sábado, 25 de enero de 2014

ALLY MCBEAL, TODA UNA OBRA MAESTRA DE LA TELEVISIÓN

Escuché no hace mucho a alguien comentando que había series de televisión que podían ser equiparables a obras maestras del cine, ¿y por qué no?, ¿por qué no puede haberlas cuando se hace con inversiones, actores y equipos de primer nivel? Desde luego, si no el conjunto de las series, sí que puede que haya muchísimos capítulos a lo largo de la historia de la televisión que son auténticamente geniales.

Humildemente pienso que Ally McBeal es una de esas series, una serie genial en la que muchos de sus capítulos son joyas, de muchísima calidad y comparables con muchas películas de gran nivel del séptimo arte.

Ally McBeal tiene todo lo que una buena serie puede tener e incluso más: magnífico cuadro actoral, medios económicos, dirección (David E. Kelley) y producción impolutas y casi lo más importante en las series televisivas, un equipo de guionistas simplemente fantástico.

Fueron innumerables los elementos positivos de la serie y sólo una cosa falló en mi opinión. Duró cinco temporadas, cuatro muy buenas y la quinta y última con un cambio radical de personajes flojeó bastante, pero eso no impide calificarla como se merece.

El formato o espíritu de la serie fue la clave del éxito, se trataba de una especie de comedia romántica. El tono simpático y alegre se mezclaba con historias cotidianas de los personajes atenazados fundamentalmente por sus problemas sentimentales y, por supuesto, con la resolución de asuntos judiciales.

En el bufete Cage & Fish ubicado en la urbe estadounidense de Boston se daban cita un grupo de jóvenes abogados ambiciosos capaces de ponerse el mundo por montera y que no le hacían ascos a ningún caso por difícil que este fuera. Su vehemencia en los juzgados también se traducía en su vida diaria donde las relaciones personales eran como la marea, ratos buenos y otros de guerra sin cuartel, y en medio de todo el amor, el anhelo de encontrar la felicidad a través de un/a compañero/a sentimental. Esa fue otra clave en el discurrir de la serie, y es que la historia de los personajes principales nunca se cerraba, nadie era emparejado definitivamente, todos sufrían por eso y eso formaba parte de la chicha de la serie, la esperanza de que esos personajes hallaran el amor verdadero.

El personaje principal Ally McBeal (Calista Flockhart) encarnaba todo lo comentado hasta ahora, sus devaneos amorosos fueron varios a lo largo de la serie, se partía de la base de que su exnovio de toda la vida y, sin duda, su media naranja perfecta, también era abogado del mismo bufete, Billy Thomas (Gil Bellows), pero este estaba casado con otra abogada que también trabajaba allí, Georgia (Courtney Thorne-Smith, a la que conocimos en Melrose Place) y eso generó numerosas tensiones no resueltas, o drásticamente solucionadas a la postre, con la muerte repentina de Billy en la tercera temporada.

Pero aparte de eso la característica fundamental de Ally podríamos decir que era su inestabilidad emocional, lo que le provocaba tener una constante lucha interior, se trataba de una mujer que cuestionaba todo en su vida, tal vez no contenta con nada, cuando estaba mal lo pasaba muy mal, y cuando estaba feliz le sacaba algún pero. Toda esa convulsa vida interior se traducía también en que, de vez en cuando, tuviera alucinaciones: muñecos que la atacaban, cantantes que se aparecían en su dormitorio, unicornios alados o el propio Billy una vez muerto... Definitivamente Ally McBeal era una chica rara.

Uno de los soportes fundamentales de la serie era el dúo Richard Fish (Greg Germann) – John Cage (Peter MacNicol), se trata de los dueños del bufete. Una histriónica pareja, en la que el primero representa al jefe bromista, superficial y materialista, de hecho, casi se dedica a las finanzas del bufete y a aparecer poco en los tribunales, porque su principal obsesión, aparte de las mujeres, es ganar mucho dinero. John, también conocido por su apodo Bizcochito, por su parte es, en cierto modo, una copia de Ally, un tipo muy sensible y con constantes luchas espirituales, capaz de tartamudear cuando conversa con una persona (yo diría que tiene algunos rasgos del síndrome de Asperger), pero absolutamente implacable en los tribunales donde es un tipo brillante, casi el especialista en convertir los casos imposibles en salidas razonables gracias a su ingenio.

No menos importante es la secretaria del bufete, Elaine Vassal (Jane Krakowski) que lo es de Ally, aparte de amiga, y casi de todos los abogados. Una mujer cotilla, ardiente y sensual, con mucho gusto por la música, pues es una excelente cantante. En apariencia muy superficial, pero se revela a lo largo de la serie como una chica con bastantes sentimientos y con la cabeza mejor amueblada de lo que parece.

Hay varios personajes importantes más, la serie dio para mucho; así brevemente se puede citar a René Radick (Lisa Nicole Carson), la compañera de piso de Ally, fiscal del distrito a la sazón, la cual es un buen contrapunto para la cabecita loca de Ally; Nelle Porter (Portia de Rossi), la fría y un tanto sofisticada rubia del bufete que no despierta pasiones precisamente, por su despiadada forma de ser; Ling (Lucy Liu), amiga de Nelle, mujer de armas tomar, absolutamente dominante y que con el paso de los capítulos se descubre que también es abogada y se queda a trabajar en el bufete.

Otros muchos personajes habituales aparecieron en la serie, casi una veintena, entre jueces, novios y novias de los personajes, los padres de algunos de ellos, clientes del bufete, nuevos abogados, pero sólo he hecho mención a los que le dieron caché desde el principio, en la primera y segunda temporada.

Por cierto que jugaba un papel fundamentalísimo en la serie la música, de hecho, no se puede entender o no sería la misma serie si la música no hubiera estado tan presente. En principio, hay un personaje principal que sale en todos los episodios y que no habla, sólo canta, se trata de Vonda Shepard, no interpreta a nadie, hace de sí misma; quiero pensar que no era muy popular antes de 1997, y su atractivo, versatilidad y disponibilidad la hicieron la candidata perfecta para ser la cantante del bar de abajo del bufete, al que acudían religiosamente todos los abogados del bufete y todos los días al terminar la jornada laboral para tomar una copa. Con este impulso Vonda ha llegado a ser una de las cantantes más aclamadas de Estados Unidos y todo gracias a una serie de televisión, no habrá muchos casos como este.

Pero ese no sólo era el único guiño a la música, buena parte de los personajes principales se activaban con la música, la propia Ally; y era especialmente significativa la relación entre John Cage y Barry White, su canción «You're the First, the Last, My Everything» sonaba mucho en su mente para servirle de inspiración, si no sonaba mal asunto. Pero es que lo curioso de la historia es que el propio Barry White aparece realmente en algún capítulo.

Y no sólo él, también aparecen otros cantantes tan reputados como Al Green, Tina Turner, Barry Manilow, Chayanne..., por supuesto, cantando en el exclusivo garito de abajo.

Había un detalle también muy significativo de la serie y es que no se perdía el hilo conductor de un capítulo aislado, aunque cada entrega era como un pequeño universo, las historias principales trascendían a lo largo de la serie, e incluso clientes del bufete que aparecían para un caso puntual, continúan algunos capítulos más porque resultan atractivos para los guionistas y les quieren sacar partido. Seguro que la serie disponía de ruedas de televidentes seleccionados que visionan la serie antes de que se emita (como consumidores exigentes) y dan una especie de opinión de la calle acerca de adónde tiene que dirigirse la serie.

Otro apunte de increíble genialidad es que se alternaban los asuntos judiciales, que solían ser en las más de las ocasiones, muy rebuscados, rocambolescos, a veces simplemente imposibles; con las vidas de los personajes del bufete, y curiosamente lo que se trataba en el juzgado por extraño que fuera, solía tener alguna relación con los problemas cotidianos de esos personajes. Esto era un auténtico dechado de ingenio.

Tal vez mucha gente recuerde la serie por sus efectos especiales, recurso utilizadísimo en la misma a lo largo de sus cinco temporadas (1997 a 2002), se trataba por ejemplo, de que si los personajes se fijaban en algo detenidamente sus ojos saltaban de sus órbitas cómicamente, como si tenían que poner pies en polvorosa y salían pitando cuan personaje de dibujos animados, o empequeñecían cuando metían la pata...

Del mismo modo que otro elemento singular de la serie era el cuarto de baño unisex, donde en cada capítulo se sucedían buena parte de las tramas. Todo el mundo accedía allí para contar sus intimidades y las más de las veces siempre aparecía alguien o aquel de quien se estaba hablando, para producir el consiguiente chasco en los conversantes. ¿Cambió el mundo esta serie y se extendieron los baños unisex?

Por cierto, cómo nos vendían Boston. Ya lo he dicho en alguna ocasión, los estadounidenses son unos enamorados de su país, ¡qué envidia! En cada capítulo una imagen tomada desde el aire nos mostraba panorámicas de esta ciudad, que daban ganas de aterrizar allí y darse una vuelta por sus calles o por sus plazas.

Y bueno, como decía al principio, el único pero es que en la última temporada los cambios y el desfile de personajes fue ya brutal; o los guionistas ya estaban cansados y quisieron suicidarse o arriesgaron tanto que el asunto le salió rana, porque retorcieron ya más de la cuenta. A Ally le sacaron una hija preadolescente, fruto de una donación de ovocitos, y la emparejaron con otro cantante, Jon Bon Jovi, si esto es el colmo de lo friki, y además él no canta en la serie, sí hace de niñero, fontanero, pintor abstracto y consejero sentimental, lo dicho, casi se cargan el prestigio de la serie.

También apareció un transformista vestido de mujer y con el pelo tintado de violeta Claire Otoms (Dame Edna Everage o en realidad Barry Humpries), que también trabaja en el bufete y sinceramente a mí no me hacía ni chispa de gracia, y al que eligieron para doblarlo en España también le dio la puntilla.

Pues nada, en el último capítulo todos se despiden porque Ally se va con su hija a Nueva York, coincidiendo con que finalmente se rompe la maldición y uno del bufete se casa, Richard Fish, con una joven y prometedora abogada recién llegada al bufete Liza Bump (Christina Ricci), y ahí se reúnen los personajes más importantes que han pasado por la serie, incluido el difunto Billy Thomas que es invocado por Ally y aparece en la foto final.

En fin, un sobresaliente alto, casi de matrícula de honor (por el fiasco del final), para una serie conocidísima que dejó honda huella en todos los que la vimos y disfrutamos con ella.

sábado, 18 de enero de 2014

LA AUTOCANASTA O EL DÍA QUE EL REAL MADRID CAMBIÓ LAS REGLAS DEL BALONCESTO

No miento si digo que, como decía un amigo que tuve en mi juventud, el baloncesto es más entretenido y espectacular que el fútbol; realmente lo es como lo es el balonmano y la mayoría de deportes colectivos donde hay intercambio de goles o puntos. Es decir, que un partido del fútbol puede ser soso y aburrido, que los hay y muchos, más allá de la tensión siempre latente de que alguno de los contendientes meta gol, pero a veces los partidos terminan con un marcador corto (o largo) y el choque ha sido un pestiño mayúsculo.

Pues eso, que si alguna vez tengo que ocupar algún tiempo libre, escaso pero existente, y en la tele están echando un partido de baloncesto, seguro que me pongo a verlo aunque sea intrascendente; si el encuentro es de fútbol me lo pienso por muy importantes que sean los equipos o jugadores que en él participan.

Así que quedando claro que he sido y sigo siendo un buen seguidor del baloncesto, bastante del europeo, menos del nacional y por temporadas sigo la NBA, he de decir que algunos hechos me impulsan a seguir con más ahínco algunas competiciones. Es el caso de este año con el Real Madrid de baloncesto que está batiendo todos los récord habidos y por haber, y eso me motiva para seguirlo y ver dónde está su límite.

Pero nada de lo que está haciendo ahora le valdrá si no consigue su objetivo último que es alzarse con la Euroliga, reverdeciendo viejos laureles porque el Real Madrid es el club con más Copas de Europa (antigua competición), pero lleva bastantes años sin conseguir el máximo entorchado europeo, un montón en realidad, desde que Sabonis dominaba los tableros hace ya casi veinte años. El año pasado quedó Subcampeón y le falló la experiencia que los equipos griegos atesoran de las últimas Final Four, donde el Madrid no ha sido un visitante habitual.

No obstante, esta explosión de juego y resultados del equipo madridista, amparada por una plantilla muy equilibrada y completa, me ha dado pie para rememorar al Real Madrid de la década de los 60. Sobre todo porque se batió si no recuerdo mal, en estos días de Navidad, un récord que databa de aquella época en nuestra liga nacional, actualmente llamada ACB, e invitaron al palco a uno de los pioneros del baloncesto de nuestro país, D. Pedro Ferrándiz, entrenador de aquel Real Madrid que comenzaba a discutir el dominio de los países de Europa del Este hace medio siglo.

Efectivamente en esos primeros años en que se creó la Copa de Europa, a partir de la temporada 1957/58, los equipos del Telón de Acero llevaban la voz cantante en esta competición, aunque ya en la 1961/62 el Madrid alcanzó la final de la misma, perdiendo a la postre ante el Dinamo de Tiflis, pero ya se habían puesto las bases con el mariscal Ferrándiz para que el Madrid se fuera haciendo el hueco en los tableros del Viejo Continente.

Lo que es más curioso es que Pedro Ferrándiz pasó a la historia amén de sus logros deportivos, por haber propiciado un trascendente cambio en las reglas de este deporte, y es cuando traigo a colación la rocambolesca historia de la autocanasta o la autoderrota que dio origen a dicha modificación reglamentaria.

Corría el año 1962 y el Real Madrid visitaba en octavos de final de la Copa de Europa una de las canchas más calientes del mundo, la del Ignis de Varese italiano. Es imaginable cómo se vivía el baloncesto en esta ciudad del norte de Italia cercana a la frontera con Suiza y de poco más de 60.000 habitantes en aquel momento, es decir, lo que viene siendo una olla a presión.

Pues allí se presentó el Madrid el 18 de enero de aquel año en el partido de ida, partía como favorito en la eliminatoria pues tenía mejor plantilla, pero el trámite de Varese había que superarlo sin daños colaterales y eso no era un plato fácil de digerir. Por aquel entonces, siendo un partido de ida y otro de vuelta, no es como ahora, primaba la diferencia de puntos.

El Madrid tenía una buena escuadra, con jugadores históricos que seguro que a los de mi época les sonarán: Sevillano, Emiliano Rodríguez, Morrison, Hightower, Lolo Sáinz, Descartín, Alocén, Lluis, Llopis y Durand.

El partido comenzó bien y los de la capital de España con sus dos torres estadounidenses fueron cobrando ventaja en la primera mitad (antes no había cuartos sino dos períodos de veinte minutos cada uno), hasta irse al descanso con una cómoda renta de ocho puntos, 36 – 44 para los blancos.

Pero a vuelta de vestuarios la presión ambiental se multiplicó, aquella olla a presión estaba en su punto óptimo de ebullición, y de aquel clima también parecieron permearse los árbitros, que imagino que en aquellos años no las tendrían todas consigo ni se fiarían mucho de las más livianas que las actuales medidas de seguridad, o fuerzas del orden que pudieran velar por sus integridades. Por cierto, antes eran dos árbitros (qué curioso, en un deporte con diez jugadores en el campo ahora hay tres árbitros, en muchos deportes colectivos hay dos árbitros, y en el fútbol con veintidós tuercebotas en el terreno de juego, un colegiado nada más haciendo un auténtico maratón a lo largo de noventa minutos, todo un prodigio de agudeza visual), pues eso que al francés De Redevilher (ay los franceses, siempre los franceses) y al suizo Readler les superó la emoción y comenzaron a pitar de forma parcial, eso dicen las crónicas. Particularmente no veían las mismas faltas en una zona que en otra, y así los jugadores más importantes del Madrid fueron masacrados con personales.

De manera que se llegó al último minuto, aun así con cinco puntos de ventaja para los blancos, y la mala suerte se cebó en los españoles, con sus mejores jugadores más castigados, alguno incluso tocados físicamente por lo duro que se empleó la escuadra italiana. Pero los locales consiguieron anotar dos canastas y una de ellas con un tiro adicional, y se llegó al empate con dos segundos de posesión para el conjunto de Ferrándiz.

Y aquí empieza una de las historias más románticas, curiosas y graciosa a la par (sí, sé que abuso mucho de la adjetivación) de la historia del deporte y particularmente del baloncesto. Pedro Ferrándiz pidió tiempo muerto con el empate a 80 en el luminoso y rápidamente analizó la situación: Sevillano y Morrison eliminados, Lolo Sáinz y Emiliano con cuatro personales y Hightower lesionado. La posibilidad de jugar una prórroga podría permitir fácilmente a los italianos sacar una importante renta que haría peligrar la eliminatoria, y al entrenador madridista no se le ocurrió otra cosa que meterse una canasta en aro propio, para perder de dos y así afrontar la vuelta con una desventaja mínima pero muy posiblemente superable en la capital de España.

Pero el método tenía que estar perfectamente diseñado, no podía tener fallas; de ahí que se descartó echarle la pelota a un jugador rival que con dos segundos a lo mejor se ponía nervioso y no la metía (porque no entendería que le regalaran la bola), aparte de que muy posiblemente los italianos se metieran en su propio campo y no estarían ni siquiera cerca del aro madridista, como así ocurrió; así que lo mejor de todo era darle el balón a un jugador propio y que hiciera como que se equivocaba y metía la canasta en su propia cesta. Para evitar problemas Ferrándiz dijo a los suyos, algo así como «nada más anotar la canasta salid corriendo por si hay problemas». Dicho y hecho, se sacó de fondo y Lorenzo Alocén presuroso, no falló, y el R. Madrid perdía en Varese por 82 – 80.

Parece ser que tampoco hizo mucha falta correr, porque los aficionados italianos no salieron de su asombro y de su alegría, un jugador contrario se había equivocado de canasta y, en definitiva, su equipo había vencido. Sólo al poco rato el público y el propio equipo italiano se dieron cuenta de la argucia y del plan de Ferrándiz, pero para entonces los madrileños ya estaban seguros en su vestuario.

Ni que decir tiene que esta historia no estaría auténticamente completa si el propósito con el que se urdió la estratagema no hubiera funcionado. Y funcionó, en la vuelta el Madrid se comió al Ignis de Varese por un inapelable 83 – 62.

Aquella jugada maestra propició que la FIBA tomara cartas en el asunto y que se estableciera de ahí para siempre, aunque ahora ya no tiene sentido porque ya no se tienen en cuenta las diferencias de puntos en las eliminatorias, la siguiente norma que viene a decir: «La autocanasta anotada en los últimos instantes de un partido que evite un empate como resultado final, comportará la inmediata descalificación del equipo al que pertenezca el jugador autor de la autocanasta». Pero esto fue posterior y la autocanasta de Ferrándiz-Alocén pasó a la historia. Menos mal que los españoles también sabemos inventar aunque sea en muchas ocasiones para ser más vivos que el resto.

Como he dicho al principio se perdería la final de aquella Copa de Europa, pero en los años sucesivos el Real Madrid reinó en Europa.

Por suerte estamos esta temporada en un enclave que puede ser histórico, porque como ya he comentado, el equipo madrileño está que se sale, pero ¿serán capaces de tener el mismo ritmo toda la temporada? En mi opinión sería higiénico perder algún partido, no autoderrotarse, pero sí que les salga un mal partido y que el rival le meta mano, porque de otro modo, cuando tenga que afrontar momentos críticos se puede ver superado por los acontecimientos, porque toda la temporada habrá estado jugando muy sobrado y sin haber aprendido del sufrimiento y de la propia derrota.

domingo, 12 de enero de 2014

PRO-INFANCIA HÚNGARA, UNA SERIE DE ANTAÑO, Y FRANCO MIRANDO SÓLO A ALGUNOS SITIOS

Plantearse que un gobierno dictatorial no tiene en la propaganda uno de sus mejores recursos para el adoctrinamiento de masas, es como soñar que Bárcenas va a devolver hasta el último céntimo que se apropió de forma corrupta, o que la polémica de los ERE andaluz se va a saldar con el empalamiento de algún pez gordo.

Y para colmo, no ya sólo un gobierno dictatorial sino que ahora, la propaganda, tal vez más velada que antes, pero propaganda a todas luces, sigue estando presente, aposentada en las esferas de los políticos de turno que aprovechan espacios y escenarios, a costa del dinero de todos.

En el régimen franquista no era propaganda velada, era adoctrinamiento sistemático a todos los niveles: televisión, radio, escuelas, empresas... Nada quedaba a salvo, o nadie se atrevía a salirse de los raíles. En esa España de la década de los 50 o los 60, y la de los 70 en la que yo ya tuve uso de razón, vivíamos en una especie de paz vigilada, donde podíamos hablar de casi todo lo cotidiano, entre ello el fútbol (opio para el pueblo), los toros, las mujeres, el boxeo..., pero en depende qué sitios estuvieras, algunos temas se convertían en tabúes.

La filatelia, mucho más popular en el régimen franquista que ahora, también podía ser un vehículo para transportar esa propaganda. Entonces las relaciones epistolares, el tráfico postal en definitiva lo eran todo, ya se sabe, no había los adelantos que hoy tenemos y que son por todos conocidos. Por tanto, el sello llegaba a muchos lados, tenía una impresionante proyección y había que cuidar lo que se emitía, y por supuesto, había que aprovechar lo que se emitía para influir en la población, para mantener las bases del pensamiento, para que todo hijo de vecino supiera quién mandaba y, por ejemplo, cuáles eran los amigos de España y sus irredentos adversarios.

He querido poner hoy un ejemplo de una serie, muy famosa en aquella época, la década de los 50, que además cualquier filatelista medio conoce de sobra, se trata de la serie «Pro-Infancia Húngara» que se emitió en 1956. Se trataba de una de las muestras más clamorosas de adoctrinamiento que ha tenido la historia de la filatelia en España.

Corría ese año 1956, octubre de ese año, y se lió parda en Hungría, muy resumidamente los húngaros se rebelaron contra el gobierno estalinista impuesto por la Unión Soviética, en lo que fue una especie de revolución espontánea comandada por grupos estudiantiles. A los pocos días, los soviéticos aprovechando su influencia en los países del Telón de Acero y que sus enemigos occidentales estaban concentrados en otros acontecimientos, entraban con su maquinaria bélica y con ese poder aplastaban lo que se llamó la «Revolución Húngara» en apenas una semana, en una batalla absolutamente desigual.

Las consecuencias trágicas de la incursión soviética para devolver una paz impuesta fueron 2.500 muertos y unos 13.000 heridos, amén de eso se produjo una importante purga con arrestos en masa y posteriores ejecuciones, así como otras actuaciones que provocaron que un número no inferior a 20.000 húngaros tuvieran que huir de su país.

Hasta ahí encaja el trágico escenario que acaeció en la nación magiar en 1956; lo que ocurre es que España explotó aquella crisis con uno de sus vehículos de divulgación más potentes que tenía en ese momento, el sello. El franquismo se hizo eco de aquella tragedia, queriendo mostrar a los españoles los males que ocasionaba el enemigo comunista.

Trascendió que la revolución estaba afectando también a niños, ya fuera por muertes directas e indiscriminadas, y mucho más aún por el desamparo en que quedaban los hijos de aquellos que habían sido eliminados o purgados.

De hecho, las crónicas de aquella época no pueden ser más gráficas, es particularmente ilustrativo el telegrama que mandó al respecto de esta crisis la Oficina Internacional de la Infancia a las Naciones Unidas (organización esta última tan inoperante antaño como en la actualidad) que señalaba: «En calidad de organización no gubernamental dotada de estatuto consultivo agrupando organizaciones católicas de protección a la infancia en el mundo entero, suplica Naciones Unidas actúen rápida y eficazmente para detener horrible crimen pueblo donde los niños son inocentes y primeras víctimas. Pide ante la no respuesta Unión Soviética a resolución Asamblea General extraordinaria de 4 de noviembre de 1956 adopción y realización rápidas medidas concretas salvaguardia infancia húngara y libertad pueblo húngaro.»

Es decir que antes como ahora, las resoluciones de las Naciones Unidas no servían para nada y el poder de esta organización era testimonial o mucho menos que eso. Pero aquella resolución, las llamadas internacionales a la solidaridad (de los países del otro frente, obviamente), marcaron un movimiento que en España fue utilizado por el aparato franquista y su brazo religioso para denotar los males del comunismo, enemigo impertérrito. De hecho, en los recortes de prensa de la época, se suceden los responsos y solemnes funerales en los cuatro puntos cardinales de la geografía española: Oviedo, Ciudad Real, Tudela (Navarra), Palma de Mallorca, Almería, San Sebastián o Murcia.

Aquella serie filatélica nació para ser un eslabón más en la cadena del adoctrinamiento, había que colaborar con la causa y la lógica me lleva a pensar que, de algún modo, una parte de los ingresos por la venta de los sellos se debería destinar a no sé qué organización para acoger a esos niños desamparados. Esa es la lógica pero en la parafernalia oscurantista y alejada de cualquier transparencia, jamás trascendió qué cantidad de aquel gesto fue dedicada verdaderamente a la intención con que se orquestó.

No es mi intención, ni mucho menos, criticar que aquella revolución y las consecuencias que aquellos infantes pudieran haber sufrido, no eran dignos de ser utilizados y denunciados por un gobierno más o menos legítimo como el nuestro hace más de medio siglo. A mí cualquier muerte me genera conmoción, una sola muerte trágica, incluso la de un inocente y frágil animalillo me la merece; por eso aquellas muertes fueron duras, como otras muchas, pero a Franco no le interesaba más que determinadas muertes, determinados damnificados, la de aquellos que eran atacados por sus furibundos enemigos.

Y ya digo, no tiene más valor para mí una muerte sea de uno u otro bando, ni un criminal es más malo o más asesino que otro por el hecho de haber matado a más personas, en cualquier caso, como decía aquel que Dios y el Cielo lo juzguen; para mí un asesino no tiene perdón aunque redima su culpa en la cárcel durante décadas y luego salga libre (lo digo por los de la ETA), seguirá siendo un asesino toda su vida, y me reitero me da igual que haya matado a uno o a cien, aunque el grado de ensañamiento o crueldad del último quizás esté más acentuado.

Pero amigos, el adoctrinamiento tenía color, no todos los muertos valían lo mismo; ya que puestos a pensar por qué no se lo ocurrió al franquismo, imperante como gobierno en nuestro país desde 1939, y que supo de primera mano lo que Hitler estaba haciendo en sus campos de exterminio, esa limpieza que afectó sin duda a millones de niños; niños que, los que consiguieron sobrevivir a aquella barbarie, vagaron perdidos, buscando a sus familiares en una Europa rota y caótica, o simplemente tratando de encontrar a personas de buen corazón que se hicieran cargo de sus vidas.

Tan horrible fue el crimen de aquella invasión soviética en Hungría como el del exterminio nazi. Horribles fueron las ejecuciones políticas en España tras la Guerra Civil, pero horripilantes fueron tantas y tantas, de Guantánamo ¿qué?, ¿y la guerra de Vietnam?, ¿y...?, incluso después tampoco Franco quiso ver ni las cosas malas que hacían los comunistas; aquello de la Pro Infancia Húngara fue un buen momento para el régimen, con más de quince años en el poder y había que ofrecer al pueblo un elemento de discordia, de exacerbación.

Lo peor de todo es que, como decía al principio, la propaganda más sutil, menos visible aún existe, tanto para los gobiernos (el nuestro y cualquiera occidental) como para los medios de comunicación. Los muertos son más importantes cuanto más cerca están geográficamente de nuestro país. Me molesta profundamente cuando acaece alguna desgracia en cualquier punto del planeta y el periodista de turno señala: «Hay X víctimas, aunque no se ha informado que hubiera españoles entre las mismas». Ah bueno, pues siendo así ya podemos cenar tranquilos.

Por otro lado, se abusa últimamente en España mucho de los sellos con motivos religiosos y esa deriva no me gusta nada, en lo que debe ser un Gobierno aconfesional.

Y dicho esto, había una motivación aparte de la crítica para recordar esta serie, y es que corrido el velo propagandístico, el diseño de los sellos es muy bonito, en realidad, la mayoría de las series de la década de los 50 y los 60 eran muy bonitas. Entonces no había ordenadores, todo era trabajo de estudio, de pluma, de colores, todo hecho a mano, artesanal, era el momento del artista, y los resultados fueron muy buenos, auténticas joyitas: litografías, calcografías, huecograbados

La serie, realizada mediante huecograbado, se componía de seis sellos de diferentes valores y colores, con una tirada que variaba entre los cuatro millones y diez millones de efectos según el valor. La serie repite el mismo motivo en cada una de sus seis manifestaciones, en un fondo un tanto abstracto de picos y rayos, que tal vez representa la guerra, aparece en primer plano un sobre en blanco y dentro del mismo también superpuesto se resaltan las figuras de un niño pequeño y una niña más mayor que parece hacerle un gesto de afecto.

Una serie que, por cierto, tiene un cierto valor, lo que no se corresponde con la tirada que tuvo, pero a veces estos son los misterios de la filatelia. En todo caso, no es un precio para arruinarse, pues por apenas quince euros y en nuevo, podemos tener esta serie con todo el matiz histórico que aquí he tratado de reflejar.

sábado, 4 de enero de 2014

RAY LYNCH, MI PARTICULAR COMODÍN EN LA MÚSICA NEW AGE

Quizá sólo yo tenga esa sensación, pero a la música de Ray Lynch yo le llamo la música comodín, porque me ayuda en cualquier momento, tanto si estoy alegre y necesito activarme aún más, o si tengo algún bajoncillo y requiero de unas dosis de ánimo; también para meditar o leer, te permite evadirte.

A mí la música de Ray Lynch me provoca eso, es un estilo de New Age que tiene de todo y es diferente al resto. Ya es difícil que en la New Age ocurra, porque muchas veces te pones a escuchar a compositores actuales y son muy parecidos unos a otros, no encuentras apenas singularidades. No obstante, será porque llevo media vida escuchando a Ray Lynch, sé que su música es única, nada parecida a otras, particular y potente, inconfundible.

Y es cierto cuando digo que llevo media vida de idilio con Ray Lynch; estoy convencido de que fue uno de los primeros cinco músicos de New Age o de vanguardia que tuve el gusto de conocer en mi existencia. Era un habitual de Ramón Trecet en su célebre «Diálogos 3», cuando muchos jóvenes buscábamos o ser modernos, o una música que te acompañara en el tiempo de estudio y te ayudara a concentrarte.

A partir de ahí casi me atrevería a decir que no dejo pasar ni seis meses en los que me surja la necesidad de escuchar a Lynch, mi comodín, ahí está dispuesto a ponerme el parche que cualquier circunstancia vital solicita.

Puedo decir que es de los pocos músicos de los que me sé los títulos de algunos de sus temas, los reconozco en cuanto los oigo; alguna vez se han colado en televisión y me he sonreído en un guiño un tanto presuntuoso por mi parte.

En Granada tenía una cinta de casete (hoy decir casete parece casi un anacronismo) con una selección de sus mejores temas, y la tenía trillada. Por entonces, hace algo más de veinte años, el acceso a discos completos no era tan sencillo como ahora, y menos de música New Age, había un tráfico casi mafioso de grabaciones de estas nuevas músicas. La mayoría grabábamos directamente de la radio, aquello era muy rudimentario, es cierto, pero cuando aparecía alguien que había copiado de un disco original, las sucesivas copias se multiplicaban por mucho.

Tampoco hemos cambiado tanto, pues, ya que antes copiábamos de donde podíamos y ahora igual, sólo que ahora es facilísimo y de calidad. Bueno, sí ha cambiado algo recientemente y es que no hay necesidad de copiar y piratear, de acumular CDs y DVDs, cuando Internet te facilita ver y escuchar en directo lo que quieras. Así es, llevo apenas un año utilizando de forma rutinaria la plataforma de música Spotify, y me parece una maravilla, ahí está todo lo habido y por haber, es como un gran disco duro, instantáneo y siempre disponible.

Su música es mucho ordenador, pero no nos engañemos, Raymond Lynch, que es como verdaderamente se llama, acude a las tecnologías tras una sólida formación musical clásica; y ahí me tengo que sentir orgulloso de ser linarense, puesto que la mayoría de los mortales desconocerán que Andrés Segovia, este virtuoso guitarrista mundialmente conocido, tuvo una influencia decisiva en Lynch. En su juventud cayó en sus manos un disco del «Zapatones» (los que somos de Linares sabemos a que nos referimos con este apodo) y quedó tan cautivado de la profundidad, sutileza y variedad expresiva de la guitarra clásica y su música, que a partir de ahí nació su pasión por la guitarra española, aunque ya tocaba el piano desde los seis años.

Aunque nacido en el estado de Utah en Estados Unidos, se criaría en Texas y, de hecho, hizo sus estudios universitarios en la Universidad de ese estado, pero graduándose en filosofía y psicología, que poco o nada tenían que ver con su auténtica pasión. A partir de ahí, no sólo fue Andrés Segovia el único vínculo con España, sino que tras su periplo universitario, se trasladaría a Barcelona donde permanecería durante tres años para estudiar con otro maestro de la guitarra clásica, el burgalés Eduardo Sainz de la Maza. No perdió el tiempo Ray en su estancia por tierras catalanas y llegó a practicar con la guitarra no menos de ocho horas al día durante todo este tiempo de aprendizaje y perfeccionamiento.

Su vuelta a Estados Unidos no podía tener otro destino que el dedicarse por completo a la música: compone, enseña y también interpreta en solitario o con grupos; además, aparte de usar la guitarra también se convierte en un virtuoso del laúd. Hay que decir que estas incursiones en la interpretación musical lo eran con un repertorio absolutamente clásico: música barroca, renacentista y medieval.

Fue madurando Lynch, había hecho ya sus dinerillos, y se fue a vivir a Maine en una finca en medio del campo; ahí fue donde le vino bien el tener estudios universitarios de psicología, porque allí estuvo aislado durante un largo período de tiempo en el que al parecer desembocó en una tormenta espiritual de la que surgió un nuevo Ray Lynch, el de la New Age, corría el año 1983, y con cuarenta años había llegado su gran madurez personal y musical, creó «The sky of mind», le seguirían cuatro discos más hasta 1998, el último recopilatorio en el que incluyó tres temas nuevos.

Ha sido un artista, en esta faceta vanguardista, poco dado a visitar los escenarios, y ello no mermó su popularidad, con su segundo disco «Deep breakfast» vendió más de un millón de copias sin hacer ninguna actuación en público.

A mí el disco que más me gusta, tal vez porque tengo querencia a esa época mía universitaria en la que descubrí la New Age, es «Nothing above my shoulders but the evening», y también porque escuché ese disco por primera vez en «Diálogos 3», casi al mismo tiempo que salió al mercado.

Han pasado más de quince años desde su último disco y Ray Lynch nos dejó un legado musical corto pero intenso; a partir de ese momento se dedicó a la producción musical y tiene su propio sello discográfico. Como curiosidad y casi rareza, me chocó que hubiera participado con uno de sus temas en la banda sonora del juego de acción, macarra donde los haya, título de éxito entre adolescentes, Grand Theft Auto IV; ahí Lynch ha colaborado con el tema «The Oh of Pleasure», tema por otro lado, de los más populares que tiene.

En fin, quién mejor que él, un tipo con vínculos españoles y una raíz clásica rotunda para impulsarnos en una jornada de relax, o en otra no tan buena, porque estoy convencido de que al que la escucha, también le puede valer este comodín.