sábado, 28 de marzo de 2015

BLACKMORE'S NIGHT, EL MEJOR POP-ROCK MEDIEVAL DE LA HISTORIA

Depende del tema que escuches por primera vez de este grupo podrás definir sesgadamente el estilo musical que promueve, por eso no te quedes ahí, si te ha gustado al menos una canción de tres o cuatro, lo cual es muy probable, porque son muy buenos, sigue escuchando ya que ampliarás el horizonte de ese estilo musical que, tal vez, has fijado precipitadamente.

Se pueden presentar como una banda de pop-rock medieval (renacentista si se quiere), ahí es nada, pero es mucho más, es folk, es New Age, hasta un poco de heavy..., datos estos que nos ayudarán a entender la proyección de los Blackmore's Night.

Este grupo nace de la comunión de intereses del británico Ritchie Blackmore, exguitarrista y uno de los fundadores de la mítica banda Deep Purple, casi nada al aparato, y la neoyorquina Candice Night, vocalista y multiinstrumentista. Por cierto que el nombre del grupo es un bonito juego de palabras formados por los apellidos de ambos, pareja profesional y también sentimental, pese a que los separan nada menos que veintiséis años. Ambos se conocieron con ocasión de un partido de fútbol en el que jugaban los integrantes de la formación de Deep Purple y un grupo de periodistas, Candice estaba vinculada a una cadena de radio y le pidió un autógrafo al famoso Ritchie e intercambiaron algo más que una firma, así gustos musicales, aficiones... Fue el comienzo de una grandísima amistad, y de hecho, Candice llegó a hacer sus pinitos con Deep Purple.

Ritchie Blackmore llegaría a separarse de su banda matriz y en 1997 emprendería un proyecto diferente con Candice Night, basado en una serie de rasgos que lo hacían y lo siguen haciendo diferente a algo que hubiera en el mercado musical hasta ese instante.

En una entrevista a la bella Candice (fue modelo en su juventud) definió su música de forma inversa, no lo que es y representa Blackmore's Night sino lo que no puede ser en ningún caso, en este sentido, nada de rap, hip-hop o death metal. En realidad, el que busque música melódica, con toques mágicos y místicos, bañada con algo de historia, cuentan muchas historias en sus letras, pues aquí tiene su enganche.

Desde ese ya lejano 1997 esta pareja fijó sus criterios, su estilo y se abonó a una manera distinta de hacer música, diferente no sólo en cuanto al concepto, sino también ineludiblemente en cuanto a las formas. Sus ropas asemejan a las antiguas; sus escenarios no son sólo lo que hay detrás de ellos, sino que acuden a lugares cargados de magia, no llenan grandes estadios, sino castillos, prados al aire libre, muchas veces en el marco de festivales medievales; se valen también de instrumentos antiguos tales como mandolinas, mandolas, zanfoñas, flautas dulces, cornamusas, panderetas, gaitas... Les encanta el directo y la conexión con el público.

Es evidente que no son un grupo de masas, pero tiene un público fidelísimo, especialmente nutrido en Gran Bretaña, en el centro de Europa y un poquito Estados Unidos. Lamentablemente en nuestro país su presencia es prácticamente testimonial, pues acudieron casi al principio de su existencia y hace ya más de quince años que no han vuelto; y eso que en España también tienen su público, limitado pero también escogido, de hecho existe un club de fans que en Facebook cuenta con algo más de mil personas.

El dúo se acompaña por no menos de cinco músicos, que han ido variando a lo largo del tiempo y de las épocas, y que en todo caso, le aportan un grado de actualización que es obligado en este grupo para no quedarse estancados y para ofrecer su esencia sin caer en el aburrimiento, como una manera de estas siempre renovados; por cierto, tan convencidos y ambientados como sus propios creadores, un elenco muy singular.

La fuerza de los Blackmore's Night reside en el binomio música – voz. La música es tan preponderante que muchas de sus composiciones son sin letra, las hay y son arrolladoras. No obstante, cuando esas composiciones llevan letras, letras que por cierto tienen también un matiz histórico y poético a la vez, entonces surge con fuerza la voz sublime de Candice, que ha ido progresando con el tiempo, ella es Blackmore's Night, si ella no estuviera en el futuro, difícilmente este grupo tendría sentido. Es una voz melodiosa, dulce, cálida, encantadora..., aparte de que también se vale de coros femeninos que sustentan sus tonadas.

Este proyecto musical pretende, por otra parte, llevar una vida pareja con lo que trasladan en sus canciones y su entorno, se dedican a obras sociales e intentan llevar una existencia, al menos el matrimonio, lo más normal posible y alejada de los agobios del estrellato.

Hasta dónde va a llegar Blackmore's Night es algo que obviamente dirá el tiempo, desde luego dependerá muy mucho de las fuerzas de Ritchie Night que está a punto de cumplir setenta años. No obstante, parece que ya se está preparando el futuro, al menos el de Candice, que aún está en la flor de la vida y que por cierto que dio a luz hace cuatro años, cuando tenía cuarenta, a una rubicunda niña. Efectivamente, su marido le compuso un disco en 2011, Reflections, con muchos guiños a Blackmore's Night, luego hay cuerda para rato por ahí.

Aquel que piense que es un grupo ñoño y un tanto anticuado, no tiene más que escucharlos, son muy actuales, los sonidos son medievales, pero el ritmo es de ahora, rock, pop y más allá, para bailar, para saltar y disfrutar, tienen un directo muy potente.

Por cierto que hace unas semanas llevaba puesta esta música en el coche y venía conmigo un sobrino veinteañero que puso la antena rápido, y me quiso dar a entender que le molaba mucho lo que escuchaba y se interesó rápidamente por saber quién había detrás de semejante música tan peculiar.

sábado, 21 de marzo de 2015

"VENIRSE ARRIBA", DE BORJA COBEAGA Y DIEGO SAN JOSÉ

Alentados por el indiscutible éxito de «Ocho apellidos vascos» del que Borja Cobeaga y Diego San José son los padres de su guión, esta pareja con una dilatada trayectoria en el cine y la televisión, ya que han estado detrás de muchos programas de humor, sobre todo de la televisión pública vasca, llegan ahora con esta novela fresca, desenfadada y simpática, que como premisa cumple algo muy importante en la literatura, que sea entretenida.

No sé si este tándem es ahora el equipo de guionistas con más trabajo de España, sobre todo porque las productoras están buscando las secuelas de la gran película de 2014, más aclamada por el público (la película española más taquillera de la historia del cine de nuestro país) que por la crítica y los académicos del cine, que sólo premiaron con tres goyas a esta cinta. Lo que sí es verdad es que Cobeaga y San José están de dulce y tienen que aprovecharlo para su bien y para el de sus seguidores que esperan ansiosos a que sigan convirtiendo en oro todo lo que tocan.

Y no sólo es una novela entretenida, que se deja leer, hay algo muy importante más allá del valor literario y es que, siendo una novela un tanto gamberra, pues te ríes bastante mientras la lees, se destila mucho humor inteligente, no hay chiste fácil ni trillado, y eso es mucho de agradecer.

Que nadie espere que sea un novelón con un inmaculado tratamiento del castellano, y es que sus personajes se expresan como tú y como yo cada día. Aunque se cuida la narrativa y el vocabulario, la predominancia de los diálogos con muchos giros actuales ya nos dice qué es lo que vamos a leer, toda una comedia.

Pues eso, en esa ola buena que han cogido Cobeaga y San José, son capaces de configurar esta comedia escrita que nace para alegrar la vida a cualquiera durante varios ratos. El libro se lee fácil, no querrás que pasen muchas jornadas sin meterle mano y nos permite no sólo unas risas, sino que te imagines, como pocos libros, en tu mente cómo serían físicamente los personajes principales.

La historia se sucede en Ámsterdam donde Miguel, un joven asturiano, que está de erasmus, comparte piso con Fernando, un onubense. Todo circula con aparente placidez, Fernando le da al pelo y a la pluma, y Miguel aspira a terminar de camelarse a una potente francesita, Marion. No obstante, entrará en escena Jesús, el padre de Miguel, un parado prematuro de la minería asturiana, al más puro estilo «Los lunes al sol», que decide rematar los pocos ahorros que le quedan para cambiar el ciclo de una vida aburrida y sin destino, divorciado y con el único aliciente de visitar cada día una sidrería de Mieres adonde se encuentra con una basca de iguales.

Pero Jesús no llega a Ámsterdam para servir de apoyo a su hijo, va un poco a la aventura, a saco, y su peculiar personalidad lo pondrá en un aprieto no pocas veces. En primer lugar, porque el idioma es un obstáculo, sólo se puede entender con españoles o con quienes hablan español (los erasmus se comunican en inglés), y por otro lado, porque lejos de ayudar a su hijo no hace más que ocasionarle problemas.

A partir de ahí comienza lo bueno, todo es un puro enredo. A Miguel no le terminan de salir bien sus planes, y ve cómo sus evoluciones con Marion son muy ambiguas; la quiere, se quieren, sí y no, no y sí, pues cada uno tiene sus parejas respectivas en sus países de origen, y romper no será tan fácil, al menos para la gabacha, y encima el novio de esta se presenta en Ámsterdam pidiéndole ayuda a Miguel para que le sustente la sorpresa, ahí es nada. Su padre, mientras tanto, tampoco colabora demasiado, lo que iba a ser una visita casi de fin de semana, y una salida forzada, se pospone sine díe.

Las intensas salidas del padre son antológicas, entre que no se entera y que todo lo ve con su exclusivo prisma, pues no para de liarla y estar en todos los fregados. Con su exmujer, con Fernando el compañero de piso, con el dueño de un restaurante español venido a menos, o con sus amigos de la sidrería de Mieres con los que se comunica a través de correo electrónico, haciendo sufrir al teclado del portátil de su hijo, todo hay que decirlo. Para Jesús no hay límites, no hay fortaleza que se le resista en ese extraño mundo centroeuropeo, ni tan siquiera un cuadro de Van Gogh, que por qué no cogerlo prestado de un museo para que decore la habitación de su hijo, al que por cierto, se empeña en llamarle Chusmi, pese a que el joven Miguel se opone y terminará por dejarlo por imposible.

Pues nada, que el protagonismo del padre no cesará, en una paranoia irrefrenable, intentando solucionar el mundo a su manera, por un lado, su destino sin su exmujer, capitulo este del que debe «pasar página», y por otro, debe tratar a la vez de congraciarse con su hijo, intentando que este cace definitivamente a Marion aunque sea lo último que haga en esta vida.

El final es apoteósico, pero esbozo solo unos detallitos: Cobro de la indemnización de la mina, Bruselas, Eurovisión, Melendi y pasamos página...

¿Final feliz o infeliz? Es la vida misma, y no creo que el objetivo del libro fuera buscar el mejor final para sus protagonistas, tal vez esto le podría ocurrir a cualquiera, sin la espectacularidad de lo novelesco, pero al final es una historia de encuentros y desencuentros, éxitos y decepciones, amores y desamores. Lo sustancial es el nudo de la historia y su desenlace por encima del después de sus personajes, todo ello verdaderamente para reírse y sonreírse relajadamente; por eso digo que esta obrita merece mucho la pena para desencajar un poquillo las mandíbulas.

La historia en sí sería un perfecto guión cinematográfico, se nota que los autores saben de qué va esto; aunque curiosamente he notado cierta similitud temática con la recién estrenada película «Perdiendo el norte» de Nacho G. Velilla, que también habla de la experiencia de estudiantes españoles en Alemania.

Más allá de eso, incluso tendría mucho más éxito y vidilla la historia posterior del exminero Jesús, en su venturosa nueva vida en la capital de Holanda, regentando una renovada sidrería en el centro de la bulliciosa ciudad de los canales, me la imagino como una taberna parecida a la de la mítica serie «Los Serrano», y el papel de Jesús bien podría ser el mismo Antonio Resines, o incluso Karra Elejalde, que realmente mientras iba leyendo el libro y en la particular imagen que me he formado en mi mente de sus personajes, siempre he imaginado a Karra Elejalde haciendo el ganso.

En definitiva, un libro para disfrutarlo, para echar varios ratos muy agradables, y para compartir la cantidad de pequeños chistes insertados en esta novelita con el perfil de humor inteligente propio de El club de la comedia y todas sus versiones monologuistas. Mi querida hermana me lo regaló esta Navidad, porque lo recomendaban como grajea de risoterapia, especialmente en un momento personal un tanto delicado por el que yo atravesaba.

sábado, 14 de marzo de 2015

MACGYVER, ESE SUPERHOMBRE MODERNO AL QUE DESEARÍAS TENER COMO AMIGO

Bienvenidos a la serie del hombre perfecto, especialista en todo lo habido y por haber: médico, arqueólogo, botánico, ecologista, químico, mecánico, manitas por antonomasia... y mucho más, una larga lista que amontona MacGyver, este superhombre de la calle que con su aspecto de hippy y un tanto bobalicón, era capaz de conseguir todo lo que se propusiera, haciendo uso de unas cualidades especiales, en una reinterpretación del viejo concepto de la eficiencia de los recursos escasos, considerando que a veces apenas contaba con su inseparable navaja suiza.

No hace mucho leí a un bloguero escribir en un tono un tanto socarrón más de cincuenta calificativos acerca de las «especialidades», yo diría que casi infinitas de este individuo. Y es que a lo largo de los casi ciento cuarenta capítulos de esta exitosa serie, a este mítico personaje le da tiempo a mostrarnos sus virtudes en casi cualquier cosa; por eso, aunque este bloguero sarcástico me podría parecer que exageraba en un principio, llevaba mucha pero que muchísima razón.

Y es que no debemos darle demasiadas vueltas, MacGyver también es una revisión del concepto de superhéroe o de caballero andante, un superhéroe moderno, que con herramientas que tú tienes en tu casa, él es capaz de salvar la humanidad, como también a viejecitas desvalidas, a bosques acosados por la presión urbanística, o a jóvenes con vidas descarriadas.

Si la serie la ves de semana en semana, se te hacía entretenida, doméstica, apacible; pero si te cargas algunos capítulos de una vez, como yo he hecho recientemente, este MacGyver termina por ser un poco repelente, vomitivo hasta cierto punto. No se puede ser tan perfecto, ni por ende, tener unos enemigos tan imbéciles.

Y es que MacGyver trabaja para una extraña fundación filantrópica, la Fundación Phoenix, cuya base es la defensa medioambiental de la humanidad, pero es por analogía también una entidad dedicada a deshacer entuertos, a colaborar en la paz mundial y equis miles de cosas... buenas, porque era una fundación al estilo de su personaje, un comodín de actividades para dar cobertura al genio macgyveriano.

Pero, a ver, centrémonos, Televisión Española la compró para la tarde de los sábados, cuando entonces no nos asaeteaba con películas de Paco Martínez Soria o Manolo Escobar, y había que pensar en un producto que no alterara a las masas, fundamentalmente para la familia al completo, mayores, jóvenes y niños, que eran un colectivo que nuestra televisión pública, la única hace veinticinco años, consideraba que era a quien se debía destinar el producto, por tanto, debía ser algo para todos los públicos, con escasa o nula violencia, con acción, toques de comedia, y por supuesto, final feliz, para que nadie estuviera angustiado durante la semana. Y la serie tenía todos esos ingredientes, para empezar, a MacGyver nunca se le vio empuñar un arma de fuego, era su principio fundamental, y otro también era que aunque se defendía nunca mataba a nadie (si alguna moría era por su propia maldad o de forma fortuita).

No obstante, y fuera de toda esta declaración de principios, MacGyver funcionaba porque era el supermanitas, el hombre que todo chapuzas tuercetornillos como yo desearía tener como amigo. La expectación iba creciendo a medida que avanzaba cada capítulo, pues generalmente el genio solía hacer uso de sus trucos al final de cada uno de ellos. Era cuando se valía de esos «recursos escasos» y era capaz de hallar una solución en segundos para convertir el caos en luz.

Y es que hay que ser sincero, los enemigos de MacGyver tenían porte, cara de malos malísimos, procedimientos deleznables, intereses aviesos y escasísimos principios, pero todo ese esfuerzo de fachada no tenía transferencia en la cabeza, pues todos sin excepción carecían de la más mínima inteligencia o raciocinio, y es que cuando podían liquidar a su peor adversario con facilidad, metiéndole un balazo sin más, invariablemente lo solían encerrar en alguna habitación o almacén donde había de todo para que el hombre perfecto lograra una artimaña, muchas veces acuciado por el tiempo, y saliera con suficiente energía para doblegar a sus captores.

Y es que la secuencia en la mayoría de los capítulos era muy similar, era una especie de sube y baja, primero daba él, luego daban los malos y finalmente él remataba la faena, y en todo ese intercambio, pues MacGyver sufrió más estocadas que un torero: le disparan, se queda ciego, cojo, manco, sordo..., pero como tenía más vidas que un gato, en el capítulo siguiente había recargado las pilas como si de un héroe de videojuego se tratara, el cual se reiniciaba cada semana.

Ni que decir tiene que la serie fue y seguirá siendo por mucho tiempo, una de las más populares en el mundo entero. En España se sigue hablando de MacGyver cada día, como una especie de mito, para comparar a aquel individuo que con medios escasos es capaz de conseguir una máximo rendimiento. Y y no pocos fueron los chistes que se hicieron con MacGyver, recuerdo aquel que decía que era capaz de construir un transatlántico con un clip y que encima le sobraban piezas.

Lo sorprendente de todo este éxito es que, bajo mi punto de vista, no era para tanto; pues quitando la primera temporada y la segunda, donde se despertó interés por los trucos de su protagonista y donde se prodigaba bastante con su ingenio y astucia, las temporadas posteriores fueron un poco aburridas, y los trucos nada trabajados. De hecho, había menos acción que lo que la gente se piensa, mucho diálogo pesado y que no hacía más que llenar el tiempo hasta la traca final.

Tampoco se puede decir que contara con un gran presupuesto esta producción, y esta también es una apreciación personal. Hay que decir que uno de los capítulos donde las productoras tienen que invertir más dinero es en las personas, los extras, algo nada baladí y que impide, por ejemplo, que se desarrollen series de temática deportiva, ya que de momento necesitarías mucha gente para llenar un estadio (si no observen en alguna serie española algún partido de fútbol o de baloncesto, no hay nadie viéndolo). En MacGyver ocurría esto, poca gente en cada capítulo y escenarios un tanto solitarios para no tener que llenar con gente, de hay que hubiera gran profusión de talleres, garajes, naves industriales, espacios al aire libre..., de hecho, muy pocas veces vimos a MacGyver en medio de una gran ciudad.

En esos escenarios al aire libre, a veces, en lugares inexistentes y países inventados, ocurrió si no recuerdo mal en la primera temporada un ejemplo claro de que entre Estados Unidos y el resto del mundo y España en particular nos separan, aparte de unos miles de kilómetros, un abismo de conocimientos. En aquel célebre capítulo MacGyver acudía al rescate de una científica al País Vasco, donde una especie de grupo armado sudamericano, ataviado con chapelas, descamisados y con costumbres algo primitivas, nos quería dar la sensación de que era otra cosa, en una comparación absurda, sobre todo en aquellos años 90 del siglo pasado.

La serie se remataba con un matiz un tanto cutrecillo, y es que si el bueno de Richard Dean Anderson, que era el actor que encarnaba al personaje, pues atesoraba tantas virtudes, encima era un rompecorazones y en cada capítulo hacía una conquista, poco más o menos que tenía en cada episodio una nueva novia, como marinero en cada puerto. Y de verdad, esa deriva un poco machista, pues a mí no me gustaba nada, sobre todo porque cuando yo veía la serie me las veía y me las deseaba para hacer mis pinitos con las muchachas, y al MacGyver este le daba tiempo en tres cuartos de hora, a fabricar una bomba, salvar el mundo y encima enrollarse con una periquita, ¡abusón!

Y ahora vamos a desvelar algún secretillo, ¿era realmente Richard Dean Anderson un superhombre? Pues lamentablemente para él, no era para tanto, y en las escenas arriesgadas (caídas, saltos, golpes...) solía estar sustituido por un extra de acción, ¡qué pena!

Pero más importante que poner en tela de juicio al actor de MacGyver es ¿los trucos tenían fundamento físico? Aquí había que plantearse si ha habido alguien que se haya preocupado de probar si los experimentos de la serie tenían base científica y si realmente funcionaban. Es muy probable que a lo largo de este mundo muchos hayan intentado desmontar su efectividad, pero lo más serio que he visto viene de la mano de otra serie de televisión que está en emisión en la actualidad, se trata de «Cazadores de mitos», en una de sus entregas intentaron probar dos inventos de MacGyver. Uno era una especie de ultraligero hecho con cañas de bambú, en el que nuestro supermán se elevaba junto con un acompañante y huía de sus antagonistas; en la prueba real el ultraligero se despeñó por una montaña. En otro experimento intentaron derribar una pared introduciendo un gramo de sodio en agua, la explosión fue casi imperceptible. En definitiva los mitos «fueron cazados», y es muy probable que a lo largo de la serie, con una pequeña base científica se quisiera adornar algo mucho más magnificente.

De la vida pasada de MacGyver se conocía tan poco como tanto de su vida presente. Apenas trascendió que se había criado con su abuelo, que le encantaba el hockey sobre hielo, que tuvo muchas amiguitas, y que jamás se supo su nombre de pila, ¿o sí? En el último capítulo a nuestro héroe le sale un hijo que es una fotocopia de él, por su ingenio e inteligencia, el cual se llama Angus, y se quiere dar a entender que ese sería el verdadero nombre de MacGyver. De hecho, ese hijo es la justificación para acabar la serie, pues se larga con él a descansar y a conocer mundo, más mundo.

Por último, hay que citar a esos personajes recurrentes de la serie que suponían el adecuado complemento para este proyecto televisivo y su cabeza visible; así Pete Thornton (Dana Elcar), jefe de MacGyver en la Fundación Phoenix, y que se embarcaba con él en alguna que otra aventura; Jack Dalton (Bruce McGill), aviador y amigo de MacGyver, metido siempre en asuntos turbios y al que de vez en cuando había que salir a su rescate; Murdoc (Michael Des Barres), el archienemigo de MacGyver, que aparece a lo largo de la serie, tan escurridizo como tonto, ya que intenta liquidar a su enemigo más acérrimo pero siempre falla y muere, o eso parece, porque vuelve a escena milagrosamente unos capítulos más tarde.

En fin, una serie que de verdad no fue para tanto, pero que se ha quedado en nuestro subconsciente como un magnífico entretenimiento para los sábados por la tarde, y ese mérito no seré yo quien se lo quite.

sábado, 7 de marzo de 2015

JUGANDO A LA LIMA, UN REDUCTO DEL PASADO

Siempre que escribo algo con la etiqueta de juegos estoy con la misma cantinela, soy un poco pesado, me siento pesado para mí mismo, pero también me digo siempre que la percepción que tengo es real. Las nuevas tecnologías y maquinitas derivadas, han dado una estocada de muerte a los juegos en la calle y también a los tradicionales juegos de mesa.

Curiosamente el otro día me dijo mi hijo que quería que lo llevara a unos recreativos, ¿no sé en qué serie o película de televisión lo habrá visto? Efectivamente, esos recreativos que yo frecuentaba y bastante, en la década de los 80 y 90, han desaparecido. Tuve que hacer un esfuerzo intelectual para pensar dónde podría haber algo parecido: en algunos centros comerciales donde hay multicines, multinacional de la hamburguesería, restaurantes, hipermercado y tiendas variadas. No están mal las máquinas, pero desde la comodidad de manejar un ordenador, una tableta o un móvil en tu casa, la verdad es que se compensa bastante lo bueno de las máquinas recreativas actuales con toda su espectacularidad.

Ya no ves a los niños en la calle jugando a pillar, a carreras de relevos o al pañuelo, ahora cuando ves a niños en la calle a lo sumo van en bicicleta o están jugando al fútbol; la variedad lúdica brilla por su ausencia.

Imagino que esto irá por generaciones y que mis padres jugarían en la calle a unos juegos que yo jamás conocí, y mi hijo muchos menos que los que yo disfruté. Mi hijo tiene un curioso libro sobre pintores universales y sus cuadros más famosos y hay uno especialmente llamativo, se trata de la obra «Juego de niños» de Pieter Brueghel el Viejo, la tela data del siglo XVI y están preñada de matices, más de docientos cincuenta niños juegan en la calle a unos ochenta juegos distintos, muchos de ellos llamados al olvido, entre ellos quiero apreciar el que rememoro aquí. Es más, me atrevería a decir que si cualquier día normal actual pudiéramos ver con una cámara a lo que están jugando todos los niños de España, estoy convencido de que no llegan a más de cincuenta diferentes, es decir, mucho menos que lo que refleja el cuadro.

Pero yo intento que, por lo menos, a lo que yo jugué y con lo reconozco que me divertí, pues que mi hijo lo conozca, aunque luego él en su libre albedrío decida si le gusta o no le gusta. He de decir que mi hijo ha sucumbido a las nuevas tecnologías de forma inevitable, aunque yo intento tirar de él hacia la calle, pero es muy hogareño, demasiado, es más casero que un árbitro de regional.

El otro día hacía buena tarde y salimos a la calle a, como yo digo, apedrear perros (es una expresión que utilizo en plan castizo, pero que en ningún caso ejecuto porque me encantan los perros y, de hecho, tuve una hasta hace poco que era la mejor). Mientras él se afanaba con pico y pala en mover tierra, otro juego, yo recordé que tenía un trozo de barra de ferralla en casa y una pequeña lima de herrería. Tenía la perfecta excusa para intentar jugar a algo que podía hacer no menos de treinta y cinco años que no hiciera: A la lima.

Se llamaba así, la lima sin más, al menos en mi barrio ese era el nombre. Juego típico de la época otoñal e invernal, sólo se podía jugar cuando había llovido, pero no recién llovido; el terreno tenía que estar tierno pero no embarrado. La base fundamental del juego estriba en lanzar el trozo de barra metálica, del tipo que sea, e hincarla en el terreno.

En esta ocasión, esa buena tarde con mi hijo me inyectó un subidón de adrenalina, porque sí, se hincaba fantásticamente en la tierra y por un rato fui niño otra vez. Así que tras haber hecho la prueba de verificación, no había más que construir el terreno de juego, porque con estos sencillos materiales, facilísimos de conseguir, el remate era hacer un juego entretenido, no bastaba con hincar por hincar, aunque quiero recordar que algún juego consistía en hincar a una distancia larga sin más.

Realmente el juego que yo conozco, a buen seguro que hay muchas variantes, consistía en hacer un rectángulo en el suelo, de tamaño aleatorio, aunque yo diría que unas medidas estándar podrían ser 1 metro de ancho por 2 o 2,5 de largo; dispuesto ese cuadrante se dividía en ocho o diez cuadrados iguales. Yo, en esta ocasión probé con ocho cuadrados, y en cada uno de ellos puse un número. Por buscar alguna similitud, tiene semejanzas con los cuadrantes que se pintan en el suelo para el juego del tejo, otro gran olvidado.

La distribución de los números es longitudinal, es decir, a tus pies te encuentras dos cuadrados que son el principio y el final del juego, a la izquierda puse el uno y a la derecha el ocho, aunque esto se puede cambiar, de hecho, yo soy zurdo y mi subconsciente tal vez decidió hacerlo así porque me era más cómodo. De forma que comenzando en el uno, los números se suceden consecutivamente en línea recta hasta llegar, en mi cancha, al número cuatro, al lado lógicamente el cinco, y vuelta hacia atrás hasta el ocho.

El juego se sucede de la siguiente manera, se lanza la lima al cuadrado con el uno, si se hinca y está dentro del cuadrado, se pone un pie en el mismo y se pasa al dos, y así sucesivamente hasta llegar al ocho, una vez allí hay un círculo fuera, relativamente próximo donde hay que hincar también para completar la tanda. Si se falla en alguno de los números hay que comenzar desde el principio, y se le pasa el turno al rival o rivales. Si se consigue la tanda mi recuerdo me dice que esta vez no se empezaba por el uno, sino por el dos, y así consecutivamente hasta que uno hiciera ocho tandas, que aunque podían ser más cortas en lanzamientos algunas tenían su dificultad, pues por ejemplo, hay que lanzar al cuatro o al cinco de inicio, a unos dos metros de distancia y hay que tener cierta habilidad.

A todo esto, a mí me encantó revivir mis años mozos, más que nada porque hincaba bien la lima (mejor en mi caso el trozo de ferralla), le pegaba con fuerza, tal y como si hubiera jugado ayer con los amigos del barrio. Y mi hijo..., pues tampoco le llamó especialmente la atención, ¿qué se le va a hacer? Me hubiera gustado hacer algún campeonato mundial con él, pero siguió con sus herramientas moviendo tierra.

Ya digo, no sé, a estas alturas de la película, si todavía juega alguien en España a la lima, lo poco que he podido encontrar en Internet es gente de mi edad o mayor, rememorando al igual que yo su andanzas infantiles, y algunos nombres que se le atribuyen a juegos similares de «hincar algo metálico en el terreno», tales como la roma o la ronga.

En fin, puedo decir que las armas del juego las tengo a buen recaudo, que voy a seguir jugando, aunque a mi hijo no le apasione, y todo ello para no olvidarme que alguna vez fui niño y, de paso, para autoimponerme el cargo de ser probablemente el último reducto del juego de la lima en España.