sábado, 16 de septiembre de 2017

"MISTERIOSO ASESINATO EN CASA DE CERVANTES", DE JUAN ESLAVA GALÁN

Confieso que nunca había leído nada de mi paisano comprovinciano Juan Eslava Galán, y después comentaré por qué, aunque siempre lo he tenido como un divulgador de la historia ameno y sagaz, al que he escuchado en la tele, pero especialmente en la radio, porque yo sigo siendo muy afín a este medio de comunicación.

Eslava Galán nos propone un viaje a los inicios del siglo XVII, a Valladolid que se había convertido con los albores del inicio de la nueva centuria en la capital de España y, por ende, en la de todo un inmenso imperio, comandado por Felipe III y que comenzaba a hacer aguas por todos sus costados.

El popular escritor urgavonense aprovecha unos hechos reales para construir una novela que tiene un poco de todo, humor, tensión, historia, costumbrismo..., y que cuenta como foco gravitatorio con D. Miguel de Cervantes, aunque el mito de nuestras letras sirve como excusa para construir una trama detectivesca con múltiples variables que hacen muy amena su lectura.

Lo primero que me sorprendió de la novela es que la trama no se presenta enrevesada, es clara y directa, en apenas veinte páginas, las primeras, sin mayores preámbulos y vericuetos que muchos autores suelen utilizar para engordar sus obras y dilatar pesadamente el meollo, ya se nos ha presentado el intríngulis de la misma. Miguel de Cervantes y «las cervantas» (familiares directas del célebre escritor del Quijote que conviven con él) son enviados a prisión acusados de la muerte de un caballero, Gaspar de Ezpeleta, por la cercanía a la vivienda donde ocurre el óbito y por las habladurías y sospechas de una vecina cotilla y malcarada.

El bueno de Eslava, que es un erudito de la historia, y en la divulgación de la misma, ratón de biblioteca que siempre me ha llamado la atención por descubrirnos curiosidades de la vida de nuestros ancestros hace siglos; se pone en la piel de un morador del siglo XVII, y este es el segundo dato que sorprende agradablemente ya que adapta con ciertos matices su lenguaje que tiene innumerables giros de la época y palabras en cierto desuso. Pero no es una adaptación radical y eso permite que no desconectemos de la lectura, a veces ciertamente profusa en adjetivos y sinónimos. Yo siempre he sido de la opinión de que la lectura debe instruir y ha de ser rica, ¿de qué sirve un texto plano con un vocabulario simplón y casi infantil?, y el caso es que los hay; a mí me llena más un texto de cierto nivel y que te obligue de vez en cuando a mirar el diccionario. Además, hace una especie de guiño al Quijote de Cervantes cuando cada capítulo lo titula con un nombre largo e historiado.

En este sentido, en la novela el escritor ha tenido el acierto de proporcionar un justo equilibrio entre los giros de la época, lenguaje llano y palabras cultas, estas últimas se sacan con el contexto o se acude sin ningún problema a la RAE, que yo intento utilizar casi a diario, ahora con mayor inmediatez gracias a las posibilidades que las herramientas digitales nos proporcionan.

Don Teodoro llega a Valladolid con el encargo de la Duquesa de Arjona de intentar esclarecer el asesinato cometido y muy particularmente tratar de que Cervantes y su parentela abandonen la cárcel y se limpie su nombre. Don Teodoro, todo un detective de la antigüedad, es en realidad Doña Dorotea, una mujer culta y adelantada a su tiempo, que urde esa doble identidad para manejarse mejor en según qué lugares, donde una mujer en esa época sería imposible que pudiera acceder.

Con esa dualidad de personalidades, su educación y las monedas que lleva en su bolsa Doña Dorotea y Don Teodoro, curioso el juego de palabras, irán abriendo puertas y desmadejando la maraña. La liberación de Miguel de Cervantes y sus hermanas y sobrinas se logrará pronto, dada la endeblez de las pruebas en su contra, más fruto de la maledicencia que de otra cosa; y la búsqueda del autor o autores del asesinato ocupará la mayor parte de la trama.

La astucia de nuestro doble protagonista irá poco a poco descubriendo chanchullos, líos de faltas y hasta conspiraciones al más alto nivel, que obviamente no voy a desvelar para no destripar el desenlace, confiriendo a la trama una riqueza mayor, pero siempre de forma entretenida, en la que Eslava juega con habilidad con el tono cómico a veces, que permite tomar la obra con cierta simpatía. Tal vez el final me decepcionó un pelín, aunque seguro que es porque yo esperaba otro desenlace.

Se retrata muy bien la época y se pone de relieve por qué se venía nuestra nación abajo; los ricos y la aristocracia acostumbrados a vivir de las rentas y preocupados en mantener ese estatus contra viento y marea, los de abajo con el ansia de no dar un palo al agua y vivir de los de arriba; y finalmente una estrecha clase media de obreros, artesanos y agricultores que a duras penas tiraban del carro nacional, cuando no aspiraban a llenar la talega para vivir como los ricos.

Me voy a parar a título de curiosidad en una alusión que hace el autor hacia nuestra tierra jiennense, pues habla de la natura de Poyagorda el hornero, la natura se refiere a un sustantivo en desuso (obsérvese la tercera acepción en el diccionario de la RAE), que hace referencia a los atributos masculinos. En Bailén, donde resido, había escuchado la comparación, y hasta pensé sin mayores indagaciones que era algún personaje local, dado que en esta localidad hay y han habido muchos hornos (de cerámica). No obstante, rastreando un poco más, el tal Poyagorda no era otro que un personaje de la capital del Santo Reino, titular de un horno cercano al Pilar del Arrabalejo, que realizaba masas de pan muy generosas (atiéndase de igual modo al significado de «poya» en el diccionario y del «pan de poya»), luego en nada tenía que ver el nombre del tal Poyagorda con su miembro viril sino que era una característica propia de su oficio de panadero. Eso es lo que yo, en principio, he visto en Internet, por lo que Eslava Galán pudiera estar confundido en este punto, banal por otra parte, aunque es posible que él tenga otras fuentes. En fin, una curiosidad sin más.

No tendré inconveniente en el futuro en leer más de Eslava Galán, y lo que comentaba al principio, una vez pertenecí a una asociación cultural, y quisimos darle un premio, pero el autor pidió ciertos emolumentos por su asistencia no sé si con mayor o menor razón y criterio, aunque bien es verdad que este escritor arjonero ya lleva años en la Liga de campeones de la literatura y no quiere perder dinero en minucias, no sé. La asociación la abandoné hace años, también es verdad, por personalista y algo corrupta.

En fin, esta es una buena novela, a la que yo otorgaría una calificación de notable, y no es de extrañar que haya merecido idénticas consideraciones por parte de la crítica, no en vano es el Premio Primavera de Novela en 2015 que concede la Editorial España junto con El Corte Inglés.

sábado, 9 de septiembre de 2017

JUGANDO Y COLECCIONANDO CON LOS ASTROS DE LA LIGA DE LOS AÑOS 70 Y 80

En mi niñez, el final del verano y las semanas previas al inicio del nuevo curso escolar tenían un denominador común en las calles de mi barrio, que se convertían en el escenario del intercambio y juegos diversos con los cromos de la Liga de la temporada que se avecinaba como protagonistas, por cierto, que el sustantivo «cromo» a mí me suena muy cursi, porque en mi calle siempre le dijimos estampas.

En honor a la verdad yo nunca fui coleccionista de estampas de futbolistas, y conmigo yo creo que la mayoría de los niños de mi época, estoy hablando de finales de los 70 y principios de los 80, porque lo que nos apetecía era jugar con ellas. Yo tuve pocos álbumes de futbolistas, por no decir casi ninguno, no me llenaba hacer la colección, y sobre todo porque vagaba una especie de leyenda urbana que decía que había algunos futbolistas que nunca te salían en los sobres, por lo que te obligaban a pedirlos a la casa editorial que los hacía para completar los huecos, y esos cromos faltantes te los vendían a precio de oro.

Imagino que aquellos que tuvieron la delicadeza y la visión de guardar sus colecciones o cromos sueltos, ahora hacen sus pinitos en las páginas de compraventa de estos efectos en Internet, donde puedes encontrar de todo, aunque eso sí, para tener a aquel futbolista del que estabas enamorado tendrás que pagar hoy cierta cantidad.

A propósito de esto, antes los cromos no eran autoadhesivos como creo que son ahora, así que te tenías que comprar el pegamento de turno (enfrente de mi casa había una droguería que no vendía pegamento Imedio, que era más caro, sino pegamento Entero, juro que así se llamaba la marca o mi memoria me está traicionando) o en su defecto, que era lo más habitual, acudíamos a ese engrudo que se hacía con agua y harina.

La actividad de los cromos en esas semanas previas de la vuelta al cole, tenían más de juego que de intercambio, era fantástico jugar teniendo como excusa las fotos de los futbolistas que más o menos conocías, aunque también tenías el trasfondo de poder conseguir la plantilla completa de tu equipo favorito, tal vez ese jugador que salía nunca o muy poco, o sobre todo, aquellos cromos de la recentísima hornada, que se llamaban «Últimos fichajes» y que imagino que a los que coleccionaban de verdad les haría un lío tremendo, porque jamás sabían cuándo su colección iba a estar completa.

Creo que la temporada que más estampas acumulé fue la 1981-82, seguramente me hice con más de mil cromos, aunque es evidente que muchos eran repetidos. Entonces la casa que los fabricaba no era Panini, como son los que ahora circulan entre las (pocas) manos de los niños del siglo XXI, sino la Editorial Este, que desde Barcelona nos traía la emoción de rememorar año tras año una moda que nos gustaba, y que coincidía con esta época del año que a mí sinceramente es de las que más me gusta, el calor se reprime, se añora la vuelta a la rutina, hay aceitunas de cornezuelo…

Los de la Editorial Este se afanaban también en cada campaña con hacer los cromos de mayor calidad; recuerdo que la mayor innovación para los niños de mi época fue la de pasar de tener cromos donde solo se veía el busto de los jugadores, a otros más modernos donde se veía la foto de los mismos en una acción de juego y el busto en una esquina. Hay que decir que también hacían sus chapucillas, en aquella época donde el Photoshop no existía, a aquellos jugadores que se fichaban de última hora les repintaban burdamente una foto con la camiseta de su equipo anterior y lanzaban el cromo sin mayores miramientos.

El cómo llegué a juntar ese millar de estampas es algo que siempre me he estado preguntando, y es que igual que siempre tuve cromos de futbolistas en casa (y alguno he guardado) yo nunca compré muchos sobres. Aquel 1981 creo que conseguí cambiar estampas de jugadores «difíciles de que salieran», a razón de «yo te entrego la mía y tu me das diez a cambio». Y luego jugando y apostando, el juego más clásico era el de los montones; generalmente jugábamos dos, el que las barajaba, algunos con cierta destreza (vicio que yo tuve y que seguro que no he perdido), terminaban haciendo tres montones, el otro elegía uno de los tres y apostaba una cantidad variable, si la carta de abajo correspondía con el jugador cuyo nombre tenía más letras ganaba, si era el que menos perdía, si estaba en medio pues empate. Creo que era bastante justo, la victoria, el empate y la derrota se repartían exactamente en un 33,3 %. Había otros juegos, pero este era el que más se jugaba en mi calle.

Lo que pasa es que había jugadores habilidosos que sabían colocarlas, es decir, eran capaces de mandar a Jesús (portero del Cádiz) y con pocas letras, al final, lo cual era una tontería, porque una cosa era que supieras colocarlas, que yo sabía, y otra bien distinta que el otro jugador eligiera el montón donde tú habías puesto a Jesús.

También había un pequeño truco o engaño que consistía en despegar el cartón de la parte trasera y delantera, en la delantera colocabas a un jugador con pocas letras, Mayé de Las Palmas y por detrás alguno con muchas letras, los jugadores vascos eran geniales para eso, así Cortabarría o Satrústegui, ambos de la Real Sociedad. Pero este truquito tenía las patas muy cortas, porque lo normal es que tú levantaras las estampas por la parte de atrás, así que el extraerlas para que solo se viera la foto era un procedimiento raro y de momento te pillaban.

Se ve que aquel año gané muchas apuestas y me vi con una caja de zapatos casi llena de estampas, que hoy día tendría un cierto valor económico, pero sobre todo un gran valor sentimental porque me hubiera encantado recordar a aquellos futbolistas de inicios de los 80. Aquel arsenal de cromos se lo doné a un primo mío que tenía unos años menos que yo, e imagino que la colección tarde o temprano terminó en la basura. A mí siempre me llamaron la atención los jugadores friquis, los desconocidos antes y hoy, Ibeas o Pascual Beltrán del Castellón, el tal Jesús del Cádiz...

Por cierto que también recuerdo que en una temporada la estampa más codiciada era la del Ratón Ayala del Atlético Madrid, no sé si porque efectivamente era la rara de la colección o porque la apariencia melenuda del astro lo hacía más apreciado (yo siempre tuve una camiseta del At. de Madrid aunque soy del Real Madrid, pero me gustaba más la colchonera en contraposición del soso color blanco de la merengue); el caso es que siendo ese el cromo más deseado por todos, se la conseguí robar a un primo segundo mío y mis pésimas habilidades quedaron al descubierto porque ese primo descubrió la falta en menos de cinco minutos, y tuve que confesar. A todo esto hay que decir que si en el inicio del siglo XXI predominan en los futbolistas las barbas de varios días y los tatuajes, en la década de los 70 la moda era las melenas, las greñas.

También me pregunto cuál es el primer recuerdo que tengo de juntar con estampas, y con el Mundial del 74 en Alemania Federal aparece, sí yo tenía seis años y ya manejaba aquellos cromos de los que me acuerdo de unos pocos futbolistas, pero sobre todo de los de Zaire y Haití, que eran las selecciones pintorescas de aquel Mundial. Y no sé por qué pero recuerdo al jugador de Haití Jean Joseph con cierto cariño, me caía bien ese cromo, y jamás he olvidado su nombre.

En fin, esta es la historia de un coleccionismo que no lo era tal en mi caso, pero que generaba mucha afición. Hoy paradójicamente con la mayor avalancha y presión de los medios de comunicación que han provocado que el fútbol sea más que el deporte rey, un espectáculo con el deporte como excusa, los niños actuales no necesitan tantos cromos, aunque existan, porque a golpe de móvil tienen cincuenta mil fotos y vídeos de su futbolista favorito. Y esa es otra falacia del fútbol actual, los de mi época no soñábamos con llegar a ser estrellas, ahora cualquiera piensa que puede llegar a ser Messi, y eso tarde o temprano frustra enormemente.

domingo, 3 de septiembre de 2017

EL POSTUREO EN NUESTRO IDIOMA, ESCRIBIR MUCHO PARA NO DECIR NADA

Si leo revistas, que lo hago con habitualidad, lo suelo hacer con aquellas de temática tipo magacín, es decir, que tienen un poco de todo; de hecho soy suscriptor de Muy Interesante desde hace más de veinte años que es, en teoría, una revista de ciencia, aunque tiene de todo un poco. Pues cuando llego en esta revista o en otras a la sección de Motor se aventura un momento de relajación.

Me gusta leer publicaciones que tengan enjundia, que te hagan pensar y reflexionar, así que después de unas cuantas páginas en las que la cabeza ha estado dando vueltas no viene mal unos instantes de relax con noticias que aportan poco y que son como comer pipas, un entretenimiento sin sustancia.

Y es que después de tantos años llegando a las páginas de Motor de diversas revistas y medios digitales, me he dado cuenta de que los periodistas que las escriben se empeñan cada vez con más ahínco en que definitivamente no se diga nada en ellas y que la aportación técnica sea nula, porque se limitan a exponer las bondades de un vehículo de forma genérica, pues lo que expresan podría ser de ese o de otro parecido.

Expresiones como: «diseño juvenil», «suspensión innovadora», «estilo deportivo y musculoso», «imagen contundente», «tecnología optimizada para ofrecer un nivel de practicidad diaria que va más allá de las exigencias de los trayectos puramente urbanos», «conducción divertida», «permite un estilo de conducción personal», «es un coche rápido, directo, implacable», «conducción dinámica y segura», «experiencia de conducción agresiva y confortable», «vehículo extremadamente práctico que permite una experiencia al volante más activa»..., son vanas. Es evidente que podría llenar párrafos y párrafos de retahílas de calificativos de un coche, da igual el que sea, que apenas significan nada.

Los hacedores de estas páginas de Motor deben estar muy agradecidos a las marcas porque puedes leer de un coche lo mismo que de otro aunque físicamente tú veas que son dos vehículos completamente diferentes. En las revistas generalistas y medios digitales jamás he visto una mala opinión de un vehículo, todos son buenos lo cual seguramente es cierto.

Yo tengo un Kia Sportage que ahora cumple tres años y en la publicidad que me traje del concesionario antes de comprarlo apenas era una sucesión de páginas con expresión de las bondades del vehículo, qué menos. Sobre el mismo reporto: «creado para no dejar de sorprenderte», «suficiente espacio para ti y para tu imaginación», «tacto suave y cómodo del volante», «asientos robustos y confortables», «sensación de amplitud y visión muy correcta», «agilidad en carretera», «rapidez en la dirección», «vehículo muy capaz», «uno de los SUV compactos más atractivos del mercado»... En fin, pura palabrería. Por cierto que lo del tacto suave y cómodo es una chorrada porque el volante es igual de duro que el de mi antiguo de Volkswagen Polo de 1998, que además entiendo que es lo que tiene que ser un volante, duro para agarrarlo bien.

Creo que mi padre me lo decía y la gente mayor lo comenta también que en el siglo XXI ya no hay coche malo, efectivamente cada vehículo lleva detrás un importante bagaje de I + D, por lo que el objetivo principal de desplazarte de un lugar a otro con seguridad lo cumplen todos. Pero es que se echa de menos que todas estas páginas de motor con contenidos bastante planos, como se ha podido comprobar, te ayuden un poco más en tu elección.

Y es que dudo mucho que alguien mire estas páginas a la hora de decidirse, de hecho, el mundo del motor es ahora más rico en cuanto a marcas que hace cuarenta años. Antes había siete u ocho marcas con sus distintos modelos, ahora hay cincuenta y la diversificación de modelos es inacabable, inaccesible para un lego en la materia como yo.

Yo, e imagino que conmigo, cualquier común de los mortales, solemos tener las cosas claritas: cuánto me voy a gastar, tipo de coche (grande, chico, todoterreno, furgoneta...), diseño, potencia, color y poco más... Con el dinero que te vas a gastar encontrarás lo menos diez coches diferentes con características muy similares y al final te fijas en detalles casi intangibles, en mi caso: el diseño exterior parecía chulo, siete años de garantía, un buen maletero y que a la familia le gustó. Me daba igual la potencia, algo que hoy no se necesita, el acabado interior o si llevaba o no navegador de a bordo...

Es obvio que no me refiero en este punto a revistas especializadas del motor, que ni leo ni compro, pues reconozco que no soy un apasionado del volante y conduzco por obligación, donde entiendo que se entra con más detalle en lo que no se aprecia en la referida palabrería.

A esas revistas y medios digitales generalistas sí que les pediría que no fueran tan pagados de sí mismos y de las marcas, y que se mojaran un poco, que pusieran alguna pega, algún defecto, porque igual que todos los coches son buenos, todos tienen también sus cosillas, ruidos, prevalencia en ir al taller, consumos reales y no los ficticios o ideales que son los que se realizan cuando se elabora la ficha técnica (se llevan a cabo en circuitos cerrados y con condiciones idóneas, tales como pocas curvas, en llano, con nulo viento y sin carga)...

Por cierto que el sector del motor no es el único que hace postureos con sus opiniones, en el mundo de la gastronomía, donde no hay que olvidar que se han aposentado los nuevos gurús del siglo XXI, hace ya tiempo que el vocabulario ha quedado afectado por una notable carga de adjetivos calificativos que tratan de adornar lo que un plato tal vez es imposible que diga por su mediocridad por su ridícula vanguardia.

Ya llevamos muchos años encontrándonos en las cartas de menús de los restaurantes con estrambóticos títulos de platos que tardas más en leerlos que en comértelos, pero es que ahora con la proliferación de esos gurús, los programas de cocina en las televisiones y los concursos para descubrir nuevas estrellas de los fogones se ha generado un submundo donde envolver con una historia fantástica un plato se ha vuelto tan importante como su elaboración.

Pero claro entre tanta esferificación, tanto infusionar, el hidrógeno líquido, el arginato o la deconstrucción, creo que a veces perdemos el norte. Porque, a ver si nos enteramos, que aquí lo importante no es la técnica utilizada ni el rollo que el cocinero de turno suelte sobre un plato, que cuando nos sentamos a una mesa queremos comer (y no quedarnos con hambre) y, en la medida de lo posible, que esté rico, pero siempre por este orden.

No obstante, muchos cocineros con programas propios en la televisión, se atreven con todo e incluso hasta tomarnos el pelo, por cierto que he hecho una recopilación este verano de platos extravagantes y no tienen desperdicio, o a lo mejor son todo desperdicio: un platito realizado encima de un cojín, otro servido en unas sandalias de playa y, finalmente, un desafortunado engendro que incluía tierra auténtica.

Huelga decir que si esos platos y otros de supuesta vanguardia no los vistes con un buen discurso no te comes un rosco, porque los urbanitas que están a la última esperan precisamente eso, comerse algo diferente y que te suelten un rollo para convencer tus sentidos más allá de tus papilas gustativas; un arte al que esos gurús se han acostumbrado de tal forma que, como digo, ya han perdido el norte, porque la gastronomía, que sí que puede ser un arte, debe dar de comer, una necesidad vital para el ser humano.

Y, por último, el vino, otro campo donde el vocabulario sirve para bien poco, o sobre todo para el autobombo de enólogos, catadores y de los que, por escuetas que sean, redactan las etiquetas. ¿Qué es un vino redondo, estructurado? ¿O un vino armónico con los taninos bien pulidos? ¿O un vino pleno, potente, agradable y con personalidad? Pues que esto es como los coches, pero casi peor, porque igual que todos los coches son buenos, en los vinos hay buenos y no tan buenos, y lo gracioso es que ni los que se las dan de expertos son capaces de diferenciar un vino bueno de uno de tetrabrik de euro el litro y si no observen lo que le ocurrió a «El comidista» hace un par de años con ocasión de una feria para profesionales del vino.

Señores y señoras que se dedican a escribir sobre vinos, bájense un poco a la arena; a mí me gusta el vino, pero soy incapaz de apreciar el sabor a cereza, a regaliz, a pimiento o a café, ¿por qué no tratan de ser más didácticos y nos facilitan las cosas en las etiquetas visto que en este país la mayoría somos incapaces de diferenciar un vino bueno del malo?

Claro que se sobreentiende que el que elabora las etiquetas o el que informa en las revistas no se va a tirar piedras sobre su propio tejado, pues nada, nos montaremos en un coche que tenga conducción dinámica y porte elegante y al llegar al restaurante nos comeremos filetes de lenguado de la bahía con mantequilla fundida, aromas cítricos, sobre almohada de patatas torneadas; de postre tierra de brownie de queso de cabra y tomate cremoso con núcleo de frambuesa, bordeado de doradas hojas de cacao, micro margaritas y pétalos de clavellina con piedra de coco y mariposa de mango; y todo ello bien regado con un caldo bien estructurado, delicado en boca, con matices florales y retrogusto suave. En definitiva, ahí llevas Villegas.

sábado, 26 de agosto de 2017

HIJOKAIDAN, UNA ESCALERA DE INCENDIOS HACIA EL INFINITO MUSICAL

Si alguien piensa que en el mundo de la música está todo inventado o que lo ha visto todo, pongo mi brazo en el fuego a que en la mayoría de los casos, aquel que sea tan osado de afirmar esto, se equivoca de cabo a rabo.

El mundo de la música proporciona constantemente nuevos horizontes de creatividad y consuela conocer que aunque hay unos circuitos comerciales muy consolidados, en los submundos de la música sigue habiendo vida, y más histriónica y sorprendente que la que nos podemos imaginar.

Resumamos la historia de la humanidad de forma muy somera, Dios creó el mundo, nació la música y los japoneses Hijokaidan emergieron de las entrañas de la Tierra.

A todo esto, también se equivoca quien piensa que los japoneses son un pueblo muy educado, con una moral absolutamente recta y que son incapaces de sacar los pies del plato en ningún momento. Sin duda que mi afición friki al deporte del sumo me ha ayudado a conocer más de la cultura japonesa, su idiosincrasia y sus modos de vida, básicamente porque consumo información en la medida de mis posibilidades que proviene del país del sol naciente.

En alguna ocasión he comentado en esta bitácora que hay espacios musicales bastante residuales a los que solo se accede por convicción, por pasión o por una mezcla de ambas. La noise music (música ruido o música ruidosa) es uno de esos géneros estrambóticos que circula por los sustratos de la música y, sin embargo, se mueve, tiene un público, existen grupos, se hacen conciertos y vive.

La noise music es básicamente ruido por acotar términos, le podremos dar las vueltas que queramos pero es improvisación libre de música a toda pastilla, guitarras, voces, batería y algún instrumento más, comienzan a sonar a máximo volumen sin aparente guion.

Pero la música de Hijokaidan no se caracteriza solo por ser ruidosa, Hijokaidan es mucho más y es lo que, desde que los conocí, me ha llamado la atención de este grupo; y es que generar ruido sin más puede resultar un tanto plano, monótono, pero si a esa música le proporcionamos un espectáculo (casi teatral), entonces el asunto ya va tomando otro cariz.

Hijokaidan ha presumido de tener una de las performance más brutales del mundo entero, actuaciones sobrecogedoras que difícilmente no estremecen a una persona en su sano juicio: destrozan instrumentos, se embadurnan en basura y se revuelcan en la misma, vomitan e incluso se orinan y hacen partícipe al público. Se puede pinchar sobre este enlace, aunque evidentemente no es apto para personas escrupulosas.

Y sí, con estos mínimos argumentos el espectáculo está montado, porque su grupo de adeptos, y no estamos hablando de cuatro locos, son más que incondicionales, deliran a la par que los integrantes del grupo con una puesta en escena caótica donde todo vale y no hay límites para la moral o para lo impuesto.

Claro que Hijokaidan no es un invento calenturiento de una noche de verano, nacieron en Kioto a principios de los 80 y siguen vivos, o sea, que llevan casi cuarenta años reinventándose y haciendo un peculiar espectáculo con su música; y desde luego, su onda gravitacional se ha extendido allende sus fronteras y han actuado en locales de un montón de países, de hecho, me consta que en Nueva York tienen una legión de seguidores.

En honor a la verdad y corroborando que la juventud es siempre muy atrevida, bien es cierto que eran más habituales sus espectaculares performance en sus inicios, y que ahora son algo más modositos, pero aun así, el que tuvo retuvo y solo la amenaza de que la pueden liar, mezclada con esa música que conmociona los sentidos y que es fronteriza con el delirio, supone una inquietante exposición a una experiencia a la que no nos acostumbramos las personas normales, si es que yo o los que me leen realmente lo somos.

Ciertamente aunque Hijokaidan tiene discografía (quince álbumes), los conciertos dan mucho juego a la improvisación, sin embargo, los discos tienen una cierta planificación, se supone que hay algo de música ordenada, se supone que hay alguna letra entendible; pero solo se supone, ante todo es ruido y eso le «pone» a sus apasionados.

No es de extrañar que eligieran el nombre del grupo para que evocara cierta intolerancia, cierta desvergüenza, se traduce como «Escalera de incendios», que bien podríamos interpretar como esa a la que el grupo accede para meterse de lleno en la boca del lobo, o aquella otra a la que el público se quiere aferrar para huir del horror, que todo es posible. Hijokaidan es provocación y ellos lo saben, el que acuda a un concierto y espere otra cosa ya sabe lo que tiene que hacer, que se ponga Los 40 principales.

Para completar esta entrada bastante friki, cabría preguntarse si Hijokaidan y la filatelia tienen alguna relación, y sí, y es que en el año 2013 España y Japón sacaron una serie de sellos conjunta en ocasión de la celebración del «Año Dual», en el que se conmemoraban no sé cuántos años de relaciones fructíferas entre ambos países. En el programa de actos rezaba la actuación en una sala de conciertos de Osaka y promovida por la Embajada española del grupo también español de música alternativa (bastante desconocidos en nuestro país) «Esplendor geométrico», en la que actuó al alimón con Hijokaidan; debió de ser un espectáculo inenarrable.

Pues nada, a las órdenes de Yoshiyuki Hiroshige «Jojo», este grupo japonés sigue cultivando sobre terrenos musicales que jamás imaginaríamos que se pueden explorar, y es que la música y el espectáculo a que va unida parece no tener límites, por suerte para la creatividad de nuestras mentes.

sábado, 19 de agosto de 2017

"LA CAÍDA DE LA CASA USHER", DE ROGER CORMAN

Ya comenté en una ocasión que mi amor por el cine se remonta a mi infancia, cuando abundaban precisamente los cines en cada barrio, en cada pueblo. Incluso pequeñas localidades de la Andalucía profunda como Begíjar, donde pasé muchos momentos de mi niñez, contaban con sala de invierno y de verano para hacer las delicias de la población, que no disponía de tanta variedad de entretenimientos como ahora. Así que entre que tenía enchufe para colarme siempre en el cine de Paco Leive en Begíjar y el cine Roselly en Linares donde o pagaba o subía a alguna tapia con la gente de mi barrio para ver (mal) aquellas pelis clásicas de Bruce Lee, se construyó mi idilio por el séptimo arte.

El género de terror no ha sido nunca de mis preferidos, primero porque soy bastante incrédulo y segundo porque una historia inventada por muy bien armada que esté no me da más miedo que las malas personas, la soledad y tal vez la oscuridad. No obstante, no niego que alguna peli se ha colado a lo largo de mi vida, que he visto más por curiosidad que por interés, y efectivamente casi ninguna ha llegado a conmoverme lo más mínimo. Si tuviera que quedarme con alguna, sin duda me inclinaría por «El resplandor», un largometraje de suspense psicológico que angustia, probablemente «Perros de paja» también; pero no es miedo lo que late, es tensión por saber qué ocurrirá en la siguiente escena.

Esta película de 1960 que hoy traigo a colación, «La caída de la casa Usher», pronúnciese el apellido en español como Asher, es la adaptación cinematográfica más reconocida de un cuento de terror de Edgar Allan Poe. Su director, Roger Corman, se ha dedicado durante la mayor parte de su vida a la difícil tarea de hacer películas de miedo, y en su trayectoria no destacan más que tres o cuatro películas salvables y la inmensa mayoría a las que podríamos calificar como de serie B. Y es que este género es muy complicado y, o se hace muy bien con las excepciones que he citado, o es parcela para los entusiastas e incondicionales de este cine que año tras año sigue produciendo nuevos proyectos con limitado éxito.

Y esta película, aun estando bien hecha, no deja de quedarse en ese intento de adaptación, porque constreñir algo más de cien páginas de poesía, espiritualidad, melancolía y ensoñaciones (no he leído el cuento pero sí lo conocía y he leído algunos resúmenes) en ochenta minutos de grabación, se me antoja un ejercicio de excesiva concisión, es más hay cambios demasiado sustanciales en la película con respecto al libro.

Por tanto, más que una adaptación, Roger Corman nos propone una interpretación del cuento, centrándose en el argumento principal y dándole mucha importancia al trabajo de los actores, tan solo cuatro. El hecho de que sean solo cuatro podría ofrecernos la dimensión de una obra teatral, puesto que por otro lado, la acción se desarrolla en una mansión, pero precisamente los múltiples espacios que se representan en la casa obligarían a encapsular demasiado la trama.

Y es que lo mejor de la película son sus cuatro actores, entre paréntesis el personaje: Mark Damon (Phillip Winthrop), Madeline Usher (Myrna Fahey), Roderick (Vincent Price) y Bristol (Harry Ellerbe). Nos remontamos a la segunda mitad del siglo XIX y el joven Winthrop acude desde Boston hasta la mansión de los Usher, bastante siniestra bien es cierto, con el objetivo de reunirse con su prometida Madeline para volverse con ella y contraer matrimonio, pero el mayordomo Bristol lo recibe con cierto desprecio, insistiéndole en que no es bienvenido y que se tiene que marchar. A regañadientes accederá a la casa y el hermano de su prometida le conmina a que se largue pues Madeline está débil y enferma.

Winthrop no cejará en su empeño y se quedará a pasar la noche, mientras percibe que más allá del amor que profesa a Madeline y que es correspondido, no solo tiene de enemigos al señor Usher y un impertérrito Bristol, sino que la casa es una especie de laberinto de misterios que le prepara una sorpresa a cada instante.

La mansión se resquebraja pero también todo lo que une a Winthrop con esa casa, el compromiso con su amada; pues poco a poco los Usher van desvelando los misterios que les impiden abandonar esa casa maldita.

Los trabajos interpretativos son sensacionales y la mansión muy bien conseguida. El vestuario contribuye a ofrecer una imagen de tenebrismo y congoja. Roderick Usher, el hermano de Madeline, casi da miedo con su sola presencia, presenta un rostro sepulcral y un traje rojo sangre que casi asusta en cada escena. Madeline está entre tierna y endemoniada. Bristol entre cortés e implacable; y el joven Winthrop en su papel de enamorado que no da su brazo a torcer, noble pero obsesionado con salvar a su prometida.

Pero la casa se hunde y nos muestra los terribles secretos que contiene, las pesadillas de Winthrop se convierten en realidad y luchará por evitar que todo el mal que se cierne sobre la casa tome cuerpo.

Salvando las interpretaciones, la ambientación y el vestuario, la película tiene visibles defectos, problemas de enfoque, unos efectos especiales ramplones y una trama previsible y que no convence, ni conmueve, o sea, miedo poquito.

Ha habido alguna película más sobre el cuento, incluso cortometrajes, intentos solo que nos ofrecen diversas perspectivas. La crónica más reconocida es esta, aunque deja que desear. Tal vez si hoy se produjera habría muchas más oportunidades para explayarse.

sábado, 12 de agosto de 2017

LOS CULEBRONES, PRODUCTO TELEVISIVO CON LARGA VIDA

Estamos a mediados de los 80 y TVE comienza a agrandar su parrilla horaria con nuevos espacios, ante los embates de las televisiones autonómicas y la llegada, que se avecinaba en poco tiempo, de las cadenas privadas. Fue el tiempo en que el horario de mañana, antes territorio solo explorado durante los fines de semana, comienza a ser un interesante mercado en los días laborables, con un público potencial que está en esa franja en sus casas y que desea ver la tele mientras desayuna o hace las labores hogareñas.

Así TVE comienza a producir programas magacines, de variedades, en el que había un poco de todo, noticias, chismorreos, debate, música... Se me pierde un poco en los orígenes de los tiempos cuándo fue el pistoletazo de salida como tal. Pero sí que quería tomarlo como punto de referencia, porque al poco del nacimiento de estos magacines matutinos, en España recuerdo que se vio por primera vez «oficialmente» un culebrón.

No podré olvidar jamás el título de esta telenovela, mexicana para más señas, que se llamaba «Los ricos también lloran» y que inauguró en nuestro país este nuevo producto televisivo. Culebrón que como cabe deducir de su nombre, hace referencia a una serie de larguísima duración y con múltiples enredos y líos, como si de una serpiente se tratara.

Los culebrones, que llevan funcionando en América Latina como una industria sólida desde los finales de los años 70, gozan de un gran predicamento en buena parte de la audiencia porque gravitan sobre temáticas que llaman a la curiosidad del telespectador medio.

Son muchos los rasgos característicos, pero podríamos sintetizar más o menos en estos: 1. Son historias de buenos y malos esterotipados, con unos malos supermalísimos con un elenco de defectos innumerable pero con la habilidad de maquinar a lo largo del tiempo para mantener sus estatus, pues suelen ser generalmente ricos; los buenos por su parte acostumbran a ser de extracción humilde, pero son un dechado de virtudes, tremendos sufridores antes las cruentas adversidades de la vida, por otro lado, muy religiosos. Los buenos suelen ser guapos y guapas y en los malos abundan más los poco agraciados. Entre ricos y pobres, buenos y malos, suele haber conexiones (amorosas), y en una misma familia y con la misma sangre conviven buenos y malos. 2. Tienen estas series la gran virtud de que te puedes perder muchos capítulos y retomarla sin pérdidas sustanciales, pues juegan con la sensación de que en cada capítulo pasan muchas cosas, pero realmente no pasa nada. 3. Los enredos gravitan sobre las vidas de las personas: el dinero, la familia, muchos hijos y padres ocultos y secretos de familia, el poder, veladas tensiones sexuales, algún discapacitado, tal que reproduce, aunque de manera exagerada, la vida real. 4. Las historias, en su largo discurrir, se fundamentan en el sufrimiento; las productoras descubrieron ese filón que también es el reflejo de la sociedad, que se ha acostumbrado más a las malas noticias que a las buenas; de hecho, tanto dolor acumulado se resuelve en el desenlace, que apenas toma partido en el último o en los dos últimos capítulos. 5. El culebrón también ensalza el chismorreo y eso genera hambre en la audiencia que asiste diaria a cada capítulo. Te metes en la vida de una familia que no conoces, que teóricamente no te interesa su vida, pero necesitas saberlo todo de ella, todos sus secretos, todos sus trapos sucios, y esa familia te lo va a contar todo, no va a dejar ningún cabo suelto. 6. Estas series tienen un argumento muy simple, tramas y subtramas muy sencillitas, nada de calentarse la cabeza, por lo que es muy fácil seguirlas y opinar de ellas para un amplio espectro de la población.

Es muy probable que estas series, en algún momento de su historia, hayan funcionado con un panel de telespectadores que ven los capítulos antes de su emisión y opinan sobre lo que les gusta, lo que no, por dónde deben orientarse las tramas y subtramas, generación de nuevos personajes... Esto funciona muy bien en cualquier serie, porque los guionistas, metidos en su capullo no tienen acceso a las opiniones de la calle, y ese panel no técnico es un fantástico sensor de las querencias del público.

No voy a negar que he visto culebrones alguna vez, por unas circunstancias u otras, porque no había otra cosa que hacer, era la única opción, o estaba en la habitación donde echaba la siesta. «Los ricos también lloran» no la vi, y sí vi bastantes capítulos de «Cristal» y «Topacio», esta última si no recuerdo mal, emitida por Canal Sur. Aunque lo que yo siempre eché en falta es que nunca llegara a ver el último capítulo de esa o de otras, porque sería tener mucha suerte, que es donde me consta que los malos tienen el peor de los finales, o mueren de forma trágica y dolorosa, o quedan impedidos de tal manera que tengan un sufrimiento de por vida; y los buenos, por supuesto, salen airosos.

Aquel primitivo culebrón de «Los ricos también lloran» que ocupaba el horario de mañana, fue dejando paso al horario de tarde, probablemente mucho más prolífico a la hora de captar audiencia, esa hora de después de comer donde te entra el sopor postprandial y tienes necesariamente que apaciguarlo en un sofá o en un sillón para ver la tele, o como sonido de fondo para echar la siesta (he dormido cientos de capítulos de culebrones y de documentales de la selva en la 2).

Los culebrones son una industria muy consolidada, porque múltiples productoras latinoamericanas las siguen produciendo actualmente y ello se puede constatar porque en España, sin ir más lejos, Antena Nova está buena parte del día emitiendo este producto en sucesivas series. Mi suegra es particularmente aficionada a estas y cuando voy a comer a su casa o por la noche siempre tiene puesta alguna.

Tradicionalmente los culebrones latinoamericanos por antonomasia son los venezolanos, y copando la segunda posición casi al alimón los mexicanos y colombianos. Prácticamente en todos los países de América Latina se han hecho telenovelas, incluido Brasil, de las que nos venían las series obviamente dobladas pero con una sistemática similar a la de los países vecinos. Hubo una telenovela chilena también de hace años, titulada «Machos», de la que recuerdo poco más que su música de entrada y un grupo de hombres vestidos de traje que caminaban en línea con cierta soberbia.

En cuanto a la calidad, hay que decir que ha ido mejorando con el tiempo, partiendo de decorados muy básicos hace treinta años, elenco actoral muy verde, errores de postproducción en los que se apreciaban los micrófonos, y actores que iban con pinganillo por la premura de las grabaciones. Ahora cuentan con mayor presupuesto, hay muchos exteriores, pese a que las historias algo modernizadas sigue girando alrededor de los caracteres que las han hecho tan populares.

Técnicamente en España no se han hecho telenovelas, o han querido separarse productos y formatos similares del culebrón, aunque las teleseries vespertinas de larga duración y varias temporadas, incluso algunas de noche (en Canal Sur hubo una de algunos cientos o miles de capítulos), cuentan con aspectos muy identificativos del culebrón.

Es evidente que la telenovela-culebrón seguirá teniendo larga vida como largas son cada una de ellas, en España y en América son muy populares, especialmente en un público de mediana y tercera edad. Pero curiosamente también son populares en otras partes del mundo, en la tele ha salido gente de Rumanía que habla español gracias a las telenovelas (se emiten en versión original con subtítulos). El producto, con sus peculiaridades, es casi mundial; en Mongolia me consta que las hay, cuando fui a Etiopía las había y con una ambientación muy sudamericana… Pues eso, larga vida, para los que las quieran ver.

sábado, 5 de agosto de 2017

"LA CHICA DEL ABRIGO AZUL", DE MONICA HESSE

Lectura moderada de verano, así se podría calificar esta novelita que me ha acompañado durante un par de semanas en mis tardes de estío. Y moderada debe ser la calificación final porque las expectativas que anunciaba la historia, al final no han estado a la altura y me ha dejado un sabor un tanto agridulce. Fácil de leer, bien es cierto, no tiene una gran extensión, pero aun así, me ha parecido que divaga mucho y que el desenlace es tan rebuscado como inverosímil.

Hanneke es una joven que vive en la Holanda ocupada por los nazis en plena 2ª Guerra Mundial, 1943 concretamente y en Amsterdam. En un escenario de opresión y penurias, la protagonista tiene el extraño oficio de encontradora de cosas, una especie de estraperlista o facilitadora de pequeños lujos para aquellos que tienen algo que ofrecer a cambio, generalmente dinero. Con su bicicleta, tan típica del país holandés, Hanneke mueve sus hilos para que las peticiones de su clientela sean debidamente cubiertas y que cada cual pueda tener su pequeño exceso entre tanta escasez: cigarrillos, chocolate, café, un perfume... La joven tiene oficialmente su oficio en una funeraria, donde el señor Kreuk ampara la libertad de movimientos de su empleada.

Es todo un ejercicio de astucia y sagacidad el que tiene que llevar a cabo cada día Hanneke para no solo conseguir lo que le pide su clientela, sino que además debe hacerlo con la suficiente discreción para pasar desapercibida ante los soldados nazis, aunque bien es cierto que alguna vez se encuentra en la tesitura de tener que tirar de su arsenal de excusas o mentirijillas, incluso de ciertas dotes de seducción, para librarse de ellos.

Una apacible aunque arriesgada rutina diaria se verá alterada cuando una de sus clientas, la señora Janssen le propone encontrar algo muy diferente a un producto del estraperlo, en concreto a una persona. La joven Mirjam, perteneciente a una familia judía, se encontraba oculta en esa casa hasta hace unas horas, cuando ha desaparecido de una manera de un tanto extraña, y lo que es peor su desconocido paradero la ponen en una situación de grave riesgo porque es objetivo evidente de los nazis. La señora Janssen le propone que encuentre a Mirjam antes de que lo hagan sus enemigos.

Hanneke, medio acostumbrada a una vida extraña pero rutinaria, que vive con sus padres dentro de lo apacible que puede ser una contienda bélica, inicialmente no querrá abandonar ese espacio ideal de su quehacer diario y no accederá a ese encargo, pero tardará pocas horas en reaccionar, su innata audacia le obliga a embarcarse en una aventura de insospechadas consecuencias.

Esa seguridad, tal vez letárgica, de lo conocido dará paso a un nuevo horizonte para Hanneke, capaz de conseguir casi cualquier cosa en el mercado negro, pero incapaz de hallar a una joven de la que poco más se sabe que su nombre y que vestía un llamativo abrigo azul.

Y es que a Hanneke, que aún es adolescente, se le reviven los recuerdos de su novio Bas, el cual se fue a la Guerra casi porque ella lo conminó, y mientras estos sentimientos están a flor de piel, tiene la necesidad de resarcir su memoria y a la sociedad, y puede ofrecer algo más que el simple avituallamiento a familias con ciertos posibles.

La aventura de la búsqueda de Mirjam se convertirá pues, en la chispa que moverá un enorme engranaje de favores; eso hará que tenga que acudir a la comunidad judía y a la organización que clandestinamente todavía funciona para realizar sus pesquisas. Hanneke comprobará que más allá de la búsqueda de una joven, la organización se mueve en favor de la colectividad, su objetivo es salvar al mayor número de personas.

La protagonista se dará de bruces con la realidad, esa realidad que es impensable para una joven con sus papeles en regla (no es judía), pero que no comulga con la ocupación nazi, y no tiene más remedio que colaborar con la «resistencia», mediante el intercambio de favores. Son otros jóvenes que viven en primera persona los avatares de pertenecer a otra etnia y estar señalados para el peor de los finales.

Con no pocas dificultades llegarán a dar con Mirjam, el Schowburg es el escenario inopinado (un teatro real de Amsterdam) en el que se centralizan las deportaciones de los nazis en dicha ciudad, y son informados del momento en que van a ser sacados de allí y conducidos por las calles del centro para su traslado a un campo de concentración. Hanneke y sus nuevos amigos montarán todo un dispositivo para intentar rescatar a Mirjam y un cochecito de bebé que contiene una cámara de fotos clandestina con imágenes que pondrían en peligro a toda la resistencia.

La autora de esta novela, la estadounidense Monica Hesse, pese a que el libro no es extenso, se anda un poco por las ramas hasta lanzar la trama principal, y ahora en pocas páginas nos ofrece un desenlace inesperado y que a mí no me convenció, demasiado liado, rebuscado y, a la postre, claramente con signos de irreal. Bien es cierto que la obra es inventada pero en el desenlace se suceden personas que no son quienes eran, otras que no son quienes dicen ser, traiciones, secretos y, al final, muerte; muerte de inocentes fuera del bando que fueran.

El desenlace, del que no quiero desvelar su contenido, se revela como un giro que aunque, como he señalado antes, es inesperado, por el momento en que se obtiene la información principal y a la vista de que todavía hay páginas por leer, ya sabemos qué es lo que va a ocurrir, tan solo queda saber los porqués.

Señala Monica Hesse en su epílogo que se ha ilustrado para hacer la novela con un sinfín de documentos de la época, que ha contactado con holandeses para ambientar el Amsterdam de la 2ª Guerra Mundial, y esa sensación sí que la da, de estar concienzudamente escrito. Los personajes parecen demasiado maduros para ser adolescentes, de hecho, ella refiere que su idea inicial era que estos fueran adultos, pero uno de sus editores sugirió el cambio. Y principalmente, una Mirjam oculta en un escondite secreto de un armario de la señora Janssen, se inspira en la joven Ana Frank que se refugió junto a su familia durante dos años en un escondrijo de una vivienda de la capital holandesa.

Monica Hesse recibió en este año el Premio Edgar a la Mejor Obra para Adulto Joven por esta novela, tal vez el jurado haya visto mucha intrepidez en los jóvenes que la protagonizan, pero el final a mí me falla, me ha faltado algo, es como si se careciera de más esencia, jugo, como si los personajes no terminaran de encajar con el escenario. La he visto, en general, un pelín suave, tal vez ñoña, o a lo mejor era el momento en que la leí.

sábado, 29 de julio de 2017

NOSOTROS ENTRAMOS DONDE TODOS QUIEREN SALIR: BOMBEROS FORESTALES, HÉROES ANÓNIMOS

El año pasado más o menos por estas fechas ya me despachaba a gusto con el sistema educativo y los malos hábitos que se siguen en los colegios de buena parte de nuestro país. Igualmente, en aquella entrada tocaba de pasada en qué se había convertido el whatssapp de los padres (aunque en realidad la mayoría son madres) del grupo de mi hijo, en un cajón de sastre donde se habla un 1 % de aspectos escolares y el 99 % de chorradas: gente que te manda una foto de un café con churros y los buenos días pero que luego no te saluda por la calle, un ciclón de cadenas absurdas, las cientos de fotos de los preparativos de los trajes para festivales y charangas varias y, por supuesto, el inefable regalito al profesor por lo bien que lo ha hecho.

Por cierto, desde que mi hijo está en el colegio en Bailén hay un aspecto que ni entiendo ni jamás entenderé, yo soy el único padre o casi, que va a las reuniones del colegio o tutorías, y participa (muy poco porque no hay margen) en el referido whatssapp, como si la educación de un hijo fuera solo una cuestión de madres. Y lógicamente no critico a las madres, sino a esos padres, porque yo conozco los de la clase de mi hijo, y no todos trabajan por las tardes, es más, no todos están trabajando.

Dicho esto, y subrayando que ese whatssapp no contribuye a romper mitos acerca del papel de la mujer en la sociedad actual, y «mis madres» se empeñan en tener esa aplicación como una extensión del chismorreo de la cola de la tienda, pues este año quise meter un poco de cizaña en el grupo y he de reconocer que a sabiendas.

Ciertamente me exaspera que en ese whatssapp apenas se hable de asuntos escolares, exámenes, trabajos, ejercicios..., así que dos meses antes del fin del curso, comenzó a moverse uno de los que se ha revelado como asunto estrella en el grupo y que más (las) excita: el regalito al maestro. No me gusta ni que se le haga el regalo y, ni mucho menos, que me inunden mi teléfono móvil con decenas de fotos de las propuestas del presente que se le va a obsequiar, una auténtica cuestión de Estado.

Total, que a las primeras de cambio señalé textualmente lo siguiente: «Buenas, soy el padre de XXX. Sin entrar en polémicas y desde un punto de vista personalísimo, no estoy de acuerdo en que se le haga un detalle a este profesor ni a ninguno. Es un servidor público que ya está remunerado por la labor que hace, que la hace muy bien y los niños se percibe que están muy contentos con él».

Ni que decir tiene que las madres se me lanzaron a la yugular, incluso alguna que en privado me había secundado se desdijo, imagino que por no quedar en evidencia ante la mayoría, o abrumada por esta; todas daban razones más o menos erráticas, y hasta una de ellas, probablemente la más fronteriza con la imbecilidad me comentó que qué problema había en dar 2,5 euros, a lo que le contesté educadamente que respetaba su opinión pero que no era una cuestión de dinero, lo cual era obvio, aunque no sé si lo entendió. Al final la absurda conclusión del porqué del regalito es que era una tradición, así de simple.

Yo sigo y seguiré en mis trece, nuestros profesores son servidores públicos que no necesitan premios o especiales prebendas por el ejercicio de su función. Nadie debe recibir un jamón, ni un traje, ni una botella de vino por hacer un trabajo de carácter público, pues ya cobra por ello de todos y cada uno de los ciudadanos.

Tengo muchos amigos maestros y algunos a buen seguro que leen esto, y reconozco como toda la sociedad que ejercen una labor importantísima, esencial para el crecimiento integral de nuestros hijos, es un trabajo muy bonito que necesariamente debiera ser vocacional y que no está exento de sinsabores y de algunos riesgos, riesgos implícitos como que te toque alguna familia conflictiva y esta no entienda que te tienes que ceñir a tu cometido o a la legalidad imperante, aunque eso pueda incomodar.

Para el que haya llegado aquí y no me conozca, yo también soy un servidor público y asumo también un cierto riesgo, limitado bien es cierto. Un par de veces me han amenazado de muerte, tal vez mi hermana que me lee normalmente se asuste con esta afirmación, pero por la entidad de los que emiten esos mensajes los entiendo como brindis al sol. Amenazas que vienen generadas por actuaciones que he llevado a cabo en el estricto cumplimiento de la legalidad y por mi responsabilidad, y que al que las ha recibido no le han gustado: sanciones, resoluciones en el marco de mi actuación en un tribunal de oposiciones, denegación de indemnizaciones...

No soy de los que se arredre con facilidad, porque vivir pensando que te puede pasar algo accidental por el simple hecho de vivir, impediría salir a la calle por la posibilidad de que te caiga una maceta de arriba, pero hay un resquemor latente, porque siempre digo que locos hay en todos sitios, y cualquiera te monta un Puerto Hurraco antes de que parpadees.

Esos riesgos existen pero ocupan la parte más nimia de mis ocupaciones y preocupaciones laborales, la mayor parte del tiempo trabajo a gusto en algo que me llena y en unas condiciones razonablemente buenas; tesitura en la que se encuentra el profesorado y un montón de servidores públicos de cuello blanco que trabajamos en edificios climatizados sin que nos afecte si fuera hace frío, calor o caigan chuzos de punta, y el sueldo es digno, todos desearíamos más, pero...; así que riesgo sí, pero bastante controlado.

Hace unas semanas me tocó vivir una situación inédita, de hecho, tal y como se sucedió por las fechas, puedo decir que es una extraña casualidad; iba a pasar unas minivacaciones con mi familia en Mazagón (Huelva) y el domingo atravesaba la carretera que va desde Huelva hacia este pueblo costero mientras sobre nosotros una columna de humo se extendía tapando el astro rey, y es que la noche anterior se había iniciado uno de los incendios forestales más terribles e impactantes de los últimos años en Andalucía, básicamente porque asediaba el emblemático Parque de Doñana. Y refiero lo de la casualidad porque era la primera vez que iba a dormir en Mazagón en mis 49 años de vida y justo se inicia el incendio unas horas antes de que aterrizara por allí.

Casualmente, otra serendipia, apenas tres o cuatro días antes había estado tomado café con mi amigo Jerónimo Lara que es bombero forestal (formamos parte del Grupo Filatélico Virgen del Carmen de Jaén, y aunque nos vemos poco sus integrantes, cuando lo hacemos tenemos unas tertulias muy intensas en las que recuperamos en horas lo que hemos perdido en meses sin vernos) y refería cómo está gestionado el dispositivo del Plan Infoca, y la buena organización que vela para que el preciadísimo bien que es nuestro entorno natural no sufra los avatares de cuatro desalmados y se preserve para generaciones futuras. Particularmente refería la existencia de un monstruo de helicóptero, el Kamov, de fabricación rusa, del que teníamos el orgullo de contar con una unidad en nuestra provincia de las dos existentes en Andalucía, concretamente en el Centro de Defensa Forestal de Huelma.

La tarde de aquel domingo en la playa de Mazagón no pudo ser más ajetreada, asistíamos a un triste documental en directo, era una sucesión de sentimientos encontrados, había rabia porque a cada instante, cada vez que mirabas las columnas de humo notabas como una parte nuestra se estaba quemando, pero también orgullo de que una infinidad de medios estaban trabajando para limitar las consecuencias y neutralizar el incendio cuanto antes.

Aquella tarde y los días posteriores fueron un frenético ir y venir de vehículos, aviones, helicópteros, autobombas y, fundamentalmente, de personas. No menos de cincuenta veces los hidroaviones pasaron a apenas quinientos metros de donde estábamos, recogiendo agua de mar para sofocar las llamas. Con esa cierta preocupación por la cercanía del humo, Jerónimo me estuvo informando de aspectos técnicos muy interesantes vía whatssapp (que sirve y mucho también para cosas buenas), a la par que me confirmaba que el Kamov de Huelma estaba trabajando ya allí.

El ver las caras del esfuerzo de esas personas que estaban trabajando al pie del cañón, pero con la serenidad con la que prácticamente te aseguraban que el incendio estaba en vías de ser controlado, a uno de ellos me salió decirle «estamos en buenas manos», a la par que casi se me saltaban las lágrimas.

Jerónimo me dijo una frase que seguramente utilizan los bomberos forestales «Nosotros entramos donde todos quieren salir». Qué gran verdad y qué orgullo y tranquilidad saber que contamos con profesionales, con servidores públicos que arriesgan su vida para proteger nuestra naturaleza y, en definitiva, para proteger nuestras vidas.

Servidores públicos, estos sí, que tienen un riesgo real presente en su jornada laboral, y no un riesgo residual como el que yo tengo o tiene un maestro. Servidores públicos estos bomberos forestales que no reciben regalos por lo bien que lo han hecho, ni aplausos y, si acaso, de vez en cuando, algún agradecimiento puntual como el que yo hice.

Servidores públicos que se juegan la vida cada vez que van a apagar un incendio, que sacrifican a su familias durante los meses en los que otros están de vacaciones, para los que no hay fines de semanas ni noches de sueño reparador cuando las llamas acosan nuestros montes.

Servidores públicos que no cobran más que un servidor público de cuello blanco como yo, es más, sus sueldos son una ridiculez para el trabajo que desarrollan. Encima son socialmente inexistentes, pese a que están ojo avizor para el momento en que se les llame estar donde se les necesita, pero nadie les regalará un reloj, una mochila, una botella de vino o un sombrero, aunque eso sí, acudimos y confiamos en ellos cuando todos estamos deseando salir y ellos entran porque están acostumbrados a ello, es su trabajo, cobran por ello, y asumen ese riesgo, pero permítamenlo son héroes anónimos, porque salvan vidas.

Héroes anónimos que están para servirnos, como lo son la policía, la guardia civil, los bomberos urbanos..., tantos y tantos trabajadores, a los que a algunos se les grita o se les insulta porque defienden la legalidad, sin esperar nada a cambio, sin regalos, más allá de su sueldo. Y es que cuando nosotros salimos de un sitio que nos incomoda, otros están dispuesto a jugarse la vida en nombre de la colectividad.

sábado, 22 de julio de 2017

"LORCA, MUERTE DE UN POETA", LA VIDA DE UN MITO

Corría el verano del año 1986 en Granada y mi destino vital iba por derroteros muy diferentes a los que luego acaecieron, de tal manera que yo me dedicaba a forzar mi cuerpo de una manera metódica, llegando a hacer en torno a cuatro horas de preparación física diaria, que iniciaba muy temprano y a la par tenía que ir a un par de sitios que casi me obligaban a desplazarme de punta a punta de la ciudad de la Alhambra, de hecho mis entrenamientos gravitaban entre los barrios de Los Pajaritos y el Zaidín. La temprana hora tenía la lógica de evitar los rigores de la canícula, con lo que a media mañana, con la mayor parte de la carga hecha y sin pauta que hacer hasta la hora de comer, me dedicaba a explorar una bella ciudad que hasta esa fecha era prácticamente desconocida para mí.

Mi filosofía que, en la medida de lo posible, mantengo en la actualidad, era la de vagar por calles y plazas, sin mapa, para ir descubriéndola y sorprenderme al doblar cada esquina. En uno de esos paseos erráticos llegué a una plaza donde se percibía un gran bullicio, y rápidamente me di cuenta de que se estaba rodando una película. Por primera vez en mi vida estaba en un rodaje en vivo y en directo. La acción no tenía demasiado desarrollo, a la fachada de un edificio con pinta de antiguo, le habían colocado un cartelón que señalaba «Gobierno Civil» y en la puerta se situaban unos guardias, enfrente un grupo de figurantes vestidos de campesinos clamaba «Armas al pueblo». Allí estuve un ratejo, viendo como la escena se grababa varias veces hasta que imagino que me harté de la monotonía de la escena, no sin antes preguntar a la concurrencia que de qué película se trataba, y saliendo rápidamente de dudas, me informaron que era una serie de televisión dedicada a Lorca.

La serie, producida por TVE, se emitiría un año después, en el verano de 1987, y en ese momento yo no la pude ver, ni la vi jamás. Ahora por las vicisitudes de una pequeña reseña que tengo que hacer del genial poeta para una revista filatélica en la que colaboro, ha resultado ser el momento idóneo para verla.

Cataratas de tinta se han vertido sobre Federico García Lorca y, para ser sincero, demasiado centradas últimamente en monopolizar el momento de su muerte y las causas, y no tanto en dignificar su obra. Es evidente que fue una pérdida irreparable, pues su muerte con 38 años, en una pujante juventud literaria, nos privó si hubiera vivido más tiempo, de otras obras maestras de la literatura española.

Configurada en seis capítulos de una hora de duración aproximadamente, aunque el último, el de su muerte, duraba algo más, y dirigida por Juan Antonio Bardem, narra la vida del poeta granadino, desde su juventud (en principio, no gozaba de gran relevancia su infancia) hasta su muerte.

Antes de entrar a valorar su calidad técnica y otros detalles, resalta mucho en la serie que el personaje principal fuera interpretado por un actor no español, en concreto, por el británico Nickolas Grace, que a la sazón no tenía ni pajolera idea de nuestro idioma. Él relataba su papel en inglés (aunque los poemas los recitaba en español con un fuerte acento inglés) y el resto de actores en español. Si ya entraña dificultad el realizar un guión y sincronizarlo, el encajar este batiburrillo se convertiría en un hazmerreír para más de un actor. Todo tiene su explicación que, aun hoy, me sigue pareciendo una tomadura de pelo, y es que la producción pretendía que con un protagonista de habla inglesa, la serie se pudiera vender y hacer caja en consecuencia, en países de influencia anglosajona, y efectivamente la serie se pudo ver en Gran Bretaña y en Estados Unidos, pero en este caso, con el doblaje de todos los actores, excepto lógicamente, la voz de Grace.

Y me inspira que es una tomadura de pelo, porque no me parece tan brillante papel el que desempeña Grace, al que lo único que le favorece es su aspecto físico y una interesante variedad gestual que lo definen como un artista con muchas tablas, no obstante, hay algo que no cuadra, es como si no sintiera a Lorca, como si faltara esencia, tal vez haber olido azahar de Granada desde siempre para imbuirse del papel.

Pese a la trayectoria de militancia comunista de Bardem y las fechas en las que se produjo la serie, con el socialismo de Felipe González en el poder, no creo que esté especialmente politizada, creo que se hace un retrato mesurado y justo de la vida de Lorca y, sobre todo, de las circunstancias de su muerte.

Hace un buen recorrido por su vida, una vida que para un hombre que vivió en España a primeros del siglo XX, está llena de pasión. Una vida salpicada de increíbles experiencias que fueron forjando un mito alimentado por un montón de sensaciones.

Lorca nació en el seno de una familia bien y eso le permitió dar rienda suelta a su curiosidad e imaginación. La serie retrata bien sus primeras reuniones con jóvenes intelectuales en Granada y su posterior ingreso en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1919, donde conocería a firmas tan reconocidas e influyentes de nuestra cultura como Dalí, Buñuel o Alberti. También el pistoletazo de salida de la Generación del 27.

Se hace, a mi pesar, una escuetísima pincelada de su viaje a Nueva York en 1929, curiosamente y no había caído yo en eso, estuvo presente en la ciudad estadounidense cuando ocurrió el crac del 29; y digo que la pincelada es breve porque el propio Lorca reconoció que en sus nueve meses de estancia fue una de las experiencias más útiles de su vida. Me imagino que encontrar escenarios de la época en una ciudad tan enorme y «sin contaminaciones» sería un objetivo harto dificultoso para la productora.

De allí partió a La Habana donde también estuvo residiendo unos meses, y ya con la 2ª República en España, de la que era simpatizante y esto no se puede negar, creó La Barraca, grupo teatral universitario, con el que recorrió España entera y también parte de América.

Ya sabemos que a medida que avanzó el desarrollo de esa 2ª República, comenzó a tensarse la situación social y política, y Lorca estuvo en el punto de mira. ¿Por intelectual, por homosexual, por republicano? La serie no lo deja claro del todo, a la par que señala varios factores, probablemente nunca se sepa la razón, como no se sabe exactamente el lugar en el que fue abatido, sin duda, que era un elemento discordante con las fuerzas golpistas y eso lo precipitó todo.

A la altura de este análisis cabe decir que localicé perfectamente en el quinto capítulo el momento del rodaje que yo había presenciado treinta años antes. Por cierto, que al poco de comenzar a vivir en Granada en mi época universitaria y realizar un giro drástico a mi perfil profesional ya me di cuenta que aquel día yo había estado en la Plaza de la Universidad, que el edificio del supuesto Gobierno Civil no era otro que la Facultad de Derecho, y el monumento que preside la plaza es el de Carlos V, al que durante años vi ataviado con indumentaria diversa. Facultad en la que pasé muchas horas de preocupaciones y aprendizaje, pero al final de éxito. La serie cuenta con numerosas escenas que se desarrollan en el interior de ese edificio tan solemne y que me han hecho recordar viejas cuitas.

Precisamente una secuencia de escasos segundos, seguro que tardó en rodarse varias horas, días diría yo, si tenemos en cuenta la logística para organizar a todo el equipo, figurantes, escenario…, con lo que esto nos da la dimensión del inmenso trabajo que hay detrás de un rodaje.

La tendencia homosexual de Federico se muestra muy de puntillas, al igual que, pese al momento político en que se grabó la serie, tampoco se trata de hacer leña del árbol caído, creo que los aspectos que rodearon su muerte se tratan con bastante dignidad.

En cuanto a la calificación de la serie, creo que en general está bien, quizá me faltan pasajes de la vida de Lorca que se obvian, al igual que otros sin importancia se acentúan. El elenco actoral es razonablemente bueno, aunque algunos están claramente sobreactuados. Por lo demás, quitando el papel del actor principal, el británico Grace, que no me convence, la serie es bastante correcta.

Finalmente y retomando con lo que comenté al principio, sobre Lorca, poeta y escritor que es mundialmente conocido, y no hay estudiante que se precie que no haya leído algo de él, hay que dignificarlo con su obra; entiendo y respeto el interés por recuperar sus restos, pero estoy seguro de que hay algunos que se empeñan tanto en ensalzar a Lorca y apuran sus deseos de darle una merecida sepultura para utilizarlo como un símbolo político, que a buen seguro que jamás han leído ninguno de sus libros. Por cierto, Lorca es patrimonio de todos.

domingo, 16 de julio de 2017

PEQUEÑOS IMPUESTOS REVOLUCIONARIOS DE LITORAL

Será quizá porque trabajo en un ayuntamiento, que cuando viajo a la costa siento una sana envidia, municipios más pequeños que el mío pero que manejan presupuestos mucho más abultados. Y tiene su lógica explicación, tienen una población censada concreta pero cuenta con recursos vía impuestos locales de toda una población latente que pasa buena parte del año allí o va a pasar sus vacaciones, amén de los impuestos de establecimientos hosteleros, promociones de viviendas que se realizan... Por otra parte, tampoco es desdeñable el número de negocios que se nutren de su privilegiada situación para vivir holgadamente gracias al dinero que traemos los foráneos. Y a todo esto podríamos añadir un largo etcétera.

Almuñécar, ciudad que visitaba hace unos años con cierta frecuencia, es una localidad con una población censada en su núcleo principal (sin anejos) de algo más de 18.000 habitantes, que durante el verano puede incluso quintuplicar su población y a lo mejor me quedo corto, con lo que no solo su ayuntamiento gestiona para una población de 100.000 almas sino que está obligado a ofrecer unos adecuados servicios a todos esos ciudadanos. Pero cuando esa población se retira a sus cuarteles de invierno, los vecinos de verdad disfrutan de una ciudad dimensionada para mucha más gente pero donde ya se han quedado una serie de infraestructuras que una ciudad de similar población como la mía (Bailén) no aspira a tener en la vida. Parques urbanos, instalaciones deportivas, centros comerciales, mantenimiento viario..., son algunos de los premios que Almuñécar tiene y, por ende, prácticamente todas los municipios costeros.

Uno está encantado de visitar sus playas y disfrutar de su clima benigno y del ambiente distendido que se percibe cuando se está descansando. A mí particularmente se me ha metido en la cabeza desde muy chico, los inmensos beneficios del agua de mar con todos sus oligoelementos, y soy de los que va a la playa diariamente mañana y tarde, salvo fuerza mayor; es más, me exaspera un poco y hasta me río con moderación de esa gente que se compra un piso en la playa para no pisarla jamás, porque se encuentra más cómodo en la piscinita de la urbanización, o yendo al chiringuito que hay debajo de su bloque. Y es que para ese viaje no se necesitan tales alforjas, piscinas y bares tenemos en el interior, el elemento diferencial es el mar, también el clima, pero fundamentalmente el mar. Si no te gusta el mar y te compras un piso en la playa para verla de lejos estás haciendo un pan con unas tortas. Es, permítaseme el comentario machista y espero que simpático, como el que tiene una novia y no le toca el culo.

Si hay algo bueno que tiene España son sus playas, las riberas del mar como dice la Ley de Costas, es que son públicas, todas, absolutamente todas. Aunque algún hotel en nuestro país pueda hacer algún juego de palabras con los términos «privada» o «semiprivada», esto es radicalmente mentira. Tú puedes bañarte en cualquier playa de España, todas son públicas, no encontrarás una puerta de acceso que te impida entrar en ella, bien es cierto que por la orografía algunas serán más o menos accesibles, pero que conste que las playas son de todos, con lo que nos separamos de otros países elitistas y también de otros tercermundistas que sí que acotan sus playas para el disfrute de unos pocos.

Pues visto que las playas son de todos, me molesta bastante que los ayuntamientos costeros, si no tienen bastante con unos suculentos ingresos por todo lo comentado, y porque básicamente el turista de turno acude a esos municipios a hacer un dispendio y a realizar unos gastos extraordinarios que no hace durante el resto del año, pues también acometen ciertos abusos.

Si las playas son públicas, algunos ayuntamientos costeros han encontrado un auténtico maná con la regulación de los aparcamientos aledaños a esas playas. Es consabido que los seres humanos ocupamos poco espacio físico, lo que ocupa auténtico espacio es el vehículo que nos transporta, ese necesita como poco cincuenta veces más espacio que nosotros, hay que aparcarlo y dejar un sitio prudencial a su alrededor para abrir puertas y maletero y no darle al de al lado, y aparte un espacio también significativo para poder salir y entrar. En definitiva unos buenos metros cuadrados que, a veces, no son fáciles de encontrar.

Así que para solucionar este problema esos ayuntamientos listillos se inventan o no los aparcamientos pero ante todo crean la figura del aparcacoches, para tener ocupado a una serie de personal que no encuentra trabajo dentro de la oferta existente, ahora un poco más suelta tras la crisis.

Y el problema es que no existen más aparcamientos porque haya aparcacoches, existen prácticamente los mismos, es decir, que la regulación que ejercen no es más que la de señalar donde está el aparcamiento libre, algo que más o menos se ve, según la zona, desde el vehículo. Es más en zonas expresas de aparcamiento, no los existentes en las calles, se regularían y optimizarían de forma similar con o sin aparcacoches, porque prácticamente ninguno te dice que pegues más o menos el coche a otro para que quepan más. Como tú tienes que ir a la playa y por c... tienes que aparcar tienes que pagar esa especie de impuesto revolucionario sí o sí.

Hace unas semanas estuve en Mazagón, justo en mitad de todo el lío del incendio que casi llegó a Doñana, estábamos a finales de junio y entre la cierta tensión que se originó con el fuego y las fechas, la referida localidad onubense estaba bastante tranquila y con escasa ocupación; de tal manera que acudía con mi familia a la playa con el coche, no porque tuviéramos que andar mucha distancia sino por los bártulos que acarreábamos y aterrizábamos en un aparcamiento con capacidad para doscientos coches, en el que estaríamos en el mejor de los días unos veinte vehículos, y ahí estaba el aparcacoches impenitente persiguiéndote para endosarte la multa.

Y no es por el coste, que casi también, sino que la vigilancia no es tal ni regula nada y menos esos días, era y es una multa en toda regla por ser turista. Curiosamente en el recibillo que te proporcionaban y que ilustra esta entrada, aunque pone «Aportación voluntaria», estos personajes, muy cucos, ya han decidido por ti, y lo ponen a boli, que dicha aportación es de 1 euro… voluntario (aunque está claro que todo el mundo paga para evitar historias).

Por si eso no fuera suficiente resulta chocante, y es algo que no entiendo de los aparcamientos, es que si se denomina servicio de Vigilancia, sustantivo que se nombra dos veces en el referido recibo, qué sentido tiene que pongan: «No se responde de los objetos dejados en el interior, ni los desperfectos ocasionados al vehículo una vez retirado del aparcamiento». Es decir, que vigilar no se vigila, simplemente se indica el aparcamiento, o como en mis minivacaciones de hace unas semanas, solo cobran puesto que ya me dirán qué significar ordenar el aparcamiento de veinte coches en un espacio con capacidad para doscientos más.

Y puestos a seguir analizando la situación, los aparcacoches asumen que no se responsabilizan de desperfectos ocasionados al coche tras su retirada, con lo que se demuestra el truco de todo esto, es que, si acaso, se ayuda a aparcar, pero no se ayuda a desaparcar, que en días de follón estaría bastante interesante. Pero no, los gorrillas de turno se largan a media tarde, porque ya no tienen que ejercer la función principal, la de cobrar, y si te roban o te dan un «restre» te quejas al maestro armero.

Curiosamente, el pueblo de Mazagón tiene una amplia línea de costa y aparte mucha anchura de playa, con lo que para no darte una caminata tienes que intentar dejar el coche lo más cerca posible, y los aparcacoches regulan también otros aparcamientos que no son tales, son simplemente los que hay en la calle que va paralela a la playa, con lo que hay regulan todavía menos, solo indican aparcamiento y cobran, sobre todo cobran.

E insisto, la regulación se ejercería del mismo modo sin que ellos estuvieran, pero los intereses creados hace que estos ayuntamientos (el de Moguer y Palos de la Frontera) dispongan de un respiro con esas personas, que en verano no llamarán a sus puertas exigiendo trabajo.

Esto de los aparcamientos regulados es que nunca me ha gustado, la Junta de Andalucía también se aprovecha de ello cuando se trata de espacios protegidos, por ejemplo, las playas de Mónsul y Los Genoveses en Almería, porque tienes que entrar en el aro de pagar si quieres ir con el coche, y al final de todo, descubrimos que las playas son públicas, pero con estos pequeños malabarismos normativos son un poco semiprivadas o privadas.

Y como señalaba al principio, no es nada en contra de los señores que se buscan la vida con este negocio, los gorrillas o aparcacoches, los municipios de litoral deben procurar unos adecuados servicios a los que viajamos allí y dejamos nuestro dinero: limpieza de playas, duchas y lavapiés, salvavidas y, por supuesto, también el aparcamiento, y todo ello gratuito.

domingo, 9 de julio de 2017

APOCALYPTICA, EL HEAVY COMO NUNCA LO IMAGINASTE, CON VIOLONCHELOS

Un músico heavy ¿nace o se hace? Probablemente por la propia dimensión de esta música, a un bebé tal vez le incomode, por muy bajita que suene. A esta música se llega por afición tras haber oído otras, incluso por consejo o afinidad, o quizá porque uno se identifica con el carácter de esta. Ah, antes de nada, y pese a mi empeño por la preservación de nuestra lengua, el adjetivo heavy me gusta más que rock duro o metal, creo que tiene connotaciones que los otros sinónimos no tienen.

Yo puedo decir que soy un buen aficionado a la música heavy, pero la bien elaborada, no aquella que simplemente genera ruido y esa es su seña de identidad, hacer ruido con letras que se quedan tapadas por los instrumentos sonando a la máxima potencia. Me gusta el heavy que tiene un proceso de composición concienzudo, con partitura o algo parecido, también aquella que aun naciendo de la inspiración tiene una base melódica sólida. Por no enrollarme mucho diría que el heavy comercial me gusta, me encanta, ya sé que tal vez no sea purista, ni siquiera un aficionado propiamente, porque los aficionados de verdad necesitan algo más que lo que se escucha en las radios generalistas.

Dicho esto, hay que desmentir categóricamente que la música culta sea solo la clásica, o que no pueda haber virtuosos de la música en cualquiera de sus géneros. Ni siquiera el movimiento heavy es ajeno a esto, esas clásicas baladas llenas de sensibilidad y que contrastan con su estética (pelos largos, chupas de cuero, mucho metal), denotan que hay una seria composición detrás, que el pentagrama se ha trabajado.

La música heavy reconozco que no es un fenómeno de masas y, a veces pienso que es como decía el anuncio, será «porque la ha probado poco». También es verdad que su estética a veces echa un poco para atrás a mucha gente, y que uno se identifique con la música sin usar una indumentaria concreta parece que no cuadra; igual que es erróneo admitir que los que se visten de heavys son por naturaleza macarras, agresivos o antisociales. Hay gente muy culta y «muy normal» entre sus adeptos, precisamente hay un cura (Vicente Esplugues) que por las tardes en RNE, una vez a la semana, dedica una sección que se denomina «La sotana metálica» y es perfectamente compatible su ministerio sacerdotal con su gusto musical, tal vez extremo.

Este grupo que hoy traigo a colación es de esos que no terminan de encajar, rompen varios mitos, y eso es magnífico. El cómo llegué a conocerlos es bastante fascinante, porque vinieron a mí hace unos años con ocasión de una sesión de meditación en medio de un ensayo para un grupo teatral en el que puntualmente he colaborado. Nuestro director Manolo López, buen amigo y al que tengo considerado maestro vocacional, algo que hoy parece que no se lleva, fue el que me sumergió en este grupo que era heavy, pero tenía algo de clásico; que era potente, pero a la vez relajante.

Y es que puestos a elucubrar en torno a la pregunta inicial, los miembros de Apocalyptica ¿eran o se hicieron heavys? Claro, que esa es otra, porque parece que esta música hay que asociarla a una foto prototípica: guitarra, bajo, batería, voces y quizás algún teclado; pero no, porque eso es lo primero que choca de este grupo finlandés, es heavy, pero su instrumento principal es el violonchelo, y para ser precisos cuatro, y ya está. Pero eso sí, la estética no la pierden sus pelijas, sus chupas, sus camisetas negras, y mucho metal.

Ya parece raro que un grupo heavy se componga con unos instrumentos tan clásicos, tanto que parecería a priori que la belleza que sugieren esos guitarrones verticales no puede albergar algo tan rompedor como la música heavy y, sin embargo, se mueve. Con lo cual, es evidente que hay una formación clásica y «homologada» en los componentes de Apocalyptica, y es que sus fundadores, cuatro amigos que cursaban sus estudios en la Academia de música clásica Sibelius de Helsinki (Eicca Toppinen, Antero Manninen, Paavo Lotjonen y Max Lilja), ya en 1992 hacían sus pinitos versionando temas del rock y del heavy de la más rabiosa actualidad pero con el singular sonido de sus chelos.

La idea fue cuajando y a la gente le gustó, de tal forma que de manera no profesional se tiraron unos tres años haciendo conciertos privados, hasta que a finales de 1995 una discográfica les propuso hacer un álbum, y así fue como nació Apocalyptica con su primer disco de 1996 titulado Plays Metallica by four Cellos, que como su nombre indica traía unas rompedoras versiones de la mítica banda metalera de Los Ángeles.

Y lo sorprendente para el que escuche por primera vez Apocalyptica, al menos sus primeros discos, es que cuatro chelos no suenan como cuatro chelos, sino que lejos de ser algo monótono, tiene una riqueza inexplicable, parece que hay violines, guitarras, órganos, incluso batería. Y es muy apreciable cómo se hacen los sonidos de tambor y bombo percutiendo las cuerdas del instrumento.

Para que se aprecie el nivel de estos músicos en el año 1999 Antero Manninen dejó el grupo, nada menos que para formar parte de la Orquesta Filarmónica de Helsinki, y lo reemplazó Perttu Kivilaakso, compañero también de la Academia Sibelius y al que habían dejado fuera del primer proyecto porque cuando se formó el grupo aún era menor de edad y no había terminado sus estudios.

Ya habían grabado su segundo disco (Inquisition Simphony) previamente, en mayo de 1998, y contenía adaptaciones de Metallica, Faith no more, Pantera y los brasileños Sepultura, y la novedad es que contaba con tres temas originales.

Esa fue la primera seña del cambio de rumbo de Apocalyptica que pulsó la gran aceptación de sus adeptos por los temas propios, y con su tercer trabajo y ya con el joven Kivilaakso en sus filas nació en el 2000 el exitoso disco Cult, un álbum genial, que fue la confirmación de esta banda, pues todos eran temas originales salvo dos versiones de Metallica y como novedad una adaptación del compositor clásico noruego Edvard Grieg, “Hall of the Mountain King”, una partitura muy conocida.

En ese disco hay una joya que es la que me enganchó a mí con este grupo al poco de que Manolo López me alumbrara el camino, se trata de «Hope». Un tema con una fuerza bestial, con una melodía que atrapa y con una increíble sonoridad. Desde que conocí el grupo tengo un disco compacto con los cuatro primeros álbumes en el coche y cuando quiero un subidón de adrenalina me pongo Hope. Invito a todo el que lea esto a que ponga en Internet este tema y se comprobará de lo que hablo.

Después de oír esa canción por primera vez y tras repetirla, aprecié que era muy buena, tenía algo especial, y a posteriori verifiqué que Apocalyptica había sacado en 2001 una edición especial de Cult con el tema Hope al que le habían agregado letra y estaba cantado por Matthias Sayer, vocalista de la banda alemana de heavy Farmer Boys. A mí sinceramente me gusta más el tema sinfónico, pero con letra tiene su aquel.

El cuarto álbum oficial fue Reflections, en 2003, y completó el cambio de rumbo de la banda, pues ya eran todos sus temas originales.

Para entonces el grupo ya tenía tal bagaje y popularidad que decidió oficializar lo que ya era una realidad en los estudios de grabación, que necesitaban la cobertura de algún instrumento más, pero sin pasarse; así fue como se incorporó al grupo al batería Mikko Siren en 2005, reemplazando de algún modo, a Max Lilja que por desavenencias con sus compañeros había dejado las filas un par de años antes.

Varios discos más se han grabado hasta hoy, y Apocalyptica es un grupo relativamente conocido en el panorama musical (ya, nunca se encontrará en Los 40), pero siguen teniendo la fuerza de unos tíos que están en su madurez, en su cénit creador, Kivilaakso nació en 1978, y que siguen obsequiándonos con su música y dando conciertos por todo el mundo. En España han estado varias veces y seguro que seguirán viniendo en el futuro, porque este grupo finés tiene cuerda para rato, nunca mejor dicho.

domingo, 2 de julio de 2017

EL DÍA QUE PARTICIPÉ EN UN LINCHAMIENTO

El hecho de que haya venido a mi vida un niño cuando yo tengo una edad relativamente madura, dejémoslo ahí, ha tenido un montón de consecuencias positivas en mi existencia, y una de ellas, no la más importante, es que con él rememoro vivencias que me ocurrieron cuando niño, porque proyecto en él aquellas experiencias, y concluyo en que, a pesar de que han pasado en torno a cuarenta años desde que yo paseaba mi mochila por el cole, sustancialmente no han cambiado muchas cosas, es como si se repitiera la misma historia.

Las peripecias del recreo suelen ser un recurrente tema de conversación, con respecto a la oficialidad de lo que ocurre en el plano docente que queda en segundo plano y que es más aburrido o menos dado a noticias que lo otro. Sí, mi hijo refiere los juegos de recreo y las cuitas que hay entre compañeros y mi sentencia es que los niños son niños en todas las épocas y las formas de socializarse pueden cambiar en el tiempo pero su esencia en la misma.

Alguna que otra peleílla me confesaba que se producía de vez en cuando, algo ciertamente normal y que hay que tomar en consideración en su justa medida, porque saber defenderse es intrínseco al ser humano y si los adultos nos metemos en querer sobreproteger estaremos malcriando a nuestros hijos, por eso hay que dejarlos un poco, esa es mi opinión, siempre y cuando la sangre no llegue al río.

Pues eso, que me refería que algún que otro compañero poco espabilado solía ser el blanco de las mofas del resto, algo que tampoco me gusta, pero es que suele ser una figura que también recuerdo que existía en mi escuela, y los niños éramos y son crueles, y nos pasábamos. Tal vez yo no.

Le pregunté a mi hijo si en el recreo jugaban a «mosca» o a «zurreón», o a «urda» y me dijo que no (interesantes juegos para tratar en este blog en dicha etiqueta), sobre todo, todos ellos un tanto violentos se basaban en golpear de alguna forma al que se la quedaba. Probablemente el juego de mosca sea el más conocido, dos filas paralelas de chicos (o chicas aunque las de mi clase jamás jugaron) abren un pasillo para que el que se la queda pase y puede ser golpeado por otro siempre que este no sea visto. Lo que ocurría en este juego en mi colegio es que siempre estaba el mismo que siempre se la quedaba y se llevaba todos los palos, parecía masoca, si no estaba él otros dos o tres tomaban el testigo.

Por respeto a él que sé que vive, aunque hace años que no lo veo, diré que S.E. era el prototipo de bobo de mi clase, con poca inteligencia y nula maldad, y que además no iba bien en los estudios, había una conjunción de factores muy critica, hoy podríamos considerar que le falta un hervor.

A estas alturas de la película tengo que decir que casi sin saberlo o sabiéndolo yo, siempre he intentado seguir esa máxima que luego me recordaron antes de ir a la mili, de no llamar la atención ni por arriba ni por abajo, es decir, ni muy listo ni muy tonto, no levantar la liebre, pasar desapercibido. Y en el cole me pasaba eso, no era de los que animaban a S.E. a que se la quedara en «mosca», aunque seguro que alguna vez le di alguna colleja, no lo niego.

Curiosamente esta historia de bobos y listos, de buenos y malos, y de invisibles (categoría en la que yo me encontraba), me llevó a otra que le apunté a mi hijo muy de refilón y que pasa por ser una de las más increíbles de mi vida y que dan título a esta entradilla. Historia que por más que la recuerdo me parece tan fantástica, tan increíble y surrealista que pese a que la viví en primera persona a veces me pregunto si no la soñé.

De algún modo, también era una historia de buenos y malos, de bobos y listos, de macarrillas y chuletas. Yo he vivido siempre en un barrio obrero que albergaba a cientos de familias a los que daba de comer Metalúrgica Santana (la que fabricaba los Land Rover en España) en Linares y con el boom de natalidad que hubo a finales de los 60 en España, la vida en la calle dista mucho de la actual, decenas de niños salíamos en tropel todos los días del año a jugar a lo que fuera, y nos conocíamos todos y lógicamente los había de todos los pelajes. Entre ellos estaba el que hoy traigo a colación, y protagonista principal de la historia, como también vive también respetaré su identidad aunque dudo que esto lo vaya a leer alguna vez, se trataba de P.V. El susodicho era el gamberrete de la calle, un tipo entre bobo y malvado que no solía tener buenas ocurrencias, entre sus méritos se contaba que una vez le pegó una pedrada a una niña y le vació el ojo para siempre.

P.V. no era ni mucho menos un delincuente, a tanto no llegaba, ni tampoco era pandillero infantil-juvenil, era el malo de la calle sin más. Un chaval en el que nadie confiaba, siempre trataba de engañar, se le iba la mano con facilidad, le gustaba apropiarse de lo ajeno, era generalmente sucio, desaliñado, maloliente y con mocos perennes, aunque su familia sabíamos que estaba económicamente mejor que el resto (su padre tenía una empresilla), hasta el punto de que construyó un chalé a las faldas de la explanada que utilizábamos para jugar al fútbol. Su madre era la única del barrio que acudía a comprar a la tienda en zapatillas de paño, algo que ya me resultaba chocante, así que es imaginable cómo detesto hoy la moda de esos/as que van a comprar al Mercadona o el Lidl con pantuflas, pijama o bata, o todo a la vez.

Bueno, pues pese a todo él era un «amigo». La paradoja era tal que hicimos un equipo de fútbol, compramos unas camisetas, y él formaba parte del mismo, pero cuando un balón se salía del campo y llegaba a los aledaños de su chalé su madre nos lo confiscaba y se acababa el partido sin que él dijera nada.

Pues eso, P.V. era un tipo que a base de hacer una trastada tras otra llegó el momento y no se cuál fue la chispa que encendió la llama, pero el caso es que un día, yo debería tener trece o catorce años, estamos hablando de principios de los años 80 y, algo muy gordo debía haber hecho o por acumulación (a lo mejor fue por la sucesiva confiscación de balones), pero el caso es que fue un clamor en la calle que P.V. debía de llevarse su merecido de una vez por todas. No recuerdo muy bien las fechas pero por el buen tiempo que hacía, podría ser mayo o junio, o tal vez septiembre, lo cierto es que la mano invisible del odio se extendió con rapidez y una tarde decidimos anunciarle, huelga decir que yo es como si no estuviera, que lo íbamos a linchar, así tal cual.

No sé si aquello fue como un reguero de pólvora, lo cierto es que allí comenzó a aparecer gente de calles aledañas a mi barrio, porque P.V. era bien conocido en los alrededores; tal que nos juntamos yo diría que unos treinta chavales, y de buenas a primeras comenzó una persecución, debería calificarla de espectacular porque jamás me vi en otra igual, en la que nuestra horda atravesó Linares no menos de cinco kilómetros por su periferia.

Como es evidente la persecución no iba a ser eterna y hubo un momento en que P.V. que no era precisamente un tipo ágil, era más bien fondón, pues yo creo que se cansó o vio que no tenía sentido correr para no llegar a ningún sitio porque ya estaba en el campo, en un erial grandísimo sin posibilidad de esconderse ni de escapatoria y nosotros a unos 500 metros viéndolo perdido y restregándonos las manos.

Pobre P.V., por primera vez en la historia, el malo malote de la calle estaba contras las cuerdas, y no dudo que a mí aquello me producía cierta satisfacción, se estaba ejecutando esa especie de justicia rápida que por fin iba a resarcirnos de tantas gamberradas que habíamos sufrido del ínclito.

No sé si levantó la bandera blanca o P.V. reclamó a voces en esa situación límite que, puestos a «morir», por lo menos pensaría que podía hacerlo con cierta dignidad, solicitando un poco de clemencia (la que no tuvo con nosotros durante muchos años) y que se enfrentaran con él en el combate final solo unos pocos, un mal menor, o un riesgo calculado. En un sumarísimo juicio tomamos la determinación de que se encargaran de liquidarlo cinco de nosotros, y sí, yo no fui uno de los elegidos, aunque estoy seguro de que tampoco me postulé, porque yo seguía en modo invisibilidad como si tuviera la capa mágica de Harry Potter por encima.

Lamentablemente para mi morbosa curiosidad nuestros matones se apartaron tanto de nuestra visión que no pudimos ver cómo se sustanció la pugna. Transcurrirían quince o veinte minutos y los sicarios volvieron bastante inmaculados ciertamente y contando como le habían dado para el pelo a P.V., a mí me sonó que demasiado ruido para tan pocas nueces.

No recuerdo muy bien cómo fue la vuelta a la calle, pero como niños que éramos, aunque P.V. era probablemente dos años mayor que el resto, el berrinche se nos pasó rápido y con los ánimos más calmados y la turbamulta disgregada, ya era de noche y estábamos comentando la jugada, y P.V. se acercó y pidió parlamento. Recuerdo perfectamente que J.G. fue el intermediario o negociador (era uno de los chuletas del barrio, y que luego se convirtió en un sensible licenciado en Bellas Artes, todo un inspirador contrasentido), a mí me pareció un traidor, porque después de haber llevado a cabo una persecución de película el intentar hacer las paces a las pocas horas era de ser poco machos, mi posición de pensamiento era muy libre porque al fin y al cabo yo siempre llamaba poco la atención. J.G. volvió y nos comentó que P.V. pedía clemencia, que no lo volvería a hacer, lo que fuera, y que iba a ser un hombre nuevo.

No sé si P.V. se convirtió en un hombre nuevo pero es muy probable que ya cercanos a nuestra adolescencia tuvimos menos oportunidades de alimentar la calle. Tal vez fue la penúltima oportunidad de estar de andanzas con P.V.

Y fue la penúltima porque la última la recuerdo bien, en una Feria de San Agustín de Linares. Comoquiera que aquel linchamiento fue olvidado con prontitud, porque también hay que preguntarse si verdaderamente lo hubo o nuestras avanzadillas se inventaron lo que le hicieron a P.V. en esos veinte minutos donde se decidió el futuro de la calle, lo cierto es que P.V. que hoy no sería un amigo en mi vida actual en ningún caso, seguía siendo un miembro de la pandilla, más o menos querido. En aquella Feria yo tendría en torno a catorce años y se decidió, yo no por las razones antes expuestas, que en una operación a gran escala, seguramente inspirada por P.V., íbamos a hurtar unos pines o insignias (que en los años 80 estaban muy de moda) en un puesto de moros. La tan sofisticada estrategia pretendía desviar la atención del vendedor y que yo, sí yo, ejecutara el hurto. No sé cómo me la metieron doblada si yo no existía, pero después de dar vueltas, muchas vueltas, elegimos la víctima, y yo nulamente avezado en el arte de la sisa, imagino que actué como elefante en una cacharrería, y el moro que estaba ya de vuelta de pícaros callejeros me cogió la matrícula rápido y me pilló antes de que dijera esta boca es mía. Imagino que pasé un bochorno instantáneo, pero provocó en mí un sentimiento definitivo y presente de que jamás me vería en otra igual.

Y este era P.V., el inspirador de esta sensacional y disparatada pero también cotidiana historia, por aquella época tenía más sentimiento de odio hacia él que otra cosa, aunque paradójicamente compartiéramos andanzas, equipo de fútbol o trapacerías en un puesto de feria, y deseaba que la vida le fuera mal en comparación con la mía que yo esperaba que fuera bien y que el karma pusiera a cada uno en su sitio.

Hoy tengo un sentimiento indiferente incluso de cierta pena, y sé que P.V. ha sido un hombre normal tirando a vulgar con más penas que glorias, y enterrada tantas batallas de la infancia, uno casi tiene olvidado todo. También es verdad que mi época era más recia que la actual, hoy no deseo ni por un instante que mi hijo tenga el más mínimo problema en su vida, pero yo me peleaba, traía chichones y heridas por doquier, hacía serias travesuras y, sin embargo, me tengo por una persona bastante tranquila y pacífica.