sábado, 19 de mayo de 2018

"MI DIETA COJEA", DE AITOR SÁNCHEZ

Sorprende que en esta sociedad en la que vivimos, el mundo de los alimentos gire mayoritariamente en torno a la gastronomía y muy poco alrededor de la nutrición. El desconocimiento de un ciudadano medio acerca de conceptos básicos de nutrición es inversamente proporcional a la pasión con la que se asume la gastronomía como un valor cultural, con independencia de la consideración de si lo bueno o malo que estamos comiendo está afectando a nuestro cuerpo.

Y es que uno ya está en una edad donde debe mirar un poquito lo que come, partiendo de nuestra finita existencia, no está mal de vez en cuando «pegarse un homenaje», pero a medida que pasan los años hay que reflexionar sobre lo que comemos cada día y el impacto que a medio y largo plazo producen determinados hábitos alimenticios en nuestro organismo. Sabemos cuál es nuestro destino, pero es muy cierto que a través de la comida podemos viajar por lo que nos resta de la vida con cierto bienestar. O sea, que toca cuidarse un poquito y la comida, siendo esencia de nuestro propio ser, tiene que ser una parcela que no se puede dejar llevar por una sociedad que se pliega más a lo popular, a lo cultural, que a lo sano o lo más nutritivo.

Partiendo de esta reflexión, sin ser hasta hora un obseso de la nutrición, llevo desde hace varios años pensando en experimentar durante una parte de mi vida cómo se lleva lo de ser vegetariano o vegano (incluso flexitariano, es decir, seguir una dieta vegetal con algunas incorporaciones puntuales de carne y pescado), más que nada porque me abruma mucho el mal que se infringe a los animales que son explotados y maltratados, no digo todos, en explotaciones intensivas; y cada día estoy más cerca de cumplir ese objetivo.

Y también es verdad que sin comerlo ni beberlo, estoy cada vez más atento a programas de radio y televisión en los que se habla de la nutrición. Particularmente interesante se revela la colaboración que hace una vez a la semana el nutricionista Aitor Sánchez en el programa radiofónico de las tardes en Radio Nacional de España «Esto me suena», que comanda el periodista Ciudadano García. Aitor me pareció casi desde el primer día que lo escuché un extraordinario divulgador, dice las cosas claras, precisas y para que todo el mundo lo entienda.

Pese a su juventud, apenas tiene 30 años, Aitor se ha hecho con un nombre y casi una estela de pensamiento en el mundo de la nutrición en nuestro país, colaborando también en medios escritos y habiendo participado en algunos espacios televisivos. No sé si le corresponde el honor a él, pero esa especie de nuevo mantra de la nutrición equilibrada que dice «Más mercado y menos supermercado», lo tiene a él como uno de sus grandes impulsores.

En sus intervenciones radiofónicas ofrece unos conceptos de nutrición que además repite casi siempre y que marca lo que tiene que ser una alimentación equilibrada y nutritiva, a la par que pone el dedo en la llaga en relación con modelos divulgados que son claramente malsanos; en este sentido, dentro de su colaboración en RNE tiene un microespacio denominado «Nutrichorradas», en el que desmonta toda una serie de dietas ridículas y salvajes que tratan de convencer a gente desesperada en este siempre complicado mundo del sobrepeso y el adelgazamiento exprés.

Pues bien, desde que lo vengo escuchando se había referido a este libro escrito por él, «Mi dieta cojea», que venía a poner en tela de juicio toda una serie de mitos que circulan por la calle y que están en nuestro subconsciente, en nuestro acerbo cultural, casi desde que tenemos uso de razón. Que la carne provoca cáncer, que hay que comer cinco veces al día, que los vegetarianos sufren anemia, que el desayuno es la principal comida del día…, con una exquisita y quirúrgica explicación, Aitor Sánchez pormenoriza qué de cierto hay en todo lo que se dice.

No lleva a cabo sus minuciosos pero no extensos análisis con meras opiniones personales, sino que todo lo basa en los estudios que se han llevado a cabo hasta ahora y nos ilustra sobre la realidad de lo que se comenta en la calle; y es que a todas luces, todos esos mitos no dejan de ser eso, mitos.

Es especialmente crítico con la industria alimentaria, todo un lobby que por clarísimos intereses económicos es capaz de influir sobre autoridades y gobiernos para proteger su opíparo negocio. Un negocio, el de la comida procesada y ultraprocesada, en el que se produce con poca calidad nutricional y con un gran margen de beneficio; y que presiona para que las normativas sean muy laxas: etiquetados que no informan, campañas de publicidad engañosas, patrocinio de eventos deportivos…, toda una serie de jugadas que pretenden hacerse con un buen nombre y que sus alimentos sigan consumiéndose eternamente, por encima de cualquier ética o de la propia salud de sus consumidores.

Una industria alimentaria que produce a precios bajos con materia prima muy barata y que provoca en muchos sectores de población una creciente obesidad. Se razona en el libro con sesudo análisis el porqué vemos cada vez más gente de clases bajas y medias bajas con notable obesidad. Y es que es gratificante y más cómodo comerse muchos dulces con poco dinero, porque obtienes una recompensa inmediata con el sabor, que acudir a productos naturales o no procesados.

Este nutricionista reconoce que vivimos en una sociedad obesogénica, donde es difícil no solo no caer en tentaciones, sino que directamente tienes que entrar por el aro, porque no hay otra cosa. En este sentido, podrás ir a un restaurante de postín y es muy probable que no te encuentres ni una sola opción de comida equilibrada.

Una de las razones por las que adquirí este libro fue para confirmar lo que Aitor pregonaba en su espacio radiofónico, y sin que ofrezca una programación de comidas tal cual, que no dieta, a través de sus páginas se infiere qué debemos comer para mantener una dieta equilibrada y para que los excesos o la mala alimentación no nos jueguen una mala pasada. Alimentos naturales (de mercado), frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos, algo de carne (mejor blanca), pescado azul…, con solo eso ya obtenemos un abanico casi infinito de menús tanto para niños como para mayores.

Como digo, es tremendamente pedagógico, y en varios capítulos hace mención al concepto de calorías, puesto que nos deja claro que no es relevante saber qué número de calorías consumimos diariamente, sino de dónde las obtenemos, lo cual es muchísimo más importante, por no decir crucial para mantenernos sanos. Siempre será más sano obtener calorías y azúcares de una pieza de fruta que comiéndose dos pastelitos, aunque el balance de calorías sea exactamente el mismo.

Y, por cierto, aunque de vez en cuando nos guste compartir una conversación y echar unas cañas, deja claro, y eso lo sabemos todos, que el alcohol incluso tomado con moderación es perjudicial para nuestra salud.

El libro no tiene ningún desperdicio, con un lenguaje muy accesible, toda una biblia de la nutrición moderna, sin dejarse llevar por corrientes de opinión, sino por datos objetivos. Y que, además, ya tiene una secuela que es «Mi dieta ya no cojea», en el que imagino que irá más directo a la diana, señalando planificaciones alimenticias para llevar en condiciones un apartado tan importante en nuestra vida como es la alimentación y en el que, por supuesto, pretendo seguir indagando.

domingo, 13 de mayo de 2018

LA PETANCA, EL GENUINO DEPORTE JUEGO DEL PUEBLO

Me pasó recientemente algo curioso relacionado con un deporte y esto me ha dado pie a hablar de esta disciplina que vemos practicar muy asiduamente en nuestros parques, como es la petanca y que me merece alguna reflexión al respecto.

La curiosidad es que yo estaba con un grupo de amigos en el Campeonato de Andalucía de balonmano infantil en Almería en un macrohotel cuando desayunábamos y había más densidad de personas que en el metro de Tokio, por lo que tampoco abundaban las mesas libres, en esas estábamos cuando un señor nos pidió si podía sentarnos con nosotros y rápidamente nos comentó que era el presidente de la Federación Andaluza de petanca.

Aquel buen señor propició que la sobremesa se desviara de nuestras habituales conversaciones relativas al deporte que nos traía allí, y nos dispusimos a ingresar en el mundo menos explorado de la petanca.

Tiene la petanca la virtud en España de ser un deporte bastante popular, pero tal vez escasamente mediático. Este hombre que debe llamarse, por lo que he visto en Internet, Antonio Pérez García, aunque no lo tengo muy claro porque no están muy actualizadas las web de este deporte, refería que al tratarse de un deporte lento en su desarrollo, esto no invitaba a que pudiera retransmitirse por televisión y eso limitaba su progresión o quizá cierta estigmatización y ahora lo explicaré.

Del mismo modo, él comentaba con cierto disgusto que se asociaba la petanca con la tercera edad, lo cual no es incierto, dado que basta darse una vuelta por alguna plaza o parque de Andalucía y ver gente que juega a este deporte para comprobar que efectivamente muchos de lo que lo practican son gente mayor. Es más nos recordaba con cierta sorna que cuando la televisión hace referencia a la aprobación de los presupuestos del Estado y, por ende, acerca de la subida de las pensiones, siempre sale de fondo un grupo de abueletes jugando a la petanca.

En aquel hotel había gente mayor y gente de mediana edad, gente joven yo no vi. Este hombre defendía lógicamente su deporte, como tal deporte, y reconocía la actividad física que se desarrollaba practicando este deporte, por la tensión psicológica, por el hecho que estaban levantándose y agachándose durante varias horas...

Evidentemente yo siendo benevolente pondría este razonamiento en solfa, aunque uno de mis amigos, con alguna mala idea decía que los de la petanca se comían ese hotel y también el de al lado. Lo cierto y, yo razonaba con el presidente, es que gente pasada de peso había, pero también es verdad que seguro que los mejores tienen una forma física envidiable.

Lo de la estigmatización y sin que esto se tome como peyorativo, se ha asociado la petanca a las clases media y media baja, y hay varias razones, como es lo accesible económicamente del material y que las pistas de juego se pueden ubicar en cualquier sitio y no solo parques y jardines, y muchas zonas de extrarradio o a las afueras de pueblos y ciudades. Y ya digo, esto no quiere presuponer nada, pero sí que es cierto que esta seña de identidad hace que sea un deporte muy popular, porque es del pueblo pueblo.

Considerando todo esto, quién no ha jugado alguna vez a la petanca, o al menos quién no ha visto jugar y sabe mínimamente sus reglas, reglas que por otra parte en lo básico son bastante sencillas. En mi particular experiencia vital yo he jugado en la playa con mi sobrino, aunque bien es cierto que con una petanca de juguete (con bolas de colores rellenas de agua), y también he visto campeonatos locales.

El concepto básico de este deporte juego es que tienes que lanzar una bolita de madera sobre tierra y en un terreno irregular (ahí es donde decía el presidente de la Andaluza se ve quiénes son los buenos, en los terrenos difíciles) y luego dispones de un número tasado de bolas metálicas según el modo de juego, individual, dupletas y tripletas, que lanzas también con objeto de que al acabarse todas las bolas tengas el mayor número de ellas cerca de la bolita de madera y que no haya ninguna del contrario; es una especie de curling, donde el objetivo es el mismo quedar lo más cerca posible del objetivo, en el caso de este deporte de invierno se trata de un punto inmóvil.

La gracia de este juego es que el boliche se puede mover, con lo que la estrategia cambia radicalmente si lo mueves en un momento decisivo y lo que parecía ir a mi favor puede pasar a estar radicalmente en contra. De hecho, por lo que yo sé hay tres tipos de lanzamientos, el de acercamiento al boliche (que es el más obvio), el de eliminación que pretende quitar del juego una bola contraria peligrosa, aun sacrificando la tuya, y de aproximación que trata de acercar tu bola al objetivo o incluso acercar alguna tuya o de algún compañero que se hayan lanzado ya.

Luego hay algunas singularidades del juego que tampoco quiero detallar, pero lo que sí es verdad, es que a pesar de lo tranquilo que es el juego, también tiene su cierto dinamismo, porque las partidas se pueden desarrollar con bastante rapidez, y uno juega y juega para pasar la tarde, es decir, que puede resultar un deporte tremendamente entretenido, y en ese sentido, también le otorga una importante función social que es la que vemos a diario en nuestros parques. Y sí, nuestros mayores se mueven, se entretienen y pasan un rato relajado entre amigos, hablando de este deporte o de cualquier otro asunto.

Por cierto que existe un deporte similar en Hispanoamérica llamado las bochas que, en realidad se disputa sobre plano, en pabellones de deportes o similares, y si es difícil acercar una bola a un boliche en un terreno con hoyos, piedrecitas y desniveles, con cierta diferencia a modo de lo que ocurre en el golf, la ventaja es que el propio terreno te frena la bola; sin embargo, en las bochas tienes que lanzar con suma delicadeza porque el rozamiento al ser un terreno plano ya no es tanto, y la bola se te puede ir al carajo. Las bochas tienen su variante paralímpica y, de hecho, está en el programa paralímpico.

Y a todo esto, ¿la petanca es un juego o es un deporte? Antes de responder a esto, querría hacer alusión a un articulito que firmó hace algo menos de dos años un tal Pablo Lolaso, una especie de alter ego jocoso del mítico entrenador de baloncesto del Real Madrid Pablo Laso, el cual en el periódico digital esdiario.com, escribe todas las semanas una columna un tanto desvergonzada como concepto pero muy juiciosa como fin. En este enlace refiere la amalgama de deportes a los que llamamos como tal cuando muchos de ellos tienen unas connotaciones más de divertimento que de actividad física, más de pericia que de esfuerzo, básicamente una serie de deportes que sobran.

Muchos deportes están en el programa olímpico y son de puntería, o incluso puramente artísticos; en los Juegos de invierno tenemos el curling donde la actividad física más acentuada se ciñe a mover con fuerza una escoba, pero hasta ahí.

Y entonces, ¿podríamos considerar a la petanca como un deporte? Yo diría que es más juego que deporte, pero oficialmente deporte es, y no dudo que con la afición con la que está difundiéndose por los cinco continentes opte a tener su momento de gloria en el futuro; sobre todo porque en los Juegos Olímpicos se meten cada vez más y más deportes, y algunos te das cuenta que no encajan (saltos sobre cama elástica que más parece una competición circense).

Estamos ante un deporte que nació en Francia, país donde existen jugadores profesionalizados, y está ampliamente extendido en todo el Mediterráneo, tal es así que es un deporte fijo en los Juegos del Mediterráneo. Pero su extensión va creciendo y en países tan alejados del nuestro como Tailandia, se practica con bastante interés, al igual que en países de influencia francófona.

Cada cual que opine al respecto, pero que nadie dude que jugar a la petanca es siempre muy divertido.

domingo, 6 de mayo de 2018

"LOS PACIENTES DEL DOCTOR GARCÍA", DE ALMUDENA GRANDES

Sé que llevo varias entradas dedicadas a los libros que leo, en las que hago la misma reflexión que se resume en lo siguiente: libro gordo, algo sobra. Y no sé si es por mí o es realmente por el libro, tal vez sea lo primero. Me pasa esto cada vez y, sin embargo, vuelvo como si fuera una droga a caer y siento una especial atracción por los relatos voluminosos; es como una especie de reto personal, de que pese a que la densidad y la sucesión de páginas presumen una larga travesía de horas de lectura, una vez más lo voy a superar, y la lectura no va a poder conmigo, voy a vencer yo.

En este libro de Almudena Grandes me ha vuelto a pasar, sé que puede ser un poco obsesivo, pero muchos pasajes del libro son directamente superfluos, omisibles.

La otra cuestión que también me abruma de los libros gordos es el exceso de personajes, que si no lees el libro de corrido, sino que lo haces a ratos y a veces te tiras días o semanas sin tocar papel, pues te pierdes un poco, y puede resultar un poco trabajoso ir hacia atrás para tomar datos (es lo que pasa con los libros, por fortuna, que no son como las telenovelas que te pierdes veinte episodios y no te has perdido nada porque todo sigue igual).

Pero en este caso la profusión de personajes tiene una causa bien justificada y que me merece total indulgencia para con su autora. Y es que Almudena Grandes construye una novela de ficción sobre hechos reales y personajes reales, y no quiere dejarse a nadie, o mejor expresado, quiere que los personajes investigados y estudiados, tengan su presencia más o menos relevante en la novela, y se ha ilustrado ampliamente.

El relato que se fundamenta en unas historias personales que recorren casi medio siglo, tiene un trasfondo histórico de enorme trascendencia, como es el papel de la España franquista tras la 2ª Guerra Mundial, asumiendo el rol de refugio de nazis. Esta historia, de la que yo conocía detalles muy leves, por no decir que era bastante desconocida para mí, es tremendamente significativa para entender cómo se conformó el mundo en el período de posguerra.

No obstante, vayamos por partes, los dos personajes principales y sus adyacentes son de ficción, pero sobre ellos interactúan una pléyade de personajes reales, y estos últimos, en un buen porcentaje, bastante despreciables desde el punto de vista humano.

Uno de ellos es el doctor García, el que forma parte del título del libro, su nombre es Guillermo García Medina, republicano, y que está al pie del cañón en la Guerra Civil salvando vidas y poniendo en riesgo la suya.

El otro es Manuel Arroyo Benítez, también republicano, un hombre hecho a sí mismo, de extracción humilde y rural, se convierte en diplomático con muy corta edad.

Ambos se conocerán en la Guerra Civil, ambos se salvarán la vida mutuamente, y ambos correrán un futuro distinto pero con paralelas coincidencias. Ambos son perdedores en la Guerra Civil y se verán obligados a abandonar sus identidades para ser otras personas.

Desde ese punto de partida se van a entrelazar las vidas de los protagonistas, sus familias, los personajes reales, así como parte de la historia de España y del período de posguerra en buena medida del mundo occidental. También, y no es baladí, las historias paralelas de otros personajes cuya identidad es «suplantada» por nuestros protagonistas.

La trama poco a poco viene a centrarse en un episodio sorprendente de la historia de España. Una serie de personajes secundarios y no tan secundarios del Imperio nazi fueron aterrizando en nuestro país, al amparo de una dictadura tan peculiarísima como la que teníamos; era una isla en medio de una Europa occidental que vivía mirando a Estados Unidos como referente político y económico.

Lo que subyace en la novela es que el inicial interés de la potencia estadounidense y de sus aliados por aislar, presionar y derrocar a la postre a Franco, se tornó en una especie de dejar hacer. A este respecto resulta interesante subrayar que en la lectura de la historia de la 2ª Guerra Mundial, el mundo occidental soslayó el papel de los soviéticos, y en nuestra opinión pública subyace que quien ganó esta Guerra fue Estados Unidos y sus aliados, cuando es importante recordar que fueron los soviéticos los que entraron y liberaron Berlín y con ello la Gran Guerra concluyó.

En esta tesitura, Estados Unidos terminará considerando que le venía mejor tener una España controlada por una dictadura de derechas que se mantendría impermeable ante todas las potencias, pero especialmente ante el bloque comunista que era mucho más peligroso para el mundo occidental, dada la posición estratégica de nuestro país.

Y así el doctor García y Manuel Arroyo se dedicaron a su manera, en un esfuerzo vano por pasar información acerca de todos los nazis que utilizaron España como refugio o como nave nodriza de la que iban saliendo hacia otros puntos del mundo, fundamentalmente hacia Hispanoamérica.

Ambos avanzan en sus misiones, mientras que sus vidas se van construyendo de una forma pacífica; García en España y en su nuevo horizonte profesional fuera del mundo médico, aunque clandestinamente seguía haciendo sus pinitos; y Arroyo en Argentina controlando el destino de muchos nazis que se naturalizaron allí, mientras se dedicaba oficialmente a ser profesor de idiomas. De algún modo, sus vidas siguen avanzando paralelas, ambos con la convicción de que a medida que se sucedían los años sus misiones cada vez tendrán menor sentido. Al final volverán a encontrarse.

Tal vez la única parte irreal de la novela es que García, aun con su nueva identidad, y siendo un personaje público, cambiara de identidad y no fuera reconocido por nadie, pero bueno, esto es una ficción y hay que echarle un poco de imaginación.

Una gran historia que es un buen testimonio de una historia real que debiéramos conocer más para entender cómo se configuró, incluso hoy, el mundo en que vivimos.

sábado, 28 de abril de 2018

ACTA 2000, NUESTRO INTERNET DE UN PASADO RECIENTE

Apenas eran las 8 de la mañana de hace unos días cuando me dirigía al trabajo y vi tirada en la acera la portada de un volumen del Acta 2000, de hace unos cuantos años, décadas. Ahí, descuajaringada, separada del resto de las páginas que la acompañaban yacía el testimonio de otra época donde acudir a las fuentes del saber no tenía la inmediatez de hoy.

Y es que el Acta 2000 aún sigue en casa de mis padres, y en la casa de los padres de mucha gente, como persistirán otras tantas enciclopedias que sirvieron o no en su momento para ilustrarnos, y que hoy tienen la digna función de decorar estanterías y muebles bar en preeminentes sitios de nuestros hogares.

Es evidente que hoy a poca gente se le ocurriría comprar una enciclopedia o un diccionario enciclopédico, los hay pero ya son rarezas, tal vez aún hay cierta predilección por parte de las bibliotecas públicas, pero este género está en franco desuso, obviamente no por su interés, sino porque el formato está desfasado ante la presencia de Internet, donde tenemos toda la información, absolutamente toda, a golpe de clic.

Pero antes era otra cosa, apenas veinte o treinta años atrás, puesto que no había familia que se preciara que no hubiera comprado alguna colección para potenciar el saber de su prole, en muchos casos, y también por qué no para ese fin más errático de ocupar espacio decorativo en muebles, con objeto de dotar tal vez de empaque a familias que jamás abrirían ni un volumen; y es que se podía ser zoquete pero tener los libros ahí, cerca de donde se veía la tele, daba la sensación de que uno podría ser menos inculto, por aquello de que mucha gente piensa que los conocimientos se transmiten por ósmosis sin necesidad de leer sus páginas solo por su cercanía.

Por suerte para mí, que mis padres me inculcaron de pequeño la importancia del saber, el Acta 2000 no fue durante muchos años un objeto decorativo; es más me precio de afirmar que prácticamente todos los libros que decoran estantes en casa de mis padres o en la mía los he leído, y ahora ya sí, pueden ejercer su residual función estética en una especie de merecida jubilación.

Los de mi época recordarán cómo se accedía a estas enciclopedias, las cuales no se vendían habitualmente en papelerías; eran las editoriales las que en un ejercicio de imaginación mercadotécnica, generaban el interés en las familias para promocionar sus ventas. En el colegio anunciaban la promoción de un concurso, generalmente de pintura, donde todos los de la clase estábamos obligados a dibujar (cuando digo obligados imagino que es que a los maestros los «untaban» con libros o…, para que todo el mundo entrara por el aro), concurso patrocinado obviamente por un grupo editorial o por una distribuidora. Aparte de que se premiaban los mejores dibujos, el éxito de la estrategia consistía en que los ganadores y los tuercebotas pictóricos, entre los que me encuentro, tenían todos sin excepción su momento de gloria, y el premio era que tu dibujo sería expuesto en una sala pública y que te recompensarían tu esfuerzo con un bonito diploma.

El Acta 2000 llegó a mi casa con ocasión de una de esas exposiciones que se celebraba en los Salones Orzaes de Linares, mi (horrendo) dibujo estaba allí entre miles de dibujos, pegado en un panel junto con otros de mayor calidad estética, pero para mis padres y para mí ese era el importante, el niño había expuesto por primera vez en su vida, toda una figura en ciernes; y luego vino el diploma, y después de tanto exceso de atención hacia mi persona, venía el amable comercial de turno para calentar la cabeza a mi familia, que si tenían pensado que el niño estudiara en un futuro, que si su talento debía seguir siendo alimentado y le ofrecía una magnífica colección enciclopédica en varios volúmenes con unos cómodos plazos de pago y bla, bla, bla. No se puede decir que mis padres «picaran», porque la verdad es que antes no había tanto acceso a conocimiento como ahora, y no era tan mala inversión comprar un producto de estos. Mis padres adquirieron el Acta 2000 y acertaron, colección que tenía fecha de edición de 1977, por lo que entraría en mi casa sobre ese año o los dos posteriores.

No puedo decir que los leyera de cabo a rabo todos los volúmenes, pero sí recuerdo que junto a mis hermanos pasamos y repasamos muchísimas hojas y durante mucho tiempo de esos libracos. Venía todo estructurado en materias y era un visión general de un montón de materias. A mí particularmente me llamó la atención el libro que se centraba en los deportes y que tenía curiosamente una parte dedicada a papiroflexia (volumen 6 titulado Hogar y vida social), y la geografía. Probablemente tocara menos el tomo dedicado a la tecnología. O sea, que los libros se utilizaron y cumplieron su misión de cultivarnos.

El Acta 2000 representa una curiosa aunque pequeñita anécdota en mi familia, y es que habrían pasado unos pocos años desde que se compró la colección, y unos amigos de mis padres nos llamaron un sábado con una película un tanto extraña, diciendo que en su casa habían dejado unas cajas que llevaban el nombre de mi padre. Así que recuerdo que fui con mi padre a la calle República Argentina de Linares y mi padre si hizo cargo de esas cajas porque había un albarán con su nombre. Y oh, sorpresa, las cajas contenían la colección de la Nueva Acta 2000, una revisión del antiguo formato con información más actualizada y mayor calidad en sus contenidos, la edición era de 1982, así que por ese año o posteriores nos movíamos.

Mi padre dijo algo así como dejadlos en principio en las cajas, consultadlos si queréis y si nos los reclaman se devuelven. Así que si nos flipaba el Acta 2000 su hermana más joven y ambiciosa todavía más si cabe. Y allí estuvimos como niño con zapatos nuevos. Como es de imaginar pasaron días, meses y años, y nadie reclamó esas cajas, y espero que no le supusiera un importante agujero a la Editorial Rialp que hoy sigue funcionando, y como es lógico, los libros migraron de las cajas a las estanterías del mejor mueble de la casa.

Y ahí siguen hoy, juntos como hermanos, miembros de un pasado, llevando una digno retiro para embellecimiento del salón de casa de mis padres. Es muy probable que utilizara esa colección hasta la entrada en la universidad, a la vuelta de ella (1992), aún pervivía lo analógico, tenía ilusión por tener un diccionario enciclopédico y me hice con uno «de bolsillo», creo que de la Editorial Espasa, muy chulo y manejable, pero la irrupción de Internet fue tan feroz como veloz.

Internet tiene de todo, no pretendo hacer una tesis al respecto, hay cosas buenas y malas; lo mejor para mí es que te permite acceder a una fuente infinita de saber e información al instante, y creo que fomenta el aprendizaje si se lee todo como si fuera un libro, otra cosa es que tengas el concepto de que lo que ves es de usar y tirar y vas a titulares, entonces esa rapidez hace que pierda rigor lo que extraes de la consulta. Y desde luego lo peor es el uso de las redes sociales, lo que ha permitido que mucha gente sea visible sin tener cultura alguna, para ellos Internet es una herramienta de comunicación aun a costa de empobrecer su lenguaje, mucha gente no aprende, sino que desaprende.

En fin, que aquella Acta 2000, como muchas enciclopedias y diccionarios enciclopédicos del pasado fue un buen instrumento para el aprendizaje, y hoy superado por la evolución de lo digital se ha quedado como un recuerdo de antaño para una función decorativa, y al menos eso, que no muera en el suelo de una calle, tan mal no se portó.

domingo, 22 de abril de 2018

ZOLA BUDD Y MARY DECKER, UN INCIDENTE EN LAS PISTAS DE ATLETISMO NUNCA RESUELTO

Cuando hace unas semanas visioné la película «I, Tonya» y después daba buena cuenta de ella con una entrada en este blog, recordé que el incidente entre dos deportistas que era el que inspiraba esta producción, no era el más famoso de la historia entre dos mujeres, o tal vez no el que yo más recordaba, y me vino a la memoria otro que yo sí conocí más de cerca porque lo vi en directo en la tele, no es otro que el incidente entre las atletas Zola Budd y Mary Decker.

En realidad, para mí es como una anécdota mediática y «rosa» dentro de una interesante historia deportiva. Para los que seguíamos el deporte con cierto interés allá por 1984 como era mi caso, me resultaba más relevante toda la previa deportiva y extradeportiva de la atleta Zola Budd que el accidente por el que luego fue más conocida y trascendió al ámbito de los no aficionados al deporte.

Y es que Zola Budd vino a representar un cúmulo de rarezas en el atletismo que la posicionaron como un foco de atención en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. La joven Zola era sudafricana y con apenas 17 años, en enero de ese 84 conseguía batir el récord del mundo absoluto de 5.000 metros y, por supuesto, de paso también los de otras tantas categorías inferiores, pero además con una curiosa particularidad y es que corría descalza; en unas declaraciones posteriores a este hito decía que no corría con zapatillas porque le pesaban. Ni que decir tiene que tenía otras marcas increíbles en pruebas de medio fondo.

Lamentablemente tal récord no podía ser homologado porque Sudáfrica estaba vetada por el Comité Olímpico Internacional a causa del apartheid y ninguna de sus federaciones nacionales inscrita en las internacionales de sus deportes respectivos. Esta limitación que operó desde 1960 en Roma, últimos Juegos en los que participó esta nación, hasta su retorno en Barcelona 1992, ciertamente coartó enormemente el desarrollo del deporte en aquel país, lo cual no impidió que se siguieran practicando diversas disciplinas.

Así que este fenómeno no pasó desapercibido en la comunidad deportiva internacional y parecía que debía hacerse una excepción ante una estrella en ciernes, tan joven, es más decían que tenía cara de muy niña y que aparentaba no menos de 13 o 14 años, y con el juego que daría saber que corría descalza y que podía batir a las grandes figuras de la época. Por cierto, pesaba 38 kilos y medía 1.60, prácticamente una mariposa.

Zola Budd era blanca y sus parientes británicos fueron hábiles para conseguir una nacionalización exprés para ella, justificando que su abuelo había nacido allí y que sus padres tenían la doble nacionalidad, como muchos blancos en Sudáfrica que proceden de Gran Bretaña, de Holanda o de Alemania. Así que este fue para mí el primer dato de interés, ver participar en unos Juegos por primera vez en mi vida a un atleta sudafricano, algo que despertaba tanta expectación o morbo como ver hoy desempeñarse en cualquier deporte a los norcoreanos, por aquello de que no sabes si hay una espada de Damocles que pende de ellos en caso de que fracasen.

Y luego, por supuesto, el hecho de que corriera descalza, toda una rareza que emulaba a otro mito de la historia del deporte y de los Juegos Olímpicos, como era el etíope Abebe Bikila, que ganó de tal guisa el maratón de los Juegos de Tokio en 1960 (repetiría presea dorada cuatros años después en Roma pero ya lo hizo con zapatillas).

Por otro lado, Zola tenía una manera de correr un tanto rara, tal vez influyera la falta de estabilidad que le proporcionaba el correr descalza. Lo cierto es que la joven tenía tendencia a correr ligeramente con los pies hacia dentro (había sido operada de este defecto, al parecer por culpa de dos pequeños huesos, aunque esa no era la razón de que corriera descalza) y en la zancada la pierna que quedaba atrás se abría ligeramente.

Para mí los Juegos Olímpicos de Los Ángeles puedo afirmar que fueron los primeros que seguí en toda su integridad, aunque con el hándicap de que buena parte del programa se desarrollaba de madrugada, pero como era en verano y yo gozaba de unas larguísimas vacaciones, impensables hoy día para mí, pues no había problema para trasnochar; aún recuerdo cómo mi hermano y yo vimos a las 4 la final de baloncesto entre España y Estados Unidos, y después nos fuimos a hacer suelos (de las olivas) con mi padre a eso de las 6, sin haber dormido casi nada esa noche.

El caso es que aquel 11 de agosto Zola Budd comparecía en la cita de la final de 3.000 metros en el Memorial Coliseum de Los Ángeles como la amenaza para la gran favorita de los especialistas y del público, la estadounidense Mary Decker, mucho más experta y bregada que la joven sudafricana, titular de los oros en 1.500 y 3.000 metros del Mundial celebrado el año anterior.

La prueba comenzó con un ritmo muy lento, aunque con Decker a la cabeza, y a eso de la mitad del recorrido Zola Budd más acostumbrada tal vez a un ritmo sostenido y más alto tomó las riendas de la prueba para intentar castigar al resto de competidoras, lo hizo casi al final de la contrarrecta, sobrepasó a Decker, aunque esta seguía muy de cerca sus zancadas, apenas pasaron 100 o 120 metros, al principio de la recta y Zola Budd parecía que tenía un amago de tropezón, no pasó nada, pero unos metros después Zola volvió a desequilibrarse, su pierna izquierda de atrás se abrió más de lo debido y Decker que estaba tan cerca impactó con la pierna y cayó al césped dolorida y abandonando la prueba, con la consiguiente decepción de todo el público, Zola miró se rodeó un momento, tuvo un amago de pararse y continuó. Aquí el vídeo de la prueba completa, y en este otro centrándose en el incidente.

El resultado de la carrera pasó de repente a un segundo plano, la noticia había saltado, ¿había Zola Budd derribado deliberadamente a Mary Decker? La pobre fue diana de todas las críticas, pero es difícil de saber o tal vez nunca se sabrá salvo que la propia Zola admitiera alguna vez su voluntariedad, como no lo ha hecho, hay que pensar que fue un lance fortuito.

Desde luego, algunas razones me inducen a pensar que no fue un accidente provocado, y es que Zola iba delante, se imaginaba quién iba detrás aunque no podía tener la certeza de si estaba tan cerca su perseguidora como para tirarla con un imprevisto tropezón, y aparte de eso ¿había otra razón más poderosa?, ¿eliminar a su principal rival? Pues tampoco, porque Zola Budd ni siquiera tocó medalla en esa final, algunos dicen que ese incidente le provocó tal tensión que ya no pudo rendir adecuadamente y acabó 7ª; yo me inclino por sostener que se hundió por aspectos deportivos y no psíquicos. Y es que Budd era una inexperta en la máxima competición, probablemente estaba habituada a desarrollar ritmos altos y constantes, pero en esta prueba fueron lentas hasta la mitad, se subió el ritmo a partir de ahí y la última vuelta fue a un ritmo frenético, hasta esa última vuelta iban tres corredoras en cabeza, una de ellas Budd, pero esos últimos 400 metros fueron inaguantables y se desfondó, de tal manera que fue sobrepasada por otras competidoras que venían por detrás y acabó en el referido puesto. Por cierto, la medalla de oro se la colgó la rumana Maricica Puica.

Lo que no sé verdaderamente es si su inopinada emersión a los medios de comunicación más por el incidente que por sus méritos deportivos le pasó factura con posterioridad. Zola Budd no fue la superestrella que todos auguraban, obtuvo algunos logros, particularmente destacables los triunfos en los Mundiales de campo a través de 1985 y 1986 y sí, corriendo descalza, algo que es sumamente meritorio. Después vinieron récords del mundo absolutos de 5.000 al aire libre y de 3.000 en pista cubierta, otros tantos en categoría junior… Pero más allá de esos Mundiales y de sus marcas, nunca brilló en Mundiales, Europeos o Juegos Olímpicos.

Y, por cierto, al final sí que se acostumbró a usar zapatillas, y es que sin ser un experto en la materia, lo que está claro es que la estabilidad que te ofrecen y la amortiguación son ideales para conseguir mejorar marcas. Hoy sigue corriendo en su Sudáfrica natal, no es tan mayor, nació en 1966, pero apartada de todo fulgor mediático.

Por supuesto, Mary Decker parece ser que jamás la perdonó, pero viendo las imágenes y la trayectoria posterior de Zola Budd hay que darle un voto de confianza y ser moderadamente indulgente con aquella estrella que al final no lo fue.

domingo, 15 de abril de 2018

LAS BANDAS DE MÚSICA DE SEMANA SANTA, UN EXCELENTE INTEGRADOR SOCIAL

Que la Semana Santa es más pasión y fiesta que religión es algo constatable, no ya solo porque lo es, lo cual es palpable, por mucho que a algunos les duela esta afirmación y en particular a la Iglesia Católica; sino porque el ingente tropel de personas que participan de esta celebración es infinitamente mayor que los que acuden todos los domingos a misa en cumplimiento del tercer mandamiento de la Ley de Dios. Ahora bien, que sea más festejo que religiosidad no quita que exista también un sentimiento exaltado de trascendencia; basta con que una imagen pase por delante de los ojos de alguien que no ha acudido a misa desde que hizo la primera comunión, para que experimente la necesidad de permanecer parado por un momento con solemnidad y santiguarse.

Yo he salido en procesiones de Semana Santa muchas veces a lo largo de mi vida, en una banda de música, como horquillero y finalmente como costalero. Cuando estaba debajo del Cristo rodeado de jóvenes y no tan jóvenes, hombro con hombro, codo con codo, sentía la sensación de estar solo, aislado, era silencio en medio del ruido, era un momento de especial recogimiento para pensar en asuntos existenciales. Y eso, allí rodeado de hombres, cada cual de su padre y de su madre, te encontrabas con una muestra representativa de nuestra sociedad, profesionales de todo tipo, parados, buenas personas, mala gente, tipos extraordinarios e individuos incultos y básicos más cercanos genéticamente a un animal que a un humano…; y a pesar de todo, ahí estábamos todos, iguales, unidos por algo, habíamos dejado nuestra mochila antes de meternos bajo las andas y cada cual con su motivación había decidido estar allí cuando podría estar en cualquier otro sitio evitando este sacrificio. Y esto era lo que más me llenaba que, si por un momento, tantos pecadores que estábamos ahí, o tantas malas personas, ovejas descarriadas, por un instante, aunque fuera un segundo, el hecho de estar debajo de una figura que representa a Jesucristo les inspiraba, nos inspiraba algo trascendente, un hálito para enfrentar el día siguiente de una manera distinta, para plantearse que se puede ser mejor persona, entonces merecía la pena la Semana Santa, lo merecía y mucho, y por extensión también a todas esas personas que se mueven en esos días especiales, los que acompañan, los que miran, los que se ganan la vida todo el año en diversos oficios artísticos que giran en torno a esta celebración…

No obstante, si hay un colectivo que mejor personifica el esfuerzo continuo por hacer la Semana Santa más grande quizá lo sea el de las bandas de música. En Andalucía que es lo que más conozco, muchas de ellas no descansan en todo el año, son una auténtica escuela formativa al aire libre, un magnífico vertebrador social. La música no solo los une por una causa sino que también, como muestra social que antes comentaba, tiene de todo un poco, lo malo y lo bueno, pero puestos a sacar conclusiones seguro que a poco que rasquemos, desciframos un buen puñado de beneficios y de valores buenos que se imprimen desde estas formaciones musicales.

Observo que en muchas de estas bandas hay niños y jóvenes de extracción social baja o media baja, tal vez algunos de ellos defenestrados ya del colegio y el instituto, se enfrentan a un futuro no muy halagüeño en lo profesional y, sin embargo, la música es su pegamento, el imán que les permite seguir aferrados, tal vez como último recurso, a una sociedad a través de esa institución más o menos formal como es la banda de música de su cofradía. Jóvenes que tal vez serían carne de cañón si no estuvieran acogidos por esta pasión que los obliga a mantener unas normas: puntualidad, estudio, perseverancia…, a lo largo del año.

Y es que en una existencia de tantas inseguridades el ser humano necesita certezas, siendo un ser social ante todo, en el grupo, en las relaciones, uno siempre se siente mejor, especialmente si está bien integrado, y las bandas de música a buen seguro que fomentan eso, el compañerismo y la camaradería que hacen que cada uno sea más importante como miembro de un colectivo que afrontando su vida individualmente. Es más, puede que haya personas mediocres en su quehacer cotidiano y, sin embargo, son extraordinarios en manejo de grupos, en dinamizadores y, por supuesto, en tocar un instrumento.

No es cuestión baladí lo de tocar un instrumento musical, más allá de la dedicación y las muchas horas que hay que dedicar hasta hacerlo con cierto nivel, también hay buenas dosis de virtuosismo y, por qué no, de inteligencia. Alguien con el que compartía una procesión esta Semana Santa advertía que conocía a uno de los integrantes de una banda que en su devenir académico se había desempeñado de forma muy errática, vamos que era un zoquete y, sin embargo, ahí estaba tocando un instrumento de viento con una suficiencia abrumadora teniendo en cuenta su antecedente curricular. Esto diera, tal vez, para tratar de forma amplia acerca del sistema educativo en España, pero no quiero profundizar, lo que sí está claro es que este sistema no explora ni explota las verdaderas habilidades de los educandos; alguien que no da un palo al agua a los libros no es porque sea tonto, quizás esté desmotivado, tiene otra inteligencia y la práctica y el estudio de la música es un botón de muestra. Un muchacho desorientado en el colegio puede tener en la música su salida laboral futura, desde luego que sí.

Por cierto que las bandas de música de Semana Santa en Andalucía son un colectivo que agrupa a muchísimas personas, es difícil que no conozcas a alguien que toca en una banda. Y una cofradía no tiene una sola banda asociada, no, tiene varias, dos y hasta tres, es algo increíble. En Linares la preponderancia que se le otorga a la música es tal, para el que no conozca esta peculiaridad, que existen las «bandas de cabecera», o sea, bandas que no tocan a ningún trono, tocan a la gente sin más, al público, a ellos mismos, y ¡qué bandas!, auténticas orquestas andantes, compuestas por gente muy cualificada (en la música), que tocan marchas de Semana Santa, pero también tienen un soberbio repertorio que para los que conocen esta singularidad linarense, saben que se incluyen bandas sonoras de películas, todo un espectáculo.

Todas estas bandas que, como he referido, muchas de ellas ensayan prácticamente todo el año, se transforman en charangas o en orquestillas para pasacalles y similares en época estival; y en el transcurso de la Semana Santa echan una auténtica semana de pasión, porque de los ocho días que contiene muchos se los tiran en autobús de un lado para otro, terminando de tocar a altas horas de la madrugada para al día siguiente tocar en su pueblo o en otro casi sin tiempo para descansar, y en las más de las ocasiones por amor al arte, y precisamente hacen esto porque los integrantes de estos colectivos reciben otras recompensas en forma de sentirse valorados implícitamente cada uno de ellos dentro del grupo al que pertenecen. Ser un individuo integrado socialmente es un valor intangible que vale más que todo el dinero del mundo.

Por último, culminando estas reflexiones a vuelapluma, y a título anecdótico he de señalar que esta Semana Santa, aprovechando que conocía a un miembro de una banda, le pregunté cuántas marchas distintas tenían y me dijo que en torno a ciento veinte (ni punto de comparación con las quince o veinte que yo tenía en la banda con la que tocaba de joven, claro que era una banda solo de percusión), por supuesto le repuse que si se las sabía todas (de memoria) y me dijo que no, que solo unas pocas, y como él todos, es decir, que para los que duden del esfuerzo intelectivo que imprime la música este detalle es palmario, cuántas puertas se abrirán y cerrarán en nuestro cerebro cuando las notas musicales circulan por él, cuántas neuronas se activarán…, a buen seguro que la práctica de tocar un instrumento musical alarga la vida mental y evita que nuestra mente enferme. Con tal repertorio, cualquier banda garantiza que no repetirá una marcha en todo su recorrido procesional.

sábado, 7 de abril de 2018

"SAQUE BOLA", UN PROGRAMA DE CHISTES PARA LOS PRIMEROS PASOS DEL CANAL SUR

«Hola hola hola, saque bola», con ese reclamo comenzaba un programa mítico de Canal Sur de finales de los 80, que justo era además en los inicios de las emisiones de esta televisión pública autonómica. En esta Semana Santa, por casualidad, alguien hizo alusión a este soniquete y me trajo buenos recuerdos.

El que viviera en Andalucía y tenga ya una edad, como poco 35 años o más, recordará este programa concurso con cierta añoranza, y a buen seguro que es capaz de apuntar incluso mínimamente algún detalle de su contenido.

Tampoco hay que ser un lince, todo se resume en que era un concurso de chistes, así de simple, o así de profundo. Y es que parecía predestinado que de las primeras producciones que salieran de Andalucía, en su novata televisión pública, una de ellas tocara una de las esencias de nuestra región, o sea, la gracia, el chiste, el buen humor. Aunque suene así de tópico es la pura realidad, no digo que en otras comunidades no se cuenten chistes y haya gente que tenga ese especial gracejo para contar chistes, pero en Andalucía abundan los contadores de chistes, existe un hábito bastante extendido de hacerlo en familia, en reuniones, en el trabajo..., y además tenemos gente muy experta que casi roza la profesionalización. Yo mismo cuento chistes, sin ser especialmente gracioso, y probablemente no tenga la cualidad de hacerlo con ese salero que muchos tienen, pero yo los cuento.

Aquel programa nos llega hoy con un regusto un tanto añejo, en aquellos principios de las televisiones autonómicas, todo tenía una apariencia un tanto cutre con decorados poco espectaculares y realizaciones con escasez de medios, pocas cámaras y una postproducción muy de andar por casa.

Desde luego este no era un programa donde el decorado o los medios fueran lo importante, el nudo gordiano del programa era el chiste y se podría vestir como se quisiera pero no tenía más fin que ese, o lo que es lo mismo lograr conocer que trío de concursantes eran los más chistosos de Andalucía.

Más allá de la dinámica del concurso, que ahora repasaré someramente, había un elemento esencial que lo hacía muy atractivo y es que había un monstruo de la televisión al frente, ya en esas fechas, como era el carismático Emilio Aragón, que con sus apenas 30 años le proporcionaba frescura, desparpajo e improvisación a un programa que no tenía en el guión su principal valor.

Como la base de todo era el chiste y eso, para un programa que podía durar más de hora y media, podría resultar algo tedioso o monótono, por mucho que el chiste pueda entretener, pues la productora, que era de Tomás Summers (otro fetiche de la televisión que hacía realidad en la televisión, las ideas más disparatadas en formato exitoso), tenía que darle vidilla y repensar qué más se podía hacer con un chiste o con gente chistosa, y que todo ello no fuera un pestiño.

Así las cosas, aun asumiendo la preponderancia del chiste, el nombre de «Saque bola», hacía referencia a un pequeño bombo que contenía bolas y cada una de ellas hacía alusión a la temática de un chiste: Médicos, exámenes, matrimonios, tontos, políticos…, e incluso había una bola de comodín si no recuerdo mal. Era una temática amplia y esto siempre me intrigó, si el concurso se desarrollaba en un falso directo, es decir, se grababa entero sin cortes aunque se emitiera después con una mínima postproducción, los concursantes tenían que ser muy hábiles para improvisar chistes, porque a veces uno no se sabe tantísimos. Sospecho que más que eso, los concursantes conocían a priori esas temáticas, el número que fuera, y podían tener preparados un montón de chistes de cada temática, para evitar que alguien se quedara «en blanco» lo que daría mala impresión al programa; y eso creo que jamás ocurrió. Lo que sí ocurría era que algún concursante con hábil estrategia que no sabía un chiste de ese tema introducía incidentalmente la palabra que tocaba para derivarlo de momento hacia el chiste que se sabía.

Aparte de los chistes se hacían imitaciones, se cantaba junto con algún artista que venía a amenizar el programa, o también se hacían doblajes salvajes, este era uno de los pegotes del programa para no hacerlo monótono, donde se apreciaba que la mayoría de los concursantes no eran tan graciosos, simplemente sabían contar chistes. También había un apartadillo en el que gente de la calle hacía sus propias aportaciones en forma de chiste.

Tampoco había mucho misterio en el resultado final, enfrentándose dos equipos de tres personas, generalmente hombres, y un jurado otorgaba puntos por cada prueba, el que ganaba seguía en el programa y recibía una cierta cantidad de dinero en pesetas, y el que perdía no volvía y también recibía su montante, pero menos.

Recordará muy bien la gente de Linares que hubo un equipo de esta localidad y duró varios programas, rompiendo, de lo que me alegro mucho, el mito de que los graciosos o buenos contadores de chistes por tener tal acento lo eran de Sevilla, Cádiz o Málaga. Estos tres de Linares se sabían una pila de chistes, eran muy buenos (los chistes), porque a veces no es tanto cómo se cuenta sino lo gracioso que es el chiste en sí, y además los contaban muy bien. Entre ellos estaba un tal Juanjo que no sé si antes de eso se dedicaba semiprofesionalmente al mundo del humor, lo que sí es verdad es que a este lo vi actuando en alguna ocasión en la Feria de San Agustín, y también encabezaba una chirigota que, dicho sea de paso, es una rareza en Linares, donde hay escasa tradición carnavalera.

Hay que valorar que siendo el chiste un género que es muy permeable al mal gusto, lo escatológico, lo verde…, pues se cuidaba, yo creo que le daban instrucciones a los concursantes, que no se cayera en lo chabacano, y lo conseguía teniendo en cuenta que el programa lo veían muchos niños. Una vez estuvo Miliki, el padre de Emilio Aragón, de jurado y me acuerdo perfectamente que ofreció muy mala nota a un equipo que había contado un chiste que había sobrepasado esa frontera del mal gusto.

El programa duraría poco más de un año, creo, entre 1989 y 1990, yo por entonces vivía en un piso de estudiantes en Granada, y no nos perdíamos ninguna emisión. Yo contaba con una lista de chistes en una chuleta, sí ya sé que esto es muy cutre, pero siempre he sentido la necesidad de saberme chistes y qué mejor forma que ir apuntándolos; y fruto de esa lista con mis otros dos compañeros de piso, «los Alfonsos», decidimos que nosotros teníamos que participar, se ve que en esa época estábamos muy subidos de bueno humor y de «jeta». En realidad no recuerdo si llegamos a escribir al programa, lo que sí recuerdo es que teníamos un amigo de Andújar llamado Enrique que no paraba de decirnos, esto es un poco surrealista, que si salíamos en el programa teníamos que saludarlo diciéndole «Enrique apaga el calentador».

Indagando un poco sobre el programa, hace unos pocos años Canal Sur hizo una especie de reedición del programa, presentado este por el genial Manu Sánchez, pero he podido ver que se trataba de un engendro que prácticamente nada tenía que ver con su antecesor, pues se trataba de hacer una serie de pruebas con la gracia a cuentagotas.

Me quedo con aquel «Saque bola» de finales de los 80 y esos buenos ratos que pasamos, de aquellos chistes que nunca recordaremos y de aquel «Hola hola hola, saque bola».