domingo, 29 de mayo de 2011

PUZLES Y CHORRADAS QUE SE ME OCURREN

No es que sea una de mis grandes aficiones pero siempre tengo en mi casa un puzle (denominación correcta en español del término anglosajón puzzle) en marcha o pendiente de realizar, y esto desde hace muchísimos años. Como digo, al no ser un fanático de este mundillo a veces los puzles se me eternizan durante años.

He aprovechado que he entrado en barrena recientemente, metido de lleno en la resolución de uno que tenía aparcado desde hace más de dos años, para sacar esta entradilla y comentar algunos detalles de esta afición que, a riesgo de ser un poco friki (de ahí la alusión en el título a las chorradas que se me ocurren para hacer este articulillo), está ampliamente extendida por todos nuestros hogares, porque ¿quién no ha hecho o comprado alguna vez un puzle?, ¿quién no se ha parado en las estanterías de la sección de juguetes de un centro comercial a ver los puzles?

La simpática traducción que se dio originalmente en español, rompecabezas, no me parece un término del todo acertado, en todo caso, es irónico. De ser cierto y literal ese término no regalaríamos este juego a los niños, y ocurre todo lo contrario, que nuestros pequeños disponen en sus primeros años de sencillos puzles que, a veces, somos los mayores los que resolvemos. Y optamos por este juego porque sabemos que fomenta la creatividad, desarrolla el intelecto y que en los niños favorece en la manipulación de pequeñas piezas, lo que se denomina la motricidad fina.

Haciendo un poco de historia, lo que parece un juego de toda la vida es, en realidad, una invención relativamente reciente. Fue en la Inglaterra de inicios del siglo XX cuando la aristocracia británica comenzó a aficionarse a este juego y se reunían familias enteras o grupos de amigos para hacer puzzles, por aquel entonces hechos de madera y realizados en carpinterías de forma artesanal.

A principios de la década de los 60 del pasado siglo es cuando este negocio adquiere la magnitud que hoy conocemos, realizado en cartón piedra, con piezas cortadas de forma mecánica y con una producción en serie. Lo curioso es que hasta hace no mucho y es posible que haya algunas marcas que los sigan vendiendo así, los puzles se empaquetaban en una caja, o en una bolsa, donde no aparecía el modelo que había que reproducir, todo lo más era alguna referencia del autor en la que se señalaba que el puzle contenía algún cuadro de un pintor famoso, tal o cual paisaje o determinado monumento. De forma que eso si era o es un verdadero rompecabezas ya que hay que hacerlo a la ciega. Yo no lo he probado nunca pero sería un reto ambicioso.

La verdad es que no porque tengamos el modelo representado en la caja el puzle resulta sencillo o susceptible de ser resuelto con rapidez. Uno puede montar correctamente un puzle de veinte piezas en apenas un minuto, pero ni podrá hacer uno de doscientas piezas en diez minutos, ni mucho menos uno de dos mil piezas en doscientos minutos. Lógicamente cuanto mayor es el número de piezas, mayor es el tiempo de duración, pero esa relación entre ambas variables no es una progresión aritmética creciente, sino que está, sin ser algo exacto, más cercana a la progresión geométrica, incluso superándola. De tal guisa que si el tiempo que dedicamos a resolver un puzle de mil piezas es equis, el de dos mil piezas no se resuelve en el doble de tiempo sino en muchísimo más.

Esto tiene su análisis a la inversa, es decir, al iniciar un puzle del número de piezas que sea (a partir de quinientas ya tiene su dificultad), uno ya sabe que le tiene que dedicar mucho tiempo, es más, como no lo va a hacer de seguido, se tirará días. La manera de empezar es universal o parece que más o menos todos los que hemos hecho algún puzle la sabemos, y es colocar el marco, es decir, disponer todas las piezas de sus cuatro lados (los puzles suelen ser rectangulares o cuadrado, aunque hay formas menos habituales, como un círculo, pentágonos, hexágonos...). Una vez hecho esto, algo que también te ocupará un tiempo razonable, ya sabes que tienes muchísimas piezas por colocar, porque el marco apenas llegará, a lo sumo, al 10% del total. Y comienza la parte más compleja, básicamente la de dividir piezas por colores o motivos relacionados y... muchísimo tiempo por delante. Tenemos lo que en términos matemáticos se denomina algoritmo, es decir, un conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema.

De la práctica, el acierto en la estrategia, algo de suerte y algo de pericia, depende el que avancemos con mayor o menor rapidez, es un trabajo de carácter heurístico, mucho de ensayo y error. En definitiva, que si te quedan por colocar 999 piezas y tienes que colocar una al lado de otra, tendrías que probar hasta dar con la correcta, o sea, hay 998 piezas que no son las correctas. A grandes rasgos, este análisis vale para asegurar que cuando empiezas (una vez configurado el marco), tardarás muchísimo en poner la primera pieza, con la segunda te ocupará muchísimo tiempo, aunque menos que antes y así sucesivamente. Ya digo que esto es en términos generales, porque dependiendo de la estructura del puzle, del fabricante (hay algunos que hacen piezas muy similares a otras y dan lugar a equívocos, cuando en teoría absolutamente todas deben ser diferentes entre sí), uno puede hallar algunos atajos.

Lo que es interesante es que a medida que van mermando las piezas lógicamente la resolución del algoritmo es más sencilla, y habrá un momento en que entras en barrena, que es lo que me está sucediendo a mí ahora mismo con el Cromlech de Stonehenge (en la foto que tomé a mitad de esta semana), porque cada vez que colocas una pieza lo haces más rápido que antes, y se va reduciendo la superficie a resolver. Estaríamos retomando esto con lo que comentaba al principio de las progresiones, en una formulación cercana a la progresión geométrica decreciente, y esto motiva cada vez más, porque ves el final del puzle cada vez más cercano.

¿Y después qué? Pues quizá no sea muy edificante decorar el salón de tu casa con un puzle, hay gente que lo hace, yo lo veo mejor para una habitación de niños, un cuarto de juegos, quizá la sala de espera de algún médico, o un despacho profesional.

Una vez que hemos ensamblado y solidificado la estructura con el engrudo que suelen traer las cajas de puzles (si no viene, se puede comprar en una ferretería una bolsa de pegamento en polvo de los que se utilizan en los papeles pintados de las paredes), hay que enmarcarlo debidamente y yo recomiendo, aparte de elegir un marcho chulo acorde con el contenido del cuadro o con el lugar donde lo vamos a colgar. Eso sí recomiendo que en vez de colocar un cristal, se utilice metacrilato, porque una vez llevé a enmarcar un puzle de dos mil piezas, y al ir a colgarlo lo cogimos de cada lado entre mi padre y yo, y como era muy largo se combó ligeramente con lo que el cristal cedió y se rompió. Con el metacrilato esto no ocurre pues al ser un plástico tiene mayor flexibilidad.

Por último, quiero señalar que mi gran reto en este mundillo es realizar un puzle de grandes dimensiones, normalmente me he movido entre adquisiciones de cajas con mil o dos mil piezas, pero espero algún día vérmelas con alguno de cinco mil o diez mil piezas, un auténtico trabajo de chinos.

domingo, 22 de mayo de 2011

"CALABUCH", CINE ESPAÑOL OLVIDADO Y DEL BUENO

Lo siento, es superior a mis fuerzas, no he visto una película completa de “Cine de barrio” en TVE desde hace tropecientos años. No puedo soportar que la selección de películas sea tan pobre, vulgar y repetitiva. Cintas que no son lo mejor del cine histórico español y que no sé por qué oscuro motivo intentan adocenar al público para que piense y cavile lo menos posible.

Son absolutamente insoportables las mediocres películas de Paco Martínez Soria (por cierto escribí esto el viernes sin saber que este sábado han vuelto a echar una en La 1), que cuando yo era chico me parecían simpáticas y que con el tiempo, a base de repetirse hasta la saciedad infinita ya las defino como insufribles bodrios. Y que conste que nada tengo en contra de las personas que las ven y que son capaces de disfrutarlas como si fuera la primera vez. Entre ellos mi padre al que nada más ver en pantalla a ese actor aragonés con su pinta de españolito con aire algo cateto, siempre se le escapa una sonrisa y ya le he dicho en alguna ocasión, “papá, seguro que te sabes los diálogos de memoria”.

Bueno quien dice películas de Paco Martínez Soria, dice también de Manolo Escobar, Mari Santpere, Marisol..., toda una serie de películas que TVE repite y repite compulsivamente y que dan una imagen distorsionada del cine español que es más y mejor que todo eso.

Recuerdo haber visto de niño en una de esas inefables tardes aderezadas con “Primera Sesión” o “Sesión de Tarde”, una película española antigua, de 1956, de la que recuerdo que me encantó su guión y su puesta en escena, y también me acordaba de su título “Calabuch”, especialmente una imagen en la que se veía un castillo de fuegos artificiales que dejaba ver en lo alto del cielo el nombre del pueblo de forma espectacular.

El nombre de esta película me estuvo acompañando durante décadas, permaneciendo en el olvido de las diferentes cadenas de televisión, y yo no podía explicar como un filme que a mí me había parecido tan bueno (desde luego mejor que cualquiera de Martínez Soria), no tenía ninguna presencia en la pequeña pantalla. Sólo la irrupción de Internet me permitió volver a ver esta maravillosa película, no perdiendo ni un ápice aquella sensación que me dejó y renovando con mayor fuerza si cabe el cariño hacia esta veterana producción poco recordada.

Y no será porque su director no tiene fama, el maestro García Berlanga, que nos dejara hace apenas unos meses; quizá porque el guión era novedoso, original, fuera de lo común, de los que hacen reflexionar, lo cierto es que Calabuch es una de las grandes olvidadas del cine español.

El preámbulo no puede ser más atractivo, un célebre científico, el profesor George Hamilton (encarnado por el actor inglés Edmund Gwenn), dedicado a construir cohetes espaciales desaparece misteriosamente desde una base del Mediterráneo. En un pueblecito costero español aparece un personaje, mezcla de pedigüeño y de abuelo entrañable, que dice llamarse Tío Jorge, que rápidamente se amolda a la idiosincrasia de sus gentes y termina siendo uno más, participando de una vida tranquila, sosegada y donde los problemas del día a día distan mucho de los que él tenía que afrontar en su vida anterior.

No es una película que hubiera tenido problemas de censura, no, Berlanga no mete el dedo en la llaga y se dedica a sacar partido a una historia original y simpática. Lo que yo resaltaría tras haber hecho más de un visionado reciente es que una cinta costumbrista pero en su justa medida, nada exagerado ni recalcintrante como las de Paco Martínez Soria que son una antología de una España cateta y palurda que es claramente irreal aunque existieran y sigan existiendo catetos y garrulos por nuestras calles.

En esa sencillez de la vida diaria y el acontecer de un pueblo costero, Calabuch (en realidad fue rodada en la castellonense Peñíscola), Jorge encuentra la felicidad, “hacer lo que cada uno quiere en cada momento”, de alguna manera es como lo define. Su vínculo con el pueblo cada vez se hace más estrecho, se convierte en uno más. No obstante, su sabiduría empezará a relucir y esa será su perdición, ayudando al pirotécnico del pueblo a ganar el concurso de fuegos artificiales en la feria local con un despliegue sin precedentes (con ese espectacular Calabuch en el aire al que aludía antes). Toman una foto de él junto con sus ayudantes y la imagen llega a los periódicos al día siguiente, con el misterio prácticamente desvelado, el Tío Jorge es, en realidad, el magno científico George Hamilton.

El pueblo se conmociona por la noticia, primero tratan de no aceptarlo, después que Jorge no se entere y, finalmente, en un apoteósico final berlanguiano (casi surrealista), Calabuch con todas las autoridades de acuerdo, el cura, el alcalde y el jefe de la Guardia Civil, se alza en guerra con unas pocas escopetas, pistolas y, sobre todo, con las lanzas y cascos de romanos que se utilizan en las procesiones.

Finalmente Jorge acepta su destino y el pueblo también, pero ambos tendrán un recuerdo mutuo imborrable, mientras en las arenas de la playa quedan a merced del suave oleaje cascos y lanzas, en un claro mensaje antibelicista.

Una simpatiquísima y muy bien elaborada película, con escenas y personajes irrepetibles, como el Langosta, un contrabandista de poca monta que vive en la cárcel y que sale cada día de ella cuando quiere como si fuera una pensión; o José Luis Ozores haciendo de torero de ferias, con su propia vaca a la que habla y mima cariñosamente.

En fin, una película imprescindible y que recomiendo a todo aquel que no la haya visto y que dignifica a nuestro cine español, por más que TVE y otras cadenas intenten desprestigiar.

domingo, 15 de mayo de 2011

"A LA CAZA DEL TESORO", UN CONCURSO ADELANTADO A SU TIEMPO

Reconozco que he visto y veo en alguna ocasión las emisiones del reality “La isla de los famosos” o “Supervivientes”, que antes de abrirse a famosillos estaba destinado exclusivamente a “anónimos”. Ni antes ni ahora lo seguía por la belleza o el generoso volumen de las mozas participantes, sino por las paradisíacas imágenes y paisajes que muestra y por las rocambolescas pruebas a las que someten a los concursantes, para conseguir el premio de seguir una semana más.

Lo que de algún modo me sorprende es que no es infrecuente asistir a fallos técnicos en las conexiones, problemas de audio, retardos en la señal... Y lógicamente me planteo si la tecnología no está suficientemente avanzada como para evitar estas incidencias, lo cual a poco que uno analice lo que hay alrededor encuentra respuestas con rapidez.

En unos tiempos donde las comunicaciones, no ya terrestres sino planetarias son más que factibles y donde, por ejemplo, los miembros del Gobierno estadounidense seguían en directo la eliminación de Bin Laden desde el Pentágono, todo esto me lleva a pensar que en las tecnologías pasa como en el fútbol, que las hay de 1ª División, de 2ª y las habrá si se quiere, de Regional Preferente.

Y entiendo que estos programas que ya manejan un presupuesto importante, querrán ahorrar algo en tecnología, utilizando la de 2ª División en detrimento de la mejor, porque de lo contrario no se explica esos fallos que se repiten con mayor o menor asiduidad en sus conexiones.

Me viene bien esta introducción para recordar que las buenas conexiones, sin fallos, son más que posibles, y además hace mucho tiempo que esto es así. En concreto quiero dedicar esta entrada a un curiosísimo programa de televisión de hace casi veinte años, que por el despliegue de medios, por la perfección de sus conexiones, por su compleja elaboración, podemos calificarlo como un adelantado a su tiempo. Bienvenidos al recuerdo de “A la caza del tesoro”.

Allá por enero de 1984, Televisión Española nos traía un sofisticadísimo concurso en el que una pareja en un plató del Prado del Rey trataba de buscar tres tesoros, para ello tenía que resolver tres pequeños enigmas que les facilitaba la presentadora del programa, Isabel Tenaille. Esos tesoros estaban en algún lugar del planeta, y en ese punto recóndito se encontraba el polifacético Miguel de la Quadra-Salcedo, a los pies de un helicóptero dispuesto a acudir inmediatamente y en directo adonde lo mandaran los concursantes.

Lógicamente el programa y los tesoros se localizaban en cada programa en un lugar diferente de los cinco continentes y en un radio de acción relativamente corto para que el helicóptero se pudiera desplazar y localizar los tesoros en los cuarenta y cinco minutos que había de tiempo, siempre y cuando los concursantes en el plató dieran las instrucciones precisas a De la Quadra-Salcedo; en este sentido, contaban con un mapa de la zona y bibliografía suficiente de donde se habían extraído los enigmas y en los cuales estaba la respuesta correcta a los mismos.

Si hallaban el primer tesoro obtenían 100.000 ptas., si lograban el segundo, 200.000 ptas. y el premio final por hallar el último de los tesoros consistía en una suculenta vuelta al mundo. El reto no era fácil porque recuerdo que la mayoría de las parejas sólo tenían tiempo para conseguir el segundo tesoro y casi siempre estaban apurados por el reloj para el último.

Como digo, el despliegue de medios era impresionante, Miguel de la Quadra-Salcedo se aprestaba apoyado en el helicóptero en cualquier punto del mapamundi, a salir pitando. Pero aparte de Miguel y el piloto, iba un tío con una cámara a cuestas que si corría Miguel, más tenía que correr él, con el muerto encima (la cámara) y tratando de ofrecer los mejores enfoques, o sea, un trabajo para personas que estuvieran en una gran forma física.

Para más inri, recuerdo que por aquel entonces se comentaba que había un helicóptero más de apoyo, por si fallaba algo en el primero, por lo que tenían todo el equipo técnico repetido, con otras cámaras, la unidad móvil, el equipo de audio... Es decir, un despliegue de medios sin precedentes que verdaderamente hacían el programa muy atractivo y perfecto desde el punto de vista técnico (¡hace veinte años!).

Aunque realmente lo que hacía atractivo el programa era las preciosas imágenes desde el aire de sitios con los que uno soñaba con visitar alguna vez: Hong Kong, Australia, Cartagena de Indias, Túnez, Granada..., son algunos destinos que se me vienen ahora a la cabeza. Y porque en la frenética búsqueda del tesoro, Miguel y el de la cámara corrían por calles transitadas, bosques, o monumentos antiguos, y cada programa era una historia por desarrollar, pues la idea en su génesis era ofrecer una bella panorámica de esos lugares, incluso aunque los concursantes estuvieran desacertados y ofrecieran instrucciones erróneas o insuficientes a Miguel.

Digo que me sorprende en la actualidad que fallen muchas conexiones en la televisión, cuando aquel programa manejaba una técnica impecable, ahí sí que tenían materiales de 1ª División, ni se adivinaba retardo ni fallaban los medios.

Eso sí, no sé por qué extraña razón mientras los televidentes podíamos seguir el recorrido del helicóptero, sus destinos, sus paradas y sus nuevos despegues; los concursantes en plató no tenían esas imágenes y sólo tenían contacto con De la Quadra- Salcedo por audio.

En teoría, el singular Miguel de la Quadra no sabía dónde estaban escondidos los tesoros y hacía el paripé de conocer los enigmas a la par que los concursantes, pero tenía que dirigir algo las búsquedas sin que se notara demasiado, pues realmente sabía dónde estaban los tesoros. Era normal, porque aparecer en mitad de una ciudad desde el cielo, no es como aparcar un coche y se tenían claramente preparados los lugares donde se podía posar el artefacto alado. Y es evidente que las autoridades estaban avisadas para permitir el vuelo errático de un helicóptero en su zona de influencia durante tres cuartos de hora.

Lo cierto es que, en su momento, fue un programa muy caro. En realidad no era una producción española sino francesa, y la productora del programa tengo entendido que hacía varios programas en paralelo para diversos países. Es decir, montaba el equipo en el país que tocara, los pilotos, cámaras e impedimenta técnica, emplazamiento de los tesoros y enigmas, siempre eran los mismos o similares y lo único que se cambiaba para cada país que había comprado los derechos, era al aventurero encargado de ayudar a los concursantes. Por entonces no había Internet y era prácticamente imposible conocer la información de los tesoros a no ser que tuvieras un primo en algún país que hubiera visto el programa antes y te desvelara tan crucial información.

La edición francesa se emitía aparte de Francia, en Mónaco, y en las zonas francófonas de Bélgica, Luxemburgo y Suiza. También hubo emisiones con sus presentadores respectivos al igual que en España en Gran Bretaña, Portugal, Italia, Holanda, Japón, Yugoslavia, Israel, Sudáfrica y Escandinavia (Noruega, Suecia y Dinamarca que tienen escasas diferencias lingüísticas en sus idiomas).

La cabecera del programa en España era de lo más característico con el tema sinfónico Fu-man-chu de un grupo que hacía furor en la década de los 80 y que supuso un antes y después para la música electrónica en nuestro país, Azul y Negro; un dúo que me encantaba y al que no se le ha hecho suficiente justicia, porque ha caído drásticamente en el olvido cuando sus aportaciones musicales fueron muchas, muy buenas y todavía siguen sonando.

Curiosamente TVE metió un poco la pata en la publicidad previa, pues durante unos meses había estado anunciado el estreno del programa titulándolo “En busca del tesoro”, pero la productora francesa le exigió por contingencias del contrato una traducción más literal de su título original “La Chasse aux trésors”, así que hubo que cambiar sobre la marcha al definitivo título “A la caza del tesoro”.

El programa tenía su parte de espectáculo, en realidad, la resolución de los enigmas por los concursantes era una excusa para (aparte de demostrar el impresionante derroche técnico) poner en alguna situación peliaguda a los protagonistas o conductores del programa, haciéndoles meter la mano en las fauces de un cocodrilo, cogiendo el tesoro entre un nido de serpientes o tomando a un tiburón por la aleta. En este sentido Miguel de Quadra-Salcedo era el protagonista perfecto, un hombre fornido y aventurero al que no le venía grande un programa tan desconcertante como este. Y es que la vida de este hombre da para escribir un libro y, por supuesto, alguna entrada futura en este blog que me voy a pensar.

Apenas duró cuatro meses en antena este concurso, en concreto, diecisiete programas, porque el coste tanto de producción nacional como lo que debía abonar a la productora francesa, hicieron que fuera una aventura apasionante pero inviable desde el punto de vista económico.

Por cierto y para despedir este repaso a un entrañable programa concurso, que se emitía además en un horario muy bueno, a las 9 de la noche de los domingos; es que en una ocasión la acción se desarrolló en nuestro propio país, en Granada concretamente. Y huelga decir que los concursantes adivinaron los tres tesoros, sobre todo porque el último se situaba en mitad de la granadina Santa Fe, y buena parte del pueblo acompañó a De la Cuadra al tesoro final, sabedores todos de dónde se hallaba.

En fin, un concurso para el recuerdo, muy atractivo, muy dinámico y, sobre todo, con una técnica que ya hace dos décadas daba mucho de sí, y lo hacían de una encomiable perfección en su realización.

domingo, 8 de mayo de 2011

LEGAZPI Y SOROLLA, DOS SELLOS CON VALOR


Desde luego que ni los inversores de Forum Filatélico ni Afinsa tenían que ver con el mercado de la filatelia, y a la par el mercado filatélico no sufrió la más mínima injerencia ni presión en sus transacciones y en su libre proceder con la existencia de estas dos empresas; básicamente nada tenía que ver lo uno con lo otro. De hecho, la mayoría de los filatelistas algo avezados en este arte – pasatiempo no invirtieron a través de estas, conocedores de cómo se mueve este mundillo. No quiero que se me malinterprete con esto, pues tengo familiares que fueron afectados y parecía una inversión seria, de futuro y con interesantes dividendos, pero ocurrió lo que ocurrió y siempre me pregunto, cuántas estafas vemos cada día, delante de nuestras narices y ni las autoridades ni nadie hacen nada, antes de que la pelota se haga muy gorda.

Esto viene a colación porque las características del mercado filatélico, al menos las del nacional que es el que yo conozco son bastante simples. Los sellos desde 1950 hasta nuestros días tienen un escaso valor, imagino que con poco más de 3.000 euros se podrían tener todos en nuevo, y los que verdaderamente tienen un valor sustancial son los del denominado Primer Centenario, es decir, desde el primer sello (de Isabel II) que comenzó a circular en España hasta ese 1950.

La revalorización de los sellos podríamos definirla como muy lenta aunque segura. A día de hoy la demanda la marcan los propios filatelistas, pues difícilmente alguien al margen de esta afición se dedica a comprar directamente a un filatelista con fin inversor. Es tan lenta que es obvio que en el mercado financiero hay productos que tienen mayor rentabilidad y es segura porque, en principio, la demanda perdurará en el tiempo, espero que siempre, pues siempre aunque limitado en su número (somos unos 200.000 en nuestro país), habrá coleccionistas presentes o futuros dispuestos a comprar sellos.

Hay algunas excepciones en cuanto al escaso valor de los sellos contemporáneos de España, o sea, desde 1950 hasta hoy, uno de ellos es un sello, bastante feo por cierto, de un viaje a Canarias que hizo Franco en ese año, además sobretasado (con una burda inscripción encima del original) y entre otros los dos sellos de una misma serie de los que voy a hablar hoy porque me traen buenos recuerdos, se trata de los sellos de “Legazpi y Sorolla”.

La mayoría de los buenos filatelistas seguro que han oído hablar alguna vez de estos sellos y yo los tuve una sola vez en mi vida en mis manos, precisamente cuando era un jovencito y comenzaba a aficionarme sobre finales de los 70 e inicios de los 80. Por aquel entonces, mis compañeros de aula en el Colegio San Joaquín de Linares empezamos a pedir sellos matasellados a todo el mundo, a familiares, a empresas, a Correos.

No obstante, lo que empezó siendo una afable costumbre escolar se terminó convirtiendo en una desatada guerra por ver quién llegaba primero a la salida del cole, a los comercios y negocios que tenían preparados los sellos que había dejado la correspondencia de esa mañana (entonces había pocas empresas de transporte urgente, y toda transacción postal tenía sus sellos postales dentados bien pegaditos). Y es que parecía que ya toda la clase coleccionaba sellos, y éramos demasiados pollos picando en el mismo corral. De hecho, recuerdo que el límite llegó el día en que esa guerra era tan encarnizada, que salimos cerca de una decena de críos tan atropelladamente de clase, que por las escaleras empujamos o tropezamos con un compañero que estaba en las escaleras y rodó un poco. Al día siguiente, nuestro tutor D. Daniel Castro (gran profesor y mejor persona) organizó un juicio en clase para buscar los culpables. Creo que ese incidente fue el punto de inflexión para este pasatiempo que se había tornado peligroso y a partir de ahí, todo volvió a la normalidad, y al tiempo sólo éramos dos coleccionistas serios los que quedamos, mi compañero de pupitre Antonio Lizán y yo.

Era una época en la que todavía íbamos a clase por la mañana y por la tarde. Si las mañanas eran para recoger sellos en comercios, las salidas de clase por las tardes solían tener un destino común, una especie de santuario de los filatelistas principiantes, se trataba de un comercio singular llamado “Nuevas Sederías”, en plena Corredera de San Marcos de Linares, un negocio familiar regentado por un entrañable y educado hombre de mediana edad que destilaba cariño hacia los niños que se acercaban a su mostrador para preguntar por tal o cual sello.

De algún modo, él fue mi maestro en este mundo de la filatelia, me enseñó lo que era un catálogo, la diferencia entre un sello nuevo y otro matasellado, lo que era una charnela, lo que era un filoestuche. Este hombre del que no logro recordar su nombre tenía mucho tiempo para dedicar a todos los que nos acercábamos por allí, y es que en su comercio en el que vendía mantelerías, mantones de Manila y ropa de hogar de una cierta calidad para la dote matrimonial, no entraba nunca nadie. No sé, quizá vendía por las mañanas, o vendía poco y como se trataba de artículos de mucho valor con hacer unas pocas ventas al mes ya le daba para vivir, o tenía dos negocios en uno. Sí, porque este hombre habría cualquier cajón de sus estanterías y en vez de sacar una tela, sacaba un álbum de sellos, y acumulaba por todos los rincones material filatélico.

En una de esas ocasiones que lo visitaba, me enseñó los sellos de “Legazpi y Sorolla”, una serie que se emitió por la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre en 1953, ambos sellos destinados al correo aéreo, el de Legazpi con un valor facial de 25 ptas. y el de Sorolla de 50 ptas., que por las razones que ahora trataré de explicar se habían convertido en una pieza soñada para los buenos coleccionistas. En aquella época en la que este hombre me enseñó los sellos, estos estaban destinados a su venta, creo que ya la tenía apalabrada, y el precio de la transacción, unas nada despreciables 100.000 ptas. de 1980.

Retomando con lo que decía al principio, si quisiéramos comprar hoy día estos sellos, y a Internet me remito, seguro que podemos encontrar a alguien dispuesto a vendértelos por no más de 800 euros; de ahí que pueda concluir con que los sellos se revalorizan pero muy lentamente, con lo que en Bolsa encontraremos valores que seguro que crecen mucho más rápido.

¿Qué ocurrió para que estos dos sellos tengan un valor tan alto cuando en 1953 se podrían haber comprado en un estanco por 75 ptas.? Quizá no exista una sola razón para esto. Para empezar tuvo una tirada limitada, oficialmente 200.000 ejemplares, aunque puede que a la hora de la verdad no fueran tantos, de lo que dijeran las autoridades postales hace tantos años se puede dudar. Por otro lado, es posible que tampoco se pudieran comprar en un estanco con facilidad. Manejo la hipótesis de que siendo una tirada más corta que las que se hacían en aquella época, los coleccionistas los buscaron con ansiedad y se apropiaron de ellos, y prácticamente no llegaron a circular ambos sellos, es decir, que un porcentaje mínimo terminó pegado en una carta y matasellado debidamente. De hecho, en Internet hay pocas ofertas de “Legazpi y Sorolla” usados, con lo que en teoría, por su escasez, matasellados debieran valer más.

En fin, yo me considero un coleccionista por diversión y, en ningún caso, veo la filatelia ni como inversión ni como negocio. No albergo la esperanza de tener en mi colección dichos sellos, me considero un modesto filatélico sin aires de grandeza y le dedico tiempo a esta afición porque me divierte y me entretiene, por lo que me parecería impropio tener dos sellos de lujo para mi enorgullecimiento.

En fin, el propietario de “Nuevas Sederías” murió prematuramente de una mala enfermedad y sé que tenía un hijo un año más joven que yo que seguro que maneja el legado de su padre. Valga esta insignificante entrada para testimoniarle un humilde homenaje a este hombre que me introdujo en la filatelia y del que recuerdo imborrablemente su característica voz ronca pero no demasiado grave y un bolsón de sellos con papel que me dio el auténtico empujón para que hoy sea un amante de este arte.

domingo, 1 de mayo de 2011

EL HOCKEY SOBRE HIELO EN ESPAÑA CRECE (II)

Ya me acercaba el año pasado en esta bitácora al hockey sobre hielo, relatando la buena nueva del ascenso de categoría a nivel internacional de nuestra selección española absoluta, pues conseguía la medalla de oro en uno de los dos grupos de la División II, lo que le permitía este año 2011 jugar en la División I que es la antesala de la Top División, es decir, el Campeonato del Mundo Absoluto. En definitiva, España por primera vez en su historia se situaba entre las treinta mejores selecciones del mundo.

Sin duda, toda una proeza para un deporte muy minoritario en nuestro país, donde apenas llegamos a la decena de pistas de hielo homologadas, y donde un escaso ramillete de cinco clubes juegan desde hace décadas a un cierto nivel, Majadahonda, Jaca, Txuri-Urdin de San Sebastián, F.C. Barcelona y Puigcerdà. O sea, hay que tirar de jugadores de estos cinco equipos y, poco más, salvo algún jugador que anda suelto por ahí jugando en países con más tradición que el nuestro en este deporte.

La pasada semana se celebraba, coincidiendo con la Semana Santa, este Mundial de la División I, Grupo A, concretamente en Hungría, donde España se enfrentaría a los anfitriones, más Italia, Holanda y Corea del Sur. Inicialmente estaba prevista la participación de Japón, pero declinó su participación por causa de fuerza mayor por todos conocida, respetándole la Federación Internacional su plaza en esta categoría para la próxima temporada.

Lo que estaba en juego era para el vencedor ascender a la Top División y para el último descender a la División II. Ni que decir tiene que el propósito de España era aprender, aparte de luchar a priori contra los surcoreanos por eludir el descenso. En apenas seis días nuestros jugadores tenían que disputar cuatro encuentros al máximo nivel, con la exigencia física y mental que implica un deporte con mucho contacto y gran desgaste de energía. De hecho, aunque los equipos sitúan en pista a seis jugadores (cinco más el portero), y los partidos duran sesenta minutos, los banquillos llegan hasta la veintena de jugadores, siendo muy habitual los cambios que suelen ser rápidos y trepidantes, y al igual que otros deportes suele haber jugadores especializados en la defensa o en el ataque.

La primera cita era ante el rival quizá más complicado, Italia, los favoritos para el ascenso, y que a la postre conseguirían. Un conjunto el transalpino, formado en buen número por jugadores italo – canadienses, de hecho, al parecer el idioma más utilizado por esta selección no era el suyo propio sino el inglés. El seleccionador español, el también italiano Luciano Basile, les dio una consigna a los nuestros antes del inicio “Recordad, son ellos (Italia) los que están obligados a ganar y nosotros a jugar un buen partido y aprender…”, filosofía sencilla y eficaz, que deberíamos trasladar a nuestros deportes (en mi caso, en el balonmano) cuando tenemos un equipo que es claramente inferior a otro y nos empeñamos en transmitirles a nuestros chavales que pueden ganar, que luchen por ello, cuando no tienen ninguna posibilidad, tal vez haya que darle la vuelta a la tortilla, es decir, partir desde el punto de vista del perdedor para transformar en triunfo un resultado negativo.

En este caso, España fue claramente el ganador moral de ese partido, pues sólo perdía por 2 – 0, mostrando una defensa implacable, que sólo pudieron superar los italianos en esas dos ocasiones y ambas en situaciones de superioridad, lo que en hockey se denomina power play. Cabe recordar que en este deporte, al igual que en el balonmano, hay exclusiones por dos minutos. La gran diferencia es que en el hockey sobre hielo no hay juego pasivo, por lo que los equipos en superioridad (5 contra 4) suelen tener jugadas especiales previamente ensayadas para desatascar a esas defensas que se suelen colocar como muros infranqueables alrededor de la portería y su portero.

En los dos partidos siguientes nuestra selección aterrizaba de esa nube del primer encuentro y caía primero contra Holanda por 8 – 2 (en este choque hacíamos historia al marcar por primera vez en un Mundial de la División I), y después ante los locales, la potente selección de Hungría sucumbíamos por un contundente 13 – 1, encuentro este en el que a buen seguro ha sido el que más espectadores ha congregado para ver a nuestra selección, pues las gradas del Sportarena de Budapest se llenaron con cerca de 9.000 enfervorizados seguidores del combinado magiar.

España podría haber tenido alguna opción de salvar la categoría si las cuentas le hubieran salido, es decir, acudir al último encuentro ante Corea del Sur, con los dos equipos con cero puntos en su casillero, pero los asiáticos siempre eléctricos y correosos fueron capaces de sorprender en la penúltima jornada, venciendo por un explícito 3 – 6 a Holanda.

Con lo que en esa última nuestra roja acudía con remotísimas posibilidades de mantener la categoría, tenía que vencer a los coreanos por una diferencia de goles brutal, para forzar un triple empate ante este conjunto y Holanda y salir victorioso. Empresa nada fácil, que yo creo que tampoco estuvo nunca en la mente de nuestro conjunto, cuyo interés principal era el no irse de vacío en esta su primera prueba de fuego en la élite.

Y mira que los surcoreanos son siempre competitivos e incansables en todos los deportes de equipo, pero una vez más surgió la furia española que se adelantaba por 0 – 1 en el primer período (hay tres de veinte minutos), nuestros rivales equilibraban la confrontación en el segundo período. Nuevamente se pondrían por delante los españoles a quince minutos del final, pero a falta de siete se volverían a poner las tablas en el luminoso, hasta el final del tiempo reglamentario. La prórroga estaba servida, y en este deporte está presente la regla del gol de oro; cinco minutos para darlo todo. España en este caso, aprovechó un error de cambio en las filas surocoreanas para disponer de dos minutos de power play, que rentabilizaríamos al límite, cuando faltaban cincuenta y cinco segundos para llegar al final y todo hacía presagiar que habría penalties (en este deporte, no son como los que conocemos de otras disciplinas sino que es una jugada de ataque franca de un atacante contra el portero, oficialmente game winning shots), el veterano delantero del Pugicerdà Salva Barnola, resolvería una buena acción combinativa para anotar y cerrar el partido. Un nuevo hito en estos días históricos para este deporte, el conseguir su primera victoria en la División I.

Lógicamente España terminaría última de la clasificación y retornará en la próxima temporada a la División II, pero con un importantísimo bagaje y un zurrón lleno de experiencia y magníficas sensaciones, máxime cuando esta gente volvía a sus casas y a su rutina diaria, que no es profesionalmente la práctica de este deporte. Este es un deporte completamente amateur en nuestro país, y los que juegan simultanean entrenos y partidos con sus trabajos o sus estudios.

Espero que el futuro nos depare más historias agradables para esta disciplina un tanto desconocida en nuestro país. Imagino que la idea de nuestra Federación nacional y de su equipo técnico es que podamos mantener esta línea de ascensos y descensos en la División II y la I, para que a medio plazo seamos capaces de consolidarnos en la División I (recuerdo, la categoría de plata de este deporte).

Sin duda, las perspectivas pueden albergar esperanzas de que en los próximos años este deporte va a seguir creciendo. Para empezar más de un tercio de los seleccionados españoles que estuvieron en Hungría tienen menos de 21 años, y algunos fueron puntales básicos de esta selección. Y lo son, porque tampoco desentonan en los Mundiales sub 20 y sub 18 que también se celebran cada año, y donde nuestros jóvenes se codean con selecciones que vienen de latitudes donde el clima favorece la práctica de este deporte.

Por otro lado, está surgiendo un cierto movimiento en algunos lugares de nuestro país donde hay pistas de hielo o puede haberlas en el futuro, así Vitoria, Logroño, Valladolid, Boadilla del Monte (Madrid) o Granada.

Por cierto, ¿qué pasa con Granada? El pasado año recordaba que la ciudad de la Alhambra albergará la Universiada de Invierno de 2015, y en breve asistiremos a la construcción de al menos un par de pistas homologadas. Hasta ese momento, este año ha nacido el Club Hielo Granada. Ya han competido en la Segunda División de nuestro país, haciendo un auténtico malabarismo, pues entrenan en Granada con patines de ruedas y los fines de semana se desplazan a Majadahonda para jugar, consiguiendo ya algún triunfo en esta campaña. Lo que no sé es porque no entrenan de vez en cuando en Benalmádena, donde sé que hay una pista y les pilla más cerca. Imagino que porque estarán esperando a que las infraestructuras de esa futura Universiada ya estén dispuestas.

No me gustaría terminar sin recordar otro momento histórico para este deporte en nuestro país. Este 2011 también hemos asistido a la puesta de largo de la selección española femenina, de hecho, he querido dedicar la foto de esta entrada a nuestras chicas enfundadas con una chula elástica roja. En el Mundial de la División V celebrado en Bulgaria, las nuestras tuvieron una muy buena actuación, en la primera jornada debutaban venciendo por 7 – 0 a Turquía, en la segunda liquidaban a las anfitrionas por 0 – 7 (nada de miedo escénico), en la tercera sufrieron su única derrota ante unas rivales provenientes de un país con mucha mayor tradición de hockey como es Polonia, sólo por 4 – 5, además, en la prórroga, con gol de oro y en una situación de superioridad (power play) de las polacas. Cerrarían su participación con una goleada ante Irlanda, 14 – 0.

Es de destacar un curioso caso y es que en este conjunto femenino milita la jugadora madrileña María Gurrea uno de los referentes de este equipo, que esta temporada ha debutado con el equipo masculino de Majadahonda en nuestra máxima competición nacional, algo impensable en otros deportes; noticia de la que se hizo eco la prensa deportiva.

En fin, bastantes alegrías y buenas noticias nos está deparando el hockey sobre hielo español para la escasísima repercusión mediática que tiene. Este año, sin ir más lejos, Teledeporte transmitió la final de la Copa del Rey en diferido a las 7.30 de la mañana del lunes 28 de marzo, horario de máxima audiencia y claramente tempestivo.

Y para rematar la faena, también estamos avanzando en otros deportes de hielo, ya vamos teniendo clubes de curling, en skeleton tenemos a un Ander Mirambel que se supera día a día, ya comenzamos a tener deportistas en short track (carreras de velocidad en pista corta) y en patinaje artístico estamos este fin de semana con el Campeonato del Mundo de esta especialidad que se está celebrando en Moscú, y nuestro patinador con mayor protección, Javier Fernández, ha conseguido una deslumbrante décima plaza, mejorando en dos posiciones la del pasado año. Javier con tan sólo 20 años está llamado a hacer algo grande en un deporte tan bello como escasamente seguido y apreciado en nuestro país.