sábado, 3 de septiembre de 2016

"LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO", DE TONY RICHARDSON

Si tuviera que inclinarme por la primera razón que me movió a ver esta película, a buen seguro que habría de señalar que por su sugerente título. A todos los que corremos de forma habitual, aunque yo desde un plano muy aficionado y mediocre, nos seduce la idea de ver algún documento audiovisual, con cobertura literaria, que represente lo que hacemos en nuestro tiempo libre, perdidos por ahí en esos caminos infinitos.

Y por qué no, para los que corremos, probablemente no haya una sensación más legítima de soledad que la que se siente cuando uno está corriendo. Pero ojo, no la soledad vista desde un plano negativo necesariamente, sino que, para mí, suele ser una liberación, un momento de libertad, de inciso vital, donde uno experimenta la convicción de que el mundo se ha parado por un rato, esperando a que tú llegues a destino.

Basada en la novela homónima de Alan Sillitoe, su director Tony Richardson bebe claramente de las fuentes de la corriente cinematográfica francesa de la Nouvelle Vague, esa que encumbró al cine social, aquel que subrayó el duro papel que tuvo que soportar la clase media europea en los años posteriores al desenlace de la 2ª Guerra Mundial.

En ese ambiente de posguerra el protagonista, Colin Smith, es un joven sin futuro, un raterillo de tres al cuarto que pretende tener un futuro diferente, ni mejor ni peor, pero sí distinto que el que ha tenido su padre, un obrero de una factoría, que como él dice, trabajaba sin descanso y sudaba sangre para ganar un puñado de libras. De hecho, en uno de los episodios más impactantes del largometraje, el padre se deja morir negándose a tomar los medicamentos prescritos, como un modo de librarse de un mundo que le oprime por todos lados.

Colin Smith (Tom Courtenay) se nos presenta como un joven de Nottigham (clásica urbe industrial británica) que llega a un reformatorio, el cual aspira a ser la típica institución donde se enseña disciplina, valores y habilidades profesionales para intentar encauzar la vida de un puñado de jóvenes desorientados. Como es de imaginar, dicha institución no es más que un reflejo de la hipocresía de una sociedad que más que desear el bien de esos muchachos pretende tenerlos apartados, reconfortar conciencias y solapar a través de ellos su egoísmo.

Al poco de estar en el reformatorio, su Gobernador apreciará que Colin tiene una especial capacidad para las carreras de fondo, y rápidamente surge entre ellos una relación de interesada cordialidad. El Gobernador anhela que su nueva estrella se prepare a conciencia para el reto que supone cada año una competición de campo a través contra los integrantes de un internado de niños bien.

Mientras el joven Smith goza de una serie de parabienes que le procura su nuevo estatus de apuesta segura para el referido evento atlético, revive en continuos flashback cuál ha sido su vida reciente y los derroteros que le llevaron a dar con sus huesos en ese reformatorio: la muerte de su padre, las relaciones con su madre, sus escapadas a la playa de Skegness para encontrar su amor y, finalmente, el robo en una panadería que fue el punto de inflexión.

En cada una de esas miradas atrás Colin va analizando su vida, una especie de quién soy y adónde voy, una reafirmación de que su vida no tiene demasiado futuro, pero aunque él no sepa ese futuro, quiere ser dueño del mismo, aun en contra de lo que exige su familia, la sociedad o los rectores del reformatorio.

La película es bastante entretenida, el actor Tom Courtenay nos presenta a un remedo de James Dean, aunque en este caso Smith es un rebelde con causa, la causa de una sociedad que aliena, cohíbe y estruja, como hicieron con su padre, que a través de sus vivencias, nos muestra con una singular interpretación, el reflejo de toda una clase media que se sustenta en un bienestar muy endeble pero suficiente para no pensar demasiado.

Esa fantástica interpretación nos hace ver a un Smith muy expresivo, entre socarrón y gamberro, entre dulce y fanfarrón, entre tierno y peligroso. Y es que la película es como Smith, es transgresora, quiere romper con lo impuesto, con la tradición, algo que se refleja en esos flashback que se intercalan a lo largo del metraje, también en las idas y venidas en la narración en la que se suceden partes serias y otras en tono de comedia (nutridas con música cómica), y por supuesto, en una cámara inquieta que corre con los personajes y que se mueve de una manera un tanto despistada.

En esta cinta de 1962 que se expande con el tirón de las películas francesas de la misma temática, el director Tony Richardson quería impactar con todos estos recursos y lo logra, desde el principio hasta el final, tal vez no hay que analizar tanto el argumento, con episodios en los que no le terminas de ver el sentido, sino más bien en los mensajes que trata de trasladarnos. Y digo que no hay que ver demasiado el argumento relacionado con su título, porque a decir verdad no es una película que narre una hazaña deportiva, la carrera de fondo es una argucia del escritor Sillitoe, tomada por este director para construir este proyecto.

Finalmente Colin Smith va a ganar, ganará a su manera para el asombro de todos, ganar es perder y perder es ganar, pero para descifrar esto hay que ver la película.

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