sábado, 27 de agosto de 2016

BORBETOMAGUS, CAOS Y RUIDO EN BUSCA DE LOS LÍMITES DE LA MÚSICA

Borbetomagus, sí Borbetomagus, llevo varios años siguiendo a este sorprendente grupo estadounidense y no, no puedo decir que sea un grupo ante el que me rindo, pero sí que me gusta explorar nuevas músicas y saber que hay muchos sonidos más allá de lo convencional, horizontes que al gran público se le escapan y, sin embargo, se hallan.

Este veterano grupo forjado en Nueva York y que lleva ya casi cuarenta años haciendo música, y siguen en activo, se decantó por hacerse un hueco en el panorama musical a través de las improvisaciones, santo y seña del jazz, pero además haciéndolo en unas magnitudes que poco se habían divisado hasta esa fecha, estamos hablando de finales de los años 70 del siglo pasado.

Borbetomagus se especializó en la música ruidista, por ser lo más gráfico y concreto posible en cuanto a su definición. Luego podemos ir perfilando y hablar de que su música es electrónica experimental, post rock, vanguardia anárquica...

No, no piensen que esto es un cachondeo, cuando estos amigos se pusieron a componer hace ya media vida, se marcaron un mandamiento fundamental: sin reglas. Toman sus saxofones y su guitarra y las hacen sonar arrebatadamente, y se derriten con el instrumento entre sus manos, no se le puede sacar más sonido, más ruido; incomprensible sí, pero destilo cierta belleza en el caos, no es fácil de entender, pero a veces esa distorsión provoca en el escuchante otros efectos que también la música busca. Al fin y al cabo, todos hemos escuchado rock duro con cantantes que se batían el cobre entre alaridos y tampoco nos hemos rasgado las vestiduras, y suelen ser gente además que llena estadios.

Resulta cuanto menos curioso ver al trío de sesentones o setentones formado por Donald Miller (guitarra eléctrica), Jim Sauter (saxo) y Don Dietrich (saxo) que en sus conciertos se presentan como un grupete de veteranos músicos de los que uno podría pensar que, bajo su aspecto bonachón y afable, nos van a cautivar con deliciosas melodías; pero es darse a sí mismos el pistoletazo de salida, y su propuesta es extrema, es intentar buscar hasta dónde pueden llegar con el ruido, una pelea sonora.

Los saxos suenan desgarrados y la guitarra lucha por quitarle protagonismo, y lo consigue cuando mínimamente sus rivales tienen un momento de titubeo. Y es que en sus improvisados conciertos las actuaciones duran no menos de media hora, eso sí, tienen que activarse previamente con unas buenas pintas de cerveza para tomar fuerzas por lo que viene. Y lo que viene no deja indiferente a nadie, los saxos parecen entablar una batalla sin tregua, en la que la guitarra les va cortando miembros.

Buena parte del éxito de sus propuestas, al menos considerando la longevidad de su proyecto, se debe fundamentalmente al papel vertebrador que ejercen los saxofones. El saxofón podemos decir que es el instrumento más moderno entre los clásicos, inventado a mitad del siglo XIX por Adolphe Sax, todas las composiciones anteriores a esa fecha no lo contemplan, por lo que por regla general la mayor parte de las orquestas clásicas no cuentan con este instrumento, por supuesto, hay que buscar obras posteriores donde ya sí cuentan con su juego.

Como he sido estudiante de saxo, y por azares de la vida lo tengo aparcado espero que no definitivamente, he experimentado que se trata de un instrumento con una enorme cantidad de posibilidades acústicas, no es solo su versatilidad con las notas en diversas octavas, uno de los más amplios rangos del espectro musical, sino que se pueden ejercer un gran abanico de efectos sonoros «especiales», entre los que yo destacaría los multifónicos, una conjunción de teclas que permite que los sonidos se disocien en el interior del instrumento, incluso que salgan por diferentes puntos, de tal forma que salen dos o más sonidos distintos a la vez que tienen percepciones muy diferentes, una de ellas podría parecerse al claxon de un camión. Muchos de estos multifónicos, por no decir todos, son explorados por Borbetomagus, que en cada actuación están inventando, explorando, llegando hasta el límite. De hecho, para reforzar estos efectos se valen de todo tipo de mecanismos electrónicos pero también de artilugios de su invención para alterar más si cabe los sonidos.

Su música agresiva, que lo es, es ante todo un grito de libertad y yo me la tomo así, ellos tocan y tú te refugias en ti para experimentar la primera sensación que se te venga en gana, no hay ideas recluidas, hay libertad sonora y también de pensamiento.

Curiosamente a estos pioneros del jazz libre o de la música del ruido, les han salido muchos seguidores, han creado escuela, y no podemos decir que haya una legión de fans, pero tienen su público. Borbetomagus se gana la vida con esto, no nos engañemos, y eso nos da la dimensión de que hay criterio en lo que hacen pese al patente caos. Y sí, han estado en España, en concreto lo hicieron en Barcelona en el año 2013.

Borbetomagus exprime la música que hay en sus instrumentos, no cabe más, acaban extenuados, dispuestos a tomar más gasolina en forma de cerveza y tal vez nos deleiten con otra composición desorbitada. Por supuesto, para muestra un botón.

Por cierto, Borbetomagus, imagino que le pusieron el nombre porque es sonoro y rimbombante como su propuesta musical, es el nombre celta de una antigua ciudad situada en la Germania y hoy denominada Worms en Alemania, en la región de Renania-Palatinado.

Pues eso, no se dejen engañar por este trío de ancianitos encantadores, van a triturar los sentidos del que se ponga por delante, y seguirán tocando para Vd. hasta que sus fuerzas no se lo impidan. Remedando a la Faraona, permítaseme la licencia, no tocan, no es música, pero aunque sea una vez en la vida, no se los pierdan.

sábado, 20 de agosto de 2016

LOS ZAPATEROS REMENDONES, UN OFICIO A TRAVÉS DE TRES MANOLOS

Nunca me he caracterizado por ser un hacha en los trabajos manuales, soy ciertamente bastante torpe y chapucero; de hecho, uno de los grandes anhelos de mi vida ha sido siempre el haber podido un cierto don para pintar y dibujar bien, entre otras habilidades, pero nada de nada. Aunque me empeño en estas tareas los resultados de mis chapuzas resultan ser precisamente eso y sólo cuando consigo tener algún éxito, porque mi escasa pericia no se pone a examen, es cuando me alegro enormemente y lo pregono a los cuatro vientos. El truco (revelado) es que tengo éxito en cosas algo complicadas en la teoría y muy fáciles de desarrollar en la práctica. Uno de los más claros ejemplos es aquella entrada que hice hace unos meses relativa a los aviones de papel, una actividad fácil y, sin embargo, muy efectista.

Pues nada que mi anhelo de haber sido un manitas se ha quedado en eso, aun así yo disfruto haciendo trabajos manuales aunque los resultados a veces sean desastrosos, como también disfruto cuando veo a gente mucho más hábil y mañosa que yo haciendo esas tareas que a mí me gustaría desarrollar con la misma destreza. Relaja ver programas de televisión como Bricomanía, donde el presentador se la arregla para hacer un banco reciclado para el jardín con perfecto automatismo.

Si hubiera tenido que definir en mi persona una profesión de cuello azul en función del número de horas que he visto desarrollar la misma, probablemente y sin temor a equivocarme, hoy día sería un zapatero remendón.

Mi infancia en uno de los barrios de expansión de Linares a los alrededores de la factoría de Metalúrgica Santana, fue la de un niño en un zona obrera de clase media, en la que se daban cita en esos bloques de viviendas hechos como setas, una legión de obreros con sus familias procedentes de todos los puntos de la provincia de Jaén y en menor medida del resto de Andalucía y parte de la La Mancha. Nuestros vecinos de planta eran de Torredelcampo y Manolo el padre de familia dedicaba buena parte de las horas libres que le dejaba su oficio de metalúrgico a arreglar zapatos, se dedicaba a ese noble oficio de zapatero remendón.

Manolo Rodríguez Blanca era un profesional muy fino y lo es hoy día, porque pese a que ya rondará los 80 años, aún me consta que sigue ocupado en ese oficio en su localidad natal. Manolo trabajaba con singular delicadeza las pieles, las gomas, los pegamentos, las agujas, los hilos y las puntas. Un sinfín de herramientas colmaban el reducido espacio de una habitación cuyo tabique daba al cuarto de estar de mi piso y donde Manolo se afanaba en apañar los zapatos que la gente de la calle le traía, alentada por la sutileza y durabilidad de sus trabajos.

Fueron muchas horas las que me pasaba sentado enfrente de Manolo viéndolo trabajar, seguro que si yo me hubiera empeñado en ese momento en que me enseñara el oficio, tal vez mi torpeza supina en los trabajos manuales estaría hoy minimizada. No obstante, en mi mente se quedaron muchas de las operaciones que se han de realizar para arreglar un zapato, aunque eso sí, sólo en la mente. Como también ha quedado en mi memoria una de las herramientas que más me llamaban la atención, se trataba de un potente imán en forma de U que Manolo apenas usaba y con el que yo me entretenía descubriendo el atractivo del magnetismo.

El trabajo más típico era el de poner tapas a zapatos o botas; el calzado de hace treinta o cuarenta años era mayoritariamente de piel natural, pues los plásticos y materiales sintéticos llegarían a esta industria más recientemente, de tal manera que su pervivencia media era sustancialmente mayor que el calzado de hoy, y merecía la pena arreglar esos zapatos porque iban a durar varios años, y porque, tampoco nos engañemos, antes no teníamos tantos pares de zapatos como hoy en nuestros armarios, y había que ser eficientes con los bienes escasos.

Pero el trabajo de Manolo no sólo se ceñía a esa clásica labor de las tapas, también cosía y remendaba, arreglaba carteras, bolsos, cinturones, ponía hebillas y remaches..., incluso me confesaba que era capaz y lo había hecho de joven de fabricar botas desde cero, algo que ya no se estilaba pues en los años 70 y 80 en España la industria del calzado en nuestro país ya era muy pujante, fundamentalmente la procedente de la provincia de Alicante, y no resultaba rentable fabricar artesanalmente el calzado, salvo que fuera un trabajo muy específico, casi un capricho.

Con Manolo pasé muy buenos ratos; su propio oficio, como el de muchos que tienen que estar largas horas sentados con la presencia eventual de clientela, daba un juego que se repite bastante en el perfil de estos profesionales, la radio siempre puesta y una buena y rica conversación de todos los temas, en la que no se imponen las ideas, siempre se escucha al que está enfrente y no se adoptan posturas radicales. Nunca olvidaré que el día del fallido golpe de estado del 23 F, yo estaba sentado frente a él, y asistimos con cierta sorpresa a aquella narración y los disparos que nos llegaban desde el Congreso de los Diputados; no recuerdo que nos pusiéramos muy nerviosos, que sinceramente aquel incidente lo viví con relativa calma, mi familia era trabajadora sin ninguna vinculación política, gente normal que, en principio, nada debiera temer al futuro.

¿Y por qué me he decidido a escribir sobre los zapateros remendones? Porque recientemente he tenido que acercarme a arreglar unos zapatos a otro artesano veterano, este de Bailén, la localidad en la que resido, y este también se llama Manolo, Manolo Comino Montilla para más señas, un zapatero que ronda los 75 años, y como si se repitiera la historia también me invitó a sentarme durante unos minutos frente a él mientras terminaba de apañarme el calzado.

Aquella conversación con el Manolo de Bailén, me permitió hacer un salto atrás en el tiempo para caer en que aun conocía a un tercer Manolo, este de Begíjar, el pueblo de mis padres, Manolo Canuto que es como se le conoce, y que curiosamente cumple con muchas de las características del zapatero remendón veterano. Este también cercano a la ochentena, buenísimo conversador, con la radio siempre puesta, y además con la peculiaridad de que en su localillo se liga (se echa la liga o la ligá, como habitualmente se le llama en Andalucía al aperitivo previo al almuerzo) desde que el mundo es mundo, sobre la una del mediodía, cada día y más o menos a la misma hora, todo un rito, y así será hasta que a Manolo le queden fuerzas.

Casualmente los Manolos de Bailén y Begíjar tienen una pequeña minusvalía en las extremidades inferiores, que tal y como me comentaba recientemente el de Bailén, le hizo declinarse por este oficio, parece que predestinado a personas con no muy buena movilidad y que les impediría desarrollar las labores del campo, oficio casi único hace sesenta o setenta años.

Realmente no sé cómo les va el negocio - afición a los tres, pero el de Begíjar siempre ha tenido muchísima faena, de tal guisa que dejarle unos zapatos y fiarte de que te los iba a arreglar en el plazo señalado era una entelequia, y había que personarse en su taller, y forzarle un poco a que te los arreglara en su presencia; trámite que las veces que tuve oportunidad, lo hice con cierta animación por ver por un lado, esa labor que yo he conocido desde niño y, por otro, por el ambientillo que se genera en su zapatería, probablemente la más animada de las tres que he conocido personalmente. Por cierto que el Manolo de Begijar, que debe ser como el único zapatero remendón de la comarca, y de ahí su exceso de tarea, está especializado en forrar zapatos y su trabajo es muy apreciado en buena parte de la provincia de Jaén.

Con el Manolo de Bailén repasé hace unos días el futuro de este oficio, representado curiosamente para mí en estos tres Manolos que jamás se conocieron entre sí, un oficio que este hombre me confesaba que tendía a desaparecer como tal, ya se sabe, el calzado es cada vez de menor calidad y no merece la pena arreglarlo, o si se rompe me compro otro. Es más, me confiesa que nunca se han metido con él y que realmente es un pasatiempo (para él y para los tres) dada su edad, con la vida resuelta, el estar en su taller le da fuerzas para seguir viviendo, a él y al resto. Eso sí, la decoración de sus talleres se confecciona con un muestrario de zapatos y botas que alguien dejó allí para su arreglo y jamás volvió para recogerlos.

De hecho el oficio hoy se ha ido reciclando y buscando nuevos horizontes de expansión; conforme a la escasa demanda de arreglos los jóvenes zapateros, más mecanizados, intentan tener una oferta más amplia, con la copia de llaves, el afilado de cuchillos, la venta de plantillas y betunes...

En definitiva, aunque el oficio de zapatero remendón no desaparecerá por completo, sí que lo hará por desgracia dentro de no mucho una concepción romántica y artesanal de este oficio, que se irá con cada uno de estos hombres, con estos tres Manolos a título de nostálgico ejemplo, que cada día ven la luz en su vida abriendo el negocio de su zapatería.

sábado, 13 de agosto de 2016

¿CÓMO CONSERVAR MI COLECCIÓN DE SELLOS?

Si este blog que nació como un entretenimiento de fin de semana, y que yo califico como ecléctico o cajón de sastre, tuviera que definirse por la percepción que tienen de él los que lo visitan, hay que decir que no se revelaría tan anárquico, básicamente porque de las diez entradas más visitadas cinco corresponden a la etiqueta de coleccionismo.

Ya lo he referido en más de una ocasión que para mí el coleccionismo, y concretamente el de sellos, es una afición más, y en el blog no representa, bajo mi criterio, mi punto fuerte; a mí lo que más me gusta son los deportes, probablemente mi pasión frustrada, porque me imagino no sólo haber sido más deportista que lo que la vida me ha permitido, sino haberme metido más en la gestión deportiva y, por supuesto, haber podido estudiar periodismo y haberme podido dedicar profesionalmente a ser comentarista deportivo, pero esto es hacer castillos en el aire, y tal vez esto me ocurre cada vez que vivimos unos Juegos Olímpicos.

Comoquiera que la realidad nos pone a cada uno en su sitio, y al final uno es el que es e intenta no creerse más que nadie, pues aquí vivo con mi circunstancia y a falta de ser periodista deportivo frustrado, al menos de vez en cuando alimento esa frustración trazando unas líneas en esta bitácora.

Pues bien, no siendo una frustración sino ocupación constructiva de mi tiempo libre, el coleccionismo es una de esas esferas agradables y relajantes de mi vida, cuando tengo tiempo para él, y de las pocas cosillas que sé, voy también trasladándolas a este blog, despertando un interés más que superior en mis anónimos lectores que el que yo auguraba cuando me puse a elaborar los artículos relacionados con esta temática.

No sólo me han reportado sorpresas insospechadas las referidas entradas, como la entrevista de hace unos meses con Euskadi Radio, sino que rara es la semana que no recibo un correo solicitándome tasación de la colección de sellos que alguien ha heredado de un tío o de un familiar suyo fallecido. De hecho, a raíz de los innumerables comentarios en la entrada correspondiente, que son públicos y donde la gente pone hasta su número del móvil, he tenido que resaltar que para este tipo de consultas pueden dirigirse a mi correo electrónico personal para preservar la privacidad de ese dato telefónico, porque en estos tiempos que corren ya se sabe.

He de decir que en algo están fallando los coleccionistas mayores y que van falleciendo y es que no lo dejan todo atado y bien atado, una colección de sellos, me reitero en lo comentado hasta la saciedad en este blog, salvo casos muy excepcionales, no sólo tiene más valor sentimental que económico, sino que en el caso de que se optara por venderla, sería complicado encontrar un comprador que ofreciera una cantidad justa. Pero es que esa gente aficionada deja este mundo y los herederos se encuentran con el marrón de qué hacer con esa colección que, sin comerlo ni beberlo, ha llegado a sus manos, y que hasta puede ocupar un espacio imprescindible en sus domicilios.

Como no suelen tener salida dichas colecciones y este blog trata de dar respuesta a esos profanos en la materia, a mucha gente le recomiendo que no se desembarace de esas colecciones, que a la vista de la escasa demanda no es malo dejar la colección tal cual está, tal cual la recibió de su difunto, porque en términos muy generales, la misma «no come pan».

Pero claro, entramos en la segunda disyuntiva, ya que he decidido que me quedo con ella, para esperar momentos mejores en los que la filatelia renazca (dudoso en España), o para que en un futuro alguien de mi familia se pueda interesar, y que parto de la base de que no tengo ni idea de filatelia, pues nos planteamos la cuestión de cómo conservar una colección de sellos. Dicho de otro modo, en una comparación probablemente poco acertada, es como si heredara un animal doméstico y jamás he tenido uno, es el momento en que tengo que mirar páginas de Internet, preguntar a gente. La única diferencia es que de perros sabe mucha gente y sobre filatelia la información está bastante dispersa.

Dicho esto y por acotar el ámbito en el que nos movemos, yo no aspiro a ser un gurú del coleccionismo y la filatelia; está claro que el que llega a esta bitácora no busca una opinión experta sino una ayuda. El que busque una opinión cualificada es muy probable que no tenga una colección de andar por casa, con la que se entretiene y disfruta, tendrá una colección de gran valor, con sellos o series únicas, y eso ocurre en el 0,001 % de los casos o más, entonces busca la opinión de gente muy experta, profesionales que se ganan la vida con esto. Para ese más del 99 % restante aquí tiene su respuesta, humilde bien es cierto, y eso sí bastante resumida.

Para empezar hemos de manifestar una obviedad, los sellos son papel en su mayor parte (más tintas y goma), es decir, se trata de un material vegetal, construido en términos concluyentes con la misma base con la que se hacen los libros. Por la fecha de su nacimiento, 1840 en Gran Bretaña y diez años más tarde en España, estamos ante un invento relativamente contemporáneo; si tenemos incunables de hace varios siglos conservados en magníficas condiciones hoy en día, con los sellos habría que operar sustancialmente igual para que prevalezcan durante siglos.

Ahora bien, nuestra efímera existencia juega a nuestro favor, aunque en cierta forma, también en nuestra contra. Y me explico, yo diría que ni aun teniendo una colección en unas condiciones no cercanas a lo óptimo, vas a poder vivir para verla sin que aprecies problema alguno de conservación, esa es la parte buena; la mala es obviamente que la colección, como si de una longeva tortuga se tratase, sobrevivirá a ti y tú no podrás disfrutarla más que el recorrido de tu existencia, trasladando el fruto de tu afición a otros que muy probablemente, tal y como la realidad nos está revelando, si tú no te has encargado de aleccionarlos, como tampoco ocurre, se convertirá en un problema para ellos.

No obstante y visto que un aspirante a ser coleccionista o un coleccionista consumado ya, que tiene un conjunto de sellos más o menos ordenado, que cuida, que quiere y que le entretiene, casi está obligado a mantener la colección en unas mínimas condiciones de conservación.

Podemos entender desde el punto de vista académico que hay unos riesgos intrínsecos y otros extrínsecos. Los intrínsecos son los puros condicionantes ambientales: humedad, temperatura, luz, plagas..., digamos que sobre estos tenemos capacidad para combatirlos con medios a nuestro alcance. Los extrínsecos supondrían aquellos que gravitan sobre las condiciones de seguridad: robo, fuego, inundación, extravío...; estos no están tan a nuestro alcance combatirlos, forman parte del riesgo de la vida, y vamos a imaginar que vivimos en un mundo ideal donde no pasa nada, o no nos va a tocar la lotería desagradable a nosotros.

Por tanto, centrándonos en esos riesgos intrínsecos, hay que subrayar que los enemigos de los sellos y del papel son la luz, la humedad y los cambios drásticos de temperatura; para un supercoleccionista que se ha gastado millones en sellos, no le costará mucho disponer de una habitación con una temperatura constante, casi acorazada y los sellos guardados en álbumes, y si ya se tiene algún dispositivo para eliminar la humedad pues tanto mejor. Para coleccionistas aficionados como yo, bastará con tener los sellos en sus clasificadores y sus cajas (de puros), mejor en estanterías o, en todo caso, en un lugar no cercano al suelo, para evitar la humedad, y en una habitación que no sea de paso.

Lo de la caja de puros es una especie de máxima para los coleccionistas de sellos, en realidad cualquier caja podría valer, incluso la de zapatos, pero como es sabido, las cajas de puros son de madera, son sólidas y suelen tener un cierre para mantenerlas bastante herméticas.

En realidad la conservación de papel en condiciones ideales aconseja disponer de sistemas de ventilación que mantengan la temperatura en torno a los 22 grados centígrados, pero eso es imposible para todos los que me leéis, por eso, todo bien cerradito y archivado para que los cambios de temperatura se minimicen.

Para combatir las plagas, básicamente hay que estar atentos a tu entorno y ver si han atacado antes alguna otra parte de tu casa, fundamentalmente las polillas que atacan la madera, y que potencialmente también querrían pegarse un festín con tus sellos. En todo caso, yo suelo limpiar la habitación donde tengo los sellos de vez en cuando, utilizo una aspiradora para el suelo y después la suelo dejar encendida un rato boca arriba al aire, apoyada en un silla para que aspire el polvo del ambiente. Y al final le pego una buena pasada con un insecticida común y cierro la puerta, y ya tengo mi propia cámara acorazada en condiciones óptimas.

¿Se pueden tocar? Pues sí, mis sellos son vulgares, pero tienen un valor incalculable para mí. Si tuviera algún sello muy valioso, no es el caso, lo tocaría con pinzas, que las tengo, o con guantes. Como esto es muy engorroso, yo siempre me lavo las manos con jabón antes de empezar a manosearlos, con objeto de minimizar la impresión de la grasa de los dedos en los sellos.

En cuanto a la luz, el concepto propio de nuestra existencia antes aludido, va a preservar el papel de un sello durante toda nuestra vida; en principio porque por mucho que disfrutemos de los sellos, nuestra colección difícilmente va a estar expuesta de una manera constante a la luz; es obvio que si un sello lo colocáramos al sol de Andalucía durante un verano entero, el sello ya no sería el mismo, se abarquillaría y a buen seguro que tomaría un color amarillento, es decir, favoreceríamos un envejecimiento acelerado, pero no vamos a hacer esto.

Ya digo que podemos estar tranquilos y disfrutar de nuestra colección las veces que queramos, para ver ese sello que nos interesa recordar, para enseñarle los sellos que tienes de Moldavia a tu vecino, o para hacer tus pinitos y montar una lámina para participar en una exposición. De hecho, grandes coleccionistas y no tan grandes suelen participar en exposiciones filatélicas, bajo mi punto de vista algo decimonónicas y ajadas, sus colecciones viajan de un punto a otro de España o del planeta y no se inquietan ni por la luz, ni la temperatura, ni por nada. Confían en que los comisarios de las exposiciones cuiden sus tesoritos y estos a su vez son muy fiables, tratan las colecciones como si fueran suyas y los lugares de exposición suelen ser lugares con una temperatura media cercana a lo ideal, con luz artificial y con unas aceptables condiciones de seguridad.

Pues nada, disfrutemos de nuestra pasión, con unos mínimos y casi obvios cuidados de conservación y vamos a disfrutar de los sellos hasta el final de nuestros días prácticamente en las mismas condiciones en que llegaron a nosotros.

sábado, 6 de agosto de 2016

GEORGE GERVIN, UN «JUGÓN» QUE HIZO PARADA TÉCNICA EN ESPAÑA

Me hubiera sido muy fácil preparar una entradilla para los Juegos Olímpicos de Río, pero ya tengo bastante con centrarme en ellos y no diluir mi mente en buscar historias de las muchas que hoy y estos días se van a publicar en prensa, radio, televisión y redes sociales; estamos bien servidos, historias chulas y alucinantes que nos harán visionar con mayor ahínco esta épica cita cuatrienal.

Pero tampoco me voy a apartar del deporte, para no alejarnos del buen camino, porque el fichaje de Andrea Bargnani que esta temporada recalará en la ACB, en concreto en Laboral Kutxa Baskonia de Vitoria, me hizo recordar otra historia ya casi olvidada, la de uno de los mejores jugadores de baloncesto de la historia que llegó a jugar en la liga española.

Siempre me he sentido muy atraído por el baloncesto, de hecho, creo que juego mejor al baloncesto que a cualquier otro deporte de equipo, aunque haya jugado más al fútbol. Aún dispongo de una pelota de baloncesto y cuando puedo echo unas canastas en alguna pista pública de mi localidad. En la década de los 80 me sabía el cinco inicial de todos los equipos de la ACB, por aquel entonces la NBA la seguíamos muy de lejos y gracias a que Fernando Martín ingresó en la misma en 1986, fue cuando TVE se decidió a retransmitir partidos y nos pusimos al día, más o menos. En aquella época un tal George Gervin ya había dejado su legado en la NBA y no pudimos disfrutarlo en directo, hasta que en 1989 fue fichado sorpresivamente por el TDK Manresa.

Por cierto, Bargnani fue número 1 del draft de la NBA (en Estados Unidos tampoco ha cuajado como una grandísima estrella) y no es el primer número 1 que juega en la ACB, hace unos años estuvo en Málaga Ralph Sampson (junto con Hakeem Olajuwon una de las «Torres Gemelas» de los Houston Rockets), aunque con más pena que gloria. George Gervin no fue un número 1 del draft, ni siquiera por su elección de salida era un jugador del que se esperara mucho (el número 40), tal vez del montón en sus inicios, pero sus números en la NBA fueron sensacionales hasta el punto de que hoy día es una leyenda del baloncesto mundial.

Pero como digo, ante nuestro desconocimiento de la NBA anterior al año 1986 un buen día apareció por España este tal George Gervin, al que yo confundí en su momento con el nombre de George Gershwin, a la sazón pianista y compositor estadounidense del primer tercio del siglo XX. Y tal y como apareció comenzaron a cundir las noticias sobre este genio, un anotador implacable, que llegó a conseguir el título de máximo anotador de la NBA en cuatro ocasiones, sólo superado por los míticos Michael Jordan y Wilt Chamberlain; jugó nueve Partidos de las Estrellas (All Star Game) de 1974 a 1985, siendo MVP en 1980 de uno de esos mediáticos partidos; elegido cinco veces en el mejor quinteto de la NBA; miembro del Salón de la Fama de la NBA desde 1996. Los mejores años de su carrera los disputó en los San Antonio Spurs, donde retiraron el nº 44 que estampó el dorso de su camiseta durante su carrera. El único debe en su carrera deportiva, tal y como les ha pasado a otras grandes estrellas en deportes colectivos, es que no logró conseguir ningún anillo de la NBA.

Pero entonces, ¿qué le hizo aterrizar en España y enrolarse en un equipo de la clase media de la liga? Pues lo curioso es que el secreto de su sorprendente fichaje no fue tal secreto y fue más que comentado que su «desconexión» con la NBA no fue nada plácida, un juguete roto del que hemos conocido muchos en el mundo del deporte profesional. Por entonces estaba en fase de desintoxicación de alguna que otra sustancia nociva y venía a Manresa como un incentivo para continuar su terapia, que no podía ser más magnífica, es decir, centrarse en practicar el deporte que más le gustaba, aunque alejado de la presión de las grandes masas.

Gervin era conocido en la NBA como «Iceman», un tipo serio, poco expresivo, que jugaba en la demarcación de escolta pese a sus 2,01 m.; su especialidad era el lanzamiento exterior, aunque también son recordadas sus entradas a canasta con una especie de «bomba» al más puro estilo de la que popularizó posteriormente en el baloncesto europeo Juan Carlos Navarro. Decían los que entrenaron y jugaron con él que tenía una muñeca privilegiada y unos dedos casi de pianista, capaces de darle un sutil último toque a la bola para conseguir el ángulo perfecto.

En alguna ocasión tuve la oportunidad de ver partidos de la ACB con el concurso del TDK Manresa y de Gervin, daba la impresión de que Gervin no formaba parte del equipo, o sea, él no hacía juego de equipo, cuando él recibía el balón él se la jugaba, no había más táctica; lo lanzaba todo, hasta a su padre si hacía falta. Es obvio que sabía a lo que jugaba y por poco que contribuyera con la calidad que atesoraba ya era mucho para un equipo de segundo nivel en España, poca espectacularidad y mucho juego práctico, un auténtico hombre de hielo, incansable en su manía contra el aro rival. De hecho, se le veía un poco apático en el campo, como una especie de abuelete invitado al partido, con camiseta de manga cortas y mallas debajo de la equipación oficial, pero aun así sus números le valieron al TDK Manresa para mantener la categoría, durante la temporada regular promedió 25 puntos por partido.

El TDK Manresa sufrió mucho esa temporada 89/90; entonces la competición tenía un sistema un tanto enrevesado, en el que los equipos se dividían en dos grupos, los buenos y los malos, solo los dos mejores entre los malos lucharían por el título, y los peores entre los buenos jugarían por un hipotético descenso. El caso es que TDK Manresa mantuvo la categoría en el último suspiro, en una eliminatoria final contra Tenerife Nº 1 donde Gervin promedió en los cuatro encuentros disputados la friolera de 36,5 puntos, una bestialidad para un tipo con 38 años en el ocaso físico y mental de su carrera.

A propósito, George tenía un hermano baloncestista menos conocido y de un nivel inferior que llegó a jugar en España, se trataba de Derrick Gervin, que estuvo dos temporadas en el Cajasur Córdoba (en la antigua Primera B) donde, como si fuera un clon de su hermano, se hinchó de anotar con medias por encima de los 40 puntos en esos dos años. Eso sí, por lo visto en defensa se esforzaba poco, de tal guisa que se decía de aquel conjunto cordobés que defendía con cuatro y atacaba con uno.

Por suerte, George Gervin superó sus adicciones y hoy cuenta con una especie de fundación de ayuda que se centra en la educación de niños y jóvenes a través del deporte, como modo de construirles un futuro alejado de los fantasmas de las drogas y la delincuencia.

Por tanto, valga desde aquí este pequeño homenaje a este que ha sido hasta ahora el jugador más laureado de los que han jugado en España, una estrella que nos llegó ya un tanto apagada, pero que dejó una huella indeleble. Un auténtico «jugón» tal y como lo hubiera definido el añorado Andrés Montes.

domingo, 31 de julio de 2016

"RIÑA DE GATOS. MADRID 1936", DE EDUARDO MENDOZA

Llegó este libro a mis manos gracias a un buen amigo, Miguel Ángel Angosto, y a la sazón seguidor de este blog, que a buen seguro vio reflejado en el mismo mi aprecio literario hacia Eduardo Mendoza o tal vez alguna vez lo comentamos en nuestras conversaciones, siempre alejadas de lo prosaico.

Pues sí, me gusta mucho Eduardo Mendoza y he de manifestar muy a mi pesar que este libro me ha decepcionado. Ya he comentado en alguna ocasión que es cada vez menos orientador el hecho de que una obra haya ganado un premio importante, particularmente esta consiguió el Premio Planeta en 2010. Y es que este galardón está hecho para autores consagrados, es un premio consagrado, y busca hacer caja y no sé en qué momento se apartaron de la calidad literaria sin tacha alguna, para pasar a ser un premio especulativo impulsado por una editorial que busca portadas y nombres, dejando en segundo plano otros factores que se debieran ponderar más, básicamente el contenido, el fondo y la calidad. O es esto, o como siempre pregono, yo soy muy corto de miras, no es descartable, o lo que se presenta debe tener un tono gris, por subrayarlo de algún modo.

Y ya digo que me pesa porque Mendoza es de mis autores preferidos; pero aquí no acierta, comienza a construir una historia que es atractiva, y comienza a liarla y a liarla de tal forma que al final todo interés inicial se diluye.

Curiosamente, en una asociación de ideas un tanto caprichosa, el devenir de esta historia me ha recordado al cura de la parroquia de mi barrio a la que yo iba de pequeño. Don Luis era un hombre bueno, una buena persona, lo cual no es una cualidad que implique necesariamente provocar una vocación sacerdotal, y él no creo que tuviera una vocación exacerbada; aunque lo que peor llevaba eran los discursos, por más que cada domingo se subiera al púlpito, mi padre señalaba de él que sabía empezar pero luego no sabía salir. Y el no poder salir se convertía en una especie de lío de madeja de proporciones desorbitadas que le llegaba a poner en duda todo y sobre todo le hacía terminar de la forma menos edificante, de hecho, aún recuerdo alguna vez en la que decía algo así como: «¿Dios existe? Pues me parece muy bien, pero no lo sabemos, porque nadie lo ha visto». Sus homilías eran para enmarcarlas, pero por lo poco ortodoxas que eran, y eso que estaban dirigidas a niños.

En una suerte de maraña se fue metiendo Mendoza en este libro que mantiene el interés hasta la mitad poco más o menos, pero cuando el enredo pasa a ser cada vez mayor y la sensación de que el final va a ser errático, es cuando uno se desespera, se desencanta y aspira a que se pueda enmendar en algún momento o que el final nos depare una sorpresa mayúscula que compense la pesada espera o el largo caminar por el desierto.

Tenía buenos mimbres para hacer un gran cesto, pero bajo mi punto de vista se queda en el intento. Es invierno en el Madrid de 1936, la Segunda República instaurada en nuestro país, acaban de concluir las elecciones de febrero en un clima más que caliente, con la victoria de la alianza de izquierdas del Frente Popular pero con la victoria moral de las derechas, con la CEDA a la cabeza. Existe enorme tensión social y grandes desigualdades, con los militares más nerviosos que un avispero y, sobre todo, con la sensación de que la Segunda República no terminaba de satisfacer los objetivos que la proclamaron, provocan que se vivan momentos muy convulsos que presagian, y parece que no fue una sorpresa, el levantamiento militar que se produciría unos meses más tarde.

No ajeno a todos estos elementos aparece en escena un inglés Anthony Whitelands, un experto en arte que viaja a España con la misión de tasar unos cuadros de una familia aristocrática que, en principio, necesita liquidez para largarse de España ante la inminente confrontación bélica.

El trabajo que, inicialmente, es un trámite sencillo comienza a complicarse cuando se revela que lo que tenía que tasar no era lo que le dijeron sino un cuadro enormemente valioso y desconocido que el inglés atribuye a Velázquez y que supone un giro relevante en la historia del arte. Y es cuando a Whitelands comienzan a aparecerle personas interesadas en inmiscuirse en su días de visita profesional en España: la propia familia aristocrática que le contrató, la policía española, el Gobierno republicano, la Embajada británica, la Falange, los comunistas y hasta una prostituta a la que pretenden hacerla su protegida. Y, a todo esto, se suceden en el libro personajes históricos que en esos días también tuvieron contacto con el tasador: José Antonio Primo de Rivera y los miembros más destacados de la Falange en esas fechas, el presidente Azaña, Francisco Franco...

El problema es que no me represento a Anthony Whitelands, no me hago una imagen mental de cómo sería o cómo Eduardo Mendoza quería que hubiese sido. El caso es que no he podido llegar a esa representación, porque básicamente me ha parecido un personaje paniaguado y muy alejado de las virtudes que el resto de personajes de la novela parecen atribuirle. En un dechado de virtuosismo el interés que despierta el inglés en todo quisque es tal que en cada capítulo del libro aparece un nuevo personaje que interactúa con Whitelands, y cada vez más, y cada vez más personajes, llegados a un punto en el que si uno no lleva un cuadernillo para tomar notas, o lee el libro de un tirón, algo que no está a mi alcance, pues se pierde; se pierde porque Eduardo Mendoza traza una red que visto el final se revela incomprensible e insustancial, en definitiva, poco creíble y además es como si la historia se desinflara porque esa red no está bien tranzada, tiene destacados fallos argumentales.

Y a todo esto, en otra ida de olla de las mías, llámese asociación de ideas de andar por casa; pues resulta que tengo un compañero de trabajo que me dijo una vez acerca del proyecto ganador del diseño de un parque de mi localidad, el cual había salido elegido en contra de su criterio, que el mismo era un «Todo 100», un poco de todo y sin esencia. Pues eso le pasa a «Riña de gatos. Madrid 1936», no se sabe muy bien qué es, es historia, arte, novela negra, humor, amor, costumbrismo. En otro contexto me hubiera parecido interesante la mezcla, en este producto me deja con mal sabor de boca.

Por cierto, como último dato y esto ya no va contra el escritor barcelonés, descubro últimamente demasiadas erratas en los libros (he fotografiado una que he visto en este para que conste), una me merecería ser indulgente, pero dos o más me parecen reprochables para un editorial como Planeta que se tiene dinero para pagar fuertes sumas a los autores estrellas de su premio literario, también debiera contar al hilo con un equipo de correctores a los que no se les escapara ni una.

Lo siendo Eduardo Mendoza, me sigo quedando con «La ciudad de los prodigios», pero no hagas otra como esta que si no me voy a enfadar de verdad y entonces ya no vamos a ser tan amigos.

sábado, 23 de julio de 2016

"EL VIENTRE DE UN ARQUITECTO", DE PETER GREENAWAY

Puede que viera por primera vez esta película hace más de veinte años y es de esas que se te quedan grabadas para siempre. Pero no sé si porque me gustó, porque era rara o por un conjunto de todo. De hecho la acabo de volver a ver y tengo sensaciones encontradas. Lo único que saco en claro es que si durante dos décadas ha permanecido en mi subconsciente, desde luego no puede ser un mal proyecto; lo que sí es cierto es que al que la vea le auguro un recuerdo posterior y, desde luego, varios calentamientos de cabeza al hilo del cúmulo de elementos que nos propone el británico Peter Greenaway.

Peter Greenaway, ya lo adelanto, no es un director de cine al uso, de hecho, se dice de él que pregona que el ser humano no ha visto todavía lo que puede ser el auténtico cine. Y es así, en esta cinta nos propone un juego que no deja indiferente a nadie, pero no solo por su argumento, también por su forma de posicionar las cámaras y su fotografía, así como por la increíble música que contiene.

Yo entiendo que si hace más de veinte años que descubrí «The belly of an architect» (por cierto, esta última vez que la vi fue subtitulada), pues ya estaría yo aficionándome de forma masiva a la música New Age y minimalista, cuando se me vino encima una película de cierta vanguardia con una banda sonora espectacular, de la mano de uno de los padres de las nuevas músicas como es el belga Wim Mertens.

De hecho, no se podría haber utilizado una música mejor para esta película, ni se habría entendido o no se habría transmitido del mismo modo el mensaje que Greenaway quería proporcionarnos. La música en esta película, es tan esencial y tan constante en su metraje, que pareciera expresamente hecha para sus personajes, para la historia que cuenta, incluso mirando la fotografía, los actores que interpretan, los momentos en que surge...; un trabajo sencillamente excepcional que pone de relieve el tremendo talento de Wim Mertens, uno de los compositores más sobresalientes del finales del siglo XX y principios del XXI.

Sin destripar mucho del argumento sí que me gustaría comentar algo del fondo de la misma, como una invitación a visionarla, y a visionarla acompañado porque yo creo que es apta para un cinefórum abierto, casi a la par que se va viendo, toda vez que hay muchos espacios donde los diálogos desaparecen y la música, muy simbólica, nos permite analizar lo que va sucediendo.

El arquitecto estadounidense Stourley Kracklite es el encargado de montar una fastuosa exposición en Roma del arquitecto francés del siglo XVIII Ettiene Louis Boullée, todo un visionario y adelantado a su tiempo, del que hay que reconocer que se desconoce bastante de su obra y, sin duda, dando un paseo por Internet se puede reafirmar que la historia de la arquitectura le debe mucho a Boullée por el influjo y las pautas que marcó.

Kracklite acude con ese cometido a Roma acompañado de su mujer, unos veinte años más joven que él. El ligeramente orondo Kracklite es todo entusiasmo y fascinación por la figura de Boullée y por el magno acontecimiento para el que ha sido designado; pero al poco de llegar comienza a sufrir dolorosos episodios en su tripa.

El problema estomacal no dará tregua y la obsesión por Boullée irá en aumento, a la par que el distanciamiento de su esposa que le anuncia la buena nueva de que espera un bebé, no sin antes haber aprovechado la enfermedad del marido y su locura obsesiva para ponerle los cuernos con uno de los colaboradores de la exposición; no obstante, la infidelidad será recíproca.

Esa locura es tal que médicamente sufrirá también momentos de trastorno de personalidad en los que o bien se cree en cierta manera que es Boullée o bien asume el vientre de personajes esculpidos en monumentos históricos. Sí, ya sé que esto no tiene mucho sentido, pero es que en la película hay partes en la que deja de tener sentido.

Y es que la apuesta de Greenaway se debate entre el riesgo y el surrealismo, sobre todo hay mucho surrealismo, y yo soy un enamorado de este. En cada pasaje de la película el director nos está metiendo un montón de símbolos, y lo hace desde el momento en que las escenas se hacen a mucha distancia de los actores, con cámara estática, como si fuéramos espías más que espectadores de lo que sucede en la historia.

El surrealismo es la propia locura de Kracklite, afectada por sus dolores que derivarán en una enfermedad incurable, pero finalmente esa enfermedad y esos dolores no serán superiores a la pérdida de su esposa, de su hijo y fundamentalmente de Boullée, pues no podrá culminar su encargo.

Y en cada momento Mertens, para hacer y deshacer cada escena de la película, para desvelar los pensamientos de Kracklite, que es el personaje gravitatorio de la misma. Mertens sublime y Mertens genial, para una película que sí yo creo que al final me gusta y me seguirá gustando, y que habrá que volver a ver dentro de una década.

domingo, 17 de julio de 2016

HABLAR POR HABLAR, EL PROGRAMA QUE ALIMENTÓ A LOS NOCTÁMBULOS DE ESPAÑA

No sé en qué momento de nuestras vidas este programa de radio empezó a formar parte de muchas de nuestras tertulias, pero el caso es que ocurrió y todos hablábamos del mismo y tal vez solo unos pocos lo habían escuchado, era como una especie de chica de la curva de la que todo el mundo da por hecho su existencia aunque no conoces a nadie que se la haya encontrado.

Y es que «Hablar por hablar» ha sido y es, el típico programa del que todo el mundo cuenta cosas, pero que por su horario no todos han podido escuchar. El programa comenzó emitiéndose a eso de la una y media de la madrugada y mantiene su horario.

Por lo que a mí respecta sí que lo escuché en esos primeros años de emisión (a partir de 1994) en los que ya trabajaba, no estaba casado y mi juventud y frescura física me permitían seguir el espacio deportivo previo y su continuación, ese programa de la Cadena SER (también me pasó en otra época con el programa de Carlos Pumares y el que le antecedía que era el de Supergarcía) que se aprovechaba de la amplia audiencia futbolera para enganchar a esos noctámbulos con otro programa de corte diferente pero con esencia.

Hay que decir que este programa tiene un nombre propio que no es otro que el de Gemma Nierga (pronúnciese Yemma, pues es catalana la muchacha), una simpática periodista que con su voz aterciopelada, susurrante y aconsejadora, penetraba en los hogares de esos trasnochadores que, por diferentes razones, ocupaban parte de la silenciosa madrugada con la mente puesta en un sinfín de magnitudes, regateando problemas y placeres, y también escuchando las ondas radiofónicas.

Gemma Nierga de la que se habla que fue la creadora del programa, y desconozco si la idea fue específicamente suya, lo puso en marcha en 1989 en Radio Barcelona de la Cadena SER, se desarrollaba en catalán con el mismo título «Parlar per parlar», dando su salto nacional en un lustro.

No recuerdo si el programa lo escuché completo alguna vez, duraba unas dos horas y media, es más, no tengo conciencia de que las anécdotas o casos «verídicos» que voy a reseñar realmente yo los escuché o me los comentaron, porque los mismos, tal vez los más sonados o los que yo más recuerdo, fueron de los más famosos y aún muchos radioescuchantes los rememoran por su singularidad.

Hay que decir que el programa se configuraba como un espacio abierto en el que cada cual llamaba por teléfono para desahogarse y contar su vida, sus penas, sus alegrías, pero especialmente para contar verdades que poca o ninguna gente conocía, y eran a menudo historias muy potentes, que en sí encerraban una novela. Se da la circunstancia de que la noche, la Nierga y el silencio parecían abrir los corazones del personal y esa aparente invisibilidad y anonimato animaban a la gente a contar sus verdades como si solo se lo estuvieran contando a Gemma y a nadie más.

Tal vez la historia más sorprendente jamás contada y que trascendió el ámbito de la noche para ser muy comentada en esas tertulias a las que yo aludía, fue aquella de una chica o un chico que se habían conocido en el País Vasco y que cada uno de ellos, sin que pudiera yo distinguir el sexo de cual, eran a la sazón etarra y guardia civil, todo un cóctel explosivo; que le otorgaba más sensacionalismo si cabe por el hecho de que en la década de los 90 rara era la semana donde no había un atentado terrorista. Ambas profesiones de riesgo y de riesgo de muerte, con todo el componente ideológico implícito, hacían de esa teórica relación (digo teórica porque nadie tenía por qué verificar la autenticidad de lo contado, ni era el objetivo, pues eran más bien la ayuda y el entretenimiento a la par) una de las más desconcertantes de la historia. No obstante, a expensas de su veracidad, relaciones en la historia ha habido tan o más imposibles que esta y no cabe más que invocar que no hay arma más potente que la del amor, capaz de superar cualquier obstáculo.

No menos impactante es aquella historia que yo recuerdo de vez en vez en la que un señor de 73 años reconoció que habiendo llevado una vida absolutamente normal en lo familiar y afectivo, con esa edad descubre que es homosexual; curiosidad que yo siempre aprovecho jocosamente para recordárselo a mis amigos que alardean de masculinidad y a los que les doy buena cuenta de esta «creíble» historia.

La última historia, a título de ejemplo acerca del calado del programa, era una típica que no porque haya sucedido previamente y la conozcamos en otros ámbitos, no deja de sorprendernos; se trataba de un señor que confesaba llevar una doble vida en el terreno familiar, con dos mujeres y dos familias perfectamente formadas. Todo un dechado de logística y organización que siempre pienso que tarde o temprano ha de tener un fin, sobre todo, cuando el montaje se mantiene en el tiempo y no es algo esporádico, no es una aventura. El llevar dos familias a la vez es algo al alcance de muy pocas personas y las dotes interpretativas de sus protagonistas deben rayar la perfección.

En fin, ha sido una ocasión para hacer un pequeño recordatorio de este programa mítico, del cual recuerdo más sus anécdotas que su propio contenido, porque me ha parecido más conveniente rememorarlo por sus obras. Programa que, por cierto, aunque yo no escucho desde hace varios años, sigue funcionando y la temática, por lo que veo en la web del programa, también sigue girando sobre historias rebuscadas y muy particulares.

Actualmente lo dirige Macarena Berlín, pero también lo presentaron otras periodistas de mucho prestigio en nuestro país, y siempre mujeres para no perder el espíritu, como Cristina Lasvignes, Mara Torres y Fina Rodríguez.

Buena radio, radio bien hecha, tal vez algo sensacionalista pero por el horario y la calidez de la radio no se puede comparar en ningún caso con esos espacios de telerrealidad que ensucian nuestra pequeña pantalla.