sábado, 29 de julio de 2017

NOSOTROS ENTRAMOS DONDE TODOS QUIEREN SALIR: BOMBEROS FORESTALES, HÉROES ANÓNIMOS

El año pasado más o menos por estas fechas ya me despachaba a gusto con el sistema educativo y los malos hábitos que se siguen en los colegios de buena parte de nuestro país. Igualmente, en aquella entrada tocaba de pasada en qué se había convertido el whatssapp de los padres (aunque en realidad la mayoría son madres) del grupo de mi hijo, en un cajón de sastre donde se habla un 1 % de aspectos escolares y el 99 % de chorradas: gente que te manda una foto de un café con churros y los buenos días pero que luego no te saluda por la calle, un ciclón de cadenas absurdas, las cientos de fotos de los preparativos de los trajes para festivales y charangas varias y, por supuesto, el inefable regalito al profesor por lo bien que lo ha hecho.

Por cierto, desde que mi hijo está en el colegio en Bailén hay un aspecto que ni entiendo ni jamás entenderé, yo soy el único padre o casi, que va a las reuniones del colegio o tutorías, y participa (muy poco porque no hay margen) en el referido whatssapp, como si la educación de un hijo fuera solo una cuestión de madres. Y lógicamente no critico a las madres, sino a esos padres, porque yo conozco los de la clase de mi hijo, y no todos trabajan por las tardes, es más, no todos están trabajando.

Dicho esto, y subrayando que ese whatssapp no contribuye a romper mitos acerca del papel de la mujer en la sociedad actual, y «mis madres» se empeñan en tener esa aplicación como una extensión del chismorreo de la cola de la tienda, pues este año quise meter un poco de cizaña en el grupo y he de reconocer que a sabiendas.

Ciertamente me exaspera que en ese whatssapp apenas se hable de asuntos escolares, exámenes, trabajos, ejercicios..., así que dos meses antes del fin del curso, comenzó a moverse uno de los que se ha revelado como asunto estrella en el grupo y que más (las) excita: el regalito al maestro. No me gusta ni que se le haga el regalo y, ni mucho menos, que me inunden mi teléfono móvil con decenas de fotos de las propuestas del presente que se le va a obsequiar, una auténtica cuestión de Estado.

Total, que a las primeras de cambio señalé textualmente lo siguiente: «Buenas, soy el padre de XXX. Sin entrar en polémicas y desde un punto de vista personalísimo, no estoy de acuerdo en que se le haga un detalle a este profesor ni a ninguno. Es un servidor público que ya está remunerado por la labor que hace, que la hace muy bien y los niños se percibe que están muy contentos con él».

Ni que decir tiene que las madres se me lanzaron a la yugular, incluso alguna que en privado me había secundado se desdijo, imagino que por no quedar en evidencia ante la mayoría, o abrumada por esta; todas daban razones más o menos erráticas, y hasta una de ellas, probablemente la más fronteriza con la imbecilidad me comentó que qué problema había en dar 2,5 euros, a lo que le contesté educadamente que respetaba su opinión pero que no era una cuestión de dinero, lo cual era obvio, aunque no sé si lo entendió. Al final la absurda conclusión del porqué del regalito es que era una tradición, así de simple.

Yo sigo y seguiré en mis trece, nuestros profesores son servidores públicos que no necesitan premios o especiales prebendas por el ejercicio de su función. Nadie debe recibir un jamón, ni un traje, ni una botella de vino por hacer un trabajo de carácter público, pues ya cobra por ello de todos y cada uno de los ciudadanos.

Tengo muchos amigos maestros y algunos a buen seguro que leen esto, y reconozco como toda la sociedad que ejercen una labor importantísima, esencial para el crecimiento integral de nuestros hijos, es un trabajo muy bonito que necesariamente debiera ser vocacional y que no está exento de sinsabores y de algunos riesgos, riesgos implícitos como que te toque alguna familia conflictiva y esta no entienda que te tienes que ceñir a tu cometido o a la legalidad imperante, aunque eso pueda incomodar.

Para el que haya llegado aquí y no me conozca, yo también soy un servidor público y asumo también un cierto riesgo, limitado bien es cierto. Un par de veces me han amenazado de muerte, tal vez mi hermana que me lee normalmente se asuste con esta afirmación, pero por la entidad de los que emiten esos mensajes los entiendo como brindis al sol. Amenazas que vienen generadas por actuaciones que he llevado a cabo en el estricto cumplimiento de la legalidad y por mi responsabilidad, y que al que las ha recibido no le han gustado: sanciones, resoluciones en el marco de mi actuación en un tribunal de oposiciones, denegación de indemnizaciones...

No soy de los que se arredre con facilidad, porque vivir pensando que te puede pasar algo accidental por el simple hecho de vivir, impediría salir a la calle por la posibilidad de que te caiga una maceta de arriba, pero hay un resquemor latente, porque siempre digo que locos hay en todos sitios, y cualquiera te monta un Puerto Hurraco antes de que parpadees.

Esos riesgos existen pero ocupan la parte más nimia de mis ocupaciones y preocupaciones laborales, la mayor parte del tiempo trabajo a gusto en algo que me llena y en unas condiciones razonablemente buenas; tesitura en la que se encuentra el profesorado y un montón de servidores públicos de cuello blanco que trabajamos en edificios climatizados sin que nos afecte si fuera hace frío, calor o caigan chuzos de punta, y el sueldo es digno, todos desearíamos más, pero...; así que riesgo sí, pero bastante controlado.

Hace unas semanas me tocó vivir una situación inédita, de hecho, tal y como se sucedió por las fechas, puedo decir que es una extraña casualidad; iba a pasar unas minivacaciones con mi familia en Mazagón (Huelva) y el domingo atravesaba la carretera que va desde Huelva hacia este pueblo costero mientras sobre nosotros una columna de humo se extendía tapando el astro rey, y es que la noche anterior se había iniciado uno de los incendios forestales más terribles e impactantes de los últimos años en Andalucía, básicamente porque asediaba el emblemático Parque de Doñana. Y refiero lo de la casualidad porque era la primera vez que iba a dormir en Mazagón en mis 49 años de vida y justo se inicia el incendio unas horas antes de que aterrizara por allí.

Casualmente, otra serendipia, apenas tres o cuatro días antes había estado tomado café con mi amigo Jerónimo Lara que es bombero forestal (formamos parte del Grupo Filatélico Virgen del Carmen de Jaén, y aunque nos vemos poco sus integrantes, cuando lo hacemos tenemos unas tertulias muy intensas en las que recuperamos en horas lo que hemos perdido en meses sin vernos) y refería cómo está gestionado el dispositivo del Plan Infoca, y la buena organización que vela para que el preciadísimo bien que es nuestro entorno natural no sufra los avatares de cuatro desalmados y se preserve para generaciones futuras. Particularmente refería la existencia de un monstruo de helicóptero, el Kamov, de fabricación rusa, del que teníamos el orgullo de contar con una unidad en nuestra provincia de las dos existentes en Andalucía, concretamente en el Centro de Defensa Forestal de Huelma.

La tarde de aquel domingo en la playa de Mazagón no pudo ser más ajetreada, asistíamos a un triste documental en directo, era una sucesión de sentimientos encontrados, había rabia porque a cada instante, cada vez que mirabas las columnas de humo notabas como una parte nuestra se estaba quemando, pero también orgullo de que una infinidad de medios estaban trabajando para limitar las consecuencias y neutralizar el incendio cuanto antes.

Aquella tarde y los días posteriores fueron un frenético ir y venir de vehículos, aviones, helicópteros, autobombas y, fundamentalmente, de personas. No menos de cincuenta veces los hidroaviones pasaron a apenas quinientos metros de donde estábamos, recogiendo agua de mar para sofocar las llamas. Con esa cierta preocupación por la cercanía del humo, Jerónimo me estuvo informando de aspectos técnicos muy interesantes vía whatssapp (que sirve y mucho también para cosas buenas), a la par que me confirmaba que el Kamov de Huelma estaba trabajando ya allí.

El ver las caras del esfuerzo de esas personas que estaban trabajando al pie del cañón, pero con la serenidad con la que prácticamente te aseguraban que el incendio estaba en vías de ser controlado, a uno de ellos me salió decirle «estamos en buenas manos», a la par que casi se me saltaban las lágrimas.

Jerónimo me dijo una frase que seguramente utilizan los bomberos forestales «Nosotros entramos donde todos quieren salir». Qué gran verdad y qué orgullo y tranquilidad saber que contamos con profesionales, con servidores públicos que arriesgan su vida para proteger nuestra naturaleza y, en definitiva, para proteger nuestras vidas.

Servidores públicos, estos sí, que tienen un riesgo real presente en su jornada laboral, y no un riesgo residual como el que yo tengo o tiene un maestro. Servidores públicos estos bomberos forestales que no reciben regalos por lo bien que lo han hecho, ni aplausos y, si acaso, de vez en cuando, algún agradecimiento puntual como el que yo hice.

Servidores públicos que se juegan la vida cada vez que van a apagar un incendio, que sacrifican a su familias durante los meses en los que otros están de vacaciones, para los que no hay fines de semanas ni noches de sueño reparador cuando las llamas acosan nuestros montes.

Servidores públicos que no cobran más que un servidor público de cuello blanco como yo, es más, sus sueldos son una ridiculez para el trabajo que desarrollan. Encima son socialmente inexistentes, pese a que están ojo avizor para el momento en que se les llame estar donde se les necesita, pero nadie les regalará un reloj, una mochila, una botella de vino o un sombrero, aunque eso sí, acudimos y confiamos en ellos cuando todos estamos deseando salir y ellos entran porque están acostumbrados a ello, es su trabajo, cobran por ello, y asumen ese riesgo, pero permítamenlo son héroes anónimos, porque salvan vidas.

Héroes anónimos que están para servirnos, como lo son la policía, la guardia civil, los bomberos urbanos..., tantos y tantos trabajadores, a los que a algunos se les grita o se les insulta porque defienden la legalidad, sin esperar nada a cambio, sin regalos, más allá de su sueldo. Y es que cuando nosotros salimos de un sitio que nos incomoda, otros están dispuesto a jugarse la vida en nombre de la colectividad.

sábado, 22 de julio de 2017

"LORCA, MUERTE DE UN POETA", LA VIDA DE UN MITO

Corría el verano del año 1986 en Granada y mi destino vital iba por derroteros muy diferentes a los que luego acaecieron, de tal manera que yo me dedicaba a forzar mi cuerpo de una manera metódica, llegando a hacer en torno a cuatro horas de preparación física diaria, que iniciaba muy temprano y a la par tenía que ir a un par de sitios que casi me obligaban a desplazarme de punta a punta de la ciudad de la Alhambra, de hecho mis entrenamientos gravitaban entre los barrios de Los Pajaritos y el Zaidín. La temprana hora tenía la lógica de evitar los rigores de la canícula, con lo que a media mañana, con la mayor parte de la carga hecha y sin pauta que hacer hasta la hora de comer, me dedicaba a explorar una bella ciudad que hasta esa fecha era prácticamente desconocida para mí.

Mi filosofía que, en la medida de lo posible, mantengo en la actualidad, era la de vagar por calles y plazas, sin mapa, para ir descubriéndola y sorprenderme al doblar cada esquina. En uno de esos paseos erráticos llegué a una plaza donde se percibía un gran bullicio, y rápidamente me di cuenta de que se estaba rodando una película. Por primera vez en mi vida estaba en un rodaje en vivo y en directo. La acción no tenía demasiado desarrollo, a la fachada de un edificio con pinta de antiguo, le habían colocado un cartelón que señalaba «Gobierno Civil» y en la puerta se situaban unos guardias, enfrente un grupo de figurantes vestidos de campesinos clamaba «Armas al pueblo». Allí estuve un ratejo, viendo como la escena se grababa varias veces hasta que imagino que me harté de la monotonía de la escena, no sin antes preguntar a la concurrencia que de qué película se trataba, y saliendo rápidamente de dudas, me informaron que era una serie de televisión dedicada a Lorca.

La serie, producida por TVE, se emitiría un año después, en el verano de 1987, y en ese momento yo no la pude ver, ni la vi jamás. Ahora por las vicisitudes de una pequeña reseña que tengo que hacer del genial poeta para una revista filatélica en la que colaboro, ha resultado ser el momento idóneo para verla.

Cataratas de tinta se han vertido sobre Federico García Lorca y, para ser sincero, demasiado centradas últimamente en monopolizar el momento de su muerte y las causas, y no tanto en dignificar su obra. Es evidente que fue una pérdida irreparable, pues su muerte con 38 años, en una pujante juventud literaria, nos privó si hubiera vivido más tiempo, de otras obras maestras de la literatura española.

Configurada en seis capítulos de una hora de duración aproximadamente, aunque el último, el de su muerte, duraba algo más, y dirigida por Juan Antonio Bardem, narra la vida del poeta granadino, desde su juventud (en principio, no gozaba de gran relevancia su infancia) hasta su muerte.

Antes de entrar a valorar su calidad técnica y otros detalles, resalta mucho en la serie que el personaje principal fuera interpretado por un actor no español, en concreto, por el británico Nickolas Grace, que a la sazón no tenía ni pajolera idea de nuestro idioma. Él relataba su papel en inglés (aunque los poemas los recitaba en español con un fuerte acento inglés) y el resto de actores en español. Si ya entraña dificultad el realizar un guión y sincronizarlo, el encajar este batiburrillo se convertiría en un hazmerreír para más de un actor. Todo tiene su explicación que, aun hoy, me sigue pareciendo una tomadura de pelo, y es que la producción pretendía que con un protagonista de habla inglesa, la serie se pudiera vender y hacer caja en consecuencia, en países de influencia anglosajona, y efectivamente la serie se pudo ver en Gran Bretaña y en Estados Unidos, pero en este caso, con el doblaje de todos los actores, excepto lógicamente, la voz de Grace.

Y me inspira que es una tomadura de pelo, porque no me parece tan brillante papel el que desempeña Grace, al que lo único que le favorece es su aspecto físico y una interesante variedad gestual que lo definen como un artista con muchas tablas, no obstante, hay algo que no cuadra, es como si no sintiera a Lorca, como si faltara esencia, tal vez haber olido azahar de Granada desde siempre para imbuirse del papel.

Pese a la trayectoria de militancia comunista de Bardem y las fechas en las que se produjo la serie, con el socialismo de Felipe González en el poder, no creo que esté especialmente politizada, creo que se hace un retrato mesurado y justo de la vida de Lorca y, sobre todo, de las circunstancias de su muerte.

Hace un buen recorrido por su vida, una vida que para un hombre que vivió en España a primeros del siglo XX, está llena de pasión. Una vida salpicada de increíbles experiencias que fueron forjando un mito alimentado por un montón de sensaciones.

Lorca nació en el seno de una familia bien y eso le permitió dar rienda suelta a su curiosidad e imaginación. La serie retrata bien sus primeras reuniones con jóvenes intelectuales en Granada y su posterior ingreso en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1919, donde conocería a firmas tan reconocidas e influyentes de nuestra cultura como Dalí, Buñuel o Alberti. También el pistoletazo de salida de la Generación del 27.

Se hace, a mi pesar, una escuetísima pincelada de su viaje a Nueva York en 1929, curiosamente y no había caído yo en eso, estuvo presente en la ciudad estadounidense cuando ocurrió el crac del 29; y digo que la pincelada es breve porque el propio Lorca reconoció que en sus nueve meses de estancia fue una de las experiencias más útiles de su vida. Me imagino que encontrar escenarios de la época en una ciudad tan enorme y «sin contaminaciones» sería un objetivo harto dificultoso para la productora.

De allí partió a La Habana donde también estuvo residiendo unos meses, y ya con la 2ª República en España, de la que era simpatizante y esto no se puede negar, creó La Barraca, grupo teatral universitario, con el que recorrió España entera y también parte de América.

Ya sabemos que a medida que avanzó el desarrollo de esa 2ª República, comenzó a tensarse la situación social y política, y Lorca estuvo en el punto de mira. ¿Por intelectual, por homosexual, por republicano? La serie no lo deja claro del todo, a la par que señala varios factores, probablemente nunca se sepa la razón, como no se sabe exactamente el lugar en el que fue abatido, sin duda, que era un elemento discordante con las fuerzas golpistas y eso lo precipitó todo.

A la altura de este análisis cabe decir que localicé perfectamente en el quinto capítulo el momento del rodaje que yo había presenciado treinta años antes. Por cierto, que al poco de comenzar a vivir en Granada en mi época universitaria y realizar un giro drástico a mi perfil profesional ya me di cuenta que aquel día yo había estado en la Plaza de la Universidad, que el edificio del supuesto Gobierno Civil no era otro que la Facultad de Derecho, y el monumento que preside la plaza es el de Carlos V, al que durante años vi ataviado con indumentaria diversa. Facultad en la que pasé muchas horas de preocupaciones y aprendizaje, pero al final de éxito. La serie cuenta con numerosas escenas que se desarrollan en el interior de ese edificio tan solemne y que me han hecho recordar viejas cuitas.

Precisamente una secuencia de escasos segundos, seguro que tardó en rodarse varias horas, días diría yo, si tenemos en cuenta la logística para organizar a todo el equipo, figurantes, escenario…, con lo que esto nos da la dimensión del inmenso trabajo que hay detrás de un rodaje.

La tendencia homosexual de Federico se muestra muy de puntillas, al igual que, pese al momento político en que se grabó la serie, tampoco se trata de hacer leña del árbol caído, creo que los aspectos que rodearon su muerte se tratan con bastante dignidad.

En cuanto a la calificación de la serie, creo que en general está bien, quizá me faltan pasajes de la vida de Lorca que se obvian, al igual que otros sin importancia se acentúan. El elenco actoral es razonablemente bueno, aunque algunos están claramente sobreactuados. Por lo demás, quitando el papel del actor principal, el británico Grace, que no me convence, la serie es bastante correcta.

Finalmente y retomando con lo que comenté al principio, sobre Lorca, poeta y escritor que es mundialmente conocido, y no hay estudiante que se precie que no haya leído algo de él, hay que dignificarlo con su obra; entiendo y respeto el interés por recuperar sus restos, pero estoy seguro de que hay algunos que se empeñan tanto en ensalzar a Lorca y apuran sus deseos de darle una merecida sepultura para utilizarlo como un símbolo político, que a buen seguro que jamás han leído ninguno de sus libros. Por cierto, Lorca es patrimonio de todos.

domingo, 16 de julio de 2017

PEQUEÑOS IMPUESTOS REVOLUCIONARIOS DE LITORAL

Será quizá porque trabajo en un ayuntamiento, que cuando viajo a la costa siento una sana envidia, municipios más pequeños que el mío pero que manejan presupuestos mucho más abultados. Y tiene su lógica explicación, tienen una población censada concreta pero cuenta con recursos vía impuestos locales de toda una población latente que pasa buena parte del año allí o va a pasar sus vacaciones, amén de los impuestos de establecimientos hosteleros, promociones de viviendas que se realizan... Por otra parte, tampoco es desdeñable el número de negocios que se nutren de su privilegiada situación para vivir holgadamente gracias al dinero que traemos los foráneos. Y a todo esto podríamos añadir un largo etcétera.

Almuñécar, ciudad que visitaba hace unos años con cierta frecuencia, es una localidad con una población censada en su núcleo principal (sin anejos) de algo más de 18.000 habitantes, que durante el verano puede incluso quintuplicar su población y a lo mejor me quedo corto, con lo que no solo su ayuntamiento gestiona para una población de 100.000 almas sino que está obligado a ofrecer unos adecuados servicios a todos esos ciudadanos. Pero cuando esa población se retira a sus cuarteles de invierno, los vecinos de verdad disfrutan de una ciudad dimensionada para mucha más gente pero donde ya se han quedado una serie de infraestructuras que una ciudad de similar población como la mía (Bailén) no aspira a tener en la vida. Parques urbanos, instalaciones deportivas, centros comerciales, mantenimiento viario..., son algunos de los premios que Almuñécar tiene y, por ende, prácticamente todas los municipios costeros.

Uno está encantado de visitar sus playas y disfrutar de su clima benigno y del ambiente distendido que se percibe cuando se está descansando. A mí particularmente se me ha metido en la cabeza desde muy chico, los inmensos beneficios del agua de mar con todos sus oligoelementos, y soy de los que va a la playa diariamente mañana y tarde, salvo fuerza mayor; es más, me exaspera un poco y hasta me río con moderación de esa gente que se compra un piso en la playa para no pisarla jamás, porque se encuentra más cómodo en la piscinita de la urbanización, o yendo al chiringuito que hay debajo de su bloque. Y es que para ese viaje no se necesitan tales alforjas, piscinas y bares tenemos en el interior, el elemento diferencial es el mar, también el clima, pero fundamentalmente el mar. Si no te gusta el mar y te compras un piso en la playa para verla de lejos estás haciendo un pan con unas tortas. Es, permítaseme el comentario machista y espero que simpático, como el que tiene una novia y no le toca el culo.

Si hay algo bueno que tiene España son sus playas, las riberas del mar como dice la Ley de Costas, es que son públicas, todas, absolutamente todas. Aunque algún hotel en nuestro país pueda hacer algún juego de palabras con los términos «privada» o «semiprivada», esto es radicalmente mentira. Tú puedes bañarte en cualquier playa de España, todas son públicas, no encontrarás una puerta de acceso que te impida entrar en ella, bien es cierto que por la orografía algunas serán más o menos accesibles, pero que conste que las playas son de todos, con lo que nos separamos de otros países elitistas y también de otros tercermundistas que sí que acotan sus playas para el disfrute de unos pocos.

Pues visto que las playas son de todos, me molesta bastante que los ayuntamientos costeros, si no tienen bastante con unos suculentos ingresos por todo lo comentado, y porque básicamente el turista de turno acude a esos municipios a hacer un dispendio y a realizar unos gastos extraordinarios que no hace durante el resto del año, pues también acometen ciertos abusos.

Si las playas son públicas, algunos ayuntamientos costeros han encontrado un auténtico maná con la regulación de los aparcamientos aledaños a esas playas. Es consabido que los seres humanos ocupamos poco espacio físico, lo que ocupa auténtico espacio es el vehículo que nos transporta, ese necesita como poco cincuenta veces más espacio que nosotros, hay que aparcarlo y dejar un sitio prudencial a su alrededor para abrir puertas y maletero y no darle al de al lado, y aparte un espacio también significativo para poder salir y entrar. En definitiva unos buenos metros cuadrados que, a veces, no son fáciles de encontrar.

Así que para solucionar este problema esos ayuntamientos listillos se inventan o no los aparcamientos pero ante todo crean la figura del aparcacoches, para tener ocupado a una serie de personal que no encuentra trabajo dentro de la oferta existente, ahora un poco más suelta tras la crisis.

Y el problema es que no existen más aparcamientos porque haya aparcacoches, existen prácticamente los mismos, es decir, que la regulación que ejercen no es más que la de señalar donde está el aparcamiento libre, algo que más o menos se ve, según la zona, desde el vehículo. Es más en zonas expresas de aparcamiento, no los existentes en las calles, se regularían y optimizarían de forma similar con o sin aparcacoches, porque prácticamente ninguno te dice que pegues más o menos el coche a otro para que quepan más. Como tú tienes que ir a la playa y por c... tienes que aparcar tienes que pagar esa especie de impuesto revolucionario sí o sí.

Hace unas semanas estuve en Mazagón, justo en mitad de todo el lío del incendio que casi llegó a Doñana, estábamos a finales de junio y entre la cierta tensión que se originó con el fuego y las fechas, la referida localidad onubense estaba bastante tranquila y con escasa ocupación; de tal manera que acudía con mi familia a la playa con el coche, no porque tuviéramos que andar mucha distancia sino por los bártulos que acarreábamos y aterrizábamos en un aparcamiento con capacidad para doscientos coches, en el que estaríamos en el mejor de los días unos veinte vehículos, y ahí estaba el aparcacoches impenitente persiguiéndote para endosarte la multa.

Y no es por el coste, que casi también, sino que la vigilancia no es tal ni regula nada y menos esos días, era y es una multa en toda regla por ser turista. Curiosamente en el recibillo que te proporcionaban y que ilustra esta entrada, aunque pone «Aportación voluntaria», estos personajes, muy cucos, ya han decidido por ti, y lo ponen a boli, que dicha aportación es de 1 euro… voluntario (aunque está claro que todo el mundo paga para evitar historias).

Por si eso no fuera suficiente resulta chocante, y es algo que no entiendo de los aparcamientos, es que si se denomina servicio de Vigilancia, sustantivo que se nombra dos veces en el referido recibo, qué sentido tiene que pongan: «No se responde de los objetos dejados en el interior, ni los desperfectos ocasionados al vehículo una vez retirado del aparcamiento». Es decir, que vigilar no se vigila, simplemente se indica el aparcamiento, o como en mis minivacaciones de hace unas semanas, solo cobran puesto que ya me dirán qué significar ordenar el aparcamiento de veinte coches en un espacio con capacidad para doscientos más.

Y puestos a seguir analizando la situación, los aparcacoches asumen que no se responsabilizan de desperfectos ocasionados al coche tras su retirada, con lo que se demuestra el truco de todo esto, es que, si acaso, se ayuda a aparcar, pero no se ayuda a desaparcar, que en días de follón estaría bastante interesante. Pero no, los gorrillas de turno se largan a media tarde, porque ya no tienen que ejercer la función principal, la de cobrar, y si te roban o te dan un «restre» te quejas al maestro armero.

Curiosamente, el pueblo de Mazagón tiene una amplia línea de costa y aparte mucha anchura de playa, con lo que para no darte una caminata tienes que intentar dejar el coche lo más cerca posible, y los aparcacoches regulan también otros aparcamientos que no son tales, son simplemente los que hay en la calle que va paralela a la playa, con lo que hay regulan todavía menos, solo indican aparcamiento y cobran, sobre todo cobran.

E insisto, la regulación se ejercería del mismo modo sin que ellos estuvieran, pero los intereses creados hace que estos ayuntamientos (el de Moguer y Palos de la Frontera) dispongan de un respiro con esas personas, que en verano no llamarán a sus puertas exigiendo trabajo.

Esto de los aparcamientos regulados es que nunca me ha gustado, la Junta de Andalucía también se aprovecha de ello cuando se trata de espacios protegidos, por ejemplo, las playas de Mónsul y Los Genoveses en Almería, porque tienes que entrar en el aro de pagar si quieres ir con el coche, y al final de todo, descubrimos que las playas son públicas, pero con estos pequeños malabarismos normativos son un poco semiprivadas o privadas.

Y como señalaba al principio, no es nada en contra de los señores que se buscan la vida con este negocio, los gorrillas o aparcacoches, los municipios de litoral deben procurar unos adecuados servicios a los que viajamos allí y dejamos nuestro dinero: limpieza de playas, duchas y lavapiés, salvavidas y, por supuesto, también el aparcamiento, y todo ello gratuito.

domingo, 9 de julio de 2017

APOCALYPTICA, EL HEAVY COMO NUNCA LO IMAGINASTE, CON VIOLONCHELOS

Un músico heavy ¿nace o se hace? Probablemente por la propia dimensión de esta música, a un bebé tal vez le incomode, por muy bajita que suene. A esta música se llega por afición tras haber oído otras, incluso por consejo o afinidad, o quizá porque uno se identifica con el carácter de esta. Ah, antes de nada, y pese a mi empeño por la preservación de nuestra lengua, el adjetivo heavy me gusta más que rock duro o metal, creo que tiene connotaciones que los otros sinónimos no tienen.

Yo puedo decir que soy un buen aficionado a la música heavy, pero la bien elaborada, no aquella que simplemente genera ruido y esa es su seña de identidad, hacer ruido con letras que se quedan tapadas por los instrumentos sonando a la máxima potencia. Me gusta el heavy que tiene un proceso de composición concienzudo, con partitura o algo parecido, también aquella que aun naciendo de la inspiración tiene una base melódica sólida. Por no enrollarme mucho diría que el heavy comercial me gusta, me encanta, ya sé que tal vez no sea purista, ni siquiera un aficionado propiamente, porque los aficionados de verdad necesitan algo más que lo que se escucha en las radios generalistas.

Dicho esto, hay que desmentir categóricamente que la música culta sea solo la clásica, o que no pueda haber virtuosos de la música en cualquiera de sus géneros. Ni siquiera el movimiento heavy es ajeno a esto, esas clásicas baladas llenas de sensibilidad y que contrastan con su estética (pelos largos, chupas de cuero, mucho metal), denotan que hay una seria composición detrás, que el pentagrama se ha trabajado.

La música heavy reconozco que no es un fenómeno de masas y, a veces pienso que es como decía el anuncio, será «porque la ha probado poco». También es verdad que su estética a veces echa un poco para atrás a mucha gente, y que uno se identifique con la música sin usar una indumentaria concreta parece que no cuadra; igual que es erróneo admitir que los que se visten de heavys son por naturaleza macarras, agresivos o antisociales. Hay gente muy culta y «muy normal» entre sus adeptos, precisamente hay un cura (Vicente Esplugues) que por las tardes en RNE, una vez a la semana, dedica una sección que se denomina «La sotana metálica» y es perfectamente compatible su ministerio sacerdotal con su gusto musical, tal vez extremo.

Este grupo que hoy traigo a colación es de esos que no terminan de encajar, rompen varios mitos, y eso es magnífico. El cómo llegué a conocerlos es bastante fascinante, porque vinieron a mí hace unos años con ocasión de una sesión de meditación en medio de un ensayo para un grupo teatral en el que puntualmente he colaborado. Nuestro director Manolo López, buen amigo y al que tengo considerado maestro vocacional, algo que hoy parece que no se lleva, fue el que me sumergió en este grupo que era heavy, pero tenía algo de clásico; que era potente, pero a la vez relajante.

Y es que puestos a elucubrar en torno a la pregunta inicial, los miembros de Apocalyptica ¿eran o se hicieron heavys? Claro, que esa es otra, porque parece que esta música hay que asociarla a una foto prototípica: guitarra, bajo, batería, voces y quizás algún teclado; pero no, porque eso es lo primero que choca de este grupo finlandés, es heavy, pero su instrumento principal es el violonchelo, y para ser precisos cuatro, y ya está. Pero eso sí, la estética no la pierden sus pelijas, sus chupas, sus camisetas negras, y mucho metal.

Ya parece raro que un grupo heavy se componga con unos instrumentos tan clásicos, tanto que parecería a priori que la belleza que sugieren esos guitarrones verticales no puede albergar algo tan rompedor como la música heavy y, sin embargo, se mueve. Con lo cual, es evidente que hay una formación clásica y «homologada» en los componentes de Apocalyptica, y es que sus fundadores, cuatro amigos que cursaban sus estudios en la Academia de música clásica Sibelius de Helsinki (Eicca Toppinen, Antero Manninen, Paavo Lotjonen y Max Lilja), ya en 1992 hacían sus pinitos versionando temas del rock y del heavy de la más rabiosa actualidad pero con el singular sonido de sus chelos.

La idea fue cuajando y a la gente le gustó, de tal forma que de manera no profesional se tiraron unos tres años haciendo conciertos privados, hasta que a finales de 1995 una discográfica les propuso hacer un álbum, y así fue como nació Apocalyptica con su primer disco de 1996 titulado Plays Metallica by four Cellos, que como su nombre indica traía unas rompedoras versiones de la mítica banda metalera de Los Ángeles.

Y lo sorprendente para el que escuche por primera vez Apocalyptica, al menos sus primeros discos, es que cuatro chelos no suenan como cuatro chelos, sino que lejos de ser algo monótono, tiene una riqueza inexplicable, parece que hay violines, guitarras, órganos, incluso batería. Y es muy apreciable cómo se hacen los sonidos de tambor y bombo percutiendo las cuerdas del instrumento.

Para que se aprecie el nivel de estos músicos en el año 1999 Antero Manninen dejó el grupo, nada menos que para formar parte de la Orquesta Filarmónica de Helsinki, y lo reemplazó Perttu Kivilaakso, compañero también de la Academia Sibelius y al que habían dejado fuera del primer proyecto porque cuando se formó el grupo aún era menor de edad y no había terminado sus estudios.

Ya habían grabado su segundo disco (Inquisition Simphony) previamente, en mayo de 1998, y contenía adaptaciones de Metallica, Faith no more, Pantera y los brasileños Sepultura, y la novedad es que contaba con tres temas originales.

Esa fue la primera seña del cambio de rumbo de Apocalyptica que pulsó la gran aceptación de sus adeptos por los temas propios, y con su tercer trabajo y ya con el joven Kivilaakso en sus filas nació en el 2000 el exitoso disco Cult, un álbum genial, que fue la confirmación de esta banda, pues todos eran temas originales salvo dos versiones de Metallica y como novedad una adaptación del compositor clásico noruego Edvard Grieg, “Hall of the Mountain King”, una partitura muy conocida.

En ese disco hay una joya que es la que me enganchó a mí con este grupo al poco de que Manolo López me alumbrara el camino, se trata de «Hope». Un tema con una fuerza bestial, con una melodía que atrapa y con una increíble sonoridad. Desde que conocí el grupo tengo un disco compacto con los cuatro primeros álbumes en el coche y cuando quiero un subidón de adrenalina me pongo Hope. Invito a todo el que lea esto a que ponga en Internet este tema y se comprobará de lo que hablo.

Después de oír esa canción por primera vez y tras repetirla, aprecié que era muy buena, tenía algo especial, y a posteriori verifiqué que Apocalyptica había sacado en 2001 una edición especial de Cult con el tema Hope al que le habían agregado letra y estaba cantado por Matthias Sayer, vocalista de la banda alemana de heavy Farmer Boys. A mí sinceramente me gusta más el tema sinfónico, pero con letra tiene su aquel.

El cuarto álbum oficial fue Reflections, en 2003, y completó el cambio de rumbo de la banda, pues ya eran todos sus temas originales.

Para entonces el grupo ya tenía tal bagaje y popularidad que decidió oficializar lo que ya era una realidad en los estudios de grabación, que necesitaban la cobertura de algún instrumento más, pero sin pasarse; así fue como se incorporó al grupo al batería Mikko Siren en 2005, reemplazando de algún modo, a Max Lilja que por desavenencias con sus compañeros había dejado las filas un par de años antes.

Varios discos más se han grabado hasta hoy, y Apocalyptica es un grupo relativamente conocido en el panorama musical (ya, nunca se encontrará en Los 40), pero siguen teniendo la fuerza de unos tíos que están en su madurez, en su cénit creador, Kivilaakso nació en 1978, y que siguen obsequiándonos con su música y dando conciertos por todo el mundo. En España han estado varias veces y seguro que seguirán viniendo en el futuro, porque este grupo finés tiene cuerda para rato, nunca mejor dicho.

domingo, 2 de julio de 2017

EL DÍA QUE PARTICIPÉ EN UN LINCHAMIENTO

El hecho de que haya venido a mi vida un niño cuando yo tengo una edad relativamente madura, dejémoslo ahí, ha tenido un montón de consecuencias positivas en mi existencia, y una de ellas, no la más importante, es que con él rememoro vivencias que me ocurrieron cuando niño, porque proyecto en él aquellas experiencias, y concluyo en que, a pesar de que han pasado en torno a cuarenta años desde que yo paseaba mi mochila por el cole, sustancialmente no han cambiado muchas cosas, es como si se repitiera la misma historia.

Las peripecias del recreo suelen ser un recurrente tema de conversación, con respecto a la oficialidad de lo que ocurre en el plano docente que queda en segundo plano y que es más aburrido o menos dado a noticias que lo otro. Sí, mi hijo refiere los juegos de recreo y las cuitas que hay entre compañeros y mi sentencia es que los niños son niños en todas las épocas y las formas de socializarse pueden cambiar en el tiempo pero su esencia en la misma.

Alguna que otra peleílla me confesaba que se producía de vez en cuando, algo ciertamente normal y que hay que tomar en consideración en su justa medida, porque saber defenderse es intrínseco al ser humano y si los adultos nos metemos en querer sobreproteger estaremos malcriando a nuestros hijos, por eso hay que dejarlos un poco, esa es mi opinión, siempre y cuando la sangre no llegue al río.

Pues eso, que me refería que algún que otro compañero poco espabilado solía ser el blanco de las mofas del resto, algo que tampoco me gusta, pero es que suele ser una figura que también recuerdo que existía en mi escuela, y los niños éramos y son crueles, y nos pasábamos. Tal vez yo no.

Le pregunté a mi hijo si en el recreo jugaban a «mosca» o a «zurreón», o a «urda» y me dijo que no (interesantes juegos para tratar en este blog en dicha etiqueta), sobre todo, todos ellos un tanto violentos se basaban en golpear de alguna forma al que se la quedaba. Probablemente el juego de mosca sea el más conocido, dos filas paralelas de chicos (o chicas aunque las de mi clase jamás jugaron) abren un pasillo para que el que se la queda pase y puede ser golpeado por otro siempre que este no sea visto. Lo que ocurría en este juego en mi colegio es que siempre estaba el mismo que siempre se la quedaba y se llevaba todos los palos, parecía masoca, si no estaba él otros dos o tres tomaban el testigo.

Por respeto a él que sé que vive, aunque hace años que no lo veo, diré que S.E. era el prototipo de bobo de mi clase, con poca inteligencia y nula maldad, y que además no iba bien en los estudios, había una conjunción de factores muy critica, hoy podríamos considerar que le falta un hervor.

A estas alturas de la película tengo que decir que casi sin saberlo o sabiéndolo yo, siempre he intentado seguir esa máxima que luego me recordaron antes de ir a la mili, de no llamar la atención ni por arriba ni por abajo, es decir, ni muy listo ni muy tonto, no levantar la liebre, pasar desapercibido. Y en el cole me pasaba eso, no era de los que animaban a S.E. a que se la quedara en «mosca», aunque seguro que alguna vez le di alguna colleja, no lo niego.

Curiosamente esta historia de bobos y listos, de buenos y malos, y de invisibles (categoría en la que yo me encontraba), me llevó a otra que le apunté a mi hijo muy de refilón y que pasa por ser una de las más increíbles de mi vida y que dan título a esta entradilla. Historia que por más que la recuerdo me parece tan fantástica, tan increíble y surrealista que pese a que la viví en primera persona a veces me pregunto si no la soñé.

De algún modo, también era una historia de buenos y malos, de bobos y listos, de macarrillas y chuletas. Yo he vivido siempre en un barrio obrero que albergaba a cientos de familias a los que daba de comer Metalúrgica Santana (la que fabricaba los Land Rover en España) en Linares y con el boom de natalidad que hubo a finales de los 60 en España, la vida en la calle dista mucho de la actual, decenas de niños salíamos en tropel todos los días del año a jugar a lo que fuera, y nos conocíamos todos y lógicamente los había de todos los pelajes. Entre ellos estaba el que hoy traigo a colación, y protagonista principal de la historia, como también vive también respetaré su identidad aunque dudo que esto lo vaya a leer alguna vez, se trataba de P.V. El susodicho era el gamberrete de la calle, un tipo entre bobo y malvado que no solía tener buenas ocurrencias, entre sus méritos se contaba que una vez le pegó una pedrada a una niña y le vació el ojo para siempre.

P.V. no era ni mucho menos un delincuente, a tanto no llegaba, ni tampoco era pandillero infantil-juvenil, era el malo de la calle sin más. Un chaval en el que nadie confiaba, siempre trataba de engañar, se le iba la mano con facilidad, le gustaba apropiarse de lo ajeno, era generalmente sucio, desaliñado, maloliente y con mocos perennes, aunque su familia sabíamos que estaba económicamente mejor que el resto (su padre tenía una empresilla), hasta el punto de que construyó un chalé a las faldas de la explanada que utilizábamos para jugar al fútbol. Su madre era la única del barrio que acudía a comprar a la tienda en zapatillas de paño, algo que ya me resultaba chocante, así que es imaginable cómo detesto hoy la moda de esos/as que van a comprar al Mercadona o el Lidl con pantuflas, pijama o bata, o todo a la vez.

Bueno, pues pese a todo él era un «amigo». La paradoja era tal que hicimos un equipo de fútbol, compramos unas camisetas, y él formaba parte del mismo, pero cuando un balón se salía del campo y llegaba a los aledaños de su chalé su madre nos lo confiscaba y se acababa el partido sin que él dijera nada.

Pues eso, P.V. era un tipo que a base de hacer una trastada tras otra llegó el momento y no se cuál fue la chispa que encendió la llama, pero el caso es que un día, yo debería tener trece o catorce años, estamos hablando de principios de los años 80 y, algo muy gordo debía haber hecho o por acumulación (a lo mejor fue por la sucesiva confiscación de balones), pero el caso es que fue un clamor en la calle que P.V. debía de llevarse su merecido de una vez por todas. No recuerdo muy bien las fechas pero por el buen tiempo que hacía, podría ser mayo o junio, o tal vez septiembre, lo cierto es que la mano invisible del odio se extendió con rapidez y una tarde decidimos anunciarle, huelga decir que yo es como si no estuviera, que lo íbamos a linchar, así tal cual.

No sé si aquello fue como un reguero de pólvora, lo cierto es que allí comenzó a aparecer gente de calles aledañas a mi barrio, porque P.V. era bien conocido en los alrededores; tal que nos juntamos yo diría que unos treinta chavales, y de buenas a primeras comenzó una persecución, debería calificarla de espectacular porque jamás me vi en otra igual, en la que nuestra horda atravesó Linares no menos de cinco kilómetros por su periferia.

Como es evidente la persecución no iba a ser eterna y hubo un momento en que P.V. que no era precisamente un tipo ágil, era más bien fondón, pues yo creo que se cansó o vio que no tenía sentido correr para no llegar a ningún sitio porque ya estaba en el campo, en un erial grandísimo sin posibilidad de esconderse ni de escapatoria y nosotros a unos 500 metros viéndolo perdido y restregándonos las manos.

Pobre P.V., por primera vez en la historia, el malo malote de la calle estaba contras las cuerdas, y no dudo que a mí aquello me producía cierta satisfacción, se estaba ejecutando esa especie de justicia rápida que por fin iba a resarcirnos de tantas gamberradas que habíamos sufrido del ínclito.

No sé si levantó la bandera blanca o P.V. reclamó a voces en esa situación límite que, puestos a «morir», por lo menos pensaría que podía hacerlo con cierta dignidad, solicitando un poco de clemencia (la que no tuvo con nosotros durante muchos años) y que se enfrentaran con él en el combate final solo unos pocos, un mal menor, o un riesgo calculado. En un sumarísimo juicio tomamos la determinación de que se encargaran de liquidarlo cinco de nosotros, y sí, yo no fui uno de los elegidos, aunque estoy seguro de que tampoco me postulé, porque yo seguía en modo invisibilidad como si tuviera la capa mágica de Harry Potter por encima.

Lamentablemente para mi morbosa curiosidad nuestros matones se apartaron tanto de nuestra visión que no pudimos ver cómo se sustanció la pugna. Transcurrirían quince o veinte minutos y los sicarios volvieron bastante inmaculados ciertamente y contando como le habían dado para el pelo a P.V., a mí me sonó que demasiado ruido para tan pocas nueces.

No recuerdo muy bien cómo fue la vuelta a la calle, pero como niños que éramos, aunque P.V. era probablemente dos años mayor que el resto, el berrinche se nos pasó rápido y con los ánimos más calmados y la turbamulta disgregada, ya era de noche y estábamos comentando la jugada, y P.V. se acercó y pidió parlamento. Recuerdo perfectamente que J.G. fue el intermediario o negociador (era uno de los chuletas del barrio, y que luego se convirtió en un sensible licenciado en Bellas Artes, todo un inspirador contrasentido), a mí me pareció un traidor, porque después de haber llevado a cabo una persecución de película el intentar hacer las paces a las pocas horas era de ser poco machos, mi posición de pensamiento era muy libre porque al fin y al cabo yo siempre llamaba poco la atención. J.G. volvió y nos comentó que P.V. pedía clemencia, que no lo volvería a hacer, lo que fuera, y que iba a ser un hombre nuevo.

No sé si P.V. se convirtió en un hombre nuevo pero es muy probable que ya cercanos a nuestra adolescencia tuvimos menos oportunidades de alimentar la calle. Tal vez fue la penúltima oportunidad de estar de andanzas con P.V.

Y fue la penúltima porque la última la recuerdo bien, en una Feria de San Agustín de Linares. Comoquiera que aquel linchamiento fue olvidado con prontitud, porque también hay que preguntarse si verdaderamente lo hubo o nuestras avanzadillas se inventaron lo que le hicieron a P.V. en esos veinte minutos donde se decidió el futuro de la calle, lo cierto es que P.V. que hoy no sería un amigo en mi vida actual en ningún caso, seguía siendo un miembro de la pandilla, más o menos querido. En aquella Feria yo tendría en torno a catorce años y se decidió, yo no por las razones antes expuestas, que en una operación a gran escala, seguramente inspirada por P.V., íbamos a hurtar unos pines o insignias (que en los años 80 estaban muy de moda) en un puesto de moros. La tan sofisticada estrategia pretendía desviar la atención del vendedor y que yo, sí yo, ejecutara el hurto. No sé cómo me la metieron doblada si yo no existía, pero después de dar vueltas, muchas vueltas, elegimos la víctima, y yo nulamente avezado en el arte de la sisa, imagino que actué como elefante en una cacharrería, y el moro que estaba ya de vuelta de pícaros callejeros me cogió la matrícula rápido y me pilló antes de que dijera esta boca es mía. Imagino que pasé un bochorno instantáneo, pero provocó en mí un sentimiento definitivo y presente de que jamás me vería en otra igual.

Y este era P.V., el inspirador de esta sensacional y disparatada pero también cotidiana historia, por aquella época tenía más sentimiento de odio hacia él que otra cosa, aunque paradójicamente compartiéramos andanzas, equipo de fútbol o trapacerías en un puesto de feria, y deseaba que la vida le fuera mal en comparación con la mía que yo esperaba que fuera bien y que el karma pusiera a cada uno en su sitio.

Hoy tengo un sentimiento indiferente incluso de cierta pena, y sé que P.V. ha sido un hombre normal tirando a vulgar con más penas que glorias, y enterrada tantas batallas de la infancia, uno casi tiene olvidado todo. También es verdad que mi época era más recia que la actual, hoy no deseo ni por un instante que mi hijo tenga el más mínimo problema en su vida, pero yo me peleaba, traía chichones y heridas por doquier, hacía serias travesuras y, sin embargo, me tengo por una persona bastante tranquila y pacífica.