sábado, 24 de noviembre de 2012

JUGANDO A CONSTRUIR ALGO Y OTRAS PERIPECIAS

La mayor parte de las veces que escribo sobre juegos en mi blog, lo hago con un acusado tono de desencanto, sobre todo porque añoro los juegos que yo hacía en mi infancia en la calle y que ahora es impensable ver a los niños actuales repetirlos o reeditarlos. Apenas hace dos semanas escribía sobre los juegos de cuerdas y combas, y auguraba que difícilmente en España se volverían a popularizar.

Con ese cierto desasosiego y hasta un poco de crítica hacia esta sociedad materialista publiqué aquella última entrada sobre juegos y, por unos días, mi experiencia personal me ha quitado la razón y mi estado de desazón, dándome un poco de vidilla porque he descubierto que sí, que hay niños que todavía juegan en las calles, que se entretienen con poco, que son imaginativos y que su vida es muy divertida, son niños del siglo XXI pero pueden jugar a cosas a las que hace un siglo sus antepasados también pudieron jugar.

Mis amigos saben de mi reciente paternidad y la edad de mi hijo, siete años, me obliga a sincronizar mi reloj vital con el suyo; obviamente él pide, como parte importante de su quehacer cotidiano y de su aprendizaje, jugar, jugar y jugar. Es por ello que ahora un porcentaje razonable de mi tiempo libre también se centra en el juego.

Tratamos de salir, si no está lloviendo, todos los días un poquito a la calle, generalmente por la tarde. Una tarde de estas hace unos diez días, salimos a estrenar su patinete, a cabalgar sobre su nuevo vehículo de tracción humana y a que aprenda mi mozalbete a tener equilibrio y no caerse (ha aprendido con bastante rapidez). Por fortuna y porque mi mujer y yo así lo decidimos vivimos a las afueras de Bailén, un pueblo de poco más de 18.000 habitantes, en una zona de expansión que por la crisis se ha quedado con las calles hechas pero sin edificar, con lo que hay mucho asfalto en buen estado y pocos coches, esto te da una cierta tranquilidad. También está el campo cerca, a apenas ciento cincuenta metros de mi casa ya estoy pisando hierba, descampados donde la gente tira escombros o busca afanosamente hormigas de ala.

Así que después de dar unas vueltas nos adentramos en el descampado más cercano, en el que por las lluvias de los últimos años y las más recientes de las últimas semanas se ha formado el cauce de un arroyillo que en cuanto deja de llover se seca; pero eso sí cuando cae agua tiene cierto caudal, lo que provoca que en determinadas zonas haya hecho taludes naturales que desde el lecho hasta lo alto pueden medir un par de metros. Y allí nos encontramos a un par de niños de unos doce años, entretenidos en cavar en el talud unos agujeros para empotrar en los mismos una especie de sillas hechas de baldosas tiradas en el mismo descampado.

Mi hijo que, en el poco tiempo que lo conozco, tiene predilección por los trabajos manuales y físicos, rápidamente me indicó que él también quería hacer eso y que volviéramos a casa a buscar herramientas. Con una cierta rapidez cogí lo primero que encontré, una palita y una gubia de las que se utilizan para jardinería. Regresamos al tajo y nos dispusimos (bueno en realidad sólo él, yo observaba), a realizar un agujero para hacer exactamente lo mismo que nuestra competencia que estaba a unos veinte metros de nosotros, es decir, una silla con los materiales que teníamos allí cerca. Pero no pasaron ni diez minutos cuando uno de los chavales se nos acercó y nos dijo que si nos queríamos unir a ellos en su “chiringuito”. Pues decidimos que sí y allí nos instalamos.

La sensación fue agradable, placentera y graciosa a la vez, nuestros nuevos amigos David y Miguel, lo tenían bien montado, sus obras, sus asientos, eran un buen entretenimiento para pasar el rato y para manejarse en trabajos manuales y en labores de obra y construcción a pequeña escala. Y digo gracioso también porque se habían equipado convenientemente para estas tareas con guantes, gafas de seguridad, un cubo para la arena sobrante, escardillo, martillo, espátula, niveles…, herramientas varias para su pequeña obra de arte y juego.

Le ofrecieron a mi hijo esas herramientas y él las usó raudo para hacer su asiento de similares características a las de sus colegas de obra. Se estaba haciendo de noche y fui a mi casa a por un par de linternas, mientras ellos seguían afanados en mover tierra y en ajustar con el nivel baldosas y azulejos. Allí continuaron animados por la leve luz de los improvisados focos, hipnotizados por sus particulares tareas.

Les dije que les iba a tomar fotos, la mayoría para quedármelas de recuerdo y otras para colgarlas en mi blog, eso sí tratando de que no aparecieran sus caras por aquello de la legalidad y la protección jurídica del menor. Es evidente que no hay ninguna maldad en mi propósito, todo lo contrario, y estoy seguro de que todo el mundo tiene esta perspectiva, porque con esto de las leyes, a veces se sacan de quicio.

Pues eso, nos despedimos que ya era noche cerrada y en estos días de noviembre que son de los más cortos del año, eso ocurre a poco más de las siete de la tarde. Quedamos emplazados para el día siguiente con objeto de seguir haciendo construcciones, yo sugerí que se podía hacer una escalera natural, excavando los peldaños en la tierra arcillosa.

He de apuntar que instantes antes de que nos hicieran la invitación a unirnos a su equipo, vi desde la distancia como Miguel y David parecían estar incordiados por otros niños, pues respondían a las preguntas de estos con bastante parquedad. Efectivamente me confirmaron que se trataba de los macarrillas del barrio.

Y es que al día siguiente, mi hijo y yo llegamos los primeros al tajo y nuestra obra lamentablemente estaba destrozada. No cabía duda, habían sido los gamberretes barriales. Llegaron nuestros dos amigos y vieron como nosotros con un poco de tristeza y resignación el estropicio. Yo traté de animarlos porque por desgracia en eso el mundo no ha cambiado y yo también tuve que soportar en mi infancia a niños que disfrutaban haciendo daño a los demás, pero que no había que venirse abajo porque eso era darles alas a tus enemigos, que precisamente lo que persiguen es eso que tú te molestes y que te sientas mal, amén de que soy de los convencidos de que el mal nunca triunfa y que el futuro pone a cada cual en su sitio (en mi barrio así ocurrió y los malos hoy son don nadie). La confirmación de la autoría de los hechos vino al poco rato, ya que mientras que estábamos en nuestro particular duelo, los “malos” desde la distancia se reían señalando que sí, que habían roto nuestra cabaña.

También les comenté, haciendo un símil propio de mi edad que si el Gobierno español se hubiera rendido a las primeras de cambio al terrorismo nada sería igual, así que había que luchar, y si habían roto nuestros asientos había que reconstruirlos, y si los volvían a romper, nosotros persistiríamos, así sucesivamente hasta que se cansaran, que no hay mal que cien años dure.

Pero la vida transcurre y como buenos niños, y de eso me alegro un montón porque me demuestra que el mundo se mueve y que la infancia todavía tiene futuro, un día hacen una cosa como si les fuera su destino y al día siguiente se cansan y empiezan con otra; así que por el momento no hemos vuelto al lugar de los hechos.

Y eso, que la vida sigue y mi hijo tiene una obsesión por las cuerdas, con atar, enganchar y arrastrar y ser arrastrado, sueña con construir algo con ruedas para llevar a su “amiga favorita” que es nuestra gata Nina, y con el nuevo patinete en la nómina de sus juguetes ya está dándole vueltas a la cabeza acerca del asunto. Para empezar ya se le ocurrió que por qué no enganchábamos a nuestra perra Lúa a su patinete para que ella estirara; la perra un poco veterana ya corrió unos minutos, pero cuando se dio cuenta del percal y de que tenía que hacer un sobreesfuerzo pues se paró y dijo que hasta aquí habíamos llegado. Así que convinimos en que el cable eléctrico que estaba utilizando como enganche se podía acoplar a la bici de Miguel y estirar del patinete de mi hijo, y así nos divertimos, ellos con el juego y yo mirando.

Al día siguiente me tocó a mí desempolvar mi bici de montaña porque la perra se nos había despistado y tuve que acoplarle un cojín encima del cuadro para que pudiera sentarse mi chaval mientras yo pedaleaba por dos. La situación se complicó porque Lúa no aparecía y eso era rarísimo. Miguel y David me ayudaron a buscarla y la encontramos en la puerta de la farmacia más cercana a mi casa, apenas a doscientos metros, allí estaba tumbada esperándome, y eso que había pasado por allí unos minutos antes, pero claro no había pronunciado su nombre ni ella está acostumbrada a verme en bicicleta. Pasé un mal rato.

En fin, que puesta al día la bici, el cojín ya se ha hecho fijo, y ahora también me toca a mí enganchar el cable para tirar de mi hijo, pero lo doy por bueno, él disfruta una barbaridad y yo soy un niño más, es la verdad.

O sea, que hace un par de semanas me sentía un poco bajo de moral cada vez que hablo de los juegos que murieron en las calles y en la memoria de los que fuimos niños, pero el presente también reivindica que la infancia sigue existiendo con fortaleza y con ilusión. Y ahí estaban y están para convencerme de ello David y Miguel, dos niños sanotes y buenos que disfrutan con su infancia, que destilan alegría y felicidad, y que se relacionan con su mundo aprovechando las calles para jugar, esas calles donde también uno se hace persona, donde uno también se educa, ¿puede haber mayor maravilla?

Y, por supuesto, también sirve esto como reivindicación del ruralismo, lejos del mundanal ruido, los que vivimos en pueblos tenemos esta ventaja con respecto a las grandes ciudades, todo está a la mano, todo lo disfrutamos de manera llana y natural, todos nos conocemos y sabemos nuestros límites.

La vida en sus diferentes modalidades, versión ¡nos lo pasamos pipa!

sábado, 17 de noviembre de 2012

SIDECARES, ESAS MOTOS DONDE EL ACOMPAÑANTE NO VA DE PAQUETE

Ahora que ha concluido el Campeonato del Mundo de motociclismo llega la hora del merecido descanso para toda una legión de jóvenes motoristas de medio mundo. He de decir que en contra de los gustos de muchos, a mí las motos me aburren un poco y, por el momento, me inclino más por la Fórmula 1, aunque sea porque haya un calvo que mantiene la tensión del telespectador aunque no pase nada de nada durante una hora y media.

No tenía intención de hacer balance de la temporada motociclista, ni lo voy a hacer, pero he recordado, eso sí, que hace bastantes años este Campeonato del Mundo tenía un curioso atractivo como era las carreras de sidecar.

No recuerdo cuándo ocurrió, tal vez hace más de veinte años, pero hasta ese momento con el programa de carreras de cada gran premio, entonces había como poco cuatro cilindradas, ahora ya sabemos que hay tres, también se introducía una carrera de sidecar que, obviamente, era el propio Campeonato del Mundo de esta especialidad.

¿Y qué paso? Pues que por el poco tirón mediático de los sidecares, imagino, se separó esta disciplina de las carreras de motos y se le organizó su propio calendario. Hoy compite en coincidencia con algunas de las carreras de resistencia que también han perdido popularidad, aún me viene a la memoria aquellas míticas 24 horas de Montjuic que también echaron el cierre hace más de veinte años.

Al igual que las motos surcan nuestras calles y carreteras, y muchos jóvenes aspiran a tener una moto de gran cilindrada para atrapar el viento, los sidecares son una reliquia del pasado que es difícil ver por nuestras calles. Es más, yo recuerdo que hace veinte años por lo menos circulaba uno por Linares, pero después no tengo constancia de haber visto otros.

Lo que quiero decir con esto es que las competiciones motociclistas tienen un trasfondo comercial, en el sentido de que las industrias moteras se supone que transfieren parte de la tecnología que utilizan en las carreras para sus producciones en serie. Por lo tanto, si la fabricación en serie de sidecares no existe o es limitadísima, el atractivo que las grandes marcas pueden tener para promocionarse se desvanece.

Aun así, el Campeonato del Mundo de sidecar sigue existiendo, como competición menor, pero al amparo, del mismo modo que las motos que vemos en la tele casi uno de cada dos domingos, de la Federación Internacional de Motociclismo (FIM). Tampoco le presta mucha atención la FIM a esta especialidad porque la información en su web es bastante escueta, pero bueno, este año ha habido siete grandes premios, tres en Alemania, dos en Francia y uno en Croacia y Hungría respectivamente. Estos lugares de celebración también ofrecen una idea de los países donde sigue habiendo cierto predicamento hacia esta disciplina deportiva. No compite ninguna pareja española en el Campeonato.

He deducido de la web oficial que en cada gran premio había dos mangas y en la competición oficial la parrilla se componía de no más de veinte sidecares. En esta temporada 2012 la pareja campeona ha sido la compuesta por los británicos Tim Reeves y Ashley Hawes, rompiendo la racha de dos Campeonatos victoriosos en las temporadas precedentes de los finenes Paivarinta y Hanni.

El hecho de por qué me he planteado escribir sobre sidecares en esta entradilla no puede ser otro que la espectacularidad de esta disciplina que, como poco, podría llamar la atención alguna vez de las cadenas de televisión para que echaran un reportaje. Aún me acuerdo como hace poco, Teledeporte tenía predilección por las carreras de motos sobre arena (Speedway) que competían en grandes estadios y donde participaban motoristas de escasamente siete u ocho países, deporte que a buen seguro interesaba a tres telespectadores o menos.

Pues eso que la competición de sidecar es puro espectáculo y derroche de adrenalina. En las manos del piloto está la suerte del dúo, pero del copiloto el que va literalmente en el sidecar, depende también muy fundamentalmente el éxito o el fracaso en las carreras, para ello debe salirse de su habitáculo hasta todo lo que le den su cuerpo y su habilidad para desplazarse por toda la máquina jugándose el tipo, y tumbarse a derecha o izquierda casi rozando el suelo para conseguir atemperar la fuerza centrífuga, algo que influye bastante en un vehículo tan inestable como este con tres ruedas y que está constantemente al borde del vuelco.

Hay que decir que el sidecar de competición no es ni mucho menos ese prototipo que tenemos en la cabeza de moto de ciudad de estilo retro (Lambretta o Vespa) con el sidecar al lado bien equipado. Los sidecares que compiten en grandes premios tienen más el aspecto de pequeños coches de carreras que de motos, son una especie de bólidos, las fotos que ilustran esta entrada dan fe de ello. No se compone de dos piezas motos y sidecar, es un solo chasis donde se unen motocicleta y sidecar, que se levanta yo diría que no más de cincuenta centímetros del suelo con el objeto de vencer la oposición del viento y alcanzar mayor velocidad.

Las cabriolas de los copilotos son un auténtico espectáculo, la compenetración entre ambos es esencial. El piloto, por su parte, no va sentado en la moto, al ser el sidecar notablemente más bajo que una motocicleta, este va arrodillado con la culata del motor pegada al pecho, no tiene margen de maniobra más allá de su manillar y es el copiloto el que completa con sus inclinaciones el afrontar las diversas curvas de los circuitos.

También hay sidecares en pruebas de motocross, todo un alarde de equilibrio y subidón de adrenalina. Si ya es complicado en una pista a toda velocidad, hacerlo en una pista llena de desniveles, con saltos, baches, a veces llena de barro…, debe ser una experiencia increíble donde la pareja tiene que respirar casi a la par.

En fin, que me gustaría que alguien en España se acordara alguna vez de los sidecares, en los medios de comunicación se refiere. Y, por mi parte, no soy un amante de las motos, pero si alguna vez me toca la lotería, me compraré un sidecar clásico y me vestiré de época.

sábado, 10 de noviembre de 2012

COMBAS, CUERDAS, GOMAS, DOSIS ASEGURADAS DE DIVERSIÓN

Estábamos el pasado sábado en mi casa celebrando el cumpleaños de mi hijo, cuando mi sobrina Alicia sacó una comba muy historiada, y los mayores ya con alguna cervecita encima empezamos a hacer alardes. Lo cierto es que fue sonar la cuerda sobre el suelo y pareció que todos pasamos a un estado momentáneo de hipnosis, porque no paramos de mirar su movimiento y algunos nos atrevimos a saltar.

Esto nos dio pie a hablar sobre los juegos que de niños se hacían con combas, cuerdas y gomas en las calles, y que hoy definitivamente se han perdido; puede que haga años que no veo a niños jugar a estos juegos. No sé realmente en qué momento sucedió esta crisis del juego en la calle, pero mucho influyeron los ordenadores y los videojuegos.

No obstante, en mi época esos eran juegos muy populares y normalmente muy practicados por niñas. He intentado deducir por qué mayoritariamente jugaban las niñas a las cuerdas y a las gomas y, en primer lugar, sostengo que los niños estábamos más dedicados al fútbol y a los juegos más físicos y un poco salvajes y, en segundo lugar, aun asumiendo que esos juegos más habitualmente practicados por las féminas nos pudieran gustar (a mi me atraían de verdad), el hecho de que las niñas aderezaran sus saltos con canciones variadas quizá nos echara un poco para atrás.

Desde luego es innegable que estos juegos no sólo tienen una importante carga de divertimento, sino que también favorecen el desarrollo físico y psicomotriz, es decir, hace falta tener un buen corazón, resistencia y, además, ser hábil para básicamente saltar en el momento justo.

Cuando hablo de combas y cuerdas, trato de diferenciar lo que es una comba como un artilugio de carácter individual en el que por las dimensiones de la cuerda sólo cabes tú y si acaso un compañero. Y por deducción, al hablar de cuerda estamos ante la misma comba sólo que de mayores dimensiones, como para que puedan saltar siete u ocho personas a la vez.

Desde luego más espectacular y divertido, y creo que más popular era la cuerda, es decir, cuando se juntaban un grupo de niñas y al ritmo de sus cánticos se iban incorporando a los saltos, primero una, luego otra…, hasta conseguir que un grupo numeroso saltara a la vez, lo que se convertía en un atractivo ejercicio de coordinación, que cuando salía bien, y era muchas veces, era muy brillante.

La táctica para saltar a tiempo tiene dos vertientes, la buena y la menos buena, y de eso saben mucho los boxeadores que tienen que saltar la comba muchas veces para tonificar sus músculos y para aumentar su resistencia cardiovascular. La buena es, sin duda, aquella que se fundamenta en una economía de recursos; puesto que una cuerda bien acompasada por los dos brazos que la mueven sean de una o de dos personas y que golpee ligeramente con el suelo (con ese sonido uno puede acoplarse al ritmo de salto), basta con dar un pequeñísimo salto, el suficiente para despegarse del suelo y superar el centímetro o dos a lo sumo que puede tener la cuerda. La estrategia menos buena es aquella que gasta más recursos y que implica a priori una mayor descoordinación, y se trata, como es obvio, de dar saltos muy grandes, difíciles de controlar, tanto que si la cuerda va rápido no tienes posibilidad de descanso y en cuanto caes ya tienes que volver a saltar, te cansas antes y al final terminarás liándote.

El grado de dificultad lo pone el hecho de utilizar dos cuerdas a la vez, lo que hace que la coordinación sea fundamental y el gasto físico mucho mayor, pero también es más plástico y espectacular.

El capítulo de las gomas es no menos atractivo, es una variante “flexible” (permítaseme el recurso fácil) de la cuerda. En este caso, los saltos repetitivos no existen y nos abre una doble vertiente: salto de altura con goma y la doble goma.

El salto de altura con goma es, como su propio nombre indica, tratar de franquear una goma elástica sujetada en sus extremos por dos niños/as. En mi época este juego era muy practicado por las niñas y, de vez en cuando nos colábamos los niños para hacer nuestros pinitos. Obviamente no consiste en hacer un salto de altura de espaldas o Fosbury, sino correr, saltar y caer de pie. A las niñas que recuerdo que saltaban hace muchos años, aprovechaban las características de la goma, básicamente que era elástica para hacer una pequeña carrera, no hacía falta correr mucho y al llegar a la goma, con habilidad y también buenas condiciones físicas, flexionaban una de sus piernas por la rodilla levantando el pie y enganchando la goma con la puntera haciendo que cediera, que bajara, para meter el resto del cuerpo y la otra pierna dando un giro en el aire de 360º. El juego comenzaba poniendo la goma a una altura razonable, como medio metro y se iba subiendo la goma; y había algunas niñas tan avezadas en este juego que eran capaces de franquear la altura de su propio cuerpo. Ahí sí que recuerdo haberlo intentado alguna vez pero sin la técnica requerida, yo lo hacía tratando de saltar la goma como una valla y no me aprovechaba de su flexibilidad, y cuando lo hacía con la técnica femenina no conseguía enganchar bien el pie con el que atacaba la goma; en fin, no descarto algún día volver a intentarlo donde pueda.

Por último, está la goma doble, tal vez más tradicional y popular que el salto de goma hasta hace bien pocos años. Se trataba de la misma goma anterior pero anudada en sus extremos para formar una goma circular o unida. La variante más extendida era la de que se tomara la goma por dos chicas alrededor de sus piernas (bien abiertas), una enfrente de la otra a una distancia de unos tres metros, depende de la longitud de la goma. La chica que se ponía en medio a jugar, al ritmo de una canción saltaba a un lado y a otro, y a veces dependiendo de la canción – juego la goma se enredaba en el pie para crear algún simpático o lío, o esta se pisaba para generar algún otro truco. También recuerdo que a veces la goma se colocaba en forma de aspa para realizar otro tipo de juegos. Por último, al igual que ocurría con el salto de goma, se podía intensificar la dificultad de estos juegos pues se empezaba con la goma a la altura de los tobillos, para pasar a la pantorrilla, rodilla (corva) y muslos. Y, por supuesto, permitía la participación de varias niñas a la vez.

Existían variantes de este último juego y que, en vez de dos personas, en los extremos fueran tres o cuatro o más, y se podían realizar otros juegos similares, igualmente muy atractivos y con grandes dosis de divertimento.

Y bueno, como digo, me traen añoranza estos juegos, que ahora son en España a buen seguro una reliquia, pero es el legado de una época donde con poco se podía hacer mucho. Ahora es posible que se practique en países que tienen mucho menos que nosotros.

sábado, 3 de noviembre de 2012

ADDIS ABEBA, UNA SORPRENDENTE Y MARAVILLOSA "FLOR NUEVA"

Muchos sentimientos se arremolinan en mi cabeza cuando me dispongo a escribir sobre Addis Abeba, el lugar donde mi mujer y yo escribimos tal vez el principal capítulo de nuestras vidas. Ahora que han pasado unos meses y que uno ha asentado las emociones, ha llegado el momento de repasar de forma calmada algunos detalles de nuestra visita a un lugar increíble y mágico.

Mucha gente nos ha parado y nos ha preguntado en estos meses qué tal aquello, nuestra experiencia africana, cuánto había de verdad o mentira acerca de lo que conocemos sobre todo por los medios de comunicación de Etiopía y su capital, qué es África en definitiva.

Pues creo que la primera sensación que uno experimenta allí es que hay VIDA, gente por todos lados, para arriba y para abajo, andando, corriendo, hablando, negociando o simplemente sentada a las puertas de sus casas tomando un rico café. Este fabuloso bullir también lo inspira una frenética actividad comercial, pues las calles está repletas de locales que venden de todo y de nada, es decir, tienen poca variedad de productos, pero de lo que tienen hay bastantes existencias; eso hace que la gente deba caminar mucho para conseguir lo que en un país occidental obtienes en un supermercado. Es más ese hormigueo de gente no para ningún día, es como si los fines de semana no existieran y todos los días fueran iguales, pues en un domingo por la tarde pues ver a tanto personal ocupado en miles de tareas como un martes por la mañana.

Esta cuestión del abastecimiento puede que sorprenda al lector, porque muchos hemos asociado Etiopía con un lugar paupérrimo donde los niños se morían de hambre. Es cierto que tenemos en nuestra retina las imágenes que la televisión sacó allá por mediados de los 80 del pasado siglo, no obstante, las cosas han cambiado, al menos en Addis. No, no es que no haya pobreza en Etiopía, que la hay y seguirá existiendo, aunque últimamente se produce más por los refugiados de otros países que acceden a este, y porque sigue habiendo zonas rurales en este inmenso país, donde la civilización llega con cuentagotas.

Me hace mucha gracia cuando escuchas en España lo mal que está todo a consecuencia de la crisis, pero en Etiopía viven en una crisis desde siempre y no pasa nada. Para ser más precisos, en un lugar donde no hay excesos la gente se conforma con lo que tiene y vive con poco o menos, y es feliz. En nuestro país nos hemos acostumbrado a tener mucho y bajar la cota ya supone un sacrificio en el estado del bienestar que nos abruma.

Y también me río, no lo puedo negar, cuando se habla tanto en España del umbral de la pobreza. Podríamos utilizar cualquier ranking de medición del desarrollo económico mundial, competitividad o similar para apreciar que mientras nuestro país con crisis incluida está entre los puestos 30 – 40, Etiopía se sitúa en los últimos lugares, entre las veinte naciones menos desarrolladas de la Tierra, y eso implica estar en los últimos escalones en infraestructuras, estabilidad macroeconómica, salud, educación, mercado de trabajo, mercado financiero, I + D… El umbral de la pobreza básicamente no existe en Etiopía, allí son pobres. Un pobre en España puede comer tres veces al día, otra cuestión es saber cuáles son las fuentes de la que se nutre, y por el momento la solidaridad llega bien, en Etiopía una persona normal tal vez no pueda hacer tres comidas al día y mucho menos copiosas.

Es evidente que hay pobreza, que ves pobreza en las calles, niños pequeños que se te acercan a pedir y con que les des al cambio medio euro ya les has solucionado buena parte de la jornada. Ves a mujeres tiradas en las calles con niños en pésimo estado, lo he visto aunque no me paré, pero tomé fotos de ello, algo inhumano. Y también mucha gente con ropa agujereada y raída, a los que le solucionaríamos muy mucho la papeleta destinándoles esas bolsas de ropa que una avalancha de “organizaciones humanitarias” se empeñan en recogernos de nuestras casas con tantísima habitualidad y que no sé adónde llegan. Y gente ciega, mucha, tal vez en exceso, ya me comentaron que a causa, en la mayoría de las ocasiones, de enfermedades infantiles agravadas por la desnutrición, que con la suficiente diligencia podían haber sido curadas en su momento, pero ahora… No, no es “Las Hurdes” que nos reflejaba Buñuel hace ochenta años, pero es un país que tiene numerosas y dolorosas fallas en su estado del bienestar.

Pero Etiopía está creciendo, al ritmo de un 7% anual, que es mucho, lo que pasa es que la situación de partida es muy baja. Esto hace que se puedan apreciar muchos desequilibrios y una cierta desorganización urbanística. En Addis Abeba puedes ver la construcción de un magnífico edificio de veinte plantas, eso sí con unos rudimentarios andamios de madera, y al lado una chabola construida con paneles de madera y chapas. Igualmente encontraremos bastantes chalés con tremendas medidas de seguridad, pero el acceso se hace por una calle sin asfaltar y con basura a sus márgenes. La mayoría de las calles no tienen acerado, pero da igual porque la gente anda por todos lados, es como los pueblos pequeños en España donde todavía los vecinos ocupan toda la calle y tú en tu coche tienes que esperar a que pasen. Y es que Addis es un inmenso pueblo, pese a que tiene unos cinco millones de habitantes, otros dicen que siete, huele a pueblo, la inmensa mayoría de las calles me sugieren una aldea en cualquier serranía española más que una urbe de las dimensiones de ésta.

Tuvimos la fabulosa experiencia de adentrarnos con nuestro buen amigo Jose Galey en las entrañas de Addis, en sus barrios, donde la gente trata de resistir a la vida, y los niños son niños aunque con menos, y la gente tiene siempre una sonrisa para esos blanquitos que nos habíamos colado en su pequeño mundo. Y además paseamos con seguridad, como lo hicimos siempre en esta ciudad, más segura con toda certeza que el centro de Madrid, por ejemplo; jamás tuvimos el más mínimo problema, la gente es humilde, pobre pero muy honrada.

Y también hay coches, coches fabulosos y otros que se caen a pedazos. Sí, muchos coches, porque el etíope parece vivir con la obsesión de tener un coche, una parte importante de la vida de los ciudadanos de Addis se dedica al coche. Vale, están los nuevos, coches europeos o japoneses de alta gama, pero son los menos, yo diría que en torno al 5% del parque automovilístico, y luego está el grueso que lo componen unos vehículos que tienen una media de edad superior a los veinte o veinticinco años y donde la cuota de mercado principal la ostentan los Lada rusos y los Toyota nipones. Con unos coches tan antiguos la búsqueda de piezas originales es una odisea, y hay empresas que clonan las piezas. Los coches están de chapa regular, de interior también, de ruedas (goma en amárico) peor, y todas las inversiones del conductor se dedican a que funcione el motor.

Y ahora nos montamos en un coche, tapizado y retapizado de una forma un poco hortera para los gustos occidentales, y nos adentramos en la selva del tráfico rodado de Addis Abeba, una auténtica experiencia emocional no apta para corazones débiles. Cientos y yo diría que miles de coches se arraciman en torno a las calles principales, donde la ausencia de semáforos, señales y agentes de la autoridad es seña de identidad, y lo que podía constituir un caos verdadero, se convierte en un caos organizado. Puedes estar algunos minutos en un cruce donde se ha formado un bucle con coches mirando a los cuatro puntos cardinales, la gente protesta sosegadamente desde las ventanillas de sus vehículos, algunos pitan, y al final cuando han pasado unos minutos, por propia inercia de algún conductor que decide que ha llegado el momento, echa marcha atrás, esquiva a otro o se aparta un poco y se deshace el atranque.

Me comentaron allí que no tenía sentido poner señales de tráfico o semáforos porque nadie los respetaría. A los guardias urbanos que alguno hay, pues tampoco les hacen mucho caso y algunos opinan que atrancan el tráfico en vez de ordenarlo. Yo quise aportar mi granito de arena, y a algún taxista le comenté que la solución sería poner rotondas, no es la quimera para los accidentes pero optimizan el tráfico y evitan los choques frontales; a lo que me contestaron la mayoría que al final cada uno tomaría la rotonda por el lado más corto y que mejor le conviniera, con lo que la empanada de coches podría ser monumental.

Por cierto y para los que van por ahí de cultos y modernos europeos, he de decir que el nivel de inglés de los ciudadanos de Addis es más que bueno, especialmente en la gente que se dedica a los servicios (que son muchos), o sea, hoteles, tiendas, restaurantes, taxis…, por supuesto, mejor que el mío y que la mayoría de los españoles que tenemos el nivel del colegio y del instituto, o sea, ninguno.

Si alguien ha pensado que viajar a Addis Abeba es para visitar su patrimonio arquitectónico y monumental se equivoca, ya que la capital etíope es muy joven, tiene apenas ciento veinticinco años de historia que se cumplen precisamente este año 2012. Por tanto, cualquier guiño a su pasado tiene una retroacción muy limitada; tal vez alguna plaza con monolitos poco vistosos, muchos mensajes de la historia reciente, sus emperadores, sus regímenes totalitarios que masacraron a muchos ciudadanos y algún que otro museo que merece la pena visitar.

Precisamente alrededor de las plazas Arat Kilo, Amist Kilo y Sidist Kilo (literalmente Cuatro, Cinco y Seis Kilos, y que nadie me supo explicar el nombre y a todos los que pregunté bromeaban con alguna chufla como que eran cuatro kilos de carretera…), se puede ver el bullicio, la vida y el caos controlado que se vive en esta parte del mundo.

Por supuesto, no podemos dejar pasar la oportunidad de visitar una iglesia cristiana ortodoxa. Los etíopes son muy fieles y la devoción con la que se acercan a sus templos es conmovedora. Tal vez es lo que mejor se mantiene en un país donde no hay abundancias.

Resulta curioso pero lógico por otra parte que con estos atractivos Lonely Planet un referente en las guías de viajes, haya elegido a Addis Abeba entre las diez ciudades del planeta que recomienda visitar durante el año 2013, ahí es nada.

Otro de los puntos de atracción en Addis es su vegetación, muchos pueden asociar Etiopía con un país árido y sin lluvias, con tierras estériles, lo que genera hambrunas y pobreza, pero puede que ocurra en algunas zonas de este enorme país, que es el doble en extensión que España, no en la capital, donde el clima es tropical y las temperaturas se reducen porque se sitúa a más de 2.300 de altitud de media. Toda planta crece con desatada fuerza y el verde y las flores alientan el caminar del viandante; plantas que por cierto son todas las que tenemos en nuestros hogares, pues no encontré grandes sorpresas en los jardines etíopes.

Qué duda cabe que ir a Addis Abeba y no visitar alguna de sus zonas de compras es casi un pecado, el Merkato, la Piazza, Shiro Meda (subida a Entoto) o Post Office pueden ser algunas ideas, nosotros optamos por las dos últimas y la verdad es que uno lo pasa mal, ya que hay que regatear por norma y nunca sabes si te engañan o no, o si estás siendo demasiado cruel con el comerciante ofreciendo un precio ridículamente bajo. Y sobre todo porque para regatear a uno le tiene que gustar y a mí no me gusta, porque uno espera que el comerciante sea honesto y te diga realmente el precio justo con el que él gana la parte que le corresponde y tú te quedas satisfecho, pero eso no es así de automático y hay que averiguarlo al cabo de un tira y afloja conversacional.

Para acabar, yo me quedaría con lo que expuse al principio, el atractivo de Addis son sus gentes, su bullicio, pasear y ver miles de caras, por cierto que encontrarte con alguna persona mayor, por ejemplo mayor de sesenta años, es casi un reto porque la edad media del ciudadano etíope está en torno a los cuarenta y cinco años, y llegar a una edad longeva en un país con tantas carencias es casi un milagro. Pero bueno, andemos y descubramos los monumentos de sus gentes, particularmente he de decir que como hombre que soy no puedo eludir que la espectacular y exótica belleza de muchas mujeres etíopes haría enloquecer a no pocos occidentales.

Y bien esto es Addis Abeba visto desde un humilde y atípico turista, además, para ser rigurosos con la pronunciación real del nombre de esta ciudad, la transcripción del amárico (idioma oficial y más extendido de Etiopía) es Addis Abäba, esa a con diéresis es una mezcla entre a y e, allí suena más Ababa que Abeba, en cualquier caso, la traducción al español es “Flor Nueva”; no puede haber nombre más evocador para una tierra tan sorprendente como maravillosa.