domingo, 26 de marzo de 2017

GANDALF O HEINZ STROBL, EL MAGO DE LA MÚSICA AMBIENTAL

Hace algo más de un año, con ocasión de mi entrada del grupo danés de chill out Bliss, reflexionaba acerca de la virtualidad de tener un nombre sonoro para tu proyecto musical. Bliss carecía de ello y, un nombre desafortunado unido a una rama musical minoritaria, formaban un cóctel de gusto no muy agradable. Ya en ese momento pregonaba, lo cual no es un misterio, que tan interesante como la música que haces es cómo te das al exterior y el nombre debe ser acertado.

Pues algo parecido le pasa a Gandalf, sí, de primeras todos acudiremos a ese personaje de las novelas de «El señor de los anillos» de J.R.R. Tolkien. Es decir, un personaje de sobra conocido y superestereotipado, confundido con un músico de New Age. Por mucho que te guste ese nombre, habrá más de uno que se haya confundido.

Es más, el otro día cuando empecé a documentarme sobre este proyecto, que conozco desde hace mucho tiempo, la siempre precisa herramienta de la desambiguación de Wikipedia me reafirmó en la extrema torpeza de nombrar a tu grupo Gandalf, no solo por ser tan común y encasillado, sino porque además la torpeza parece cundir sin mayores reservas. Sí amigos, porque si tenemos a este Gandalf que da nombre a esta entradilla que ya voy adelantado que se trata del compositor austríaco Heinz Strobl, también tenemos un grupo de heavy metal finlandés de los 90 y otra banda estadounidense de rock psicodélico de los 60 (por cierto, sorprendentemente muy buena y con claridad adelantados a su tiempo pero... desconocidos), en fin, para nota.

Pero, vamos a lo que vamos, a lo que interesa, no tengo la culpa de ese nombre desafortunado que puede liar un poco a la hora de la búsqueda de su música, así que recomiendo indicar Gandalf musician o Gandalf y entre paréntesis Heinz Strobl.

Tal vez quepa recordar que si bien el sudafricano Tolkien, de ascendencia británica, escribió sus más sobresalientes libros en la década de los 50 del pasado siglo, yo tengo el pleno convencimiento de que fue en la década de los 70 cuando empezó a hablarse mucho de ellos en Europa, esa es la percepción que yo tengo, acentuado por el hecho de que sus novelas legendarias y fantásticas comenzaron a llevarse a la gran pantalla hizo que se prolongara su éxito hasta hoy.

Ni que decir tiene que Heinz Strobl se puso el nombre por ese personaje, el mago bueno de «El señor de los anillos» (libros y películas que no he visto ni leído, porque no me han llamado la atención hasta ahora, y hablo pues, de referencias), puesto que a principios de la década de los 80 fue cuando este abandonó el estilo de rock progresivo para adentrarse en la New Age, aunque también se le ha denominado a Gandalf como música ambiental progresiva. Precisamente se comenzaba a vivir el boom de la música New Age en Estados Unidos y Europa, melodías congraciadas con la naturaleza, ambientales, mágicas y Strobl quiso no solo realizar esa música que evocara fantasía o un mundo idílico, sino que junto con el nombre de Gandalf él se atribuyó una imagen que claramente se asemejaba al mago de la epopeya de Tolkien, con el pelo muy largo, y con lo años también cano, aunque este compositor austriaco nunca optó por la barba.

Gandalf a partir de ese momento se definió como un multiinstrumentista con el sello propio de los pioneros de ese boom de la New Age. Aunque algunos lo asimilan por su sonoridad a Mike Oldfield, que no lo veo, o a Kitaro, a mí sinceramente me suena mucho más al gran Ray Lynch. En realidad, se asentó en ese tipo de música atemporal que bien podría haber sido la banda sonora de «El señor de los anillos», pero también de «Juego de tronos» o de cualquier producción que narre epopeyas y ensoñaciones que plasman líneas fronterizas entre la realidad y la fantasía.

Strobl, que nació en 1952 tiene el enorme mérito de haber persistido en su estilo durante más de treinta y cinco años, y es que con cierta regularidad va sacando discos, realiza giras y conciertos y no para de seguir inventando e innovando; es un tipo completamente activo. Hace unos años Gandalf declaró que «la música es una especie de santuario para mí, un lugar protegido para retirarse del ruido y la locura en el mundo, en ella encuentro consuelo y paz. Parar de hacer música significaría dejar de respirar».

A Gandalf se le ha calificado como «el pintor de paisajes musicales» o «compositor de música clásica del siglo XXI», su música se inspira en la belleza de la naturaleza y en sus vivencias por medio mundo, lo que le han permitido crear sintonías que tratan de disolver las barreras culturales y raciales existentes, generando un punto de apoyo para reflexionar en este ritmo vertiginoso del mundo actual.

Adentrarte en su música es como descubrir algo mágico en la misma, es un viaje a un país imaginario, es encontrar a través de sus pinceladas una paleta de colores que te producen paz y serenidad. Su música es íntima, tierna, te abre el corazón, es cálida, y puedo asegurar que te envuelve en un agradable ambiente de armonía de principio a fin. Incluso para aquellas personas más espirituales es una magnífica ancla para emprender la búsqueda de nosotros mismos, reservándonos un pequeño espacio para la individualidad en este mundo global y demasiado mediocre.

Como músico con sólidos pilares en la música clásica sus composiciones se han orquestado, y aunque el signo de la New Age es evidente, no es menos cierto que le viene como anillo al dedo eso de que se puedan calificar sus temas como la música clásica del siglo XXI, de hecho, a través de su discografía la colaboración con orquestas sinfónicas ha sido muy amplia.

Y es que Strobl elige con delicadeza los instrumentos que están presentes en su producción, desde luego parte de sintetizadores y secuenciadores pero también están presentes violonchelo, saxo, flauta, oboe, guitarra acústica, piano, percusión, así como muchos otros instrumentos autóctonos, con lo que su estilo también lo podríamos englobar en la world music. A propósito, de la percusión se encarga su hijo Christian.

En fin, Gandalf y Heinz Strobl o Heinz Strobl o Gandalf, un proyecto musical de los más exitosos de Austria, donde es ampliamente conocido, que más allá de su desacertado nombre, por lo que he referido, es una fabulosa elección musical para lanzarse a un remanso de paz mientras leemos un buen libro.

sábado, 18 de marzo de 2017

BREVES REFLEXIONES SOBRE MI EXPERIENCIA COMO ENTREVISTADOR

Cuando hace unos días una asociación empresarial de mi localidad me propuso participar en un foro de empleabilidad, y que mi cometido era el de convertirme por un rato en un empleador y realizar simulacros de entrevistas a hipotéticos aspirantes a un puesto de trabajo ficticio, pensé que no estaría mal que yo reflexionara acerca del bagaje del que dispongo en esta materia, con objeto de ofrecer a esas personas que se iban a sentar frente a mí algún tipo de estrategias para ayudar a la siempre crítica tarea de enfrentarse a una entrevista de trabajo.

Por el puesto de trabajo que tengo, de alguna responsabilidad en una Administración pública, he tenido la oportunidad a lo largo de más de dos décadas de formar parte de tribunales o comisiones en las que junto a otras personas he tenido que entrevistar a personas para dirimir puestos de trabajo de muy variada tipología y duración.

Desde luego no pretendo, ni pretendí, en aquella batería de entrevistas que realicé a los participantes de aquel foro, ser un gurú de las entrevistas, capaz de escrutar hasta el más mínimo detalle cómo se deben afrontar estas; Dios me libre de semejante osadía. Para ello hay no solo profesionales dedicados en exclusiva a adiestrar a personas en este cometido, sino infinidad de manuales (alguno leí cuando era joven) sobre esta temática, que a buen seguro ofrecen sesudos consejos sobre cómo conseguir una entrevista perfecta.

Mi modesta aportación, más allá de fallos puntuales de los aspirantes que yo corregía más por sentido común que por experiencia, pasaba por apuntar una serie de grandes líneas básicas que yo creo que podrían ayudar a esos aspirantes; estrategias que estoy convencido de que los libros y guías sobre la materia recogen y que los expertos encargados de adiestrar a esos aspirantes conocen al dedillo.

Curiosamente en ese foro de la empleabilidad yo no estaba solo, sino que a mi izquierda y a mi derecha otros empleadores, mucho más reales que yo, porque además pertenecían al sector privado, ejercían mi mismo papel; y al final del ciclo de entrevistas, en torno a la decena, todos los que estábamos en la mesa de entrevistadores pusimos en común lo que habíamos observado. Amén de alguna anécdota o consideración personal, me sentí reconfortado porque personas mucho más acostumbradas que yo a las entrevistas reales coincidían a grandes rasgos en mi apreciación de las mismas.

He de decir que si algo me molesta de un entrevistado es que por la titulación o formación que tiene, no dé de sí lo que se espera. Mis críticas son más acusadas cuanta más es la formación académica del aspirante. Y es que si de universitarios se trata, lamento decir que más en esta última década que en la anterior, observo en no pocas ocasiones que por encima de los conocimientos propios de su carrera, de los que no dudo su buena preparación, están muy faltos de otras habilidades, a las que yo llamo intangibles, quizá sea lo que los expertos llaman la inteligencia emocional, que no se aprenden en las aulas, sino que se adquieren en la universidad de la vida: leyendo, observando, interactuando, respirando…

Ya digo, observo la tendencia, más acusada en este último decenio, de que nuestros universitarios son incapaces de expresarse con soltura, con buena capacidad de expresión y de dicción. Se aturullan, hablan de generalidades para no decir nada, utilizan muchas muletillas («bueno, no sé», «eh, bien», «pues yo creo que») y lo que es peor de todo, son incapaces de enlazar una sucesión de frases coordinadas durante más de medio minuto, y básicamente es complicado encontrarte con alguien que tenga un vocabulario rico y profesional, distinto al que se utiliza en la calle.

Casualmente varios de mis ficticios entrevistados del foro me conocían y yo los conocía a ellos y aun así me manifestaron que estaban algo nerviosos. Este es un aspecto vital en una entrevista, porque el entrevistador por poco ducho que sea lo capta, que el entrevistado esté nervioso le resta a buen seguro más de un 50 % de sus posibilidades de éxito en la entrevista. Y esto hay que trabajarlo, se trabaja y se ensaya, como si de un teatrillo se tratara.

Una vez estuve en un curso de comunicación y el docente nos transmitió una idea vital para el asunto que nos ocupa, buena parte de los nervios de hablar en público vienen informados en proporción directa por la desconfianza del actor en su discurso. Si alguien sabe de su materia y conoce al detalle de lo que quiere hablar, habrá ganado mucho en su tarea, porque es como si anduviera por un camino que conoce y está totalmente iluminado. Ahora bien, si el camino no se conoce y está a oscuras será inevitable tropezar.

Y lo cierto es que bastantes veces he tenido frente a mí personas que tropezaban desde la primera frase, desde la primera palabra. Lo flagrante del asunto es que cuando hace algo más de un cuarto de siglo yo tuve que subir mi Tourmalet particular y enfrentar algunas entrevistas, trataba de ilustrarme acerca de la empresa que me iba a entrevistar. Entonces no existía Internet y procuraba valerme de las herramientas que tenía a mi alcance, libros, revistas, bibliografía variada, y patearme quioscos de periódicos, bibliotecas y cualquier foco donde se pudiera encontrar la información deseada.

Hoy con Internet a nuestra disposición, sin duda el invento más importante del cambio de siglo, tenemos a golpe de clic cualquier información que necesitemos. Qué menos que prepararse mínimamente una entrevista que entrando en la web de la empresa que nos pretende contratar.

Pero ni eso, yo he tenido entrevistados que venían, por ejemplo, a una plaza para profesor de una casa de oficios, y no eran capaces de explicar en qué consistía este programa de formación-empleo. Procesos decepcionantes en los que uno terminaba más derrotado que el propio entrevistado, ya que te tirabas una mañana entera y apenas salvabas a un puñado selectísimo de candidatos. Procesos en los que tenías que elegir al menos malo de todos.

Y es que no es de recibo, y me ha ocurrido un montón de veces, no es mentira, que en una entrevista el entrevistador termine hablando más que el entrevistado; básicamente porque cuando uno hace una entrevista y tiene cinco preguntas preparadas, espera que el entrevistado se explaye, pero cuando te responde con monosílabos (sí o no) o apenas dice dos o tres palabras, tú intentas rebuscar en el que tienes enfrente para sacarle algo que presupones que tiene dentro. No obstante, realmente estás prolongando la entrevista para justificarte ante ti mismo y ante tu organización, pues no parece muy edificante que una entrevista se dirima en un par de minutos, tras doscientas palabras formuladas en modo pregunta por el entrevistador y resueltas en veinte palabras o menos por el entrevistado.

Pues eso, que hay que prepararse las entrevistas, esto no es un misterio, no solo estudiando a tu entrevistador y lo que te puede preguntar, sino aprendiéndote lo que tú puedes decir de ti. A mis inopinados interlocutores del foro yo les transmitía un símil deportivo, hay que salir al partido con una estrategia, y nuestra estrategia es lo que yo sé de mí mismo, esto es fácil, cuál es mi currículum, cuáles son mis fortalezas, qué espero de la empresa, qué valor añadido aportaría a la empresa si se inclinara por mí… En fin toda una serie de preguntas que presumiblemente y el sentido común nos invita a pensar que nos pueden hacer. Ahora bien, hasta ahí mi estrategia, es decir, yo sé cómo voy a jugar el partido (la entrevista) y pongo encima de la mesa quién soy, porque me he entrenado para ello, pero como si de un buen entrenador deportivo se tratara, tengo que anticipar la táctica del contrario, qué es lo que me puede preguntar, y para eso hay que ilustrarse, patearse Internet, el público y el profundo, y conocer todo de la empresa que me va a entrevistar. En mi caso, en más de una ocasión hubiese deseado que mis entrevistados del pasado llevaran preparada mínimamente la entrevista para que al finalizar mi jornada laboral no me hubiera marchado bastante decepcionado con los aspirantes y con el sistema educativo.

Y a todo esto, ¿es importante ir bien vestido? Pues tal vez lo que dicen los libros sea diferente a lo que yo opino, o sea, que lo que voy a reseñar es una impresión personal. Para mí, y me da la impresión que para muchas empresas, el aspecto es secundario en el siglo XXI. Si mi empresa busca un perfil concreto, el que permita solucionar un problema existente en la organización, un nicho o una debilidad que está afectando al proceso productivo o a la prestación adecuada de un servicio (incluyendo el servicio público), escruta para encontrar el mejor candidato que ocupe ese espacio vacío con la mayor brillantez y profesionalidad, y me da igual si viene con rastas, rapado, con chupa de cuero o con zarcillos en labios, nariz o párpados.

Tal vez sea casualidad, pero tengo buena experiencia de haber trabajado junto a alumnos en prácticas de universidades y centros de formación profesional, y he tenido chavales muy hippys y/o con abundancia de pendientes y tatuajes que han dado muy buen resultado, y otros vestidos con ropita de marca que parecían pinceles, pero que demostraban un desinterés absoluto.

Eso sí, más importante que la vestimenta es la higiene, y por ahí no paso, y no se puede acudir a una entrevista siendo un guarro, desaliñado y oliendo a zorruno.

En fin, para ir terminando, las entrevistas tienen que hacerse con buena dicción, de forma pausada, estructurada, ni muy rápido ni muy despacio, sabiendo lo que se quiere decir y buscando convencer al que tienes enfrente de que tú eres el candidato ideal, esto y todo lo que he venido señalando aquí (ya he dicho, no se me tome como un experto sino como un mero observador con alguna experiencia en la materia), pueden separar el destino de cada uno, incluido el de obtener un puesto de trabajo bien remunerado y duradero o el de seguir vagando por ahí haciendo entrevistas «por probar» o «por coger experiencia». En definitiva, la frontera que separa el hacer una buena entrevista o perpetrarla.

sábado, 11 de marzo de 2017

"TRAIDOR EN EL INFIERNO", DE BILLY WILDER

Nos situamos en 1953, no ha transcurrido ni una década desde el fin de la 2ª Guerra Mundial y el grandísimo director de cine estadounidense de origen austriaco Billy Wilder, se atreve a hacer con las heridas todavía rezumando, una película que trata sobre este conflicto bélico.

Billy Wilder se caracterizó a través de toda su obra profesional por ser un genio del séptimo arte, un tipo que sabía lo que deseaban los aficionados a las salas de cine, entretenimiento por encima de todo. Y sus películas son un producto comercial, incluso populista. Guiones sencillos y tramas muy fáciles de seguir que combinan varios géneros, una especie de «todo cien» que en otras circunstancias nos podría parecer una osadía, pero que para este director es su carta de presentación.

Porque Wilder no solo tiene la osadía de producir un largometraje sobre un campo de prisioneros en la Alemania nazi cuando el dolor y el recuerdo aun está latente en medio mundo, sino que lo hace ofreciendo una cara amable incluso cómica en medio del drama que pretende también mostrarnos.

Y es que esta película podría definirse como una comedia con trasfondo serio. Lo que se cuenta es un drama, pero alrededor de su metraje se suceden las situaciones hilarantes, los chistes, los gags. No es difícil sospechar la razón por la que su director lo hacía, primero por el fin de entretener y, en segundo lugar, porque quería que sus películas estuvieran abiertas para todos los públicos. Es una película que podría ver perfectamente un niño y, de hecho, yo la vi cuando niño hace un porrón de años.

Con las reservas temporales y espaciales, Wilder le da el toque buenista que luego preconizaría la serie de televisión «Equipo A», en la que nadie muere, no hay escenas violentas y se suprime la sangre en su mayor parte. Sí, porque muertes hay, sangre y violencia también, pero todo muy tamizado, que se muestre pero sin recrearse lo más mínimo.

En algún punto del imperio de la Alemania nazi, previsiblemente en Austria, se encuentra el campo de prisioneros Stalag 17 (ese es el título original de la película). Es importante no confundir campo de prisioneros con campo de concentración. En este Campo 17 se ubica un nutrido grupo de suboficiales (sargentos) estadounidenses, y no son en nada comparables sus condiciones y trato con el que se dispensaba en los campos de concentración-exterminio. Los campos de prisioneros debían respetar la Convención de Ginebra y, de hecho, en un pasaje de la película hace acto de presencia un representante de la Cruz Roja para pulsar las condiciones y el trato que se ofrecía a sus inquilinos.

Todo comienza cuando en uno de esos barracones se lleva a cabo la fuga de dos de sus miembros, en un plan metódicamente confeccionado que fracasa con la celeridad con la que los dos soldados se mueven por el campo hasta franquear las alambradas, donde les espera un auténtico batallón de fusilamiento.

Algo ha funcionado mal, pero todo seguirá funcionando mal, cualquier plan, cualquier estratagema que los estadounidenses quieran llevar a cabo encuentra con inmediatez la respuesta de los alemanes que desbaratan toda alegría de su contendiente. La radio y la rudimentaria antenas que les permite recibir noticias del exterior son requisadas o la muerte de sus compañeros del inicio de la película tras un plan sin aparentes fisuras, comienza a alertar a los integrantes del barracón acerca de la posible existencia de un topo, de un soplón.

El principal sospechoso es Sefton (William Holden), un tipo un tanto ruin, que es capaz de apostar hasta su padre por cualquier cuita, incluso poner a prueba la fortuna de los dos soldados que mueren al inicio, ya que él apuesta por su fracaso. Con los trapicheos que hace por aquí y por allá y esa especie de personalidad «visionaria», se hace con un buen botín de fruslerías que lo convierten en el potentado y a la par el más odiado del barracón. Él es el propietario de la cantina en la que destila un bebercio fabricado a base de cáscaras de patata, también el gerente del hipódromo en el que corren unos simpáticos caballos (ratones) sobre los que se hacen apuestas de cigarrillos, y su relativa opulencia le da para comerse de vez en cuando hasta un huevo frito, por ejemplo.

La vida se sucede con aparente relajación, es la parte jocosa y costumbrista de la historia, con unos alemanes un tanto bobos que permiten todo tipo de licencias, bromas y chanzas a sus prisioneros. Es particularmente significativa la presencia de la pareja compuesta por Harry y Chimpancé, que con su gran sentido del humor mantienen el ánimo del barracón ante las adversidades.

La llegada del teniente Dunbar al campo anima un poco el cotarro entre los chicos, pues este no solo trae informaciones del exterior sino que alardea de su última contribución a su patria, atentando contra un tren nazi.

Poco tardará Dunbar en ser llevado a la máxima autoridad del campo acusado del atentado en cuestión, con lo que la hipótesis de la existencia de un topo ya deja poco lugar a dudas y, por supuesto, Sefton no solo es el principal sospechoso sino que en un juicio sumarísimo le pegan una paliza y es declarado como el chivato del barracón, siendo degradado moralmente y apropiándosele todo el arsenal de cachivaches que hasta ese momento poseía.

Como es imaginable, nada es como parece, y desde ese punto Sefton, ya sin mayor actividad que la de la contemplación, intentará descubrir al verdadero culpable. Una bombilla anudada y una pieza en el tablero de ajedrez serán las claves que le permitirán descubrir al auténtico topo.

Todo pasa por salvar a Dunbar, al que los alemanes torturan para obtener más información, y posteriormente sacarlo del campo. Será el momento de la verdad.

En definitiva, cerca de dos horas de puro entretenimiento para una película apta para todos los públicos de las clásicas de toda la vida, que los de mi generación contemplarían en esos célebres espacios de «Primera sesión» o «Sesión de tarde» que veíamos en TVE todos los sábados por la tarde cuando niños.

domingo, 5 de marzo de 2017

ALFREDO EVANGELISTA, EL BOXEADOR QUE OSÓ TUTEAR A MUHAMMAD ALI

Me ocurre en este blog que yo tengo mis particulares preferencias por determinados articulillos que escribí en su momento y que apenas han visto una veintena de personas, o sea, nadie; y también pasa lo contrario que otros que escribí con más desinterés o menos pasión resulta que se posicionan muy bien en Google, gracias a su inextricable algoritmo.

Algo así me sucede con la única entradilla que había dedicado hasta ahora al boxeo, con ocasión de la consecución del título mundial de la categoría superwélter por parte del púgil madrileño José Durán. En ese momento yo contaba cómo había vivido esa experiencia en casa cuando era niño y estaba en la mesa, a mediodía, viendo a la tele junto con mi familia. Curiosamente dicha entrada goza de una gran aceptación en la Red y desde que la publiqué la han visionado miles de internautas.

Aquella gesta se remontaba a mayo de 1976 y casualmente la que voy a contar hoy sucedió un año después, el 16 de mayo de 1977 para ser exactos.

Por cierto, en aquella entrada ya apuntaba las razones por las que hace cuarenta años este deporte era más popular que ahora. Ahondando un pelín hay que decir, al menos en nuestro país, que aparte de considerarse un deporte políticamente poco correcto, desde siempre se ha visto como una disciplina un tanto marginal, en la que sus participantes se ven envueltos en líos extradeportivos, cuando no tienen problemas con la justicia. Por otro lado, no juega a su favor el hecho de que sus practicantes estén siempre fanfarroneando, lo que les da un aire teatral y hasta cómico (pasa con la mayoría de los deportes de contacto y artes marciales), que no se pulsa tanto en otros deportes. Por si fuera poco, la maraña de organizaciones, categorías, títulos y sistemas de competición provoca que este deporte no sea atractivo.

Y el caso es que pocos deportes abonan la épica como este, multitud de historias de púgiles que hicieron de su vida toda una novela; así que películas, series de televisión o documentales han tenido una auténtica mina de episodios reseñables para captar la atención de propios, pero sobre todo de extraños. Tanto es así que a la mayoría de la gente no le gustará el deporte pero sí que habrá vivido con cierta pasión las aventuras de Rocky.

Bien, pues entrando en materia, si la memoria histórico-deportiva de nuestro país apenas se remonta a logros cercanos y especialmente de disciplinas mediáticas, la historia que cuento hoy a buen seguro que apenas queda en la memoria de los muy aficionados y solo de paso para los que en el año 1977 tenían uso de razón y manifestaban algún interés por el deporte.

Poco antes de ese año comenzó a hablarse de la nueva figura del boxeo español, un tal Alfredo Evangelista, un púgil nacido en Uruguay que con 18 años aterrizaba en España para sacar el máximo rendimiento a su potencial. Subió como la espuma en poco tiempo y tuvo el mérito de derrotar al, hasta entonces, prohombre del boxeo en nuestro país, el inolvidable Urtain.

A todo esto hay que decir que tanto Urtain como Evangelista pertenecían a la máxima categoría del boxeo, el peso pesado. Como señalaba antes, si ya de suyo, el boxeo tiene ese halo novelesco, las historias que verdaderamente se convierten en míticas se subrayan gracias al nombre de los luchadores del peso pesado: Clay (Muhammad Ali), Hollyfield, Tyson, Foreman..., son unos pocos de los apellidos que se me vienen a la memoria y que recrean en mi mente esas peleas que generaron tanta expectación que en cada momento de la pasada centuria se consideraron «el combate del siglo».

La buena preparación y ese pulido del diamante que era el joven Evangelista dio réditos de forma rápida, y tan rápido como vinieron los éxitos llegó su nacionalización, una nacionalización exprés que hoy se llamaría, pero que en aquellos años de la transición también se daba, toda vez que en apenas dos años Alfredo ya era ciudadano español.

Hete aquí que con 21 años Alfredo Evangelista había ido subiendo enteros gracias a sus victorias fundamentalmente ante púgiles europeos y para la primavera de 1977 se situaba en el ránking mundial del peso pesado en la 10ª posición.

Por aquel entonces Cassius Clay era todo un mito, convertido al Islam desde bien jovencito y más conocido por Muhammad Ali, era una referencia en la lucha social en favor de los negros, y uno de los más grandes boxeadores de la historia. Es cierto que tenía 35 años y se divisaba que su ocaso deportivo comenzaba, pero aun así ostentaba en esa fecha el cinturón de Campeón mundial del peso pesado (no me pregunten por cuál asociación), y la normativa le obligaba a poner en juego el título y retarse ante alguno que estuviera del puesto 2º al 10º. Ali digamos que apostó sobre seguro, porque intuía que el pipiolo Evangelista no tendría nada que hacer ante su técnica y la dureza de sus golpes.

Era un riesgo calculado y la noticia le llegó a Evangelista como lluvia de mayo, mes en el que se iba a celebrar el duelo, no solo por la trascendencia que ello tendría a nivel mundial, sino también y por qué no decirlo, por la suculenta bolsa (llámase así al dinero que se llevan los boxeadores en cada pelea) que se traería para España, 8 millones de pesetas que para esa época no estaban nada mal, a las que sumaría el prestigio de haberse enfrentado a un grande y las bolsas posteriores que se generarían.

El combate fijado para el 16 de mayo se celebraría en la localidad de Landover, en el estado de Maryland, a apenas 15 km. de Washington D.C. y de mayoría afroamericana. Evangelista estaba, como es lógico, en una nube, abrumado por lo que se le venía encima. Es imaginable la parafernalia que siempre se monta en torno a un combate de boxeo, máxime cuando de Muhammad Ali se trataba. Y esto venía de serie, las miradas inquisitivas, las veladas amenazas y ese fanfarroneo típico de los boxeadores que, sinceramente, yo no entiendo.

Igual que el combate de Durán yo lo pude ver y conmigo un montón de españoles, este no lo pude ver y no sé si TVE lo retransmitió porque era de madrugada; pero al día siguiente periódicos, radios y televisión se hicieron eco de la gesta de Evangelista que, aunque perdió por decisión unánime, consiguió aguantar los quince asaltos para los que estaba anunciado el combate al enorme Cassius Clay.

Revisando con el tiempo las imágenes (el combate se puede ver íntegro en YouTube), aquel día de mayo de 1997 en el Capital Centre de Maryland, hay que decir que Alfredo Evangelista tuvo sus opciones, el boxeo no es precisamente una ciencia exacta, cualquier fallo de cálculo, un momento que bajas la guardia o que fallas un golpe, puede ser el instante propicio para que el que tienes enfrente te mande a la lona. Evangelista, en entrevistas recientes, recuerda que en el asalto 12º pudo haber noqueado a Clay. A lo largo del combate se le ve bien, golpeando sin reservas y recibiendo, pero sin descomponer jamás el tipo.

Es cierto que al púgil estadounidense se le notaba sobrado y muy saltarín a lo largo de todo el combate, como si estuviera volando o flotando, frente a nuestro chicarrón; pero creo sinceramente que jamás se imaginó Ali que su rival le iba a dar tanta guerra, porque si hay algo que es seña de identidad de este deporte es que casi es más importante saber recibir (encajar) y buscar tu momento de contraataque, que golpear con insistencia.

Con el sonido final de la campana sorprende ver cómo ambos púgiles, exhaustos, acuden a su rincón y mientras un abatido Ali es recibido con mimos y con alguna que otra cara de preocupación, Evangelista se siente pletórico y su cuadro técnico lo recibe entre abrazos y sonrisas. Había sido una dulce, una muy dulce derrota, de esas que no manchan tu historial más bien al contrario. Mientras Evangelista se recuperaba sin dejar de proyectar una imagen de satisfacción, Muhammad Ali atendía a los medios comentando los entresijos de la lucha y se retiraba finalmente repitiendo la célebre frase Allahu Akbar (Alá es grande).

Obviamente aquel hito fue un punto de inflexión para la carrera de Evangelista que siguió varios años en el profesionalismo, intentando prolongar su forma para obtener éxitos y un dinero que nunca viene mal, y que siempre hay que guardar para cuando uno entra en la cuesta abajo.

Sin duda, ese fue el mérito principal en la carrera de Evangelista y por el que siempre será recordado. Dejaría los cuadriláteros en 1988 con 34 años y después la vida, y tristemente es algo que se repite en muchos boxeadores, no le trató bien o él no supo jugar sus cartas con pericia. Pasaría a ser portero de discoteca y la noche lo confundió, tanto es así que en 1995 ingresó en la cárcel por tráfico de drogas. Más recientemente ha superado un cáncer de vejiga.

Aunque nacido en Uruguay, una vez llegado a España siempre vivió aquí, y como tal hay que considerarlo como uno de los nuestros. Hoy vive disfrutando de su familia y entrenando a futuros boxeadores.

Para el recuerdo queda aquella hazaña de la que en breve se van a cumplir cuatro décadas.

sábado, 25 de febrero de 2017

LA NUEVA BENEFICENCIA DEL SIGLO XXI

El otro día en uno de los grupos de WhatsApp en los que estoy alguien puso un enlace a un vídeo, con el mensaje de que por cada visionado que se hiciera, un cantante famoso donaría no sé qué cantidad de dinero a un hospital de no sé dónde para que investigaran no sé qué enfermedad.

Ya sabemos todos en lo que se ha convertido el buen invento en sus inicios del WhatsApp, tiene cosas muy buenas, pero también los friquis han hecho de él su paraíso (si yo soy friqui, estos que te mandan una foto con una taza de café y te dan los buenos días, me ganan por goleada) que no son visibles en la sociedad y que para colmar su endeble ego saturan la memoria de tu móvil mandándote tontunas y gilipolleces varias. Bueno pues también sirve para esto, para dar publicidad a un sinfín de «iniciativas sociales».

Curiosamente para seguir el rollo de estas cadenas de favores modernas (ya han quedado en desuso esas cartas de antaño que te conminaban a mandar otras tantas, asegurándote todo tipo de éxitos, y con la amenaza de cien mil años de males a tu familia si rompías la cadena), dije que compartiría el susodicho vídeo para quedar bien, y luego no lo hice, ni seguía cadenas antiguas ni voy a seguir las actuales. Y, por supuesto, no dudo de la profundidad social de la iniciativa, pero ya es tanta avalancha de causas sociales que uno no sabe discernir, pero además es que no quiero discernir.

Lo cierto es que la nueva beneficencia del siglo XXI es esta, la de miles de iniciativas sociales que dividen esfuerzos incluso para, a veces, el mismo fin. Y ya no es tanto, el interés que esa iniciativa pueda tener, sino el famoso que la respalda, ya se sabe, si tienes un buen padrino… De hecho, el asunto de la niña Nadia formaba parte de esta atomización de las causas sociales; los padres llamaron a unas cuantas puertas, metieron la cabeza en algún programilla de televisión y convirtieron en una gallina de los huevos de oro a la enfermedad de la cría. Dicho sea de paso, los padres de esta niña son unos chorizos, unos chorizos y unos jetas, pero hasta ahí, porque como venganza, los medios de comunicación que los apoyaron han querido denostarlos sacando trapos sucios de todo tipo; encima estos caraduras no eran muy inteligentes y un poco salidos, pero hasta ahí, no creo que haya que ver mucho más allá de la estafa.

Esta y otras causas sociales mediáticas han puesto de relieve no solo que algo no funciona bien y que se hacen pocos filtros, sino que la tal atomización es pormenorizadísima y a la par inabarcable. Los actos benéficos se suceden en televisiones, radios, en las redes sociales, en foros nacionales, provinciales, locales y hasta barriales, para todo, para cualquier cosa, muy loable pero exasperante a la vez por su número. En mi pueblo de apenas 18.000 habitantes se suceden iniciativas no todos los fines de semana pero casi.

Yo entiendo que la crisis económica que a duras penas hemos superado, requería de resortes para minimizar sus efectos, pulsando la solidaridad entre los que podían desembolsar un poquito de lo que les podía sobrar, pero es que me da la impresión de que con tanta oferta benéfica, realmente no das tu dinero a la causa más importante y de más calado, sino a la que mejor publicidad tiene.

¿Es más importante la investigación del cáncer que las enfermedades raras o que conseguir una silla de ruedas para un niño que la necesita? ¿Es más importante dar dinero a Manos Unidas o Cáritas, a Médicos sin fronteras o a Ayuda en Acción? A los que estamos en esta tesitura, que somos todos los adultos que administramos un sueldo y una casa, nos movemos por sentimientos inmediatos y contribuimos por moda, porque se ha hecho siempre o porque se vende muy bien.

Sé que en este mundo globalizado y tal vez más democrático que nunca en cuanto a la expresión de las ideas, quizá sea realmente complicado lo que voy a señalar, pero a mí me gustaría que las causas pudieran estar centralizadas por grandes instituciones, cuánto más grandes y más holísticas mejor, las cuales se encargaran de distribuir el dinero que dona la gente de forma equitativa en función de las necesidades, y todo ello porque no sé si hay un exceso de donaciones en algunos casos (como en el caso de la niña Nadia que le dio a su familia para llevar una vida de lujo), gracias a una potente difusión que a veces devienen en estafas. En definitiva, que todo aquel que se considera solidario y que, más o menos, aporta a causas sociales no tenga que discernir cuál es la más importante.

A todo esto, tengo que manifestar que no soy limosnero, nunca me ha gustado dar dinero a gente que pide por la calle o a la salida de las iglesias. Sé que probablemente no esté haciendo bien, también es verdad que encuentras opiniones encontradas en la calle, yo soy de los que pienso que el sistema tiene recursos, que efectivamente los hay, para que ni nadie tenga que pedir para comer, ni tenga que dormir en la calle, y que con la limosna contribuimos a perpetuar estas situaciones, que aun en el siglo XXI siguen siendo demasiado vergonzosamente habituales, en especial en las grandes ciudades.

Posiblemente me conformo, quizá sea un poco egoísta por mi parte, con que la cruz que señalo en mi declaración del IRPF de cada año, no solo supone una aportación indirecta para esos que piden en la calle, sino también y esto nos debiera reconfortar a todos los contribuyentes, que de algún modo, la distribución de estas importantes sumas de dinero aportadas por todos resulta ser equitativa, o al menos más justa que las causas benéficas de las que yo me pueda hacer eco porque están mejor publicitadas en una red social como WhatsApp.

A propósito de esto, me he preocupado por conocer adónde va a parar este dinero, o la suma que todos los españoles juntamos cuando ponemos la correspondiente cruz en la dichosa Declaración de la Renta, bueno pues este enlace es sumamente significativo. Sorprende conocer que algunas organizaciones sin ánimo de lucro reciben auténticas millonadas y, no contentos con ello, te siguen pidiendo más en otros foros.

La segunda parte de la historia y, eso sería para nota o para tener un dolor de cabeza, consistiría en averiguar qué parte de esas cantidades que donamos en el IRPF, en actos benéficos, en las limosnas que damos en diferentes lugares van realmente al punto concreto donde se necesita el impacto de tu aportación, y cuánto «se pierde» para pagar las estructuras de las organizaciones, a veces especialmente burocratizadas, cuando no los grandes sueldos de algunos de sus directivos que en el enjambre que son sus organigramas, provocan su egoísmo y olvidan el sentido de sus cargos para beneficiarse ilícitamente.

Para ir terminando, tengo que decir que en España somos únicos; en este país tenemos organizaciones que luchan por lo mismo, y en vez de sumar se pisan, en un increíble gesto de insolidaridad. Voy a poner un ejemplo bastante sonrojante, cuando llegan determinadas épocas del año en las que renace la sensibilidad en la ciudadanía, como puede ser la cercanía de la Navidad, grupos de voluntarios se apostan a las salidas de los supermercados para pedirte determinados artículos de una lista que te facilitan. Ocurre que Banco de Alimentos y Cáritas, se hacen la puñeta mutuamente, en vez de sumar dividen, no lo hacen en el mismo fin de semana, sino que lo hacen en dos consecutivos, y me da igual quién sea el primero o quién sea más beligerante.

Lo cierto es que el objetivo que persiguen, como es el de ofrecer alimentos básicos a familias de recursos limitados, se prostituye, porque si no son capaces de ponerse de acuerdo para trabajar juntos más complicado es que se ponga de acuerdo en no repetir las familias a las que les ofrecen sus suministros. Conozco gente de mi trabajo, con sueldos suficientes para vivir sin problemas, que reciben de vecinos en paro y que están recibiendo estas ayudas, bolsas de macarrones o de arroz con el sello de «excedente de la Unión Europea», porque sus alacenas van a reventar, porque esto no está bien controlado.

Echo de menos en España que nos hayamos centrado en lo fácil en abastecer de alimentos o productos de limpieza, porque esto no cuesta tanto, más que en ayudar a familias desahuciadas. En este mediocre país, a una familia la echa un banco de su casa porque no puede pagar la hipoteca, al día siguiente otra familia (sí, esa que se pasea por el supermercado en pijama, bata y zapatillas de paño) le pega la patada se mete dentro y Cáritas, el Banco de Alimentos o el sursuncorda la premia llenándole la despensa.

domingo, 19 de febrero de 2017

SUMO, UN DEPORTE DE DIOSES (VIII)

KISENOSATO, EL 72º YOKOZUNA
Si alguien nos hubiera dicho a los aficionados del sumo que el pasado 2016 y este primer torneo de Año Nuevo de 2017 (en mi blog tomo como referencia el primer torneo del año y los cinco anteriores para completar un año entero de análisis, así lo empecé y así voy a seguir con esta costumbre) que íbamos a asistir a uno de las más apasionantes temporadas de este deporte, con numerosos hitos y muchas y muy suculentas noticias, tal vez no nos lo habríamos creído. Y es que los cambios en el sumo son paulatinos, no son radicales, pero ocurre que logros puntuales provocan una cascada de consecuencias, como si del efecto mariposa se tratara.

Acostumbrados durante los últimos años a que las grandes noticias escasearan y que, sobre todo, fueran para airear los trapos sucios del sumo, apuestas ilegales, combates amañados, severidad con los jóvenes en las escuelas oficiales de sumo...; lo cierto es que Japón necesitaba una regeneración para su deporte rey por excelencia, que también ha sucumbido mediáticamente a otros deportes como el fútbol, el béisbol e incluso el rugby, y que hubiera una vuelta de tuerca positiva para volver a generar afición y pasión al sumo en el país del sol naciente.

La gran noticia de este año es aún mejor que la del año pasado. Cabe recordar que el año pasado Kotoshogiku acababa con una racha negativa de diez años sin que un nacido en Japón venciese en un torneo oficial; ahora, en el pasado torneo de enero, el Hatsu Basho 2017, Kisenosato, el gran Kisenosato, el japonés de Ibaraki, obtenía la primera Copa del Emperador de su carrera y a los pocos días se anunciaba su promoción a yokozuna, el grado máximo en este deporte.

Es curioso, porque en el pasado 2016 vimos no solo la victoria del referido Kotoshogiku, sino que otro japonés, Goeido, vencía en el torneo de septiembre y además obtenía el zensho yusho, o sea, conseguía el logro sin mácula, quince victorias y ninguna derrota, y es que algo está cambiando en el sumo, los japoneses despiertan.

De algún modo, la presión se cernía sobre Kisenosato, de largo el mejor luchador japonés del último lustro y paradójicamente el único luchador de los de arriba, el único ozeki en activo, que no había conseguido ningún yusho. Kisenosato se me ha antojado, hasta el último torneo, que era el pupas, una especie de Atlético de Madrid (antes de la llegada de Simeone), capaz de lo mejor y de lo peor, pero que el momento decisivo siempre la cagaba. De hecho, sus números son impresionantes, pero como segundón, habiendo obtenido nada menos que doce subcampeonatos, o fallaba el día importante o se dejaba combates ante rivales asequibles, el caso es que no conseguía rematar.

En este torneo de Año Nuevo dio un puñetazo en la mesa, no solo ya era vencedor el penúltimo día, sino que en el último combate superaba al gran yokozuna Hakuho, una victoria moral para apuntalar su más que probable promoción a yokozuna.

Kisenosato, de nombre real Yutaka Hagiwara, debutará en el torneo de marzo como 72º yokozuna y primer luchador japonés en ser promocionado desde hacía la friolera de diecinueve años; de ahí la importancia del logro, si importante para Japón era que un luchador venciera en un torneo después de diez años, casi dos décadas han tenido que esperar a que un nacional alcanzara el máximo rango en el sumo, posición para la que son muchos los llamados y pocos los elegidos, pues el ordinal hace referencia al número de yokozunas que han existido en el sumo moderno, desde el siglo XVIII hasta la actualidad.

Esa victoria ante Hakuho en el último día del Hatsu Basho 2017 seguramente debió influir mucho desde el punto de vista moral en el Comité de Deliberación de Yokozunas para que tomaran su decisión. No hay reglas escritas acerca de cómo se adquiere dicho rango máximo, en el pasado se deducía que la victoria en dos torneos consecutivos (hay seis oficiales al año) otorgaba ese privilegio; últimamente, en las últimas tres décadas, la serie de un subcampeonato y un campeonato consecutivos también está valiendo (al polémico luchador de la década de los 80 Futahaguro le valieron dos subcampeonatos y jamás logró vencer en un torneo, el único yokozuna de la historia con ese dudoso honor, con lo que devino que fue enormemente controvertida su promoción a yokozuna).

Hay que decir, es una opinión, que Kisenosato ha sido proclamado yokozuna con mucha justicia, tantos años de pupas, de ser un segundón porque no estaba en el momento en el que tenía que estar, no desmerecen una trayectoria más que meritoria, probablemente detrás de Hakuho el luchador más regular del sumo actual, es más, estamos ante un sumotori al que las lesiones le han respetado, y muchas veces no es tanto la suerte sino el sacrificio físico para evitarlas; no ha faltado a un torneo ni a un combate en la máxima categoría (Makuuchi) desde noviembre de 2004. Este hecho seguro que ha sido tenido en mucha consideración por el referido Comité, aparte de que, esto sí ha trascendido, han subrayado que aunque no ha obtenido dos campeonatos seguidos, ha tenido mejores números en el último año que sus dos antecesores Harumafuji y Kakuryu.

Pues nada, Kisenosato con su promoción a yokozuna, y los Kotoshogiku y Goeido con sus brillantes triunfos en las últimas fechas están intentando romper el dominio foráneo del sumo en esta última década, fundamentalmente de luchadores de Mongolia. Yo soy muy de Kisenosato, tal vez por aquello de que fracasaba constantemente y era incapaz de dar la puntilla (como el Atlético de Madrid), y estoy convencido de que va a ser un magnífico yokozuna, va a seguir teniendo muy buenos números y cabe esperar que la dosis de moral que proporciona este rango le permita alcanzar más yushos. De hecho, en un ranking que, como tal, no existe, Kisenosato es el segundo mejor luchador de sumo en la actualidad, por encima de Harumafuji y Kakuryu.

Y es que algo se mueve en el sumo, es posible que estos triunfos, que no por más o menos esperados no dejan de ser sorpresivos, pueden responder al hecho de que el gran Hakuho, el mejor luchador de la historia, y esto hay que resaltarlo, ha flaqueado un poco; el 2016 ha sido el año más pobre en resultados desde que es yokozuna, no ha obtenido campeonato o subcampeonato en los últimos cuatro torneos, y cabe pensar por lógica y porque es humano, que ha entrado en un ligero declive. Es cierto que le quedan unos pocos años, no más de un lustro, para seguir deleitándonos con su lucha poderosa y dominante, pero no es menos real que con la cuerda menos tensa va a permitir que otros encuentren tesoro donde antes parecía imposible.

Por si fuera poco, los otros dos yokozunas mongoles, Harumafuji y Kakuryu, los yokozunillas como yo les llamo, pues son mucho menos consistentes que Hakuho, son, y en 2016 lo han corroborado, bastante irregulares. Y ya se sabe, a río revuelto...

EL IRREGULAR KOTOSHOGIKU
Si mi entrada de 2016 reseñaba el magnífico triunfo de Kotoshogiku, que sí fue sorpresa porque todo el mundo pensaba que si alguien podría romper una década de sequía era Kisenosato, el veterano luchador de Fukuoka, bastante irregular, como todos los ozekis, desde que adquirió ese rango, ha sido degradado tras dos torneos con números negativos. Si hace un año suponía un rayo de esperanza para los aficionados japoneses, su situación actual es crítica porque aún podría recuperar el rango si obtiene dobles dígitos, más de diez victorias, en el próximo torneo de marzo a disputarse en Osaka, prueba que se me antoja harto compleja para Kotoshogiku, toda vez que es un luchador muy inconsistente y al que se le ha atragantado bastante el rango de ozeki (tenía mejores números antes de serlo).

Ni que decir tiene que este año de cierta gloria para el sumo japonés ha desembocado en esa ansiada dosis de apasionamiento que estaban deseando tener los nipones y, por ende, también todos los que amamos este deporte, esto ha desembocado en mayor asistencia de público en los torneos oficiales (para el próximo torneo se han agotado las entradas en tiempo récord), más interés de los medios de comunicación, incrementando de portadas de periódicos y espacios importantes en los titulares de las principales radios y televisiones. Por cierto que también se han hecho eco del logro de Kisenosato los más relevantes diarios de nuestro país.

Por si fuera poco, yo que suelo ser muy crítico con los jóvenes luchadores japoneses que presagian mucho y luego se quedan en nada, probablemente a causa de ese destensar de la soga de Hakuho y de los hombres más importantes del escalafón, ha permitido que los nuevos valores actuales parezcan ser capaces de darle un aire nuevo al sumo, parecen ser más descarados, con menos reparos y más chulería (algo necesario en el sumo) para enfrentarse y doblegar a los de arriba; y en consonancia, se les ve autorizados para que sean dotados de la responsabilidad para afrontar las exigencias de los grados altos del sumo, donde la regularidad y el sacrificio a lo largo de muchos años son la moneda de cambio. Los Shodai, Mitakeumi o Hokutofuji pueden ser en los próximos meses los grandes animadores del cotarro, todo se andará.

Por el momento, el gran núcleo gravitatorio para los próximos torneos seguirá siendo el nuevo yokozuna Kisenosato, sobre él estarán puestas todas las miradas y la atención del público japonés; pero como siempre, otras cuestiones quedarán en el aire, ¿cuánta gasolina le queda a Hakuho y cuántos torneos cederá?, ¿los otros dos yokozunas mongoles seguirán en una indigna mediocridad para su rango?, y genéricamente, esta nueva explosión del sumo, ¿animará a los más jóvenes a la práctica del sumo, con objeto de integrar los rangos no profesionales del sumo, últimamente algo depauperados?

sábado, 11 de febrero de 2017

WENDY CARLOS, CON ELLA CAMBIÓ TODO EN EL MUNDO DE LA MÚSICA

Nada sería igual en el mundo de la música electrónica o la New Age si Wendy Carlos no hubiera estado entre nosotros. Wendy es hoy una venerable anciana de 77 años que en su retiro de Nueva York no cesa de asistir con interés a la evolución actual de la música.

Wendy en realidad nació como Walter (comenzó su reasignación de sexo cuando tenía poco más de 30 años), pero ese es el cambio menos relevante que debemos subrayar en una decisión absolutamente respetable y que pertenece a su ámbito privado, puesto que su contribución al desarrollo de la música con sintetizadores fue tal, que aun siendo bastante conocida en el mundo de la música, el desconocimiento por el gran público hace que no sea suficientemente visible y a esta compositora hay que rendirle más homenajes y tributos que los que tiene. Y, puede que no se conozca, pero bandas sonoras de películas míticas salieron de su infinito talento.

Allá por 1953, cuando en España nuestros abuelos intentaban, como mayor avance tecnológico, sintonizar una arcaica radio para escuchar medianamente en condiciones la escasa oferta existente de emisoras, Carlos, que cursaba educación secundaria, gracias a una beca ya trabajaba con computadoras caseras. Ese antecedente y la dedicación musical de sus padres propiciaría que el, en ese momento, joven Walter cursara en su época universitaria paralelamente física y música.

No obstante, tras su graduación, su perfil se decantó por la música sin desaprovechar sus indudables conocimientos científicos y comenzó a interesarse y relacionarse por una balbuciente música electrónica. Corría la década de los 60 del pasado siglo y Vladimir Ussachevsky y Otto Luening, dos de los pioneros de la música de vanguardia fueron sus primeros inspiradores; más tarde, el punto de inflexión llegaría cuando entabló contacto con Richard Moog, uno de los padres del sintetizador y gran valedor del Columbia-Princeton Electronic Music Center, que avalado por dichas universidades neoyorquinas tan prestigiosas suponía el proyecto más ambicioso que había ese momento en todo el mundo en cuanto a investigación en aparatos productores de músicas de vanguardia.

Moog había creado un sintetizador que llevaba su nombre y Carlos se puso a trabajar no solo en perfeccionar su programación sino en implementar un teclado sobre ese ordenador que a la postre construyera música. Ese fue el segundo logro, sacarle el máximo partido al Moog, y con la ayuda de su inventor consiguieron que viera la luz Switched on Bach en 1968, había nacido, por su impacto popular, el primer disco de música realizada con sintetizador de la historia.

La cualidad de ese disco es que sonaba música de Johann Sebastian Bach, varias composiciones entre las que se encontraba el Concierto de Brandenburgo nº 5 en Re mayor, pero con la peculiaridad de que no se había utilizado ni un solo instrumento musical, aunque su sonoridad era tal que así lo parecía. La onda expansiva provocada de este proyecto fue tal que, cuando este humilde escribiente comenzaba dar por saco en este mundo, Switched on Bach vendía en el mundo, fundamentalmente en Estados Unidos, medio millón de copias.

Su segundo disco, en la misma línea, la de reproducir a compositores clásicos, sería The Well-Tempered Synthesizer (1969). Fruto de ese inusitado éxito, el reconocimiento de la crítica y la obtención de prestigiosos premios (Grammy entre otros), continuó unos años con la adaptación de la música clásica a los sintetizadores. No obstante, para que ese reconocimiento se amplificara, llegaría en 1971 su primer trabajo cinematográfico en una película mítica e irrepetible como «La naranja mecánica», una banda sonora que su director Stanley Kubrick quiso que se basara en música clásica, pero con el contrapunto de los sintetizadores. Era una especie de paradoja entre la realidad y la ficción, entre lo clásico y lo moderno; así pues, para los que pueden rememorar esta producción, resulta intrigante ver a los drugos (la pandilla de gamberros ultraviolentos) haciendo de las suyas mientras suena una música clásica de fondo con una sonoridad levemente transformada.

En su tercer trabajo, Sonic Seasonings, comenzó a experimentar en proyectos más propios y originales y se aprecia ya un acercamiento a la música ambiental. De hecho, en la década de los 70 se debate entre seguir versionando a los clásicos, Switched on Bach II llegaría en 1972, o tratar de avanzar en la música New Age, tal y como le reclamaban muchos de sus seguidores.

Desde luego, para entonces las revolución musical que había emprendido ya era todo un éxito y muchos de los músicos que han aparecido en este blog, y otros que hoy día hacen nuevas músicas basadas en la electrónica, bebieron de la fuente de Wendy Carlos.

Sin ser un momento decisivo de su carrera en solitario, Wendy ganaría más adeptos si cabe cuando volvió a colaborar con Kubrick en otra película inolvidable como fue «El resplandor», aunque parece que, en esta ocasión, el director estuvo muy activo en cómo debía ser la música, ante una película con un ambiente tan irrespirable, por lo que el margen de maniobra de esta autora pudo estar bastante mediatizado, amén de que no fue de Carlos la exclusividad de dicha banda sonora.

No menos importante fue la banda sonora de la película de la factoría de Disney «Tron», una composición que sí que fue verdaderamente novedosa, como el desarrollo de tal producción exigía. A mí la película no me gustó en su momento, y confieso que después de muchas veces que la han echado en televisión no he terminado de verla nunca, pero si he de resaltar que si había algo que llamaba la atención sobremanera en la cinta era su música.

El perfeccionamiento de los sintetizadores y la llegada de los sonidos digitales mucho más nítidos y perfectos que lo anterior, supuso una progresión en su carrera en la década de los 80, de hecho, se le aprecia un cierto interés por descubrir la música cósmica, incluso música étnica. Digital moonscapes, Beauty in the beast y Secrets of synthesis fueron sus tres álbumes en esa década.

Desde los 90 a la actualidad siguió haciendo discos experimentales, remasterizaciones de otros antiguos, grabaciones inéditas y nuevas colaboraciones en proyectos cinematográficos, donde se sintió siempre muy cómoda.

Wendy Carlos prácticamente no ha parado nunca de experimentar, su vida ha estado dedicada en cuerpo y alma a traspasar los muros de la música convencional, no solo desde su aspecto artístico sino también científico, contribuyendo a la investigación y el perfeccionamiento de las máquinas que le servían de soporte. En 2005 la Sociedad para la Electroacústica de los Estados Unidos le otorgó su mayor reconocimiento (Lifetime Achievement), por su contribución al arte y la música electroacústica.

Por siempre, Wendy Carlos, gran mujer, para que tu música que ya es todo un legado siga acariciando nuestros sentimientos.