sábado, 26 de octubre de 2013

DEL ABURRIMIENTO DE LA FÓRMULA 1 AL ROMANTICISMO, EMILIO DE VILLOTA Y COCHES DE SEIS RUEDAS

«Me aburro», ese es el soniquete con el que mi sobrino Alfonso ha estado martilleando mis oídos a lo largo de muchos momentos de su vida; en fin, la eterna historia de que los jóvenes se aburren... Algo así puedo decir yo de la Fórmula 1 de esta temporada y de la de muchas temporadas atrás. Puedes levantarte temprano para ver la salida, si es el caso de que se celebre el Gran Premio en remotas latitudes, y ver los diez primeros minutos, que después te puedes echar una gran siesta hasta la hora de que suenen los himnos porque con mucha seguridad puedes acertar lo que va a ocurrir.

Ya podrá decir uno de los calvos más famosos de España, Antonio Lobato, eso de «¿quién dijo que la Fórmula 1 era aburrida?», pues yo lo digo y qué pasa. Es que es muy aburrida, no pasa nada, nada de nada (que es menos que nada, como dice ese humorista que tanto me gusta como es José Mota).

Y aunque el susodicho calvo intenta hacer atractivo el asunto, a veces no hay donde rascar; para colmo el tal Lobato creo que ya está de vuelta, aunque lo más probable es que «muera» con Fernando Alonso, porque todos reconocemos que el tándem informador – piloto es perfecto y, además, parece que son buenos amigos. No le niego a Lobato el enorme mérito que ha sido el de elevar los conocimientos de automovilismo en la población española, gracias el empuje de Alonso, figura que es difícil que se repita en nuestro país en décadas, ojalá me equivoque. No obstante, ocurre que el calvo de la Fórmula 1 es a veces demasiado alonsista, en realidad, lo es hasta la saciedad. Como buen español, a todos nos pasa en materia deportiva, ha asumido que ganamos o perdemos por méritos o deméritos propios, no porque el rival es mejor; nos ocurre en fútbol (mucho), en tenis, en baloncesto y, entre otros, también en la Fórmula 1, y muy concretamente con Fernando Alonso, porque me niego a creer que Alonso, que me gustaría que ganara siempre, es el mejor piloto de Fórmula 1 de la actualidad; sinceramente creo que es Sebastian Vettel y ya está.

Dicho esto, creo que actualmente la relación de valor del coche / pilotaje, puede ser en torno al 80% - 20%, y esto es lo que provoca que las carreras sean tan aburridas y que no tengamos conciencia de si a lo mejor uno de los últimos en carrera como es el finés Valtteri Bottas sería mejor que Hamilton, por ejemplo, si pilotara su coche, o si Vettel podría sacar mayor rendimiento a un Caterham que los pilotos de esa escudería.

Y que no pasa nada de verdad, que a mí me terminan pareciendo todos los circuitos iguales, quitando el de Montecarlo o el de Laguna Seca este último en motociclismo, todos tienen lo mismo, rectas, curvas, chicanes. Nadie se atreve a hacer un circuito realmente diferente, arriesgado, con peraltes, al estilo del famoso circuito de Indianápolis, con rectas de cuatro kilómetros, con calzadas que midan treinta metros de ancho (con bastante sitio para adelantar), no lo sé, a lo mejor estoy diciendo una barbaridad, pero la Fórmula 1 se estanca porque no evoluciona y encima Fernando Alonso ya no gana, con lo que todavía nos aburrimos más. ¿Y los coches? Los coches son exteriormente todos iguales salvo las pinturas y los logotipos. Los cambios de ruedas se hacen tan velozmente que no tiene ningún atractivo, tendrían que hacerlo con el gato de mi coche. Ya que ponen cámaras subjetivas en los coches, podrían darnos alguna información relevante sobre consumos, temperatura o, yo que sé, cuánta agua ha bebido el piloto en la carrera, para saber si está sufriendo más o menos. Es todo tan plano que ha habido más de un Gran Premio a lo largo de la historia en el que no ha habido ningún adelantamiento en carrera, o sea, que no sé que entretenimiento puede tener el ver coches dar vueltas a un circuito como si fueran un «Scalextric» con una sola vía.

Viene todo este preámbulo a colación de que antes la ratio que he señalado de valor del coche / pilotaje, aunque seguía teniendo preponderancia el coche, el porcentaje del valor que tenía un piloto y su pericia era mayor que ahora. Con toda seguridad a medida que retrocedemos en el tiempo el piloto tenía más importancia y, por supuesto, el bólido menos fiabilidad (también los circuitos eran más inseguros que los de ahora); eso hacía que hubiera más lucha, no había tanta dictadura como ahora. Realmente la dictadura actual la imponen las escuderías, la que hace mejor los deberes en invierno tiene todas las papeletas para triunfar en la temporada.

Me impactó el otro día la noticia de la muerte de María de Villota, y por un momento pensé en su padre, un tipo que allá por la década de los 70 del siglo pasado provocó que la gente viera la Fórmula 1 en la tele, aunque lógicamente no con el mismo impacto que ahora.

Emilio de Villota
Cuando he repasado la historia de Emilio de Villota en la Fórmula 1 me ha parecido que fue más un pequeño mito que otra cosa, porque su participación en grandes premios fue casi testimonial. Un aspecto interesante de aquella época es que aparte de las grandes escuderías, se permitía participar a aquel piloto privado, imagino que con una buena cuenta corriente, que adquiriera un monoplaza reglamentario, compitiendo al margen de las marcas oficiales y del campeonato de constructores. Por aquel entonces, incluso había una previa clasificatoria, en la que participaban los menos competitivos, que permitía acceder a la carrera de clasificación, es decir, que había bastante movida y no estaba todo tan cerrado como ahora. Pues bien, de Villota estuvo bregando en la Fórmula 1 varios años, en concreto, participó en los años 1976, 1977, 1978 y 1982. Sus resultados fueron francamente modestos, pues participó en la previa de catorce grandes premios, consiguiendo la clasificación definitiva en sólo dos. Los dos grandes premios en los que a la postre estuvo en la parrilla de salida fueron en 1978, quedando en España en el puesto 13º y en Austria en el 17º. En fin, tenía la sensación de que la estela de Emilio de Villota, del que recuerdo que hablábamos los niños en la calle, era más alargada, pero tal vez fue más relevante el hecho de que sus intentos por ser piloto de Fórmula 1 estuvieran trufados de dificultades, escasos medios, equipo limitado, etc.

Aparte del romanticismo que supone el recuerdo de Emilio de Villota, más si cabe por el triste protagonismo que ha cobrado recientemente, no es menos romántico el hecho que ahora voy a relatar, que es verdaderamente o casi, el motivo que me indujo a realizar esta entradilla, yo recordaba que en aquella época en la que nos asomábamos a la caja tonta para ver si ese español tan peculiar podía codearse con los grandes de esos tiempos (Fittipaldi, Lauda, Andretti, Scheckter, Reutemann, Hunt, Stewart) había un coche que era diferente al resto, ¡tenía seis ruedas!

Así que con la participación o no de Emilio de Villota, si me sentaba con mi padre en el segundo lustro de la década de los 70 yo quería que ganase ese peculiar bólido de seis ruedas. No me ha sido difícil conocer la marca y la historia de este coche, o esos coches de seis ruedas.

Tyrrell P34
Aunque a lo largo de la historia hubo tres proyectos de coches de seis ruedas el más famoso y que realmente cuajó fue el Tyrrell P34, las ruedas de atrás eran del mismo tamaño que el resto de las escuderías, pero delante llevaba dos parejas de ruedas, más pequeñas que las otras, que pretendían incrementar la penetración del aire y ofrecer menor resistencia en los desplazamientos, dicho esto de una manera un poco burda y simple.

Este curioso monoplaza compitió en dos temporadas, 1976 y 1977, con unos resultados más que prometedores. En 1976 los pilotos de Tyrrell eran el francés Patrick Depailler y el sudafricano Jody Scheckter; pues bien este último y con este monoplaza conseguiría la tercera plaza del Mundial de pilotos, y Depailler la 4ª. Tyrrell, por su parte, ocuparía la 3ª plaza del Mundial de constructores. Además, el momento culminante de este bólido ese año fue en el Gran Premio de Suecia cuando Scheckter y Depailler coparon las dos primeros puestos del podio.

Al año siguiente, curiosamente Scheckter abandonó el equipo alegando que el coche era una basura y lo sustituyó el sueco Ronnie Peterson. En 1977 los resultados no fueron tan brillantes y el monoplaza acusó problemas de suspensión (por el sobrepeso que suponía la pareja de ruedas) y también calentamiento excesivo de los frenos. Hubo muchas retiradas en carrera, pero aun así esta pareja tocaría pelo, es decir, lograrían algunos podios; Depailler conseguiría un segundo puesto y dos terceros, y Peterson un tercero.

Por cierto, sin quitarle mérito a los pilotos actuales, pero advirtiendo que en la actualidad las medidas de seguridad protegen por fortuna la vida de estos profesionales; antes los que conducían un bólido de Fórmula 1 estaban expuestos a numerosos peligros por la escasa adecuación de los circuitos y los propios coches, tanto Depailler como Peterson morirían años después por sendos accidentes con ocasión de su participación en la Fórmula 1.

La historia del Tyrrell P34 moriría en 1978, de hecho ya no volvió a participar ese año en competición oficial, los problemas que arrastraba en 1977 y que originaron los numerosos abandonos en carrera, fueron insalvables y ahí culminó este romántico proyecto.

March 2-4-0
Por cierto, en la historia existieron dos proyectos más de coche de seis ruedas, uno de ellos con una diferencia sustancial con respecto al Tyrrell, y es que la pareja de ruedas iba en la parte trasera, se trataba de la escudería March y el modelo se denominaba 2-4-0; los pilotos de ese equipo pudieron comprobar que no se ganaba más tiempo con el par de ruedas traseras que con las convencionales, por otro lado, era una marca con pocos recursos y tampoco pudo superar sus problemas de fiabilidad. Por último, también hubo otro modelo similar al Tyrrell, fuel el Williams FW08B pero tuvo problemas con la transferencia de aire en la parte delantera.

En cualquier caso, no queda sobradamente claro que cuatro ruedas motrices en la parte delantera de un bólido de estos y con los medios y avances actuales, no sería un monoplaza competitivo; de hecho, aparte de estos tres coches relativamente famosos, parece ser que con mayor o menor secretismo algunas escuderías probaron coches de seis ruedas, y algunas con resultados alucinantes, pero la Federación Internacional de Automovilismo (FIA), desconozco las razones, prohibió los coches de más de cuatro ruedas y zanjó de raíz lo que podría ser un atractivo añadido en las tediosas y soporíferas carreras de Fórmula 1, ¡qué pena!

viernes, 18 de octubre de 2013

"YOL", DE YILMAZ GÜNEY Y SERIF GÖREN

Yol (El camino), esta película turca de 1981, seguramente desconocida para el gran público, brutal en cuanto a su argumento, temática, música y fotografía, es la más clara demostración de que lo comercial no es necesariamente lo mejor. Una dirección y un montaje impecables nos permiten acceder a un cine diferente, que te deja abierta la puerta a muchas otras producciones que merecen la pena ser vistas y que los circuitos tradicionales te impiden que alcances. También me llena de esperanza, la esperanza de que existe, escondido por ahí, mucho cine que tengo que ver y que me puede dejar sin aliento, como esta película.

En realidad Yol es el camino de regreso de cinco presos comunes en un permiso de una semana hacia sus orígenes; la aparente alegría no es más que una engañosa mueca, un truco de chistera que nos hace adentrarnos a nosotros y a sus personajes en un aventura de retorno que se convierte en una auténtica penuria, en una prolongación de su cautiverio. Ahí fuera les espera una realidad más dura que la propia cárcel, en esa vuelta a la vida habrán de redimirse, tendrán que solucionar los problemas acumulados de varios años de ausencia en apenas unos días.

Yol nos introduce en la Turquía de los años 80, pero además en la más tradicional, en la de los pueblos recónditos, las tradiciones ancestrales, las penosas condiciones de vida... Por momentos la película parece un documental, hace un repaso geográfico del país, de sus gentes y sus costumbres, y va intercalando la historia de los cinco presos que en su camino físico y mental a sus casas.

A uno de ellos, el más alegre y el que menos problemas tiene en apariencia, recibirá su castigo inmediatamente, perdiendo su salvoconducto y quedando retenido en un calabozo pocas horas después de salir de la prisión.

Otro habrá de enfrentarse con las tradiciones, con un matrimonio preparado a medida, con una relación vigilada, donde su margen de maniobra es mínimo; él tratará de ir más allá, liberándose por otras vías ajenas a la tradición, y expresando con severo gesto las normas de una relación tradicional turca.

Pasan ligeramente de soslayo estas dos historias, mientras se intercalan las tres restantes, y cada una de ellas tiene a cual más impacto y más minutos en la película, y efectivamente el curso de las historias va aumentando de interés y de tensión; todas las tramas van creciendo hasta explotar en el desenlace. El final, los finales, son duros, pura adrenalina, el margen para la condescendencia es mínimo.

La tercera historia en interés es la de un vital kurdo que acude a su pueblo en la frontera con Iraq, donde las rencillas bélicas entre esta minoría étnica y la propia Turquía nos adentran en un escenario convulso, pero también en unas gentes que viven en un escenario de terror, desalentador; niños que llevan escrito el miedo en sus ojos, mayores que callan a gritos, casas toscas, rostros toscos. Al personaje de esta historia le llega el permiso coincidiendo con un momento de recrudecimiento de las hostilidades en el que parte de su familia es protagonista, él es un protagonista pasivo y sólo puede tomar decisiones a posteriori.

Por lo que respecta a Mehmet, acude al suburbio en el que viven su mujer y sus dos hijos, a este sí que le espera su auténtica pena. Debe pagar el hecho de que abandonara y dejara tirado a su cuñado moribundo en un robo (por eso está en la cárcel) y que se largara sin ayudarlo, como si de un vulgar perro se tratara; aunque durante mucho tiempo manifestó por miedo que él no tuvo culpa, ahora vuelve con la verdad. Su familia política no le perdonará eso, aceptará a regañadientes que se lleve a los suyos (no tiene intención de volver a la cárcel tras el permiso), no sin antes recibir la reprimenda física y moral de los que les dan definitivamente la espalda. No obstante, en el viaje de regreso hacia una nueva vida, recibirá una desagradable sorpresa, no toda la familia política ha quedado en paz.

No obstante, cualquiera que vea esta magnífica cinta coincidirá en que la historia más potente es la de Seyit, un sobrecogedor «camino» en el que el protagonista tendrá que superar un valle nevado, en unas condiciones durísimas para llegar a la remota aldea donde se encuentran su hijo y su mujer. Esta última ha sido repudiada por su propia familia por haberse metido a prostituta y lleva ocho meses encadenada a base de pan y agua. Los familiares de la mujer esperan y desean que Seyit haga la justicia que ella se merece y que han dilatado hasta su vuelta, pero él decide en una visible lucha interna llevársela consigo y a su hijo. No obstante, la vuelta por los campos nevados será un obstáculo imposible para la esposa, sin fuerzas y mal abrigada. Seyit tendrá un último acceso de perdón y tratará de evitar que muera, llevándola en sus propios hombros. Las escenas que nos muestran estos pasajes son implacables, no dejan lugar a la indiferencia.

Hay que destacar, en la intrahistoria de esta película que su guionista y director principal Yilmaz Güney, un kurdo comunista, estaba en la cárcel al inicio del rodaje, consigue escapar y rodará desde la distancia, entre París y Suiza. Por supuesto, tampoco hay que quitarle mérito a su lugarteniente Serif Gören que supo plasmar las indicaciones de Güney y realizar un trabajo fastuoso a pie de cámara. Parece ser que Güney tomó prestadas las historias de lo que le contaron algunos de sus compañeros de prisión; en principio, iban a ser once narraciones, pero luego se redujeron a seis, y finalmente a cinco, es decir, casi podemos decir que está basada en hechos reales, lo cual conmueve aún más.

Por otro lado, tampoco hay que desdeñar las dificultades que seguro que atravesaría el rodaje de la película; no en vano en la misma se muestra una crítica (no es velada es nítida) al régimen represor de la Turquía de inicios de los 80, a un país anclado en tradiciones ancestrales, donde tal vez la representación más palpable es el tratamiento de la mujer como un ser completamente sometido al hombre, sin decisión, sin futuro, un auténtico cero a la izquierda.

Esta producción obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes de 1982, no es casual. Invito a todo el que llegue a este punto que se interne en Yol y que haga los diferentes caminos que los directores nos invitan a recorrer, se encontrará ante un trabajo bello, con personajes reales, con rostros custridos, con sentimientos que parece que van a sobresalir de la pantalla, y una música (de Sebastian Argol Kendal), delicadamente situada en cada pasaje sensible de esta obra maestra del cine.

viernes, 11 de octubre de 2013

"VIAJE FANTASTICO", UN MARAVILLOSO VIAJE EN BUSCA DE UNA SERIE PERDIDA

Viaje fantástico, una serie de los 70 que me costó trabajo hallar
Sinceramente este es uno de los articulillos que más ganas tenía de escribir y que más tiempo he esperado para hacerlo. Me he tirado mucho tiempo, yo diría que años entre búsquedas infructuosas y apasionantes pesquisas, fundamentalmente por la Red, intentando descubrir, en primer lugar, el nombre de esta serie de televisión y, en segundo lugar, tratar de descargarla a ver si había algún romántico como yo que había tenido esa deferencia.

Vagos, muy vagos eran mis recuerdos de la misma, luego tenía que ser muy niño, y me gustaba muchísimo. Así que me dispuse a echar el lazo entre amistades y webs especializadas e hice un guioncillo para que la gente me pudiese ayudar, y esto es lo que les decía textualmente en un lenguaje llano:

El tema es que estoy buscando con avidez desde hace tiempo el nombre de una serie que se emitió más o menos a finales de los 70 y principios de los 80 en TVE, lógicamente no había otra. Era por las tardes y en verano, en esa franja que actualmente ocupan en nuestras cadenas los bodrios de telenovelas y programas asquerosos del corazón.

No tengo muchos datos, pero los que tengo pueden ser significativos, se trataba de una serie americana o inglesa, en la que el protagonista masculino (podría ir acompañado de una mujer aunque esto no lo tengo claro), en cada episodio viajaba en el tiempo y en el espacio y tenía que resolver algo en ese mundo, podía ser el presente o el futuro, e incluso el pasado. Hay un dato decisivo y es que se hacía ayudar por un viejo actor secundario americano o inglés que murió hace no mucho y que se hacía llamar Willowy, Willoby, Willowee, Willogby o algo parecido.

Pues ya digo que pasarían varios meses, años quizá, en los que iniciaba una ofensiva y no obtenía resultados, me relajaba un poco y volvía otra vez al ataque, hasta que al final, como suele ocurrir en estas cosas, todo llegó de forma casual y, además, repasando en la Wikipedia los listados de las series que TVE emitió en las décadas de los 70. Como casualidad que fue, todos los acontecimientos que vinieron después también puedo calificarlos como curiosamente casuales.

Así que descubrí que la serie se titulaba “The fantastic journey” o “Viaje fantástico”, y una vez completada la búsqueda ya todo fue más fácil, rápidamente accedí al contenido de la serie, fotos de sus personajes, opiniones de aficionados... Se produjo en 1977, por la productora Bravo, era estadounidense y en España se emitiría en 1978.

La gente de mi generación también recordaba, al igual que yo era lo único que recordaban, a ese “viejo actor americano o inglés llamado Willowy, Willoby, Willowee, Willogby o algo parecido” un tipo con cara de buena persona, y yo sabía que tarde o temprano tenía que dar con la serie, ya que esperaba poder ver a ese actor en alguna película, descubrir su nombre e indagar a través de Internet en su carrera artística, para finalmente deshacer mi duda. Pero ocurrió al revés y esta es la primera casualidad, después de haber perseverado en la investigación durante largo tiempo, una semana después de que averiguara el nombre de la serie, vi una película en la que aparecía este actor, la película era bastante conocida, aunque antigua “Qué verde era mi valle”, en la que se podía reconocer a un Roddy McDowall niño, pero con la misma cara que tenía de mayor, es decir, la de no haber roto un plato en su vida.

He de decir al respecto de este personaje que uno de mis tropiezos en la búsqueda es mi nivel de inglés y los recuerdos escasos de la serie. Yo había sugerido los nombres que podía tener en la serie este actor, sonaba directamente a “güilogüi”, pero a la hora de la verdad ni era Willowy, Willoby, Willowee, Willogby, era algo parecido, se trataba de Willaway, concretamente el Doctor Jonathan Willaway, así cualquiera lo iba a encontrar...

Bueno, pues tras el hallazgo del hijo pródigo, vino mi lógica búsqueda de los episodios para visionarlos y a ser posible en español. La búsqueda también se tornó dura ya que estuve varios meses analizando innumerables web en busca de los mismos y nada de nada. De vez en cuando probaba en Emule, hasta que un buen día a algún friki se le ocurrió compartir su tesoro con el resto de los mortales. Y muy probablemente fuera un único friki porque la descarga fue lentísima y tardó muchos días, semanas. Además, se trataba exclusivamente de los episodios en inglés. Cuando comencé a verlos y casi estaba llegando al último o penúltimo episodio hallé un capítulo en español de Hispanoamérica. Me da la impresión, aunque no entiendo muy bien los mecanismos de los sistemas o aplicaciones P2P, que varias personas han grabado o mantienen en sus ordenadores los episodios (yo entre ellos) y eso hace que las descargas sean ahora más rápidas, que realmente lo son más que hace un tiempo.

Y a todo esto, y retomando con el principio, pero ¿de qué iba la serie? Pues eso, la base fundamental era que un grupo de personas vagaban por el espacio-tiempo buscando volver a su presente (se habían perdido en el Triángulo de las Bermudas) y aparecían en el pasado o en el futuro, donde siempre encontraban un grupo o parte de una civilización de buenos y malos, donde ellos ayudaban lógicamente a los buenos e intentaban dinamitar el yugo de los malos; dicho esto de forma muy genérica y somera.

Lo cierto es que leyendo la historia de la serie en Internet, que aunque somos pocos la que la recordamos está considerada una serie de culto, parece ser que la idea con la que nació fue variando posteriormente. De hecho, el episodio piloto parece no tener relación con lo demás, o más bien es la excusa. En realidad, el punto de partida del Triángulo de las Bermudas, yo ni lo recordaba, y es que se demoró varios meses la realización de los capítulos posteriores al episodio piloto.

Pero bueno, después de haber visto ese capítulo inicial lo que ocurre es lo siguiente, el profesor Jordan dirige una expedición al Triángulo del Diablo (se evitó pronunciar el famoso nombre de la zona), junto a su hijo Scott y su mujer. También está el doctor Walters, el capitán Wallace y dos hombres y una mujer más (dos científicos y otro que parece ser el ayudante del barco). Se pierden en una nube verde, naufragan o llegan a una isla desierta y comienzan a ocurrir acontecimientos extraños. Comienza aquí lo friki de la serie, pues se encuentran a un tipo extraño vestido de indio (indio de Estados Unidos) que parece que no habla el inglés. Nuestros personajes, a su vez, se ven atrapados en un escenario del pasado, tal vez la Edad Media, donde hay un pueblo que vive de forma muy violenta, gobernado por un sátrapa. De buenas a primeras, el indio abandona sus ropajes, comienza a expresarse en inglés, dice ser del futuro (del siglo XXIII), los lleva a su nave y comienza a ayudar a nuestros amigos. Este misterioso hombre del futuro lleva consigo una especie de tenedor de cristal de dos puntas que emite energía (luz intensa) cuando se le aprieta con fuerza y es capaz de curar y abatir enemigos, todo un comodín energético.

El primer episodio se resuelve de forma un tanto errática, pues caerá el capitán del barco (el más veterano de todos), ya que su afán de riqueza le lleva a una habitación con joyas y tesoros y le pica una serpiente, y también desaparecen sin que trascienda el porqué, o al menos yo no lo recuerdo dos hombres de la expedición. Así que Varian (el del siglo XXIII), Scott (el niño), su padre, su madre, la joven científica y el doctor Walters salen por piernas de ese mundo, literalmente teletransportados por una luz cegadora y aparecen en otro mundo. Pero en ese nuevo mundo ya sólo están Varian, Scott y Fred Walters, habiendo desaparecido los padres de Scott y la joven científica. Al parecer han vuelto al presente y nuestros tres amigos tendrán como misión volver a su presente también, pero no lo tendrán fácil.

Hotel Westlin Bonaventure
Así que tras el primer capítulo o capítulo piloto, vendrá el segundo en el que los tres aventureros llegarán a un lugar llamado Atlantium (por cierto la sede de este planeta o mundo es el futurista hotel Westlin Bonaventure en Los Ángeles). Son recibidos con cordialidad y sus anfitriones les prometen ayudarles a volver a sus casas. Pero poco a poco descubrirán que todo es una patraña, y que intentarán aprovecharse de ellos para aumentar el poder de una especie de cerebro rojo, un poco cutre que es el adalid de ese mundo. Allí conocerán a la bella Lianna, acompañada de su gato Sil-el con el que se comunica por telepatía. Lianna es hija de un atlante y una extraterrestre. En ese mundo resolverán el entuerto derrocando al cerebro dictador y colocando a un hombre justo al frente. Tras este nuevo episodio Lianna y su gato se incorporan al grupo de protagonistas de la serie.

No culminarán las incorporaciones al elenco, pues los cuatro y el minino aparecerán en un nuevo mundo futuro, donde también se encuentran a un dictadorzuelo, el doctor Jonathan Willaway, que dirige un ejército de humanoides creado por él mismo, no en vano estamos ante un científico de los años 60, es decir, un hombre del pasado pero, de algún modo, adelantado a su tiempo. En ese capítulo Willaway hace de malo, nuestros amigos también desmontarán su estructura artificial, y no tendrá más remedio que acompañar a la expedición.

Así que tras estos tres capítulos, un poco raros bien es cierto, porque el inicial no tiene mucho que ver con el resto, y los otros dos parecen improvisaciones del director, finalmente el resto de capítulos mantienen un esquema similar, con los personajes definitivos, apareciendo y desapareciendo en mundos alternativos a través de un túnel del tiempo que es una luz brillantísima que los absorbe. Lo que ocurre es que sólo hubo diez capítulos, salvo el primero, todos de tres cuartos de hora de duración (se dividían en tres partes, y probablemente en TVE se harían en dos partes para que durara más en la parrilla). Parece ser, me he enterado después, que la serie no funcionó y la cortaron de raíz, tan de raíz que nuestros cinco amigos llegaron a ese último capítulo que no resuelve nada, es decir, que no vuelven al presente; así que los pobrecillos seguirán vagando por el futuro y por el momento no han vuelto a ver a sus familias.

Gracias al capítulo que está en español, he podido sacar lo que el locutor decía al iniciarse la serie, presentando a los personajes lo siguiente: “Varian, un hombre del siglo XXIII que posee asombrosos poderes. De 1997 Fred, un joven médico recién egresado de la facultad. Scott Jordan, el hijo de 13 años de un famoso científico. Lianna, hija de padre atlántido y madre extraterrestre. Jonathan Willaway, científico rebelde de la década de 1960. Juntos se enfrentan a lo desconocido en Viaje Fantástico.”

Creo que a los niños de mi época nos gustaba mucho porque los personajes aparecían en mundos nuevos cada vez, y todo era diferente, pienso que era una serie de una temática que jamás habíamos visto hasta ese momento, considerando nuestra corta edad. Recuerdo que se pasó en verano, en torno a la hora de la siesta, y que yo después me iba a una piscina pública (tenía el abono, el premio que me hacían mis padres por haber terminado bien el curso escolar), y los niños comentábamos el capítulo mientras íbamos caminando.

Los personajes de la serie, entre ellos Sil-el
Desde luego, viendo la serie te das cuenta que tampoco los productores le prestaron demasiada atención, es decir, no contaban con demasiados medios, los escenarios son muy cutres, sobre todo los futuros, los que se tienen que inventar; del mismo modo, los capítulos tienen poca presencia de reparto, para no encarecerla; y aunque el argumento y la trama me gustan, dejan muchas sombras en torno a su capacidad para aterrizar en nuevos mundos. Hasta vi en un capítulo que se veía en la parte superior de la pantalla un micrófono, que obviamente se coló hasta en la postproducción.

Para terminar, he pasado ratos muy agradables revisionando la serie, aunque sea en inglés; prácticamente no me acordaba de nada. Me quedo con la imagen de Willaway, que después del capítulo en el que es muy malo, se convierte en muy bueno, en la auténtica estrella de la serie porque derrochaba bondad con su cara de inocente.

Mi joven gatito murciano-bailenense Sílel
Y la última casualidad digna de reseñar es que estando ya pergeñando esta entradilla se encontró mi mujer vagando por una calle de Águilas (Murcia) como ser perdido en este mundo a un gatito de días; como tenemos querencia en mi familia a sensibilizarnos con estas situaciones, y mi hijo parece haber heredado nuestro gusto por los animales, dado que no encontramos familia que lo acogiera, ya vive con nosotros y, huelga decir, que el gato tiene la misma cara que Sil-el el de la serie (sugiero al lector que haya llegado aquí que haga la comparativa de las dos fotos gatunas); así que ni cortos ni perezosos ya tiene nombre para los restos, se llama Sílel.

sábado, 5 de octubre de 2013

"EL CORONEL CHABERT", DE HONORÉ DE BALZAC

Ya dije hace unas semanas que no necesariamente lo nuevo es lo mejor en el terreno literario, ni yo me dedico en exclusiva a tantear los últimos lanzamientos. De hecho encontré por casualidad en la biblioteca municipal de mi pueblo esta joyita, una miniatura de Honoré de Balzac, editada por Alfaguara en 2011 (por cierto, en edición no venal, entiendo que es un obsequio a determinadas instituciones) y que demuestra que una obra del segundo tercio del siglo XIX, que amén de su temática, en su espíritu y en los planteamientos humanos que desarrolla, está plenamente vigente.

Es más, como siempre he odiado a aquellos autores que se recrean en detalles que no aportan nada al conjunto más allá de su propio enaltecimiento; en esta novela Balzac condensa en poco más de cien páginas un contenido perfecto, con una historia que va creciendo y cuyo desenlace, no por ser esperable, te lleva a reflexionar ampliamente. Son de esas historias que dejan poso, sobre todo porque basculan sobre la condición humana, quizá la más salvaje de las condiciones.

Adentrándonos en el contenido, desde los entresijos de un despacho de un abogado parisino a inicios del siglo XIX, descrito con un asombroso realismo, los escribientes, pasantes y recaderos del ilustre procurador Derville, observan como aparece un siniestro personaje que parece salido del mismo infierno.

Los chupatintas que forman parte de la peculiar fauna de esta ajada oficina no tienen mejor ocurrencia que burlarse de él citándolo con su jefe de madrugada. Por suerte este parece estar hecho de una mejor pasta que sus subalternos y dados los antecedentes y el misterioso aire que rodea al inopinado personaje, accede a recibirlo a tan intempestivo horario.

Chabert, que es como dice llamarse, cuenta una historia increíble, en la que llegamos a la conclusión, pues, de que no sólo parece salido del infierno, sino que es que ha renacido desde el fondo de la tierra. Así es, Chabert dice ser un célebre coronel francés, en período napoleónico, cuando nuestros vecinos eran el azote de Europa, que cae en la batalla de Eylau, en esa época perteneciente al vasto reino prusiano y hoy es la ciudad rusa de Kaliningrado. Dado por muerto y enterrado junto a montones de soldados en una fosa común, con gran esfuerzo y ayudado por los miembros de algún anónimo, callado e involuntario colaborador consigue salir a la superficie nevada. Es recogido por una humilde familia que después de tenerlo en su casa medio año lo traslada al hospital de Heilsberg, en la actual Polonia, donde yace durante otros seis meses, librando una batalla entre la vida y la muerte hasta que al final consigue recordar quién es.

Muerto en vida, enfermo y desnudo sin más propiedades que lo que lleva puesto y sus recuerdos, vaga por toda Europa con el objetivo de volver a su casa y volver a ser quien fue, un hombre prestigioso, con una importante fortuna y con una bella mujer. Pero en Francia no encontrará más que puertas que se le cierran.

Sin identidad, sin dinero y con una mujer que asumiendo la muerte decretada de su cónyuge y que ha contraído feliz e interesado matrimonio y tienes dos vástagos; Derville será tal vez su último cartucho, un último intento por volver a la vida definitivamente.

Derville en un ejercicio de generosidad infinita lo cree y lo provee económicamente a cuenta de los resultados futuros de sus gestiones nada sencillas. Ha de pedir los papeles de identidad que se hallan en el hospital prusiano de Heilsberg e iniciar una serie de argucias legales y una estrategia con la “viuda”. Obviamente, esta no querrá saber nada de esta sorpresa que le ha deparado el destino y que pretende desmontar el bienestar de que goza y que, por supuesto, ante un muerto en vida, aceleradamente envejecido, no va a ceder un ápice.

Los movimientos ajedrecísticos se suceden y la buena señora, que reconoce que ese pordiosero Chabert fue su marido, en un último intento por mantener su posición, apela a la sensibilidad y pone contra las cuerdas a su ex (mostrándole su hogar, presentándole a sus niños...). Chabert se dará cuenta de la artimaña cuando estaba ya casi derrotado, y reniega de aquella que compartió su lecho.

Pero, en todo caso, ya es demasiado tarde el desprecio que siente de los que fueron sus seres queridos, sus allegados, las instituciones..., le supera. Termina admitiendo que es mejor vivir con dignidad aunque no tenga nada, dice Chabert textualmente: “vale más llevar lujo en los sentimientos que en la indumentaria, no le temo al desprecio de nadie”.

Concluye esta novelita, que es una auténtica introspección en la condición humana, con un breve alegato de Derville, en el que relaciona lo que es capaz de hacer un ser humano por dinero o por una posición, familias que se desmiembran por una herencia, padres que odian a sus hijos y viceversa (hasta el límite de la muerte, y lo vemos cada día en los medios de comunicación)... Y dice una frase muy sabia: “todos los horrores que los novelistas creen inventar, están siempre por debajo de la verdad”. Cuan cierto es, y simplemente me pregunto tras las experiencias que vivimos a diario, ¿qué horrores nos quedan por ver?