sábado, 18 de abril de 2015

LA SIERRA DE ANDÚJAR, SALVAJE, IMPONENTE, PERO UN POCO VALLADA

Sierra Morena es una extensa franja de terreno que atraviesa el norte de Andalucía, prácticamente sin solución de continuidad de este a oeste, desde la provincia de Jaén a la de Huelva. Para la gente de otras latitudes posiblemente le resultará un tanto particular observar una sierra, muy larga en cuanto a longitud (no menos larga de punto a punto que los Pirineos), pero no especialmente abrupta. En este sentido, hay que decir que su relieve no es anfractuoso y no tiene picos elevados, sino que la fotografía más típica es la de lomas suaves y pendientes que son en su mayoría accesibles.

También sorprenderá al viajante foráneo un bosque que es diferente a la mayoría de lo que se haya visto antes, el bosque mediterráneo, típico del monte bajo, con árboles de pequeño y mediano porte, rudos y retorneados para soportar más allá de unos inviernos no muy fríos y secos según temporadas, ante todo unos veranos muy severos. Y aparte, mucha capa arbustiva con una flora que es muy característica de esta sierra y que yo singularizaría en la jara, de particular fragancia y que le da un olor, a veces no apreciable para los que no están acostumbrados, único en estos terrenos y que, para mí, que he olido la jara desde que era chico, me hace sentir como si eso fuera mío, como si fuera parte de mi propia casa.

Igualmente constriño mi descripción a la Sierra de Andújar que es la que más conozco, aunque los caracteres que comento suelen ser comunes a toda Sierra Morena, con sus singularidades en cada zona, si bien es cierto que en la provincia de Huelva cambia ligeramente el paisaje por la cercanía del mar.

Y es que si hablamos de Sierra Morena sin definir demasiado, a muchos, por no decir a todos, se circunscribirán a las provincias de Córdoba y Jaén; dado que la Sierra Morena se define más por sus pequeña sierras que salpican el norte de Andalucía que por su nombre genérico; no obstante, somos más dados en Jaén, e imagino que en Córdoba, a hablar de Sierra Morena.

Sierra Morena es la Sierra de Andújar y viceversa, no sé si es la esencia de esta cordillera, pero hay signos distintivos que la hacen única, y ahí no hay discusión, el reducto más importante del lince ibérico en nuestra Península (en el mundo) se encuentra aquí. La figura excelsa de este felino, que lo es por su porte y por la perfección de sus movimientos, se ha acrecentado en las últimas décadas por la divulgación de lo terrible de su existencia, un descenso de sus unidades que lo han llevado al borde del colapso. Lo triste de esto es que la variabilidad genética ha mermado y los apareamientos son cada vez más comunes entre miembros de las mismas familias que se han reproducido repetidamente en las últimas décadas, es decir, que el acervo génico se está deteriorando; de hecho, han estado pensando introducir algún lince americano (no sé cómo va esa idea) para facilitar la variabilidad.

Por supuesto, también hay algo distintivo de la Sierra de Andújar, y es el Santuario de la Virgen de la Cabeza, pero después lo comentaré.

Si bien es cierto que no he ido de forma frecuente a la Sierra de Andújar, sí que puedo decir que casi desde que tengo uso de razón he ido cada año a Sierra Morena, ya sea por Linares, Vilches, La Carolina o Bailén, lógicamente en sus términos municipales, con ocasión de excursiones, días de domingo con mis padres y cuando era joven e incipiente ciclista incapaz de medir el riesgo (me partí mis incisivos centrales viniendo de una ruta serrana con apenas quinces años), y actualmente también en días de domingo, la historia se repite.

No obstante, y pese a que no he sido muy asiduo a la Sierra de Andújar, tengo que decir que en apenas un año y medio he estado hospedándome allí dos veces en sendos establecimientos de turismo rural, y sí que es una gozada, porque el contacto con la naturaleza te ofrece dosis de oxígeno y solaz a partes iguales.

Y por cerrar un poco el círculo de mis visitas a este enclave serrano, también tengo que decir que tengo el privilegio de haber hecho una peregrinación informal a la Virgen de la Cabeza, desde mi domicilio, Bailén, en dos ocasiones; lo que viene siendo una caminata de algo más de cuarenta kilómetros, a lo largo de la noche (yo salí a las 00.00 horas) para evitar el calor, pues esta época primaveral suele ser la más propicia para estos esfuerzos entre simbólicos y personales. Y sí, caminar en una buena noche de primavera, sin viento, con una temperatura agradable, en torno a los quince grados, y adentrarse desde la campiña bailenense hacia las primeras estribaciones de la Sierra es un todo un espectáculo. Con noche cerrada y un silencio plácido, intentas sondear todo lo que te rodea, un mínimo ruido, una brisa fugaz y ese olor al verde incipiente, que con los primeros albores del sol transforma la leve humedad de las plantas en aroma a tierra mojada, que se mezcla con la jara predominante y otros arbustos. Metidos ya en la Sierra, el olor se intensifica y el cansancio acumulado se compensa cuando desde bien lejos ya se puede ver el objetivo del santuario, en un enclave colosal, ya con el sol de testigo de excepción.

Soy poco o nada romero aunque reconozco que la Romería de la Virgen de la Cabeza pueda tener multitud de adeptos, desde luego los atractivos son muchos, y amén de las convicciones religiosas y el fervor, sin duda, la ubicación de esta Virgen, que como todos la llaman la Reina de Sierra Morena, tiene mucho que ver, en mi opinión, con lo que es el edificio casi místico de este Santuario, porque desde él, alzado en un promontorio sensacional se alcanza a ver una inmensa extensión de Sierra casi inacabable.

Bueno, una de esas dos escapadas recientes a esta Sierra lo ha sido con oportunidad de la Semana Santa, lejos quedan para mí épocas pretéritas donde vivía con pasión y protagonismo cofrade esos días gloriosos, pero todo tiene su momento y aquello pasó, lo degusté y ahora disfruto más con otros placeres.

Aun siendo un visitante ocasional de la Sierra de Andújar tengo que decir que hay una especie de domesticación de lo salvaje, que se ve poco en otras latitudes, en otras zonas serranas de características similares.

Como salvaje, esta Sierra lo es y mucho, sí hay caminos hacia casas, ahora lo analizaré, pero no hay marcadas muchas rutas a pie, te pierdes, si puedes, de uno de los caminos para vehículos y no encontrarás marcas de pisadas, te adentras más aun y creerás que eres el primer ser humano que ha pasado por allí. Pero este escenario teóricamente inexplorado se ve salpicado por muchas, excesivas, alambradas y vallados que no creo que hagan bien ni a los viandantes ocasionales, que nos buscamos la vida, pero sobre todo para esas especies animales críticas en la zona que casi tienen que llevar un plano para moverse.

No lo digo yo y ni tan siquiera me remito a los grupos ecologistas que pudieran estar marcados por una cierta radicalidad, no. Hace unos días leía un informe avalado por el biólogo Miguel Delibes, hijo del ilustre escritor, en el que se señalaba el mal endémico que suponía para la Sierra de Andújar y los Montes de Toledo, la ingente cantidad de fincas cinegéticas, con sus consiguientes vallados que constreñían y limitaban el hábitat no sólo a los linces, sino también a los lobos.

De hecho, los lamentables atropellos de linces en la Nacional IV, es decir, fuera de territorio serrano, no hacen sino demostrar que estos felinos se están moviendo más allá de una escasez de conejos, que también, hacia terrenos abiertos donde no tengan que ir a marcha reducida, vaya a ser que se topen con una valla. Y esos terrenos abiertos que son los que hay en los dos márgenes del recorrido de apenas veintes kilómetros entre Bailén y Andújar, son extensos olivares, llanuras con suavísimas pendientes que están pobladas por esos olivos que son el motor de la provincia de Jaén.

Echo de menos sinceramente que no sólo se habiliten más pasos subterráneos para los animales con objeto de franquear esas barreras artificiales que son las carreteras, sino algún una política racional para reducir los vallados cinegéticos, porque a veces son innecesarios, se vallan una serie de hectáreas donde no hay reserva de caza, simplemente porque esto es mío, porque yo lo valgo, porque lo hace todo el mundo y porque no quiero que entres.

Uno camina, solo en mitad de la nada inexplorada, esperando a que pueda divisar un lince, pero es difícil de divisar, de hecho, los que los ven son pocos y tras muchos intentos (también los hay que a la primera besan el santo), pero yo nada; es más, ni lince, ni cualquier otro animal de cuatro patas, tampoco conejos, ni siquiera lagartos, que los habrá, es como si la flora se hubiera comido la fauna.

Bueno está que uno valle su casa y un poquito más, pero violentan a los animales y rompen la esencia de lo que debe ser una sierra. Y ya sé, repito que no soy un conocedor de la Sierra de Andújar, y que hay muchas zonas abiertas, pero también es verdad que he pateado bastante y como yo decía días atrás en tono de sorna, vayas donde vayas, vallas.

Y dicho esto, hay que decir que a la domesticación de la Sierra con vallas hay que añadir la humanización de la misma con casas por doquier. Sorprende que la legislación urbanística en materia de ordenación urbanística tenga una aplicación desigual dependiendo de los territorios y municipios andaluces. Por otro lado, la normativa actual data de 2002 y quiso hacerse una norma estricta sin atender a características del terreno susceptible de conservar. Las casas en cualquier sierra de forma indiscriminada son un atentado al equilibrio natural, en Andújar su propagación es, como poco, excesiva; en los montes se debiera haber actuado con rotundidad, ahora ya no tiene sentido, porque su persecución habrá prescrito. Si la ley en teoría no permite una casa en el campo salvo excepciones tasadísimas, ni en el monte, ni en la sierra, pues tampoco en mitad de las olivas, donde aquí el impacto visual es mínimo, por no decir ninguno; no obstante, la ley es la ley, y no hacerla cumplir supone una grave irresponsabilidad.

Pues lo dicho, y por resumir mis sensaciones sobre una Sierra maravillosa, es un entorno increíble, con muchos atractivos, con una naturaleza desbordante, donde hay que pulsar cada olor, cada ruido y cada silencio, cada fotografía, y donde también hay que lamentarse de que la mano humana, a veces interesada y despiadada, esté demasiado presente para perjuicio de los animales en primerísimo lugar, y mucho después para el propio ser humano.

sábado, 11 de abril de 2015

"LA ANALFABETA QUE ERA UN GENIO DE LOS NÚMEROS", DE JONAS JONASSON

Cuando observas el título de un libro y este llama la atención, soy de los que piensa que algo mágico debe tener. Con este me pasó algo así, un libro que se titula «La analfabeta que era un genio de los números», debía necesariamente de tener un contenido atractivo; para rematar tampoco suelo tomar a chufla las portadas ilustrativas y esta tenía, en la edición que yo he leído, mucho encanto, algo entre jocoso y que picaba la curiosidad.

A su autor Jonas Jonasson, un experiodista sueco, le avalaba su éxito de 2010 «El abuelo que saltó por la ventana y se largó», todo un superventas a nivel mundial que dio un giro al género del humor absurdo en la literatura. Yo conocía esa novela y no descarto, tras la lectura de esta, meterle mano en breve.

Y por qué no hacer una novela absurda, pero increíble y absurda a más no poder, porque ¿no es el mundo más absurdo en sí mismo y vemos noticias a diario que lo corroboran? Pues sí, el esquema le sigue funcionando a Jonasson, la clave es sumamente sugerente, inventar una historia con dosis de realidad, donde con un ritmo frenético, no paren de acaecer sucesos hilarantes. Si las comedias televisivas británicas han sido y son el prototipo de las historias de enredo, en esta novela el enredo es reiterado, progresivo como una bola de nieve y finalmente explosivo como unos fuegos artificiales.

Sin duda que esta historia disparatada tiene un elemento diferenciador con respecto a otras, siempre está pasando algo, algo relevante, hay poca paja en el libro, ese ritmo acelerado favorece que enganche mucho, que entretenga, y encima que te diviertas un montón, montado en esta ruleta vertiginosa en la que nos embarca Jonasson.

Nombeko es una anónima niña huérfana, negra para más señas, en la Sudáfrica del apartheid, dedicada a limpiar inmundas letrinas en Soweto, uno de los suburbios más grandes del mundo. Pese a su existencia casi condenada a un destino efímero y luctuoso, no obstante, Nombeko no se resiste a ser una más entre los millones de personas que habitan en Soweto, sin más salida que las hectáreas que conforman esta amplia zona chabolista y todos los vicios humanos encerrados en las mismas. Nombeko pretende ser diferente y se revela como un ser inteligente y arriesgado, capaz de dar pasos en firme para que su vida no caiga en la mayor de las indiferencias.

Por eso emprende un camino en el que es casi autodidacta y se vale de diversos vericuetos para ir dando pequeños pasos pero firmes, así aprenderá a leer y a escribir, y se destapará como una magnífica matemática. La mala fortuna, aunque bien pudiera ser buena fortuna en cierto sentido, hace que un buen día sea atropellada por un blanco borracho que conduce un coche, mientras ella camina tranquilamente por la acera.

En aquella Sudáfrica del apartheid, no dudo que sucediera en la realidad, Nombeko lleva todas las de perder, pese a que la razón esté con ella, pero ya se pondrán todos de acuerdo para que al final sea declarada culpable, y la pena económica, dado que la joven no cuenta con capital, se convertirá ni más ni menos que en trabajar como sirvienta durante años para aquel que la atropelló, el ingeniero Van der Westhuizen, responsable nacional del proyecto de fabricación de armas nucleares.

Nombeko rápidamente observará que no ha sido tan malo su destino, pese a lo injusto, pues sus condiciones de vida mejorarán aunque tenga que fregotear sin descanso. La biblioteca del complejo gubernamental de Pelindaba, donde se realizan las investigaciones nucleares, le servirá a la protagonista para ampliar sus conocimientos, y adentrarse, instruirse y especializarse en la tecnología nuclear, de tal forma que servirá de inopinada asesora del burro de Van der Westhuizen, un trasegador de alcohol con conocimientos nulos en la materia en la que, sobre el papel, debe ser un referente.

Mientras tanto, y de forma paralela, en Suecia se sucede una historia también un tanto disparatada, en la que un funcionario del servicio de Correos se convierte de un enfervorizado adepto del rey sueco, a su enemigo más enconado. Tendrá dos hijos gemelos, a los que enseñará a odiar a la monarquía sobre todas las cosas, y por absurdas disquisiciones, de cara a la sociedad sólo inscribirá a uno en el registro, Holger, mientras que el otro, con el mismo nombre, Holger 2, estará permanentemente en el anonimato.

No obstante, el ascenso anónimo de Nombeko no se frenará pese a su insensato cautiverio, y su inmensa capacidad la llevará a ir controlando el programa nuclear sudafricano. Un pequeño consejo por aquí, una estrategia por allá, y su dominio de la lengua china, pues coincide en Pelindaba con tres hermanas asiáticas también recluidas, le permitirá a nuestra joven exlimpiadora de letrinas, a ser traductora, de lo que derivará el dirigir el destino de su vida, la vida de sus tres amigas chinas, la de Van der Westhuizen, la de los perros de Pelindaba, y hasta las relaciones exteriores de Sudáfrica con China y con Israel. Nombeko conseguirá salir de su cárcel para emerger como una nueva persona rica y radiante en Suecia, a cambio tuvo que cambiar una bomba atómica (que se había hecho de más en Pelindaba, por la incompetencia de Van der Westhuizen) por su propia libertad y unos cuantos kilos de piel seca de antílope. Pero no todo sale bien, Suecia espera a Nombeko o no, pero el caso es que de la voluminosa caja con la teórica piel seca de antílope, que se encuentra en la embajada israelí en Suecia no hay eso. En una suerte de casualidad, como todo en este libro, Nombeko conoce a Holger 2, que es el listo de los dos Holger, que le ayudará a transportar la caja a su casa. Y de ella saldrán las tres hermanas chinas y la bomba atómica.

Si no era suficientemente delirante todo, ahora un montón de gente convivirá en una casa destartalada, donde los Holger (uno legal y otro inexistente) dirigen una empresa de almohadas. Holger 1 tiene una novia anarquista y permanentemente peleada con el mundo, Celestine; las chinas optarán por largarse a Suiza para vender piezas de alfarería envejecidas como obras de arte antiguas. Así que los cuatro, pero más bien, Holger 2 y Nombeko, tendrán que sobrevivir con una peligrosa bomba atómica al lado de la que quieren deshacerse y con la amenaza de Holger 1 y Celestine que no hacen más que liarlo todo.

Y el desvarío continuará porque se sucederán en este camino sin retorno todo tipo de peripecias en las que intervendrán agentes del Mosad israelí, el presidente chino Hu Jintao, el primer ministro sueco Reinfeldt, el rey de Suecia, la aristocrática abuela de Celestine, también cultivadora de patatas..., y bueno, un sinfín de giros que prefiero no desvelar, porque la imaginación de este escritor es ilimitada; y a todo esto, el aliño principal es la cabeza magníficamente amueblada de Nombeko, que con grandes dosis de inteligencia y sentido común, intentará ir colocando las piezas exactas en este loco rompecabezas.

Una de las grandes virtudes de Jonas Jonasson es que la historia no tiene casi ningún desperdicio, el ritmo no decrece y te mantiene atento durante todas las páginas. No es importante el final, que lo tiene y es muy edificante, pero la historia en sí merece la pena su lectura.

Jonasson tiene precisamente la virtud de extraer personajes y hechos históricos reales, a los que añade otros inventados, haciéndolos converger y construyendo una historia tan desquiciada como atractiva.

No me extrañaría que esta historia en unos años fuera llevada al cine, pues tiene un argumento muy traspasable a la gran pantalla, al igual que ya se ha hecho con su primera novela, con menor éxito que su libro. En cualquier caso, recomiendo encarecidamente su lectura para adentrarnos en la nueva novela humorística del siglo XXI.

sábado, 4 de abril de 2015

LA TRADICIÓN DE LOS GRABADORES EN EL SELLO CLÁSICO ESPAÑOL

He criticado puntualmente en este blog el uso partidista y sectario de las emisiones de sellos en beneficio de intereses proselitistas y propagandísticos de los gobernantes de turno. Ha sido habitual y lo sigue siendo en las dictaduras actuales, donde por ejemplo, se exalta la figura de los héroes y caídos por el país, pero eso sí, solo los de un bando.

En España, con la dictadura franquista, también tuvimos nuestras píldoras de adoctrinamiento, aunque desde luego el sello era un vehículo nimio con respecto a otras herramientas más contundentes del poder. Algo indigno, visto con la perspectiva del actual siglo XXI, nos resulta aquella serie de 1964 en la que se rememoraba los primeros veinticinco años de régimen, bajo el título de «XXV Años de paz 1939-1964». Sin duda, que la paz iba por barrios, la paz era para los vencedores, pero no para los vencidos, los que abandonaron España para vivir en el exilio esperando un tiempo mejor, y desde luego, tampoco fue un período pacífico, aquel en el que las libertades estaban restringidas, la prensa, los partidos, las reuniones, la opinión...

No obstante, el objetivo de esta humilde entradilla no es el sacar punta a las emisiones que el franquismo sacó con evidentes matices adoctrinadores y autocomplacientes, ahí están la historia y las hemerotecas; y es que aunque la realidad no tiene más que un camino, hoy me voy a convertir un poco en abogado del diablo pues si el fondo era el que era, hay que decir que la forma se cuidaba mucho, el sello clásico de la década de los 50 y 60 del pasado siglo estaba muy bien realizado, las composiciones eran pequeñas obras de arte.

El diseño de sellos y su traslación definitiva al papel no es una tarea sencilla, o al menos, no lo era antes, cuando no se contaba con potentes ordenadores y programas específicos, capaces de producir un proyecto en un santiamén, apenas dando unos cuantos clics con el ratón.

El diseño y grabado de sellos ha ido manifestando a lo largo de la historia los avances de la técnica, es evidente que se ha ido evolucionando de lo manual a lo mecánico y finalmente a lo digital; sin embargo, esta evolución no es sinónimo de mayor calidad artística, ni de mérito tal vez.

Las emisiones suelen tener una cierta racionalidad en cuanto a su número y motivaciones, más o menos en los países con servicios postales normalizados, en general, aquellos que forman parte de la Unión Postal Universal, aunque con ciertas reservas. Hay que considerar que algunos países, especialmente africanos y también algunos caribeños, desvirtúan el sello postal, pues lo convierten prácticamente en cromos, dando cabida a todo lo habido y por haber, por un puro afán mercantilista, eso se adivina, o se adivinaba antes, cuando yo compraba sellos en papelerías (que los había), y observas un sello matasellado limpiamente (por máquina), y que no ha circulado, o sea, que mantiene su engomado por detrás.

En el momento en que yo comencé a coleccionar sellos, en mi infancia, con apenas diez u once años, vivíamos en los años de la transición, y realmente en mi condición de niño no tenía conciencia de que hubiéramos estado en una dictadura, ni que la democracia fuera un sistema político diametralmente opuesto; en honor a la verdad viví la transición precisamente así, como un período en el que había cambios paulatinos y en el que había elecciones de forma muy frecuente, nos llenaban las calles de propaganda y acudías a los mítines para ver si te regalaban un boli, un mechero o una baraja de cartas, y de paso para escuchar al grupo o cantante que acompañaba a los políticos.

Mis primeros sellos fueron, pues, una mezcla de los emitidos a partir de la reinstauración de la monarquía y, por supuesto, una cantidad ingente de otros sellos que pertenecían a la época de la dictadura, entre otros, la serie básica de Franco, que oficialmente se pudo seguir utilizando hasta la llegada del euro.

Y no lo voy a negar los sellos que alimentaron las primeras páginas de mis álbumes fueron de las décadas del 50, 60 y 70, impulsado por una corriente de coleccionismo que inundaba a los niños de mi edad, o por lo menos, a los de mi cole, y también gracias a un buen hombre, el señor Peiró que regentaba un negocio textil en mi ciudad natal y que dedicaba mucho de su tiempo, con una amabilidad ilimitada a transmitir su pasión por la filatelia, a las oleadas de niños que nos acercábamos a su tienda.

Y esos sellos clásicos a mí me siguen gustando mucho, no lo puedo negar, no entro en el fondo, sino en la forma, siento una cierta añoranza de aquellos años de mi infancia que repasaba y repasaba, que despegaba de su papel, que miraba en mi catálogo Edifil de 1981 (que todavía lo sigo teniendo, algo desvencijado), por ver si alguno de esos que conseguía a través de familiares, empresas, intercambios, etc., podía ser un sello raro, para hacerme millonario de un plumazo o para que mi colección de la noche al día se convirtiera en cotizadísima.

Recuerdo que en los más viejos de que disponía, aquellos emitidos en la Guerra Civil por el bando franquista, aparecía una inscripción un tanto misteriosa, Sánchez Toda, ¿qué podía ser eso? Aquel catálogo que le costó a mi padre comprarme y que le costó, no lo puedo olvidar, 550 pesetas, me resolvió al poco tiempo las dudas, se trataba del apellido del grabador.

Sánchez Toda, que en realidad se llamaba José Luis López Sánchez-Toda se convirtió en el santo y seña de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, el único nombre que realmente trascendió no para el conjunto de los españoles, pero sí para aquellos que teníamos fervor por la filatelia. Y dicho esto, poca gente sabría antes quién era Sánchez-Toda y mucho menos ahora.

Pues bien, siendo esa cabeza visible, o apenas visible, de la dirección de los diseños de los sellos en nuestro país durante la dictadura franquista, hay que decir que entendiendo por lógica que no le correspondían a él los motivos de las emisiones, al menos donde podía explayarse él y su equipo, lo hizo y nos dejó unos diseños bellísimos, muy artísticos, que verdaderamente hacen que algunas series de esos años 50, 60 y 70 sean, bajo mi entender, auténticas obras de arte.

Ingresó en la FNMT en 1924 y se jubiló en 1971, durante el régimen franquista fue el Jefe de la
Sección de Grabados de dicha fábrica, y a él se le atribuye el diseño de más de cien sellos, de casi la totalidad de los billetes de banco emitidos desde 1937 y también de muchas monedas.

En su faceta docente también hay que señalar que fue profesor en la Escuela Nacional de Artes Gráficas, de hecho, si bien no es fácil conocer públicamente los autores físicos de los grabados que dieron lugar a los sellos de la dictadura, si no salieron de las manos de Sánchez-Toda, sí que estaría su espíritu implícito, pues muchos eran discípulos suyos o coetáneos, nombres que si el de Sánchez-Toda es casi desconocido, estos otros aún lo serán más, Antonio Manso, Miciano Becerra, Carlos Tauler, Núñez de Celis...

Técnicas de grabado tales como litografía, calcografía o huecograbado, nos remiten no sólo a procedimientos mecánicos de impresión, sino que en su matriz, han requerido una labor humana de carácter artístico, la confección de un dibujo de carácter original o copiado (copiado cuando lo que se reproduce es algo existente, tal como un cuadro, un monumento, un símbolo...). Ahí estaban los magos de la plumilla, la tinta china o el buril para confeccionar ese marco sobre el que se montaría una plancha de diferentes materiales en función de la técnica de impresión a utilizar, para que finalmente se estampara un pliego de sellos a un par de tintas o varias, destinados a volar por el mundo o simplemente a embellecer una colección o una exposición de sellos.

Lo que se desprende de esos sellos del régimen es que estaban muy bien elaborados, con una ejecución impecable, rozando la perfección, porque como siempre le digo a mi hijo, la perfección no existe. Particularmente me encanta la serie de Tauromaquia de 1960 que denota una gran delicadeza y sensibilidad; el examen de cualquiera de los sellos que componen esta serie nos proporciona, aparte de una transportación a un pasado añejo, también la sensación de que estamos ante una joyita, la suavidad de los trazos, la homogeneidad de las texturas, las tonalidades y sus degradaciones, al tacto parece como si la leve tinta cobrara vida, dándole un leve pero apreciable relieve.

También me gusta mucho una serie mítica de la historia de la filatelia española, como es la de Forjadores de América, una colección de sellos muy ilustrativa que fue emitida desde 1960 hasta 1970, cada 12 de octubre, para conformar un total de once de entregas. Con independencia de su indudable valor histórico, algo que prácticamente no se ha aprovechado institucionalmente, ni tampoco en colegios, del mismo modo, se aprecia la calidad artística de las composiciones, muchas eran los semblantes de aquellos que construyeron la nueva América, con el poso de que se utilizó un proceso meticuloso en el que el dibujo es de tal realismo que sus personajes parecen cobrar vida. Las tintas, tenues y nada estridentes, conforman otra obra de arte de nuestra filatelia.

Estos dos breves ejemplos son simplemente una muestra de ese trabajo concienzudo que se hizo en aquella época, en la que amén de la labor de los artistas grabadores, no hay que desdeñar el encomiable esfuerzo de impresores, mecánicos, profesionales de las artes gráficas, en suma, que permitían que nacieran nuestros sellos y que lo hicieran con muchísima calidad, algo que se aprecia, por el centrado de los sellos, por la cantidad justa de tinta, el dentado idóneo...

Lástima que hoy día los ordenadores hayan irrumpido en tantísimas facetas de la vida y que nos hayan privado de genialidades como las que he referido. Yo que tengo el privilegio de escribir en una revista de filatelia (son tan buena gente que confían en mi modesta aportación), me encargo en la misma de presentar las novedades filatélicas de cada trimestre en nuestro país y observo en no pocas ocasiones las chapuzas que se perpetran en los sellos con composiciones realizadas a través de un programa de ordenador, que tienen por lo general, escasa elaboración y muy poco gusto en el diseño, de tal guisa que a veces nos presentan sellos que más parecen haberse diseñado en un fin de semana por un alumno que acaba de empezar un curso de diseño por ordenador.

Fotografía original de El druida
Y esto sin contar las meteduras de pata que se cometen al valerse del esfuerzo de otros para realizar los diseños, de algunos casos no nos enteraremos jamás, porque entiendo que no es fácil probar, pero probablemente el caso más significativo ocurrió en 2010 cuando el bloguero El druida, descubrió que Correos había utilizado una foto suya de una mariposa, sin permiso, para construir un sello. Creo que el caso no fue a más porque me parece que se le indemnizó al bloguero para que el asunto no fuera a mayores y se tapara este escándalo, que si la filatelia interesara a muchos sería algo pavoroso, pero como somos cuatro gatos, pues la repercusión fue limitadísima.

Sorprende, por otra parte, al hilo del bajón de calidad de los diseños actuales que Correos ha normalizado la encomienda de algunos de ello a estudios de diseño externo; deben andar muy bien de pasta, para intentar «modernizarse», aunque sinceramente esas aportaciones privadas tampoco han supuesto un salto cualitativo, de hecho, he visto algunos diseños pagados con dinero de todos, que bien se le podrían haber ocurrido a un niño de cinco años, lamentable.

Plagio de Correos
Y eso que desde 1990 existe en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre una Escuela de Grabado y Diseño Gráfico, que por lo que he visto en su web se dedican a realizar másteres dirigidos a egresados de Bellas Artes o de especialidades artísticas. Y no me deja de extrañar que presentándose como una escuela que nació «con la idea de unir la tradición y la modernidad, mediante la enseñanza de la antigua técnica del grabado a buril y las últimas tendencias del diseño asistido por ordenador: es decir, lograr formar profesionales capaces de grabar como en el siglo XVIII y de diseñar como en el XXI», pues que ni el equipo educativo que imparte esas clases, ni la nómina de alumnos que han obtenido algún título en estos veinticinco años, haya podido dar un golpe en la mesa y haber dado un giro a la tendencia un tanto ramplona en los diseños de los sellos actuales, donde no se graba como en el siglo XVIII, ni como en la época franquista, para que nos vamos a engañar.

Cabe recordar ahora las palabras de Sánchez-Toda que en una alhaja de libro «El arte de grabar el sello» que se editó en 1969, decía algo que era premonitorio «(...) actualmente se recurre a la fotografía, como medio para la confección de un original, y cuando esta fotografía va precedida de un dibujo, también puede encasillarse como obra manual, pero si se ha prescindido de este dibujo, y es totalmente fotográfico su procedimiento, o sea, que se elija una fotografía de un personaje, paisaje o monumento, etc., y por medio de un fotomontaje se aplica la leyenda y el valor que ha de llevar, resulta en esta forma una vulgar estampita, por muy bella que sea la fotografía que se ha utilizado.

Nunca se tendría que hacer un sello en el que se prescindiera de un original grabado, pintado o dibujado. La mecánica está bien, y cuanto más avanzada mejor, en su impresión y labores complementarias, pero siempre partiendo de un original creado por la mano del hombre. (...)
»

Pues eso, que no puede por más, que darle la razón a Sánchez-Toda, porque hoy día esa mecánica informática ha favorecido la denostación de la mano del hombre, del dibujo, para dejar paso a las máquinas, luego hoy día tenemos bastantes sellos que son vulgares estampitas.

No querría terminar este pequeño homenaje a Sánchez-Toda y a toda una genial generación de grabadores, sin reiterar que no sólo eran artífices de los sellos clásicos, sino que también fueron los hacedores de los billetes y monedas que tuvimos durante muchos años en nuestros bolsillos.

Por cierto que Correos en 1998 inició, y digo inició como puedo decir inició y terminó pues el efímero homenaje se quedó ahí, una serie dedicada a «Grabadores españoles» en la que aparecen Sánchez-Toda y Antonio Manso, pero repito una serie que no tuvo continuidad lamentablemente, y que hubiera permitido salir del anonimato para el gran público a grandísimos artistas que tuvimos en nuestro país. A propósito, poco pudo disfrutar de la jubilación Sánchez-Toda, dado que fallecería en 1975, cuatro años después de que dejara la FNMT.

Y acabo definitivamente, porque la perorata se me ha hecho demasiado larga esta vez; la vida de los artistas es muchas veces anónima y poco llamada al reconocimiento público, de hecho, me pasó algo curioso hace unos meses, yo conocía y conozco a un hombre de la localidad en la que resido, que es amigo de mi suegro para más señas, Francisco Arias, del que yo ignoraba que pintara, se trata de un consumado pintor, y sus láminas y pirograbados, excelsos en la reproducción de monumentos son dignos de haber sido objeto de un sello de aquellos de la vieja escuela, de la auténtica, de la manual y la de grandísima calidad artística. No suelo poner enlaces en Internet, pero el homenaje que le hizo otro bailenense ilustre como Paco Antonio Linares Lucena, merece su inserción aquí como homenaje también a los artistas anónimos, y a tantos y tantos que pasaron por la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre: http://bailendiario.com/francisco-arias-dibujante-bailenense.

sábado, 28 de marzo de 2015

BLACKMORE'S NIGHT, EL MEJOR POP-ROCK MEDIEVAL DE LA HISTORIA

Depende del tema que escuches por primera vez de este grupo podrás definir sesgadamente el estilo musical que promueve, por eso no te quedes ahí, si te ha gustado al menos una canción de tres o cuatro, lo cual es muy probable, porque son muy buenos, sigue escuchando ya que ampliarás el horizonte de ese estilo musical que, tal vez, has fijado precipitadamente.

Se pueden presentar como una banda de pop-rock medieval (renacentista si se quiere), ahí es nada, pero es mucho más, es folk, es New Age, hasta un poco de heavy..., datos estos que nos ayudarán a entender la proyección de los Blackmore's Night.

Este grupo nace de la comunión de intereses del británico Ritchie Blackmore, exguitarrista y uno de los fundadores de la mítica banda Deep Purple, casi nada al aparato, y la neoyorquina Candice Night, vocalista y multiinstrumentista. Por cierto que el nombre del grupo es un bonito juego de palabras formados por los apellidos de ambos, pareja profesional y también sentimental, pese a que los separan nada menos que veintiséis años. Ambos se conocieron con ocasión de un partido de fútbol en el que jugaban los integrantes de la formación de Deep Purple y un grupo de periodistas, Candice estaba vinculada a una cadena de radio y le pidió un autógrafo al famoso Ritchie e intercambiaron algo más que una firma, así gustos musicales, aficiones... Fue el comienzo de una grandísima amistad, y de hecho, Candice llegó a hacer sus pinitos con Deep Purple.

Ritchie Blackmore llegaría a separarse de su banda matriz y en 1997 emprendería un proyecto diferente con Candice Night, basado en una serie de rasgos que lo hacían y lo siguen haciendo diferente a algo que hubiera en el mercado musical hasta ese instante.

En una entrevista a la bella Candice (fue modelo en su juventud) definió su música de forma inversa, no lo que es y representa Blackmore's Night sino lo que no puede ser en ningún caso, en este sentido, nada de rap, hip-hop o death metal. En realidad, el que busque música melódica, con toques mágicos y místicos, bañada con algo de historia, cuentan muchas historias en sus letras, pues aquí tiene su enganche.

Desde ese ya lejano 1997 esta pareja fijó sus criterios, su estilo y se abonó a una manera distinta de hacer música, diferente no sólo en cuanto al concepto, sino también ineludiblemente en cuanto a las formas. Sus ropas asemejan a las antiguas; sus escenarios no son sólo lo que hay detrás de ellos, sino que acuden a lugares cargados de magia, no llenan grandes estadios, sino castillos, prados al aire libre, muchas veces en el marco de festivales medievales; se valen también de instrumentos antiguos tales como mandolinas, mandolas, zanfoñas, flautas dulces, cornamusas, panderetas, gaitas... Les encanta el directo y la conexión con el público.

Es evidente que no son un grupo de masas, pero tiene un público fidelísimo, especialmente nutrido en Gran Bretaña, en el centro de Europa y un poquito Estados Unidos. Lamentablemente en nuestro país su presencia es prácticamente testimonial, pues acudieron casi al principio de su existencia y hace ya más de quince años que no han vuelto; y eso que en España también tienen su público, limitado pero también escogido, de hecho existe un club de fans que en Facebook cuenta con algo más de mil personas.

El dúo se acompaña por no menos de cinco músicos, que han ido variando a lo largo del tiempo y de las épocas, y que en todo caso, le aportan un grado de actualización que es obligado en este grupo para no quedarse estancados y para ofrecer su esencia sin caer en el aburrimiento, como una manera de estas siempre renovados; por cierto, tan convencidos y ambientados como sus propios creadores, un elenco muy singular.

La fuerza de los Blackmore's Night reside en el binomio música – voz. La música es tan preponderante que muchas de sus composiciones son sin letra, las hay y son arrolladoras. No obstante, cuando esas composiciones llevan letras, letras que por cierto tienen también un matiz histórico y poético a la vez, entonces surge con fuerza la voz sublime de Candice, que ha ido progresando con el tiempo, ella es Blackmore's Night, si ella no estuviera en el futuro, difícilmente este grupo tendría sentido. Es una voz melodiosa, dulce, cálida, encantadora..., aparte de que también se vale de coros femeninos que sustentan sus tonadas.

Este proyecto musical pretende, por otra parte, llevar una vida pareja con lo que trasladan en sus canciones y su entorno, se dedican a obras sociales e intentan llevar una existencia, al menos el matrimonio, lo más normal posible y alejada de los agobios del estrellato.

Hasta dónde va a llegar Blackmore's Night es algo que obviamente dirá el tiempo, desde luego dependerá muy mucho de las fuerzas de Ritchie Night que está a punto de cumplir setenta años. No obstante, parece que ya se está preparando el futuro, al menos el de Candice, que aún está en la flor de la vida y que por cierto que dio a luz hace cuatro años, cuando tenía cuarenta, a una rubicunda niña. Efectivamente, su marido le compuso un disco en 2011, Reflections, con muchos guiños a Blackmore's Night, luego hay cuerda para rato por ahí.

Aquel que piense que es un grupo ñoño y un tanto anticuado, no tiene más que escucharlos, son muy actuales, los sonidos son medievales, pero el ritmo es de ahora, rock, pop y más allá, para bailar, para saltar y disfrutar, tienen un directo muy potente.

Por cierto que hace unas semanas llevaba puesta esta música en el coche y venía conmigo un sobrino veinteañero que puso la antena rápido, y me quiso dar a entender que le molaba mucho lo que escuchaba y se interesó rápidamente por saber quién había detrás de semejante música tan peculiar.

sábado, 21 de marzo de 2015

"VENIRSE ARRIBA", DE BORJA COBEAGA Y DIEGO SAN JOSÉ

Alentados por el indiscutible éxito de «Ocho apellidos vascos» del que Borja Cobeaga y Diego San José son los padres de su guión, esta pareja con una dilatada trayectoria en el cine y la televisión, ya que han estado detrás de muchos programas de humor, sobre todo de la televisión pública vasca, llegan ahora con esta novela fresca, desenfadada y simpática, que como premisa cumple algo muy importante en la literatura, que sea entretenida.

No sé si este tándem es ahora el equipo de guionistas con más trabajo de España, sobre todo porque las productoras están buscando las secuelas de la gran película de 2014, más aclamada por el público (la película española más taquillera de la historia del cine de nuestro país) que por la crítica y los académicos del cine, que sólo premiaron con tres goyas a esta cinta. Lo que sí es verdad es que Cobeaga y San José están de dulce y tienen que aprovecharlo para su bien y para el de sus seguidores que esperan ansiosos a que sigan convirtiendo en oro todo lo que tocan.

Y no sólo es una novela entretenida, que se deja leer, hay algo muy importante más allá del valor literario y es que, siendo una novela un tanto gamberra, pues te ríes bastante mientras la lees, se destila mucho humor inteligente, no hay chiste fácil ni trillado, y eso es mucho de agradecer.

Que nadie espere que sea un novelón con un inmaculado tratamiento del castellano, y es que sus personajes se expresan como tú y como yo cada día. Aunque se cuida la narrativa y el vocabulario, la predominancia de los diálogos con muchos giros actuales ya nos dice qué es lo que vamos a leer, toda una comedia.

Pues eso, en esa ola buena que han cogido Cobeaga y San José, son capaces de configurar esta comedia escrita que nace para alegrar la vida a cualquiera durante varios ratos. El libro se lee fácil, no querrás que pasen muchas jornadas sin meterle mano y nos permite no sólo unas risas, sino que te imagines, como pocos libros, en tu mente cómo serían físicamente los personajes principales.

La historia se sucede en Ámsterdam donde Miguel, un joven asturiano, que está de erasmus, comparte piso con Fernando, un onubense. Todo circula con aparente placidez, Fernando le da al pelo y a la pluma, y Miguel aspira a terminar de camelarse a una potente francesita, Marion. No obstante, entrará en escena Jesús, el padre de Miguel, un parado prematuro de la minería asturiana, al más puro estilo «Los lunes al sol», que decide rematar los pocos ahorros que le quedan para cambiar el ciclo de una vida aburrida y sin destino, divorciado y con el único aliciente de visitar cada día una sidrería de Mieres adonde se encuentra con una basca de iguales.

Pero Jesús no llega a Ámsterdam para servir de apoyo a su hijo, va un poco a la aventura, a saco, y su peculiar personalidad lo pondrá en un aprieto no pocas veces. En primer lugar, porque el idioma es un obstáculo, sólo se puede entender con españoles o con quienes hablan español (los erasmus se comunican en inglés), y por otro lado, porque lejos de ayudar a su hijo no hace más que ocasionarle problemas.

A partir de ahí comienza lo bueno, todo es un puro enredo. A Miguel no le terminan de salir bien sus planes, y ve cómo sus evoluciones con Marion son muy ambiguas; la quiere, se quieren, sí y no, no y sí, pues cada uno tiene sus parejas respectivas en sus países de origen, y romper no será tan fácil, al menos para la gabacha, y encima el novio de esta se presenta en Ámsterdam pidiéndole ayuda a Miguel para que le sustente la sorpresa, ahí es nada. Su padre, mientras tanto, tampoco colabora demasiado, lo que iba a ser una visita casi de fin de semana, y una salida forzada, se pospone sine díe.

Las intensas salidas del padre son antológicas, entre que no se entera y que todo lo ve con su exclusivo prisma, pues no para de liarla y estar en todos los fregados. Con su exmujer, con Fernando el compañero de piso, con el dueño de un restaurante español venido a menos, o con sus amigos de la sidrería de Mieres con los que se comunica a través de correo electrónico, haciendo sufrir al teclado del portátil de su hijo, todo hay que decirlo. Para Jesús no hay límites, no hay fortaleza que se le resista en ese extraño mundo centroeuropeo, ni tan siquiera un cuadro de Van Gogh, que por qué no cogerlo prestado de un museo para que decore la habitación de su hijo, al que por cierto, se empeña en llamarle Chusmi, pese a que el joven Miguel se opone y terminará por dejarlo por imposible.

Pues nada, que el protagonismo del padre no cesará, en una paranoia irrefrenable, intentando solucionar el mundo a su manera, por un lado, su destino sin su exmujer, capitulo este del que debe «pasar página», y por otro, debe tratar a la vez de congraciarse con su hijo, intentando que este cace definitivamente a Marion aunque sea lo último que haga en esta vida.

El final es apoteósico, pero esbozo solo unos detallitos: Cobro de la indemnización de la mina, Bruselas, Eurovisión, Melendi y pasamos página...

¿Final feliz o infeliz? Es la vida misma, y no creo que el objetivo del libro fuera buscar el mejor final para sus protagonistas, tal vez esto le podría ocurrir a cualquiera, sin la espectacularidad de lo novelesco, pero al final es una historia de encuentros y desencuentros, éxitos y decepciones, amores y desamores. Lo sustancial es el nudo de la historia y su desenlace por encima del después de sus personajes, todo ello verdaderamente para reírse y sonreírse relajadamente; por eso digo que esta obrita merece mucho la pena para desencajar un poquillo las mandíbulas.

La historia en sí sería un perfecto guión cinematográfico, se nota que los autores saben de qué va esto; aunque curiosamente he notado cierta similitud temática con la recién estrenada película «Perdiendo el norte» de Nacho G. Velilla, que también habla de la experiencia de estudiantes españoles en Alemania.

Más allá de eso, incluso tendría mucho más éxito y vidilla la historia posterior del exminero Jesús, en su venturosa nueva vida en la capital de Holanda, regentando una renovada sidrería en el centro de la bulliciosa ciudad de los canales, me la imagino como una taberna parecida a la de la mítica serie «Los Serrano», y el papel de Jesús bien podría ser el mismo Antonio Resines, o incluso Karra Elejalde, que realmente mientras iba leyendo el libro y en la particular imagen que me he formado en mi mente de sus personajes, siempre he imaginado a Karra Elejalde haciendo el ganso.

En definitiva, un libro para disfrutarlo, para echar varios ratos muy agradables, y para compartir la cantidad de pequeños chistes insertados en esta novelita con el perfil de humor inteligente propio de El club de la comedia y todas sus versiones monologuistas. Mi querida hermana me lo regaló esta Navidad, porque lo recomendaban como grajea de risoterapia, especialmente en un momento personal un tanto delicado por el que yo atravesaba.

sábado, 14 de marzo de 2015

MACGYVER, ESE SUPERHOMBRE MODERNO AL QUE DESEARÍAS TENER COMO AMIGO

Bienvenidos a la serie del hombre perfecto, especialista en todo lo habido y por haber: médico, arqueólogo, botánico, ecologista, químico, mecánico, manitas por antonomasia... y mucho más, una larga lista que amontona MacGyver, este superhombre de la calle que con su aspecto de hippy y un tanto bobalicón, era capaz de conseguir todo lo que se propusiera, haciendo uso de unas cualidades especiales, en una reinterpretación del viejo concepto de la eficiencia de los recursos escasos, considerando que a veces apenas contaba con su inseparable navaja suiza.

No hace mucho leí a un bloguero escribir en un tono un tanto socarrón más de cincuenta calificativos acerca de las «especialidades», yo diría que casi infinitas de este individuo. Y es que a lo largo de los casi ciento cuarenta capítulos de esta exitosa serie, a este mítico personaje le da tiempo a mostrarnos sus virtudes en casi cualquier cosa; por eso, aunque este bloguero sarcástico me podría parecer que exageraba en un principio, llevaba mucha pero que muchísima razón.

Y es que no debemos darle demasiadas vueltas, MacGyver también es una revisión del concepto de superhéroe o de caballero andante, un superhéroe moderno, que con herramientas que tú tienes en tu casa, él es capaz de salvar la humanidad, como también a viejecitas desvalidas, a bosques acosados por la presión urbanística, o a jóvenes con vidas descarriadas.

Si la serie la ves de semana en semana, se te hacía entretenida, doméstica, apacible; pero si te cargas algunos capítulos de una vez, como yo he hecho recientemente, este MacGyver termina por ser un poco repelente, vomitivo hasta cierto punto. No se puede ser tan perfecto, ni por ende, tener unos enemigos tan imbéciles.

Y es que MacGyver trabaja para una extraña fundación filantrópica, la Fundación Phoenix, cuya base es la defensa medioambiental de la humanidad, pero es por analogía también una entidad dedicada a deshacer entuertos, a colaborar en la paz mundial y equis miles de cosas... buenas, porque era una fundación al estilo de su personaje, un comodín de actividades para dar cobertura al genio macgyveriano.

Pero, a ver, centrémonos, Televisión Española la compró para la tarde de los sábados, cuando entonces no nos asaeteaba con películas de Paco Martínez Soria o Manolo Escobar, y había que pensar en un producto que no alterara a las masas, fundamentalmente para la familia al completo, mayores, jóvenes y niños, que eran un colectivo que nuestra televisión pública, la única hace veinticinco años, consideraba que era a quien se debía destinar el producto, por tanto, debía ser algo para todos los públicos, con escasa o nula violencia, con acción, toques de comedia, y por supuesto, final feliz, para que nadie estuviera angustiado durante la semana. Y la serie tenía todos esos ingredientes, para empezar, a MacGyver nunca se le vio empuñar un arma de fuego, era su principio fundamental, y otro también era que aunque se defendía nunca mataba a nadie (si alguna moría era por su propia maldad o de forma fortuita).

No obstante, y fuera de toda esta declaración de principios, MacGyver funcionaba porque era el supermanitas, el hombre que todo chapuzas tuercetornillos como yo desearía tener como amigo. La expectación iba creciendo a medida que avanzaba cada capítulo, pues generalmente el genio solía hacer uso de sus trucos al final de cada uno de ellos. Era cuando se valía de esos «recursos escasos» y era capaz de hallar una solución en segundos para convertir el caos en luz.

Y es que hay que ser sincero, los enemigos de MacGyver tenían porte, cara de malos malísimos, procedimientos deleznables, intereses aviesos y escasísimos principios, pero todo ese esfuerzo de fachada no tenía transferencia en la cabeza, pues todos sin excepción carecían de la más mínima inteligencia o raciocinio, y es que cuando podían liquidar a su peor adversario con facilidad, metiéndole un balazo sin más, invariablemente lo solían encerrar en alguna habitación o almacén donde había de todo para que el hombre perfecto lograra una artimaña, muchas veces acuciado por el tiempo, y saliera con suficiente energía para doblegar a sus captores.

Y es que la secuencia en la mayoría de los capítulos era muy similar, era una especie de sube y baja, primero daba él, luego daban los malos y finalmente él remataba la faena, y en todo ese intercambio, pues MacGyver sufrió más estocadas que un torero: le disparan, se queda ciego, cojo, manco, sordo..., pero como tenía más vidas que un gato, en el capítulo siguiente había recargado las pilas como si de un héroe de videojuego se tratara, el cual se reiniciaba cada semana.

Ni que decir tiene que la serie fue y seguirá siendo por mucho tiempo, una de las más populares en el mundo entero. En España se sigue hablando de MacGyver cada día, como una especie de mito, para comparar a aquel individuo que con medios escasos es capaz de conseguir una máximo rendimiento. Y y no pocos fueron los chistes que se hicieron con MacGyver, recuerdo aquel que decía que era capaz de construir un transatlántico con un clip y que encima le sobraban piezas.

Lo sorprendente de todo este éxito es que, bajo mi punto de vista, no era para tanto; pues quitando la primera temporada y la segunda, donde se despertó interés por los trucos de su protagonista y donde se prodigaba bastante con su ingenio y astucia, las temporadas posteriores fueron un poco aburridas, y los trucos nada trabajados. De hecho, había menos acción que lo que la gente se piensa, mucho diálogo pesado y que no hacía más que llenar el tiempo hasta la traca final.

Tampoco se puede decir que contara con un gran presupuesto esta producción, y esta también es una apreciación personal. Hay que decir que uno de los capítulos donde las productoras tienen que invertir más dinero es en las personas, los extras, algo nada baladí y que impide, por ejemplo, que se desarrollen series de temática deportiva, ya que de momento necesitarías mucha gente para llenar un estadio (si no observen en alguna serie española algún partido de fútbol o de baloncesto, no hay nadie viéndolo). En MacGyver ocurría esto, poca gente en cada capítulo y escenarios un tanto solitarios para no tener que llenar con gente, de hay que hubiera gran profusión de talleres, garajes, naves industriales, espacios al aire libre..., de hecho, muy pocas veces vimos a MacGyver en medio de una gran ciudad.

En esos escenarios al aire libre, a veces, en lugares inexistentes y países inventados, ocurrió si no recuerdo mal en la primera temporada un ejemplo claro de que entre Estados Unidos y el resto del mundo y España en particular nos separan, aparte de unos miles de kilómetros, un abismo de conocimientos. En aquel célebre capítulo MacGyver acudía al rescate de una científica al País Vasco, donde una especie de grupo armado sudamericano, ataviado con chapelas, descamisados y con costumbres algo primitivas, nos quería dar la sensación de que era otra cosa, en una comparación absurda, sobre todo en aquellos años 90 del siglo pasado.

La serie se remataba con un matiz un tanto cutrecillo, y es que si el bueno de Richard Dean Anderson, que era el actor que encarnaba al personaje, pues atesoraba tantas virtudes, encima era un rompecorazones y en cada capítulo hacía una conquista, poco más o menos que tenía en cada episodio una nueva novia, como marinero en cada puerto. Y de verdad, esa deriva un poco machista, pues a mí no me gustaba nada, sobre todo porque cuando yo veía la serie me las veía y me las deseaba para hacer mis pinitos con las muchachas, y al MacGyver este le daba tiempo en tres cuartos de hora, a fabricar una bomba, salvar el mundo y encima enrollarse con una periquita, ¡abusón!

Y ahora vamos a desvelar algún secretillo, ¿era realmente Richard Dean Anderson un superhombre? Pues lamentablemente para él, no era para tanto, y en las escenas arriesgadas (caídas, saltos, golpes...) solía estar sustituido por un extra de acción, ¡qué pena!

Pero más importante que poner en tela de juicio al actor de MacGyver es ¿los trucos tenían fundamento físico? Aquí había que plantearse si ha habido alguien que se haya preocupado de probar si los experimentos de la serie tenían base científica y si realmente funcionaban. Es muy probable que a lo largo de este mundo muchos hayan intentado desmontar su efectividad, pero lo más serio que he visto viene de la mano de otra serie de televisión que está en emisión en la actualidad, se trata de «Cazadores de mitos», en una de sus entregas intentaron probar dos inventos de MacGyver. Uno era una especie de ultraligero hecho con cañas de bambú, en el que nuestro supermán se elevaba junto con un acompañante y huía de sus antagonistas; en la prueba real el ultraligero se despeñó por una montaña. En otro experimento intentaron derribar una pared introduciendo un gramo de sodio en agua, la explosión fue casi imperceptible. En definitiva los mitos «fueron cazados», y es muy probable que a lo largo de la serie, con una pequeña base científica se quisiera adornar algo mucho más magnificente.

De la vida pasada de MacGyver se conocía tan poco como tanto de su vida presente. Apenas trascendió que se había criado con su abuelo, que le encantaba el hockey sobre hielo, que tuvo muchas amiguitas, y que jamás se supo su nombre de pila, ¿o sí? En el último capítulo a nuestro héroe le sale un hijo que es una fotocopia de él, por su ingenio e inteligencia, el cual se llama Angus, y se quiere dar a entender que ese sería el verdadero nombre de MacGyver. De hecho, ese hijo es la justificación para acabar la serie, pues se larga con él a descansar y a conocer mundo, más mundo.

Por último, hay que citar a esos personajes recurrentes de la serie que suponían el adecuado complemento para este proyecto televisivo y su cabeza visible; así Pete Thornton (Dana Elcar), jefe de MacGyver en la Fundación Phoenix, y que se embarcaba con él en alguna que otra aventura; Jack Dalton (Bruce McGill), aviador y amigo de MacGyver, metido siempre en asuntos turbios y al que de vez en cuando había que salir a su rescate; Murdoc (Michael Des Barres), el archienemigo de MacGyver, que aparece a lo largo de la serie, tan escurridizo como tonto, ya que intenta liquidar a su enemigo más acérrimo pero siempre falla y muere, o eso parece, porque vuelve a escena milagrosamente unos capítulos más tarde.

En fin, una serie que de verdad no fue para tanto, pero que se ha quedado en nuestro subconsciente como un magnífico entretenimiento para los sábados por la tarde, y ese mérito no seré yo quien se lo quite.

sábado, 7 de marzo de 2015

JUGANDO A LA LIMA, UN REDUCTO DEL PASADO

Siempre que escribo algo con la etiqueta de juegos estoy con la misma cantinela, soy un poco pesado, me siento pesado para mí mismo, pero también me digo siempre que la percepción que tengo es real. Las nuevas tecnologías y maquinitas derivadas, han dado una estocada de muerte a los juegos en la calle y también a los tradicionales juegos de mesa.

Curiosamente el otro día me dijo mi hijo que quería que lo llevara a unos recreativos, ¿no sé en qué serie o película de televisión lo habrá visto? Efectivamente, esos recreativos que yo frecuentaba y bastante, en la década de los 80 y 90, han desaparecido. Tuve que hacer un esfuerzo intelectual para pensar dónde podría haber algo parecido: en algunos centros comerciales donde hay multicines, multinacional de la hamburguesería, restaurantes, hipermercado y tiendas variadas. No están mal las máquinas, pero desde la comodidad de manejar un ordenador, una tableta o un móvil en tu casa, la verdad es que se compensa bastante lo bueno de las máquinas recreativas actuales con toda su espectacularidad.

Ya no ves a los niños en la calle jugando a pillar, a carreras de relevos o al pañuelo, ahora cuando ves a niños en la calle a lo sumo van en bicicleta o están jugando al fútbol; la variedad lúdica brilla por su ausencia.

Imagino que esto irá por generaciones y que mis padres jugarían en la calle a unos juegos que yo jamás conocí, y mi hijo muchos menos que los que yo disfruté. Mi hijo tiene un curioso libro sobre pintores universales y sus cuadros más famosos y hay uno especialmente llamativo, se trata de la obra «Juego de niños» de Pieter Brueghel el Viejo, la tela data del siglo XVI y están preñada de matices, más de docientos cincuenta niños juegan en la calle a unos ochenta juegos distintos, muchos de ellos llamados al olvido, entre ellos quiero apreciar el que rememoro aquí. Es más, me atrevería a decir que si cualquier día normal actual pudiéramos ver con una cámara a lo que están jugando todos los niños de España, estoy convencido de que no llegan a más de cincuenta diferentes, es decir, mucho menos que lo que refleja el cuadro.

Pero yo intento que, por lo menos, a lo que yo jugué y con lo reconozco que me divertí, pues que mi hijo lo conozca, aunque luego él en su libre albedrío decida si le gusta o no le gusta. He de decir que mi hijo ha sucumbido a las nuevas tecnologías de forma inevitable, aunque yo intento tirar de él hacia la calle, pero es muy hogareño, demasiado, es más casero que un árbitro de regional.

El otro día hacía buena tarde y salimos a la calle a, como yo digo, apedrear perros (es una expresión que utilizo en plan castizo, pero que en ningún caso ejecuto porque me encantan los perros y, de hecho, tuve una hasta hace poco que era la mejor). Mientras él se afanaba con pico y pala en mover tierra, otro juego, yo recordé que tenía un trozo de barra de ferralla en casa y una pequeña lima de herrería. Tenía la perfecta excusa para intentar jugar a algo que podía hacer no menos de treinta y cinco años que no hiciera: A la lima.

Se llamaba así, la lima sin más, al menos en mi barrio ese era el nombre. Juego típico de la época otoñal e invernal, sólo se podía jugar cuando había llovido, pero no recién llovido; el terreno tenía que estar tierno pero no embarrado. La base fundamental del juego estriba en lanzar el trozo de barra metálica, del tipo que sea, e hincarla en el terreno.

En esta ocasión, esa buena tarde con mi hijo me inyectó un subidón de adrenalina, porque sí, se hincaba fantásticamente en la tierra y por un rato fui niño otra vez. Así que tras haber hecho la prueba de verificación, no había más que construir el terreno de juego, porque con estos sencillos materiales, facilísimos de conseguir, el remate era hacer un juego entretenido, no bastaba con hincar por hincar, aunque quiero recordar que algún juego consistía en hincar a una distancia larga sin más.

Realmente el juego que yo conozco, a buen seguro que hay muchas variantes, consistía en hacer un rectángulo en el suelo, de tamaño aleatorio, aunque yo diría que unas medidas estándar podrían ser 1 metro de ancho por 2 o 2,5 de largo; dispuesto ese cuadrante se dividía en ocho o diez cuadrados iguales. Yo, en esta ocasión probé con ocho cuadrados, y en cada uno de ellos puse un número. Por buscar alguna similitud, tiene semejanzas con los cuadrantes que se pintan en el suelo para el juego del tejo, otro gran olvidado.

La distribución de los números es longitudinal, es decir, a tus pies te encuentras dos cuadrados que son el principio y el final del juego, a la izquierda puse el uno y a la derecha el ocho, aunque esto se puede cambiar, de hecho, yo soy zurdo y mi subconsciente tal vez decidió hacerlo así porque me era más cómodo. De forma que comenzando en el uno, los números se suceden consecutivamente en línea recta hasta llegar, en mi cancha, al número cuatro, al lado lógicamente el cinco, y vuelta hacia atrás hasta el ocho.

El juego se sucede de la siguiente manera, se lanza la lima al cuadrado con el uno, si se hinca y está dentro del cuadrado, se pone un pie en el mismo y se pasa al dos, y así sucesivamente hasta llegar al ocho, una vez allí hay un círculo fuera, relativamente próximo donde hay que hincar también para completar la tanda. Si se falla en alguno de los números hay que comenzar desde el principio, y se le pasa el turno al rival o rivales. Si se consigue la tanda mi recuerdo me dice que esta vez no se empezaba por el uno, sino por el dos, y así consecutivamente hasta que uno hiciera ocho tandas, que aunque podían ser más cortas en lanzamientos algunas tenían su dificultad, pues por ejemplo, hay que lanzar al cuatro o al cinco de inicio, a unos dos metros de distancia y hay que tener cierta habilidad.

A todo esto, a mí me encantó revivir mis años mozos, más que nada porque hincaba bien la lima (mejor en mi caso el trozo de ferralla), le pegaba con fuerza, tal y como si hubiera jugado ayer con los amigos del barrio. Y mi hijo..., pues tampoco le llamó especialmente la atención, ¿qué se le va a hacer? Me hubiera gustado hacer algún campeonato mundial con él, pero siguió con sus herramientas moviendo tierra.

Ya digo, no sé, a estas alturas de la película, si todavía juega alguien en España a la lima, lo poco que he podido encontrar en Internet es gente de mi edad o mayor, rememorando al igual que yo su andanzas infantiles, y algunos nombres que se le atribuyen a juegos similares de «hincar algo metálico en el terreno», tales como la roma o la ronga.

En fin, puedo decir que las armas del juego las tengo a buen recaudo, que voy a seguir jugando, aunque a mi hijo no le apasione, y todo ello para no olvidarme que alguna vez fui niño y, de paso, para autoimponerme el cargo de ser probablemente el último reducto del juego de la lima en España.