sábado, 26 de abril de 2014

"LA BIBLIOTECARIA DE AUSCHWITZ", DE ANTONIO G. ITURBE

Como estoy últimamente muy aficionado al género literario y audiovisual relacionado con la 2ª Guerra Mundial y en especial aquel que aborda la barbarie que se vivió en los campos de concentración nazis, me topé hace unas semanas con este libro en la biblioteca municipal de mi localidad y tuve la curiosidad de ver qué se escondía dentro.

Para empezar uno inicia el libro con cierta reticencia, qué hace un aragonés escribiendo una novela, basada en hechos reales, sobre un capítulo que se vivió en el campo de concentración de Auschwitz. Como tal novela con una importante carga histórica yo me pregunté cómo podía un escritor español (los españoles por suerte estuvimos bastante al margen de esta Guerra), construir un trabajo literario de un acontecimiento del que nos separamos geográfica y espiritualmente bastante. O lo que es lo mismo, que si la historia en que se inspira la novela era real, tal vez pudiera haberla escrito por esa especie de cercanía, afección, incluso ascendencia familiar, un israelí, un alemán, un checo, o un polaco..., pero no, la ha escrito un tipo de Zaragoza.

Así que con esa duda y ese estar atento a ver qué me ofrecía la novela, uno se adentra en su lectura con el respeto que merece cualquier incursión en la temática del holocausto sistemático de los nazis en la 2ª Guerra Mundial.

La historia parte del hecho real de que una joven judía checa, Dita Adlerova (el nombre es real, el apellido inventado), gestionaba una minúscula biblioteca en el interior de su vestimenta y distribuía estos a una serie de profesores que trataban de enseñar en el barracón 31 de Auschwitz; un bloque especial que los nazis instituyeron para justificarse ante la comunidad internacional, donde se mantenía a niños y profesores entretenidos, aunque estaba prohibido expresamente que se educara; así que en teoría cantaban, hablaban, jugaban y en la práctica también se les daba clases, se les leía libros (físicos y personas que se los sabían de memoria), en unas condiciones manifiestamente precarias.

Toda una serie de hechos y personajes reales se dan cita en ese peculiar bloque, e Iturbe trata de darles una vida supuesta; como dice el propio autor todos ellos unidos con la argamasa de la ficción.

Ese prejuicio de la teórica habilitación personal del autor que uno puede tener, se convierte en un examen continuo, en una constante exégesis analítica de cada uno de sus capítulos, o sea, he de ser sincero, partiendo de aquel prejuicio sometí al autor a un auténtico juicio.

La manifiesta presencia y alusión a numerosos hechos históricos que se dan por ciertos, hacen que el autor vaya construyendo la historia con sumo cuidado, también con respeto, haciéndola atractiva y no convirtiéndola en un documental, en un ensayo, por eso es novela.

Y la historia tiene su enjundia, se entrelazan las historias vitales de unos y otros, hay cuitas, hay amoríos, hay miedos y hay esperanza. Ahora bien, que nadie espere un gran final feliz al uso, hubo muchos finales trágicos en este triste escenario de la historia humana, un genocidio metódico, el más cruento que tal vez se haya reseñado jamás. Y aquellos que vivieron para contarlo tuvieron que arrastrar la carga de sus recuerdos y el dolor de tanta gente cercana, familiares, amigos y personas anónimas inocentes que se cruzaron por sus vidas, a los que vieron sufrir y morir delante de ellos, y sin poder hacer nada.

Esa supervivencia es el único aliento para el lector, esa cara amable de aquellos que gracias a Dios pudieron vivir para contarlo y para acallar a aquellos que defendieron que el holocausto fue un invento tendencioso, una estrategia de manipulación para socavar a los perdedores de la Guerra.

En torno a Dita Adlerova, gravitan otros personajes, los principales de ellos reales, aunque en algunos casos, habiéndoles modificado Iturbe su apellido en algunos casos, para reafirmar que es una novela, así me llenan de emoción los Fredy Hirsch, el profesor Morgenstern, Margit, Rudi Rosenberg, la señora Krizková, Miriam Edelstein, Lichtenstern, Ota Keller...

Tiene especial relevancia la figura, real también, de Fredy Hirsch, un atlético joven que fue el alma de aquel barracón de los despechos y lavaconciencias de los nazis. Su muerte en extrañas circunstancias y sus causas nunca aclaradas siembran la semilla de la duda en el lector, en un más que digno homenaje a aquel hombre bueno.

Por cierto, en el libro no sólo nos muestra a personas reales que permanecerán siempre anónimas para la mayoría de la gente, sino también otros personajes históricos que tuvieron el dudoso honor de pasar a la historia por su bajeza moral, por su ruindad y por su inhumanidad. Es particularmente significativa la presencia de Josef Mengele, el tristemente célebre «Ángel de la muerte», cuya aparición genera siempre una tensión extraordinaria en los sufridores personajes de la novela. O también la terrible Elisabeth Volkenrath una de las «guardianas nazis», a la que hacía alusión en este blog hace unos meses en la reseña del libro del mismo nombre, escrito por la periodista Mónica González.

Antonio G. Iturbe supera mi examen, y lo supera con nota, el resultado es brillantísimo. La novela atrapa, remueve conciencias y también es un canto a la esperanza. Pero además, el respaldo a este relato no puede ser mejor. El escritor estuvo haciéndose de bibliografía para documentar su novela, y por esos azares de la vida, dio con el libro de Ota Kraus «The Painted Wall» y la persona que lo enviaba, que contestaba a los e-mail y que gestionaba la distribución del libro era la propia Dita, Dita Polachova de soltera y Dita Kraus de casada (a Dita, el personaje principal, también le cambió el apellido Iturbe), y esposa a la sazón de Ota Kraus, en la novela Ota Keller. Se entrevistó con Dita, residente en Israel, y viajó y estuvo con ella compartiendo recuerdos en la República Checa y obtuvo, evidentemente, el salvoconducto de la protagonista de la novela para que este maño afrontara este asombroso y fascinante proyecto literario. Ya termino y se me escapa una lágrima.

viernes, 18 de abril de 2014

"YO FUI A EGB", DE JAVIER IKAZ Y JORGE DÍAZ

Me regaló este libro mi hermana para Reyes, y es un consabido best seller actual que corona muchas librerías españolas y llena páginas en revistas y periódicos sobre recomendaciones literarias, así que con mucha ilusión acogí esta joyita que me ha provocado no pocas sonrisas y ratos agradables.

Al no tratarse de una novela no tenía que leerla del tirón, no, lo mejor era ir deleitándose poco a poco con ella, bebiendo pequeños sorbos cada día, porque de otro modo, en una lectura mucho más rauda, el empacho hubiera sido de órdago y la habría disfrutado mucho menos.

Así que he estado unos tres meses y medio con el libro en mi mesita de noche y, de vez en cuando, sobre todo cuando estaba algo decaído, ahí estaba este pequeño ser inerte pero con mucha vida espiritual para alentar mi memoria y darme ese terroncillo de azúcar imprescindible para levantar mi ánimo.

El libro en sí no es que descubra nada nuevo, hasta cierto punto el libro habrá sido fácil de escribir por sus autores; no obstante, el acierto es que hayan sido ellos y no otros los que han llevado un proyecto que nació de forma un tanto inocente hasta sus últimas consecuencias. Al parecer todo empezó con un muro en Facebook que era algo así como el título del libro, es decir, «Yo fui a EGB», después fue una página web; aquel muro se convirtió en lo que se denomina en la actualidad un «fenómeno viral», donde un sinfín de españoles de mediana de edad, entre los que me encuentro, aunque yo no participé, se dispusieron a contar sus vivencias, anécdotas, a colgar fotos, productos y símbolos de aquella época... Ellos son los abanderados de este movimiento.

Pero qué época, los autores abarcan un intervalo temporal muy amplio, el de la década de los 70, 80 y mediados de los 90 del pasado siglo, o sea, como se puede comprobar un espacio amplísimo, casi un cuarto de siglo donde los autores han tenido muchísima veta de donde tirar y lo que te rondaré morena. Dicho esto, no me cabe duda de que el libro es una auténtica compilación, porque la temática hubiera dado para escribir una enciclopedia, incluso no descarto que este libro pudiese tener en el futuro una secuela.

Una de las lecturas más interesantes que he entresacado del libro, que es ante todo español y para españoles (alguien que no es de este país no lo disfrutaría igual, ni entendería muchas cosas), es que la inmensa mayoría de los que vivimos esa época, los que fuimos a EGB, vivíamos de forma similar, teníamos las mismas vivencias, hacíamos lo mismo, nuestros padres hacían lo mismo, nos emocionábamos conjuntamente e íbamos todos a la «moda», sin que, y ahí va lo más sorprendente, existieran redes sociales.

Un simple gesto como el de rellenar un bote de plástico con rosca que acababa en espray con colonia a granel olor a limón, y que nuestros padres, a mí mi padre, nos rociaban compulsivamente por la ropa, el pelo, la cara, las manos, eso sólo ocurría en España, daba lo mismo que estuviéramos en el sur, en el norte, en el este o en el oeste, ¿quién no ha vivido esa experiencia? Y como esta otras muchas.

Este trabajo coral nos habla de música y sus intérpretes, juegos, comidas y bebidas, marcas, programas y películas, modas, manías, la escuela, las chuches, la casa, nuestros padres y nuestra vida en general a lo largo de los aspectos más cotidianos.

Es un libro facilísimo de leer, y rápido si uno hubiera querido, aparte porque está convenientemente ilustrado, con fotos que a cada cual te reportarán a escenarios pretéritos, y por todos deseados para qué lo vamos a negar.

Por si fuera poco, su redacción es muy amena, los autores no se andan con giros literarios, narran sus vivencias de forma jocosa y en algunas páginas nos ofrecen, incluso, unos divertidos test en los que ponen a prueba la memoria y el baúl particular de nuestros recuerdos.

Pero ahondando en esos gestos que repetíamos todos los españoles, hay un detalle especial que viene repitiéndose a lo largo del libro, y es el de esa especie de leyendas urbanas que se iban propagando por todos sitios (y repito sin redes sociales). De hecho, me reí mucho cuando observé que todo el mundo manejaba ese mito de que si en la envoltura de un caramelo Sugus, podías ver diez veces el nombre completo de la marca sin cortar, yo nunca lo conseguí, te darían gratuitamente una caja de esos suculentos y célebres. Del mismo modo, que corría el rumor de que si juntabas no sé cuántos miles de las tiras de plástico que envolvían la parte superior de los paquetes de tabaco y los mandabas a no sé qué sitio, se conseguiría una silla de ruedas para un pobre niño inválido en sepa Dios qué lugar.

Más allá de la lectura de esas páginas que tienen multitud de gratísimos recuerdos, la reflexión principal es que el libro te lleva a aquella época infantil, la de EGB, esa en la que entrabas al colegio con ilusión, y el aula olía a una mezcla de goma de borrar, tabaco del profesor, lejía y virutas del lápiz convenientemente afilado con el sacapuntas. Fue una época en la que un año parecía un siglo, no como ahora, y en la que según mis padres, y hablo de la década de los 70, jamás se vivió con tanto bienestar en este país, entiendo que para ellos lo fue, después de vivir la posguerra; y ahí estábamos los niños de esa nueva clase media, alegre, que sin grandes alardes vivíamos felices, disfrutando de la vida en cada pedazo de lo cotidiano.

Imprescindible, pues, este libro para la gente de mi época, e imposible pasar sus páginas sin esbozar una sonrisa.

sábado, 12 de abril de 2014

LOS AUTOS LOCOS, UNAS CARRERAS MÁS ENTRETENIDAS QUE LA FÓRMULA 1

Cuando hace unos meses una compañera de trabajo me llamó cariñosamente Pierre Nodoyuna, nos pusimos a recordar aquella serie televisiva de dibujos animados y apenas recordábamos a este malillo y a la sofisticada Penélope Glamour, más allá de ello, sólo nos venían pequeños destellos, así que me dispuse a bajarme todos sus capítulos y a disfrutarla, dicho sea de paso, con mi hijo.

La serie se deja ver muy bien, sus treinta y cuatro capítulos de diez minutos de duración que, al parecer, se emitían por pares, en consecuencia, veinte minutos, concentraban acción incesante y una frenética lucha por llegar los primeros a la meta.

Aunque la serie la veía yo cuando era bastante pequeño, imagino que con apenas seis o siete años, creo que la versión que yo he podido visionar recientemente es la misma, es decir, unos dibujos bien elaborados y con el doblaje realizado por hispanoamericanos con ese acento tan musical, y el uso de algunas palabras que no son propias en España, por ejemplo, reversa por marcha atrás, o barranca por barranco.

En este sentido, los personajes y sus vehículos estaban castellanizados, pero también los títulos de cada episodio. Y resulta pues, curioso que no sólo Pierre Nodoyuna no se llamara en la versión original así, sino que era Dick Dastardly (en una traducción más libre sería algo así como Dick el Ruin). El coche no era el Super Ferrari doble cero, sino The Mean Machine 00. Pierre Nodoyuna se hacía acompañar por su fiel perro Patán (en inglés era Muttley), que tampoco tenía mucho de fiel, pero de eso hablaremos un poco más adelante.

Por supuesto, la simpática Penélope Glamour con el número 5, tampoco se llamaba así, sino que curiosamente era Penelope Pitspot, a los mandos de su Compact Pussycat.

Aparte de esos dos coches y para los amantes de aquella serie voy a recordar a estos personajes y sus vehículos, con los nombres originales entre paréntesis, así como el número que rezaba en su chasis: 1. Los Hermanos Macana, Pietro y Roco con su Rocomóvil (Slag Brothers, Rock y Gravel, bólido: Bouldermovile); 2. Los Tenebrosos con su Espantomóvil (The Gruesome Twosome, bólido: The Creepy Coupe); 3. El Superconvertible del Profesor Locovitch (Pat Pending, bólido: Convert-a-car); 4. El Stuka Rakuda del Barón Hans Fritz (The Red Max, bólido: Crimson Haybailer); 6. El Súper Chatarra Special (The Army Surplus Special), regido por el sargento Blast y el soldado Meekly; 7. Mafio y sus pandilleros que pilotaban La Antigualla Blindada (The Bulletproof Bomb); 8. Lucas el granjero y su oso Miedoso conducían El Alambique Veloz (Luke y Blubber Bear, vehículo: The Arkansas Chuggabug); 9. Pedro Bello (Peter Perfect), con su Superheterodino (The Turbo Terrific); y 10. El Troncoswagen (The Buzzwagon), conducido por Brutus y Listus (Rufus Ruffcut y Sawtooth).

La trama no podía ser más sencilla, esos once vehículos con sus singulares ocupantes competían por todo tipo de terrenos para conseguir alguna de las tres primeras plazas. De hecho, siempre que se terminaba cada capítulo hacía mención destacada de los tres primeros, por analogía con las medallas olímpicas, y después el resto, que casi siempre solían llegar en una piña.

No existía ningún tipo de clasificación, pero precisamente aquel día en que mi compañera de trabajo y yo recordamos la serie, me dispuse a mirar en Wikipedia y curiosamente alguien se preocupó de poner los resultados de las carreras, de los tres primeros puestos, estando todo bastante repartido, considerando que no existía realmente ningún sistema de puntuación.

Todos ganaron o fueron segundos o terceros varias veces, bueno casi todos, porque Pierre Nodoyuna y su «fiel» perro Patán, en una auténtica secuela simbólica de los también conocidos personajes de dibujos animados Coyote y Correcaminos, está constantemente empeñado en sabotear la carrera para que sus competidores no lleguen y que él pueda alzarse con el triunfo. Pero por más que utiliza maquiavélicos planes y trampas diversas, al final todo le sale mal, hasta el punto de que siempre llega a rozar las mieles del triunfo y se queda, en muchas ocasiones, a escasos centímetros de la meta.

La única diferencia en el papel de malo con respecto al Coyote, es que Pierre no quiere comer, quiere ganar, y además sorprende que su bólido, que puede ser el más veloz de todos, siempre suele ser ir desde el principio y en varias fases de la carrera por delante, pero le puede su sibilina maldad y prefiere pararse para colocar trampas, antes que competir limpiamente y llegar el primero, que paradójicamente casi siempre llegaría en ese puesto, toda vez que en cada capítulo de diez minutos le da tiempo a adelantarse a sus contrincantes hasta tres veces.

Tres veces nada menos, y en cada entrega, podían sucederse las estratagemas de Pierre Nodoyuna, o sea, que aunque el formato era compacto, pasaban muchas cosas, casi más que las que pueden suceder en una temporada de Fórmula 1, dicho esto con una cierta sorna.

Como los estadounidenses son así de patriotas, en cada uno de esos treinta y cuatro episodios se atravesaba a modo de homenaje por casi todos los paisajes de ese país, e igualmente una buena parte de sus estados. Así que había de todo: hielo, nieve, escarpadas montañas, lagos, pantanos, cañones, bosques, grandes ciudades, pueblos perdidos...

Curiosamente hay una máxima de la serie y es que todos los vehículos competían siempre, desde la visión del telespectador, de derecha a izquierda; de hecho, llamaba la atención cuando alguien iba en sentido contrario, eso era muy visible y todo el mundo le llamaba la atención.

Aunque el papel de malo malísimo lo encarnaba Pierre Nodoyuna, acompañado por su «fiel» Patán, lo cierto es que también de vez en cuando, el resto de competidores también hacían sus pequeñas trampas para ir más rápidos o impedir que los otros lo fueran. A este respecto, cada coche tenía sus especialidades, sus truquillos, y todos los utilizaban a la voz de «poder de...», y entonces los coches sacaban de su baúl de sorpresas un artilugio que suponía una potencia extra.

Hay que decir que la más limpia de todos era la chica soñada por todos los participantes, y la que despertaba más simpatías entre los televidentes, Penélope Glamour. El conductor más atento era casi siempre Pedro Bello, que con la expresión «mi bella Penélope» estaba siempre al quite para ayudar a esa chica, a su chica; sí, porque había una velada conjunción entre ambos.

Por cierto, cuando me he referido a Patán como fiel perro y he entrecomillado el adjetivo, era para advertir la peculiar relación entre amo y mascota. Pues aunque Patán colaboraba en las artimañas de su dueño, no siempre actuaba conforme a lo ordenado, o se equivocaba o la trampa no funcionaba adecuadamente. El caso es que el mayor disfrute de Patán era reírse de Pierre Nodoyuna con una característica carcajada corta que recientemente recuperó, no sé si con esa intención o es una casualidad, José Mota con su personaje Berengario el tractorista. Y claro después de la risa de Patán venía la contrarréplica de Pierre que solía atizar a su perro por ese inopinado sarcasmo.

Lo que no he logrado averiguar es por qué los guionistas y dobladores hispanos le dieron a nuestro malo un nombre gabacho y le dotaron de acento francés. He tenido oportunidad de ver algún capítulo en inglés original, y el acento que se le da a Dick Dastardly es fuerte pero no francés, yo diría que es más alemán.

La Espe camuflada de Penélope Glamour
Aunque la serie se produjo entre 1968 y 1970 no ha perdido popularidad y, de vez en cuando, alguien rescata a algún personaje como me pasó a mí en el trabajo. De hecho, en estos días en los que se ha aireado la polémica de la política Esperanza Aguirre y sus problemas con los guardias de tráfico, las incendiarias redes sociales, en estos casos, han rememorado a algún personaje de «Los Autos Locos», simbolizando y personificando en ellos a esta sin par mujer.

De igual modo, esas competiciones de barrio en la que intrépidos inventores construyen vehículos con cuatro elementos reciclados y que suelen denominarse de «autos locos», desde luego que tienen un antecedente espiritual en esta mítica serie.

Por último, he de señalar que al parecer esta serie, en su versión original llamada Wacky Races, se inspiró en la divertida película de 1965 «La carrera del siglo», protagonizada entre otros por Jack Lemmon y Tony Curtis, y que alguno de mi época seguro que recordará.

sábado, 5 de abril de 2014

CATALUÑA INDEPENDIENTE, RAZONES PARA EL SÍ Y PARA EL NO

Le he dado muchas vueltas a enredarme en este tema, pero ya tocaba porque sí. Creo que desde que tengo una cierta madurez me he acostumbrado a tener un pensamiento flexible y a tener opiniones eclécticas. En este odioso mundo en muchos aspectos, nos hemos habituado a observar cómo la gente toma partido por algo de forma radical, sí o no, blanco o negro, y yo siempre he reivindicado que nada o la mayoría de las cosas pueden ser así, cuando existe una amplísima gama de grises.

¿Cataluña independiente o no? Pues sí y también no, o al revés, no y también sí. Encuentro razones para que Cataluña sea independiente, pero también otras que me inclinan a pensar que no se debe acceder a ello.

Conste al respecto, que no tengo ninguna intención especulativa ni mucho menos mediática, y todo ello partiendo de la base de que sea de la forma que sea a Cataluña se le va a impedir su independencia, ¿alguien lo duda?

Pero se habla tanto del asunto que yo quería dar también mi pincelada, y ya digo, ofreciendo mi punto de vista en el que se intercalan, porque así burbujean en mi mente, razones a favor y en contra de la independencia catalana; así que como tal tormenta de ideas hay que entender esto y así me enfrento yo a la pantalla de mi ordenador cuando hilvano pensamientos en mi cabeza; así que bienvenidos al desorden.

Inicialmente me surge una idea matriz y es la de que opino que es indigno que en este país o en cualquiera del mundo, alguien desde un gobierno legítimo plantee una cuestión territorial, cuando sus ciudadanos no tienen garantizado un plato de comida al día o un techo donde cobijarse. Más alimentos y menos fundamentos. Que en este caso la pretensión de Artur Mas de autodeterminación se produzca en un escenario de crisis, es algo sospechoso, buscando remover las conciencias en una coyuntura donde la sensibilidad de la ciudadanía está a flor de piel.

Pero dicho esto, por qué no podría ser independiente Cataluña, o dicho de otro modo, yo que me siento español, aunque no más que ciudadano del mundo o, en definitiva, no más que apátrida, porque el nacimiento de alguien es una cuestión del destino; por qué voy a querer compartir mi identidad con alguien que la rechaza. ¿Por qué hay que forzar a los catalanes a ser españoles si no quieren serlo?

Razones de identidad les sobran, pero como también les faltan; y precisamente en las consideraciones históricas es donde veo yo que falla más el esquema. La historia es reiteradamente utilizada y aludida para justificar cualquier situación actual, pero dónde ponemos el límite. ¿Qué momento de la historia es el relevante para argumentar una pretensión independentista? Como la historia va y viene y como los antepasados de nuestros antepasados no se entretenían en estas cuitas, siempre tendremos al que defienda su postura con la historia y al que la rebata también con argumentos históricos.

No obstante, con esto no quiero quitar razón a esas pretensiones, es más yo mismo me atrevería a responder a esa cuestión del momento relevante de la historia para justificar una independencia. Sin duda, sería el momento actual, la historia reciente, aquella en la que se percibe visiblemente que una mayoría de ciudadanos tiene voluntad de separarse de la nación a la que actualmente pertenecen, por las siguientes razones: Porque se sienten diferentes al resto de España y porque ellos mismos tienen rasgos identitarios comunes entre sí; tienen una lengua propia muy implantada; una cultura y tradiciones que los hacen únicos; una forma de ser propia; una manera de vivir o una filosofía de vida que se puede percibir diferente a la del resto de España...

Del mismo modo, trato de ponerme en la piel de un ciudadano catalán que mira, por ejemplo, a la Andalucía en la que vivo, y es que aquella crítica que hizo Durán y Lleida una vez sobre los subsidios en el Sur, no estaba exenta de fundamento, pero sinceramente no porque él crea que los PER fomentan el subvencionismo, ahí se equivocaba, porque yo creo que realmente estructuran las zonas rurales de Andalucía, aunque es evidente que el modelo es susceptible de ser revisado. Lo que subyacía en el político catalán y, por ende, en buena parte de las razones para sustentar una independencia en Cataluña es que, ya digo, si yo fuera catalán, una región con menos paro y más generación de riqueza que la mía, por qué mecanismo de solidaridad debe un ciudadano catalán y trabajador contribuir a sostener al resto de un país con el que no se identifica, cuando preferiría que ese plus, se aplicara solidariamente, sí, pero a los que tiene más cerca.

Tengo familia en Cataluña y siempre he constatado que mis iguales, por edad, estaban más adelantados que yo. Cuando bajaban mis primos catalanes en verano al pueblo de mis padres (Begíjar) donde pasaba largas vacaciones, tenías la sensación de que venían de otro país realmente. No sólo eran consabidamente bilingües, sino que dominaban el inglés o el alemán. Un joven con veinte años ya había visitado media Europa, más de lo que yo podré ver en el resto de mi existencia. Tenían aficiones tan específicas (grupos de teatro, de bailes, de danzas, de senderismo...) que yo no sospechaba jamás poder experimentar. Practicaban un montón de deportes, y aquí te limitabas a patear un balón, como todo hijo de vecino. Iban a colonias cada verano, ¡qué envidia para un adolescente! Su apertura de miras en la década de los 80 la tienen nuestros jóvenes de ahora; sí, nos llevaban ya tres décadas de diferencia.

No obstante, igual que afirmo lo anterior, hago alusión a una realidad que muchos como yo, con familiares catalanes, habrán experimentado. Esa familia a la que veías de año en año, generaba un sentimiento de distanciamiento, nunca se ofrecían del todo, ¿era el espíritu y la forma de ser del catalán? Esto se singularizaba en que en medio de una reunión familiar, hablaban catalán entre sí, y tú no te podías enterar. Entiendo que esto pueda ser algo natural y hasta automático y hecho sin malicia, pero para todos los que hemos vivido esto, y yo lo he vivido desde muy chiquitillo, sin influencia externa, he de decir que esto no me parecía bien.

Ese sentimiento de rechazo en mi opinión ha sido generado de allí hacia aquí y no al revés, en primer término, es decir, en su origen fue unidireccional. Ese velado rechazo del catalán al español, con esas actitudes poco educadas de dejarnos a los no catalanes fuera de la conversación, ha sido siempre un fenómeno que luego se ha sacado ya de contexto y no se entiende que un catalán hable en catalán cuando le preguntan en catalán en Cataluña, es lógico, aunque a mis padres y a mucha gente mayor en España, les provoque que se los lleven los demonios. Y luego tenemos esos cartelitos en Barcelona con informaciones en varios idiomas y no en español, y por ende, a cualquier español no catalán no le interesa aprender ese idioma, ¿cuántas academias hay en Andalucía que enseñen el catalán?

Ese constante abonar el rechazo por parte de los catalanes, en toda una serie de actitudes, ha provocado el efecto contrario, tras ese primer rechazo unidireccional, después el odio o desprecio fue mutuo, y ahora son ya más los españoles los que odian a los catalanes, por evidentes razones matemáticas, somos más. Esa semilla del rencor se sigue regando cotidianamente y un pequeño gesto tiene efectos multiplicadores. El hecho de que en una final de Copa del Rey de fútbol, las aficiones catalana y vasca abucheen el himno español es de ser maleducados, necios e incoherentes. Ya digo, no soy más español que ciudadano del mundo, pero de algún sitio había que ser, y que el himno del país donde has nacido sea despreciado de ese modo no ocurre nada más que en España, donde hay la mayor proliferación de banderas autonómicas del mundo, de banderas de municipios y hasta de banderas de barrios. Que en Santa María de Palautordera, por ejemplo, se silbe el himno español y que no se silbe el francés, el alemán o el vietnamita, me parece una indecencia. En Estados Unidos, país que he tenido la oportunidad de visitar, cada estadounidense, sea de donde sea y hay de todos los confines del mundo, tiene guardada en su baúl con admiración la bandera de sus orígenes, pero ondea con orgullo en lo alto de su casa una buena bandera de su nuevo país. Seguro que existen banderas de estados o de ciudades, pero estas se limitan a edificios públicos, aunque en todo caso, su presencia es más que testimonial.

El problema de este país es que no nos ponemos de acuerdo en nada, lamentablemente no tenemos los mejores políticos, primero es su partido y luego su país. Si no consensuamos en un pueblecillo ni dónde se tienen que colocar unas papeleras o una farola, difícilmente vamos a llegar a un frente común en lo importante: terrorismo, inmigración, aborto, independencias... Pero más allá de ese problema raíz de falta de entendimiento, es que en este país ni siquiera llegamos a sentarnos, es que no le damos la oportunidad al diálogo, y hacemos las cosas a la tremenda. El Gobierno dice no, y la Generalitat dice sí, al estilo bruto; y es lo que yo digo, por qué va a ser sí o por qué va a ser no, vamos al menos a sentarnos a hablar. ¿Alguien se ha sentado en España para debatir institucionalmente este asunto?

El asunto de la consulta, del plebiscito o referéndum no es nada baladí, es obvio que Artur Mas y su séquito quieren llegar a hacerlo, saben que jurídicamente no existe encaje para su realización, y se les va a impedir que se lleve a efecto; lo que quieren los impulsores de la independencia es que los efectos testimoniales de una consulta, doten de fuerza moral a toda una nación para reivindicar esa teórica victoria ante la comunidad internacional.

Ahora bien, planteándonos el hecho en sí de que la consulta tuviera validez, ¿qué porcentaje de ciudadanos debería ir a votar y cuántos de ellos tendrían que respaldar la propuesta independentista? Sinceramente y siendo honesto con el actual Gobierno catalán, yo creo que a ellos no les valdría ni una abstención alta, ni una mayoría simple. Estamos hablando de la independencia de un territorio, su separación de un Estado con el que ha compartido tanta historia, no digo ni mucha ni poca. Esto no es decir sí a la OTAN, no es decir sí al Estatuto de Autonomía, es algo más trascendente, es cambiar de nacionalidad, dejar de ser nacional español para ser nacional catalán, con todo lo que ello conlleva, lo que administrativa y socialmente no sería moco de pavo y todo esto para siempre, sin vuelta atrás. El respaldo tendría que ser, como poco, el de una mayoría cualificada y, además, tendría que haber una participación en las urnas que nunca podría estar por debajo del 75% del electorado. Hay que fijarse en que incidentalmente tiene cierta relación esta situación con lo que ha sucedido apenas hace unos días en Crimea; una consulta que, aun siendo ilegal, ha sido respaldada por más del 95% de los votantes, que además ha sido casi un 90% de la población adulta crimea la que ha votado. En este sentido, aunque la consulta haya sido ilegal, hay una manifestación multitudinaria de declararse pertenecientes a Rusia y no a Ucrania, y esto no se puede soslayar.

Lo que no me gusta de esta situación es la visceralidad en buena parte de los movimientos ajedrecísticos previos al intento de secesión catalana; se perciben muchas declaraciones fuera de tono precisamente por parte de los que deben velar por la paz social, y es que determinados políticos catalanistas siguen ofreciendo argumentos que parten del desprecio, algo así como que «nosotros somos mejores que el resto y por eso queremos y podemos hacerlo». Desde esos púlpitos, una simple frase ejerce el efecto mariposa, se convierte en un virus, y una parte de la ciudadanía, la más radical, esa que siempre existe en cada lugar, la toma como verdad absoluta, la erige en un eslogan, en la base de su lucha.

Son los más radicales los que coartan la libertad, pero también la cercenan aquellos que de forma más o menos velada, porque lo sienten o porque sintiéndolo menos se esconden en la masa, abuchean el himno español en una Copa del Rey. No creo que un españolista se sienta muy tranquilo si coloca una bandera española en su balcón en mitad de Arenys de Munt (municipio gobernado por ERC), pero estoy seguro que cualquier forofo independentista sería mucho más indulgente con una bandera colombiana, ecuatoriana, rumana o senegalesa. Yo vivo en un pueblo de la España interior, de la Andalucía profunda e incluso bruta y en una de sus calles un ciudadano tiene una ikurriña en su balcón y estoy seguro de que nadie le ha lanzado piedras ni nadie le ha conminado para que la quite porque puede herir sensibilidades, y estoy convencidísimo de que tampoco nadie diría ni pío si cualquier vecino pone una estelada en su balcón en cualquier pueblo andaluz.

Vamos a ser sinceros, en determinados ámbitos la libertad de expresión está mutilada. ¿Alguien le ha preguntado alguna vez al icono del fútbol español Andrés Iniesta, albaceteño de pro, si respaldaría la independencia? Seguramente nadie, porque la pregunta es inconveniente, y pondría al futbolista en un aprieto. Esto no es libertad, porque entiendo que Iniesta tiene su opinión como cualquier hijo de vecino, pero si alguna vez le preguntaran, que lo dudo, eludiría la contestación, porque dijera lo que dijera molestaría; y en este maldito país (para situaciones como esta) tenemos un grandísimo pecado y es el de que o estás conmigo o estás contra mí y no respetamos al que tiene una idea contraria a la nuestra.

Y el deporte tiene miga, precisamente lo que más me molesta es que los políticos se apoyen en el deporte, sobre todo en el fútbol, porque saben que hay pasiones encendidas. Pero es evidente que se mezcla interesadamente independencia catalana y deporte, y fútbol. ¿Qué pasaría si mañana nos levantáramos con una Cataluña independiente? Tú que eres aficionado al FC Barcelona ¿seguirías siéndolo de un club de un país extranjero?

Desde el punto de vista legal es evidente que la consulta no puede tener articulación, se mire como se mire, el buscar malabarismos jurídico-legales es forzar las leyes que, por regla general, sobre todo las importantes, tienen menos cintura que el portero de un futbolín. Es obvio que no se podrá hacer y asistiremos al espectáculo de ver hasta dónde se fuerza la máquina. Por la misma regla de tres, mañana cualquier territorio podría hacer la misma maniobra y convertiríamos un gran país en una manzana agusanada. ¿Podría un hombre educado y culto como Artur Mas ser imputado y darse una vuelta por la cárcel? En una perfecta reducción al absurdo, cualquier persona podría pensar que se ha abierto la veda y que se puede incumplir cualquier norma, si no hay consecuencias jurídicas ulteriores.

De todas maneras, la cuestión es que hay materia para poder justificar la independencia catalana, pero necesariamente tendría que pasar por la modificación de las leyes, no al revés, no hago primero un referéndum que faculte esa modificación legislativa; y para modificar las leyes hace falta consensuar, y no sé si el Estado tiene voluntad de eso, bueno sí lo sé, y es que no. Ahora bien, más chapucero me parece los argumentos atemorizadores utilizados por los miembros del Gobierno del PP, en el sentido de imaginar un escenario negro y depresivo en una Cataluña independiente, lo que en una sola expresión se resumiría en «no os independicéis que va a ser peor para vosotros», que si pérdida de poder adquisitivo, que si fuera de la Unión Europea, que si paro, etc. Primero, no hay voluntad de permitir la consulta, pues ya está, no me venga a calentarme la cabeza; y segundo, si yo quiero ser independiente ya me averiguaré yo mis problemas, si yo quiero tirarme de un avión sin paracaídas, déjeme usted a mí que ya soy grandecito. Pues eso, que si Cataluña quiere ser independiente que lo sea, que yo estoy convencido de que, aun pasando fatiguitas al principio, terminarían colocándose al nivel que les corresponde.

Soy, por cierto, muy crítico con la educación en España en general y en Andalucía en particular; y voy a decir algo que no está bien pero que me comentó un maestro de escuela de toda la vida hace unos meses, y me manifestaba que la carrera de Magisterio ha decaído, antes era prestigiosa, y ahora acuden a ella no los alumnos brillantes que se inclinan por otras carreras; ya digo que no es opinión mía, pero me señalaba que ahora teníamos candidatos u opositores a maestros con un currículum muy normal, con notas ciertamente mediocres, y claro luego tenemos los datos de los informes PISA y también aquel reciente examen a maestro en la Comunidad de Madrid, tan básico y tan mal resuelto por muchos opositores que daba auténtica grima. Yo puedo cometer una falta de ortografía, pero cuando vas a una escuela y ves faltas de ortografía en documentos realizados por un maestro de escuela a uno le escuece mucho. Pues bien, voy a romper una lanza en favor de la educación en Cataluña, algo que se percibe no sólo por el PISA sino por lo cotidiano, lo que está presente en medios de comunicación, en redes sociales, etc. El bilingüismo faculta a un niño o joven catalán a dominar dos lenguas perfectamente, y ese ejercicio reflexivo en el cerebro implica muchas conexiones neuronales, y eso influye decisivamente en que se pueda expresar mejor. En Andalucía los informes nos remiten a la cola y eso que sólo hablamos un solo idioma y a veces mal.

Y dicho esto, por mucha inmersión lingüística que haya en Cataluña, el castellano no se ha perdido allí, y salvo una persona mayor que ha vivido toda la vida en un pueblito del interior, y seguro que le cuesta algo expresarse en castellano, cualquier joven catalán se expresa mejor que yo en español, aunque con ese característico acento catalán.

En fin, que en este tablero multicolor, con tantos tiras y aflojas, uno puede imaginarse el escenario presente, incluso el futuro inmediato, pero sería bueno para España y Cataluña que todo no fuera tan inmovilista como hasta ahora, y no tuviéramos que decir sí porque sí y no porque no. Es, como yo digo, para qué quedarse con el blanco o con el negro, cuando hay una amplia y bellísima gama de grises.

Esta es mi opinión personal, cada cual que diga lo que quiera, pero siempre respetando a lo que dicen los demás, para eso estamos en democracia, ¿o no?