viernes, 27 de diciembre de 2013

EL LACROSSE, UN DEPORTE QUE NADA TIENE QUE VER CON CAZAR MARIPOSAS

La influencia que genera en todo el mundo la sociedad estadounidense es más que notable; haciendo nuestras particulares abstracciones a veces la presión mediática favorece que algunas costumbres, usos o arraigos culturales de esa nación se nos metan de lleno en nuestra cotidianeidad sin darnos cuenta.

Sin ir más lejos, el fenómeno «Halloween», mezclado con el Día de los Santos y de los Difuntos en España, es ya una realidad implantada a nivel social y, por supuesto, comercial, ya que los establecimientos han encontrado ahí un buen producto para vender y captar almas consumistas.

Dicho esto, hoy quiero hacer mención a un curioso deporte que, de vez en cuando, se cuela en alguna serie de televisión o película estadounidense. Vemos a alguien vestido con ropa deportiva y, lo que llama más la atención es un instrumento con el que se juega a cierto deporte, se trata de una especie de cazamariposas. Detrás de ese aparente simpático elemento se esconde el lacrosse, un deporte que en nada tiene que ver con esa afición al coleccionismo de bichitos voladores de la naturaleza, ni en su origen ni en la actualidad.

Ciertamente los antecedentes de este deporte se remontan a las tribus indias que vivían en Estados Unidos antes de su colonización por europeos, en concreto, se tiene constancia de que los nativos que lo practicaban de forma habitual eran los iroqueses. Realizaban esta actividad en la que se disputaban una bola hecha de cuero, trasladándola con palos que en su extremo tenían una red. Más allá de un deporte, se consideraba casi una cuestión de honor, en el campo de juego (que podía tener varios kilómetros y durar el choque varios días) se solucionaban los problemas tribales, de una forma «pacífica», porque en la contienda estaba casi todo permitido y se consideraba al que moría en la disputa como un héroe. A veces se practicaba esta lucha como una especie de ofrenda a su dios, para pedirle algo: buenas cosechas, la sanación de un enfermo...

Los estadounidenses no perdieron la oportunidad de rescatar ese juego, de domesticarlo, de hacerlo suyo, y construir un deporte que es plenamente norteamericano, pues en Canadá también es muy popular, y que después se ha extendido con cierta difusión a otros países de habla inglesa como Australia, Nueva Zelanda y Gran Bretaña, más Japón.

El origen del nombre «lacrosse» es incierto aunque por la etimología francesa de la palabra, me inclino a pensar en la versión que señala que los primeros misioneros franceses en Norteamérica descubrieron este juego, cuyo nombre tradicional era «Guh-Chee-Gwuh» y le impusieron un término más fácilmente pronunciable, tomando como referencia «la cruz», queriendo significar que el palo terminado en red que utilizaban los iroqueses se asemejaba en su tamaño y disposición a las cruces que ellos mismos portaban.

Uno de los elementos que definen al lacrosse es su espectacularidad, fundamentalmente porque en categoría masculina se permiten los contactos físicos y estos son muy duros, se hacen un poco al estilo del fútbol americano o del hockey sobre hielo, con la particularidad de que llevas un palo en las manos y que de, vez en cuando, lo sacas a pasear siendo una extensión de tu propio cuerpo. Por supuesto, los jugadores llevan casco y protecciones. Los choques son a veces tan tremendos que no es inusual ver peleas en los campos de juego, en las que los jugadores se quitan el casco y se lían a mamporrazos, con los árbitros como testigos de excepción.

En categoría femenina, todo es más liviano, apenas hay contactos, y las jugadoras no llevan protecciones, sólo ocular, van vestidas como si jugaran al hockey sobre hierba, y sospecho que al igual que este deporte, sus practicantes llevarán protección bucal, por si hay un golpe mal dado o un bolazo.

Por cierto, que para que el manejo del palo, técnicamente el stick, no sea muy caótico, las reglas dicen que siempre hay que asirlo con las dos manos a la vez.

Contribuye a la espectacularidad el hecho de que la regla hable de que el que lleva la bola no puede ir andando, o tiene que estar quieto o corriendo. Por otro lado, también hay varias reglas sobre el número de pases mínimos que hay que realizar y jugadores diferentes que tienen que participar antes de poder meter gol, tiempo máximo de posesión por un jugador..., normas que, en definitiva, tratan de que el juego sea muy dinámico, y que se metan muchos goles. Y se meten muchos goles, ya que la bola se mueve tan rápido que cuando se lanza sobre la portería va a tal velocidad, que el portero ni la ve, imagino que mueve su stick por intuición (también pasa mucho en el balonmano). Por cierto, también tiene su guiño al balonmano, pues existe un área prohibida, circular, que es donde está la portería donde no pueden entrar los jugadores de campo, sólo el portero.

El lacrosse se practica en terrenos al aire libre, con similares dimensiones a un campo de fútbol y, de hecho, casi el número de jugadores y disposición de los mismos es similar al fútbol, son diez jugadores, y hay obligatoriamente defensas, medios y delanteros.

También hay un lacrosse indoor, en el que se utilizan canchas de pabellones deportivos, dispuestos con césped artificial, donde se reducen el número de jugadores, y permite que la disputa de competiciones (universitarias) sea a lo largo de todo el curso escolar, pues en muchas zonas de Estados Unidos y Canadá los inviernos son muy rigurosos y sería imposible practicarlo en campo abierto.

Aunque aparentemente pueda parecer un deporte algo rarete, lo cierto es que llegó a ser olímpico, concretamente en San Luis 1904 y en Londres 1908. Al respecto de este detalle, cada vez que me acerco a los anales de las primeras Olimpíadas, descubro que estas fueron un paripé y que verdaderamente debieran eliminar el medallero general los resultados de los cinco o seis primeros Juegos Olímpicos, donde apenas participaban una quincena de países, es decir, no tenían un carácter global, ni se podía, por tanto, saber si en realidad el campeón era el mejor del mundo en su especialidad, seguro que no.

En el caso del lacrosse, en 1904 participaron sólo tres equipos de clubes (uno compuesto por los indios mohawk de Canadá) y en 1908 las selecciones de Canadá y Reino Unido, que se repartieron oro y plata respectivamente. Hay una curiosidad con la selección de indios mohawk que fue medalla de bronce en 1904 y es que se conocen los sonoros nombres de sus componentes: Águila Negra, Asustado de Jabón, Chaqueta Roja, Cola Manchada, Comeserpientes, Halcón Negro, Halcón Nocturno, Hierro Plano, Lluvia en cara, Media Luna, Pie Ligero y Voz Todopoderosa. No me quiero imaginar si Asustado de Jabón compartía vestuario con sus compañeros y manifestaba su poco higiénica costumbre, o a lo mejor era una táctica para gasear e intoxicar a sus contendientes.

Existe el lacrosse en España, aunque no estoy seguro de que haya una competición masculina de forma estable, es posible que se haga por concentraciones, pues la página web de la asociación de este deporte no ofrece muchos datos, y sólo hay seis clubes, aunque es cierto que existen más, que entiendo que no tienen presupuesto para desplazarse, ni a lo mejor nivel. En todo caso, España ha participado en un Mundial, el de 2010, obteniendo la 16ª plaza, y en un Europeo, logrando la 13ª. Parece ser que participaremos en este 2014 en el Mundial de Denver (Estados Unidos).

Lo que parece más improbable es que hubiera clubes femeninos hasta hace muy poco, ya que en esa web de la Asociación Española de Lacrosse, sólo hay dos competidores, Madrid Osas y Cuenca.

sábado, 21 de diciembre de 2013

"GUARDIANAS NAZIS", DE MÓNICA G. ÁLVAREZ

Me he aficionado últimamente a leer libros y ver películas o documentales acerca de la 2ª Guerra Mundial, especialmente aquellos relacionados con el holocausto, y obviamente no es porque tenga un interés morboso, sino que creo que con la divulgación de estos cooperamos a que, en primer lugar, nunca olvidemos esta barbarie para que no vuelva a repetirse y, en segundo lugar, para desmontar a esos grupúsculos que han surgido no hace mucho y que defienden que la «solución final» fue un montaje pergeñado por los vencedores de la contienda bélica, son los llamados negacionistas.

Precisamente este fin de semana que he estado fuera de mi casa en compañía de amigos, hemos tenido la oportunidad de echar buenos ratos de tertulia, y comentábamos al hilo de este libro que la humanidad tiene mala memoria y que se han venido sucediendo los genocidios, así se me vienen a la cabeza la feroz carnicería en Ruanda entre hutus y tutsis, el conflicto en la antigua Yugoslavia y actualmente lo que está ocurriendo en Siria, Mali, R.D. Congo, Sudán del Sur o Rep. Centroafricana. Es tal vez en África donde más enfrentamientos étnicos existen, y lo digo con conocimiento de causa; la lucha entre etnias está a la orden del día, y la gente mira muy mucho el tono del color de la piel, básicamente si eres más o menos negro.

También comentábamos que en una guerra, en una situación límite, no sabemos cómo puede reaccionar una persona normal como tú y como yo; como quizá le ocurrió a estas mujeres, a estas guardianas de campos de concentración, personas anónimas hasta ese momento, sin antecedentes de ningún tipo que hubieran inducido a pensar que se convertirían en bestias, y que hicieran del asesinato, de la depravación, de la crueldad su rutina.

Desde luego, se quedan cortos a mí y a cualquiera los sinónimos con los que se puede calificar lo ocurrido en estos campos de exterminio, supera la mente humana. Tan sólo con la muerte de una persona ya me parecería una barbaridad, pero es que fueron millones de personas las asesinadas, por una simple razón de limpieza étnica, pues muchas personas de las que murieron claramente no podían ser una amenaza para los nazis: mujeres, niños, ancianos, discapacitados... Fue el llevar una filosofía del horror, la de que hay razas superiores a otras, a sus últimas consecuencias.

El análisis de este libro nos refleja, como no puede ser de otro modo, un sinfín de situaciones en las que estas guardianas actuaron con una fiereza absoluta, propia de animales, de alimañas, que atrapadas por el sectarismo nazi las lleva a cumplir a rajatabla lo dictado desde arriba, cuando no a extralimitarse en el cumplimiento de sus funciones, y proporcionar previamente a una muerte segura un sufrimiento añadido a las víctimas.

La periodista Mónica G. Álvarez indaga en las andanzas de diecisiete guardianas nazis, en su perversidad, en sus aires de grandeza y superioridad, y amén de todo esto, en que muchas no fueron capaces ni de arrepentirse y en las más de las ocasiones negaron los hechos.

Resulta curioso que a esas guardianas que no tuvieron la más mínima piedad con sus víctimas, se les organizaran procedimientos judiciales con todos los visos de legalidad, en los que no se trataba de demostrar que hubieran colaborado en crímenes contra la humanidad, porque se podía alegar obediencia debida, sino que los abogados acusadores fueron buscando testimonios de supervivientes del holocausto para demostrar asesinatos directos provocados por cada una de estas mujeres. Es curiosa la delicadeza de los tribunales en este sentido ya que en muchos casos la ausencia de testimonios (porque no quedó nadie para contarlo o fue difícil de hallar) impidió severas condenas. Algunas terminaron en la horca, en su mayoría sin el más mínimo arrepentimiento, clara demostración del nivel de ausencia de humanidad al que llegaron estas supervisoras de los campos de exterminio; pero otras tuvieron condenas más cortas y que por buena conducta o por especiales razones de salud fueron puestas en libertad de forma anticipada, es decir, que se tuvo con ellas un trato de favor, el mismo que estos verdugos pudieron haber puesto en práctica, pero jamás fueron capaces de ofrecer a sus víctimas.

Es más, hubo algunas que en el caos del fin de la guerra se escondieron, se perdieron, rehicieron sus vidas y pasaron a ser amas de casa modélicas; pero algunos cazadores de criminales nazis (el más célebre tal vez fue Simon Wiesenthal) dieron con sus paraderos y muchos años después también tuvieron su juicio con todas las de la ley; y lamentablemente con el paso de los años estas bestias, ya maduras o ancianas, tampoco tuvieron el más mínimo atisbo de disculpa. Algunas, dicho sea de paso, terminarían eludiendo la justicia o cadenas perpetuas, y como han intentado llevar vidas absolutamente anónimas, podrían estar aún disfrutando sus últimos años de vida en algún recóndito lugar del mundo, tal vez tres puertas más abajo de tu casa.

Este libro, como toda la historia de esta barbarie, nos deja unos inolvidables (en el peor sentido de la palabra) nombres sonoros de los campos de concentración, palabras preñadas de sílabas y vocales, enrevesadas hasta que cuesta pronunciarlas, pero que cuando las tienes en la cabeza son fáciles de recordar: Auschwitz, Majdanek, Bergen-Belsen, Ravensbrück, Stutthof..., hubo decenas de ellos, con su particular historia truculenta a sus espaldas y su testimonio de muerte y horror.

Las páginas de este libro no pueden dejar de sobrecogernos por más que hayamos leído, visto y escuchado lo que ocurrió en los campos de exterminio, aunque las personales vicisitudes de estas dieciesiete salvajes nos acerca a comportamientos que no caben en el espíritu humano, por mucho lavado de cerebro que hubiera. Como he dicho antes, llevaron hasta sus últimas consecuencias las órdenes recibidas, pero elevando al máximo nivel el dolor y la humillación de las víctimas, alimentando las más perversas fábulas, algunas que sólo de contarlas ponen la piel de gallina, de estas ejecutoras.

Los apodos que recibieron estas guardianas ofrece una pista de sus manejos: la sádica, la bestia, la de los perros, o el ángel de Auschwitz, referido este con siniestra ironía a la joven Irma Grese, en la que contrastaba su rostro límpido con la fiereza de sus acciones.

Alguna discordancia en la narración de la escritora es el único pero de este ensayo literario, especialmente porque a veces se pierde el hilo discursivo y le falta un pelín de organización, aunque es evidente que el fin justifica los medios, y que es más nutritivo el conjunto que las pequeñas pegas que uno pueda poner.

Para terminar no puedo eludir el comentar la fotografía de la portada, la cual es muy acertada, se ve en primer término a dos guardianas rubias con gestos poco agraciados, Irene Haschke y Hertha Bothe, con una pinta de brutas que espanta, mandíbulas prominentes y gesto severo el de Irene. Con la lectura del libro esa foto cobra más relevancia si cabe, hasta el punto de que puede producir miedo, de hecho, mi hijo ha visto el libro pulular estos días con mi casa y le he comentado muy de pasada de qué iba, así que el otro día no se pudo dormir pensando en la portada de ese libro y en sus terribles protagonistas, y le dije que ya no lo tenía, que lo tenía prestado, así que he tenido que terminarlo a escondidas.

viernes, 13 de diciembre de 2013

JOSÉ MARÍA GARCÍA, OJO AL DATO, CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO

JOSÉ MARÍA GARCÍA ES POSEEDOR DE UNA INFINIDAD DE FRASES HECHAS, OJO AL DATO
Salvo niños y jóvenes, dudo que haya alguien en este país que no conozca o sepa algo de José María García, el famosísimo periodista deportivo, azote de políticos y dirigentes deportivos a lo largo de muchísimos años, y que lleva más una década apartado de forma profesional de los micrófonos.

José María García creo que producía sentimientos encontrados en todo el mundo, yo por lo menos así lo experimentaba. A mí me gustaba que fuera ácido con aquellos que amasaban fortunas aprovechándose del deporte, que buscara el momento de gloria de deportes y deportistas minoritarios que con no poco esfuerzo trataban de superarse y se encontraban, por ejemplo, con que un ayuntamiento utilizaba sus instalaciones deportivas como almacén. Lo que menos me gustaba era que al final en sus programas se hablaba poco de deporte y sí de política deportiva o simplemente de política, y también que el trato que tenía con sus colaboradores era a veces abusivo, no era inusual que de los más cercanos se riera un poco y que a los pobrecitos locutores de provincias les pegara unas bullas impresionantes en vivo y en directo, con cientos de miles de escuchantes asistiendo al espectáculo.

Lo que no se le puede negar a José María García es que creó un estilo, una forma de hacer radio y, más que nada, el abrir un nuevo universo radiofónico, que no era otro que el de gestar un programa de éxito en el que se hablaba de la actualidad y opinión deportivas en un horario que hasta ese momento (comenzó realmente con cierta presencia con su proyecto Supergarcía en 1982, y lo mantuvo en diversas cadenas de radio) estaba perdido para las radios, las 12 de la noche, era una especie de nicho de mercado. Y García llegó para acompañar en sus veladas y en sus camas a muchísimos españoles, fundamentalmente hombres, que no conciliaban el sueño si antes no habían escuchado a este tipo menudo de verbo fácil y mordaz que cada día, cada noche, sacaba su látigo y castigaba sin piedad a aquel dirigente deportivo que hubiera cometido el más mínimo error.

Es evidente que a lo largo de los muchos años que estuvo en antena, veinte, cometió algún error, y a punto estuvo de dar con sus huesos en la cárcel, por extralimitarse en sus palabras (derecho al honor, calumnias...) y por enfrentarse a algún personaje que no le tuvo miedo y que le echó el pulso en los tribunales, adonde se le bajan los humos a muchas personas. No obstante, y a pesar de estas tachas, hay que decir que el efecto social, casi de servicio público, su influencia y el innegable poder que tenía, hicieron que lograra muchos de sus propósitos y que colaborara, como amante del deporte que eso no creo que nadie pusiera en duda, a que el deporte efectivamente se promocionara por los cauces debidos y sacara a España de ese estado de subdesarrollo deportivo que teníamos antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992; ese grano de arena más o menos grande también hay que agradecérselo a él.

Una de sus estrategias era casi similar a la de la tortura china, y es que como le diera por alguien no paraba, cada día de forma metódica lo machacaba hasta la saciedad; desde luego era su forma de llamar la atención y a fuer de ser sinceros que muchas veces conseguía el acoso y derribo de su objetivo, el cual prefería resolver lo que fuera, largarse o llegar a algún acuerdo, cuando no la absolución de García, lo cual no era fácil.

Hubo muchos mártires de su palabra, personajes que ahora desde la distancia, si recordamos sus crónicas, sus vicisitudes casi nos provocan una sonrisa, así, se me vienen a la memoria Pablo Porta, el que fuera el presidente de la Federación Española de Fútbol o José Luis Roca que también fue presidente de la misma Federación.

Tampoco se puede obviar que ese estilo de periodismo radiofónico estaba decorado por su chistosa y elocuente forma de enfrentar sus causas, sus frases hechas, sus giros, sus muletillas, su singular vocabulario aún perviven en nuestros días. Aquel famoso «ojo al dato», o el no menos celebérrimo «chupópteros y abrazafarolas», son dos ejemplos de las muchas aportaciones que José María García ha hecho al idioma español de la calle.

El ocaso de José María García vino precisamente porque otros periodistas sacaron provecho de la fórmula que tanto éxito le había proporcionado a él. Se instalaron programas de similares características en las radios generalistas a la misma hora que Supergarcía, incluso con locutores que habían crecido con él, y además más jóvenes, lo que hizo que el público comenzara a desplazar sus gustos. Tal vez la competencia más feroz, porque además el enfrentamiento era latente, fue la protagonizada por José Ramón de la Morena en la Cadena Ser con El larguero, el cual desbancó a García a mediados de los 90.

Alguna vez comentó que tenía una ilusión o una deuda con los españoles y era la de hacer un programa de televisión, con formato de radio al estilo de Carrusel deportivo, los domingos por la tarde; esto lo hacía La Sexta recientemente (creo que esta temporada ya no, imagino que por la locura de los horarios), aunque con dudoso seguimiento. Ese proyecto nunca vio la luz y, desde luego, si García hubiera estado al frente eso sería sinónimo de éxito asegurado.

Tuvo un problema José María García a mi parecer y es que el estatus y el poder que poseía lo endiosaron, y a veces ya era cargante, prepotente, demasiado chulo, y eso terminó por exasperar a la audiencia. ¿Colaboró en eso el que fuera multimillonario? Realmente lo era, primero porque lo decía y segundo porque las astronómicas cifras que se manejaban en sus años buenos eran de general conocimiento; eso le permitía hacer lo que le daba la gana y a veces se pasaba.

Y bueno, pasados los años, su aparición en medios de comunicación es más que esporádica, también es cierto que ha atravesado por un cáncer que ha conseguido superar. Ya no se le ve ni para el deporte ni para nada, y no estaría de más que en estos tiempos de crisis de valores, casi más dura que la económica, este hombre se dejara caer de vez en cuando por algún programa de debate para ilustrarnos con una opinión que seguro que no deja indiferente a nadie, tal y como ocurrió en su carrera profesional.

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA MUERTE DEL SELLO DENTADO EN ESPAÑA, A GOLPE DE «FRANQUEO PAGADO»

Sí, lo vengo percibiendo desde hace tiempo, tal vez mucho tiempo, el sello dentado y la filatelia están heridos de muerte; ni desde la institución de Correos, que se denomina oficialmente Sociedad Estatal Correos y Telégrafos, S.A., ni desde la Comisión Filatélica del Estado (la que se encarga, entre otros detalles, de proponer los motivos que han de aparecer en las emisiones de sellos cada año), ni especialmente por la Subdirección de Filatelia de Correos que se supone que debe velar más directamente por esta manifestación cultural y artística, son capaces de promover que la filatelia no ya que crezca, sino que por lo menos se mantenga, en los niveles mínimos y casi indecentes que tiene en la actualidad.

Es más a estas alturas, pienso que el pobre Modesto Fraguas, a la sazón Subdirector de Filatelia, será un mindundi sin capacidad alguna de decisión, porque el sello muere y uno no ve que este haga nada por él. Cero promociones, cero difusiones, escasa presencia en el tráfico postal, precios abusivos...

El problema es de base, aunque ya ocurría antes de, lo cierto es que la privatización de Correos, visible desde más o menos finales del siglo XX, y aunque la participación del Estado sea mayoritaria, no deja de ser una privatización, que más allá del concepto es el espíritu de dotar a una empresa de sistemas de gestión privados, ya no es tanto el servicio público y sí esas manidas palabras justificativas, en muchos casos, de estrategias de negocio opresoras (con los trabajadores), tales como eficiencia, eficacia, agilización, competitividad, etc.

Yo soy coleccionista de sellos y quiero ver sellos dentados, las comunicaciones postales han perdido ese carácter personal que tenían antes, a esto han contribuido las nuevas tecnologías no lo voy a poner en duda, y han quedado más para las comunicaciones entre organismos públicos, empresas, los particulares ya se cartean poco. De tal manera que ver un sello dentado en una carta es raro; todavía hasta hace unos años Correos tenía unas pegatinas con el valor postal (etiquetas EPELSA) que prácticamente también han desaparecido, y ahora lo que prevalece es un sellado de máquina, realizado normalmente en las propias oficinas que señala «Franqueo pagado».

Curiosamente en mi trabajo, en una Administración, abro el correo diariamente y la presencia de sellos dentados está por debajo del 2%, siendo algo exagerado; en cuanto al correo personal que recibo en mi domicilio ese porcentaje quizá suba algo, hasta el 5%, así quién quiere coleccionar sellos, qué niño se puede ilusionar al ver los sellos en el correo que cada día se reciben en su buzón. A la vista está que el perfil de los aficionados a la filatelia en España y los que tienen un negocio, cada vez menos, nos define como un hombre, mujeres hay pocas, de avanzada edad y con un nivel cultural por encima de la media; ¿jóvenes?, muy pocos.

A la postre esos coleccionistas españoles van muriendo y dejan en herencia sus sellos a familiares que piensan en hacer negocio con esos sellos. Recibo de vez en vez algún correo electrónico en el que algún joven ha recibido esta herencia y me pide que le tase la colección. El problema, ya lo he comentado en alguna ocasión, no es tanto la valoración, sino el poder venderlos, porque casi no hay mercado, por eso recomiendo a la persona que se quede con ellos, como la mejor forma de dignificar al ascendiente que se lo legó, y que no creo que estuviera entre sus prioridades desembarazarse de sus joyitas para sacarle rentabilidad, no, porque uno colecciona por gusto y no para especular.

Por cierto que en otros países no pasa esto, en Alemania u Holanda, la filatelia es muy respetada, sus servicios postales cuidan con mimo a estas personas, y en los centros comerciales (hipermercados), hay secciones dedicadas al coleccionismo. Aquí en España sería impensable ver en Alcampo o Carrefour estantes dedicados a vender colecciones de sellos.

Dicho esto, yo mantengo la costumbre, que se está convirtiendo en rara tal y como está el panorama, de seguir pegándole sellos dentados a mis cartas personales, y tengo sellos de varios años atrás; como la tarifa va cambiando pues iba manteniendo hasta ahora sellos de la serie básica de poco valor, entre uno y cuatro céntimos, para complementar esas subidas y llegar a lo que vale hoy una carta ordinaria de formato normal, treinta y siete céntimos. Antes acudía a Correos o estancos y podía comprar fácilmente esos sellos de escaso valor, ahora ya resulta imposible.

De hecho, estuve en la oficina central de Correos en Jaén hace unas semanas, donde algunas veces me habían proporcionado pliegos completos, y un señor que casi no me miró a la cara, será por aquello de la eficiencia, me dijo que ahí no tenían de eso, es decir, que en Correos no tenían sellos, por muy pequeño que fuera su valor.

Esta vez me decidí y escribí un correo electrónico al Servicio de atención al cliente de Correos, señalándole en suma que dónde puedo encontrar sellos dentados de escasa cuantía, y me contestan de esta manera tan gráfica:

Le informamos que, actualmente, no es precisa la utilización de ningún tipo de sellos como signo de franqueo. Para la admisión sus envíos, sólo tiene que entregarlos en la Oficina Postal, donde nuestros empleados les pondrán una estampación mecánica en la que se indica el importe de la tarifa correspondiente.

Si usted dispone de sellos de años anteriores con un valor inferior al preciso para el franqueo actual, puede seguir usándolos, acudiendo a cualquiera de nuestras Oficinas para que, allí, le completen de forma mecánica el franqueo que le falta.

Con la eliminación de las estampillas, hemos conseguido agilizar el acceso de nuestros clientes a los servicios que ofrece nuestra empresa.

Reciba un cordial saludo.


Vamos que si esta no es la sentencia de muerte del sello dentado que venga Dios y lo vea, pues esta empresa se enorgullece en decir que la eliminación de la estampillas ha contribuido a agilizar bla, bla, bla. Es decir, que los sellos dentados molestan, tipos como yo molestan, y este es el más claro signo de que hay una evidente intención, dirigida y planificada, de cargarse el sello dentado.

Por otro lado digo que «me contestan» porque no hay cosa que más me supere que la impersonalidad de las grandes empresas. Si yo hago mi consulta en Internet con mi nombre y apellidos, digo donde vivo y hasta el nombre de mi perro, ¿por qué el que me contesta no me dice su nombre y se ampara en «el equipo de atención al cliente», que así fue como me respondieron?

En fin, Correos tiene esta estrategia, que además coincide con la escasa o nula atención que tiene la filatelia en las oficinas postales (salvo que el funcionario de turno sea también coleccionista y ese es otro cantar), en las que los que estamos en el meollo sabemos que tienen sellos dentados pero no les dan vida, porque eso no agiliza.

Cuando he estado en alguna presentación de algún sello que tenía un motivo provincial, los gerifaltes provinciales de Correos, no estaban más que para la foto, si les hablabas de promoción de la filatelia te miraban como un bicho raro y seguían adorando a su Mesías, el dinero y el mandamás que venía de Madrid con el nuevo maná y un nuevo catecismo de la gestión de este servicio.

Y para colmo, como el sello no puede morir, aunque a la filatelia y el coleccionismo de sellos terminen por asfixiarlo, a los que somos abonados del Servicio Filatélico Nacional nos obsequian con unas series carísimas que no tienen utilidad real en el tráfico postal, amén de que los motivos son muy erráticos y los diseños así así; y cuya única intención es hacer caja, aunque al final les va a salir el tiro por la culata, porque mucha gente amante de este arte, está decidiendo darse de baja del Servicio por lo abusivo.

Así está el asunto y el que no quiera verlo que mire para otro sitio, aunque lo peor de todo es que el que tiene que velar por esto es el principal interesado en enterrarlo.

domingo, 1 de diciembre de 2013

"LA SAGA DE LOS RIUS", LA AUTÉNTICA SAGA FAMILIAR

No sé sinceramente, a las alturas del partido, si fue primero la gallina o el huevo; pero tengo que afirmar que, en mi humilde opinión, esta serie que hoy traigo a colación, creo que produjo en el español hablado y escrito la popularización de la palabra «saga», hasta el punto de que se ha utilizado su significado más allá que lo que recoge el diccionario de la RAE, pues «saga» es un relato novelesco que abarca las vicisitudes de dos o más generaciones de una familia, y se ha extendido tanto su uso y se ha desnaturalizado su esencia que ya se habla de saga, para hablar de una familia sin más. No sé si opinará igual mi compañero de trabajo y, a la sazón, amigo, Nicolás Linares, que se ha convertido en las últimas fechas en seguidor fiel de este blog y cualificadísimo corrector ortográfico y de estilo del mismo, desde aquí mi más sincero agradecimiento.

Lo cierto es que esta era una de esas series de televisión que yo me perdí de niño, o para ser más exactos que, en cuanto empezaba la sintonía de cabecera (los domingos por la noche en TVE allá por 1976 - 1977), y aparecían los rombos, uno, quizá dos, ya sabíamos que había que ir a calentar la cama.

Pero merecía la pena que recordara esta serie, porque fue una de las grandes producciones de Televisión Española en los años 70, y porque fue repuesta en diferentes ocasiones y no tuve tiempo ni oportunidad para engancharme.

Para empezar hay que decir que este relato novelesco que dio lugar a esta «saga» no existió como tal, y sí una serie de novelas, cinco concretamente que escribió el autor barcelonés y periodista de profesión Ignacio Agustí a lo largo de varios años, en lo que se conoce como la pentalogía «La ceniza fue árbol»; no obstante, esta serie televisiva sólo incluye sus dos primeras novelas, «Mariona Rebull» escrita en 1943 y «El viudo Rius» creada esta en 1944.

Fue, en su momento, una de las series más caras de Televisión Española; todo un dechado de medios que efectivamente se percibe al visionarla por la cuidada elección de los decorados, objetos y mobiliario de época, indumentarias, así como la esmerada identidad de los exteriores con lo que se quiere contar. No sólo los personajes estaban vestidos de época, sino que su apariencia también estaba muy trabajada: maquillajes, peinados, barbas o bigotes en los hombres...

Esa meticulosidad en los detalles podría desembocar en el único punto de crítica en la serie y es que el coste que imagino que implicaba el montaje de escenarios o la redecoración de interiores, o la búsqueda de exteriores, conllevaba en muchas ocasiones el que hubiera escenas muy largas, en las que no pasa nada, en la que sólo hay lucimiento para los cámaras, la fotografía y el montaje posterior. Sí, yo creo que esa era la crítica principal a esta serie, que era un poco lenta, sus trece capítulos a tenor de lo que se narra en esta saga, en esta aventura familiar, podrían haberse comprimido algo más si se hubiera obviado ese enaltecimiento de lo nimio. Por si fuera poco, en cada capítulo se empezaba con un resumen un poco largo de lo sucedido en el anterior (una costumbre que se mantiene) y a veces no contenía lo verdaderamente relevante, como pasa ahora.

En cualquier caso, su director Pedro Amalio López con el guión de Juan Felipe Vila San Juan, concibió un producto televisivo fastuoso y fabuloso, en el que la trama es en realidad el discurrir de una familia de la burguesía empresarial catalana de finales del siglo XIX y principios del XX. No hay un único hilo argumental sino que los elementos principales que representan los hitos de la familia Rius se van sucediendo a lo largo de su historia y van tomando su debido protagonismo.

En cualquier caso, sí hay una columna vertebral y es la fábrica, la industria textil que los Rius poseen y sobre la que gira el devenir de los personajes de la familia; personajes que, por otro lado, son pocos en los que es la familia estricta, pero que sobre ellos giran otros muchos.

Esa fábrica es una forma de vida para Joaquín Rius, interpretado por Fernando Guillén (fallecido precisamente este año 2013 y este papel que encarnó me invitó también a ver la serie), podríamos decir que es casi su vida, porque en muchos momentos de esta saga es capaz de sacrificar a su familia e incluso su integridad para defender su negocio.

Joaquín Rius en un nuevo rico y, como tal, no es bienvenido por la burguesía tradicional catalana, algo que pesará en la familia Rebull, con amplia tradición en el negocio de la joyería y que muy a regañadientes Don Desiderio Rebull accederá a enlazar a su joven y bella hija menor, Mariona (interpretada por una belleza como Maribel Martín), porque al final «la pela es la pela». No obstante, esa distancia familiar a la que he aludido anteriormente, le pasará factura de inmediato, pues la diferencia de caracteres, edad, intereses..., entre Joaquín y Mariona provocará que este volcán de mujer eche sus redes por otras aguas, y las manifiestas desavenencias tendrán un final trágico, pues Mariona muere en un atentado en el Liceo de Barcelona, cuando compartía palco con su amante. Son intensas las secuencias en las que Joaquín sale de su palco y recorre de lado a lado el Liceo, sorteando heridos, cadáveres y caos, hasta llegar al sitio donde sabía que se encontraría. Mariona deja a un marido maltrecho y agraviado, y a un bebé de escasos meses, Desiderio.

Si Joaquín Rius era, hasta ese momento, un hombre distante en su vida social, la muerte de su esposa le provocará un mayor ensimismamiento, mayor introversión y que se centre casi en exclusiva en su negocio, dejando un poco de lado la educación de su hijo Desiderio.

Con el nuevo siglo, en una Barcelona convulsa, la que dio lugar al atentado en el Liceo, también comienza a haber reivindicaciones laborales(en carruajes tirados por caballos) al Puerto de Barcelona; a la vuelta y ya de vacío es atacado por un piquete y el propio empresario hiere de muerte a uno de sus atacantes. Jamás le perdonarán esta afrenta y el haber roto la huelga con una actitud arrogante, así que grupos radicales le tenderán una emboscada poco después y lo herirán en una pierna (quedará cojo para los restos), pero matan a su fiel secretario Llovet.

Tendrá algo de tiempo también D. Joaquín Rius para formar parte de esa influyente burguesía catalana que acude a Madrid para exigir el necesario protagonismo de la pujante Cataluña, ya se sabe, cuotas de poder, proteccionismo para las industrias, y dinero, la historia no cambia. De paso, Rius mantendrá un escarceo amoroso con una joven de dudosa reputación, personaje que interpreta la exuberante actriz, en aquella época, Ágata Lys.

Tras esos años convulsos, donde hubo serios problemas económicos para los Rius, la 1ª Guerra Mundial supone el espaldarazo para su negocio textil, buena parte del mundo en guerra requiere de indumentaria y ropa militar y los catalanes se especializan en este menester. Comienzan los cambios en la factoría de los Rius y afrontan una importante reforma de sus instalaciones.

A todo esto, aquel niño Desiderio Rius (el actor Emilio Gutiérrez Caba) ya se ha hecho mayor, pero no ama la fábrica como su padre, le va la buena vida, montar a caballo, gastar dinero, hacer negocios para ganar sin dar un palo al agua, y es ciertamente díscolo como su madre, pues para colmo mantiene una doble relación; por un lado, la novia oficial, la chica de buena familia y con posibles, modosita y educada, Crista Fernández (encarnada por la actriz Victoria Vera) y, por otro lado, con la francesita Jeannine (la belleza europea de Teresa Gimpera), una maniquí de modas, lo que hoy sería una modelo, de vida un tanto ligera, y que vuelve loco a Desiderio.

Los últimos episodios narrarán esa doble relación, la cierta distancia y no querer saber lo que pasaba de Don Joaquín Rius, y desde luego las estrategias de acoso y derribo por parte de la madre de Crista Fernández para intentar que Jeannine se apartara de Desiderio; a la postre lo logrará con la partida de la francesa hacia Sudamérica.

El casamiento de Desiderio con la novia buena, la fetén, la oficial, supondrá el culmen de las familias Fernández y Rius, especialmente para Don Joaquín Rius que verá como su estirpe se mantiene y cuidará el buen honor de su apellido y sobre todo que seguirá con la tradición familiar transmitida de generación en generación en el boyante negocio textil.

Es particularmente brillante el papel de Fernando Guillén como Don Joaquín Rius, probablemente uno de los mejores de su carrera, esta sencillamente sensacional. En general hay muy buenas interpretaciones, tal vez la que se queda poco convincente es la de Emilio Gutiérrez Caba, al que no lo veo demasiado metido en el papel, lo veo un tanto insulso.

Al parecer se escuchó después de la emisión de esta serie que tal vez TVE pudiera continuar con la saga, rescatando las tres novelas restantes de la pentalogía de Ignacio Agustí, tituladas «Desiderio», «Diecinueve de julio» y «Guerra Civil». Al final eso obviamente no se llevó a la realidad, lo que podría haber sido un golpe de efecto, y hoy tampoco tendría sentido, pues ello implicaría que perdiera el espíritu que le imprimieron los actores y escenarios utilizados hace casi cuarenta años.