sábado, 29 de mayo de 2010

DE BULOS, LEYENDAS URBANAS Y DEMÁS SUPERSTICIONES

Cada cierto tiempo recibo en mi correo electrónico algunos archivos de esos tipo “cadena” que tienes que mandar a una decena de contactos para que, luego, se traduzca en suerte para ti y tu familia, o para que caigas en la desgracia más absoluta. Leo con cierta curiosidad estos mensajes pero, lamentándolo mucho, yo soy de los que corta esas cadenas, soy así.

Esto viene a colación porque a lo largo de la vida de una persona de mediana edad como yo, se puede asistir a innumerables acontecimientos que entran en el terreno de la superstición, el bulo, la leyenda urbana...

Prácticamente desde que tengo uso de razón se han venido sucediendo anuncios acerca del fin del mundo. Una vez recuerdo en mi época colegial que una tribu hindú lo anunció a bombo y platillo para un día concreto, y Radio Nacional de España no paró de repetirlo; hasta mi madre nos mandó a mi hermano y a mí, a misa un día particular para estar a buenas con Dios. Más reciente fue el de 1999, cuando con ocasión del eclipse solar, que en nuestro país cubrió cerca de un 80% del astro rey, algunos visionarios se atrevieron a vaticinar el caos de nuestro orbe, entre ellos el modisto – listo Paco Rabanne. Después tendríamos con el Efecto 2000 otra corriente catastrófica que quedó en fiasco. Y no recuerdo cuándo pero también en varias ocasiones, sesudos científicos han alertado de las terribles consecuencias de la alineación de los planetas.

Por supuesto, lo último que conocemos es lo que a través del calendario maya se ha escenificado en la película 2012. Pues, yo me atrevo a vaticinar que en el 2012 no se acaba el mundo, y me juego lo que sea, sobre todo, porque si me equivoco nadie me lo va a reclamar, al menos en este mundo.

Ni que decir tiene que si el pobre Nostradamus levantara la cabeza estaría retorciéndose de la risa por las interpretaciones más absurdas que día tras día se van haciendo de sus escritos. La verdad es que no sé cuánto escribió este hombre, ni me importa, pero parecería que redactó la Enciclopedia Británica, porque es que tiene predicciones para todo; o lo que es más lógico, que hay siempre cuatro clarividentes dispuestos a sacar de contexto las escrituras de Nostradamus para augurios de lo más rocambolesco, como que la selección española va a ganar el Mundial, o que Zapatero traerá el hambre, la desesperación y la pobreza (juro que eso me lo han mandado en un correo electrónico hace unos días).

Entiendo que no es demasiado complicado, con los recursos divulgativos adecuados, generar bulos que a base de trasladarse por medio de macutazos de una persona a otra, terminan tornándose reales y es que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.

Buena parte de esa engañosa estructura tienen las leyendas urbanas, de las que se podrían escribir libros y, de hecho, se han escrito, por señalar algunas, las primeras que me vienen a la mente: La explosión del pecho de Ana Obregón en un avión, la mujer de blanco que se aparece en la curva, los billetes impregnados de cocaína, el que auxilió al Rey en la carretera porque se le había averiado la moto, o estas dos geniales: la muerte de Bunbury el líder de los “Héroes del Silencio” (al parecer fue un experimento de un grupo de alumnos de Sociología de la Universidad de Zaragoza), así como la aparición del perro Ricky y su joven dueña en el programa “Sorpresa Sorpresa” (hubo gente que aseguraba a pie juntillas haberlo visto).

Lo sorprendente es que por más avanzados que estemos y por más medios que tengamos para comprobar la veracidad de algo, los bulos siempre seguirán existiendo. Que mi madre me colocara bolas de alcanfor en los bolsillos cuando aquella historia del síndrome tóxico del aceite de colza, o que me dijera que tuviera cuidado con el escupitinajo de la lagartija porque te podías quedar ciego; era normal hace más de treinta años, pero todavía seguimos dándole pábulo a nivel global a ciertas creencias que, además, vienen dirigidas desde los que nos gobiernan... A mí lo de la Gripe A y todo lo que se ha movido alrededor, me ha parecido una de las leyendas urbanas más grandes de la historia, amparada por las instituciones.

Por cierto, y para terminar, soy bastante incrédulo, no creo en los extraterrestres ni en que haya una civilización más avanzada que la nuestra, porque sino yo me pregunto, porque no están aquí ya. Al igual que jugar con el tiempo es una utopía y jamás se inventará la máquina del tiempo, porque de otro modo, ¿por qué no hemos visto a gente del futuro entre nosotros?, ¿o es que se esconden muy bien?

En fin, no hay nada de que preocuparse, ni del fin del mundo, ni de que el móvil que llevas en el bolsillo pueda provocarte impotencia, porque hay espacio para la redención, y es que “Dentro de cien años todos calvos”.

domingo, 23 de mayo de 2010

"ESCAPE DE SOBIBOR", DE JACK GOLD

Me estoy aficionando últimamente a leer libros y ver películas relacionadas con la 2ª Guerra Mundial y con más concreción, aquellas que tienen que ver con la barbarie cometida por los nazis sobre el pueblo judío. En esta ocasión voy a reflexionar acerca de una película que he visto hace poco, la cual trata de raíz esta temática y que, además, tiene un marco que me suele gustar mucho; y es que siempre me ha llamado enormemente la atención aquellas que se desarrollan en cárceles, en campos de concentración y que, sobre todo, abordan alguna fuga.

A la película “Escape de Sobibor” llegué a través de otra, la famosa y aclamada serie de televisión “Holocausto”, en esta se reproduce un pasaje de este extraordinario acontecimiento, que no es ni más ni menos que la fabulosa epopeya que protagonizaron los prisioneros de este campo de exterminio polaco para largarse en tromba de su propia prisión y de casi un trágico destino.

Esta coproducción británico - yugoslava entronca más en el género de los telefilmes, y con esa idea se creó 1987 (los 80 fueron la época dorada de este tipo de formato) aunque luego hiciera sus pases en las salas de cine, ya que su metraje de apenas dos horas permite jugar con ambas magnitudes, la exhibición cinematográfica y la adaptación a la pequeña pantalla como una miniserie, o telefilme en horas de menor audiencia.

Más allá del valor artístico intrínseco de esta película, me ha impactado más la historia y el legado que pretende transmitirnos su director, Jack Gold, el del esfuerzo conjunto de personas normales y corrientes que se transformaron en ejecutores de sus propios verdugos para escapar de una muerte segura.

En este sentido, Gold trata de ofrecer una trama novelesca e historiada, con algunos guiños al amor, a la amistad, al lucimiento moderado de sus actores principales (los medianamente conocidos Rutger Hauer, Alan Arkin y Joanna Pacula), pero sin excesos, todo de forma natural. Es más, creo que con buen criterio en la mente del director y de la producción estaba el disponer de un cuadro de actores no demasiado populares, con la idea de no desviar la atención del espectador. Por eso, se podría considerar que no es una película para actores, sino que los actores se hacen a la película y a la histórica narración de unos hechos.

Se sabe que Sobibor era uno de los campos de exterminio más secretos que tenían los nazis; a él acudían trenes con judíos y prisioneros rusos con la dramática suerte que sabíamos que les deparaba. Sólo se salvaban temporalmente aquellos que trabajaban en los diversos talleres y faenas del campo. Un escaso cuadro de mandos nazis, algo más de una quincena, apoyados por un centenar de guardias ucranianos a sus órdenes, fue sin duda la clave para procurar la fuga más importante de prisioneros de un campo de concentración en toda la 2ª Guerra Mundial. Sabían, sin duda, que liquidando a los mandos de las S.S., habrían amputado su logística organizativa.

Los líderes de aquella gloriosa acción, tuvieron los arrestos de pensar, por un lado, que tarde o temprano les llegaría la muerte y que luchar por huir no suponía un riesgo mayor que el que debían sufrir diariamente y, por otro lado, que para que cualquier intento de fuga fructificase en las condiciones en que se encontraban, pasaba por incluir a los alrededor de 600 prisioneros que malvivían en Sobibor, de tal manera que en la estampida y el desconcierto, muchos encontrarían la libertad, aun asumiendo que otros tantos perecerían, lo que sería un simple anticipo de una muerte segura.

Como decía al principio, personas comunes como cualquiera de nosotros, pintores, carpinteros, zapateros, orfebres, músicos, cocineros..., fueron ejecutando de forma programada a la mayor parte de los S.S., con armas blancas de fabricación casera, e improvisando el necesario valor y fuerza mental para convertirse en verdugos por un único momento en su vida y liquidar a sus opresores.

Se logró que la mayor parte del campo se involucrara en la huida, y aunque muchos murieron por los disparos de los francotiradores y por las minas que rodeaban el recinto; el objetivo se había cumplido y un número importante (las cifras oscilan entre los 200 y 300) consiguió escapar, y lo que es más importante, alcanzar la libertad hasta el final de la Guerra.

Algunos de esos supervivientes dieron testimonio de esta historia, reflejándolo en diversos documentos (libros, artículos...), y algunos colaboraron como asesores directos de esta película, lo que le ofrece mayor realismo y veracidad a este escalofriante relato.

sábado, 15 de mayo de 2010

"EL ELECTRÓN ES ZURDO Y OTROS ENSAYOS CIENTÍFICOS", DE ISAAC ASIMOV

Siempre me ha gustado la ciencia, cuando era pequeño y me hacían la clásica pregunta “¿qué quieres ser de mayor?”, respondí durante mucho tiempo que inventor. Luego cuando supe que la carrera universitaria de inventar no existía, y si la de ingeniero, rápidamente hice una reducción y pensé que inventar e ingeniar era casi lo mismo, a partir de ahí quise ser ingeniero.

Tuve la desgracia de tener en 2º de BUP un profesor de Física y Química un tanto nefasto, que no viene al caso nombrar, y que era un espécimen similar al Doctor Siesta de Barrio Sésamo. Este señor cercenó lo que podía haber sido mi destino e hizo que me decantara por las letras.

Esta deriva en mi perfil educativo no me separó definitivamente de la ciencia y he mantenido una constante pasión por ella. Hasta puedo decir que he sido siempre muy aficionado a las matemáticas y, de vez en cuando, he cogido de las bibliotecas municipales algún que otro libro relacionado con los números: problemas matemáticos, estadística, falacias, probabilidad... Del mismo modo, llevo suscrito a la revista Muy Interesante más de media vida, y espero con la misma ilusión que el primer día que el ejemplar mensual esté en mi buzón para destriparlo.

Hace ya unos años, cuando estaba aburrido, en vez de hacer crucigramas o sudokus, me dedicaba a ponerme a mí mismo problemas de ecuaciones con dos y tres incógnitas, entretenimientos raros que tiene uno. También soy un enamorado de los números factoriales (esos que se multiplican por sí mismos y todos los enteros inferiores hasta llegar a uno) y tengo una obsesión por buscarle las cosquillas a las calculadoras y ordenadores, viendo cuál es su capacidad de cálculo, ya que se trata de una operación que consume mucha memoria. Curiosamente en las calculadoras de antaño, las célebres Casio que nos traían de Ceuta o Canarias, el cálculo máximo sin dar error era 69!, acción que le ocupaba varios segundos.

No obstante, si he tenido una pasión especial por los números, esta se puede representar en los números primos, esos que sólo son exactamente divisibles por sí mismos y por la unidad. Yo veía una matrícula de un coche y pensaba si se trataba de un número primo, y si no lo era, intentaba buscar sus divisores. Cuando era novio de la que hoy es mi mujer, le descompuse el número de teléfono de su casa con sus nueve dígitos, en sus divisores y un día se lo llevé escrito en un papel, no me dijo nada, pero estoy seguro de que pensó que con qué clase de personaje iba a compartir su vida; creo que ya se ha acostumbrado a mis extravagancias.

Pues a lo que iba, una de mis obsesiones que me devanó algo los sesos era conocer si existirían números primos infinitos. Recuerdo con especial nostalgia el origen de este problema existencial para mí, y es jamás olvidaré el día que me enseñaron en la escuela la criba de Eratóstenes, un sistema sencillo, en realidad un algoritmo, para ir hallando los números primos de la serie del 1 al 100 (normalmente la criba se hacía hasta el 100). Se realizaba de forma manual y en poco tiempo tenías los números primos de esa primera centena. Lógicamente el trabajo se volvía más concienzudo cuanto mayor era la serie, y era obvio que a medida que el número se hacía ciertamente grande los primos comenzaba a escasear, pero ¿hasta qué punto?, ¿los números primos serían infinitos?

Me precio de tener buenos amigos y muy cualificados, y le fui con esta comedura de olla a mi amigo Nacho Molina, un tipo genial en su más amplia expresión. A él acudía hace años con historias de este carácter y, por supuesto, le comenté mi conflicto con los números primos. Nacho es de esas personas lúcidas que tiene respuesta para todo y, además con razón, con criterio científico y con una forma tan pedagógica de transmitir su sapiencia que es capaz de hacerte comprender la teoría de la relatividad en cinco minutos.

Nacho, por supuesto, ya tenía la respuesta y..., sí, la sucesión de números primos sería infinita. No obstante, me comentó que había visto en un libro la demostración empírica de esta resolución. Al poco, se me presentó con el libro en cuestión “El electrón es zurdo y otros ensayos científicos”, de Isaac Asimov. Me regaló un ejemplar, todo un detalle, el cual conservo y, además, lo tengo siempre muy cerca de mí, con lo cual está ya el pobre un poco estropeado de tanto hojearlo.

El asunto estaba resuelto hace muchísimo tiempo, nada menos que tres siglos A.C., cuando a un loco ya se le planteó la misma cuestión que a mí y tuvo los arrestos de llevar a cabo el procedimiento y la justificación matemática para verificarlo. Euclides se llamaba el pingue, también conocido por la no menos famosa geometría euclidiana. Tampoco viene a cuento que me enrolle aquí explicando el porqué hay números primos infinitos, lo importante es que resolví mi duda y pude dormir tranquilo, ¡que vivan los números primos!

El obsequio de Nacho fue todo un descubrimiento para mí, ya que se trataba de una publicación en la que se recogían una serie de artículos científicos, tremendamente interesantes y siempre con el corte pedagógico de Asimov, uno de los mayores divulgadores científicos de la historia contemporánea. En él pude descubrir a través de la física por qué el ser humano tiene el tamaño justo y adecuado, no mide treinta metros ni tampoco unos centímetros. Al igual que explica que para las características climáticas de nuestro planeta el único “talasógeno” posible en cantidad suficiente para formar un océano es el agua. Nos habla de las características del agua fría, del agua caliente, de la perfecta asimetría de la vida…

Creo que Nacho me comentó que había conseguido el libro en un puesto de estos de la “Feria del libro”, entre montones de ejemplares descatalogados y a precios irrisorios. A mí me da lo mismo porque, como siempre se dice, la intención es lo que cuenta; y siempre me pareció que este libro aparte de muy bueno y didáctico, era como un tesoro valiosísimo al que un amigo me permitió acceder.

sábado, 8 de mayo de 2010

UNA ÉPOCA DEL AÑO, UN JUEGO

Hoy me toca hablar de juegos, ya lo hice hace unas semanas, y ahora vuelvo porque siempre me ha parecido que el juego es una de las mejores formas que tiene el ser humano de socializarse, de pertenecer y ser alguien en este mundo en relación con los demás.

En no pocos momentos de mi existencia pienso que la vida es como un juego, un enorme tablero en el que en cada momento tienes que tomar una decisión que genera nuevas circunstancias que te obligan a tomar nuevas opciones y así sucesivamente; esto sobre todo lo pienso los días que estoy chungo, con objeto de intentar animarme jugando un poco dentro de la rutina diaria. Cuando era niño llegué a pensar incluso que todos los días iniciaba un nuevo juego en el que yo era protagonista y el resto una especie de actores que giraban alrededor mío, al más puro estilo de “El show de Truman”, pero esto no es así, ¿verdad?, ehhh ¿verdad?

Pues como siempre he defendido, y aunque no me gusta abanderar eso de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, creo que los juegos de mi niñez tenían mucha socialización, mucho de hacer peña, grupo de iguales; eran, en definitiva, mejores bajo mi punto de vista que los de ahora. Entiendo las diferencias tecnológicas existentes y que el entorno ha cambiado, pero se ha desterrado casi por completo los juegos en la calle y, por supuesto, esos juegos de mesa que tanto me gustan y que ahora tengo pocas oportunidades de disfrutarlos.

Y es que hace algo más de treinta años no existían tantos coches y los niños tomábamos las calles, nuestras madres que eran mayoritariamente amas de casa (esto no es machismo, esto era realidad), no tenían ningún miedo a dejarnos salir porque no se percibía el peligro, llámese drogas, secuestradores infantiles, cacos... Nuestro largo transcurrir en la calle se centraba en plantearnos a qué jugar, y divertirnos a raudales con el pasatiempo propuesto.

Siento una especial añoranza cuando se va sucediendo cada época del año y rememoro que cada una de ellas, cíclicamente, tenía su juego, el juego de temporada. Era una manera de adaptar los juegos a las condiciones climáticas y ambientales, toda una propuesta de estudio por si alguien quiere hacer una tesis doctoral.

Ahora que ya se acerca el buen tiempo y las tardes son más largas era muy habitual entretenerse con el clásico “Policías y ladrones”, en el que hacíamos nuestras acotaciones mentales acerca de cuáles eran las calles que valían y cuáles no, y asimismo creábamos nuestras propias estrategias para eludir a los polis, y es que era más divertido ser ladrón que policía. También era la época de las canicas, yo nunca fui muy bueno con estas, donde los descampados de los alrededores se llenaban de hoyos para desarrollar las diversas variantes que existían.

Cuando se acercaba el soporífero calor del verano y con las vacaciones, teníamos que desistir de realizar juegos físicos hasta casi la noche y venían otros entretenimientos más pausados o que podías realizar a la sombra, surgían entonces las cartas (de niño el que se imponía en mi barrio era el tute), y te podías tirar las horas muertas, la pareja que perdía se quitaba, no nos apostábamos nada, sólo la honrilla de ganar. Estaba también uno muy divertido, los platillos, en otro sitios se llama chapas, y es recuerdo que con eso del verano las terrazas de los bares se llenaban de familias, los platillos de las botellas se tiraban al suelo y los niños las cogíamos para jugar e incluso para coleccionarlas; había una especie de catálogo no escrito de puntos que variaba en función de lo popular, menos puntos, o raro, más puntos, del ejemplar en cuestión. Y es que no era lo mismo un platillo de Fanta o Cerveza El Alcázar, que había muchos, que otro de leche Colecor o Sidra Jai Alai, que eran más difíciles de encontrar. Un año fui de vacaciones a Almería y me traje un montón de platillos de la playa, llené la calle de nuevas marcas como Cerveza El Azor y mis platillos eran de lo más cotizados.

Con el término de las vacaciones y el retorno a la escuela, llegaba también el inicio de la Liga de fútbol y entonces comprábamos las estampas, cambiábamos y, por supuesto, jugábamos con ellas. También se montaban varios juegos en torno a nuestras estrellas de la liga y otras no tan conocidas, nombres tan sonoros como Panadero Díaz, Barrachina, Macanás, Claramunt, Megido y hasta Luis Aragonés con la elástica del Atlético de Madrid, buf, ¡qué viejo soy!

El jugar a los relevos casi iba emparentado con el curso escolar, y entonces teníamos un inusitado interés por ser los más rápidos, por correr más que nadie, el que corría más sabía que era un líder, que iba a jugar bien al fútbol y que hasta tendría éxito con las niñas, aunque no recuerdo que eso de rondar al sexo contrario nos obsesionara mucho, más bien nada. Por cierto, yo no era de los que más corrían.

Y si llovía y se nos embarraban nuestros solares, pues perfecto porque entonces surgían de no se sabe dónde trozos de hierro, le llamábamos limas aunque no lo fueran, y jugábamos a clavarlas en el suelo en una suerte de casillero de cuadros numerados. Esto sí que tenía una época muy concreta y es que cuando dejaba de llover durante unos días y se secaba la tierra ya no podíamos distraernos con esto, por eso nos gustaba que lloviera para regar nuestros campos... de juego y que tuvieran la textura adecuada.

Ya, si llovía mucho, pues teníamos en casa los juegos de mesa, pero eso me dará para hablar otro día de lo apasionantes que son y lo que se están perdiendo nuestros jóvenes de hoy en día. Y, por supuesto, había muchos más juegos en la calle, que dará para más.

domingo, 2 de mayo de 2010

TELEVISIÓN DIGITAL TERRESTRE, ¿TELEVISIÓN DE CALIDAD?

Tenía casi prometido en una entrada anterior que un día abordaría el asunto de la Televisión Digital Terrestre, sobre todo porque creo que merece la pena reflexionar acerca de este fenómeno que a todos nos ha afectado, salvo los escasos ermitaños que viven sin la caja tonta.

No seré yo el típico “cultureta” que dice que no ve la televisión o la ve poco. Seré sincero, veo mi ración todos los días, cuando era niño consumía mucho, de joven también, veo el deporte que puedo, por las noches es un entretenimiento grato y hasta me dedico a rumiar alguna telenovela que otra cuando me despierto de la siesta; eso sí, no veo programas del corazón y similares. Por eso, todo el mundo ha tenido que adaptarse a la TDT.

Decía el Ministro de Industria Turismo y Comercio, el Sr. Sebastián, que la TDT era una televisión de mayor calidad y con mayor cantidad de canales. No le falta razón en parte, aunque es obvio que el planteamiento es capcioso o, cuando menos, criticable. De calidad sí, pero ¿a qué coste? La inmensa mayoría de los españoles hemos tenido que adaptarnos, todos con el aparato descodificador de la TDT, o comprando un nuevo aparato televisor con dicho mecanismo incorporado; y también mucha gente ha tenido que cambiar la antena de su vivienda.

Esto me permite formular el primer interrogante, el coste y a la par el esfuerzo que ha conllevado a la población española esta adaptación, ¿ha tenido contrapartida por parte de las Administraciones Públicas? Creo que rotundamente no, y es que a la vista están los fallos que ha tenido y sigue teniendo la señal, algo que cualquiera de nosotros puede verificar en su propio aparato, que tiene interferencias (a la imagen le aparecen los famosos píxeles), que se le va la señal...; por no hablar de los problemas que tienen en algunos lugares recónditos, a menudo zonas de sierra, donde directamente no se puede ver la TDT y ayuntamientos o particulares han tenido que tomar la decisión de montar su propia infraestructura, con repetidores, amplificadores..., lo cual es una barbaridad porque si a esa gente la tenemos olvidada y discriminada, con esto la segregamos todavía más.

En varias ocasiones he sentido la curiosidad de escribir al correo electrónico de la página web que creó al efecto el Ministerio, quejándome acerca de que pese a los esfuerzos que hacemos los ciudadanos, la señal sigue sin llegar bien. De algún modo, en todas las contestaciones había un eje común, y es el de que asumen que se tienen que hacer más inversiones en el tiempo para que mejore la recepción de la señal. Al parecer cada Comunidad Autónoma tiene que hacer sus correspondientes inversiones para este fin. Me da igual quién tenga que hacer esto, lo que no parece tolerable es que hace cinco años a bombo y platillo se anunciara la TDT y hasta se recomendara en Navidad el aparatejo como regalo ideal de Reyes, y luego todo era una farsa porque pese a que tú hicieras tu inversión, los que estaban realmente obligados a hacerla, la Administración, entonces empezaban a tomar cartas en el asunto, como siempre tarde y mal.

Y Sr. Ministro, mi segunda reflexión gira en torno a esa calidad a la que Vd. alude, calidad ¿de qué?, si pones la televisión y tienes un montón de canales de teletienda u otros en los que una chica ligera de ropa propone un juego tonto para hacer que la gente llame de manera compulsiva, en lo que viene siendo una estafa en toda regla, tolerada por el poder ejecutivo. Al final echas un vistazo a la parrilla y resulta que realmente de calidad, lo que viene siendo una televisión generalista y de variedad, tienes prácticamente las mismas de siempre, lo cual por desgracia no implica que sea una televisión de calidad, véase la bazofia y la chabacanería de la que se nutren los programas del corazón.

Y, bueno, resulta que total me conformo con lo que tengo y ya está, porque para eso está Teledeporte que aunque repita muchas retransmisiones, por lo menos no te saca a la Belén Esteban, pero es que el día que me están poniendo la antena, me dice el técnico que hay y habrá nuevos canales HD, o sea, de alta definición; y que las televisiones no están adaptadas a esto, y eso que yo hacía quince días que me había comprado una nueva. Pues nada, otro engaño más y una nueva inversión para los españolitos, porque si queremos avanzar entiendo que de aquí a unos años todas las televisiones intentarán emitir en ese formato.

En fin, puestos a haber mejorado el sistema, todos nos debíamos haber mojado de forma equitativa, si vamos a gastarnos el dinero que sea con la máxima previsión y que lo que hemos montado ahora nos valga para muchísimos años. Yo no soy un experto en comunicaciones, pero me aventuro a pensar que hubiera sido idóneo generar una televisión en la que aparte de los canales de “calidad”, pudieras acceder a Internet de forma rápida y barata, porque en el siglo XXI una buena parte de los españoles seguimos pagando un pico por nuestra ADSL para disponer de una velocidad de tortuga, algo insólito y casi tercermundista.

Y ya, por último, cuando teníamos la analógica, podíamos comprobar que la señal digital venía con un segundo de retraso. O sea, que tanta modernidad para que el gol que marca la selección española venga con un ligero diferido, ni lo entiendo ni me gusta, porque ya no podré ver los partidos de fútbol con la radio puesta.