sábado, 31 de diciembre de 2016

CURRO CÓRNER O UN TUERCEBOTAS AL PODER QUE NOS LEGÓ EL GRAN OZELUÍ

CURRO CÓRNER
Curiosamente cuando pasaba mis años universitarios en Granada y compraba de forma bastante habitual «El Jueves», me enteré de que uno de los historietistas más reconocibles de la revista, Ozeluí, era de Granada, y desde ahí, desde su retiro nazarí pergeñaba cómics que luego mandaba a Barcelona cada semana, entre ellos el que a mí me gustaba especialmente era el de Curro Córner.

Nunca lo llegué a conocer personalmente a Ozeluí, aunque es probable que me lo hubiera cruzado alguna vez por la calle, pero casi desde el principio sentí un especial cariño por este historietista, por aquello de que uno que vivía a mi lado diseñaba también para la revista satírica más reconocida de nuestro país. Signo inequívoco también, de que aunque con cierta dificultad, el talento no tenía y no tiene fronteras, y cuando este existe no era necesario estar en un punto neurálgico; de hecho, Ozeluí siempre vivió y vive en Granada, y como él mismo ha señalado en alguna ocasión, primero era Correos, Seur, y ahora todo con Internet es más fácil, ahora las distancias son solo geográficas y sus trabajos están en la editorial con tanta inmediatez como si trabajaras in situ en su misma sede.

Y Curro Córner era un personaje que pintaba perfectamente para «El Jueves», en una revista que tenía prácticamente de todo y que repasaba los temas más candentes del panorama patrio, encajaba un personaje futbolero, aunque fuera tan atípico y crápula como este, y percibiera el deporte rey desde una perspectiva muy desenfadada.

Tan desenfadada era la caricatura que Ozeluí hacía del fútbol que la cancha de juego es solo una excusa para construir un personaje que no destaca por sus valores deportivos sino que pulsa sobre otros aspectos latentes de este espectáculo como la corrupción, la triquiñuela o la marrullería; aunque esto sería, obviamente, ofrecer una imagen parcial de Curro Córner que, ante todo, es un personaje de historieta que no solo vive para el fútbol, de hecho, para Curro el fútbol es, en muchos casos, un plomo, porque lo que él quiere es vivir la vida. Curro Córner es un mujeriego impenitente que se beneficia a todas las vecinas de su bloque, a las mujeres de los directivos de su equipo, el Pollastre F.C., e incluso a las novias de los jugadores rivales; realmente es en la cama donde mete los goles. Y para estas argucias necesita tiempo y recuperación, por eso le cuesta llegar a los entrenamientos del día siguiente, entre otras cosas porque prefiere desquitarse en un bar o en casa viendo, por ejemplo, un apasionante Camboya-Bangladesh.

Ozelui lo ha reconocido muchas veces que a él no le gusta el fútbol, que no pierde minutos en ver partidos en la tele y que, en cierta forma, Curro Córner es una extensión de todo lo que huele mal en el fútbol, aunque de una forma muy simpática. Del mismo modo, no es que Curro Córner sea un antihéroe, porque desde luego sus historietas terminan muchas veces bien, y porque donde triunfa es en sus conquistas amorosas efímeras, sino que también representa por cercanía al típico futbolista de éxito que siempre anda metido en líos, dentro y/o fuera del terreno de juego. Y es que Curro Córner, con las lógicas distancias, tiene características de Pepe, Balotelli, Dani Parejo, o el mismo Sergio Ramos, del que recuerda Ozeluí, que con aquella caída de la copa desde el autobús le hubiera dado para mucho.

Pero Curro Córner no fue siempre jugador de campo, de hecho, en los primeros años Curro era un aficionado recalcitrante del Pollastre F.C., fiel seguidor de sus colores, pero también forofo de la selección española y del fútbol en general, capaz de sacrificar todo o casi todo (las mujeres no) por presenciar un apasionante Mongolia-Islas Feroe. En esa primera etapa, Curro ya iba ataviado con una bufanda y un gorro con los colores de su equipo (amarillo y verde) y en su segunda etapa, en la que Curro ya se convierte en jugador del Pollastre, sigue saltando a la cancha con la bufanda y el gorro, como confirmación de su origen en la grada, y eso sí, tocado con un prominente tupé sesentero, que le da un aire como de cuñado soltero siempre enrolado en la fiesta.

En su etapa de jugador, Curro no es una superestrella, es más, chupa bastante banquillo, y cuando le toca jugar intenta buscar mil y una artimañas para engañar a los contrarios y conseguir perforar la portería rival, muchas veces con éxito. Es todo un portento en el arte de sacar de quicio a sus contendientes, igualmente muestra tangible de que, en mayor o menor medida, muchas veces en el fútbol real, también se sueltan todo tipo de exquisiteces entre los mismos jugadores.

Curro Córner tengo entendido que ya se jubiló, desde 1992 se mantuvo unos veinte años en las páginas de «El Jueves», y Ozeluí podría haberlo reciclado en directivo o algo así, pero parece que el personaje ya estaba un poco saturado, aunque desde luego ha sido y será un icono de referencia dentro de la historieta actual.

En cuanto a las características técnicas del dibujo de Ozeluí en Curro Córner hay que señalar que es bastante minimalista, el dibujante no se detiene especialmente en detalles, economiza bastante, sus viñetas son muy visuales, quiere que la idea se capte con los menos elementos posibles, y lo consigue. Lo consigue porque a veces sus diálogos no existen, se trata de cómics sin palabras, el personaje lo dice todo. También lo logra porque su trazo a pesar de ser económico es contundente y porque, desde el principio, decidió que el color debía inundar sus creaciones; y es que Curro Córner es puro colorido, llama mucho la atención, eso y que no abundan generalmente los textos y que sus historietas no duren más de dos páginas, la mayoría de las veces solo una, hacen que invite a enamorarse de él.

Por otro lado, también hay para mí un cierto elemento afectivo y es que Ozeluí destila en Curro toda el habla granadina que, en cierta manera, es muy común o muy conocida en toda Andalucía Oriental; esos giros y esas frases hechas me lo conforman más si cabe, como un personaje mucho más cercano.

Y es que Ozeluí, que curiosamente hizo Ciencias Biológicas en su juventud y que trabajaba de guarda forestal, pero que lo dejó por el cómic, ha sido un dibujante relativamente conocido en Andalucía, y en muchas publicaciones institucionales he podido ver sus colaboraciones y sus trabajos, es todo un referente. Igualmente es un referente porque lleva más de tres décadas dibujando las carocas que se colocan cada año en las Fiestas del Corpus en la Plaza Bib-Rambla de la capital granadina.

Pues nada, larga vida a Ozeluí (José Luis Prats, hijo de catalán y granadina), un veterano dibujante andaluz nacido en 1953, del que dice que su inspiración principal ha sido la del grandísimo Vázquez. A buen seguro que Ozeluí seguirá deleitándonos con su arte mientras su viva inspiración le siga despertando cada mañana bien tempranito para ofrecernos un poquito de alegría fresca y desenvuelta.

sábado, 24 de diciembre de 2016

EN BUSCA DE LA REINVENCIÓN DEL SELLO DENTADO

SELLOS CON SEMILLAS INCORPORADAS
Pues sí soy filatélico, es decir, que colecciono sellos y esta se encuentra entre una de mis principales aficiones. Cómo será el asunto que mi hijo, probablemente sin excesivas injerencias externas (es un niño adoptado y lleva en España cuatro años y medio), me dice desde hace mucho tiempo que soy un friqui, por eso y por otras cosas más.

Pues sí lo soy, y a mucha honra, es de recibo pensar que somos bichos raros, porque resulta inhabitual que te encuentres con alguien que no ya solo colecciones sellos, sino simplemente que sepa definir lo que es la filatelia, de hecho, el otro día le preguntaban en un programa de televisión a un grupo de jóvenes acerca de este sustantivo y casi ninguno acertó. Y esa es otra, si de por sí somos habas contadas, reconozco que no sé de nadie cercano o lejano que sea amante de la filatelia y tenga menos de treinta años.

Y ya lo he comentado en más de una ocasión en esta bitácora, yo que estoy cercano a la cincuentena soy de los más jóvenes de mi grupo filatélico, y lo que se cuece en este mundillo está dominado por personas mayores, muy mayores, basta con repasar las revistas filatélicas para convencerse de esto. A esto estamos abocados, y en dos o tres décadas yo seré uno de ellos.

El destino de la filatelia en España, y digo en este país, que es el que conozco, es muy negro, el sello dentado está de capa caída y Correos desde que se convirtió en una sociedad estatal no quiere saber nada más que de beneficios, menos de servicio público y nada de patochadas filatélicas o de cultura. Lo he vivido en mis propias carnes y el que ama la filatelia sabe de lo que hablo y es que Correos, el ente que debiera mimar a sus abonados filatélicos, por aquello de que es quien emite los sellos, pasa olímpicamente, y a sus empleados los aprieta para que sean rentables: franqueo pagado, matasellos y a otra cosa mariposa, rapidez y eficiencia, y si lo puede hacer una máquina para quitar operarios mejor; dinero, dinero, dinero...

A todo esto, la modernidad de este siglo XXI con todo lo que comporta ha devenido en que el coleccionismo esté muerto en todos los ámbitos y en su sentido más genérico, y más aun para la filatelia porque para que haya cercanía a esta afición-arte tiene que haber presencia de sellos en la sociedad, en los domicilios, en las oficinas..., y no hay tal presencia; es muy probable que un niño de diez años en nuestro país jamás en su vida haya visto un sello dentado.

SELLO CON CÓDIGO QR
Suelo ser bastante crítico con los motivos de las series que Correos emite cada año, que son obra y milagros de la Comisión Filatélica del Estado, encargada de realizar las programaciones y de decir a los diseñadores de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre u otros artistas libres contratados al efecto, sobre qué es lo que tienen que diseñar. Y como digo aunque suelo dar caña (escribo sobre las emisiones anuales en la revista del Grupo Filatélico Virgen del Carmen de Jaén, al que pertenezco), ya no es tanto acerca del diseño, que a veces sí, como por los motivos y temas a veces anacrónicos o irrelevantes, que contribuyen a hacer menos atractivo si cabe, todo lo que gira en torno a la filatelia.

Por eso rompiendo una lanza en favor de esos diseñadores, en la mayoría de los casos anónimos, es de valorar que intenten cambiar algo del sello tradicional que hemos conocido durante años y años con unas medidas que aproximadamente están entre los 2,5 cm. de altura y 3-4 cm. de ancho.

El sello aun siendo un elemento teóricamente tridimensional, en la práctica es bidimensional, es decir, es un papel fino con un dibujo en un lado y goma en el otro, de unas dimensiones reducidas para facilitar su alojamiento en las cartas.

Esa configuración bidimensional no impide que el formato sea inamovible, bien es cierto, que en comparación con la numismática, esta por su carácter tridimensional parece permitir más juego: formas (redondas, cuadradas, triangulares), metales diversos, relieves, hendiduras (agujeros en el centro)...

El papel al fin y al cabo es eso, celulosa y podría dar la impresión de que más allá del diseño (dibujo o foto y colores vistosos y de lo más diversos), tiene menos versatilidad que la moneda y realmente no es así.

SELLO EN FORMATO 3D
Nuestros diseñadores patrios se esfuerzan más por obligación que por convicción, dado el consabido, y que seguro que para ellos no es ajeno, escaso impacto mediático de lo que hacen; pero bueno en España actualmente se están haciendo sellos con colores metálicos, se están introduciendo texturas (arena), para dar la sensación de relieve, incluso sabores en las gomas y, del mismo modo, se están variando las formas para romper con el tradicional formato rectangular. También aunque esto no esté del todo logrado se llevan a cabo diseños en 3D, y como un modo de alojarse en la modernidad se les ha introducido a algunos un código QR, con la idea de que desde un dispositivo móvil podamos acceder a más información en torno al motivo del sello.

No obstante, mi afición por la filatelia y mi modesto conocimiento de los sellos a nivel mundial, me permite destacar que a base de imaginación un simple papel puede ser mucho más versátil de lo que se puede pensar.

Recuerdo con especial cariño, aunque verdaderamente no sé cómo llegó a mis manos, un sello de Rumanía del que se adivinaba con claridad que había sido pasado por un troquel, en el algunos lugares lo llaman sellado en seco y que deja un suave relieve muy efectista.

Del mismo modo, tengo un sello muy curioso de Malasia que me regaló mi amigo Miguel Ángel Angosto, que de este tema sabe mucho más que yo, en el que venía una pequeña semilla pegada en el mismo (seguro que con alguna silicona fácil de extraer con la mano, pero también lo suficientemente sólida para que no se desprenda con la fricción del papel y el traqueteo de las comunicaciones postales). Creo que una interesante manera de divulgar la cultura vegetal.

También se ha percibido que la nueva dimensión de los sellos adhesivos permiten llevar partes precortadas y que se pueden extraer a modo de cromo. Es el caso de las figuras del belén que el año pasado puso en marcha Correos en el que se irían alojando en sucesivos años en una especie de hoja bloque, a modo de un belén de miniatura. A mí esto no me gusta, pero es un ejemplo de las posibilidades que nos ofrece el sello.

Y no se queda ahí, al fin y al cabo, los sellos, papel, celulosa, podrían configurarse como pequeñas obras de arte, algunos lo son por su diseño, puesto que esas posibilidades de expansión de los formatos son infinitas y si incorporáramos las supermodernas impresoras 3D, que es algo de lo que se va a hablar mucho en los próximos años (de verdad que pienso que es el invento de esta próxima década), estaremos ante una auténtica revolución y reinvención del sello dentado. Si se aprovecha esta tecnología en la filatelia, siempre debidamente mensurada, grandes emociones nos esperan.

En definitiva, el sello está evolucionando y debe hacerlo mucho más, aunque en España bien es cierto que con solo una innovación formal no es suficiente, hace falta una verdadera revolución en las estructuras para reactivar el sello, y esto no es fácil tal y como está montado el tinglado ahora, donde solo se mira la economía, y la cultura está directamente defenestrada.

sábado, 17 de diciembre de 2016

ISMAEL TRAGACETE, LA LEYENDA DEL ÚLTIMO GRAN CAZADOR CLÁSICO

Ismael Tragacete
En aquellos mis años universitarios en los que lógicamente no existía Internet, acudíamos a otras fuentes de información que aunque hoy perduran, han sido sobrepasadas por la vorágine digital. Pese a esa aparente ausencia del dato instantáneo yo creo que esto tampoco nos limitaba especialmente, es decir, que estábamos bien informados y los de mi generación disponíamos de un buen poso de cultura general, que tal vez las generaciones actuales no poseen a causa precisamente de tanta información y tanto entretenimiento fácil y bobo. Quizás antes había esencia y hoy hay mucha morralla.

Pues con mis dos mejores compañeros de aquella época (mis dos Alfonsos) teníamos la sana costumbre de poner en juego nuestra cultura general algunas tardes, en una especie de Trivial Pursuit sin reglas, de entretenernos haciéndonos preguntas de todo tipo buscando la sapiencia de los demás, sustentados en los conocimientos que adquiríamos leyendo libros, prensa, viendo televisión o yendo al cine...

Por aquel entonces yo tenía la buena costumbre de adquirir cada mes de abril el «Anuario El País», un fantástico volumen editado por el periódico del mismo nombre (por aquella época de finales de los 80 y principios de los 90 yo era un asiduo lector de ese diario), en el que se recogían un montón de artículos de periodistas de prestigio sobre todo tipo de materias en relación con las secciones habituales del periódico y de su semanario, y sobre todo, y lo que a mí me llamaba especialmente la atención era que disponía de un montón de estadísticas varias que yo devoraba con avidez y que me ocupaba mucho tiempo, y es que antes me encantaba la estadística, ahora me sigue gustando pero menos.

Por cierto, que con una nueva vida para mí, con el curro y más vida social, ya pasé de comprar el Anuario, pese a que me consta que se sigue haciendo, y ya con la llegada de Internet, tampoco me pareció relevante disponer de todos esos datos, cuando a golpe de clic los tenías de forma inmediata.

Aquel Anuario representaba para mis compañeros y para mí una fuente de conocimiento impresionante. Yo leía todos los artículos, salvo alguno de temas que no me interesaban, y por supuesto, no me perdía ninguno de los relacionados con deportes y ocio. En el Anuario de aquel año 1989 aparecía un curioso artículo sobre caza y sobre la hazaña del campeón nacional de ese año de caza menor con perro, Ismael Tragacete, el toledano que había logrado por quinta vez consecutiva el entorchado nacional, y que se erigía como uno de los mejores deportistas españoles del momento, en una disciplina un tanto controvertida; de hecho aquel artículo no eludía toda clase de elogios a este genio de la escopeta. Ni que decir tiene que Ismael Tragacete, una especie de héroe anónimo, se convirtió para mis compañeros y para mí en una especie de mantra, era nuestro deportista de élite de andar por casa, era un desconocido que para nosotros era un amigo; Tragacete fue siempre un recurso para iniciar una charla en un bar, el guía que nos hacía levantarnos para ser mejores, el que inspiraba nuestros exámenes, nuestro héroe.

Desde luego, sin intentar meterme en camisa de once varas, he de decir que ni soy aficionado a la caza, ni me gusta, ni entiendo mucho, por eso, espero no expresar ninguna inconveniencia a partir de ahora.

El hecho de que no me guste no excluye que como deporte que es, con todo lo que la caza supone, o sea que es una actividad que se produce porque el ser humano es el dominador de la humanidad e implica la muerte de animales, pues tiene su componente competitivo que implica un entrenamiento físico concienzudo por parte de sus practicantes y, por otro lado, que tiene una vertiente natural que me gusta; se trata de un deporte intrínsecamente unido a la naturaleza y ahí le encuentro cierto atractivo, sobre todo me pasa cuando veo los espectaculares reportajes de un programa mítico de TVE como es «Jara y sedal», una producción realizada con rigor y profesionalidad.

¿Por qué realizar un artículo sobre caza menor? Partiendo de la base de la simpatía que me inspira el nombre de Tragacete, hace unos días leí acerca de la reducción de licencias de caza y cómo sus practicantes estaban envejeciendo y no se producía el necesario relevo generacional. La caza no goza, al parecer, de buena salud porque decaen las licencias y la gente joven no se interesa como antes en esta práctica. Este dato me hizo retomar otro del que no soy ajeno y es que por una especie de resorte psicológico, después de Tragacete he procurado, en alguna ocasión, conocer qué se cocía en el Campeonato de España de caza menor con perro.

Que yo no sea aficionado a la caza no quiere decir que no sea partícipe de su valor ecológico, en este sentido, soy partidario de la caza legal, aquella que se sustenta en planes de caza y que tiene como fin primordial el aprovechamiento sostenible de las especies cinegéticas, es decir, que gravita sobre la necesidad de que en las zonas de caza se tienda a un equilibrio ecológico, esto es, aquel en el que coexistan todas las especies autóctonas en un número tal que pueda supervivir toda la diversidad ecológica sin alteraciones significativas en el tiempo. Y, a todo esto, quiero pensar que dichos planes son elaborados por técnicos cualificados que estudian las características de las áreas objeto de caza para que su contenido sea el adecuado.

Por eso, aunque yo sea incapaz de matar a una simple hormiga y que cada vez estoy más convencido de que alguna vez en mi vida probaré a ser vegano o vegetariano, debo respaldar a los cazadores legales, los que van por derecho, los que saben que cazando lo que les corresponde garantizan la caza para muchos años o para siempre, los que no manipulan sus armas, los que hacen sus cursos, pagan sus licencias y sus cotos, no dejan los cartuchos tirados en el terreno y los que (y esto lo digo desde el desconocimiento más absoluto) intentan realizar el disparo más certero para que la muerte de los animales sea instantánea.

En contraposición a esto, rechazo frontalmente el furtivismo, y todas aquellas prácticas ilegales y egoístas que se cargan la caza, incluso especies protegidas; esos que viven en un «pan para hoy y hambre para mañana», en detrimento de los buenos cazadores que no solo sostienen, a su manera, el medio ambiente, sino también a un montón de empresas y de familias que se dedican profesionalmente a este sector.

Ismael Tragecete
Retomando un poco la figura de Ismael Tragacete, el bueno de Ismael llegó a ganar seis entorchados nacionales e incluso uno del mundo, en 1990, cuando estaba en la cresta de la ola. Tragacete, un tipo menudo de músculo duro, de esos hombres de campo de toda la vida, con su característico bigotillo, era un excepcional cazador, prácticamente no fallaba nunca, y era un superhombre en el que se combinaba su agudeza visual, su buen pulso, su instinto y conocimiento de los «datos» de la naturaleza, unas piernas prodigiosas y un can, su binomio, excepcionalmente entrenado para esta disciplina.

Lo de las piernas resulta como poco curioso, en uno de los reportajes publicados tras una de sus victorias nacionales, el periodista aludía a que el toledano había recorrido 65 kilómetros en 7 horas cruel, de tal forma que necesitaba que relevaran en varias ocasiones al juez de campo que acompaña al cazador en los campeonatos para verificar la legalidad de las capturas. Sin duda, 65 kilómetros se me antojan excesivos, y calculados muy por alto dado que a finales de los 80 y principios de los 90 no existían aparatos tan habituales para nosotros hoy como un móvil con GPS; y es que correr, porque es casi correr, 9 kilómetros a la hora no los conseguimos algunos días muchos de los que salimos a correr y estirar las piernas por ahí.

Ismael Tragacete ostenta seis títulos nacionales y es difícil que, en largo tiempo, alguien pueda superar su récord. Se cuenta, eso sí, porque en todos sitios cuecen habas, que en algún campeonato se acusó, al parecer sin fundamento, a este gran campeón de manipular y colocar piezas para así lograr campeonatos.

Francisco Fernández Sierra
Como digo, nunca se pudo probar, no obstante, y como he seguido de forma más o menos habitual las vicisitudes de este campeonato de España en los últimos años sí que se pudo probar, que el cazador guadalajareño Francisco Fernández Sierra que llamaba a la puerta del cetro de Tragacete, llegando a tener cuatro títulos nacionales, fue acusado en 2007 de cobrar piezas que estaban muertas entre 24 y 48 horas antes de la prueba, amenazando a su vez con la escopeta a su juez. De hecho, se probó no solo que las aves estaban alimentadas con comida no propia del coto y que se trataba de especies que morfológicamente tampoco eran autóctonas del coto, sino que incluso se verificó que el día anterior a la prueba se desplazó a 300 kilómetros de distancia para adquirir en una granja tres conejos vivos; en fin, todo un jeta. Fernández Sierra, tras varios años de disputas judiciales que acabaron creo que en el Tribunal Supremo, fue inhabilitado para competir en este deporte por cinco años, y más allá de esto, marcado ya con la huella del fraude para los restos.

Eso sí, en los últimos años también ha habido críticas acerca de la elección de los cotos por parte de la Federación Española, en algunos casos, poco acertados por la escasez de piezas y donde la suerte ha influido más que otro factor para encumbrar al campeón nacional.

En fin, salvada esa amenaza de Fernández Sierra, Tragacete sigue cazando aunque lógicamente, metido ya en los 70 años lo hace con más parsimonia aunque con una clase arrolladora; de hecho, hay un vídeo de hace unos seis o siete años en el que demostraba su instinto para escrutar lo que el terreno le informaba, en un todo de verificar ruidos, marcas, olores, movimientos...; y también contaba con un fantástico perro, Mito, un podenco andaluz, de esos animales listos e inteligentes a los que no les tienes ni que hablar para saber lo que les pides.

Arkaitz Egaña
Por cierto, el Campeonato de España desde hace ya varios años se hace también independientemente para categoría femenina. En el del año 2015, el último disputado a la fecha de cierre de esta entrada, el ganador fue el guipuzcoano Arkaitz Egaña. Ese campeonato celebrado en tierras sorianas fue especialmente pobre en cuanto a piezas, de tal forma que en categoría femenina quedó desierto porque de las catorce participantes solo una llegó con una pieza abatida, pero lamentablemente con el control cerrado.

Ismael Tragacete sí que es un mito, y hoy es un venerable pero activo septuagenario que colabora en los campeonatos nacionales como juez, ¿quién mejor que él para saber cómo se puede gestionar una prueba de este carácter? Larga vida al general, un héroe anónimo, un nombre inolvidable, un cazador de leyenda.

sábado, 10 de diciembre de 2016

SOBRE OPERACIÓN TRIUNFO, ENGENDROS POSTERIORES, TRIUNFITOS, INVISIBLES Y TUERCEBOTAS VOCALES

Tanto bombo le han dado al regreso o reencuentro de Operación Triunfo 1 (OT 1), que no me he podido resistir a la tentación de escribir sobre lo que yo experimenté en torno a este fenómeno, pero no solo eso, sino también para pegarle un repasillo a los programas de similar corte que se fueron sucediendo después en las diferentes televisiones y que tenían y tienen como fin la búsqueda de talentos ocultos, de voces mágicas para implantarse en el panorama musical.

Dicho esto, también he de señalar que igual que opino sobre esto, la música que se ha producido y comercializado como consecuencia de estos programas televisivos no me interesa nada, no la compro ni la compraré, y la consumo por obligación al escucharla fundamentalmente en radios y televisiones generalistas.

Bien es cierto que el formato televisivo que inauguró OT creo que impactó a todo el mundo, ya había nacido previamente Gran Hermano en Telecinco engendrando para la televisión una nueva fórmula de construir productos televisivos, la telerrealidad. OT no dejaba de formar parte de ese género de la telerrealidad, a los triunfitos los conocíamos cantando y evolucionando en sus habilidades vocales, pero también veíamos cómo comían, hacían deporte o hablaban con sus familias por teléfono, aunque en general, dábamos por bueno que el programa no era chabacano y deleznable, como sí que lo era (y lo es) Gran Hermano. No es de extrañar pues, que de tanto conocer la vida y el día a día de esos muchachitos aspirantes a estrellas musicales, la gente en la calle los hiciera suyos de tal forma que cuando salieron al mundo real ya eran de la familia, pero obviamente esa correspondencia no era biunívoca, como suele ocurrir con la gente famosa, y estos chavales quedaron abrumados por su repercusión mediática.

El gran logro de aquella primera edición de OT es que el propósito principal de encontrar voces que pudieran triunfar en la música se cumplió. Todos los participantes de esa primera experiencia, creo que todos, llegaron a sacar su disco, en solitario o acompañados, y algunos, ya vamos reduciendo la nómina, verdaderamente fueron estrellas, y lo son, y triunfaron con todas sus letras en mayúscula.

A toro pasado hay que decir que el formato puso de relieve que muchos de los que estuvieron en OT tenían voces mucho mejores que cualquier estrella del panorama musical de ayer y de hoy; pero es que la realidad que nos desveló este programa es la de que para triunfar no tienes que ser bueno en varios géneros musicales, sino solamente en el tuyo. OT trataba, en cierta forma, de buscar voces versátiles, pero no nos engañemos, al final triunfan las voces diferentes y especializadas en un estilo.

Nadie duda que Rosa, la ganadora de esa célebre primera edición, tenía y tiene una voz prodigiosa, cien mil veces mejor que la de un Joaquín Sabina, prototipo de cantante que jamás pudiera haber sido un elegido de cualquier Operación Triunfo. Sabina es muy bueno en sus canciones, esas que va narrando mientras suena la música, pero no le pidas que haga sus pinitos en otros géneros, porque Sabina sabe hacer el estilo Sabina y ya está. Y como Sabina otros tantos, que serian malos cantantes en el sentido objetivo (el de la voz versátil), pero magníficos en lo suyo. Se me ocurren muchos otros y otras; Alejandro Sanz tiene un estilo muy marcado el de la voz rajada, casi forzada, y en cada canción parece que está en el baño haciendo un último esfuerzo. Camarón era bueno en el flamenco, pero no podría haber cantado una canción de Michael Jackson, como no me imagino a la impresionante Adele cantando una canción de Estopa.

Y terminó OT 1 tras un éxito televisivo sin precedentes, y claro, tras un tiempo en el que la onda expansiva del programa perduró, las aguas volvieron a su cauce y la realidad puso a cada uno en su lugar.

Gestmusic, que era la productora del programa, hizo caja con estos jóvenes, y es lógico porque como empresa que es, su objetivo principal es ganar dinero, si ese no fuera su objetivo, sería otra cosa, sería una ONG o una congregación religiosa. Y Gestmusic rentabilizó su inversión de la mejor manera que entendió, aunque a algunos de los triunfitos no les terminara de gustar, pero el contrato televisivo obligaba hasta un tiempo posterior a su aparición televisiva. A mí me parece que lo hicieron fantásticamente bien, convirtieron en famosos a dieciséis desconocidos y los lanzaron a la autopista de las oportunidades con un montón de desvíos por los que se abría un horizonte de éxitos diversos. Gestmusic invirtió más en unos que en otros, porque creyó que esa era la manera que podría generarle más beneficios.

A la postre ¿qué ocurrió? El resumen es opinable pero es el mío. Hubo un gran triunfador, David Bisbal, tenía y tiene carisma y el producto musical que le aplicaron y en el que él se hizo fuerte le vino como anillo al dedo. David, además, encajó muy bien con el gran público, porque era uno de los nuestros, un chaval tan aparentemente buena gente, que aun pasados muchos años se sigue entreviendo la inocencia y nobleza de aquel chico que poco antes de OT estaba haciendo un curso de formación ocupacional en invernaderos (cultivos bajo abrigo). David Bisbal se convirtió en el multimillonario de OT.

Después se posiciona una especie de clase media, que se han ganado la vida con la música, con diferentes niveles de éxito, también con consecuencias económicas diversas en sus cuentas corrientes, con más o menos ceros, pero se percibe que viven de forma muy desahogada: Bustamante, Rosa, Chenoa, Manu Tenorio, Gisela…

Y finalmente se colocan los invisibles, aquellos a los que el halo del éxito se les esfumó con cierta rapidez: Javián, Juan, Naím, Geno, Alejandro Parreño o Mireia. Por cierto, la sensación que me transmitió ver a Mireia en el reencuentro fue de absoluta invisibilidad, no recordaba ni que hubiera existido.

El concierto de «El reencuentro» fue también un negocio para Gestmusic, aunque para el fin hubo de justificar los medios, y pasar por el aro de que todos y cada uno de los triunfitos tuvieran su momento de gloria, aun cuando a algunos se les notaba que se les había pasado el arroz, y en el caso de Juan Camus tuvo el dudoso privilegio de perpetrar dos canciones, probablemente las últimas que cante en su vida, en el más claro ejemplo de que no todos los que entran en un programa de telerrealidad musical son buenos y que en el caso de este individuo, con el tiempo el asunto es susceptible de empeorar.

A los profesionales de la música les hizo mucho pupa en 2001, 2002 y los años posteriores, los de la onda expansiva, la entrada en el panorama musical, desde la nada, de dieciséis chavales, que lógicamente ocupaban un espacio que ya tenían pillado ellos. A la oferta musical existente se añadía otra, con una difusión previa brutal, y algunos criticaban ese talento musical bisoño, construido a golpe de programa semanal, y sinceramente se equivocaron en parte, porque lo que no valió, se desechó (los invisibles) al poco, y lo que mereció la pena perduró. Es más, con el tiempo, las estrellas de toda la vida tuvieron que adaptarse al nuevo panorama, y se convencieron de que no era malo que existieran estas fórmulas televisivas, sobre todo si ellos mismos ganaban pasta, hasta el punto de que aparecieron y aparecen en otros formatos similares posteriores como coachs: El número uno, Factor X, Tú sí que vales, La voz…, en los que han participado sin ningún tipo de reserva los Miguel Bosé, Alejandro Sanz, Malú o Melendi.

Si lo de OT era la gallina de los huevos de oro, poco tardararon TVE y Gestmusic en ofrecernos una segunda edición, antes de que a los televidentes se nos olvidara la experiencia pretérita; y a todos y cada uno de los que la presenciamos nos pasó más o menos lo mismo, dejamos de tener interés paulatinamente, ni me acuerdo quién ganó (aunque lo he mirado en Internet, ni sé si sigue existiendo esa muchacha), el único que sobrevivió fue Manu Carrasco, otro triunfador que se podría meter en la categoría de la «clase media» de OT 1 en la que estaban Chenoa, Bustamante o Rosa. Lo curioso de este OT 2 es que yo sí que me acuerdo, y tal vez mucha gente, de la que quedó la última, Mai Meneses, a la que expulsaron a las primeras de cambio, por detrás de tantos invisibles, de tantos tuercebotas vocales. Mai Meneses al poco tiempo demostró que la vocecilla infantil, tal vez no versátil, era justo un producto muy vendible y nació hasta hoy como Nena Daconte, ganándose también la vida de forma desahogada con esto. Está claro que la productora y el jurado imbuido por esta, se equivocaron claramente.

Como las televisiones funcionan como un martirio chino, tras OT 2, vinieron otras ediciones de las que no recuerdo el número (incluso TVE soltó su emisión y la cogió Telecinco si no recuerdo mal, para asestarle la puñalada definitiva), y de las que no llegué a ver ni un minuto. Huelga decir que la gallina de los huevos de oro se había agotado rápido, sacando al mercado decenas de triunfitos invisibles, porque estaba claro que el formato para que funcionara tenía que ser necesariamente un binomio: voz carismática y audiencia. Lo primero podría existir, pero de lo segundo tan solo quedaban las cenizas, y muy probablemente tendremos voces estelares vagando por ahí, desaprovechadas.

Todas esas voces desaprovechadas lo son precisamente porque OT 1 agotó muy rápido el factor oportunidad, de algún modo, ese fue el elemento definitivo para que el binomio fuera un trinomio, una fórmula perfecta, capaz de producir una estrella como David Bisbal, situado en la liga de campeones de la música, a un nivel claramente distinto al de sus compañeros de aventura televisiva.

Gracias a ese factor oportunidad los triunfitos de OT 1 pudieron ser visibles, si David Bustamante o Chenoa hubieran formado parte de OT 4 u OT 5, si existieron estas ediciones, lo más seguro es que no se hubieran comido ni los mocos.

Y avanzamos en el tiempo, y se generalizaron los programas de corte similar en cada cadena televisiva, pasaba como con los mercados medievales y los ayuntamientos, que no estás en el mundo si en tu ciudad no organizas uno; pues eso, que ya surgieron otros programitas con diferentes nombres pero con el mismo objetivo, el de encontrar talentos musicales. Perdidos todos los factores que ya se han citado por agotamiento, esos programas ya son un producto televisivo más, son espacios de entretenimiento, que ahora tienen como fin la audiencia, de ahí que las verdaderas estrellas sean los coachs, y en menor medida, el crear una estrella de la nada, porque esto último ya se sabe que no puede ocurrir, porque el nicho de mercado es inexistente.

Mi mujer y yo consumimos estos productos televisivos mientras no haya una opción mejor en la parrilla. Se percibe que el formato está saturado, por mucho que se empeñen las televisiones en adornarlo. Los críticos (he de volver a decir lo de coach, porque la gente lo entiende mejor así, aun cuando sea un palabro anglosajón) suelen ser buenistas, al que es muy bueno lo ensalzan, al bueno también, al malo no lo machacan, y al muy malo le dicen que lo siga intentando; nunca una palabra desafortunada, jamás una mala actitud.

Tal vez el renombrado Risto fuera el único que ha sacado los pies del plato, ergo el único que decía verdades, el que supo muy desde el principio que estos programas ya habían llegado a su colmatación casi sin haber madurado; y no se cortaba ni un pelo en decirle a los malos que se dedicaran a otra cosa, y a los buenos y muy buenos que los triunfitos de OT 1 ya les habían comido el terreno por todo lo visto y que era muy difícil que se ganaran la vida sobradamente con esto.

Mientras tanto, y extraído al tal Risto de la tribuna de críticos, ahí tenemos a esos coachs buenistas que agotan los epítetos y las frases hechas programa tras programa, porque repiten lo mismo muchas veces, a golpe de escuchar cientos de voces: «Tu voz tiene color», «has llenado el escenario», «tienes feeling», «me has emocionado». Toda una colección de frases hechas que, de tanto usarse, más vacías de significado me parecen.

Hace unos años pudieran ser juguetes rotos, ahora ni eso, son simples engranajes para fomentar la audiencia de las cadenas televisivas. Creo que no hay engaños con esto y, mientras, mi mujer y yo podremos seguir opinando sobre lo bien o lo mal que cantan ese o aquel, y es que hay gente que se cuela en estos programas y que canta rematadamente mal y que desafinan desde la primera nota, y eso que nosotros ni somos expertos musicales ni tenemos un oído especialmente entrenado.

domingo, 4 de diciembre de 2016

"LA TIENDA DE LA CALLE MAYOR", DE JAN KADAR Y ELMAR KLOS

Confieso que hasta hace bien poco no conocía nada de esta película, pero me impulsó el visionarla el hecho de que tuviera un buen puñado de premios tras su estreno, allá por 1965. Que una cinta checoslovaca ambientada en la 2ª Guerra Mundial rodada apenas veinte años después de su final, en un país en medio de Europa que sufrió con especial virulencia los avatares de aquel conflicto bélico, le da mayor valor si cabe a la trascendencia de la historia que nos cuenta.

En un pueblito rural eslovaco viven apaciblemente sus ciudadanos, entre ellos Anton (Tonko) Brtko (sí un apellido con muchas consonantes y una sola vocal, pues pronúnciese Bertko, pero con la «r» muy larga), un carpintero que lleva una vida muy normalita, acompañado siempre de su fiel perro Essenc y cuya única piedra en el camino es su mujer, caprichosa, rastrera y que lo trata con la punta del pie.

La llegada de los nazis es inminente y para ese día los vecinos de esa localidad partidarios de los alemanes, se han propuesto llevar a cabo en la plaza céntrica del pueblo una especie de torre de Babel construida con madera y que será rematada con el escudo de Eslovaquia (ya se deducía en el metraje los deseos de independencia de la parte oriental de Checoslovaquia), a modo de homenaje a los invasores o salvadores, según se mire, y como un modo de reafirmación del pueblo. Pero Tonko, más conocido por Tono, no colabora, es indiferente a su ejecución.

No obstante, uno de los jefes políticos del pueblo y estimulador de la obra es su cuñado Mark, con el que no parece que haga buenas migas. Una noche se presentan Mark y la esposa de este en su casa con todo tipo de viandas, alentándolo para que se haga afín a la nueva realidad, la de un movimiento político, el nazismo, que aspira a dominar toda Europa, con la recompensa de alcanzar una vida de cierta opulencia. Tono, que se posiciona fuera de la política, presionado por su mujer y por las circunstancias, recibirá en dicha cena un documento en el que se le nombra gerente de una mercería regentada por una señora judía, la señora Lautmann (la actriz Ida Kaminska).

A buen seguro que la «intervención» de negocios judíos en la 2ª Guerra Mundial fue algo común en media Europa, en donde los «blancos» se convertían en «arianizadores» de los judíos. Así que con escaso convencimiento Tono se presentará en la tienda en cuestión, que se sitúa en la calle Mayor del pueblo y justo enfrente de donde se está erigiendo el monumento de madera. Allí está la anciana señora Lautmann, una viuda encantadora con la cabeza un poco ida que realmente no se entera de qué es lo que quiere Tono. Ha de intervenir un vecino, el señor Kuchar, para decirle que a Tono lo ha engañado su cuñado, porque desde hace años la vieja no vende nada y vive de la solidaridad del resto de la comunidad judía.

No obstante, y considerando la ofensiva del movimiento nazi, Tono se verá con los rectores de dicha comunidad judía que le prometerán un sueldo fijo a cambio de que efectivamente haga como que está en el negocio, pero sin hacer daño a la ancianita.

Y Tono será feliz por un momento en su vida, se enamora en el sentido maternofilial de la entrañable anciana. Tono es un hombre íntegro así que la ayudará en todo lo que puede, menos en el negocio, así, le arregla todos los muebles desvencijados que tiene en su casa, y la respetará en absolutamente todo. La señora Lautmann por su parte le ofrecerá ese cariño, esa bondad de la vejez que muchos hemos recibido de nuestros abuelos.

Esa felicidad se traslada a su casa, donde la fiera de su mujer ahora es más dócil, porque Tono abraza el fascismo, como ella quería, le trae regalos y un buen sueldo. Ahora ya no lo trata como antes, y de algún modo, lo eleva a un pedestal.

Hasta ahí la película se desenvuelve en un ambiente desenfadado, casi de comedia, las expresiones de Tono y su forma de ser (protagonizado por el actor Jozef Kroner), y la música que lo acompaña, dan la sensación de que estamos ante una película costumbrista, simpática, hasta cómica. Pero la película va girando, sus directores Jan Kadar y Elmar Klos la van a tornar inevitablemente seria, nos devolverán a la realidad.

La llegada de los nazis es inminente, y con su llegada el cerco sobre los judíos y los que los ayudan cada vez se hará más estrecho. De hecho, al señor Kuchar lo detiene la policía política, lo apalean y lo condenan a muerte por ser un blanco que ayuda a los judíos.

Jamás ha tenido Tono problemas con los judíos, se puede considerar que tiene muchos amigos entre ellos, de hecho, el barbero Katz ya le alerta de lo que se les viene encima, y sentencia una frase palmaria: «Cuando las leyes están en contra de gente inocente. ¡Es el fin! El fin de los que las aprobaron».

La tensión crecerá, Tono tendrá un altercado con su mujer, la cual volverá a las andadas, a ser una bestia ruin y despreciable que le exige a su marido que se aproveche de la viejita y que rebusque por la casa y la tienda para encontrar su tesoro, las joyas y el oro que se decía que todo judío acopiaba en su domicilio. Tono en un trance de locura abofeteará a su mujer, haciendo más visible la división de caracteres casi irreconciliable en el matrimonio.

Y llega el final, ya nada es tan desenfadado ni tan apacible como al principio, Tono apura unas copas de alcohol, seguramente vodka, con Piti Batchi el pregonero del pueblo, en un bar de la localidad, en una noche que se presume larga, en la que se aventura la llegada de los nazis con objeto de deportar a todos los judíos del pueblo. Con los efectos del alcohol y decidido a salvar a toda costa a la señora Lautmann del final terrible que todos presumen para los judíos del pueblo, Tono acudirá a casa de la anciana que en sus cortas luces dará por hecho que se ha peleado con su mujer y le hace una modesta cama en el mostrador de la tienda.

A la mañana siguiente Tono se levanta como si no hubiera pasado un segundo, aun le quedan varios tragos de la última botella, y el miedo le conminará a seguir bebiendo. Es el miedo, y aquí está la clave de toda la película, el que hará que un hombre íntegro se convierta en un ser abyecto; será la palpable demostración de que el ser humano en condiciones límite es capaz de deshacer sus principios en un tris.

Es sábado, el sabbat día sagrado semanal para los judíos; y ahora Brtko, acuciado por la interminable lista de vecinos judíos que, por orden alfabético, resuena por la megafonía instalada en la plaza del pueblo, decide abrir la tienda en contra de los preceptos de la comunidad judía y de la propia señora Lautmann, y lo hace para evitar que lo tomen por otro más, como Kuchar, otro blanco que ayuda a los judíos.

Mientras divisa con nitidez desde los cristales de la puerta de la mercería, Tono experimenta un miedo insuperable, el miedo a un final horrible, el miedo a morir. Tono ya no es Tono, ahora es un ser desatado, acuciado por el instinto de supervivencia, y quiere entregar a la vieja.

Los últimos veinte minutos de la película son de una tensión indescriptible, de un ritmo frenético y con un final que no quiero desvelar, pero que es brillante.

Y a todo esto la reflexión no solo ha de hacerse por la introspección en la psicología humana que hacen los directores, sino también por el triste poso que siempre me deja la barbarie cometida contra la comunidad judía en Europa central durante el transcurso de la 2ª Guerra Mundial.

Además en un pueblo como el que nos narra la película, subyace que los judíos eran gente normal y corriente, no había problemas de desintegración ni de segregacionismo y, de repente, el tsunami del fascismo inundará media Europa y pondrá el dedo en los no iguales, sin mayor razón, solo por el hecho de no ser como una teórica mayoría. Un régimen autoritario que rompe los engranajes de cualquier persona y que es capaz de quebrar su conciencia.

Increíble esta película, «La tienda de la calle Mayor» (Obchod na korze, en su título original) que no deja indiferente; se puede ver perfectamente hoy, no importa que esté en blanco y negro, ni subtitulada, ni que sea checoslovaca, es un largometraje buenísimo, pero también hay que avisar, no es apto para sensibleros.