sábado, 27 de abril de 2013

PRIMERA COMUNIÓN: ÚNICA COMUNIÓN (II)

Este humilde opinante, en su papel de católico practicante, está en contra de la parafernalia de las primeras comuniones que monta la Iglesia.Pues no, no tenía intención de escribir más sobre comuniones, toda vez que el año pasado ya dejé colgado en este blog una entradilla que, como siempre que escribo, lo hago con humildad y sin esperar que despierte un gran interés. Pero esa entrada, que ya se ha convertido en primera entrega, porque ahora vuelvo al punto de partida, ha tenido cierto éxito pues en un año ha recibido cerca de 1.700 visitas, es decir, más de 4’5 por día, y es el cuarto artículo más visitado de mi blog. Para el que quiera indagar, el enlace es http://a-discrecion.blogspot.com.es/2012/04/primera-comunion-unica-comunion.html.

Creía haberlo dicho todo acerca de este fenómeno pomposo que se reedita cada primavera en las iglesias católicas de nuestro país, pero el otro día escuchando al cura de la parroquia donde voy a misa, me exasperé un poco y a renglón seguido me puse a leer lo que había escrito hace un año, y pensé que sí, que me faltaban algunas cosas por decir.

Este magnífico cura, por el cual tengo bastante estima, suele proporcionar un buen puñado de mensajes, y de mensajes sociales, de esos que puedes aplicar a tu día a día. Porque digo yo una cosa, ¿no tiene la Iglesia Católica la vocación de cambiar el mundo? Pues yo veo a muchos curas que te sueltan el rollo de cada domingo, que aburren a las moscas porque no dicen nada y que parece que ejerzan la profesión sacerdotal como una oficio más, como si de bomberos, albañiles o maestros se tratara, es decir, digo la misa de cada domingo, sin complicarme la vida, ¿para qué voy a prepararme concienzudamente las homilías si a misa no vienen más que cuatro abuelas?, y ya está, ficho y hasta el domingo que viene.

Este buen cura al que adoro en el anonimato porque no es de los que se ha tomado el sacerdocio como una profesión humana, sino como lo que es, un ejercicio divino que le obliga e impone servir a la causa durante las veinticuatro horas al día los trescientos sesenta y cinco días del año; resulta que el otro día, cuando comenzó la parafernalia de las comuniones, nos comentó a sus fieles seguidores lo que todos sabemos, que ya empezaron las comuniones y que la iglesia, que estaba como un pincel, se había llenado a rebosar con los familiares de los niños, y que mucha gente no sabía comportarse.

La noticia, pues, no era nueva, es decir, ¿qué espera la Iglesia Católica en España que ocurra los domingos de comuniones?, me sorprende que haya curas que se sorprendan acerca de algo que está ocurriendo en nuestro país hace diez años, hace veinte, hace treinta y hace cuarenta, o sea, hasta donde llega mi memoria. Es decir que hay gente, la mayoría, que acude a la iglesia sólo para bodas, bautizos, comuniones, algún entierro y pare usted de contar. ¿Es esa la Iglesia Católica que queremos?, ¿esas son las familias de los niños que con tanto empeño y persistencia tratamos de formar en las catequesis para que hagan la primera comunión?, ¿no sería más bonito que la Iglesia luchara por que esa catequesis proporcionara un acercamiento de las familias a las misas y que los niños puedan seguir haciendo la comunión cada domingo, que hagan la segunda comunión y la tercera y la cuarta y la quinta…?

Lo dije el año pasado y lo repito ahora, a la Iglesia le va la marcha, colabora en que esto sea así, el ceremonial que conlleva provoca todo lo demás, de tal guisa que al final lo menos importante es el acto en sí de la participación primera de un cristiano en el sacramento de la eucaristía, antes que eso están: el traje del niño/a, el traje de la madre, el banquete, los regalos...

Soy padre primerizo de un niño adoptado desde hace menos de un año, y mi hijo tiene ya siete años, con lo que hay que plantearse lo de la comunión; yo me lo planteo como lo que es, el acto cristiano, otras personas podrán pensar que es más relevante el resto; y dicho esto desde mi faceta de católico practicante, me resulta excesivo que la catequesis dure tres o cuatro años, años en los cuales los párrocos se afanan en que el niño lleve una ficha en la que se sella sus asistencias a la formación y, eventualmente, a las misas.

Al parecer hay curas que impiden a los niños hacer la primera comunión si tienen determinadas faltas; pero vamos a ver, ¿estamos premiando la asistencia o queremos saber si el niño está verdaderamente preparado? Si las comuniones se auditaran desde el punto de vista empresarial la proyección de las catequesis tendría un resultado nefasto, es decir, ¿qué porcentaje de niños va a misa el domingo siguiente de hacer la primera comunión? Esa auditoría reflejaría que este negocio es ruinoso.

¿Está bien planteado, pues, que la Iglesia priorice el volumen, la cantidad de catequesis sobre la calidad de lo que se trata de inculcar? Es evidente que yo no soy el que debe juzgar esto, soy un mero opinante que desde mi afección por la Iglesia Católica entiende que esa estrategia es clarísimamente errónea a la vista de los resultados de la asistencia dominical a misa, sin que esto último sea tampoco un sinónimo de ser un católico recto, pero bueno lo daremos por válido. A la vista está el perfil medio de las personas que van a misa los domingos en España; yo particularmente en la parroquia a la que asisto suelo ser el más joven o de los más jóvenes, y tengo cuarenta y cinco tacos.

Pero vamos a ver, Iglesia Católica con el papa Francisco a la cabeza, digamos las cosas como son, la catequesis es un adoctrinamiento, y no pasa nada, entendámoslo esto desde la perspectiva no peyorativa de la palabra, es decir, instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias. Luego la Iglesia tiene una oportunidad pintiparada para atraer gente a su rebaño; no se trata de aburrir, no se trata de machacar, se trataría de adelgazar las catequesis para mandar mensajes más claros y contundentes, y dejarse de patochadas (porque en cuatro años de catequesis da tiempo para decir muchas), es decir, calidad y claridad en lo que se cuenta. También arbitraría unas pocas reuniones con los padres para adoctrinarlos, para intentar que vuelvan al redil que la primera comunión de sus hijos no se quede en el festín posterior.

Precisamente ya tenía cerrado este articulillo y ayer viernes apareció en mi oficina una madre con su hija, “día de colegio y la niña haciendo la rabona”, pensé, así que le pregunté porque me fastidia que haya familias (muchas marginales) que se inventan lo que sea para no llevar a los niños a la escuela, generalmente que están enfermos, y me dijo la madre que hacía la primera comunión el domingo y estaban con los preparativos. Yo, para distender el ambiente, le pregunté a la niña, a una niña legalmente catequizada por la Iglesia Católica, la primera chorrada que se me vino a la cabeza, “¿cuántos dioses hay, uno o tres?”, la niña tardó algunos segundos en contestar, es decir, dudó, y al final respondió que uno. Sin comentarios.

Lamentablemente sé que esto es un grito en silencio, porque es evidente que esto no va a cambiar, al contrario irá a peor, todo seguirá igual aunque con la rémora de estar atravesando por una época de crisis que paralelamente o incluso previo a esta lo fue y lo es de valores humanos. Esta radicalidad que se ha incrementado en la ciudadanía arrincona aún más a la Iglesia Católica en España, pues aparte de ello, la Iglesia social no existe o la calle no la percibe, faltan curas revolucionarios no curas profesionales de decir misas, porque rememorando a Martin Luther King, señalaba en sus discursos que le preocupaba la gente mala, pero también la indiferencia de los buenos, que los buenos permaneciesen callados.

Hay mucha gente en la Iglesia Católica de España que puede ser la catapulta de lo que estoy diciendo, pero me imagino que desde los obispados y la Conferencia Episcopal se les impide salirse del guión, digo yo. Lo que es verdad es que esta actitud de indiferencia, de rutina eclesial, sigue separando aún más a la gente del catolicismo; los que nunca estuvieron cerca, critican con más virulencia; a los que están en agua de nadie se les fomenta el que tengan su particular visión de la religión (la mayoría de los padres cuyos niños hacen la primera comunión en estos días), porque cada uno tiene su propio y singular catecismo, cree en unas cosas y en otras no; y a los que estamos esperanzados en que esta Iglesia sea un resorte para cambiar el mundo, también nos desalienta que aún sigamos en algunas cuestiones como hace veinte siglos: inamovibles.

Y dicho esto, comentaba lo de los obispados y la Conferencia Episcopal porque me parece inhumano y de baja estofa lo que le han hecho a una niña deficiente en un pueblo de Alicante. Leí esta semana que a esta niña no le permitían hacer catequesis y, por lo tanto, la administración de la comunión, porque no entendía el mandamiento. Bueno pues ya está, esto se cae por su propio peso, no sé si el cura es un lelo, o el Obispado alicantino una partida de retrógrados, porque a la vista está que el próximo domingo en cualquier iglesia de España, muchísimos niños vestiditos de primera comunión y sus padres ataviados con sus mejores galas, no tienen ni puñetera idea de lo que es ese mandamiento, y lo que es peor, ni les importa.

sábado, 20 de abril de 2013

CARLOS PUMARES Y "POLVO DE ESTRELLAS", EL CINE EN LAS ONDAS

En los años 90 se decía que Pumares era una de las tres personas que más sabían de cine en el mundoNo sé lo que pensarán los que como yo son un poco maduritos, pero a mí me da un poco de pena ver cómo se arrastra en los últimos años por los platós de televisión, como si fuera un bufoncillo, el crítico de cine Carlos Pumares, que es precisamente en esta faceta, donde es un superdotado.

A todos aquellos que lo conocieran antes de su incursión en el mundo televisivo, reconocerán que no es gratuito calificarlo como superdotado del cine, pues ha tenido y tiene una privilegiada memoria y un criterio muy razonable a la hora de enjuiciar películas de todos los tiempos.

Evidentemente a Carlos Pumares lo conocimos por el programa radiofónico que hoy traigo a colación, “Polvo de estrellas”, un programa que funcionó en Antena 3 de radio en los años 80 del pasado siglo y hasta los 90; época en la que me tocó a mí ser un joven con costumbres tan habituales para chicos de nuestra edad, como la de escuchar a José María García en su programa deportivo o político-deportivo o polémico-deportivo, a las 12 de la noche, y luego enganchar con Carlos a eso de la 1.30 que, en el silencio de la noche, le daba un aire muy bohemio a la existencia de cada uno. Y además, ¿por qué no decirlo?, parecía moderno decir que escuchabas a Pumares cada noche.

A alguien le escuché decir, o tal vez lo leí, que Carlos Pumares era la tercera persona que más sabía de cine en el mundo, lo de la memoria que antes comentaba venía precisamente por eso. Y es que los que seguían aquel programa recordarán cómo la gente llamaba para preguntarle por alguna película que habían visto hace un montón de años ofreciendo como únicos datos el nombre de algún actor, algún pasaje de la peli, o un resumen muy deslavazado… y daba con la tecla, y es más, ofrecía datos con pelos y señales tales como director, año, actores, música, etc. Sabía de lo comercial pero también sabía de rarezas, de una película armenia, o de aquella otra producción vietnamita. Y sinceramente aquello no daba la impresión de estar preparado, y ya sabemos que hace veinte años Internet no existía.

Carlos Pumares respondía a los oyentes con todo un clásico, “sí buenas noches, digamé”, arrastrando esa “e” final. Y al otro lado del hilo telefónico estaba muchas veces la gracia del programa y es que aparte de los kilogramos de erudición que Pumares llevaba consigo, luego tenía su parte humorística (quizá de aquellos polvos vienen estos lodos), había oyentes un poco capullines que le hacían preguntas para sacarle de sus casillas, y era fácil.

Y es que amén de las preguntas rebuscadas o bien formuladas, luego estaban los oyentes que empezaban a soltar una lista de películas, actores y directores, y Pumares respondía cansinamente: bueno, malo, genial, etc. Lo gracioso es que la gente ya sabía los nombres que le escocían y las películas que odiaba, recuerdo sin ir más lejos cuando le preguntaban por Sylvester Stallone, a lo que siempre respondía “no es un actor”.

Pero luego había otros oyentes que, de buenas a primeras se ponían a hablar de política, de la obra que estaba haciendo el ayuntamiento en su barrio o de cualquier cuestión más o menos peregrina; y Carlos Pumares entraba al trapo como un inocente novillo, y se exacerbaba, se enervaba, parecía que se iba a salir por el altavoz, criticando a cualquier político, a la industria cinematográfica, a algún país, o al sursuncorda.

En fin, ¡qué buenos ratos! Nunca podré olvidar una anécdota que me ocurrió en 1992, estaba yo en la mili en el cuartel general de la División de Infantería Mecanizada Guzmán el Bueno nº 2 en la calle Pavaneras de Granada, la que siempre se ha conocido popularmente como Capitanía. Yo estaba haciendo guardia por la noche, de esas guardias insulsas y sinsentido, porque en el cuartel había cuatro gatos (la mayoría de la gente era de Granada y tenía pase de pernocta), aunque ahí residía el General, y por eso más de la mitad de la gente que estaba en el cuartel tenía que hacer guardias y ridículas imaginarias para velar por la seguridad de aquella reducida mitad.

El caso es que yo me ponía mis cascos para escuchar a García o a Pumares, o a los dos, depende del turno, y en teoría tenía que estar en una especie de azotea-garita donde no vigilaba nada, ni yo ni nadie; y eso que en 1992 había amenazas de ETA sobre los cuarteles militares porque estábamos sobre aviso, pero nuestra defensa era ninguna, pues aunque portábamos un cetme, el cargador estaba precintadísimo con cinta de embalar, es decir, que si yo recibía un ataque podía estar media hora perfectamente intentando desentrañar el precinto; y yo creo sinceramente que los mandos confiaban más en la honestidad y profesionalidad de los terroristas que en nuestra cándida juventud.

Pero a lo que iba, como aquello era un aburrimiento, solía bajarme de la azotea al patio interior para estirar las piernas y entretenerme paseando mientras escuchaba la radio; y aquella vez ocurrió, el suboficial de guardia, un brigada a la sazón, me pilló fuera de mi sitio a eso de las 2 de la madrugada; no era normal que un suboficial tuviera insomnio y se dedicara a joder la marrana a los inocentes soldados (de reemplazo obligatorio). Yo tenía mi excusa perfecta por si algo así pasaba y era la de señalar que había visto algún movimiento raro en el patio o algún ruido extraño (profesional que era uno), aunque lamentablemente para mí aquella noche mi paseo me llevaría a la otra punta del cuartel, estaría a unos ciento cincuenta metros de donde debería estar. El brigada me espetó la pregunta del millón “¿qué haces aquí?” y mientras escuchaba de fondo a Carlos Pumares despotricar contra las farmacéuticas o contra tal o cual festival de cine, le dije lo primero que me salió, “he venido a decirle una cosa a los guardias” (en la otra parte de cuartel había una habitación con monitores donde estaba la policía militar), y el brigada me contestó “vuelve a tu sitio”. Y me fui para la azotea con Pumares zumbando en mis oídos, ya que los cascos no me los había quitado porque era invierno y me los tapaba la braga que llevaba en el cuello, supongo.

La historia tuvo final feliz y tampoco me preocuparon las consecuencias, total a la cárcel no me iban a mandar y todo lo más, me hubieran arrestado haciendo la mili durante un mes más. Aquel brigada demostró ser una buena persona y eso que era de los serios en el día a día, pero comprendió que aquello era una chiquillería sin mayor relevancia y que no podía cargarse una pena sobre alguien que estaba allí obligado; otros militares de más o menos graduación no le entendían así y se creían superiores por los galones que llevaban y no eran capaces de discriminar que la vida militar era una especie de mundo de colores y que fuera de él, cuando terminara la mili, cuando terminara el día o la semana, todos seríamos iguales, iguales ante la ley, e iguales para que más de uno esperara a algún chusquero a la salida del cuartel para darle una guasca bien dada.

Bueno, pues Carlos Pumares tenía ese encanto y hacía tan atractivo su programa, que ya ven, a mí casi me lleva al paredón. “Polvo de estrellas” tenía aparte de las preguntas y de las críticas de Carlos desde algún festival de cine donde estaba destacado, tenía también apartados para música, para rarezas musicales, para monográficos en los que se tiraba un programa entero hablando sobre un actor, un director, un productor o alguna película. Su programa era, en definitiva, muy ameno, no tenía parangón con nada que se hubiera hecho hasta la fecha en la rama del séptimo arte.

Tuvo, por cierto, una incursión no muy prolongada en el tiempo en la televisión y es que cuando comenzaron las emisiones de Antena 3 de televisión, hacía un programa las tardes de los sábados que, si no recuerdo mal también se llamaba “Polvo de estrellas”, en el que seleccionaba cuatro o cinco películas para emitirlas desde la sobremesa hasta la medianoche. Aquellas eran magníficas películas y mirar la programación de aquellos años (inicios de los 90) es un catálogo de las mejores producciones de todos los tiempos.

Por eso, a los que fuimos seguidores de ese programa nos sabe mal, nos deja un regusto desagradable, por lo menos a mí, que este genial locutor que nunca ha abandonado su faceta cinematográfica donde es un icono, se meta en programas poco serios como aquellas “Crónicas marcianas”, o el más reciente programa de saltos de trampolín, donde a Pumares lo contratan porque saben que su histeria proverbial sube las audiencias, no me gusta.

sábado, 13 de abril de 2013

"EL HIJO", DE JEAN-PIERRE Y LUC DARDENNE

El hijo es una película intensa y llena de sentimientos, donde los dos protagonistas tienen un secreto que les cuesta compartir.Los hermanos Dardenne, pareja de directores belgas, sin tener una carrera amplia, se han hecho un nombre en el panorama cinematográfico en los últimos años. Caracterizados por trabajar juntos y, como ellos dicen son como una persona con cuatro ojos, así como por afrontar sus películas desde una temática social y cotidiana; su cine no deja indiferente a nadie, es fresco, es distinto, es moderno.

He soñado y aún sigo soñando con realizar un proyecto de cine-fórum, no que yo lo abanderara, pero sí me gustaría alguna vez, de forma más o menos regular, una vez cada dos meses o así, ver una película con amigos o familia en un lugar relajado y después comentarla de forma sosegada mientras picoteas algo y degustas algún vinillo, lo tengo en mente pero no hallo la oportunidad. Y digo esto, porque esta película sería de las de echar una visual y dar para comentarios durante mucho rato.

Empiezas a ver la película y, de momento, te das cuenta de que no es nada parecido a lo que has visto antes, parece un comienzo tibio, no sabes si es un documental, porque está tomada desde una sola cámara que literalmente se sube a la chepa de los protagonistas y los acompaña en todas sus vivencias, y que se mueve a veces de forma tan nerviosa que, en determinados momentos, puede llegar a incomodar.

La historia también parece que es trivial de primeras, y parece como si no pasara nada, como si no vieras qué sentido tiene, pero casi sin notarlo estás tan metido en el intenso drama que esconde, que la aplastante simpleza de lo cotidiano se eleva a la máxima expresión de lo que debe ser un cine que va creciendo, que va progresando y donde lo mejor está reservado para el final.

Ese desenlace es de los puntos a resaltar, pues también es poco habitual, pero ese secretillo no lo desvelo, a expensas de que alguno de los lectores de mi humilde blog quiera ver noventa minutos de cine de hoy, con problemas de hoy y con personajes de la calle.

Esa es otra de las grandes virtudes de esta producción, sus actores no son divos, no son guapos, son como tú y como yo. Particularmente es destacable el trabajo del protagonista principal, el actor Olivier Gourmet, un tipo con algo de barriguilla, con algo de calvicie, con gafas, con papada, en suma, alguien de la calle. Es impresionante como maneja el personaje que encarna, sabedor del secreto que lleva consigo, su manera de lidiar con la terrible realidad es justo la que cualquier persona corriente se me antoja que tendría en una situación similar.

Pero desgranemos un poquito la historia, historia que por otra parte y como he dicho antes, empieza como si nada y luego va creciendo. Es la historia de un drama cotidiano de gente anónima, de la que puedes ver un día paseando por la calle y no eres capaz de adivinar que esa persona tiene una terrible historia detrás.

Olivier (Olivier Gourmet) es un maestro carpintero de mediana edad que trabaja para una institución pública, una especie de escuela taller en la que enseña su oficio a jóvenes procedentes del reformatorio. Al centro llega un nuevo joven, Francis (Morgan Marinne) y de principio el maestro no desea que ingrese en su grupo, aparentemente porque el cupo ya lo tiene completo, pero después permite que se integre en su taller. Olivier es un tipo parco en palabras, mantiene una relación de respeto y educación con sus chicos, pero no es un tipo tierno, es hasta cierto punto rudo con los chavales, sin tener malos modos con ellos.

El protagonista está divorciado y pronto se pondrá en contacto con su exmujer para observarle que hay un nuevo alumno en el centro y que es el que mató a su hijo hace cinco años, obviamente ambos, víctima y homicida, eran unos niños; esto desatará un debate moral en el interior de Olivier, por un lado el reproche de su antigua esposa, y de otro, la necesidad de acercarse, por alguna razón que no termina de revelar, con aquel ser que cercenó la vida de su hijo.

Es una historia llena de silencios y de miradas, son muchísimos primeros planos, gracias a esa cámara que casi nunca se separa de los personajes; en cada uno de esos silencios podemos imaginar la batalla interna del carpintero, un hombre fuerte por fuera pero que parece ser más sensible por dentro de lo que expresa.

Ambos personajes, en realidad, tienen su particular secreto, Olivier sabe quién es Francis, y Francis sabe cuáles fueron las razones para matar a aquel niño; en esa cuerda floja estriba la tensión de la película: cuándo va a romperse, cuándo van a mostrar las cartas los personajes.

Sin destripar el final, es la historia a veces no muy considerada en nuestro país, imagino que en otros pasará igual, de que no perdonamos a los que por edad son inimputables desde el punto de vista penal; si queremos que sean niños para la mayoría de las cosas, para delinquir se es menor de edad también y nos surge, a mí en muchas ocasiones, un sentimiento de animadversión hacia personajes que cometieron crímenes de niños y a los que la opinión pública no les permite, no les permitimos, que puedan rehacer sus vidas; sé que es difícil pensar así, pero todo el mundo comete errores y todos tienen derecho a que se les dé una oportunidad. Precisamente leí hace no mucho que “el asesino de la katana” que cometió un crimen atroz de niño, parece que estaba ahora rehabilitado totalmente.

“El hijo” (“Le fils”) es una película belga de 2002, hecha en francés, hay que recordar que los idiomas dominantes en Bélgica son el flamenco y el francés, aunque el primero es más hablado que el segundo, y que por sus magistrales interpretaciones, Olivier Gourmet recibiría el Premio al mejor actor en el Festival de Cannes y Morgan Marinne sería nominado al Premio de mejor actor revelación en los Premios César (los premios de la Academia Francesa de Cine).

Absolutamente recomendable imbuirse en noventa minutos de cine de autor (de autores) y paladear los sentimientos morales de los personajes que nos presenta esta historia cotidiana llena de dureza pero también de sentimientos.

sábado, 6 de abril de 2013

"UN HOMBRE EN CASA", PROTOTIPO DEL HUMOR BRITÁNICO

Serie británica producida por Thames Televisión en 1973. Es el comienzo de la pareja "Los Roper"Hace cuatro años tuve la suerte de visitar Londres en un fin de semana de estos largo, aprovechando un puente festivo. Nos alojamos en un hotelito de tres estrellas de los que llaman “bed & breakfast”, pero que no pasaría en España de pensión. Aquel hotel añejo, aquella habitación con moqueta repisoteada y muebles ajados, me recordó alguna de esas series de televisión inglesas que veía de niño.

Eran series como la que traigo hoy a colación de la productora Thames Television, en la que la cabecera era el propio río Támesis y la Catedral de San Pablo al fondo, reflejada igualmente en sus aguas y acompañada de una musiquilla característica. Esta serie “Un hombre en casa” o “Man about the house” comenzó a rodarse en 1973 para concluir su última temporada en 1976. En España la veríamos a partir de 1978, momento justo para que con mi edad, diez años, pudiera verla, entenderla y reírme con sus chistes.

Al poco de llegar de Londres vi con mi mujer algunos capítulos, sobre todo por hacer correlaciones entre el mobiliario hotelero y el de esta serie de hace cuarenta años. Últimamente he revisado algunos episodios para rememorar a sus personajes.

La serie narra las peripecias de un peculiar trío de compañeros de piso. En un principio viven dos chicas solas, Chrissy y Jo, que para ahorrar algo sus gastos deciden compartirlo, y el destino quiere que sea un hombre, Robin Tripp, lo cual pudiera no encajar muy bien en la sociedad británica de aquella época.

Superando los miedos iniciales y, por supuesto, las rigideces del matrimonio propietario del piso y que viven en la planta piso principal (los protagonistas de la serie moran en el segundo), los conocidísimos Roper, todo fluye como la seda con las idas y venidas, chanzas y cuitas que pueden sucederse en un piso de jóvenes.

Las dos chicas parecen trabajar en una oficina, y digo parece porque es algo que se soslaya bastante, y Robin es el afortunado hijo de un empresario de Southampton que tiene cuerda y fondos para rato, pues acude a una escuela de hostelería para hacerse cocinero, pretensión que mantendrá a lo largo de toda la serie pues no consta que haya abandonado los estudios durante todo el periplo televisivo; total, como diríamos por aquí, un estómago agradecido. La única ventaja para las féminas del piso, es que Robin practica sus conocimientos culinarios en casa y no se le da mal la preparación de platos exuberantes.

La trama principal de cada capítulo se entrelazaba con las andanzas de los Roper, singular pareja formada por George y Mildred, obcecados en una constante guerra fría, donde la Sra. Roper trata de imponer su criterio y el Sr. Roper salirse con la suya siempre y cuando su dominante mujer no se dé cuenta de su jugada. Tampoco se les conoce ni oficio ni beneficio, aunque en algún episodio se deja caer que en algo trabaja George. Este entrañable personaje, encarnado por el actor Brian Murphy, se revela por ser un poco vago, dice ser excombatiente de la 2ª Guerra Mundial aludiendo a dolores varios a consecuencia de disparos del enemigo germano, eso le hace ser proclive a vaguear y a chapucear; sus aficiones preferidas son ver la tele, su periquito Óscar, jugar a los dardos y torpedear a sus inquilinos por casi todo, aparte de la pasión británica, presente en todos los personajes de beber cerveza.

La Sra. Roper podemos decir que tiene dos caras, es simpatiquísima y atenta con todo el mundo, y despiadada y cruel con su despechado compañero al que le tiene declarada la guerra, entre otros detalles, por ser “poco cariñoso” en la cama.

Al respecto de lo comentaba de la afición cervecera, la serie tenía escasos rodajes en exteriores, la mayoría de las escenas eran en la casa de los Roper y sus inquilinos, aunque hay un segundo lugar cerrado que tiene también cierta importancia en la dinámica de las tramas y es el pub donde nuestros personajes solucionan o enredan aún más sus problemillas.

Aparte de los personajes principales, en la tercera temporada los Roper deciden alquilar el ático y reciben como nuevo vecino a Larry Simmonds, conocido de Robin, y que va a ser casi un cuarto compañero de piso, pues su principal dedicación conocida en la vida es la de gorronear hasta la saciedad, amén de una especial predilección por seducir a chicas feas.

Sin duda, hay un hilo conductor en toda la serie y es la tensión sexual no resuelta entre Robin y Chrissy, esta le da posibilidades a él y él no parará de intentarlo sin éxito. Eso sí, siempre como invitada de excepción está la otra compañera de piso, la rubia Jo, que hace honor al mito de las que tienen su color de pelo, y representa a la típica tontita que es incapaz de encontrarle el doble sentido a las frases.

Por cierto, los flirteos amorosos entre Robin y Chrissy tendrán fecha de caducidad, pues los creadores de la serie decidieron terminarla de forma drástica, en el antepenúltimo capítulo aparece Norman, el hermano de Robin, un tipo bien parecido, nada que ver con el desastre de su hermano, educado y atento, el cual cautiva a Chrissy en nada; de hecho, en el último capítulo que es el de la despedida, Norman y Chrissy se casan con la presencia de todos los personajes y, por supuesto, de Robin que acepta a regañadientes que su hermano haya venido y de un plumazo le haya birlado su amor.

La serie tuvo tres derivaciones, o como algunos denominan dos secuelas, una fue una versión estadounidense de la serie, “Apartamento para tres” con sus mismos chistes y gag de la que he visto algunos capítulos y es una copia sin más aportaciones, con lo que la suspendo taxativamente. Otra que se llamó “El nido de Robin”, en el que Robin se va a vivir con su novia y montan un bar y que no la conocía. Y luego hubo una que es la más laureada y que se llamó “George & Mildred”, pero que en España es conocida por “Los Roper”, y que desde luego, adquirió más fama que su matriz, hasta el punto de que hoy en nuestro país aún se siguen escuchando expresiones tales como “trabajas menos que los Roper”. Es posible que en un futuro esta singular pareja tenga presencia en este blog.

En fin, una serie divertida y sin malicia con capítulos que duraban unos veinticinco minutos que, acompañada de los preceptivos anuncios, permitían una media hora para desconectarse un rato y reírse con el tradicional humor británico.