sábado, 26 de diciembre de 2015

CLÁSICOS POPULARES Y EL ENTRAÑABLE FERNANDO ARGENTA

Triste, muy triste me sentí cuando me enteré de la muerte de Fernando Argenta, una de las personas que más han contribuido a la música clásica en este país y que, sin embargo, ni se le ha hecho el debido homenaje y, por otra parte, el legado que nos dejó está pasando velozmente al olvido sin que nadie tenga intención de evitarlo.

Fernando Argenta fue un locutor radiofónico, músico y ante todo un gran divulgador de la música clásica. Con su programa «Clásicos populares» en Radio Nacional de España estuvo más de treinta años ejerciendo esa labor de difusión, que de una manera didáctica nos acercaba la música que pudieron escuchar nuestros antepasados.

Desde 1976 y aunque no siempre presentó Fernando el programa, estuvo en antena, siendo un formato de su invención, en el que a lo largo de esas tres décadas y con una metodología muy amena pudo repasar toda la historia de la música, los instrumentos, compositores, cantantes...

Yo no soy un fanático de la música clásica, pero más que nada por falta de tiempo, y porque hay músicas (modernas) que me apasionan más; aunque bien es cierto que mi deriva hacia la música New Age tiene bastantes similitudes, salvando las distancias temporales, con la música clásica. No obstante, lo cierto es que cuando escuchabas el programa de Fernando Argenta, no era aburrido, él y sus colaboradores lo hacían muy entretenido.

Tuvo que lidiar el bueno de Fernando Argenta con numerosos cambios de horario en todos esos años, de hecho, aunque yo conecté con el programa en diversas épocas, la que más seguí con asiduidad fue la última en la que el mismo se desarrollaba entre las 3 y las 4 de la tarde, hora a la que suelo comer.

Naturalmente estoy hablando en pasado del programa no porque con la muerte de Argenta hubiera desaparecido su creación, sino porque en 2008, el 31 de julio para ser más exactos, el programa se cerró con la jubilación anticipada de Fernando. Desde 1976 a 2008 divulgándose la música clásica en la radio pública y la jubilación de su hacedor precipitó su cerrojazo, como si de verdad molestara el programa, o no se pudiera haber seguido con savia nueva para continuar con la labor tan instructiva de su valedor.

Fernando Argenta fue un hombre comprometido con la música y su prematuro óbito realmente me llegó muy dentro, apenas tuvo cinco años de disfrute de su jubilación cuando un cáncer de páncreas nos privó de haberlo visto en alguna ocasión en la tele, en radio o cualquier acontecimiento adonde la música estuviera presente. Y sí, parece como si yo hubiera conocido a este personaje, pero es que lo conocí, y es que en esa intensa labor divulgativa Fernando Argenta tuvo una vida profesional intensísima, de hecho, con su programa «El conciertazo» dio el salto a la pequeña pantalla, como una forma de acercar la música a los más pequeños, este programa duró en TVE de 2000 a 2008, también TVE abandonó el programa con la prejubilación de Fernando; por cierto, los derechos de este programa se vendieron a algunos países y al parecer sigue funcionando más que bien. Pues a lo que voy, ese programa de televisión tenía una versión extendida al público en general, que era casi como decir que era una salida a la calle de «Clásicos populares», pues el producto se vendía a los ayuntamientos, probablemente a escuelas de música o conservatorios, y el programa se llevaba a casas de la cultura, auditorios, teatros..., para que los pequeños y no tan pequeños pudieran ver, de algún modo, el desarrollo televisivo del programa en la realidad, pero sin cámaras.

Fernando Argenta con la Unión Musical Bailenense
Fernando Argenta estuvo en Bailén en junio de 2007, en un sábado en el que la Casa de la Cultura de mi pueblo estaba a reventar. Fernando Argenta derrochaba bonhomía a través de las ondas radiofónicas, su voz cálida, simpática, sus giros humorísticos a veces, lo hacían parecer una de esas personas que decimos que son «buena gente», incluso su cara, de la que siempre se dice que es el espejo del alma, también contribuía a esta sensación; pero es más, se percibía que era un hombre que conectaba perfectamente con los niños y los hacía reír, sin forzar, simplemente porque era así.

Fue un concierto delicioso, entretenido, divertido..., con el punto gravitatorio en la música, en la orquestas, esa joya que no puede faltar en ninguna ciudad que se precie, en esa banda de música que ameniza, alegra y acompaña cualquier acontecimiento importante de una localidad.

El programa radiofónico fue reciclándose a lo largo del tiempo y tuvo de todo un poco, concursos, biografías, algo de humor, mucha historia, un repaso a todos los conceptos musicales habidos y por haber, los instrumentos, las partituras, los períodos históricos... En esos concursos, en alguno participé, se proponía por ejemplo llanamente el elegir al mejor tema clásico del año, una especie de «40 principales» a lo retro.

El programa no sólo se quedaba en la historia propiamente sino que daba un paso más, ejercía una profunda labor investigadora, que con el tiempo dispuso del apoyo de Internet. Nunca podré olvidar el día en que nos reveló la existencia de una compositora austriaca de sonoro y común apellido español, como fue Marianne von Martínez, la cual llegó a convivir en la época de Beethoven y Mozart y conocerlos personalmente, personaje femenino que jamás volví a escuchar tras aquella sorprendente revelación radiofónica.

Curiosamente cuando uno tiene un hijo desea que este le supere, y Fernando Argenta tuvo el honor de superar en popularidad a su padre, el compositor Ataúlfo Argenta, el cual desde arriba seguro que estaría orgulloso de ese hijo al que alimentó el gusto y amor por la música, y eso que en su juventud Fernando hizo sus pinitos en el rock allá por los años 60 del pasado siglo, con su grupo Micky (sí el Micky de «Enséñame a cantar») y los Tonys, tocando la guitarra.

Pues nada, desde aquí mi recuerdo entrañable a Fernando Argenta y a sus «Clásicos populares» que murieron casi juntos en una comunión espiritual que tan solo podrá borrarse cuando los que aún recordamos aquellas simpáticas sobremesas lo dejemos de hacer. Fernando fue de esas personas que da la razón al aserto de que «siempre se nos van los mejores».

sábado, 19 de diciembre de 2015

"¡QUEMAD BARCELONA!", DE GUILLEM MARTÍ

¡Qué apasionante es la historia y cuántos episodios que aún desconocemos nos tiene que deparar! Pues sí, porque hay tantos relatos de la historia que están pendientes de descubrir, que están dormidos en las hemerotecas o en los polvorientos archivos de múltiples instituciones, que cuando ven la luz, se dotan de un halo y una brillantez inclasificables.

Algo así le ocurrió a este escritor novel, Guillem Martí, que indagó en la historia del hermano de su bisabuelo, Miquel Serra i Pamiès, consejero de Obras Públicas de la Generalitat durante la Guerra Civil y destacado miembro del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña), el cual sacrificó sus ideales y casi su vida por salvar a Barcelona de la destrucción más absoluta.

La parte real de la historia nos dice que a Miquel se le asignó por parte del Komitern ruso, dado su cargo, la coordinación de las tareas para destruir las infraestructuras más importantes de la Ciudad Condal (fábricas, líneas de metro, vías de comunicación, conductos de agua potable y fuentes de energía, etc.), ante la inminente llegada de las tropas franquistas en el final de la Guerra Civil; una especie de estrategia de tierra quemada que pretendía devastar la ciudad, aun con la asumible inmolación de miles de vidas humanas, para que el previsible nuevo Estado de distinto signo tuviera que sufrir e invertir para rehacer una capital clave de nuestro país, y de paso también para evitar que Barcelona pudiera servir como centro logístico para la Alemania nazi en una Guerra Mundial que ya se presumía inminente.

Serra i Pamiès dilató, confundió y procrastinó hasta la saciedad para no cumplir taxativamente las órdenes de Moscú; eso le reportaría problemas posteriores y el acabar teniendo una vida en el exilio, en México, sin posibilidad de poder volver a España y sin el apoyo de la Unión Soviética, cerrado por ambos lados. Este acto de heroísmo y de sacrificio de su propio destino es el que ha sacado a la luz este joven escritor de su tío bisabuelo.

Con esa potente esencia de la historia que, curiosa y sorprendentemente, ya le sirvió a Guillem Martí para que fuera su trabajo de investigación de final de Bachillerato, y que suponía un monumental esfuerzo para un estudiante inexperto y todo un dechado de precocidad; sólo tenía su autor que esperar a que le llegara la madurez por edad y el apoyo de alguna firma editorial para construir una novela que parte del hecho principal y que entrelaza historias inventadas, pero muy bien traídas y que le dan una pátina de historia completa y recia, perfecta para una teleserie o para una película.

En la novela se va narrando la apasionante historia real del pariente de Guillem Martí, a la que se van a añadiendo episodios históricos, a modo casi de documental, que ocurrieron en los últimos días de la Guerra Civil en Barcelona y alrededores, así como un relato cronológico de los hitos más relevantes de esas jornadas postreras de una capital catalana que se preparaba para la llegada de las tropas franquistas; mientras quienes podían, hacían las maletas con lo más preciso y huían hacia Gerona y posteriormente a Francia. Pero aparte, para ofrecer un relato más novelesco, Martí, ha creado una serie de personajes en torno a Serra i Pamiès y a su mujer Teresa Puig que camina paralelamente a la historia real; es por supuesto, una historia inventada pero muy bien hilada, y tan bien construida que engalana mejor la esencia de lo que fue real.

Efectivamente porque este autor, nos personifica en Yuri Lazarev miembro del Komitern ruso en Barcelona, la presión a la que fue sometido Serra i Pamiès; también la existencia de Corbacho, un sargento madrileño del bando republicano que ha desertado y que conoce casualmente a la novia de Lazarev, Trini; esta es una cantante de cabaret, con la que nacerá una historia de amor precipitado, fugitivo y pasional, muy presente en la novela, que tendrá una importancia decisiva en el desenlace del libro. Y es que todos al final luchan contra el malo, Lazarev, intentando ayudar al bueno, Serra i Pamiès, a salvar su vida, la de su esposa y también a intentar y conseguir que la estrategia destructiva del comunismo ruso no llegue a buen puerto.

Con el anzuelo lanzado y tragado casi por completo por Lazarev, el ruso va atando cabos y no tardará en descubrir el engaño, a partir de ahí, la historia inventada es la que cobra más fuerza a medida que avanza el libro, y que casi le da el aspecto de novela negra. Muy interesante la trama y el desenlace, con un progresivo nivel de tensión y de necesidad de ver qué ocurre. En este sentido, es muy de agradecer que un escritor sin experiencia literaria haya sabido estructurar de una manera tan atractiva y ortodoxa toda la novela, hasta el punto de que cuando avanzas por sus páginas y te acercas al final más urgencia tienes de llegar a su desenlace, muy efectista.

Tal vez, por poner un mínimo reproche, los saltos que hace el autor hacia historias aisladas, de personas anónimas que participan en la Guerra, y que nada tienen que ver con la historia principal, yo diría que sobran en algunos casos, y entorpecen cuando la trama esencial está en su punto álgido.

Importante valor historiográfico tiene la presencia en la novela de personajes históricos que convivieron en esa época y en esas fechas críticas con Serra i Pamiès; igualmente este autor realiza un esfuerzo por imaginar diálogos y actuaciones de políticos y militares, en aquellas reuniones, conversaciones, llamadas de teléfono, que realmente ocurrieron y que están documentadas en las hemerotecas y que también nos acercan a esas personalidades clave en aquel convulso período de nuestra historia: Carrillo, Líster, Companys, Tarradellas, Comorera...

Desde luego el género narrativo está de enhorabuena con el soplo de aire fresco de Guillem Martí, y me temo que su perfil profesional, dedicado al mundo de la empresa, podría girar de rumbo; es más, sin duda, veo en la historia posterior de huida a Francia de Serra i Pamiès, juicio y prisión en Rusia, su posterior fuga a Japón y después a América (muy de película), y definitiva instalación en México, da para una nueva novela; considerando que a su mujer encinta, por otro lado, la dejó en Francia y que a ella le transmitieron que su marido había muerto; finalmente al término de seis años se reencontraron en México.

Un buen libro navideño, ¿por qué no?, y una literatura sana muy indicada para aquellos que les guste explorar en autores noveles y que de partida no debieran ser muy comerciales.

sábado, 12 de diciembre de 2015

DANNY WRIGHT, EL PIANISTA DE LA ETERNA SONRISA

La amplia sonrisa de Danny Wright pretende casi mostrarnos la viva imagen sonora del piano, el instrumento musical por excelencia, el centro gravitatorio de casi toda la música. Cuando escuchamos un piano tenemos la necesidad aunque sea por un momento de permanecer inmóviles y descubrir de dónde sale esa música, qué se está tocando, qué virtuosas manos lo acarician.

El piano es un instrumento polifónico, es decir, que permite que se puedan extraer de él varias notas musicales al mismo tiempo, que unidas conforman armonías; a veces no necesariamente, pues en las músicas vanguardistas esta regla no tiene por qué cumplirse.

Esta tremenda versatilidad del piano, que generará de manera infinita composiciones geniales mientras que el mundo sea mundo, es el instrumento en el que se maneja el genial Danny Wright que nos aporta ese aroma de simpatía que despierta en cualquiera de nosotros el sonido de un piano.

Acostumbro en no pocas ocasiones, como una forma creo que óptima para impulsar la creatividad de nuestra mente, a imaginarme una película cuando escucho un tema musical, es decir, me invento mi propio videoclip, y escuchando a Wright estos pasados días de asueto, las secuencias que evocaba eran serenas, yo mismo dando un paseo al lado de un riachuelo del que se escuchaba el murmullo del agua, acompasado con mis pisadas que quebraban delicadamente las hojas caídas de los árboles que jalonaban su curso en un mediodía otoñal.

Y a todo esto, ¿quién conoce a Danny Wright? No se puede decir que sea un actor secundario, es conocido en su ámbito, aunque salvo en su país, Estados Unidos, en el resto del mundo puede resultar bastante desconocido. No obstante, lo rescato aquí porque hace años que lo descubrí y desde entonces de vez en cuando lo escucho para meditar o concentrarme a la vez que saboreo música de mucha calidad.

La necesidad de concentración no es ajena a la infinidad de personas que en algún período de sus vidas la han requerido para múltiples objetivos. Particularmente recuerdo que en mi época de estudiante tenía (y tengo) varias cintas de casete con el popular Richard Clayderman, un pianista francés de larga cabellera rubia que se destacó en la década de los 70 y los 80 del siglo pasado y del que hace años se oye bien poco, como si se lo hubiera tragado la tierra, y eso que no es muy mayor, nació en 1953. La música de Clayderman era ese resorte aterciopelado que te permitía acoplarte con la materia en cuestión. Materias que dicho sea de paso, cuando uno estudia algo genérico tiene partes que gustan y otras que no, en las que gustaban era y es fácil concentrarse, pero no tanto es las más áridas, en esas es en donde requerías de un refuerzo externo para hacerlas más llevaderas.

Richard Clayderman se convirtió en un experimentado versionador, pero más allá de eso no se le conoce una contribución relevante al mundo de la música en el apartado de la creación original; por contra el sonriente Danny Wright no sólo tiene versiones muy buenas de melodías tremendamente conocidas, en concreto las interpretaciones que hace de algunos temas principales de películas me parecen más que sobresalientes; sino que además es un gran compositor que se vale de su piano y también a veces de una cierta orquestación para obsequiarnos con unas melodías absolutamente melifluas y arrebatadoras.

Este pianista estadounidense saltó al panorama musical allá por 1986, un auténtico virtuoso de este instrumento polifónico que se mueve en un entorno difícilmente encasillable, así jazz, contemporánea, ambiental, New Age, ligera y clásica. Este músico texano con un perfil espiritual y con grandes vinculaciones con organizaciones benéficas, quedó encadenado a la música desde bien pequeño, con cuatro años recuerda su familia que ya improvisaba en el piano de casa la música de Dr. Zhivago, lo que obligó a sus padres a canalizar ese talento excepcional con una formación académica especializada en este ámbito. Y desde ahí, una vida de pasión por la música y de querer compartir humildemente su don con todo el mundo. Se habla de él que es una persona afable y muy cercana, hasta el punto de que en su página de Facebook se puede hablar con él sin ningún tipo de frontera. Es más, se cuenta que algunos de sus seguidores le han inspirado con sus comentarios o con sus vivencias algunas composiciones que son inopinadamente para aquellos un auténtico regalo del alma.

A Danny se le ha calificado como «El sanador de corazones» por su música emotiva, y porque pretende con su música elevar el espíritu y el corazón de sus seguidores; ese rango espiritual se acentuó en 2009 cuando su madre superó un cáncer de mamá y desde entonces colabora con esta causa, amén de otras muchas colaboraciones a través de conciertos benéficos en favor de los animales, la lucha contra el SIDA, los derechos del niño.

Últimamente se ha convertido en empresario, produciendo y distribuyendo sus propios discos que se pueden encontrar fácilmente en la Red. Por cierto que aconsejo fervientemente varios álbumes que tiene de música navideña y que puede ser un regalo fantástico para estas fechas que se avecinan.

Danny Wright realiza conciertos en solitario o colabora con otros músicos para los que compone, su sello es indeleble. Ha vendido más de siete millones de álbumes repartidos todo el mundo y no cede, aun siendo ya maduro, pienso que su madurez artística está por llegar, va mejorando con el tiempo, como el buen vino. No dudéis en escucharlo alguna vez si necesitáis que vuestra mente se centre en algún proyecto.

sábado, 5 de diciembre de 2015

"LA HUELLA DEL CRIMEN", DOCUMENTOS HISTÓRICOS DE LA CRÓNICA NEGRA ESPAÑOLA

«La historia de un país es también la historia de sus crímenes, de aquellos crímenes que dejaron huella», con esta frase un tanto lapidaria y una música inquietante comenzaba una serie de TVE que a lo largo de varias temporadas y episodios ha ido llenando de vez en vez nuestra pequeña pantalla.

Una serie con producción de Pedro Costa y que a lo largo de sus tres temporadas ha generado un total de catorce capítulos, independientes entre sí, y una película. Pedro Costa ha utilizado siempre un hábil formato de distribuir sus guiones entre diversos directores, incluido él mismo, para darle más juego a la serie y que no se solidificara.

La primera temporada fue en 1985, la segunda en 1991 y la tercera en 2009. La cercanía en el tiempo de la tercera entrega, con crímenes contemporáneos, nos puede hacer pensar que la serie, en este sentido, no está cerrada, y teniendo en cuenta el largo período de tiempo que pasó entre la segunda y tercera temporada, es posible aventurar que Pedro Costa, mientras tenga fuerzas, ilusión y oportunidad, podría seguir intentado ampliar la colección de esta mítica serie.

Pero qué era «La huella del crimen»; pues Pedro Costa no tuvo que tirar más que de hemeroteca y de la memoria general de los españoles, para generar una serie de crónica negra, en la que se repasaran los crímenes más funestos de la historia española del último siglo. Esos crímenes que también forman parte de una España tétrica y cruel y que constaban en el imaginario colectivo de generaciones precedentes, pero también de la nuestra. Si Pedro Costa quisiera seguir hoy con la serie no tendría más que acudir, ya no tanto a las hemerotecas, y sí a las los telediarios y tertulias televisivas para apuntar nuevos asesinatos que no caben en cabeza humana para seguir alimentando este proyecto; se me ocurren a bote pronto Puerto Hurraco, el asesino de la katana, y los más recientes, el caso José Bretón o el caso Asunta.

Los crímenes más antiguos tuvieron mucha relevancia en su época, en la primera temporada (1985) se puso sobre la mesa esos asesinatos con mayúsculas que, dado el momento en que se produjeron, hicieron que los presuntos asesinos, no se puede decir que en todos los casos estuviera clara su autoría, terminaran sus días sufriendo alguna de las formas de aplicación de la pena capital en España, generalmente el garrote vil. Esos casos que, en el momento de su suceso, tuvieron toda la repercusión que se podían permitir, es decir, prensa, radio y mucho boca a boca.

En la segunda temporada (1991) tomaron cuerpo otros crímenes clásicos que habían quedado pendientes en la primera entrega; y la tercera temporada (2009) refleja ya casos contemporáneos, acaecidos en la década anterior, así los más sonados en el tiempo como el de Anabel Segura, el crimen de los marqueses de Urquijo, y el asesino del círculo. Con un ligero distanciamiento en el tiempo, pero también con el recuerdo de la opinión pública aún presente por eso digo que no descarto que en el futuro pueda ver la luz una cuarta temporada.

Únicamente hay un elemento que pudiera retrasar indefinidamente este cuarto esfuerzo y es que mientras que en la primera y segunda temporada las audiencias fueron muy buenas, en la tercera, con el igualamiento de audiencias entre televisiones públicas y privadas, estas fueron más pobres, y el hacer un producto que maneja un presupuesto importante para que no se rentabilice con un número mínimo de televidentes, es una apuesta muy arriesgada.

A este respecto hay que decir que la pena de muerte, aun estando presente en nuestra legislación hasta el régimen franquista, no se puede decir que fuera una medida ampliamente utilizada, y son en realidad casos contados, los que tal vez por su relevancia o por su ejemplaridad, a los que se les aplicó esta. De hecho, no sólo encontramos en la serie el caso de la última mujer que murió en el garrote vil, Pilar Prades en 1959, por el caso de las envenenadas de Valencia (el último hombre fue Salvador Puig Antich en 1974, hay una película), sino que también los encargados de ejecutar tan terrible encargo, los verdugos, son habas contadas, funcionarios del escalafón más bajo de la administración de justicia, que cogían sus bártulos y acudían a aquel lugar de España donde se les requería; en Internet se pueden encontrar las biografías de esos pocos verdugos que hubo en nuestro país, una figura que dio lugar, por cierto, a una entrañable película de los años 60, una joya de nuestro cine, que sería dirigida por Luis García Berlanga.

En cuanto a la veracidad de las historias, hay que señalar que la mayoría son casos reales y lo que se cuenta en el guión trata de ceñirse de forma más o menos fiel a lo que ocurrió. En este sentido, los casos, aun teniendo su valor artístico, tienen un muy especial valor historiográfico. Y es que aunque los guiones están muy bien elaborados, a veces no se les podía dotar de mayor espectacularidad para no menoscabar el relato fiel de los hechos; aun así algunos de sus capítulos sí que se separan con más o menos distancia de la realidad, atendiendo a lo claro o no que hubiera quedado reflejado en la historia el caso. En este sentido, en algunos casos se deja abierta la puerta de la duda sobre la autoría real de los crímenes por parte de los que finalmente pagaron por los mismos.

Y alguna controversia dejó en la sociedad algunas de estas interpretaciones de los asesinatos, particularmente parece que la familia de Pilar Prades llegaría a demandar a Pedro Costa, pero finalmente no llegaría a buen puerto.

En cuanto a la producción propiamente y el dinero gastado en todas estas entregas, hay que decir que se percibe un gasto importante, no sólo en decorados, exteriores, vestuario y extras, sino que al menos en la primera y segunda temporada aparecen actores y actrices bastantes reconocidos, no tanto en la temporada tercera, donde la calidad no varía quizá si el dinero invertido y el equipo actoral ya no es tan popular.

Como he dicho, hubo uno de los capítulos que se desgajó de sus hermanos, pues en principio la que luego sería la película «Amantes» de Vicente Aranda (1991), se le vio contenido como para ofrecerle el privilegio de subirla a la gran pantalla, no sé si con mucho éxito, porque la película está bien hecha, pero hay muchos detalles que no me cuadran, está un poco coja.

Finalmente hay que señalar, que ya desde el principio se utilizó un formato, en cuanto a su duración, copiado de los EE.UU., es decir, con capítulos de algo más de una hora, permitía o emitirlo de una sola vez, con los correspondientes anuncios que antes se gastaba TVE podría ocupar esa franja crítica de después de las 22.00 h. hasta medianoche, o incluso partirlo y hacerlo en dos raciones; en todo caso, si no recuerdo mal, se emitió de una sola vez, o sea, en una sola sesión.

Pues eso, recomiendo esta serie a los aficionados a la crónica negra española, que sigue estando muy en boga, y que sigue y seguirá llenando muchas horas de nuestra televisión; y que por cierto, continúa siendo el objetivo de las productoras, puesto que hace poco hemos conocido que TVE va a emitir una serie titulada «El caso», relativa a aquel mítico periódico semanal donde aparecían los casos más truculentos y extraños de la España profunda, estaremos atentos también para ver si responde adecuadamente a las expectativas.

sábado, 28 de noviembre de 2015

MACCABI TEL AVIV, MÁS QUE UN CLUB Y MÁS

Como el deporte no se puede desligar de la política, ya que como nos recuerda la historia contemporánea cada día los eventos que atraen grandes masas siempre están en el punto de mira, pues el que tiene el poder de la palabra, de las armas, del dinero o del terror, lo utiliza para bien o para mal.

El deporte se organiza, en muchas ocasiones, con atletas sin país, selecciones sin fronteras o con países que no existen; del mismo modo, las consideraciones geográficas que operan en las federaciones continentales también han tenido y tienen sus excepciones. Probablemente el caso más palmario, que hemos aceptado de tal manera que nos parece algo normal, es que las selecciones de Israel de la mayoría de los deportes, probablemente todos, disputan sus competiciones en Europa, cuando obviamente por razones geográficas debieran hacerlo en Asia.

El adentrarse en la historia de Israel nos revela toda una colección de acontecimientos sorprendentes que han permitido que una nación que físicamente lleva tres cuartos de siglo existiendo en la concepción con la que la conocemos hoy día, sea un país pujante y avanzadísimo en medio de una serie de países convulsos y más atrasados; de algún modo, el espejo que supone para la humanidad su ejemplar agricultura es también un reflejo de lo que implica para gran parte de la humanidad: un oasis en mitad de un desierto físico y alrededor de países con un contexto político y con realidades sociales radicalmente opuestas.

Dicho esto, y dando mi particular opinión, me encantaría visitar alguna vez Israel, país pequeñísimo pero en el que viven con un buen nivel de vida cerca de ocho millones y medio de habitantes. No sólo son punteros en agricultura, también en ciencia e investigación, en medicina, en educación..., de hecho, se cifra que es el país con mayor porcentaje de universitarios sobre el conjunto de la población. En el debe de este país está el hecho de que por mor de las constantes agresiones que recibe se ha convertido no sólo en un estado defensivo sino también represivo; hasta tal punto, visto desde fuera y con notables reservas, que someten a árabes y palestinos que particularmente viven en su territorio a una segregación racial que tiene ciertas similitudes con la que le hicieron sufrir los nazis en media Europa durante la 2ª Guerra Mundial.

Pues eso, que nadie se imagina el deporte europeo sin la presencia de Israel, pero es más, nadie concebiría el baloncesto europeo sin un clasiquísimo como el Maccabi de Tel Aviv. Y dicho esto, igual que se sabe los conflictos y movidas que se viven en el país hebreo y en sus inquietas fronteras, también hay que decir que en muy pocas ocasiones, desde que yo tengo uso de razón, se ha escuchado que un partido (de baloncesto) se tenga que aplazar o cambiar de sede por inseguridad.

Y he puesto el paréntesis en referencia al Maccabi de baloncesto, cuando en realidad a este club le pasa como al FC Barcelona, que es más que un club, es decir, que aparte de su deporte estrella, como es el baloncesto, también tiene secciones de fútbol, balonmano, voleibol, judo, etc.

Pero lo dicho, el deporte que más historia y prestigio le ha dado al club y, por ende, al país, sabedores de la trascendencia social y propagandística que tiene esto, ha sido y es el baloncesto. Y lo cierto es que tenía ganas de hacer una entradilla sobre este club, cuando hace unas temporadas me enteré que había perdido su liga nacional (la Ligat ha'Al), después de unas cifras casi insuperables, habiendo ganado todos los títulos entre 1969 y 2007 a excepción de uno. Hasta hace no mucho se comentaba la reticencia del Maccabi de Tel Aviv a continuar en su liga dado el inferior nivel de sus rivales, lo que le haría perder competitividad cuando saliera a jugar en Europa.

Por suerte para el Maccabi y para la liga israelí, en esta última década el resto de los equipos de esa competición se han reforzado bastante y se están igualando las fuerzas, de tal forma que en los últimos ocho cursos de la Ligat ha'Al el Maccabi sólo ha conseguido cuatro títulos y los otros cuatro justo se los han repartido cuatro equipos diferentes. No obstante, también ha surgido la noticia al término de la pasada campaña cuando en la final de la Liga ni siquiera compareció, disputándola el Hapoel Jerusalén y el Hapoel Eliat; este hecho no había tenido lugar más que una vez en la liga israelí, en concreto en el curso 1992/93 cuando esa final la dirimieron el Hapoel Galil Elyon y el Hapoel Tel Aviv. Es decir, que el Maccabi de Tel Aviv, aparte de ser cincuenta y una veces campeón de su liga, ha sido subcampeón en siete ocasiones. No es de extrañar, pues, que cansados de tanto monopolio a los aficionados de este club se les antojara que su competición no tenía chicha y que se jugaba casi a beneficio de inventario.

Esos números bestiales se quedarían en verdadera anécdota si no hubieran tenido su correlato en la competición europea, donde como digo, el Maccabi de Tel Aviv es un clásico de los clásicos, y es que después del Real Madrid, que es el equipo con más títulos continentales, con diez; el Maccabi es el segundo club más laureado de Europa, de esa Europa a la que no pertenece geográficamente, pero sí social y económicamente, con seis campeonatos y nada menos que nueve subcampeonatos.

Se ha achacado al propio Maccabi que su constante reforzamiento con jugadores extranjeros pone el dedo en la llaga de uno de los problemas que atraviesan las ligas de multitud de deportes, que no se les da oportunidad a los jugadores nacionales; y de hecho, el potencial del Maccabi no tiene reflejo en los logros de la selección israelí que suelen ser muy poco relevantes. En sus numerosas participaciones en Campeonatos de Europa a todo lo más que ha llegado ha sido a obtener un subcampeonato en 1979, y la mayoría de las veces sus concursos han sido muy modestos; a esto hay que unir que únicamente han jugado dos Mundiales y unos Juegos Olímpicos.

Eso sí, aunque la selección de baloncesto de Israel tenga unos poco brillantes números a nivel internacional, en esa selección y en el Maccabi confluyó la máxima estrella del baloncesto israelí de la historia, Miki Berkovich, que precisamente facilitó el referido logro de 1979. A los de mi época les sonará un montón, es como el Epi en el baloncesto español, si después no hubiera venido Pau Gasol. A Berkovich, un tirador con una muñeca de seda, tuve el placer de verlo personalmente en Linares con ocasión de un torneo internacional amistoso hace casi treinta años; tuve la sensación de estar ante una de las diez figuras más preponderantes del baloncesto mundial de toda la historia, un hombre con halo a su alrededor.

Por cierto que cuando se habla de Maccabi, los comentaristas de televisión suelen repetir lo del equipo «macabeo», y es que no es gratuito este nombre, como no lo es casi nada en el deporte israelí, donde hay un cierto componente político más o menos acusado. La palabra macabeo tiene su origen en unos guerreros judíos que se rebelaron contra un rey griego que pretendía helenizarlos hace unos dos mil años, fue de algún modo el germen de la nación hebrea. Macabeo se asocia con fuerza, coraje, lucha y éxito, y en una traducción libre del hebreo significaría algo así como «el que está al lado de los dioses».

Y para concluir con este pequeño homenaje a este club de baloncesto que forma parte de nuestro acerbo personal, hay que decir que el Maccabi Tel Aviv juega en una de las grandes catedrales del baloncesto mundial, en «La Mano de Elías», que en realidad no tiene ninguna connotación política o religiosa, sino que se ubica en un barrio de la capital israelí, que se llama así. Sus dimensiones dan idea de la pasión con la que se vive el baloncesto en Israel, dado que tiene capacidad para 11.700 personas. Curiosamente, se llamó de manera oficial hasta hace unos pocos años Nokia Arena y el nombre oficial actual es Menora Mivtachim Arena, pero creo que pocos en Europa lo conocen por este nombre.

Por supuesto, esta temporada habrá que seguir sus evoluciones en la Euroliga, pues es de los que siempre está en las quinielas para llegar a lo más alto.

domingo, 22 de noviembre de 2015

CAMPESTRE HOCKEY CON EL HIELO

Dicen mi mujer y mi hijo, especialmente mi hijo, que cuando llega el verano me obsesiono con el agua fría y no paro de rellenar de agua botellas y cartones de leche ya usados y los meto en el congelador con objeto de tener hielo para múltiples utilidades, a saber, para descongelar con rapidez y poder llenar mi botijo, para acondicionar neveras portátiles que te llevas a la piscina o, como recurso de emergencia, para destrozar el bloque y así disponer de algún hielo para el combinado que más te guste.

No es cuestión nada liviana el hecho de que podamos disponer de agua fría en los tórridos veranos del interior de Andalucía. Rigores caniculares que provocan que el agua teóricamente fría del grifo, salga como el caldo del cocido, difiriendo poco de las fuentes públicas, en las que es difícil encontrar agua fresquita durante el día, pues las canalizaciones son superficiales y los chorros se utilizan para cualquier cosa menos para beber.

Por otro lado, soy un consumado aficionado al botijo, y desde chico siempre bebo agua en mi casa directamente de este ingenio de barro, sea invierno o verano, me gusta porque suele mantener una temperatura más o menos estable a lo largo del año, y disponiendo de ella ahí es una manera natural de beber un agua a la que se le ha evaporado el cloro, algo que creo que sucede a las dos horas de estar a la intemperie. Pero claro, en el verano de las olas de calor, ni el botijo se abstrae de estos excesos climáticos, y le cuesta mantener el fresquito en su interior; de forma y manera que yo me saco mi botella congelada, y comienzo a descongelarla paulatinamente con agua templada del grifo que alojada en la botella congelada (intento que esté congelada por la mitad) pues produce un agua muy fresquita.

Hechas estas divagaciones domésticas, como «quien guarda halla» hace dos o tres fines de semana, planeamos sobre la marcha irnos a Burguillos, un paraje que la gente de Bailén y alrededores conoce bien, un monte adehesado que es una joya, y que con temperatura bonancible, lo que ocurre en otoño y primavera, está de dulce. ¿Y que halló mi mujer en el congelador? Pues que aún quedaban existencias de mis bloques congelados, así que de momento montamos nuestra nevera, todo bien fresquito y allá que nos fuimos a pasar un día placentero.

Mi hijo no es mucho de juegos programados, es más, él de algún modo espera que surja algo novedoso para entretenernos, aparte de que ocupamos bien el tiempo en coger leña, encender la lumbre, cocinar a gusto del consumidor y otras tareas de perfil campestre.

Aquel domingo fue todo eso y también la busca de setas por el mero hecho de encontrarlas, pues servidor no tiene ni pajolera idea de si son venenosas o no, o sea, que no las cogemos, simplemente las localizamos. Del mismo modo, estuvimos tirando piedras a latas de refresco y de cerveza que habíamos consumido, no obstante, mi hijo, al que no le gusta perder a casi nada, es un poco fullero y se salta cualquier norma del tipo de «ponemos una raya y se lanza desde aquí», pero pisa la raya y la rebasa tanto que darle a las latas se convirtió para él en un auténtico disparo a quemarropa.

La sobremesa languidecía y habíamos acabado prácticamente con todas las viandas y bebestibles, con lo que mi mujer se había deshecho del bloque de hielo que se había formado en un cartón de leche. He de decir que es mucho más práctico a efectos de conseguir bloques de hielo, hacerlo en cartones de tetrabrik que en botellas de plástico, pues para rajar estas te puedes cortar con alguna arista, que ese plástico pet lo carga el diablo. Pues lo dicho, se quedó tirado en el suelo un bloque casi perfecto en forma de prisma rectangular, que rápidamente mi hijo y yo interpretamos que era una pastilla de hockey sobre hielo o puck, sólo que en este caso era el mundo al revés, no era hockey sobre hielo, sino hockey con el hielo, y además campestre.

Nos surgió la inspiración así, de primeras, y nos emocionamos mucho. Mi hijo porque un juego nuevo le apasiona y si es atípico, por aquello de la novedad, tanto mejor; y a mí porque como soy un friqui, la gente que me conoce y me sigue en el blog, sabe que tengo cierta deriva hacia el hockey sobre hielo nacional, habas contadas por otra parte, deporte que de algún modo me hubiera gustado haber practicado alguna vez, ya será en otra vida. Así que de la manera más rocambolesca iba a jugar en Burguillos a lo más parecido al hockey sobre hielo que había hecho en mi vida.

¿Y los stick? Pues dos buenas ramas de encina, sólidas pero no pesadas, hicieron las veces del costoso bastón de hockey. El bloque se deslizaba bien entre la hierba incipiente y el terreno sin demasiados desniveles. Vimos que no era una chorrada otoñal y que aquello nos daba juego y alternativas, así que montamos dos porterías, las clásicas de toda la vida que se hacen con dos piedras y postes imaginarios, pero con la ventaja de que aquí la pastilla, por el peso, no iba a ir por el aire y no había posibilidad de que levantara el bloque ni un palmo del suelo, con lo que no había dudas acerca de cuándo se marcaba un gol.

Nos lo pasamos pipa el rato que estuvimos jugando, algún destrozo sí que le hicimos al bloque, porque más que acompañarlo lo golpeábamos, pero resistió bien el generoso rato que estuvimos jugando. Y aun así, pese a que le dije a mi hijo, que este deporte era efímero (mi hijo entiende perfectamente esta palabra), por aquello de que el ambiente terminaría por derretir el hielo, como la temperatura era muy buena, ni calor ni frío, pues duró hasta el final, en lo que fue un inopinado nuevo deporte que mi hijo y yo inventamos para la posteridad.

En cuanto al resultado, pues es lo de menos, aunque también he de decir que alguna fullería hicimos, yo imponiendo mi cuerpo, y él utilizando sus zapatillas para dirigir con mayor precisión el bloque. Y esta fue mi experiencia lúdica de un acercamiento al hockey sobre hielo, pero entre encinas y de una forma un tanto raruna.

sábado, 14 de noviembre de 2015

EL CABO DEL MIEDO Y EL CABO DEL TERROR, REFLEXIONES A VUELAPLUMA

Casi treinta años después, en uno de los recursos a veces demasiado facilones del cine, se quiso hacer una nueva versión de la película «El cabo del terror» de 1962, dirigida por el británico John Lee Thompson. En su adaptación de 1991 en España se llamó «El cabo del miedo», por diferenciarla nominalmente de la otra, aunque en su denominación original ambas se titulan exactamente igual.

Es recurso fácil para productores y directores, tal vez el que más lo es en el cine, porque la base la tienes, no sólo escrita sino previamente filmada; ahora buscas un buen guionista que te haga esos cambios que tú quieres, un buen elenco actoral y ya tienes un producto perfecto para el consumidor.

Por otro lado, esta revisión de la película llegaba al mundo occidental en un gran momento para la industria del cine, con la proliferación de salas multicine, al menos en España así ocurrió. Toda una infraestructura montada para ver el cine a gusto, con una serie de aditivos que hacían sumamente atractivo el ir a ver una película y algo más.

Lástima, por cierto, que los multicines hayan acabado con las salas únicas de toda la vida; el otro día escuché que en toda España no existen abiertas ya más de cien, sobreviviendo a duras penas para mantener edificios singulares, enormes, llenos de historia y monumentos arquitectónicos en muchos casos; máxime cuando por diversas vicisitudes el precio del cine se ha encarecido bastante en la última década, acercándose peligrosamente al concepto de artículo de lujo. Lo que sí es verdad es que si fueras al cine todos los días tendrías problemas para llegar a fin de mes.

Pero, a lo que íbamos, para la nueva película se le encargó el trabajo al célebre directo Martin Scorsese que, críticas aparte, supo escoger bastante bien a sus actores, hasta el punto de que los trabajos de interpretación han sobrepasado claramente a la propia historia que se cuenta.

En estas reflexiones a vuelapluma no pretendo dar por sentado nada, básicamente porque como siempre digo, para gustos los colores. Podremos encontrar gente que opine que la segunda es mejor que la primera y viceversa. Los que me conocen casi se pueden imaginar cuál es mi opinión, y es que mi color preferido es el gris. Es decir, no tengo una opinión rotunda, hay que aspectos que me gustan y disgustan de la una, y lo mismo de la otra.

Lo que sí hay que agradecer a «El cabo del miedo» es que puso en órbita a su antecesora. A la gente de las generaciones de hoy, sobre todo los que no son muy cinéfilos, les repele ver películas en blanco y negro o simplemente clásicas, porque dan a entender que no es mejor que lo actual por el hecho de que sea más antiguo, menos en la onda. Para los de mi generación, que hemos vivido con las televisiones en blanco y negro, no tenemos recelo en repasar títulos clásicos.

En este sentido, «El cabo del terror» emergió y se llenó de actualidad, cuando nació su hermana, es más, para muchos, para mí también, acudimos a la antigua una vez vista la moderna, y sí, también para hacer las inevitables comparaciones.

La antigua es una película muy redonda, sin altibajos, muy bien realizada, sin aspavientos, comedida y perfectamente entendible; una buena película, de la que no voy a entrar en detalles argumentales, porque una u otra o las dos, seguramente que la mayoría de la gente que haya llegado hasta aquí, ha visionado. Robert Mitchum en el papel del malo (Max Cady) y Gregory Peck en el papel del bueno (el abogado Sam Bowden), con otras buenas interpretaciones de las que sobresale la participación de Telly Savalas, y lo pongo más que nada porque este actor siempre me ha gustado y no sólo porque hubiera encarnado a Kojak.

Mi gris se inclina un poco más en favor de la antigua que de la moderna. La moderna es más larga, tiene más altibajos, por tanto, es menos lineal que la otra, cuenta con añadidos con respecto a su hermana que son poco creíbles y problemas argumentales que no se resuelven en la película.

Pero «El cabo del miedo» tiene algo que no tiene la otra, tiene a Robert de Niro. La nueva está revestida de un halo de mayor tensión y misterio que la otra, según qué secuencias, con una atmósfera un poco al estilo de «Seven», que curiosamente es una cinta posterior en el tiempo. La acción gana espectacularidad con el personaje que encarna el genial actor neoyorquino. Algunos opinarán que fue el papel de su vida, para otros quizá no; desde luego para la mayoría sí que es el papel por el que más se le identifica. Un Robert de Niro en plan mesiánico, se recrea, se mete en el papel, incluso sobreactúa, pero nadie puede dejar de pensar en él y en su «abogado abogado» que con tantísima personalidad dobló el reconocido Ricardo Solans, y eso es un mérito incuestionable.

A todo esto, la segunda película hace guiños a su hermana, a modo de agradecimiento de un trabajo hecho y muy bien hecho, nos obsequia con bromas inteligentes hacia los espectadores. Los protagonistas principales de «El cabo del terror», aún activos en 1991, Peck y Mitchum, se cambian los papeles, curiosamente Gregory Peck es ahora el abogado de Max Cady, y el imperturbable Max Cady de la primera película, está ahora del lado de los buenos, es teniente de la policía. Incluso el inspector de policía de la primera película (Martin Balsam) es ahora juez. Amén de que se utiliza parte de la banda sonora de la primera, compuesta por Bernard Herrmann y adaptada por Elmer Bernstein.

Yo diría que Gregory Peck es el mejor Sam Bowden de las dos películas, igual que Robert de Niro supera por poco a Mitchum como Max Cady, pero esto evidentemente es una opinión.

Y ciertamente el personaje que representa a Sam Bowden en la versión moderna me parece el más paniaguado de los cuatro. Tal vez no tenga la culpa él, aunque en realidad no termino de ver a Nick Nolte como abogado, también es verdad que en el guión lo muestran demasiado torpe, tomando decisiones impropias de alguien experimentado que se dedica a defender personas en los juzgados.

Pero es que en esta segunda película la separación del bien y del mal tiene sus distorsiones. Ciertamente Max Cady es malo, pero Bowden tampoco lo es del todo; ¿Cady es peor por haberse pasado catorce años en prisión por culpa de un abogado que no le defendió correctamente del todo? Por otro lado, la inteligencia con la que se sucede el plan urdido por Cady es tan sutil que el director provoca que sintamos cierta simpatía por él.

Por otro lado los errores argumentales que en alguna fase de la película son garrafales tampoco hacen bien en el inocentón Nolte. Y es que mientras que en la primera película Bowden trata de tender una trampa a Cady mandando a su mujer e hija al Cabo del Terror sin que este sepa que realmente el abogado está con ellas; en la segunda, no tiene sentido que escape de su casa y se vaya al Cabo del Miedo, pues no hay trampa, ya que Cady sabe a ciencia cierta que se han marchado los tres de su casa.

Por otro lado, la versión moderna, también bajo mi punto de vista, remata de forma no muy brillante el final, con unas escenas donde la oscuridad, el agua y el movimiento de cámara son excesivos, de tal forma que por mucho que la ves no sabes realmente qué está pasando, o sea, realismo tenía mucho.

En fin, grandes películas del cine, sin ser obras maestras, que recomiendo ver conjuntamente, primero uno y luego otra, indistintamente antigua o moderna, en esta escenificación de la novela The executioners, escrita por John D. MacDonald.

sábado, 7 de noviembre de 2015

EL CONSULTORIO DE ELENA FRANCIS, UN PROGRAMA VISIONARIO

¿Quién no recuerda el Consultorio de Elena Francis? Al menos para la gente de mi generación aún quedará algún reducto en su cerebro en el que ocupe un espacio este programa de radio, quizá no tanto por escucharlo y sí más por saber cuál era su contenido, la especial sintonía que lo albergaba o fundamentalmente por los temas que trataba.

A estas alturas del partido es más que evidente que aquel programa que fue mítico, ha perdido el halo de protagonismo y de desbordante éxito que tenía. Fue un espacio que desde la posguerra hasta 1984, último año de emisión, llenó los hogares de muchos españoles, más mujeres que hombres. Y cuando digo que ha perdido ese protagonismo por razones evidentes, pues ya no existe, lo subrayo también en el sentido de que han pasado tres décadas desde su óbito y ha quedado relegado al olvido más absoluto.

Lo que no se le puede quitar a este espacio radiofónico es que fue un auténtico visionario en su tiempo, un precursor de muchos otros programas que existen hoy tanto en radio como en televisión, incluso en prensa escrita, que reflejan muchos de los ámbitos de acción en los que se movía este peculiar Consultorio.

Curiosamente a finales de los años 40 del siglo pasado, con el impulso de una familia de empresarios dedicados al sector de la cosmética, el programa se llenaba con consejos domésticos, de belleza y, en lo que venía siendo su nudo gordiano, con asuntos sentimentales y psicológicos. A nadie le extrañará, pues, que fueran unos visionarios, pues muchos espacios actuales en la radio o en la pequeña pantalla mantienen esta temática, es más, yo diría que con el tiempo está temática se ha reforzado, ocupando más y más horas.

Y es que no nos engañemos, el Consultorio de Elena Francis metía el dedo en la llaga, preveía lo que interesaba al gran público, o sea, concluyamos, meterse en la vida de los demás. Más allá de las cuestiones domésticas (cocina, limpieza, incluso belleza), la salsa estaba en aquellas consultas en las que se ponía de relieve una infidelidad, una pérdida del amor, una confusión de sentimientos... No es difícil realizar una traslación de estos aspectos a nuestro presente, para comprobar, centrándome en la televisión, que muchos programas del corazón y/o de telerrealidad beben de las mismas fuentes que bebía Elena Francis: morbo por conocer los problemas de los demás, búsqueda de soluciones expertas, identificación de espejos de la realidad social en los famosos, etc.

Con algunas diferencias, el encastrarse en la vida de los demás no es ni más ni menos que lo que veladamente se promueve en el exitoso espacio de Canal Sur «El programa de Juan y Medio», programa que yo no veo salvo cuando visito a mis padres alguna tarde en días laborables. Mis padres, como la mayoría de la gente mayor en Andalucía y comunidades aledañas, siguen con devoción eclesial las aventuras y desventuras de personas que, con un fin loable, buscan abandonar su estado de soledad y acuden al programa para encontrar su media naranja. No obstante, más allá de ese fin último, el espacio es un auténtico y cotidiano experimento sociológico, pues en realidad se habla de la vida de otra persona y eso es lo que mueve a la gente a ver dicho espacio, en muchos casos porque se ven reflejados ahí. Y en este sentido, saliéndome un poco del tema principal, es evidente que en Andalucía existe en la gente mayor un nivel cultural muy bajo, pero que no ha sido voluntario en muchos casos, ha sido consecuencia de unas condiciones de vida muy penosas a las que han estado sometidas nuestras generaciones precedentes, y lo dejo ahí.

Me trae buenos recuerdos este programa, no porque yo lo escuchara con habitualidad, sino precisamente por todo lo contrario, porque las únicas veces que lo escuchaba, era porque mi abuela lo hacía. Mi abuela era una señora, adelantada a su tiempo en muchas cosas, pero que apenas salía de su casa de Begíjar más que para ir a misa y a unas pocas obligaciones ineludibles; yo siempre la conocí vestida de negro a causa de una hija suya (mi tía) que murió en la posguerra. Esa afección por el Consultorio de Elena Francis pudiera ser muy bien uno de sus grandes puntos de conexión con el mundo real, del que quizás hubiera añorado formar parte si su vida no hubiera estado sometida a condiciones duras y dolorosos reveses. Aún revivo en mi cabeza esas tardes en las que la acompañaba en el patio, si hacía buen tiempo, o en el pasillo de su casa, expectante ella cuando comenzaba a sonar la sintonía mítica de este programa.

Por cierto, la sintonía es uno de esos grandes misterios que tal vez nunca tengan desenlace. No ya sólo por la razón por la que se eligió esa y no otra, sino porque inopinadamente esa sintonía literalmente se comió al programa, en el buen sentido de la expresión. Sin duda, su autor, Victor Herbert, compositor estadounidense de origen irlandés, jamás habría imaginado que su tema de jazz «Indian Summer» que data de 1919, saliera del anonimato muchos años de haber fallecido él, para convertirse en una de las melodías más conocidas y recordadas en España, amén de haber sido una de las sintonías más repetidas en la radiodifusión española a lo largo de su historia. Y sí, era una composición de jazz, que incluso tenía su propia letra, aunque en la sintonía del programa aparecía sólo música, y cuyo misterio reside en su elección y en el acierto de casi haber hecho una conexión estrecha entre la Sra. Francis y la canción, de tal manera que pareciera que la propia locutora dirigía una orquesta plácida y serena que parecía estar tocando, sin molestar, en el salón de tu propia casa. En fin, el bueno de Herbert no vivió para saber de este rotundo éxito, murió en 1924, y dudo si sus descendientes cobraron los correspondientes derechos de autor, pues antes no estaba tan cerrado como ahora este asunto.

Ahora bien, de lo que no hemos hablado hasta ahora y, tal vez, sea el punto de inflexión del programa, es de la propia Elena Francis, una señora con una voz penetrante y que sentenciaba con sus consejos y reflexiones, haciendo prácticamente cátedra de lo que decía. Es posible que el declive del programa, según se dice, fuera debido a la pérdida de audiencia, como consecuencia del impulso de muchas más emisoras, de la ampliación de horarios en la televisión pública o incluso la presencia de los primeros ordenadores; pero la velada razón que yo creo que imperó para que muriera definitivamente el programa es que en 1982, dos años antes de su definitiva desaparición, a la dirección del programa no se le ocurrió otra cosa que permitir que se editara el libro «Elena Francis, un consultorio para la transición», de Gérard Imbert, en el que se desvelaba que la tal Elena no existía, y sí que existía un grupo de expertos multidisciplinar, y además en su mayoría hombres (aunque se dice que en las dos últimas décadas ese papel le correspondió en exclusiva al periodista Juan Soto Viñolo, yo tengo mis reservas) que, de algún modo, se reunían en cónclave para dar respuesta a los problemas de los oyentes. De hecho, se confirmó que la voz de la tal Elena Francis pertenecía a la locutora Maruja Fernández que básicamente se dedicaba a poner la voz, una voz potente y radiofónica. Es más, desde el comienzo de sus emisiones, en 1947, hasta tres locutoras diferentes encarnaron el papel de Elena Francis. Los oyentes se enfadaron sobremanera, entendiendo que aunque pudieran barruntar en su subconsciente que Elena Francis no podía ser tan experta en diversos ámbitos, preferían estar engañados con esta ficción, o sea, no querían saber que los Reyes Magos eran los padres; de tal modo, que imaginarse a varias personas sentadas en una mesa mientras escuchabas la voz de la locutora creo que no encajó bien en la fiel y veterana audiencia del programa.

Finalmente hay que señalar que el programa se emitió desde Radio Intercontinental en Barcelona, hasta hace unas décadas una emisora muy implantada a nivel nacional, y hoy bajo el nombre de Radio Inter y que es difícil de localizar en el dial. En este sentido, el Consultorio de Elena Francis tuvo el gran privilegio de superar a la cadena que la alojaba, de hecho, mucha gente conoce el programa y mucha menos sabe dónde se emitía.

sábado, 31 de octubre de 2015

ARTE VANGUARDISTA, ¿ENGAÑO, TOMADURA DE PELO O ELITISMO?

Cuadrado rojo sobre fondo negro,
 de Kazimir Malévich
Corría el año 1985 y en aquella época, en una suerte de paradoja, probablemente de las más increíbles de mi vida, yo estaba en la clase de Dibujo artístico en el Instituto, imagino que me decanté por ahí ya que las otras opciones eran peores, en aquella asignatura que se llamaba EATP y que nadie sabía qué significaba (en realidad se trataba de Enseñanzas y Actividades Técnico-Profesionales); y digo paradoja porque mi sueño de haber tenido capacidad artística, don con el que me hubiera gustado haber nacido, por ejemplo para pintar un cuadro, es inversamente proporcional a mi capacidad real, que es nula.

Con buen criterio, en aquel curso de 3º de BUP en mi Instituto de Linares los profes decidieron hacer un viaje a Madrid para hacer una ruta artística. Seguramente es uno de los viajes más interesantes y mejor organizados a nivel educativo que hice jamás. Por cierto que era la primera vez que yo pisaba Madrid. En aquel sábado primaveral estuvimos por la mañana en el Museo del Prado y después en el Casón del Buen Retiro para ver el Guernica, en la sobremesa fuimos al Museo Nacional de Arte Moderno y por la tarde terminamos en la Fundación Juan March para ver una exposición de pintores vanguardistas rusos de principios del siglo XX, probablemente el nombre más conocido era el de Vassily Kandinsky.

Aquel viaje estuvo muy bien aprovechado, aprendimos mucho, nos lo pasamos bien y para un chico de provincias que iba a la mayor ciudad a la que hasta ese momento había pisado jamás, todo un cúmulo de experiencias y fotografías que se guardan a buen recaudo con añoranza en la memoria.

Fascinados por los cuadros clásicos en el Prado, por lo imponente del Guernica y por el atrevimiento de los contemporáneos aunque no exentos de virtuosismo, aquella exposición en la Fundación Juan March nos pareció lo más pobre del viaje. Aquello ya no parecía ni atrevimiento, aquello era más bien osadía, por no decir cachondeo, no todo pero si algunas obras significativas.

Y es que, entre los cuadros un poco incomprensibles pero razonablemente elaborados había otros que eran directamente una tomadura de pelo. Ocurrió una anécdota, que por el hecho de haber existido permite que esa vivencia no la olvides jamás. Pues como digo, en esa exposición a la que asistíamos algo asombrados, recuerdo con nitidez que mi amigo Gonzalo Luna (que sigue siendo mi amigo y a la sazón arquitecto en la actualidad) se percató de que había un cuadro que era muy curioso. Se titulaba algo así como «Cuadrado rojo sobre fondo negro», y no, que nadie se piense que era otra cosa, era precisamente eso, era pura mofa, algo que cualquier persona menuda de las que habitan en un jardín de infancia podría elaborar. Las risas fueron generalizadas y el cachondeo posterior irreprimible.

Catálogo de la exposición
Y como el saber de Internet es infinito, Dios ha querido que haya tenido acceso a aquella obra inolvidable e ignominiosa a la par. El individuo que la perpetró fue Kazimir Malévich y este dato lo he conocido porque la Fundación Juan March tiene una magnífica web en la que puedes acceder a los catálogos de todas sus exposiciones desde el año 1973, toda una fuente de conocimiento; catálogos que son verdaderas enciclopedias y en el que aparece este Malévich que yo creo que se reía un poco del personal, y el catálogo de aquella exposición también lo fue.

Estudiando un poco el personaje de Malévich, fue el creador del suprematismo, una suerte de corriente artística basada en formas geográficas fundamentales, «tócate la pera», permítanme esta licencia. Lo más gracioso de todo, cachondo o tomadura de pelo, es que hay opiniones diversas y «cualificadas» que le otorgan su valor, su importancia y su trascendencia artística. Decía el propio Malévich y cito textualmente: «Las claves del Suprematismo me están llevando a descubrir cosas fuera del conocimiento. Mis nuevos cuadros no sólo pertenecen al mundo» y en concreto sobre el cuadro en cuestión, por llamarlo de alguna manera «Cuadrado Negro no sólo retó a un público que había perdido interés por las innovaciones artísticas, sino que hablaba como una forma nueva de búsqueda de Dios, el símbolo de una nueva religión». En fin, yo diría que este Chiquito de la Calzada ruso, directamente se reía del personal en la cara, primero por hacer lo que hacía y después por inventarse una justificación tan sumamente irónica.

Obra de Malévich vendida por
60 millones de dólares
Por cierto que me he preocupado de ver si las obras de Malévich se pueden comprar, originales me imagino que costarán un huevo, pero hay una web por ahí especializada en venta de láminas, y tiene algunas bazofias que se pueden comprar por unos 60 euros. Aunque digo esto y también reconozco que hay gente para todo y que su cuadro «Composición suprematista» fue adquirido en una subasta por nada más y nada menos que 60 millones de dólares en 2008.

Es posible que lo que voy a comentar moleste a gente, y también he de decir que yo no soy un experto en arte, lo cual no es sinónimo de que no me guste el arte. Ahora bien, entre la impresión que nos dejaron los cuadros del Prado y aquellos vanguardistas rusos, había no sólo un abismo de años sino también de calidad. Y, por cierto, lamento meterme tanto con el difunto Malévich que falleció hace una pila de años.

Soy así, soy de los que tiene que ver que un cuadro esté elaborado, aun cuando sea abstracto, que aunque me gusta menos que lo clásico, lo acepto si se nota que el autor se lo ha currado. Pero es que te encuentras cada cosa por ahí...

Hace dos o tres años acudí con mi padre a una clínica oftalmológica en Málaga, los oftalmólogos y otras profesiones médicas liberales se han convertido en los nuevos ricos y derecho tienen porque para eso han estudiado. Imagino que disponiendo de unas cuentas bancarias tan holgadas, no sabrán ni dónde invertir su dinero, de tal forma que tenían por allí una revista especializada en venta de cuadros. Cuadros interesantes había muchos y chorradas suprematistas o del género abstraigo y mequedoconelpersonal también había unos cuantos.

Yo entiendo el arte moderno como una superación del arte clásico, pero no una prostitución; entiendo que haya nuevas formas de entendimiento, pero no que sólo esté al alcance de una élite de intelectualoides. Aquel viaje a Madrid de hace treinta años me permitió abrir mi mente, en el Museo de Arte Moderno recuerdo un majestuoso cuadro de «El marino vasco Santhi Andía, el Temerario» de Ramón de Zubiaurre (cuadro que yo conocía por un libro que tenía en mi casa y el encontrarlo allí me impactó). Valoro el trabajo de otros artistas contemporáneos, y no soy un experto, pero son aquellos que aun innovando, sus creaciones no dejan de ser un trabajo bien elaborado.

Por contra, de vez en cuando ves obras de arte, no solo cuadros, sino también esculturas (de alguna birria mamotétrica se nutre mucho paisaje urbano). Y como pasa en cualquier corriente artística o en cualquier faceta de la vida, la omnisciencia no existe ni la perfección tampoco, ser un artista no es sinónimo de que todo lo que hagas sea arte, igual que no todo gran escritor escribe siempre bien. No obstante, una cosa es que te esfuerces, trabajes, luches, y luego saques un producto bien elaborado y que podrá gustar más o menos; y otra cosa es que le tomes el pelo a la gente y te rías de todos con composiciones infantiles que has hecho entre bostezo y bostezo.

Jackson Pollock con una de sus obras
Y para concluir diré que aun con lo abstracto, por muy incomprensible que sea, se puede hacer arte. De pequeño vi, no sé si una película o un documental, donde salía un tal Jackson Pollock, un polémico pintor estadounidense aficionado al alcohol, y mundialmente célebre por pintar lanzando latas de pintura sobre unos monumentales lienzos. Pero que nadie se equivoque, hacía arte, tenía sentido y plasticidad lo que formaba, aunque luego no se entendiera bien que nos quería transmitir (a lo mejor nada), pero sus composiciones estaban chulas.


Autorretrato de Belin
En una revisión de lo que es arte moderno, tengo el placer de conocer a un artista plástico genial, al linarense Belin, considerado uno de los diez grafiteros más importantes del mundo; sus composiciones hechas con espray son obras de arte, con la dificultad que implica hacer a mano alzada y sin plantillas con un pincel tan aparentemente inestable como un bote de espray. Él innova, es vanguardia, pero se lo curra y no engaña.

Por eso, si de vez en cuando, en algún museo del mundo, los encargados de la limpieza tiran a la basura obras de arte confundiéndolas con basura, pues será porque son precisamente eso.

sábado, 24 de octubre de 2015

EL FÚTBOL SE SIGUE PENSANDO LO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS Y MIENTRAS PREMIAMOS A LOS TRAMPOSOS

Se dice tradicionalmente con bastante acierto que el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos y el rugby un deporte de villanos jugado por caballeros. Este nada desacertado aserto pretende significar que en el rugby, aparentemente rudo y un tanto salvaje, sus practicantes suelen ser bastante deportivos y tienen una ética bastante arraigada, de hecho, pese a los golpes que se meten, es infrecuente ver rencillas entre ellos, amén de que aún está institucionalizado (no tanto en los profesionales y sí más en categorías amateur) el tercer tiempo, ese post partido en el que los dos equipos confraternizan y se toman unas birrillas. Por contra, el fútbol es un deporte más fino, de menos contacto, pero donde la pillería y el engaño están en primera plana, y por supuesto, el intentar confundir al árbitro.

El rugby tiene ese código ético que lo hace diferente a tantísimos deportes, no se le protesta al árbitro que es la máxima autoridad en el terreno de juego y se le respeta, hay una norma sagrada que es la de que «no te quejarás de ninguna decisión arbitral». Los jugadores liman asperezas en el campo y ya digo que los enfrentamientos son muchos menos que los que nos pensamos; pero lo que es más importante es que los jugadores de rugby no simulan, no engañan y por si fuera poco el árbitro cuenta con una magnífica herramienta como es la grabación de vídeo y un asistente que analiza la jugada desde varios ángulos para aconsejar al principal la toma de decisión. El rugby es, no nos engañemos, un deporte bastante puro.

Un deporte el rugby, por cierto, que actualmente está disputando la Copa Mundial y donde sus jugadores se desmarcan tanto del fútbol que escuché hace no mucho unas declaraciones de un representante del equipo médico de la organización en las que señalaba que mientras en el fútbol el jugador finge estar lesionado en el rugby todo lo contrario, finge no estarlo para permanecer en el campo y participar con los compañeros de su pasión, de la victoria o de la derrota, o sea, que no se que quita del medio.

Siempre he defendido que los deportes deben valerse de las tecnologías existentes para evitar que una decisión arbitral ponga en riesgo la ilusión de millones de personas y, por supuesto, el dinero que se invierte en los grandes acontecimientos deportivos, cuestión nada baladí y que no debiera depender de un juicio subjetivo. En el rugby ocurre (aunque a veces los árbitros se continúan equivocando), también en el tenis, baloncesto, taekwondo, hockey sobre hierba, atletismo... Tantos y tantos deportes que prefieren rearbitrarse desde un estudio de televisión y en tiempo real, para filtrar la natural imperfección humana a la hora de juzgar, máxime cuando hay que tomar una determinación en décimas de segundo y se ha demostrado científicamente que el ojo humano es incapaz de discriminar, por ejemplo, un fuera de juego, si una pelota ha entrado en la portería o si ha tocado línea (en el tenis) y todo esto en un lapsus de tiempo.

Pero el fútbol sigue erre que erre, y no permite como en el rugby o en el tenis, deportes de masas, que se pare el juego por un momento, y no pasa nada, para comprobar el hecho objeto de duda o discusión. Todo ello bien organizado, con varias cámaras y un árbitro que analice las imágenes a la máxima velocidad, no debiera interferir en ningún caso en el normal desarrollo del encuentro; y ello porque interrupciones en el fútbol hay muchas, cuando hay cambios, cuando un jugador se lesiona o cuando se va a tirar una falta, y nadie pone el grito en el cielo.

No obstante, esto es lo que tenemos, es paradójico que el deporte más mediático del mundo y el que más dinero mueve, siga resolviéndose como se hacía hace un siglo, a criterio subjetivo de un árbitro, bienintencionado pero humano; y los guiños a la tecnología son mínimos, una cámara en las porterías para los clásicos goles fantasma y sólo en los grandes eventos.

Dicho esto, el futbolista, que convive con esta sutil falla del sistema, tiende a aprovecharse de ello, las simulaciones, los piscinazos, los teatros por agresiones inexistentes..., están a la orden del día. Y no sólo es malo que esto ocurra sino que la opinión pública, los aficionados, premian al tramposo (algo impensable en el rugby), a ese que se tira en el área cuando no lo han tocado y falsea el resultado de un partido y le roba literalmente el pan de sus hijos al contrario. Pero todo se ve muy bien en los medios de comunicación, que qué listo ha sido Cristiano Ronaldo o Messi (y no digo que estos sean más tramposos que otros) que se la ha colado al árbitro y lo ha forzado a pitar un penalti inexistente. El fútbol, no nos engañemos es un deporte bastante impuro.

Por eso, muy de vez en cuando, los medios de comunicación nos sorprenden con alguna noticia acerca de que algún jugador ha sido honrado y ha reconocido la verdad. Son los menos, porque esta honradez no se paga y precisamente por lo raro que es, se le da cancha, por eso precisamente, porque es muy curioso.

Y cuando se es honrado en el fútbol, todo el mundo se extraña, es como si le cambiaras el paso a los otros jugadores, a los árbitros y a la gente que está viendo el partido.

Hoy voy a poner un ejemplo clásico de algo que sucedió hace varios años, y aunque ya digo, no es algo inédito en el fútbol, sí que es poco habitual.

Tal vez esta sea, como digo, probablemente una de las famosas anécdotas de la historia del fútbol, porque al protagonista le dio ese día por tener un subidón de honradez. Corría el año 1997 y nos encontramos en la Liga Inglesa (la Premier League), la que se presume una de las ligas más honestas y caballerosas del mundo, en la que los jugadores se baten el cobre y suele primar la honradez entre rivales; en un partido de aquella competición el delantero del Liverpool Robbie Fowler se adentraba en el área en busca de un balón franco, en lo que era una clara oportunidad de gol, cuando el guardameta Seaman del Arsenal llega tarde al balón, levanta los brazos y lo derriba, Fowler cae e inmediatamente se levanta haciendo expresivos gestos de que no había sido penalti, o sea, que no le había tocado el portero, que se había tirado a la piscina.

El árbitro de la contienda no dudó ni un instante y pitó el penalti sin contemplaciones, por mucho que Fowler le insistiera en que no había sido. Es más, entiendo que el árbitro no saliera de su asombro, es decir, que el jugador le estuviera enmendando la plana. Dice luego la historia y hay una evidente controversia con ello, que Fowler tiró el penalti con desgana, que lo rechazó Seaman y otro jugador del Liverpool se encargó de rematar entre los tres palos. Yo no estoy tan de acuerdo en que Fowler lo tirara con desgana, para empezar si no hubiera querido lanzarlo podría haberse negado, y si quiso no haberlo marcado, pues con tirarlo fuera o a las nubes ya estaba hecho; pero no, Fowler abrazó a efusivamente a su compañero tras el gol, por tanto, creo que no fue honesto del todo, pudo haber hecho un completo y se quedó a las puertas.

Ni que decir tiene que el que quedó como un tonto fue el señor colegiado, porque decretó el penalti y no fue capaz de revertir su decisión, porque los árbitros en el fútbol son así, o el mismo fútbol es así, no quieren reconocer que se han equivocado, y es que yo creo que si hubiera cambiado la decisión nada hubiera pasado. A todo esto hay que decir que los aspavientos de Seaman en la jugada en cuestión, levantando los brazos desde el suelo cerca de un metro, hicieron que la credibilidad del penalti fuera total, es decir, que nadie se hubiera dado cuenta del engaño a no ser por la pasajera honestidad de Fowler. Un Fowler curiosamente conocido por otro penalti que sí marcó y que celebró simulando que esnifaba la cal de la línea de gol, todo un clásico de la mucha falta de pedagogía y educación que tienen los futbolistas.

En definitiva que sigo defendiendo a capa y espada el uso de tecnologías para todos los deportes, siempre de forma racionalizada, mediando entre el mantenimiento del ritmo y la no pérdida de espectacularidad; mientras tanto, seguiremos asistiendo al triste espectáculo de cada fin de semana, con jugadores deshonestos y árbitros humanos que fallan, incluso menos que los deportistas a los que han de juzgar. La paradoja es que los árbitros están mal vistos y a los jugadores que fallan y que generalizadamente engañan, pues les reímos la gracia.

domingo, 18 de octubre de 2015

HACIENDO UNOS AVIONES DE PAPEL CHULÍSIMOS CON AYUDA DE YOUTUBE

Quiso Dios que hace unos días mi mujer, con buen criterio, castigara a mi hijo por haber hecho una trastada en el cole; por cierto que no me molestó tanto que su profesora nos llamara la atención, lo que de algún modo ponía de relieve una falla en nuestra educación hacia él, que también, como por el mismo hecho de la falta de personalidad de mi vástago al que le he repetido hasta la saciedad que no se deje influir por nadie, sobre todo cuando son tropelías y bromas de mal gusto, y que decida todo en la vida por su cuenta, procurando que sea por el buen camino. El caso es que el castigo consistió en dejarlo sin ver la televisión u ordenador, o más exactamente, sin ver los canales infantiles durante unos días, ni dibujo animado alguno.

He de decir que fueron unos días magníficos, mi hijo sin su tele es otro (ciertamente estamos fallando en esto) y se nos abre un inmenso abanico de posibilidades por las tardes, una vez cubiertos los preceptivos deberes, que hemos de llenar con actividades de ocio. Como se suele decir que no hay mal que por bien no venga, en esos días que han sido demasiado pocos, pero también muy intensos, él ha tenido tiempo para indagar en otras tareas que no son habituales en su vida, así se ha interesado por mis cómics de la 13 Rue del Percebe y una noche se fue a la cama y se durmió con el libro a su lado.

Lamentablemente a mi hijo le puede más lo digital que lo analógico, o dicho de otro modo, en su propio ser ha ganado la partida una imagen más que lo tangible; la televisión, el ordenador o la tableta pueden más que una tarde de bici o de juegos de mesa. No obstante, alguna vez y no necesariamente forzado por las circunstancias punitivas, de vez en cuando, se sale de su aislamiento para respirar un poco de vida real. He de estar muy atento para ver lo que le gusta porque por ahí puedo tener un filón, esos gustos y aficiones bien encaminados pueden ser un buen torrente pedagógico y quizás hasta una orientación profesional.

Sin ser excesivamente presuntuoso por mi parte, he de decir que mi hijo siente una cierta atracción por la aeronáutica (cierta, no tiremos las campanas al vuelo), y en esa espita abierta es en la que yo trato de tirar de veta. Hace unos días por la tarde ocurrió así y él fue el que vino directamente a mí reclamando mi atención para ocupar esos ratos ociosos y anormalmente desconectados de ondas externas. Lo habíamos hecho antes y lo repetimos esa tarde, se trataba de hacer aviones de papel.

Alguna vez se lo he comentado a mi hijo que cuando yo iba a la escuela, el que sabía hacer aviones de papel era el rey, todo el mundo lo buscaba con una hoja para que le hiciera el suyo. Yo me limitaba a hacer unos burdos aviones con cuatro dobleces muy básicos. Hay que decir que los expertos en aviónica papirofléxica tenían un catálogo muy limitado, sabían hacer uno o dos a lo sumo. Por todo esto, supongo que si hoy regresara a mi escuela de antaño con las nociones que tengo sobre hacer aviones de papel no sería rey, sería emperador o jeque o lo que fuera, pero desde luego alguien muy importante en el cole.

Dicho esto, yo soy un manazas, y mi hijo que el que me conoce sabe que no es de sangre, se parece en mí curiosamente en algunas facetas de mi vida, ¿o me está copiando? A mí nunca se me ha dado bien aquella asignatura con el rimbombante nombre de pretecnología, e intentaba que mis padres me echaran una mano con esos dichosos trabajos que te mandaban hacer en casa; no obstante, con esto de los aviones he encontrado el cielo abierto y, de algún modo, entierro esa frustración que uno tiene de carecer de la más mínima vis artística.

El negocio con mi hijo es fantástico puesto que evidentemente contamos con una herramienta que por obligación casi le engancha a realizar esta tarea, nos valemos de Internet para hacer los aviones. En la Red hay infinidad de vídeos en los que el personal te muestra cómo hacer aviones de todo tipo y, además, tratan de mostrar cómo vuelan, o con más precisión lo mucho que vuelan.

Más concretamente la web YouTube nos permite a golpe de clic el acceso a esos vídeos. He de decir en este punto que hay que ser algo selectivos, por mi experiencia sé que cuanto más dure el vídeo más complicado será el avión y más difícil de seguir, ni precisamente un avión muy elaborado (y con muchos dobleces) te garantiza un mejor vuelo y, por otro lado, tampoco hay que hacer demasiado caso a las demostraciones de vuelo de los «ingenieros» del papel, porque hay aviones que se presentan como los que más vuelan, que tienen el récord de no sé qué, y luego son un puro fiasco.

También hay que señalar que es muy probable que mi hijo y yo, como cualquier ciudadano de a pie, no contemos con el mejor papel para hacer los aviones. Aprecio en los vídeos que el gramaje es diferente, noto que los autores de los aviones usan papel muy sólido pero de un gramaje inferior al que yo tengo, es decir, que es un papel fino pero firme a la vez, incluso he observado que algunos están hechos con papel vegetal. El mejor papel, desde luego, sería aquel que sin ser muy liviano, te permita hacer dobleces perfectos sin que los vértices sufran, lo cual es en mi opinión una de las claves fundamentales para realizar un buen avión de papel.

Metidos en materia, la mayoría de los vídeos te permiten seguir con cierta claridad dónde cortar o cuándo doblar; también hay que indicar que aunque el vídeo dure cinco minutos, esto se suelen convertir en quince o veinte, mientras paras, doblas, o incluso a veces tienes que echar hacia atrás el vídeo, porque no has visto bien lo que el actor ha realizado, o simplemente porque mi hijo se desespera y tengo que hacer mi avión y el suyo.

Y como decía antes, hay vídeos de cinco minutos y otros que pueden durar hasta veinte, pues cuanto más dure, más complejidad y más posibilidades de tirar la toalla, porque como te pierdas en algún doblez o no logres escrutar cómo lo ha hecho estás perdido. Y es que a veces son movimientos compuestos en los que se comprometen varios dobleces a la vez y puedo asegurar que por muchas veces que repitas el vídeo no llegas a acertar cómo ha hecho esa última fase. Por cierto que los vídeos están en español o en inglés, y también los hay sin voz, en general todos se pueden seguir bien, porque salvando las instrucciones, lo esencial son los movimientos de las manos interactuando con el papel.

Por último, llega el momento cumbre, es decir, cuando ya está hecho y toca echarlo a volar, sin duda, tengo que decir que es más espectacular el resultado físico que las propiedades del avión para suspenderse el aire, dicho de otra manera, que tampoco vuelan tanto; aunque a mí me vuelan más que a mi hijo, creo que porque los lanzo más horizontales y ni demasiado fuerte ni demasiado despacio.

Y cuando hablo de la espectacularidad de los aviones, creo que es eso lo más apasionante de esta afición, el haber terminado un avión que estéticamente es muy chulo. En los vídeos se anuncian incluso como réplicas de aviones reales, el F no sé qué o el Boeing no sé cuánto, de tal forma que no descarto, por la compleja elaboración que algunos tienen que esté presente por ahí la mano de algún ingeniero aeronáutico de verdad, que en sus ratos libres se puede dedicar a volar su imaginación y plasmar en papel de forma más o menos sencilla lo que unos sofisticados planos le marcan.

Para terminar, he de significar que mi hijo y yo disfrutamos más con los dobleces y el resultado final, porque además es muy entretenido, que con el vuelo. Y para ilustrar con algunos diseños que hicimos en la tarde de marras, a mi hijo ya le vino la vena artística, decorándolos un poco y se puso a fotografiar nuestros aviones en un entorno jurásico y, entre otras creaciones, con el tiranosaurio rex zampándose un avión, ¿o era el avión el que en un atentado terrorista se había metido en las fauces de esta bestia?

sábado, 10 de octubre de 2015

¿Y TÚ CÓMO VIVISTE AQUELLA CRISIS DEL ACEITE DE COLZA?

Corría la Guerra Fría, allá por el año 1981, los medios de comunicación nos atemorizaban con una inminente 3ª Guerra Mundial, realmente nos asaeteaban con noticias sobrecogedoras cada día. Y en esas estábamos la gente de mi generación, sorteando cursos y disfrutando de la niñez o la preadolescencia de la manera que creíamos mejor, sin alardes ni excesos, pero con alegría y reconozco que con bastante felicidad, cuando en mitad de ese inquietante panorama comenzaron a producirse en España unas misteriosas muertes, aquejadas con similares síntomas, pero con la peculiaridad de que los casos se sucedían en puntos muy dispersos de nuestra geografía patria.

La congoja fue generalizada aunque sin llegar a ser histeria colectiva; lo cierto es que portadas de periódico y titulares de radio y televisión se preñaban cada día con las nuevas noticias de españoles que habían fallecido a causa de lo que se llamó inicialmente «la neumonía atípica», y lo que era peor, que no se conocía el motivo y, por tanto, el tratamiento no se podía precisar al desconocerse el agente causante, con lo que se atacaba médicamente a los síntomas.

Recuerdo los no pocos bulos que corrieron en aquellos meses de incertidumbre y crisis sanitaria, y eso que no teníamos Internet, aunque a veces tampoco nos ayude tanto, imaginemos por un momento la que se lió el año pasado con el ébola en nuestro país a pesar del montón de información que manejamos. Lo que era el aleteo de una mariposa en Segovia se convertía en tornado en Lugo, y basta con que algún sesudo experto saliera con alguna recomendación sin base científica para que todo el mundo adoptara su consejo. De hecho, no recuerdo cuál fue el origen de la acción, pero el caso es que mi madre nos colocó a mis hermanos y a mí una bola de alcanfor en el bolsillo pues al parecer eso inmunizaba frente al desconocido agente que provocaba esta extraña y devastadora enfermedad. Y es verdad que salías a la calle y comentabas con los amigos el asunto y daba la impresión de que el mal estaba en el ambiente y que solo la suerte nos libraría de tan nefastas consecuencias, bueno, a mí no, porque para eso llevaba la bolita de alcanfor.

Se tardó demasiado, más de lo esperable, en resolver el entuerto, murieron unas 700 personas; pasados unos meses desde que estallara la voz de alarma, meses que se hicieron eternos, por fin comenzó a hablarse del aceite de colza desnaturalizado y aquella neumonía atípica pasó a llamarse «el síndrome tóxico». Despejada la incógnita comenzaron a difundirse los nombres de las marcas que comercializaban aquel extraño aceite, de hecho, hasta ese momento yo desconocía qué era la colza y mucho menos que se extrajera un aceite de ella. De hecho, los aparentemente insólitos y hasta rebuscados nombres de esas marcas casi evocaban que llevaban el mal dentro de sí (el veneno amasado como diría José Mota), así Raelsa, Rapsa, Selmi, Raesol, Raolí o Rarnoli, comenzaron a inundar los telediarios y también se comenzó a despejar la incógnita.

Al parecer fueron aceites de uso industrial provenientes de Francia, a los que se les había añadido colorante (anilina) para que no pudieran utilizarse para el consumo humano. Los importadores españoles pensaron que comprando unas partidas importantes y sometiendo el aceite a un proceso químico para eliminar la anilina, se podría poner en el mercado, aun de forma fraudulenta, con una evidente ganancia, que era la de comprar un aceite barato y comercializarlo fuera de los canales de consumo habituales, de hecho, se vendía en mercadillos. El proceso de desnaturalización del aceite de colza y posterior naturalización provocó que la anilina no se eliminara completamente y los comentarios de la época hablaban poco menos de que ese aceite llevaba una serie de compuestos químicos letales que lo hacían prácticamente una porquería, amén de un cóctel asesino.

A la par de estas revelaciones también se iba perfilando el mapa de afectados y la tranquilidad iba por barrios. Es evidente que una de las zonas más tranquilas fue la mía, la provincia de Jaén, consabida zona de producción en masa de aceite de oliva de excelente calidad desde tiempo inmemorial y donde no se conocía lo que era el aceite de colza ni Cristo que lo fundó. De hecho, sin ser evidentemente científico esa distribución geográfica de damnificados, entre muertos y enfermos en general, se situaba en regiones con menor superficie de olivar y, por ende, menos proclives al consumo de nuestro oro líquido.

Con la misma vertiginosidad en la producción de noticias del síndrome tóxico, resuelto el enigma y atajado el problema, también cesó la ansiedad y la producción de noticias. Esto es a los enfermos se los pudo tratar de forma más eficaz, se destruyeron todas las partidas de los aceites de colza en cuestión, y se identificó a los culpables.

Y ya está, los culpables cumplieron su pena y ni se habló mucho más de ellos, o sea, unos completos desconocidos aunque imagino que para las familias afectadas no olvidarán sus nombres ni sus caras. Pero para el conjunto de la opinión pública hoy por hoy nos podríamos encontrar con aquellos trepas, por poner un calificativo suave, y hasta los podríamos identificar con honestos ciudadanos.

Por lo que respecta al propio aceite de colza, o a la colza en sí, hay que decir que es un vegetal bastante común en cuanto a su superficie (el tercero del mundo tras trigo y cebada), incluso en nuestro país, de hecho es un cultivo muy extendido para forraje de animales y el aceite, que tras el de soja y palma va también tercero en la clasificación mundial de producción de aceites vegetales, tiene numerosas propiedades, entre ellas ácidos grasos omega 3 y 6, rico en grasas monoinsaturadas (las buenas, las que tiene el aceite de oliva) y fuente de vitamina E.

Lo cierto es que la pesada marca de lo ocurrido hace algo más de treinta años nos privó de utilizar eventualmente este rico aceite y, de facto, los de mi generación siguen recordando aquella crisis sanitaria y el consumo en España de este aceite es insignificante en relación con otros aceites vegetales, aparte de que es difícil de ver en los supermercados.

A pesar de todo lo ocurrido, y pasado el tiempo y la presión de la opinión pública, surgieron algunas voces que pusieron en tela de juicio el agente causante de aquel síndrome; la hipótesis que más ha sonado desde entonces fue una que planteaba una confabulación político-empresarial para desviar la atención y culpabilizar a cabezas de turco, pues sostienen que fueron partidas de tomates (españoles y cultivados en nuestras tierras) tratados con un letal combinado insecticida. A mí me parece demasiado rebuscado y a estas alturas de la película habría habido posibilidad aún de destapar otra verdad, si la hubiere, que yo sinceramente creo que no la hay.

Pues así viví yo aquella crisis, el resumen es que no tuve la sensación de una gran psicosis, y más aún cuando conocimos que lo que provocó aquello era un desconocido para nosotros aceite de colza. Y es que no pararemos de elogiar y engrandecer a ese aceite de oliva que forma parte de nuestras vidas y de nuestros cuerpos, que los que somos de aquí abajo compramos directamente en fábrica, sin intermediarios, y que es sano lo mires por donde lo mires, y rico, rico, ¿qué te voy a contar?