viernes, 18 de abril de 2014

"YO FUI A EGB", DE JAVIER IKAZ Y JORGE DÍAZ

Me regaló este libro mi hermana para Reyes, y es un consabido best seller actual que corona muchas librerías españolas y llena páginas en revistas y periódicos sobre recomendaciones literarias, así que con mucha ilusión acogí esta joyita que me ha provocado no pocas sonrisas y ratos agradables.

Al no tratarse de una novela no tenía que leerla del tirón, no, lo mejor era ir deleitándose poco a poco con ella, bebiendo pequeños sorbos cada día, porque de otro modo, en una lectura mucho más rauda, el empacho hubiera sido de órdago y la habría disfrutado mucho menos.

Así que he estado unos tres meses y medio con el libro en mi mesita de noche y, de vez en cuando, sobre todo cuando estaba algo decaído, ahí estaba este pequeño ser inerte pero con mucha vida espiritual para alentar mi memoria y darme ese terroncillo de azúcar imprescindible para levantar mi ánimo.

El libro en sí no es que descubra nada nuevo, hasta cierto punto el libro habrá sido fácil de escribir por sus autores; no obstante, el acierto es que hayan sido ellos y no otros los que han llevado un proyecto que nació de forma un tanto inocente hasta sus últimas consecuencias. Al parecer todo empezó con un muro en Facebook que era algo así como el título del libro, es decir, «Yo fui a EGB», después fue una página web; aquel muro se convirtió en lo que se denomina en la actualidad un «fenómeno viral», donde un sinfín de españoles de mediana de edad, entre los que me encuentro, aunque yo no participé, se dispusieron a contar sus vivencias, anécdotas, a colgar fotos, productos y símbolos de aquella época... Ellos son los abanderados de este movimiento.

Pero qué época, los autores abarcan un intervalo temporal muy amplio, el de la década de los 70, 80 y mediados de los 90 del pasado siglo, o sea, como se puede comprobar un espacio amplísimo, casi un cuarto de siglo donde los autores han tenido muchísima veta de donde tirar y lo que te rondaré morena. Dicho esto, no me cabe duda de que el libro es una auténtica compilación, porque la temática hubiera dado para escribir una enciclopedia, incluso no descarto que este libro pudiese tener en el futuro una secuela.

Una de las lecturas más interesantes que he entresacado del libro, que es ante todo español y para españoles (alguien que no es de este país no lo disfrutaría igual, ni entendería muchas cosas), es que la inmensa mayoría de los que vivimos esa época, los que fuimos a EGB, vivíamos de forma similar, teníamos las mismas vivencias, hacíamos lo mismo, nuestros padres hacían lo mismo, nos emocionábamos conjuntamente e íbamos todos a la «moda», sin que, y ahí va lo más sorprendente, existieran redes sociales.

Un simple gesto como el de rellenar un bote de plástico con rosca que acababa en espray con colonia a granel olor a limón, y que nuestros padres, a mí mi padre, nos rociaban compulsivamente por la ropa, el pelo, la cara, las manos, eso sólo ocurría en España, daba lo mismo que estuviéramos en el sur, en el norte, en el este o en el oeste, ¿quién no ha vivido esa experiencia? Y como esta otras muchas.

Este trabajo coral nos habla de música y sus intérpretes, juegos, comidas y bebidas, marcas, programas y películas, modas, manías, la escuela, las chuches, la casa, nuestros padres y nuestra vida en general a lo largo de los aspectos más cotidianos.

Es un libro facilísimo de leer, y rápido si uno hubiera querido, aparte porque está convenientemente ilustrado, con fotos que a cada cual te reportarán a escenarios pretéritos, y por todos deseados para qué lo vamos a negar.

Por si fuera poco, su redacción es muy amena, los autores no se andan con giros literarios, narran sus vivencias de forma jocosa y en algunas páginas nos ofrecen, incluso, unos divertidos test en los que ponen a prueba la memoria y el baúl particular de nuestros recuerdos.

Pero ahondando en esos gestos que repetíamos todos los españoles, hay un detalle especial que viene repitiéndose a lo largo del libro, y es el de esa especie de leyendas urbanas que se iban propagando por todos sitios (y repito sin redes sociales). De hecho, me reí mucho cuando observé que todo el mundo manejaba ese mito de que si en la envoltura de un caramelo Sugus, podías ver diez veces el nombre completo de la marca sin cortar, yo nunca lo conseguí, te darían gratuitamente una caja de esos suculentos y célebres. Del mismo modo, que corría el rumor de que si juntabas no sé cuántos miles de las tiras de plástico que envolvían la parte superior de los paquetes de tabaco y los mandabas a no sé qué sitio, se conseguiría una silla de ruedas para un pobre niño inválido en sepa Dios qué lugar.

Más allá de la lectura de esas páginas que tienen multitud de gratísimos recuerdos, la reflexión principal es que el libro te lleva a aquella época infantil, la de EGB, esa en la que entrabas al colegio con ilusión, y el aula olía a una mezcla de goma de borrar, tabaco del profesor, lejía y virutas del lápiz convenientemente afilado con el sacapuntas. Fue una época en la que un año parecía un siglo, no como ahora, y en la que según mis padres, y hablo de la década de los 70, jamás se vivió con tanto bienestar en este país, entiendo que para ellos lo fue, después de vivir la posguerra; y ahí estábamos los niños de esa nueva clase media, alegre, que sin grandes alardes vivíamos felices, disfrutando de la vida en cada pedazo de lo cotidiano.

Imprescindible, pues, este libro para la gente de mi época, e imposible pasar sus páginas sin esbozar una sonrisa.

sábado, 12 de abril de 2014

LOS AUTOS LOCOS, UNAS CARRERAS MÁS ENTRETENIDAS QUE LA FÓRMULA 1

Cuando hace unos meses una compañera de trabajo me llamó cariñosamente Pierre Nodoyuna, nos pusimos a recordar aquella serie televisiva de dibujos animados y apenas recordábamos a este malillo y a la sofisticada Penélope Glamour, más allá de ello, sólo nos venían pequeños destellos, así que me dispuse a bajarme todos sus capítulos y a disfrutarla, dicho sea de paso, con mi hijo.

La serie se deja ver muy bien, sus treinta y cuatro capítulos de diez minutos de duración que, al parecer, se emitían por pares, en consecuencia, veinte minutos, concentraban acción incesante y una frenética lucha por llegar los primeros a la meta.

Aunque la serie la veía yo cuando era bastante pequeño, imagino que con apenas seis o siete años, creo que la versión que yo he podido visionar recientemente es la misma, es decir, unos dibujos bien elaborados y con el doblaje realizado por hispanoamericanos con ese acento tan musical, y el uso de algunas palabras que no son propias en España, por ejemplo, reversa por marcha atrás, o barranca por barranco.

En este sentido, los personajes y sus vehículos estaban castellanizados, pero también los títulos de cada episodio. Y resulta pues, curioso que no sólo Pierre Nodoyuna no se llamara en la versión original así, sino que era Dick Dastardly (en una traducción más libre sería algo así como Dick el Ruin). El coche no era el Super Ferrari doble cero, sino The Mean Machine 00. Pierre Nodoyuna se hacía acompañar por su fiel perro Patán (en inglés era Muttley), que tampoco tenía mucho de fiel, pero de eso hablaremos un poco más adelante.

Por supuesto, la simpática Penélope Glamour con el número 5, tampoco se llamaba así, sino que curiosamente era Penelope Pitspot, a los mandos de su Compact Pussycat.

Aparte de esos dos coches y para los amantes de aquella serie voy a recordar a estos personajes y sus vehículos, con los nombres originales entre paréntesis, así como el número que rezaba en su chasis: 1. Los Hermanos Macana, Pietro y Roco con su Rocomóvil (Slag Brothers, Rock y Gravel, bólido: Bouldermovile); 2. Los Tenebrosos con su Espantomóvil (The Gruesome Twosome, bólido: The Creepy Coupe); 3. El Superconvertible del Profesor Locovitch (Pat Pending, bólido: Convert-a-car); 4. El Stuka Rakuda del Barón Hans Fritz (The Red Max, bólido: Crimson Haybailer); 6. El Súper Chatarra Special (The Army Surplus Special), regido por el sargento Blast y el soldado Meekly; 7. Mafio y sus pandilleros que pilotaban La Antigualla Blindada (The Bulletproof Bomb); 8. Lucas el granjero y su oso Miedoso conducían El Alambique Veloz (Luke y Blubber Bear, vehículo: The Arkansas Chuggabug); 9. Pedro Bello (Peter Perfect), con su Superheterodino (The Turbo Terrific); y 10. El Troncoswagen (The Buzzwagon), conducido por Brutus y Listus (Rufus Ruffcut y Sawtooth).

La trama no podía ser más sencilla, esos once vehículos con sus singulares ocupantes competían por todo tipo de terrenos para conseguir alguna de las tres primeras plazas. De hecho, siempre que se terminaba cada capítulo hacía mención destacada de los tres primeros, por analogía con las medallas olímpicas, y después el resto, que casi siempre solían llegar en una piña.

No existía ningún tipo de clasificación, pero precisamente aquel día en que mi compañera de trabajo y yo recordamos la serie, me dispuse a mirar en Wikipedia y curiosamente alguien se preocupó de poner los resultados de las carreras, de los tres primeros puestos, estando todo bastante repartido, considerando que no existía realmente ningún sistema de puntuación.

Todos ganaron o fueron segundos o terceros varias veces, bueno casi todos, porque Pierre Nodoyuna y su «fiel» perro Patán, en una auténtica secuela simbólica de los también conocidos personajes de dibujos animados Coyote y Correcaminos, está constantemente empeñado en sabotear la carrera para que sus competidores no lleguen y que él pueda alzarse con el triunfo. Pero por más que utiliza maquiavélicos planes y trampas diversas, al final todo le sale mal, hasta el punto de que siempre llega a rozar las mieles del triunfo y se queda, en muchas ocasiones, a escasos centímetros de la meta.

La única diferencia en el papel de malo con respecto al Coyote, es que Pierre no quiere comer, quiere ganar, y además sorprende que su bólido, que puede ser el más veloz de todos, siempre suele ser ir desde el principio y en varias fases de la carrera por delante, pero le puede su sibilina maldad y prefiere pararse para colocar trampas, antes que competir limpiamente y llegar el primero, que paradójicamente casi siempre llegaría en ese puesto, toda vez que en cada capítulo de diez minutos le da tiempo a adelantarse a sus contrincantes hasta tres veces.

Tres veces nada menos, y en cada entrega, podían sucederse las estratagemas de Pierre Nodoyuna, o sea, que aunque el formato era compacto, pasaban muchas cosas, casi más que las que pueden suceder en una temporada de Fórmula 1, dicho esto con una cierta sorna.

Como los estadounidenses son así de patriotas, en cada uno de esos treinta y cuatro episodios se atravesaba a modo de homenaje por casi todos los paisajes de ese país, e igualmente una buena parte de sus estados. Así que había de todo: hielo, nieve, escarpadas montañas, lagos, pantanos, cañones, bosques, grandes ciudades, pueblos perdidos...

Curiosamente hay una máxima de la serie y es que todos los vehículos competían siempre, desde la visión del telespectador, de derecha a izquierda; de hecho, llamaba la atención cuando alguien iba en sentido contrario, eso era muy visible y todo el mundo le llamaba la atención.

Aunque el papel de malo malísimo lo encarnaba Pierre Nodoyuna, acompañado por su «fiel» Patán, lo cierto es que también de vez en cuando, el resto de competidores también hacían sus pequeñas trampas para ir más rápidos o impedir que los otros lo fueran. A este respecto, cada coche tenía sus especialidades, sus truquillos, y todos los utilizaban a la voz de «poder de...», y entonces los coches sacaban de su baúl de sorpresas un artilugio que suponía una potencia extra.

Hay que decir que la más limpia de todos era la chica soñada por todos los participantes, y la que despertaba más simpatías entre los televidentes, Penélope Glamour. El conductor más atento era casi siempre Pedro Bello, que con la expresión «mi bella Penélope» estaba siempre al quite para ayudar a esa chica, a su chica; sí, porque había una velada conjunción entre ambos.

Por cierto, cuando me he referido a Patán como fiel perro y he entrecomillado el adjetivo, era para advertir la peculiar relación entre amo y mascota. Pues aunque Patán colaboraba en las artimañas de su dueño, no siempre actuaba conforme a lo ordenado, o se equivocaba o la trampa no funcionaba adecuadamente. El caso es que el mayor disfrute de Patán era reírse de Pierre Nodoyuna con una característica carcajada corta que recientemente recuperó, no sé si con esa intención o es una casualidad, José Mota con su personaje Berengario el tractorista. Y claro después de la risa de Patán venía la contrarréplica de Pierre que solía atizar a su perro por ese inopinado sarcasmo.

Lo que no he logrado averiguar es por qué los guionistas y dobladores hispanos le dieron a nuestro malo un nombre gabacho y le dotaron de acento francés. He tenido oportunidad de ver algún capítulo en inglés original, y el acento que se le da a Dick Dastardly es fuerte pero no francés, yo diría que es más alemán.

La Espe camuflada de Penélope Glamour
Aunque la serie se produjo entre 1968 y 1970 no ha perdido popularidad y, de vez en cuando, alguien rescata a algún personaje como me pasó a mí en el trabajo. De hecho, en estos días en los que se ha aireado la polémica de la política Esperanza Aguirre y sus problemas con los guardias de tráfico, las incendiarias redes sociales, en estos casos, han rememorado a algún personaje de «Los Autos Locos», simbolizando y personificando en ellos a esta sin par mujer.

De igual modo, esas competiciones de barrio en la que intrépidos inventores construyen vehículos con cuatro elementos reciclados y que suelen denominarse de «autos locos», desde luego que tienen un antecedente espiritual en esta mítica serie.

Por último, he de señalar que al parecer esta serie, en su versión original llamada Wacky Races, se inspiró en la divertida película de 1965 «La carrera del siglo», protagonizada entre otros por Jack Lemmon y Tony Curtis, y que alguno de mi época seguro que recordará.

sábado, 5 de abril de 2014

CATALUÑA INDEPENDIENTE, RAZONES PARA EL SÍ Y PARA EL NO

Le he dado muchas vueltas a enredarme en este tema, pero ya tocaba porque sí. Creo que desde que tengo una cierta madurez me he acostumbrado a tener un pensamiento flexible y a tener opiniones eclécticas. En este odioso mundo en muchos aspectos, nos hemos habituado a observar cómo la gente toma partido por algo de forma radical, sí o no, blanco o negro, y yo siempre he reivindicado que nada o la mayoría de las cosas pueden ser así, cuando existe una amplísima gama de grises.

¿Cataluña independiente o no? Pues sí y también no, o al revés, no y también sí. Encuentro razones para que Cataluña sea independiente, pero también otras que me inclinan a pensar que no se debe acceder a ello.

Conste al respecto, que no tengo ninguna intención especulativa ni mucho menos mediática, y todo ello partiendo de la base de que sea de la forma que sea a Cataluña se le va a impedir su independencia, ¿alguien lo duda?

Pero se habla tanto del asunto que yo quería dar también mi pincelada, y ya digo, ofreciendo mi punto de vista en el que se intercalan, porque así burbujean en mi mente, razones a favor y en contra de la independencia catalana; así que como tal tormenta de ideas hay que entender esto y así me enfrento yo a la pantalla de mi ordenador cuando hilvano pensamientos en mi cabeza; así que bienvenidos al desorden.

Inicialmente me surge una idea matriz y es la de que opino que es indigno que en este país o en cualquiera del mundo, alguien desde un gobierno legítimo plantee una cuestión territorial, cuando sus ciudadanos no tienen garantizado un plato de comida al día o un techo donde cobijarse. Más alimentos y menos fundamentos. Que en este caso la pretensión de Artur Mas de autodeterminación se produzca en un escenario de crisis, es algo sospechoso, buscando remover las conciencias en una coyuntura donde la sensibilidad de la ciudadanía está a flor de piel.

Pero dicho esto, por qué no podría ser independiente Cataluña, o dicho de otro modo, yo que me siento español, aunque no más que ciudadano del mundo o, en definitiva, no más que apátrida, porque el nacimiento de alguien es una cuestión del destino; por qué voy a querer compartir mi identidad con alguien que la rechaza. ¿Por qué hay que forzar a los catalanes a ser españoles si no quieren serlo?

Razones de identidad les sobran, pero como también les faltan; y precisamente en las consideraciones históricas es donde veo yo que falla más el esquema. La historia es reiteradamente utilizada y aludida para justificar cualquier situación actual, pero dónde ponemos el límite. ¿Qué momento de la historia es el relevante para argumentar una pretensión independentista? Como la historia va y viene y como los antepasados de nuestros antepasados no se entretenían en estas cuitas, siempre tendremos al que defienda su postura con la historia y al que la rebata también con argumentos históricos.

No obstante, con esto no quiero quitar razón a esas pretensiones, es más yo mismo me atrevería a responder a esa cuestión del momento relevante de la historia para justificar una independencia. Sin duda, sería el momento actual, la historia reciente, aquella en la que se percibe visiblemente que una mayoría de ciudadanos tiene voluntad de separarse de la nación a la que actualmente pertenecen, por las siguientes razones: Porque se sienten diferentes al resto de España y porque ellos mismos tienen rasgos identitarios comunes entre sí; tienen una lengua propia muy implantada; una cultura y tradiciones que los hacen únicos; una forma de ser propia; una manera de vivir o una filosofía de vida que se puede percibir diferente a la del resto de España...

Del mismo modo, trato de ponerme en la piel de un ciudadano catalán que mira, por ejemplo, a la Andalucía en la que vivo, y es que aquella crítica que hizo Durán y Lleida una vez sobre los subsidios en el Sur, no estaba exenta de fundamento, pero sinceramente no porque él crea que los PER fomentan el subvencionismo, ahí se equivocaba, porque yo creo que realmente estructuran las zonas rurales de Andalucía, aunque es evidente que el modelo es susceptible de ser revisado. Lo que subyacía en el político catalán y, por ende, en buena parte de las razones para sustentar una independencia en Cataluña es que, ya digo, si yo fuera catalán, una región con menos paro y más generación de riqueza que la mía, por qué mecanismo de solidaridad debe un ciudadano catalán y trabajador contribuir a sostener al resto de un país con el que no se identifica, cuando preferiría que ese plus, se aplicara solidariamente, sí, pero a los que tiene más cerca.

Tengo familia en Cataluña y siempre he constatado que mis iguales, por edad, estaban más adelantados que yo. Cuando bajaban mis primos catalanes en verano al pueblo de mis padres (Begíjar) donde pasaba largas vacaciones, tenías la sensación de que venían de otro país realmente. No sólo eran consabidamente bilingües, sino que dominaban el inglés o el alemán. Un joven con veinte años ya había visitado media Europa, más de lo que yo podré ver en el resto de mi existencia. Tenían aficiones tan específicas (grupos de teatro, de bailes, de danzas, de senderismo...) que yo no sospechaba jamás poder experimentar. Practicaban un montón de deportes, y aquí te limitabas a patear un balón, como todo hijo de vecino. Iban a colonias cada verano, ¡qué envidia para un adolescente! Su apertura de miras en la década de los 80 la tienen nuestros jóvenes de ahora; sí, nos llevaban ya tres décadas de diferencia.

No obstante, igual que afirmo lo anterior, hago alusión a una realidad que muchos como yo, con familiares catalanes, habrán experimentado. Esa familia a la que veías de año en año, generaba un sentimiento de distanciamiento, nunca se ofrecían del todo, ¿era el espíritu y la forma de ser del catalán? Esto se singularizaba en que en medio de una reunión familiar, hablaban catalán entre sí, y tú no te podías enterar. Entiendo que esto pueda ser algo natural y hasta automático y hecho sin malicia, pero para todos los que hemos vivido esto, y yo lo he vivido desde muy chiquitillo, sin influencia externa, he de decir que esto no me parecía bien.

Ese sentimiento de rechazo en mi opinión ha sido generado de allí hacia aquí y no al revés, en primer término, es decir, en su origen fue unidireccional. Ese velado rechazo del catalán al español, con esas actitudes poco educadas de dejarnos a los no catalanes fuera de la conversación, ha sido siempre un fenómeno que luego se ha sacado ya de contexto y no se entiende que un catalán hable en catalán cuando le preguntan en catalán en Cataluña, es lógico, aunque a mis padres y a mucha gente mayor en España, les provoque que se los lleven los demonios. Y luego tenemos esos cartelitos en Barcelona con informaciones en varios idiomas y no en español, y por ende, a cualquier español no catalán no le interesa aprender ese idioma, ¿cuántas academias hay en Andalucía que enseñen el catalán?

Ese constante abonar el rechazo por parte de los catalanes, en toda una serie de actitudes, ha provocado el efecto contrario, tras ese primer rechazo unidireccional, después el odio o desprecio fue mutuo, y ahora son ya más los españoles los que odian a los catalanes, por evidentes razones matemáticas, somos más. Esa semilla del rencor se sigue regando cotidianamente y un pequeño gesto tiene efectos multiplicadores. El hecho de que en una final de Copa del Rey de fútbol, las aficiones catalana y vasca abucheen el himno español es de ser maleducados, necios e incoherentes. Ya digo, no soy más español que ciudadano del mundo, pero de algún sitio había que ser, y que el himno del país donde has nacido sea despreciado de ese modo no ocurre nada más que en España, donde hay la mayor proliferación de banderas autonómicas del mundo, de banderas de municipios y hasta de banderas de barrios. Que en Santa María de Palautordera, por ejemplo, se silbe el himno español y que no se silbe el francés, el alemán o el vietnamita, me parece una indecencia. En Estados Unidos, país que he tenido la oportunidad de visitar, cada estadounidense, sea de donde sea y hay de todos los confines del mundo, tiene guardada en su baúl con admiración la bandera de sus orígenes, pero ondea con orgullo en lo alto de su casa una buena bandera de su nuevo país. Seguro que existen banderas de estados o de ciudades, pero estas se limitan a edificios públicos, aunque en todo caso, su presencia es más que testimonial.

El problema de este país es que no nos ponemos de acuerdo en nada, lamentablemente no tenemos los mejores políticos, primero es su partido y luego su país. Si no consensuamos en un pueblecillo ni dónde se tienen que colocar unas papeleras o una farola, difícilmente vamos a llegar a un frente común en lo importante: terrorismo, inmigración, aborto, independencias... Pero más allá de ese problema raíz de falta de entendimiento, es que en este país ni siquiera llegamos a sentarnos, es que no le damos la oportunidad al diálogo, y hacemos las cosas a la tremenda. El Gobierno dice no, y la Generalitat dice sí, al estilo bruto; y es lo que yo digo, por qué va a ser sí o por qué va a ser no, vamos al menos a sentarnos a hablar. ¿Alguien se ha sentado en España para debatir institucionalmente este asunto?

El asunto de la consulta, del plebiscito o referéndum no es nada baladí, es obvio que Artur Mas y su séquito quieren llegar a hacerlo, saben que jurídicamente no existe encaje para su realización, y se les va a impedir que se lleve a efecto; lo que quieren los impulsores de la independencia es que los efectos testimoniales de una consulta, doten de fuerza moral a toda una nación para reivindicar esa teórica victoria ante la comunidad internacional.

Ahora bien, planteándonos el hecho en sí de que la consulta tuviera validez, ¿qué porcentaje de ciudadanos debería ir a votar y cuántos de ellos tendrían que respaldar la propuesta independentista? Sinceramente y siendo honesto con el actual Gobierno catalán, yo creo que a ellos no les valdría ni una abstención alta, ni una mayoría simple. Estamos hablando de la independencia de un territorio, su separación de un Estado con el que ha compartido tanta historia, no digo ni mucha ni poca. Esto no es decir sí a la OTAN, no es decir sí al Estatuto de Autonomía, es algo más trascendente, es cambiar de nacionalidad, dejar de ser nacional español para ser nacional catalán, con todo lo que ello conlleva, lo que administrativa y socialmente no sería moco de pavo y todo esto para siempre, sin vuelta atrás. El respaldo tendría que ser, como poco, el de una mayoría cualificada y, además, tendría que haber una participación en las urnas que nunca podría estar por debajo del 75% del electorado. Hay que fijarse en que incidentalmente tiene cierta relación esta situación con lo que ha sucedido apenas hace unos días en Crimea; una consulta que, aun siendo ilegal, ha sido respaldada por más del 95% de los votantes, que además ha sido casi un 90% de la población adulta crimea la que ha votado. En este sentido, aunque la consulta haya sido ilegal, hay una manifestación multitudinaria de declararse pertenecientes a Rusia y no a Ucrania, y esto no se puede soslayar.

Lo que no me gusta de esta situación es la visceralidad en buena parte de los movimientos ajedrecísticos previos al intento de secesión catalana; se perciben muchas declaraciones fuera de tono precisamente por parte de los que deben velar por la paz social, y es que determinados políticos catalanistas siguen ofreciendo argumentos que parten del desprecio, algo así como que «nosotros somos mejores que el resto y por eso queremos y podemos hacerlo». Desde esos púlpitos, una simple frase ejerce el efecto mariposa, se convierte en un virus, y una parte de la ciudadanía, la más radical, esa que siempre existe en cada lugar, la toma como verdad absoluta, la erige en un eslogan, en la base de su lucha.

Son los más radicales los que coartan la libertad, pero también la cercenan aquellos que de forma más o menos velada, porque lo sienten o porque sintiéndolo menos se esconden en la masa, abuchean el himno español en una Copa del Rey. No creo que un españolista se sienta muy tranquilo si coloca una bandera española en su balcón en mitad de Arenys de Munt (municipio gobernado por ERC), pero estoy seguro que cualquier forofo independentista sería mucho más indulgente con una bandera colombiana, ecuatoriana, rumana o senegalesa. Yo vivo en un pueblo de la España interior, de la Andalucía profunda e incluso bruta y en una de sus calles un ciudadano tiene una ikurriña en su balcón y estoy seguro de que nadie le ha lanzado piedras ni nadie le ha conminado para que la quite porque puede herir sensibilidades, y estoy convencidísimo de que tampoco nadie diría ni pío si cualquier vecino pone una estelada en su balcón en cualquier pueblo andaluz.

Vamos a ser sinceros, en determinados ámbitos la libertad de expresión está mutilada. ¿Alguien le ha preguntado alguna vez al icono del fútbol español Andrés Iniesta, albaceteño de pro, si respaldaría la independencia? Seguramente nadie, porque la pregunta es inconveniente, y pondría al futbolista en un aprieto. Esto no es libertad, porque entiendo que Iniesta tiene su opinión como cualquier hijo de vecino, pero si alguna vez le preguntaran, que lo dudo, eludiría la contestación, porque dijera lo que dijera molestaría; y en este maldito país (para situaciones como esta) tenemos un grandísimo pecado y es el de que o estás conmigo o estás contra mí y no respetamos al que tiene una idea contraria a la nuestra.

Y el deporte tiene miga, precisamente lo que más me molesta es que los políticos se apoyen en el deporte, sobre todo en el fútbol, porque saben que hay pasiones encendidas. Pero es evidente que se mezcla interesadamente independencia catalana y deporte, y fútbol. ¿Qué pasaría si mañana nos levantáramos con una Cataluña independiente? Tú que eres aficionado al FC Barcelona ¿seguirías siéndolo de un club de un país extranjero?

Desde el punto de vista legal es evidente que la consulta no puede tener articulación, se mire como se mire, el buscar malabarismos jurídico-legales es forzar las leyes que, por regla general, sobre todo las importantes, tienen menos cintura que el portero de un futbolín. Es obvio que no se podrá hacer y asistiremos al espectáculo de ver hasta dónde se fuerza la máquina. Por la misma regla de tres, mañana cualquier territorio podría hacer la misma maniobra y convertiríamos un gran país en una manzana agusanada. ¿Podría un hombre educado y culto como Artur Mas ser imputado y darse una vuelta por la cárcel? En una perfecta reducción al absurdo, cualquier persona podría pensar que se ha abierto la veda y que se puede incumplir cualquier norma, si no hay consecuencias jurídicas ulteriores.

De todas maneras, la cuestión es que hay materia para poder justificar la independencia catalana, pero necesariamente tendría que pasar por la modificación de las leyes, no al revés, no hago primero un referéndum que faculte esa modificación legislativa; y para modificar las leyes hace falta consensuar, y no sé si el Estado tiene voluntad de eso, bueno sí lo sé, y es que no. Ahora bien, más chapucero me parece los argumentos atemorizadores utilizados por los miembros del Gobierno del PP, en el sentido de imaginar un escenario negro y depresivo en una Cataluña independiente, lo que en una sola expresión se resumiría en «no os independicéis que va a ser peor para vosotros», que si pérdida de poder adquisitivo, que si fuera de la Unión Europea, que si paro, etc. Primero, no hay voluntad de permitir la consulta, pues ya está, no me venga a calentarme la cabeza; y segundo, si yo quiero ser independiente ya me averiguaré yo mis problemas, si yo quiero tirarme de un avión sin paracaídas, déjeme usted a mí que ya soy grandecito. Pues eso, que si Cataluña quiere ser independiente que lo sea, que yo estoy convencido de que, aun pasando fatiguitas al principio, terminarían colocándose al nivel que les corresponde.

Soy, por cierto, muy crítico con la educación en España en general y en Andalucía en particular; y voy a decir algo que no está bien pero que me comentó un maestro de escuela de toda la vida hace unos meses, y me manifestaba que la carrera de Magisterio ha decaído, antes era prestigiosa, y ahora acuden a ella no los alumnos brillantes que se inclinan por otras carreras; ya digo que no es opinión mía, pero me señalaba que ahora teníamos candidatos u opositores a maestros con un currículum muy normal, con notas ciertamente mediocres, y claro luego tenemos los datos de los informes PISA y también aquel reciente examen a maestro en la Comunidad de Madrid, tan básico y tan mal resuelto por muchos opositores que daba auténtica grima. Yo puedo cometer una falta de ortografía, pero cuando vas a una escuela y ves faltas de ortografía en documentos realizados por un maestro de escuela a uno le escuece mucho. Pues bien, voy a romper una lanza en favor de la educación en Cataluña, algo que se percibe no sólo por el PISA sino por lo cotidiano, lo que está presente en medios de comunicación, en redes sociales, etc. El bilingüismo faculta a un niño o joven a catalán a dominar dos lenguas perfectamente, y ese ejercicio reflexivo en el cerebro implica muchas conexiones neuronales, y eso influye decisivamente en que se pueda expresar mejor. En Andalucía los informes nos remiten a la cola y eso que sólo hablamos un solo idioma y a veces mal.

Y dicho esto, por mucha inmersión lingüística que haya en Cataluña, el castellano no se ha perdido allí, y salvo una persona mayor que ha vivido toda la vida en un pueblito del interior, y seguro que le cuesta algo expresarse en castellano, cualquier joven catalán se expresa mejor que yo en español, aunque con ese característico acento catalán.

En fin, que en este tablero multicolor, con tantos tiras y aflojas, uno puede imaginarse el escenario presente, incluso el futuro inmediato, pero sería bueno para España y Cataluña que todo no fuera tan inmovilista como hasta ahora, y no tuviéramos que decir sí porque sí y no porque no. Es, como yo digo, para qué quedarse con el blanco o con el negro, cuando hay una amplia y bellísima gama de grises.

Esta es mi opinión personal, cada cual que diga lo que quiera, pero siempre respetando a lo que dicen los demás, para eso estamos en democracia, ¿o no?

sábado, 29 de marzo de 2014

PARÍS-ROUBAIX, BIENVENIDOS A LA CLÁSICA DE LAS CLÁSICAS

Se ha iniciado la primavera y con ella comienza a caldearse el ambiente en el ciclismo profesional, tomando protagonismo el continente europeo que es donde se celebran las carreras más importantes del calendario ciclista internacional.

Se calientan los motores de cara a las grandes citas anuales que se singularizan en las tres grandes carreras por etapas, Tour, Giro y Vuelta. Cada ciclista lucha por sus objetivos y planifica su temporada según los intereses propios y/o del equipo, atendiendo igualmente a las características morfológicas de cada uno.

Con el florecimiento de la primavera llegan las carreras de un solo día que se denominan «clásicas» y que suelen ir cobrando el interés mediático, especialmente los fines de semana.

Pues ya llevaba años dándole vueltas a sacar una reseña de esta «París-Roubaix», la que tiene los diversos sobrenombres de «La clásica de las clásicas», «La reina de las clásicas», «El infierno del norte», e incluso «La última locura». Se trata de una de las clásicas que se encuadran en la tradición ciclista con la denominación de los cinco monumentos del ciclismo, junto con el Tour de Flandes, la Lieja-Bastogne-Lieja, la Milán-San Remo y el Giro de Lombardía.

Muchos elementos son los que hacen tan especialísima esta clásica, el principal desde luego es el hecho de que un poquito antes de la mitad del recorrido, los ciclistas deben atravesar intercalados en la ruta varios tramos de pavés (en francés es en singular “pavé”) o adoquines, se trata de caminos rurales que conectan aldeas o núcleos de población, muy habituales en Francia y Bélgica.

Son en torno a treinta sectores los que tienen que afrontar los ciclistas y que oscilan entre algo menos de un kilómetro y casi cuatro en el tramo más largo, para completar más de cincuenta kilómetros sobre el descarnado y duro terreno adoquinado, para un total de unos 250 km., en torno a seis horas montados encima del sillín.

Los sectores están perfectamente categorizados, y aunque pueden variar en cuanto a su elección de año a año, todos son conocidos, de vez en cuando se recupera algún tramo antiguo o se elimina alguno durante un tiempo. Esa categorización lleva a la organización de la carrera a clasificar los tramos en función de su dureza con estrellas, los extremos son cinco estrellas para los sectores más duros y una sola para los más leves.

La dureza en sí de los tramos de pavés se presupone, por pequeña que sea la calificación; los ciclistas lo saben y tienen un plano de la carrera, pero además un detallado esquema de las características de cada tramo, qué partes están más descarnadas, qué zonas más lisas, los hoyos más importantes y fundamentalmente cuál es el mejor camino para circular.

Aun con todo ese estudio pormenorizado, un itinerario que es absolutamente llano se convierte en un rosario de ciclistas, los sectores de pavés se transforman con la acumulación de kilómetros en auténticos puertos de montaña de categoría especial.

Ese recorrido tan minado siempre provoca sí o sí caídas, lo que origina montoneras y casi perder opciones de triunfo, por eso, los favoritos tratan de ir delante y pelean por las mejores posiciones, lo que no deja de ser la pescadilla que se muerde la cola, pues cuanto más deprisa van en los tramos de adoquín más riesgo de caída se genera y, por supuesto, el que vaya detrás es el que se come, como se suele decir vulgarmente, el marrón.

No sólo la carrera tiene el atractivo en sí de ver una disputa en la que intervienen los mejores del pelotón internacional en una prueba tan prestigiosa y original, sino que viendo la París-Roubaix cada año saboreamos un trozo de la historia del ciclismo, porque en 2014 se celebrará nada menos que la 112ª edición de esta carrera, pues hay que remontarse al siglo XIX para rememorar la primera carrera que tuvo el honor de ganar el alemán Josef Fischer.

Es todo un lujo y disfrute para el telespectador el contemplar la prueba en la pequeña pantalla, y también desde luego lo es y mucho para el público que asiste en persona a la prueba y que, como no puede ser de otro modo, copa los puntos más críticos del recorrido, en general las zonas de pavés y más específicamente aquellas que tienen las cinco estrellas, en concreto tres.

Ese primer sector durísimo llega sobre el kilómetro 160, llamado Trouée d'Arenberg (Bosque de Arenberg), cuando ya se han pasado unos diez tramos adoquinados, se trata de un corredor en línea recta jalonado a ambos lados por una densa arboleda. El pavés está muy deteriorado e irregular y suele ser una pesadilla para los competidores. El que caiga allí ya ha dicho adiós a la carrera. Es el auténtico símbolo de la París-Roubaix.

Si ese tramo está todavía lejos de meta, a unos cien kilómetros, el segundo sector de cinco estrellas es absolutamente decisivo y hay que entrar delante para no perder opciones, está a unos cincuenta kilómetros de meta, y la lucha por el triunfo ya está lanzada, se trata de Mons-en-Pévèle. Los corredores tienen que sortear un pavés deshecho, con la cunetas muy peligrosas, con algunos bordillos situados estratégicamente y que son mortales para los ciclistas, el salirse de la única línea trazable es un suicidio. Es mítico su giro a la izquierda de 90 grados, donde se arremolina una gran masa de aficionados que acampan allí desde la noche anterior.

El tercer tramo de gran dificultad es el célebre Carrefour de l'Arbre, a quince kilómetros de meta, ahí llegan los mejores en cabeza, normalmente grupos reducidísimos y es el terreno propicio para los ataques decisivos. El adoquín está descarnado y los baches rematados con tierra. El tramo está repleto de público, tanto que se pasa a centímetros de la gente y alguna que otra vez a algún ciclista se le ha ido la bici un poco, ha pisado el pie de un espectador y consecuentemente ha mordido el polvo, o mejor dicho, la piedra. Es célebre el restaurante L'Arbre, a las orillas de este sector, cotizada casa de comidas con una estrella Michelín en su haber y cita ineludible para los aficionados y, por supuesto, también para la gran marea multicolor.

Por si fuera poco hay más añadidos, al llegar a Roubaix, ciudad que se ubica al norte de Francia y que se ubica a escasos kilómetros de la frontera con Bélgica y que tiene cerca de 100.000 habitantes, hay un tramo de pavés, el más pequeño del recorrido, de trescientos metros; es un homenaje a los sufridos ciclistas, tiene una sola estrella, o sea, que es muy suavito. Se le denomina el sector Charles Crupelandt, en honor a uno de los míticos ganadores de las primeras ediciones, y también popularmente se le conoce algo así como «el camino de los gigantes», muy expresivo. Ya sabe el que llega allí que termina seguro, pero para los que van delante, están a las puertas de jugárselo todo. En el recorrido urbano por las calles de Roubaix también se sitúa un monumento en conmemoración al 100º Aniversario de la carrera, y como no podía ser de otro modo, es un enorme adoquín.

Si no ha habido demarrajes previos o escapadas en solitario, los primeros se la jugarán en el Velódromo de Roubaix, el final de la carrera, y a veces hay que tirar de la experiencia en la pista para vencer a veces por escasos centímetros.

El cómo afrontar los tramos de pavés da para varias tesis doctorales, por el centro, por los laterales. Lo cierto es que la bicicleta tiene que estar preparada para la ocasión y se le hacen unas adaptaciones que intentan minimizar los impactos de los adoquines, de hecho, muchos de los participantes cambian la bicicleta clásica por otra más especial en cuanto comienzan los dramáticos sectores pétreos.

Pero todos los ciclistas coinciden en la dureza de este recorrido absolutamente llano, los riñones sufren, el traqueteo es angustioso, la bicicleta se convierte en ingobernable, hay que apretar fuerte las manos y los brazos y aun así es difícil de dominar.

Por si fuera poco, si el terreno está seco los sectores desprenden un polvo insano que literalmente se mastica por los deportistas, pero si llueve la carrera es dantesca y los ciclistas llegan a la meta con una capa de barro que los hace casi irreconocibles.

Al final la gloria sólo se la lleva uno y el mejor también obtiene un trofeo alegórico, ¿se lo imaginan?, evidentemente un adoquín.

En algunos de esos cinco monumentos del ciclismo hemos tenido vencedores españoles pero no precisamente en la París-Roubaix, ni en el Tour de Flandes, prueba esta que se disputa en Bélgica y que también tiene tramos de pavés, estos cortos pero en subida; de ahí que uno pueda sacar la fácil conclusión de que el perfil del ciclista español no se adapta a estos terrenos. Los españoles somos, ante todo, escaladores y lo seguiremos siendo para siempre. En todo caso, hemos tenido dignos competidores, hasta hace muy poco el catalán Juan Antonio Flecha, recientemente retirado, que fue una vez segundo y dos veces tercero. Más atrás en el tiempo, también tuvimos al también catalán Miguel Poblet, uno de los pioneros del ciclismo español, que consiguió un segundo y un tercer puesto.

Es más, aunque la París-Roubaix se disputa en terreno francés, es una prueba con acento belga, es la auténtica fiesta del ciclismo belga, pues casi el 50% de las ediciones han sido ganadas por ciclistas de ese país.

Por cierto como curiosidad o como un modo de despertar el lado romántico que tenemos cada uno, hay que decir que las carreteras de adoquín no son nada desconocidas en España, de hecho, las calles de muchas ciudades y pueblos de mi país estaban hace apenas medio siglo empedradas. Un sistema de pavimentación con mayor perdurabilidad que el asfalto, pero que es más incómodo y nocivo para los vehículos de motor. Todavía se mantienen restos de esas calles adoquinadas en dichas ciudades y, a veces, cuando hacen obras y levantan el asfalto, allí permanece inalterable ese adoquín como un recuerdo añejo. Pues no me he resistido a fotografiar el que yo creo que es el tramo de adoquín más largo de la ciudad donde vivo, y que por suerte nadie ha decidido asfaltar, tiene 250 metros y está en la calle Moredal de Bailén.

Amén de todo esto, de vez en cuando el Tour de Francia rinde su particular homenaje a esta carrera y mete una etapa en su recorrido con algunos de los sectores de pavés propios de la París-Roubaix, y este año estamos en ese escenario, en el que habrá algo más de quince kilómetros empedrados con algunos tramos de cuatro estrellas y parte del superestrellado sector de Mons-en-Pévèle. Será la quinta etapa y promete hacer diferencias, siempre las hace, para los aspirantes al triunfo final la clave es no arriesgar demasiado pero tampoco perder mucho tiempo, un difícil equilibrio, que a veces les sale mal a algunos.

Y a todo esto, el favorito de la edición 2014 de la París-Roubaix sigue siendo el mismo que años atrás, el suizo Fabian Cancellara ganador el pasado año y también en 2008, y segundo en dos ediciones, todo un especialista, pues, en adoquines. Ahora mismo, las quinielas lo dan a él como máximo aspirante y, de hecho, en la promoción de la carrera que realiza la organización del Tour de Francia, que también rige esta carrera, se está vendiendo el evento como «Todos contra Cancellara». Siempre hay los que se denominan outsiders, ciclistas de la clase media que como invitados de piedra se cuelan en la fiesta sin poder ser controlados por los grandes especialistas.

No veo lamentablemente a ningún español entre esos favoritos, aunque me encantaría que estuviera en la pelea alguno de los nuestros, no obstante, habrá que estar atentos a Alejandro Valverde, el que yo entiendo más capacitado actualmente, o nuestro Purito Rodríguez, a ver si son capaces de alegrarnos la tarde del próximo domingo 13 de abril (apunte en la agenda). También me emocionaría que fuera un ciclista colombiano, ¿Nairo Quintana?

sábado, 22 de marzo de 2014

"TODO LO QUE ERA SÓLIDO", DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA

No acostumbro a enseñar demasiado los libros que leo, cuando los llevo en la mano en público, en la calle o en la oficina, les doy la vuelta para no enseñar la portada, o antepongo algún papel irrelevante; no sé, es una manía que tengo, por aquello de no parecer demasiado pretencioso, o por el mismo hecho de dar a entender que leo de forma habitual; aparte de que enseñar lo que lees es una manera de mostrar parte de ti, de tu forma de ser, de tu pensamiento y hasta cierto punto de tu ideología.

Pero una compañera de trabajo me pilló, y sólo mirando la contraportada ya reconoció el libro que hoy traigo a colación, y me dijo un taxativo y breve «te va a gustar», acompañándolo con un gesto de reafirmación.

Pues ahí tuve el libro en mi mesita de noche unos días, macerándolo, que madurara por sí mismo, hasta que lo cogí por primera vez y me adentré en este ensayo literario que lleva por nombre «Todo lo que era sólido» y que se fundamenta en aquella situación que se generó en España antes de la crisis en la que se percibía ese estado del bienestar que alcanzaba a la mayoría de las familias de nuestro país, esos años del pelotazo, del boom inmobiliario, de las hipotecas casi de por vida, de las construcciones megalómanas e inútiles y del derroche y el gasto desproporcionado.

Todos asistimos a eso, es verdad, pero los ciudadanos de a pie no nos dimos cuenta, ni como señala Muñoz Molina, y eso es lo peor, tampoco aquellos que nos gobernaban o aquellos que por su posición o su capacidad de análisis tampoco captaron que en España lo estábamos haciendo rematadamente mal y que esto podía explotar.

Pues eso, que me leí las primeras páginas y ya fue un no parar, necesitaba empaparme de esas dosis de realidad que nos presenta este escritor y medio paisano mío. No tiene ninguna estructura ordenada el libro, está hecho adrede así, en plan tormenta de ideas, propone reflexiones, comenta anécdotas, realiza afirmaciones, y en cualquier caso, la rabiosa actualidad de lo abordado propicia que su lectura tienda a ser un todo indivisible que, de algún modo, te obliga a necesitar más y más de él y no permite que quede arrinconado durante días; lo dicho, bofetada de realidad en vena.

Lo que hace el flamante Príncipe de Asturias de las Letras es un auténtico repaso a todo lo que se mueve, un repaso en la acepción más violenta del término; no deja títere con cabeza, se mete y habla de bancos, gobernantes y políticos, empresarios, partidos, comunidades autónomas, ayuntamientos y anónimos ciudadanos como tú y como yo, nada queda sin escudriñar, nada queda sin analizar detalladamente, como un minucioso cirujano que va sorteando fases para cerrar la operación.

En esta España del desarrollismo brutal, Antonio Muñoz Molina nos presenta muestras, vomitivamente enormes, de las barbaridades que se hicieron en nuestro país y que hoy estamos pagando. Todos lo hemos visto, no ya sólo lo que ahora desentierran los medios de comunicación, sino que cualquier ciudadano ha podido vivirlo en sus propias carnes. Incluso en una ciudad modesta como la que yo vivo esas situaciones también tomaban cuerpo.

Produce asco y, como he dicho antes, también vómito, era aquella España de aeropuertos fantasmas en ciudades de provincias y museos en pueblecillos, es la España que hemos heredado de piscinas cubiertas para localidades de 5.000 habitantes, teatros o pabellones polideportivos para pueblos donde sobraría sitio si se metieran todos sus vecinos dentro. La España en la que, yo lo he visto, tenías que gastar diez para algo que sólo costaba dos.

Pero era un espejismo, todo lo que era sólido realmente lo parecía, quién tenía dudas de eso, había trabajo y eso tenía los tintes de ser eterno, ¿qué temer?, si había que meterse en un préstamo interminable que pagaríamos nosotros y nuestros hijos, lo hacíamos, porque no podíamos ser menos que el vecino de al lado, con casa perfectamente equipada, coche último modelo y a disfrutar de unas cómodas vacaciones en la playa cada año y a cuerpo de rey.

Ha habido españoles modestos, muchos, que simplemente por filosofía de vida nunca han hecho gastos exagerados y tendrán siempre los pies en el suelo, esos son los que siguen pagando el banquete de antaño.

El problema es que en este estado de crisis, y esta ya es una reflexión mía, hay que ver si hemos aprendido; a corto plazo desde luego que sí, pero olvidamos muy rápido los malos tiempos, y pasa como en las guerras que por muchas que haya habido en el pasado y por crueles que hayan sido, el ser humano sigue empeñando en enfrentarse a su semejante por los siglos de los siglos.

Si hay un capítulo que me llamó la atención sobremanera es esa crítica despiadada hacia las comunidades autónomas, germen del separatismo y del singularismo más cateto, y responsables en no poco de esta crisis. No es ya sólo el separatismo que percibimos, sino que cada cual trata de diferenciarse de los demás asacando tradiciones que apenas se remontan al siglo XIX. Refiere Muñoz Molina, en opinión que comparto, que más allá de las divisiones territoriales, España es muy parecida en todos lados, y que un paseo por sus calles en cada uno de sus puntos cardinales no ofrece diferencias sustanciales, añade además que precisamente aquellas comunidades que quieren independizarse son las que tienen más rasgos de españolismo por la fisonomía de sus calles; y es cierto yo he visitado Cataluña y algunos de sus pueblos se parecían enormemente a los que yo conozco de mi Andalucía natal.

Las comunidades autónomas, que nacieron como una idónea forma de estructurar el Estado, y de acercar las instituciones al ciudadano, se han convertido en diecisiete microestados, con sus propias embajadas, sus chiringuitos competenciales que solapan a los estatales o directamente están exentos de funcionalidad, sus presidentes que se creen tocados por la mano de Dios, sus televisiones autonómicas..., y en verdad, este negocio se ha revelado a lo largo del tiempo, que nos ha salido caro.

Aunque también le da un repaso a los ayuntamientos es más benévolo que con otras instituciones, será por deformación profesional mía, o será porque él fue funcionario del Ayuntamiento de Granada, imagino que en excedencia, aunque ya jamás reclamará su plaza por razones obvias.

También bajo esas estructuras teóricamente sólidas existían y existen personas omniscientes, no necesariamente ni cultas, ni inteligentes, ni preparadas, valga políticos y empresarios, con su séquito de asesores y/o limpiababas, que estuvieron en el momento justo y en el lugar preciso, y tal vez los mejores declinaron estar allí por prestigio, por calidad humana, por razón de ser o porque sí; a lo mejor por eso nos ha ido como nos ha ido, pero seguimos.

Hay que decir que no soy un aficionado acérrimo a Antonio Muñoz Molina, es más en el género novelesco no lo sigo o lo sigo poco, porque lo que he leído no me ha gustado; tengo un particular mal recuerdo de Sefarad que me pareció indigerible, pero he de reconocer que lo más me gusta es su faceta ensayista, casi periodística, basada en muchas vivencias personales, ahí lo borda, en este sentido, me causó una gratísima impresión su Ardor guerrero, que narraba sus andanzas en la mili allá por finales de los 70, época convulsa, y más donde tuvo que hacerla en ese País Vasco que convivía con el asesinato y donde los cuarteles eran el punto de mira.

Este libro tiene de todo y tiene muchas opiniones, no todas las comparto, es lógico porque Muñoz Molina las ve desde su púlpito y desde esa posición privilegiada, como vecino además de Nueva York donde reside desde hace años, y le falta un poquito de acercamiento a la calle, pero en todo caso, la cirugía que realiza es muy acertada. El problema es que quien tiene que recibir el mensaje se limpiará sus posaderas con el mismo.

domingo, 16 de marzo de 2014

JOËL FAJERMAN, MÚSICA CONOCIDÍSIMA Y ROSTRO INÉDITO

Hace no mucho tiempo escuchaba en la radio a un mito de la radiofonía musical en España como José Ramón Pardo, al que dediqué en este blog hace unos meses una entradilla, y venía a referirse acerca de Joël Fajerman como el compositor de la música de las plantas, pensando que por su apellido sería más o menos danés o escandinavo, y advirtiendo su error, reconoció que había comprobado que era efectivamente francés.

Sinceramente yo siempre he sabido que era francés, o más exactamente una sintonía, una melodía suya permanecen en la mente de una mayoría de la población, que no es otra que “Flower's love” (“El amor de las flores” en una traducción libre), la cual formaba parte de la banda sonora de la serie de divulgación francesa “La aventura de las plantas” (L'aventure des plantes), que con mucha probabilidad la gente de mi época podrá recordar, nos remontamos al año 1979. Esa melodía está fijada en mi memoria, aunque no puedo verificar que sea producto de mi imaginación, pues yo recuerdo una planta creciendo a cámara rapidísima y una bella flor que se abría, mientras sonaba de fondo “Flower's love” que parecía ser la energía que hacía explotar la naturaleza ante nuestros ojos, como jamás hasta ese momento la habíamos visto.

Así que cuando me empecé a introducir en mi época universitaria en la balbuciente música New Age, tuve la necesidad de buscar al autor de esa sintonía casi mágica y descubrí a este Joël Fajerman.

Este inopinado descuido y a la par absolutamente indulgente de José Ramón Pardo me dio que pensar acerca de la trascendencia y el impacto social de la New Age, de la cual conocemos más sus músicas que a sus pioneros y hacedores. “Flowers love” sigue sonando en la televisión, en la radio, en alguna que otra megafonía local y mientras esa sintonía aterriza con suavidad en nuestros pabellones auditivos, el pobre Fajerman estará sumido en el olvido de muchos, aunque espero que los royaltys que cobra en concepto de derechos de autor le ayuden a atemperar esa relativa amargura.

Hay algunos aspectos que resultan curiosos en la carrera inicial de Joël Fajerman y que quizá los que estén un poco metidos en este mundillo también habrán podido observar. El primer detalle es que es francés y de la misma quinta que Jean-Michel Jarre, por lo que encontrar similitudes entre ambos es inevitable, ¿quién fue primero la gallina o el huevo? Lo cierto es que Jarre tenía una trayectoria más dilatada en la década de los 70 cuando Fajerman se encumbró con la música del documental “La aventura de las plantas”; ambos tenían una base clásica y seguramente bebieron de las mismas fuentes de la música realizada con sintetizador, amén de que las posibilidades de unos aparatos, en ese momento algo limitados, que no permitirían un amplio espectro.

Aparte de ello hay que decir que antes de su gran explosión Fajerman acumuló un amplio periplo por Japón dando conciertos antes de 1979, con una mínima producción de música realizada con sintetizador, y entiendo que plegado a la improvisación en un terreno musical en la que se iban abriendo paso una pequeña pléyade de compositores y en el que, por cierto, Japón tuvo que ver mucho en esta corriente, pues no hemos de olvidar que fueron los creadores de esos aparatos electrónicos que permitían hace música como jamás se había soñado hasta entonces (hoy esa hegemonía la han perdido con respecto a otros vecinos asiáticos).

La producción discográfica de Fajerman no fue muy amplia ni tampoco se puede confirmar que fuera un artista consagrado a los conciertos y a los espectáculos megalómanos, tal y como le ocurrió a su coetáneo Jarre; su labor siempre fue más gris, pero aún así conocida por el gran público aunque no le pongamos nombre ni mucho menos cara.

A este respecto hay que decir que esa labor gris ha estado siempre muy orientada a las sintonías, al medio televisivo (melodías de programas, series, anuncios y, sobre todo volviendo a su éxito primigenio, con bandas sonoras para documentales) y con toda seguridad también radiofónico.

Por poner un ejemplo gráfico, es el autor de la sintonía del programa concurso “La Chasse aux trésors”, programa que se haría también luego en España por TVE con el nombre de “A la caza del tesoro”, y que presentaba Isabel Tenaille y en cualquier lugar del mundo el intrépido Miguel de la Quadra-Salcedo, y del que yo abordé una reseñita en este humilde blog.

Del mismo modo, y para atestiguar su polifacético perfil compuso la música ambiental del pabellón de Francia en la Exposición Universal de Hannover del año 2000.

Como siempre digo, por lo menos espero, aunque creo que no cabe duda, que Joël Fajerman habrá podido vivir más que ampliamente de su música; aunque eso sí, existirán pocos músicos en el mundo que tengan una melodía tan conocida como esta Flower's love y sean tan olvidados.

sábado, 8 de marzo de 2014

"LA FUGA DE LOGAN", OTRA SERIE INACABADA

Cuando hace unos meses publicaba en este blog una entrada dedicada a la serie «Viaje fantástico», la cual por otro lado me había costado enorme trabajo localizar, también recordaba que habiendo hecho una batida entre algunos de mis selectos contactos (familiares y amigos) afloraban nombres de otras series más o menos conocidas, y uno de los que más se repetía era este, «La fuga de Logan», otro de esos productos estadounidenses que nos acompañaron, a mí por lo menos, en las tardes de siesta veraniegas, esas tardes calurosas sin aire acondicionado y mitigadas, si acaso, por un ventilador, en las que estaba prohibido salir a la calle y menos hacer ruido para no despertar al padre de familia (sinceramente de niño odiaba la siesta y ahora hago lo mismo que mi padre y me abstraigo para evitar ruidos). Estas eran las tarde de 1982.

Pues esta serie tenía ese halo que envolvía a otros programas de televisión, otras series, películas e incluso noticias en los años 70 y principios de los 80 del siglo pasado, en donde la ciencia ficción estaba en boga y el fenómeno OVNI nos caía hasta en la sopa. Por cierto, cuántos avistamientos, cuántas abducciones y cuántos testigos divulgaban sus experiencias paranormales, que parecía que uno salía a pasear por el campo y miraba al horizonte esperanzado de que a él le tocara; fue una auténtica moda y eso pasó.

Pues «La fuga de Logan» se inspiraba en una novela de finales de los 60 y en una película de 1976 con no mucho éxito, y al año siguiente se decidió continuar con las tendencias de la sociedad plasmadas en los televidentes, para sacar una producción seriada de corte futurista, surreal y que mostraba civilizaciones utópicas.

Pero ¿por qué se fugaba Logan? Pues, el intríngulis de la serie tenía su aquel, es decir, estaba muy bien fundamentado y si lo vemos con el paso del tiempo todavía cobra más actualidad si cabe. Logan vivía en la ciudad de «los domos» o de «las cúpulas». A propósito dependen los nombres de si el doblaje era español de España, o español de América (en Internet sólo se encuentran los episodios doblados en América y se llama «Fuga en el siglo XXIII» y «Logan´s Run» en inglés). En esa ciudad cubierta y cerrada viven una serie de habitantes que mueren en torno a los 30 años en el denominado «carrusel», en todo un evento festivo que se entiende que les proporciona un paraíso o una resurrección.

En realidad la ciudad de los domos está gobernada por una especie de comisión de sabios o ancianos que, por razones de espacio físico, ha de realizar esa limpieza y limitar la edad de sus habitantes, para evitar la superpoblación y mantener el equilibrio demográfico. No se explicita que los miembros de esa comisión sean los padres de todos los habitantes de la ciudad, pero dado el sectarismo y crueldad de estos rectores, yo me arrogo ese detalle subliminal y lo doy por hecho.

En este particular submundo, este inocente rebaño que vive ciertamente de forma acomodada, nada impide entender lo contrario; a todos se les ha convencido que salir al exterior significa la muerte, pues ha habido una guerra nuclear y el aire está contaminado y es lógicamente irrespirable. No obstante, siempre sale algún díscolo que piensa más de lo normal y no se cree la trola y algunas personas han recibido información externa de esa otra realidad. Así que en la ciudad de los domos se tiene que asegurar que el statu quo no se rompa jamás y que no haya interferencias con el exterior, para eso hay un equipo de guardianes, para impedir que nadie salga, y si alguien lo hace que no vuelva para desvelar el engaño y la realidad.

Pues Logan (Gregory Harrison), que era un guardián, en un auténtico flash se convence casi instantáneamente en el primer capítulo y se escapa junto con Jessica (Heather Menzies); no tardarán en salir a la busca de estos fugitivos otros guardianes liderados por Francis (Randy Powell). Obviamente, aquí surge la primera elucubración de la serie y es que cómo se mantienen los guardias motivados para ejercer su tarea sabedores de que fuera el aire es óptimo, pues no se sabe con todos, pero al menos a Martin le prometen formar parte de la comisión de sabios, es decir, no morir a los treinta años sino de viejo, y tener obviamente los privilegios de este selecto grupo, siniestro trato a decir verdad.

Nuestros fugitivos intentarán buscar lo que otros fugitivos les han hecho llegar, que hay algún lugar en el mundo que se llama «el Santuario», algo así como un edén o una gloria para los cristianos, donde poder vivir en paz y armonía hasta el final de sus días.

No recuerdo si es en el primer capítulo o en el segundo cuando se incorpora a los fugitivos el amigo Rem (Donald Moffat), un humanoide, es decir, una máquina (por dentro) con apariencia humana y además cara de buena persona, que les ayudará en todas sus aventuras y que les proporcionará a Logan y Jessica el aplomo y la serenidad técnica que a veces requieren.

Todo esto sucede en los dos primeros capítulos y a partir de ahí ¿qué? Pues es cuando se fundamenta el sacarle punta a la novela y en menor medida a la película previa. Nuestro trío de aventureros que se encuentran casualmente con un vehículo solar, mezcla de coche y de hovercraft, se desplazan por aquí y por allá y se van encontrando con pueblos, gentes, civilizaciones que, al parecer, viven aisladas sin contactos mutuos. O nuestros amigos son atacados o algún cacique se encarga de sojuzgar al resto del pueblo en cuestión; algo que curiosamente se repetía en la serie «Viaje fantástico» que era anterior en el tiempo.

Las similitudes y las comparaciones es obvio que hay que hacerlas, porque aunque en Viaje fantástico se transportaban a otro espacio – tiempo, tenían que resolver los mismos problemas que los de La fuga de Logan, y ambos grupos buscaban su futuro, su paraíso.

Incluso el colmo de la coincidencia es que ambas series tuvieron un número limitado de capítulos y muy similar y las dos fueron cortadas sin que sus protagonistas alcanzaran ningún fin. Como ya referí en Viaje fantástico, al cerrar la serie prematuramente sus personajes se quedaron en el limbo del espacio – tiempo; en La fuga de Logan se llegó al decimocuarto capítulo y ni llegaron al Santuario ni nada parecido, era un capítulo más; así que los personajes también se quedaron anclados en el futuro.

Lo paradójico de todo esto es que igual que teóricamente fracasó en Estados Unidos, donde se producía, en España las series futuristas o de ciencia ficción sí que tuvieron mucho gancho y esta de La fuga de Logan, quién no la recuerda.

Los datos curiosos o anecdóticos de la serie son varios, para empezar la estética moderno – cutre de finales de los 70 hace que veamos los trajes de los personajes como un tanto carnavalescos, ahora que estamos en la época; así como los escenarios y decorados un tanto ajados, donde llama la atención especialmente cuando sus personajes acceden a ordenadores, computadoras, aparatajes electrónicos..., muy cutrecillo todo, y un poco al estilo de lo que un atrezzista de hace más de treinta años podría imaginar que sería la evolución de la técnica, es decir, muy alejada de la realidad actual, y donde por ejemplo, no aparece un aparato tan simple y común hoy día como el teléfono móvil.

Tampoco puede eludirse el hacer mención a la relación entre Logan y la bella e inocente Jessica, muy soslayada en la serie, apenas jalonada con algún beso y un toque de culo, esa tensión sexual no existe, algo que una serie actual exigiría, y a veces se echa en falta, porque de otro modo no se entiende que en una aventura tan trascendental como la que están abordando dos jóvenes bien parecidos tengan mínimos acercamientos.

Por último, los frikis de esta serie, que también los hay, han dejado escrito en algunas web que ese viaje frenético de los tres personajes en busca del santuario, donde se daba por supuesto que se alejaban más y más de la ciudad de los domos, no se entendía que en un capítulo concreto, nuestros amigos son apresados y devueltos a dicha ciudad, tal cual si los hubieran localizado a unos kilómetros de su primigenio cautiverio: sinceramente un poco rebuscado.

Lo cierto es que la serie era entretenida, nos acercaba a un género muy de moda en esa época, y la trama, amén de lo cutrecillo de trajes y escenarios, era entretenida, evitaba la violencia, y tenía algún que otro giro cómico. En fin, verdaderamente una joya del frikismo, ¿o no?