sábado, 29 de abril de 2017

MORDILLO, AGUIJONAZOS DE INGENIOSO HUMOR

Estábamos a finales de los 80 y principios de los 90, y yo era un incipiente cultureta, que pretendía sentirse moderno, por eso, como veinteañero en aquella época, acostumbraba a comprar el periódico los domingos con su semanario correspondiente (no pocos coleccionables reuní en aquellos años). Lo cierto es que lo compraba para sentirme moderno, sí, pero también para aprender. El ansia por saber más no obtenía respuesta con la instantánea facilidad con la que hoy nos movemos por Internet. Y yo leía El País.

Sería por convicciones o sería por modernidad, pero también es verdad que entre el formato revistero del ABC y la aparente frescura de un diario que nació con la democracia, yo siempre me he sentido más atraído por El País. Era aquella época en la que, en su semanario, una página de su inicio se dedicaba a una viñeta, y en esta caso única, porque la protagonizaba el dibujante argentino Mordillo.

Creo que desde siempre me he sentido un fan incondicional y anónimo de los dibujos de Mordillo, si moderno era lo que pretendía transmitir El País, la elección de este dibujante para ilustrar una página semanal era también moderna. Por aquella época Mordillo estaba en el momento cumbre de creación de su carrera artística y encajaba bastante bien con esa imagen que este diario representaba.

Algo más tarde, alimenté esa atracción por los dibujos de Mordillo cuando, con la que hoy es mi mujer, visitábamos a principios de los 90 un pub que es mítico en Bailén, Cambalache, pero en su sede primitiva, y allí había una máquina en la que como uno de sus juegos estrella, o al menos el que más nos gustaba a nosotros, se sucedían los dibujos del argentino, en el clásico juego de las diferencias; así que mientras nos devanábamos los sesos, también teníamos oportunidad de reírnos de sus ocurrencias.

Pero es que viendo los dibujos, él no les llama cómics, es difícil no sentirse incondicional de Mordillo, porque su estilo es tan característico y peculiar, tan vistoso y rotundo, que es un aguijonazo de humor que te deja pensativo. En sus dibujos se vislumbra el culmen de las aspiraciones de todo creador gráfico: Un dibujo con mucho colorido, sin palabras (las mínimas veces sí las utiliza pero pocas, las justas), y un mensaje directo, humorístico e impactante.

Lo que creo que más me llama la atención de Mordillo es que pese al picotazo que es su dibujo, incluso en elaboraciones muy simples, te deja pensando, básicamente porque tú tienes que darle contenido, tienes que añadir las palabras, el inicio, la explicación y el desenlace; y eso a veces no es tan evidente, su dibujo provoca tu reflexión y, desde luego, tu sonrisa. Sí, porque no le busquemos tres pies al gato, Mordillo nos alegra la vida, no pretende críticas, ni apologías subliminales, es lo que es, un mensaje gracioso, un brochazo simpático para endulzar el día.

También llama la atención por su colorido, aunque en sus primeras creaciones lo hacía en blanco y negro, es decir, solo con plumilla, poco a poco abandonó este estilo y sus dibujos son una explosión cromática, son bellas láminas que podrían decorar la habitación de cualquier joven o niño, son muy estilosas, modernas si se quiere, en realidad, nunca dejarán de ser modernas porque son atemporales.

Centrándonos en la temática de sus dibujos, y partiendo de ese mensaje sin dobles lecturas, Mordillo tiene sus iconos, no son pocos: el amor y los corazones, un poquito de sexo pero muy ligerillo, la naturaleza, islas desiertas y playas, la nieve, los animales (y en especial las jirafas), el golf, el fútbol, el planeta, los rascacielos, los laberintos…, y todo esto bañado con una buena pátina de absurdidad.

Sus personajes, el hombre, siempre el mismo, o el conjunto de ellos, siempre los mismos, y sus mujeres, también todas son clones unas de otras, son anónimos y con las mismas características, regordetes, desproporcionados y con una nariz enorme, muy cómicos.

He referido que sus cómics son un dibujo que impacta, aunque también es verdad que a veces la idea de dejar un mensaje casi críptico podría constreñir al dibujante, y Mordillo no pierde la posibilidad de expresarse con más amplitud si su inspiración así lo rige; por eso alguna vez nos encontramos con alguna sucesión de viñetas, en este sentido, la historia tiene algo más de recorrido. Y precisamente esta especie de historietas han dado pie a que este dibujante bonaerense haya dado el salto también a la pequeña pantalla, y esas viñetas se convierten en cuentecillos de apenas medio minuto, pero eso sí, manteniendo el espíritu, es decir, sin palabras o con mínimos sonidos onomatopéyicos.

El recorrido de sus temas icónicos nos acerca a sus querencias, el fútbol o el golf, deportes a los que uno imagina aficionado, son la expresión de una atracción por la naturaleza, el tapete verde de ambos deportes es un magnífico recurso para dotar de colorido a sus creaciones, además de una recurrente fuente de inspiración.

Pero sobre todo por la naturaleza, porque cuando sus personajes se encuentra en la selva o en un bosque, no falta detalle, sus laberínticos conglomerados de ramas y flores sitúan a su hombre y su mujer en un lugar calmado y apacible, pero donde quizá no pueden encontrarse.

Guillermo Mordillo Menéndez, hijo de españoles, ha sido un viajero a lo largo de su vida, estuvo algunos años afincado en Mallorca, también en Estados Unidos y Perú, pero donde más tiempo ha vivido ha sido en Francia, y desde allí lanzó al mundo su humor, humor que por su ausencia de palabras es totalmente universal. Es ya veterano, nació en 1932, y es coetáneo del célebre Quino (el de Mafalda), y ambos resisten los avatares de una vejez que por su propia trayectoria vital ha de ser muy satisfactoria.

Me ha sido difícil ilustrar esta entrada con una selección de dibujos que seleccionen sus temas principales, son tantos y tan buenos; en fin, espero que esta vez tenga tanto valor lo que yo expreso humildemente aquí, como las imágenes de apoyo, seguro que nos sacan una sonrisa.

domingo, 23 de abril de 2017

Y EL RUGBY, SIEMPRE EL RUGBY

Pues resulta que repasando mi blog compruebo que he tocado incidentalmente un deporte que, a día de hoy, probablemente sea de los que me apasiona: el rugby. También es seguro que esto de deporte «que me apasiona» lo haya repetido en esta bitácora en varias ocasiones para tratar sobre atletismo, balonmano, hockey sobre hielo, sumo...; pero bueno dejémoslo en que es «uno de los que más...».

Desde muy chico creo que me llamó mucho la atención ver a un montón de tíos pelearse a lo bruto por un balón con una forma extraña, al que también de vez en cuando le pegaban patadas. Ya de más mozalbete, y gracias a que Estadio 2, aquel mítico programa de TVE (cien mil veces mejor que el actual Teledeporte que echa poco directo y siempre de lo mismo y cantidades ingentes de diferidos y documentales enlatados), retransmitía a finales de los 80 el que por aquel entonces era el Torneo 5 Naciones, me fui enterando un poco de qué iba este deporte.

Largas tardes de finales de los 80 pegado al televisor para entrever la magia que se escondía en una disciplina tan aparentemente ruda. Era la época en la que me aficioné a ser del equipo de Gales, y de un ala de aquellas tierras que se llamaba Ieuan Ewans y que cada vez que cogía el oval su tremenda rapidez siempre provocaba peligro.

Hay que decir que esa pasión por el rugby la he ido alimentando poco a poco, macerándola a base de muchas horas de visionar partidos en directo o en diferido; y puedo decir tranquilamente que en el último Mundial de rugby, el de 2015 vi más partidos que del último Mundial de fútbol; aun así tampoco llego a entender algunas reglas, ni siquiera las entienden algunos de los jugadores más avezados. Hay un dicho por ahí muy curioso que se mueve entre los aficionados a este deporte que es algo así como «me encanta este deporte, pero ya si pudiera entenderlo sería la repera». Ciertamente que tiene muchas reglas sobre el desarrollo del juego, y a veces no se entiende bien, o uno no sabe lo que ha pitado el árbitro, fundamentalmente la causa de las faltas de los jugadores.

Establecido esto, creo que lo de pelearse a lo bruto fue rápidamente eliminado de mi concepción de este deporte, y aquel que define este deporte como un deporte de burros o bestias es porque tiene una idea sesgada y absolutamente limitada del mismo. El rugby yo diría que es el deporte por antonomasia, lucha física hasta el límite, fuerza, potencia, ímpetu y sacrificio, pero también inteligencia, estrategia y visión de juego; y sobre todo nobleza, mucha nobleza.

A medida que me voy haciendo mayor me va gustando menos el fútbol y más otros deportes (minoritarios), pero en el caso del rugby, por el hecho de que tiene algunas semejanzas con el fútbol: deporte de equipo, campo de similares dimensiones y objetivo de llevar un balón a una meta...; mi conclusión es que el fútbol debería aprender mucho del rugby.

Es consabido que el rugby es un deporte de villanos jugado por caballeros (y el fútbol justo lo contrario), y esto se lleva a rajatabla, incluso se sigue manteniendo lo del tercer tiempo hasta en los equipos de élite, nadie se odia a muerte, lo que ocurre en el campo ahí se queda, luego tan amigos; en apariencia es un deporte rudo, lo es, pero no nos debemos ni podemos quedar en ese simplismo; y es que pese a todo el derroche físico, las lesiones no son muy comunes, ni las tanganas; en este sentido, en el fútbol que es un deporte más «limpio» hay más lesiones, más peleas, más tanganas, protestas al árbitro y simulaciones.

Sí, por un lado, ni en el rugby se protesta al árbitro, y al que lo hace se le invita a irse a otro deporte, y por otro lado, en el rugby el jugador que se para en el campo lesionado es porque realmente lo está. En el fútbol un jugador acaricia a otro y es normal que el segundo se tire al suelo y se revuelque tocándose la cara, en el rugby se tocan la cara y no pasa nada. En el rugby los jugadores sangran por orejas, cejas o labios y siguen ahí porque no quieren ser cambiados, esto en el fútbol es impensable; es más, cuando en el rugby un jugador tiene una posible lesión, es atendido en el terreno de juego y no se para el partido. Ningún jugador de rugby quiere ser cambiado para no perjudicar a su equipo, aunque sangre a borbotones o le duela a rabiar cualquier parte de su cuerpo. En el fútbol ya se sabe que en cuanto un jugador tiene la más mínima dolencia ya está pidiendo irse a la caseta.

En definitiva, soy de los que opino que si ves un partido de fútbol y a continuación uno de rugby o viceversa, pensarás no solo que estás viendo dos deportes muy diferentes sino que estás en dos planetas distintos.

Y continuando con los elementos que conforman la concepción del rugby, también es de cortas miras pensar que este deporte es solo lucha física; tal vez sea de lo que más, de hecho, partiendo de que cada equipo tiene quince miembros, se dice que es un deporte en el que solo juegan ocho y medio. Tiene su explicación, la mayor parte del tiempo y del juego la desarrollan los jugadores de la primera, segunda y tercera línea (en la melé), aquellos que llevan la camiseta con los números del 1 al 8 (los más pesados y rocosos), mediante sucesivas embestidas tratan de ganar terreno y de romper la muralla de la línea rival, como si de una batalla se tratara, es la estrategia fundamental para abrir huecos y que los jugadores de los números 9 al 15 (medio melé, apertura, alas, centros y zaguero), los más hábiles con los pies, imaginativos, rápidos y menos corpulentos, puedan entrar con velocidad en los intervalos.

Aunque no haya especial predilección por este deporte en España, saturado de fútbol y más fútbol, no obstante, tiene una dimensión brutal a lo largo de todo el mundo, probablemente por la facilidad y economía en su práctica, y las reglas básicas que son sencillas: el oval solo se puede pasar hacia atrás con la mano y hacia delante con el pie, y llevarlo hasta más allá de la línea de marca con la mano, o con el pie entre los clásicos tres palos.

Esa popularización del rugby ha convertido a la Copa del Mundo de rugby en el tercer acontecimiento deportivo del orbe, tras Juegos Olímpicos y Mundial de fútbol, aunque los muy seguidores de este deporte dicen que es el primero. Tardó ciertamente la Federación Internacional de este deporte en darse cuenta de su verdadero potencial, siempre anclada en un titubeante amateurismo que le impedía darse más al exterior, y no fue hasta 1987 cuando se celebró la primera edición de la Copa del Mundo, de algún modo, acuciados por el resto de deportes llamados amateur y que, en realidad, eran profesionales de facto.

España acudió una sola vez a un Mundial de rugby, fue en 1991, a día de hoy luchamos por acudir por segunda vez a esta cita, que en su próxima edición tendrá lugar en Japón, habrá veinte naciones participantes y por ranking estamos en esa frontera, aunque en 2018 será cuando tengamos que poner toda la carne en el asador y jugarnos nuestra ansiado billete. El mayor triunfo para el rugby español se lograría con la simple clasificación, sería todo un premio.

Curiosamente el rugby tiene una versión en miniatura, el rugby a 7, es decir, que se juega con siete jugadores de campo, y en el mismo terreno de juego, con una duración de catorce minutos (dos tiempos de siete). Es un formato muy vistoso, porque por la mayor cantidad de espacios se aprecian muchos ensayos en un corto espacio de tiempo. Los jugadores, que mayoritariamente juegan en el 15 aunque ya se están especializando, son todoterrenos, un poco primeras líneas pero con rapidez, en realidad, los jugadores ideales serían los que tienen los números intermedios en el rugby, a grandes rasgos.

El rugby a 15 en España no goza de mala salud, pero debiera mimarse más, sobre todo favoreciendo la preparación de nuestras selecciones. No obstante, la dinámica del desarrollo de la práctica del rugby ha permitido que el rugby a 7 tenga mejor ranking en España que su hermano mayor. En la primavera de 2016, con ocasión de la clasificación para los Juegos Olímpicos, tanto hombres como mujeres obtenían su plaza en sendos torneos preolímpicos. Toda una ocasión histórica pues el rugby volvía al programa olímpico tras su última aparición en 1924 y yo me atreví a señalar en mi cuenta de Twitter (@adiscrecion) que, sin duda, se trataba en cuanto a deportes de equipo del acontecimiento deportivo del año en España. Ello suponía que estábamos por propios méritos en la élite, entre los doce mejores equipos del planeta. Fue todo un éxito llegar con nuestras dos selecciones de rugby a 7, y luego se estuvo a un nivel adecuado a nuestras posibilidades, en chicos fuimos undécimos, y en chicas (que se tiene algo más de nivel) novenas.

En todo caso, todas estas nociones que voy largando aquí un poco a vuelapluma, vienen referidas tanto a hombres como mujeres, porque no me gusta caer en este blog en eso de ir diferenciando el sexo cuando el masculino engloba todo y, esto no es machismo. Pues marcado esto, hay que decir que en féminas la selección de rugby a 15, no solo tiene plaza para la octava edición de la Copa del Mundo que tendrá lugar este verano en Irlanda, donde solo hay doce participantes, sino que su ranking es muy bueno, estando desde hace tiempo entre las diez primeras, y actualmente séptimas.

Pues nada, larga vida al rugby, un deporte noble, limpio y sin marrullerías (esto no excluye que haya casos de dopaje, lamentablemente los hay), pero el que se acerque al rugby con interés percibirá que es algo más que fuerza bruta, es potencia, es inteligencia, es visión de juego, es batallar por el espacio, en definitiva, son muchos deportes en uno solo, una maravilla.

lunes, 17 de abril de 2017

PROTEGIENDO LOS YACIMIENTOS ARQUEOLÓGICOS DE ESPAÑA, ESA UTOPÍA

Confieso que a veces me meto en unos importantes jardines al opinar sobre asuntos en los que soy un profano, me muevo por impulsos, manifestando mi parecer como si estuviera en una barra de bar, es decir, dejándome llevar, a veces, por tópicos y sin pensar demasiado la situación, pero es mi opinión, y mala o buena para los demás, no quiero dejar pasar la oportunidad de expresar, en este caso, la secuencia de algo que no funciona en este país.

Creo que lo he comentado en esta bitácora en alguna ocasión, que tenía un profesor de inglés en el Instituto que siempre apelaba a que España era un país a medio hacer en comparación con el Reino Unido. Mientras que en las Islas todos los saneamientos estaban estructurados desde hace décadas y para meter un cable o una nueva tubería no había nada más que levantar las tapas de esos saneamientos, aquí en España se abren zanjas sobre zanjas, o se abren tres o cuatro paralelas en una mismas calle y se cierran a su vez cada vez que alguna empresa tiene que acometer su correspondiente infraestructura. Mi profesor, Lino se llamaba para más señas, nos comentaba esto hace treinta años y lo cierto es que esa realidad sigue plenamente vigente hoy. Restos de zanjas tenemos en nuestras calles, dobles, triples y hay que dar gracias a Dios, que se hayan cerrado bien, porque con el tiempo el relleno se resiente y se generan hoyos en el asfalto y las consiguientes incidencias en el tráfico rodado. Y mañana es posible que vuelvan a hacer otra, y en un nuevo sitio.

De zanjas voy a tratar, aunque no por el hecho de que sea una zanja, sino porque se demuestra que seguimos siendo un país a medio hacer. Pues hace unas semanas el periódico por excelencia de mi provincia, el Diario Jaén, abría en portada con la noticia de que unos restos arqueológicos de gran importancia situados en Cerro Maquiz, en el término municipal de Mengíbar habían sido dañados gravemente por la apertura de una zanja para el regadío de olivares. Lo irreversible de los efectos y la burda forma en que se había sucedido tamaña felonía, es que ocultaba una segunda lectura que no se había atrevido a hacer el periódico y que, a poco que se discurre, salía a la luz sin mayor esfuerzo: el nulo nivel de protección físico de los yacimientos arqueológicos.

Entiendo que el yacimiento de Cerro Maquiz cuenta con una protección legal, inscrito en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, por lo que goza de «una singular protección y tutela», así señalaba el diario; pero hasta aquí, la singular protección no es más que la que proporcionan los papeles, que como ya se sabe, son muy sufridos y lo soportan todo. Es decir, que le podrás poner al yacimiento todos los titulitos que quieras que si aquello no está vallado y protegido físicamente, al energúmeno de turno le da igual que allí haya unas piedras muy antiguas, porque él lo que necesita es hacer su zanja.

Y mucho me temo que en Cerro Maquiz la protección física, la buena, porque la otra ya hemos observado que es bastante vana, pues brillaría por su ausencia. Y este es el problema, y tal vez sea demasiado reduccionista, que en este país hacemos las leyes pero luego no tenemos dinero para aplicarlas. Si tan importante es este yacimiento, descubierto hace ya unas décadas, por qué no se puso en valor, por qué no se protegió y no se actuó, la respuesta es obvia, el vil metal.

Yo que nací y me crié en Linares, fui de pequeño y de joven a las ruinas de Cástulo, cuando eran precisamente eso, unas ruinas, y nivel de protección cero, ni físico ni jurídico. Andabas por allí a tu gusto y si algún visitante, yo también, se hubiese querido traer una pieza arqueológica o toda una colección no habría tenido mayor problema, porque nadie cuidaba de aquello, le interesaba a muy poca gente y todo hacía indicar que había cuestiones más importantes de las que preocuparse para las administraciones competentes. Hoy, esto ha cambiado y Cástulo, ya se ha situado al nivel de protección óptimo.

Desvelada la esencia del problema cabe reflexionar que como se afanaba en expresar mi profesor de inglés, España es un país a medio hacer, no llegamos a rematar las leyes, todo es parche sobre parche, como si de una calle o una carretera se tratara, y en el tema que nos ocupa que no es precisamente un asunto que se pueda solucionar con simples voluntades sino con dinero, con mucho dinero, ahí tenemos cientos, yo diría que miles, de yacimientos arqueológicos en nuestro país esperando que se les meta mano, y quién sabe, cuántas piezas adornan las casas de un montón de conciudadanos nuestros con las que se llenarían varios museos.

Visto lo visto, la actuación sobre Cerro Maquiz no resulta tan extraña y, ahora sí, me voy a meter en un jardín. Desconozco cuáles son los trámites que genera el descubrimiento de un yacimiento arqueológico en una finca particular, pero sospecho que al propietario se le viene encima un sinfín de dificultades burocráticas y lo que es más relevante que no verá ni a corto ni medio plazo compensación económica alguna.

Comoquiera que esto es un secreto a voces, no quiero imaginar la cantidad de yacimientos arqueológicos que tanto en el campo como en zonas urbanas han sido ocultados para evitar problemas, por una simple cuestión, porque entre la cultura y el pan de mis hijos, es mucho más importante lo segundo.

No quiero con esto justificar estas actuaciones, porque debo proclamar que la historia y la cultura es fundamental para una nación, y Dios sabe la cantidad de expolios que se han producido en el campo, en las ciudades, porque la constructora de turno vio que aquel negocio se le podía dilatar eternamente en cuanto levantara liebre de que se habían descubierto unas piedras antiguas. Pero la realidad es esa, hablas en la calle y cualquier persona te puede contar hechos veraces, que no leyendas urbanas, sobre edificios que se construyeron sobre yacimientos arqueológicos y sobre los que se apresuraron en tapar para evitar dilaciones y problemas futuros.

Precisamente la capital jiennense es una consabida zona de gran valor arqueológico, como otras muchas ciudades y pueblos de Andalucía y España, y se habla de que caves donde caves te encuentras con algún asentamiento digno de ser recuperado, pero ¿todo? O sea, ¿deberíamos hacer de las ciudades modernas asentadas sobre otras más antiguas, un parque temático de la antigüedad? La respuesta es no, no porque legal o legítimamente tenga que serlo, sino porque es la realidad. Porque no hay dinero suficiente ni tan siquiera para poner en valor una mínima parte de los restos arqueológicos que están bajo nuestros pies.

Hace unas semanas tomé una foto en Jaén, la que ilustra esta entrada, en una zona relativamente cercana al Bulevar, de un solar de varios miles de metros cuadrados, completamente vallado (por lo menos nos ahorramos que alguien expolie o esquilme), un amigo me dijo que estaba destinado a algún edificio público (el hecho de que sea un terreno público, nobleza obliga, provoca su inmediata protección, hay que dar ejemplo y eso), pero que llevaba no menos de una década en esa situación. ¿Y ahora qué? Ni podemos disponer del equipamiento previsto, ni podemos visitar los restos, aquello se convierte en un terreno baldío in aeternum, en espera de mejores momentos, en espera de que alguna vez alguien se digne en dotar económicamente las partidas para poner en valor yacimientos arqueológicos, porque de lo contrario, tendremos las opciones siguientes, a saber: destrozar, tapar, o dejar el terreno en barbecho. Cualquiera de ellas no es una solución constructiva.

El otro día leí un artículo de Antonio Muñoz Molina y, aunque no tenía que ver con esto, me quedo con una frase suya que no tiene desperdicio: «A veces me da la impresión de que los seres humanos estamos programados o condicionados catastróficamente para fijarnos con preferencia en lo que no tiene importancia ninguna». Pues eso, ¿alguien lo duda?, en España somos particularmente aficionados a esto, a centrarnos en chorradas, en que si los legionarios visitaron un hospital la pasada Semana Santa y cantaron su himno, si Isco debe ser titular, o si Pablo Iglesias ha soltado alguna lindeza en el Congreso, pero ¿realmente estamos intentando resolver los auténticos problemas de este país?

Mientras tanto, mientras que los yacimientos arqueológicos siguen macerándose al sol del desinterés, hoy tras la crisis económica los monstruos del derroches siguen ahí, convertidos ya en una suerte de yacimientos arqueológicos modernos: museos que no se abren, tranvías que son menos serios que el tren de la bruja o aeropuertos donde no aterriza ni un avión de papel.

domingo, 9 de abril de 2017

LAS COLECCIONES DE SELLOS DE ESCUDOS Y TRAJES TÍPICOS DE ESPAÑA (1962-1971)

Como ya conocen los que me siguen en este blog y especialmente aquellos que leen con algún interés las entradas de coleccionismo en general y filatelia en particular, si hay un período de emisiones españolas que me encanta sobremanera es el de la década de los 60. Como también he indicado muchas veces, esto no tiene nada que ver con política, aquellas emisiones eran bastante pedagógicas y tenían bastante calidad, ahora bien, si cada cual quiere enmarcar esto en un contexto sociopolítico, se aceptan opiniones, yo no lo voy a hacer, yo voy a tratar de filatelia y sus componentes divulgativos.

Y es que entre 1962 y 1971 Correos sacó dos colecciones que tienen un carácter casi holístico, racionalizador. Si alguien tuviera que pensar en qué colecciones obligatorias debería contener la historia filatélica de un país, tendría que reproducir lo más relevante de su historia, arte, geografía, cultura, flora y fauna... Haciendo una reducción al absurdo no hay país que se precie en el que no aparezca su principal monumento o su personaje histórico más destacado. En definitiva, lo importante debe estar plasmado en un sello postal.

Pues a Correos al inicio de la década de los 60 se le ocurrió algo muy evidente y lógico, que era el de emitir todos los escudos de las provincias españolas a color. Cabe destacar que el acceso a documentos a todo color se reservaba para algunos libros y revistas muy especializadas, los periódicos han tardado varias décadas desde su creación para que sus rotativas pudieran imprimir en color; pero en la década que comentamos el color era un lujo. Precisamente la propia configuración del sello de Correos, un valor postal en formato pequeño y fabricado en imprentas especializadas donde el factor tiempo no primaba, o primaba menos que el efecto calidad, implicaba que fuera un tesoro en miniatura (lo sigue siendo) para todos los que quisieran tener un documento gráfico a color de algún elemento singular.

La idea de generar una colección de sellos a todo color con los escudos de todas las provincias españolas, no podía ser, pues, más adecuada; y además con ese afán pedagógico y, de algún modo, con una vertiente bastante inclinada a fomentar y proteger el coleccionismo, se hacía como hoy se hace con los coleccionables por fascículos con los que las televisiones nos martillean los septiembres de cada año, pues además llevaban su propia numeración.

Pues sí, porque desde 1962, se empezó por orden alfabético y con absoluta regularidad, un sello cada mes, emitiéndose durante cinco años los sellos de las provincias españolas o colonias existentes en ese momento. El nombre oficial de la serie era «Escudos de las capitales de provincia españolas y colonias». De tal manera que de 1962 a 1966 fueron doce «entregas» por año, y en 1966 nueve escudos más. Si hacemos la cuenta nos salen un total de cincuenta y siete escudos, con lo que la primera conclusión para un lector del siglo XXI avezado en la geografía política de España es que algo no cuadra. Hoy, en 2017 tenemos cincuenta provincias consolidadas desde, como poco, el inicio de la democracia y parece que eso no se va a mover a corto plazo, aunque todo se andará.

Para empezar hay que señalar que el último sello en emitirse era el de España (sí, el del águila), con lo que ya descontamos una provincia. Las otras seis eran Ceuta y Melilla, que hoy son oficialmente ciudades autónomas y no provincias, y las cuatro provincias-colonias africanas que por entonces pertenecían a nuestro país: Fernando Poo (isla de Bioko de la actual Guinea Ecuatorial y donde está también su capital Bamako), Río Muni (zona continental de la actual Guinea Ecuatorial, cuya ciudad más importante y más poblada del país es Bata), Ifni (pequeño territorio al suroeste de Marruecos, su capital era Sidi Ifni) y el Sáhara (más al sur aun que Ifni y zona que lamentablemente sigue siendo foco de controversia política y territorial). ¿Esto era una demostración de fuerza? Pues es opinable, pero es incuestionable que respondía a una realidad.

El colonialismo de España ha sido algo muy limitado y de escasa influencia en África y, además, no lo hemos nutrido adecuadamente con posterioridad. Los ecuatoguineanos hablan español y, sin embargo, desconocemos todo de ese país. Como elemento anecdótico, que además es un hecho que tuvo lugar en las fechas en las que nos movemos, cabe señalar que el famoso gorila albino Copito de Nieve que fue la enseña del Zoo de Barcelona durante muchos años, fue apresado en Río Muni y vino a España en torno a 1965; pudiéramos decir que en la década de los 60 la fauna de nuestro país y sus territorios era mucho más diversa que la actual.

Lo cierto es que con la colección en manos de muchos filatélicos, partiendo de la base de que antes se coleccionaba más que ahora, y que circulaba mucho más tráfico epistolar que ahora, era muy fácil que cada español pudiera contar con el sello de Correos del escudo de su capital de provincia. Esto me recuerda, por cierto, que no hay casa de campo o vivienda con decoración retro que se precie, que no disponga de un cuadro con el escudo de su provincia, pues esta era también una manera de reivindicar la tierra de cada cual.

Todos los sellos de esta colección tienen el valor facial de 5 pesetas (a excepción del escudo de España que costaba 10), bastante más que lo que valía una carta ordinaria en esa época, en torno a 1 peseta, pero nunca comparado con los valores desorbitados de la actualidad (considerando que el coleccionismo filatélico cada vez tiene menos adeptos), con lo que se erigía el evidente sentido holístico, pedagógico y divulgador que tenía, a la par que producía unas emisiones que tenían un destino para el mercado de los coleccionistas, también permitía que cualquier ciudadano pudiera contar con el sello de su tierra.

El escudo de Jaén fue el primero de la colección que iniciaba el año 1964. Como curiosidad también hay que destacar que salieron unas pocas partidas de sellos sin dentar, concretamente en tres de los efectos de esta colección, los correspondientes a Ávila, Ciudad Real y Sevilla; estos están bien cotizados y los dos primeros cuestan no menos de 1.000 euros y el de la capital hispalense algo más. Desconozco por qué se generaron estos atípicos sellos aunque me inclino que sería por un error de fábrica detectado tarde o deliberadamente puesto en circulación para darle vidilla al mundo filatélico, la que hoy no tiene.

Inmediatamente que concluyó esta serie en septiembre de 1966, la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre descansó brevemente, hasta que ideó la otra serie que es casi continuidad de la anterior, o por lo menos, así lo consideramos los filatélicos, pues seguía prácticamente todas las pautas de la anterior: todas las provincias, un sello al mes y una duración de casi cinco años. Me refiero a la colección de «Trajes típicos españoles», en concreto, todos son indumentarias que visten mujeres.

La primera curiosidad surge cuando comparamos el número de efectos de la serie predecesora y de esta, hubo cincuenta y siete escudos, y esta se completó con cincuenta y tres trajes. ¿Dónde está el desfase?, y ¿qué ha pasado en la historia para que a día de hoy tengamos cincuenta provincias? Pues tiene una fácil explicación, en esta serie de trajes típicos, desapareció Río Muni, que en realidad formaba parte de la Guinea española, hoy Guinea Ecuatorial y sí se mantenía la provincia de Fernando Poo, donde se entendían integrados los territorios continentales de dicha Guinea, o sea, Río Muni. Así que ya tenemos una baja con respecto a la colección de escudos, la otra baja fue la del escudo de España, pues obviamente no se representó ningún traje típico para todo el país, que no lo hay. Las dos bajas que faltan fueron para Ceuta y Melilla, algo incomprensible pues ambos trajes existen realmente, y con una estética totalmente española; algo diametralmente opuesto a los trajes típicos de Fernando Poo, Ifni y Sáhara.

La colección corrió entre 1967 y 1971 y como ya ocurriera con la anterior colección, el traje típico de Jaén, la pastira, inició el año 1969. Y aquí me voy a parar un poquito, porque dicho traje provincial es muy bonito y en muy pocas ocasiones lo he visto. Tristemente en buena parte de Andalucía nos hemos plegado al traje típico sevillano, y no, me niego a admitir que la sevillana es el baile típico y/o traje de cualquier provincia andaluza. No obstante, también es verdad que en Jaén esta batalla está bastante perdida, no se fomenta culturalmente la confección y el uso de la pastira, traje que además es precioso, y ni mucho menos los bailes típicos de esta provincia como pueden ser los melenchones o los boleros de Jaén; bien pudieran el montón de academias de baile de esta provincia, rescatar este traje para que podamos perpetuarlo de generación en generación, a la vez que reforzamos nuestros signos identitarios. Y sí, ni sé bailar sevillanas, ni me gustan.

El valor facial de esta colección de trajes regionales fue de 6 pesetas, hasta los cuatro últimos sellos que se correspondían con Valladolid, Vizcaya, Zamora y Zaragoza que ya costaron 8.

Esta colección de trajes es más bonita e instructiva que la anterior, eran unos sellos pequeñitos, pero con una lupa para los que ya andamos cortos de vista, se pueden apreciar los rasgos más singulares de los trajes de la geografía española, y aprender a buen seguro sobre algunas indumentarias que jamás hemos visto, primero por ignorancia y en segundo plano porque como nos pasa en Jaén, hemos ido enterrando sin piedad nuestras propias tradiciones.

Con posterioridad, con la democracia, Correos ha ido sacando otras emisiones con algunas similitudes a las referidas, pero no con el toque añejo y atractivo de estas. Con las autonomías y sus estatutos, ha habido sellos con la correspondiente bandera de cada comunidad autónoma, pero los diseños no me convencen, será porque los sellos de la década de los 60 siguen siendo de mis preferidos.

Y, por último, para aquellos que sin saber de sellos se inclinen a adquirir ambas colecciones de escudos y trajes, echando un vistazo a algunas web he podido comprobar que por algo menos de 30 euros se pueden tener las dos en nuevo, es decir, sin matasellar. Como siempre digo, la filatelia es barata, muy barata.

sábado, 1 de abril de 2017

"DIME QUIÉN SOY", DE JULIA NAVARRO

Difícil de calificar este libro; confieso que cuando mi compañera de trabajo y amiga Marisa me lo dejó, creo que a principios de año, sospeché que no iba a ser una lectura fácil, o lo que es lo mismo, estaba lejos de ser una lectura rauda. Y es que 1.100 páginas y de letra un tanto menuda, contemplan a esta novela de la periodista Julia Navarro.

Lo de las 1.100 páginas es como para atreverse, como para ir ganando la batalla día a día, y hacer también en alguna jornada intensiva un esfuerzo por avanzar con presteza, porque si no el libro es de esos que te come la moral, porque empiezas a hacer disquisiciones acerca del momento en el que empezaste y cuándo tendrás redaños para acabarlo, y te puedes agobiar.

Pues eso, partiendo de mi proverbial empeño por no abandonar un libro del que comienzo a leer las primeras 50 páginas, y que también tengo la virtud de que cuando llevo unos dos tercios del relato entro en barrena y ya tengo que acabar en pocos días, decidí hace apenas una semana que ya llevaba mucho tiempo haciendo bulto en la mesita de noche, que lo hacía, acompañando a una horda muy seria de otros compañeros que también desean que les ofrezca mi tiempo para ser oportunamente devorados, y ya lo acabé.

Pero bueno, ya digo que lo de las 1.100 páginas asusta, y es que no exagero si digo que la extensión de «Dime quién soy» es tan sublime que puede estar muy cercana a la de la primera parte del Quijote, ahí es nada.

Y entre tanta página, y tantísimo contenido, he de manifestar que la novela me produce sensaciones encontradas, no está mal del todo y seguro que hay críticas más que favorables que la mía para todo lo que fue un best seller el año de su publicación en 2009, pero me parece que si la autora la hubiera sometido a una cura de adelgazamiento a buen seguro que los efectos literarios y mediáticos no se habrían separado excesivamente del resultado obtenido por este trabajo, y los lectores lo habríamos celebrado. Luego hay otros elementos que me han dejado algo disconforme.

Y puestos a elegir, con tanta densidad narrativa, si yo tuviera que prescindir de partes o episodios, a mí me parece que el primer tercio del relato es un poco pesado, lento, con mucha trama no demasiado relevante que prorroga la verdadera esencia de «Dime quién soy», que es la de una historia llena de acción.

Ciertamente que siguiendo los cánones del mejor estilo, Julia Navarro va haciendo crecer la novela en intensidad página a página hasta el desenlace final, aunque se recrea a veces en episodios que podrían haberse obviado o en diálogos que tampoco aportan detalles especialmente sólidos.

Entrando en el meollo, se me hace raro tratar de hacer una crítica a la par que una somera reseña de esta novela sin desvelar algunos datos que muestran alguno de los secretillos de la misma; no obstante, sin ánimo de destrozar su lectura a quien todavía no se ha atrevido a abordarla, tengo que decir que sin perjuicio de que yo cuente alguna leve idea de en lo que consiste, la autora ha tenido la virtud de tachonar de secretos y sorpresas toda la obra, por lo que nada de lo que yo cuente será más que una mínima animación para leer y no para fastidiar.

Hay un velado secreto que se esconde en la obra desde el inicio, y hace unas semanas casi me lo suelta en un hospital una enfermera al ver que estaba leyendo el volumen (tómese el sustantivo en el sentido corpulento y abultado del mismo), pero más allá de ese, es la potencia creciente del personaje protagonista el que hace que de la mitad de la obra hacia adelante el ritmo se convierta en frenético, más interesante y nutritivo para este modesto lector.

En realidad, la novela se configura como una historia dentro de otra. Un joven periodista de nuestro tiempo es casi forzado por su tía para descubrir el pasado de su bisabuela, un personaje misterioso que abandonó a su abuelo de muy pequeño y del que la familia no conoce apenas, más que por una foto de juventud.

Este joven se adentra en un auténtico laberinto histórico, construyendo la apasionante biografía de su abuela, desde los años previos a la Guerra Civil española hasta 1989. Tal joven llamada Amelia Garayoa, decide de forma prematura en su vida abandonarlo todo por amor y por ideales, y dejar una existencia acomodada, su familia tenía negocios, a su marido y a su hijo de corta edad.

Partiendo de unos ideales comunistas, Amelia vive con intensidad los acontecimientos más relevantes de los últimos dos tercios del siglo XX en el mundo, siempre con el soporte de algún hombre al que parece amar, aunque este es un aspecto que no explota excesivamente la autora, y codeándose con personajes reales o inventados de los que tenían en su mano cambiar el signo de los acontecimientos en esos años convulsos.

En esta peripecia vital, Amelia viaja por medio mundo: París, Buenos Aires, Moscú, Londres, México, Varsovia, Roma, Atenas, El Cairo o Berlín (seguro que me olvido de alguna urbe), y fundamentalmente sus aventuras giran en torno a la 2ª Guerra Mundial, en la que Amelia Garayoa actuará como espía británica; y a todo esto, a lo largo del libro se jalonan las visitas a España, a Madrid, para ver a su familia, la parte que le queda tras los efectos devastadores que ha provocado en ella la Guerra Civil, y en las que trata de ver aunque sea de lejos a su hijo, que crece sin conocer a su madre.

Las vicisitudes por las que atraviesa son de tal calibre que sufre todo tipo de atrocidades. Es una mujer sufridora, pero una mujer valiente, que pese a su apariencia frágil, el tiempo la convierte en un ser coriáceo, prácticamente frío. De hecho, Julia Navarro casi nos quiere transmitir que Amelia Garayoa es un ser impenetrable, porque sus amoríos son más platónicos que pasionales.

Ese es uno de los detalles que no me convence, los hombres son un soporte más que una necesidad natural, los hombres se enamoran de ella, pero ella no termina de darse del todo, o sí, tal vez lo haga a su manera. Por tanto, hay que concluir con que son los ideales los que mandan en Amelia, pero tampoco son firmes, porque empieza siendo comunista y termina combatiendo a los comunistas, tal vez sea de lo más paradójico de la novela. Tiene unos principios, pero también tiene otros…, como decía el genial Groucho Marx.

Tal vez tengo el defecto de que cuando leo novelas de perfil histórico, busco cimentarme en la realidad y la historia en sí me deja una serie de contradicciones. No ya solo inventar el recurso de un periodista en una búsqueda alocada, la de ir visitando cada una de las ciudades en las que su bisabuela dejó su huella, sino la propia historia de esta, no es creíble del todo, la veo tan rebuscada, una vida tan al límite, de un engaño tras otro, de verdades a medias, tan lindera con la muerte que me deja un poco vano. Y con una vida tan apasionante, que tal celebridad sea desconocida para su familia, resulta algo chocante.

La autora compensa todo esto, en mi modesta opinión, con una magnífica redacción y con episodios, especialmente de la mitad de la obra en adelante, que son marcadamente cinematográficos y que entretienen, no lo puedo negar.

Y es que ya he podido ver que se prepara una serie de televisión con Movistar + al frente, con toda seguridad va a salir un producto muy apetecible, porque con la condensación de los guiones, Amelia Garayoa va a resultar un atractivo personaje para el telespectador.