viernes, 15 de agosto de 2014

LA SELECCIÓN PARALÍMPICA DE BALONCESTO EN SIDNEY 2000, EL COLMO DE LA PILLERÍA

No es que en España seamos los más pillos del mundo pero, de vez en cuando, nuestro carácter un tanto travieso sale a relucir y, ya se sabe, siempre habrá algún vecino nuestro (Francia) que se quejará, la mayor parte de las veces sin razón, de que conseguimos los éxitos (deportivos) a base de ayudas externas. Y no estoy hablando de políticos, porque la corrupción es una cosa, y la pillería a baja escala es otra, aunque todos se valgan de una cierta posición de privilegio para cambiar el curso de los acontecimientos a su antojo.

Pues sí, en este sentido, los italianos no nos van a la zaga, y me viene a la memoria aquella anécdota que surgió hace unos años, cuando con ocasión de la reforma del régimen de subvenciones en el olivar, los transalpinos se dedicaron a llenar enormes extensiones de campo con maquetas de olivos dibujadas, al objeto de que aparecieran correctamente en la foto aérea. Aunque luego contraatacamos nosotros y sacamos a un joven que para poder circular por un carril donde era obligatorio ir acompañado en el coche, montó a un maniquí a su lado de acompañante, toda ella muy puesta con su maquillaje, peluca y gafas de sol, ahí es nada.

Y todo esto viene como preámbulo simpático de la que puede haber sido una de las historias más rocambolescas y surrealistas de la historia del deporte, que saca a relucir la picaresca española que rememora, de algún modo, a nuestros clásicos del Siglo de Oro.

Es bien sabido que España es una potencia paralímpica, o lo que es lo mismo, no siéndolo a nivel olímpico, porque hay muchos países que con menos población que la nuestras nos superan, lo cierto es que se perciben inversiones en deportes para discapacitados en nuestro país, que no se clonan en otros lugares de nuestro mundo, donde la delicadeza y el tacto hacia este importante grupo de personas y deportistas no es equitativo con respecto al de sus competidores «normales». Y, este sentido, hay que decir que el grupo ONCE tiene buena parte de la culpa de esto, siendo una de las empresas más pujantes de nuestro país, y todo ello basado primordialmente en la venta de un cupón de azar del que existe predilección por los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía.

Pues corría el año 2000 y allí acudimos a los Juegos Paralímpicos de Sidney, con una importante delegación española, entre la que se encontraba el equipo de baloncesto de discapacitados intelectuales. El equipo español arrasó en la competición y se trajo el oro. Pero al aterrizar en España llegaron los problemas. Hasta ese momento el equipo había coronado un trío de éxitos, con oros en el Europeo, el Mundial y estos Juegos.

Al parecer el diario Marca sacó una curiosa fotografía a la llegada de nuestros héroes en la que aparecían con gafas de sol, barba de varios días y tocados con gorra. El destape de la imaginable travesura paralímpica no se hizo esperar, porque efectivamente la mayor parte de la selección no tenía discapacidad alguna, eran baloncestistas de segunda fila e incluso entrenadores de equipos de base, pero con suficiente calidad como para desbancar a cualquier selección con deportistas realmente discapacitados.

Parece ser que fue este diario deportivo el primero que puso el grito en el cielo, aunque honestamente trascendió a la mayoría de los medios de comunicación, en especial a la televisión, cuando un redactor de la revista Capital, Carlos Ribagorda, confirmaba no sólo la veracidad del fraude, sino que él mismo había formado parte de esa selección fantasma.

Cuando se desvelaron los entresijos del asunto, dio para mucho, la historia era alucinante, increíble, y casi sacada de una novela de intriga.

Amasado desde todo lo alto por la Federación Española de Deporte para Discapacitados Intelectuales (FEDDI), con su presidente a la cabeza, Fernando Martín Vicente, amén de la trascendencia de los logros deportivos, la consecución de los mismos, reportaría beneficios económicos en forma de subvenciones, patrocinios, becas y publicidad. Se cifra en unos 180.000 euros el montante que se embolsaría esta Asociación con este fraude, y que según cuentan los voluntarios deportistas que accedieron a montar la triquiñuela, apenas percibieron contraprestación alguna, difícil de creer. A Ribagorda le llegaron a preguntar si entre ellos se hablaba del asunto, a lo que respondió negativamente, porque es claro que todos sabían a lo que iban.

En el terreno deportivo hay que decir que en la final, nuestros artistas batieron a Rusia por 87-63 y, según cuentan, les costó trabajo porque se deduce que también debían tener a algún competidor no discapacitado. Los nuestros eran, además, tan superiores a todos sus rivales que en un partido de la fase preliminar iban ganando de una burrada a China o Japón, y el entrenador les dijo en un tiempo muerto que bajaran el pistón porque el resultado final no sólo hubiera sido escandaloso sino sospechoso.

Para entender el porqué de esta trapacería habría que remontarse unos años antes, con ocasión de un torneo amistoso con Portugal, en el que nuestra auténtica selección de discapacitados intelectuales perdía con estrépito. Parece ser que los portugueses contaban con jugadores «de élite», y comenzó a extenderse la idea de que era algo habitual, no sólo en esta deporte sino en otras disciplinas paralímpicas, el falsear datos y certificados para introducir deportistas sin discapacidad en las competiciones, por la razón más ruin de la Tierra, poderoso caballero es don Dinero.

Para más inri, difícilmente se podía mantener el engaño, cuando los auténticos deportistas paralímpicos y auténticos merecedores de haber estado en Sidney, comenzaron a dejar de ser convocados por otros nuevos, que obviamente nadie conocía, y eso era muy raro, porque en ese mundillo de ligas y competiciones nacionales, todos se conocían. De hecho, sólo dos deportistas paralímpicos auténticos conformaron la selección de baloncesto en Sidney, habiéndose quedado en su casa, entre otros, el máximo anotador de la liga nacional, muy sospechoso.

Por cierto que aquellos dos paralímpicos reales llegaron a relatar el ambiente festivo con el que se tomaron sus otros compañeros aquellas vacaciones en tierras australianas, sabedores estos últimos de su superioridad, con lo que ello les permitía afrontar excesos extradeportivos que en condiciones normales no hubieran sido de recibo.

Una de las curiosidades de esta historia es que los máximos dirigentes de la citada federación deportiva, ante los primeros visos de que se estaba destapando el pastel, intentaron defenderse aludiendo a que un minusválido no va pregonando por ahí que lo es, dando a entender que sus fichajes eran auténticos discapacitados aunque socialmente lo habían escondido. Después, ya viendo las dimensiones del volcán que se había generado, el presidente llegó a justificar la jugada aludiendo a la necesidad de incorporar efectivos para equilibrar el equipo, y que con los éxitos obtenidos se conseguirían ingresos que revertirían en una labor social como era la promoción del deporte para minusválidos y, por ende, a sus practicantes; o sea, una especie efecto multiplicador, vergonzante por supuesto.

Obviamente para poder llevar el plan hasta sus últimas consecuencias debía tener su necesaria estratagema administrativa, es decir, que hubo que falsificar certificados de minusvalías, con todo lo que ello conlleva, y ¡ojo!, eso no es asunto baladí, porque estamos hablando, en todo caso, de falsificación de documento público, lo que viene siendo un ilícito penal en toda regla.

De hecho, hay que decir que tras una instrucción del proceso ultramaratoniana, el asunto se resolvió el pasado año 2013, amén de las auditorías internas, cuando la Audiencia Provincial de Madrid condenó al entonces presidente de la susodicha Federación, Fernando Martín Vicente, al pago de 5.400 euros por organizar la trama, y se aceptó un documento en el que ya había depositado previamente casi 150.000 euros para atender las responsabilidades civiles derivadas del delito. Después de todo, no acabó tan mal.

Ni que decir tiene que con esta trama se entresacaba una cierta facilidad para burlar los controles nacionales e internacionales y eso provocó una serie de consecuencias. A nivel nacional obviamente porque a partir de ese momento esos controles serían más rigurosos, pero a nivel internacional también; aparte de que la primera consecuencia y drástica fue la de la supresión por parte del Comité Paralímpico Internacional del baloncesto para discapacitados intelectuales del programa paralímpico, supresión que se mantiene en la actualidad. O sea, que ya es triste que por esta estratagema hispana nos cargamos la ilusión de un montón de honrados deportistas de todo el mundo. Ah, y como no podía ser de otro modo, nos desposeyeron de la medalla de oro.

El alboroto que se montó fue de tales dimensiones que el diario británico The Guardian o la cadena televisiva estadounidense ESPN Sports, lo llegaron a calificar como uno de los mayores escándalos de la historia del deporte, comparable con el dopaje del atleta canadiense Ben Johnson.

viernes, 8 de agosto de 2014

"EL CHICO SOBRE LA CAJA DE MADERA", DE LEON LEYSON

Tengo considerada a «La lista de Schindler» como una de las mejores películas de la historia del cine. En mi clasificación particular desde luego que es de las cinco mejores. Y, sin embargo, sólo la he visto una vez, una producción con tan fuerte contenido, tan incómoda como zahiriente, hay que verla en determinadas condiciones y con el cuerpo dispuesto para ello. Aparte, uno la tiene como ese juego de café o esa vajilla que sólo se utiliza en las grandes ocasiones, y quiero reverla en una gran ocasión, tal vez cuando mi hijo sea algo mayor y podamos reflexionar acerca de la misma.

Pues encontré este libro, como siempre, buscando ese género de las vivencias de personas anónimas, no militares, que vivieron aquella despiadada 2ª Guerra Mundial, y Leon Leyson se presentaba como una revisión, no cinematográfica (con la carga ficticia que siempre atesora una película), de lo que fue trabajar en la fábrica de Oskar Schindler.

Leon Leyson (Leib Lejzon en su Polonia natal), la persona más joven de la famosa lista, vivió en primerísima persona los esfuerzos que hizo Schindler por salvar a algo más de mil judíos. No obstante, es más allá de un homenaje a Schindler, un relato de los muchos que pudieron sobrevivir a la barbarie del holocausto, sufriendo todo tipo de vicisitudes: hambre, enfermedades, daños físicos, pérdidas familiares, el horror de ver la muerte cada día, los éxodos, la intransigencia de los iguales...

En este libro, Leyson nos traslada todo eso, en una historia breve (apenas 150 páginas), sincera pero sencilla a la vez, que no se recrea en el morbo, dice lo justo y en el momento justo, se para en momentos críticos, pero es ante todo el documento vivo de un niño que se hizo maduro durante la Guerra, desde su Polonia natal hasta su cautiverio obligado y posterior liberación.

Este tipo de relatos me llenan de profunda tristeza aunque es una tristeza deseada por mí, y la primera reflexión que me ha provocado el libro, es la que viene dada por algo que se narra en alguno de sus pasajes y que es, de algún modo, una repetición de lo que he leído en libros de la misma temática: La salvación o la supervivencia no era una cuestión de inteligencia, era suerte. Sabemos las historias de los que vivieron para contarlo, pero cuántas grandes historias y sufridas se quedaron sin escribir, porque a los que las protagonizaron les mató «la última bala», que relata Leyson en este libro.

Lo curioso de la historia de aquel benjamín de la lista que fue Leon Leyson es que probablemente hubiera quedado en el olvido de no ser por la propia película. La vida de Leyson fue pasando de lo duro y errático que supusieron aquellos primeros años de vida, a una madurez, adultez y ancianidad en Estados Unidos, donde su vida fue ejemplar pero normal. Desde que llegó a su nuevo país, apenas quiso hablar de su pasado, para evitar que se abrieran sus heridas, a excepción de sus círculos más íntimos, y mucha gente desconocía que estaba ante un testigo directo de lo que reflejaba aquella película.

El éxito de la película provocó que aflorara la información sobre aquella bella aunque cruda historia de heroísmo y el anonimato de Leyson fue ya imposible de mantener. A través de múltiples entrevistas y conferencias, donde según cuentan sus semejantes iba sin guión y respondiendo ilimitadamente a las preguntas que le hacía la concurrencia, se fue conformando este libro que aunque lleva su firma fue recopilado por su mujer Elisabeth B. Leyson y Marilyn J. Harran, profesora universitaria y activista en favor de la memoria de los que sufrieron el holocausto.

Leyson conoció no sólo la denigración de sus semejantes antes de la Guerra y el trato despiadado de los nazis que asesinaban sumarísimamente sólo por gusto (de ahí que sobrevivir al holocausto fuera en muchos sentidos una cuestión de suerte); también tuvo que luchar en una Polonia de desgobierno tras el fin de la Guerra, que las secuelas del racismo y la homofobia continuaban existiendo; del mismo modo, que le sorprendió que al llegar a Estados Unidos existiese la segregación de los negros.

El profesor alemán, doctor Neu, del que recibía clases de diversas materia en la Alemania desmantelada de después de la Guerra, y donde Leon trataba de recuperar el tiempo perdido de varios años sin escolarizar, refleja lo que ocurrió en aquel país, muchos seguidores del nazismo acuñaban la máxima de «Nosotros no sabíamos nada», pero este profesor dio con la tecla y le dijo a su mujer en una ocasión cuando argumentó eso, algo así como «No digas eso», queriendo dar a entender que todos los alemanes nazis o no sabía lo que estaba ocurriendo, y Neu en un gesto que le honra, no quería encubrirlo.

El papel de sus padres fue fundamental para que Leyson tuviera la suerte de salir con vida de su cautiverio, tanto su madre que velaba por él, como su padre que gracias a su pericia técnica se convirtió en una pieza clave en las fábricas de Schindler.

De Schindler qué decir, en la película se ve a un personaje noble que tiene un nivel de vida exagerado para la época y las circunstancias. ¿Formaba parte eso de su estrategia? Probablemente o casi seguro, es cierto que era un vividor y mujeriego, pero eso le reportaba un estatus con respecto al régimen nazi, al que agasajaba y hacía formar parte de sus excesos, lo que hoy llamaríamos corrupción, y que le permitía mantener unas relaciones fantásticas que desembocaban en flexibilidad para sus negocios, para contar con judíos en su nómina de trabajadores.

Schindler, ese personaje contradictorio como lo califica Leyson, no era igual que el resto de los nazis, eso era claro, sus fábricas eran una tapadera para ocupar gente, primero hacía menaje de hogar, y luego armas en sus últimos momentos, aunque sus valedores calificaban sus producciones como inservibles. Era ante todo un hombre bueno, que trataba a sus obreros con respeto, al que no le importaba acercarse a altas horas de la madrugada, después de sus fiestas para conversar con sus empleados, de los que se sabía el nombre de prácticamente todos, incluido el benjamín Leyson, que no era un obrero suficientemente capacitado y que para llegar a su máquina había de subirse a una caja de madera. Precisamente el conocimiento que Schindler tenía de sus obreros le permitió que en la lista final se incluyera al joven Leon, que había sido borrado inicialmente. La historia puso en su sitio a Schindler que pasó penurias económicas durante el resto de su vida y fue ayudado por muchos judíos, y fue enterrado en Israel, siendo oficialmente el único nazi que yace en tierras hebreas.

Reconforta saber que aunque el protagonista de esta historia sufrió mucho, y en no pocos momentos estuvo a punto de morir, al final la suerte estuvo con él, y todo ello pasando por haber perdido a miembros de su familia sin haber podido hacer absolutamente nada. Los recelos que se mantuvieron en Europa tras la Guerra, obligaron a su familia, como a otras muchas, a emigrar a Estados Unidos, donde comenzaron una nueva vida. Leon Leyson, que tenía una gran facilidad para los idiomas, se adaptó con cierta facilidad a su nuevo país, no tanto a sus padres. Allí llevó una vida cómoda y dichosa, se casó, tuvo dos hijos, fue un buen estudiante y se dedicó a la educación. Nos dejaría el pasado año el que fuera el superviviente más joven de aquella célebre, y los que le conocieron, especialmente su familia, hablan de él maravillas.

Cuesta creer, a la altura de las circunstancias que con la coyuntura del conflicto entre Israel y Palestina, no salga nadie o se acallen las voces de quien puede hablar (aún viven hoy supervivientes del holocausto), pregonando la barbarie que se está cometiendo. No digo que los israelíes no se puedan defender, siempre de forma justa, legítima y proporcional, pero el ataque indiscriminado a escuelas y las imágenes de infantes muertos amparándose en que con ellos se esconden los terroristas, nos hacen revivir una historia que pensábamos que tardaría mucho tiempo en repetirse y es que no aprendemos. Ahí lo dejo.

sábado, 2 de agosto de 2014

AGAMENÓN, UN MOZO RURAL QUE ERA IGUAL QUE SU ABUELO

Pasados apenas treinta años desde que el cómic o tebeo clásico sucumbió a la televisión, a los videojuegos, y ya más recientemente con los ordenadores y los móviles se le terminó de dar la puntilla, es triste apreciar que aquellos personajes ficticios han pasado al olvido más absoluto, quitando a Mortadelo y Filemón, a Zipi y Zape y a muy pocos más, que eran, de algún modo, las historietas más populares.

Con el paso de los años a esos otros personajes se les va apartando del recuerdo y quedan velados en un rincón de nuestras bibliotecas o en un hueco entre nuestras neuronas asociadas al pasado. Pero si los personajes de tebeo se encuentran en esa tesitura, los padres de los mismos apenas gozaron, ni gozarán ya de un mínimo reconocimiento, ni tan siquiera de una lejana evocación.

Esto ocurre con el padre de este personaje, si ya pasados esos treinta años desde que se dejó ver en las revistas infantiles de la época ya es difícil recordar las aventuras y desventuras del tal Agamenón, quién sabe qué fue del gran historietista Nené Estivill.

Estivill en contra de lo que pueda indicar en primera instancia su apellido, no era catalán, pese a que se vinculara a las editoriales que en aquella época publicaban esos tebeos clásicos, y viviera en Barcelona, aunque afincado a la hora de su muerte en abril de 2011 y en sus últimos veinticinco años de vida en Palma de Mallorca.

Pero, qué homenaje se le dedicó a Nené Estivill, qué medio de comunicación recogió su óbito, y después de ello quién sabe quién fue el dibujante pontevedrés Alejandro Santamaría Estivill.

Por cierto que para valorar en su justa medida de qué pasta estaban hechos estos historietistas hay que decir que este gallego alternaba su pasión artística con su trabajo en Telefónica, y al parecer, precisamente el incremento de responsabilidades en esa empresa fue lo que le hizo dejar aparcadas las plumas de forma profesional en el inicio de la década de los 80, aunque ocasionalmente las retomó. Ahí es nada, este tipo dedicaba su tiempo libre para deleitarnos con personajes como este.

Bueno, pues para ese recuerdo tenue he de señalar que tuvo el mérito de introducir en el panorama historietista español una temática que hasta ese momento no había quedado reflejada en el papel y era el mundo rural. Si hacemos una breve recopilación nos damos cuenta de que algo fallaba en las historietas de los años 60, sus personajes eran de ciudad (los Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, el Botones Sacarino, Don Pío, Carpanta...), algo que precisamente no se correspondía con la realidad de aquella España que aún seguía siendo más rural que urbana.

Agamenón fue el reflejo, de algún modo, de aquel mundo rural, de ese mundo noble, sin prisas, sin agobios, algo rudo, pero sin maldad. Además, rápidamente se identificó con ese medio rural, no sólo por sus andanzas, sino también por su forma de hablar que reproducía la fonética de mucha gente del campo, juntando palabras, con algunas incorrecciones léxicas, con giros impropios. El propio Estivill reconoció que el habla realmente se correspondería con la de los habitantes de algún pueblo anónimo del Pirineo aragonés, aunque en puridad, el habla de los personajes de Agamenón, se podía asemejar al de muchas zonas de España, y hoy creo que seguiría estando vigente. Ese habla se identificaría también con la de Paco Martínez Soria, ese actor que con la repetición infame de películas por TVE, ha terminado por caerme mal, lo siento.

El personaje en sí de Agamenón representaba a un mozo bruto, natural, algo gandul y comilón, que resolvía los problemas cotidianos que le surgían, a lo bravo, con no mucho cerebro, aunque a veces, esa inocencia o ingenuidad, igual que ocasionaba trastadas monumentales, también se alternaba con que esas ocurrencias agamenonianas acababan por resultar brillantes y dignas de elogio.

Pese a que Agamenón fuera el más brutote de Villamulas del Monte, en esa localidad ficticia abundaban los personajes del mismo corte, el padre del propio Agamenón, el alcalde, los comerciantes, los amigos, salvando algún empollón, el médico o el maestro, que trataban de mantener un equilibrio exiguo y obviamente desigual en un pueblo donde el progreso apenas había llegado.

Al hilo de lo anterior, Estivill sentenciaba con rigor la tradicional pugna entre la ciudad (los listos, los avanzados) y el campo (los palurdos y chapados a la antigua), siempre a favor de este último. En este sentido, en alguna de sus andanzas, Agamenón se topa con jóvenes urbanos que, amparados en esa especie de privilegiado estatus de lo moderno, tratan de aprovecharse para su regodeo de los pobres e inocentes pueblerinos protagonizados por nuestro joven amigo. Y aquí Estivill no se andaba con rodeos, Agamenón solía revertir su desventaja cultural con soluciones directas que siempre le hacían salir victorioso, y humillados a los urbanitas.

Esa vida del pueblo era tranquila, de profundo amor a la naturaleza y los animales, sana y ociosa hasta cierto punto; a nuestro amigo Agamenón se le veía en muchos episodios sentado en un taburete, dedicado a comer chorizos o consistentes pucheros en los que el ingrediente principal eran las alubias. Esto sacaba de quicio a su padre que, de vez en cuando, le soltaba algún mamporro para despertarle de esa placentera holgazanería. Pero, eso sí, cuando se trataba de trabajar, Agamenón trabajaba como un auténtico mulo, y no tenía rival en este aspecto.

Había no pocas ocasiones en las que Agamenón tenía que emplear su fuerza bruta, para ayudar a una joven, salvar al pueblo de unos ladrones, o incluso de unos descarados niños de ciudad, entonces sacaba a pasear sus puños o blandía una porra, a modo de rey de bastos para darle candela a cualquiera de forma impenitente.

Lo curioso de esta historieta y que, tal vez, sea el recuerdo más relevante que tengan muchos de mi época acerca de la misma, es que gran parte de las historietas terminaban con una sentencia de la abuela de Agamenón que decía «Igualico, igualico que el “defunto” de su “agüelico”». Es decir, que de casta le venía al galgo y, además, cuando la abuela soltaba esa coletilla por su boca siempre se la veía afanosa haciendo tareas de lo más dispares (tejiendo, cocinando, arreglando cacharros, limpiando...).

Puedo manifestar sinceramente que la carga doctrinal de esta historieta era ninguna o prácticamente ninguna, o sea, que era un tebeo para niños y jóvenes, destinado a la risa y la diversión, sin más; y esta conclusión siempre la saco tras mostrar los tebeos que suelo ir leyendo a mi hijo, y este ha sido de los que más le han gustado, porque los ha entendido casi todos y se ha reído mucho, además eso de igualico, igualico..., le ha hecho mucha gracia, con lo que, de algún modo, reafirma el sentido con el que bueno de Estivill culminaba la mayoría de las historietas de Agamenón.

viernes, 25 de julio de 2014

HIJO DE SANTANERO Y A MUCHA HONRA

Pues ese hombre vestido con mono de obrero es mi padre, recibiendo de manos del señor Giménez-Cassina (Director General de Metalúrgica Santana) el reconocimiento como «Obrero ejemplar»; corría el año 1969, yo apenas era un bebé y con aquella especie de galardón, le premiaron con un reloj con el escudo de Santana, que llevó puesto en su muñeca durante muchos años y un dinerito extra para comprar algunas cosillas para casa.

Era aquel Linares de los años 70 y 80 del siglo pasado, que yo viví intensamente, una ciudad bulliciosa donde en torno a tres mil trabajadores acudían diariamente a la factoría que fabricaba aquellos míticos vehículos Land Rover.

Una ciudad que era, sin duda, cosmopolita a su manera, aquel monstruo industrial absorbió mano de obra durante muchos años y necesitó obreros cualificados y no cualificados que vinieron principalmente de toda la provincia de Jaén, pero también de toda Andalucía e incluso del resto de España.

Sin ir más lejos nuestra familia vivía (y siguen viviendo mis padres) en un barrio obrero, donde el 95% de los hombres trabajaban en Santana, y había de muchos puntos, de Torredelcampo, Alcalá la Real, Villanueva de la Reina, Alcaudete, pero también los había de la provincia de Almería, de Fuenteobejuna (Córdoba), de Sevilla capital, uno de los mejores compañeros de mi padre era de Manzanares (Ciudad Real) y mis padres que eran de Begíjar. En fin, son los sitios que he recordado así a bote pronto, pero como digo había de muchos sitios. Esto tal vez hacía que Linares fuera una ciudad atípica, con ese conglomerado de culturas y tradiciones, de costumbres rurales, pues muchos procedían del medio rural, y todos creo que racionales habitantes de una ciudad que les estaba dando su sustento y a la que habían de defender. Era y es difícil encontrar en Linares a un linarense de pura cepa, es decir, con sus ocho apellidos linarenses.

Todavía recuerdo que los sonidos de la sirena, que apenas estaba a quinientos metros de mi casa, y a esa llamada, centenares de operarios que entraban o salían, andando o en coche, generando unos embotellamientos puntuales y unas manifestaciones multicolores, que aquello parecía más un llamamiento a ir a un partido de fútbol monumental o a un concierto de música excelso.

En estos días vacacionales, me encontré en la playa a un antiguo trabajador, a uno de los miles de santaneros que forjaron sus vidas a golpe de herramienta, y recordábamos casi al alimón, aquellos años de bonanza, de prosperidad, de bienestar general de un pueblo y de una comarca, años en los que no paraban de salir camiones tráiler con vehículos Land Rover a sus lomos, destinados a toda España, pero también a muchos países europeos y africanos; de hecho, mi padre era capaz de sobresaltarnos cuando veía algún coche autóctono en algún documental o película que sabía a ciencia cierta que había sido fabricado apenas a unos metros de nuestra casa, y quién sabe si alguna vez fue tocado por sus manos. Fueron años en los que ahora uno sabe que las cosas iban bien, aunque yo lo viera entonces como lo más normal del mundo, teníamos un economato que era una envidia, traspasaba las fronteras de la propia empresa, a los niños nos daban regalos para Navidad, los obreros también recibían algunos regalitos navideños, había un periódico, Santana patrocinaba un sinfín de actividades, y sobre todo y lo más importante, había trabajo, mucho trabajo y el que quería podía trabajar casi el tiempo que quisiera.

Mi padre recuerda aquellos años también con esa añoranza, en los que efectivamente me confirma que había meses en los que cobraba más por horas extras que por la jornada normal. Mi padre comenzó a trabajar en 1959, permaneciendo allí unos treinta años hasta su jubilación. Me cuenta que siempre fue un currante, realmente lo fue, y que tal vez su tozudez física le impidió ascender en otros campos y departamentos en los que hubiera tenido un mejor salario y menos cansancio acumulado. Estuvo muchos años siendo probador de vehículos, incluso una vez tuvo un accidente por un fallo mecánico, sin consecuencias afortunadamente, y en su última época estaba en control de calidad, convirtiéndose en un cliente exigente que había de poner fallos a lo que viera mal y según dice, lo hacía con absoluto celo lo que no parecía gustar a sus superiores. Esta época ya coincidía con la presencia de Suzuki, de infausto recuerdo, aunque me referiré después a eso.

Para la historia de la familia queda el hecho de que gracias a su pericia en la conducción, mi padre siempre comentó que fue el chófer del entonces príncipe D. Juan Carlos con ocasión de una visita a Santana. Aquello siempre nos pareció su particular leyenda urbana, sobre todo porque no hay foto ni recorte de periódico; pero se lo pregunté recientemente y me aseveró que era cierto, así que no veo por qué mi padre iba a inventarse a esto, así que fue verdad.

Es cierto que yo siempre lo vi trabajar mucho, enamorado de su trabajo, de esos trabajadores que están en el tajo veinte minutos antes de que hubiera que engancharse; sólo una vez recuerdo que estuviera de baja, tuvo un dolor de lumbago y aquello fue un acontecimiento familiar, pues estuvo en cama tres o cuatro días y resultaba atípico y excepcional acudir a su dormitorio a cualquier hora porque allí permanecía escuchando la radio y allí que nos metíamos por aquella inexplicable atracción que tenía la cama de nuestros padres.

El tal Giménez-Cassina al que hacía alusión al principio fue el aventurero empresario, que junto con otro visionario, Antonio Sáenz, invirtieron unos tres millones de pesetas para adquirir unos terrenos, que fueron los que dieron el nombre a la empresa, Metalúrgica Santa Ana, pues así se llamaba la finca donde se situó la factoría, era el año 1956. Lo que tal vez no sepa la gente es que no comenzó haciendo Land Rover desde su inicio, sino que era una empresa destinada a la fabricación de maquinaria agrícola.

Fueron las dimensiones del monstruo que allí se montó lo que permitió abrir el negocio, primero fabricando cajas de cambio para Citroën España, en 1958, y en 1959 con el acuerdo con la firma británica Land Rover, coincidiendo con la entrada de mi padre en la empresa, que estuvo funcionando fantásticamente durante un cuarto de siglo.

En los años 80, y viendo que Land Rover se dormía un poco en los laureles ante la cada vez más potente presencia de marcas procedentes del mercado asiático, fundamentalmente de Japón y Corea del Sur, se propició un acuerdo estratégico con Suzuki, que duró hasta mediados de los 90. Y todo fue razonablemente bien hasta que los nipones no pudieron soportar más el mantenimiento de una producción que no era rentable o que lo era menos que disponer del mismo poder productivo pero pagando salarios notablemente inferiores a los españoles, como los eran en los incipientes países de la Europa del Este que comenzaban a despertar de su parálisis comunista. Para entonces, en 1991, los de Suzuki ya habían echado a andar una planta en Hungría, que aún sigue funcionando.

Mucho se luchó por mantener ese maná, la ciudad se volcó por entero, y hasta la comarca, como jamás se había visto, hasta hubo una huelga general en la misma, y recuerdo alguna manifestación donde no faltó nadie, fue un grito último, el último aliento de lo que era irreversible.

La Junta de Andalucía tomó el mando de las operaciones, y no seré yo quien juzgue negativamente la gestión realizada, más allá de buscar un mercado y actividades alternativas para la planta, sinceramente fue una manera de no destrozar a Linares, sino que la muerte de la factoría fuera paulatina, casi paralela al envejecimiento de sus trabajadores, que no hubiera brusquedades ni una revolución social en una ciudad que vivió gracias a Santana.

Los humanos somos muy malos y poco corporativos en los trabajos físicos, donde se suele criticar bastante al igual. Mucho se especuló con las causas del derrumbamiento de Santana, que fueron las que fueron y ahí las he resumido, pero también se habló con poca elegancia de que había muchos santaneros que no daban el callo. Niego rotundamente la mayor, como en cualquier trabajo y empresa hay trabajadores muy buenos, buenos, normales, regulares, malos y muy malos, y de verdad, no creo que los pocos o muy pocos garbanzos negros fueran la palanca que desmoronó aquella gallina de los huevos de oro.

Aunque mi padre no estudió ninguna carrera ni era un mando superior ni intermedio, el hecho de haber sido un operario cualificado le permitió hacer algunos viajes inolvidables para nosotros, por lo que contaba, estuvo en un par de ocasiones en Casablanca (Marruecos), donde Santana tenía una pequeña planta de producción (también tenía sus estrategias), o sus escalas en Vigo, donde iba a realizar pruebas en la factoría de Citroën, de hecho, durante mucho tiempo, mis hermanos y yo lo vimos en un Citroën GS rojo, que le servía de banco de pruebas para las cajas de cambio; recuerdo que alguna vez de camino al colegio me pilló lloviendo, me vio por la calle, y me montó en su «coche rojo», ¡qué orgullo!

El Linares actual da un poco de pena, efecto de la crisis y efecto también de aquel proyecto industrial que agonizó y murió definitivamente hace unos años. Como en muchas localidades de nuestra depauperada Andalucía, los paseos y las plazas se llenan de jubilados y de parados de eterna duración, que fueron en su momento los importantes engranajes de una maquinaria potentísima.

En fin, valga esta humilde reseña como homenaje a aquellos trabajadores que dieron lo mejor de cada uno para construir sus familias y engrandecer la ciudad que los acogió.

sábado, 19 de julio de 2014

"MIRAR UN CUADRO", CUANDO LA TELEVISIÓN ERA CULTURA

La cueva de Covadonga, de Pérez Villaamil, cuadro sito
en el Museo de Bellas Artes de Asturias
No sé a cuento de qué vino, pero el caso es que comentaba hace unas semanas con mi buen amigo Miguel Ángel Angosto, erudito multidisciplinar donde los haya, lo subjetivo que era el interpretar un cuadro. Tantas facetas diferentes y todas válidas, algunas expresadas por el artista y otras, sin quererlo, inferidas propiamente tras el paso del tiempo.

La pintura no es, tal vez, lo mismo que la poesía, en esta el autor ha querido decir algo, se puede interpretar más allá pero hay una raíz concreta, apartarse de ella es posible pero da, en cierto modo, la espalda al objeto preciso de un sentir personal; la pintura, sin embargo, ofrece más lecturas.

Y dicho esto, ambos coincidimos en que hubo un programa de TVE que para la gente de nuestra época, supuso un antes y un después a la hora de enfrentarse a un trabajo pictórico, se trata de aquel mítico espacio que llevaba por título «Mirar un cuadro».

Comenzó a emitirse en 1982 y hasta 1984 en su primera temporada y luego en una segunda entre los meses de febrero y octubre de 1988. No tenía una duración determinada, aunque siempre oscilaba entre los veinte y treinta minutos.

No me fue difícil indagar en la Red y dar con el programa, es más, TVE tiene en su web un espacio dedicado a antiguos programas y series denominado «A la carta», en el que están colgadas 107 de las 109 entregas que realizó de este proyecto.

La principal característica del programa es que se basaba en la opinión, diferentes personas realizaban su interpretación del cuadro. Pero la virtud esencial del programa estribaba en que lo hacían tanto eruditos como personas anónimas. La gente de a pie se situaba enfrente del cuadro y señalaba lo que le inspiraba. Por otro lado, en otro lugar, no necesariamente en el museo, uno o dos expertos vertían la interpretación, digamos oficial, del cuadro.

Con ambos elementos en las manos y la mente, el televidente recibía una información completa del cuadro, una magnífica, la del erudito, pero también una no menos buena que, de algún modo, se asemejaba a la que él mismo podría tener, una opinión menos experta, más de andar por casa si se quiere, pero por la que uno sentía una cierta cercanía.

No era infrecuente que entre esos aficionados a la pintura intervinieran personas extranjeras que le daban un punto de calidad y universalidad al programa, y que también reforzaba el enfoque multicolor con el que se concebía este «Mirar un cuadro».

El programa tenía otro objetivo no desdeñable y era el fomento de los museos, primordialmente el Museo del Prado, pues en la primera temporada creo que todos los programas se hacían allí. Fue en la segunda temporada cuando se extendió la perspectiva a otros museos españoles, en los que se mostraba, con toda probabilidad, el cuadro estrella; en la imagen que inicia esta reseña tenemos precisamente «La cueva de Covadonga» de Pérez Villaamil, sito en el Museo de Bellas Artes de Asturias, que se analizó en el programa.

Obviamente aquel recuerdo que hacía con Miguel Ángel Angosto era también una reflexión, la de una televisión pública, la única, que dedicaba muchos espacios a la cultura, de hecho, su 2ª cadena (como la gente de antaño la recordamos) era un canal alternativo y de divulgación. No me parece que fuera una propuesta exenta de calidad, aunque aquella televisión pública tuviera sus errores, lo cierto es que no tenían cabida los programas basura y vacíos que nos martillean en muchos canales. Porque, no lo olvidemos, cambiamos una televisión con dos botones razonablemente buena, por un mando a distancia con decenas de propuestas a cual más pobre.

Este programa era el ejemplo fidedigno de una televisión cultural, una televisión que pretendía educar, en la medida de lo posible, desde esa caja que hace treinta años ya se revelaba como una caja insensible, «la caja tonta», que prácticamente era siempre unidireccional, soltaba y soltaba, sin que el televidente apenas recibiera estímulo o cualquier información que le ayudara a crecer como persona. Al menos programas como este contribuían a que esta concepción se rompiera de vez en cuando.

Ha caído demasiado en el olvido en el programa y jamás se ha repuesto, ni tampoco se ha planteado TVE hacer nuevas entregas, lo que no estaría nada mal, y repito, cada vez que me asomo a un museo y veo un cuadro trato de leer algo más que lo que me ofrece un primer vistazo.

Por otro lado, después de haber visionado algunos programas he verificado que es una estupenda herramienta pedagógica, están los cuadros más importantes que tenemos en España, y por supuesto, en el Museo del Prado, nuestra más importante pinacoteca; de manera que puede resultar tremendamente útil para niños y jóvenes que tengan que hacer algún trabajo para la escuela o el instituto, es un apoyo magnífico.

En fin, que a buen seguro que la gente de mi generación ha visto alguna vez este mítico programa y le traerá buenos recuerdos, aunque sólo fuera porque no había más canales donde elegir y nuestro tiempo libre también pasaba, como ahora, por consumir televisión.

sábado, 12 de julio de 2014

"EL VIENTO DE LA LUNA", DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Muchas anécdotas y situaciones curiosas me ha generado el hecho de crear este blog y mantenerlo regularmente cada semana con un articulillo nuevo, que no es ni más ni menos que el reflejo de lo que voy haciendo en mi tiempo libre; a este respecto, el sentido de bitácora que tiene un blog, cobra en este su significado más exacto.

Pues ocurrió que un domingo de hace unos tres o cuatro meses una buena vecina que, en su momento, me confesó que era asidua a este mi blog, llamó a mi casa y me ofreció dos libros de Muñoz Molina, al hilo de la opinión que yo había mostrado acerca de un reciente y mordaz ensayo de este autor titulado «Todo lo que era sólido».

Como reza el refrán, que yo he escuchado a los más viejos «El que tiene un buen vecino tiene un buen matino», o algo parecido, para dar a entender que tener un buen vecino es realmente un tesoro, tengo la suerte de mantener buenas relaciones de vecindad con bastantes personas que viven en mi alrededor, en especial las relaciones las mantiene mi esposa, que pasa más tiempo en el hogar, pero no rehuyo el contacto con mis vecinos, aunque mi carácter algo frío me hace estar algunas veces distante.

Pues eso, mi vecina Trini, a la que tengo por amiga, me ofreció este «El viento de la Luna» y «El jinete polaco», y todo ello venía porque, de algún modo, en mi crítica de «Todo lo que era sólido», me inclinaba a pensar que Muñoz Molina se desempeñaba mejor en el ensayo, en el artículo periodístico, en el relato costumbrista, y yo lo veía perdiendo enteros en la novela pura, donde en mi opinión bajaba su caché. Esto es notablemente pretencioso por mi parte, tratándose del prestigioso Antonio Muñoz Molina, todo un Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Ya le dije a Trini que, en su momento, leí «El jinete polaco», pero que el otro no, y ella precisamente me recomendaba fervientemente este que traigo ahora aquí, pues le remontaba a su Torreperogil natal, localidad cercana y con un fuerte influjo de la Úbeda comercial y bulliciosa, como lo han sido y lo siguen siendo un montón de pueblos de la parte oriental de la provincia de Jaén. A ella le recordaba el libro tantas vivencias en esa Úbeda de Muñoz Molina (en el libro denominada Mágina), si no de finales de los 60, en donde se recrea la acción, sí de los 70.

Nada dista ese escenario y sobre todo la parte costumbrista con el que los habitantes de la provincia de Jaén, somos capaces de identificar e identificarnos. Los recuerdos de nuestros antepasados que trabajaban en el campo de sol a sol, comunidades rurales donde la percepción de los adelantos se apreciaba tan lenta como las glaciaciones. También yo he vivido, de algún modo, ese influjo ubetense, mis padres ambos nacidos en Begíjar, han tenido esa tendencia casi respetuosa, de afirmación de sus raíces al ir a comprar a Úbeda, aunque viviéramos en Linares. De revivir de vez en vez, esas entradas a Los Biedma, donde los dependientes y especialmente los dueños, te recibían a voces, de una manera rayana en la impertinencia, contraria de todo punto a los cánones del comercio, fueron unos adelantados a los chinos; también de nuestras visitas a la zapatería El Rayo, o al Métrico; paseos apresurados con esa figura siniestra de la estatua del General Saro divisando la plaza que lleva su nombre, que como recuerda Muñoz Molina estaba agujereada por disparos de bala, y lo era a mi parecer, siniestra precisamente por el recuerdo de lo que pudo ocurrir en el pasado. Una Úbeda, en definitiva, histórica y señorial, donde sus gentes también lo parecían y lo parecen, más educadas que en otros lugares, y una Úbeda siempre gélida en invierno que en sus paseos parece realmente una ciudad más castellana que andaluza.

Pues no se trata de una novela, sinceramente no lo es, apenas pasa nada, no existe trama novelesca y sí relatos vivenciales del escritor, recuerdos de su infancia y de su juventud, que a buen seguro son absolutamente reales, desconozco si por él mismo o por experiencias cercanas a él. Ahí está la esencia de esta especie de ensayo novelesco que reseña un ciclo vital del personaje del propio Antonio Muñoz Molina en su adolescencia, mostrado en paralelo con la llegada del hombre a la Luna en 1969. El cómo el protagonista vive las estrecheces de una existencia sin grandes alardes, donde se ve integrado en un mundo del que quiere desafectarse sin maldad, por ese impulso personal hacia el conocimiento que le permitirá abrirse camino en el mundo. Algo que vivió realmente, pues Antonio es un hombre de mundo que voló desde muy joven; acostumbra a tocar todo tipo de asuntos, incluidos los científicos, en su colaboración mensual en la revista «Muy Interesante», de la que soy un abnegado seguidor.

Por esas vivencias pasan también sus inclinaciones sexuales de adolescente, su educación y el influjo de haber pertenecido a una escuela regida por una congregación religiosa, los recuerdos del pasado reciente que aún no ha olvidado la Guerra Civil (estamos hablando de finales de los años 60), de cómo una ciudad va poco a poco enchufándose a la modernidad. Particularmente me emociona rememorar los tiempos de la aceituna, el vocabulario propio de esta faena tan arraigada en la provincia de Jaén, y donde claramente me he sentido identificado.

No pasa nada, pero realmente pasan muchas cosas, en el universo vecinal tan anónimo y a la par tan cargado de vida, se suceden personajes que nunca pasarán a la historia, que no fueron nada ni nadie, pero que para el autor supusieron pequeñas tramas que esculpirían su acerbo personal.

Es un libro ameno de leer, excesivamente rimbombante en algunos pasajes, donde Muñoz Molina se recrea con su pluma elocuente, pero que a veces sobra por repetitivo.

Queda dicha que me ha gustado, aunque en el apartado de lo menos bueno, el final del libro se queda un poco liviano, la fusión entre la realidad de Mágina y los avatares de los primeros hombres que pisaron la Luna no termina de llegar a un punto común. Y en lo que respecta a la faceta vital del protagonista, también se pierde un poco el hilo al final, con unos saltos en el tiempo que despistan un poco. En todo caso, el fin es bueno, y el relato es emotivo, el de un escenario que jamás se volverá a repetir en nuestras vidas, por fortuna en lo malo, y que quedará en nuestras neuronas para siempre.

sábado, 5 de julio de 2014

"IF..." DE LINDSAY ANDERSON

Si «La naranja mecánica» fue una película irreverente aparte de otros muchos calificativos, esta «If...» lo es en grado sumo, tal vez sea el principal. Ciertas similitudes incidentales existen entre una película y otra, ese grado de irreverencia, el punto de violencia, la época de rodaje y en la que se sitúa la acción, los lugares (en Inglaterra) donde se desarrolla y un excelso Malcolm McDowell protagonista de ambas cintas que con su cara de niño malcriado inunda la escena en la que se halla.

Pero amén de eso las películas son diametralmente opuestas, esta «If...» es ante todo una desconocida para el gran público, mientras que la otra es un referente para los cinéfilos y parada obligada para todo aquel que quiera conocer la historia del cine universal, y apenas tres años separan a una de otra.

Su director Lindsay Anderson se aventura en un proyecto transgresor mirado desde la distancia, sobre todo porque incide en el sistema educativo británico en una época concreta, finales de los 60, en la que mundialmente se consideraba a los internados británicos como un modelo formativo y educacional al que acudían los hijos de los burgueses y aquellos adinerados que vivían en las colonias británicas y que deseaban para los suyos una educación ortodoxa y recta. Anderson le pega una puñalada trapera a esta estructura, llevándose por delante a las instituciones, al Estado y hasta a la Iglesia (me inclino a pensar que es católica y no anglicana, aunque no lo tengo claro).

La transgresión de la película se refleja, aparte de su temática, también en su forma de discurrir, algunos detalles nos ofrecen ese panorama, la alternancia de escenas en blanco y negro y color, el que no se reconoce el hilo argumental hasta más allá de su ecuador, el balanceo entre lo trágico y lo cómico y algunas escenas surrealistas que pueden desconcertar si no se las examina con suficiente perspectiva.

Un sistema jerárquico al más puro estilo militar ensalza a los veteranos y humilla a los más jóvenes, ello se adereza con el reiterado ensimismamiento de los que tienen que mandar, constantemente mirando su ombligo y desinteresados en la educación de las personas más allá de la educación en las aulas; eso generará distorsiones en todos los estudiantes; algo que se refleja en el día a día, las novatadas o los tratos humillantes que los que tienen que vigilar eluden, esto ha ocurrido y seguirá ocurriendo por los siglos de los siglos.

Como siempre también, los más malos, no sé si por esa justicia automática, ¿divina?, que a veces deseamos que haya en el mundo, pues son los que más se divierten, pero son también los más damnificados y llevarán hasta sus últimas consecuencias su irreverencia.

Son niños bien, no lo olvidemos, son chicos que por sus antecedentes familiares han gozado de una educación privilegiada y cuentan, tal vez por dejadez de la familia que prefiere recluirlos y olvidar, con una economía holgada para caprichos de todo tipo; esa medida de los ricos ha hecho no pocas veces que les salga el tiro por la culata.

Este internado de pago es de los caros, eso se percibe no sólo en la elegante indumentaria, excesiva, de los estudiantes, sino en las habitaciones individuales o los espacios de estudio; penurias pasan pocas, más allá de la rancia disciplina, esa jerarquía cruel y ciega que desalentará a algunos.

Por cierto que los críticos de la película no se han puesto de acuerdo del todo en explicar la alternancia de escenas en color y blanco y negro. Yo al principio traté de buscarle su sentido, sinceramente creo que es intencionado, aunque no he alcanzado a descubrir la intención, tal vez debería verla más veces. La explicación oficial no puede ser más simple, el presupuesto de la película era muy ajustado y se decidió rodar parte de la misma en blanco y negro para ahorrar costes.

La película hace críticas directas al sistema, pero también hace guiños a otros asuntos que el director no quiere dejar pasar por alto aunque sean de pasada: el sexo, la homosexualidad, los pequeños vicios juveniles (alcohol y tabaco), los movimientos revolucionarios de América Latina, la guerra de Vietnam, el África negra, la anarquía... Ah, y un pequeño guiño a España, este sin ninguna intención, en una de las secuencias más gamberras, aparece en toda su inmensidad una preciosa motocicleta Ossa que a buen seguro era el sueño de los jóvenes de aquella época.

En cuanto a las escenas surrealistas, algunas son difíciles de encajar en la película por poco creíbles y otras, bien traídas, desmontan la tensión que la película tiene, dándole un toque cómico. Especialmente soberbia es aquella del reverendo del internado que después de que alguno le gaste una broma pesadísima, es capaz de perdonar saliendo desde su refugio ¡de un cajón!, ubicado en la habitación del rector donde permanece postrado.

Y para rematar la cinta, un soniquete envolvente que emociona en los momentos más recalcitrantes, una bellísima y desconocida música hasta ahora para mí, el Sanctus de la Missa Luba, una versión de la Misa latina basada en canciones tradicionales congoleñas y cantada por niños y adolescentes de dicha nacionalidad, sencillamente espectacular.

Por último, esta película de 1968, menudo año, con ese aire retro y esos peinados infames de los niños y los más jóvenes, y esas patillacas interminables de los no tan jóvenes, permite dar luz a una realidad que, tal vez, hasta ese momento estaba distorsionada.

En fin, una película absolutamente recomendable que entretiene sobremanera y que, por supuesto, tiene varias interpretaciones, sin dejar a nadie indiferente.