sábado, 28 de septiembre de 2013

LA BRECHA DE LOS IDIOMAS EN ESPAÑA

Paseando el otro día por Jaén pasé por la entrada de un colegio donde había un cartel en la entrada que rezaba “centro bilingüe”, me hizo gracia porque esto no es más que fuegos de artificio. Distan mucho nuestros colegios de ser verdaderamente bilingües, ya me gustaría a mí poder haber hablado otro idioma con cierta soltura y, desde luego, me sentiría muy orgulloso de saber que mi hijo podrá aprender una lengua extranjera gracias a esta magnífica inmersión lingüistica educativa.

Hablemos con franqueza, a estas alturas del partido, el inglés se erige como el idioma obligatorio y casi exclusivo para tener más posibilidades de defenderte en el futuro. Ya lo era cuando yo era joven, y lo es más aún si cabe en este mundo global, en el que las fronteras son ya meros límites del nacionalismo acérrimo alimentado por políticos ligeramente retrasados más que por la gente de a pie Está claro que el sistema falla, no sólo el de antes donde nos tirábamos años y años en clases de inglés, para después de todo, cuando salíamos fuera o ibas a la costa, eras incapaz de señalarle tal calle a un extranjero. El sistema también falla ahora, pregúntenle si no a cualquier joven que ha estado o pertenece a un centro educativo bilingüe, seguirá teniendo las mismas dificultades para expresarse en inglés que los de mi época.

Si queremos inmersión lingüística y adquisición de un idioma de verdad, hay que hacerlo en plan radical, sin medias tintas, porque las medias tintas no te llevan a ninguna parte. Una persona aprende un nuevo idioma porque lo habla constantemente e intenta aislar el materno lo más posible para que no interfiera, y pueda en la medida de lo posible aquello de que suelen hablar los lingüistas, que podamos pensar en el nuevo idioma casi como en el propio. De hecho, aquella persona que vive la experiencia de vivir un año en el extranjero para cursar estudios, aprehende más del nuevo idioma que eternas horas de clase a lo largo de infinidad de cursos escolares.

Son muchos países en los que la inmersión lingüística en los centros educativos está a la orden del día; países tan avanzados como los escandinavos (Noruega, Suecia, Dinamarca), donde todo el mundo habla inglés mejor que tú, incluso una viejecita de ochenta años de un pueblecillo perdido seguro que te supera en nivel. Pero no pensemos en exclusiva en países desarrollados, son ya muchos países del mal llamado Tercer Mundo los que ofrecen sus clases directamente en inglés, y es que si en España el saber inglés es clave, aun lo es más en países desfavorecidos donde ese idioma es un pasaporte para el futuro. Sin ir más lejos, en mi visita el pasado año a Etiopía pude observar que el nivel de inglés en ese país era superior al de España, no sólo gente que se dedica a los servicios (hostelería, taxis, tiendas), sino que cualquier ciudadano anónimo al que te dirigías comprendía lo que decías y te contestaba en un inglés no muy ortodoxo, pero entendible.

La brecha que los españoles tenemos con el idioma inglés viene dada por una especie de orgullo patrio que no conduce a nada. No sólo el sistema educativo es insuficiente y limitado, sino que algo tan habitual como ver una película en inglés con subtítulos es un producto que en España no se estila y esto habría que mirárselo.

Nos sentimos los españoles muy ufanos de tener unos fabulosos dobladores de películas; qué perfecta sincronía, qué voz más mágica, algunos actores famosos ganan con el profesional que los dobla porque la voz del original puede resultar poco agraciada. Sin duda, hay personas famosas en España que lo son por su torrente de voz y por haber doblado a figuras del séptimo arte, por poner el ejemplo más paradigmático, ahí tenemos al añorado Constantino Romero que encarnaba con su inconfundible cadencia, entre otros, a Clint Eastwood, Darth Vader, Schwarzenegger o Roger Moore.

No sé si será por la presión de este colectivo que alguna vez oí que daba trabajo en España a nada menos que mil personas, pero puestos a pensar, ¿nos podemos imaginar el número de horas de cine y televisión que una persona de edad media ha visto en su vida? Probablemente varios miles. Muchas de esas horas son pelis, series o programas cuyo idioma original es el inglés. Si los hubiéramos escuchado en ese idioma, con los subtítulos en español, nuestro nivel de inglés ahora sería brutal.

También es verdad que el hecho de que seamos un “gran país” nos perjudica. Sí, porque hay mucha población que consume cine y televisión y el sector del doblaje se rentabiliza. En otros países no se pueden permitir este lujo, es el caso de Portugal; nuestros vecinos ven las películas y series de televisión en versión original con subtítulos. Y sí, un individuo portugués de mi edad tiene un nivel de inglés bastante superior al mío.

En cualquier caso, no estamos en una sociedad, la española, que contribuya a favorecer la enseñanza plena de las lenguas extranjeras, ni el inglés, pero tampoco el francés, alemán, ruso, chino, italiano... La proliferación de academias de idiomas, ofertas de cursos por entregas, estancias temporales por el extranjero, etc., son indicadores de que este es un mercado que sigue ofreciendo una gran rentabilidad.

Ni siquiera la existencia de internet ni el consumo masivo de programas, juegos de ordenador y aplicaciones varias, han restañado la herida; quizá a algunos les ha valido para conocer un poco de vocabulario, pero de ahí a poder mantener una conversación con un nativo media un abismo.

Por mi trabajo y la actividad en la que me muevo he recibido a lo largo de muchos años centenares de currículums y he de decir que el apartado de idiomas es el menos creíble de todos los ítem: Nivel de conversación medio, nivel de usuario, nivel conversacional medio, traduce bien, habla bien...; pamplinas, la mayoría de los españoles, me atrevería a decir que un 95% no sabemos hablar inglés, un poquillo sí, pero si sale Obama hablando en la tele y no hay traductor, yo aspiro a entender palabras aisladas o alguna frase muy simple.

Y hablando de presidentes, resulta curioso que en España no haya habido en la historia un presidente que hablara inglés (no Aznar tampoco), en este sentido, son patriotas, son como tú y como yo. Pero eso no es lo que se espera de un presidente de gobierno de un país llamado España; porque uno no se entera de que aspira a ser presidente de este país tres días antes, al contrario, lleva tiempo en las altas esferas del meollo nacional. Hay que pensar, incluso más de lo aceptable, que un presidente de un país como España debe ser una persona brillante y debiera haber tenido la precaución de aprender inglés cada día a lo largo de muchos años, mucho antes de llegar a ese puesto tan privilegiado. Entiendo que Rajoy, un registrador de la propiedad, seguro que con un currículum profesional apabullante, si se hubiera puesto tendría ahora un nivel de inglés bueno, o el suficiente como para no ridiculizar a este país, pero no.

Pues eso, que nos tendremos que conformar, la mayoría de los españoles que hemos estudiado inglés alguna vez en el colegio, a chapurrear cuatro cosillas y a frustrarnos una y otra vez cuando alguien se dirija a nosotros en inglés y la frase tenga más de cinco palabras. Y sí, no nos cabrá otro remedio que hacer como un amigo mío de universidad hizo cuando una chavala inglesa bien guapa se le acercó para preguntarle algo, le soltó lo primero que le vino a la cabeza: “I am the boy”, o un “relaxing cup of café con leche...”.

sábado, 21 de septiembre de 2013

TRIBUTO A RICHARD BURMER, UN COMPOSITOR QUE NOS DEJÓ PREMATURAMENTE

Emoción y tristeza me sugieren la figura de Richard Burmer, un creador de maravillosas melodías que nos dejó prematuramente con cincuenta años y que, emociona cuando escuchas su música porque llega a lo más profundo de uno, y que te provoca tristeza porque con ese vuelo hacia el más allá nos privó de su magia y genialidad, pues hubiera seguido cultivando su colección de joyas para el oído.

Richard Burmer es un artista de la New Age que fue capaz de convertir los sintetizadores, las computadoras y las mesas de mezclas en espacios para elaborar sentimientos. Si la música es capaz de transportar la sensibilidad de nuestra alma, este compositor llevó este aserto a su máxima expresión.

Su música puede acompañar en el silencio, en la lectura, en un viaje sideral, en un paseo momentáneo por debajo del agua..., sus composiciones son pura oda, su arte expele un mundo paradisíaco, huele e inunda todo de paz. Si Burmer murió pensando en su música, lo desconozco, a buen seguro que se fue bañado en felicidad y armonía.

Estamos ante un reputado compositor y muy reconocido en el panorama musical de la New Age, su música es puramente New Age con algo de minimalismo y cosmic music, y pese a su óbito, dedicó más de la mitad de su vida a obsequiarnos con inolvidables trabajos. Nacido en Estados Unidos, patria de la New Age, en el estado de Michigan, en su juventud comenzó ya a nutrirse de músicas exóticas, de la India y el Medio Oriente, también destacan otras influencias de grupos de los 60 y 70, como por ejemplo los Moody Blues. Y con esa paleta musical fue pintando en el lienzo de sintetizadores y de toda la tecnología que con los años 80 de pasado siglo nacía para tantos exploradores de la música, por supuesto, con el imprescindible respaldo de una formación universitaria sólida, pues estudió Teoría musical y Composición; hay que ser especialmente rigurosos en este detalle, pues la gente puede pensar que con un ordenador y un programa cualquiera puede hacer música y no es verdad.

Desarrolló labores técnicas en compañías discográficas simultaneándolo con su carrera musical. En este ínterin trabajó con un grupo muy cualificado de artistas de la música New Age entre los que yo resaltaría a Kevin Braheny, Steve Roach o Tim Wheater.

También es posible escuchar su música en sintonías de radio y en programas de televisión de todo el mundo.

No he podido averiguar de qué murió pero de lo que he podido hallar, no fue una muerte trágica, por lo que entiendo que fue por causas naturales. Cuando murió en 2006 los aficionados a su música quedaron conmocionados, pues muchos recordaban en palabras de afecto dirigidas a su familia y páginas web que hablan de él, que su música había acompañado los pasajes más importantes de sus vidas, incluso algunos recordaban que alguna de sus temas más especiales habían servido de marchas nupciales en sus bodas.

Sus familiares y amigos mantienen una web de Richard Burmer, creada con posterioridad a su muerte, en la que pretenden que su legado no se pierda. Se percibe que su familia está imbuida del espíritu que se transmite en su música.

Sí, era un hombre poco agraciado físicamente, un típico norteamericano y eso es lo que más me gusta, que los compositores de melodías están por encima de su propio ser; y allá donde esté Richard Burmer seguro que sigue susurrando en nuestros sentidos en cada una de sus composiciones.

Hace unos años se crearon algunos discos recopilatorios de música New Age, tal vez el más conocido fue Música sin fronteras, allá por los 80, cuando el peculiar Ramón Trecet nos abría la vista a muchos españoles en este nuevo estilo musical. Vendrían otros tantos, uno de ellos Música para desaparecer dentro, en su primer disco traía uno de los temas más conocidos y bellos de este fabuloso creador, “Across the view”. Pues eso, no me puedo resistir a recomendar las melodías de Richard Burmer para “desaparecer dentro de uno mismo”, para dejar aparcados los embates del día a día, y preguntarse qué necesita la vida de nosotros, cómo podemos intentar ser mejores cada día.

sábado, 14 de septiembre de 2013

JUGANDO A LAS CHAPAS EN LA CALLE

Cada vez que voy últimamente a la Feria de San Agustín de Linares, que se celebra en los últimos días de agosto, disfruto mucho porque la cojo con ganas ya que voy un solo día, pero también me transporto a mi niñez cuando convivir con estas Fiestas formaba parte de la esencia de mi barrio (que estaba y está muy cerca del recinto ferial) y todos los niños salíamos cada día en busca de una nueva aventura. Tengo montones de vivencias que jalonan aquellos especiales días feriados que nos sacaban de la rutina barrial.

Y recuerdo con añoranza que una vez que terminaba la Feria y en esas semanas previas que transcurrían hasta el inicio del curso escolar (que ahora con buen criterio se han reducido para empezar antes), rescatábamos los platillos o chapas de refrescos y cervezas que la gente degustaba en los chiringuitos y que los niños rebuscábamos en el suelo, en las mesas o barras, para jugar en la calle a diversos juegos, el principal era “el del hoyo”.

Quiero significar que, en realidad, allí en Linares le llamábamos platillos y no chapas; “vamos a jugar a los platillos” era la expresión propia para iniciar una divertida mañana de habilidad y riesgo. A todos esos platillos, dependiendo de la rareza se le daban una serie de puntos que más o menos todos sabíamos mediante un código no escrito, por ejemplo, el platillo de Royal Crown valía diez, y la unidad era la corriente chapa de El Alcázar o de Mahou.

Hay multitud de juegos que se pueden desarrollar en la calle con las chapas, pero el que más se jugaba en mi barrio y más me gustaba a mí era, como ya he comentado, el del hoyo. Buscábamos pues en los recovecos de las calles de nuestro barrio o en algún descampado cercano, ese hoyo, ese agujero, con las dimensiones adecuadas para meter en él un buen puñado de platillos, y si no era suficientemente amplio pues lo agrandábamos, alguno le cogía prestada una herramienta a su padre y trabajaba el hueco para adaptarlo a nuestras necesidades.

El juego era de habilidad y con sus diferentes variantes y especificidades reglamentarias que ya no recuerdo, básicamente consistía en lanzar los platillos desde diferentes distancias y utilizar el menor número de lanzamientos para conseguir el objetivo. Cuando la distancia era corta se lanzaba el puñado de platillos todos a la vez, era célebre por aquel entonces una expresión que decía “¿querías con mota?”, que venía a significar que las habías metido todas como si fueran un todo, y no habían abandonado su forma, ni se habían atrevido a salir del agujero lo más mínimo. No recuerdo que yo fuera un especialista en estas artes, pero si creo que la mayor satisfacción era conseguir algún acierto desde una distancia muy lejana, logro nada sencillo pues había que jugar con los desniveles del terreno, que botara en el suelo la chapa, ya que lanzar desde cierta distancia directamente al agujero implicaba que con toda seguridad rebotara y se saliera, por eso había que usar una estrategia indirecta.

La salsa de este juego, en el que se denotaba un cierto afán coleccionista por parte de los que allí nos congregábamos, era que apareciera alguno que había estado de vacaciones por ahí y trajera platillos raros, ¿cómo puntuábamos esos especímenes? A mi hermano y a mí nos ocurrió que bien pequeños fuimos de vacaciones a Almería (en un viaje por carreteras desiertas y que duró no menos de cuatro horas) y nos trajimos una bolsa llena, íbamos a ser la envidia de la calle, porque jamás se habían visto chapas de “Cervezas El Azor” o “Leche Colecor”.

Vino también un verano al barrio un chaval alemán de padres españoles con un fuerte acento que decía ser de la ciudad del equipo de fútbol del Schalke 04 (donde terminó Raúl jugando), después averiguaría que la ciudad era Gelsenkirchen y que tal vez por lo largo y complicado de pronunciar el niño eludió señalar. El caso es que inundó el barrio con chapas absolutamente exóticas.

Jamás y digo jamás, he vuelto a ver jugar a nadie en las calles a este juego desde que yo abandoné mi niñez y las calles de mi barrio. Mi barrio sigue allí y cuando voy, que lo hago con habitualidad, puedo rememorar perfectamente aquellos espacios donde pasábamos horas divertidísimas. Hoy por la presión de la televisión, ordenadores y móviles, la calle como espacio de juego ha quedado en un segundo plano.

Cuando nos cansábamos del hoyo, generalmente cuando el sol nos daba de lleno, buscábamos una zona bien resguardada en la que hubiera una pared y enfrente una distancia suficiente con objeto de jugar a lanzar los platillos contra dicha pared y el que más se acercara se llevaba los de todos los demás. Por supuesto, jugábamos con nuestros soldados más vulgares, nadie se atrevería a disputar una chapa de “Cerveza Henninger”.

Había y hay otros juegos que se pueden hacer con platillos, uno muy divertido es el de hacer un circuito con curvas, trampas y atajos, para hacer carreras y golpear desde la salida con el dedo a las chapas, con un toque para cada jugador en su turno. En mi barrio éramos inflexibles y el que se se salía volvía al principio, no había piedad, sólo cuando venía algún pequeño, con escasa destreza, le permitíamos por ser “cascarón de huevo” que si se salía no tuviera que empezar de nuevo. En cuanto a los circuitos había algunos chavales que construían verdaderas maravillas, llenas de revueltas, trampas y unos atajos que sí, que te llevaban de manera más rápida a la meta pero eran estrechísimos o el terreno estaba descarnado, lleno piedras y agujeros.

Sé que se puede hacer un partido de fútbol con chapas, aunque en mi barrio se usaban tapones de plástico que eran más manejables, de hecho, había promociones de las empresas de cerveza o refrescos que sabiendo la afición de la gente menuda, sacaban en verano chapas con fotografías de futbolista en la parte interior, y hablo en pasado porque hace ya muchos años que esta estrategia comercial no se ha repetido. El juego era bien simple, se ponía una bolita de papel en el centro, cada jugador disponía su equipo como quería, y en cada turno uno lanzaba una o dos veces. Nunca me gustó demasiado este juego, pues era un partido de fútbol bastante irreal, sin dinamismo, con defensas y portero con menos cintura que la rueda de un tractor, y donde de momentos nos cansábamos porque parecía un aburrimiento.

En fin, se trata de un breve repaso a juegos que emocionaron a generaciones pretéritas como la mía, cuando necesitábamos divertirnos sin nada que tuviera que obligar a rascarnos el bolsillo y, por consiguiente, a pedírselo a nuestros padres. Tristemente esto nunca volverá.

sábado, 7 de septiembre de 2013

LA TERTULIA DE "VIVA LA GENTE DE LA TARDE" EN ANTENA 3 DE RADIO, MODELO DE TERTULIA

¡Qué tiempos aquellos en que las tertulias eran finas! Han pasado poco más de veinte años y mucha gente de mi época recuerda este espacio radiofónico que, inserto en el programa “Viva la gente de la tarde” en Antena 3 de Radio que presentaba Miguel Ángel García Juez, hacía las delicias de los escuchantes que anhelaban esa media horita de divertida conversación entre personas cultas y educadas.

Lo cierto es que se echan de menos tertulias de ese tipo, auténticas tertulias, porque poco después se instaló en los medios de comunicación de nuestro país, en especial en radio y televisión, una política de la incultura y del descrédito.

No sé qué fue antes si la gallina o el huevo, lo que sí es verdad es que comenzaron a surgir los programas de chismorreo que tanto triunfan en nuestra triste España desde entonces hasta nuestros días. Falsos periodistas se disponen a diario no a sacar los trapos sucios de gente pública, van más allá, pues se jactan de introducirse en las cloacas de la sociedad y esparcen inmundicia a tutiplén.

Hace no mucho vi un comentario en Twitter (red social que sigo con frecuencia y que bien gestionada por cada uno es un instrumento muy interesante de información) que señalaba acerca de la cultura en España, que era aquella que el señor Paolo Vasile había establecido en sus programaciones desde hace años. Para mí, las televisiones no ofrecen lo que el pueblo pide, sino que son ellas mismas las que imponen su filosofía para cambiar al espectador. Cada vez la gente ve más de Telecinco porque este medio abona su lodazal diariamente desde hace años. Del mismo modo, que Canal Sur tiene un idilio con la tercera edad y programa en este sentido.

Pero si hablamos de tertulias de otro nivel, las tertulias políticas o de actualidad, estas llevan la premisa de la descalificación y del enfrentamiento. Parece que uno no puede defender sus ideales sin lanzarse a la yugular del contrario y viceversa. No se respeta lo que el otro dice, cada uno defiende a capa y espada lo suyo, con soberbia y engreimiento y, además, lo hace con un halo de firmeza que pretende coquetear con la verdad absoluta. Y es que estoy cansado de que, en este escenario de crisis, vayan por televisión una serie de personajes que se han convertido en salvapatrias, manifiestos bufoncillos que declaman un discurso populista que bien meditado tiene las piernas muy cortas.

No obstante, a lo que iba, esta tertulia que hoy traigo a colación, la considero el verdadero modelo de tertulia, lo otro es o pestilencia o debate enconado. Yo me imagino que una tertulia debe ser una charla distendida entre amigos que no hablan de nada en concreto, que cambian de un tema a otro, que aportan conocimiento, incluso que de vez en cuando, de manera educada y graciosa se meten los unos con los otros, sin que nadie se moleste. Esto era aquella tertulia de finales de los 80 y principios de los 90 del pasado siglo, en la que una serie de personas, comandadas por el periodista Miguel Ángel García Juez que moderaba mínimamente, charlaban de forma amigable de cualquier asunto sin ser necesariamente de actualidad. Personajes entre los que podíamos encontrar (siempre se reunían en torno a cuatro y no necesariamente estaban todos en el estudio, a veces alguien lo hacía en otro lugar desde el teléfono) a Luis Ángel de la Viuda, Luis Carandell, Alfonso Ortuño, Carlos Pumares (antes de que se postrara ante las televisiones para hacer el ganso), Fernando Vizcaíno Casas, Ladislao de Arriba...

Lo diferenciador y característico de estas personas era, a mi parecer, que eran hombres de mundo, personas con un importante bagaje vital y, en este sentido, se nutría mucho este espacio de las vivencias y anécdotas que referían cada uno de ellos. Quizás un joven como yo, en esa época, quisiera aspirar a ser como ellos, unos tipos “leídos y estudiados”, cultos y eruditos en muchos aspectos, pero sobre todo eran individuos bregados en la universidad de la vida.

De vez en cuando alguno comentaba tal o cual vivencia en algún lugar remoto y uno los admiraba porque te transportaba a esos lugares, narrados con vívida expresión por ellos; pero además realizando esos comentarios sin altanería y con absoluta naturalidad, te hacían pensar que tú alguna vez podrías tener esa impedimenta en la mochila de tu conocimiento vital.

Como digo, no había peleas, había piques graciosos, las anécdotas que comentaban despertaban tu sonrisa, nadie era más que nadie, ni quería imponer sus criterios sobre los demás, entre otros detalles porque no estaba configurada esta tertulia como espacio para el análisis de la actualidad política y social (lo que ahora ocurre), no había ideas enfrentadas, y si las había puntualmente, ninguno esgrimía el “yo soy más que tú”.

Lamento que la deriva de las tertulias, por un lado, hacía el cotilleo asqueroso y zafio, y por otro, hacia el debate político enconado, alimentado por la crispación social que se vive en estos momentos; se haya aposentado en España y no haya lugar para personas que tienen mucho que decir, que su discurso tiene los pies en el suelo, que no hace alardes ni es más que nadie y que, tal vez por su propio comedimiento no capta a una audiencia cada vez más aborregada y sometida a la caja tonta.

Y para muestra un botón, no era la única tertulia con caché que se movía por aquellos tiempos en nuestro país. El maestro del periodismo, Jesús Hermida, tenía un programa en Televisión Española que se llamaba “A mi manera”, también tenía un espacio de tertulia en la sobremesa; tal era el nivel de sus contertulios que corría el año 1989 y uno de sus habituales era Camilo José Cela con el que celebraron en aquel mismo programa su proclamación como Premio Nobel de Literatura. Ahora no me imagino a un personaje del carisma y recorrido de Cela, arrastrándose en los cenagales televisivos.

Por cierto, que podemos encontrar en Internet con suma facilidad cortes de este espacio radiofónico y podremos rememorar aquella auténtica tertulia vespertina que mucha gente de mi época rememorará, en especial aquellos que como yo vivíamos un idilio con Antena 3 de radio, una nueva radio que cambió el modo de comunicar a través de las ondas y que instruyó a muchos de los que éramos jóvenes en los 80 y los 90.