domingo, 31 de julio de 2016

"RIÑA DE GATOS. MADRID 1936", DE EDUARDO MENDOZA

Llegó este libro a mis manos gracias a un buen amigo, Miguel Ángel Angosto, y a la sazón seguidor de este blog, que a buen seguro vio reflejado en el mismo mi aprecio literario hacia Eduardo Mendoza o tal vez alguna vez lo comentamos en nuestras conversaciones, siempre alejadas de lo prosaico.

Pues sí, me gusta mucho Eduardo Mendoza y he de manifestar muy a mi pesar que este libro me ha decepcionado. Ya he comentado en alguna ocasión que es cada vez menos orientador el hecho de que una obra haya ganado un premio importante, particularmente esta consiguió el Premio Planeta en 2010. Y es que este galardón está hecho para autores consagrados, es un premio consagrado, y busca hacer caja y no sé en qué momento se apartaron de la calidad literaria sin tacha alguna, para pasar a ser un premio especulativo impulsado por una editorial que busca portadas y nombres, dejando en segundo plano otros factores que se debieran ponderar más, básicamente el contenido, el fondo y la calidad. O es esto, o como siempre pregono, yo soy muy corto de miras, no es descartable, o lo que se presenta debe tener un tono gris, por subrayarlo de algún modo.

Y ya digo que me pesa porque Mendoza es de mis autores preferidos; pero aquí no acierta, comienza a construir una historia que es atractiva, y comienza a liarla y a liarla de tal forma que al final todo interés inicial se diluye.

Curiosamente, en una asociación de ideas un tanto caprichosa, el devenir de esta historia me ha recordado al cura de la parroquia de mi barrio a la que yo iba de pequeño. Don Luis era un hombre bueno, una buena persona, lo cual no es una cualidad que implique necesariamente provocar una vocación sacerdotal, y él no creo que tuviera una vocación exacerbada; aunque lo que peor llevaba eran los discursos, por más que cada domingo se subiera al púlpito, mi padre señalaba de él que sabía empezar pero luego no sabía salir. Y el no poder salir se convertía en una especie de lío de madeja de proporciones desorbitadas que le llegaba a poner en duda todo y sobre todo le hacía terminar de la forma menos edificante, de hecho, aún recuerdo alguna vez en la que decía algo así como: «¿Dios existe? Pues me parece muy bien, pero no lo sabemos, porque nadie lo ha visto». Sus homilías eran para enmarcarlas, pero por lo poco ortodoxas que eran, y eso que estaban dirigidas a niños.

En una suerte de maraña se fue metiendo Mendoza en este libro que mantiene el interés hasta la mitad poco más o menos, pero cuando el enredo pasa a ser cada vez mayor y la sensación de que el final va a ser errático, es cuando uno se desespera, se desencanta y aspira a que se pueda enmendar en algún momento o que el final nos depare una sorpresa mayúscula que compense la pesada espera o el largo caminar por el desierto.

Tenía buenos mimbres para hacer un gran cesto, pero bajo mi punto de vista se queda en el intento. Es invierno en el Madrid de 1936, la Segunda República instaurada en nuestro país, acaban de concluir las elecciones de febrero en un clima más que caliente, con la victoria de la alianza de izquierdas del Frente Popular pero con la victoria moral de las derechas, con la CEDA a la cabeza. Existe enorme tensión social y grandes desigualdades, con los militares más nerviosos que un avispero y, sobre todo, con la sensación de que la Segunda República no terminaba de satisfacer los objetivos que la proclamaron, provocan que se vivan momentos muy convulsos que presagian, y parece que no fue una sorpresa, el levantamiento militar que se produciría unos meses más tarde.

No ajeno a todos estos elementos aparece en escena un inglés Anthony Whitelands, un experto en arte que viaja a España con la misión de tasar unos cuadros de una familia aristocrática que, en principio, necesita liquidez para largarse de España ante la inminente confrontación bélica.

El trabajo que, inicialmente, es un trámite sencillo comienza a complicarse cuando se revela que lo que tenía que tasar no era lo que le dijeron sino un cuadro enormemente valioso y desconocido que el inglés atribuye a Velázquez y que supone un giro relevante en la historia del arte. Y es cuando a Whitelands comienzan a aparecerle personas interesadas en inmiscuirse en su días de visita profesional en España: la propia familia aristocrática que le contrató, la policía española, el Gobierno republicano, la Embajada británica, la Falange, los comunistas y hasta una prostituta a la que pretenden hacerla su protegida. Y, a todo esto, se suceden en el libro personajes históricos que en esos días también tuvieron contacto con el tasador: José Antonio Primo de Rivera y los miembros más destacados de la Falange en esas fechas, el presidente Azaña, Francisco Franco...

El problema es que no me represento a Anthony Whitelands, no me hago una imagen mental de cómo sería o cómo Eduardo Mendoza quería que hubiese sido. El caso es que no he podido llegar a esa representación, porque básicamente me ha parecido un personaje paniaguado y muy alejado de las virtudes que el resto de personajes de la novela parecen atribuirle. En un dechado de virtuosismo el interés que despierta el inglés en todo quisque es tal que en cada capítulo del libro aparece un nuevo personaje que interactúa con Whitelands, y cada vez más, y cada vez más personajes, llegados a un punto en el que si uno no lleva un cuadernillo para tomar notas, o lee el libro de un tirón, algo que no está a mi alcance, pues se pierde; se pierde porque Eduardo Mendoza traza una red que visto el final se revela incomprensible e insustancial, en definitiva, poco creíble y además es como si la historia se desinflara porque esa red no está bien tranzada, tiene destacados fallos argumentales.

Y a todo esto, en otra ida de olla de las mías, llámese asociación de ideas de andar por casa; pues resulta que tengo un compañero de trabajo que me dijo una vez acerca del proyecto ganador del diseño de un parque de mi localidad, el cual había salido elegido en contra de su criterio, que el mismo era un «Todo 100», un poco de todo y sin esencia. Pues eso le pasa a «Riña de gatos. Madrid 1936», no se sabe muy bien qué es, es historia, arte, novela negra, humor, amor, costumbrismo. En otro contexto me hubiera parecido interesante la mezcla, en este producto me deja con mal sabor de boca.

Por cierto, como último dato y esto ya no va contra el escritor barcelonés, descubro últimamente demasiadas erratas en los libros (he fotografiado una que he visto en este para que conste), una me merecería ser indulgente, pero dos o más me parecen reprochables para un editorial como Planeta que se tiene dinero para pagar fuertes sumas a los autores estrellas de su premio literario, también debiera contar al hilo con un equipo de correctores a los que no se les escapara ni una.

Lo siendo Eduardo Mendoza, me sigo quedando con «La ciudad de los prodigios», pero no hagas otra como esta que si no me voy a enfadar de verdad y entonces ya no vamos a ser tan amigos.

sábado, 23 de julio de 2016

"EL VIENTRE DE UN ARQUITECTO", DE PETER GREENAWAY

Puede que viera por primera vez esta película hace más de veinte años y es de esas que se te quedan grabadas para siempre. Pero no sé si porque me gustó, porque era rara o por un conjunto de todo. De hecho la acabo de volver a ver y tengo sensaciones encontradas. Lo único que saco en claro es que si durante dos décadas ha permanecido en mi subconsciente, desde luego no puede ser un mal proyecto; lo que sí es cierto es que al que la vea le auguro un recuerdo posterior y, desde luego, varios calentamientos de cabeza al hilo del cúmulo de elementos que nos propone el británico Peter Greenaway.

Peter Greenaway, ya lo adelanto, no es un director de cine al uso, de hecho, se dice de él que pregona que el ser humano no ha visto todavía lo que puede ser el auténtico cine. Y es así, en esta cinta nos propone un juego que no deja indiferente a nadie, pero no solo por su argumento, también por su forma de posicionar las cámaras y su fotografía, así como por la increíble música que contiene.

Yo entiendo que si hace más de veinte años que descubrí «The belly of an architect» (por cierto, esta última vez que la vi fue subtitulada), pues ya estaría yo aficionándome de forma masiva a la música New Age y minimalista, cuando se me vino encima una película de cierta vanguardia con una banda sonora espectacular, de la mano de uno de los padres de las nuevas músicas como es el belga Wim Mertens.

De hecho, no se podría haber utilizado una música mejor para esta película, ni se habría entendido o no se habría transmitido del mismo modo el mensaje que Greenaway quería proporcionarnos. La música en esta película, es tan esencial y tan constante en su metraje, que pareciera expresamente hecha para sus personajes, para la historia que cuenta, incluso mirando la fotografía, los actores que interpretan, los momentos en que surge...; un trabajo sencillamente excepcional que pone de relieve el tremendo talento de Wim Mertens, uno de los compositores más sobresalientes del finales del siglo XX y principios del XXI.

Sin destripar mucho del argumento sí que me gustaría comentar algo del fondo de la misma, como una invitación a visionarla, y a visionarla acompañado porque yo creo que es apta para un cinefórum abierto, casi a la par que se va viendo, toda vez que hay muchos espacios donde los diálogos desaparecen y la música, muy simbólica, nos permite analizar lo que va sucediendo.

El arquitecto estadounidense Stourley Kracklite es el encargado de montar una fastuosa exposición en Roma del arquitecto francés del siglo XVIII Ettiene Louis Boullée, todo un visionario y adelantado a su tiempo, del que hay que reconocer que se desconoce bastante de su obra y, sin duda, dando un paseo por Internet se puede reafirmar que la historia de la arquitectura le debe mucho a Boullée por el influjo y las pautas que marcó.

Kracklite acude con ese cometido a Roma acompañado de su mujer, unos veinte años más joven que él. El ligeramente orondo Kracklite es todo entusiasmo y fascinación por la figura de Boullée y por el magno acontecimiento para el que ha sido designado; pero al poco de llegar comienza a sufrir dolorosos episodios en su tripa.

El problema estomacal no dará tregua y la obsesión por Boullée irá en aumento, a la par que el distanciamiento de su esposa que le anuncia la buena nueva de que espera un bebé, no sin antes haber aprovechado la enfermedad del marido y su locura obsesiva para ponerle los cuernos con uno de los colaboradores de la exposición; no obstante, la infidelidad será recíproca.

Esa locura es tal que médicamente sufrirá también momentos de trastorno de personalidad en los que o bien se cree en cierta manera que es Boullée o bien asume el vientre de personajes esculpidos en monumentos históricos. Sí, ya sé que esto no tiene mucho sentido, pero es que en la película hay partes en la que deja de tener sentido.

Y es que la apuesta de Greenaway se debate entre el riesgo y el surrealismo, sobre todo hay mucho surrealismo, y yo soy un enamorado de este. En cada pasaje de la película el director nos está metiendo un montón de símbolos, y lo hace desde el momento en que las escenas se hacen a mucha distancia de los actores, con cámara estática, como si fuéramos espías más que espectadores de lo que sucede en la historia.

El surrealismo es la propia locura de Kracklite, afectada por sus dolores que derivarán en una enfermedad incurable, pero finalmente esa enfermedad y esos dolores no serán superiores a la pérdida de su esposa, de su hijo y fundamentalmente de Boullée, pues no podrá culminar su encargo.

Y en cada momento Mertens, para hacer y deshacer cada escena de la película, para desvelar los pensamientos de Kracklite, que es el personaje gravitatorio de la misma. Mertens sublime y Mertens genial, para una película que sí yo creo que al final me gusta y me seguirá gustando, y que habrá que volver a ver dentro de una década.

domingo, 17 de julio de 2016

HABLAR POR HABLAR, EL PROGRAMA QUE ALIMENTÓ A LOS NOCTÁMBULOS DE ESPAÑA

No sé en qué momento de nuestras vidas este programa de radio empezó a formar parte de muchas de nuestras tertulias, pero el caso es que ocurrió y todos hablábamos del mismo y tal vez solo unos pocos lo habían escuchado, era como una especie de chica de la curva de la que todo el mundo da por hecho su existencia aunque no conoces a nadie que se la haya encontrado.

Y es que «Hablar por hablar» ha sido y es, el típico programa del que todo el mundo cuenta cosas, pero que por su horario no todos han podido escuchar. El programa comenzó emitiéndose a eso de la una y media de la madrugada y mantiene su horario.

Por lo que a mí respecta sí que lo escuché en esos primeros años de emisión (a partir de 1994) en los que ya trabajaba, no estaba casado y mi juventud y frescura física me permitían seguir el espacio deportivo previo y su continuación, ese programa de la Cadena SER (también me pasó en otra época con el programa de Carlos Pumares y el que le antecedía que era el de Supergarcía) que se aprovechaba de la amplia audiencia futbolera para enganchar a esos noctámbulos con otro programa de corte diferente pero con esencia.

Hay que decir que este programa tiene un nombre propio que no es otro que el de Gemma Nierga (pronúnciese Yemma, pues es catalana la muchacha), una simpática periodista que con su voz aterciopelada, susurrante y aconsejadora, penetraba en los hogares de esos trasnochadores que, por diferentes razones, ocupaban parte de la silenciosa madrugada con la mente puesta en un sinfín de magnitudes, regateando problemas y placeres, y también escuchando las ondas radiofónicas.

Gemma Nierga de la que se habla que fue la creadora del programa, y desconozco si la idea fue específicamente suya, lo puso en marcha en 1989 en Radio Barcelona de la Cadena SER, se desarrollaba en catalán con el mismo título «Parlar per parlar», dando su salto nacional en un lustro.

No recuerdo si el programa lo escuché completo alguna vez, duraba unas dos horas y media, es más, no tengo conciencia de que las anécdotas o casos «verídicos» que voy a reseñar realmente yo los escuché o me los comentaron, porque los mismos, tal vez los más sonados o los que yo más recuerdo, fueron de los más famosos y aún muchos radioescuchantes los rememoran por su singularidad.

Hay que decir que el programa se configuraba como un espacio abierto en el que cada cual llamaba por teléfono para desahogarse y contar su vida, sus penas, sus alegrías, pero especialmente para contar verdades que poca o ninguna gente conocía, y eran a menudo historias muy potentes, que en sí encerraban una novela. Se da la circunstancia de que la noche, la Nierga y el silencio parecían abrir los corazones del personal y esa aparente invisibilidad y anonimato animaban a la gente a contar sus verdades como si solo se lo estuvieran contando a Gemma y a nadie más.

Tal vez la historia más sorprendente jamás contada y que trascendió el ámbito de la noche para ser muy comentada en esas tertulias a las que yo aludía, fue aquella de una chica o un chico que se habían conocido en el País Vasco y que cada uno de ellos, sin que pudiera yo distinguir el sexo de cual, eran a la sazón etarra y guardia civil, todo un cóctel explosivo; que le otorgaba más sensacionalismo si cabe por el hecho de que en la década de los 90 rara era la semana donde no había un atentado terrorista. Ambas profesiones de riesgo y de riesgo de muerte, con todo el componente ideológico implícito, hacían de esa teórica relación (digo teórica porque nadie tenía por qué verificar la autenticidad de lo contado, ni era el objetivo, pues eran más bien la ayuda y el entretenimiento a la par) una de las más desconcertantes de la historia. No obstante, a expensas de su veracidad, relaciones en la historia ha habido tan o más imposibles que esta y no cabe más que invocar que no hay arma más potente que la del amor, capaz de superar cualquier obstáculo.

No menos impactante es aquella historia que yo recuerdo de vez en vez en la que un señor de 73 años reconoció que habiendo llevado una vida absolutamente normal en lo familiar y afectivo, con esa edad descubre que es homosexual; curiosidad que yo siempre aprovecho jocosamente para recordárselo a mis amigos que alardean de masculinidad y a los que les doy buena cuenta de esta «creíble» historia.

La última historia, a título de ejemplo acerca del calado del programa, era una típica que no porque haya sucedido previamente y la conozcamos en otros ámbitos, no deja de sorprendernos; se trataba de un señor que confesaba llevar una doble vida en el terreno familiar, con dos mujeres y dos familias perfectamente formadas. Todo un dechado de logística y organización que siempre pienso que tarde o temprano ha de tener un fin, sobre todo, cuando el montaje se mantiene en el tiempo y no es algo esporádico, no es una aventura. El llevar dos familias a la vez es algo al alcance de muy pocas personas y las dotes interpretativas de sus protagonistas deben rayar la perfección.

En fin, ha sido una ocasión para hacer un pequeño recordatorio de este programa mítico, del cual recuerdo más sus anécdotas que su propio contenido, porque me ha parecido más conveniente rememorarlo por sus obras. Programa que, por cierto, aunque yo no escucho desde hace varios años, sigue funcionando y la temática, por lo que veo en la web del programa, también sigue girando sobre historias rebuscadas y muy particulares.

Actualmente lo dirige Macarena Berlín, pero también lo presentaron otras periodistas de mucho prestigio en nuestro país, y siempre mujeres para no perder el espíritu, como Cristina Lasvignes, Mara Torres y Fina Rodríguez.

Buena radio, radio bien hecha, tal vez algo sensacionalista pero por el horario y la calidez de la radio no se puede comparar en ningún caso con esos espacios de telerrealidad que ensucian nuestra pequeña pantalla.

sábado, 9 de julio de 2016

IDAS Y VENIDAS DEL SISTEMA EDUCATIVO ESPAÑOL, REFLEXIONES DE UN PADRE ANÓNIMO

Normalmente suelo ser moderado en mis opiniones, trato de respetar al que opina en contra de mí porque no soy visceral, y me va bien. En el blog tengo la licencia de que yo soy el dueño de mi destino y me puedo explayar algo más, los comentarios que se suceden por parte de mis lectores suelen ser constructivos y si alguno se pasa de la raya pues lo borro y ya está (solo me ha pasado dos veces y porque un par de individuos utilizaron insultos y descalificaciones; hasta ahí podíamos llegar).

Esta vez no voy a ser políticamente correcto porque el asunto es de tal magnitud que es preceptivo mojarse, y es que voy a hablar de la educación en nuestro país y también del día a día, de la que recibe mi hijo en su cole.

Que la educación finlandesa es un mito inalcanzable para nuestro país lo sabe todo el mundo. Tenemos unos políticos que han sido capaces de llevarnos a unas segundas elecciones generales seguidas y continúan a la greña mirándose en su ombligo y no valorando las necesidades de los ciudadanos. Si no están para lo más tampoco estarán para lo menos, considerando que la educación pueda ser ahora mismo de menos calado que conseguir ponerse de acuerdo para gobernar este país.

El pacto por la educación es una entelequia porque en España, que somos un país mediocre, los más mediocres son los políticos, que están más preocupados de sus siglas, de sus sillones que del interés general, y algunos, los no pocos corruptos, de su patrimonio personal sostenido a base del esfuerzo del conjunto de la ciudadanía. Así que, no le demos más vueltas, el nuevo gobierno que se forme, tarde o temprano, cambiará la ley de educación sin consenso.

Es una realidad que la educación que los de mi generación recibimos en el colegio hace unos cuarenta años es de superior calidad a la actual; yo veo los libros de mi hijo que ha terminado 4º de primaria y me parecen muy pobres, con unos contenidos que a buen seguros que dominábamos antes en cursos más iniciales. Observo que esa pobreza se decanta por una deriva, que es una absoluta tontuna, como es la de aprender muchos contenidos relativos al entorno más cercano; de tal forma que en una reducción al absurdo, un alumno de 4º puede saber mucho de Andalucía y no tener ni idea de dónde está Francia en el mapa.

Pero no es solo eso, algo de lo que no tiene la culpa el profesorado, sino que muchos profesores se ocupan y se preocupan de completar esos contenidos tan cortos de miras y la asistencia de material complementario a nuestros hijos está a la orden del día. Material este que, por cierto, se debiera revisar un poco, porque lo que está fuera de los materiales publicados por editoriales de prestigio en España (SM, Santillana...), deja mucho que desear y descubro tantas faltas de ortografía y tantas erratas, que solo un par de ellas me parecerían fuera de recibo, pero con este plan el calificativo pasa a ser intolerable. Y es que en Internet hay mucho material, pero no todo de calidad y el profesorado debiera preocuparse de tamizarlo adecuadamente.

Tampoco tiene responsabilidad el profesorado acerca del horario, o al menos pienso que no. Yo soy sinceramente defensor de la jornada partida, no creo que la actual situación beneficie al alumno y sí al profesorado. En Cataluña con muchos más matrimonios que en Andalucía trabajando ambos, la jornada es partida, y aquí las razones para haber optado por este sistema son un tanto vanas. La jornada partida permitiría integrar las clases con las actividades extraescolares, porque al fin y al cabo muy pocos niños no utilizan las tardes para llevar a cabo dichas actividades.

Y dicho sea de paso, tampoco soy partidario de unas vacaciones tan largas, y aquí soy cañero, ni un verano tan largo, ni Navidad tan larga, ni Semana Santa y ni tan siquiera esa incomprensible «semana blanca» o esos días de libre configuración donde el profesorado se apunta unos apetitosos puentes, yo creo que todos los que hay en el calendario anual.

Tantas y tantas festividades casi no dejan margen a las tutorías, voy a mi pesar a tres anuales, una por trimestre, aunque me gustaría ir una vez al mes, pero me las veo y me las deseo para que me hagan un hueco en el exiguo calendario existente de tutorías, a un horario intempestivo (casi voy con la fruta en la boca) y siempre con el cronometro puesto para que no te pases del cuarto de hora de rigor.

Por otro lado, observo como últimamente se le da importancia en el colegio a determinados eventos que cuando yo era un niño no tenían prácticamente ninguna presencia. En el cole de mi hijo por lo menos ocurre así, hay un festival para Navidad, otro para fin de curso, un desfile de Carnaval, la celebración del día de Andalucía, y ello sin contar las varias salidas que se hacen para ver teatros o hacer viajes de un día.

No sé cómo decir esto sin molestar, sin manifestar que los colegios se enternecen con estas celebraciones. Entiendo que cada colegio pretende con los dos festivales anuales realizar una puesta de largo de cara a la sociedad, cuando no dejan de ser más que eventos de autocomplacencia, que se llenan porque van los padres y familiares, sin que haya mayor relevancia para el resto de la sociedad. El hecho de que critique estos eventos no es algo implícito a su realización, sino que no veo con buenos ojos que los ensayos se hagan en horario escolar, en el cole de mi hijo así ocurre. Muchos profesores y también buena parte de la sociedad hemos proclamado que todas las asignaturas deberían valer igual, que no exista el concepto de «marías», pero los ensayos pulsan en el perfil genético de esas minusvaloradas asignaturas; en música se entendería, pero es que también los ensayos operan en el horario de educación física.

¿Y estos festivales contribuyen al desarrollo físico e intelectivo del alumno? Bueno, yo no seré el que arroje la primera piedra, y entiendo que para algo sirven. Por ejemplo para la psicomotricidad, para la coordinación o para despertar las habilidades artísticas de los alumnos. Pues muy bien, pues sí, pero yo particularmente no percibo que mi hijo disfrute con estas representaciones. Lo hace obligado y con escasa alegría, de hecho, este año se reponía el festival en un acto abierto al conjunto del pueblo donde vivimos una semana después y se alegró un montón cuando supo que no iba a estar disponible esos días pues nos largábamos de vacaciones, con lo que se libraba de nuevos ensayos, de calor y de volver a hacer el ridículo, él se siente así yo lo sé.

No sé qué parte de culpa tiene el profesorado en estas cosas o cuál es la culpa o presión de los padres, porque la mayoría de los padres, fundamentalmente madres (esta es otra cosa que no entiendo, a las reuniones del colegio voy yo y soy el único o casi el único padre, como si la escuela fuera algo tan poco serio que con que uno de los progenitores esté atento ya es suficiente), están encantados con el evento y con todas las parafernalias festivaleras.

De hecho, tenemos un perfil de whatsapp en la clase de mi hijo que debiera servir para colaborar en la educación de nuestros hijos, facilitar materiales de clase, comentar o poner los deberes por si algún niño falta o los ha apuntado mal. No obstante, más del 99 % de los mensajes de 2016 han sido emocionadamente: 1. Para explicar el diseño del traje de fin de curso (de Aladdin), donde se han sucedido no menos de mil mensajes y doscientas fotos, muchas repetidas. 2. Para decidir el regalo de la señorita para fin de curso.

Esta última es buena, no soy nada partidario de estos presentes al profesorado para agradecerle algo que ya llevan implícito en su cargo y que se les premia pagándosele un sueldo público, es decir, remunerado por todos los ciudadanos. Amén de que es un aprieto para los profesores, que seguro que en muchos casos preferirían no recibir los regalos, no deja de ser un exceso por parte de los padres en una especie de diferida contraprestación del trabajo bien hecho. Yo como empleado público no me sentiría bien con esto y estas prácticas se debieran cortar de raíz. Pero, ¿quién las corta? Mi mujer y yo nunca nos hemos negado a poner dinero para esas prebendas, ya he dicho en más de una ocasión, para el que no me conozca, que mi hijo es adoptado y negro, va a ser diferente siempre, razón por la cual nosotros no intentamos sacar los pies del plato aun cuando no estemos de acuerdo con la mayor y nos plegamos a las decisiones de esas madres que tanto se ilusionan y viven con expectación durante meses la elección del regalo, la colecta del dinero, la compra del presente (me suelen parecer bobadas, aunque ciertamente yo soy muy malo para elegir regalos) y su entrega final.

Pues eso, muchas idas y venidas de un sistema educativo que es imperfecto y manifiestamente mejorable, pero para eso hace falta mucho consenso, mucha reunión y mucho más juicio y madurez por parte de los padres, requisitos esenciales que en la realidad no se dan conjuntamente, así que cada uno irá o a lo mínimo, que no garantiza una educación de excelencia aunque sí suficiente, o se preocupará de la proyección de su hijo, con recursos adicionales y no necesariamente económicos.

sábado, 2 de julio de 2016

MARIANA PINEDA, UN EPISODIO DEL SIGLO XIX CON MENSAJES DE HOY

No hablo demasiado de mujeres en este blog, no es una deriva premeditada; simplemente me van saliendo temas en la cabeza y los desarrollo, que nadie piense que por eso puedo ser un machista, o que contribuyo a la segregación del sexo mal llamado débil. Esas perroflautadas se las dejo para aquellos o aquellas que pretenden esas absurdas reglas de paridad basadas en las matemáticas más estrictas y no en los méritos, sean mujeres u hombres, o para esas personas que pretenden redirigir el idioma español hacia una dualidad de género, típica entre los políticos, que provoca absurdos de considerables proporciones.

En fin, que hoy le ha tocado a Mariana Pineda porque me da la gana. Sinceramente creo que es una figura, sea femenina, como es el caso, o masculina, que está un poco olvidada y de la que su recuerdo en la actualidad nos permitiría sacar interesantes conclusiones.

Mariana Pineda fue una adelantada a su tiempo, también un mito, pues se puede inferir que es la primera mujer española que murió ajusticiada a causa de la defensa de sus ideas, y no era cuestión baladí, esta joven granadina defendía la lucha contra el absolutismo, en realidad, contra una plenipotenciaria dictadura monárquica, la de Fernando VII, uno de los peores reyes que ha tenido este país, y sería muy aventurado decir que parte del retraso de España en el siglo XX se debió a él, aunque desde luego poco contribuyó al desarrollo en los años en los que él estuvo en el poder.

Una Mariana Pineda liberal y mujer de armas tomar, que no sólo reivindicó sus ideas, sino que fue capaz de morir por ellas para intentar ser un símbolo, no sé si esto lo consiguió realmente, y para no perjudicar a aquellos a quienes protegía.

No obstante, vayamos con esta famosa serie de TVE de 1984, de la que puedo decir que intriga un poco que haya tenido tan escasa repercusión desde su emisión. Imagino que se habrá repuesto en alguna etapa de estos más de treinta años, pero la relevancia posterior ha quedado prácticamente soslayada.

La serie se llamó en televisión Mariana Pineda y en su distribución comercial en colección de vídeo, se denominó «Proceso a Mariana Pineda», serie dividida en cinco capítulos de una hora de duración y dirigida por el cineasta Rafael Moreno Alba, cuyo estrellato le vino por haber sido el encargado de encabezar ese maravilloso proyecto que fue «Los gozos y las sombras».

Y verdaderamente que es más acertado hablar de proceso más que de Mariana Pineda a secas, pues no se centra en la vida de Mariana sino, en realidad, en el último año o en los últimos meses de su existencia.

Se le achaca a Moreno Alba la excesiva duración de la serie, que en total supone trescientos minutos. Realmente lo es, si la hubiera adelgazado creo que no hubiera perdido nada de su esencia. Entiendo que el director, con un importante presupuesto para su época, no quiso desmerecer la inversión realizada en trajes, exteriores, extras y un elenco de actores de primerísima fila, y trató de sacarle el máximo rendimiento.

Desde luego, de ese elenco destacaba sobremanera la actriz que interpretó a Mariana Pineda, que no fue otra que Pepa Flores, más conocida como Marisol. Aquella niña prodigio no se consagró posteriormente en su vida adulta, sus trabajos fueron muy esporádicos, y se puede decir que con esta serie llegó a la cumbre de su carrera, pues fue la mejor de sus interpretaciones ya como mujer, con una espléndida madurez, a sus 36 años, y que además suponía casi su definitiva retirada de la vida pública y profesional.

Pepa Flores pone todo lo que tiene en el personaje, y hasta de algún modo, lo que ya era una realidad, que esta actriz era militante del PCE y que algo de lo que interpretaba también lo sentía.

La historia cuenta esos últimos meses de la vida de Mariana, la cual trasluce que sin ser una enfervorizada liberal, defiende y protege a mucha gente que no está conforme con el poder absoluto de Fernando VII. Ahí que decir que este monarca se cargó cualquier viso de aperturismo que estaba representado por la Constitución de Cádiz de 1812 y que fue bastante efímera.

Todo vestigio de progreso se irá cercenando por el rey para encumbrar como pocas veces en la historia la España de charanga y pandereta. La lectura es evidente, había que hacer al país más inculto para que nadie tuviera herramientas para ir en contra del absolutismo, mientras tanto al país se le proporcionaba fiesta y divertimento que diluían el conocimiento.

Mariana Pineda estará cada vez más contra las cuerdas y su lucha y la de los suyos se revelará cada vez más complicada ante un poder absoluto y policial que tiene todas los mecanismos a su alcance y sin limitaciones para conseguir sus propósitos: extorsiones, torturas, entradas en las casas sin reserva, alteración de pruebas, testigos falsos...

Mariana Pineda moriría el 26 de mayo de 1831 siendo aun una joven flor de tan solo 26 años, a manos de la dictadura monárquica de la época que la ajustició mediante el sistema del garrote vil en la Plaza del Triunfo de Granada. Su antagonista en la serie es el alcalde del crimen o jefe de la policía granadina Ramón Pedrosa, el cual se desprende en la narración que es un ser abyecto y despreciable, con tanta ruindad como para pretender los favores carnales de Mariana y a la vez de proponer pruebas falsas para culpabilizarla, entre ellas, el hallazgo de una bandera liberal en su casa, que fue la causa principal de su enjuiciamiento.

En la serie se suceden todo tipo de intrigas, hay amor y desamor, traiciones y todo muy bien ambientado y con buenas dosis de historia.

Como ya he dicho, el elenco actoral fue soberbio, aparte de Pepa Flores se dieron cita Juanjo Puigcorbé, Manuel Galiana, Carlos Larrañaga, entre otros, y unos jóvenes Enrique San Francisco o Rosario Flores. Sin embargo, el papel estelar en la representación masculina lo encarnó un actor no tan renombrado como los anteriores, pero sí que hizo un papel más que brillante, se trata de Germán Cobos, como Pedrosa.

Y termino destacando lo triste que es que en esta España que tantísimos patriotas se encargaron de construir; en este nuevo siglo veo más incultura y mas apatía que cuando yo me crié, y eso no es bueno, y los que pueden mandar, no sólo los políticos, también los medios de comunicación, los maestros, incluso los escritores, pues o no aportan el grano de arena que deben o miran para otro lado, cuando lo que se trata es de impulsar la cultura y los valores en nuestro país. Una España de charanga y pandereta donde el baile y la juerga, también el fútbol, le ganan la partida a los libros a la moderna Ilustración.

Decía en un pasaje Mariana Pineda a Pedrosa que Fernando VII propugnaba las corridas de toros y las academias de costura, mientras se cerraban universidades. Pues eso, que hoy casi doscientos años después la mediocridad vence al conocimiento y necesitamos más marianas pinedas.