domingo, 4 de diciembre de 2016

"LA TIENDA DE LA CALLE MAYOR", DE JAN KADAR Y ELMAR KLOS

Confieso que hasta hace bien poco no conocía nada de esta película, pero me impulsó el visionarla el hecho de que tuviera un buen puñado de premios tras su estreno, allá por 1965. Que una cinta checoslovaca ambientada en la 2ª Guerra Mundial rodada apenas veinte años después de su final, en un país en medio de Europa que sufrió con especial virulencia los avatares de aquel conflicto bélico, le da mayor valor si cabe a la trascendencia de la historia que nos cuenta.

En un pueblito rural eslovaco viven apaciblemente sus ciudadanos, entre ellos Anton (Tonko) Brtko (sí un apellido con muchas consonantes y una sola vocal, pues pronúnciese Bertko, pero con la «r» muy larga), un carpintero que lleva una vida muy normalita, acompañado siempre de su fiel perro Essenc y cuya única piedra en el camino es su mujer, caprichosa, rastrera y que lo trata con la punta del pie.

La llegada de los nazis es inminente y para ese día los vecinos de esa localidad partidarios de los alemanes, se han propuesto llevar a cabo en la plaza céntrica del pueblo una especie de torre de Babel construida con madera y que será rematada con el escudo de Eslovaquia (ya se deducía en el metraje los deseos de independencia de la parte oriental de Checoslovaquia), a modo de homenaje a los invasores o salvadores, según se mire, y como un modo de reafirmación del pueblo. Pero Tonko, más conocido por Tono, no colabora, es indiferente a su ejecución.

No obstante, uno de los jefes políticos del pueblo y estimulador de la obra es su cuñado Mark, con el que no parece que haga buenas migas. Una noche se presentan Mark y la esposa de este en su casa con todo tipo de viandas, alentándolo para que se haga afín a la nueva realidad, la de un movimiento político, el nazismo, que aspira a dominar toda Europa, con la recompensa de alcanzar una vida de cierta opulencia. Tono, que se posiciona fuera de la política, presionado por su mujer y por las circunstancias, recibirá en dicha cena un documento en el que se le nombra gerente de una mercería regentada por una señora judía, la señora Lautmann (la actriz Ida Kaminska).

A buen seguro que la «intervención» de negocios judíos en la 2ª Guerra Mundial fue algo común en media Europa, en donde los «blancos» se convertían en «arianizadores» de los judíos. Así que con escaso convencimiento Tono se presentará en la tienda en cuestión, que se sitúa en la calle Mayor del pueblo y justo enfrente de donde se está erigiendo el monumento de madera. Allí está la anciana señora Lautmann, una viuda encantadora con la cabeza un poco ida que realmente no se entera de qué es lo que quiere Tono. Ha de intervenir un vecino, el señor Kuchar, para decirle que a Tono lo ha engañado su cuñado, porque desde hace años la vieja no vende nada y vive de la solidaridad del resto de la comunidad judía.

No obstante, y considerando la ofensiva del movimiento nazi, Tono se verá con los rectores de dicha comunidad judía que le prometerán un sueldo fijo a cambio de que efectivamente haga como que está en el negocio, pero sin hacer daño a la ancianita.

Y Tono será feliz por un momento en su vida, se enamora en el sentido maternofilial de la entrañable anciana. Tono es un hombre íntegro así que la ayudará en todo lo que puede, menos en el negocio, así, le arregla todos los muebles desvencijados que tiene en su casa, y la respetará en absolutamente todo. La señora Lautmann por su parte le ofrecerá ese cariño, esa bondad de la vejez que muchos hemos recibido de nuestros abuelos.

Esa felicidad se traslada a su casa, donde la fiera de su mujer ahora es más dócil, porque Tono abraza el fascismo, como ella quería, le trae regalos y un buen sueldo. Ahora ya no lo trata como antes, y de algún modo, lo eleva a un pedestal.

Hasta ahí la película se desenvuelve en un ambiente desenfadado, casi de comedia, las expresiones de Tono y su forma de ser (protagonizado por el actor Jozef Kroner), y la música que lo acompaña, dan la sensación de que estamos ante una película costumbrista, simpática, hasta cómica. Pero la película va girando, sus directores Jan Kadar y Elmar Klos la van a tornar inevitablemente seria, nos devolverán a la realidad.

La llegada de los nazis es inminente, y con su llegada el cerco sobre los judíos y los que los ayudan cada vez se hará más estrecho. De hecho, al señor Kuchar lo detiene la policía política, lo apalean y lo condenan a muerte por ser un blanco que ayuda a los judíos.

Jamás ha tenido Tono problemas con los judíos, se puede considerar que tiene muchos amigos entre ellos, de hecho, el barbero Katz ya le alerta de lo que se les viene encima, y sentencia una frase palmaria: «Cuando las leyes están en contra de gente inocente. ¡Es el fin! El fin de los que las aprobaron».

La tensión crecerá, Tono tendrá un altercado con su mujer, la cual volverá a las andadas, a ser una bestia ruin y despreciable que le exige a su marido que se aproveche de la viejita y que rebusque por la casa y la tienda para encontrar su tesoro, las joyas y el oro que se decía que todo judío acopiaba en su domicilio. Tono en un trance de locura abofeteará a su mujer, haciendo más visible la división de caracteres casi irreconciliable en el matrimonio.

Y llega el final, ya nada es tan desenfadado ni tan apacible como al principio, Tono apura unas copas de alcohol, seguramente vodka, con Piti Batchi el pregonero del pueblo, en un bar de la localidad, en una noche que se presume larga, en la que se aventura la llegada de los nazis con objeto de deportar a todos los judíos del pueblo. Con los efectos del alcohol y decidido a salvar a toda costa a la señora Lautmann del final terrible que todos presumen para los judíos del pueblo, Tono acudirá a casa de la anciana que en sus cortas luces dará por hecho que se ha peleado con su mujer y le hace una modesta cama en el mostrador de la tienda.

A la mañana siguiente Tono se levanta como si no hubiera pasado un segundo, aun le quedan varios tragos de la última botella, y el miedo le conminará a seguir bebiendo. Es el miedo, y aquí está la clave de toda la película, el que hará que un hombre íntegro se convierta en un ser abyecto; será la palpable demostración de que el ser humano en condiciones límite es capaz de deshacer sus principios en un tris.

Es sábado, el sabbat día sagrado semanal para los judíos; y ahora Brtko, acuciado por la interminable lista de vecinos judíos que, por orden alfabético, resuena por la megafonía instalada en la plaza del pueblo, decide abrir la tienda en contra de los preceptos de la comunidad judía y de la propia señora Lautmann, y lo hace para evitar que lo tomen por otro más, como Kuchar, otro blanco que ayuda a los judíos.

Mientras divisa con nitidez desde los cristales de la puerta de la mercería, Tono experimenta un miedo insuperable, el miedo a un final horrible, el miedo a morir. Tono ya no es Tono, ahora es un ser desatado, acuciado por el instinto de supervivencia, y quiere entregar a la vieja.

Los últimos veinte minutos de la película son de una tensión indescriptible, de un ritmo frenético y con un final que no quiero desvelar, pero que es brillante.

Y a todo esto la reflexión no solo ha de hacerse por la introspección en la psicología humana que hacen los directores, sino también por el triste poso que siempre me deja la barbarie cometida contra la comunidad judía en Europa central durante el transcurso de la 2ª Guerra Mundial.

Además en un pueblo como el que nos narra la película, subyace que los judíos eran gente normal y corriente, no había problemas de desintegración ni de segregacionismo y, de repente, el tsunami del fascismo inundará media Europa y pondrá el dedo en los no iguales, sin mayor razón, solo por el hecho de no ser como una teórica mayoría. Un régimen autoritario que rompe los engranajes de cualquier persona y que es capaz de quebrar su conciencia.

Increíble esta película, «La tienda de la calle Mayor» (Obchod na korze, en su título original) que no deja indiferente; se puede ver perfectamente hoy, no importa que esté en blanco y negro, ni subtitulada, ni que sea checoslovaca, es un largometraje buenísimo, pero también hay que avisar, no es apto para sensibleros.

domingo, 27 de noviembre de 2016

FLËUR, O EL ECO DE VOCES ENSOÑADORAS QUE LLEGAN DESDE UCRANIA

Si la música es belleza, que lo es sin lugar a dudas, Flëur representa ese estado, esa cualidad que nos acerca a la perfección, esa que en términos musicales nos llega al oído y nos produce un placer indescriptible.

Este grupo es ucraniano aunque sus temas son cantados en ruso, pero nos tiene que dar igual, ya lo he resaltado varias veces, que pese a que nos hemos acostumbrado a escuchar la música en inglés (y lógicamente en español), ni siquiera atendemos a las letras, las chapurreamos, tarareamos, pero no sabemos muchas veces qué dicen; por tanto, a los mismos efectos nos tendría que dar lo mismo que la letra sea de un idioma del que no tenemos ni idea. Sí, ciertamente se puede perder mucha poesía y muchas evocaciones en la música cantada si no conocemos el idioma, pero tampoco podemos rizar el rizo, yo no lo hago, escucho música y si la letra está bien integrada y me gusta, la escucho con gusto y no dudo que se dirán cosas muy bonitas, es que de lo contrario tendría que estar aprendiendo varios idiomas a la vez y esa sería una tarea inabordable.

Y eso es lo que tiene Flëur, que sus canciones son muy bonitas, una belleza muy poco accesible para el gran público por su procedencia, o sea, no esperen oír nada de este grupo en una cadena de radio comercial en España, simplemente porque son de Ucrania, no es justo, pero ya se sabe, esto está así marcado. Y yo soy un firme defensor de lo no convencional, basta que te salgas un poco de los circuitos masivos que no son garantes de calidad precisamente, para que puedas hallar la excelencia.

Flëur hace una música sencilla, sin gran exceso de instrumentos, intenta crear un correcto equilibrio entre voces y sonido ambiental, pero también es cierto que las voces no son más preponderantes que la música y viceversa. Es decir, desean que la música se oiga, que envuelva, que capte de principio para engancharnos con lo que se cuenta.

Tengo el gusto de traer aquí este grupo que se trata de un proyecto femenino y es cierto que en este blog en cuanto a música y al resto de etiquetas es mayoritariamente masculino, pero no lo hago adrede, busco lo que me gusta y comento lo que me gusta, el sexo para mí es secundario; si se trata de mujeres, pues me alegro, porque es cierto que porcentualmente saco más temas masculinos que femeninos, sin que tenga una tendencia voluntaria, sale y ya está, y así seguiré porque no deseo estar sujeto a cuotas irreales.

Y es que la historia de este grupo encierra también ciertos tintes emotivos, pues se formó cuando Olga Pulátova y Elena Voynaróvskaya se conocieron en Odessa en 1999, una de las grandes urbes de Ucrania; ambas tenían formación musical y, de hecho, ya habían hecho sus pinitos en alguna que otra banda, pero algo las unía, la poesía. Así gracias a ese nexo, idearon unir sus dos vocaciones y una especie de fraternidad de almas para dar rienda suelta a sus pasiones con una música especial, y lo consiguieron.

Poco a poco, Olga con el piano, Elena con su guitarra, y ambas con sus voces, entretejen su tela y pronto se unirá la flautista Julia Zemlianaya y un poco más tarde la violonchelista Ekaterina Serbina y los baterías Alexei Tachevski y Vladislav Mitsovski; empezarán a tocar composiciones de Olga a nivel un tanto aficionado, pero en lugares de lustre, así que en cada gran actuación que tuvieron en el 2000 consiguieron grabar dos álbumes en directo, y ya empezaban a ser muy reconocidos en Ucrania.

Claro, la propuesta era muy rompedora, por un lado, música New Age, o sea, el resultado que quedaría si elimináramos las voces, pero a la par se fusiona con música étnica ucraniana y rusa, algo de estilo neogótico y un poquito de rock, y unas voces angelicales.

El bombazo fue de tal impacto que el eco llegó a una discográfica francesa llamada Prikosnovenie, una modesta discográfica especializada en World music, músicas ambientales y sonidos de relajación, que encontró oro puro en una batea, la del panorama musical, rellena de mediocridad. Así que en 2001 empieza un idilio musical con este sello y en 2002 ve la luz el disco Прикосновение, la transcripción literal del nombre de la discográfica en caracteres cirílicos.

A partir de esa fecha fueron incorporando a otros músicos e instrumentos musicales, incluso sintetizadores; músicos que han ido entrando y saliendo en el proyecto con sucesivas sustituciones. Sus primeros discos son los que tienen más esencia, y es que por su mayor implantación en Rusia y Ucrania, con cierto éxito, han ido adaptando ligeramente sus melodías hacia el pop, pero sin perder sus rasgos propios.

El porqué del nombre Flëur no está muy claro, no significa flor (la traducción desde el francés si quitáramos la diéresis), pero ya sabemos que son ucranianos y parece ser que es un juego de palabras que se podría traducir como «halo de misterio».

Después de prácticamente una década de producciones diversas con el sello francés, últimamente han vuelto a sus orígenes y ahora se graban ellos mismos en Odessa. Siguen teniendo mucho éxito allí, pero ahora su aventura es más personal, son como los guías de su destino, aparte de producirse sus discos, no se someten a aspectos comerciales y sus conciertos están meditados, sin giras asfixiantes. Se dice que el precio de sus actuaciones varía según el número de asistentes, no sé cómo irá el sistema pero suena bien eso de que pagues en función de la demanda existente.

No le demos más vueltas, Flëur es un grupo muy bueno, pero muy desconocido, tentemos un poco la suerte y perdámonos en sus melodías.

sábado, 19 de noviembre de 2016

EL KORFBAL UN DEPORTE-JUEGO HOLANDÉS... Y CATALÁN

¿Korfbal? Korfbal. Dudo que haya mucha gente que conozca este deporte, en España y en el mundo, salvo algunos países, muy pocos, donde se practica con cierto interés... y, sin embargo, se mueve.

Sí, porque el korfbal, escrito así con una «l» puesto que es una palabra de origen neerlandés y que significa algo así como baloncesto, es un deporte-juego que curiosamente ya se practicaba en España hace varias décadas, y yo tuve oportunidad de ver alguna que otra competición escolar en la tele cuando era niño, retransmitida por aquellos míticos programas de TVE «Camino del récord» o «Torneo», de los que alguna vez intentaré hablar en esta bitácora.

Una doble noticia ha supuesto la reciente celebración del Europeo de este deporte en la cuna de esta disciplina, en Holanda, y concretamente en Dordrecht, porque por un lado, la selección holandesa ha conseguido enlazar cien victorias consecutivas internacionales en partidos oficiales (y de hecho yo pude conocer la noticia en las Redes dado que coincidía con otro logro centenario, el del número de partidos consecutivos ganados por el F.C. Barcelona en la Liga Asobal), y por otra, porque Cataluña ocupó el tercer puesto de la clasificación final.

Me interesa más la primera noticia que la segunda para dar pie a esta entrada, aunque también haré mención a la otra. El fantástico logro de Holanda en el korfbal implica un dominio absolutísimo, porque de sus ciento treinta y un partidos celebrados a lo largo de la historia, solo perdió uno en 1991 ante la otra potencia de este deporte, Bélgica, y ya está, es decir, que a partir de esa fecha ya lejana, los holandeses han encadenado una racha victoriosa de cien triunfos y, por supuesto, abierta.

El korfbal es un deporte que por su configuración y reglas está bastante asociado a la escuela, al deporte escolar, porque aun siendo un deporte es sobre todo un juego, un juego con balón de los muchos que se pueden practicar en el cole.

Creado por el maestro holandés Nico Broekhuysen a principios del siglo XX, este popularizó un juego que tenía semejanza con algo parecido que se practicaba en Suecia, pero él se encargó de estandarizarlo y darle unas reglas.

Curiosamente el korfbal entró a España por Marbella a finales de los 60 y en los años 70 se extendió la práctica a Madrid y otros lugares de España, a mí me suena, no me hagan mucho caso, que aquel partido que yo vi en la tele cuando era niño, vía «Camino del récord» o «Torneo» con aquel mítico y olvidado Daniel Vindel, lo disputaban equipos madrileños.

El korfbal es un deporte mixto, y es la regla más importante a cumplir, es decir, que si visionan partidos en Internet los equipos están compuestos paritariamente por chicos y chicas, y eso es un punto a favor de su práctica escolar, como lo es el hecho de que se pueda utilizar cualquier pista deportiva normal que tenga las dimensiones de los deportes de sala (40 x 20), que se vale del círculo de la zona de baloncesto para colocar en medio una cesta sin tablero (es la principal diferencia visual con respecto al baloncesto), anclada sobre una base en el suelo.

La cesta está a 3,50 m. del suelo, a más altura que en el baloncesto, para eliminar la posibilidad de colgarse y el diámetro de la cesta es más pequeño porque también la pelota es más pequeña, en realidad, se utiliza un balón de fútbol.

Es igualmente un deporte de escaso contacto físico, y de haberlo, este es sancionado por los árbitros, es por ello que es una actividad que conecta muy bien con la aprehensión de ideales óptimos en el deporte.

Otra de las características significativas de esta disciplina es que el poseedor del balón no puede correr, debe estar parado, un pie de apoyo inmóvil y el otro se le permite moverlo, siendo los otros jugadores los que pueden correr, desmarcándose para coger el balón; es, por tanto, dinámico para los no poseedores y estático para el poseedor.

Son equipos de ocho jugadores, cuatro hombres y cuatro mujeres más dos reservas, y en cada pista están las mitades de cada equipo, dos chicos y dos chicas, que defienden o atacan respectivamente; esos roles los mantienen hasta que un equipo hace dos tantos, entonces cambian de rol, los que han sido defensas pasan a ser atacantes y a la inversa. Y eso sí, las defensas son individuales y solo se puede defender a una persona del mismo sexo.

El que mete canasta obtiene un punto, el lanzamiento se hace a pie quieto o en suspensión, echándose hacia atrás o cuando el defensor está más lejos de la distancia del brazo del lanzador y, por tanto, técnicamente no existen tapones, el balón solo se puede interceptar con el brazo arriba del defensor si se trata de un pase; estos aspectos fundamentales lo separan bastante del baloncesto. De hecho, el rebote no es más que un palmeo, el jugador no puede rebotear y quedarse con el balón, con el palmeo debe intentar dirigir la pelota a un compañero. Y las defensas no pueden ser laterales, tienen que ser cara a cara, casi mirándose.

La contravención de todas estas reglas generan diferentes tipos de sanciones en función de su gravedad: falta, falta libre o penalti; no obstante, no las voy a referir porque sería algo largo y tedioso hacerlo.

Un partido dura sesenta minutos dividido en dos tiempos de media hora y con un descanso aproximado de diez minutos.

En definitiva, estamos ante un deporte-juego que, por lo referido, su práctica ausencia de contacto, la facilidad y accesibilidad para su práctica, su espíritu mixto, con reglas muy sencillitas, se convierte en una disciplina que encaja bien en lo que se podría denominar deporte escolar.

La realidad no puede ser más triste para los holandeses, esperanzados en que este deporte tan suyo que, permítaseme la analogía, sería algo tan específico como los toros en España, no encuentran competidores mejores para hacer sus logros más sonados. Porque no lo olvidemos, un deportista es bueno porque sus competidores se lo ponen difícil. De hecho, yo me río muchas veces de los grandes genios del balón (los Messi, Cristiano y demás) que en su propia vanagloria a veces, muy ufanos ellos, ridiculizan a algunos contrarios; sin caer en que estos son imprescindibles para el encumbramiento de los otros.

El dominio de Holanda es tan tristemente abrumador para ellos que en este Europeo celebrado en octubre de 2016 venció en la final a Bélgica por 27 a 14, igualando la peor derrota belga en la historia oficial de este deporte.

Pero no hay visos de solución, aunque como ya he referido, es un deporte con cierta antigüedad, que se remonta a los inicios del siglo XX, y que fue incluido como deporte de demostración en los Juegos Olímpicos de Amberes 1920 y Amsterdam 1928, no ha conseguido calar entre la gente. Se practica en una veintena de países, pero casi centrado en unas pocas ciudades, por no decir, en determinados centros educativos. Las razones pueden ser diversas, probablemente la más plausible es que para qué buscar un deporte parecido al baloncesto, cuando el baloncesto ya es suficientemente divertido y competitivo.

En España tras esa entrada a finales de los 60 y su extensión en la década posterior, su fomento se fue derritiendo como hielo en el gazpacho. Y ahí surgió Cataluña tras su implantación en los 80, llegó su consolidación, limitada bien es cierto, en los 90, fundamentalmente en localidades del extrarradio de Barcelona. De hecho, tienen su competición propia, a falta de otros clubes en el resto de España.

Y ahora viene la parte político-deportiva, en la que me voy a parar bien poco porque ya cansa. ¿Cómo se fomenta un deporte? Con dinero, basta con que tengas dinero para que un deporte crezca, si la Administración catalana subvenciona un deporte superminoritario como este, no es difícil meterte en la élite, aunque no dejes de ser cabeza de ratón.

Y curiosamente eso es lo que se ha hecho desde las más altas instancias catalanas, han intentado hacer visible la marca Cataluña (independiente) en aquellos deportes donde han encontrado un resquicio legal, la laxitud de las federaciones internacionales y el desinterés de los organismos rectores del deporte en España.

Así Cataluña que hace unos años fue independiente en un Mundial B de hockey sobre patines, también lo es aparte del korfbal (donde ha sido tercera de Europa en 2016 y quinta en el Mundial de Amberes en noviembre de 2015), en bolos, fisioculturismo, montañismo, dardos o raquetball; obviamente son deportes con una popularidad muy reducida y no son olímpicos, si lo fueran otro gallo cantaría; entonces los holandeses desaparecerían del mapa o se empequeñecerían, el Comité Olímpico Español tomaría cartas en el asunto, lo de Cataluña ya sería una anécdota circunstancial y, dicho sea de paso, los Estados Unidos o China se llevarían la palma a golpe de talonario.

sábado, 12 de noviembre de 2016

"LAS AVENTURAS DEL NAVÍO SAN JUSTO", DE VICENTE RUIZ GARCÍA

Tengo hoy la difícil misión, primera vez que la acometo en esta bitácora, de escribir acerca de un libro de una persona a la que conozco. Conecta esta entrada con el propósito que he emprendido desde hace ya un tiempo en el blog, los que me siguen lo conocen, de leer novelas y libros de autores que están fuera del estrellato y de los círculos de popularidad que provoca, a veces, la generación de divos aburguesados, arrastrados a hacer trabajos comerciales, carentes de sentido, aburridos y de nivel literario medio bajo.

Vicente Ruiz García es el marido de una compañera mía de trabajo y mejor amiga, Juani Ruiz, con la que comparto tareas y detento una especie de velada paternidad profesional, sin que se note mucho, espero. Ya me transmitió ella hace un tiempo la faceta investigadora de Vicente en el siempre complejo mundo de la labor de introspección histórica. Vicente es a la sazón profesor de Instituto y también de la UNED.

A Vicente no se la ha dado nada mal, dentro de lo que es un ámbito un tanto especializado, lo reconozco; pero la consecución de diversos galardones por sus trabajos devinieron en el interés de ciertas editoriales, ávidas por mostrar a propios y extraños esos espacios ocultos de nuestra historia que, con buen criterio, este escritor ubetense se empeña en rescatar de los escasamente visitados archivos históricos de nuestro país.

Y digo lo de escasamente visitados sin tener demasiada idea, lo hago un poco a vuelapluma, pero esa es la sensación que tengo. La sensación de que en esos archivos se encuentran tantísimos tesoros que solo gracias a la persistencia de investigadores como Vicente Ruiz el resto de mortales lograremos conocer. Una labor callada y a buen seguro que nunca suficientemente valorada por el gran público, en la que ha de sacrificar muchas horas de su tiempo libre y de su familia.

En este blog he referido en alguna ocasión que tuve un profesor de enseñanza media que defendía que la historia era intrínsecamente una ciencia inexacta, mientras que dos más dos sabemos que siempre será cuatro, la historia nos llega a través de relatos indirectos, de fuentes que en su momento pudieron tergiversar la realidad a su modo (la historia siempre la escriben los ganadores), algo que apreciamos hoy, en el siglo XXI, en la prensa escrita, que falsea la realidad a su antojo y nos hacen ver lo que ellos quieren.

Yo no soy un experto en historia, es más, yo diría que es una disciplina que no me apasiona especialmente, pero reconozco en Vicente Ruiz un esfuerzo ímprobo no solo por acudir in situ a las fuentes de la información, esos archivos que yo confieso mi sospecha de su virginidad en muchos casos, sino para tamizar y destilar la información valiosa y con rasgos de veracidad de otra que pudiera estar sesgada o inventada.

«Las aventuras del navío San Justo» que tiene como subtítulo «España entre dos siglos» y que, por cierto, obtuvo en 2015 el V Premio Juan Antonio Cebríán de Divulgación histórica que promueve el Ayuntamiento de Crevillente (Alicante), dentro de lo que es propiamente un trabajo de investigación histórica a modo de ensayo novelado, supone un relato hábil en el que su autor nos narra la historia no a través de un personaje humano sino por medio de las vicisitudes de un barco, a través de su vida activa de medio siglo, aproximadamente entre 1778 y 1828. El San Justo sirve de hilo conductor de nuestra historia, jalonándose los hechos más significativos de esta media centuria en nuestro país, con la aparición de reyes y personajes históricos, pero también la de muchas personas anónimas que fueron tan artífices como los otros, si no más, del forjado de esa historia que hoy tenemos en nuestro acervo colectivo.

Y Vicente narra, por obligación, los aspectos más importantes de la historia de nuestro país con sus actores principales, pero no se resiste a otorgar su momento de gloria a ese importante número de desconocidos personajes secundarios que estuvieron alguna vez a bordo del San Justo, a buen seguro, que ni sus generaciones posteriores tienen idea de que allá había algunos héroes de a pie que jamás tuvieron reconocimiento alguno.

Es interesante destacar que estamos hartos, yo estoy particularmente harto, del término «memoria histórica», fundamentalmente porque, y no desvelo un secreto, se utiliza de forma partidista. La memoria histórica es también esta, la que Vicente Ruiz rescata, la de un montón de personas que se dejaron la vida para defender a España, ya fuera porque era un medio de vida, o porque estuvieran obligados, pero es una memoria histórica que no se termina en anteayer, que es lo que pretenden algunos. No solo hay fosas comunes en la Guerra Civil, sino infinidad de vidas enterradas de las que no se sabe nada y que también sufrieron y murieron por defender unas ideas, sin que nos tenga que interesar si eran de tal o cual color.

Es triste pensar que esa España entre dos siglos tenía un panorama que sigue siendo extrapolable a la España de nuestros días. Los reyes y la jerarquía de este país iban por un lado y la base de la estructura padecía los avatares de un gobierno con muchísimas más sombras que luces, culpable en las más de las ocasiones de los reveses sufridos en contiendas bélicas. Es palpable que el San Justo, presente en la Batalla de Trafalgar, fue testigo directo de lo acaecido en las costas gaditanas, de una infame derrota y de sus causas.

Pero el San Justo fue algo más que un navío de guerra y a lo largo de su medio siglo de actividad sirvió para diferentes cometidos, militares y civiles, y su pervivencia y su utilidad quedaron en no pocas ocasiones limitadas por la falta de mantenimiento y reparaciones, absolutamente necesarios para un navío de estas características; labores que precisaba cada vez que realizaba una travesía o participaba en alguna contienda. Al navío, de algún modo, en ese papel de mudo testigo de su entorno y de la historia española, le pasó lo que a muchos de los marinos que sirvieron en él, que nunca tuvo la suficiente y debida atención. Uno y los otros soportaron una época nada fácil, en la que el dinero, el vil dinero siempre tan odiosamente necesario para esta vida que nos hemos impuesto la especie humana, llegó escaso, tarde o simplemente nunca llegó.

El libro es un dechado de datos históricos, curiosidades y anécdotas que con toda certeza ven la luz en él por primera vez, en un extenso volumen que denota la ingente labor de investigación desarrollada por Vicente Ruiz García, por cierto, no es su primer libro. Algunos detallitos estilísticos y de forma que habría que maquillar sí he advertido, los cuales, este humilde bloguero, ha hecho llegar debidamente a su autor, no empañan en cualquier caso un trabajo de gran calidad que tiene que servir de acicate para continuar en esta senda tan apasionante de dar luz a tantas sombras de nuestra historia.

sábado, 5 de noviembre de 2016

MICHAEL LANDON, TODA UNA VIDA DEDICADA A TRES SERIES

Poca gente de mi generación, por no decir nadie, desconocerá lo que fue «La casa de la pradera», pero no ya en España, sino en América y en el resto de Europa. Particularmente en España fueron los años de nuestra infancia, cuando la siesta no nos llamaba la atención, y en los hogares de cada uno la mejor opción (ahora diría que hay diversas alternativas, entre ellas la siesta) de los domingos después del Telediario, era ver esa mítica serie.

Pero no, no me voy a centrar en la serie en sí, sino en el actor que la hizo posible, que no fue otro que Michael Landon. Y es que Michael, el Charles Ingalls de aquella casita enclavada en mitad de un valle inmenso y que encarnaba el espíritu de los pioneros de Norteamérica, padre de una familia entrañable compuesta por su mujer y sus tres hijas, fue un caso raro de actor principal, guionista, director y productor ejecutivo, una especie de «yo me lo guiso yo me lo como» holístico que apenas conocíamos de pequeños, pero que hoy nos resulta más llamativo, por lo inhabitual en el mundo televisivo.

Tan atípica fue la carrera de Michael Landon que su trayectoria se mide por tres series televisivas, «Bonanza», la renombrada «La casa de la pradera», y finalmente «Autopista hacia el cielo», y prácticamente pare Vd. de contar. Apenas otras colaboraciones en el mundo televisivo y en el cine, escasa sombra hicieron a la imagen que todos conocemos, sobre todo con la segunda de las series, la más emblemática de todas ellas.

De «Bonanza» cabe decir que es unas serie que yo no vi, era muy pequeño, después conocí que Landon hacía en ella del joven Little Joe, en una serie tan eterna que estuvo en la pequeña pantalla desde 1959 hasta 1973; tan prolongada vida hizo lógicamente que aquel joven se convirtiera en un maduro actor; y es que desde que empezó con 22 años, cuando la serie concluyó Landon ya tenía 37 años. Por cierto, ya había hechos sus pinitos en esta serie, escribiendo y dirigiendo algunos episodios. Una madurez que le llegó superando en esa época algún que otro problema con bebidas y drogas.

Probablemente acuciado con la regeneración que había supuesto para él el hecho de haber traspasado la línea del submundo, y el hecho de tenerse fuerte para dirigir y escribir guiones, fue el impulso para crear «La casa de la pradera», al poco tiempo de concluir «Bonanza», pues no había pasado ni un año. Si bien es cierto que la idea no era original suya, había un libro de relatos al respecto de la vida de los colonos estadounidenses en el siglo XIX escrito por una tal Laura Ingalls (que precisamente dio nombre a una de las protagonistas de la serie), apenas sirvió de catapulta para la gran imaginación de Michael Landon.

Como la mayoría de los de mi generación recordaremos, la serie era mucho más que una bucólica fotografía de los valles del interior de los Estados Unidos. Landon ya se postulaba como una especie de prohombre, que con sus historias trataba de inculcar valores e ideales para construir una sociedad mejor, y lo hacía llegar a su público en cada entrega, cada domingo que nos sentábamos delante del televisor.

Ya se adivinaba que este prócer en que se erigía Michael Landon tenía esa dimensión que se autoasignaba en la serie de hombre bueno y justo, pese a las adversidades de una sociedad un tanto retrógrada como era la que se evidenciaba en una zona rural cualquiera de Estados Unidos, en concreto en Walnut Grove, en el siglo XIX; saliendo a relucir otros temas transferibles a una sociedad avanzada de finales del siglo XX: el racismo, las desigualdades, el medio ambiente, la solidaridad, el respeto, la responsabilidad... Si por algo recordamos a Landon por encima de todo es por encarnar a un Charles Ingalls bueno por antonomasia, un tipo justo, incapaz de perder un ápice de su bonhomía por muy mal que se presentaran las cosas.

La serie tiraba de tópicos, los buenos y los malos, muy definidos. Los Ingalls eran la familia ideal y recta, y el contrapunto era los Oleson, con una madre muy estirada y unos hijos absolutamente odiosos, entre los que destacaba la repelente Nellie Oleson. De los Oleson curiosamente se salvaba el señor Oleson, el dueño del almacén de ultramarinos de Walnut Grove que era de buena pasta y que siempre intentaba mediar para atemperar los desaguisados de su clan familiar.

Es de este tipo de series que, por su larga duración, los actores quedan marcados profesionalmente para los restos; a la mujer de Charles Ingalls, Caroline, la actriz Karen Grassle, jamás se la volvió a ver el pelo en las pantallas. Tampoco se supo mucho de Mary, la hija mayor, encarnada por Melissa Sue Anderson; y sí que vimos en alguna ocasión a Laura Ingalls (Melissa Gilbert), la más fuguilla de aquella casa en el prado, y que tal como la reconocimos en cualquier película posterior, por mucho que hubiera crecido siempre veíamos en ella a la pizpireta Laura que algunos quebraderos de cabeza generó en la familia Ingalls.

Curiosamente, la temática un tanto cursi, buenista y previsible de los episodios dio a entender a los entendidos en los inicios de su emisión que duraría poco en la programación porque no tenía chicha, pero fue calando en la sociedad estadounidense y, por ende, en el resto de países donde se vendió este producto. Y vaya que si funcionó bien, que estuvo entreteniendo a la audiencia durante diez años.

Cuando esta serie echó el cerrojo, nuevamente Michael Landon tenía en mente otro proyecto en el que él lo era todo: protagonista, guionista, productor y director; se trataba de «Autopista hacia el cielo», sin duda, su proyecto más personal. En esta serie Michael, en plan mesiánico, representaba a un ángel, Jonathan Smith, vestido de calle, que con ayuda de su ayudante terrícola Mark Gordon (Victor French), recorrían los Estados Unidos (lástima que los ángeles y los superhéroes sean tan chauvinistas que siempre aparecen solo por aquel país y no por otros) para solucionar problemas a la gente.

Aquella serie ya tocaba temas más actuales tales como la soledad, las drogas, la muerte, las disputas familiares... Jonathan Smith y su compañero se convertían en terapeutas sociales y con la ayuda de algún milagrillo también encauzaban a las personas que se cruzaban por su camino y que atravesaban por algún dilema humano.

La serie también la vimos en TVE y en domingo pero esta era antes del Telediario. Y, del mismo modo que las experiencias anteriores de Landon, que ya era un consumado monstruo televisivo capaz de convertir en oro todo lo que tocaba, esta serie también tuvo una masiva audiencia en Estados Unidos y en el resto del mundo occidental. Estuvo en pantalla de 1984 a 1989.

Victor French moriría de cáncer de pulmón en junio de 1989 y esto obligó a su cancelación. Aunque no sabemos si se podría haber prolongado con otro sustituto o los problemas de salud que llevaron a la muerte prematura a Landon hicieron que se cortara definitivamente, lo cierto es que «Autopista hacia el cielo» también dejó una visible huella en todos los televidentes.

Cuando me planteé escribir sobre Michael Landon me pregunté si esa bonhomía que desprendía en sus interpretaciones era extrapolable a su vida privada, porque sería muy forzado estar protagonizando al mismo personaje, un buen hombre, durante décadas y ser un capullo fuera de los platós. Y no, cuando murió, de lo que hablaré a continuación, todo el mundo destacó la buena persona que fue, un tipo íntegro fuera y dentro.

Tal vez el único pero que se le pueda poner es que sacó rédito de su aspecto de galán y su larga cabellera un tanto «jipilona», y es que fue un enamoradizo, habiendo tenido tres esposas diferentes y fruto de aquellos compromisos generó una extensa prole de nueve hijos, con tres de ellos adoptados, y llevándose entre el mayor y el más pequeño veintiocho años.

En abril de 1991 le diagnosticaron a Michael un cáncer de páncreas, de forma tan tardía que ya estaba metastatizado, falleciendo apenas tres meses más tarde en Malibú (California), nos dejó con 54 años, privándonos a buen seguro de otros proyectos televisivos interesantes y quién sabe si algún vástago más para recoger el legado, aunque no se conoce que ningún hijo haya heredado el perfil y el carisma que atesoró siempre el protagonista de esta humilde entradilla.

domingo, 30 de octubre de 2016

LAS LAGUNAS DE RUIDERA, OTRO SORPRENDENTE PARAÍSO CERCANO

Cascada en Laguna Santos Morcillo
Resulta paradójico que yo, que suelo ser un consumidor empedernido de Internet, sin embargo, cuando voy a visitar algún sitio nuevo no suelo investigar demasiado al respecto, es como si no quisiera contaminarme de información y acceder al lugar casi como una aventura virginal.

El gran viaje natural de mi familia en nuestro período vacacional ha sido este año a las Lagunas de Ruidera y estando las primeras horas allí me cuestioné que apenas sabía cuatro cosillas básicas de este paraje.

Para ser sincero no era la primera vez que yo visitaba las Lagunas de Ruidera, de hecho, de pequeño estuve allí, tal vez con 4 años, en lo que fuera probablemente mi primer recuerdo desde que tengo uso de razón. Me hubiera gustado poner alguna foto, que existe de aquel recuerdo primigenio, pero no la hallé en casa de mis padres, porque las hemos toqueteado mucho incluidos los más pequeños de la casa y se deben haber traspapelado, aparecerán cuando no las busque. En todo caso, mis recuerdos no llegan más allá de lo que aquellas fotos mostraban, agua, monte y un chaveílla como yo que hacía un saludo militar en cada instantánea (no logro imaginar que me movía a hacer eso, toda vez que durante toda mi vida, incluso de niño, he sido poco militarista y escasamente dado a tener pasión por la marcialidad).

Y es que el hecho de que yo visitara con mi familia aquel enclave, me suena que en la primavera de 1972 (o sea, no era verano porque no me bañé, eso sí lo tengo claro), implicaba que ya en aquella época existía una especie de atracción hacia un espacio natural que no estaba demasiado lejos para los habitantes de la provincia de Jaén. De hecho, mi mujer también recuerda haber visitado las Lagunas de pequeña y mucha gente de mi generación ha visitado de pequeño este lugar.

Laguna del Rey
La razón de esa atracción, aparte de la singularidad del lugar, también es logística, y es que está muy cerca de la Nacional IV, apenas a 45 minutos, y al menos para la gente de la zona norte de la provincia de Jaén (Linares, Bailén, La Carolina, Andújar), en apenas dos horas, antes, considerando las carreteras de hace cuarenta años, y en menos de noventa minutos ahora, está como se suele decir, a un paso.

Por supuesto, las Lagunas de Ruidera tienen mucho más que una simple cuestión de facilidad logística y es que, como luego estuve leyendo allí, resulta muy curioso que en medio de una comarca donde predomina el clima mediterráneo continental y no exenta de los avatares de las sequías, en un entorno típico de monte bajo y de meseta, donde predominan las llanuras; casi sin esperarlo, antes de que te des cuenta, aterrizas en una sucesión de pequeñas depresiones escalonadas que reciben flujos de agua durante todo el año y que se suceden a lo largo de unos veinte kilómetros, para presentarnos cerca de una quincena de lagunas.

No es exacto decir que lo de los flujos permanentes, pues aunque no había ninguna laguna seca ciertamente, en el momento en que estuvimos, a principios de septiembre y, por tanto, al final de un verano sin aporte de lluvia y una primavera que en este año no ha sido especialmente copiosa en el aspecto pluviométrico, pues algunas estaban bastante bajas y, es más que probable que en ciertas temporadas se hayan secado del todo, sobre todo las más pequeñas.

Cascadas Laguna Redondilla a Laguna Lengua, con agua
Probablemente mis padres acertaran en aquella primavera de 1972, porque puestos a ver todas las lagunas en su máximo esplendor y con el tiempo acompañando, desde luego esa es la mejor estación. Y sobre todo porque se aprecian con mayor detalle las simbiosis que hay entre unas y otras. A mí particularmente me hubiera gustado ver el espectacular conjunto de cascadas que se forman desde Laguna Redondilla a Laguna Lengua.

Curiosamente estuvimos en un cámping al lado de la Redondilla (Los Batanes), una de las lagunas más pequeñas de este espacio y tenía un aspecto un algo triste, porque tendría poco menos del 5 % de su capacidad. Así que me he conformado con ver imágenes en Internet del aspecto de las cascadas en un momento de grandes precipitaciones.

Dicho esto, lo del cámping sigue siendo una afición reciente que renuevo cada año con mi familia, tiene sus pros y sus contras, aunque intentamos minimizar esto último. Así, valoramos en esos días no estar con las comodidades de una casa, el hecho de «sobrevivir» con recursos escasos, el estar las veinticuatro horas en la naturaleza con todos sus beneficios y sus peros...

Cascadas Laguna Redondilla a Laguna Lengua, sin agua
Las Lagunas de Ruidera se convierten en un oasis para el visitante que encuentra un montón de atractivos en cada una de ellas, las cuales, y eso es muy peculiar, tienen cada una de ellas su particular fisonomía, no hay una igual a otra, ni parecida. Más grandes, más pequeñas, con paisajes distintos, más o menos accesibles, con diferente vegetación, con más posibilidades de baño y otras con más complicación para encontrar donde mojarte; pero todas te ofrecen siempre alguna sorpresa, hay que buscarla.

Y luego los nombres, cada una de ellas está bautizada con su propia denominación, de algunas puedes inferir su nombre por su obvio aspecto, la Redondilla, la Colgada o la Lengua son claros ejemplos, pero otras tienen nombres tan familiares como la de Santos Morcillo.

Por otro lado, no hay que dejar pasar el atractivo que supone también para los amantes de la naturaleza todo el entorno, para estudiar la flora y la fauna que vive alrededor, unos humedales que, como ya he comentado, son todo un oasis en un extremo de la Meseta castellana que le confieren un carácter de microuniverso para numerosas especies animales y vegetales.

Desde luego, para los que han estado allí alguna vez, a buen seguro que recuerdan haber nadado entre los patos que residen por sus aguas, y que sin ser domésticos están bastante acostumbrados a la presencia humana.

Del mismo modo, las Lagunas son también un paraíso para los practicantes de innumerables deportes, especialmente los acuáticos. Se puede hacer natación, se pueden hacer inmersiones (y de hecho vi a gente muy preparada con todo su equipamiento observando lo que el resto de los mortales no pueden ver), hay posibilidades de hacer remo y piragüismo, e imagino que hasta vela, aunque esto no lo vi. Y, por supuesto, la zona da pie a toda una infinidad de senderos para aquellos que prefieren pateárselo todo. Caza y pesca también, pero estas no me gustan.

Mi hijo y yo, tuvimos la oportunidad de hacer un poco de piragüismo y la verdad es que es un deporte muy bonito y muy agradecido, siempre que no te lo tomes como una competición, porque te permite inspeccionar el entorno con más detalle y no te obliga a estar constantemente paleando.

Sé que el resumen que hago es muy injusto porque hay innumerables lugares donde perderse y donde encontrar un aliciente, en cada rincón de cada laguna, pero yo me quedo con nuestro particular edén como es el de la pequeña cascada que se formaba desde la Laguna Salvadora a la de Santos Morcillo, que era, es y será el objetivo de infinidad de fotos que buscan, de alguna manera, un trocito de Caribe en mitad de La Mancha.

Por otro lado, cabe reseñar que alrededor de este conjunto de humedales se ha generado una variada oferta hostelera, gastronómica, cultural, y como ya he comentado, deportiva. Una oferta para todos los bolsillos de mayor o menor nivel, aunque la sensación que me ha dado es que han sido y son unas Lagunas muy del predicamento de la gente de clase media, tú y yo, quizá por eso uno se siente como en casa, y no es cuestión baladí.

Pues nada, otro círculo cerrado, mis padres me llevaron cuando yo era chico, y ahora yo he hecho esto con mi hijo, nos lo pasamos bien ayer y hoy, y tal vez repitamos, mañana o dentro de otros cuarenta años.

domingo, 23 de octubre de 2016

MARTÍNEZ EL FACHA, DEFENSOR DE LA PATRIA HASTA MÁS ALLÁ DEL INFINITO

Demasiada poca atención se le ha prestado en España en el pasado y menos ahora a la historieta, el cómic o el humor gráfico. Los historietistas y dibujantes de periódico están en un segundo plano de la cultura, y a veces traspasan levemente el horizonte del estrellato y se cuelan un poco los Ibáñez, Forges o Gallego & Rey para contar con algún interés por parte de los medios de comunicación de masas.

Con la muerte de la historieta clásica (a la gente de mi generación todavía le llegaron sus últimos o penúltimos estertores afortunadamente), otros horizontes del cómic se abrieron con un éxito muy matizado, el de los lectores de culto, a través del manga, superhéroes, la novela gráfica o las revistas satíricas.

Ciertamente que el género satírico en nuestro país tampoco ha gozado de un público de masas, pero con La Codorniz durante el franquismo y la transición con El Jueves ahora, como revistas más significadas, sigue resistiendo este modo de hacer sonreír con lo que sucede a nuestro alrededor, una especie de cómic para mayores, aunque percibido con el trazo siempre desenfadado de los dibujos que nos muestran a toda un bestiario de personajes tremendamente peculiares.

Cobra mayor valor si cabe lo que hace El Jueves en nuestro país, cuando conocimos que a finales de 2015 la revista francesa hermana Charlie Hebdo fue un objeto de un ataque yihadista que precisamente atentaba contra de la libertad de expresión como corolario de toda una serie de avances personales y colectivos que todos los ciudadanos occidentales nos hemos dado para formar una sociedad moderna, que con todos sus defectos, es la que queremos.

Fui un muy ferviente comprador de El Jueves en mi época universitaria y, de vez en cuando, adquiero todavía algún ejemplar de este semanario, muy de vez en cuando. Es de valorar que allá por 1977 los editores de El Jueves se embarcaran en este proyecto de hablar de España y del mundo con inteligente ironía, a la par que se ponía en valor el talento de un montón de buenos dibujantes y modernos juglares que, de no ser por este medio, habrían quedado sumidos en el ostracismo más absoluto.

Podría mencionar varias de las historietas que El Jueves ha albergado en estos cerca de cuarenta años, probablemente Makinavaja fuera mi favorito, pero hoy he querido rescatar y recordar a este «Martínez el Facha» que siempre me ha parecido un historieta mordaz como pocas y muy vigente aun en este siglo XXI.

He estado buena parte de este año leyendo tomos recopilatorios de este cómic y justo cuando iba a repasar la biografía de su autor (Kim, pseudónimo de Joaquim Aubert Puigarnau) me enteré de que el mismo había dejado de publicar en 2015 a su personaje estrella, porque según él ya era una figura agotada, después de que prácticamente de manera ininterrumpida fuera fiel a su cita semanal desde 1977, o sea, desde el alumbramiento de El Jueves. Una cancelación que no ha querido anunciarse como definitiva, sino más bien como un hasta luego, habrá que estar a la expectativa.

Martínez es un facha, obviamente, pero es ese facha paradigmático de la España contemporánea, para el que todo tiempo pasado fue siempre mejor, un personaje rancio y preñado de defectos y tópicos del que Kim se mofa hasta la saciedad. Pero para Florencio Martínez, un empresario jubilado, solo hay un problema, y no pequeño, y es que Franco ha muerto y ya quedan pocos para velar por los valores patrióticos amenazados por el comunismo y por el contubernio judeo-masónico, que día a día socavan a una España grande y libre, según él, en permanente estado de decadencia.

Tan en decadencia está esta España que Martínez no solo es incapaz de controlar los devenires de su país, sino que la familia y sus adyacentes se le han subido a las barbas y todos torpedean lo que él mismo propugna.

Y es que Martínez milita en un partido facha, sin mayor concreción, aunque básicamente de recalcitrante ultraderecha, y desde ahí intenta que todo vuelva a su ser, que se renueve el ideal de restaurar el Antiguo Régimen encarnado por Franco, y se da de bruces con una realidad, y es que ya quedan pocos, pero no desiste, ahí está cada día luchando por frenar toda una oleada de modernidad, desenfreno, concupiscencia, globalización... Martínez anhela la vuelta de las banderas victoriosas pero cada día el milagro se aleja más y más, y sin remisión.

El pobre Martínez no deja de ser un bobo que es diana de mofas, burlas y engaños de todo el mundo, y lo que es peor también de los que están en su entorno. Porque Martínez tiene unos principios y los mantiene hasta sus últimas consecuencias, pero los personajes satélite son sumamente ruines y se bajan del carro a las primeras de cambio, son una especie de Groucho Marx que tienen unos principios, pero que en cuanto se pone turbia la cosa, también tienen otros.

Probablemente el personaje más abyecto sea el señor Morales, el presidente del partido al que pertenece Martínez, que estruja al máximo a sus acólitos y que al final busca su interés personal, aunque eso pase por encima de sus principios e ideales.

Si arrastrado es este Morales apenas aguantan el tipo el resto de personajes, por ejemplo, Adolfito, otro facha rajado que está más salido que el palo de una churrera, con lo que no concuerda mucho con los principios cristianos y tradicionalistas que, por otro lado, trata de defender.

Y a todo esto, a Martínez le ha salido la familia rana, la mujer es su antítesis, aparte de que se ríe de su marido todo el tiempo, en las últimas temporadas Kim la sacó a que hiciera la calle dado el poco éxito de los negocios del padre de familia.

La hija es moderna moderna, y libre y abierta también, pero tómese el adjetivo «abierta» en el sentido más obsceno de la palabra. Tuvo una primera pareja y de esta relación tuvo un hijo. Ese primer marido, Martín, izquierdoso, anarquista y antitodo, parasita en la casa de Martínez y no se dedica a nada, bueno sí, su principal cometido en la vida es putear a su suegro y vivir a su costa. El nieto, Francisquito, vive también en la casa y por más que Martínez intenta guiarlo por el buen camino el entorno no le apoya. Por cierto, que la hija se volvió a casar, y con un negro, tamaña ofensa no se podía imaginar nuestro personaje que tira de la xenofobia más arraigada del fascismo puro, pero tendrá que aguantar carros y carretas, porque la hija también aparece por la vida de Martínez a tiempo parcial para sacar de quicio a su progenitor.

Kim destila hasta límites insospechados con Martínez todos los tópicos del fascismo patrio, con todas las singularidades que lo hicieron tan propio en España, sin copia parecida en todo el mundo. Pues eso, aparte de la xenofobia, del odio de los no iguales en ideas, también exprime la común unión que el régimen franquista mantuvo con la religión católica en una relación de mutuo favor que aun hoy nos parece una barbaridad. Así que Martínez es un facha como Dios manda, católico practicante que tiene a la Iglesia tradicional en un altar, lástima para él que el nuevo catolicismo haya gestado modernos sacerdotes con ideas demasiado avanzadas. Hasta tal punto Martínez se apropia de ser el garante de la cruzada tradicionalista cristiana que también vive en su casa el padre Bocquerini un cura argentino, tripero de aúpa y ultraderechista consumado que sostiene con apuros los ideales de un Martínez que es un verdadero fundamentalista del franquismo.

Por cierto que los límites tan insospechados de la casi inacabable imaginación de Kim, se resumen en una anécdota que cuenta el propio autor y es que estando en una feria de libros se le acercó un señor y le dijo al oído que era falangista y le preguntó que quién le chivaba los guiones, a lo que el autor repuso que nadie que era fruto de su creatividad, ante la insistencia del falangista por la cantidad de mensajes puros que ofrecía la historieta, Kim tuvo que fingir y decir que tenía un contacto en la ultraderecha con lo que su inopinado interlocutor quedó conforme.

La sátira de Kim es a veces agresiva porque no hay negocio que le salga bien a Martínez y lo masacra a gusto; en este sentido, a veces el dibujante es notoriamente obsceno para separarse de manera radical de esos valores que el personaje defiende tan conspicuamente. Y es que fachas siguen existiendo con muchos o algunos de los rasgos de Martínez, pero hoy ya en este siglo XXI los vemos con más gracia que otra cosa, con cierta simpatía; tan sorprendentes como este personaje, capaces de entronizar los valores franquistas sin entender que una democracia muy mala aun sigue siendo infinitamente mejor que la más perfecta y justa de las dictaduras.

Curiosamente para Kim este personaje no ha sido un plato del todo apetecible, de hecho, cuando entró a trabajar en El Jueves en 1977 la dirección propuso unos personajes que tenían que formar parte de la revista, y uno de ellos era el de un facha; como nuestro dibujante era de los más jóvenes del equipo fue el último en elegir, y le endiñaron este, a la postre con gran éxito para él.

Kim ha sabido en estas cuatro décadas adaptar al coriáceo Martínez a cada una de las fases de nuestra democracia, conviviendo con cada presidente del gobierno y con todos los avatares que se han sucedido en nuestro país. Ha sacado partido de cada situación y lo ha hecho con muchísima comicidad.

Además para los amantes del dibujo, en cada viñeta este barcelonés se esmera en hacer un dibujo concienzudo, no se limita a un trazo infantil, sabe que es un producto de adultos y para adultos, y se esmera con detalles. A todo esto hay que decir que para recalcar más aun el perfil de sus personajes, de esta fauna de figurillas ancladas en el pasado, la mayoría parece tener un rostro alargado, una especie de cara antigua, y es que, entre otros, según dicen, el personaje de Martínez se inspiró en el actor, también barcelonés, José Sazatornil «Saza» y que curiosamente también nos dejó el pasado 2015.

Pues eso, no sabemos si Martínez volverá, por cierto, se ha ido con su séquito de arrastradillos a servir de asesor en la Venezuela de Maduro, corren nuevos tiempos, y lo que vale para la ultraderecha es tal vez lo mismo que vale para la ultraizquierda; la realidad es que Martínez el Facha será el facha más divertido y entrañable que hayamos conocido.