecer la pena. Por cierto, que en los últimos años, colorea por ordenador, algo que como él señala no es comodidad, tarda lo mismo que de forma manual, sino que es una razón de calidad y control de los resultados.

Por cierto que esta deriva del personaje de SuperLópez hacia un público más generalista provocó que el propio Jan, diera una especie de paso atrás, creando a los hijos gemelos de SuperLópez fruto de una relación no deseada por este, pero que permitió que nacieran Jolín y Jolina, que viven con su abuela (la madre de SuperLópez), y que han salido en parte a su padre, es decir, tienen parte de sus poderes, entre ambos se complementan. No tuvo demasiado éxito esta historieta, pues las aventuras son muy forzadas y poco atractivas para el público infantil, y de hecho, Jan se ha prodigado poco a este respecto.

En todo caso, no olvidemos que ante todo SuperLópez es un personaje conocidísimo y, por cierto, se habla de que puede haber un proyecto cinematográfico este próximo 2015, desarrollado por personajes reales (¿José Mota de protagonista), es decir, que no será un producción de animación; estaremos al tanto. Mientras Jan continuará dando vida a este superhéroe español por el que no pasan los años y que, eso sí, se hace eco, como una forma de crítica, de los fenómenos presentes en la sociedad: política, corrupción, fundamentalismo o xenofobia.

viernes, 19 de diciembre de 2014

"EL DÍA DESPUÉS" ERA EL DÍA ESPERADO POR LOS FUTBOLEROS

Yo andaba estudiando en Granada y aquello se vendió como la revolución en televisión, un nuevo canal, una nueva manera de enfocar el producto y, sobre todo, un nuevo concepto: se trataba de Canal Plus. Para empezar el concepto más novedoso y que hasta ese momento jamás habíamos visto los televidentes era que necesitabas un descodificador para acceder a la mayoría de sus contenidos o de lo contrario lo verías todo borroso, o lo que era lo mismo, que lo verías con unas rayas y unas voces espantosas, imposibles de sacar nada en claro.

En Granada, lo recuerdo bien, había unos coches de publicidad con un enorme remolque sobre los que posaba una pantalla gigantesca donde se difundían las exquisiteces de este modernísimo canal de televisión. Aquello verdaderamente llamaba la atención, parecía realmente lo último, nuevas voces, perspectivas inéditas en televisión, las últimas películas, el mejor partido de fútbol de cada fin de semana, los toros y hasta una película pornográfica.

Con lo de los toros (echaban todas las corridas de San Isidro), estos de Canal Plus fueron los primero en acuñar el término «cámara superlenta», aparte de unos primeros planos de los lances que nos adentraban en una nueva dimensión de este arte, arte para algunos y tortura para otros.

Lo de la película pornográfica tenía su aquel, el que más o el que menos ha sentido la curiosidad de observar esos movimientos mecánicos y repetitivos, casi petrolíferos, que se adivinaban entre las rayas de la tele. Aquello tuvo sus fieles seguidores, recuerdo que salieron estadísticas de telespectadores siguiendo esas películas incluso codificadas, cifras nada despreciables. Es más, salieron los que señalaban que entornando los ojos se veía mejor. Total era una curiosidad que realmente a mí no me ofrecía más allá que la sonrisa de ver algo imposible de interpretar.

Eso sí, aquellos usuarios que contrataron el Canal Plus daban envidia a los demás porque tenían el partido del domingo, y aquello sí que era una gozada. Si el fútbol es un espectáculo por sí mismo, las realizaciones de este canal le daban un atractivo añadido. Tenían más cámaras que nadie, vistas del terreno de juego que nunca se habían adoptado por las realizaciones convencionales, cámaras que seguían a jugadores concretos con gran nitidez y otras que enfocaban directamente al graderío, al público.

Corría el año 1990 y uno tenía ilusión de ir a ver el fútbol a casa de alguien que tenía más posibles que tú, a la par que tú probabas inútilmente a teclear el dígito del mando en tu casa (en mi casa y en muchas el 4) por si alguna vez a los de Canal Plus se les había olvidado codificar la señal y tú te aprovechabas. Pero eran exactos como un reloj suizo, los prolegómenos eran en abierto hasta que el árbitro señalaba el pitido inicial, entonces todo terminaba, o sea, a escucharlo en la radio.

No sé si surgió un leve hálito de condescendencia por parte de Canal Plus, pero aproximadamente un año después del inicio de sus emisiones, el programa «El día después» paso de ser codificado a ser abierto. Fue un impacto ya que un programa que analizaba la jornada concluida de la liga española de fútbol los lunes por la tarde – noche y que estaba en el extremo opuesto a «Estudio Estadio» ya era mucho adelanto. Así que comenzó a correr como la espuma este nuevo programa y yo me enganché de inmediato y estuve durante algunas temporadas siendo un fiel seguidor.

El alma del programa no era, curiosamente, su presentador, sino el colaborador o segundo presentador, se trataba de Michael Robinson, un buen jugador inglés no una estrella, que había militado en el Osasuna. La característica fundamental de Michael es que realizaba comentarios muy acertados y pedagógicos, con alguna broma del perfil humor británico, decorado todo con una pronunciación del español lindera con lo espantoso. Robinson es el típico extranjero que conoce el idioma perfectamente pero no tiene preocupación por mejorar su pronunciación, de hecho, ahora hablar igual que hace veinte años; aparte de fondón, es decir, poco preocupado por hacer deporte.

El mejor contrapunto a Robinson lo protagonizaba el presentador Nacho Lewin, un periodista curtido en la radio que manejaba el programa con muchísima profesionalidad, e intercambiaba momentos serios con otros en los que sacaba punta a algunos de los colaboradores.

La novedad del programa es que era un programa de fútbol que no echaba los reportajes de los partidos de la jornada del fin de semana, es decir, rompía con el formado caduco de «Estudio Estadio» (que aún se mantiene aunque con variables), e introducía secciones muy interesantes. Probablemente la que más llamara la atención a los televidentes era «Lo que el ojo no ve»; y es que gracias al impresionante despliegue de cámaras, y algunas de largo alcance, que Canal Plus hacía en un montón de campos de juego era capaz de no perderse detalle de lo más curioso que se veía en la grada, naciendo personajes entrañables que seguro que sin la existencia de este programa no hubiéramos descubierto nunca, como por ejemplo la abuela del Betis. Pero además, estas cámaras curiosonas se metían por todos lados y eran capaces de captar lo que el árbitro hablaba con los linieres; es célebre aquel «No me jodas Rafa, ¿qué has pitado?» o algo similar; y también recuerdo un monumental rapapolvo que Benito Floro le echó en el vestuario a su equipo cuando era entrenador del Real Madrid y perdían al descanso en un campo de un conjunto modesto.

Esa sección no sólo estaba dedicada al reconocimiento de los grandes, no. El programa tenía la gran virtud de acudir a otros focos de la noticia, aunque esa noticia estuviera en un partido de regional, o de 2ª B, eso era muy bonito.

Por otro lado, también tenía «El día después» un espacio dedicado al análisis de las estrategias, y del mismo modo, vimos por primera vez el uso de ordenadores adaptados a los posicionamientos en los terrenos de juego. Veíamos esas pizarras electrónicas que ahora se utilizan en los colegios y los expertos nos hacían observar esas estrategias, las posiciones de los jugadores, los marcajes, las virtudes de los equipos y también sus huecos. Era, sinceramente, una buena manera de entender más del fútbol, es más pienso que a día de hoy no ha llegado la revolución informática a este deporte como en otros, donde la existencia de programas informáticos que analizan jugadas, espacios y movimientos están muy presentes; en el fútbol sigue siendo todo más analógico.

Por supuesto, también había espacio para la moviola, en la sección «Lo que el árbitro no ve», donde el inefable Ramos Marcos ejercía de abogado del diablo de sus antiguos compañeros, y sacaba a relucir sus errores o sus aciertos.

Y aparte de todas estas secciones, había algún espacio para entrevistas, algún reportaje especial, a veces noticias en directo, cualquier detalle que hacía sin lugar a dudas a este programa muy dinámico y entretenido.

Se tiró muchos años el programa con este formato, hasta 2005, pero las circunstancias de la vida me hicieron abandonar el placer de verlo, pero en esos primeros años, a partir de 1991, era un asiduo seguidor. Al parecer desde 2009 goza de una segunda etapa en Canal Plus, pero es que ese canal ya no es generalista y hay que pagar para verlo, así que adiós, hasta siempre y feliz recuerdo del genuino programa de los años 90, qué buenos ratos.