sábado, 23 de abril de 2011

WILLIAM ELLWOOD, TOCANDO UNA GUITARRA DE SIETE CUERDAS

Armonía, apacibilidad, sencillez y unos ciertos toque renacentistas y barrocos, hacen de la guitarra de William Ellwood un ejercicio sano para disfrutar de la acústica de sus acordes con el volumen bien alto, sin que nunca tengas la sensación de que está verdaderamente fuerte, o que pueda molestar a nadie, por más que la gente se empeñe en no ser aficionada a la música New Age, cuando en realidad la oyen a diario en cuñas de radio, en anuncios de televisión, o como entrada de programas diversos.

Como ocurre con muchos músicos de New Age, y alguno ha tenido presencia en este blog, parece coincidir un común denominador, y es el disponer de formación académica de estos compositores, amén de la propia musical. En este caso, este guitarrista canadiense llamado William Ellwood, es Licenciado en Psicología, y su biografía nos habla de que tiene una sólida formación complementaria en Teología, Mitología y Astrología.

Con doce años, como le suele suceder a muchos niños, se empeñó en que su padre le comprara una guitarra. Lo que ocurre es que muchos niños se aburren y sus guitarras ocupan armarios o cuelgan de una alcayata en una pared, y Ellwood le fue cogiendo gusto a este instrumento, hasta el punto de que no se quedó ahí.

Sí porque en su indagación por sacarle jugo a los instrumentos de cuerda pulsada llegó al laúd, más antiguo y con menos presencia en la producción musical de nuestros días. El laúd se compone de seis cuerdas dobles y tiene una mayor complejidad sonora que la guitarra y se ha aparejado tradicionalmente a las músicas antiguas y, cómo no, es un instrumento imprescindible para las tunas.

Se aficionó tanto al laúd que quiso llevar el juego sonoro que le ofrecía este instrumento a la guitarra con lo que se diseñó su propia guitarra de siete cuerdas, donde él podía transcribir lo que conseguía con el laúd sin sacrificar nada de lo que expresaba con este.

Existe un sello discográfico llamado Narada, estadounidense, que se ha especializado en nuevas músicas, con gran rigor y calidad, incluso tiene una línea divulgativa dedicada al New Flamenco, del que algún día seguro que dedicaré un tiempo. En este sello hizo su bautismo de fuego William Ellwood, en primer lugar, en 1986 con Openings (un nombre muy sugerente para su ópera prima), para continuar con cuatro discos más hasta 1995. Una producción quizás algo corta, pero que no pierde su vigencia y que aún sigue haciendo las delicias de miles de adeptos hacia este virtuoso de la guitarra.

En la producción de Ellwood se remarca una sólida influencia clásica. Como he dicho al principio evoca sonidos renacentistas y barrocos. De hecho, a medida que fue evolucionando en esta década de estrellato, incorporó otros instrumentos que le daban mayor prestancia y fuerza a esta temática antigua, valiéndose de percusión, teclados, flauta o fagot.

Es muy agradable hacer un recorrido por estas poco menos de cuatro horas de música que componen su carrera, ya que se acentúa la gran calidad de sus trabajos. A mí particularmente me gusta su cuarto disco, Touchstone (literalmente “Piedra de toque”), muy maduro, más moderno que sus predecesores; con el acompañamiento exclusivo del bajo de Ron MacDonald.

Cuando oyes a William Ellwood recuerdas a otro Guillermo, del que seguro que ha bebido, William Ackerman, un grande de las nuevas músicas del que ya hablaré aquí. También tiene influencias de las guitarras de Leo Kottke y el más conocido Ottmar Liebert, sobre todo por su acercamiento al flamenco de vanguardia, algo que se puede apreciar con levedad en Touchstone y también en el último trabajo de Ellwood, Natural Selections.

Geniales son algunas versiones de temas conocidos como Scarborough Fair de Simon y Garfunkel, aunque en realidad esta era una canción popular inglesa; o el no menos conocido California Dreamin' de The Mamas & The Papas, también sucesivamente versionado en su medio siglo de vida.

Con la guitarra de Ellwood la New Age obró una nueva dimensión, con un sonido claro y directo, un cuadro tierno y colorido pero con brochazos, al estilo de un Van Gogh.

viernes, 15 de abril de 2011

"LOS PIQUEROS DE BAILÉN" DE MANUEL LÓPEZ RAMÍREZ

Los que siguen mi blog semanalmente observarán en esta nueva entrada una extraña deriva en su planteamiento. Sí, porque una de las etiquetas temáticas sobre la que más suelo escribir es la de “Vivencias”, es decir, episodios de mi vida pasada que me traen algún buen recuerdo o alguna reflexión vista desde la distancia de este minarete que es 2011. Sin ir más lejos la penúltima entrada, un viaje que hice recientemente a Sevilla, tenía algo de ese carácter retrospectivo.

No obstante, en esta ocasión no voy a tratar sobre un acontecimiento pasado sino sobre uno futuro. Como he comentado en alguna ocasión la virtualidad de estas bitácoras es que te ayudan, desde una perspectiva egoísta, a saber qué estabas haciendo más o menos en cada momento de tu vida reciente, máxime cuando mi intención es que este humilde blog, perdure en el tiempo.

Y bueno, el caso es que ese acontecimiento que va a llegar en mi vida, ha estado madurándose durante mucho tiempo, en compañía de otras personas, integrados todos bajo el nombre (es nuestra ópera prima) de “Pólvora Negra” de la Asociación Histórico – Cultural “Voluntarios de la Batalla de Bailén”. Se trata de la puesta en escena de la obra teatral “Los Piqueros de Bailén”, de Federico de Mendizábal, y que después de un largo proceso de maduración, como los buenos vinos, este sábado 16 de abril, a las 20.30 h., en el Salón de Actos de la Casa de la Cultura de Bailén, verá la luz.

Han sido en torno a un año y medio de ensayos, pero con la sensación de que ha tenido una evolución progresiva, de menos a más. En mi opinión hubo un problema de inicio y es el no haberse puesto una fecha tope, el desconocer cuando llegaría el gran momento. Ese horizonte incierto ha hecho que vayamos al ralentí durante un luengo trecho para acelerar justo en el momento en que supimos que ya se había programado y difundido públicamente la fecha, de esto hace apenas tres meses. Fue cuando sonaron las alarmas, empezaron a trabajar los nervios y a terminar de apuntalarse los guiones que hasta ese momento habían acompañado nuestros ensayos como amigos inseparables, siempre agarrados a ellos.

De hecho, la progresión ha tenido una cierta coherencia en cuanto a los sitios de ensayo, preparativos, tensión, todo ha ido in crescendo. Sin ir más lejos, esas ubicaciones en que hemos ido ensayando han ido variando. Comenzamos en la sede de nuestra Asociación, con sus evidentes limitaciones espaciales, después pasamos al Centro de Adultos, donde ya le tomamos el pulso a un escenario de verdad, para terminar en gloria en el último mes y medio, haciéndolo en la sede real de nuestro inminente estreno, en la Casa de la Cultura.

Como en cualquier manifestación de las relaciones humanas, es inevitable que surjan roces, diferencias de parecer, días en los que las personas no están o no estamos en nuestro mejor momento..., y hemos tenido algunos momentos de crisis que, en todo caso, o se han dormido o se han resuelto, pero al final, nada trascendente, y ello porque todas esas circunstancias estaban motivadas por un fin común: todos queríamos que esto saliera muy bien. Quizá lo único que nos diferencia con otras compañías teatrales, amén de nuestra bisoñez, es que no somos jóvenes, al menos la mayoría; nuestra media de edad es... madura, dejémoslo ahí y, por tanto, resabiados en esta vida, hace que no pasemos ni una y no callemos lo mismo que puede hacer un joven.

En todo caso, mi particular homenaje, aunque no sea el objetivo en sí de esta entrada, es para nuestro Director, Manolo López, que ha mantenido un comportamiento exquisito siempre por encima de nosotros, extremadamente respetuoso y educado, sin entrar en la gresca y lo más importante de todo, ofreciéndonos con absoluta generosidad y cariño toda su sapiencia y bagaje teatral.

Por otro lado, no es gratuito que titule este articulillo atribuyendo a nuestro Manolo la obra “Los Piqueros de Bailén”, evidentemente su adaptación. Desde el principio y hasta el final he venido calificando la obra como un “todo cien”, porque tenía de todo un poco, amor, violencia, humor, drama, alegría, costumbrismo, historia y, sobre todo, patriotismo, sólida exaltación de los valores del pueblo llano como factor determinante de la victoria en la Batalla de Bailén. Sin desmerecer al autor original de la obra, Federico de Mendizábal, Manolo transformó un texto que podría resultar algo tedioso al espectador (no hemos de olvidar que originalmente se trata de un poema épico, pues la mayor parte del mismo se desarrolla en prosa, e insiste en rimas más o menos acertadas) y escrito hace más de media centuria, en una obra más corta que no abandona el espíritu de Mendizábal pero que trata de hacerse atractiva al espectador, a un espectador del siglo XXI y también al cuadro actoral.

No quiero desvelar demasiado de la obra, por si alguien se anima a asistir este próximo sábado, aunque básicamente narra el papel de soldados voluntarios (piqueros) en la Batalla de Bailén, e igualmente la labor que desempeñaron las mujeres para abastecer y avituallar a las tropas en medio de la refriega. La aparición de hechos históricos así como personajes legendarios por todos conocidos, que interactúan con el pueblo le da ese velo proverbial y mítico que imperó con toda seguridad en el corazón de Federico de Mendizábal al escribir este texto. Con momentos para la risa y para el llanto, para la reflexión y para el disfrute.

Hoy más que nunca hay que mirar atrás momentáneamente para recordar ese esfuerzo o sacrificio que todos hemos debido afrontar en mayor o menor medida, y que como nos reclamaba Manolo en el ensayo general, debe traducirse en el disfrute mutuo durante la puesta en escena. Y de cara al espectador se me ocurren un par de consideraciones, por un lado, que no vean en la obra quiénes somos, sino a quién representamos, porque el teatro es eso, contar una historia por personas que dejan de ser ellas mismas durante un rato y, por otro lado, que se dejen llevar por sus sentimientos, que rían, que lloren y que nunca pierdan de vista, al ser una representación histórica que tiene parte de realidad, que en la Batalla de Bailén murieron muchas personas de uno u otro bando, víctimas inocentes, y que nosotros reivindicamos en las recreaciones y aquí también que no hay que olvidar ese pasado, la historia es la que es y no se la puede juzgar, pero trasladamos que jamás la guerra puede ser la solución para acabar con un conflicto.

Por cierto, que he querido ilustrar estos párrafos con algunas imágenes que ya forman parte del recuerdo de los que hemos participado en este proyecto, largo pero fructífero a la par. He escogido una foto muy potente de las que nos hizo Ana Martínez, la hija de Francisco Martínez Balbuena y que nos dispuso a todos por un día como inopinados modelos. Igualmente los diseños previos, uno de ellos inédito, de mi buen amigo Miguel Ángel Angosto y que luego devinieron en el cartel definitivo que todos conocemos.

Tan sólo queda que disfrutemos todos, los de dentro y los de fuera, en todo caso, intentaremos que todo salga bien aunque no somos profesionales y es obvio que puede haber fallos; hay que ver la escenificación como un todo, no como una parte. Y reitero lo de nuestro amateurismo, porque pocos tienen un recorrido amplio en escena, yo particularmente tuve hace un cuarto de siglo, o sea ayer mismo, mi única aparición en un teatro, cuando en el Instituto representé una tragedia griega, “Alcestes” de Eurípides. En ella hacía del anciano Feres, a buen seguro que mi gran amigo Vicente Fraile, seguidor de este blog, se acuerda, él hizo el papel estelar del joven Eumelo.

Quedarán frases para el recuerdo de esa recalcitrante, pedante y a veces algo cursi pluma de Mendizábal, como mi “¡Qué sola está la aurora rompiendo el día!, u otras no menos sonoras como la “ínclita arrogancia”, o una de mis favoritas por lo rebuscada, que dice “En el cielo se yerguen hoy verticales, ángeles con espadas de luz, triunfales”.

En fin, no creo que haya otra manera de terminar, aunque sea lo habitual que ¡mucha mierda!

sábado, 9 de abril de 2011

SEVILLA Y LA SEVILLANÍA

No he ido muchas veces a Sevilla a lo largo de mi vida y las pocas que he ido lo he hecho de forma fugaz, “a calzón quitado” como se puede decir y sin tiempo para degustar las maravillas y la idiosincrasia de la capital andaluza.

Hace muy poco y por razones personales – familiares tuve que realizar con mi mujer un viajecito a Sevilla, para realizar una importante gestión para mi vida futura, y una vez resuelta pudimos disponer de la mayor parte del día para pasear por esta gran ciudad de la que apenas conocía lo principal y menos.

Quizá por ese velo de la capitalidad de nuestra región, la gente de provincias tenemos un concepto distorsionado de los habitantes de Sevilla, al igual que lo tenemos de los habitantes de Madrid. Por un oscuro misterio pensamos que los sevillanos o los madrileños son más chulos o más creídos porque tienen de todo y pueden presumir de ello, creo que esto nos pasa a todos y entiendo que no tiene mayor fundamento que el de temer que te vas a perder en la gran ciudad y que sus habitantes te van a engullir.

Es evidente que cuando uno pasea por las calles de Sevilla o Madrid, o Nueva York, nadie le va preguntando de dónde es, ni sus vecinos van con un cartel que diga “que soy de la gran urbe, ten cuidado conmigo”. Y tal vez esa falsa máscara que nos colocamos nos impide a veces llegar a la gente de la calle, a los habitantes reales de esas ciudades que no son ni más ni menos que como cualquier mortal.

Un día algo gris y amenazando lluvia acompañó nuestro paseo por las calles, cuyo primer destino era, como no podía ser de otro modo, la Giralda, ese monumento que ejerce de singular núcleo gravitatorio de la actividad comercial y turística de la capital hispalense. Esa majestuosa torre presidiendo la Catedral es, ha sido y será objetivo de millones de cámaras fotográficas que inmortalizan la esencia monumental de esta ciudad. Aparte, las calles que desembocan en la Giralda, repletas de extranjeros con mochila al hombro y mapa en la mano, se vertebran bulliciosas, femeninas y con su entrañable ambiente mezcla de pueblo y antigüedad, ofreciendo al paseante una sensación de paz y tranquilidad en medio del ruido, difícil de expresar. A propósito, muy bonito el entorno de la Giralda y, especialmente, la prohibición de acceso a vehículos, permitiéndose sólo los coches de caballos, las bicicletas y un tranvía que le da un aire sencillamente bohemio a esa zona.

Llegando la hora de comer había que buscar fonda para avituallarse y soy muy dado a no complicarme la vida y aspiro a un simple menú, porque no me gusta demasiado que me sorprendan con facturas atravesadas con un sable. No obstante, esta vez me dejé llevar por mi esposa que se empeñó, y al final acertó, en que aprovecháramos tan singular jornada para ingresar en el tapeo sevillano.

Surgió la duda, a mí siempre me surge cuando no conozco nada, de adónde acudir más que para acertar, para no fallar, para que el lugar elegido no estuviera especializado en “sablazos”. Nos dejamos llevar por la fortuna y quizá como único criterio el apostar por un establecimiento que tuviera concurrencia autóctona, por aquello de que “donde fueres haz lo que vieres”, o por analogía aquello de que “cuando estás en carretera párate a comer donde veas muchos camiones aparcados”.

Pues allí nos metimos en el Bar La Sevillanía, en el casco antiguo y castizo de Sevilla, y rápidamente percibimos que habíamos dado en la tecla. Es de ese tipo de bares pequeñitos con una buena terraza fuera y con muchos camareros que se muestran serviciales, pero sin agobiar, y que te venden sus productos con salero. Unas cañitas con sus tapas aparte (que no van incluidas en el precio de la caña como en nuestra provincia de Jaén) nos repusieron ampliamente de la caminata matutina: arroz caldoso, albóndigas de choco, croquetas, boquerones, paella..., una extensa retahíla de tapas que era anunciada por los camareros con toda suerte de calificativos, “boquerones, muy ricos y frescos”, para que al cliente se le hiciera la boca agua.

Al poco entró un vendedor de la ONCE que se sentó a nuestro lado, un sevillano propio que era claramente un fijo del bar, porque apenas sentarse ya le estaban sirviendo y lo trataban por su nombre. En esta que los varios camareros del bar mantenían un ambiente muy simpático entre ellos mismos, esa camaradería, ese compañerismo que debe imperar en las relaciones humanas y profesionales, pero que en un oficio y en un lugar como ese, de cara al público, es más necesario. Estos camareros se reían de su estampa, hacían bromas a sus compañeros, era como un teatro en vivo en el que sólo tenías que esperar a que cualquiera de ellos saltara con algún golpe gracioso, en ningún caso forzado, para hacerte sonreír y que se tornara más placentero aun, este mandamiento nacional de la caña y el tapeo.

Entonces uno de los camareros más jóvenes tuvo la ocurrencia de pedir al de la ONCE un número al azar. Yo desconocía hasta ese momento, no juego mucho, que la máquina que llevan estos vendedores te proporciona cualquier número de tus sueños en el instante. Y el número que elige es el 00005, además pide dos, entonces sus compañeros que están al quite y por si no tuvieran ya motivos para la sorna con ambiente tan gracioso, consiguen un nuevo elemento para el chiste, el cachondeo y la socarronería. Que si no te toca, que si te toca qué vas a hacer, que ese no sale, que cómo has sido capaz de pedir ese número, y luego ya alguno un poco mosca le dijo “vamos a medias”, pero el joven, que naranjas de la China. En vista del fracaso de las negociaciones uno de los que más había pujado al joven, se le ocurre pedir otro número al vendedor, “el año de mi nacimiento, el 1962”, señala el camarero, y también compra dos boletos a medias con otro compañero. Y nuevamente cachondeo, risas e intentos de intercambiar ambos números. En fin, un rato agradabilísimo y que no podía ser más acorde con el nombre del lugar en el que estábamos, el bar se llamaba La Sevillanía, y creo que en ese punto me convencí de lo que la gente llama sevillanía.

Y no acaba ahí todo, porque cuando nos íbamos, por cierto no nos clavaron de ahí que acertáramos de pleno, no me pude resistir y pedí un número yo también para que los camareros se dieran cuenta y siguieran con la gracia el resto de la jornada después de que nosotros nos hubiéramos ido, era una manera de que me recordaran si hubiera tocado y, por supuesto, el número tenía que ser singular y fácil de recordar, el 44444.

Por la tarde seguimos disfrutando de esta Sevilla con tantos rincones donde inspirarse, primero a tomarse un cafelito y lo hicimos en una de esas plataformas flotantes que están ancladas en el río Guadalquivir, muy cerquita del Puente de Triana; además aprovechamos que empezó a llover un poco y nos resguardamos un rato, casi sesteé. Por cierto que a pocos metros de ese Puente se alza un engendro denominado el Monumento a la tolerancia de Eduardo Chillida, confieso que primero lo vi, después opiné, “menuda caca”, una serie de bloques de hormigón ensamblados sin ningún gusto artístico desde mi punto de vista de lego en la materia, y por último, vi quién era el autor. Y claro, esto me lleva a la reflexión de que como ocurre en cualquier campo artístico vale más el nombre y la fama que lo que haces, y a muchos artistas les pasa eso, se hacen célebres y ya da lo mismo lo que publiquen, pinten, dirijan, decoren o esculpan, que si lo hace cualquier persona anónima dirán que es una mierda y si lo hace Chillida dirán que es una obra de arte.

Prolongamos nuestro paseo por el margen del Guadalquivir que llega hasta la Torre del Oro, otro punto insigne y obligado de la Sevilla de siempre; tras ello nos trasladamos a la Antigua Fábrica de Tabacos que hoy es la Universidad de Sevilla. Me trae buenos recuerdos el paseo por un edificio de antaño convertido en universidad, me evoca mis años mozos en Granada, cuando uno se sentía un privilegiado al estar en un aula donde muchas generaciones de estudiantes, algunos de ellos figuras a la postre de la jurisprudencia, habían estado recibiendo lecciones magistrales en tiempos pretéritos.

No obstante, lo que en realidad estaba yo buscando con ese largo paseo, era que nos orientáramos hacia el monumento que más me gusta de Sevilla, la Plaza de España, esa maravilla de la arquitectura relativamente moderna que es una poesía al arte y la esencia de lo andaluz. ¡Cuánta gente habrá acudido allí durante décadas para sentarse en el banco de su provincia y para tomarse la correspondiente foto! Y, ya saben, el banco de Bailén es “La Batalla de Bailén”, de Casado del Alisal.

Culminamos el día con un breve garbeo por la Judería sevillana que yo jamás había pisado, nuevamente parecíamos perdidos en un pueblito andaluz con sus casas bajas, sus macetas en las puertas y el caminar de la gente que se volvía más pausado, más acorde con la sensación de paz que destilaba esta zona.

¡Bella Sevilla y qué grande su sevillanía!

No sé por qué, pero tenía el pálpito de que el rollo de los números en el Bar La Sevillanía tendría su secuela. El sorteo correspondía al viernes 4 de marzo, y a la mañana siguiente comprobé en el teletexto, más que nada por si terminaba en 4, pero ¡oh sorpresa, el número premiado fue el 61962! Así que dos de los camareros del Bar La Sevillanía recibieron ese mismo día un premio por haber nacido en 1962 y seiscientos euros por cada uno de los dos boletos que llevaban.

Espero que si alguna vez leen esto se acuerden de que yo fui “er notas” del 44444.

domingo, 3 de abril de 2011

EL GRAND NATIONAL, CABALLOS A TUMBA ABIERTA

Recuerdo hace años, cuando sólo existía una sola cadena de televisión, que una vez al año, un sábado, un poquito antes de que comenzara la película de las tardes, aquellas añoradas “Primera sesión” o “Sesión de tarde”, y justo después del Telediario conectaban con un hipódromo inglés para retransmitir una carrera hípica de obstáculos bastante pintoresca, era el anticipo del buen tiempo que nos anunciaba la primavera recién llegada.

Y digo pintoresca o curiosa, al menos, porque veías como en cada obstáculo algún jinete perdía su montura, o varios a la vez, y en la carrera se observaba a caballos sueltos acercándose a las primeras posiciones, incluso colocándose en cabeza y, desde luego, mi afán era el de animar al caballo suelto para que finalmente ganara, aunque es obvio que no era así, pues le faltaba la mitad del binomio.

Se trataba y se trata del Grand National, la carrera hípica de saltos más famosa y popular del mundo que cada año se celebra en el mes de abril en el Hipódromo de Aintree a las afueras de Liverpool. El próximo sábado 9 de abril tendrá lugar la edición de este año 2011; todo un acontecimiento deportivo, pero también social que acapara la atención de los aficionados de las Islas, pues se calcula que uno de cada tres adultos británicos apostará en esta carrera.

Y es social también, porque el boato y la parafernalia de los británicos adquieren su punto de inflexión en este próximo fin de semana, ya que como es de imaginar el acontecimiento no se ciñe a los poco más de nueve minutos que dura la carrera, existe todo un aperitivo previo en ese amplio fin de semana. El jueves, el “Liverpool Day”, se corren carreras de promoción para que la gente vaya entrando en calor. El viernes es el “Ladies Day”, las tribunas se inundan de bellas damas ataviadas con sus mejores modelos, rematadas con sus inconfundibles y llamativos sombreros y pamelas; una cita poco casual, pues un jurado elige a la mujer más elegante y el premio es un nada despreciable cochazo.

Y, por fin, llega el sábado, una tradición que se remonta al siglo XVIII cuando se fueron cercando los campos ingleses, y los cazadores a caballos tenían que especializar a sus animales en estos obstáculos que, cada poco, se iban interponiendo en su recorrido en pos de la pieza soñada. En 1839 fue cuando en Aintree, que era un inmenso erial, se organizó el primer Grand National, que atravesaba varias huertas de los alrededores de Liverpool.

No es la carrera con más ganancias del mundo, pero sí la más mítica. Los caballos y sus jinetes deben dar dos vueltas al hipódromo, en el primer paso saltan dieciséis obstáculos, en el segundo catorce; en total 7.200 metros. Sobresalen por su espectacularidad el Salto de la Ría, que en los albores de esta carrera era un muro de piedra, igualmente La Silla y el más famoso de todos, el Becher's Brook, un fabuloso obstáculo rematado como todas las vallas del circuito con ramas de abeto (20.000 libras cuesta adornar los vallados), donde los caballos tienen que sobrepasar 1'47 metros, pero lo fuerte está por venir porque el desnivel al otro lado es de 2'44 metros, en definitiva, un mastodóntico titán que impresiona a propios y extraños por más que se vea saltar a los caballos y “aterrizar” a continuación año tras año.

Cada salto es un poema y en cada uno de ellos suele haber caídas, a veces muy peligrosas, y eso es lo que caracteriza al Grand Nacional, pues el curso de los acontecimientos puede cambiar radicalmente en cada salto, pues los que van delante pueden caer y perder de un plumazo sus opciones. Y todo esto con un peligro implícito, de hecho, la organización tuvo que replantearse hace años el número de caballos en liza, ante la presión de las protectoras de animales; así de setenta caballos que hubo históricamente, ya se ha pasado a algo más de cuarenta. No obstante, no es extraño que haya accidentes graves y que, en alguna ocasión, se haya podido presenciar caballos agonizando en la pista, u otros que tras haberse liberado del jinete corren desbocados y sin control, con todo el riesgo que ello conlleva. En fin, que no se diga que sólo somos los españoles los que maltratamos a los animales, a los toros, y me reservo mi opinión al respecto; en carreras como esta los británicos no pueden presumir de que los equinos estén exentos de peligro.

Bueno, centrándonos en esta carrera tan espectacular, tantísimas ediciones han dado lugar, como es lógico a un extenso anecdotario y a pequeñas historias que la han hecho tan mítica y distinguida. De las más simpáticas anécdotas está la siguiente, y es que existe un obstáculo, el “Foinavon” que es el más pequeño de todos con 1'47 metros, pero en 1967 los caballos que iban encabezando la carrera se cayeron allí, en realidad, se organizó una grandísima melé de más de treinta caballos delante del obstáculo y el caballo Foinavon que iba, en ese momento, bastante retrasado, aprovechó el desconcierto y se impuso finalmente; una de las victorias más sorpresivas que se recuerdan, hasta el punto de que el propietario del caballo ni siquiera fue a ver la carrera confiado en las nulas posibilidades de su corcel. Desde entonces se le llama “Foinavon” al obstáculo más bajito del hipódromo.

Desde 1967 no se producía un sorpresón de estas proporciones, pero hace dos años, en 2009, ocurrió y venció Mon Mome, que en las apuestas andaba por 100/1, es decir que cualquier apostante multiplicó por cien sus ganancias tras este sonado triunfo.

El caballo que ha repetido más victorias es Red Rum, en las ediciones de 1973, 1974 y 1977, nadie ha podido repetir esta hazaña. Sí que ha habido caballos que han ganado en dos ocasiones.

El ganador del año pasado “Don´t Push It” que era de los grandes favoritos, estaba montado por el jinete norirlandés Tony McKoy, uno de los más reputados jockeys del Reino Unido, con muchísimas victorias en su haber pero en otras carreras; fue a la decimoquinta cuando fue la vencida, después de catorce participaciones en el Grand National sin éxito.

He de decir que no soy un apasionado de la hípica y sigo a cierta distancia sus competiciones, quizá me centro más cuando hay Juegos Olímpicos, pero para un profano en la materia siempre le llama la atención los nombres de los caballos de carreras, todo un ejercicio de imaginación, entiendo que porque los caballos no son como los perros que los llamas y vienen, y por el mismo precio se prefiere poner un nombre sonoro que se le quede en la mente al público en general, incluidos apostantes que pueden hacer sus envites hacia Lou D'Elbeuf, La Mouche, Cielo Canarias, American Gangster, Harry Can Say, Blackberry Boy, o Hello Kitty..., este último me lo acabo de inventar, pero el resto son purasangres que compiten en hipódromos de nuestro país.

Como ya se sabe, los británicos son aficionadísimos a las apuestas y, por supuesto, éstas se pueden hacer por Internet. Por lo que he estado viendo, aunque las apuestas son cambiantes, los favoritos para el Grand National 2011 son The Midnight Club, What a Friend y Backstage. El vencedor de año pasado Don't Push It, participará nuevamente pero los pronósticos no presumen que vaya a repetir el triunfo, pues hay una decena de caballos por encima de este en las apuestas.