sábado, 27 de febrero de 2016

"HOMBRES BUENOS", DE ARTURO PÉREZ-REVERTE

En mi penúltima entrada del blog relativa a un libro de Pérez-Reverte, «El asedio», ya manifestaba mis reservas hacia las últimas creaciones de este famoso escritor, y en esta que hoy traigo a colación me vuelve a dejar una sensación de claros y oscuros.

«Hombres buenos» es una historia muy bonita, la del episodio histórico y real del viaje de dos académicos de la RAE en el último tercio del siglo XVIII a Francia para adquirir L'Encyclopèdie francesa en veintiocho volúmenes; sus vicisitudes, sus dificultades..., son un teórico caldo de cultivo magnífico para construir una buena novela histórica con matices de aventura; no obstante, el bueno de Arturo cumple en parte el propósito bajo mi modesta opinión.

Para empezar últimamente abusa demasiado del tamaño de sus obras, que tienen manifiesto sobrepeso sin motivo, seiscientas páginas se me antojan excesivas para una novela que se resume fácilmente en una hoja. Una novela que con la mitad de su volumen hubiera quedado fantástica, se nos revela como un relato en ocasiones tedioso y con contenido que sobra y no aporta nada a la trama principal.

Por otro lado, Pérez-Reverte se ha plegado a la moda televisiva del «¿cómo se hizo?» (o el making of que tanto gusta a los esnobs). Cada cierto número de páginas el autor decide desconectarnos para mostrar cómo indagó por aquí y por allá para construir su proyecto: bibliografía, viajes, entrevistas, etc. ¿Y qué? Quiero decir que qué nos importa a los lectores cómo se las ha averiguado el autor para conseguir la información que ilustra y alimenta su libro. Si todos los autores hicieran lo mismo, apaga y vámonos, y esto es un relato histórico que no tiene nada de singular con respecto a otros del mismo perfil.

Este aspecto me ha molestado mucho, yo quiero ser un poco tonto cuando leo un libro o veo una película, quiero creer e imaginar que lo que leo o veo simula ser cierto, no necesito que cada cierto tiempo alguien esté recordándome que lo que está pasando está inventado por su autor, por mucho que se base en datos reales. Recuerdo ahora la opinión del controvertido Carlos Pumares al que escuché una vez comentando lo feo que está que las televisiones muestren lo que el televidente no puede ver, a los cámaras, regidores, controles, porque eso le resta magia al producto.

Esas repetidas desconexiones nos muestran a un Pérez-Reverte pagado de sí mismo, dándoselas de erudito, de tener buenos contactos y de disponer de una cuenta corriente muy saneada para poder hacer viajes, adquirir libros y facilitar esta novela; un lujo al alcance de pocos, o lo que es lo mismo, sin dinero, esta obra no habría sido como es, hasta podría haber sido mejor.

A esta novela le sobran esas páginas de relato inconsistente donde se baraja mucha opinión, tal vez le pueda interesar a un estudioso de la historia del pensamiento, a mí no; en esto se recrea mucho Pérez-Reverte, diálogos sobre esta materia entre los personajes de la novela que se vuelven largos y pesados.

Como consecuencia de estas constantes interrupciones, yo he tenido que hacer cada poco las correspondientes composiciones de lugar, con objeto de estar más atento ante lo que se avecinaba que era contenido relevante de la historia; y todo esto pienso que no es nada edificante para el lector.

La novela tiene dos partes, la real que me gusta y el «¿cómo se hizo» que no me gusta nada. Dándole un voto de confianza, la trama principal, aun siendo un homenaje a los buenos hombres que hicieron posible la RAE hace más de dos siglos, casi un gesto de vanagloria actual, tiene un bonito recorrido argumental, tachonado con datos históricos, costumbristas y filosóficos, estos últimos afean un poco el resultado, porque como he dicho antes son un poco farragosos y exentos de interés, para mí. En todo caso esta parte está bien, no obstante, Pérez-Reverte da a veces importancia a aspecto tan nimios, a detalles, a recrear escenarios, personas..., con tantísima pormenorización que a veces tengo la sensación de que elementos importantes del desarrollo de la trama quedan un poco vanos, cojos. De hecho, algunas incoherencias en la historia sobre todo en el final, apuntan a que el autor tuvo dificultades para resolver de una manera buenista el desenlace.

La interiorización en los personajes no puede dejarme más que un poso de sospecha. Los actores principales, es decir, los dos académicos que viajan en busca de L'Encyclopèdie, son el bibliotecario de la RAE D. Hermógenes Molina y el almirante Pedro Zárate, este último un veterano militar, artífice de que el diccionario de esa época comprendiera términos castrenses y muy especialmente del mundo naval; ni que decir tiene que Arturo Pérez-Reverte es un consabido amante de la mar, y ha tenido la osadía, en mi opinión, de otorgar a Zárate rasgos de su propia personalidad, hasta el colmo de haber entrenado esgrima, para dotar de realismo a un lance que el almirante tuvo en los días que estuvo en París; amén de que ambos, autor y personaje, compartirían una edad muy parecida.

No suelo mirar críticas en Internet, antes de hacer la mía propia, para no contaminarme; no obstante, esta vez no me he podido sustraer a la tentación de indagar un poquito. Lamento sentir que me decepciona la crítica, muy plegada a Pérez-Reverte, la editorial y sus acólitos, sus amigos de la RAE y críticos de periódicos le conceden todo tipo de parabienes, y cuando hay una coincidencia general en la opinión oficial, pienso que algo no funciona bien, así que allá ellos.

Pérez-Reverte ha perdido la frescura de sus primeras obras, «El maestro de esgrima» o «La tabla de Flandes» fueron un soplo de aire natural, una vuelta de tuerca a la novela histórica con matices misteriosos; hasta el género periodístico que también y tan bien trabaja Pérez-Reverte contaba con mi plácet. Ahora se ha vuelto comercial, la novela al peso porque me lo manda mi editorial y cada cierto tiempo para no desencantar a mi masa cerril ni menguar mi cuenta corriente.

Así que, dicho esto, la obra concluye para mí con un aprobado por los pelos, porque no todo está tan mal; pero eso sí, como es mi hermana la que me nutre de libros de Pérez-Reverte y lee mi blog con cierta habitualidad, pues le tengo que decir que vamos a dejar a este señor un tiempo en barbecho y démosle la oportunidad a otros que no estén tan subiditos. Si no lee esto ya se lo digo yo personalmente.

sábado, 20 de febrero de 2016

SUMO, UN DEPORTE DE DIOSES (VII)

Kotoshogiku celebra su triunfo en el Torneo
de Año Nuevo 2016
¡Por fin ocurrió! Para los que entran en este blog circunstancialmente y no conocen el mundo del sumo no adivinarán por qué empiezo así, para los friquis como yo que siguen con cierta pasión e interés este milenario deporte japonés sabrán a ciencia cierta con esas tres palabras solas a qué viene eso. Sí, diez años han tenido que pasar, toda una década, para que Japón vea a un compatriota suyo alzar el trofeo de campeón de un torneo oficial de sumo.

Prácticamente sesenta torneos, una cifra casi escandalosamente inadmisible para los aficionados japoneses, definen una sequía histórica para el deporte patrio por excelencia en Japón, lo que no hace más que constatar una profunda crisis en la gestión deportiva del sumo dentro del país del sol naciente, acuciado por la ascensión de otros deportes de masas. A todo esto hay que decir que la hegemonía en estos diez años, aunque han sido algunos más, casi quince, ha correspondido a luchadores originarios de Mongolia, curiosamente un país enclavado entre Rusia y China, tan extenso como despoblado, es tres veces España y viven apenas tres millones de habitantes, pero que ha sabido orientar a los practicantes de algunas formas de lucha tradicional mongola y de diversas artes marciales para que den rienda suelta a su enorme talento en los dohyos nipones.

No sé cuáles serán las razones para que los mongoles sean tan buenos en el sumo siendo tan poquitos; lo que voy a decir no es nada científico, pero los mongoles parecen atesorar y reeditar esa fortaleza y valentía de los míticos pueblos tártaros que atemorizaron a toda Asia y que provocó que los chinos construyeran su Gran Muralla, por esa razón y no por otra. Otras razones más lógicas serían la necesidad, necesidad que tienen los luchadores mongoles, un país mucho más pobre que Japón, de reivindicarse en un país foráneo y hacerlo muy bien para volver a su país con la bolsa llena en su declive. Lo cierto es que no todos llegan hasta arriba pero las cifras de luchadores mongoles presentes en las dos principales categorías del sumo es tan relevante que eso sigue alentando a los que están abajo y a los que quieren llegar.

A día de hoy los tres yokozunas en activo son mongoles, un ozeki también, y entre el resto de luchadores de primera y segunda categoría (Makuuchi y Juryo) hay en torno a una decena (algo más del 20 % de los luchadores profesionales). Al manifiesto interés y profesionalidad de los mongoles se une muy claramente la apatía, falta de competitividad de los japoneses y ¿falta de talento? Lo cierto es que han pasado diez años de sequía y aunque no se observan vientos de cambio en la estructuras amateur del sumo en Japón, dudo que toda una década de primacía extranjera se repita, aunque a corto y medio plazo la situación no va a cambiar sustancialmente, y es que los tres yokozunas no son precisamente unos jovencitos.

No obstante, y eludiendo esta introducción que ha versado sobre el dominio mongol en el sumo japonés, hay que decir que el artífice del milagro de la consecución del primer triunfo japonés en un torneo oficial ha sido Kotoshogiku (Kazuhiro Kikutsugi), con rango de ozeki, de 32 años y natural de Fukuoka. Si a los aficionados del sumo nos hubieran preguntado antes del torneo qué japonés tenía más posibilidades de romper el maleficio, la mayoría hubiéramos dado el máximo de posibilidades al valeroso Kisenosato, el cual lleva unos años siendo la única alternativa medianamente razonable al imperio mongol, pero la suerte no siempre le ha acompañado y también ha fallado en momentos decisivos.

Por su parte Kotoshogiku no es para nada un luchador fiable, desde su ascenso a ozeki en 2011, segundo en rango en el sumo, ha sido kadoban (riesgo de ser descendido al haber conseguido en el torneo anterior más derrotas que victorias, o haber abandonado), nada menos que cinco veces, prácticamente una vez al año. Es más sus logros en este último lustro habían sido muy pobres para un ozeki, con un solo subcampeonato (Kisenosato ha sido subcampeón en ese mismo período en siete ocasiones). No obstante, en el primer torneo de 2016 sorprendía con toda una exhibición, y tanto propios como extraños, no dábamos crédito a la racha inmaculada de Kotoshogiku, especialmente cuando en las jornadas 11, 12 y 13, superaba consecutivamente a los tres yokozunas y se ponía con un esperanzador 13 a 0. A punto estuvo de tirarlo todo por la borda y perdía en el penúltimo día ante un rival teóricamente inferior, pero en la jornada final enmendaba el entuerto y concluía con un fabuloso e impresionante 14 a 1.

Ahora viene el problema para los rectores del sumo en Japón, la Nihon Sumo Kyokai, que tienen unos criterios más bien laxos a la hora de promocionar rangos, y es que ante la generalizada atonía de los sumotoris, en especial los japoneses, buscan en esas promociones que el deporte del sumo vuelva a ser el espectáculo de masas que fue en la década de los 70, 80 y un poco los 90. Así que tienen a Kotoshogiku que podría ser promocionado a yokozuna si ganase el próximo torneo, pero le podría ocurrir también lo que al último luchador en ser promocionado a yokozuna, el mongol Kakuryu, al que le valió con un subcampeonato y un campeonato a continuación. Lo que pasa es que, sinceramente y a mi pesar o al pesar de los aficionados japoneses, dudo mucho que Kotoshogiku sea capaz de mantener el nivel, no sólo para repetir lo de enero de 2016, sino para mantener el nivel y la dignidad de un yokozuna, pues su concurso en el lustro precedente ya hemos visto que ha sido bastante mediocre, salvando en varias ocasiones su descenso de categoría por los pelos y en el último día.

El joven mongol Terunofuji
A todo esto hay que señalar que algo parece moverse en el mundo del sumo. Cabe recordar que en esta entrada anual que hago en mi bitácora analizo no un año natural sino que el ciclo que contemplo es el del primer torneo de cada año y los cinco anteriores, pues bien la otra gran noticia de este curso deportivo es que la hegemonía de Hakuho parece resentirse. El gran dominador del sumo ha permitido que en este ciclo de seis torneos oficiales se haya producido el mayor reparto de torneo entre diversos luchadores casi desde que estaba su compatriota Asashoryu. Él solo ha ganado dos torneos y los otros se los han repartido, uno cada uno, el ya citado Kotoshogiku, los otros dos yokozunas Kakuryu y Harumafuji, y la nueva estrella rutilante del sumo, el también mongol ¿cómo no?, Terunofuji.

¿Estamos ante un cambio de tendencia? O lo que es lo mismo, ¿estamos asistiendo al inicio del paulatino declive del grandioso Hakuho? En mi opinión probablemente sí aunque ese teórico ocaso en su carrera va a ser muy lento. Para empezar hay que decir que, siendo sus cifras espectaculares, en raras ocasiones no ha tocado bola, pues si no es campeón ha sido subcampeón en la mayoría de los torneos en los que ha competido, también es cierto que las lesiones y las enfermedades lo han respetado enormemente, y jamás había abandonado un torneo desde que es yokozuna, desde 2007, y en septiembre de 2015 ocurrió en el segundo día del Aki Basho celebrado en Tokio. Sus dos compromisos posteriores se han saldado con sendos subcampeonatos, y esto también es raro, o sea que más de medio año sin tocar pelo es poco edificante para este gran yokozuna.

Hahuho, la gran estrella del sumo
Dicho esto, pienso que a Hakuho le quedan dos o tres años muy buenos, quizá no sea ya tan dominador como estos años atrás, pero va a estar en la lucha por el yusho siempre, a partir de ahí con 33-34 años es razonable pensar que sus prestaciones físicas podrían no ser las de antaño y si eso se refleja en resultados mediocres, indignos para un yokozuna, ya sabemos lo que toca, la retirada. Aunque esa fecha incierta está aún relativamente lejana, cabe decir que se retiraría en gloria, dejando números para la épica, y muy particularmente siendo el yokozuna con más triunfos de la historia del sumo, ya rebasó hace un tiempo la cifra del mítico Taiho, en fin, toda una estrella viviente. Siempre digo en este blog que es uno de los cinco deportistas (incluyendo equipos en deportes colectivos) más dominadores del deporte actual.

Y a todo esto, ¿hacia dónde avanza el sumo para los japoneses?, es decir, ¿alguna estrella nipona en ciernes? No, ya el pasado año me apunté a no ofrecer ningún nombre y no lo voy a hacer ahora, porque llevamos muchos años los aficionados del sumo queriendo ver a un hombre nacido en Japón que dignifique este deporte que se originó en su propio país, pero nadie llega, ni visos de ello. Palmeros sí, unos cuantos, pero hombres sólidos y competitivos que asciendan rápido y que tengan coraje para enfrentarse con los de arriba y no se muestren perdedores casi desde el momento en que pisan el pie en el dohyo (percibo a muchos luchadores que no dan todo cuando se enfrentan con Hakuho y este los liquida en menos de cinco segundos). Así que si alguien llama a la puerta y realmente lo hace con consistencia, aquí estaremos para contarlo.

Mientras tanto asistiremos mesuradamente a las historias internas del sumo, el concurso de Kotoshogiku en los próximos torneos, las malas sensaciones del ozeki Goeido, el futuro del prometedor mongol Terunofuji, la participación de los luchadores extranjeros sin contar a los mongoles (una clase media algo conformista, en la que tenemos a georgianos, un búlgaro, un ruso, un brasileño, un egipcio, un chino...) o la irregularidad de los yokozunas Harumafuji y Kakuryu.

sábado, 13 de febrero de 2016

EL PALÉ, AQUEL JUEGO DE LA ECONOMÍA PARA NIÑOS

Mi blog se está convirtiendo en un continuo escrutar a mi pasado y no lo puedo evitar..., ni lo voy a evitar. Y es que cuando los Reyes Magos de algún año de finales de los 70 trajeron a mi casa «El Palé» apenas sospechábamos de qué se trataba, ni mucho menos imaginábamos las interminables tardes de entretenimiento que nos depararía aquel fascinante juego de mesa.

Era una especie de acercamiento a la economía de nuestros padres, los puristas dirán que es un juego de mesa sobre bienes raíces, y es que a los niños siempre nos gustó querer ser mayores antes de tiempo, y el manejar billetes y disponer de posesiones nos permitía no sólo ser un poco como nuestros progenitores, sino también aspirar al sueño de ser ricos, de arruinar a los demás, de montar un imperio de la nada.

En mi edad infantil había una especie de rivalidad entre los que jugaban al Monopoly y los que jugaban a este, similar y paralela a la que se tenía entre los partidarios del Nesquik, de los que formo parte, y el Cola Cao. No obstante, la dinámica del juego era prácticamente la misma en ambos juegos y lo que cambiaba era las calles, el valor de los billetes y poco más. De hecho en El Palé, no se conseguía una gran fortuna, tampoco en el Monopoly, sólo que en los billetes del Monopoly había más ceros que en El Palé, aunque proporcionalmente las adquisiciones de bienes tenían la misma sistemática, y eso sí, a unos precios que tampoco se ajustaban a la realidad teniendo un dinero imaginario de una moneda tan débil como la peseta, donde en la realidad sí que se necesitarían muchos ceros para comprar un hotel.

El reparto igualitario del capital con el que empezábamos todos los jugadores era la primera estrategia del juego, y casi un divertimento en sí mismo. Para empezar había que elegir al que iba a encargarse de la banca, persona que tenía el doble trabajo y no necesariamente penoso, de ir distribuyendo ese dinero inicial e ir ingresando o pagando de acuerdo con los devenires del juego; una profesión, en todo caso, nada despreciable y que normalmente nadie se negaba a ostentar, pues se hacía con gusto. Ni que decir tiene que la distribución del capital social y la propia existencia de los billetes físicos daban lugar a que la honradez de los participantes se pusiera en tela de juicio en alguna ocasión, por si al banquero se le escapaba la mano o algún jugador metía la suya en bolsa ajena. También era todo un arte la disposición de los billetes en la mesa, había los que los colocaban en montones según su valor, y yo era de los que prefería ser menos ordenado y los agrupaba en un generoso montón para dar la sensación intimidatoria de que tenía mucho, aunque todo fuera calderilla; de hecho, el billete más valioso era el de 5.000 pesetas y el más barato el de 10.

El negocio no se hacía esperar y, por lo que yo recuerdo, cada familia o grupo de amigos tenía sus reglas internas; es probablemente uno de los juegos de mesa que más adaptaciones personales ha tenido en la historia. Por la parte que me toca, la primera vuelta era de visita, salvo las cartas de suerte y sorpresa, y a la segunda era cuando ya se podía empezar a comprar.

La fortuna y algo de habilidad se conjugaban para tener éxito en la dinámica del juego. La suerte ofrecía un porcentaje de éxito en el juego nada desdeñable, pues podías tener algunas posesiones estratégicas que, sin embargo, eran poco pisadas por tus rivales; y viceversa, propiedades exiguas o de poco valor de mercado en las que los contendientes caían una y otra vez, con especial atracción.

Eso sí, una de las grandes virtudes del juego era que cada vez que pasabas por la casilla de salida recibías una especie de paga que si estabas boyante te reafirmaba, y si andabas renqueante te daba un respiro, provisional respiro si a la siguiente tirada caías en esa calle que estaba blindada de casas y hotel (en El Palé eran cuatro casas y un hotel como máximo por calle), y encima el propietario tenía el barrio completo (las tarjetas de las calles con el mismo color).

La gran clave del juego, para los que han participado en él en alguna ocasión, era su duración, podríamos decir que inacabable, o básicamente que podías echar una partida que durase toda una amplísima tarde de viernes invernal en la mesa camilla de casa con el braserito encendido. Y es que para arruinarte completamente y que tuvieras que abandonar el juego de forma definitiva, tenías que haber perdido todo, haber hipotecado tus propiedades (concepto que por aquel entonces nos parecía onírico, y que luego la realidad social nos obligó a asumir, y a firmar... la correspondiente hipoteca) y caer en bancarrota. La bancarrota no significaba necesariamente morir en el juego, donde no se mataba a nadie, podías seguir jugando en teoría con números rojos o con la ayuda o préstamo de algún alma caritativa.

Esos préstamos no eran algo ajeno al desarrollo didáctico del juego y es que la negociación era algo intrínseco al mismo; se hablaba y se trataba todo: la permuta de propiedades incluso abonando dinero, la condonación de deudas, el permitir el paso gratuito por tus propiedades con reciprocidad (¿un acercamiento al oligopolio?); en fin, toda una suerte de pactos que nos ponían a la altura de los más avezados ejecutivos del mundo empresarial.

Básicamente hablo del juego de «El Palé» aunque la dinámica del Monopoly era la misma; es más, podríamos decir que lo único que cambiaba eran las calles. Creo que el Monopoly disponía de versiones en las que no sólo aparecían las calles de Madrid sino de otras ciudades españolas. Mi juego «El Palé» contaba con calles de Madrid y huelga decir que las pocas veces que he estado en la capital de España he paseado por alguna de esas arterias o vías que tan gratos recuerdos me traía de la infancia, y he experimentado el lúcido momento de pensar que algún día esas calles fueron mías. Así, la calle Leganitos y la Ribera de Curtidores, que eran las calles más baratas, y calle Alcalá y Paseo de la Castellana o Gran Vía que creo que eran las más caras.

Tan parecidos eran El Palé y el Monopoly que hay que señalar que el Monopoly era más antiguo, un juego nacido en Estados Unidos a principios del siglo XX, y que el malagueño Paco Leyva (Pa-Le, es decir, las iniciales de su nombre y primer apellido son las del juego) copió y patentó en el año 1935, e imagino que con suerte para él porque por entonces las normas sobre propiedad intelectual serían muy leves, y popularizó el juego en España con su adaptación patria. Aunque este último dato lo pongo un poco en reserva, pues hay muy poca información acerca de este personaje en Internet.

Hay que decir que este juego ha tenido diversos nombres y variaciones temáticas, había uno denominado «La Paz» muy similar, pero del que sobre todo me acuerdo era del Petrópolis, este tenía un rollo más sibarita, tus propiedades no eran casas ni hoteles, sino directamente países enteros con sus correspondientes pozos petrolíferos, y no se jugaba con pesetas sino con royaltys, si la memoria no me falla; buenas tardes eché con Juanito, suyo era el juego, un amigo de la infancia que vivía en mi barrio. Y, por supuesto, las siempre deseadas cartas de suerte y sorpresa te ofrecían unos premios muy suntuarios, todo un lujo asiático a la altura de un emir del Oriente Medio.

Aquel juego de «El Palé» pasó a mejor vida en mi casa, se fueron perdiendo billetes, fichas, cartas y también, sobre todo, se perdió el interés, aunque siempre hay la oportunidad de volver al redil y como casi en cada casa existe uno de estos juegos, pues no hay más que planteárselo. Lo que pasa es que estos juegos «analógicos» cada vez están más en el recuerdo y menos en la realidad; y es que llevo haciendo de Paje Real desde hace varios años, una década aproximadamente, en mi pueblo el día previo a la cabalgata de Reyes, y recibo a niños, leo sus cartas y creo que jamás he visto que algún infante pidiera un Monopoly.

En fin, ¿quién no ha jugado alguna vez a estos juegos de la economía? Prototipo de juego de mesa que a buen seguro está entre los cinco y diez más jugados de la historia, por detrás pero muy cerca de las cartas, dominó o parchís.

domingo, 7 de febrero de 2016

"3, 2, 1... CONTACTO", LA DIVULGACIÓN PARA LOS MÁS JÓVENES TAN AÑORADA HOY

No es la primera vez, ni probablemente será la última, que me asomo al balcón de mi bitácora para pregonar con anhelo el recuerdo de los programillas divulgativos de televisión que veía cuando era joven, y a la par, para criticar la escasa oferta que nuestros niños o jóvenes tienen de espacios de ese carácter en la actualidad.

La oferta especializada en jóvenes y niños directamente no existe en las cadenas generalistas, lo han dejado todo en manos de los canales infantiles y juveniles, que tampoco ofertan nada especial, sino una sucesión inacabable de series de dibujos animados o de ficción; a todas horas igual. Algo es algo porque al menos nuestros pequeños se libran de ver otras ofertas televisivas de corte antediluviano.

Cuando hablo del corte antediluviano me refiero a la programación vespertina de Telecinco, plegada a la bazofia de espiar la vida de una serie de personajes populares, que no públicos, alimentados y mantenidos por estos propios programas y que tienen como mayor logro haberse acostado con alguien, haber puesto cuernos, o haber mostrado sus partes pudendas en algún bolo.

Yo siempre digo que cuando Televisión Española era un monopolio creo que trató a los jóvenes con dignidad; podían haber hecho lo que les hubiera dado la gana, estaban ellos solos y daba igual lo que pusieran porque lo íbamos a ver de todas maneras, o no; pero muchas veces acertaban y el poso que nos dejó es mucho mayor que el que nos dejan los programas de hoy, al menos para mí y esto sin considerarme una persona varada en el pasado.

Curiosamente sé que hubo en TVE diversos programas de divulgación científica o social cuando yo era niño. Me acuerdo de un tal Dr. Rosado que en la década de los 70 era un personaje mediático televisivo, que llegó a tener un programa para niños muy entretenido donde se nos ofrecía consejos de muy diverso carácter, no recuerdo el nombre, aunque sí sé que este Dr. Rosado fue detenido varias veces por diversas fechorías.

Este programa que traigo hoy a colación fue uno de los más conocidos de mi generación, probablemente supusiera una innovación en cuanto a programas divulgativos para jóvenes se refiere. Era un producto foráneo, es decir, que se funcionaba con una licencia, y esta era además estadounidense (3-2-1 Contact), con lo que el éxito de «3, 2, 1... Contacto» estaba garantizado aunque sólo fuera porque estaba auspiciado por la productora de un país que nos llevaba varios años luz de distancia.

Bajo el marco de la didáctica, el programa contenía espacios enlatados, minidocumentales que trataban algún tema divulgativo relacionado con la ciencia, el medio ambiente, el funcionamiento de la sociedad humana, etc. E igualmente también disponía de otros espacios, todos de corta duración y ahora diré por qué, en los que algún profesor comentaba algún aspecto que introducía la temática del programa, o había alguna entrevista a algún personaje de relevancia en el mundo de la ciencia en su sentido más amplio. Pero lo que era más que relevante o llamaba la atención a la comunidad de jóvenes televidentes es que un grupo de jóvenes actores españoles se concentraban en una buhardilla y en un lenguaje muy cercano aplicaban de forma práctica alguna cuestión que se desarrollaba en el programa.

Todo esto se realizaba en un formato comprimido, ¿por qué?, pues porque el programa duraba veinticinco minutos, que con los anuncios privados de la televisión pública, esos que no tenemos ahora aunque veladamente también hay, pues se convertía en una media hora muy bien aprovechada.

Lo de la buhardilla de los jóvenes tenía su aquel, y es que entre el elenco de actores juveniles, estaba la siempre recordada Sonia Martínez, una actriz que se convirtió en un icono para muchos chicos de mi edad, una morenaza bien guapa, y simpática (en la tele) que respondía inopinadamente a la imagen de ser el «ligue» deseado por media España. Entre esta Sonia y la también morena que cantaba en el grupo musical Parchís, copaban mis platónicas preferencias femeninas, nada exacerbadas, de verdad, en aquella época. Esta Sonia Martínez hay que decir que los de mi generación tendrán un infausto recuerdo, pues fue eligiendo caminos incorrectos y la marginalidad, las drogas y el sida se la llevarían por delante con apenas treinta años.

El programa aparte de tener una sintonía molona que también podrán recordar los de mis yerbas, podemos decir que tenía una temática adelantada a su tiempo; ya que se destilaba una cierta tendencia a tratar asuntos que comenzaban a preocupar, la contaminación, la desertización, el cambio climático, y a la par se buscaban respuestas desde la ecología, el consumo, la acción individual...

Aunque tengo vagos recuerdos del programa, me queda esa sensación de que me gustaba mucho, de que merendar con un bocadillo de chorizo viendo este programa era uno de esos pequeños grandes placeres a los que podía aspirar un joven que venía hambriento del Instituto, y sí, teníamos clase por las tardes (opción que no veo nada mal en la actualidad para nuestros niños y jóvenes); y es que el programa era por la tarde, de lunes a miércoles, justo a esa hora, sobre las 18.30 h., en la que llegábamos a casa tras una jornada partida pero intensa en las aulas.

Dentro de esos recuerdos remotos creo que una vez se mostró cómo era un traje de astronauta y llegaron a entrevistar a uno de los astronautas que llegaron a la Luna en el Apolo 11, Armstrong no era, estoy seguro, por lo que probablemente fuera Aldrin.

El programa estuvo en antena entre 1982 y 1983, posteriormente en una segunda etapa saldría a las pantallas de 1990 a 1992 los sábados, pero esa etapa ya me pilló más mayorcete en mi época universitaria, y ya tenía otros focos de atención.

En fin, un programa chulo, que para el que no se acuerde basta con que pinche en Internet la melodía del programa, o la foto de Sonia Martínez, y revivirá aquellos años.