sábado, 24 de septiembre de 2016

CAVILACIONES EN TORNO A UNA ESPAÑA IMPERFECTA

«No somos nosotros. Es este país el que no tiene remedio», se trata de una de las frases con la que uno de los personajes de la inquietante y sorprendente película de Álex de la Iglesia «Balada triste de trompeta», escruta la locura intrínseca de sus protagonistas.

Y es que será porque a este país le tenemos ese cariño especial que se le tiene al menos avispado de la familia, a ese cuñado que sabe de todo o a esa oveja descarriada que siempre vuelve al redil para libar de la teta materna, pero este país que es muy imperfecto es a la par y paradójicamente un fantástico país para vivir.

Es imperfecto porque por más que nos empeñemos en hacerlo moderno, todos contribuimos y nos empeñamos en ser un poco medievales. Decía un profesor mío que tuve en secundaria que España era un país por hacer, que cuando alguien quería meter un cable para un suministro habría la correspondiente zanja, y al año siguiente si otro tenía que suministrar algo parecido habría otra zanja al lado, no valía la anterior. Así está nuestro país lleno de zanjas cubiertas de forma burda, de pegotes de alquitrán que tapan los baches de las carreteras y de edificios públicos que se construyeron a bombo y platillo y que hoy son pasto del pasto.

Y recuerdo que en la antigua EGB, yo aprendí (en la década de los 70) que había tres tipos de países, los desarrollados, los subdesarrollados y los que estaban en vías desarrollo, citándose en este último grupo a España. Y ahí seguimos lamentablemente, hemos avanzado mucho pero la distancia que nos llevan países cercanos al nuestro en un conglomerado de magnitudes sigue siendo enorme: educación, cultura, bienestar social, igualdad, solidaridad..., siempre me hacen sentir que tendremos que continuar durante varias décadas abriendo zanjas nuevas para tender un cableado de valores que en nuestro país no existe.

No tenemos remedio, puedes pulsar en cada una de las manifestaciones de este país y casi nada va como la seda, todo el mundo está descontento, el de arriba, el de abajo, el del medio. Hay mucha tela que cortar y basta con que te acodes en la barra de un bar para que escuches de otros lo que tú mismo piensas: los políticos, el paro, la corrupción, los jóvenes, la inseguridad..., gracias a Dios hace unos años que el terrorismo dejó se ser el principal problema para los españoles, ahora tenemos a otros terroristas, no matan pero hacen también mucho daño.

Decía en 2014 Carlos Lesmes, Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General de Poder Judicial algo así como que la ley en España estaba pensada para el robagallinas pero no para el gran defraudador; desde luego una afirmación tan turbadora como veraz. Al final es eso, cada expresión patria no demuestra más que la imperfección propia de un país que está por hacer y al que le falta mucho rodaje, mucho cableado.

El aserto de Lesmes, dicho sea de paso, formaría parte de una de esas típicas conversaciones de bar a las que yo aludía antes. En España te pueden meter en la cárcel por robar una tarjeta de crédito y comprar pañales para tu bebé; la justicia se empeña en ser lenta o rápida, pero tan certera como injusta. No son los jueces, son las leyes, es el sistema. La administración de justicia se debate entre el intento, fallido a todas luces, de modernizarse y la montaña de expedientes que se acumulan en sus oficinas por la escasez de personal y logística en todos sus niveles.

Mientras tanto, mientras el sistema se deviene imperfecto, otros celebran que esto sea así. Y otra vez hay que atender a esa percepción de barra de bar, esa que nos dice que la justicia no es igual para todos. No se puede entender que Jordi Pujol, que ha defraudado a manos llenas, y no conculco su presunción de inocencia, pues él mismo ha reconocido el fraude continuado durante muchos años, pues que siga paseándose por la calle tan honorable él.

Pero es que muy pocos de los de arriba van a la cárcel, muy poquitos, tal vez cuatro tontos, tan tontos que ni siquiera se lo han sabido buscar dadas las imperfecciones del sistema, cuatro cabezas de turco que Dios sabrá las prebendas que tal vez obtendrán al salir de la prisión y todo con tal de no tirar de la manta. Sí, la cárcel es para pelagatos como la justicia para robagallinas. Que en el día de hoy, septiembre de 2016, Rodrigo Rato no esté en la cárcel es un insulto a los ciudadanos españoles, y como esa escoria otros tantos como él.

Esa sensación de los ciudadanos que protestan en esa improvisada tertulia de bar también es la de la inmensa mayoría de la población española, que es una amplísima clase media, entre la que me encuentro, que raja de los de arriba y de los de abajo. Los de arriba tienen dinero para buenos abogados, evadir la justicia, el dinero y los impuestos, y si van a la cárcel es para expurgar sus culpas (que no para expurgar su patrimonio) por un período muy limitado de tiempo, ¡escasísimo a todas luces!; un período que a muchos les supone un retiro espiritual, una especie de vacaciones pagadas en el hotel la trena, y que cuando salen viven la vida mejor que tú y que yo, porque ya han previsto que su patrimonio ilegal haya quedado expedito de toda compulsión pública.

También hay reproches para los de abajo, más o menos justificados, esos que reciben víveres del banco de alimentos pero desayunan todos los días donde tú, esos que tienen hijos como un modo de beneficiarse económicamente del sistema y que luego se olvidan de llevarlos a la escuela, esos que parecen haberse adaptado a vivir de un subvencionismo, que ya no se sabe, como si fuera el dilema de la gallina y el huevo, si se ha hecho para ellos, o ellos se han mimetizado con él para perpetuarlo, de tal manera que prefieren vivir con menos dinero, pero también con menos problemas, que trabajar, tener más, pero multiplicar los gastos y, por ende, los problemas.

Y eso, mientras tanto, la clase media, o sea, los empleados públicos, los autónomos y la pequeña y mediana empresa, los obreros de las industrias..., estamos sosteniendo a unos y otros, somos la reserva económica y espiritual de España.

Mal ejemplo dan nuestros políticos que cuando se han hecho profesionales de este mundillo, cada vez más nauseabundo, no quieren dejarlo bajo ningún concepto, cuando hay indicios de que algo de su gestión huele mal. Como decía un amigo mío, cuando has estado comiendo jamón de pata negra cada día, cuesta mucho volver a comer mortadela con aceitunas. Dicho de otro modo, los políticos de las altas esferas de nuestro país han dejado la clase media y ya son clase alta, y en un reduccionismo muy básico por mi parte, también se ríen del resto.

Nuestro país es imperfecto, yo no soy de los que suele ser un pesimista, ni de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en muchos aspectos España va para atrás como los cangrejos. Puede que hayamos estado en una crisis económica larga pero puntual, pero la crisis de valores es permanente. Nuestra juventud por una serie de circunstancias que sería extenso analizar, tiene muchas menos inquietudes que la de mi generación, lo he dicho alguna vez y lo repito, la situación es tan preocupante que por primera vez en la historia de nuestro país, los hijos tienen menos educación y valores que los padres.

Lo peor de todo es que la inmundicia que asalta los noticiarios de nuestro país es tristemente la punta del iceberg, una punta minúscula de lo que seguramente existe y jamás sabremos. Me pregunto cuántos de esos políticos o deportistas o famosos esconden un engaño, un fraude, una corrupción, hoy lo desconocemos mañana quizá también; y ellos se acostarán cada noche riéndose de todos nosotros.

El día que en España puedas ir en bici por la montaña y te encuentres con un armario sin llave con repuestos para la bici (parches, pegamento, bomba) y nadie se lo lleva como ocurre en el norte de Europa, o vayas a un parque público y haya mesas con tableros de ajedrez con sus fichas y que nadie roba (es habitual en Estados Unidos), entonces seremos un país desarrollado; a día de hoy no, ni visos.

domingo, 18 de septiembre de 2016

LA LUCHA GRECORROMANA, DE ALEXANDER KARELIN A MIJAIN LÓPEZ NÚÑEZ

Pues ya se cerró el telón de los Juegos Olímpicos de Río y siempre es para mí una oportunidad de repasar esos deportes que no ves habitualmente por no decir nunca. Y no solo me centro en esos deportes que jamás ves pero donde hay presencia española, por lo que con ello se garantiza un cierto seguimiento de los medios de comunicación; sino que trato de ver esos deportes con escasa o nula tradición en España, y de los que apenas sacan breves reportes en la televisión.

Este es el caso de las luchas olímpicas, donde el mirlo blanco de Maider Unda resulta ser lo más llamativo de este deporte en el que tenemos dos modalidades, la lucha libre y la lucha grecorromana, con diferencias sustanciales en cuanto a su práctica y que, sobre todo se pueden apreciar, viendo varios combates.

A modo de paréntesis hay que decir que dos de los grandes puntos de debate tras el fin de los Juegos Olímpicos, es que hay demasiados deportes y algunos de ellos de valoración muy subjetiva y/o estética, y otros de simple puntería (por la misma regla de tres los bolos o los dardos también podrían ser olímpicos), por no hablar de aquellos que se practican en el primer mundo, vedados pues a los países más pobres (llámese hípica, vela o gimnasia). El otro nudo de debate es tal vez más interesante, habiendo logrado Michael Phelps más de una veintena de oros en su carrera olímpica, ya se le califica como el mejor deportista de la historia; conclusión interesadamente injusta, toda vez que compite en un deporte donde se da margen a la versatilidad del nadador, de tal guisa que en la natación como en el atletismo, la gimnasia, el tenis, el ciclismo o el piragüismo, un deportista se puede ir a casa con varios metales tras unos Juegos, algo que es materialmente imposible en los deportes de equipo o en otros como la lucha precisamente, el boxeo, el taekwondo, el judo, la vela o la halterofilia. ¿Es mejor deportista Pau Gasol o Michael Jordan, que solo pueden ganar una medalla en cada una de sus participaciones olímpicas o Michael Phelps, que sí que es muy bueno, Dios me libre de afirmar otra cosa?

Pues eso, que nada mejor que averiguar las diferencias entre la lucha libre y la lucha grecorromana que disfrutar viendo los combates que los mejores del mundo han protagonizado en estos Juegos. Resumiendo muy mucho sus reglas fundamentales, en la lucha libre se trabaja con todo el cuerpo y las piernas, en la grecorromana se trabaja a partir de la cintura y las piernas tienen una intervención pasiva.

Como en cada deporte existen sus mitos y sus leyendas, los Juegos Olímpicos son precisamente el caldo de cultivo idóneo para ensalzar esas grandes historias; y curiosamente la mínima atención que la lucha grecorromana tiene en los medios de comunicación en España, se hacía eco de las hazañas de aquellos más grandes, de esos gigantes que son capaces de elevar a su adversario por los aires como si de un bebé de meses se tratara. Sí, tal vez es como un atractivo que tienen estos deportistas de inmenso tamaño que, a los desconocedores de la disciplina, les puede resultar increíble los movimientos que pueden hacer, como les puede resultar tan extraño que unos luchadores gordacos como los del sumo (deporte que para los que me conocen o siguen saben que soy un grandísimo aficionado) puedan hacer toda una colección de llaves, muchas de las cuales también se hacen en judo.

Pero antes de entrar en el fondo habría que hacer otra salvedad, y es que en contra de lo que se piensa la lucha grecorromana que, teóricamente se configuraría como una modalidad que recuperaría el carácter de la lucha practicada en la Antigüedad, es decir, hace varios siglos, no queda del todo claro que fuera la verdaderamente practicada en las Grecia y Roma clásicas, toda vez que en esa época ya se realizaban presas por debajo de la cintura. En cualquier caso, todo parece indicar que en algún momento de la historia esta fue una clase de lucha que a finales del siglo XIX se trató de rescatar para otorgar un elemento de pureza a este deporte.

En esa categoría de mayor peso de la lucha grecorromana, la de 130 kg., volvía a sonar en Río de Janeiro uno de los grandes nombres de esta modalidad, el cubano Mijain López Núñez que volvía a conseguir por tercera vez consecutiva la medalla de oro; igualando en el número de oros a otro mito de este deporte y justo en la misma modalidad y peso el ruso Alexander Karelin.

Prácticamente se puede decir que Karelin ha hecho más que nadie tanto en la lucha libre como en la grecorromana en la historia reciente, y es que con sus logros le otorgó cierta visibilidad a estas modalidades tan poco desarrolladas en España y que tienen mayor predicamento en países del este de Europa y también en Estados Unidos, donde a tenor del cine juvenil se percibe que es un deporte que se practica mucho en las escuelas secundarias. Karelin consiguió que los medios de comunicación se hicieran eco de sus gestas.

Karelin fue un luchador casi imbatible, durante su carrera deportiva fue capaz de enlazar dos increíbles rachas ganadoras, una de cinco años (de 1982 a 1987) y otra de trece años (de 1987 a 2000), acumulando casi novecientos combates en los que salió victorioso, salvo esos dos que cortaron las rachas. La derrota más dolorosa fue la acaecida en los Juegos Olímpicos de Sidney 2000 y que forzó su retirada cuando apenas tenía 33 años y a buen seguro que le quedarían todavía varios años para estar en el máximo nivel. Es lógico barruntar que tras una trayectoria tan impecable pensó que el momento de dejarlo sería cuando la racha se rompiera, o era el mejor de los mejores sin discusión o a casa.

En aquel combate que he repasado en no pocas ocasiones, Karelin, del que se pueden ver infinidad de vídeos en Internet mostrando su increíble superioridad sobre sus rivales, rayana muchas veces en la humillación, se encontró con el estadounidense Rulon Gardner un granjero que se entrenaba volteando vacas en su Wyoming natal y que en la gran final supo aguantar el empuje del gigante ruso. De hecho, Karelin no consiguió ninguna llave ni técnica ganadora y tan solo una penalización del ruso en el intento de una presa de cuello (eso es lo que interpreto yo viendo el vídeo), hizo que el norteamericano se impusiera por un rácano pero suficiente uno a cero.

Karelin era un soberbio luchador, con un físico impecable, pese a su peso, su estatura y su potente musculatura prácticamente no dejaban entrever ni un gramo de grasa. Además se trataba de un caballero, educado, culto (escuchaba música clásica, leía poesía y hablaba seis idiomas), con interés por la política, hoy sigue dedicándose a ello; que se esforzaba por ser el mejor a base de unos entrenamientos al más puro estilo de Rocky, con troncos, con nieve, en unas condiciones extremas.

Y precisamente tuvo que venir este Rulon Gardner a cargarse al mito, Estados Unidos contra Rusia, todo muy peliculero, porque aunque en el 2000 todo estaba muy tranquilito, los rusos siempre quieren ganar a los americanos y viceversa, tonterías las precisas. Un Rulon Gardner, por cierto, que hasta esa fecha no había tenido actuaciones destacadas, pero que en Australia llegaría a su punto de inflexión. El impacto de su victoria fue de tal magnitud que Gardner tendría el honor de ser el abanderado estadounidense en la clausura de los Juegos.

Posteriormente el norteamericano ganaría el Mundial de 2001, y después tendría un accidente con una moto en el hielo, y le amputarían un dedo del pie, aunque llegaría a Atenas 2004 donde conseguiría el bronce; y más tarde, ya casi alejado de las canchas volvería a jugar con la muerte tras un accidente en avioneta, la cual cayó a la gélida agua de un lago y junto a un compañero nadarían hasta la extenuación durmiendo al raso hasta la mañana siguiente en la que fueron rescatados. Rulon Gardner ha tenido y tiene muchos problemas de peso, de hecho, estuvo por encima de los 200 kg. y las últimas informaciones sobre él, es que intentó prepararse para las pruebas de clasificación de los recientes Juegos Olímpicos de Río, aunque obviamente sin éxito.

El nexo de unión entre Karelin y el actual dominador de la categoría, el susodicho López Núñez, lo protagonizó otro ruso, Jasan Baroyev, que vencería en Atenas 2004, vengando a Karelin, y tuteando casi por última vez al gigante cubano que sería quinto en esta competencia.

En 2008 le llegaría la madurez a Mijain López Núñez, en Pekín se impondría a Baroyev para conseguir su primer oro olímpico; en Londres 2012 reeditaría el triunfo, en este caso dejando con la plata al estonio Heiki Nabi; y recientemente se ha hecho con su tercera presea dorada consecutiva imponiéndose al turco Riza Kayaalp, combate que pude ver en directo y en el que el cubano aprovechó un pequeño despiste muy al principio del choque (a los doce segundos) para hacerle una llave a su rival, con esa diferencia sustancial mantuvo después una estrategia defensiva y no permitió al otomano darle la vuelta al marcador.

Estamos, pues, ante una racha abierta del luchador cubano Mijain López Núñez que precisamente fue el abanderado de su país en estos pasados Juegos en la ceremonia de apertura, y del que no se ha filtrado que vaya a dejar el deporte. Desde luego, por edad ya está en declive, y llegaría con 38 años a Tokio. Sin duda que el reto es de los que merecen la pena, como es el de alzarse con cuatro medallas de oro consecutivas superando al hegemónico Karelin. ¿Podrá Mijain? Lo cierto es que si Karelin fue intratable con esas dos derrotas significadas en casi dos décadas, Mijain pese a su fiabilidad en los Juegos no ha sido tan predominante en otras competiciones, particularmente en el Campeonato Mundial, de hecho, en 2011 y 2015 ya fue derrotado por el turco Kayaalp. De hecho, a día de hoy el que se prevé como gran dominador de esta disciplina en el futuro es este turco (bronce en Londres, plata en Río y ¿oro en Tokio?), toda vez que es siete años más joven que el cubano y acudirá a la cita nipona en su plenitud física.

Lo cierto es que tanto Karelin como López Núñez son dos grandes figuras del deporte mundial, minimizadas por el escaso impacto que la lucha tiene en muchos países, entre ellos el nuestro. Se reparten un montón de medallas en la lucha y a poco que se invirtiera en España en entrenadores foráneos y en becas a jóvenes luchadores, el impacto a medio plazo en el medallero sería más que apreciable, es una especie de nicho deportivo, permítaseme la expresión.

Dos grandes luchadores que han tenido una característica común, son altos y fuertes, sin grasa, muy estilizados, justo un perfil antropométrico que no suelen dar la mayoría de sus competidores, más bajitos y con más grasa corporal, ¿está ahí la clave de sus triunfos? Pues nada, nos citamos para Tokio donde viviremos el desenlace de esta notable historia deportiva.

domingo, 11 de septiembre de 2016

"SI YO FUERA PRESIDENTE", FERNANDO GARCÍA TOLA SIGUE ESTANDO PRESENTE HOY

Tal vez en 1984 a un jovencito como yo, le parecía que la democracia en España estaba suficientemente consolidada. Apenas habían pasado unos ocho años desde el fin de la dictadura y se percibía que nos habíamos acostumbrado a esta nueva situación política; se tenía la sensación, o esa es la impresión que me daba a mí, de que una sociedad que venía de tantos años de ostracismo, había madurado con la rapidez con la que Usain Bolt atraviesa la recta de un estadio de atletismo.

A la vista está que era solo una impresión muy aventurada, el pueblo, la sociedad española ha avanzado, y nos creemos la democracia, no obstante, nuestros políticos parecen jugar a las máquinas tragaperras con sus votantes, nos afean nuestras decisiones en las urnas y se empeñan con sus corrupciones en hacer que el pueblo crea menos en ellos; porque, y este es el contrasentido más grande de este país, en este sistema democrático los partidos políticos son profundamente antidemocráticos; así nos va.

Pues en esa democracia incipiente surgió este programita de Fernando García Tola que pretendía algo tan noble como pulsar a los que nos regían, como un modo de ir perfilando esa democracia que todavía era imperfecta. Y Fernando colocó en un plató de televisión un decorado muy básico, con una tela o unos paneles que simulaban la plaza de un pueblo; y allí la gente del pueblo hablaba, hablaba de todo y de cualquier cosa y también del gobierno.

Era un programa que se emitía en la Segunda cadena, pero a pesar de estar teóricamente recluido a ser un espacio minoritario, lo cierto es que la gente se aficionó a verlo. Los programas eran muy comentados y aun con la distancia en el tiempo me atrevería a decir que Tola proporcionaba algunas de las claves de los programas de éxito de hoy en día.

Para empezar era un programa entretenido, el nudo gordiano de la producción televisiva, pero es más, salía gente normal, cada ciudadano se veía reflejado en ese otro que aparecía por la pequeña pantalla y muy probablemente pensaba y decía lo que tú mismo dirías si estuvieras allí.

También era espacio para tertulianos, el anticipo de lo que hoy es el sancta sanctorum de cualquier magacín televisivo que se precie. Curiosamente hubo una polémica muy singular, pues un grupo de esos opinantes criticaron en el programa a la Iglesia Católica, y la Conferencia Episcopal puso el grito en el cielo, no estaban acostumbradas las altas instancias eclesiásticas, después de tantas décadas de amor y concordia franquista a que el pueblo le pudiera decir las cosas bien dichas (que la Iglesia Católica es una institución ordenada por hombres imperfectos, y como tal con designios imperfectos). Probablemente al programa hasta le vendría bien que se generará esa polémica porque así perduraría. No olvidemos que la muerte de Franco estaba todavía muy reciente y hasta los colegios de monjas (verdad verdadera) todavía a mediados de los 80 visitaban el Valle de los Caídos como lugar de peregrinación.

Luego, por encima de todo, estaba Tola, un antecedente preclaro, del que fue el Loco de la colina y posteriormente Jesús Quintero, un tipo de aspecto afable, muy de la calle, que con su facha y trato cercano hacía que la gente perdiera los nervios, se desnudara delante de las cámaras, de tal guisa que exprimía toda la esencia de sus entrevistados.

Había otro aspecto singular del programa, y es que entre entrevista y entrevista, entre cogotazo al gobierno o al ayuntamiento de turno, pues había actuaciones musicales; pero no había artistas invitados; Fernando García Tola contaba con un selecto grupo de cantantes. Como programa del pueblo y para el pueblo, qué mejor representación musical en España que la de los cantautores. Ahí fue donde conocimos, entre otros, al inefable Javier Krahe, también estuvo un jovencito Sabina al que el éxito ya le comenzaba a aporrear su puerta, pero también estaban Patxinger Z, Bartual y, sobre todo, un tal Alberto Pérez, experto en versionar canciones populares, de las de toda la vida, pero muy a su manera, con un deje cansino y casi bobo; recuerdo que a mi madre no le gustaba nada, a mí tampoco, porque provocaba aburrimiento, aunque imagino que esa puesta en escena formaba parte del efecto de llamar la atención.

En cierta forma Tola fue el anticipo de los programas espectáculo de medianoche que con las televisiones privadas se fueron haciendo hueco en nuestra caja tonta, muy al estilo de los programas de similar perfil en Estados Unidos, así «Esta noche cruzamos el Mississippi», «Crónicas marcianas», y después vino Buenafuente hasta nuestros días, aunque desde luego la propuesta de este periodista era mucho más profesional que la de todos estos programas, al menos los presentados por Pepe Navarro y Javier Sardá, que buscaban mucho el morbo y el espectáculo fácil, tirando de lo chabacano.

Tola tuvo diversas incursiones en la televisión, aunque esta fue la más personal, una especie de programa de autor, permítaseme la licencia; de tal grado que hoy su programa ha quedado en el recuerdo casi como una deseada reliquia, un producto de culto del que se puede disfrutar hoy con la genial herramienta que es Internet. Pero lo que es más importante y que desde luego ha sido un resorte para traer aquí este recuerdo es que tenía una dimensión de servicio público y a la vez de crítica constructiva. Como la televisión pública no tenía más que dos canales, todos veíamos lo mismo, y no se dispersaban los recursos. Hoy sería imposible llevar un programa de este carácter y que impactara en nuestros políticos, que siguen a lo suyo, primero yo y a mucha distancia el país y sus habitantes.

Lamentablemente Tola nos dejó de forma prematura en el año 2003 por la terrible lacra del cáncer; para los restos se quedó como un periodista singular y cabal, un tipo noble que trató de poner su granito de arena en la consolidación de nuestra denostada democracia.

sábado, 3 de septiembre de 2016

"LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO", DE TONY RICHARDSON

Si tuviera que inclinarme por la primera razón que me movió a ver esta película, a buen seguro que habría de señalar que por su sugerente título. A todos los que corremos de forma habitual, aunque yo desde un plano muy aficionado y mediocre, nos seduce la idea de ver algún documento audiovisual, con cobertura literaria, que represente lo que hacemos en nuestro tiempo libre, perdidos por ahí en esos caminos infinitos.

Y por qué no, para los que corremos, probablemente no haya una sensación más legítima de soledad que la que se siente cuando uno está corriendo. Pero ojo, no la soledad vista desde un plano negativo necesariamente, sino que, para mí, suele ser una liberación, un momento de libertad, de inciso vital, donde uno experimenta la convicción de que el mundo se ha parado por un rato, esperando a que tú llegues a destino.

Basada en la novela homónima de Alan Sillitoe, su director Tony Richardson bebe claramente de las fuentes de la corriente cinematográfica francesa de la Nouvelle Vague, esa que encumbró al cine social, aquel que subrayó el duro papel que tuvo que soportar la clase media europea en los años posteriores al desenlace de la 2ª Guerra Mundial.

En ese ambiente de posguerra el protagonista, Colin Smith, es un joven sin futuro, un raterillo de tres al cuarto que pretende tener un futuro diferente, ni mejor ni peor, pero sí distinto que el que ha tenido su padre, un obrero de una factoría, que como él dice, trabajaba sin descanso y sudaba sangre para ganar un puñado de libras. De hecho, en uno de los episodios más impactantes del largometraje, el padre se deja morir negándose a tomar los medicamentos prescritos, como un modo de librarse de un mundo que le oprime por todos lados.

Colin Smith (Tom Courtenay) se nos presenta como un joven de Nottigham (clásica urbe industrial británica) que llega a un reformatorio, el cual aspira a ser la típica institución donde se enseña disciplina, valores y habilidades profesionales para intentar encauzar la vida de un puñado de jóvenes desorientados. Como es de imaginar, dicha institución no es más que un reflejo de la hipocresía de una sociedad que más que desear el bien de esos muchachos pretende tenerlos apartados, reconfortar conciencias y solapar a través de ellos su egoísmo.

Al poco de estar en el reformatorio, su Gobernador apreciará que Colin tiene una especial capacidad para las carreras de fondo, y rápidamente surge entre ellos una relación de interesada cordialidad. El Gobernador anhela que su nueva estrella se prepare a conciencia para el reto que supone cada año una competición de campo a través contra los integrantes de un internado de niños bien.

Mientras el joven Smith goza de una serie de parabienes que le procura su nuevo estatus de apuesta segura para el referido evento atlético, revive en continuos flashback cuál ha sido su vida reciente y los derroteros que le llevaron a dar con sus huesos en ese reformatorio: la muerte de su padre, las relaciones con su madre, sus escapadas a la playa de Skegness para encontrar su amor y, finalmente, el robo en una panadería que fue el punto de inflexión.

En cada una de esas miradas atrás Colin va analizando su vida, una especie de quién soy y adónde voy, una reafirmación de que su vida no tiene demasiado futuro, pero aunque él no sepa ese futuro, quiere ser dueño del mismo, aun en contra de lo que exige su familia, la sociedad o los rectores del reformatorio.

La película es bastante entretenida, el actor Tom Courtenay nos presenta a un remedo de James Dean, aunque en este caso Smith es un rebelde con causa, la causa de una sociedad que aliena, cohíbe y estruja, como hicieron con su padre, que a través de sus vivencias, nos muestra con una singular interpretación, el reflejo de toda una clase media que se sustenta en un bienestar muy endeble pero suficiente para no pensar demasiado.

Esa fantástica interpretación nos hace ver a un Smith muy expresivo, entre socarrón y gamberro, entre dulce y fanfarrón, entre tierno y peligroso. Y es que la película es como Smith, es transgresora, quiere romper con lo impuesto, con la tradición, algo que se refleja en esos flashback que se intercalan a lo largo del metraje, también en las idas y venidas en la narración en la que se suceden partes serias y otras en tono de comedia (nutridas con música cómica), y por supuesto, en una cámara inquieta que corre con los personajes y que se mueve de una manera un tanto despistada.

En esta cinta de 1962 que se expande con el tirón de las películas francesas de la misma temática, el director Tony Richardson quería impactar con todos estos recursos y lo logra, desde el principio hasta el final, tal vez no hay que analizar tanto el argumento, con episodios en los que no le terminas de ver el sentido, sino más bien en los mensajes que trata de trasladarnos. Y digo que no hay que ver demasiado el argumento relacionado con su título, porque a decir verdad no es una película que narre una hazaña deportiva, la carrera de fondo es una argucia del escritor Sillitoe, tomada por este director para construir este proyecto.

Finalmente Colin Smith va a ganar, ganará a su manera para el asombro de todos, ganar es perder y perder es ganar, pero para descifrar esto hay que ver la película.