sábado, 29 de marzo de 2014

PARÍS-ROUBAIX, BIENVENIDOS A LA CLÁSICA DE LAS CLÁSICAS

Se ha iniciado la primavera y con ella comienza a caldearse el ambiente en el ciclismo profesional, tomando protagonismo el continente europeo que es donde se celebran las carreras más importantes del calendario ciclista internacional.

Se calientan los motores de cara a las grandes citas anuales que se singularizan en las tres grandes carreras por etapas, Tour, Giro y Vuelta. Cada ciclista lucha por sus objetivos y planifica su temporada según los intereses propios y/o del equipo, atendiendo igualmente a las características morfológicas de cada uno.

Con el florecimiento de la primavera llegan las carreras de un solo día que se denominan «clásicas» y que suelen ir cobrando el interés mediático, especialmente los fines de semana.

Pues ya llevaba años dándole vueltas a sacar una reseña de esta «París-Roubaix», la que tiene los diversos sobrenombres de «La clásica de las clásicas», «La reina de las clásicas», «El infierno del norte», e incluso «La última locura». Se trata de una de las clásicas que se encuadran en la tradición ciclista con la denominación de los cinco monumentos del ciclismo, junto con el Tour de Flandes, la Lieja-Bastogne-Lieja, la Milán-San Remo y el Giro de Lombardía.

Muchos elementos son los que hacen tan especialísima esta clásica, el principal desde luego es el hecho de que un poquito antes de la mitad del recorrido, los ciclistas deben atravesar intercalados en la ruta varios tramos de pavés (en francés es en singular “pavé”) o adoquines, se trata de caminos rurales que conectan aldeas o núcleos de población, muy habituales en Francia y Bélgica.

Son en torno a treinta sectores los que tienen que afrontar los ciclistas y que oscilan entre algo menos de un kilómetro y casi cuatro en el tramo más largo, para completar más de cincuenta kilómetros sobre el descarnado y duro terreno adoquinado, para un total de unos 250 km., en torno a seis horas montados encima del sillín.

Los sectores están perfectamente categorizados, y aunque pueden variar en cuanto a su elección de año a año, todos son conocidos, de vez en cuando se recupera algún tramo antiguo o se elimina alguno durante un tiempo. Esa categorización lleva a la organización de la carrera a clasificar los tramos en función de su dureza con estrellas, los extremos son cinco estrellas para los sectores más duros y una sola para los más leves.

La dureza en sí de los tramos de pavés se presupone, por pequeña que sea la calificación; los ciclistas lo saben y tienen un plano de la carrera, pero además un detallado esquema de las características de cada tramo, qué partes están más descarnadas, qué zonas más lisas, los hoyos más importantes y fundamentalmente cuál es el mejor camino para circular.

Aun con todo ese estudio pormenorizado, un itinerario que es absolutamente llano se convierte en un rosario de ciclistas, los sectores de pavés se transforman con la acumulación de kilómetros en auténticos puertos de montaña de categoría especial.

Ese recorrido tan minado siempre provoca sí o sí caídas, lo que origina montoneras y casi perder opciones de triunfo, por eso, los favoritos tratan de ir delante y pelean por las mejores posiciones, lo que no deja de ser la pescadilla que se muerde la cola, pues cuanto más deprisa van en los tramos de adoquín más riesgo de caída se genera y, por supuesto, el que vaya detrás es el que se come, como se suele decir vulgarmente, el marrón.

No sólo la carrera tiene el atractivo en sí de ver una disputa en la que intervienen los mejores del pelotón internacional en una prueba tan prestigiosa y original, sino que viendo la París-Roubaix cada año saboreamos un trozo de la historia del ciclismo, porque en 2014 se celebrará nada menos que la 112ª edición de esta carrera, pues hay que remontarse al siglo XIX para rememorar la primera carrera que tuvo el honor de ganar el alemán Josef Fischer.

Es todo un lujo y disfrute para el telespectador el contemplar la prueba en la pequeña pantalla, y también desde luego lo es y mucho para el público que asiste en persona a la prueba y que, como no puede ser de otro modo, copa los puntos más críticos del recorrido, en general las zonas de pavés y más específicamente aquellas que tienen las cinco estrellas, en concreto tres.

Ese primer sector durísimo llega sobre el kilómetro 160, llamado Trouée d'Arenberg (Bosque de Arenberg), cuando ya se han pasado unos diez tramos adoquinados, se trata de un corredor en línea recta jalonado a ambos lados por una densa arboleda. El pavés está muy deteriorado e irregular y suele ser una pesadilla para los competidores. El que caiga allí ya ha dicho adiós a la carrera. Es el auténtico símbolo de la París-Roubaix.

Si ese tramo está todavía lejos de meta, a unos cien kilómetros, el segundo sector de cinco estrellas es absolutamente decisivo y hay que entrar delante para no perder opciones, está a unos cincuenta kilómetros de meta, y la lucha por el triunfo ya está lanzada, se trata de Mons-en-Pévèle. Los corredores tienen que sortear un pavés deshecho, con la cunetas muy peligrosas, con algunos bordillos situados estratégicamente y que son mortales para los ciclistas, el salirse de la única línea trazable es un suicidio. Es mítico su giro a la izquierda de 90 grados, donde se arremolina una gran masa de aficionados que acampan allí desde la noche anterior.

El tercer tramo de gran dificultad es el célebre Carrefour de l'Arbre, a quince kilómetros de meta, ahí llegan los mejores en cabeza, normalmente grupos reducidísimos y es el terreno propicio para los ataques decisivos. El adoquín está descarnado y los baches rematados con tierra. El tramo está repleto de público, tanto que se pasa a centímetros de la gente y alguna que otra vez a algún ciclista se le ha ido la bici un poco, ha pisado el pie de un espectador y consecuentemente ha mordido el polvo, o mejor dicho, la piedra. Es célebre el restaurante L'Arbre, a las orillas de este sector, cotizada casa de comidas con una estrella Michelín en su haber y cita ineludible para los aficionados y, por supuesto, también para la gran marea multicolor.

Por si fuera poco hay más añadidos, al llegar a Roubaix, ciudad que se ubica al norte de Francia y que se ubica a escasos kilómetros de la frontera con Bélgica y que tiene cerca de 100.000 habitantes, hay un tramo de pavés, el más pequeño del recorrido, de trescientos metros; es un homenaje a los sufridos ciclistas, tiene una sola estrella, o sea, que es muy suavito. Se le denomina el sector Charles Crupelandt, en honor a uno de los míticos ganadores de las primeras ediciones, y también popularmente se le conoce algo así como «el camino de los gigantes», muy expresivo. Ya sabe el que llega allí que termina seguro, pero para los que van delante, están a las puertas de jugárselo todo. En el recorrido urbano por las calles de Roubaix también se sitúa un monumento en conmemoración al 100º Aniversario de la carrera, y como no podía ser de otro modo, es un enorme adoquín.

Si no ha habido demarrajes previos o escapadas en solitario, los primeros se la jugarán en el Velódromo de Roubaix, el final de la carrera, y a veces hay que tirar de la experiencia en la pista para vencer a veces por escasos centímetros.

El cómo afrontar los tramos de pavés da para varias tesis doctorales, por el centro, por los laterales. Lo cierto es que la bicicleta tiene que estar preparada para la ocasión y se le hacen unas adaptaciones que intentan minimizar los impactos de los adoquines, de hecho, muchos de los participantes cambian la bicicleta clásica por otra más especial en cuanto comienzan los dramáticos sectores pétreos.

Pero todos los ciclistas coinciden en la dureza de este recorrido absolutamente llano, los riñones sufren, el traqueteo es angustioso, la bicicleta se convierte en ingobernable, hay que apretar fuerte las manos y los brazos y aun así es difícil de dominar.

Por si fuera poco, si el terreno está seco los sectores desprenden un polvo insano que literalmente se mastica por los deportistas, pero si llueve la carrera es dantesca y los ciclistas llegan a la meta con una capa de barro que los hace casi irreconocibles.

Al final la gloria sólo se la lleva uno y el mejor también obtiene un trofeo alegórico, ¿se lo imaginan?, evidentemente un adoquín.

En algunos de esos cinco monumentos del ciclismo hemos tenido vencedores españoles pero no precisamente en la París-Roubaix, ni en el Tour de Flandes, prueba esta que se disputa en Bélgica y que también tiene tramos de pavés, estos cortos pero en subida; de ahí que uno pueda sacar la fácil conclusión de que el perfil del ciclista español no se adapta a estos terrenos. Los españoles somos, ante todo, escaladores y lo seguiremos siendo para siempre. En todo caso, hemos tenido dignos competidores, hasta hace muy poco el catalán Juan Antonio Flecha, recientemente retirado, que fue una vez segundo y dos veces tercero. Más atrás en el tiempo, también tuvimos al también catalán Miguel Poblet, uno de los pioneros del ciclismo español, que consiguió un segundo y un tercer puesto.

Es más, aunque la París-Roubaix se disputa en terreno francés, es una prueba con acento belga, es la auténtica fiesta del ciclismo belga, pues casi el 50% de las ediciones han sido ganadas por ciclistas de ese país.

Por cierto como curiosidad o como un modo de despertar el lado romántico que tenemos cada uno, hay que decir que las carreteras de adoquín no son nada desconocidas en España, de hecho, las calles de muchas ciudades y pueblos de mi país estaban hace apenas medio siglo empedradas. Un sistema de pavimentación con mayor perdurabilidad que el asfalto, pero que es más incómodo y nocivo para los vehículos de motor. Todavía se mantienen restos de esas calles adoquinadas en dichas ciudades y, a veces, cuando hacen obras y levantan el asfalto, allí permanece inalterable ese adoquín como un recuerdo añejo. Pues no me he resistido a fotografiar el que yo creo que es el tramo de adoquín más largo de la ciudad donde vivo, y que por suerte nadie ha decidido asfaltar, tiene 250 metros y está en la calle Moredal de Bailén.

Amén de todo esto, de vez en cuando el Tour de Francia rinde su particular homenaje a esta carrera y mete una etapa en su recorrido con algunos de los sectores de pavés propios de la París-Roubaix, y este año estamos en ese escenario, en el que habrá algo más de quince kilómetros empedrados con algunos tramos de cuatro estrellas y parte del superestrellado sector de Mons-en-Pévèle. Será la quinta etapa y promete hacer diferencias, siempre las hace, para los aspirantes al triunfo final la clave es no arriesgar demasiado pero tampoco perder mucho tiempo, un difícil equilibrio, que a veces les sale mal a algunos.

Y a todo esto, el favorito de la edición 2014 de la París-Roubaix sigue siendo el mismo que años atrás, el suizo Fabian Cancellara ganador el pasado año y también en 2008, y segundo en dos ediciones, todo un especialista, pues, en adoquines. Ahora mismo, las quinielas lo dan a él como máximo aspirante y, de hecho, en la promoción de la carrera que realiza la organización del Tour de Francia, que también rige esta carrera, se está vendiendo el evento como «Todos contra Cancellara». Siempre hay los que se denominan outsiders, ciclistas de la clase media que como invitados de piedra se cuelan en la fiesta sin poder ser controlados por los grandes especialistas.

No veo lamentablemente a ningún español entre esos favoritos, aunque me encantaría que estuviera en la pelea alguno de los nuestros, no obstante, habrá que estar atentos a Alejandro Valverde, el que yo entiendo más capacitado actualmente, o nuestro Purito Rodríguez, a ver si son capaces de alegrarnos la tarde del próximo domingo 13 de abril (apunte en la agenda). También me emocionaría que fuera un ciclista colombiano, ¿Nairo Quintana?

sábado, 22 de marzo de 2014

"TODO LO QUE ERA SÓLIDO", DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA

No acostumbro a enseñar demasiado los libros que leo, cuando los llevo en la mano en público, en la calle o en la oficina, les doy la vuelta para no enseñar la portada, o antepongo algún papel irrelevante; no sé, es una manía que tengo, por aquello de no parecer demasiado pretencioso, o por el mismo hecho de dar a entender que leo de forma habitual; aparte de que enseñar lo que lees es una manera de mostrar parte de ti, de tu forma de ser, de tu pensamiento y hasta cierto punto de tu ideología.

Pero una compañera de trabajo me pilló, y sólo mirando la contraportada ya reconoció el libro que hoy traigo a colación, y me dijo un taxativo y breve «te va a gustar», acompañándolo con un gesto de reafirmación.

Pues ahí tuve el libro en mi mesita de noche unos días, macerándolo, que madurara por sí mismo, hasta que lo cogí por primera vez y me adentré en este ensayo literario que lleva por nombre «Todo lo que era sólido» y que se fundamenta en aquella situación que se generó en España antes de la crisis en la que se percibía ese estado del bienestar que alcanzaba a la mayoría de las familias de nuestro país, esos años del pelotazo, del boom inmobiliario, de las hipotecas casi de por vida, de las construcciones megalómanas e inútiles y del derroche y el gasto desproporcionado.

Todos asistimos a eso, es verdad, pero los ciudadanos de a pie no nos dimos cuenta, ni como señala Muñoz Molina, y eso es lo peor, tampoco aquellos que nos gobernaban o aquellos que por su posición o su capacidad de análisis tampoco captaron que en España lo estábamos haciendo rematadamente mal y que esto podía explotar.

Pues eso, que me leí las primeras páginas y ya fue un no parar, necesitaba empaparme de esas dosis de realidad que nos presenta este escritor y medio paisano mío. No tiene ninguna estructura ordenada el libro, está hecho adrede así, en plan tormenta de ideas, propone reflexiones, comenta anécdotas, realiza afirmaciones, y en cualquier caso, la rabiosa actualidad de lo abordado propicia que su lectura tienda a ser un todo indivisible que, de algún modo, te obliga a necesitar más y más de él y no permite que quede arrinconado durante días; lo dicho, bofetada de realidad en vena.

Lo que hace el flamante Príncipe de Asturias de las Letras es un auténtico repaso a todo lo que se mueve, un repaso en la acepción más violenta del término; no deja títere con cabeza, se mete y habla de bancos, gobernantes y políticos, empresarios, partidos, comunidades autónomas, ayuntamientos y anónimos ciudadanos como tú y como yo, nada queda sin escudriñar, nada queda sin analizar detalladamente, como un minucioso cirujano que va sorteando fases para cerrar la operación.

En esta España del desarrollismo brutal, Antonio Muñoz Molina nos presenta muestras, vomitivamente enormes, de las barbaridades que se hicieron en nuestro país y que hoy estamos pagando. Todos lo hemos visto, no ya sólo lo que ahora desentierran los medios de comunicación, sino que cualquier ciudadano ha podido vivirlo en sus propias carnes. Incluso en una ciudad modesta como la que yo vivo esas situaciones también tomaban cuerpo.

Produce asco y, como he dicho antes, también vómito, era aquella España de aeropuertos fantasmas en ciudades de provincias y museos en pueblecillos, es la España que hemos heredado de piscinas cubiertas para localidades de 5.000 habitantes, teatros o pabellones polideportivos para pueblos donde sobraría sitio si se metieran todos sus vecinos dentro. La España en la que, yo lo he visto, tenías que gastar diez para algo que sólo costaba dos.

Pero era un espejismo, todo lo que era sólido realmente lo parecía, quién tenía dudas de eso, había trabajo y eso tenía los tintes de ser eterno, ¿qué temer?, si había que meterse en un préstamo interminable que pagaríamos nosotros y nuestros hijos, lo hacíamos, porque no podíamos ser menos que el vecino de al lado, con casa perfectamente equipada, coche último modelo y a disfrutar de unas cómodas vacaciones en la playa cada año y a cuerpo de rey.

Ha habido españoles modestos, muchos, que simplemente por filosofía de vida nunca han hecho gastos exagerados y tendrán siempre los pies en el suelo, esos son los que siguen pagando el banquete de antaño.

El problema es que en este estado de crisis, y esta ya es una reflexión mía, hay que ver si hemos aprendido; a corto plazo desde luego que sí, pero olvidamos muy rápido los malos tiempos, y pasa como en las guerras que por muchas que haya habido en el pasado y por crueles que hayan sido, el ser humano sigue empeñando en enfrentarse a su semejante por los siglos de los siglos.

Si hay un capítulo que me llamó la atención sobremanera es esa crítica despiadada hacia las comunidades autónomas, germen del separatismo y del singularismo más cateto, y responsables en no poco de esta crisis. No es ya sólo el separatismo que percibimos, sino que cada cual trata de diferenciarse de los demás asacando tradiciones que apenas se remontan al siglo XIX. Refiere Muñoz Molina, en opinión que comparto, que más allá de las divisiones territoriales, España es muy parecida en todos lados, y que un paseo por sus calles en cada uno de sus puntos cardinales no ofrece diferencias sustanciales, añade además que precisamente aquellas comunidades que quieren independizarse son las que tienen más rasgos de españolismo por la fisonomía de sus calles; y es cierto yo he visitado Cataluña y algunos de sus pueblos se parecían enormemente a los que yo conozco de mi Andalucía natal.

Las comunidades autónomas, que nacieron como una idónea forma de estructurar el Estado, y de acercar las instituciones al ciudadano, se han convertido en diecisiete microestados, con sus propias embajadas, sus chiringuitos competenciales que solapan a los estatales o directamente están exentos de funcionalidad, sus presidentes que se creen tocados por la mano de Dios, sus televisiones autonómicas..., y en verdad, este negocio se ha revelado a lo largo del tiempo, que nos ha salido caro.

Aunque también le da un repaso a los ayuntamientos es más benévolo que con otras instituciones, será por deformación profesional mía, o será porque él fue funcionario del Ayuntamiento de Granada, imagino que en excedencia, aunque ya jamás reclamará su plaza por razones obvias.

También bajo esas estructuras teóricamente sólidas existían y existen personas omniscientes, no necesariamente ni cultas, ni inteligentes, ni preparadas, valga políticos y empresarios, con su séquito de asesores y/o limpiababas, que estuvieron en el momento justo y en el lugar preciso, y tal vez los mejores declinaron estar allí por prestigio, por calidad humana, por razón de ser o porque sí; a lo mejor por eso nos ha ido como nos ha ido, pero seguimos.

Hay que decir que no soy un aficionado acérrimo a Antonio Muñoz Molina, es más en el género novelesco no lo sigo o lo sigo poco, porque lo que he leído no me ha gustado; tengo un particular mal recuerdo de Sefarad que me pareció indigerible, pero he de reconocer que lo más me gusta es su faceta ensayista, casi periodística, basada en muchas vivencias personales, ahí lo borda, en este sentido, me causó una gratísima impresión su Ardor guerrero, que narraba sus andanzas en la mili allá por finales de los 70, época convulsa, y más donde tuvo que hacerla en ese País Vasco que convivía con el asesinato y donde los cuarteles eran el punto de mira.

Este libro tiene de todo y tiene muchas opiniones, no todas las comparto, es lógico porque Muñoz Molina las ve desde su púlpito y desde esa posición privilegiada, como vecino además de Nueva York donde reside desde hace años, y le falta un poquito de acercamiento a la calle, pero en todo caso, la cirugía que realiza es muy acertada. El problema es que quien tiene que recibir el mensaje se limpiará sus posaderas con el mismo.

domingo, 16 de marzo de 2014

JOËL FAJERMAN, MÚSICA CONOCIDÍSIMA Y ROSTRO INÉDITO

Hace no mucho tiempo escuchaba en la radio a un mito de la radiofonía musical en España como José Ramón Pardo, al que dediqué en este blog hace unos meses una entradilla, y venía a referirse acerca de Joël Fajerman como el compositor de la música de las plantas, pensando que por su apellido sería más o menos danés o escandinavo, y advirtiendo su error, reconoció que había comprobado que era efectivamente francés.

Sinceramente yo siempre he sabido que era francés, o más exactamente una sintonía, una melodía suya permanecen en la mente de una mayoría de la población, que no es otra que “Flower's love” (“El amor de las flores” en una traducción libre), la cual formaba parte de la banda sonora de la serie de divulgación francesa “La aventura de las plantas” (L'aventure des plantes), que con mucha probabilidad la gente de mi época podrá recordar, nos remontamos al año 1979. Esa melodía está fijada en mi memoria, aunque no puedo verificar que sea producto de mi imaginación, pues yo recuerdo una planta creciendo a cámara rapidísima y una bella flor que se abría, mientras sonaba de fondo “Flower's love” que parecía ser la energía que hacía explotar la naturaleza ante nuestros ojos, como jamás hasta ese momento la habíamos visto.

Así que cuando me empecé a introducir en mi época universitaria en la balbuciente música New Age, tuve la necesidad de buscar al autor de esa sintonía casi mágica y descubrí a este Joël Fajerman.

Este inopinado descuido y a la par absolutamente indulgente de José Ramón Pardo me dio que pensar acerca de la trascendencia y el impacto social de la New Age, de la cual conocemos más sus músicas que a sus pioneros y hacedores. “Flowers love” sigue sonando en la televisión, en la radio, en alguna que otra megafonía local y mientras esa sintonía aterriza con suavidad en nuestros pabellones auditivos, el pobre Fajerman estará sumido en el olvido de muchos, aunque espero que los royaltys que cobra en concepto de derechos de autor le ayuden a atemperar esa relativa amargura.

Hay algunos aspectos que resultan curiosos en la carrera inicial de Joël Fajerman y que quizá los que estén un poco metidos en este mundillo también habrán podido observar. El primer detalle es que es francés y de la misma quinta que Jean-Michel Jarre, por lo que encontrar similitudes entre ambos es inevitable, ¿quién fue primero la gallina o el huevo? Lo cierto es que Jarre tenía una trayectoria más dilatada en la década de los 70 cuando Fajerman se encumbró con la música del documental “La aventura de las plantas”; ambos tenían una base clásica y seguramente bebieron de las mismas fuentes de la música realizada con sintetizador, amén de que las posibilidades de unos aparatos, en ese momento algo limitados, que no permitirían un amplio espectro.

Aparte de ello hay que decir que antes de su gran explosión Fajerman acumuló un amplio periplo por Japón dando conciertos antes de 1979, con una mínima producción de música realizada con sintetizador, y entiendo que plegado a la improvisación en un terreno musical en la que se iban abriendo paso una pequeña pléyade de compositores y en el que, por cierto, Japón tuvo que ver mucho en esta corriente, pues no hemos de olvidar que fueron los creadores de esos aparatos electrónicos que permitían hace música como jamás se había soñado hasta entonces (hoy esa hegemonía la han perdido con respecto a otros vecinos asiáticos).

La producción discográfica de Fajerman no fue muy amplia ni tampoco se puede confirmar que fuera un artista consagrado a los conciertos y a los espectáculos megalómanos, tal y como le ocurrió a su coetáneo Jarre; su labor siempre fue más gris, pero aún así conocida por el gran público aunque no le pongamos nombre ni mucho menos cara.

A este respecto hay que decir que esa labor gris ha estado siempre muy orientada a las sintonías, al medio televisivo (melodías de programas, series, anuncios y, sobre todo volviendo a su éxito primigenio, con bandas sonoras para documentales) y con toda seguridad también radiofónico.

Por poner un ejemplo gráfico, es el autor de la sintonía del programa concurso “La Chasse aux trésors”, programa que se haría también luego en España por TVE con el nombre de “A la caza del tesoro”, y que presentaba Isabel Tenaille y en cualquier lugar del mundo el intrépido Miguel de la Quadra-Salcedo, y del que yo abordé una reseñita en este humilde blog.

Del mismo modo, y para atestiguar su polifacético perfil compuso la música ambiental del pabellón de Francia en la Exposición Universal de Hannover del año 2000.

Como siempre digo, por lo menos espero, aunque creo que no cabe duda, que Joël Fajerman habrá podido vivir más que ampliamente de su música; aunque eso sí, existirán pocos músicos en el mundo que tengan una melodía tan conocida como esta Flower's love y sean tan olvidados.

sábado, 8 de marzo de 2014

"LA FUGA DE LOGAN", OTRA SERIE INACABADA

Cuando hace unos meses publicaba en este blog una entrada dedicada a la serie «Viaje fantástico», la cual por otro lado me había costado enorme trabajo localizar, también recordaba que habiendo hecho una batida entre algunos de mis selectos contactos (familiares y amigos) afloraban nombres de otras series más o menos conocidas, y uno de los que más se repetía era este, «La fuga de Logan», otro de esos productos estadounidenses que nos acompañaron, a mí por lo menos, en las tardes de siesta veraniegas, esas tardes calurosas sin aire acondicionado y mitigadas, si acaso, por un ventilador, en las que estaba prohibido salir a la calle y menos hacer ruido para no despertar al padre de familia (sinceramente de niño odiaba la siesta y ahora hago lo mismo que mi padre y me abstraigo para evitar ruidos). Estas eran las tarde de 1982.

Pues esta serie tenía ese halo que envolvía a otros programas de televisión, otras series, películas e incluso noticias en los años 70 y principios de los 80 del siglo pasado, en donde la ciencia ficción estaba en boga y el fenómeno OVNI nos caía hasta en la sopa. Por cierto, cuántos avistamientos, cuántas abducciones y cuántos testigos divulgaban sus experiencias paranormales, que parecía que uno salía a pasear por el campo y miraba al horizonte esperanzado de que a él le tocara; fue una auténtica moda y eso pasó.

Pues «La fuga de Logan» se inspiraba en una novela de finales de los 60 y en una película de 1976 con no mucho éxito, y al año siguiente se decidió continuar con las tendencias de la sociedad plasmadas en los televidentes, para sacar una producción seriada de corte futurista, surreal y que mostraba civilizaciones utópicas.

Pero ¿por qué se fugaba Logan? Pues, el intríngulis de la serie tenía su aquel, es decir, estaba muy bien fundamentado y si lo vemos con el paso del tiempo todavía cobra más actualidad si cabe. Logan vivía en la ciudad de «los domos» o de «las cúpulas». A propósito dependen los nombres de si el doblaje era español de España, o español de América (en Internet sólo se encuentran los episodios doblados en América y se llama «Fuga en el siglo XXIII» y «Logan´s Run» en inglés). En esa ciudad cubierta y cerrada viven una serie de habitantes que mueren en torno a los 30 años en el denominado «carrusel», en todo un evento festivo que se entiende que les proporciona un paraíso o una resurrección.

En realidad la ciudad de los domos está gobernada por una especie de comisión de sabios o ancianos que, por razones de espacio físico, ha de realizar esa limpieza y limitar la edad de sus habitantes, para evitar la superpoblación y mantener el equilibrio demográfico. No se explicita que los miembros de esa comisión sean los padres de todos los habitantes de la ciudad, pero dado el sectarismo y crueldad de estos rectores, yo me arrogo ese detalle subliminal y lo doy por hecho.

En este particular submundo, este inocente rebaño que vive ciertamente de forma acomodada, nada impide entender lo contrario; a todos se les ha convencido que salir al exterior significa la muerte, pues ha habido una guerra nuclear y el aire está contaminado y es lógicamente irrespirable. No obstante, siempre sale algún díscolo que piensa más de lo normal y no se cree la trola y algunas personas han recibido información externa de esa otra realidad. Así que en la ciudad de los domos se tiene que asegurar que el statu quo no se rompa jamás y que no haya interferencias con el exterior, para eso hay un equipo de guardianes, para impedir que nadie salga, y si alguien lo hace que no vuelva para desvelar el engaño y la realidad.

Pues Logan (Gregory Harrison), que era un guardián, en un auténtico flash se convence casi instantáneamente en el primer capítulo y se escapa junto con Jessica (Heather Menzies); no tardarán en salir a la busca de estos fugitivos otros guardianes liderados por Francis (Randy Powell). Obviamente, aquí surge la primera elucubración de la serie y es que cómo se mantienen los guardias motivados para ejercer su tarea sabedores de que fuera el aire es óptimo, pues no se sabe con todos, pero al menos a Martin le prometen formar parte de la comisión de sabios, es decir, no morir a los treinta años sino de viejo, y tener obviamente los privilegios de este selecto grupo, siniestro trato a decir verdad.

Nuestros fugitivos intentarán buscar lo que otros fugitivos les han hecho llegar, que hay algún lugar en el mundo que se llama «el Santuario», algo así como un edén o una gloria para los cristianos, donde poder vivir en paz y armonía hasta el final de sus días.

No recuerdo si es en el primer capítulo o en el segundo cuando se incorpora a los fugitivos el amigo Rem (Donald Moffat), un humanoide, es decir, una máquina (por dentro) con apariencia humana y además cara de buena persona, que les ayudará en todas sus aventuras y que les proporcionará a Logan y Jessica el aplomo y la serenidad técnica que a veces requieren.

Todo esto sucede en los dos primeros capítulos y a partir de ahí ¿qué? Pues es cuando se fundamenta el sacarle punta a la novela y en menor medida a la película previa. Nuestro trío de aventureros que se encuentran casualmente con un vehículo solar, mezcla de coche y de hovercraft, se desplazan por aquí y por allá y se van encontrando con pueblos, gentes, civilizaciones que, al parecer, viven aisladas sin contactos mutuos. O nuestros amigos son atacados o algún cacique se encarga de sojuzgar al resto del pueblo en cuestión; algo que curiosamente se repetía en la serie «Viaje fantástico» que era anterior en el tiempo.

Las similitudes y las comparaciones es obvio que hay que hacerlas, porque aunque en Viaje fantástico se transportaban a otro espacio – tiempo, tenían que resolver los mismos problemas que los de La fuga de Logan, y ambos grupos buscaban su futuro, su paraíso.

Incluso el colmo de la coincidencia es que ambas series tuvieron un número limitado de capítulos y muy similar y las dos fueron cortadas sin que sus protagonistas alcanzaran ningún fin. Como ya referí en Viaje fantástico, al cerrar la serie prematuramente sus personajes se quedaron en el limbo del espacio – tiempo; en La fuga de Logan se llegó al decimocuarto capítulo y ni llegaron al Santuario ni nada parecido, era un capítulo más; así que los personajes también se quedaron anclados en el futuro.

Lo paradójico de todo esto es que igual que teóricamente fracasó en Estados Unidos, donde se producía, en España las series futuristas o de ciencia ficción sí que tuvieron mucho gancho y esta de La fuga de Logan, quién no la recuerda.

Los datos curiosos o anecdóticos de la serie son varios, para empezar la estética moderno – cutre de finales de los 70 hace que veamos los trajes de los personajes como un tanto carnavalescos, ahora que estamos en la época; así como los escenarios y decorados un tanto ajados, donde llama la atención especialmente cuando sus personajes acceden a ordenadores, computadoras, aparatajes electrónicos..., muy cutrecillo todo, y un poco al estilo de lo que un atrezzista de hace más de treinta años podría imaginar que sería la evolución de la técnica, es decir, muy alejada de la realidad actual, y donde por ejemplo, no aparece un aparato tan simple y común hoy día como el teléfono móvil.

Tampoco puede eludirse el hacer mención a la relación entre Logan y la bella e inocente Jessica, muy soslayada en la serie, apenas jalonada con algún beso y un toque de culo, esa tensión sexual no existe, algo que una serie actual exigiría, y a veces se echa en falta, porque de otro modo no se entiende que en una aventura tan trascendental como la que están abordando dos jóvenes bien parecidos tengan mínimos acercamientos.

Por último, los frikis de esta serie, que también los hay, han dejado escrito en algunas web que ese viaje frenético de los tres personajes en busca del santuario, donde se daba por supuesto que se alejaban más y más de la ciudad de los domos, no se entendía que en un capítulo concreto, nuestros amigos son apresados y devueltos a dicha ciudad, tal cual si los hubieran localizado a unos kilómetros de su primigenio cautiverio: sinceramente un poco rebuscado.

Lo cierto es que la serie era entretenida, nos acercaba a un género muy de moda en esa época, y la trama, amén de lo cutrecillo de trajes y escenarios, era entretenida, evitaba la violencia, y tenía algún que otro giro cómico. En fin, verdaderamente una joya del frikismo, ¿o no?

sábado, 1 de marzo de 2014

"CARAMEL", DE NADINE LABAKI

Adentrarse en la jungla de un salón de belleza con mujeres metidas cada cual en su propio mundo, con gritos, con chismorreos, con olores y ruidos propios, debe ser y, de hecho lo es, una comunidad de elementos que se dan por igual en cualquier parte de nuestro planeta.

En ese particular universo se introduce esta producción libanesa que llama precisamente la atención en primer lugar por eso, porque no es común que lleguen con cierta difusión y buena prensa, películas de un país tan castigado por las guerras como Líbano. Y eso que siempre hemos tenido la percepción de que era el país más adelantado, abierto y moderno de los de influencia árabe, junto con Egipto.

Constaté esto hace un par de años, cuando visité una moderna tetería en Jaén, regentada por árabes y en la que la televisión, con un canal de música famoso en aquellos lares, “Rotana”, te atraía ante el espectáculo poco usual de ver a mujeres árabes vestidas de occidentales, peinadas e incluso tintadas como occidentales, y no necesariamente muy cubiertas de prendas de vestir. Por supuesto, se podía ver a bellas muchachas cantando ritmos pegadizos y discotequeros sólo que en árabe, y también a muchachos. Le pregunté al dueño de la tetería y me confirmó que todo provenía de Egipto y Líbano.

Basta con leer algo de El Líbano para saber el porqué de su aperturismo, dejando a un lado las guerras civiles con su componente religioso. Aparte de esa división religiosa, generalizando mucho hay que reseñar que la mitad de la población es cristiana y la otra musulmana, tienen una economía de mercado, buenas infraestructuras (las hosteleras son muy nombradas), y mucha mezcla de grupos étnicos y, por tanto, de culturas muy distantes. De hecho allá por los 70 se le bautizó por los medios de comunicación como la «Suiza de Oriente Próximo».

Una política demasiado radical, cuyos coletazos aún perduran, el acoger a la Organización para la Liberación de Palestina en su momento y que se utilizara la frontera con Israel para incordiar a uno de los países que más presupuesto dedica a defensa (si no el que más por número de habitantes), han hecho que se amortigüe el potencial y desarrollo de un país tan maravilloso.

Pues al hilo de todo esto no quise buscar una película que reflejara esa situación convulsa, sino otra más mundana, que reflejara las vidas de ciudadanos libaneses anónimos y esta Caramel es un muy bonito ejemplo.

Caramel, por cierto, no es ni más ni menos que un caramelo que se utiliza como método de depilación en Oriente Medio y que se compone de azúcar, agua y zumo de limón, calentados en una sartén hasta que adquiere un tono dorado, y el cual tiene una textura muy similar a la de la cera que se utiliza en nuestros hogares, con la única diferencia de que este «caramel» se come y debe estar delicioso, por las caras que ponen algunas de las protagonistas de esta película.

Lo interesante de esta cinta es que, además, es una historia de mujeres, contada y vivida por mujeres y encima dirigida por una mujer que es la propia directora de la cinta. Nadine Labaki, la directora, protagoniza también la película y encarna a esa mujer de armas tomar, de la que se percibe sin que esté escrito en ningún sitio que es la que maneja el cotarro. Aparte uno, por ser hombre, no puede por menos que ensalzar la belleza de esta mujer, que es de las que quitan el hipo.

Alrededor de su personaje (Layale) giran una serie de mujeres con sus miedos, sus esperanzas, sus secretos y sus sufrimientos: la que no quiere envejecer, la que le atraen las mujeres, la que no va virgen al matrimonio, la que no quiere dejar a su hermana demente para gozar de una nueva vida..., y también la propia Layale maniatada por el amor prohibido de un hombre casado.

No son historias banales, son profundas, pero se cuentan de forma simpática, distendida, hasta graciosa. Las soberbias interpretaciones del quinteto de mujeres nos permiten descubrir el juego que pretende la directora, la mezcla de dulce, el caramelo, y amargo, que son los problemas en la vida de cada una de esas mujeres.

La película no tiene un final clásico, simplemente las historias se desarrollan y se dejan ahí, latentes, invulnerables al tiempo, para poner de relieve las inquietudes de cualquier mujer del mundo y particularmente la problemática de la mujer libanesa en una cultura que lucha entre ese aferramiento a la tradición y su proyección hacia la modernidad.

También es una invitación, por supuesto, a que el pueblo libanés camine unido aunque cada uno mantenga sus creencias, de hecho, en la película coexisten en ese mismo salón de belleza unas que son cristianas y otras musulmanas, sin que encontremos con claridad la frontera que separa las unas de las otras.

Sin duda, una película muy agradable de ver, con un metraje adecuado y que nos permitirá emocionarnos y sonreír con estas mujeres, que gravitan en torno a un negocio de belleza, que es sin ningún género de duda el negocio de la vida, embarcarse en el maravilloso mundo de lo cotidiano. La banda sonora de Khaled Mouzanar (esposo a la sazón de la directora) es, por cierto, buenísima.