domingo, 31 de mayo de 2015

"PI, FE EN EL CAOS", DE DARREN ARONOFSKY

Mucho Darren Aronofsky por aquí y por allá, como uno de los nuevos Midas del cine mundial, me inclinaron a buscar sus orígenes, en concreto, esta cinta que es por así decir, su ópera prima. Tendré que ver más productos suyos en el futuro para ver cómo ha desarrollado su carrera, pero este primer proyecto es, como poco, arriesgada e interesante.

Que nadie busque en esta «Pi, fe en el caos» una película lineal con un argumento comprensible y unos diálogos que alimentan sus secuencias. Es una película rara, asfixiante a veces y hasta que, a ratos, te puede poner un poco exaltado. No sabes si Aronofsky se quiere quedar contigo o, en realidad, él va soltando lastre y el espectador lo debe ir recogiendo y asumiendo.

Desde luego que a nadie puede dejar indiferente esta película, no es de esas a las que le puedes dar un cinco sobre diez, o le das la máxima puntuación o la mínima. Yo me inclino más por la máxima nota, aunque con algunas reservas. Lo mejor, aparte de su complejidad que te ayuda a activar tus neuronas, es que el metraje es correcto, en ochenta minutos está todo liquidado, una duración mayor hubiera tirado a la basura un buen esfuerzo para transmitir su esencia.

Desde luego, esta producción de 1998 fue un auténtico soplo de aire fresco en el cine: un presupuesto muy bajo, apenas 60.000 dólares (algo menos de 50.000 euros), mucho primer plano y casi siempre una sola cámara o dos, en blanco y negro, una atmósfera que bien podría dar la impresión de documental y aunque no hay mucho diálogo, hay mucho concepto, mucho mensaje.

Max es un genio matemático que busca entender el mundo a través de una secuencia matemática. Ese orden, inalcanzable hasta ese momento, se convierte en la clave del mensaje de Dios, o para regir los siempre erráticos vaivenes de la Bolsa.

Pero el problema de Max es que es un genio un tanto desquiciado, un tipo asocial, que vive en un cubículo, así nos lo traslada Aronofsky, rodeado de ordenadores, cables, chips, pantallas y papel para anotaciones. Junto a esa habitación central, se abre un aseo en el que Max nos muestra su humanidad y su terrible existencia; aquejado de terribles dolores de cabeza, sometido a un estado de cíclica esquizofrenia. Allí se inyecta, se atiborra de pastillas y se somete a una metamorfosis física.

El control de ese caos, la comprensión de todo lo ingobernable es el reto del protagonista; su genio para las matemáticas y la informática, le ayudarán a construir un complejo sistema encargado de computar los datos que habrán de revelar, aparentemente, el objetivo de conseguir esa secuencia numérica que dé respuesta a todo y, entre medias, número pi, proporción áurea, números de Fibonacci, gráficos y comprensión también a través de la razón.

La tormenta psicológica a la que está sometido Max le lleva a fracasar, o así lo cree él, incluso los últimos resultados que la impresora escupe piensa que son erróneos y los tira en una papelera de un parque; pero su maestro o mentor, probablemente el personaje más lúcido de la película, será el que le indique el camino correcto y que esa sucesión que ha desechado es la clave de todo.

Hasta ahí la película puede ser un profundo bodrio, o una bola que se va amasando y que presagia que algo va a suceder. Efectivamente, ya que si en los primeros cincuenta o sesenta minutos puede que nos hayamos perdido, que no encontremos el hilo, o que nos resulte incomprensible; al menos el giro que toma la acción nos permite encajar piezas, y que la trama se convierta, si no en más creíble, al menos en más factible, en más realista.

Por supuesto, la fotografía de la película es agobiante, infernal a veces, y desde luego es para verla relajado y sin complicaciones existenciales, porque como te pille mal te engulle. Absténganse, por tanto, personas que no quieran pensar mucho, ni menos las que piensen que en la película todo viene dado. Y seguirla es, por supuesto, un atrevimiento de Aronofsky, por no decir que es un pulso del propio director con el espectador; hay que estar no sólo siguiendo el hilo conductor, sino que también hay que lidiar con los incómodos, a veces, primeros planos, con una cámara que parece haber sido comprada en un rastrillo y que, encima no para de moverse caprichosamente, como si el que la soporta hubiera pasado una mala noche o hubiera terminado una jornada inacabable de trabajo en la huerta, o a lo mejor la portaba el primer niño que pasaba por allí donde se grababa.

¿Y la música? Pues electrónica, no podía ser otra. Un acierto en la elección, a manos de Clint Mansell, que dos años más tarde se consagraría también de la mano de Aronofsky con su estridente y genial «Réquiem por un sueño», que a la par es mucho más conocida que esta producción.

Pero hay algo más en la película, hay una disociación entre lo terreno y lo espiritual, una lucha por conseguir respuesta para entender el mundo o para entender a Dios, esta es una de las lecturas más complejas y que permitiría un largo debate en un cinefórum.

Y no digo más, sólo recomiendo su visionado, reitero que es una película rara y que se puede hacer un poco comprometida de ver, pero como tiene una duración acertada, casi no llega a exasperar, o si te cabreas, antes de que lo hagas del todo, ya ha finalizado. Y que cada cual saque sus conclusiones.

sábado, 23 de mayo de 2015

EL COLECCIONISMO EN LOS BARES COMO VALOR AÑADIDO

Es posible que en esta humilde bitácora mía a la que doy de comer semanalmente haya referido en el pasado que la filatelia está de capa caída en este país, aunque eso no necesariamente ha de ser sinónimo de que el coleccionismo se encuentre en similar circunstancia. Sí que es cierto que el coleccionismo está presente casi en cada casa, en cada familia, pero no se explota lo suficiente. En España escasean los comercios dedicados al coleccionista sea del tipo que sea, y me consta que en otros países hasta las grandes superficies dedican pasillos enteros a esta afición, con elementos de todo tipo para las varias clases de coleccionismo más populares e incluso las que no.

Y dicho esto, pues es verdad que el coleccionismo no está muerto en España, aunque sí un pelín dormido, o como digo, poco aprovechado. Acostumbramos a que haya asociaciones para todo y, sin embargo, se echa de menos la promoción de coleccionistas heterogéneos a través de estos colectivos para difundir una pasión tan satisfactoria que, en muchos casos, se queda en un anonimato para la mayoría de los mortales.

Pero el coleccionismo vive, vive casi en cada esquina. Suelo acudir a los bares como buen español y andaluz, me gusta tapear y me gusta departir, aparte de que siendo, como es, un hábito saludable, también ayudas a mantener a un montón de familias en este país que se ganan la vida, haciendo la ídem más agradable a los demás.

A mí mujer siempre se lo digo, me gustan los bares que tienen tema, es decir, que tienen una temática, que están decorados de tal o cual manera, de tal guisa que aunque sea por un momento te parezca que estás en un rancho, en un cortijo, en una estación, en un cafetín francés o en medio de la sabana africana. Por contra, me siento algo más incómodo en esos bares insulsos que parecen un todo 100, sin espíritu, sin alma, que no hay por donde cogerlos.

Y no, no me estoy refiriendo a esos bares temáticos adornados con todo lujo de detalles, decorados por empresas que se dedican a montarte el negocio «llave en mano», me refiero a algo más de andar por casa, algo montado por familias que empiezan con un poco y van haciendo del local un lugar con esencia, cada día añaden algo y ese algo va haciendo más entrañable el lugar.

El coleccionismo es un elemento fundamentalísimo para favorecer esa esencia, en realidad, si nos fijamos a nuestro alrededor, hay bares que sin ser propiamente temáticos, sí que le dan un toque singular cuando rematan sus paredes o estanterías con alguna colección, de billetes, sellos, fotografías antiguas, botellas de gaseosa, latas de refresco y hasta estampitas de santos...

Recuerdo en el pasado, en el pueblo de mis padres, Begíjar, que había un bar con una larga barra que atesoraba cientos de llaveros, y la clientela se afanaba por agrandar la familia con ese llavero que le habían dado en tal o cual sitio... No sé por qué aquel bar, que aún sigue existiendo y en el mismo sitio, un día decidió reformarse y eliminó de la estantería de la barra aquella colección impresionante de llaveros.

Del mismo modo, sin ser exactamente una colección, cuando era chico y salía con mis padres de paseo, me gustaba que fuéramos a los bares de la calle La Virgen de Linares, porque había dos bares con detalles muy particulares, uno (que ya no está ni recuerdo el nombre), tenía un monito cogido con una cadena en la ventana, muy apacible y simpático, que se dejaba tocar, pero sobre todo, queríamos llegar con unos cacahuetes para ofrecérselos al apacible animalito. Más arriba estaba el bar La Marina, que contaba con un precioso acuario y que hacía las delicias de los más pequeños.

Hay bares que sin saberlo, reafirman con sus acciones que el coleccionismo es un valor, aunque sea con una colección de fotos del dueño con toreros famosos, aunque sea con almanaques antiguos de su club de fútbol favorito..., esos son los detalles que le dan entidad a un negocio, que te hacen pensar, a mi por lo menos me produce esa sensación, que ese bar tiene anclas en el pasado y vocación de futuro, que otros muchos estuvieron allí antes que tú y le proporcionaron una impronta que le permitió que aquel bar fuera y sea un pequeño universo con algún aspecto único.

Por cierto que el sueño de todo experto en mercadotecnia es que tu negocio sea visitado por algo muy concreto, aunque lo que ofrezcas como fundamento no sea tan atractivo en sí. El tener una colección y si es hecha de forma personal (no comprada ex profeso) incrementa el valor añadido de ese negocio. Y es que una colección le da un matiz museológico a un bar, a una cafetería, o a un pub, como aspecto museológico lo es en sí cualquier aspecto singular o único que pueda atraer a la gente, incluso más allá del propio municipio. Ejemplos hay muchos, ya sea porque tal o cual bar está especializado en una tapa concreta (aquí en mi pueblo, en Bailén, no puedes pasar una primavera sin ir al «Cojo» a tomarte unos caracoles), o porque tiene una reliquia, para los de esta provincia, Jaén, les será fácil recordar esa taberna de la capital en la que se muestra en una urna de cristal un jamón decimonónico, que da algo de grima verlo y que no es nada en relación inversamente proporcional con la historia que tiene y, por lógica, con el interés que suscita en la ciudadanía.

También recuerdo en mi época estudiantil en Granada muchos bares de ese carácter, aunque rememoro con especial añoranza uno muy singular, se llamaba El cura, aunque nadie sabía cómo se llamaba exactamente, porque no tenía nombre, lo nombrábamos así porque el extraño personaje que lo regentaba se decía que había estado vinculado a la Iglesia. No siempre abría a diario y nadie sabe por qué, allí acudía una fauna tan extraña como él, un día estaba simpático que se acordaba perfectamente de ti y otras veces no te conocía y era algo huraño, su bar, chiringuito, cafetería o pub, que no se sabía muy bien lo que era, era en realidad una casa con muchos recovecos, algo laberíntica, con un piano en una de sus habitaciones. Disponía de una colección fabulosa de discos que jamás habíamos visto, el tipo decía haber ido a propósito a Francia para comprarlos, nombres y músicas que jamás habíamos escuchado por estos lares.

La nómina de bares que cuentan con una colección en sus paredes sería interminable y tal vez jamás nos hayamos fijado en ello, o si nos hemos fijado quizá no nos hemos percatado de que eso tiene su sentido y su fin, la decoración sí, pero también el fomentar veladamente la pasión por coleccionar y darla a conocer a la clientela.

Por eso, desde aquí aplaudo que los bares sigan siendo pequeñas islas de coleccionismo, donde nos podemos encontrar sorpresas agradabilísimas que para un amante de este arte como yo, me hacen sentir congratulado con el mundo en el que vivo.

sábado, 16 de mayo de 2015

CHANO RODRÍGUEZ, EL SUPERDEPORTISTA QUE VINO DEL LADO OSCURO

¿Fue porque tuvo un oscuro pasado o porque es un deportista con discapacidad? Pues puede que las dos cosas, lo cierto es que el nombre de Chano Rodríguez a poco les sonará y, sin embargo, su historia deportiva es grandiosa, es uno de los mejores nadadores con paraplejia de la historia, el deportista español masculino más laureado de todos los tiempos, y con 58 años aún aspira a acudir el verano de 2016 a Río con objeto de seguir agrandando su leyenda en los que serían sus quintos Juegos Paralímpicos.

Es una historia de esfuerzo y superación ante la adversidad, aunque realmente Chano Rodríguez vino al mundo «de los buenos» en 1994, cuando salió de la cárcel a la edad de 37 años, dejando atrás casi una década de reclusión a causa de varios delitos por su pertenencia a la banda terrorista GRAPO y, entre estos delitos, por el asesinato en 1984 del empresario sevillano Rafael Padura. Con posterioridad, una brutal huelga de hambre en 1990 de 432 días le minó de tal forma que perdió de forma irreversible la movilidad en sus dos piernas. En 1994 fue puesto en libertad condicional a causa de su grave enfermedad y Chano Rodríguez dio un giro radical a su vida.

A partir de ahí, este gaditano de nacimiento y vigués de adopción comenzó a trabajar como vendedor de la ONCE en esta populosa ciudad gallega y empezaría a practicar natación, donde pasaría a marcar unos tiempos estratosféricos en toda una serie de pruebas del programa paralímpico. Ello le haría ser llamado por la selección española de discapacitados y cosechar un montón de éxitos cuyo primer colofón tuvo lugar con ocasión de la Olimpíada de Sidney 2000, donde lograría cinco medallas de oro. Desde entonces, jamás ha ido a unos Juegos Olímpicos sin traerse medalla, y también tiene en su haber una miríada de preseas en Mundiales, Europeos..., con numerosos récords mundiales, olímpicos, europeos y nacionales.

Pese a todo este cartel, es como si hubiera una especie de penumbra que gira alrededor de este hombre, por aquello de que fue el que fue, amén como he dicho al principio, de que estamos ante un deportista paralímpico, o lo que viene siendo, como si dijéramos, deporte de segunda división, o de tercera, o de cuarta, o de...

La azarosa vida de Sebastián «Chano» Rodríguez Veloso le llevaría a enrolarse en la banda terrorista GRAPO, una organización clandestina con inspiración comunista maoísta que captó jóvenes en la época de la transición democrática procedentes de nudos industriales, siendo Vigo por aquel entonces uno de los grandes viveros de este grupo terrorista.

A Chano se le atribuyen numerosos delitos, el más sangriento, el asesinato de Rafael Padura, el día 5 de septiembre de 1984, un empresario sevillano del sector de las artes gráficas y en ese momento presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla, al que ejecutaron en su oficina el propio Chano y otros dos terroristas más.

A principios de 1985 Chano sería detenido y encarcelado, su pena principal fue la de 83 años de prisión, aunque hay que aclarar que legalmente en la actualidad sólo se puede permanecer recluido un máximo de 30 años. En 1989 un amplio colectivo de presos del GRAPO inicia una huelga de hambre con objeto de presionar al Gobierno para que abandonara su política de dispersión de dichos presos. La huelga se convirtió en un fracaso, el Gobierno no daría su brazo a torcer y la invasión de Kuwait por Iraq en 1990 desviarían la atención de los medios de comunicación, por lo que la dirección de los GRAPO obligó a sus componentes recluidos a abandonar dicha huelga. Hubo algún compañero de Chano que se quedaría en el camino, y ese sometimiento físico extremo provocó que nuestro protagonista acabara en una silla de ruedas para el resto de sus días.

Con la excarcelación de Chano y sus éxitos deportivos llega la hora de la verdad, comienza a ser un personaje público, es jaleado en su nuevo papel en la sociedad pero tiene un lado oscuro, y quieras que no, eso lo marca a uno para siempre.

BOE con el indulto parcial de Chano
Algo queda fuera de toda duda, si consideramos el objetivo de la cárcel debe ser la reinserción (algo que rara vez se cumple) y con mi formación académica y bagaje personal, he decir que Chano Rodríguez es el paradigma de ese objetivo, utopía en muchos casos. Chano Rodríguez ha sido capaz no sólo de convertirse en una persona rehabilitada socialmente sino que a través de sus logros deportivos y del testimonio de una vida después de las sombras, plena de superación y esfuerzo ante la adversidad, y no atendamos específicamente a cómo se provocó la discapacidad. Ha devuelto a la sociedad, no la vida ni el sufrimiento de los familiares del empresario al que mató, pero sí que con su ejemplo está inculcando una serie de valores que es necesario propugnar en nuestra juventud, y el significado de lo que puede ofrecer el testimonio de un antiguo terrorista aún puede ser más relevante.

En 2007 sería indultado parcialmente por el Ministerio de Justicia, en especial, en lo referido a la pena de privación de libertad, hecho que aún levantó alguna polvareda en la sociedad, pero muy significativamente en la familia del empresario sevillano asesinado.

La realidad de los sonoros éxitos deportivos de Chano Rodríguez fueron acrecentando su figura y, de algún modo, acallando su sombrío origen, hasta el punto de que el Consejo Superior de Deportes le concedió en 2009 la Medalla de oro al mérito deportivo.

Aparte de ello, hay que reconocer que este superdeportista ha cruzado firmemente una línea tenue y prácticamente desvanecida desde que el deporte está profesionalizado, y es que sus éxitos deportivos han venido a una edad anormalmente longeva, continuando activo en la actualidad. De hecho, acudió a Sidney con 43 años y consiguió medallas en tres Juegos Olímpicos más a la edad de 47, 51 y 55 años. Con 53 años en 2010 abandonaría Vigo y su profesión de cuponero de la ONCE para formar parte de la Residencia Blume en Madrid, y aunque en Internet no hay información muy actualizada de Chano, va a estar en el verano de 2016 en la Paralimpíada de Río.

Quizá queden algunos flecos por cortar en la vida de Chano, él ha reconocido que si pudiera marcha atrás no haría lo que hizo, es más que cuando empezó con GRAPO ya sabía que acabaría mal, que no pudo dar marcha atrás porque ya se había comprometido; aunque más o menos ha reconocido que se arrepiente de lo que hizo, ha sido más su testimonio diario de reinserción, de rehabilitación, el que ha avalado sin palabras que rompió con su pasado.

La familia de Rafael Padura, con cierta lógica por su situación personal, no ven más que al asesino de su padre, y han observado con no muy buenos ojos que se le excarcelara, que se le indultara o que no se haya arrepentido clara y explícitamente. En mi opinión, estos capítulos de la vida habrían de cerrarse personalmente, una brecha abierta y tan grande no se puede cicatrizar desde la distancia. Lo suyo es que Chano Rodríguez acudiera alguna vez a ver a la familia de Padura, sin medios de comunicación, privadamente, y le pidiera perdón a esa familia. Ya digo, no le devolvería la vida a quien asesinó, pero con mucha seguridad ayudaría a que estos familiares pudieran perdonar y tal vez atemperar un poco su angustia vital.

Por último, el bagaje de Chano Rodríguez me provoca dos reflexiones, una la del terrorismo que históricamente nos demuestra que no conduce a nada en ningún lugar del mundo, sólo sufrimiento en la sociedad en primera instancia, y con el tiempo, ese sufrimiento sólo se queda en las familias, un duro pero estéril resultado para las pretensiones terroristas. Por otro lado, la nueva vida de Chano no es más que una demostración nítida de que, como ocurre en algunos países de nuestro planeta, la pena de muerte es una medida excesiva e inadecuada, ya que cercenamos cualquier posibilidad de arrepentimiento y de reinserción del penado, y nos podría privar de nuevas personas absolutamente válidas y ejemplificantes para la sociedad.

sábado, 9 de mayo de 2015

"EL MAESTRO DEL PRADO", DE JAVIER SIERRA

¿Novela, ensayo, documental escrito? Realmente algo sorprendente es la propuesta del mediático Javier Sierra para introducirnos en una colección de enigmas cuyo propósito creo que sinceramente está más allá del propio desenlace, pues en realidad lo que pretende es adiestrarnos acerca de cómo hemos de enfrentarnos al arte pictórico.

Es bien conocida la deriva del turolense Javier Sierra acerca de los misterios, episodios turbios de la historia, incógnitas de la humanidad y preguntas sin respuesta. Su participación en medios de comunicación de todo cariz, le han permitido hacerse un nombre y un hueco en el siempre comprometido candelero periodístico, en el que cada vez se arrincona más todo lo que tiene que ver con la cultura. De hecho, de actualidad está el libro que ha escrito (que le han escrito) Belén Esteban y que arrasa entre sus millones de adeptos, o sea, España de charanga y pandereta, o España sin más.

La fama de Sierra es tal que hubo un momento en su etapa periodística en que dio el salto a la literatura, con objeto de ampliar su abanico de segmentos. Es el primer libro que leo de él y no sé cuál es el modo de escribir que tiene, desconozco si la estrategia utilizada en este que traigo a colación tiene similitudes con otros libros anteriores; este como poco, reitero lo anteriormente citado, es como poco sorprendente.

Desde luego, se percibe y no es una crítica maldiciente, que Sierra no es novelista, porque lo que denota la lectura de este trabajo es que un experto en historia con una intención bien clara de trasladárnosla, de ser pedagógico y de construir una novela alrededor con muchísimos guiños a la historia.

Envuelta en vivencia del propio escritor, en su época universitaria en Madrid, un día de visita en el Museo del Prado, se encuentra con un hombre un tanto extraño que comienza a contarle detalles sobre cuadros muy conocidos de las salas de esta pinacoteca, los cuales encierran historias muy interesantes sobre sus autores y sus peripecias en las diferentes épocas en las que los pintaron.

Poco a poco el maestro y el «discípulo» comienzan a hacernos ver que hay mucho más que lo que vemos en algunos de los cuadros que seguramente hemos visto alguna vez en el propio Museo del Prado fundamentalmente (o en libros de texto y didácticos) y en menor medida en otros museos del mundo. Una serie de láminas van jalonando el libro y nos facilitan el seguimiento de las interesantes apreciaciones que se van sucediendo, detalles que se le pasarían por alto a la mayoría, pero que bien indicados, fundamentados y explicados, nos abren las puertas de nuevas dimensiones del conocimiento acerca de esas pinturas y sus autores.

Toda esa profusión de datos, apuntes, fechas y matices es el punto gravitatorio de este ensayo novelesco, no se puede negar, lo otro, la envoltura de personajes actuales y sus circunstancias queda en un segundo plano. De hecho, podríamos cifrar en un 95 % los análisis histórico-artísticos de los cuadros que se abordan en el libro, y apenas un 5 % para la línea argumental de la novela. ¿Es suficiente? Tal vez no, pero eso depende de cómo se quiera mirar el libro, el que lo considere una novela seguro que verá limitadas sus expectativas, el que lo afronte como yo, que humildemente he entendido que este es un ensayo, pues me quedo con una buena sensación.

Javier Sierra
En realidad, la novela propiamente, se centra en los encuentros envueltos en misterio de Javier Sierra y Luis Fovel (el maestro), apenas una amiga de Javier interviene de pasada, algún otro personaje real, y un tal Julián de Prada que se convierte en antagonista de Fovel, y el padre Juan Luis Castresana erigido en el artífice del desenlace final, si es que lo hay como tal.

Dos veces he estado en el Prado en mi vida, por una regla de tres simple, simple por lo errático de esta alusión, para una persona de poco menos de cincuenta años como yo es muy probable que lo visite una vez más, con mucha suerte incluso dos, y desde luego, este libro ha de ser un referente porque es verdad que detrás de cada pintura hay mucho más que lo que muestran las guías de arte. Introduciéndonos en la biografía de los artistas, en las vicisitudes de la época que les tocó vivir, así como las corrientes de pensamiento humanista y religioso, obtendremos una visión mucho más amplia de lo que estamos observando.

Y, por cierto, puestos a repasar un pelín las obras sobre las que Sierra pone el dedo en la llaga, la mayoría tienen un perfil religioso – místico, y se nos desvelan algunos hechos que están a la vista de todos, y que sin el necesario adiestramiento jamás percibiríamos: ¿un hermano del niño Jesús?, ¿una concepción diferente de la Creación?, ¿códigos secretos? Y todo ello realizado en épocas pretéritas donde la libertad de expresión estaba cercenadísima nos dice mucho del valor y la astucia de esos pintores.

Me quedo, pues, con el esfuerzo documental y bibliográfico de Sierra, a más de uno le podrá parecer excesivo e incluso pesado, por la profusión de datos, pero hay que reconocer que el autor quería que esta historia sobre pinturas históricas tuviera el imprescindible envoltorio de la erudición.

Para el que quiera quedarse con la novela, tal vez le decepcione, por su desarrollo y tal vez por su final, pero lo que no se podrá negar es que el autor intenta hacerlo ameno, lo que a veces puede resultar un tanto espeso, ello lo consigue con buenos recursos tales como la sucesión de diálogos, la misma incorporación de numerosos cuadros mediante láminas que permite no aburrirse en un solo análisis de un cuadro, lo que eventualmente pudiera haber resultado algo áspero.

Por ponerle algún tachoncillo, hay que decir que la conexión entre las historias de los diferentes pintores que son citados, a veces resulta un tanto difusa, el maestro y su alumno hacen saltos en el tiempo que hacen que se pierda el hilo por momentos, pero el fin justifica los medios.

Por tanto, si a alguien le interesa un libro que rasque en cada cuadro y que nos facilite ver detalles que hasta este momento desconocíamos, desde luego tiene una magnífica guía, por ejemplo, para visitar la próxima vez el Museo del Prado.

sábado, 2 de mayo de 2015

JUGANDO A LAS CANICAS PARA MANTENER LOS RECUERDOS VIVOS

¿Hace cuánto tiempo que no habéis visto jugar a niños en la calle a las canicas? Imagino que años y años, que probablemente ni os acordéis de la última vez que asististeis a semejante acción lúdica, otrora común y hoy extraordinaria.

Con ocasión de la última de mis entradas en este blog dedicadas a la etiqueta «Juegos», estuvimos charlando en mi trabajo un rato y recordando aquellos entrañables juegos de antaño y a los que hoy ya no se juega, ha sido todo cuestión de unos años, apenas una generación contempla el sistemático cambio de la forma de relacionarse los niños con el mundo a través del juego.

Yo sigo rejuveneciendo cada día, porque buena parte de mi vida la paso estando con un niño, mi hijo, con el que comparto sus anhelos, sus inquietudes y sus chanzas, de tal guisa que me permeabilizo con su forma de ser y muchas veces me convierto como él en un niño. Por eso también quiero experimentar con él, cualquier juego en el que él quiere explorar, a la par que yo intento que conozca un abanico de juegos mucho mayor que los que practica con otros niños de su edad en la calle, las menos de las veces, o en el recreo del colegio.

Ocurrió en Nochebuena y mi hijo y yo fuimos a comprar artículos de broma a Linares, en una de las tiendas con más solera en este sector de la provincia de Jaén. Lamentablemente parecía ser que la época navideña no era propicia para la venta de esos artículos y andaban escasos de existencias; así que no me pude comprar una gafas de «culo vaso» para hacer un poco el ganso, y mi hijo adquirió algunas fruslerías entre las que se encontraban esos polvos que provocan estornudos, y que básicamente utilizó contra mí en los sucesivos días el muy ladino, a quien sabe que no se va a molestar. No obstante, también aprovechamos para comprar canicas, ya que alguna vez habíamos comentado que teníamos que jugar porque suponíamos que pasaríamos un rato de divertimento.

No sé cuánto costarían las canicas cuando yo era chico, pero ahora con un euro conseguimos varias decenas de canicas, que puestas en manos de un niño, puede ser un caos, y mi hijo es un poco trasto, con lo que meses después de aquella compra hay todavía bolas en el coche, en bolsillos de mis camisas, en la casa de mis padres y en mi propia casa.

Aquella tarde de Nochebuena intentamos apenas entretenernos un rato con nuestras canicas nuevas e inmaculadas, pero ya vimos que las baldosas de un domicilio particular no son el escenario más cómodo para chocar bolas y menos aún considerando el montón de obstáculos y recovecos existentes, muebles, sillas y mesas que propiciaban la momentánea pérdida de visión, y no tan momentánea, porque a buen seguro que debajo de muebles que se mueven muy de vez en cuando, hay algunos restos de la batalla.

No fue hasta algunas semanas después, cuando tras intentarlo varias veces y no concretar por lluvia, barro o perreritis, por fin, aprovechamos un día de campo para jugar donde había que hacerlo en la tierra, con sus desniveles, sus obstáculos naturales... Lo cierto es que tampoco recordaba muy bien las reglas de los juegos que con las canicas se hacían en mi barrio, uno era básicamente el de chocar unas bolas contra otras saliendo de un círculo que era «la casa», y a la que había que acudir de vuelta, una vez conseguido el propósito de golpear las canicas contrarias. Otro se jugaba con un hoyo, que se convertía en centro gravitatorio, al que había que acudir tras haber percutido contra las bolas contrincantes, y ese hoyo era la confirmación de que habías ganado y de que te podías quedar con esas canicas.

Tengo que decir que yo no era nada bueno jugando a las canicas, y no recuerdo haber tenido demasiadas en mi casa, más que nada porque no era de los que jugaba apostando (las canicas), era bastante agarradete con mis posesiones y me sentaba mal, y me sienta, perder arriesgando; máxime cuando, como siempre he comentado en este blog, tuve una infancia feliz sin carencias pero tampoco con excesos, y jugarme algo que había comprado con el dinero que me daban mis padres y perderlo en cuestión de segundos no entraba normalmente en mis planes. Por eso, yo jugaba en el bando de los blandengues, esos que jugaban a las canicas sin apuestas, lo que no dudo que era sacrificar la salsa del asunto.

Mi hijo y yo estuvimos jugando un buen rato, en un plan muy informal, prácticamente un entrenamiento, aunque realmente capturábamos las piezas contrarias, a la postre, todas volvieron al final de la jornada al bote en las que estaban depositadas. También he de decir que gane yo, porque a igualdad de impericia, pudo más la desarrollada motricidad fina de un adulto con respecto a un niño de nueve años.

Mientras jugábamos yo recordaba alguna de las especificidades del manejo de las canicas. Se podía jugar utilizando una cuarta, dos y hasta tres, que eran los límites permisibles para acerca y ayudar a conseguir impactos más certeros. Nunca hubo en mi barrio una postura clara acerca de si la cuarta había de tomarse entre el pulgar y el índice, o entre el pulgar y el meñique.

Del mismo modo, también rememoraba cuál era la técnica de lanzamiento más precisa, realmente había dos estilos, el que pudiéramos denominar clásico o natural que aquel en el que la canica se deposita en la base que se forma al doblar las articulaciones de falanges primera y segunda, y segunda y tercera, del dedo índice, de tal forma que se introduce el pulgar casi desde abajo para catapultar la bola. Otros, los más raros, eran capaces de colocar la canica entre la yema de los dedos pulgar y corazón, e impulsaban la bola con el dedo índice, realmente con la uña. Para gustos..., siempre lo mejor es probar, yo siempre me decanté por el estilo clásico y mi hijo también.

Pasamos, como digo, un muy buen rato, yo recomendaría a cualquiera de mediana edad como yo, que no dejara escapar la oportunidad de volver a practicar su destreza con las canicas; aquella época de antaño donde los niños jugábamos en descampados, en la que atesorabas tus bolas como joyas, incluso mantenías aquellas que estaban desportilladas, tal vez consecuencia de algún golpe de una bola de rodamiento (el que la tenía era el rey), o esas otras llamadas «defoscao», que no eran de cristal transparente, sino que parecían de mármol, muy bonitas y que esas sí que te costaba trabajo perder en una apuesta. Pero el juego daba y quitaba en función de tu pericia y de tu osadía para arriesgar.