sábado, 29 de noviembre de 2014

"EL VIOLINISTA DE MAUTHAUSEN", DE ANDRÉS PÉREZ DOMÍNGUEZ

Aparte del nombre, que denota cierta relevancia, del Premio Ateneo de Sevilla de novela conocía poco. Con ocasión de este libro fue cuando acudí a Internet para interesarme por la historia de este galardón, y efectivamente es uno de los más importantes de nuestro país y en consonancia con ello, de su nómina de premiados se pueden reconocer algunos nombres ilustres.

Con todo creo que jamás había leído ninguna novela prestigiada con este galardón, por lo que me incliné a abordarla, fiel a la afección que tengo en los últimos años sobre libros que tratan sobre la II Guerra Mundial y en especial del genocidio provocado por el nazismo. Este título me llamó la atención, era evidente la temática y tendría que tener su enjundia; además, suelo siempre leer los resúmenes que con buen criterio las editoriales colocan en el forro o cubierta, para corroborar que efectivamente la historia que contiene merece la pena ser leída.

Desconocía a este autor, Andrés Pérez Domínguez, y la trama tiene menos de histórica que de amor o de thriller con ambientación histórica. Y es que pese a la inserción de ese lugar tétrico como Mauthausen en el título, y que se habla de hecho sobre los campos de concentración; no es una novela que trate específicamente sobre las andanzas de alguien en un campo de exterminio ni la narración se centra en Mauthausen todo el tiempo, hay otros lugares donde se desarrolla la acción. Sí que es verdad que dedica una cierta atención a la cotidianeidad en aquel campo de concentración, pero no se recrea, la exposición del dolor que allí se sufrió es limitada, el horizonte era y es infinito para haberse explayado, pero Pérez Domínguez no utiliza eso más que lo justo y necesario, con bastante mesura.

Y todo ello porque la historia es de amor e intrigas, de muchos sentimientos, de muchos pensamientos y de un hilo conductor que se basa precisamente en los debates mentales que cada uno de los personajes tiene en su cabeza.

Este novelista sevillano construye una trama en la que hay un triángulo pasional, un triángulo de intereses y pasiones, encontradas y disruptivas. Lo que es curioso es que el triángulo, a medida que avanzan las páginas podría convertirse en cuadrado, es casi un cuadrado, pero le falta el embozo de la pasión preclara que sí destilan los tres personajes principales y otro que es medio personaje principal, así lo veo yo; es decir, tres y medio.

Por otro lado es un trío – cuarteto de nacionalidades, por un lado, Rubén Castro, español de Sevilla que por sus ideas izquierdosas ha de huir de nuestro país para exiliarse en París. Por otro lado, Anna Cavour, francesa de madre alemana, una profesora con una vida serena y feliz. El tercer elemento principal es Franz Müller, alemán, ingeniero aeronáutico con poco apego a esta profesión y violinista vocacional. El medio personaje es Robert Bishop, estadounidense, trabaja de espía desmontando las estrategias nazis.

La paz y el amor que viven Rubén y Anna (primera conexión del triángulo) en su feliz hogar de París se ve trastocada por la detención de Rubén por parte de la Gestapo con la ocupación alemana. A partir de ahí comenzarán sus sufrimientos y un calvario de varios años. Mientras tanto, el valioso hecho que supone que Anna hable perfectamente alemán permitirá darle entrada en escena a Bishop que captará a ésta para que trabaje para su país, sabedora de que Anna pedirá a cambio información sobre Rubén y una eventual liberación, si se da el caso.

El trabajo para Anna se irá perfilando y consistirá principalmente en entablar íntima amistad con Müller, un ingeniero alemán que tiene interesante información que podría ser muy útil para los aliados.

Antes de eso presenciamos una sucesión de casualidades, un Franz Müller, violinista bohemio que le da rienda suelta a su pasión musical, tocando por allí y por allá, también en París, y en un escenario donde temporalmente pudo coincidir con Rubén y Anna. Una sonata refuerza los vínculos de esta pareja y, de algún modo, salvará la vida de Rubén en Mauthausen.

A Mathausen acudirá Müller con un grupo de músicos para tocar en el cumpleaños del hijo de un alto cargo de la SS en ese campo de concentración; Müller y Rubén se conocerán fugazmente, este le hablará de Anna y de aquella sonata y se producirá la segunda conexión entre los protagonistas. Franz Müller de forma casi involuntaria salvará la vida de Rubén al tocar esa sonata y oírla este justo cuando pretendía suicidarse.

Müller comprenderá que dada la situación que se vive en Europa, su pasión musical tiene los días contados y tendrá que acudir a un antiguo amigo para intentar que lo enchufe en algún trabajo aburrido, propio de su titulación, y que lo quite de ese mapa conflictivo en que estaba incurso.

Con su nuevo trabajo de ingeniero en una factoría aeronáutica y aunque trate de ser un estorbo en las investigaciones y que ni tan siquiera comulgue con los derroteros que está tomando la filosofía nazi, Müller se convertirá en un objetivo trascendente para los aliados, por la información que atesora.

Ahí intervendrá Anna que, forzada por Robert Bishop, tratará de entablar amistad y la entablará con Müller, tercera conexión. Pero he aquí que en mitad de ese trabajo de espionaje, el tiempo hará mella, a Anna no le ofrecen noticias de Rubén, pierde la esperanza, y comenzará a enamorarse de Müller que es, en realidad, un buen hombre.

La historia tendrá su remate con el fin de la Guerra, la liberación de Rubén, un Rubén demacrado y roto; la encrucijada de Anna enamorada de Müller, pero con el recuerdo de Rubén al que cree muerto; y Müller que vive escondido en Alemania con una identidad falsa y que sigue siendo pretendido por Bishop para que pueda ser acogido en Estados Unidos y formar parte de los investigadores «fichados» por los vencedores.

Y no cuento nada más, es al final cuando reafirmas que, en realidad, esta novela es ante todo y sobre todo, una historia de amor, de amor real y verdadero, en el que todos sus personajes principales han perdido algo por el camino; no hay realmente vencedores, ni hemos de esperar que haya un final feliz, es la vida misma y así hay que acatarlo.

La verdad es que sorprende agradablemente la riqueza expresiva de Pérez Domínguez, igualmente utiliza el recurso de los saltos en el tiempo, no todo lleva un ritmo cronológico lineal, pero esos saltos en el tiempo están muy bien traídos y son perfectamente entendibles, nadie se pierde.

Eso sí, en algunos tramos de la novela es algo cargante, demasiada exposición de sentimientos y poco diálogo, con lo que en determinadas fases es un poco aburrida la narración, es como si tuviera altibajos. Imagino que con el tiempo el autor podrá depurar esto.

En cualquier caso aunque la novela podría haber adelgazado algo y no perder un ápice de su interés, mi calificación es alta; este autor puede seguir creciendo y construir historias tan bonitas como esta, un dechado de imaginación.

viernes, 21 de noviembre de 2014

PROTAGONISTAS Y LUIS DEL OLMO, UN BINOMIO PARA EL RECUERDO

Desde que la radio existe como fenómeno social que llega a todos sitios, y en España desde que las cadenas generalistas asumieron el rol de vehículos de impacto social para la difusión de noticias, publicidad, opinión..., hay que decir que el binomio radio - sociedad permanece inalterado.

No se puede entender una radio sin un público diana, igual que es difícil encontrar un público diana de una cierta relevancia sin su espacio radiofónico. El colmo de la irracionalidad nos lo encontramos en la existencia de radios tan personalistas, burdas y de tan escaso calado social, que sobreviven con lo justo (subvenciones y una publicidad conseguida de forma casi coercitiva) y que apenas tienen público diana, o lo que es lo mismo no las escucha nadie, y sí, he conocido algunos casos sangrantes.

Lo normal es que una radio, amén de que pueda dirigirse a un público de determinada edad o que esté especializada en noticias, deportes, música, religión...; sin duda que nunca se olvidará de ese fin social, sabedora de que cualquier contenido que se emite está facilitando la cohesión social o la formación de opinión (en radios políticas de otros países incluso el adoctrinamiento).

Para mucha gente, para muchos españoles, la radio es una compañera inseparable que está siempre ahí, en una especie de fidelidad mutua, acompañando a las personas en sus quehaceres diarios. Mientras escribo esto, habrá millones de personas en España que estarán oyendo la radio y algunas menos escuchando (escuchar es oír atendiendo a lo que se dice). Pero incluso aunque las personas sólo oigan la radio, como sonido de fondo, ayuda simplemente a no sentirse solo; cúantas personas que viven solas se acuestan con la radio puesta y son capaces de dormir con ella al lado toda la noche.

A mi querida madre la recuerdo casi desde siempre oyendo, y escuchando a ratos, a Luis del Olmo con este programa Protagonistas, en esas jornadas mañaneras que mi madre como la mayoría de amas (y amos) de casa de este país dedican a hacer la faena cotidiana y nunca suficientemente valorada de limpiar, hacer las camas, coser, planchar o preparar la comida.

A mi madre le gustaba Luis del Olmo y, por ende, su programa, y fuera adonde fuera este, aunque cambiara de cadena, ahí que lo seguía, siempre y cuando ese nuevo dial se pudiera sintonizar adecuadamente y las voces llegaran nítidas.

Luis del Olmo ha tenido esa virtud, cosechada a base de muchos años de trabajo, de trascender a través de su programa a las propias cadenas radiofónicas, y curiosamente él no fue el precursor de la idea ni del programa pues de 1969 a 1973 en Radio Nacional de España lo presentaba José Ferrer, aunque con los años Del Olmo se convirtió en su santo y seña. También llama la atención que aunque todo el mundo identifica el programa Protagonistas con Luis del Olmo, lo cierto es que en algunos períodos, imagino que por asuntos de derechos de propiedad intelectual, tuvo otros nombres tales como De costa a costa o Protagonistas vosotros.

No obstante, lo más relevante de todo esto es que este formato radiofónico era un producto terminado que se mantuvo casi invariable casi cuarenta años, que iba bajo el brazo de Luis del Olmo dondequiera que él fuera. Y fuera por asuntos económicos, por desavenencias con las direcciones de las radios, o por otra razón estratégica, el caso es que el programa con este gran periodista al frente que comenzó, como ya se ha comentado, en Radio Nacional de España (1973 – 1983), migraría a la cadena COPE (1983 – 1991), después a Onda Cero (1991 – 2004), luego a Punto Radio (2004 – 2013), para terminar donde empezó en RNE con un formato reducido.

De algún modo ese programa que era una extensión del espíritu de Luis del Olmo, también refleja en sus traslados el devenir de este gran comunicador. Resulta interesante destacar que su emersión en Punto Radio era el culmen de este periodista, ya que lideró el accionariado de esta nueva emisora y ni que decir tiene que contaba con que este programa estrella sería el gran atractivo para enganchar a sus tradicionales escuchantes en esta nueva emisora generalista.

La muerte en las ondas de Protagonistas, un proyecto que tenía muchos elementos y entre ellos que era personalista, vino dado por la retirada de Luis del Olmo en 2013 con setenta y seis años de edad, atesorando más de cincuenta años de profesional de las ondas, y particularmente con el programa Protagonistas fueron algo más de cuarenta, convirtiéndose este en el espacio radiofónico, exceptuando noticiarios, más longevo de la radio española, superando las doce mil ediciones, ahí es nada.

Precisamente el apagón de Protagonistas fue paulatino, casi como un aterrizaje suave y placentero, hecho a la medida de su hacedor principal; tuvo su parte sentimental incluso, pues terminó en su última etapa, con la vuelta a los micrófonos donde nació en Radio Nacional de España, limitándose a realizar una entrevista a un personaje de actualidad durante media hora (de 12.00 h. a 12.30 h.). Previamente en los últimos años, también se había ido reduciendo la duración del programa.

Y ahora bien, lo sustancial del programa era que entretenía y mucho, fundamental para un programa que escuchaban millones de personas, y lo más importante es que lo que se difundía se hacía con un lenguaje sencillo, ameno, accesible a todos. Por otra parte, era una especie de magacín donde tenían cabida los temas de actualidad, noticias, entrevistas, humor, tertulia... Este formato de variedades fue el pionero en España de estos programas, y en los espacios de la mañana se mantiene esta seña de identidad prácticamente en todas las cadenas generalistas.

Tampoco hay que obviar que Luis del Olmo atraía al público femenino, muy fiel por las mañanas, gracias a su potente voz, a su planta, a su simpatía y a esa forma de conectar con el público basada en una defensa de los intereses generales del pueblo, de ser la voz y el sentir de la mayoría.

Otro punto sentimental lo ponía su música de cabecera, una sintonía muy jovial, la misma que la de la serie «Crónicas de un pueblo», y que en contra de lo que pudiera parecer no era una composición nacida en España, sino en Estados Unidos; se trata en realidad de una canción, con su letra y todo denominada «I could easily fall (In love with you)» de los autores Marvin, Welch, Bennett y Rostill, aunque popularizada en los años 60 del pasado siglo por el músico británico Norrie Paramor. Total para las veces que se habrá escuchado en toda la historia, esta sintonía es como si realmente fuera nuestra de toda la vida, o sea más española que la gitanilla que decora las televisiones de media patria.

Me trae gratos recuerdos este programa, no sólo porque tengo la imagen grabada de mi amada madre, afanada en las tareas del hogar y el sonido de fondo, esa música, la voz grave de Luis y tantas y tantas historias que allí se contaron, testigo de su tiempo; grandes momentos que se quedan en la memoria de todos los que alguna vez escuchamos este mítico e irreemplazable programa.

sábado, 15 de noviembre de 2014

EL RECUERDO DE LA SELECCIÓN ZAMBIANA DE FÚTBOL, UNA GENERACIÓN PERDIDA EN 1993

Corría el año 1988 y yo estaba dedicado en cuerpo y alma a los estudios y al deporte, y si no había lo uno, lo otro ocupaba el resto. Eran los Juegos Olímpicos de Seúl, y después de un verano dedicado a estudiar, estos Juegos llegaron atípicamente después de los exámenes de septiembre (se celebraron entre el 17 de septiembre y el 2 de octubre), y me apresté a darme un premio merecido, con la anuencia de mis padres, sobre todo de mi buena madre, que me liberó siempre y mucho de hacer tareas en casa.

En este pedazo de deporte de la vista que es el «sillón ball» o «catre ball», ahí que echaron un escasamente relevante para mí y para la mayoría de los españoles, Italia-Zambia en la fase de grupos del torneo de fútbol. Pero hete por donde que aquel que pasaba por ser un tedioso rato de fútbol, porque es como pocos uno de los deportes más aburridos que existen, se convirtió en todo un espectáculo. Porque eso también lo tiene, el fútbol puede ser la más entretenida de las expresiones deportivas si hay tensión, morbo, lluvia de goles o anécdotas. Pues aquel partido tuvo un poco de todo esto, y ante todo, la sorpresa mayúscula de que los zambianos literalmente se mearan a los italianos.

Recuerdo que aquello fue un vendaval, daba la impresión de que los africanos eran unos jugadores experimentadísimos y de primer nivel, y los transálpinos apenas unos tuercebotas de categoría regional. El repaso fue de órdago y el partido terminaría con un 4 a 0 inapelable para la escuadra de Zambia. Durante mucho tiempo estuve recordando algunos nombres de aquella selección que convirtió aquel choque en un inolvidable hito del fútbol mundial, y especialmente me acuerdo de Kalusha Bwalya quien fue autor de tres de los goles y que bailaba a cada gol con sus compañeros uno de esos bailes étnicos que tanto gustan a los africanos para celebrar sus tantos.

Los ecos de aquel encuentro resonaron durante mucho tiempo en mi mente y sobre todo el recuerdo de aquella Zambia, que hasta ese momento era inédita en el panorama futbolístico, y que yo me imaginaba que con el tiempo, dado que las selecciones olímpicas se forman con jugadores jóvenes, que esa selección a nivel absoluto tendría necesariamente que emerger.

Yo le perdí ciertamente la pista, pero casi cinco años después de aquel partido, la selección de Zambia volvió a ocupar una pequeña reseña en los medios de comunicación deportivos, y de la peor manera posible, ya que con ocasión de su clasificación para el Mundial de Estados Unidos 1994 iniciaba la fase definitiva, tras haberse paseado en las fases previas y ser favorito frente a las selecciones de Senegal y Marruecos. Aquella fase final se iniciaba en tierras senegalesas y los Chipolopolo (su nombre de guerra), también llamados «las balas de cobre», afrontaban con ilusión ese último esfuerzo y el 27 de abril de 1993 emprendían el vuelo hacia Dakar en un vetusto DHC-5D Buffalo. Hicieron escala en Gabón, dada la enorme distancia entre Senegal y Zambia, y al poco de despegar uno de sus motores se incendió y el avión se precipitó al mar frente a las costas gabonesas, perdiendo la vida sus treinta ocupantes, entre ellos los veinticinco integrantes del cuerpo técnico y jugadores de dicha selección.

Por suerte para Kalusha Bwalya y algunos jugadores zambianos que militaban en equipos europeos, estos no llegarían a ser convocados para aquel partido por razones de calendario en sus ligas domésticas, aunque fue el propio Kalusha el que se erigió en el motor de la nueva selección zambiana tras el desastre vivido. Con aquel equipo recompuesto en su totalidad llegarían a empatar aquel partido aplazado en Senegal y vencer a estos en su propia cancha. A Marruecos le ganarían 2 a 1 en casa y en el último encuentro en tierras magrebíes con un punto estarían clasificados para Estados Unidos, pero los marroquíes se impondrían por 1 a 0, y frustró la que a buen seguro se hubiera convertido en la más heroica y emotiva clasificación en la historia de los Mundiales de fútbol. A propósito, Kalusha Bwalya sigue velando por el futuro futbolístico de su país, pues es el presidente de su federación nacional.

Los zambianos jamás dejaron de sonar en el panorama balompédico mundial sobre todo en el africano, asistentes casi habituales a la Copa de África, y dando siempre la imagen de equipo aguerrido y dotado de ese don especial para sobreponerse a las adversidades, de algún modo, como si aquellas almas de sus compatriotas que perdieron su vida en aquel fatídico vuelo los impulsaran en los terrenos de juego.

Tengo una amiga que, con mayor o menor razón, dice que todo el mundo recibe en vida su recompensa, yo lo dudo sinceramente, pero en el caso de la selección de Zambia la historia los recompensó y, además, de una manera muy peculiar. En el año 2012 la Copa de África se celebraba en Gabón y Guinea Ecuatorial, y el derroche de aquella selección zambiana permitió que pudieran presentarse en la final que tendría lugar en Libreville, la capital gabonesa, a unos kilómetros de distancia de donde perecieron sus compatriotas. Allí se impondría en los lanzamientos de penalti a la potente Costa de Marfil de Didier Drogba, tras el empate a cero en el tiempo reglamentario, y ni que decir tiene que celebraron aquel trofeo con el recuerdo de los compañeros que perdieron la vida apenas veinte años antes defendiendo los colores de su país. De hecho, rindieron el debido tributo a sus compatriotas acudiendo a las costas de la capital gabonesa ofreciéndole el título en una ceremonia informal absolutamente conmovedora.

No obstante, soy de los que piensan que para Zambia no se ha cerrado ese círculo completamente. Por historia y trayectoria reciente (en los últimos veinte años) probablemente sea el país africano que más merecimientos ha hecho para acudir a un Mundial; jamás ha estado en una cita mundialista en toda su historia y su nivel futbolístico y sus participaciones exitosas en la Copa de África, aparte del campeonato en 2012 tiene dos subcampeonatos, desde luego que lo hacen un justo acreedor de ese hito, lo que es para muchos países el triunfo en sí, el acudir a un Mundial de fútbol y disfrutar jugando los tres partidos de la fase de grupos.

El problema es que una clasificación mundialista no es fácil y precisamente en África es enormemente complicada y no del todo justa a mi parecer. La Confederación Africana de fútbol es muy numerosa, con más de cincuenta selecciones, las distancias en África son enormes y los vuelos son muy largos y fatigosos, y después de pasar por varias fases, al final se la juegan en un todo o nada, como ocurrió en la clasificación para Brasil 2014, en cinco eliminatorias finales de ida y vuelta contra otra selección.

Y por reflexionar un poco en voz alta, amén de este homenaje al fútbol zambiano, hay que decir que se dice mucho y no sin razón, que el fútbol africano es de un enorme potencial, pero que no llega más arriba por la propia filosofía de juego y que, por más que los técnicos tratan de imponer sus criterios, el terreno de juego dicta otra cosa. El principal defecto de los equipos africanos en general es cierta ligereza defensiva y mucha actitud ofensiva, así como indisciplina táctica, y sobre todo ese desorden defensivo provoca que sean muy endebles en sus citas mundialistas. De hecho, si pensamos un poco en jugadores africanos famosos seguro que los cuatro o cinco nombres que se nos vienen a la cabeza, todos o la mayoría son delanteros y nos costará trabajo recordar defensas.

Por cierto que la Copa de África es ahora en enero de 2015 y en estos momentos se están sucediendo los partidos clasificatorios, donde Zambia no está rindiendo a su nivel. Esta competición que es un auténtico vivero de estrellas para los ojeadores europeos, está a día de hoy un poco en el aire por lo que respecta a su lugar de celebración, parece que será Guinea Ecuatorial, pues Marruecos ha renunciado a organizarla por temor a la propagación del ébola y, por tanto, pierde su derecho a participar en la misma pues por ser el anfitrión estaba exento de la clasificación.

En fin, valgan todas estas reseñas para rendir mi modesto tributo a aquella generación de futbolistas zambianos que perecieron cuando se dedicaban a practicar el deporte que era su pasión y para algunos una profesión. Zambia como muchos países africanos es un país volcado con el fútbol, también son muy buenas sus féminas, y también como el resto de países de ese continente viven en condiciones económicas y de bienestar muy precarias, por lo que es un auténtico milagro que salgan jugadores de talla mundial.

También valga este homenaje para recordar este accidente, porque somos muy dados los occidentales, los blancos, a rememorar los trágicos accidentes acaecidos a personajes mediáticos, pero mucha gente desconocerá aquella tremenda desgracia que fulminó a la selección zambiana de fútbol en 1993.

sábado, 8 de noviembre de 2014

LA VIDA EN UN CÁMPING EN EL SIGLO XXI

Ya lo he comentado en este blog que este verano estuve en un cámping después de muchos años; es más un par de meses después repetí experiencia de fin de semana en otro. Ambos en la sierra de Cazorla, y desde aquella primera experiencia estival fui anotando en mi mente detalles para plasmarlo en esta mi humilde bitácora. Como me suele pasar en algunas de mis vivencias, no soy de los que se mueven por impulsos para expresar mi opinión, sino que las mismas las dejo en algún recoveco de mi mente para que vayan macerando y provoquen finalmente en mí una corriente de pensamiento, humilde también y absolutamente personalísima.

Días antes de irme de cámping, aparte de meterme en Internet para buscar la información del lugar al que iba con mi familia, hice también una abstracción y puse en el buscador algo así como «¿qué hacer en un cámping?», y me salió un curioso blog de un tipo que comentaba su opinión acerca de estos espacios de paz y descanso, el blog se llamaba si no recuerdo mal «Diario de un gilipollas». Este ingenioso bloguero sacaba punta a todas las interioridades de la vida en un cámping, que bien mirado, desde el punto de vista objetivo, no es un lugar ni higiénico, ni limpio, ni cómodo, o al menos no lo es más que en tu propia casa y, sin embargo, por esas rarezas del ser humano, suele ser un lugar al que acude mucha gente, desde un profesor universitario, una abogada de prestigio o un currante del andamio.

Bien es verdad que cuando uno acude a un cámping tiene que saber a lo que va, tienes que modificar tus niveles de tolerancia, sabes que no hay una bañera para ti como en tu casa, que puedes acudir al váter y que puede que esté ocupado, que el de al lado pone la música a toda marcha y que los mosquitos, la mugre y ese colchón de aire intentan hacerte menos confortable tu estancia. Y, sin embargo, como diría aquel «se mueve», es decir, pese a los muchos inconvenientes que nos procura un cámping, es y seguirá siendo un formato vacacional, seguro que por muchas razones, pero yo veo dos principales y muy claras: 1. La primera es el precio, es más barato irse de vacaciones a un cámping que a cualquier otro lugar, apartamento, hotel..., salvo que tengas la fortuna de contar con un familiar o amigo que te proporcione las llaves de su piso playero. 2. Creo de verdad que para el hombre occidental el contacto con la naturaleza le sigue produciendo una atracción inexplicable; gusta más comerse un bocadillo de chorizo en el campo, aunque sea el mismo que el de casa; gusta la anarquía; y gusta, de algún modo, la vuelta a nuestros orígenes, no la vuelta al salvajismo, sino una especie de vuelta al primitivismo, de reivindicación de lo que sería de nosotros si no tuviéramos tantos adelantos y comodidades.

Nos aventuramos a acudir al primer cámping en pleno mes de julio, a sabiendas de que no estaríamos ni mucho menos solos. Más gente implica una mayor presión sobre los servicios comunes que se ven desbordados, en proporción al exceso de usuarios que a buen seguro el cámping de turno alienta por razones económicas aun cuando pueda estar en el filo de la navaja de las transgresiones legales. También puede ser que el cámping de turno no esté bien dimensionado y a la dirección del cámping le dé igual por razones también económicas, son concesionarios y no propietarios, y más infraestructuras suponen inicialmente más inversión y después más consumo y más mantenimiento, luego menos beneficio.

Estas anomalías logísticas podrían atemperarse relativamente si los usuarios cedieran parte de su egoísmo natural, de nuestro egoísmo natural, en beneficio de la comunidad. Me comentaba mi mujer que desde las largas colas de las duchas observaba como había mujeres que se recreaban en ese espacio, acicalándose, lavándose el pelo con parsimonia (como en casa), o sepa Dios qué misterio se encierra cuando una mujer entra en el baño acompañada por otra en ocasiones, y sí este ha sido un comentario machista.

Por cierto que en un cámping grande como en el que estuve en julio (Fuente de la Pascuala), existe una delgada línea de la salubridad, todo está limpio aun cuando pueda haber muchos usuarios, pero el castillo de naipes se desmorona justo en cuanto eliminemos una de las muchas cartas de la base. Si un usuario es de suyo guarro, y no es capaz de abstraerse a que está usando unas instalaciones compartidas por muchos, en cuanto hace la primera guarrería, es como si hubiera una especie de carta blanca (negra) para seguir guarreando. Por no ser demasiado escatológico, si alguien machacó un mosquito en un espejo del baño a las 10 de la mañana, a las 10 de la noche el espejo se había convertido en un cuadro puntillista.

También es cierto que en aquel cámping concretamente se permitía la presencia de perros, y que estos deberían estar siempre atados y, por supuesto, con los dueños recogiendo sus deposiciones, pero ocurría lo mismo que en el caso anterior, bastaba con que uno o varios dueños se saltaran a la torera esta norma, con la vista gorda o falta de interés de los gestores del cámping, para que todo se convirtiera en un amplio cagadero perruno, por aquello de que como todo es campo..., y por supuesto, con los canes sueltos sin demasiado control, y que conste que soy un amante de los animales y he tenido una perra fantástica hasta hace bien poco.

Por lo demás la vida en un cámping transcurre plácidamente, aunque para un usuario ocasional como yo, tuve la sensación de estar de prestado en comparación con esa serie de familias que tienen su caravana o caseta de obra o chiringuito casi fijo con sus macetas decorativas alrededor, y que más o menos parecen ser dueños de su parcela y de parte del cámping. Uno tiene esa sensación, la sensación de que hay gente que tiene más galones que tú, y que tú aspiras y aspiras pero jamás llegarás a tener sus infraestructuras, porque no puedes, o a lo mejor es porque no quieres.

El espíritu del cámping también permite que todo lo cotidiano se convierta en un remedo de libertad, donde las normas básicas se van cumpliendo pero otras más selectas, las sociales, se disipan o se suavizan por aquello de que todo se hace «a mí manera». Dicho esto, es normal que uno vaya sin camiseta todo el día, es un poco chabacano lo sé, y es casi la única norma social más avanzada que desacato, porque es una manera de sentirme libre de ataduras, un anticipo de estar desnudo. Pero dicho esto, también veías gente en bragas y calzoncillos, señoritas con su sujetador que paseaban como Pedro por su casa, niños pequeños con toda su humanidad al aire, muchas camisetas con manga a la sisa qué tanto daño han hecho a la moda; igual que horteras que llevaban todo tipo de abalorios que serían incapaces de llevar en su vida normal.

Y gordos, muchos gordos, es como si existiera una norma no escrita para que ellos acudan a un lugar de este tipo, donde la gente ha de ser más tolerante, y lo es. Y no quiero decir con esto que no tengan derecho los gordos a ir a un cámping, que no tengo yo nada en contra de la gente oronda, sino que ello puede desentrañar que no son bien recibidos en otros contextos, y esto sí que es deleznable.

Se prodigaban en mi cámping estival las personas con tatuajes, muy por encima de la media española sin temor a equivocarme. Nada tengo en contra de los tatuajes, pero a mí no me han gustado nunca y algunos me parecen un poco ordinarios, y sí, hay gente normal y respetable que los lleva y son discretos, pero hay otros.... Y bueno, encuentras a más tatuados dentro de las gentes chusmillas, que cada cual saque sus conclusiones.

Casi al hilo de este comentario un poco borde, no voy a privarme de hacer otro que es de tinte machista y lo reconozco. En aquel cámping e imagino que en muchos de los de este mundo, como decía al principio, se da cita una muestra casi fiel de nuestra sociedad, mucha clase media, pero también familias que estaban por arriba y por abajo; personas trabajadoras de cuello blanco pero más preponderancia de las de cuello azul; así como mayores casi ancianos a los que le gusta este estilo de vacaciones, gente de mediana edad como yo y jóvenes. Y aquí viene lo bueno, observé no en la generalidad, pero si en algún caso que hay chicas jóvenes, impolutas (sin tatuajes), de buenas familias y atractivas que estaban fuera de sitio, englobadas en grupos con chicos tatuadísimos y con pinta de pandilleros juveniles, de esos que tienen como animal de compañía a un perro potencialmente peligroso. ¿Adónde voy? Pues que existen muchas jovencitas que se enamoran de chulos de barrio moteros que tienen un nivel de vida, una forma de ser libre y libertina susceptible de captar a inocentes chavalitas y cuando las chicas quieren romper a veces es demasiado tarde o esa ruptura no se desarrolla por cauces pacíficos, y pasa lo que pasa, repito, pasa lo que pasa. Aunque a veces puede haber esperanza, porque un día vi a esos pandilleros sentados muy atentos, viendo a Bob Esponja en la tele y riéndose, como unos niños.

Pero bueno, no era este último comentario el objeto de esta entradilla, era más bien dejar una pequeña reflexión sobre la vida en un cámping en el siglo XXI, que es una pequeña feria en el campo, donde cada uno hace lo que le viene un poco en gana, no tiene que dar explicaciones a nadie, tiene unas pocas normas y las que hay pues se respetan así así, depende del ánimo especulativo de los que dirigen la instalación.

Ya está, uno sabe a lo que va, nadie se puede llamar a engaño, y si no le gusta la instalación o el ambiente, con cambiarse de sitio o irse a su casa tiene la solución. Ah, y tiene mucho surrealismo, porque no sabes qué historia sorprendente se podría encontrar en cada campista, si a tu lado tienes a un pederasta, a un deshollinador, a un sacerdote arrepentido, o a una reputada escritora...