sábado, 7 de marzo de 2015

JUGANDO A LA LIMA, UN REDUCTO DEL PASADO

Siempre que escribo algo con la etiqueta de juegos estoy con la misma cantinela, soy un poco pesado, me siento pesado para mí mismo, pero también me digo siempre que la percepción que tengo es real. Las nuevas tecnologías y maquinitas derivadas, han dado una estocada de muerte a los juegos en la calle y también a los tradicionales juegos de mesa.

Curiosamente el otro día me dijo mi hijo que quería que lo llevara a unos recreativos, ¿no sé en qué serie o película de televisión lo habrá visto? Efectivamente, esos recreativos que yo frecuentaba y bastante, en la década de los 80 y 90, han desaparecido. Tuve que hacer un esfuerzo intelectual para pensar dónde podría haber algo parecido: en algunos centros comerciales donde hay multicines, multinacional de la hamburguesería, restaurantes, hipermercado y tiendas variadas. No están mal las máquinas, pero desde la comodidad de manejar un ordenador, una tableta o un móvil en tu casa, la verdad es que se compensa bastante lo bueno de las máquinas recreativas actuales con toda su espectacularidad.

Ya no ves a los niños en la calle jugando a pillar, a carreras de relevos o al pañuelo, ahora cuando ves a niños en la calle a lo sumo van en bicicleta o están jugando al fútbol; la variedad lúdica brilla por su ausencia.

Imagino que esto irá por generaciones y que mis padres jugarían en la calle a unos juegos que yo jamás conocí, y mi hijo muchos menos que los que yo disfruté. Mi hijo tiene un curioso libro sobre pintores universales y sus cuadros más famosos y hay uno especialmente llamativo, se trata de la obra «Juego de niños» de Pieter Brueghel el Viejo, la tela data del siglo XVI y están preñada de matices, más de docientos cincuenta niños juegan en la calle a unos ochenta juegos distintos, muchos de ellos llamados al olvido, entre ellos quiero apreciar el que rememoro aquí. Es más, me atrevería a decir que si cualquier día normal actual pudiéramos ver con una cámara a lo que están jugando todos los niños de España, estoy convencido de que no llegan a más de cincuenta diferentes, es decir, mucho menos que lo que refleja el cuadro.

Pero yo intento que, por lo menos, a lo que yo jugué y con lo reconozco que me divertí, pues que mi hijo lo conozca, aunque luego él en su libre albedrío decida si le gusta o no le gusta. He de decir que mi hijo ha sucumbido a las nuevas tecnologías de forma inevitable, aunque yo intento tirar de él hacia la calle, pero es muy hogareño, demasiado, es más casero que un árbitro de regional.

El otro día hacía buena tarde y salimos a la calle a, como yo digo, apedrear perros (es una expresión que utilizo en plan castizo, pero que en ningún caso ejecuto porque me encantan los perros y, de hecho, tuve una hasta hace poco que era la mejor). Mientras él se afanaba con pico y pala en mover tierra, otro juego, yo recordé que tenía un trozo de barra de ferralla en casa y una pequeña lima de herrería. Tenía la perfecta excusa para intentar jugar a algo que podía hacer no menos de treinta y cinco años que no hiciera: A la lima.

Se llamaba así, la lima sin más, al menos en mi barrio ese era el nombre. Juego típico de la época otoñal e invernal, sólo se podía jugar cuando había llovido, pero no recién llovido; el terreno tenía que estar tierno pero no embarrado. La base fundamental del juego estriba en lanzar el trozo de barra metálica, del tipo que sea, e hincarla en el terreno.

En esta ocasión, esa buena tarde con mi hijo me inyectó un subidón de adrenalina, porque sí, se hincaba fantásticamente en la tierra y por un rato fui niño otra vez. Así que tras haber hecho la prueba de verificación, no había más que construir el terreno de juego, porque con estos sencillos materiales, facilísimos de conseguir, el remate era hacer un juego entretenido, no bastaba con hincar por hincar, aunque quiero recordar que algún juego consistía en hincar a una distancia larga sin más.

Realmente el juego que yo conozco, a buen seguro que hay muchas variantes, consistía en hacer un rectángulo en el suelo, de tamaño aleatorio, aunque yo diría que unas medidas estándar podrían ser 1 metro de ancho por 2 o 2,5 de largo; dispuesto ese cuadrante se dividía en ocho o diez cuadrados iguales. Yo, en esta ocasión probé con ocho cuadrados, y en cada uno de ellos puse un número. Por buscar alguna similitud, tiene semejanzas con los cuadrantes que se pintan en el suelo para el juego del tejo, otro gran olvidado.

La distribución de los números es longitudinal, es decir, a tus pies te encuentras dos cuadrados que son el principio y el final del juego, a la izquierda puse el uno y a la derecha el ocho, aunque esto se puede cambiar, de hecho, yo soy zurdo y mi subconsciente tal vez decidió hacerlo así porque me era más cómodo. De forma que comenzando en el uno, los números se suceden consecutivamente en línea recta hasta llegar, en mi cancha, al número cuatro, al lado lógicamente el cinco, y vuelta hacia atrás hasta el ocho.

El juego se sucede de la siguiente manera, se lanza la lima al cuadrado con el uno, si se hinca y está dentro del cuadrado, se pone un pie en el mismo y se pasa al dos, y así sucesivamente hasta llegar al ocho, una vez allí hay un círculo fuera, relativamente próximo donde hay que hincar también para completar la tanda. Si se falla en alguno de los números hay que comenzar desde el principio, y se le pasa el turno al rival o rivales. Si se consigue la tanda mi recuerdo me dice que esta vez no se empezaba por el uno, sino por el dos, y así consecutivamente hasta que uno hiciera ocho tandas, que aunque podían ser más cortas en lanzamientos algunas tenían su dificultad, pues por ejemplo, hay que lanzar al cuatro o al cinco de inicio, a unos dos metros de distancia y hay que tener cierta habilidad.

A todo esto, a mí me encantó revivir mis años mozos, más que nada porque hincaba bien la lima (mejor en mi caso el trozo de ferralla), le pegaba con fuerza, tal y como si hubiera jugado ayer con los amigos del barrio. Y mi hijo..., pues tampoco le llamó especialmente la atención, ¿qué se le va a hacer? Me hubiera gustado hacer algún campeonato mundial con él, pero siguió con sus herramientas moviendo tierra.

Ya digo, no sé, a estas alturas de la película, si todavía juega alguien en España a la lima, lo poco que he podido encontrar en Internet es gente de mi edad o mayor, rememorando al igual que yo su andanzas infantiles, y algunos nombres que se le atribuyen a juegos similares de «hincar algo metálico en el terreno», tales como la roma o la ronga.

En fin, puedo decir que las armas del juego las tengo a buen recaudo, que voy a seguir jugando, aunque a mi hijo no le apasione, y todo ello para no olvidarme que alguna vez fui niño y, de paso, para autoimponerme el cargo de ser probablemente el último reducto del juego de la lima en España.

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