sábado, 31 de diciembre de 2016

CURRO CÓRNER O UN TUERCEBOTAS AL PODER QUE NOS LEGÓ EL GRAN OZELUÍ

CURRO CÓRNER
Curiosamente cuando pasaba mis años universitarios en Granada y compraba de forma bastante habitual «El Jueves», me enteré de que uno de los historietistas más reconocibles de la revista, Ozeluí, era de Granada, y desde ahí, desde su retiro nazarí pergeñaba cómics que luego mandaba a Barcelona cada semana, entre ellos el que a mí me gustaba especialmente era el de Curro Córner.

Nunca lo llegué a conocer personalmente a Ozeluí, aunque es probable que me lo hubiera cruzado alguna vez por la calle, pero casi desde el principio sentí un especial cariño por este historietista, por aquello de que uno que vivía a mi lado diseñaba también para la revista satírica más reconocida de nuestro país. Signo inequívoco también, de que aunque con cierta dificultad, el talento no tenía y no tiene fronteras, y cuando este existe no era necesario estar en un punto neurálgico; de hecho, Ozeluí siempre vivió y vive en Granada, y como él mismo ha señalado en alguna ocasión, primero era Correos, Seur, y ahora todo con Internet es más fácil, ahora las distancias son solo geográficas y sus trabajos están en la editorial con tanta inmediatez como si trabajaras in situ en su misma sede.

Y Curro Córner era un personaje que pintaba perfectamente para «El Jueves», en una revista que tenía prácticamente de todo y que repasaba los temas más candentes del panorama patrio, encajaba un personaje futbolero, aunque fuera tan atípico y crápula como este, y percibiera el deporte rey desde una perspectiva muy desenfadada.

Tan desenfadada era la caricatura que Ozeluí hacía del fútbol que la cancha de juego es solo una excusa para construir un personaje que no destaca por sus valores deportivos sino que pulsa sobre otros aspectos latentes de este espectáculo como la corrupción, la triquiñuela o la marrullería; aunque esto sería, obviamente, ofrecer una imagen parcial de Curro Córner que, ante todo, es un personaje de historieta que no solo vive para el fútbol, de hecho, para Curro el fútbol es, en muchos casos, un plomo, porque lo que él quiere es vivir la vida. Curro Córner es un mujeriego impenitente que se beneficia a todas las vecinas de su bloque, a las mujeres de los directivos de su equipo, el Pollastre F.C., e incluso a las novias de los jugadores rivales; realmente es en la cama donde mete los goles. Y para estas argucias necesita tiempo y recuperación, por eso le cuesta llegar a los entrenamientos del día siguiente, entre otras cosas porque prefiere desquitarse en un bar o en casa viendo, por ejemplo, un apasionante Camboya-Bangladesh.

Ozelui lo ha reconocido muchas veces que a él no le gusta el fútbol, que no pierde minutos en ver partidos en la tele y que, en cierta forma, Curro Córner es una extensión de todo lo que huele mal en el fútbol, aunque de una forma muy simpática. Del mismo modo, no es que Curro Córner sea un antihéroe, porque desde luego sus historietas terminan muchas veces bien, y porque donde triunfa es en sus conquistas amorosas efímeras, sino que también representa por cercanía al típico futbolista de éxito que siempre anda metido en líos, dentro y/o fuera del terreno de juego. Y es que Curro Córner, con las lógicas distancias, tiene características de Pepe, Balotelli, Dani Parejo, o el mismo Sergio Ramos, del que recuerda Ozeluí, que con aquella caída de la copa desde el autobús le hubiera dado para mucho.

Pero Curro Córner no fue siempre jugador de campo, de hecho, en los primeros años Curro era un aficionado recalcitrante del Pollastre F.C., fiel seguidor de sus colores, pero también forofo de la selección española y del fútbol en general, capaz de sacrificar todo o casi todo (las mujeres no) por presenciar un apasionante Mongolia-Islas Feroe. En esa primera etapa, Curro ya iba ataviado con una bufanda y un gorro con los colores de su equipo (amarillo y verde) y en su segunda etapa, en la que Curro ya se convierte en jugador del Pollastre, sigue saltando a la cancha con la bufanda y el gorro, como confirmación de su origen en la grada, y eso sí, tocado con un prominente tupé sesentero, que le da un aire como de cuñado soltero siempre enrolado en la fiesta.

En su etapa de jugador, Curro no es una superestrella, es más, chupa bastante banquillo, y cuando le toca jugar intenta buscar mil y una artimañas para engañar a los contrarios y conseguir perforar la portería rival, muchas veces con éxito. Es todo un portento en el arte de sacar de quicio a sus contendientes, igualmente muestra tangible de que, en mayor o menor medida, muchas veces en el fútbol real, también se sueltan todo tipo de exquisiteces entre los mismos jugadores.

Curro Córner tengo entendido que ya se jubiló, desde 1992 se mantuvo unos veinte años en las páginas de «El Jueves», y Ozeluí podría haberlo reciclado en directivo o algo así, pero parece que el personaje ya estaba un poco saturado, aunque desde luego ha sido y será un icono de referencia dentro de la historieta actual.

En cuanto a las características técnicas del dibujo de Ozeluí en Curro Córner hay que señalar que es bastante minimalista, el dibujante no se detiene especialmente en detalles, economiza bastante, sus viñetas son muy visuales, quiere que la idea se capte con los menos elementos posibles, y lo consigue. Lo consigue porque a veces sus diálogos no existen, se trata de cómics sin palabras, el personaje lo dice todo. También lo logra porque su trazo a pesar de ser económico es contundente y porque, desde el principio, decidió que el color debía inundar sus creaciones; y es que Curro Córner es puro colorido, llama mucho la atención, eso y que no abundan generalmente los textos y que sus historietas no duren más de dos páginas, la mayoría de las veces solo una, hacen que invite a enamorarse de él.

Por otro lado, también hay para mí un cierto elemento afectivo y es que Ozeluí destila en Curro toda el habla granadina que, en cierta manera, es muy común o muy conocida en toda Andalucía Oriental; esos giros y esas frases hechas me lo conforman más si cabe, como un personaje mucho más cercano.

Y es que Ozeluí, que curiosamente hizo Ciencias Biológicas en su juventud y que trabajaba de guarda forestal, pero que lo dejó por el cómic, ha sido un dibujante relativamente conocido en Andalucía, y en muchas publicaciones institucionales he podido ver sus colaboraciones y sus trabajos, es todo un referente. Igualmente es un referente porque lleva más de tres décadas dibujando las carocas que se colocan cada año en las Fiestas del Corpus en la Plaza Bib-Rambla de la capital granadina.

Pues nada, larga vida a Ozeluí (José Luis Prats, hijo de catalán y granadina), un veterano dibujante andaluz nacido en 1953, del que dice que su inspiración principal ha sido la del grandísimo Vázquez. A buen seguro que Ozeluí seguirá deleitándonos con su arte mientras su viva inspiración le siga despertando cada mañana bien tempranito para ofrecernos un poquito de alegría fresca y desenvuelta.

sábado, 24 de diciembre de 2016

EN BUSCA DE LA REINVENCIÓN DEL SELLO DENTADO

SELLOS CON SEMILLAS INCORPORADAS
Pues sí soy filatélico, es decir, que colecciono sellos y esta se encuentra entre una de mis principales aficiones. Cómo será el asunto que mi hijo, probablemente sin excesivas injerencias externas (es un niño adoptado y lleva en España cuatro años y medio), me dice desde hace mucho tiempo que soy un friqui, por eso y por otras cosas más.

Pues sí lo soy, y a mucha honra, es de recibo pensar que somos bichos raros, porque resulta inhabitual que te encuentres con alguien que no ya solo colecciones sellos, sino simplemente que sepa definir lo que es la filatelia, de hecho, el otro día le preguntaban en un programa de televisión a un grupo de jóvenes acerca de este sustantivo y casi ninguno acertó. Y esa es otra, si de por sí somos habas contadas, reconozco que no sé de nadie cercano o lejano que sea amante de la filatelia y tenga menos de treinta años.

Y ya lo he comentado en más de una ocasión en esta bitácora, yo que estoy cercano a la cincuentena soy de los más jóvenes de mi grupo filatélico, y lo que se cuece en este mundillo está dominado por personas mayores, muy mayores, basta con repasar las revistas filatélicas para convencerse de esto. A esto estamos abocados, y en dos o tres décadas yo seré uno de ellos.

El destino de la filatelia en España, y digo en este país, que es el que conozco, es muy negro, el sello dentado está de capa caída y Correos desde que se convirtió en una sociedad estatal no quiere saber nada más que de beneficios, menos de servicio público y nada de patochadas filatélicas o de cultura. Lo he vivido en mis propias carnes y el que ama la filatelia sabe de lo que hablo y es que Correos, el ente que debiera mimar a sus abonados filatélicos, por aquello de que es quien emite los sellos, pasa olímpicamente, y a sus empleados los aprieta para que sean rentables: franqueo pagado, matasellos y a otra cosa mariposa, rapidez y eficiencia, y si lo puede hacer una máquina para quitar operarios mejor; dinero, dinero, dinero...

A todo esto, la modernidad de este siglo XXI con todo lo que comporta ha devenido en que el coleccionismo esté muerto en todos los ámbitos y en su sentido más genérico, y más aun para la filatelia porque para que haya cercanía a esta afición-arte tiene que haber presencia de sellos en la sociedad, en los domicilios, en las oficinas..., y no hay tal presencia; es muy probable que un niño de diez años en nuestro país jamás en su vida haya visto un sello dentado.

SELLO CON CÓDIGO QR
Suelo ser bastante crítico con los motivos de las series que Correos emite cada año, que son obra y milagros de la Comisión Filatélica del Estado, encargada de realizar las programaciones y de decir a los diseñadores de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre u otros artistas libres contratados al efecto, sobre qué es lo que tienen que diseñar. Y como digo aunque suelo dar caña (escribo sobre las emisiones anuales en la revista del Grupo Filatélico Virgen del Carmen de Jaén, al que pertenezco), ya no es tanto acerca del diseño, que a veces sí, como por los motivos y temas a veces anacrónicos o irrelevantes, que contribuyen a hacer menos atractivo si cabe, todo lo que gira en torno a la filatelia.

Por eso rompiendo una lanza en favor de esos diseñadores, en la mayoría de los casos anónimos, es de valorar que intenten cambiar algo del sello tradicional que hemos conocido durante años y años con unas medidas que aproximadamente están entre los 2,5 cm. de altura y 3-4 cm. de ancho.

El sello aun siendo un elemento teóricamente tridimensional, en la práctica es bidimensional, es decir, es un papel fino con un dibujo en un lado y goma en el otro, de unas dimensiones reducidas para facilitar su alojamiento en las cartas.

Esa configuración bidimensional no impide que el formato sea inamovible, bien es cierto, que en comparación con la numismática, esta por su carácter tridimensional parece permitir más juego: formas (redondas, cuadradas, triangulares), metales diversos, relieves, hendiduras (agujeros en el centro)...

El papel al fin y al cabo es eso, celulosa y podría dar la impresión de que más allá del diseño (dibujo o foto y colores vistosos y de lo más diversos), tiene menos versatilidad que la moneda y realmente no es así.

SELLO EN FORMATO 3D
Nuestros diseñadores patrios se esfuerzan más por obligación que por convicción, dado el consabido, y que seguro que para ellos no es ajeno, escaso impacto mediático de lo que hacen; pero bueno en España actualmente se están haciendo sellos con colores metálicos, se están introduciendo texturas (arena), para dar la sensación de relieve, incluso sabores en las gomas y, del mismo modo, se están variando las formas para romper con el tradicional formato rectangular. También aunque esto no esté del todo logrado se llevan a cabo diseños en 3D, y como un modo de alojarse en la modernidad se les ha introducido a algunos un código QR, con la idea de que desde un dispositivo móvil podamos acceder a más información en torno al motivo del sello.

No obstante, mi afición por la filatelia y mi modesto conocimiento de los sellos a nivel mundial, me permite destacar que a base de imaginación un simple papel puede ser mucho más versátil de lo que se puede pensar.

Recuerdo con especial cariño, aunque verdaderamente no sé cómo llegó a mis manos, un sello de Rumanía del que se adivinaba con claridad que había sido pasado por un troquel, en el algunos lugares lo llaman sellado en seco y que deja un suave relieve muy efectista.

Del mismo modo, tengo un sello muy curioso de Malasia que me regaló mi amigo Miguel Ángel Angosto, que de este tema sabe mucho más que yo, en el que venía una pequeña semilla pegada en el mismo (seguro que con alguna silicona fácil de extraer con la mano, pero también lo suficientemente sólida para que no se desprenda con la fricción del papel y el traqueteo de las comunicaciones postales). Creo que una interesante manera de divulgar la cultura vegetal.

También se ha percibido que la nueva dimensión de los sellos adhesivos permiten llevar partes precortadas y que se pueden extraer a modo de cromo. Es el caso de las figuras del belén que el año pasado puso en marcha Correos en el que se irían alojando en sucesivos años en una especie de hoja bloque, a modo de un belén de miniatura. A mí esto no me gusta, pero es un ejemplo de las posibilidades que nos ofrece el sello.

Y no se queda ahí, al fin y al cabo, los sellos, papel, celulosa, podrían configurarse como pequeñas obras de arte, algunos lo son por su diseño, puesto que esas posibilidades de expansión de los formatos son infinitas y si incorporáramos las supermodernas impresoras 3D, que es algo de lo que se va a hablar mucho en los próximos años (de verdad que pienso que es el invento de esta próxima década), estaremos ante una auténtica revolución y reinvención del sello dentado. Si se aprovecha esta tecnología en la filatelia, siempre debidamente mensurada, grandes emociones nos esperan.

En definitiva, el sello está evolucionando y debe hacerlo mucho más, aunque en España bien es cierto que con solo una innovación formal no es suficiente, hace falta una verdadera revolución en las estructuras para reactivar el sello, y esto no es fácil tal y como está montado el tinglado ahora, donde solo se mira la economía, y la cultura está directamente defenestrada.

sábado, 17 de diciembre de 2016

ISMAEL TRAGACETE, LA LEYENDA DEL ÚLTIMO GRAN CAZADOR CLÁSICO

Ismael Tragacete
En aquellos mis años universitarios en los que lógicamente no existía Internet, acudíamos a otras fuentes de información que aunque hoy perduran, han sido sobrepasadas por la vorágine digital. Pese a esa aparente ausencia del dato instantáneo yo creo que esto tampoco nos limitaba especialmente, es decir, que estábamos bien informados y los de mi generación disponíamos de un buen poso de cultura general, que tal vez las generaciones actuales no poseen a causa precisamente de tanta información y tanto entretenimiento fácil y bobo. Quizás antes había esencia y hoy hay mucha morralla.

Pues con mis dos mejores compañeros de aquella época (mis dos Alfonsos) teníamos la sana costumbre de poner en juego nuestra cultura general algunas tardes, en una especie de Trivial Pursuit sin reglas, de entretenernos haciéndonos preguntas de todo tipo buscando la sapiencia de los demás, sustentados en los conocimientos que adquiríamos leyendo libros, prensa, viendo televisión o yendo al cine...

Por aquel entonces yo tenía la buena costumbre de adquirir cada mes de abril el «Anuario El País», un fantástico volumen editado por el periódico del mismo nombre (por aquella época de finales de los 80 y principios de los 90 yo era un asiduo lector de ese diario), en el que se recogían un montón de artículos de periodistas de prestigio sobre todo tipo de materias en relación con las secciones habituales del periódico y de su semanario, y sobre todo, y lo que a mí me llamaba especialmente la atención era que disponía de un montón de estadísticas varias que yo devoraba con avidez y que me ocupaba mucho tiempo, y es que antes me encantaba la estadística, ahora me sigue gustando pero menos.

Por cierto, que con una nueva vida para mí, con el curro y más vida social, ya pasé de comprar el Anuario, pese a que me consta que se sigue haciendo, y ya con la llegada de Internet, tampoco me pareció relevante disponer de todos esos datos, cuando a golpe de clic los tenías de forma inmediata.

Aquel Anuario representaba para mis compañeros y para mí una fuente de conocimiento impresionante. Yo leía todos los artículos, salvo alguno de temas que no me interesaban, y por supuesto, no me perdía ninguno de los relacionados con deportes y ocio. En el Anuario de aquel año 1989 aparecía un curioso artículo sobre caza y sobre la hazaña del campeón nacional de ese año de caza menor con perro, Ismael Tragacete, el toledano que había logrado por quinta vez consecutiva el entorchado nacional, y que se erigía como uno de los mejores deportistas españoles del momento, en una disciplina un tanto controvertida; de hecho aquel artículo no eludía toda clase de elogios a este genio de la escopeta. Ni que decir tiene que Ismael Tragacete, una especie de héroe anónimo, se convirtió para mis compañeros y para mí en una especie de mantra, era nuestro deportista de élite de andar por casa, era un desconocido que para nosotros era un amigo; Tragacete fue siempre un recurso para iniciar una charla en un bar, el guía que nos hacía levantarnos para ser mejores, el que inspiraba nuestros exámenes, nuestro héroe.

Desde luego, sin intentar meterme en camisa de once varas, he de decir que ni soy aficionado a la caza, ni me gusta, ni entiendo mucho, por eso, espero no expresar ninguna inconveniencia a partir de ahora.

El hecho de que no me guste no excluye que como deporte que es, con todo lo que la caza supone, o sea que es una actividad que se produce porque el ser humano es el dominador de la humanidad e implica la muerte de animales, pues tiene su componente competitivo que implica un entrenamiento físico concienzudo por parte de sus practicantes y, por otro lado, que tiene una vertiente natural que me gusta; se trata de un deporte intrínsecamente unido a la naturaleza y ahí le encuentro cierto atractivo, sobre todo me pasa cuando veo los espectaculares reportajes de un programa mítico de TVE como es «Jara y sedal», una producción realizada con rigor y profesionalidad.

¿Por qué realizar un artículo sobre caza menor? Partiendo de la base de la simpatía que me inspira el nombre de Tragacete, hace unos días leí acerca de la reducción de licencias de caza y cómo sus practicantes estaban envejeciendo y no se producía el necesario relevo generacional. La caza no goza, al parecer, de buena salud porque decaen las licencias y la gente joven no se interesa como antes en esta práctica. Este dato me hizo retomar otro del que no soy ajeno y es que por una especie de resorte psicológico, después de Tragacete he procurado, en alguna ocasión, conocer qué se cocía en el Campeonato de España de caza menor con perro.

Que yo no sea aficionado a la caza no quiere decir que no sea partícipe de su valor ecológico, en este sentido, soy partidario de la caza legal, aquella que se sustenta en planes de caza y que tiene como fin primordial el aprovechamiento sostenible de las especies cinegéticas, es decir, que gravita sobre la necesidad de que en las zonas de caza se tienda a un equilibrio ecológico, esto es, aquel en el que coexistan todas las especies autóctonas en un número tal que pueda supervivir toda la diversidad ecológica sin alteraciones significativas en el tiempo. Y, a todo esto, quiero pensar que dichos planes son elaborados por técnicos cualificados que estudian las características de las áreas objeto de caza para que su contenido sea el adecuado.

Por eso, aunque yo sea incapaz de matar a una simple hormiga y que cada vez estoy más convencido de que alguna vez en mi vida probaré a ser vegano o vegetariano, debo respaldar a los cazadores legales, los que van por derecho, los que saben que cazando lo que les corresponde garantizan la caza para muchos años o para siempre, los que no manipulan sus armas, los que hacen sus cursos, pagan sus licencias y sus cotos, no dejan los cartuchos tirados en el terreno y los que (y esto lo digo desde el desconocimiento más absoluto) intentan realizar el disparo más certero para que la muerte de los animales sea instantánea.

En contraposición a esto, rechazo frontalmente el furtivismo, y todas aquellas prácticas ilegales y egoístas que se cargan la caza, incluso especies protegidas; esos que viven en un «pan para hoy y hambre para mañana», en detrimento de los buenos cazadores que no solo sostienen, a su manera, el medio ambiente, sino también a un montón de empresas y de familias que se dedican profesionalmente a este sector.

Ismael Tragecete
Retomando un poco la figura de Ismael Tragacete, el bueno de Ismael llegó a ganar seis entorchados nacionales e incluso uno del mundo, en 1990, cuando estaba en la cresta de la ola. Tragacete, un tipo menudo de músculo duro, de esos hombres de campo de toda la vida, con su característico bigotillo, era un excepcional cazador, prácticamente no fallaba nunca, y era un superhombre en el que se combinaba su agudeza visual, su buen pulso, su instinto y conocimiento de los «datos» de la naturaleza, unas piernas prodigiosas y un can, su binomio, excepcionalmente entrenado para esta disciplina.

Lo de las piernas resulta como poco curioso, en uno de los reportajes publicados tras una de sus victorias nacionales, el periodista aludía a que el toledano había recorrido 65 kilómetros en 7 horas cruel, de tal forma que necesitaba que relevaran en varias ocasiones al juez de campo que acompaña al cazador en los campeonatos para verificar la legalidad de las capturas. Sin duda, 65 kilómetros se me antojan excesivos, y calculados muy por alto dado que a finales de los 80 y principios de los 90 no existían aparatos tan habituales para nosotros hoy como un móvil con GPS; y es que correr, porque es casi correr, 9 kilómetros a la hora no los conseguimos algunos días muchos de los que salimos a correr y estirar las piernas por ahí.

Ismael Tragacete ostenta seis títulos nacionales y es difícil que, en largo tiempo, alguien pueda superar su récord. Se cuenta, eso sí, porque en todos sitios cuecen habas, que en algún campeonato se acusó, al parecer sin fundamento, a este gran campeón de manipular y colocar piezas para así lograr campeonatos.

Francisco Fernández Sierra
Como digo, nunca se pudo probar, no obstante, y como he seguido de forma más o menos habitual las vicisitudes de este campeonato de España en los últimos años sí que se pudo probar, que el cazador guadalajareño Francisco Fernández Sierra que llamaba a la puerta del cetro de Tragacete, llegando a tener cuatro títulos nacionales, fue acusado en 2007 de cobrar piezas que estaban muertas entre 24 y 48 horas antes de la prueba, amenazando a su vez con la escopeta a su juez. De hecho, se probó no solo que las aves estaban alimentadas con comida no propia del coto y que se trataba de especies que morfológicamente tampoco eran autóctonas del coto, sino que incluso se verificó que el día anterior a la prueba se desplazó a 300 kilómetros de distancia para adquirir en una granja tres conejos vivos; en fin, todo un jeta. Fernández Sierra, tras varios años de disputas judiciales que acabaron creo que en el Tribunal Supremo, fue inhabilitado para competir en este deporte por cinco años, y más allá de esto, marcado ya con la huella del fraude para los restos.

Eso sí, en los últimos años también ha habido críticas acerca de la elección de los cotos por parte de la Federación Española, en algunos casos, poco acertados por la escasez de piezas y donde la suerte ha influido más que otro factor para encumbrar al campeón nacional.

En fin, salvada esa amenaza de Fernández Sierra, Tragacete sigue cazando aunque lógicamente, metido ya en los 70 años lo hace con más parsimonia aunque con una clase arrolladora; de hecho, hay un vídeo de hace unos seis o siete años en el que demostraba su instinto para escrutar lo que el terreno le informaba, en un todo de verificar ruidos, marcas, olores, movimientos...; y también contaba con un fantástico perro, Mito, un podenco andaluz, de esos animales listos e inteligentes a los que no les tienes ni que hablar para saber lo que les pides.

Arkaitz Egaña
Por cierto, el Campeonato de España desde hace ya varios años se hace también independientemente para categoría femenina. En el del año 2015, el último disputado a la fecha de cierre de esta entrada, el ganador fue el guipuzcoano Arkaitz Egaña. Ese campeonato celebrado en tierras sorianas fue especialmente pobre en cuanto a piezas, de tal forma que en categoría femenina quedó desierto porque de las catorce participantes solo una llegó con una pieza abatida, pero lamentablemente con el control cerrado.

Ismael Tragacete sí que es un mito, y hoy es un venerable pero activo septuagenario que colabora en los campeonatos nacionales como juez, ¿quién mejor que él para saber cómo se puede gestionar una prueba de este carácter? Larga vida al general, un héroe anónimo, un nombre inolvidable, un cazador de leyenda.

sábado, 10 de diciembre de 2016

SOBRE OPERACIÓN TRIUNFO, ENGENDROS POSTERIORES, TRIUNFITOS, INVISIBLES Y TUERCEBOTAS VOCALES

Tanto bombo le han dado al regreso o reencuentro de Operación Triunfo 1 (OT 1), que no me he podido resistir a la tentación de escribir sobre lo que yo experimenté en torno a este fenómeno, pero no solo eso, sino también para pegarle un repasillo a los programas de similar corte que se fueron sucediendo después en las diferentes televisiones y que tenían y tienen como fin la búsqueda de talentos ocultos, de voces mágicas para implantarse en el panorama musical.

Dicho esto, también he de señalar que igual que opino sobre esto, la música que se ha producido y comercializado como consecuencia de estos programas televisivos no me interesa nada, no la compro ni la compraré, y la consumo por obligación al escucharla fundamentalmente en radios y televisiones generalistas.

Bien es cierto que el formato televisivo que inauguró OT creo que impactó a todo el mundo, ya había nacido previamente Gran Hermano en Telecinco engendrando para la televisión una nueva fórmula de construir productos televisivos, la telerrealidad. OT no dejaba de formar parte de ese género de la telerrealidad, a los triunfitos los conocíamos cantando y evolucionando en sus habilidades vocales, pero también veíamos cómo comían, hacían deporte o hablaban con sus familias por teléfono, aunque en general, dábamos por bueno que el programa no era chabacano y deleznable, como sí que lo era (y lo es) Gran Hermano. No es de extrañar pues, que de tanto conocer la vida y el día a día de esos muchachitos aspirantes a estrellas musicales, la gente en la calle los hiciera suyos de tal forma que cuando salieron al mundo real ya eran de la familia, pero obviamente esa correspondencia no era biunívoca, como suele ocurrir con la gente famosa, y estos chavales quedaron abrumados por su repercusión mediática.

El gran logro de aquella primera edición de OT es que el propósito principal de encontrar voces que pudieran triunfar en la música se cumplió. Todos los participantes de esa primera experiencia, creo que todos, llegaron a sacar su disco, en solitario o acompañados, y algunos, ya vamos reduciendo la nómina, verdaderamente fueron estrellas, y lo son, y triunfaron con todas sus letras en mayúscula.

A toro pasado hay que decir que el formato puso de relieve que muchos de los que estuvieron en OT tenían voces mucho mejores que cualquier estrella del panorama musical de ayer y de hoy; pero es que la realidad que nos desveló este programa es la de que para triunfar no tienes que ser bueno en varios géneros musicales, sino solamente en el tuyo. OT trataba, en cierta forma, de buscar voces versátiles, pero no nos engañemos, al final triunfan las voces diferentes y especializadas en un estilo.

Nadie duda que Rosa, la ganadora de esa célebre primera edición, tenía y tiene una voz prodigiosa, cien mil veces mejor que la de un Joaquín Sabina, prototipo de cantante que jamás pudiera haber sido un elegido de cualquier Operación Triunfo. Sabina es muy bueno en sus canciones, esas que va narrando mientras suena la música, pero no le pidas que haga sus pinitos en otros géneros, porque Sabina sabe hacer el estilo Sabina y ya está. Y como Sabina otros tantos, que serian malos cantantes en el sentido objetivo (el de la voz versátil), pero magníficos en lo suyo. Se me ocurren muchos otros y otras; Alejandro Sanz tiene un estilo muy marcado el de la voz rajada, casi forzada, y en cada canción parece que está en el baño haciendo un último esfuerzo. Camarón era bueno en el flamenco, pero no podría haber cantado una canción de Michael Jackson, como no me imagino a la impresionante Adele cantando una canción de Estopa.

Y terminó OT 1 tras un éxito televisivo sin precedentes, y claro, tras un tiempo en el que la onda expansiva del programa perduró, las aguas volvieron a su cauce y la realidad puso a cada uno en su lugar.

Gestmusic, que era la productora del programa, hizo caja con estos jóvenes, y es lógico porque como empresa que es, su objetivo principal es ganar dinero, si ese no fuera su objetivo, sería otra cosa, sería una ONG o una congregación religiosa. Y Gestmusic rentabilizó su inversión de la mejor manera que entendió, aunque a algunos de los triunfitos no les terminara de gustar, pero el contrato televisivo obligaba hasta un tiempo posterior a su aparición televisiva. A mí me parece que lo hicieron fantásticamente bien, convirtieron en famosos a dieciséis desconocidos y los lanzaron a la autopista de las oportunidades con un montón de desvíos por los que se abría un horizonte de éxitos diversos. Gestmusic invirtió más en unos que en otros, porque creyó que esa era la manera que podría generarle más beneficios.

A la postre ¿qué ocurrió? El resumen es opinable pero es el mío. Hubo un gran triunfador, David Bisbal, tenía y tiene carisma y el producto musical que le aplicaron y en el que él se hizo fuerte le vino como anillo al dedo. David, además, encajó muy bien con el gran público, porque era uno de los nuestros, un chaval tan aparentemente buena gente, que aun pasados muchos años se sigue entreviendo la inocencia y nobleza de aquel chico que poco antes de OT estaba haciendo un curso de formación ocupacional en invernaderos (cultivos bajo abrigo). David Bisbal se convirtió en el multimillonario de OT.

Después se posiciona una especie de clase media, que se han ganado la vida con la música, con diferentes niveles de éxito, también con consecuencias económicas diversas en sus cuentas corrientes, con más o menos ceros, pero se percibe que viven de forma muy desahogada: Bustamante, Rosa, Chenoa, Manu Tenorio, Gisela…

Y finalmente se colocan los invisibles, aquellos a los que el halo del éxito se les esfumó con cierta rapidez: Javián, Juan, Naím, Geno, Alejandro Parreño o Mireia. Por cierto, la sensación que me transmitió ver a Mireia en el reencuentro fue de absoluta invisibilidad, no recordaba ni que hubiera existido.

El concierto de «El reencuentro» fue también un negocio para Gestmusic, aunque para el fin hubo de justificar los medios, y pasar por el aro de que todos y cada uno de los triunfitos tuvieran su momento de gloria, aun cuando a algunos se les notaba que se les había pasado el arroz, y en el caso de Juan Camus tuvo el dudoso privilegio de perpetrar dos canciones, probablemente las últimas que cante en su vida, en el más claro ejemplo de que no todos los que entran en un programa de telerrealidad musical son buenos y que en el caso de este individuo, con el tiempo el asunto es susceptible de empeorar.

A los profesionales de la música les hizo mucho pupa en 2001, 2002 y los años posteriores, los de la onda expansiva, la entrada en el panorama musical, desde la nada, de dieciséis chavales, que lógicamente ocupaban un espacio que ya tenían pillado ellos. A la oferta musical existente se añadía otra, con una difusión previa brutal, y algunos criticaban ese talento musical bisoño, construido a golpe de programa semanal, y sinceramente se equivocaron en parte, porque lo que no valió, se desechó (los invisibles) al poco, y lo que mereció la pena perduró. Es más, con el tiempo, las estrellas de toda la vida tuvieron que adaptarse al nuevo panorama, y se convencieron de que no era malo que existieran estas fórmulas televisivas, sobre todo si ellos mismos ganaban pasta, hasta el punto de que aparecieron y aparecen en otros formatos similares posteriores como coachs: El número uno, Factor X, Tú sí que vales, La voz…, en los que han participado sin ningún tipo de reserva los Miguel Bosé, Alejandro Sanz, Malú o Melendi.

Si lo de OT era la gallina de los huevos de oro, poco tardararon TVE y Gestmusic en ofrecernos una segunda edición, antes de que a los televidentes se nos olvidara la experiencia pretérita; y a todos y cada uno de los que la presenciamos nos pasó más o menos lo mismo, dejamos de tener interés paulatinamente, ni me acuerdo quién ganó (aunque lo he mirado en Internet, ni sé si sigue existiendo esa muchacha), el único que sobrevivió fue Manu Carrasco, otro triunfador que se podría meter en la categoría de la «clase media» de OT 1 en la que estaban Chenoa, Bustamante o Rosa. Lo curioso de este OT 2 es que yo sí que me acuerdo, y tal vez mucha gente, de la que quedó la última, Mai Meneses, a la que expulsaron a las primeras de cambio, por detrás de tantos invisibles, de tantos tuercebotas vocales. Mai Meneses al poco tiempo demostró que la vocecilla infantil, tal vez no versátil, era justo un producto muy vendible y nació hasta hoy como Nena Daconte, ganándose también la vida de forma desahogada con esto. Está claro que la productora y el jurado imbuido por esta, se equivocaron claramente.

Como las televisiones funcionan como un martirio chino, tras OT 2, vinieron otras ediciones de las que no recuerdo el número (incluso TVE soltó su emisión y la cogió Telecinco si no recuerdo mal, para asestarle la puñalada definitiva), y de las que no llegué a ver ni un minuto. Huelga decir que la gallina de los huevos de oro se había agotado rápido, sacando al mercado decenas de triunfitos invisibles, porque estaba claro que el formato para que funcionara tenía que ser necesariamente un binomio: voz carismática y audiencia. Lo primero podría existir, pero de lo segundo tan solo quedaban las cenizas, y muy probablemente tendremos voces estelares vagando por ahí, desaprovechadas.

Todas esas voces desaprovechadas lo son precisamente porque OT 1 agotó muy rápido el factor oportunidad, de algún modo, ese fue el elemento definitivo para que el binomio fuera un trinomio, una fórmula perfecta, capaz de producir una estrella como David Bisbal, situado en la liga de campeones de la música, a un nivel claramente distinto al de sus compañeros de aventura televisiva.

Gracias a ese factor oportunidad los triunfitos de OT 1 pudieron ser visibles, si David Bustamante o Chenoa hubieran formado parte de OT 4 u OT 5, si existieron estas ediciones, lo más seguro es que no se hubieran comido ni los mocos.

Y avanzamos en el tiempo, y se generalizaron los programas de corte similar en cada cadena televisiva, pasaba como con los mercados medievales y los ayuntamientos, que no estás en el mundo si en tu ciudad no organizas uno; pues eso, que ya surgieron otros programitas con diferentes nombres pero con el mismo objetivo, el de encontrar talentos musicales. Perdidos todos los factores que ya se han citado por agotamiento, esos programas ya son un producto televisivo más, son espacios de entretenimiento, que ahora tienen como fin la audiencia, de ahí que las verdaderas estrellas sean los coachs, y en menor medida, el crear una estrella de la nada, porque esto último ya se sabe que no puede ocurrir, porque el nicho de mercado es inexistente.

Mi mujer y yo consumimos estos productos televisivos mientras no haya una opción mejor en la parrilla. Se percibe que el formato está saturado, por mucho que se empeñen las televisiones en adornarlo. Los críticos (he de volver a decir lo de coach, porque la gente lo entiende mejor así, aun cuando sea un palabro anglosajón) suelen ser buenistas, al que es muy bueno lo ensalzan, al bueno también, al malo no lo machacan, y al muy malo le dicen que lo siga intentando; nunca una palabra desafortunada, jamás una mala actitud.

Tal vez el renombrado Risto fuera el único que ha sacado los pies del plato, ergo el único que decía verdades, el que supo muy desde el principio que estos programas ya habían llegado a su colmatación casi sin haber madurado; y no se cortaba ni un pelo en decirle a los malos que se dedicaran a otra cosa, y a los buenos y muy buenos que los triunfitos de OT 1 ya les habían comido el terreno por todo lo visto y que era muy difícil que se ganaran la vida sobradamente con esto.

Mientras tanto, y extraído al tal Risto de la tribuna de críticos, ahí tenemos a esos coachs buenistas que agotan los epítetos y las frases hechas programa tras programa, porque repiten lo mismo muchas veces, a golpe de escuchar cientos de voces: «Tu voz tiene color», «has llenado el escenario», «tienes feeling», «me has emocionado». Toda una colección de frases hechas que, de tanto usarse, más vacías de significado me parecen.

Hace unos años pudieran ser juguetes rotos, ahora ni eso, son simples engranajes para fomentar la audiencia de las cadenas televisivas. Creo que no hay engaños con esto y, mientras, mi mujer y yo podremos seguir opinando sobre lo bien o lo mal que cantan ese o aquel, y es que hay gente que se cuela en estos programas y que canta rematadamente mal y que desafinan desde la primera nota, y eso que nosotros ni somos expertos musicales ni tenemos un oído especialmente entrenado.

domingo, 4 de diciembre de 2016

"LA TIENDA DE LA CALLE MAYOR", DE JAN KADAR Y ELMAR KLOS

Confieso que hasta hace bien poco no conocía nada de esta película, pero me impulsó el visionarla el hecho de que tuviera un buen puñado de premios tras su estreno, allá por 1965. Que una cinta checoslovaca ambientada en la 2ª Guerra Mundial rodada apenas veinte años después de su final, en un país en medio de Europa que sufrió con especial virulencia los avatares de aquel conflicto bélico, le da mayor valor si cabe a la trascendencia de la historia que nos cuenta.

En un pueblito rural eslovaco viven apaciblemente sus ciudadanos, entre ellos Anton (Tonko) Brtko (sí un apellido con muchas consonantes y una sola vocal, pues pronúnciese Bertko, pero con la «r» muy larga), un carpintero que lleva una vida muy normalita, acompañado siempre de su fiel perro Essenc y cuya única piedra en el camino es su mujer, caprichosa, rastrera y que lo trata con la punta del pie.

La llegada de los nazis es inminente y para ese día los vecinos de esa localidad partidarios de los alemanes, se han propuesto llevar a cabo en la plaza céntrica del pueblo una especie de torre de Babel construida con madera y que será rematada con el escudo de Eslovaquia (ya se deducía en el metraje los deseos de independencia de la parte oriental de Checoslovaquia), a modo de homenaje a los invasores o salvadores, según se mire, y como un modo de reafirmación del pueblo. Pero Tonko, más conocido por Tono, no colabora, es indiferente a su ejecución.

No obstante, uno de los jefes políticos del pueblo y estimulador de la obra es su cuñado Mark, con el que no parece que haga buenas migas. Una noche se presentan Mark y la esposa de este en su casa con todo tipo de viandas, alentándolo para que se haga afín a la nueva realidad, la de un movimiento político, el nazismo, que aspira a dominar toda Europa, con la recompensa de alcanzar una vida de cierta opulencia. Tono, que se posiciona fuera de la política, presionado por su mujer y por las circunstancias, recibirá en dicha cena un documento en el que se le nombra gerente de una mercería regentada por una señora judía, la señora Lautmann (la actriz Ida Kaminska).

A buen seguro que la «intervención» de negocios judíos en la 2ª Guerra Mundial fue algo común en media Europa, en donde los «blancos» se convertían en «arianizadores» de los judíos. Así que con escaso convencimiento Tono se presentará en la tienda en cuestión, que se sitúa en la calle Mayor del pueblo y justo enfrente de donde se está erigiendo el monumento de madera. Allí está la anciana señora Lautmann, una viuda encantadora con la cabeza un poco ida que realmente no se entera de qué es lo que quiere Tono. Ha de intervenir un vecino, el señor Kuchar, para decirle que a Tono lo ha engañado su cuñado, porque desde hace años la vieja no vende nada y vive de la solidaridad del resto de la comunidad judía.

No obstante, y considerando la ofensiva del movimiento nazi, Tono se verá con los rectores de dicha comunidad judía que le prometerán un sueldo fijo a cambio de que efectivamente haga como que está en el negocio, pero sin hacer daño a la ancianita.

Y Tono será feliz por un momento en su vida, se enamora en el sentido maternofilial de la entrañable anciana. Tono es un hombre íntegro así que la ayudará en todo lo que puede, menos en el negocio, así, le arregla todos los muebles desvencijados que tiene en su casa, y la respetará en absolutamente todo. La señora Lautmann por su parte le ofrecerá ese cariño, esa bondad de la vejez que muchos hemos recibido de nuestros abuelos.

Esa felicidad se traslada a su casa, donde la fiera de su mujer ahora es más dócil, porque Tono abraza el fascismo, como ella quería, le trae regalos y un buen sueldo. Ahora ya no lo trata como antes, y de algún modo, lo eleva a un pedestal.

Hasta ahí la película se desenvuelve en un ambiente desenfadado, casi de comedia, las expresiones de Tono y su forma de ser (protagonizado por el actor Jozef Kroner), y la música que lo acompaña, dan la sensación de que estamos ante una película costumbrista, simpática, hasta cómica. Pero la película va girando, sus directores Jan Kadar y Elmar Klos la van a tornar inevitablemente seria, nos devolverán a la realidad.

La llegada de los nazis es inminente, y con su llegada el cerco sobre los judíos y los que los ayudan cada vez se hará más estrecho. De hecho, al señor Kuchar lo detiene la policía política, lo apalean y lo condenan a muerte por ser un blanco que ayuda a los judíos.

Jamás ha tenido Tono problemas con los judíos, se puede considerar que tiene muchos amigos entre ellos, de hecho, el barbero Katz ya le alerta de lo que se les viene encima, y sentencia una frase palmaria: «Cuando las leyes están en contra de gente inocente. ¡Es el fin! El fin de los que las aprobaron».

La tensión crecerá, Tono tendrá un altercado con su mujer, la cual volverá a las andadas, a ser una bestia ruin y despreciable que le exige a su marido que se aproveche de la viejita y que rebusque por la casa y la tienda para encontrar su tesoro, las joyas y el oro que se decía que todo judío acopiaba en su domicilio. Tono en un trance de locura abofeteará a su mujer, haciendo más visible la división de caracteres casi irreconciliable en el matrimonio.

Y llega el final, ya nada es tan desenfadado ni tan apacible como al principio, Tono apura unas copas de alcohol, seguramente vodka, con Piti Batchi el pregonero del pueblo, en un bar de la localidad, en una noche que se presume larga, en la que se aventura la llegada de los nazis con objeto de deportar a todos los judíos del pueblo. Con los efectos del alcohol y decidido a salvar a toda costa a la señora Lautmann del final terrible que todos presumen para los judíos del pueblo, Tono acudirá a casa de la anciana que en sus cortas luces dará por hecho que se ha peleado con su mujer y le hace una modesta cama en el mostrador de la tienda.

A la mañana siguiente Tono se levanta como si no hubiera pasado un segundo, aun le quedan varios tragos de la última botella, y el miedo le conminará a seguir bebiendo. Es el miedo, y aquí está la clave de toda la película, el que hará que un hombre íntegro se convierta en un ser abyecto; será la palpable demostración de que el ser humano en condiciones límite es capaz de deshacer sus principios en un tris.

Es sábado, el sabbat día sagrado semanal para los judíos; y ahora Brtko, acuciado por la interminable lista de vecinos judíos que, por orden alfabético, resuena por la megafonía instalada en la plaza del pueblo, decide abrir la tienda en contra de los preceptos de la comunidad judía y de la propia señora Lautmann, y lo hace para evitar que lo tomen por otro más, como Kuchar, otro blanco que ayuda a los judíos.

Mientras divisa con nitidez desde los cristales de la puerta de la mercería, Tono experimenta un miedo insuperable, el miedo a un final horrible, el miedo a morir. Tono ya no es Tono, ahora es un ser desatado, acuciado por el instinto de supervivencia, y quiere entregar a la vieja.

Los últimos veinte minutos de la película son de una tensión indescriptible, de un ritmo frenético y con un final que no quiero desvelar, pero que es brillante.

Y a todo esto la reflexión no solo ha de hacerse por la introspección en la psicología humana que hacen los directores, sino también por el triste poso que siempre me deja la barbarie cometida contra la comunidad judía en Europa central durante el transcurso de la 2ª Guerra Mundial.

Además en un pueblo como el que nos narra la película, subyace que los judíos eran gente normal y corriente, no había problemas de desintegración ni de segregacionismo y, de repente, el tsunami del fascismo inundará media Europa y pondrá el dedo en los no iguales, sin mayor razón, solo por el hecho de no ser como una teórica mayoría. Un régimen autoritario que rompe los engranajes de cualquier persona y que es capaz de quebrar su conciencia.

Increíble esta película, «La tienda de la calle Mayor» (Obchod na korze, en su título original) que no deja indiferente; se puede ver perfectamente hoy, no importa que esté en blanco y negro, ni subtitulada, ni que sea checoslovaca, es un largometraje buenísimo, pero también hay que avisar, no es apto para sensibleros.

domingo, 27 de noviembre de 2016

FLËUR, O EL ECO DE VOCES ENSOÑADORAS QUE LLEGAN DESDE UCRANIA

Si la música es belleza, que lo es sin lugar a dudas, Flëur representa ese estado, esa cualidad que nos acerca a la perfección, esa que en términos musicales nos llega al oído y nos produce un placer indescriptible.

Este grupo es ucraniano aunque sus temas son cantados en ruso, pero nos tiene que dar igual, ya lo he resaltado varias veces, que pese a que nos hemos acostumbrado a escuchar la música en inglés (y lógicamente en español), ni siquiera atendemos a las letras, las chapurreamos, tarareamos, pero no sabemos muchas veces qué dicen; por tanto, a los mismos efectos nos tendría que dar lo mismo que la letra sea de un idioma del que no tenemos ni idea. Sí, ciertamente se puede perder mucha poesía y muchas evocaciones en la música cantada si no conocemos el idioma, pero tampoco podemos rizar el rizo, yo no lo hago, escucho música y si la letra está bien integrada y me gusta, la escucho con gusto y no dudo que se dirán cosas muy bonitas, es que de lo contrario tendría que estar aprendiendo varios idiomas a la vez y esa sería una tarea inabordable.

Y eso es lo que tiene Flëur, que sus canciones son muy bonitas, una belleza muy poco accesible para el gran público por su procedencia, o sea, no esperen oír nada de este grupo en una cadena de radio comercial en España, simplemente porque son de Ucrania, no es justo, pero ya se sabe, esto está así marcado. Y yo soy un firme defensor de lo no convencional, basta que te salgas un poco de los circuitos masivos que no son garantes de calidad precisamente, para que puedas hallar la excelencia.

Flëur hace una música sencilla, sin gran exceso de instrumentos, intenta crear un correcto equilibrio entre voces y sonido ambiental, pero también es cierto que las voces no son más preponderantes que la música y viceversa. Es decir, desean que la música se oiga, que envuelva, que capte de principio para engancharnos con lo que se cuenta.

Tengo el gusto de traer aquí este grupo que se trata de un proyecto femenino y es cierto que en este blog en cuanto a música y al resto de etiquetas es mayoritariamente masculino, pero no lo hago adrede, busco lo que me gusta y comento lo que me gusta, el sexo para mí es secundario; si se trata de mujeres, pues me alegro, porque es cierto que porcentualmente saco más temas masculinos que femeninos, sin que tenga una tendencia voluntaria, sale y ya está, y así seguiré porque no deseo estar sujeto a cuotas irreales.

Y es que la historia de este grupo encierra también ciertos tintes emotivos, pues se formó cuando Olga Pulátova y Elena Voynaróvskaya se conocieron en Odessa en 1999, una de las grandes urbes de Ucrania; ambas tenían formación musical y, de hecho, ya habían hecho sus pinitos en alguna que otra banda, pero algo las unía, la poesía. Así gracias a ese nexo, idearon unir sus dos vocaciones y una especie de fraternidad de almas para dar rienda suelta a sus pasiones con una música especial, y lo consiguieron.

Poco a poco, Olga con el piano, Elena con su guitarra, y ambas con sus voces, entretejen su tela y pronto se unirá la flautista Julia Zemlianaya y un poco más tarde la violonchelista Ekaterina Serbina y los baterías Alexei Tachevski y Vladislav Mitsovski; empezarán a tocar composiciones de Olga a nivel un tanto aficionado, pero en lugares de lustre, así que en cada gran actuación que tuvieron en el 2000 consiguieron grabar dos álbumes en directo, y ya empezaban a ser muy reconocidos en Ucrania.

Claro, la propuesta era muy rompedora, por un lado, música New Age, o sea, el resultado que quedaría si elimináramos las voces, pero a la par se fusiona con música étnica ucraniana y rusa, algo de estilo neogótico y un poquito de rock, y unas voces angelicales.

El bombazo fue de tal impacto que el eco llegó a una discográfica francesa llamada Prikosnovenie, una modesta discográfica especializada en World music, músicas ambientales y sonidos de relajación, que encontró oro puro en una batea, la del panorama musical, rellena de mediocridad. Así que en 2001 empieza un idilio musical con este sello y en 2002 ve la luz el disco Прикосновение, la transcripción literal del nombre de la discográfica en caracteres cirílicos.

A partir de esa fecha fueron incorporando a otros músicos e instrumentos musicales, incluso sintetizadores; músicos que han ido entrando y saliendo en el proyecto con sucesivas sustituciones. Sus primeros discos son los que tienen más esencia, y es que por su mayor implantación en Rusia y Ucrania, con cierto éxito, han ido adaptando ligeramente sus melodías hacia el pop, pero sin perder sus rasgos propios.

El porqué del nombre Flëur no está muy claro, no significa flor (la traducción desde el francés si quitáramos la diéresis), pero ya sabemos que son ucranianos y parece ser que es un juego de palabras que se podría traducir como «halo de misterio».

Después de prácticamente una década de producciones diversas con el sello francés, últimamente han vuelto a sus orígenes y ahora se graban ellos mismos en Odessa. Siguen teniendo mucho éxito allí, pero ahora su aventura es más personal, son como los guías de su destino, aparte de producirse sus discos, no se someten a aspectos comerciales y sus conciertos están meditados, sin giras asfixiantes. Se dice que el precio de sus actuaciones varía según el número de asistentes, no sé cómo irá el sistema pero suena bien eso de que pagues en función de la demanda existente.

No le demos más vueltas, Flëur es un grupo muy bueno, pero muy desconocido, tentemos un poco la suerte y perdámonos en sus melodías.

sábado, 19 de noviembre de 2016

EL KORFBAL UN DEPORTE-JUEGO HOLANDÉS... Y CATALÁN

¿Korfbal? Korfbal. Dudo que haya mucha gente que conozca este deporte, en España y en el mundo, salvo algunos países, muy pocos, donde se practica con cierto interés... y, sin embargo, se mueve.

Sí, porque el korfbal, escrito así con una «l» puesto que es una palabra de origen neerlandés y que significa algo así como baloncesto, es un deporte-juego que curiosamente ya se practicaba en España hace varias décadas, y yo tuve oportunidad de ver alguna que otra competición escolar en la tele cuando era niño, retransmitida por aquellos míticos programas de TVE «Camino del récord» o «Torneo», de los que alguna vez intentaré hablar en esta bitácora.

Una doble noticia ha supuesto la reciente celebración del Europeo de este deporte en la cuna de esta disciplina, en Holanda, y concretamente en Dordrecht, porque por un lado, la selección holandesa ha conseguido enlazar cien victorias consecutivas internacionales en partidos oficiales (y de hecho yo pude conocer la noticia en las Redes dado que coincidía con otro logro centenario, el del número de partidos consecutivos ganados por el F.C. Barcelona en la Liga Asobal), y por otra, porque Cataluña ocupó el tercer puesto de la clasificación final.

Me interesa más la primera noticia que la segunda para dar pie a esta entrada, aunque también haré mención a la otra. El fantástico logro de Holanda en el korfbal implica un dominio absolutísimo, porque de sus ciento treinta y un partidos celebrados a lo largo de la historia, solo perdió uno en 1991 ante la otra potencia de este deporte, Bélgica, y ya está, es decir, que a partir de esa fecha ya lejana, los holandeses han encadenado una racha victoriosa de cien triunfos y, por supuesto, abierta.

El korfbal es un deporte que por su configuración y reglas está bastante asociado a la escuela, al deporte escolar, porque aun siendo un deporte es sobre todo un juego, un juego con balón de los muchos que se pueden practicar en el cole.

Creado por el maestro holandés Nico Broekhuysen a principios del siglo XX, este popularizó un juego que tenía semejanza con algo parecido que se practicaba en Suecia, pero él se encargó de estandarizarlo y darle unas reglas.

Curiosamente el korfbal entró a España por Marbella a finales de los 60 y en los años 70 se extendió la práctica a Madrid y otros lugares de España, a mí me suena, no me hagan mucho caso, que aquel partido que yo vi en la tele cuando era niño, vía «Camino del récord» o «Torneo» con aquel mítico y olvidado Daniel Vindel, lo disputaban equipos madrileños.

El korfbal es un deporte mixto, y es la regla más importante a cumplir, es decir, que si visionan partidos en Internet los equipos están compuestos paritariamente por chicos y chicas, y eso es un punto a favor de su práctica escolar, como lo es el hecho de que se pueda utilizar cualquier pista deportiva normal que tenga las dimensiones de los deportes de sala (40 x 20), que se vale del círculo de la zona de baloncesto para colocar en medio una cesta sin tablero (es la principal diferencia visual con respecto al baloncesto), anclada sobre una base en el suelo.

La cesta está a 3,50 m. del suelo, a más altura que en el baloncesto, para eliminar la posibilidad de colgarse y el diámetro de la cesta es más pequeño porque también la pelota es más pequeña, en realidad, se utiliza un balón de fútbol.

Es igualmente un deporte de escaso contacto físico, y de haberlo, este es sancionado por los árbitros, es por ello que es una actividad que conecta muy bien con la aprehensión de ideales óptimos en el deporte.

Otra de las características significativas de esta disciplina es que el poseedor del balón no puede correr, debe estar parado, un pie de apoyo inmóvil y el otro se le permite moverlo, siendo los otros jugadores los que pueden correr, desmarcándose para coger el balón; es, por tanto, dinámico para los no poseedores y estático para el poseedor.

Son equipos de ocho jugadores, cuatro hombres y cuatro mujeres más dos reservas, y en cada pista están las mitades de cada equipo, dos chicos y dos chicas, que defienden o atacan respectivamente; esos roles los mantienen hasta que un equipo hace dos tantos, entonces cambian de rol, los que han sido defensas pasan a ser atacantes y a la inversa. Y eso sí, las defensas son individuales y solo se puede defender a una persona del mismo sexo.

El que mete canasta obtiene un punto, el lanzamiento se hace a pie quieto o en suspensión, echándose hacia atrás o cuando el defensor está más lejos de la distancia del brazo del lanzador y, por tanto, técnicamente no existen tapones, el balón solo se puede interceptar con el brazo arriba del defensor si se trata de un pase; estos aspectos fundamentales lo separan bastante del baloncesto. De hecho, el rebote no es más que un palmeo, el jugador no puede rebotear y quedarse con el balón, con el palmeo debe intentar dirigir la pelota a un compañero. Y las defensas no pueden ser laterales, tienen que ser cara a cara, casi mirándose.

La contravención de todas estas reglas generan diferentes tipos de sanciones en función de su gravedad: falta, falta libre o penalti; no obstante, no las voy a referir porque sería algo largo y tedioso hacerlo.

Un partido dura sesenta minutos dividido en dos tiempos de media hora y con un descanso aproximado de diez minutos.

En definitiva, estamos ante un deporte-juego que, por lo referido, su práctica ausencia de contacto, la facilidad y accesibilidad para su práctica, su espíritu mixto, con reglas muy sencillitas, se convierte en una disciplina que encaja bien en lo que se podría denominar deporte escolar.

La realidad no puede ser más triste para los holandeses, esperanzados en que este deporte tan suyo que, permítaseme la analogía, sería algo tan específico como los toros en España, no encuentran competidores mejores para hacer sus logros más sonados. Porque no lo olvidemos, un deportista es bueno porque sus competidores se lo ponen difícil. De hecho, yo me río muchas veces de los grandes genios del balón (los Messi, Cristiano y demás) que en su propia vanagloria a veces, muy ufanos ellos, ridiculizan a algunos contrarios; sin caer en que estos son imprescindibles para el encumbramiento de los otros.

El dominio de Holanda es tan tristemente abrumador para ellos que en este Europeo celebrado en octubre de 2016 venció en la final a Bélgica por 27 a 14, igualando la peor derrota belga en la historia oficial de este deporte.

Pero no hay visos de solución, aunque como ya he referido, es un deporte con cierta antigüedad, que se remonta a los inicios del siglo XX, y que fue incluido como deporte de demostración en los Juegos Olímpicos de Amberes 1920 y Amsterdam 1928, no ha conseguido calar entre la gente. Se practica en una veintena de países, pero casi centrado en unas pocas ciudades, por no decir, en determinados centros educativos. Las razones pueden ser diversas, probablemente la más plausible es que para qué buscar un deporte parecido al baloncesto, cuando el baloncesto ya es suficientemente divertido y competitivo.

En España tras esa entrada a finales de los 60 y su extensión en la década posterior, su fomento se fue derritiendo como hielo en el gazpacho. Y ahí surgió Cataluña tras su implantación en los 80, llegó su consolidación, limitada bien es cierto, en los 90, fundamentalmente en localidades del extrarradio de Barcelona. De hecho, tienen su competición propia, a falta de otros clubes en el resto de España.

Y ahora viene la parte político-deportiva, en la que me voy a parar bien poco porque ya cansa. ¿Cómo se fomenta un deporte? Con dinero, basta con que tengas dinero para que un deporte crezca, si la Administración catalana subvenciona un deporte superminoritario como este, no es difícil meterte en la élite, aunque no dejes de ser cabeza de ratón.

Y curiosamente eso es lo que se ha hecho desde las más altas instancias catalanas, han intentado hacer visible la marca Cataluña (independiente) en aquellos deportes donde han encontrado un resquicio legal, la laxitud de las federaciones internacionales y el desinterés de los organismos rectores del deporte en España.

Así Cataluña que hace unos años fue independiente en un Mundial B de hockey sobre patines, también lo es aparte del korfbal (donde ha sido tercera de Europa en 2016 y quinta en el Mundial de Amberes en noviembre de 2015), en bolos, fisioculturismo, montañismo, dardos o raquetball; obviamente son deportes con una popularidad muy reducida y no son olímpicos, si lo fueran otro gallo cantaría; entonces los holandeses desaparecerían del mapa o se empequeñecerían, el Comité Olímpico Español tomaría cartas en el asunto, lo de Cataluña ya sería una anécdota circunstancial y, dicho sea de paso, los Estados Unidos o China se llevarían la palma a golpe de talonario.

sábado, 12 de noviembre de 2016

"LAS AVENTURAS DEL NAVÍO SAN JUSTO", DE VICENTE RUIZ GARCÍA

Tengo hoy la difícil misión, primera vez que la acometo en esta bitácora, de escribir acerca de un libro de una persona a la que conozco. Conecta esta entrada con el propósito que he emprendido desde hace ya un tiempo en el blog, los que me siguen lo conocen, de leer novelas y libros de autores que están fuera del estrellato y de los círculos de popularidad que provoca, a veces, la generación de divos aburguesados, arrastrados a hacer trabajos comerciales, carentes de sentido, aburridos y de nivel literario medio bajo.

Vicente Ruiz García es el marido de una compañera mía de trabajo y mejor amiga, Juani Ruiz, con la que comparto tareas y detento una especie de velada paternidad profesional, sin que se note mucho, espero. Ya me transmitió ella hace un tiempo la faceta investigadora de Vicente en el siempre complejo mundo de la labor de introspección histórica. Vicente es a la sazón profesor de Instituto y también de la UNED.

A Vicente no se la ha dado nada mal, dentro de lo que es un ámbito un tanto especializado, lo reconozco; pero la consecución de diversos galardones por sus trabajos devinieron en el interés de ciertas editoriales, ávidas por mostrar a propios y extraños esos espacios ocultos de nuestra historia que, con buen criterio, este escritor ubetense se empeña en rescatar de los escasamente visitados archivos históricos de nuestro país.

Y digo lo de escasamente visitados sin tener demasiada idea, lo hago un poco a vuelapluma, pero esa es la sensación que tengo. La sensación de que en esos archivos se encuentran tantísimos tesoros que solo gracias a la persistencia de investigadores como Vicente Ruiz el resto de mortales lograremos conocer. Una labor callada y a buen seguro que nunca suficientemente valorada por el gran público, en la que ha de sacrificar muchas horas de su tiempo libre y de su familia.

En este blog he referido en alguna ocasión que tuve un profesor de enseñanza media que defendía que la historia era intrínsecamente una ciencia inexacta, mientras que dos más dos sabemos que siempre será cuatro, la historia nos llega a través de relatos indirectos, de fuentes que en su momento pudieron tergiversar la realidad a su modo (la historia siempre la escriben los ganadores), algo que apreciamos hoy, en el siglo XXI, en la prensa escrita, que falsea la realidad a su antojo y nos hacen ver lo que ellos quieren.

Yo no soy un experto en historia, es más, yo diría que es una disciplina que no me apasiona especialmente, pero reconozco en Vicente Ruiz un esfuerzo ímprobo no solo por acudir in situ a las fuentes de la información, esos archivos que yo confieso mi sospecha de su virginidad en muchos casos, sino para tamizar y destilar la información valiosa y con rasgos de veracidad de otra que pudiera estar sesgada o inventada.

«Las aventuras del navío San Justo» que tiene como subtítulo «España entre dos siglos» y que, por cierto, obtuvo en 2015 el V Premio Juan Antonio Cebríán de Divulgación histórica que promueve el Ayuntamiento de Crevillente (Alicante), dentro de lo que es propiamente un trabajo de investigación histórica a modo de ensayo novelado, supone un relato hábil en el que su autor nos narra la historia no a través de un personaje humano sino por medio de las vicisitudes de un barco, a través de su vida activa de medio siglo, aproximadamente entre 1778 y 1828. El San Justo sirve de hilo conductor de nuestra historia, jalonándose los hechos más significativos de esta media centuria en nuestro país, con la aparición de reyes y personajes históricos, pero también la de muchas personas anónimas que fueron tan artífices como los otros, si no más, del forjado de esa historia que hoy tenemos en nuestro acervo colectivo.

Y Vicente narra, por obligación, los aspectos más importantes de la historia de nuestro país con sus actores principales, pero no se resiste a otorgar su momento de gloria a ese importante número de desconocidos personajes secundarios que estuvieron alguna vez a bordo del San Justo, a buen seguro, que ni sus generaciones posteriores tienen idea de que allá había algunos héroes de a pie que jamás tuvieron reconocimiento alguno.

Es interesante destacar que estamos hartos, yo estoy particularmente harto, del término «memoria histórica», fundamentalmente porque, y no desvelo un secreto, se utiliza de forma partidista. La memoria histórica es también esta, la que Vicente Ruiz rescata, la de un montón de personas que se dejaron la vida para defender a España, ya fuera porque era un medio de vida, o porque estuvieran obligados, pero es una memoria histórica que no se termina en anteayer, que es lo que pretenden algunos. No solo hay fosas comunes en la Guerra Civil, sino infinidad de vidas enterradas de las que no se sabe nada y que también sufrieron y murieron por defender unas ideas, sin que nos tenga que interesar si eran de tal o cual color.

Es triste pensar que esa España entre dos siglos tenía un panorama que sigue siendo extrapolable a la España de nuestros días. Los reyes y la jerarquía de este país iban por un lado y la base de la estructura padecía los avatares de un gobierno con muchísimas más sombras que luces, culpable en las más de las ocasiones de los reveses sufridos en contiendas bélicas. Es palpable que el San Justo, presente en la Batalla de Trafalgar, fue testigo directo de lo acaecido en las costas gaditanas, de una infame derrota y de sus causas.

Pero el San Justo fue algo más que un navío de guerra y a lo largo de su medio siglo de actividad sirvió para diferentes cometidos, militares y civiles, y su pervivencia y su utilidad quedaron en no pocas ocasiones limitadas por la falta de mantenimiento y reparaciones, absolutamente necesarios para un navío de estas características; labores que precisaba cada vez que realizaba una travesía o participaba en alguna contienda. Al navío, de algún modo, en ese papel de mudo testigo de su entorno y de la historia española, le pasó lo que a muchos de los marinos que sirvieron en él, que nunca tuvo la suficiente y debida atención. Uno y los otros soportaron una época nada fácil, en la que el dinero, el vil dinero siempre tan odiosamente necesario para esta vida que nos hemos impuesto la especie humana, llegó escaso, tarde o simplemente nunca llegó.

El libro es un dechado de datos históricos, curiosidades y anécdotas que con toda certeza ven la luz en él por primera vez, en un extenso volumen que denota la ingente labor de investigación desarrollada por Vicente Ruiz García, por cierto, no es su primer libro. Algunos detallitos estilísticos y de forma que habría que maquillar sí he advertido, los cuales, este humilde bloguero, ha hecho llegar debidamente a su autor, no empañan en cualquier caso un trabajo de gran calidad que tiene que servir de acicate para continuar en esta senda tan apasionante de dar luz a tantas sombras de nuestra historia.

sábado, 5 de noviembre de 2016

MICHAEL LANDON, TODA UNA VIDA DEDICADA A TRES SERIES

Poca gente de mi generación, por no decir nadie, desconocerá lo que fue «La casa de la pradera», pero no ya en España, sino en América y en el resto de Europa. Particularmente en España fueron los años de nuestra infancia, cuando la siesta no nos llamaba la atención, y en los hogares de cada uno la mejor opción (ahora diría que hay diversas alternativas, entre ellas la siesta) de los domingos después del Telediario, era ver esa mítica serie.

Pero no, no me voy a centrar en la serie en sí, sino en el actor que la hizo posible, que no fue otro que Michael Landon. Y es que Michael, el Charles Ingalls de aquella casita enclavada en mitad de un valle inmenso y que encarnaba el espíritu de los pioneros de Norteamérica, padre de una familia entrañable compuesta por su mujer y sus tres hijas, fue un caso raro de actor principal, guionista, director y productor ejecutivo, una especie de «yo me lo guiso yo me lo como» holístico que apenas conocíamos de pequeños, pero que hoy nos resulta más llamativo, por lo inhabitual en el mundo televisivo.

Tan atípica fue la carrera de Michael Landon que su trayectoria se mide por tres series televisivas, «Bonanza», la renombrada «La casa de la pradera», y finalmente «Autopista hacia el cielo», y prácticamente pare Vd. de contar. Apenas otras colaboraciones en el mundo televisivo y en el cine, escasa sombra hicieron a la imagen que todos conocemos, sobre todo con la segunda de las series, la más emblemática de todas ellas.

De «Bonanza» cabe decir que es unas serie que yo no vi, era muy pequeño, después conocí que Landon hacía en ella del joven Little Joe, en una serie tan eterna que estuvo en la pequeña pantalla desde 1959 hasta 1973; tan prolongada vida hizo lógicamente que aquel joven se convirtiera en un maduro actor; y es que desde que empezó con 22 años, cuando la serie concluyó Landon ya tenía 37 años. Por cierto, ya había hechos sus pinitos en esta serie, escribiendo y dirigiendo algunos episodios. Una madurez que le llegó superando en esa época algún que otro problema con bebidas y drogas.

Probablemente acuciado con la regeneración que había supuesto para él el hecho de haber traspasado la línea del submundo, y el hecho de tenerse fuerte para dirigir y escribir guiones, fue el impulso para crear «La casa de la pradera», al poco tiempo de concluir «Bonanza», pues no había pasado ni un año. Si bien es cierto que la idea no era original suya, había un libro de relatos al respecto de la vida de los colonos estadounidenses en el siglo XIX escrito por una tal Laura Ingalls (que precisamente dio nombre a una de las protagonistas de la serie), apenas sirvió de catapulta para la gran imaginación de Michael Landon.

Como la mayoría de los de mi generación recordaremos, la serie era mucho más que una bucólica fotografía de los valles del interior de los Estados Unidos. Landon ya se postulaba como una especie de prohombre, que con sus historias trataba de inculcar valores e ideales para construir una sociedad mejor, y lo hacía llegar a su público en cada entrega, cada domingo que nos sentábamos delante del televisor.

Ya se adivinaba que este prócer en que se erigía Michael Landon tenía esa dimensión que se autoasignaba en la serie de hombre bueno y justo, pese a las adversidades de una sociedad un tanto retrógrada como era la que se evidenciaba en una zona rural cualquiera de Estados Unidos, en concreto en Walnut Grove, en el siglo XIX; saliendo a relucir otros temas transferibles a una sociedad avanzada de finales del siglo XX: el racismo, las desigualdades, el medio ambiente, la solidaridad, el respeto, la responsabilidad... Si por algo recordamos a Landon por encima de todo es por encarnar a un Charles Ingalls bueno por antonomasia, un tipo justo, incapaz de perder un ápice de su bonhomía por muy mal que se presentaran las cosas.

La serie tiraba de tópicos, los buenos y los malos, muy definidos. Los Ingalls eran la familia ideal y recta, y el contrapunto era los Oleson, con una madre muy estirada y unos hijos absolutamente odiosos, entre los que destacaba la repelente Nellie Oleson. De los Oleson curiosamente se salvaba el señor Oleson, el dueño del almacén de ultramarinos de Walnut Grove que era de buena pasta y que siempre intentaba mediar para atemperar los desaguisados de su clan familiar.

Es de este tipo de series que, por su larga duración, los actores quedan marcados profesionalmente para los restos; a la mujer de Charles Ingalls, Caroline, la actriz Karen Grassle, jamás se la volvió a ver el pelo en las pantallas. Tampoco se supo mucho de Mary, la hija mayor, encarnada por Melissa Sue Anderson; y sí que vimos en alguna ocasión a Laura Ingalls (Melissa Gilbert), la más fuguilla de aquella casa en el prado, y que tal como la reconocimos en cualquier película posterior, por mucho que hubiera crecido siempre veíamos en ella a la pizpireta Laura que algunos quebraderos de cabeza generó en la familia Ingalls.

Curiosamente, la temática un tanto cursi, buenista y previsible de los episodios dio a entender a los entendidos en los inicios de su emisión que duraría poco en la programación porque no tenía chicha, pero fue calando en la sociedad estadounidense y, por ende, en el resto de países donde se vendió este producto. Y vaya que si funcionó bien, que estuvo entreteniendo a la audiencia durante diez años.

Cuando esta serie echó el cerrojo, nuevamente Michael Landon tenía en mente otro proyecto en el que él lo era todo: protagonista, guionista, productor y director; se trataba de «Autopista hacia el cielo», sin duda, su proyecto más personal. En esta serie Michael, en plan mesiánico, representaba a un ángel, Jonathan Smith, vestido de calle, que con ayuda de su ayudante terrícola Mark Gordon (Victor French), recorrían los Estados Unidos (lástima que los ángeles y los superhéroes sean tan chauvinistas que siempre aparecen solo por aquel país y no por otros) para solucionar problemas a la gente.

Aquella serie ya tocaba temas más actuales tales como la soledad, las drogas, la muerte, las disputas familiares... Jonathan Smith y su compañero se convertían en terapeutas sociales y con la ayuda de algún milagrillo también encauzaban a las personas que se cruzaban por su camino y que atravesaban por algún dilema humano.

La serie también la vimos en TVE y en domingo pero esta era antes del Telediario. Y, del mismo modo que las experiencias anteriores de Landon, que ya era un consumado monstruo televisivo capaz de convertir en oro todo lo que tocaba, esta serie también tuvo una masiva audiencia en Estados Unidos y en el resto del mundo occidental. Estuvo en pantalla de 1984 a 1989.

Victor French moriría de cáncer de pulmón en junio de 1989 y esto obligó a su cancelación. Aunque no sabemos si se podría haber prolongado con otro sustituto o los problemas de salud que llevaron a la muerte prematura a Landon hicieron que se cortara definitivamente, lo cierto es que «Autopista hacia el cielo» también dejó una visible huella en todos los televidentes.

Cuando me planteé escribir sobre Michael Landon me pregunté si esa bonhomía que desprendía en sus interpretaciones era extrapolable a su vida privada, porque sería muy forzado estar protagonizando al mismo personaje, un buen hombre, durante décadas y ser un capullo fuera de los platós. Y no, cuando murió, de lo que hablaré a continuación, todo el mundo destacó la buena persona que fue, un tipo íntegro fuera y dentro.

Tal vez el único pero que se le pueda poner es que sacó rédito de su aspecto de galán y su larga cabellera un tanto «jipilona», y es que fue un enamoradizo, habiendo tenido tres esposas diferentes y fruto de aquellos compromisos generó una extensa prole de nueve hijos, con tres de ellos adoptados, y llevándose entre el mayor y el más pequeño veintiocho años.

En abril de 1991 le diagnosticaron a Michael un cáncer de páncreas, de forma tan tardía que ya estaba metastatizado, falleciendo apenas tres meses más tarde en Malibú (California), nos dejó con 54 años, privándonos a buen seguro de otros proyectos televisivos interesantes y quién sabe si algún vástago más para recoger el legado, aunque no se conoce que ningún hijo haya heredado el perfil y el carisma que atesoró siempre el protagonista de esta humilde entradilla.

domingo, 30 de octubre de 2016

LAS LAGUNAS DE RUIDERA, OTRO SORPRENDENTE PARAÍSO CERCANO

Cascada en Laguna Santos Morcillo
Resulta paradójico que yo, que suelo ser un consumidor empedernido de Internet, sin embargo, cuando voy a visitar algún sitio nuevo no suelo investigar demasiado al respecto, es como si no quisiera contaminarme de información y acceder al lugar casi como una aventura virginal.

El gran viaje natural de mi familia en nuestro período vacacional ha sido este año a las Lagunas de Ruidera y estando las primeras horas allí me cuestioné que apenas sabía cuatro cosillas básicas de este paraje.

Para ser sincero no era la primera vez que yo visitaba las Lagunas de Ruidera, de hecho, de pequeño estuve allí, tal vez con 4 años, en lo que fuera probablemente mi primer recuerdo desde que tengo uso de razón. Me hubiera gustado poner alguna foto, que existe de aquel recuerdo primigenio, pero no la hallé en casa de mis padres, porque las hemos toqueteado mucho incluidos los más pequeños de la casa y se deben haber traspapelado, aparecerán cuando no las busque. En todo caso, mis recuerdos no llegan más allá de lo que aquellas fotos mostraban, agua, monte y un chaveílla como yo que hacía un saludo militar en cada instantánea (no logro imaginar que me movía a hacer eso, toda vez que durante toda mi vida, incluso de niño, he sido poco militarista y escasamente dado a tener pasión por la marcialidad).

Y es que el hecho de que yo visitara con mi familia aquel enclave, me suena que en la primavera de 1972 (o sea, no era verano porque no me bañé, eso sí lo tengo claro), implicaba que ya en aquella época existía una especie de atracción hacia un espacio natural que no estaba demasiado lejos para los habitantes de la provincia de Jaén. De hecho, mi mujer también recuerda haber visitado las Lagunas de pequeña y mucha gente de mi generación ha visitado de pequeño este lugar.

Laguna del Rey
La razón de esa atracción, aparte de la singularidad del lugar, también es logística, y es que está muy cerca de la Nacional IV, apenas a 45 minutos, y al menos para la gente de la zona norte de la provincia de Jaén (Linares, Bailén, La Carolina, Andújar), en apenas dos horas, antes, considerando las carreteras de hace cuarenta años, y en menos de noventa minutos ahora, está como se suele decir, a un paso.

Por supuesto, las Lagunas de Ruidera tienen mucho más que una simple cuestión de facilidad logística y es que, como luego estuve leyendo allí, resulta muy curioso que en medio de una comarca donde predomina el clima mediterráneo continental y no exenta de los avatares de las sequías, en un entorno típico de monte bajo y de meseta, donde predominan las llanuras; casi sin esperarlo, antes de que te des cuenta, aterrizas en una sucesión de pequeñas depresiones escalonadas que reciben flujos de agua durante todo el año y que se suceden a lo largo de unos veinte kilómetros, para presentarnos cerca de una quincena de lagunas.

No es exacto decir que lo de los flujos permanentes, pues aunque no había ninguna laguna seca ciertamente, en el momento en que estuvimos, a principios de septiembre y, por tanto, al final de un verano sin aporte de lluvia y una primavera que en este año no ha sido especialmente copiosa en el aspecto pluviométrico, pues algunas estaban bastante bajas y, es más que probable que en ciertas temporadas se hayan secado del todo, sobre todo las más pequeñas.

Cascadas Laguna Redondilla a Laguna Lengua, con agua
Probablemente mis padres acertaran en aquella primavera de 1972, porque puestos a ver todas las lagunas en su máximo esplendor y con el tiempo acompañando, desde luego esa es la mejor estación. Y sobre todo porque se aprecian con mayor detalle las simbiosis que hay entre unas y otras. A mí particularmente me hubiera gustado ver el espectacular conjunto de cascadas que se forman desde Laguna Redondilla a Laguna Lengua.

Curiosamente estuvimos en un cámping al lado de la Redondilla (Los Batanes), una de las lagunas más pequeñas de este espacio y tenía un aspecto un algo triste, porque tendría poco menos del 5 % de su capacidad. Así que me he conformado con ver imágenes en Internet del aspecto de las cascadas en un momento de grandes precipitaciones.

Dicho esto, lo del cámping sigue siendo una afición reciente que renuevo cada año con mi familia, tiene sus pros y sus contras, aunque intentamos minimizar esto último. Así, valoramos en esos días no estar con las comodidades de una casa, el hecho de «sobrevivir» con recursos escasos, el estar las veinticuatro horas en la naturaleza con todos sus beneficios y sus peros...

Cascadas Laguna Redondilla a Laguna Lengua, sin agua
Las Lagunas de Ruidera se convierten en un oasis para el visitante que encuentra un montón de atractivos en cada una de ellas, las cuales, y eso es muy peculiar, tienen cada una de ellas su particular fisonomía, no hay una igual a otra, ni parecida. Más grandes, más pequeñas, con paisajes distintos, más o menos accesibles, con diferente vegetación, con más posibilidades de baño y otras con más complicación para encontrar donde mojarte; pero todas te ofrecen siempre alguna sorpresa, hay que buscarla.

Y luego los nombres, cada una de ellas está bautizada con su propia denominación, de algunas puedes inferir su nombre por su obvio aspecto, la Redondilla, la Colgada o la Lengua son claros ejemplos, pero otras tienen nombres tan familiares como la de Santos Morcillo.

Por otro lado, no hay que dejar pasar el atractivo que supone también para los amantes de la naturaleza todo el entorno, para estudiar la flora y la fauna que vive alrededor, unos humedales que, como ya he comentado, son todo un oasis en un extremo de la Meseta castellana que le confieren un carácter de microuniverso para numerosas especies animales y vegetales.

Desde luego, para los que han estado allí alguna vez, a buen seguro que recuerdan haber nadado entre los patos que residen por sus aguas, y que sin ser domésticos están bastante acostumbrados a la presencia humana.

Del mismo modo, las Lagunas son también un paraíso para los practicantes de innumerables deportes, especialmente los acuáticos. Se puede hacer natación, se pueden hacer inmersiones (y de hecho vi a gente muy preparada con todo su equipamiento observando lo que el resto de los mortales no pueden ver), hay posibilidades de hacer remo y piragüismo, e imagino que hasta vela, aunque esto no lo vi. Y, por supuesto, la zona da pie a toda una infinidad de senderos para aquellos que prefieren pateárselo todo. Caza y pesca también, pero estas no me gustan.

Mi hijo y yo, tuvimos la oportunidad de hacer un poco de piragüismo y la verdad es que es un deporte muy bonito y muy agradecido, siempre que no te lo tomes como una competición, porque te permite inspeccionar el entorno con más detalle y no te obliga a estar constantemente paleando.

Sé que el resumen que hago es muy injusto porque hay innumerables lugares donde perderse y donde encontrar un aliciente, en cada rincón de cada laguna, pero yo me quedo con nuestro particular edén como es el de la pequeña cascada que se formaba desde la Laguna Salvadora a la de Santos Morcillo, que era, es y será el objetivo de infinidad de fotos que buscan, de alguna manera, un trocito de Caribe en mitad de La Mancha.

Por otro lado, cabe reseñar que alrededor de este conjunto de humedales se ha generado una variada oferta hostelera, gastronómica, cultural, y como ya he comentado, deportiva. Una oferta para todos los bolsillos de mayor o menor nivel, aunque la sensación que me ha dado es que han sido y son unas Lagunas muy del predicamento de la gente de clase media, tú y yo, quizá por eso uno se siente como en casa, y no es cuestión baladí.

Pues nada, otro círculo cerrado, mis padres me llevaron cuando yo era chico, y ahora yo he hecho esto con mi hijo, nos lo pasamos bien ayer y hoy, y tal vez repitamos, mañana o dentro de otros cuarenta años.