martes, 30 de agosto de 2011

ÁGUILAS, ESCONDIDA PERLA DEL MEDITERRÁNEO

Sorprende que, de algún modo, cuando uno visita Águilas (Murcia) una ciudad costera típica del Mediterráneo español, sus calles, sus plazas, sus bares, sus chiringuitos, aún no han sido profanados por la marea humana de la clase turista extranjera. Águilas permanece intocable, con sus reclamos en español y poco o ningún guiño a los guiris, y es que ya se sabe, uno a veces ha tenido que ir a la Costa del Sol o a Mallorca y lo pasa mal intentando hablar con el camarero que a duras penas conoce tu idioma, y es que eso te da que pensar y te sientes como un extraño en un lugar donde no deberías serlo.

Pero Águilas mantiene todavía ese sabor al turismo tradicional de familias españolas de clase media que disfrutan a manos llenas de las playas, pero al estilo que más nos gusta, el de la bolsa nevera repleta y el chiringuito bien cerca para avituallarse convenientemente. Y, por supuesto, con horarios “cristianos”, es decir, se empieza con el aperitivo nunca antes de las dos, para rematar sin que se sepa cuándo ha terminado el piscolabis y cuando empieza la comida, más allá de las tres y media, con la típica tortilla de patatas, filetes empanados y todo tipo de exquisiteces de la variada gastronomía hispana. Total que uno comienza a hacer la digestión cuando algunos extranjeros están asomándose a las terrazas de los paseos marítimos para cenar, ¿qué quieren que les diga? En mi tierra no se cena hasta las diez de la noche, antes de eso, en verano, es casi un sacrilegio.

Por eso Águilas sorprende, porque no ha sido descubierta por los extranjeros, y los que hay, pienso que son muy inteligentes, ya que son de los que no sacan los pies del plato y tratan de adaptarse a nuestras costumbres, y se ve que también disfrutan y que gozan con lo saludable de nuestros horarios, nuestra forma de ser y ese modo de afrontar el período estival.

Esta localidad murciana evoca un pasado señorial, con edificios singulares que le dan un aire neoclásico, seguro que por la influencia que tuvo cierto empresariado británico que se asentó en la zona a finales del siglo XIX, y que llegó para explotar los yacimientos minerales de la cercana Sierra de los Filabres. Águilas reforzó su condición de punto estratégico con la construcción del Embarcadero del Hornillo, una fabulosa obra de ingeniería que me impactó, es la foto que abre este articulillo, hecha in situ por mi cámara, y que sería construida por The Great Southern of Spain Railway Company Limited (la empresa concesionaria del trazado ferroviario Baza – Águilas), con la dirección técnica del ingeniero londinense Gustavo Gillman.

Ese legado se destila por las calles de su centro, edificios robustos (alguno necesita reformas y algunos una manita de pintura de vez en cuando) que proyectan largas sombras y que por un momento te transportan a aquellos días florecientes donde Águilas debió ser una bulliciosa ciudad de provincias, un poderoso centro de negocios, con esa amalgama de gentes venidas del Imperio británico y lugareños que verían transitar por sus tierras un torrente de riqueza.

Aquella fuente de oportunidades sucumbió y ahora sólo quedan las infraestructuras de lo que fue ese pasado. Águilas fue y sigue siendo una ciudad con un sector primario potente, pero también ha evolucionado hacia una ciudad de servicios donde el turismo goza de una muy buena salud. Da la impresión de que la localidad no se ha plegado a la especulación brutal de otras zonas de la costa española, quizá influido por ese freno natural que produce el hecho de que el turismo sea, por el momento, mayoritariamente nacional y en muy buena parte casi local; es de destacar, en este aspecto, el que muchos vecinos de la cercana ciudad de Lorca tengan en Águilas su segunda residencia.

Por otro lado, otro hecho interesante resalta el papel de esta ciudad y es que no ha perdido su esencia como sí le pasa a muchos lugares de costa, que han sucumbido a las exigencias de sus turistas y ya no se sabe dónde estás. En Águilas persisten y con solidez sus fiestas, sus costumbres, su cultura..., particularmente guapo de ver es su Carnaval, de lo más brasileño que he visto en España, pero muy dinámico, bien organizado y que vislumbra un tejido asociativo digno de admiración.

Y las playas, probablemente lo mejor de Águilas para disfrute de sus gentes, pero vamos a decirlo bajito que no se corra mucho la voz. Su configuración geográfica forma en su línea de costa, pequeñas bahías que han posibilitado a lo largo del tiempo la acumulación de arenas cerca de la orilla. Eso permite que, por un lado, puedas adentrarte en el mar unos cien metros sin que te cubra, para deleite de los más pequeños y, por otro, que toda esa zona de baja profundidad se caliente con más facilidad por el sol, con lo que las aguas tienen una temperatura muy agradable, casi caribeña. No es que haya visto todas las playas del pueblo, pero la de La Carolina me parece simplemente paradisíaca.

Y sus gentes abiertas y alegres como todo el sur de España, y no voy a caer en el tópico de decir que Águilas sea muy andaluz. Seguro que andaluces y murcianos tenemos muchos caracteres comunes. Uno se siente en casa, y quizá Águilas y Murcia tengan influjo de Andalucía, como Almería, Granada y Jaén lo tienen de Murcia, y lo mejor es ser ciudadano del mundo y quedarse con lo bueno de cada sitio.

martes, 23 de agosto de 2011

EL SALTO DE ALTURA, DESDE LA TIJERA AL "FLOP"

Prácticamente estamos en la antesala de los Campeonatos del Mundo de atletismo que se celebran este año en la ciudad surcoreana de Daegu, del 27 de agosto al 4 de septiembre, y me ha parecido relevante sacar una entradilla acerca de este deporte que es el más practicado del mundo, la gran vedette en los Juegos Olímpicos, y dicho sea de paso creo sinceramente que es el que más me gusta de todos.

Una vez escuché que unos Campeonatos del Mundo de atletismo son el tercer acontecimiento deportivo por popularidad, después de los Juegos Olímpicos y del Mundial de fútbol. Sólo me quedan por ver in situ unos Juegos Olímpicos, ojalá que al final Madrid pueda conseguirlo aunque tenga que probar varias veces. Así que puedo decir que soy un afortunado, pues he podido asistir a un Mundial de fútbol, el de 1994, y en 1999 me saqué el abono para los Mundiales de atletismo en Sevilla, inolvidables, donde recuerdo la vuelta más rápida al estadio jamás vista en la historia, protagonizada por el gran Michael Johnson con 43'18; o la entrada triunfal en el Estadio Olímpico de Sevilla de Abel Antón que se proclamaba Campeón del Mundo en la siempre mítica y agónica prueba del Maratón.

Dicho esto, resulta curioso presenciar como en el atletismo existe una evolución muy lenta en cuanto a récords, en contraposición a otro deporte estrella como es la natación donde en cada torneo importante suele haber una lluvia de plusmarcas. Me temo que los avances tecnológicos en la natación por pequeños que sean y en un recinto con unas condiciones siempre invariables, posibilita avances sustanciales. En el atletismo con esos avances la progresión es mucho menor, y es que influyen otros factores, tales como el lugar donde se practica este deporte que está siempre mucho más supeditado a condiciones climatológicas, estado y características de la pista, la interacción en muchas pruebas con tus oponentes que facilitan o perjudican los consecuentes logros...

Aparte de eso, las variaciones técnicas en el atletismo son mínimas y las aportaciones que se hayan hecho por ordenador pueden transferir alguna ventaja, pero no como para progresar exponencialmente; más que eso ha contribuido la profesionalización de atletas y entrenadores, los hábitos alimenticios o las planificaciones en los entrenamientos. Pero, de algún modo, un atleta corre igual ahora que hace cien años.

Por otro lado, también hemos de reflexionar acerca de la legitimidad de algunas marcas mundiales vigentes en este deporte, pues se lograron entre la década de los 80 y comienzos de los 90, que permanecen sin batirse, casi inalcanzables, ya que fue una época donde se hablaba mucho del uso indiscriminado de sustancias dopantes, especialmente por atletas del Este de Europa y China. Incluso el récord del mundo masculino actual tiene su polémica, realizado por el cubano Javier Sotomayor en 1993 en Salamanca, con 2'45 m., y que a los pocos años fue suspendido por dopaje en dos ocasiones (una de ellas por nandrolona, un anabolizante que se usa para vigorizar los músculos), a ese récord no ha llegado nadie ni de cerca, y ostenta diecisiete de los veinticinco mejores saltos de todos los tiempos. Siempre ha ido la trampa por delante de la legalidad, antes era más acusado y había muchas trabas para pillar a los atletas fulleros. Ahora está todo más controlado, pero el engaño suele ir un puntito por delante de lo legal, y es que sigue habiendo un mercado negro en este mundillo y técnicas para evitar que te destapen; es curioso que lo último que yo conozco o que más se comenta es las autotransfusiones, al límite de la legalidad, y que para lograr su detección se acude a la presencia en sangre de mínimas cantidades de sustancias plásticas, en teoría la de los envases donde ha permanecido tu propia sangre enriquecida externamente.

Bien, al hilo de los avances sustanciales en determinadas pruebas atléticas, lo cierto es que los cambios de estilo introducidos en ellas son invisibles o inapreciables en la mayoría de los casos, es decir, se corre, se lanza o se salta igual ahora, que cuando yo era chico. Quizá el cambio reciente más relevante fue el establecido hace veinticinco años cuando algún lanzamiento de jabalina comenzó a superar los cien metros (el récord mundial lo alcanzó el alemán oriental Uwe Hohn con 104'80 m.) y amenazaba con franquear el césped del estadio e irse a la pista o peor todavía a una grada repleta de aficionados. La IAAF (la Federación Internacional de Atletismo) decidió entonces cambiar el centro de gravedad de la jabalina con el objetivo de dificultar el lanzamiento y rebajar drásticamente las marcas. El nuevo récord lo ostenta el checo Jan Zelezny con unos nada despreciables 98'48 m. logrados en 1996, aunque por el momento no hay peligro de accidente por impacto pues desde su retirada, llevamos casi una década sin que nadie haya superado los 92 metros.

No obstante, el cambio más drástico y reciente en una prueba atlética fue el sufrido por el salto de altura, probablemente la más cambiante y con una historia más rica de todas las que se dan cita en esta deporte tan singular como heterogéneo. Hace apenas cuatro años entrenaba atletismo en un Instituto de Enseñanza Secundaria a un grupo de chavales, y los días que llovía subíamos al gimnasio y practicábamos allí. Muy bulliciosos, eso sí, pero no malos; entre reprimendas y regaños que siempre estaban a la orden del día, alguna vez se lo tomaban en serio; por suerte las instalaciones contaban con un listón de salto de altura y unas socorridas colchonetas para caer sin miedo (miedo era precisamente lo que no tenían mis alumnos). Cuando se ponían a saltar, yo también me unía, observé que todos tendíamos a intentar rebasar el listón no de espaldas o estilo Fosbury, del que hablaré más tarde, sino con otras técnicas más naturales, las que imagino que abordarían los primeros atletas de esta prueba hace algo más de un siglo. Así, tenía alumnos que intentaban superar el listón corriendo frontalmente y atacando como si fuera una valla, otros que se tiraban en plancha con cabeza y brazos por delante como si se lanzaran a una piscina, y otros que saltaban lateralmente haciendo una tijera con los pies.

El salto de altura en sus inicios se hacía sin carrera, es decir, desde una posición parada delante del listón se saltaba, pero apenas hace un siglo se observó que tomando una ligera carrera se podía saltar más y abordar el listón de diferentes formas. En aquella época de los primeros Juegos Olímpicos coexistían dos estilos de salto: 1. La tijera, ni más ni menos que tomar carrera y saltar de lado pasando una pierna y luego la otra, en una rápida tijera, de ahí el nombre. 2. El rodillo costal o western roll, también conocido como rodillo californiano, cuyo máximo representante fue el estadounidense George Horine, que era un perfeccionamiento del estilo tijera; se abordaba el listón de la misma forma, lateralmente, pero cuando estaba arriba el primer pie, el otro, el de impulso, se pasaba por encima de este y todo el cuerpo giraba, gráficamente se rodaba de espaldas, y es como si en lo más alto del listón se golpeara un balón imaginario en el aire (la media tijereta en el fútbol).

Allá por 1936 comienza a verse por primera vez en Estados Unidos una nueva técnica, el rodillo ventral, consistente en atacar el listón de forma lateral, impulsarse con una pierna, elevar brazo y pierna contrarios al máximo y franquear el listón boca abajo, a la par que se realiza una acción envolvente y rotatoria, en la que el vientre (de ahí su nombre), se presupone que es la parte que queda más cercana a la barra. No obstante, serían los soviéticos los grandes especialistas con esta técnica, llegando a cotas y marcas jamás alcanzadas. El gran especialista fue Valeri Brumel, apoyado por los estudios biomecánicos de su entrenador, que llegó a poner el récord del mundo en 2'28 en 1963, con esa marca podía ser hoy día perfectamente finalista en un Mundial o en unos Juegos Olímpicos; por desgracia un accidente de moto en 1965 frenó su progresión.

La gran revolución se produjo en 1968 cuando en los Juegos Olímpicos de México, eternamente añorados por el antológico récord de salto de longitud de Bob Beamon (8'90 m. destrozando el anterior récord en más de medio metro), surgió la figura del estadounidense Dick Fosbury que sorprendió a todos con el estilo que todos conocemos hoy, es decir, saltando de espaldas y con el brazo más próximo al listón extendido, para lo cual se corre en dirección transversal siguiendo una trayectoria curva. Fosbury ganaría la medalla de oro, y poco a poco los saltadores fueron haciéndose con esta nueva técnica.

Aparentemente las características biomecánicas del Fosbury Flop o simplemente “flop”, presagiaban el poder superar las marcas del rodillo ventral, y más o menos así ocurrió, pero también el éxito de este moderno salto estribaba en la mayor facilidad para enseñarlo, en contraposición con la más compleja técnica del rodillo ventral, en la que se necesitaba una mayor concentración y una depurada especialización, pues se activaban más partes del cuerpo que en el “flop”.

Los especialistas en la materia señalan que fue más por pereza que otra cosa, por lo que el rodillo ventral dejó de utilizarse y no porque la evolución del mismo se hubiera frenado. Si antes he comentado acerca de Brumel, fue otro soviético, Volodimir Yashchenko el que elevó el listón con la técnica del rodillo ventral hasta sus más altas cotas, en 1977 con sólo 18 años alcanzaría los 2'34 m. al aire libre, y un año más tarde los 2'35 m. en pista cubierta, marcas con las que hoy a buen seguro podría optar a una medalla de oro en Juegos Olímpicos o Campeonatos del Mundo. Lamentablemente sufriría una gravísima lesión de rodilla que lo apartaría definitivamente de los tartanes, ¡con tan sólo 20 años!, y con él, la posibilidad de saber si podría haber elevado el listón aún más, seguro que sí dado lo joven que era, para rivalizar contra todos los atletas del estilo “flop”, para prestigiar esta bellísima técnica y poner en duda las bondades del estilo que Fosbury instauraría en 1968. Yashchenko moriría prematuramente con tan solo cuarenta años, de cirrosis, sin comentarios.

Por cierto, que se le atribuye a Fosbury la paternidad de la nueva técnica “flop”, y desde luego él fue el que la llevó al estrellato, aunque al parecer la idea se le atribuye a la atleta canadiense Debbie Brill. No obstante, se puede encontrar en Internet reseñas de un tal Dickie Browning, un gimnasta acrobático estadounidense que a mediados de los 50 del pasado siglo consiguió superar el listón de espaldas por encima de los dos metros, acercándose al mismo tras varias volteretas que le otorgaban el impulso definitivo.

Lo cierto y verdad es que la última gran competición en la que se vio por última vez el rodillo ventral fue en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, donde el saltador chino Yunpeng fue finalista en esta prueba pero sin opción a medallas. Creo que la última vez que vi a alguien saltando con este estilo fue algún decatleta, pero seguramente que hace más de veinte años.

Pienso honestamente que la coexistencia de dos estilos en el salto de altura permitiría una mayor emoción y atractivo a una prueba que de por sí es algo aburrida y estática. Los mismos saltadores suelen ser poco extrovertidos antes del salto, no suelen exigir la intervención del público, como por ejemplo los saltadores de longitud que son todo un espectáculo.

En Internet hay multitud de vídeos de saltos de longitud, muy curiosos, atletas que hacen saltos sin carrera y pegan brincos espectaculares, y llamo la atención sobre el veterano saltador sueco Stefan Holm, un peculiar atleta, lleno de tics, que se retiró hace un par de años de la gran competición, y que era todo lo contrario al biotipo de un saltador, el más bajito siempre de todos sus competidores, con tan sólo 1'81 m., cuando muchos practicantes de esta disciplina son unos tallos que superan los dos metros. En dichos vídeos se le puede ver entrenando carreras de vallas a 1'60 m. de altura, o haciendo un salto de tijera gracias a sus mullidas y elásticas piernas (emulando a los atletas de hace un siglo) sobre 2'10 m., lo que entiendo que sería el récord del mundo oficioso con esta técnica. Además a Holm se le atribuye el grandísimo honor de ser el saltador que ha logrado saltar más centímetros por encima de su propio cuerpo, con 59 cm., llegó a superar los 2'40 m. en pista cubierta, y curiosamente en Madrid.

En fin, el rodillo ventral expiró, pero aún nos quedan imágenes de la belleza y estética de este salto; por eso, para quien esté interesado no hay más que acudir a www.youtube.com para poner el nombre de esta técnica o el nombre de alguna de las figuras que he nombrado y deleitarse con un reducto del pasado que ¿resucitará alguna vez?

miércoles, 17 de agosto de 2011

CONCURSOS PARA SUPERDOTADOS Y CONCURSOS PARA ZOQUETES

Me da la impresión de que a no pocos de los que nos sentamos a ver tranquilamente la tele, nos sentimos atraídos por los concursos de perfil cultural. Eso de que pongan a prueba a los concursantes y a nosotros mismos acerca de lo que sabemos de un tema concreto o de cualquiera (la cultura general para que nos entendamos), suele dejarnos pegados a la pantalla, elucubrando que nosotros podríamos estar ahí, suplantando al concursante de turno, pues esta o aquella respuesta sí que la sabíamos y en el plató de televisión han fallado estrepitosamente.

Ahora bien, hay que advertir que en toda la plétora de concursos que hay y ha habido en las diferentes televisiones de nuestro país, también hay niveles, los hay para casi superdotados y, en el otro extremo, concursos para zoquetes.

Por irme al grano de lo que conocemos por cercanía, tenemos un clásico de TVE, concretamente en La 2, que es “Saber y ganar”, que lleva en la actualidad catorce temporadas consecutivas en antena, con un incombustible y “eternamente joven” presentador, Jordi Hurtado, que tiene 54 años y parece que sale cada día de una cámara criogénica para hacer el concurso y después vuelve a ella (por cierto, que corrió hará un tiempo, una leyenda urbana que decía que había muerto, y yo creo que es verdad, que el presentador realmente es un holograma de Jordi Hurtado hecho por ordenador). Y lo cierto es que es un programa entretenido que va variando el formato a lo largo del tiempo y resiste pese a tener un horario poco atractivo (a las 15.30 h., lo que viene siendo la hora de la siesta), y que compensa con un valor incuestionable: El fabuloso e impresionante nivel cultural de sus participantes.

Y, como digo, el formato a priori no debiera contribuir mucho a hacerlo llamativo, porque no hay más que preguntas de Jordi Hurtado, una voz en off (antes Juanjo Cardenal ahora Jordi Royo) y la colaboradora Pilar Vázquez, y respuestas de los concursantes, con un mínimo apoyo de alguna imagen. Debe haber un equipo muy cualificado por detrás que prepara las preguntas de forma concienzuda y que abarcan todos los temas posibles, y sorprendentemente a pesar de la dificultad de las cuestiones propuestas, hay concursantes que tienen un nivel extraordinario y que demuestran tener una vastísima cultura general, saben de actualidad, de historia, de música, literatura, arte, teatro, ciencia...

Ha habido en este programa grandísimos concursantes, verdaderos superdotados que nunca obtendrán el justo homenaje que merecen, ni siquiera el económico pues aunque algunos se han llevado suculentos premios a base de estar días y días acribillados a preguntas, hay lastimosamente en la tele otros programas concurso en los que con menos cociente intelectual y algo de suerte se pueden obtener en apenas una hora los mismos beneficios. Por cierto que siempre recordaré, por aquello del paisanaje, al maestro de escuela ubetense Alberto Sanfrutos que hace más de una década estuvo varios meses deleitándonos a mí y a mi padre por su extrema sabiduría.

No es gratuito pensar que detrás de este concurso hay una cabeza pensante muy bien amueblada, se trata del veterano director de programas de televisión Sergi Schaaf, que curiosamente también fue el creador de otro de los concursos de la tele que más me ha impresionado jamás, por lo mismo, porque la estrella era la fastuosa capacidad intelectiva de sus concursantes. Quizás alguno recuerde aquel concurso que presentaba una de las voces más singulares de nuestro país, Constantino Romero, y que se emitió de 1987 a 1992. En este formato, aparte de que los participantes tenían, cómo no, un gran nivel cultural, solían estar especializados en algún tema concreto. Recuerdo en una ocasión a un señor mayor cuyo tema estrella era “El Quijote”, y demostró saberse prácticamente de memoria sus dos volúmemes, ¡increíble!

Aquel programa se remataba con las “Superpreguntas”, eran tres y con tiempo límite, creo que tres minutos para cada una, las mismas consistían en averiguar una cuestión complicada para la que previamente habían tenido que resolverse otras pequeñas cuestiones intermedias que llevaban a la resolución final a los concursantes, para ello se valían de una fabulosa biblioteca repleta de enciclopedias y libros de consulta. La cuestión se planteaba aproximadamente del siguiente modo, se trata de un ejemplo que me acabo de inventar: “En una calle de un barrio de Londres hay una inscripción que alude a los caídos en la Batalla de X, esta se erigió en 18XX; en ese año a una milla de allí nacía un político británico que vivió entre 18XX y 18XX en una ciudad belga. En esa ciudad belga se creo en 17XX la Sociedad XXX, uno de cuyos dueños fue un afamado periodista, ¿cuántos hijos tuvo?” Lo sorprendente de las superpreguntas es que pese a lo rebuscadas que eran, había algunos concursantes que se saltaban algún paso sin tener que acudir a las enciclopedias ¡porque sabían alguna de las respuestas previas!

Y bueno, estos son dos patrones de programas muy buenos, de mucho nivel. Han existido y siguen existiendo otros de elevado perfil, también “Pasapalabra” está muy bien por ejemplo; los hay de un nivel medio, y luego existen otros concursos que bajo el paraguas de “cultural”, son más un espectáculo que otra cosa, donde como he dicho antes, una mínima cultura y mucha suerte pueden otorgar notables dividendos.

Precisamente en aquella época de “El tiempo es oro” había un claro ejemplo de programa “casposillo”, se trataba de “El precio justo”, presentado por Joaquín Prat (que solía reírse bastante de los concursantes y en su propia cara), concurso que se basaba en la supuesta habilidad de los participantes para conocer el precio de mercado de un sinfín de productos. En una noche con suerte algún tragapanes podía ganar una millonada (de pesetas), sin llegar ni de lejos al nivel intelectual de los competidores de “El tiempo es oro”, que no dudo que muchas veces se tiraran de los pelos pensando que se habían equivocado de programa.

Por desgracia, en la actualidad pasa lo mismo, existiendo programas pseudo-culturales en los que prima el espectáculo y las cifras apetitosas que se manejan más que el nivel de inteligencia y raciocinio de los concursantes. Esta pasada semana sin ir más lejos, vi como una chica, no sé en qué concurso, tenía que resolver un nombre como en el juego del ahorcado, donde estaban la mayoría de las consonantes y faltaban casi todas las vocales: “L_ _ N _ R _ O D _ V _ N _ I”, y la pista era “célebre pintor e inventor italiano”. La chavala en cuestión, un poco majadera, no ocultaba su incultura repitiendo que no lo sabía y que ni idea, ya que lo mejor era callarse haciendo como que pensaba, y no ofrecer un delirante espectáculo señalándose como una auténtica garrula del siglo XXI.

Proliferan otros concursos que parecerían ser culturales y que realmente no lo son, donde la parafernalia, la escenografía y la imagen del presentador son las estrellas del programa; y aquí se me viene a la cabeza el concurso “Allá tú”, con un formato bastante imbécil todo hay que decirlo, y donde los concursantes se prestan a hacer un poco el ganso, entiendo que obligados por la dirección del programa. Pero no lo olvidemos no es nada cultural, es pura probabilidad, suerte y no ser muy ambicioso para llevarte un razonable dinerito, de tal manera que un superdotado de “Saber y ganar”, no conseguiría mucho más éxito que cualquier mastuerzo.

Y, en definitiva, que me fastidia sobremanera que los concursos para gente de nivel no sean muchos, no otorguen grandes sumas de dinero, y otros donde se echa mano de unos mínimos conocimientos culturales para que algunos zoquetes con suerte se lleven el zurrón lleno a casa y, por supuesto, manteniendo su ignorancia y analfabetismo funcional por los siglos de los siglos.

domingo, 7 de agosto de 2011

"LOS CAMIONEROS", UNA SERIE DE OTRA ÉPOCA

Pues hará unos pocos meses que escribía sobre la primera vez que tenía conciencia de haber visto una televisión en color, en un articulillo que creo que a muchos de mis amigos y conocidos les hizo evocar mis mismas sensaciones, porque también ellos vivieron alguna experiencia similar y otras circunstancias un tanto surrealistas.

Y el otro día repasando mi memoria intenté hallar cuál era la serie española de televisión más antigua que yo recordaba haber visto de niño. La respuesta no me fue difícil encontrarla, pues se trataba de rebuscar en las series que uno vio con cinco o seis añillos, que es cuando uno verdaderamente comienza a tener uso de razón. Se trataba de la serie “Los camioneros”, del director Mario Camus.

No me ha sido complicado visionar este verano la mayor parte de los capítulos de esta producción hispana por los cuatro costados. Corta en cuanto al número de los mismos, pues sólo se hicieron trece, y desconozco el porqué de tan exigua cantidad, cuando además en aquella época no había más que una televisión en España (bueno, había dos, pero la UHF estaba poco implantada) y esa serie había tenido una buena acogida, no en vano por aquel entonces los TP de oro eran bastante afamados, más que ahora, y había obtenido uno en 1973.

Aquella serie vio la luz en la pequeña pantalla a finales de 1973, prolongándose hasta febrero de 1974, y tenía el reclamo de un actor, por entonces incipiente, llamado Sancho Gracia que representaba perfectamente al macho español. La serie no se andaba con tapujos y era profundamente machista y con unos estereotipos sociales muy marcados, tanto que hoy nos escocerían los ojos y nos dolerían los oídos de las cosas que se decían.

Básicamente esta producción contaba las vicisitudes del camionero Paco (Sancho Gracia), que siempre se hacía acompañar en el camión por diferentes compañeros, y a los que les acaecían situaciones singulares en el transcurso de sus variados portes.

Las historias y el guión (de Pedro Gil Paradela) eran un pelín endebles, demasiado simples divisando desde la distancia de hace cuarenta años, pero creo que cumplían el trámite de resultar un entretenimiento de la sociedad española de aquella época, pese a que se basara en ciertos roles que hoy no veríamos con buenos ojos.

Paco destilaba virilidad, con gran exhibición de músculo y de sus dotes para buscar y encontrar gresca, no en vano era amante del boxeo, ya que era raro el episodio en el que no había peleas a mamporrazo limpio. Otro de los tópicos que utilizaba Mario Camus era el del camionero ligón y rompecorazones, pues Paco tenía amores en cada bar de carretera (curiosamente siempre atendía una guapa señorita), en cada gasolinera, en cada lugar de destino..., desdeñando y poniendo en solfa, sin ningún tapujo ni ambigüedad, la relación de tirante noviazgo que mantiene con Loli, y que aparece en varios capítulos.

En este contexto tampoco faltaban los comentarios machistas y una transmisión de una realidad social que, por fortuna ha cambiado, pero que daba que pensar que el hombre, pelo en pecho y cigarrillo en boca, era el que trabajaba para el sustento familiar y la mujer se dedicaba en exclusiva a las tareas domésticas y a servir y molestar lo menos posible a su marido.

Esos son los aspectos negativos de la serie que hay que entender en el momento de su emisión y que es lo que más me llama la atención poderosamente hoy. También podemos ensalzar algunos detalles interesantes y que podrían colaborar en la buena fama que tuvo.

El primero de ellos es que era una serie grabada en exteriores, en carreteras, en ciudades, en costas, en lugares pintorescos, a veces recreándose incluso en tomas generales con el camión surcando por aquellas carreteras infernales de los años 70. Esto implicaba que la realización de cada episodio debía suponer un importante desembolso económico para aquella época, no sé si eso fue lo que influyó para que tuviera una corta existencia de sólo trece entregas. En cualquier caso, era una manera muy ilustrativa de visitar España y también Portugal; así, tiene episodios en Santander, Bilbao, Vigo o Almería.

Por otro lado, la música de cabecera y la banda sonora de la serie de Antón García-Abril era muy alegre y pegadiza, francamente chula, y acompañaba de forma acertada los devenires de estos profesionales de la carretera. No sé, pero a mí me suena en algunos pasajes a la banda sonora de una serie algo más moderna en el tiempo, “Verano Azul” de Carmelo Bernaola, ¿casualidad, inspiración o…?

La serie es un auténtico homenaje a los profesionales del camión, imagino que gustaría mucho a estos, porque creo que reflejaba bastante bien las penurias que pasaban en aquella época, con unas carreteras, como he dicho antes, inhumanas y que tenían el peligro en cada curva. De hecho, no recuerdo haber visto ni un solo kilómetro de autovía o autopista en escena alguna. En todo caso, los actores que participaron en la serie y, particularmente Sancho Gracia, seguro que tuvieron que tomar clases de conducción de camiones (salvo que ya tuvieran experiencia previa), porque se les ve muy sueltos y no se percibe que utilicen dobles.

Por último, también llama la atención aspectos que también hoy nos resultan improcedentes, como el beber alcohol para comer, fumar compulsivamente conduciendo, o aparcar el camión en mitad de una carretera nacional sin meterse en el arcén.

Algo sí queda claro tras ver la serie y es que el binomio Mario Camus – Sancho Gracia, les iba a reportar beneficios y fama a los pocos años, pues ambos fueron los artífices, el uno como director y el otro como actor principal, de la archifamosa serie “Curro Jiménez”.