sábado, 24 de septiembre de 2016

CAVILACIONES EN TORNO A UNA ESPAÑA IMPERFECTA

«No somos nosotros. Es este país el que no tiene remedio», se trata de una de las frases con la que uno de los personajes de la inquietante y sorprendente película de Álex de la Iglesia «Balada triste de trompeta», escruta la locura intrínseca de sus protagonistas.

Y es que será porque a este país le tenemos ese cariño especial que se le tiene al menos avispado de la familia, a ese cuñado que sabe de todo o a esa oveja descarriada que siempre vuelve al redil para libar de la teta materna, pero este país que es muy imperfecto es a la par y paradójicamente un fantástico país para vivir.

Es imperfecto porque por más que nos empeñemos en hacerlo moderno, todos contribuimos y nos empeñamos en ser un poco medievales. Decía un profesor mío que tuve en secundaria que España era un país por hacer, que cuando alguien quería meter un cable para un suministro habría la correspondiente zanja, y al año siguiente si otro tenía que suministrar algo parecido habría otra zanja al lado, no valía la anterior. Así está nuestro país lleno de zanjas cubiertas de forma burda, de pegotes de alquitrán que tapan los baches de las carreteras y de edificios públicos que se construyeron a bombo y platillo y que hoy son pasto del pasto.

Y recuerdo que en la antigua EGB, yo aprendí (en la década de los 70) que había tres tipos de países, los desarrollados, los subdesarrollados y los que estaban en vías desarrollo, citándose en este último grupo a España. Y ahí seguimos lamentablemente, hemos avanzado mucho pero la distancia que nos llevan países cercanos al nuestro en un conglomerado de magnitudes sigue siendo enorme: educación, cultura, bienestar social, igualdad, solidaridad..., siempre me hacen sentir que tendremos que continuar durante varias décadas abriendo zanjas nuevas para tender un cableado de valores que en nuestro país no existe.

No tenemos remedio, puedes pulsar en cada una de las manifestaciones de este país y casi nada va como la seda, todo el mundo está descontento, el de arriba, el de abajo, el del medio. Hay mucha tela que cortar y basta con que te acodes en la barra de un bar para que escuches de otros lo que tú mismo piensas: los políticos, el paro, la corrupción, los jóvenes, la inseguridad..., gracias a Dios hace unos años que el terrorismo dejó se ser el principal problema para los españoles, ahora tenemos a otros terroristas, no matan pero hacen también mucho daño.

Decía en 2014 Carlos Lesmes, Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General de Poder Judicial algo así como que la ley en España estaba pensada para el robagallinas pero no para el gran defraudador; desde luego una afirmación tan turbadora como veraz. Al final es eso, cada expresión patria no demuestra más que la imperfección propia de un país que está por hacer y al que le falta mucho rodaje, mucho cableado.

El aserto de Lesmes, dicho sea de paso, formaría parte de una de esas típicas conversaciones de bar a las que yo aludía antes. En España te pueden meter en la cárcel por robar una tarjeta de crédito y comprar pañales para tu bebé; la justicia se empeña en ser lenta o rápida, pero tan certera como injusta. No son los jueces, son las leyes, es el sistema. La administración de justicia se debate entre el intento, fallido a todas luces, de modernizarse y la montaña de expedientes que se acumulan en sus oficinas por la escasez de personal y logística en todos sus niveles.

Mientras tanto, mientras el sistema se deviene imperfecto, otros celebran que esto sea así. Y otra vez hay que atender a esa percepción de barra de bar, esa que nos dice que la justicia no es igual para todos. No se puede entender que Jordi Pujol, que ha defraudado a manos llenas, y no conculco su presunción de inocencia, pues él mismo ha reconocido el fraude continuado durante muchos años, pues que siga paseándose por la calle tan honorable él.

Pero es que muy pocos de los de arriba van a la cárcel, muy poquitos, tal vez cuatro tontos, tan tontos que ni siquiera se lo han sabido buscar dadas las imperfecciones del sistema, cuatro cabezas de turco que Dios sabrá las prebendas que tal vez obtendrán al salir de la prisión y todo con tal de no tirar de la manta. Sí, la cárcel es para pelagatos como la justicia para robagallinas. Que en el día de hoy, septiembre de 2016, Rodrigo Rato no esté en la cárcel es un insulto a los ciudadanos españoles, y como esa escoria otros tantos como él.

Esa sensación de los ciudadanos que protestan en esa improvisada tertulia de bar también es la de la inmensa mayoría de la población española, que es una amplísima clase media, entre la que me encuentro, que raja de los de arriba y de los de abajo. Los de arriba tienen dinero para buenos abogados, evadir la justicia, el dinero y los impuestos, y si van a la cárcel es para expurgar sus culpas (que no para expurgar su patrimonio) por un período muy limitado de tiempo, ¡escasísimo a todas luces!; un período que a muchos les supone un retiro espiritual, una especie de vacaciones pagadas en el hotel la trena, y que cuando salen viven la vida mejor que tú y que yo, porque ya han previsto que su patrimonio ilegal haya quedado expedito de toda compulsión pública.

También hay reproches para los de abajo, más o menos justificados, esos que reciben víveres del banco de alimentos pero desayunan todos los días donde tú, esos que tienen hijos como un modo de beneficiarse económicamente del sistema y que luego se olvidan de llevarlos a la escuela, esos que parecen haberse adaptado a vivir de un subvencionismo, que ya no se sabe, como si fuera el dilema de la gallina y el huevo, si se ha hecho para ellos, o ellos se han mimetizado con él para perpetuarlo, de tal manera que prefieren vivir con menos dinero, pero también con menos problemas, que trabajar, tener más, pero multiplicar los gastos y, por ende, los problemas.

Y eso, mientras tanto, la clase media, o sea, los empleados públicos, los autónomos y la pequeña y mediana empresa, los obreros de las industrias..., estamos sosteniendo a unos y otros, somos la reserva económica y espiritual de España.

Mal ejemplo dan nuestros políticos que cuando se han hecho profesionales de este mundillo, cada vez más nauseabundo, no quieren dejarlo bajo ningún concepto, cuando hay indicios de que algo de su gestión huele mal. Como decía un amigo mío, cuando has estado comiendo jamón de pata negra cada día, cuesta mucho volver a comer mortadela con aceitunas. Dicho de otro modo, los políticos de las altas esferas de nuestro país han dejado la clase media y ya son clase alta, y en un reduccionismo muy básico por mi parte, también se ríen del resto.

Nuestro país es imperfecto, yo no soy de los que suele ser un pesimista, ni de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en muchos aspectos España va para atrás como los cangrejos. Puede que hayamos estado en una crisis económica larga pero puntual, pero la crisis de valores es permanente. Nuestra juventud por una serie de circunstancias que sería extenso analizar, tiene muchas menos inquietudes que la de mi generación, lo he dicho alguna vez y lo repito, la situación es tan preocupante que por primera vez en la historia de nuestro país, los hijos tienen menos educación y valores que los padres.

Lo peor de todo es que la inmundicia que asalta los noticiarios de nuestro país es tristemente la punta del iceberg, una punta minúscula de lo que seguramente existe y jamás sabremos. Me pregunto cuántos de esos políticos o deportistas o famosos esconden un engaño, un fraude, una corrupción, hoy lo desconocemos mañana quizá también; y ellos se acostarán cada noche riéndose de todos nosotros.

El día que en España puedas ir en bici por la montaña y te encuentres con un armario sin llave con repuestos para la bici (parches, pegamento, bomba) y nadie se lo lleva como ocurre en el norte de Europa, o vayas a un parque público y haya mesas con tableros de ajedrez con sus fichas y que nadie roba (es habitual en Estados Unidos), entonces seremos un país desarrollado; a día de hoy no, ni visos.

domingo, 18 de septiembre de 2016

LA LUCHA GRECORROMANA, DE ALEXANDER KARELIN A MIJAIN LÓPEZ NÚÑEZ

Pues ya se cerró el telón de los Juegos Olímpicos de Río y siempre es para mí una oportunidad de repasar esos deportes que no ves habitualmente por no decir nunca. Y no solo me centro en esos deportes que jamás ves pero donde hay presencia española, por lo que con ello se garantiza un cierto seguimiento de los medios de comunicación; sino que trato de ver esos deportes con escasa o nula tradición en España, y de los que apenas sacan breves reportes en la televisión.

Este es el caso de las luchas olímpicas, donde el mirlo blanco de Maider Unda resulta ser lo más llamativo de este deporte en el que tenemos dos modalidades, la lucha libre y la lucha grecorromana, con diferencias sustanciales en cuanto a su práctica y que, sobre todo se pueden apreciar, viendo varios combates.

A modo de paréntesis hay que decir que dos de los grandes puntos de debate tras el fin de los Juegos Olímpicos, es que hay demasiados deportes y algunos de ellos de valoración muy subjetiva y/o estética, y otros de simple puntería (por la misma regla de tres los bolos o los dardos también podrían ser olímpicos), por no hablar de aquellos que se practican en el primer mundo, vedados pues a los países más pobres (llámese hípica, vela o gimnasia). El otro nudo de debate es tal vez más interesante, habiendo logrado Michael Phelps más de una veintena de oros en su carrera olímpica, ya se le califica como el mejor deportista de la historia; conclusión interesadamente injusta, toda vez que compite en un deporte donde se da margen a la versatilidad del nadador, de tal guisa que en la natación como en el atletismo, la gimnasia, el tenis, el ciclismo o el piragüismo, un deportista se puede ir a casa con varios metales tras unos Juegos, algo que es materialmente imposible en los deportes de equipo o en otros como la lucha precisamente, el boxeo, el taekwondo, el judo, la vela o la halterofilia. ¿Es mejor deportista Pau Gasol o Michael Jordan, que solo pueden ganar una medalla en cada una de sus participaciones olímpicas o Michael Phelps, que sí que es muy bueno, Dios me libre de afirmar otra cosa?

Pues eso, que nada mejor que averiguar las diferencias entre la lucha libre y la lucha grecorromana que disfrutar viendo los combates que los mejores del mundo han protagonizado en estos Juegos. Resumiendo muy mucho sus reglas fundamentales, en la lucha libre se trabaja con todo el cuerpo y las piernas, en la grecorromana se trabaja a partir de la cintura y las piernas tienen una intervención pasiva.

Como en cada deporte existen sus mitos y sus leyendas, los Juegos Olímpicos son precisamente el caldo de cultivo idóneo para ensalzar esas grandes historias; y curiosamente la mínima atención que la lucha grecorromana tiene en los medios de comunicación en España, se hacía eco de las hazañas de aquellos más grandes, de esos gigantes que son capaces de elevar a su adversario por los aires como si de un bebé de meses se tratara. Sí, tal vez es como un atractivo que tienen estos deportistas de inmenso tamaño que, a los desconocedores de la disciplina, les puede resultar increíble los movimientos que pueden hacer, como les puede resultar tan extraño que unos luchadores gordacos como los del sumo (deporte que para los que me conocen o siguen saben que soy un grandísimo aficionado) puedan hacer toda una colección de llaves, muchas de las cuales también se hacen en judo.

Pero antes de entrar en el fondo habría que hacer otra salvedad, y es que en contra de lo que se piensa la lucha grecorromana que, teóricamente se configuraría como una modalidad que recuperaría el carácter de la lucha practicada en la Antigüedad, es decir, hace varios siglos, no queda del todo claro que fuera la verdaderamente practicada en las Grecia y Roma clásicas, toda vez que en esa época ya se realizaban presas por debajo de la cintura. En cualquier caso, todo parece indicar que en algún momento de la historia esta fue una clase de lucha que a finales del siglo XIX se trató de rescatar para otorgar un elemento de pureza a este deporte.

En esa categoría de mayor peso de la lucha grecorromana, la de 130 kg., volvía a sonar en Río de Janeiro uno de los grandes nombres de esta modalidad, el cubano Mijain López Núñez que volvía a conseguir por tercera vez consecutiva la medalla de oro; igualando en el número de oros a otro mito de este deporte y justo en la misma modalidad y peso el ruso Alexander Karelin.

Prácticamente se puede decir que Karelin ha hecho más que nadie tanto en la lucha libre como en la grecorromana en la historia reciente, y es que con sus logros le otorgó cierta visibilidad a estas modalidades tan poco desarrolladas en España y que tienen mayor predicamento en países del este de Europa y también en Estados Unidos, donde a tenor del cine juvenil se percibe que es un deporte que se practica mucho en las escuelas secundarias. Karelin consiguió que los medios de comunicación se hicieran eco de sus gestas.

Karelin fue un luchador casi imbatible, durante su carrera deportiva fue capaz de enlazar dos increíbles rachas ganadoras, una de cinco años (de 1982 a 1987) y otra de trece años (de 1987 a 2000), acumulando casi novecientos combates en los que salió victorioso, salvo esos dos que cortaron las rachas. La derrota más dolorosa fue la acaecida en los Juegos Olímpicos de Sidney 2000 y que forzó su retirada cuando apenas tenía 33 años y a buen seguro que le quedarían todavía varios años para estar en el máximo nivel. Es lógico barruntar que tras una trayectoria tan impecable pensó que el momento de dejarlo sería cuando la racha se rompiera, o era el mejor de los mejores sin discusión o a casa.

En aquel combate que he repasado en no pocas ocasiones, Karelin, del que se pueden ver infinidad de vídeos en Internet mostrando su increíble superioridad sobre sus rivales, rayana muchas veces en la humillación, se encontró con el estadounidense Rulon Gardner un granjero que se entrenaba volteando vacas en su Wyoming natal y que en la gran final supo aguantar el empuje del gigante ruso. De hecho, Karelin no consiguió ninguna llave ni técnica ganadora y tan solo una penalización del ruso en el intento de una presa de cuello (eso es lo que interpreto yo viendo el vídeo), hizo que el norteamericano se impusiera por un rácano pero suficiente uno a cero.

Karelin era un soberbio luchador, con un físico impecable, pese a su peso, su estatura y su potente musculatura prácticamente no dejaban entrever ni un gramo de grasa. Además se trataba de un caballero, educado, culto (escuchaba música clásica, leía poesía y hablaba seis idiomas), con interés por la política, hoy sigue dedicándose a ello; que se esforzaba por ser el mejor a base de unos entrenamientos al más puro estilo de Rocky, con troncos, con nieve, en unas condiciones extremas.

Y precisamente tuvo que venir este Rulon Gardner a cargarse al mito, Estados Unidos contra Rusia, todo muy peliculero, porque aunque en el 2000 todo estaba muy tranquilito, los rusos siempre quieren ganar a los americanos y viceversa, tonterías las precisas. Un Rulon Gardner, por cierto, que hasta esa fecha no había tenido actuaciones destacadas, pero que en Australia llegaría a su punto de inflexión. El impacto de su victoria fue de tal magnitud que Gardner tendría el honor de ser el abanderado estadounidense en la clausura de los Juegos.

Posteriormente el norteamericano ganaría el Mundial de 2001, y después tendría un accidente con una moto en el hielo, y le amputarían un dedo del pie, aunque llegaría a Atenas 2004 donde conseguiría el bronce; y más tarde, ya casi alejado de las canchas volvería a jugar con la muerte tras un accidente en avioneta, la cual cayó a la gélida agua de un lago y junto a un compañero nadarían hasta la extenuación durmiendo al raso hasta la mañana siguiente en la que fueron rescatados. Rulon Gardner ha tenido y tiene muchos problemas de peso, de hecho, estuvo por encima de los 200 kg. y las últimas informaciones sobre él, es que intentó prepararse para las pruebas de clasificación de los recientes Juegos Olímpicos de Río, aunque obviamente sin éxito.

El nexo de unión entre Karelin y el actual dominador de la categoría, el susodicho López Núñez, lo protagonizó otro ruso, Jasan Baroyev, que vencería en Atenas 2004, vengando a Karelin, y tuteando casi por última vez al gigante cubano que sería quinto en esta competencia.

En 2008 le llegaría la madurez a Mijain López Núñez, en Pekín se impondría a Baroyev para conseguir su primer oro olímpico; en Londres 2012 reeditaría el triunfo, en este caso dejando con la plata al estonio Heiki Nabi; y recientemente se ha hecho con su tercera presea dorada consecutiva imponiéndose al turco Riza Kayaalp, combate que pude ver en directo y en el que el cubano aprovechó un pequeño despiste muy al principio del choque (a los doce segundos) para hacerle una llave a su rival, con esa diferencia sustancial mantuvo después una estrategia defensiva y no permitió al otomano darle la vuelta al marcador.

Estamos, pues, ante una racha abierta del luchador cubano Mijain López Núñez que precisamente fue el abanderado de su país en estos pasados Juegos en la ceremonia de apertura, y del que no se ha filtrado que vaya a dejar el deporte. Desde luego, por edad ya está en declive, y llegaría con 38 años a Tokio. Sin duda que el reto es de los que merecen la pena, como es el de alzarse con cuatro medallas de oro consecutivas superando al hegemónico Karelin. ¿Podrá Mijain? Lo cierto es que si Karelin fue intratable con esas dos derrotas significadas en casi dos décadas, Mijain pese a su fiabilidad en los Juegos no ha sido tan predominante en otras competiciones, particularmente en el Campeonato Mundial, de hecho, en 2011 y 2015 ya fue derrotado por el turco Kayaalp. De hecho, a día de hoy el que se prevé como gran dominador de esta disciplina en el futuro es este turco (bronce en Londres, plata en Río y ¿oro en Tokio?), toda vez que es siete años más joven que el cubano y acudirá a la cita nipona en su plenitud física.

Lo cierto es que tanto Karelin como López Núñez son dos grandes figuras del deporte mundial, minimizadas por el escaso impacto que la lucha tiene en muchos países, entre ellos el nuestro. Se reparten un montón de medallas en la lucha y a poco que se invirtiera en España en entrenadores foráneos y en becas a jóvenes luchadores, el impacto a medio plazo en el medallero sería más que apreciable, es una especie de nicho deportivo, permítaseme la expresión.

Dos grandes luchadores que han tenido una característica común, son altos y fuertes, sin grasa, muy estilizados, justo un perfil antropométrico que no suelen dar la mayoría de sus competidores, más bajitos y con más grasa corporal, ¿está ahí la clave de sus triunfos? Pues nada, nos citamos para Tokio donde viviremos el desenlace de esta notable historia deportiva.

domingo, 11 de septiembre de 2016

"SI YO FUERA PRESIDENTE", FERNANDO GARCÍA TOLA SIGUE ESTANDO PRESENTE HOY

Tal vez en 1984 a un jovencito como yo, le parecía que la democracia en España estaba suficientemente consolidada. Apenas habían pasado unos ocho años desde el fin de la dictadura y se percibía que nos habíamos acostumbrado a esta nueva situación política; se tenía la sensación, o esa es la impresión que me daba a mí, de que una sociedad que venía de tantos años de ostracismo, había madurado con la rapidez con la que Usain Bolt atraviesa la recta de un estadio de atletismo.

A la vista está que era solo una impresión muy aventurada, el pueblo, la sociedad española ha avanzado, y nos creemos la democracia, no obstante, nuestros políticos parecen jugar a las máquinas tragaperras con sus votantes, nos afean nuestras decisiones en las urnas y se empeñan con sus corrupciones en hacer que el pueblo crea menos en ellos; porque, y este es el contrasentido más grande de este país, en este sistema democrático los partidos políticos son profundamente antidemocráticos; así nos va.

Pues en esa democracia incipiente surgió este programita de Fernando García Tola que pretendía algo tan noble como pulsar a los que nos regían, como un modo de ir perfilando esa democracia que todavía era imperfecta. Y Fernando colocó en un plató de televisión un decorado muy básico, con una tela o unos paneles que simulaban la plaza de un pueblo; y allí la gente del pueblo hablaba, hablaba de todo y de cualquier cosa y también del gobierno.

Era un programa que se emitía en la Segunda cadena, pero a pesar de estar teóricamente recluido a ser un espacio minoritario, lo cierto es que la gente se aficionó a verlo. Los programas eran muy comentados y aun con la distancia en el tiempo me atrevería a decir que Tola proporcionaba algunas de las claves de los programas de éxito de hoy en día.

Para empezar era un programa entretenido, el nudo gordiano de la producción televisiva, pero es más, salía gente normal, cada ciudadano se veía reflejado en ese otro que aparecía por la pequeña pantalla y muy probablemente pensaba y decía lo que tú mismo dirías si estuvieras allí.

También era espacio para tertulianos, el anticipo de lo que hoy es el sancta sanctorum de cualquier magacín televisivo que se precie. Curiosamente hubo una polémica muy singular, pues un grupo de esos opinantes criticaron en el programa a la Iglesia Católica, y la Conferencia Episcopal puso el grito en el cielo, no estaban acostumbradas las altas instancias eclesiásticas, después de tantas décadas de amor y concordia franquista a que el pueblo le pudiera decir las cosas bien dichas (que la Iglesia Católica es una institución ordenada por hombres imperfectos, y como tal con designios imperfectos). Probablemente al programa hasta le vendría bien que se generará esa polémica porque así perduraría. No olvidemos que la muerte de Franco estaba todavía muy reciente y hasta los colegios de monjas (verdad verdadera) todavía a mediados de los 80 visitaban el Valle de los Caídos como lugar de peregrinación.

Luego, por encima de todo, estaba Tola, un antecedente preclaro, del que fue el Loco de la colina y posteriormente Jesús Quintero, un tipo de aspecto afable, muy de la calle, que con su facha y trato cercano hacía que la gente perdiera los nervios, se desnudara delante de las cámaras, de tal guisa que exprimía toda la esencia de sus entrevistados.

Había otro aspecto singular del programa, y es que entre entrevista y entrevista, entre cogotazo al gobierno o al ayuntamiento de turno, pues había actuaciones musicales; pero no había artistas invitados; Fernando García Tola contaba con un selecto grupo de cantantes. Como programa del pueblo y para el pueblo, qué mejor representación musical en España que la de los cantautores. Ahí fue donde conocimos, entre otros, al inefable Javier Krahe, también estuvo un jovencito Sabina al que el éxito ya le comenzaba a aporrear su puerta, pero también estaban Patxinger Z, Bartual y, sobre todo, un tal Alberto Pérez, experto en versionar canciones populares, de las de toda la vida, pero muy a su manera, con un deje cansino y casi bobo; recuerdo que a mi madre no le gustaba nada, a mí tampoco, porque provocaba aburrimiento, aunque imagino que esa puesta en escena formaba parte del efecto de llamar la atención.

En cierta forma Tola fue el anticipo de los programas espectáculo de medianoche que con las televisiones privadas se fueron haciendo hueco en nuestra caja tonta, muy al estilo de los programas de similar perfil en Estados Unidos, así «Esta noche cruzamos el Mississippi», «Crónicas marcianas», y después vino Buenafuente hasta nuestros días, aunque desde luego la propuesta de este periodista era mucho más profesional que la de todos estos programas, al menos los presentados por Pepe Navarro y Javier Sardá, que buscaban mucho el morbo y el espectáculo fácil, tirando de lo chabacano.

Tola tuvo diversas incursiones en la televisión, aunque esta fue la más personal, una especie de programa de autor, permítaseme la licencia; de tal grado que hoy su programa ha quedado en el recuerdo casi como una deseada reliquia, un producto de culto del que se puede disfrutar hoy con la genial herramienta que es Internet. Pero lo que es más importante y que desde luego ha sido un resorte para traer aquí este recuerdo es que tenía una dimensión de servicio público y a la vez de crítica constructiva. Como la televisión pública no tenía más que dos canales, todos veíamos lo mismo, y no se dispersaban los recursos. Hoy sería imposible llevar un programa de este carácter y que impactara en nuestros políticos, que siguen a lo suyo, primero yo y a mucha distancia el país y sus habitantes.

Lamentablemente Tola nos dejó de forma prematura en el año 2003 por la terrible lacra del cáncer; para los restos se quedó como un periodista singular y cabal, un tipo noble que trató de poner su granito de arena en la consolidación de nuestra denostada democracia.

sábado, 3 de septiembre de 2016

"LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO", DE TONY RICHARDSON

Si tuviera que inclinarme por la primera razón que me movió a ver esta película, a buen seguro que habría de señalar que por su sugerente título. A todos los que corremos de forma habitual, aunque yo desde un plano muy aficionado y mediocre, nos seduce la idea de ver algún documento audiovisual, con cobertura literaria, que represente lo que hacemos en nuestro tiempo libre, perdidos por ahí en esos caminos infinitos.

Y por qué no, para los que corremos, probablemente no haya una sensación más legítima de soledad que la que se siente cuando uno está corriendo. Pero ojo, no la soledad vista desde un plano negativo necesariamente, sino que, para mí, suele ser una liberación, un momento de libertad, de inciso vital, donde uno experimenta la convicción de que el mundo se ha parado por un rato, esperando a que tú llegues a destino.

Basada en la novela homónima de Alan Sillitoe, su director Tony Richardson bebe claramente de las fuentes de la corriente cinematográfica francesa de la Nouvelle Vague, esa que encumbró al cine social, aquel que subrayó el duro papel que tuvo que soportar la clase media europea en los años posteriores al desenlace de la 2ª Guerra Mundial.

En ese ambiente de posguerra el protagonista, Colin Smith, es un joven sin futuro, un raterillo de tres al cuarto que pretende tener un futuro diferente, ni mejor ni peor, pero sí distinto que el que ha tenido su padre, un obrero de una factoría, que como él dice, trabajaba sin descanso y sudaba sangre para ganar un puñado de libras. De hecho, en uno de los episodios más impactantes del largometraje, el padre se deja morir negándose a tomar los medicamentos prescritos, como un modo de librarse de un mundo que le oprime por todos lados.

Colin Smith (Tom Courtenay) se nos presenta como un joven de Nottigham (clásica urbe industrial británica) que llega a un reformatorio, el cual aspira a ser la típica institución donde se enseña disciplina, valores y habilidades profesionales para intentar encauzar la vida de un puñado de jóvenes desorientados. Como es de imaginar, dicha institución no es más que un reflejo de la hipocresía de una sociedad que más que desear el bien de esos muchachos pretende tenerlos apartados, reconfortar conciencias y solapar a través de ellos su egoísmo.

Al poco de estar en el reformatorio, su Gobernador apreciará que Colin tiene una especial capacidad para las carreras de fondo, y rápidamente surge entre ellos una relación de interesada cordialidad. El Gobernador anhela que su nueva estrella se prepare a conciencia para el reto que supone cada año una competición de campo a través contra los integrantes de un internado de niños bien.

Mientras el joven Smith goza de una serie de parabienes que le procura su nuevo estatus de apuesta segura para el referido evento atlético, revive en continuos flashback cuál ha sido su vida reciente y los derroteros que le llevaron a dar con sus huesos en ese reformatorio: la muerte de su padre, las relaciones con su madre, sus escapadas a la playa de Skegness para encontrar su amor y, finalmente, el robo en una panadería que fue el punto de inflexión.

En cada una de esas miradas atrás Colin va analizando su vida, una especie de quién soy y adónde voy, una reafirmación de que su vida no tiene demasiado futuro, pero aunque él no sepa ese futuro, quiere ser dueño del mismo, aun en contra de lo que exige su familia, la sociedad o los rectores del reformatorio.

La película es bastante entretenida, el actor Tom Courtenay nos presenta a un remedo de James Dean, aunque en este caso Smith es un rebelde con causa, la causa de una sociedad que aliena, cohíbe y estruja, como hicieron con su padre, que a través de sus vivencias, nos muestra con una singular interpretación, el reflejo de toda una clase media que se sustenta en un bienestar muy endeble pero suficiente para no pensar demasiado.

Esa fantástica interpretación nos hace ver a un Smith muy expresivo, entre socarrón y gamberro, entre dulce y fanfarrón, entre tierno y peligroso. Y es que la película es como Smith, es transgresora, quiere romper con lo impuesto, con la tradición, algo que se refleja en esos flashback que se intercalan a lo largo del metraje, también en las idas y venidas en la narración en la que se suceden partes serias y otras en tono de comedia (nutridas con música cómica), y por supuesto, en una cámara inquieta que corre con los personajes y que se mueve de una manera un tanto despistada.

En esta cinta de 1962 que se expande con el tirón de las películas francesas de la misma temática, el director Tony Richardson quería impactar con todos estos recursos y lo logra, desde el principio hasta el final, tal vez no hay que analizar tanto el argumento, con episodios en los que no le terminas de ver el sentido, sino más bien en los mensajes que trata de trasladarnos. Y digo que no hay que ver demasiado el argumento relacionado con su título, porque a decir verdad no es una película que narre una hazaña deportiva, la carrera de fondo es una argucia del escritor Sillitoe, tomada por este director para construir este proyecto.

Finalmente Colin Smith va a ganar, ganará a su manera para el asombro de todos, ganar es perder y perder es ganar, pero para descifrar esto hay que ver la película.

sábado, 27 de agosto de 2016

BORBETOMAGUS, CAOS Y RUIDO EN BUSCA DE LOS LÍMITES DE LA MÚSICA

Borbetomagus, sí Borbetomagus, llevo varios años siguiendo a este sorprendente grupo estadounidense y no, no puedo decir que sea un grupo ante el que me rindo, pero sí que me gusta explorar nuevas músicas y saber que hay muchos sonidos más allá de lo convencional, horizontes que al gran público se le escapan y, sin embargo, se hallan.

Este veterano grupo forjado en Nueva York y que lleva ya casi cuarenta años haciendo música, y siguen en activo, se decantó por hacerse un hueco en el panorama musical a través de las improvisaciones, santo y seña del jazz, pero además haciéndolo en unas magnitudes que poco se habían divisado hasta esa fecha, estamos hablando de finales de los años 70 del siglo pasado.

Borbetomagus se especializó en la música ruidista, por ser lo más gráfico y concreto posible en cuanto a su definición. Luego podemos ir perfilando y hablar de que su música es electrónica experimental, post rock, vanguardia anárquica...

No, no piensen que esto es un cachondeo, cuando estos amigos se pusieron a componer hace ya media vida, se marcaron un mandamiento fundamental: sin reglas. Toman sus saxofones y su guitarra y las hacen sonar arrebatadamente, y se derriten con el instrumento entre sus manos, no se le puede sacar más sonido, más ruido; incomprensible sí, pero destilo cierta belleza en el caos, no es fácil de entender, pero a veces esa distorsión provoca en el escuchante otros efectos que también la música busca. Al fin y al cabo, todos hemos escuchado rock duro con cantantes que se batían el cobre entre alaridos y tampoco nos hemos rasgado las vestiduras, y suelen ser gente además que llena estadios.

Resulta cuanto menos curioso ver al trío de sesentones o setentones formado por Donald Miller (guitarra eléctrica), Jim Sauter (saxo) y Don Dietrich (saxo) que en sus conciertos se presentan como un grupete de veteranos músicos de los que uno podría pensar que, bajo su aspecto bonachón y afable, nos van a cautivar con deliciosas melodías; pero es darse a sí mismos el pistoletazo de salida, y su propuesta es extrema, es intentar buscar hasta dónde pueden llegar con el ruido, una pelea sonora.

Los saxos suenan desgarrados y la guitarra lucha por quitarle protagonismo, y lo consigue cuando mínimamente sus rivales tienen un momento de titubeo. Y es que en sus improvisados conciertos las actuaciones duran no menos de media hora, eso sí, tienen que activarse previamente con unas buenas pintas de cerveza para tomar fuerzas por lo que viene. Y lo que viene no deja indiferente a nadie, los saxos parecen entablar una batalla sin tregua, en la que la guitarra les va cortando miembros.

Buena parte del éxito de sus propuestas, al menos considerando la longevidad de su proyecto, se debe fundamentalmente al papel vertebrador que ejercen los saxofones. El saxofón podemos decir que es el instrumento más moderno entre los clásicos, inventado a mitad del siglo XIX por Adolphe Sax, todas las composiciones anteriores a esa fecha no lo contemplan, por lo que por regla general la mayor parte de las orquestas clásicas no cuentan con este instrumento, por supuesto, hay que buscar obras posteriores donde ya sí cuentan con su juego.

Como he sido estudiante de saxo, y por azares de la vida lo tengo aparcado espero que no definitivamente, he experimentado que se trata de un instrumento con una enorme cantidad de posibilidades acústicas, no es solo su versatilidad con las notas en diversas octavas, uno de los más amplios rangos del espectro musical, sino que se pueden ejercer un gran abanico de efectos sonoros «especiales», entre los que yo destacaría los multifónicos, una conjunción de teclas que permite que los sonidos se disocien en el interior del instrumento, incluso que salgan por diferentes puntos, de tal forma que salen dos o más sonidos distintos a la vez que tienen percepciones muy diferentes, una de ellas podría parecerse al claxon de un camión. Muchos de estos multifónicos, por no decir todos, son explorados por Borbetomagus, que en cada actuación están inventando, explorando, llegando hasta el límite. De hecho, para reforzar estos efectos se valen de todo tipo de mecanismos electrónicos pero también de artilugios de su invención para alterar más si cabe los sonidos.

Su música agresiva, que lo es, es ante todo un grito de libertad y yo me la tomo así, ellos tocan y tú te refugias en ti para experimentar la primera sensación que se te venga en gana, no hay ideas recluidas, hay libertad sonora y también de pensamiento.

Curiosamente a estos pioneros del jazz libre o de la música del ruido, les han salido muchos seguidores, han creado escuela, y no podemos decir que haya una legión de fans, pero tienen su público. Borbetomagus se gana la vida con esto, no nos engañemos, y eso nos da la dimensión de que hay criterio en lo que hacen pese al patente caos. Y sí, han estado en España, en concreto lo hicieron en Barcelona en el año 2013.

Borbetomagus exprime la música que hay en sus instrumentos, no cabe más, acaban extenuados, dispuestos a tomar más gasolina en forma de cerveza y tal vez nos deleiten con otra composición desorbitada. Por supuesto, para muestra un botón.

Por cierto, Borbetomagus, imagino que le pusieron el nombre porque es sonoro y rimbombante como su propuesta musical, es el nombre celta de una antigua ciudad situada en la Germania y hoy denominada Worms en Alemania, en la región de Renania-Palatinado.

Pues eso, no se dejen engañar por este trío de ancianitos encantadores, van a triturar los sentidos del que se ponga por delante, y seguirán tocando para Vd. hasta que sus fuerzas no se lo impidan. Remedando a la Faraona, permítaseme la licencia, no tocan, no es música, pero aunque sea una vez en la vida, no se los pierdan.

sábado, 20 de agosto de 2016

LOS ZAPATEROS REMENDONES, UN OFICIO A TRAVÉS DE TRES MANOLOS

Nunca me he caracterizado por ser un hacha en los trabajos manuales, soy ciertamente bastante torpe y chapucero; de hecho, uno de los grandes anhelos de mi vida ha sido siempre el haber podido un cierto don para pintar y dibujar bien, entre otras habilidades, pero nada de nada. Aunque me empeño en estas tareas los resultados de mis chapuzas resultan ser precisamente eso y sólo cuando consigo tener algún éxito, porque mi escasa pericia no se pone a examen, es cuando me alegro enormemente y lo pregono a los cuatro vientos. El truco (revelado) es que tengo éxito en cosas algo complicadas en la teoría y muy fáciles de desarrollar en la práctica. Uno de los más claros ejemplos es aquella entrada que hice hace unos meses relativa a los aviones de papel, una actividad fácil y, sin embargo, muy efectista.

Pues nada que mi anhelo de haber sido un manitas se ha quedado en eso, aun así yo disfruto haciendo trabajos manuales aunque los resultados a veces sean desastrosos, como también disfruto cuando veo a gente mucho más hábil y mañosa que yo haciendo esas tareas que a mí me gustaría desarrollar con la misma destreza. Relaja ver programas de televisión como Bricomanía, donde el presentador se la arregla para hacer un banco reciclado para el jardín con perfecto automatismo.

Si hubiera tenido que definir en mi persona una profesión de cuello azul en función del número de horas que he visto desarrollar la misma, probablemente y sin temor a equivocarme, hoy día sería un zapatero remendón.

Mi infancia en uno de los barrios de expansión de Linares a los alrededores de la factoría de Metalúrgica Santana, fue la de un niño en un zona obrera de clase media, en la que se daban cita en esos bloques de viviendas hechos como setas, una legión de obreros con sus familias procedentes de todos los puntos de la provincia de Jaén y en menor medida del resto de Andalucía y parte de la La Mancha. Nuestros vecinos de planta eran de Torredelcampo y Manolo el padre de familia dedicaba buena parte de las horas libres que le dejaba su oficio de metalúrgico a arreglar zapatos, se dedicaba a ese noble oficio de zapatero remendón.

Manolo Rodríguez Blanca era un profesional muy fino y lo es hoy día, porque pese a que ya rondará los 80 años, aún me consta que sigue ocupado en ese oficio en su localidad natal. Manolo trabajaba con singular delicadeza las pieles, las gomas, los pegamentos, las agujas, los hilos y las puntas. Un sinfín de herramientas colmaban el reducido espacio de una habitación cuyo tabique daba al cuarto de estar de mi piso y donde Manolo se afanaba en apañar los zapatos que la gente de la calle le traía, alentada por la sutileza y durabilidad de sus trabajos.

Fueron muchas horas las que me pasaba sentado enfrente de Manolo viéndolo trabajar, seguro que si yo me hubiera empeñado en ese momento en que me enseñara el oficio, tal vez mi torpeza supina en los trabajos manuales estaría hoy minimizada. No obstante, en mi mente se quedaron muchas de las operaciones que se han de realizar para arreglar un zapato, aunque eso sí, sólo en la mente. Como también ha quedado en mi memoria una de las herramientas que más me llamaban la atención, se trataba de un potente imán en forma de U que Manolo apenas usaba y con el que yo me entretenía descubriendo el atractivo del magnetismo.

El trabajo más típico era el de poner tapas a zapatos o botas; el calzado de hace treinta o cuarenta años era mayoritariamente de piel natural, pues los plásticos y materiales sintéticos llegarían a esta industria más recientemente, de tal manera que su pervivencia media era sustancialmente mayor que el calzado de hoy, y merecía la pena arreglar esos zapatos porque iban a durar varios años, y porque, tampoco nos engañemos, antes no teníamos tantos pares de zapatos como hoy en nuestros armarios, y había que ser eficientes con los bienes escasos.

Pero el trabajo de Manolo no sólo se ceñía a esa clásica labor de las tapas, también cosía y remendaba, arreglaba carteras, bolsos, cinturones, ponía hebillas y remaches..., incluso me confesaba que era capaz y lo había hecho de joven de fabricar botas desde cero, algo que ya no se estilaba pues en los años 70 y 80 en España la industria del calzado en nuestro país ya era muy pujante, fundamentalmente la procedente de la provincia de Alicante, y no resultaba rentable fabricar artesanalmente el calzado, salvo que fuera un trabajo muy específico, casi un capricho.

Con Manolo pasé muy buenos ratos; su propio oficio, como el de muchos que tienen que estar largas horas sentados con la presencia eventual de clientela, daba un juego que se repite bastante en el perfil de estos profesionales, la radio siempre puesta y una buena y rica conversación de todos los temas, en la que no se imponen las ideas, siempre se escucha al que está enfrente y no se adoptan posturas radicales. Nunca olvidaré que el día del fallido golpe de estado del 23 F, yo estaba sentado frente a él, y asistimos con cierta sorpresa a aquella narración y los disparos que nos llegaban desde el Congreso de los Diputados; no recuerdo que nos pusiéramos muy nerviosos, que sinceramente aquel incidente lo viví con relativa calma, mi familia era trabajadora sin ninguna vinculación política, gente normal que, en principio, nada debiera temer al futuro.

¿Y por qué me he decidido a escribir sobre los zapateros remendones? Porque recientemente he tenido que acercarme a arreglar unos zapatos a otro artesano veterano, este de Bailén, la localidad en la que resido, y este también se llama Manolo, Manolo Comino Montilla para más señas, un zapatero que ronda los 75 años, y como si se repitiera la historia también me invitó a sentarme durante unos minutos frente a él mientras terminaba de apañarme el calzado.

Aquella conversación con el Manolo de Bailén, me permitió hacer un salto atrás en el tiempo para caer en que aun conocía a un tercer Manolo, este de Begíjar, el pueblo de mis padres, Manolo Canuto que es como se le conoce, y que curiosamente cumple con muchas de las características del zapatero remendón veterano. Este también cercano a la ochentena, buenísimo conversador, con la radio siempre puesta, y además con la peculiaridad de que en su localillo se liga (se echa la liga o la ligá, como habitualmente se le llama en Andalucía al aperitivo previo al almuerzo) desde que el mundo es mundo, sobre la una del mediodía, cada día y más o menos a la misma hora, todo un rito, y así será hasta que a Manolo le queden fuerzas.

Casualmente los Manolos de Bailén y Begíjar tienen una pequeña minusvalía en las extremidades inferiores, que tal y como me comentaba recientemente el de Bailén, le hizo declinarse por este oficio, parece que predestinado a personas con no muy buena movilidad y que les impediría desarrollar las labores del campo, oficio casi único hace sesenta o setenta años.

Realmente no sé cómo les va el negocio - afición a los tres, pero el de Begíjar siempre ha tenido muchísima faena, de tal guisa que dejarle unos zapatos y fiarte de que te los iba a arreglar en el plazo señalado era una entelequia, y había que personarse en su taller, y forzarle un poco a que te los arreglara en su presencia; trámite que las veces que tuve oportunidad, lo hice con cierta animación por ver por un lado, esa labor que yo he conocido desde niño y, por otro, por el ambientillo que se genera en su zapatería, probablemente la más animada de las tres que he conocido personalmente. Por cierto que el Manolo de Begijar, que debe ser como el único zapatero remendón de la comarca, y de ahí su exceso de tarea, está especializado en forrar zapatos y su trabajo es muy apreciado en buena parte de la provincia de Jaén.

Con el Manolo de Bailén repasé hace unos días el futuro de este oficio, representado curiosamente para mí en estos tres Manolos que jamás se conocieron entre sí, un oficio que este hombre me confesaba que tendía a desaparecer como tal, ya se sabe, el calzado es cada vez de menor calidad y no merece la pena arreglarlo, o si se rompe me compro otro. Es más, me confiesa que nunca se han metido con él y que realmente es un pasatiempo (para él y para los tres) dada su edad, con la vida resuelta, el estar en su taller le da fuerzas para seguir viviendo, a él y al resto. Eso sí, la decoración de sus talleres se confecciona con un muestrario de zapatos y botas que alguien dejó allí para su arreglo y jamás volvió para recogerlos.

De hecho el oficio hoy se ha ido reciclando y buscando nuevos horizontes de expansión; conforme a la escasa demanda de arreglos los jóvenes zapateros, más mecanizados, intentan tener una oferta más amplia, con la copia de llaves, el afilado de cuchillos, la venta de plantillas y betunes...

En definitiva, aunque el oficio de zapatero remendón no desaparecerá por completo, sí que lo hará por desgracia dentro de no mucho una concepción romántica y artesanal de este oficio, que se irá con cada uno de estos hombres, con estos tres Manolos a título de nostálgico ejemplo, que cada día ven la luz en su vida abriendo el negocio de su zapatería.

sábado, 13 de agosto de 2016

¿CÓMO CONSERVAR MI COLECCIÓN DE SELLOS?

Si este blog que nació como un entretenimiento de fin de semana, y que yo califico como ecléctico o cajón de sastre, tuviera que definirse por la percepción que tienen de él los que lo visitan, hay que decir que no se revelaría tan anárquico, básicamente porque de las diez entradas más visitadas cinco corresponden a la etiqueta de coleccionismo.

Ya lo he referido en más de una ocasión que para mí el coleccionismo, y concretamente el de sellos, es una afición más, y en el blog no representa, bajo mi criterio, mi punto fuerte; a mí lo que más me gusta son los deportes, probablemente mi pasión frustrada, porque me imagino no sólo haber sido más deportista que lo que la vida me ha permitido, sino haberme metido más en la gestión deportiva y, por supuesto, haber podido estudiar periodismo y haberme podido dedicar profesionalmente a ser comentarista deportivo, pero esto es hacer castillos en el aire, y tal vez esto me ocurre cada vez que vivimos unos Juegos Olímpicos.

Comoquiera que la realidad nos pone a cada uno en su sitio, y al final uno es el que es e intenta no creerse más que nadie, pues aquí vivo con mi circunstancia y a falta de ser periodista deportivo frustrado, al menos de vez en cuando alimento esa frustración trazando unas líneas en esta bitácora.

Pues bien, no siendo una frustración sino ocupación constructiva de mi tiempo libre, el coleccionismo es una de esas esferas agradables y relajantes de mi vida, cuando tengo tiempo para él, y de las pocas cosillas que sé, voy también trasladándolas a este blog, despertando un interés más que superior en mis anónimos lectores que el que yo auguraba cuando me puse a elaborar los artículos relacionados con esta temática.

No sólo me han reportado sorpresas insospechadas las referidas entradas, como la entrevista de hace unos meses con Euskadi Radio, sino que rara es la semana que no recibo un correo solicitándome tasación de la colección de sellos que alguien ha heredado de un tío o de un familiar suyo fallecido. De hecho, a raíz de los innumerables comentarios en la entrada correspondiente, que son públicos y donde la gente pone hasta su número del móvil, he tenido que resaltar que para este tipo de consultas pueden dirigirse a mi correo electrónico personal para preservar la privacidad de ese dato telefónico, porque en estos tiempos que corren ya se sabe.

He de decir que en algo están fallando los coleccionistas mayores y que van falleciendo y es que no lo dejan todo atado y bien atado, una colección de sellos, me reitero en lo comentado hasta la saciedad en este blog, salvo casos muy excepcionales, no sólo tiene más valor sentimental que económico, sino que en el caso de que se optara por venderla, sería complicado encontrar un comprador que ofreciera una cantidad justa. Pero es que esa gente aficionada deja este mundo y los herederos se encuentran con el marrón de qué hacer con esa colección que, sin comerlo ni beberlo, ha llegado a sus manos, y que hasta puede ocupar un espacio imprescindible en sus domicilios.

Como no suelen tener salida dichas colecciones y este blog trata de dar respuesta a esos profanos en la materia, a mucha gente le recomiendo que no se desembarace de esas colecciones, que a la vista de la escasa demanda no es malo dejar la colección tal cual está, tal cual la recibió de su difunto, porque en términos muy generales, la misma «no come pan».

Pero claro, entramos en la segunda disyuntiva, ya que he decidido que me quedo con ella, para esperar momentos mejores en los que la filatelia renazca (dudoso en España), o para que en un futuro alguien de mi familia se pueda interesar, y que parto de la base de que no tengo ni idea de filatelia, pues nos planteamos la cuestión de cómo conservar una colección de sellos. Dicho de otro modo, en una comparación probablemente poco acertada, es como si heredara un animal doméstico y jamás he tenido uno, es el momento en que tengo que mirar páginas de Internet, preguntar a gente. La única diferencia es que de perros sabe mucha gente y sobre filatelia la información está bastante dispersa.

Dicho esto y por acotar el ámbito en el que nos movemos, yo no aspiro a ser un gurú del coleccionismo y la filatelia; está claro que el que llega a esta bitácora no busca una opinión experta sino una ayuda. El que busque una opinión cualificada es muy probable que no tenga una colección de andar por casa, con la que se entretiene y disfruta, tendrá una colección de gran valor, con sellos o series únicas, y eso ocurre en el 0,001 % de los casos o más, entonces busca la opinión de gente muy experta, profesionales que se ganan la vida con esto. Para ese más del 99 % restante aquí tiene su respuesta, humilde bien es cierto, y eso sí bastante resumida.

Para empezar hemos de manifestar una obviedad, los sellos son papel en su mayor parte (más tintas y goma), es decir, se trata de un material vegetal, construido en términos concluyentes con la misma base con la que se hacen los libros. Por la fecha de su nacimiento, 1840 en Gran Bretaña y diez años más tarde en España, estamos ante un invento relativamente contemporáneo; si tenemos incunables de hace varios siglos conservados en magníficas condiciones hoy en día, con los sellos habría que operar sustancialmente igual para que prevalezcan durante siglos.

Ahora bien, nuestra efímera existencia juega a nuestro favor, aunque en cierta forma, también en nuestra contra. Y me explico, yo diría que ni aun teniendo una colección en unas condiciones no cercanas a lo óptimo, vas a poder vivir para verla sin que aprecies problema alguno de conservación, esa es la parte buena; la mala es obviamente que la colección, como si de una longeva tortuga se tratase, sobrevivirá a ti y tú no podrás disfrutarla más que el recorrido de tu existencia, trasladando el fruto de tu afición a otros que muy probablemente, tal y como la realidad nos está revelando, si tú no te has encargado de aleccionarlos, como tampoco ocurre, se convertirá en un problema para ellos.

No obstante y visto que un aspirante a ser coleccionista o un coleccionista consumado ya, que tiene un conjunto de sellos más o menos ordenado, que cuida, que quiere y que le entretiene, casi está obligado a mantener la colección en unas mínimas condiciones de conservación.

Podemos entender desde el punto de vista académico que hay unos riesgos intrínsecos y otros extrínsecos. Los intrínsecos son los puros condicionantes ambientales: humedad, temperatura, luz, plagas..., digamos que sobre estos tenemos capacidad para combatirlos con medios a nuestro alcance. Los extrínsecos supondrían aquellos que gravitan sobre las condiciones de seguridad: robo, fuego, inundación, extravío...; estos no están tan a nuestro alcance combatirlos, forman parte del riesgo de la vida, y vamos a imaginar que vivimos en un mundo ideal donde no pasa nada, o no nos va a tocar la lotería desagradable a nosotros.

Por tanto, centrándonos en esos riesgos intrínsecos, hay que subrayar que los enemigos de los sellos y del papel son la luz, la humedad y los cambios drásticos de temperatura; para un supercoleccionista que se ha gastado millones en sellos, no le costará mucho disponer de una habitación con una temperatura constante, casi acorazada y los sellos guardados en álbumes, y si ya se tiene algún dispositivo para eliminar la humedad pues tanto mejor. Para coleccionistas aficionados como yo, bastará con tener los sellos en sus clasificadores y sus cajas (de puros), mejor en estanterías o, en todo caso, en un lugar no cercano al suelo, para evitar la humedad, y en una habitación que no sea de paso.

Lo de la caja de puros es una especie de máxima para los coleccionistas de sellos, en realidad cualquier caja podría valer, incluso la de zapatos, pero como es sabido, las cajas de puros son de madera, son sólidas y suelen tener un cierre para mantenerlas bastante herméticas.

En realidad la conservación de papel en condiciones ideales aconseja disponer de sistemas de ventilación que mantengan la temperatura en torno a los 22 grados centígrados, pero eso es imposible para todos los que me leéis, por eso, todo bien cerradito y archivado para que los cambios de temperatura se minimicen.

Para combatir las plagas, básicamente hay que estar atentos a tu entorno y ver si han atacado antes alguna otra parte de tu casa, fundamentalmente las polillas que atacan la madera, y que potencialmente también querrían pegarse un festín con tus sellos. En todo caso, yo suelo limpiar la habitación donde tengo los sellos de vez en cuando, utilizo una aspiradora para el suelo y después la suelo dejar encendida un rato boca arriba al aire, apoyada en un silla para que aspire el polvo del ambiente. Y al final le pego una buena pasada con un insecticida común y cierro la puerta, y ya tengo mi propia cámara acorazada en condiciones óptimas.

¿Se pueden tocar? Pues sí, mis sellos son vulgares, pero tienen un valor incalculable para mí. Si tuviera algún sello muy valioso, no es el caso, lo tocaría con pinzas, que las tengo, o con guantes. Como esto es muy engorroso, yo siempre me lavo las manos con jabón antes de empezar a manosearlos, con objeto de minimizar la impresión de la grasa de los dedos en los sellos.

En cuanto a la luz, el concepto propio de nuestra existencia antes aludido, va a preservar el papel de un sello durante toda nuestra vida; en principio porque por mucho que disfrutemos de los sellos, nuestra colección difícilmente va a estar expuesta de una manera constante a la luz; es obvio que si un sello lo colocáramos al sol de Andalucía durante un verano entero, el sello ya no sería el mismo, se abarquillaría y a buen seguro que tomaría un color amarillento, es decir, favoreceríamos un envejecimiento acelerado, pero no vamos a hacer esto.

Ya digo que podemos estar tranquilos y disfrutar de nuestra colección las veces que queramos, para ver ese sello que nos interesa recordar, para enseñarle los sellos que tienes de Moldavia a tu vecino, o para hacer tus pinitos y montar una lámina para participar en una exposición. De hecho, grandes coleccionistas y no tan grandes suelen participar en exposiciones filatélicas, bajo mi punto de vista algo decimonónicas y ajadas, sus colecciones viajan de un punto a otro de España o del planeta y no se inquietan ni por la luz, ni la temperatura, ni por nada. Confían en que los comisarios de las exposiciones cuiden sus tesoritos y estos a su vez son muy fiables, tratan las colecciones como si fueran suyas y los lugares de exposición suelen ser lugares con una temperatura media cercana a lo ideal, con luz artificial y con unas aceptables condiciones de seguridad.

Pues nada, disfrutemos de nuestra pasión, con unos mínimos y casi obvios cuidados de conservación y vamos a disfrutar de los sellos hasta el final de nuestros días prácticamente en las mismas condiciones en que llegaron a nosotros.