sábado, 13 de enero de 2018

ELTON JOHN, PASIÓN POR EL FÚTBOL, PASIÓN POR EL WATFORD

El fútbol en Inglaterra más que un deporte es una auténtica religión. Casi desde que tengo uso de razón he visto en la tele series británicas o películas en las que, de vez en cuando, se hace referencia al fútbol, no en vano es allí donde se inventó. Precisamente por ser los inventores, ellos marcan sus tradiciones y hacen las cosas a su manera, podríamos decir que está el fútbol inglés y luego todo lo demás; incluso esa seña de identidad se traspasa a los terrenos de juego, más racial y más de poder a poder que en la mayoría de los países, aunque la llegada de jugadores foráneos ha descafeinado este aspecto.

En Inglaterra se viven los días de partido de forma diferente que en España; tuve la oportunidad de estar una vez en Londres con ocasión de la final de una copa inglesa, y el día de partido no es acudir al campo un rato antes y marcharte a tu casa después, el día de partido es precisamente eso, una jornada completa, se empieza quedando, bebiendo también, cantando y finalmente si tu equipo gana celebrándolo, o celebrándolo menos si pierde. Y para eso no hace falta que sea el final de la copa, es cualquier sábado a las tres de la tarde, día y hora típica de un partido inglés.

Esos ritos son seguidos y aprendidos de generación en generación, enseñados de padres a hijos, para que la tradición no se pierda…, si te gusta el fútbol, claro. Camiseta, bandera no falta y pasión por tus colores, aun cuando el equipo esté en la categoría más baja posible.

Hoy que se habla mucho de la adquisición de equipos por parte de fortunas procedentes de exóticos países donde la práctica del fútbol está todavía por explotar, China o países árabes, me resulta curioso resaltar la historia de un personaje que se hizo con la propiedad de un equipo de fútbol y lo elevó a cotas inimaginables, me estoy refiriendo al cantante Elton John y su idilio con el equipo del Watford.

Desde bien pequeñito Elton John emprendía con su padre (siempre que sus obligaciones profesionales lo permitían, era soldado y piloto) el viaje de unos 22 km. desde su localidad natal Pinner hacia Watford, ambos situados en la periferia del Gran Londres, para ver al Watford FC en el estadio de Vicarage Road, un conjunto que en los años mozos de Elton se debatía entre la 3ª y 4ª división inglesa.

Luego del encumbramiento de Elton John como figura de la música, y no habiendo perdido nunca la estela de ser aficionado del Watford F.C. quiso reverdecer los viejos laureles de este equipo. El club fue fundado en 1881, como todos los británicos tienen más historia que el club más veterano de España (el Recreativo de Huelva que se fundó en 1889), y solo en los años 20 y 30 tuvo una cierta presencia en la 1ª división, siendo considerado el típico conjunto ascensor.

Pues bien, Elton John quiso sacar a su equipo de alma de la mediocridad y situarlo en el mapa futbolístico no solo inglés sino mundial, cuando se comentaba que estaba a punto de desaparecer. En 1976 con el equipo en 4ª división este se convirtió en presidente del club, tenía veintinueve años, con el firme compromiso de hacerlo crecer deportivamente y llevarlo a 1ª, y por lógica todo ello gracias a su inyección de libras esterlinas.

Vicarage Road
El fútbol no suele ser una ciencia exacta, casi ningún deporte lo es, pero con las obvias modificaciones y cambios en los estamentos de su equipo del alma (entrenadores, jugadores o directivos), incluso remodeló el vetusto Vicarage Road, logró que el Watford ascendiera a 1ª en la temporada 1981/82, después de quedar subcampeón de 2ª tras el Luton Town; en apenas siete años se había logrado el objetivo inicial. Pero el empeño de Elton John no quedó ahí, sino que deseaba la consolidación de su equipo en la hoy llamada Premier League, y por qué no, también que su conjunto viajara por Europa.

En esa temporada de recién ascendidos, la 1982/83, el Watford volvería a hacer historia ganando cuatro de sus primeros cinco partidos de liga y situándose líder provisional. Durante esa temporada estuvo en los primeros puestos, luchando contra grandísimos clubes por todos sabidos, y finalmente acabaría logrando el segundo lugar, teniendo en sus filas al anglo-jamaicano Luther Blissett que sería también el máximo goleador de 1ª división en ese curso liguero y que ficharía posteriormente por el AC Milan.

Ese logro les daba el billete de Europa para la siguiente temporada y jugarían la UEFA, perdiendo en tercera ronda ante el Sparta de Praga, con lo que casi se había cerrado el círculo de objetivos.

Pero es que en 1984 jugaron la final de la FA Cup (una especie de Copa de la liga, no es el torneo de copa tal y como lo entendemos, pero con bastante prestigio pues el evento futbolístico más antiguo del mundo) y aunque perdieron ante el Everton, el entusiasmo de Elton John y de sus hinchas, desembocó en que aquel subcampeonato fura un auténtico triunfo para un equipo que estaba en competiciones regionales hacía apenas una década.

En 1987 vendió el club al empresario Jack Petchey, una vez que saneó el club y lo puso en órbita; desde ese momento, Elton John fue nombrado Presidente honorario del club. En 1997 recompró el club cuando estaba en la UVI y cinco años después lo soltó. No obstante, en 2007 ante una nueva amenaza de quiebra, programó un concierto en Vicarage Road y todos sus beneficios fueron donados al club.

El Watford FC tuvo continuados ascensos a 1ª y descensos a 2ª, pero desde que lo cogió Elton John pasó de ser un equipo anónimo a ser un equipo sumamente conocido a escala mundial. El genial cantante se deja caer siempre que puede por Vicarage Road, donde existe una grada que recibe en su honor el nombre de «The Sir Elton John Stand», y los aficionados lo reciben con júbilo.

Elton John, nacido Reginald Kenneth White, siempre ha tenido una especial devoción por el fútbol, no solo miró a su Watford del alma, también emprendió otros proyectos balompédicos; en la década de los 70, donde impulsó el fútbol en los Estados Unidos, presidiendo Los Ángeles Aztecs.

Sin duda, estamos ante un atípico personaje, Elton no acudió al fútbol para buscar un lucro indirecto, para dar fama a sus empresas, para abrir nuevos horizontes geográficos..., como se presume que hoy ocurre con tantos y tantos empresarios de países exóticos con no se sabe bien qué aviesos intereses. Este personaje público tampoco quería una notoriedad que de sobra ya tenía en los escenarios, acudió al fútbol por una razón bien sencilla, por la pasión que le ha tenido siempre al club de sus colores, al equipo de su infancia y donde forjó su mentalidad futbolera.

El Watford FC, de la localidad que lleva su nombre, con algo más de 100.000 habitantes, o sea, como Jaén capital, ya nunca será un conjunto del montón, hoy, en la temporada 2017/18 está en la Premier League en mitad de la tabla, y aunque pueda haber temporadas en que pueda descender, ya se ha convertido en un clásico, en un histórico de la mano de su Elton John.

Porque desde aquel momento en que Elton puso sus ojos y su dinero en él, los avispas, la armada amarilla o los chicos dorados, ya siempre tendrán un lugar en el particular Olimpo del deporte rey. Sí ya sé que yo no debería hablar de fútbol, porque ya se habla demasiado en los medios de comunicación, pero hoy me ha dado por ahí. Pero es que el fútbol de hoy no me gusta, me gusta el de antes, y mucho.

sábado, 6 de enero de 2018

"ARARAT", DE ATOM EGOYAN

Si el primer día de Año Nuevo de 2016 y 2017 me despertaba con sendas películas esperándome en mi ordenador relativas al genocidio armenio («Mayrig» y «588 Rue Paradis»), aquella temática me enganchó y he querido seguir escarbando en la cinematografía en busca de diferentes puntos de vista, y el 1 de enero, mientras la mayoría dormían, yo visionaba «Ararat».

Aquellas dos películas hacían referencia a familias armenias establecidas en Francia, gracias Nicolás, y el recuerdo de aquel genocidio que los hizo abandonar su tierra entre 1915 y 1923. Las alusiones de aquellas películas, la segunda era una continuación de la primera, sobre todo Mayrig, a aquella masacre protagonizada por los turcos, aunque explícitas, también ofrecían un horizonte de esperanza para los que sufrieron un éxodo indeseable y encontraron una nueva tierra de promisión.

No obstante, el enfoque de esta película que hoy traigo a colación es bien diferente, puesto que su director, el armenio-canadiense Atom Egoyan (la película es de producción canadiense) nos propone entender el genocidio desde una visión actual, en concreto, desde 2002 que es donde se sitúa la acción.

No es fácil indagar en un conflicto de este calibre con un siglo prácticamente de distancia, pero Egoyan con una serie de escenas, más que darlo a conocer, pretende que sigamos reflexionando y doliéndonos con lo que sucedió, puesto que el trasfondo es que buena parte de la comunidad turca actual sigue sin reconocer que el genocidio existió; más o menos lo que ocurre con determinada gente que también niega el genocidio nazi. Lógicamente el genocidio armenio es menos conocido, más antiguo, y a medida que pasa el tiempo dejan de existir generaciones que lo vivieron en primera persona o sus descendientes directos.

La película es ciertamente un rompecabezas que hasta la primera media hora es difícil de descifrar. Por un lado, asistimos al rodaje de una película desde dentro, lleva precisamente el mismo nombre de «Ararat», haciendo tal vez un guiño a la famosa «La noche americana» de Truffaut; en ella se trata de narrar uno de los episodios iniciales del conflicto turco-armenio, en concreto la batalla de Van, muy fundamentalmente a través de la mirada de un niño, Arshile Gorky que posteriormente en su nueva vida en Estados Unidos se convertiría en un reputado pintor abstracto, aunque con una vida bastante atormentada. La película hace constante referencia a una de sus obras más reconocidas «El artista y su madre», basada en una fotografía que se harían ambos casi de forma coetánea a aquel conflicto.

Igualmente vamos conociendo a ciertos integrantes de la película: actores, director (el inmortal Charles Aznavour, nacido Aznavourian, en su menos conocida faceta de actor), productor, parte del equipo y a Ani, de origen armenio, que es profesora de universidad y asesora histórica del largometraje. Ani tiene un joven hijo, Raffi (David Alpay) que mantienen una relación con su hermanastra (no de sangre), que es hija del segundo marido de Ani. Esta joven acusa a Ani de haber matado a su padre, y le hará la vida imposible, especialmente en todas las conferencias que se dan mientras se rueda la película, incluida la inaugural de la exposición que se abre sobre el legado de Gorky.

El tercer pilar se asienta en un policía de aduanas del aeropuerto de Toronto a punto de jubilarse, protagonizado por el veterano actor Richard Plummer, que en primer lugar, es padre de un guía del museo donde se expone la obra de Gorky, el cual tiene una relación (homosexual) con un actor de origen turco que encarnará al general otomano que dirigía las tropas otomanas en Van.

Las interacciones entre ellos son ciertamente un tanto sorprendentes y casi sacadas de quicio, porque te obligan a pensar más de lo normal para intentar encajar las piezas que te faltan del puzle. Finalmente más de mediada la película ya parece que te enteras de lo que quiere mostrarnos Egoyan.

La película se está grabando e incluso llegamos a su estreno, pero mientras tanto y sin saber a priori cuándo Raffi, el hijo de Ani, vuelve de Armenia y al pasar por la aduana el viejo policía lo retiene, porque piensa que el joven está tratando de introducir en el país algún tipo de estupefaciente, dentro de las latas con los rollos de cinta de la película.

Y todo se va mezclando, el interrogatorio, la película, y también la búsqueda del viejo policía David, del entendimiento de la relación de su hijo. Es una especie de introspección psicológica de ambos personajes, que quieren buscar su sitio; Raffi, que ha ido a Turquía al lugar donde sus ancestros sufrieron ante los turcos; y David, no se entiende muy bien qué, tal vez, hacer su último favor a la sociedad y a sí mismo, entendiendo a su joven interlocutor, tratando de entender el holocausto armenio, o intentando descifrar cuál debe ser el destino de su hijo.

Al final de la película conocemos a la postre lo que hay en el interior de las latas, y entendemos un poco el parecer de los personajes, aunque ese entendimiento me pareció decepcionante.

La película está, en general, muy deslavazada, con una arquitectura un tanto abstracta, una especie de «Todo 100» en el que el objetivo final se apunta con destellos y no termina de transmitir, no acaba de aterrizar prácticamente en ningún momento de su metraje.

Ese trasfondo de querer mostrar el genocidio armenio, por su intermitencia, termina por hacernos reflexionar si lo que quiere el director es subrayar ese aspecto u otros más que ese, porque al final la película parece convertirse en un estudio psicológico de sus personajes.

Ni siquiera el nombre de Ararat está bien traído, los propios personajes justifican que la película (dentro de la película) se titule así, puesto que es un símbolo para los armenios, a saber es el monte en el que, según la tradición cristiana, se posó el Arca de Noé (los armenios son mayoritariamente cristianos y los turcos mayoritariamente islámicos), y hoy situado en territorio turco, de hecho es la montaña más alta del país. Pues bien, si la acción histórica de la película se situá en Van, se reconoce que desde Van no se veía Ararat; otra licencia del director.

En fin, un experimento un tanto fallido de Atom Egoyan que lo que es un objetivo se queda solo en pretensión. Salvo determinados flash, como por ejemplo, la vida y obra de Gorky que era un pintor que no conocía, es demasiado ruido para tan pocas nueces.

domingo, 31 de diciembre de 2017

"EL PÍCARO", PERSONAL PROYECTO TELEVISIVO DEL GRAN FERNANDO FERNÁN GÓMEZ

Director, actor, guionista, escritor..., pocas personas en la historia contemporánea de nuestro país han encarnado tan polifacético currículum. Fernando Fernán Gómez era eso y mucho más, un auténtico monstruo de la divulgación; en sus últimos años, cualquier aparición suya en series o en programas de televisión, plena de carisma, le otorgaban un caché o un grado de interés que otro personaje de sus características no tenía. Era un señor de la pequeña y de la gran pantalla.

A toro pasado, y pese a que las generaciones más actuales no conozcan tanto de su figura y su legado, me transmite más su faceta literaria que la interpretativa, y mira que en esta última era sobresaliente, porque si polifacética fue su vida, sus personajes lo fueron más aun, desde comedias a dramas, prácticamente cualquier registro.

Y es que Fernán Gómez era un dechado de virtudes que recogió ya con temprana edad la experiencia del teatro y del cine, de los escenarios, para darle rienda suelta a su vis creativa, y nos regaló grandiosas novelas.

También guiones de series de televisión; Fernán Gómez era todo un erudito de la literatura, un estudioso, y fue capaz de desgranar los elementos que hacen exitoso a un producto televisivo. Sabía dónde había que pulsar para hacer ese producto para la televisión, cuyo ingrediente principal es el entretenimiento; en el cine puedes buscar otros matices, vas a ver algo porque te interesa, no obstante, en la televisión, sobre todo la de hace cuarenta o cincuenta años, tú no elegías, te sentabas enfrente y echaran lo que echaran te lo tragabas; en este sentido, la calidad no era el valor principal, el entretenimiento sí. Hoy también es así, pero tenemos un mando a distancia con decenas de opciones, aunque mayoritariamente ninguna es buena.

Y es que Fernando, que sería nombrado en el año 2000 Académico de número de la RAE, creó en 1974 junto con los guionistas Emmanuela Beltrán (Emma Cohen, actriz que fue su esposa durante muchos años) y Pedro Beltrán la serie «El pícaro», evidente fruto de su erudición y a buen seguro que uno de sus proyectos más personales.

«El pícaro» se presenta como una serie en la que se seleccionan y adaptan pequeños relatos del género o subgénero literario llamado picaresca, muy recurrente en nuestro añorado Siglo de Oro de nuestras letras (entre los siglos XVI y XVII). Relatos pertenecientes a figuras tan destacadas como Cervantes, Quevedo, Vicente Espinel, Mateo Alemán, Salas Barbadillo, Lesage, este último francés, el cual hizo suyo este subgénero hispano; los cuales son amalgamados para construir un personaje y una historia secuencial, es decir, con un principio y con un fin.

El dicho personaje no es otro que Lucas Trapaza, un nombre inventado que el propio Fernán Gómez protagonizaba, es un ganapán, un pobre diablo sin pena ni gloria, que gracias a su astucia y a cierta cultura y verbo fácil se permite ir subsistiendo gracias a las argucias que lleva a cabo para engañar por aquí y por allá, teniendo como principal objetivo el llevarse algo de comer a sus tripas, tripas estas con las que conversa, porque no pocas veces a lo largo de la serie le suenan, señal inequívoca de que están pidiendo lo que todos sabemos.

Esas argucias o artimañas son generalmente muy ingeniosas y tienen un fin casi de justicia social, engaña a los que más tienen o a los que les sobra, pero sin derivar en una lacerante merma en el engañado. Lo que pasa es que Lucas Trapaza como muchos personajes de la picaresca suelen salir escaldados porque en no pocas ocasiones sus planes resultan un fiasco, de tal guisa que al final terminan peor que empezaron.

Huelga decir que la serie tiene un marcado talante cómico, rayano en la inocencia; y esto último me sorprende porque esta serie, yo era muy pequeño, no me dejaban verla mis padres, porque seguro que tenía uno o dos rombos; y la verdad es que no sé por dónde le podía venir la censura o el ligero reproche moral, porque la serie era blanca blanquísima, como no fuera por el mensaje subrepticio de que los españoles éramos así de trápalas hace siglos (y hoy lo seguimos siendo también) y de cuál era el camino para vivir o malvivir sin darle palo al agua.

La serie de trece capítulos de poco menos de treinta minutos de duración es una joyita de la televisión de nuestro país, y aunque sospecho que no contaba con un presupuesto muy amplio, estaba bastante bien cuidada, con escenarios adecuados, indumentaria de la época, y un lenguaje algo barroco pero entendible. En esos escenarios muy bien traídos se refleja parte de la historia de nuestro país, casas, plazas, calles sin asfaltar, monumentos que en 1974 habían resistido los avatares del tiempo, entre ellos se reconocen claramente Baeza o Cáceres.

Lamento que la serie no se haya repuesto, o yo no tengo conocimiento de ello, porque tiene muchos ingredientes por los que sería atractiva hoy, amén de que por su propia esencia es una serie atemporal, eterna por así decir.

La muy buena defensa del personaje de Lucas Trapaza por su creador, aparte de que Fernán Gómez ejercía de director, se ve alentada por otro sinfín de personajes que, salvo unos pocos, no se repiten en la serie, es decir, que salen en un solo capítulo, y es también una buena manera de comprobar el talento que había en los años 70, actores y actrices, algunos fallecidos ya, y otros que hoy ya son muy veteranos.

Como he señalado al principio la serie se construyó con trozos de novelas para crear una historia de principio y final; Lucas Trapaza que vaga de un lado para otro y que ni el mismo sabe de dónde es, tiene como «escudero» de sus andanzas a Alonso de Baeza (Juan Ribó), el cual sí que permanece varios capítulos.

Al hilo de lo que refería sobre la censura moral tan errática del final del franquismo, por aquello de que no se querría pregonar que los españoles hemos sido un poco tunantes y bribones desde que el mundo es mundo, y visto que al final de casi todos los capítulos Trapaza termina trastabillado, en uno de ellos, este asevera «Malos tiempos se avecinan para España, que hasta los nobles han entrado en la picardía», lo cual no puede ser mejor reflejo de la España actual, y aunque nos duela a la mayoría, va a seguir siendo así.

Lucas, después de tantas andanzas sin fruto o con escasa recompensa, toda vez que casi en cada capítulo se lamenta de su destino y de no ser capaz de sentar la cabeza, llega a un convento, el cual ya había visitado antes, empapado por la lluvia, muerto de frío y hambre; allí recibe las atenciones de un lego que le da vino, comida, una manta y un catre, al que le contará sus últimas cuitas y reflexionará acerca de su existencia, solicitando su entrada en el convento. Lucas Trapaza se duerme y el lego recogerá sus ropas para emprender este su nueva vida de pícaro, todo continúa...

sábado, 23 de diciembre de 2017

EL CENTENILLO, PASADO MINERO QUE SE RESISTE A SUCUMBIR

No sé en qué parte de mi mente se había quedado alojado el recuerdo de haber ido alguna vez de pequeño a El Centenillo, apenas limitadas instantáneas de cuatro edificaciones y la conciencia de que se trataba de un poblado de un pujante pasado minero.

Mi reciente visita realizada ha enterrado prácticamente esos leves recuerdos y ha fijado otros nuevos casi para siempre, una imagen fidedigna que casi no tiene continuidad con lo que yo pude ver cuando infante.

El Centenillo que, pese a lo que mucha gente pueda pensar, es término municipal de Baños de la Encina y no de La Carolina, municipio este último con el que mantiene influencia por su mayor cercanía; es de estos enclaves que genera sensaciones encontradas de tristeza y alegría. Tristeza porque no solo ves un pasado minero destrozado, que evoca tiempos mejores; y alegría porque pese a todo, gracias al empeño de moradores y residentes de vacaciones y fines de semanas, permite que el pueblo resista los embates del tiempo y siga teniendo vida.

Pero vida, ¿hasta cuándo? Cuando acudo a sitios más o menos recónditos, donde la civilización se va poco a poco dando de baja (ya no queda ni una sola tienda para comprar viandas o simplemente pan), me viene a la mente la obra del genial artista jiennense José Fernández Ríos (al que tengo el gusto de haberlo conocido antes de que se hiciera famoso) en la que recreó una torre de alta tensión hecha un nudo, que creo que la ubicó en alguno de los municipios de la Sierra de Segura, y que venía a representar cómo la modernidad se retuerce en zonas apartadas para que estas sigan subsistiendo.

En esta época de tanto avance, la esencia y lo genuino que suponen nuestras raíces, porque muchos de nuestros ancestros proceden de zonas rurales, se está perdiendo y nos abocamos a una locura de rapidez, ruidos, aglomeraciones y lujos superficiales que al final desembocan en una merma de nuestra calidad de vida.

También da cierta tristeza, por lo que respecta a los restos del pasado minero, que lo que la mano del hombre tardó años en construir, casi en un suspiro se ha convertido en ruinas, ¿había tanto peligro para que las edificaciones del pasado minero fueran derribadas y apenas queden las paredes y las chimeneas? Tal vez la acción de mucho desaprensivo esté ahí latente.

Un recorrido por los alrededores rememora ese pasado minero que destila sensaciones de bullicio y actividad, inimaginable por más que intentemos poner imágenes de maquinaria, trenes, vagones y raíles que jalonaban este poblado. Cabe lamentarse de que nuestra provincia de Jaén que tuvo un pasado minero más que preeminente, ha olvidado con tanta rapidez como la que se tuvo para cerrar las minas por su falta de rentabilidad; y si semanas atrás recordaba con desazón las escasas alternativas de la provincia, sorprende que hayamos sido incapaces en tantas décadas, tras el cierre, de poner en valor esas zonas, o al menos una, y habilitar tan siquiera una mina para que sea visitable; apenas un Centro de interpretación en Linares, y los restos ruinosos de lo que fue un pasado pujante, son los limitados recursos turísticos de que disponemos.

Campo de fútbol de
El Centenillo
Más allá del recurso turístico también está la consolidación del recuerdo de los que éramos habitantes de zonas mineras, los que convivimos con vecinos mineros, y nos consternábamos cuando algún derrumbamiento segaba la vida de esos esforzados trabajadores. Hoy el recuerdo de las minas de El Centenillo, o las de Linares, son edificios en ruinas, y montañas de escoria que nadie se ha preocupado de quitar de allí (en El Centenillo algunas están al borde mismo de la carretera que cruza el poblado) y que cuando éramos niños acudíamos a ellas para localizar algún mineral curioso, algo de galena (sulfuro de plomo) o calcopirita, el llamado oro de los tontos, pero que era muy chulo, y uno se sentía orgulloso de tener una piedra de esas.

Al parecer El Centenillo ya era explotado en época romana por la existencia de filones de plata y plomo, y fueron los ingleses, muy astutos ellos, los que redescubrirían el potencial de esta zona en la segunda mitad del siglo XIX. El resurgimiento de El Centenillo trajo consigo la erección del poblado casi desde cero, en mitad de Sierra Morena, rodeado de montañas y con una orografía ciertamente abrupta. Y es palpable que el poblado recuerda, como se encargan de subrayar las informaciones turísticas del lugar, a una villa británica, por la disposición cuadrada de sus calles (manzanas) y las casitas adosadas, que a mí me traen a la memoria aquella película de mineros titulada «Qué verde era mi valle», y que transmite las duras condiciones del trabajo en la mina, pero la alegría con la que afrontaban cada jornada los habitantes de aquel poblado minero galés, felices con tan poco.

Pabellones de solteros
Aquellos momentos de renacido esplendor de finales del siglo XIX y toda la primera mitad del XX dieron lugar a infraestructuras impropias para un poblado de esas características, contando con su hospital, escuela, cines de verano e invierno, casino y hasta un campo de fútbol.

Se calcula que no menos de 500 trabajadores trabajaban en las minas que había en los alrededores de El Centenillo en el momento de máxima producción y aunque no todos se alojaban allí, buscando localidades más populosas, lo cierto es que imagino que la mayoría morarían en el poblado; porque hay que decir que la carretera de acceso desde La Carolina, el camino natural, siempre ha sido, es y será una tortuosa y sinuosa calzada; hoy con buen firme pero antaño imagino los no pocos baches, tramos sin asfalto o señalizaciones inexistentes para sortear las 178 curvas que separan El Centenillo de «la civilización», por lo que el ir y venir constante no sería una opción muy atractiva. Por eso, existían las casas para las familias, pero también los pabellones para solteros (hoy también derruidos), una especie de residencias para aventureros de la gloria. En definitiva, cabe imaginar que en El Centenillo podrían residir en el punto de máxima ocupación, no menos de 3.000 personas.

He encontrado una ficha de trabajadores de 1927 sobre reconocimientos médicos, solo la primera hoja, en la que hay datos muy curiosos, muchos trabajadores procedentes de la serrana Alpujarra almeriense y especialmente de Laujar, y la cantidad de maderistas que se necesitaban en el interior de la mina, labor tan imprescindible como la de la extracción propiamente del mineral.

Por cierto, curioso lo del campo de fútbol, puesto que dada la tradición balompédica de los británicos, poco tardaron en hacer un terreno de juego, casi excavado sobre la piedra pizarrosa de las montañas de Sierra Morena. Dicho campo pasa por ser uno de los más antiguos de España y El Centenillo F.C. también uno de los primeros equipos de fútbol nacidos en nuestro país. El campo existe hoy día como un santuario inédito del deporte rey, algo que probablemente daría para que cualquier cadena de televisión preparara un reportaje bueno, de esos del pasado que tanto gustan en recrear los espacios deportivos de los telediarios de varias cadenas generalistas. La cancha está un tanto desnivelada, con probabilidad por haber corrido el agua años y años, incluso yo diría que las porterías no están enfrentadas exactamente, pero lo que más sorprende es que existen unas gradas excavadas en la piedra de una pequeña montaña situada en uno de sus fondos, y que da la ligera impresión de ser un anfiteatro.

Hoy día El Centenillo resiste con algo menos de un centenar de personas censadas, pero mantiene destellos de civilización, dos bares y un restaurante, que puede que con el tiempo se cierren. También hay un buen alojamiento rural y residencias para niños de dos congregaciones religiosas, esas serán las referencias para darle vida a El Centenillo en las próximas décadas. Esas y que los residentes no cejan en su empeño de hacer del pueblo un sitio apacible y lleno de magnetismos. En estos días de mi visita, la plaza donde se halla la iglesia de la Inmaculada Concepción, luce con adornos navideños, modestos pero muy efectistas; ya quisieran muchos pueblos y ciudades disponer de una decoración hecha con tanto gusto y cariño, que llena de magia toda esa plaza. Y, por supuesto, algunas calles están adornadas con figuras hechas de reciclaje y pintadas con todos los colores de la paleta, todo un museo al aire libre, lo que te proporciona un sosiego indescriptible. La visita a la calle Almería es imprescindible.

Pues eso es hoy El Centenillo, un lugar apacible en el que la naturaleza trata de retomar con su reloj implacable lo que la mano del hombre se encargó de transformar y después de abandonar. Un paseo por sus calles es una experiencia de paz interior, sin ruido, contemplando el romántico legado de un pasado minero a través de casas hoy mayoritariamente deshabitadas (salvo vacaciones y fines de semana). Y luego hay que darse una vuelta por los alrededores, no solo las minas, sino el paisaje de Sierra Morena, entre encinas, pinos, alcornoques y jaras, prestos con la mirada a ver si algún ciervo quiere hacer acto de presencia para confirmar su jefatura de esas tierras.

Por cierto que los rasgos más representativos del poblado, convertido legalmente en Entidad Local Autónoma, son visibles en su escudo, que oficialmente fue inscrito en octubre de 2011 vía Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, en él está el ciervo, la cabria y la curiosa formación montañosa de «Las tres hermanas» que se aprecia desde varios puntos del pueblo.

En fin, uno revive episodios pretéritos con esta visita y reflexiona sobre varias cosas, pero sobre todo acerca de las duras condiciones del trabajo en la mina, de las esforzadas personas que dejaron su vida en la profundidad de la tierra, y por lo que respecta a El Centenillo uno se pregunta cuántos ingenios o cuántos lujos están repartidos por el mundo hechos de plomo y plata y dónde se hallan, que salieron de estas minas del corazón de Sierra Morena.

domingo, 17 de diciembre de 2017

"UN MONSTRUO VIENE A VERME", EL LIBRO Y LA PELÍCULA, UN INICIÁTICO RECORRIDO NATURAL

Casi cada noche desde que mi hijo vino a mi vida de tierras africanas inicio con él un viaje iniciático hacia el mundo de la imaginación a lomos de cuentos y lecturas varias, que nos atrapan en los instantes previos a su caída en un sueño reparador y profundo. Son preciosos momentos en los que nos evadimos y nos relajamos tras un día que puede haber sido agitado o complicado.

A mí me encanta poder leerle y eso que ya tiene una edad para hacerlo él solito y de paso contribuiría a ganarle la batalla a las dichosas faltas de ortografía, pero probablemente yo me resisto a perder ese pequeño placer cada día laborable, porque quiero sentirme padre de un infante el mayor tiempo posible, aunque él ya apunta a la preadolescencia día a día. Y ello a pesar de que mi hijo me confirmó no hace mucho que, en realidad, no le gusta tanto que le lea y que lo hace por mí, pero estoy convencido de que lo dice para hacerme rabiar, y estoy tan convencido de ello porque no es inhabitual que cuando termino algún capítulo de lo que estamos leyendo, en un momento crucial o crítico de la trama, me pide que no me vaya y que no lo tenga en ascuas hasta la noche siguiente.

Lo cierto es que a medida que avanza el tiempo y su madurez, hemos ido cambiando la temática de las lecturas, comencé con cuentecitos breves, después seguimos con relatos recomendados según edad, y ahora que ya empieza a convertirse en un hombrecito, hemos podido acceder a novelas juveniles e historias de más enjundia, de mayor calado y esfuerzo intelectivo.

Tendría múltiples entradas posibles para este blog con las decenas de libros que hemos leído en el término de este último lustro, y nunca me he inclinado a hacer una reseña de ellos, probablemente porque no serían lecturas que yo haría. salvo acompañado por mi hijo.

Pero llegó la historia que provocó el punto de inflexión, la que quizá más ha tocado la fibra sensible de ambos, la que ha señalado un camino natural que combina literatura y cine.

Me gusta el cine y la literatura, el cine es rápido y entretenido, un libro suele ser mucho más amplio que su película pero su lectura puede durar muchas horas. Las experiencias que tengo de haber leído un libro y después la película ofrecen impresiones diferentes, grandes libros sucumbieron en la gran pantalla, y obras maestras del séptimo arte partieron de libros que no pasarían de mediocres. En realidad, ese recorrido natural que por cuestiones de tiempo no puedo realizar, sería leer primero y ver la película después, así tiene uno una mente más crítica, creo.

Con ese oculto propósito iniciamos la lectura de «Un monstruo viene a verme», un libro que no se antojaba largo para una novela pero sí para un cuentecito juvenil, que casi lo es, con lo que daba para un par de semanas de veladas literarias. Y no, si alguien había pensado que era una historia para niños, por aquello de que la protagoniza un niño, no, no la es; o al menos no para un niño que todavía campea por los cuentos de hadas, princesas y superhéroes; esta historia tiene más quilates y nos golpea con una dura realidad, tal vez eso no guste a un niño, pero sí que puede atraer a algún jovencito para que vaya moldeando su mente para un futuro no muy lejano.

Tampoco es una historia de miedo, o para precisar más, el monstruo no es el que provoca el miedo, aquí el miedo lo protagoniza la realidad; la cruda realidad que nos toca con la varita de la mala fortuna en forma no de un monstruo de la imaginación, sino de otro encarnado en una enfermedad incurable.

Conor es un niño de 13 años, casi la edad de mi hijo, y partiendo de la base de que es una edad difícil, encima la vida no se está portando bien con él. Conor vive con su madre en Inglaterra, es época actual, sus padres están divorciados, y su padre ha iniciado una nueva vida con mujer y una hija recién nacida en Estados Unidos; en la escuela lo acosan; y lo peor, su madre tiene cáncer. A todo esto tiene que ir acostumbrándose a vivir con su abuela materna, un tanto huraña y perfeccionista.

Cada noche, a las 00:07 un monstruo arbóreo se le aparece a nuestro protagonista. Un tejo se humaniza de algún modo para hablarle a su corazón, de sus problemas, de la vida; el monstruo es en verdad una prolongación de la realidad que Conor no quiere ver, o la quiere ver a través de un monstruo que le protegerá y ayudará, con sus consejos a través de historias que parecen querer moldear la mente del niño hacia su adultez y hacia el enfrentamiento de un futuro incierto.

Es una historia triste y asfixiante por momentos, y la paradoja es que el monstruo ayuda a sobrellevar la pesadilla a Conor, enfrentado a un mundo adverso que le está poniendo en el disparadero y no tiene la suficiente madurez para ello, por eso el monstruo es el apoyo; el apoyo para enfrentarse a su padre, a su abuela, a los compañeros de clase, y a las sucesivas derrotas que su madre sufre en su lucha con un monstruoso mal.

Y básicamente, sin destripar en exceso la trama, el libro es fácil de leer, escrito por Patrick Ness en 2011, autor especializado en literatura infantil y juvenil, basado en una idea de otra escritora, Siobhán Dowd, la cual fallecería de cáncer de mama en 2007.

Este cuento serio, a nosotros nos inspiró mucho la imaginación, tal que decidimos ver la película para comprobar cuánto se había respetado el relato, cómo eran los personajes y especialmente cómo se había interpretado al monstruo arbóreo.

El nuevo gurú del cine español, Juan Antonio Bayona, fue el artífice de llevar este cuento a la gran pantalla. Bayona se ha hecho tal nombre en el cine mundial que las productoras le abren las puertas, y cuenta con sustanciosos presupuestos que le permiten disponer de actores de talla mundial, en esta película con Sigourney Weaber y Liam Neeson entre otros personajes destacados.

La película sorprende por su fidelidad con el libro, lo sigue prácticamente al dedillo y en muy pocas ocasiones elude pasajes o personajes que aparecen en el relato, con lo que resulta fácil y gratificante a la vez comparar en cada punto lo que tu mente imaginó, al leer con la interpretación que ha hecho Bayona, la cual está muy bien.

Por otro lado, el cuento daba mucho juego a los efectos especiales, y ese es uno de los grandes activos de la película, ahí Bayona se ha explayado. Probablemente el personaje del monstruo, el tejo antropomórfico, es lo que a mí más me sorprendió, no me lo imaginaba tan humano, de hecho, ese personaje es el que encarna Neeson, aunque se le reconoce poco o nada. Los efectos son fastuosos y demuestran lo que ha avanzado la técnica a estas alturas del siglo XXI y se me hace la boca agua de pensar lo que nos puede deparar el futuro si ya el nivel de perfección que permiten los ordenadores y programas de grafismo es más que sobresaliente.

No obstante, siendo unos efectos tan buenos, más me gustaron incluso las historietas gráficas insertadas en la película. Y ello porque en el libro y, en consecuencia, en la película, el monstruo cuenta tres historias a Conor, y en la gran pantalla se han hecho cómics, que son muy chulos, de una gran plasticidad.

No podría olvidarme de Conor, interpretado por el joven Lewis MacDougall; lo interesante de la elección de este actor, es que no es guapo, no es una cara atractiva, y eso es lo bueno, su fisonomía es la de un niño corriente, en el que se puede identificar cualquier niño normal del mundo. La interpretación es muy buena porque su gesto serio, incluso inconformista, llena toda la película, le da la pátina adecuada que la historia que se cuenta merece.

Un buen libro y una película que lo hace aun mejor suponen un recorrido de natural aprendizaje que mi hijo y yo hemos emprendido y terminado con éxito; recorrido que sugiero como absolutamente recomendable para quienes se encuentren en nuestra misma tesitura.

sábado, 9 de diciembre de 2017

EL EMPLEADO DE LA FNMT QUE SACÓ BILLETES DE SU TRABAJO, SE DIO A LA BUENA VIDA Y MÁS CURIOSIDADES MONETARIAS

He comentado en alguna ocasión en esta bitácora que los que coleccionamos algo, en mi caso sellos, solemos picar en otras colecciones, y nos interesamos aunque sea en menor medida por cualquier modo de coleccionismo. De hecho, esta bitácora no habla solo de filatelia aunque sí predominantemente, y hablo de vez en cuando de otros coleccionismos.

Existe una hermandad entre filatelia y numismática, tal que las pocas tiendas que aun siguen abiertas en nuestro país de este sector, suelen ir de la mano; y más, el que vende sellos, también sabe algo de monedas, de vitolas, de etiquetas de vinos, de tarjetas telefónicas, de cupones, etc.

A los que nos gusta el coleccionismo, nos es grato comentar anécdotas no relacionadas directamente con la filatelia o la numismática, pero que giran en torno a ese mundillo; básicamente porque no son temas de los que se habla en la barra de un bar, y en las escasas reuniones o foros que tenemos los coleccionistas, la mayor parte del tiempo lo dedicamos a hacernos eco de la «prensa rosa» del coleccionismo, que aunque sea poca o friqui, haberla hayla.

Ya recordé una vez en este blog que hubo un instante en mi vida en que me encontré en el lugar justo en el momento determinado y colaboré e impulsé que, con ocasión del Bicentenario de la Batalla de Bailén en 2008, mi pueblo de adopción, se pudiera acuñar una moneda de plata de colección, con un valor facial de diez euros que tenía en el anverso la figura del General Castaños y por el reverso un detalle del famoso cuadro del palentino Casado del Alisal «La rendición de Bailén».

En esos trámites previos tuve la oportunidad de pasar una jornada de trabajo bastante completita con dos empleados públicos de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre; aquella me pareció una oportunidad única, casi «histórica» para conocer algo de los entresijos de esa empresa pública que para cualquier ciudadano de a pie debe ser como poco curioso saber cómo se trabaja allí, en la empresa donde se fabrica el dinero.

Yo aproveché aquella pintiparada ocasión para largar preguntas a mis contertulios todo el tiempo, algunas de las cuales han devenido en algunas entradas de este blog o partes de artículos que he colgado, pero se me quedaron algunas anécdotas en el tintero.

A uno de esos empleados le pregunté algo obvio, y es el cómo se llevaba la tentación de llevarse a casa el producto que se fabrica en la empresa: dinero. Y curiosamente me comentó que una vez uno de sus empleados se pasó de listillo e hizo un curioso y sustancioso desfalco, lo cual provocó que a partir de ahí las medidas de seguridad de la Fábrica cambiaran y se fortalecieran notablemente, más aun con la entrada del euro.

Pero aquello era en la época en que todavía la peseta circulaba en nuestros bolsillos, anhelada moneda. Mi inopinado informante me comentó que el caso que ahora relataré llegó a salir hasta en el Interviú. Con todos los datos que me pasó, y pese a que no he encontrado el tal Interviú para ilustrar esta historia (no tiene articulada la hemeroteca su web), sí que indagando por varios sitios, he conseguido realizar una cronología bastante certera de lo que ocurrió.

Pues resulta que corría el año 1983 y el empleado público de la Fábrica Nacional de la Moneda y Timbre cuyas iniciales corresponden a V.L.F., probablemente acuciado por un sueldo no ajustado a la responsabilidad que tenía (estaba en las planchas de fabricación de billetes, se encargaba de su manipulado, probablemente de su corte y empaquetado), decidió buscarse la vida de una forma un tanto astuta.

Hay que recalcar que aunque nos contemplen ya varias décadas desde aquel suceso, existirían medidas de seguridad en el edificio que impedirían que los empleados sacaran de allí el fruto de este trabajo. Pero mire Vd. por dónde que V.L.F. era el encargado de llevar a una cámara de seguridad los pliegos de billetes cancelados (defectuosos), él contaba con una de las tres llaves de la misma.

Aquellos billetes sin cortar llevaban estampada con algún sello o gomígrafo alguna inscripción con determinada tinta para inutilizarlos. Pero V.L.F. fue hábil y para empezar se hizo con las otras dos llaves, que con toda seguridad pertenecían a otros trabajadores de más alto rango y responsabilidad, se especula con que la confianza entre trabajadores llevara a que alguna vez por cuestiones de organización o premura en la tarea le dejarían las otras llaves y él se tomó el tiempo justo para hacerse con copias de las mismas sin levantar sospechas.

Ahí empezaba la primera parte del entramado, pero para qué quería unos pliegos cancelados y sin cortar y lo que es más trascendente, ¿podría conseguir sacarlos de la FNMT? Tanto lo publicado en los periódicos como lo que se entrevió en la instrucción judicial posterior no metían el dedo en la llaga, es decir, no se reveló cómo sacó los pliegos de allí, porque eso sería, de algún modo, desvelar que un sistema necesariamente seguro tenía sus fallos; es más, esto serviría y sirvió para modificar los protocolos de seguridad.

El caso es que damos por hecho que V.L.F. se las arregló para sacar de la Fábrica los pliegos cancelados, tampoco trascendió de qué cantidad eran aquellos billetes aunque, puestos a probar, mejor ir a lo gordo, por aquello de que y permítaseme la expresión coloquial «más caga una vaca que cien pajarillos», y lo más probable es que sacara de la Fábrica pliegos de billetes de 5.000 y 10.000 pesetas.

Ya en su casa, con todo el tiempo del mundo, se las ingenió, seguro que tras un montón de pruebas (no importaba perder billetes en el intento), para obtener un producto químico que «borraba» la tinta del cancelado y dejaba inmaculado todo el billete. Las crónicas de la época dicen que lo hizo con lejía, se me antoja que es algo tan prosaico que no se sostiene por ningún lado, o sea, que podría ser lejía pero también algo más. Tras ello no tenía más que cortar meticulosamente las planchas, entiendo que minimizando los defectos por los que fueron cancelados, es muy probable que porque estuvieran descentrados o con leves problemas de estampación.

Y hete aquí que V.L.F. consiguió una especie de gallina de los huevos de oro, una inagotable fuente de ingresos, muy probablemente con la anuencia de su esposa, porque pasar de ser un humilde funcionario de un nivel no muy alto a manejar pasta no se podía esconder demasiado en la familia.

Sin embargo, como se suele decir la mujer del César no solo tiene que ser honrada sino parecerlo, y la codicia se adueñó de V.L.F.; la codicia es uno de los grandes males que afectan al ser humano desde que el mundo es mundo. Y el protagonista de nuestra historia se vino arriba, era casi imaginable, verse con un sobresueldo de dichas características no es fácil de administrar, dicen que mucha gente que tiene golpes de suerte, le toca la lotería o la primitiva, se arruinan o no saben qué hacer con tanto dinero.

Y V.L.F. comenzó a aparentar excesivamente y darse a la buena vida, y en ese delirio de riqueza fraudulenta pues, aparte de llevar un ritmo de vida impropio de su sueldo, este hombre no tenía una ética muy modélica, de tal forma que aparte de los lujos imaginables: coche, vivienda, restaurantes, ropa, viajes…, pues precisamente en esos viajes parece que frecuentaba casas de señoritas de moral distraída. De tal guisa que se ve que llegó a encapricharse de una señorita en uno de sus viajes a las Baleares, intimó y sus encuentros se repitieron. A esta señorita la detuvieron los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y al comprobar que manejaba una gran cantidad de billetes, afirmó algo así como que se los daba un empleado que trabajaba en «la fábrica esa donde hacen los billetes». Hasta cuatro millones llegó a recibir la amiguita. A partir de ahí fue relativamente sencillo tirar del hilo para encontrar al generoso donante, imagino que con la asistencia de la FNMT que tenía anotadas las numeraciones de los billetes cancelados y que nuestro protagonista se encargó de revivir.

A este nuevo rico se le calcula un sobresueldo a lo largo de cinco años de unos ochenta millones de las antiguas pesetas y se le encontraron en casa cerca de veintiocho millones dispuestos para seguir dándole libidinosa cobertura.

Ahí acabó la historia, fue condenado a doce años de prisión y cincuenta millones de multa que no sé si abonó, y si lo hizo, no sé de dónde los sacó.

Es obvio que las medidas de seguridad se han reforzado y la llegada del euro supuso un punto de inflexión, pero por mucha sofisticación que haya siempre habrá alguien dispuesto a engañar; siempre he pensado que para hacer billetes exactamente iguales a los de la fábrica basta con tener la misma maquinaria, y técnicamente eso es muy complicado pero no imposible. Algunos se acercan como, curiosamente, Rafael Velasco oriundo de Bailén, licenciado en Bellas Artes y especializado en Artes Gráficas, que hace apenas tres años fue detenido por falsificar billetes de cincuenta euros; fue calificado por la Policía como el más perfecto falsificador de toda Europa.

Por cierto, los billetes de euro se fabrican en todos los países de la zona euro, aunque se reparten el modelo, y también los años en que se va a producir tal modelo. Por ejemplo, los billetes de cinco euros no se fabrican en España. De todas maneras, hay amplia información en la Red, incluso a través de alguna letra del billete se puede saber en qué país fue fabricado.

Con las monedas, que cada país produce las propias, no ocurre exactamente igual, es más, con estas hay que hilar mucho más fino que con los billetes en cuanto al cálculo de costes de su producción. Un billete, por mucha tecnología que lleve, es un papel en definitiva, el coste de producción es muy pequeño con respecto al valor facial que tiene; pero ¿y la moneda? Este es siempre un caballo de batalla para todos los países del mundo, o sea, se trata de encontrar metales fuertes, duraderos, que eviten la corrosión, abundantes y baratos. Está todo prácticamente inventado, y las aleaciones se repiten a lo largo y ancho de la geografía mundial.

En el caso del euro, las de uno, dos y cinco céntimos (acero recubierto de cobre) son las menos rentables, la de un céntimo cuesta en metal dos tercios de su valor, de ahí que algunos países (Holanda) ya se hayan decantado por no usarla en su tráfico habitual; y es que es un enorme gasto considerando aparte que son un fastidio llevarlas encima. Las de diez, veinte y cincuenta céntimos (aleación denominada oro nórdico) ya van mejor; la de diez cuesta, es decir, valor del metal más manipulado un 26 % de su valor, la de veinte un 18,5 % de su valor, y la de cincuenta en torno al 10 %. Por último, las de euro y dos euros, al ser bicolor (bimetálicas), se fabrican con cuproníquel y níquel-latón, Estas monedas ya están por debajo del 10 % de su valor en metal.

Mucha gente piensa que la revalorización de los metales, es especial de las monedas pequeñas, sobre todo las de uno y dos céntimos, podría provocar que valiera más el metal que la moneda y algunos acumulan cantidades ingentes de estas; estoy convencido de que para cuando no sea rentable la quitarán del mercado y dudo que alguien quiera comprar chatarra y sobre todo cuántos kilos, toneladas diría yo, de monedas de uno y dos céntimos tiene que acumular alguien para hacer un negocio medianamente interesante.

sábado, 2 de diciembre de 2017

"EL LIBRO DE LOS ESPEJOS", DE E. O. CHIROVICI

Convivimos alrededor de personas que a veces falsean la realidad inconscientemente, la mente nos juega malas pasadas, olvidamos lo ocurrido y creamos recuerdos falsos. La mente es capaz de transformar la realidad objetiva en realidad separada, a la medida de cada uno. Y cuando pensamos que alguien puede ser un mentiroso, en algunas ocasiones puede que no lo sea, porque su cabeza genera una realidad que no fue tal y como la vivió. Estamos constantemente modelando recuerdos. ¿Cuántas personas afirmaron hace años que habían visto en la tele a un perro llamado Ricky (en honor a Ricky Martin) haciendo «guarreridas sesuales», o sea, cosas raras con su dueña en el programa Sorpresa, Sorpresa? Y todo fue un proyecto de un grupo de estudiantes de Psicología, que triunfaron, y eso que no existían las redes sociales.

Pues un poco de eso va este interesante libro del rumano E. O. Chirovici, porque no todo es lo que parece en un principio de la trama y el enredo inicial se va deshaciendo con inesperados giros, gracias a que se parte de la premisa de que un personaje principal ha alterado la realidad con el paso del tiempo, y eso permitirá que lo que nos parecía claro de entrada, no lo sea al final, y viceversa.

La novela se sitúa en el estado de Nueva Jersey en Estados Unidos. Hace veinticinco años tuvo lugar el asesinato en extrañas circunstancias de un prestigioso profesor de Psicología de la Universidad de Princeton, Joseph Wieder. El caso se cerró con la condena de un delincuente que parecía tener poco que ver con el asunto, pero lo mediático del caso provocó que las autoridades policiales y judiciales buscaran esa solución de compromiso para acallar la presión social.

Pero nos situamos en la actualidad, un editor, Peter Katz, recibe un manuscrito de un tal Richard Flynn en el que narra su relación con el profesor Wieder y con una brillante y misteriosa compañera de piso llamada Laura Baines, en 1987, en su época estudiantil. El manuscrito revela el trío profesional, amistoso y ¿sentimental?, que se formó entre ellos. Laura trabajaba con Wieder en la universidad en relevantes proyectos propios de sus estudios; Richard y Laura se enrollaron; y Wieder dio trabajo a Richard organizando una magna colección de libros en su casa y pasando los mismos a una base de datos en un ordenador.

Lo último que refleja el manuscrito es lo sucedido en las últimas horas de vida del profesor Wieder, Richard Flynn estuvo trabajando en su casa y luego cenaría con él, se marcharía, y a la mañana siguiente se descubrió el cuerpo sin vida del profesor en medio de un gran charco de sangre.

Aquí termina la primera parte de esta novela, Richard Flynn ha enviado al editor el que parece ser un relato objetivo de los tres protagonistas iniciales de la novela y aparentemente imprescindibles en ella. Flynn asegura que acaba de hallar la verdad tras muchos años y lógicamente cuenta con el resto del manuscrito en el que revela la autoría del asesinato. Lamentablemente cuando el editor acude a casa de Flynn en busca del resto del manuscrito y una suculenta cantidad de dinero en su zurrón, este se encuentra hospitalizado con una enfermedad terminal y su pareja ni sabe nada de manuscrito ni logra localizarlo en casa. Flynn fallecerá y todo quedará en el aire.

Aquí se inicia la segunda parte que cuenta con un segundo narrador, el periodista John Keller, que contratado por el editor que recibió la primera parte del manuscrito, y a falta del mismo, trata de ir encajando las piezas del rompecabezas. Básicamente su labor consistirá en obtener la máxima información existente en fecha actual de los acontecimientos acaecidos hace casi un cuarto de siglo. Documentos de la época, fichas policiales, bibliografía, búsquedas en Internet, y entrevistas con los personajes que giraron alrededor del caso en su momento, Laura Baines (ahora Laura Westlake), el mantenedor de la casa de Wieder, Derek Simmons, policías y otros personajes que tuvieron más o menos relación con los hechos, porque fueron testigos indirectos o porque suponían una coartada.

Keller irá, de algún modo, marcando una hipótesis de los hechos en un complicado puzle, que revela como dato primordial que no todo lo que Flynn indicaba en su manuscrito era verdaderamente tal como lo vivió; particularmente Laura reconoce que no había relación amorosa con él y que eso solo estaba en su imaginación.

Finalmente el periodista llega a muchas conclusiones, une ciertos cabos sueltos, pero su labor termina ahí, pasa al editor que lo contrató sus pesquisas con el objeto de una futura publicación; pero todo se sustenta en juicios de valor, , en indicios y en declaraciones de personas que no se reafirmarían ante los tribunales, lo que lleva a dicho editor a decantarse por no publicar ante los problemas legales que le ocasionaría.

Esta novela tiene tres partes y lo novedoso de la misma es que cuenta con tres narradores diferentes en cada una ellas. En la primera Richard Flynn, en la segunda John Keller, y la tercera le corresponde a un policía jubilado, Roy Freeman, que estuvo implicado en su momento en la resolución del caso, y que acuciado por lo mediático del mismo y que en aquella época le daba bastante al alcohol, se siente obligado a coger las riendas del asunto, conocedor del manuscrito de Flynn y de las averiguaciones de Keller con el que mantuvo el contacto un tiempo antes.

Por otro lado, a Freeman le han diagnosticado principio de Alzheimer y decide, como última contribución a la sociedad, antes de su desconexión, el tratar de desenredar la madeja, en un caso donde efectivamente comienzan a aparecer más y más variables y los que parecían sospechosos ahora no lo son, revelándose nuevos personajes que terminarán por dilucidar lo ocurrido en aquella noche fatídica en la casa de Wieder.

Finalmente y sin entrar en detalles decisivos que le amargarían al ávido lector que desee leer esta interesante novela, Freeman no solo conseguirá desvelar el caso sino mandar entre rejas a la persona que asesinó a Wieder. En todo caso, Wieder se revela como una persona que, desde el punto de vista profesional, no era tan trigo limpio como se suponía en un principio.

Gracias a la chispa provocada por Flynn y el empeño de Keller y Freeman se llega a la solución y estos coinciden en que los recuerdos del pasado no son necesariamente los recuerdos reales. Nuestro pasado comienza a distorsionarse en cuanto se instala en nuestra mente, que actúa como un espejo, no nos vemos en un espejo tal y como somos, la imagen especular es parecida pero nunca la misma. Y la necesidad de reconstruir un espejo roto y finalmente ver lo que hay enfrente de él es un viaje apasionante que reconforta al lector.

Y ello porque es un libro fácil de leer y de entender, nada de complejas tramas y sucesión de decenas de personajes que te hacen perder el guion, lo que nos permite concluir que estamos ante una novela de mucho calibre, y auguro que Chirovici seguirá deleitándonos en el futuro con novelas del mismo corte que ofrecen una bocanada de aire fresco a la narrativa del siglo XXI.

La novela está escrita en inglés (he detectado algunos fallillos de traducción) y es la primera que Chirovici hace en este idioma, antes eran en su idioma nativo. Era economista y periodista en Rumanía, pero sus éxitos literarios le han llevado a dedicarse profesionalmente a escribir novelas y desde 2013 vive en Bruselas.