sábado, 27 de mayo de 2017

EMERALD WEB, UNA RED DE BELLEZA ENTRE FLAUTAS

No sé en qué momento de mi vida me desconecté del Festival de Eurovisión, muchos años ha, y probablemente fue cuando se generó la simbiosis entre el cúmulo de canciones cantadas en inglés torpedeando la riqueza lingüística del Viejo Continente, el mamoneo de votos amigos (Grecia vota a Chipre y viceversa, Estonia a Letonia y Lituania y viceversa, las antiguas repúblicas soviéticas, la antigua Yugoslavia, ya saben...) y el manifiesto horterismo presente en todo el espectáculo.

Lo que seguro que subyace en mi desinterés es que con la misma lucidez que puedo recordar algunas de las canciones que ganaron el Festival en la década de los 70 y 80, tengo semejante viveza para olvidar o desconocer las de los últimos veinticinco años, que si alguna vez las he oído, algo dudoso en su mayoría, apenas me llegan al final del verano.

Por eso, a mí como a muchos amantes de la música, nos congratulamos con la victoria de Portugal, la propuesta de Salvador Sobral era, como él mismo expresó, una ruptura clara y directa con respecto a la música comercial, esa de «usar y tirar» que no deja poso ninguno, esa que es una especie de «rollo de una noche», donde la sensibilidad y el amor se pierden, como se pierden muchos de los objetivos para los que el ser humano inventó la música en sus ancestros.

Al fin y al cabo, y sin ánimo de ser presuntuoso, la etiqueta de esta bitácora dedicada a la música va de eso, no es música que se consume como un chicle, con sabor al principio, pero que después de un rato ya no sabe a nada y tienes que echar a la basura. Y es que la música, para que trascienda, ha de ser atemporal, ha de decir algo, de llamar al corazón, de inspirar y de conmovernos.

Así que hoy he decidido hablar de Emerald Web, no atiendo a ninguna razón especial, es más, creo que tengo tantos grupos y músicos en mi agenda mental que será imposible que este blog con vocación de eternidad, hasta que la muerte nos separe, pueda recoger ni tan siquiera en una mínima parte.

Es curioso que el nombre de «Web» que hoy tenemos todos en la boca y que usamos con asiduidad no tenía la dimensión actual cuando este grupo se formó allá por 1978, con lo que la traducción lógica sería «Red Esmeralda», nombre por cierto muy bonito y evocador; y yo creo que nacido con este título para construir precisamente eso, música bonita, música para deleitarte con su escucha, tranquila, pausada y relajante. Una música basada en una bella simplicidad, pero que curiosamente rezuma un seductor calor y elegancia a través de la tecnología. Esa música que podrás escuchar dentro de un siglo y nunca podrás decir que es antigua.

Se trata de un dúo compuesto por Bob Stohl y Kat Epple, este matrimonio estadounidense originario de Florida y primigeniamente flautistas ambos y, de hecho, la flauta mezclada con sintetizadores tiene una fuerte presencia en sus composiciones, fueron de los pioneros de la música New Age y electrónica en Estados Unidos cuando a principios de los 80 comenzaba a atisbarse la proyección de este nuevo género musical.

Conciertos, bandas sonoras para televisión, músicas de fondo para espectáculos en planetarios, aparte de una constante dinámica de darse a conocer con sus conciertos, les permitieron ser bastante populares. Con doce discos a sus espaldas, prácticamente uno por año, este proyecto musical quedó cercenado con la muerte accidental por ahogamiento de Stohl en 1990 cuando tenía 34 años, en la flor de la vida.

Kat Epple continuó y se le conocen en torno a treinta álbumes en solitario o compartidos, para televisión, películas, desfiles de moda, libros digitales... Y ha llevado su flauta y el espíritu de Emerald Web y de Bob Stohl por medio mundo, actuando en los museos más representativos de Estados Unidos, en las Naciones Unidas, así como en escenarios muy reconocidos de Italia, Gran Bretaña o Alemania. Hasta ocho emmys la contemplan por diferentes composiciones musicales para televisión.

Como ya he comentado el hilo conductor de Emerald Web y el legado que mantiene Kat, fue siempre la flauta, sus viajes por el mundo les permitieron coleccionar y recabar instrumentos de todos los confines, y por ello Emerald Web también tiene un idilio con la música étnica.

El lyricon
Por cierto que Bob Stohl fue un virtuoso del lyricon, una especie de flauta electrónica basada en un sintetizador, inventada por Bill Bernardi junto con un grupo de ingenieros a principios de la década de los 70, y que es considerado el primer sintetizador de la historia controlado por aire. Ese lyricon es toda una inspiración para los sentidos.

Para mí el disco «Nocturne» de 1983 es mi preferido, es una sucesión de melodías que te conectan con la naturaleza, con lo etéreo, con las almas puras que vagan por el ambiente. El disco «Traces of time» de 1986 es también toda una genialidad, y curiosamente Emerald Web se atreve en uno de sus temas a versionar el Canon de Pachelbel, donde hay belleza, un maquillaje con buen instrumental no puede generar más que belleza.

Aunque Emerald Web desapareció drásticamente en 1990, sus discos se han seguido vendiendo y Kat ha continuado tocando de ese archivo inmenso de más de una década de creativa y fértil producción, y después de trece años, en 2013, sacó un nuevo disco para Emerald Web llamado «Sanctus Spiritus» que contenía grabaciones inéditas de la colección privada del matrimonio, todo un tesoro para los oídos, y una manera de rendir tributo a Bob.

La idea de regenerar el espíritu de Emerald Web caló en Kat tras este primer disco tras la muerte de su marido y sacó tres álbumes más, por lo que podemos afirmar que este proyecto musical sigue muy vivo y que mientras Kat Epple siga teniendo fuerzas e inspiración va a seguir meciendo nuestros oídos con sus susurrantes melodías.

sábado, 20 de mayo de 2017

"JUAN SALVADOR GAVIOTA", EL CULTO POR UNA HISTORIA DE LIBERTAD

Seguramente la gente de mediana edad, entre la que me encuentro, y más mayores, habrán oído hablar alguna vez del fenómeno «Juan Salvador Gaviota», más de uno habrá leído el libro y/o habrá visto la película. Dos caras de una misma realidad, un libro de culto y una película de culto; obsesión según las épocas, donde no eras nadie o estabas fuera de onda si no te habías dignado a experimentar las vivencias de una gaviota personificada, y ya te elevabas a una dimensión superior si eras capaz de chanelar sobre su contenido, sus frases mágicas, sus trasfondos.

Desde luego y ya lo adelanto, para el que jamás haya oído hablar de «Juan Salvador Gaviota», se trata de una experiencia al alcance de la mano, porque entre la media hora escasa que se puede tardar en leer el libro y los noventas minutos de la película, en apenas dos horas se puede decir que has pasado la fase de iniciación de este fenómeno, que fue ante todo editorial.

El libro fue escrito por Richard Bach en 1970, y podemos decir que fue un precursor de los más que populares hoy día libros de autoayuda. A principios de esa década fue un éxito sin precedentes fundamentalmente en Estados Unidos y, desde allí se extendió por todo el mundo.

Sin duda, hay muchas claves para adivinar el porqué de ese éxito, para empezar su diseño de libro de bolsillo que se podía leer un rato, pero que a su vez, por su propia estructura, permitía leer pasajes al azar para extraer mensajes sobre los que meditar y reflexionar. Por otro lado, se trataba de un relato sencillo, que podría leer incluso un niño, si no se buscaba más, era una historia con su inicio, su desenlace y su final, una especie de cuentecito accesible a todo el mundo. Ahora bien, y ahí se inicia el secreto de «Juan Salvador Gaviota», detrás de esa historia liviana solo en apariencia, cada vez que se leía, se encontraban nuevos escenarios, nuevos retos, formas diferentes de entender sus pasajes y obviamente, se generaban más reflexiones, más mensajes para uno mismo. De ahí que, como he comentado antes, leer el libro o ver la película por primera vez no es más que una fase de iniciación, cuanto más consumes más maduras.

Richard Bach, con formación en aviónica, ideó un relato metafórico en torno al vuelo de la gaviota en el que convergen conceptos como la libertad, el sacrificio, la superación, el honor, la alienación…, y son solo algunos de los innumerables temas que se pueden colegir de su lectura, son los primeros que me han venido a la mente.

Haciendo un resumen muy simple, Juan Salvador Gaviota (originalmente Jonathan Livingston Seagull, algo así como Juan Piedraviva Gaviota) es una gaviota que no se conforma con ser lo que es, se resiste a que su vida esté limitada y encuentra en el arte de volar más y más rápido su liberación. Expulsado de la bandada por salirse de las normas encuentra un nuevo mundo donde poder desarrollar su capacidad gracias al apoyo de otros de su especie. Él mismo, ya maduro, se dedica a encauzar a otros jóvenes que se encuentran con las mismas dificultades que él ya afrontó.

Es evidentemente una metáfora del hombre, cómo si no, de un hombre que no se conforma con formar parte de una existencia previsible y decide aspirar a más, aun en contra de lo establecido, aun asumiendo su soberbia, tal vez engreimiento, pero su liberación es lo que le permite triunfar. Juan Salvador Gaviota es autodidacta y piensa que no hay mayor tragedia que hacer lo que hacen los demás, aunque los demás, su mundo, nuestro mundo, se empeñen en que todo debe seguir igual para que ¿los que mandan sigan mandando perpetuamente? En fin, probablemente también esta sea la primera reflexión que se me ha venido a la cabeza y también expresada a vuelapluma (digital).

¿Se podría ver la película sin haber leído el libro? Lo cierto es que sí, pero vista la rapidez con que se lee el libro, yo recomendaría hacer el recorrido lógico, o sea, primero libro y luego película. Ahora bien, el que se enfrente a la película directamente probablemente se sorprenda de su contenido, porque la perspectiva se altera, en tanto en cuanto que a los mensajes del libro se le añaden imágenes evocadoras. Igual no fue la mejor manera de plasmar toda la esencia del libro, lo cual era bastante complicado tratándose de un libro de autoayuda, pero encontramos esos estímulos que los cinéfilos buscan.

La película, del director estadounidense Hall Bartlett, es casi coetánea del libro, de 1973, porque el público pidió esa plasmación en la gran pantalla, y con mayor o menor acierto en cuanto a su adaptación, nos ofrece una bella película de naturaleza, todo un esfuerzo para la época la grabación en el aire (con helicópteros) de gaviotas haciendo piruetas increíbles, imagino que mediante muchísimas horas de espera y de ensayo error. Una belleza rematada por una banda sonora fantástica de Lee Holdridge, cantada con exquisitez por el reconocido Neil Diamond.

Esta vez no me voy a pronunciar sobre si me gustó o no, tanto libro como película, ciertamente que no soy muy aficionado a los libros de autoayuda, pero no traigo esta entrada aquí por mi mayor o menor aprecio, sino porque este fenómeno de culto merecía un hueco en este blog, que trata de rescatar alguna joyita de las humildes vivencias de uno de las que se hablan poco ahora y fue un boom hace unas décadas.

No podía acabar sin repescar alguna de las frases del libro, no sé si es la mejor, ni tampoco me he puesto a valorar si las puede haber mejores, pero a mí me gusta: «Rompe las cadenas de tu pensamiento, y romperás también las cadenas de tu cuerpo».

sábado, 13 de mayo de 2017

AGROPOPULAR Y CÉSAR LUMBRERAS, CLÁSICOS RADIOFÓNICOS DEL MUNDO RURAL

Para los que me conocen, saben que me gusta hacer deporte y que trato de correr o salir con la bici casi todos los días, y sobre todo cuando no fallo prácticamente nunca, salvo fenómenos meteorológicos adversos, es los sábados por la mañana y me he acostumbrado desde hace muchos años, para hacerme más entretenida la ruta, a llevar una radio, antes un transistor y ahora un móvil antiguo (al que voy a agotar la batería un año de estos). La radio sintonizada es mi compañera de viaje y suelo tener mis preferencias.

No es Agropopular una de mis preferencias pero, de vez en cuando, la vuelvo a escuchar con regularidad intermitente. Y es que si llevo años, décadas tal vez, haciendo deporte con un ritmo cansino fronterizo con la mediocridad y que obviamente no me elimina la barriguita, aunque espero que al menos no me la aumente, pues tantos son los que con esa discontinua asiduidad he vuelto a escuchar este programa veterano de la radio española dedicado a la agricultura, la pesca, la ganadería y el medio ambiente en general.

César Lumbreras encabezó hace muchos años, hay que remontarse hasta 1984, este proyecto radiofónico que a buen seguro es uno de los programas más longevos de la radio española y, sin lugar a dudas, el líder en su campo por lo específico de los temas que trata.

Resulta poco menos que sorprendente que el sector primario de nuestra economía, el que sustenta el resto de sectores, el origen de nuestros recursos, sin embargo, esté socialmente bastante denostado, es lo que yo percibo. Creo que la sociedad española mantiene aún un velado desapego del mundo rural como sinónimo probablemente de atraso o de incultura. Y, sin embargo, nada más lejos de la realidad, porque el sector agropecuario de nuestro país está cada vez mejor formado y está a la última en cuanto a las técnicas que desarrolla en sus explotaciones. No basta más que ver programas de televisión, el mundo rural es un icono para los magacines, para atestiguar que los agricultores o ganaderos cada vez se expresan mejor, incluso muchos tienen carreras universitarias, están en el mundo y lo que es más importante, contribuyen al avance económico de nuestro país.

Y asombra todo esto, máxime cuando no podemos olvidar que España hace apenas medio siglo era eminentemente rural, el modelo urbanita en España es relativamente reciente. Al campo o al mar le debemos mucho todos, tendríamos que respetarlo más y no ser tan olvidadizos.

Fiel a ese origen rural, César Lumbreras Luengo, este periodista abulense de Adanero, hijo de agricultor y ganadero, dio en la tecla al iniciar ese programa con el empuje, el ansia y las ganas que les proporcionaban sus poco menos de 30 años, como ya he comentado allá por 1984. Y ha tenido obviamente el privilegio, por méritos propios, de perpetuarse después de tres décadas, se va a jubilar en el programa que le dio popularidad y lo suyo es que, cuando lo deje en unos años, alguien de su equipo continúe la labor divulgativa que ha ejercido durante tanto tiempo.

Me consta que muchos agricultores a los que conozco lo siguen con singular pasión cada sábado, porque encuentran el foro que es raro encontrar en este sector pese a este mundo tan global. Necesitan una voz amable que hable de sus asuntos, que explique aspectos poco conocidos, que comente la actualidad de este mundo, y que reivindique los asuntos que más preocupan a este sector y que no son pocos.

César Lumbreras remata su liderazgo radiofónico con una voz muy genuina, un tanto aguda, bastante nasal, que lo hacen inconfundible. Es de esas voces que haces un rápido movimiento en el dial y no tienes que mirarlo, su voz ya te indica que has llegado adonde querías.

Las veces que escucho el programa o son porque, como he reseñado, trato de aterrizar en él de vez en vez sin ninguna razón, o porque ha ocurrido algún acontecimiento en el mundo rural y Lumbreras da cumplida cuenta de lo que se cuece, de manera exhaustiva. Se mueve muy bien en este ámbito, faltaba más, y sus programas están ilustrados con las opiniones de expertos, de los sindicatos y de gente llana que facilita su opinión, pero también con los políticos que toman o han de tomar decisiones relevantes que afectan o pueden afectar al agro.

La reivindicación es su caballo de batalla y, además, siempre lo hace defendiendo a la parte más débil en este sector y que todos sabemos cuál es. Y Lumbreras da estopa de la buena, cuando sabe que hay algún asunto vital y de todo punto injusto. Creo que este es uno de los éxitos de su programa, que los agricultores, ganaderos, pescadores, ven en él una voz pública y cualificada que les ofrece ese altavoz que ellos desde su humildad y su sacrificio no pueden ejercer.

El nombre de Agropopular deviene de la emisora donde se emite. Aunque COPE comenzó a llamarse como tal en 1983, esta siempre ha sido conocida como Radio Popular, consabido por todos que es una radio de la Iglesia Católica. Realmente no sé qué influjo tiene en la actualidad en su dirección ideológica, pero sigue siendo una radio inclinada a la derecha. En este sentido, no tengo argumentos para opinar sobre el perfil ideológico de Lumbreras, por mis esporádicas escuchas, y aunque pueda tener esa deriva impuesta, estoy convencido de que cuando cree llevar razón mete caña a los políticos sean del signo que sea.

Dentro del programa siempre hay aspectos muy curiosos, como que se ofrecen datos de los precios de carnes, legumbres, cereales y hortalizas, conectando con las principales lonjas de nuestro país. Es muy tradicional, dentro del análisis de los mercados, el que Lumbreras denomina el «complejo erótico», esto es, pollo, conejo y huevos. También es reseñable que se hace mención a la meteorología, un tema vital para la gente del campo, y del mismo modo, se ofrece también el pronóstico menos científico de algún cabañuelista.

Del mismo modo, hay siempre algún apartado humorístico con alguna entrevista a modo de broma que trata de acentuar algún problema rural. Y es que Lumbreras trata de hacer un programa entretenido que tiene un poco de todo.

El programa se remata con música que suele ser bastante festiva, popular, de algún grupo regional, incluso con fondo sarcástico. La sintonía de cabecera que es muy conocida, a mí me lo parece, la compuso un tal Manolo Gas con su Tinto Band Bang, un tipo injustamente desconocido en nuestro país y ya fallecido, pues ha compuesto y producido para gente muy importante como Lola Flores, Marisol, Miguel Ríos, Nino Bravo, Jeanette, Isabel Pantoja, Víctor Manuel, Rocío Jurado, etc.

Como curiosidad cabe señalar que esa sintonía fue interpretada en 2016 por la Orquesta Filarmónica de Viena en su tradicional Concierto de Año Nuevo.

A César Lumbreras trataron de extenderle el éxito matutino de los sábados a las tardes de los días laborables en la COPE y me temo que no cuadró, cuando se está tan encasillado, no es por el profesional, sino por la gente, pues no se encaja bien que un profesional con un programa tan exclusivo se abra a otras temáticas. Es como poner a un periodista deportivo para hablar del tiempo o viceversa.

Y termino señalando que uno de esos sábados por la mañana que sintonicé Agropopular y me monté en la bici, coincidía con que se inauguraba la cooperativa del aceite Picualia en mi localidad, en Bailén, y allí estaba en su Salón de Actos César Lumbreras con su equipo, así que me dije, aunque sea una cuestión moral o afectiva, modificaré mi ruta y pasaré por delante de las puertas de la cooperativa mientras se emite desde allí el programa que estoy escuchando, y eso hice.

domingo, 7 de mayo de 2017

"LA ESPAÑA DE LOS BOTEJARA", LA ESPAÑA DE LA TRANSICIÓN SEGÚN AMESTOY

No desvelo ningún secreto si afirmo que, a veces, para escribir estas entradas, se me enciende la bombilla por alguna suerte de serendipia que me hace tomarme el mundo que me rodea con mayor simpatía.

Pues para los que me conocen saben que soy amante del deporte y de determinados de ellos en particular, pero precisamente del que menos he hablado en esta bitácora, o nada, es de aquel al que probablemente dedico más tiempo de atención en mi vida, el balonmano. Y tengo un defecto en lo que a deportes se refiere, y es que soy un fanático de los datos, pero no de cualquier dato, sino de aquellos que no tienen importancia alguna, que no me sirven para nada. Internet te permite mirar los resultados de las ligas más exóticas del mundo, o las actas de todos los partidos de las diferentes ligas autonómicas de España. Escondido en un acta, creo que de un equipo gaditano, apareció hace unos meses un singular apellido, «Botejara», esto me recordó que yo veía de pequeño una serie de televisión que tenía como protagonista a una familia con estos apellidos.

La serie se llamaba «La España de los Botejara» y la dirigía, presentaba y lideraba Alfredo Amestoy, y con aquello de la globalización de Internet, es fácil revisionar hoy la serie. Lo cierto es que tenía una vaga idea de su temática, me sonaba a una familia ancestral con una genealogía detrás que revelaba acontecimientos históricos reseñables.

Pues no, no sé por qué razón llegaron a dar con esta familia, el caso es que el apellido Botejara no tenía más que eso, que era un apellido poco común y especialmente sonoro, probablemente para diferenciar de los Pérez, García o López, pero se trataba de una familia tipo española, y lo que se pretendía, a través de ella, era radiografiar a la clase media española en 1978 en un momento clave de nuestra historia reciente como era el nacimiento de la democracia y el transcurso de las primeras fechas de esa bien llevada transición.

Se comenta que al equipo que capitaneaba el popular y carismático Alfredo Amestoy, tardó no menos de dos años en hacer las grabaciones de esta serie documental que contó con diez capítulos de tres cuartos de hora aproximadamente de duración cada uno.

Si hoy hubiera que emitir esta serie, desde luego no se echaría en el desacertado momento en que se programó, en la segunda quincena de agosto de 1978. Es consabido que las televisiones actuales, incluida la pública, suelen emitir bastante morralla entre julio y agosto, dado que son meses donde el consumo de productos televisivos baja bastante. Imagino que a TVE, la única tele en ese momento, le daba igual esto, o no entraba en estas diatribas, toda vez que tampoco había nadie con quien competir, y esto sería como las lentejas...

En todo caso, el documento es más valioso ahora, si cabe, que en el momento de su estreno. Sorprende que TVE no haya hecho ninguna reposición y que esta serie haya caído en el olvido más absoluto porque se pueden sacar numerosas lecturas.

Ya digo que con el apellido Botejara, del que probablemente hubiera y hay pocos individuos en España, se percibió que la raíz de ellos estaba concentrada en Extremadura y más en concreto en un pueblecito del noreste de esa región, Villanueva de la Vera. Esa familia prototípica representaba a muchas otras de esa época, yo pertenezco a una de ellas; familia de extracción humilde, procedente de zonas rurales y dedicada tradicionalmente al campo que emigran a la ciudad en busca de una vida mejor.

Los Botejara mantienen algunos de sus miembros en Villanueva de la Vera, pero la mayoría han emigrado a Madrid, País Vasco, Cataluña, Mallorca o Alemania, para trabajar en diversas profesiones: ordenanza, taxista, empleado de fábrica, hostelería, barbero...

El programa era bastante errático en su contenido porque no tiene un hilo conductor predefinido, se tratan muchos temas y se saltan de unos a otros incluso en el mismo capítulo, pero intentar abordar todos los asuntos que pudieran preocupar o llamar la atención de una familia española de esos años, ya fueran de interés nacional o simples cuitas del quehacer cotidiano.

Sorprende que algunos temas, tal y como son tratados y opinados, serían casi una copia fiel de lo que se podría opinar hoy, otros no tanto. Y es que subyace un poso a lo largo de toda la serie que es el de la crisis y el miedo al futuro. Estamos en una España que se levanta tras décadas de dictadura y la preocupación de los Botejara (de los españoles) es ver si se superan los momentos difíciles y si todos pueden sacar a sus familias adelante y colocarlos en el futuro en las mejores condiciones. Están hablando de crisis y eso me hace plantearme que España siempre o casi siempre ha vivido en un estado permanente de crisis, y no debería sorprendernos tanto la última que tuvimos, la cual notamos todavía su onda expansiva.

Resulta curioso que habiendo pasado en 1978 apenas tres años desde el fin de la dictadura y uno desde las primeras elecciones democráticas, también se desprende que los españoles nos hemos adaptado muy bien a la democracia, el rey Juan Carlos está muy bien visto, y da la impresión de que, aun siendo un bebé todavía, todos estamos contentos, con escasos rencores con el pasado y aplaudiendo un futuro político del que existe el convencimiento de que nos va a traer cambios a mejor, como así sucedió.

Amestoy repasa en un versátil abanico la España de finales de los 70: política, educación, separatismo, trabajo..., pero también, como señalaba antes, aspectos más cotidianos: la vida en el campo y en la ciudad, la cesta de la compra, los viajes, los coches, el fondo de armario, el sexo, etc.

Si hay algo que llama la atención de esta serie hoy, con la perspectiva de casi cuatro décadas en el horizonte, es que Amestoy fue habilidosísimo para sacar en dos años unas declaraciones increíbles de sus anónimos protagonistas. Y es que «La España de los Botejara» se erigió en una suerte de «Gran Hermano», donde imagino que a base de horas y horas de grabaciones, al final los Botejara y su entorno parecían sentirse ajenos a la existencia de las cámaras, se abren y dicen algunas cosas que hoy nos pondrían los vellos de punta. Sospecho que tampoco se le daba la trascendencia que hoy se da a la televisión, donde cualquier declaración fuera de tono es inmediatamente acentuada hasta el extremo en las redes sociales, pero lo cierto es que en esta serie se soltaron algunas lindezas de forma gratuita que si sus actores las oyeran a toro pasado también reconocerían las barbaridades.

Probablemente lo que más impresione hoy es que despuntan las declaraciones machistas, y ahí sí hay que decir que en cuarenta años hemos cambiado bastante en España aunque no estemos todavía en condiciones ideales. Una mujer reconoce sentirse muy satisfecha con llevarle el café todos los días a su marido a la cama. Otro hombre suelta veladamente que visita mujeres de vida alegre, porque le gustan mucho, ¿es que su mujer no vio el programa? Y un par de Botejaras, tras ver una película de Emmanuelle, quizá sofocados por el fragor de la batalla, afirman que eso de hacer intercambio de parejas no está nada mal y que debiera ser algo normal.

La serie culmina con la boda de la primera bisnieta de los Botejara, en Barcelona; una joven huérfana de padres que vive con sus tíos, pero que tiene dos hermanos pequeños en instituciones benéficas extremeñas y que anhela traérselos cuando se case (no trasciende si lo logra). Esta pareja se casa por la Iglesia no sin antes reconocer a la pregunta de Amestoy de ¿crees en Dios?, que no por parte del novio y que un poco por parte de la novia. O sea, España radiografiada con absoluta perfección.

Por cierto que el primer Botejara en Villanueva de la Vera no era oriundo de allí, uno del pueblo afirma que venían de la comarca extremeña del Jerte, y uno de sus nietos señala que probablemente el primer Botejara viniera de Génova (Italia), a la sazón médico, para estudiar el paludismo en Extremadura y ya se quedó. Me he preocupado mínimamente de hacer una investigación de diez minutos en Internet, buscando apellidos parecidos en Italia y nada. Sí que aparecen Botejaras en Extremadura, y pienso que el apellido es originario de allí sin poder precisar la zona.

Amestoy era en aquellos años un personaje televisivo muy conocido y sorprendentemente con el mismo bombo y énfasis con que apareció, se esfumó. Alfredo Amestoy vive y sigue colaborando a nivel periodístico, pero su aspecto y su voz infinitamente parodiada abandonaron la televisión como si jamás hubiera existido.

Una anécdota más, en algún momento de la serie, varios protagonistas utilizan el vulgarismo «probalidad»; yo hacía años que no lo escuchaba, es más, pensaba que solo estaba en mi subconsciente y que jamás lo había oído. Y es que esta palabra se usa como sinónimo de probabilidad, pero también de prevención o previsión.

La serie que tenía la banda sonora del prohombre de las músicas televisivas durante muchos años en España, Antón García Abril, contaba con la canción de cabecera titulada «¿Dónde van los Botejara?», con letra del propio Amestoy e interpretada por el cantautor extremeño Pablo Guerrero. Y decía en su estribillo, «¿dónde van los españoles?, ¿dónde van los Botejara?», indicativo evidente de qué pretendía Amestoy con esta serie documental.

sábado, 29 de abril de 2017

MORDILLO, AGUIJONAZOS DE INGENIOSO HUMOR

Estábamos a finales de los 80 y principios de los 90, y yo era un incipiente cultureta, que pretendía sentirse moderno, por eso, como veinteañero en aquella época, acostumbraba a comprar el periódico los domingos con su semanario correspondiente (no pocos coleccionables reuní en aquellos años). Lo cierto es que lo compraba para sentirme moderno, sí, pero también para aprender. El ansia por saber más no obtenía respuesta con la instantánea facilidad con la que hoy nos movemos por Internet. Y yo leía El País.

Sería por convicciones o sería por modernidad, pero también es verdad que entre el formato revistero del ABC y la aparente frescura de un diario que nació con la democracia, yo siempre me he sentido más atraído por El País. Era aquella época en la que, en su semanario, una página de su inicio se dedicaba a una viñeta, y en esta caso única, porque la protagonizaba el dibujante argentino Mordillo.

Creo que desde siempre me he sentido un fan incondicional y anónimo de los dibujos de Mordillo, si moderno era lo que pretendía transmitir El País, la elección de este dibujante para ilustrar una página semanal era también moderna. Por aquella época Mordillo estaba en el momento cumbre de creación de su carrera artística y encajaba bastante bien con esa imagen que este diario representaba.

Algo más tarde, alimenté esa atracción por los dibujos de Mordillo cuando, con la que hoy es mi mujer, visitábamos a principios de los 90 un pub que es mítico en Bailén, Cambalache, pero en su sede primitiva, y allí había una máquina en la que como uno de sus juegos estrella, o al menos el que más nos gustaba a nosotros, se sucedían los dibujos del argentino, en el clásico juego de las diferencias; así que mientras nos devanábamos los sesos, también teníamos oportunidad de reírnos de sus ocurrencias.

Pero es que viendo los dibujos, él no les llama cómics, es difícil no sentirse incondicional de Mordillo, porque su estilo es tan característico y peculiar, tan vistoso y rotundo, que es un aguijonazo de humor que te deja pensativo. En sus dibujos se vislumbra el culmen de las aspiraciones de todo creador gráfico: Un dibujo con mucho colorido, sin palabras (las mínimas veces sí las utiliza pero pocas, las justas), y un mensaje directo, humorístico e impactante.

Lo que creo que más me llama la atención de Mordillo es que pese al picotazo que es su dibujo, incluso en elaboraciones muy simples, te deja pensando, básicamente porque tú tienes que darle contenido, tienes que añadir las palabras, el inicio, la explicación y el desenlace; y eso a veces no es tan evidente, su dibujo provoca tu reflexión y, desde luego, tu sonrisa. Sí, porque no le busquemos tres pies al gato, Mordillo nos alegra la vida, no pretende críticas, ni apologías subliminales, es lo que es, un mensaje gracioso, un brochazo simpático para endulzar el día.

También llama la atención por su colorido, aunque en sus primeras creaciones lo hacía en blanco y negro, es decir, solo con plumilla, poco a poco abandonó este estilo y sus dibujos son una explosión cromática, son bellas láminas que podrían decorar la habitación de cualquier joven o niño, son muy estilosas, modernas si se quiere, en realidad, nunca dejarán de ser modernas porque son atemporales.

Centrándonos en la temática de sus dibujos, y partiendo de ese mensaje sin dobles lecturas, Mordillo tiene sus iconos, no son pocos: el amor y los corazones, un poquito de sexo pero muy ligerillo, la naturaleza, islas desiertas y playas, la nieve, los animales (y en especial las jirafas), el golf, el fútbol, el planeta, los rascacielos, los laberintos…, y todo esto bañado con una buena pátina de absurdidad.

Sus personajes, el hombre, siempre el mismo, o el conjunto de ellos, siempre los mismos, y sus mujeres, también todas son clones unas de otras, son anónimos y con las mismas características, regordetes, desproporcionados y con una nariz enorme, muy cómicos.

He referido que sus cómics son un dibujo que impacta, aunque también es verdad que a veces la idea de dejar un mensaje casi críptico podría constreñir al dibujante, y Mordillo no pierde la posibilidad de expresarse con más amplitud si su inspiración así lo rige; por eso alguna vez nos encontramos con alguna sucesión de viñetas, en este sentido, la historia tiene algo más de recorrido. Y precisamente esta especie de historietas han dado pie a que este dibujante bonaerense haya dado el salto también a la pequeña pantalla, y esas viñetas se convierten en cuentecillos de apenas medio minuto, pero eso sí, manteniendo el espíritu, es decir, sin palabras o con mínimos sonidos onomatopéyicos.

El recorrido de sus temas icónicos nos acerca a sus querencias, el fútbol o el golf, deportes a los que uno imagina aficionado, son la expresión de una atracción por la naturaleza, el tapete verde de ambos deportes es un magnífico recurso para dotar de colorido a sus creaciones, además de una recurrente fuente de inspiración.

Pero sobre todo por la naturaleza, porque cuando sus personajes se encuentra en la selva o en un bosque, no falta detalle, sus laberínticos conglomerados de ramas y flores sitúan a su hombre y su mujer en un lugar calmado y apacible, pero donde quizá no pueden encontrarse.

Guillermo Mordillo Menéndez, hijo de españoles, ha sido un viajero a lo largo de su vida, estuvo algunos años afincado en Mallorca, también en Estados Unidos y Perú, pero donde más tiempo ha vivido ha sido en Francia, y desde allí lanzó al mundo su humor, humor que por su ausencia de palabras es totalmente universal. Es ya veterano, nació en 1932, y es coetáneo del célebre Quino (el de Mafalda), y ambos resisten los avatares de una vejez que por su propia trayectoria vital ha de ser muy satisfactoria.

Me ha sido difícil ilustrar esta entrada con una selección de dibujos que seleccionen sus temas principales, son tantos y tan buenos; en fin, espero que esta vez tenga tanto valor lo que yo expreso humildemente aquí, como las imágenes de apoyo, seguro que nos sacan una sonrisa.

domingo, 23 de abril de 2017

Y EL RUGBY, SIEMPRE EL RUGBY

Pues resulta que repasando mi blog compruebo que he tocado incidentalmente un deporte que, a día de hoy, probablemente sea de los que me apasiona: el rugby. También es seguro que esto de deporte «que me apasiona» lo haya repetido en esta bitácora en varias ocasiones para tratar sobre atletismo, balonmano, hockey sobre hielo, sumo...; pero bueno dejémoslo en que es «uno de los que más...».

Desde muy chico creo que me llamó mucho la atención ver a un montón de tíos pelearse a lo bruto por un balón con una forma extraña, al que también de vez en cuando le pegaban patadas. Ya de más mozalbete, y gracias a que Estadio 2, aquel mítico programa de TVE (cien mil veces mejor que el actual Teledeporte que echa poco directo y siempre de lo mismo y cantidades ingentes de diferidos y documentales enlatados), retransmitía a finales de los 80 el que por aquel entonces era el Torneo 5 Naciones, me fui enterando un poco de qué iba este deporte.

Largas tardes de finales de los 80 pegado al televisor para entrever la magia que se escondía en una disciplina tan aparentemente ruda. Era la época en la que me aficioné a ser del equipo de Gales, y de un ala de aquellas tierras que se llamaba Ieuan Ewans y que cada vez que cogía el oval su tremenda rapidez siempre provocaba peligro.

Hay que decir que esa pasión por el rugby la he ido alimentando poco a poco, macerándola a base de muchas horas de visionar partidos en directo o en diferido; y puedo decir tranquilamente que en el último Mundial de rugby, el de 2015 vi más partidos que del último Mundial de fútbol; aun así tampoco llego a entender algunas reglas, ni siquiera las entienden algunos de los jugadores más avezados. Hay un dicho por ahí muy curioso que se mueve entre los aficionados a este deporte que es algo así como «me encanta este deporte, pero ya si pudiera entenderlo sería la repera». Ciertamente que tiene muchas reglas sobre el desarrollo del juego, y a veces no se entiende bien, o uno no sabe lo que ha pitado el árbitro, fundamentalmente la causa de las faltas de los jugadores.

Establecido esto, creo que lo de pelearse a lo bruto fue rápidamente eliminado de mi concepción de este deporte, y aquel que define este deporte como un deporte de burros o bestias es porque tiene una idea sesgada y absolutamente limitada del mismo. El rugby yo diría que es el deporte por antonomasia, lucha física hasta el límite, fuerza, potencia, ímpetu y sacrificio, pero también inteligencia, estrategia y visión de juego; y sobre todo nobleza, mucha nobleza.

A medida que me voy haciendo mayor me va gustando menos el fútbol y más otros deportes (minoritarios), pero en el caso del rugby, por el hecho de que tiene algunas semejanzas con el fútbol: deporte de equipo, campo de similares dimensiones y objetivo de llevar un balón a una meta...; mi conclusión es que el fútbol debería aprender mucho del rugby.

Es consabido que el rugby es un deporte de villanos jugado por caballeros (y el fútbol justo lo contrario), y esto se lleva a rajatabla, incluso se sigue manteniendo lo del tercer tiempo hasta en los equipos de élite, nadie se odia a muerte, lo que ocurre en el campo ahí se queda, luego tan amigos; en apariencia es un deporte rudo, lo es, pero no nos debemos ni podemos quedar en ese simplismo; y es que pese a todo el derroche físico, las lesiones no son muy comunes, ni las tanganas; en este sentido, en el fútbol que es un deporte más «limpio» hay más lesiones, más peleas, más tanganas, protestas al árbitro y simulaciones.

Sí, por un lado, ni en el rugby se protesta al árbitro, y al que lo hace se le invita a irse a otro deporte, y por otro lado, en el rugby el jugador que se para en el campo lesionado es porque realmente lo está. En el fútbol un jugador acaricia a otro y es normal que el segundo se tire al suelo y se revuelque tocándose la cara, en el rugby se tocan la cara y no pasa nada. En el rugby los jugadores sangran por orejas, cejas o labios y siguen ahí porque no quieren ser cambiados, esto en el fútbol es impensable; es más, cuando en el rugby un jugador tiene una posible lesión, es atendido en el terreno de juego y no se para el partido. Ningún jugador de rugby quiere ser cambiado para no perjudicar a su equipo, aunque sangre a borbotones o le duela a rabiar cualquier parte de su cuerpo. En el fútbol ya se sabe que en cuanto un jugador tiene la más mínima dolencia ya está pidiendo irse a la caseta.

En definitiva, soy de los que opino que si ves un partido de fútbol y a continuación uno de rugby o viceversa, pensarás no solo que estás viendo dos deportes muy diferentes sino que estás en dos planetas distintos.

Y continuando con los elementos que conforman la concepción del rugby, también es de cortas miras pensar que este deporte es solo lucha física; tal vez sea de lo que más, de hecho, partiendo de que cada equipo tiene quince miembros, se dice que es un deporte en el que solo juegan ocho y medio. Tiene su explicación, la mayor parte del tiempo y del juego la desarrollan los jugadores de la primera, segunda y tercera línea (en la melé), aquellos que llevan la camiseta con los números del 1 al 8 (los más pesados y rocosos), mediante sucesivas embestidas tratan de ganar terreno y de romper la muralla de la línea rival, como si de una batalla se tratara, es la estrategia fundamental para abrir huecos y que los jugadores de los números 9 al 15 (medio melé, apertura, alas, centros y zaguero), los más hábiles con los pies, imaginativos, rápidos y menos corpulentos, puedan entrar con velocidad en los intervalos.

Aunque no haya especial predilección por este deporte en España, saturado de fútbol y más fútbol, no obstante, tiene una dimensión brutal a lo largo de todo el mundo, probablemente por la facilidad y economía en su práctica, y las reglas básicas que son sencillas: el oval solo se puede pasar hacia atrás con la mano y hacia delante con el pie, y llevarlo hasta más allá de la línea de marca con la mano, o con el pie entre los clásicos tres palos.

Esa popularización del rugby ha convertido a la Copa del Mundo de rugby en el tercer acontecimiento deportivo del orbe, tras Juegos Olímpicos y Mundial de fútbol, aunque los muy seguidores de este deporte dicen que es el primero. Tardó ciertamente la Federación Internacional de este deporte en darse cuenta de su verdadero potencial, siempre anclada en un titubeante amateurismo que le impedía darse más al exterior, y no fue hasta 1987 cuando se celebró la primera edición de la Copa del Mundo, de algún modo, acuciados por el resto de deportes llamados amateur y que, en realidad, eran profesionales de facto.

España acudió una sola vez a un Mundial de rugby, fue en 1991, a día de hoy luchamos por acudir por segunda vez a esta cita, que en su próxima edición tendrá lugar en Japón, habrá veinte naciones participantes y por ranking estamos en esa frontera, aunque en 2018 será cuando tengamos que poner toda la carne en el asador y jugarnos nuestra ansiado billete. El mayor triunfo para el rugby español se lograría con la simple clasificación, sería todo un premio.

Curiosamente el rugby tiene una versión en miniatura, el rugby a 7, es decir, que se juega con siete jugadores de campo, y en el mismo terreno de juego, con una duración de catorce minutos (dos tiempos de siete). Es un formato muy vistoso, porque por la mayor cantidad de espacios se aprecian muchos ensayos en un corto espacio de tiempo. Los jugadores, que mayoritariamente juegan en el 15 aunque ya se están especializando, son todoterrenos, un poco primeras líneas pero con rapidez, en realidad, los jugadores ideales serían los que tienen los números intermedios en el rugby, a grandes rasgos.

El rugby a 15 en España no goza de mala salud, pero debiera mimarse más, sobre todo favoreciendo la preparación de nuestras selecciones. No obstante, la dinámica del desarrollo de la práctica del rugby ha permitido que el rugby a 7 tenga mejor ranking en España que su hermano mayor. En la primavera de 2016, con ocasión de la clasificación para los Juegos Olímpicos, tanto hombres como mujeres obtenían su plaza en sendos torneos preolímpicos. Toda una ocasión histórica pues el rugby volvía al programa olímpico tras su última aparición en 1924 y yo me atreví a señalar en mi cuenta de Twitter (@adiscrecion) que, sin duda, se trataba en cuanto a deportes de equipo del acontecimiento deportivo del año en España. Ello suponía que estábamos por propios méritos en la élite, entre los doce mejores equipos del planeta. Fue todo un éxito llegar con nuestras dos selecciones de rugby a 7, y luego se estuvo a un nivel adecuado a nuestras posibilidades, en chicos fuimos undécimos, y en chicas (que se tiene algo más de nivel) novenas.

En todo caso, todas estas nociones que voy largando aquí un poco a vuelapluma, vienen referidas tanto a hombres como mujeres, porque no me gusta caer en este blog en eso de ir diferenciando el sexo cuando el masculino engloba todo y, esto no es machismo. Pues marcado esto, hay que decir que en féminas la selección de rugby a 15, no solo tiene plaza para la octava edición de la Copa del Mundo que tendrá lugar este verano en Irlanda, donde solo hay doce participantes, sino que su ranking es muy bueno, estando desde hace tiempo entre las diez primeras, y actualmente séptimas.

Pues nada, larga vida al rugby, un deporte noble, limpio y sin marrullerías (esto no excluye que haya casos de dopaje, lamentablemente los hay), pero el que se acerque al rugby con interés percibirá que es algo más que fuerza bruta, es potencia, es inteligencia, es visión de juego, es batallar por el espacio, en definitiva, son muchos deportes en uno solo, una maravilla.

lunes, 17 de abril de 2017

PROTEGIENDO LOS YACIMIENTOS ARQUEOLÓGICOS DE ESPAÑA, ESA UTOPÍA

Confieso que a veces me meto en unos importantes jardines al opinar sobre asuntos en los que soy un profano, me muevo por impulsos, manifestando mi parecer como si estuviera en una barra de bar, es decir, dejándome llevar, a veces, por tópicos y sin pensar demasiado la situación, pero es mi opinión, y mala o buena para los demás, no quiero dejar pasar la oportunidad de expresar, en este caso, la secuencia de algo que no funciona en este país.

Creo que lo he comentado en esta bitácora en alguna ocasión, que tenía un profesor de inglés en el Instituto que siempre apelaba a que España era un país a medio hacer en comparación con el Reino Unido. Mientras que en las Islas todos los saneamientos estaban estructurados desde hace décadas y para meter un cable o una nueva tubería no había nada más que levantar las tapas de esos saneamientos, aquí en España se abren zanjas sobre zanjas, o se abren tres o cuatro paralelas en una mismas calle y se cierran a su vez cada vez que alguna empresa tiene que acometer su correspondiente infraestructura. Mi profesor, Lino se llamaba para más señas, nos comentaba esto hace treinta años y lo cierto es que esa realidad sigue plenamente vigente hoy. Restos de zanjas tenemos en nuestras calles, dobles, triples y hay que dar gracias a Dios, que se hayan cerrado bien, porque con el tiempo el relleno se resiente y se generan hoyos en el asfalto y las consiguientes incidencias en el tráfico rodado. Y mañana es posible que vuelvan a hacer otra, y en un nuevo sitio.

De zanjas voy a tratar, aunque no por el hecho de que sea una zanja, sino porque se demuestra que seguimos siendo un país a medio hacer. Pues hace unas semanas el periódico por excelencia de mi provincia, el Diario Jaén, abría en portada con la noticia de que unos restos arqueológicos de gran importancia situados en Cerro Maquiz, en el término municipal de Mengíbar habían sido dañados gravemente por la apertura de una zanja para el regadío de olivares. Lo irreversible de los efectos y la burda forma en que se había sucedido tamaña felonía, es que ocultaba una segunda lectura que no se había atrevido a hacer el periódico y que, a poco que se discurre, salía a la luz sin mayor esfuerzo: el nulo nivel de protección físico de los yacimientos arqueológicos.

Entiendo que el yacimiento de Cerro Maquiz cuenta con una protección legal, inscrito en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, por lo que goza de «una singular protección y tutela», así señalaba el diario; pero hasta aquí, la singular protección no es más que la que proporcionan los papeles, que como ya se sabe, son muy sufridos y lo soportan todo. Es decir, que le podrás poner al yacimiento todos los titulitos que quieras que si aquello no está vallado y protegido físicamente, al energúmeno de turno le da igual que allí haya unas piedras muy antiguas, porque él lo que necesita es hacer su zanja.

Y mucho me temo que en Cerro Maquiz la protección física, la buena, porque la otra ya hemos observado que es bastante vana, pues brillaría por su ausencia. Y este es el problema, y tal vez sea demasiado reduccionista, que en este país hacemos las leyes pero luego no tenemos dinero para aplicarlas. Si tan importante es este yacimiento, descubierto hace ya unas décadas, por qué no se puso en valor, por qué no se protegió y no se actuó, la respuesta es obvia, el vil metal.

Yo que nací y me crié en Linares, fui de pequeño y de joven a las ruinas de Cástulo, cuando eran precisamente eso, unas ruinas, y nivel de protección cero, ni físico ni jurídico. Andabas por allí a tu gusto y si algún visitante, yo también, se hubiese querido traer una pieza arqueológica o toda una colección no habría tenido mayor problema, porque nadie cuidaba de aquello, le interesaba a muy poca gente y todo hacía indicar que había cuestiones más importantes de las que preocuparse para las administraciones competentes. Hoy, esto ha cambiado y Cástulo, ya se ha situado al nivel de protección óptimo.

Desvelada la esencia del problema cabe reflexionar que como se afanaba en expresar mi profesor de inglés, España es un país a medio hacer, no llegamos a rematar las leyes, todo es parche sobre parche, como si de una calle o una carretera se tratara, y en el tema que nos ocupa que no es precisamente un asunto que se pueda solucionar con simples voluntades sino con dinero, con mucho dinero, ahí tenemos cientos, yo diría que miles, de yacimientos arqueológicos en nuestro país esperando que se les meta mano, y quién sabe, cuántas piezas adornan las casas de un montón de conciudadanos nuestros con las que se llenarían varios museos.

Visto lo visto, la actuación sobre Cerro Maquiz no resulta tan extraña y, ahora sí, me voy a meter en un jardín. Desconozco cuáles son los trámites que genera el descubrimiento de un yacimiento arqueológico en una finca particular, pero sospecho que al propietario se le viene encima un sinfín de dificultades burocráticas y lo que es más relevante que no verá ni a corto ni medio plazo compensación económica alguna.

Comoquiera que esto es un secreto a voces, no quiero imaginar la cantidad de yacimientos arqueológicos que tanto en el campo como en zonas urbanas han sido ocultados para evitar problemas, por una simple cuestión, porque entre la cultura y el pan de mis hijos, es mucho más importante lo segundo.

No quiero con esto justificar estas actuaciones, porque debo proclamar que la historia y la cultura es fundamental para una nación, y Dios sabe la cantidad de expolios que se han producido en el campo, en las ciudades, porque la constructora de turno vio que aquel negocio se le podía dilatar eternamente en cuanto levantara liebre de que se habían descubierto unas piedras antiguas. Pero la realidad es esa, hablas en la calle y cualquier persona te puede contar hechos veraces, que no leyendas urbanas, sobre edificios que se construyeron sobre yacimientos arqueológicos y sobre los que se apresuraron en tapar para evitar dilaciones y problemas futuros.

Precisamente la capital jiennense es una consabida zona de gran valor arqueológico, como otras muchas ciudades y pueblos de Andalucía y España, y se habla de que caves donde caves te encuentras con algún asentamiento digno de ser recuperado, pero ¿todo? O sea, ¿deberíamos hacer de las ciudades modernas asentadas sobre otras más antiguas, un parque temático de la antigüedad? La respuesta es no, no porque legal o legítimamente tenga que serlo, sino porque es la realidad. Porque no hay dinero suficiente ni tan siquiera para poner en valor una mínima parte de los restos arqueológicos que están bajo nuestros pies.

Hace unas semanas tomé una foto en Jaén, la que ilustra esta entrada, en una zona relativamente cercana al Bulevar, de un solar de varios miles de metros cuadrados, completamente vallado (por lo menos nos ahorramos que alguien expolie o esquilme), un amigo me dijo que estaba destinado a algún edificio público (el hecho de que sea un terreno público, nobleza obliga, provoca su inmediata protección, hay que dar ejemplo y eso), pero que llevaba no menos de una década en esa situación. ¿Y ahora qué? Ni podemos disponer del equipamiento previsto, ni podemos visitar los restos, aquello se convierte en un terreno baldío in aeternum, en espera de mejores momentos, en espera de que alguna vez alguien se digne en dotar económicamente las partidas para poner en valor yacimientos arqueológicos, porque de lo contrario, tendremos las opciones siguientes, a saber: destrozar, tapar, o dejar el terreno en barbecho. Cualquiera de ellas no es una solución constructiva.

El otro día leí un artículo de Antonio Muñoz Molina y, aunque no tenía que ver con esto, me quedo con una frase suya que no tiene desperdicio: «A veces me da la impresión de que los seres humanos estamos programados o condicionados catastróficamente para fijarnos con preferencia en lo que no tiene importancia ninguna». Pues eso, ¿alguien lo duda?, en España somos particularmente aficionados a esto, a centrarnos en chorradas, en que si los legionarios visitaron un hospital la pasada Semana Santa y cantaron su himno, si Isco debe ser titular, o si Pablo Iglesias ha soltado alguna lindeza en el Congreso, pero ¿realmente estamos intentando resolver los auténticos problemas de este país?

Mientras tanto, mientras que los yacimientos arqueológicos siguen macerándose al sol del desinterés, hoy tras la crisis económica los monstruos del derroches siguen ahí, convertidos ya en una suerte de yacimientos arqueológicos modernos: museos que no se abren, tranvías que son menos serios que el tren de la bruja o aeropuertos donde no aterriza ni un avión de papel.

domingo, 9 de abril de 2017

LAS COLECCIONES DE SELLOS DE ESCUDOS Y TRAJES TÍPICOS DE ESPAÑA (1962-1971)

Como ya conocen los que me siguen en este blog y especialmente aquellos que leen con algún interés las entradas de coleccionismo en general y filatelia en particular, si hay un período de emisiones españolas que me encanta sobremanera es el de la década de los 60. Como también he indicado muchas veces, esto no tiene nada que ver con política, aquellas emisiones eran bastante pedagógicas y tenían bastante calidad, ahora bien, si cada cual quiere enmarcar esto en un contexto sociopolítico, se aceptan opiniones, yo no lo voy a hacer, yo voy a tratar de filatelia y sus componentes divulgativos.

Y es que entre 1962 y 1971 Correos sacó dos colecciones que tienen un carácter casi holístico, racionalizador. Si alguien tuviera que pensar en qué colecciones obligatorias debería contener la historia filatélica de un país, tendría que reproducir lo más relevante de su historia, arte, geografía, cultura, flora y fauna... Haciendo una reducción al absurdo no hay país que se precie en el que no aparezca su principal monumento o su personaje histórico más destacado. En definitiva, lo importante debe estar plasmado en un sello postal.

Pues a Correos al inicio de la década de los 60 se le ocurrió algo muy evidente y lógico, que era el de emitir todos los escudos de las provincias españolas a color. Cabe destacar que el acceso a documentos a todo color se reservaba para algunos libros y revistas muy especializadas, los periódicos han tardado varias décadas desde su creación para que sus rotativas pudieran imprimir en color; pero en la década que comentamos el color era un lujo. Precisamente la propia configuración del sello de Correos, un valor postal en formato pequeño y fabricado en imprentas especializadas donde el factor tiempo no primaba, o primaba menos que el efecto calidad, implicaba que fuera un tesoro en miniatura (lo sigue siendo) para todos los que quisieran tener un documento gráfico a color de algún elemento singular.

La idea de generar una colección de sellos a todo color con los escudos de todas las provincias españolas, no podía ser, pues, más adecuada; y además con ese afán pedagógico y, de algún modo, con una vertiente bastante inclinada a fomentar y proteger el coleccionismo, se hacía como hoy se hace con los coleccionables por fascículos con los que las televisiones nos martillean los septiembres de cada año, pues además llevaban su propia numeración.

Pues sí, porque desde 1962, se empezó por orden alfabético y con absoluta regularidad, un sello cada mes, emitiéndose durante cinco años los sellos de las provincias españolas o colonias existentes en ese momento. El nombre oficial de la serie era «Escudos de las capitales de provincia españolas y colonias». De tal manera que de 1962 a 1966 fueron doce «entregas» por año, y en 1966 nueve escudos más. Si hacemos la cuenta nos salen un total de cincuenta y siete escudos, con lo que la primera conclusión para un lector del siglo XXI avezado en la geografía política de España es que algo no cuadra. Hoy, en 2017 tenemos cincuenta provincias consolidadas desde, como poco, el inicio de la democracia y parece que eso no se va a mover a corto plazo, aunque todo se andará.

Para empezar hay que señalar que el último sello en emitirse era el de España (sí, el del águila), con lo que ya descontamos una provincia. Las otras seis eran Ceuta y Melilla, que hoy son oficialmente ciudades autónomas y no provincias, y las cuatro provincias-colonias africanas que por entonces pertenecían a nuestro país: Fernando Poo (isla de Bioko de la actual Guinea Ecuatorial y donde está también su capital Bamako), Río Muni (zona continental de la actual Guinea Ecuatorial, cuya ciudad más importante y más poblada del país es Bata), Ifni (pequeño territorio al suroeste de Marruecos, su capital era Sidi Ifni) y el Sáhara (más al sur aun que Ifni y zona que lamentablemente sigue siendo foco de controversia política y territorial). ¿Esto era una demostración de fuerza? Pues es opinable, pero es incuestionable que respondía a una realidad.

El colonialismo de España ha sido algo muy limitado y de escasa influencia en África y, además, no lo hemos nutrido adecuadamente con posterioridad. Los ecuatoguineanos hablan español y, sin embargo, desconocemos todo de ese país. Como elemento anecdótico, que además es un hecho que tuvo lugar en las fechas en las que nos movemos, cabe señalar que el famoso gorila albino Copito de Nieve que fue la enseña del Zoo de Barcelona durante muchos años, fue apresado en Río Muni y vino a España en torno a 1965; pudiéramos decir que en la década de los 60 la fauna de nuestro país y sus territorios era mucho más diversa que la actual.

Lo cierto es que con la colección en manos de muchos filatélicos, partiendo de la base de que antes se coleccionaba más que ahora, y que circulaba mucho más tráfico epistolar que ahora, era muy fácil que cada español pudiera contar con el sello de Correos del escudo de su capital de provincia. Esto me recuerda, por cierto, que no hay casa de campo o vivienda con decoración retro que se precie, que no disponga de un cuadro con el escudo de su provincia, pues esta era también una manera de reivindicar la tierra de cada cual.

Todos los sellos de esta colección tienen el valor facial de 5 pesetas (a excepción del escudo de España que costaba 10), bastante más que lo que valía una carta ordinaria en esa época, en torno a 1 peseta, pero nunca comparado con los valores desorbitados de la actualidad (considerando que el coleccionismo filatélico cada vez tiene menos adeptos), con lo que se erigía el evidente sentido holístico, pedagógico y divulgador que tenía, a la par que producía unas emisiones que tenían un destino para el mercado de los coleccionistas, también permitía que cualquier ciudadano pudiera contar con el sello de su tierra.

El escudo de Jaén fue el primero de la colección que iniciaba el año 1964. Como curiosidad también hay que destacar que salieron unas pocas partidas de sellos sin dentar, concretamente en tres de los efectos de esta colección, los correspondientes a Ávila, Ciudad Real y Sevilla; estos están bien cotizados y los dos primeros cuestan no menos de 1.000 euros y el de la capital hispalense algo más. Desconozco por qué se generaron estos atípicos sellos aunque me inclino que sería por un error de fábrica detectado tarde o deliberadamente puesto en circulación para darle vidilla al mundo filatélico, la que hoy no tiene.

Inmediatamente que concluyó esta serie en septiembre de 1966, la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre descansó brevemente, hasta que ideó la otra serie que es casi continuidad de la anterior, o por lo menos, así lo consideramos los filatélicos, pues seguía prácticamente todas las pautas de la anterior: todas las provincias, un sello al mes y una duración de casi cinco años. Me refiero a la colección de «Trajes típicos españoles», en concreto, todos son indumentarias que visten mujeres.

La primera curiosidad surge cuando comparamos el número de efectos de la serie predecesora y de esta, hubo cincuenta y siete escudos, y esta se completó con cincuenta y tres trajes. ¿Dónde está el desfase?, y ¿qué ha pasado en la historia para que a día de hoy tengamos cincuenta provincias? Pues tiene una fácil explicación, en esta serie de trajes típicos, desapareció Río Muni, que en realidad formaba parte de la Guinea española, hoy Guinea Ecuatorial y sí se mantenía la provincia de Fernando Poo, donde se entendían integrados los territorios continentales de dicha Guinea, o sea, Río Muni. Así que ya tenemos una baja con respecto a la colección de escudos, la otra baja fue la del escudo de España, pues obviamente no se representó ningún traje típico para todo el país, que no lo hay. Las dos bajas que faltan fueron para Ceuta y Melilla, algo incomprensible pues ambos trajes existen realmente, y con una estética totalmente española; algo diametralmente opuesto a los trajes típicos de Fernando Poo, Ifni y Sáhara.

La colección corrió entre 1967 y 1971 y como ya ocurriera con la anterior colección, el traje típico de Jaén, la pastira, inició el año 1969. Y aquí me voy a parar un poquito, porque dicho traje provincial es muy bonito y en muy pocas ocasiones lo he visto. Tristemente en buena parte de Andalucía nos hemos plegado al traje típico sevillano, y no, me niego a admitir que la sevillana es el baile típico y/o traje de cualquier provincia andaluza. No obstante, también es verdad que en Jaén esta batalla está bastante perdida, no se fomenta culturalmente la confección y el uso de la pastira, traje que además es precioso, y ni mucho menos los bailes típicos de esta provincia como pueden ser los melenchones o los boleros de Jaén; bien pudieran el montón de academias de baile de esta provincia, rescatar este traje para que podamos perpetuarlo de generación en generación, a la vez que reforzamos nuestros signos identitarios. Y sí, ni sé bailar sevillanas, ni me gustan.

El valor facial de esta colección de trajes regionales fue de 6 pesetas, hasta los cuatro últimos sellos que se correspondían con Valladolid, Vizcaya, Zamora y Zaragoza que ya costaron 8.

Esta colección de trajes es más bonita e instructiva que la anterior, eran unos sellos pequeñitos, pero con una lupa para los que ya andamos cortos de vista, se pueden apreciar los rasgos más singulares de los trajes de la geografía española, y aprender a buen seguro sobre algunas indumentarias que jamás hemos visto, primero por ignorancia y en segundo plano porque como nos pasa en Jaén, hemos ido enterrando sin piedad nuestras propias tradiciones.

Con posterioridad, con la democracia, Correos ha ido sacando otras emisiones con algunas similitudes a las referidas, pero no con el toque añejo y atractivo de estas. Con las autonomías y sus estatutos, ha habido sellos con la correspondiente bandera de cada comunidad autónoma, pero los diseños no me convencen, será porque los sellos de la década de los 60 siguen siendo de mis preferidos.

Y, por último, para aquellos que sin saber de sellos se inclinen a adquirir ambas colecciones de escudos y trajes, echando un vistazo a algunas web he podido comprobar que por algo menos de 30 euros se pueden tener las dos en nuevo, es decir, sin matasellar. Como siempre digo, la filatelia es barata, muy barata.

sábado, 1 de abril de 2017

"DIME QUIÉN SOY", DE JULIA NAVARRO

Difícil de calificar este libro; confieso que cuando mi compañera de trabajo y amiga Marisa me lo dejó, creo que a principios de año, sospeché que no iba a ser una lectura fácil, o lo que es lo mismo, estaba lejos de ser una lectura rauda. Y es que 1.100 páginas y de letra un tanto menuda, contemplan a esta novela de la periodista Julia Navarro.

Lo de las 1.100 páginas es como para atreverse, como para ir ganando la batalla día a día, y hacer también en alguna jornada intensiva un esfuerzo por avanzar con presteza, porque si no el libro es de esos que te come la moral, porque empiezas a hacer disquisiciones acerca del momento en el que empezaste y cuándo tendrás redaños para acabarlo, y te puedes agobiar.

Pues eso, partiendo de mi proverbial empeño por no abandonar un libro del que comienzo a leer las primeras 50 páginas, y que también tengo la virtud de que cuando llevo unos dos tercios del relato entro en barrena y ya tengo que acabar en pocos días, decidí hace apenas una semana que ya llevaba mucho tiempo haciendo bulto en la mesita de noche, que lo hacía, acompañando a una horda muy seria de otros compañeros que también desean que les ofrezca mi tiempo para ser oportunamente devorados, y ya lo acabé.

Pero bueno, ya digo que lo de las 1.100 páginas asusta, y es que no exagero si digo que la extensión de «Dime quién soy» es tan sublime que puede estar muy cercana a la de la primera parte del Quijote, ahí es nada.

Y entre tanta página, y tantísimo contenido, he de manifestar que la novela me produce sensaciones encontradas, no está mal del todo y seguro que hay críticas más que favorables que la mía para todo lo que fue un best seller el año de su publicación en 2009, pero me parece que si la autora la hubiera sometido a una cura de adelgazamiento a buen seguro que los efectos literarios y mediáticos no se habrían separado excesivamente del resultado obtenido por este trabajo, y los lectores lo habríamos celebrado. Luego hay otros elementos que me han dejado algo disconforme.

Y puestos a elegir, con tanta densidad narrativa, si yo tuviera que prescindir de partes o episodios, a mí me parece que el primer tercio del relato es un poco pesado, lento, con mucha trama no demasiado relevante que prorroga la verdadera esencia de «Dime quién soy», que es la de una historia llena de acción.

Ciertamente que siguiendo los cánones del mejor estilo, Julia Navarro va haciendo crecer la novela en intensidad página a página hasta el desenlace final, aunque se recrea a veces en episodios que podrían haberse obviado o en diálogos que tampoco aportan detalles especialmente sólidos.

Entrando en el meollo, se me hace raro tratar de hacer una crítica a la par que una somera reseña de esta novela sin desvelar algunos datos que muestran alguno de los secretillos de la misma; no obstante, sin ánimo de destrozar su lectura a quien todavía no se ha atrevido a abordarla, tengo que decir que sin perjuicio de que yo cuente alguna leve idea de en lo que consiste, la autora ha tenido la virtud de tachonar de secretos y sorpresas toda la obra, por lo que nada de lo que yo cuente será más que una mínima animación para leer y no para fastidiar.

Hay un velado secreto que se esconde en la obra desde el inicio, y hace unas semanas casi me lo suelta en un hospital una enfermera al ver que estaba leyendo el volumen (tómese el sustantivo en el sentido corpulento y abultado del mismo), pero más allá de ese, es la potencia creciente del personaje protagonista el que hace que de la mitad de la obra hacia adelante el ritmo se convierta en frenético, más interesante y nutritivo para este modesto lector.

En realidad, la novela se configura como una historia dentro de otra. Un joven periodista de nuestro tiempo es casi forzado por su tía para descubrir el pasado de su bisabuela, un personaje misterioso que abandonó a su abuelo de muy pequeño y del que la familia no conoce apenas, más que por una foto de juventud.

Este joven se adentra en un auténtico laberinto histórico, construyendo la apasionante biografía de su abuela, desde los años previos a la Guerra Civil española hasta 1989. Tal joven llamada Amelia Garayoa, decide de forma prematura en su vida abandonarlo todo por amor y por ideales, y dejar una existencia acomodada, su familia tenía negocios, a su marido y a su hijo de corta edad.

Partiendo de unos ideales comunistas, Amelia vive con intensidad los acontecimientos más relevantes de los últimos dos tercios del siglo XX en el mundo, siempre con el soporte de algún hombre al que parece amar, aunque este es un aspecto que no explota excesivamente la autora, y codeándose con personajes reales o inventados de los que tenían en su mano cambiar el signo de los acontecimientos en esos años convulsos.

En esta peripecia vital, Amelia viaja por medio mundo: París, Buenos Aires, Moscú, Londres, México, Varsovia, Roma, Atenas, El Cairo o Berlín (seguro que me olvido de alguna urbe), y fundamentalmente sus aventuras giran en torno a la 2ª Guerra Mundial, en la que Amelia Garayoa actuará como espía británica; y a todo esto, a lo largo del libro se jalonan las visitas a España, a Madrid, para ver a su familia, la parte que le queda tras los efectos devastadores que ha provocado en ella la Guerra Civil, y en las que trata de ver aunque sea de lejos a su hijo, que crece sin conocer a su madre.

Las vicisitudes por las que atraviesa son de tal calibre que sufre todo tipo de atrocidades. Es una mujer sufridora, pero una mujer valiente, que pese a su apariencia frágil, el tiempo la convierte en un ser coriáceo, prácticamente frío. De hecho, Julia Navarro casi nos quiere transmitir que Amelia Garayoa es un ser impenetrable, porque sus amoríos son más platónicos que pasionales.

Ese es uno de los detalles que no me convence, los hombres son un soporte más que una necesidad natural, los hombres se enamoran de ella, pero ella no termina de darse del todo, o sí, tal vez lo haga a su manera. Por tanto, hay que concluir con que son los ideales los que mandan en Amelia, pero tampoco son firmes, porque empieza siendo comunista y termina combatiendo a los comunistas, tal vez sea de lo más paradójico de la novela. Tiene unos principios, pero también tiene otros…, como decía el genial Groucho Marx.

Tal vez tengo el defecto de que cuando leo novelas de perfil histórico, busco cimentarme en la realidad y la historia en sí me deja una serie de contradicciones. No ya solo inventar el recurso de un periodista en una búsqueda alocada, la de ir visitando cada una de las ciudades en las que su bisabuela dejó su huella, sino la propia historia de esta, no es creíble del todo, la veo tan rebuscada, una vida tan al límite, de un engaño tras otro, de verdades a medias, tan lindera con la muerte que me deja un poco vano. Y con una vida tan apasionante, que tal celebridad sea desconocida para su familia, resulta algo chocante.

La autora compensa todo esto, en mi modesta opinión, con una magnífica redacción y con episodios, especialmente de la mitad de la obra en adelante, que son marcadamente cinematográficos y que entretienen, no lo puedo negar.

Y es que ya he podido ver que se prepara una serie de televisión con Movistar + al frente, con toda seguridad va a salir un producto muy apetecible, porque con la condensación de los guiones, Amelia Garayoa va a resultar un atractivo personaje para el telespectador.

domingo, 26 de marzo de 2017

GANDALF O HEINZ STROBL, EL MAGO DE LA MÚSICA AMBIENTAL

Hace algo más de un año, con ocasión de mi entrada del grupo danés de chill out Bliss, reflexionaba acerca de la virtualidad de tener un nombre sonoro para tu proyecto musical. Bliss carecía de ello y, un nombre desafortunado unido a una rama musical minoritaria, formaban un cóctel de gusto no muy agradable. Ya en ese momento pregonaba, lo cual no es un misterio, que tan interesante como la música que haces es cómo te das al exterior y el nombre debe ser acertado.

Pues algo parecido le pasa a Gandalf, sí, de primeras todos acudiremos a ese personaje de las novelas de «El señor de los anillos» de J.R.R. Tolkien. Es decir, un personaje de sobra conocido y superestereotipado, confundido con un músico de New Age. Por mucho que te guste ese nombre, habrá más de uno que se haya confundido.

Es más, el otro día cuando empecé a documentarme sobre este proyecto, que conozco desde hace mucho tiempo, la siempre precisa herramienta de la desambiguación de Wikipedia me reafirmó en la extrema torpeza de nombrar a tu grupo Gandalf, no solo por ser tan común y encasillado, sino porque además la torpeza parece cundir sin mayores reservas. Sí amigos, porque si tenemos a este Gandalf que da nombre a esta entradilla que ya voy adelantado que se trata del compositor austríaco Heinz Strobl, también tenemos un grupo de heavy metal finlandés de los 90 y otra banda estadounidense de rock psicodélico de los 60 (por cierto, sorprendentemente muy buena y con claridad adelantados a su tiempo pero... desconocidos), en fin, para nota.

Pero, vamos a lo que vamos, a lo que interesa, no tengo la culpa de ese nombre desafortunado que puede liar un poco a la hora de la búsqueda de su música, así que recomiendo indicar Gandalf musician o Gandalf y entre paréntesis Heinz Strobl.

Tal vez quepa recordar que si bien el sudafricano Tolkien, de ascendencia británica, escribió sus más sobresalientes libros en la década de los 50 del pasado siglo, yo tengo el pleno convencimiento de que fue en la década de los 70 cuando empezó a hablarse mucho de ellos en Europa, esa es la percepción que yo tengo, acentuado por el hecho de que sus novelas legendarias y fantásticas comenzaron a llevarse a la gran pantalla hizo que se prolongara su éxito hasta hoy.

Ni que decir tiene que Heinz Strobl se puso el nombre por ese personaje, el mago bueno de «El señor de los anillos» (libros y películas que no he visto ni leído, porque no me han llamado la atención hasta ahora, y hablo pues, de referencias), puesto que a principios de la década de los 80 fue cuando este abandonó el estilo de rock progresivo para adentrarse en la New Age, aunque también se le ha denominado a Gandalf como música ambiental progresiva. Precisamente se comenzaba a vivir el boom de la música New Age en Estados Unidos y Europa, melodías congraciadas con la naturaleza, ambientales, mágicas y Strobl quiso no solo realizar esa música que evocara fantasía o un mundo idílico, sino que junto con el nombre de Gandalf él se atribuyó una imagen que claramente se asemejaba al mago de la epopeya de Tolkien, con el pelo muy largo, y con lo años también cano, aunque este compositor austriaco nunca optó por la barba.

Gandalf a partir de ese momento se definió como un multiinstrumentista con el sello propio de los pioneros de ese boom de la New Age. Aunque algunos lo asimilan por su sonoridad a Mike Oldfield, que no lo veo, o a Kitaro, a mí sinceramente me suena mucho más al gran Ray Lynch. En realidad, se asentó en ese tipo de música atemporal que bien podría haber sido la banda sonora de «El señor de los anillos», pero también de «Juego de tronos» o de cualquier producción que narre epopeyas y ensoñaciones que plasman líneas fronterizas entre la realidad y la fantasía.

Strobl, que nació en 1952 tiene el enorme mérito de haber persistido en su estilo durante más de treinta y cinco años, y es que con cierta regularidad va sacando discos, realiza giras y conciertos y no para de seguir inventando e innovando; es un tipo completamente activo. Hace unos años Gandalf declaró que «la música es una especie de santuario para mí, un lugar protegido para retirarse del ruido y la locura en el mundo, en ella encuentro consuelo y paz. Parar de hacer música significaría dejar de respirar».

A Gandalf se le ha calificado como «el pintor de paisajes musicales» o «compositor de música clásica del siglo XXI», su música se inspira en la belleza de la naturaleza y en sus vivencias por medio mundo, lo que le han permitido crear sintonías que tratan de disolver las barreras culturales y raciales existentes, generando un punto de apoyo para reflexionar en este ritmo vertiginoso del mundo actual.

Adentrarte en su música es como descubrir algo mágico en la misma, es un viaje a un país imaginario, es encontrar a través de sus pinceladas una paleta de colores que te producen paz y serenidad. Su música es íntima, tierna, te abre el corazón, es cálida, y puedo asegurar que te envuelve en un agradable ambiente de armonía de principio a fin. Incluso para aquellas personas más espirituales es una magnífica ancla para emprender la búsqueda de nosotros mismos, reservándonos un pequeño espacio para la individualidad en este mundo global y demasiado mediocre.

Como músico con sólidos pilares en la música clásica sus composiciones se han orquestado, y aunque el signo de la New Age es evidente, no es menos cierto que le viene como anillo al dedo eso de que se puedan calificar sus temas como la música clásica del siglo XXI, de hecho, a través de su discografía la colaboración con orquestas sinfónicas ha sido muy amplia.

Y es que Strobl elige con delicadeza los instrumentos que están presentes en su producción, desde luego parte de sintetizadores y secuenciadores pero también están presentes violonchelo, saxo, flauta, oboe, guitarra acústica, piano, percusión, así como muchos otros instrumentos autóctonos, con lo que su estilo también lo podríamos englobar en la world music. A propósito, de la percusión se encarga su hijo Christian.

En fin, Gandalf y Heinz Strobl o Heinz Strobl o Gandalf, un proyecto musical de los más exitosos de Austria, donde es ampliamente conocido, que más allá de su desacertado nombre, por lo que he referido, es una fabulosa elección musical para lanzarse a un remanso de paz mientras leemos un buen libro.

sábado, 18 de marzo de 2017

BREVES REFLEXIONES SOBRE MI EXPERIENCIA COMO ENTREVISTADOR

Cuando hace unos días una asociación empresarial de mi localidad me propuso participar en un foro de empleabilidad, y que mi cometido era el de convertirme por un rato en un empleador y realizar simulacros de entrevistas a hipotéticos aspirantes a un puesto de trabajo ficticio, pensé que no estaría mal que yo reflexionara acerca del bagaje del que dispongo en esta materia, con objeto de ofrecer a esas personas que se iban a sentar frente a mí algún tipo de estrategias para ayudar a la siempre crítica tarea de enfrentarse a una entrevista de trabajo.

Por el puesto de trabajo que tengo, de alguna responsabilidad en una Administración pública, he tenido la oportunidad a lo largo de más de dos décadas de formar parte de tribunales o comisiones en las que junto a otras personas he tenido que entrevistar a personas para dirimir puestos de trabajo de muy variada tipología y duración.

Desde luego no pretendo, ni pretendí, en aquella batería de entrevistas que realicé a los participantes de aquel foro, ser un gurú de las entrevistas, capaz de escrutar hasta el más mínimo detalle cómo se deben afrontar estas; Dios me libre de semejante osadía. Para ello hay no solo profesionales dedicados en exclusiva a adiestrar a personas en este cometido, sino infinidad de manuales (alguno leí cuando era joven) sobre esta temática, que a buen seguro ofrecen sesudos consejos sobre cómo conseguir una entrevista perfecta.

Mi modesta aportación, más allá de fallos puntuales de los aspirantes que yo corregía más por sentido común que por experiencia, pasaba por apuntar una serie de grandes líneas básicas que yo creo que podrían ayudar a esos aspirantes; estrategias que estoy convencido de que los libros y guías sobre la materia recogen y que los expertos encargados de adiestrar a esos aspirantes conocen al dedillo.

Curiosamente en ese foro de la empleabilidad yo no estaba solo, sino que a mi izquierda y a mi derecha otros empleadores, mucho más reales que yo, porque además pertenecían al sector privado, ejercían mi mismo papel; y al final del ciclo de entrevistas, en torno a la decena, todos los que estábamos en la mesa de entrevistadores pusimos en común lo que habíamos observado. Amén de alguna anécdota o consideración personal, me sentí reconfortado porque personas mucho más acostumbradas que yo a las entrevistas reales coincidían a grandes rasgos en mi apreciación de las mismas.

He de decir que si algo me molesta de un entrevistado es que por la titulación o formación que tiene, no dé de sí lo que se espera. Mis críticas son más acusadas cuanta más es la formación académica del aspirante. Y es que si de universitarios se trata, lamento decir que más en esta última década que en la anterior, observo en no pocas ocasiones que por encima de los conocimientos propios de su carrera, de los que no dudo su buena preparación, están muy faltos de otras habilidades, a las que yo llamo intangibles, quizá sea lo que los expertos llaman la inteligencia emocional, que no se aprenden en las aulas, sino que se adquieren en la universidad de la vida: leyendo, observando, interactuando, respirando…

Ya digo, observo la tendencia, más acusada en este último decenio, de que nuestros universitarios son incapaces de expresarse con soltura, con buena capacidad de expresión y de dicción. Se aturullan, hablan de generalidades para no decir nada, utilizan muchas muletillas («bueno, no sé», «eh, bien», «pues yo creo que») y lo que es peor de todo, son incapaces de enlazar una sucesión de frases coordinadas durante más de medio minuto, y básicamente es complicado encontrarte con alguien que tenga un vocabulario rico y profesional, distinto al que se utiliza en la calle.

Casualmente varios de mis ficticios entrevistados del foro me conocían y yo los conocía a ellos y aun así me manifestaron que estaban algo nerviosos. Este es un aspecto vital en una entrevista, porque el entrevistador por poco ducho que sea lo capta, que el entrevistado esté nervioso le resta a buen seguro más de un 50 % de sus posibilidades de éxito en la entrevista. Y esto hay que trabajarlo, se trabaja y se ensaya, como si de un teatrillo se tratara.

Una vez estuve en un curso de comunicación y el docente nos transmitió una idea vital para el asunto que nos ocupa, buena parte de los nervios de hablar en público vienen informados en proporción directa por la desconfianza del actor en su discurso. Si alguien sabe de su materia y conoce al detalle de lo que quiere hablar, habrá ganado mucho en su tarea, porque es como si anduviera por un camino que conoce y está totalmente iluminado. Ahora bien, si el camino no se conoce y está a oscuras será inevitable tropezar.

Y lo cierto es que bastantes veces he tenido frente a mí personas que tropezaban desde la primera frase, desde la primera palabra. Lo flagrante del asunto es que cuando hace algo más de un cuarto de siglo yo tuve que subir mi Tourmalet particular y enfrentar algunas entrevistas, trataba de ilustrarme acerca de la empresa que me iba a entrevistar. Entonces no existía Internet y procuraba valerme de las herramientas que tenía a mi alcance, libros, revistas, bibliografía variada, y patearme quioscos de periódicos, bibliotecas y cualquier foco donde se pudiera encontrar la información deseada.

Hoy con Internet a nuestra disposición, sin duda el invento más importante del cambio de siglo, tenemos a golpe de clic cualquier información que necesitemos. Qué menos que prepararse mínimamente una entrevista que entrando en la web de la empresa que nos pretende contratar.

Pero ni eso, yo he tenido entrevistados que venían, por ejemplo, a una plaza para profesor de una casa de oficios, y no eran capaces de explicar en qué consistía este programa de formación-empleo. Procesos decepcionantes en los que uno terminaba más derrotado que el propio entrevistado, ya que te tirabas una mañana entera y apenas salvabas a un puñado selectísimo de candidatos. Procesos en los que tenías que elegir al menos malo de todos.

Y es que no es de recibo, y me ha ocurrido un montón de veces, no es mentira, que en una entrevista el entrevistador termine hablando más que el entrevistado; básicamente porque cuando uno hace una entrevista y tiene cinco preguntas preparadas, espera que el entrevistado se explaye, pero cuando te responde con monosílabos (sí o no) o apenas dice dos o tres palabras, tú intentas rebuscar en el que tienes enfrente para sacarle algo que presupones que tiene dentro. No obstante, realmente estás prolongando la entrevista para justificarte ante ti mismo y ante tu organización, pues no parece muy edificante que una entrevista se dirima en un par de minutos, tras doscientas palabras formuladas en modo pregunta por el entrevistador y resueltas en veinte palabras o menos por el entrevistado.

Pues eso, que hay que prepararse las entrevistas, esto no es un misterio, no solo estudiando a tu entrevistador y lo que te puede preguntar, sino aprendiéndote lo que tú puedes decir de ti. A mis inopinados interlocutores del foro yo les transmitía un símil deportivo, hay que salir al partido con una estrategia, y nuestra estrategia es lo que yo sé de mí mismo, esto es fácil, cuál es mi currículum, cuáles son mis fortalezas, qué espero de la empresa, qué valor añadido aportaría a la empresa si se inclinara por mí… En fin toda una serie de preguntas que presumiblemente y el sentido común nos invita a pensar que nos pueden hacer. Ahora bien, hasta ahí mi estrategia, es decir, yo sé cómo voy a jugar el partido (la entrevista) y pongo encima de la mesa quién soy, porque me he entrenado para ello, pero como si de un buen entrenador deportivo se tratara, tengo que anticipar la táctica del contrario, qué es lo que me puede preguntar, y para eso hay que ilustrarse, patearse Internet, el público y el profundo, y conocer todo de la empresa que me va a entrevistar. En mi caso, en más de una ocasión hubiese deseado que mis entrevistados del pasado llevaran preparada mínimamente la entrevista para que al finalizar mi jornada laboral no me hubiera marchado bastante decepcionado con los aspirantes y con el sistema educativo.

Y a todo esto, ¿es importante ir bien vestido? Pues tal vez lo que dicen los libros sea diferente a lo que yo opino, o sea, que lo que voy a reseñar es una impresión personal. Para mí, y me da la impresión que para muchas empresas, el aspecto es secundario en el siglo XXI. Si mi empresa busca un perfil concreto, el que permita solucionar un problema existente en la organización, un nicho o una debilidad que está afectando al proceso productivo o a la prestación adecuada de un servicio (incluyendo el servicio público), escruta para encontrar el mejor candidato que ocupe ese espacio vacío con la mayor brillantez y profesionalidad, y me da igual si viene con rastas, rapado, con chupa de cuero o con zarcillos en labios, nariz o párpados.

Tal vez sea casualidad, pero tengo buena experiencia de haber trabajado junto a alumnos en prácticas de universidades y centros de formación profesional, y he tenido chavales muy hippys y/o con abundancia de pendientes y tatuajes que han dado muy buen resultado, y otros vestidos con ropita de marca que parecían pinceles, pero que demostraban un desinterés absoluto.

Eso sí, más importante que la vestimenta es la higiene, y por ahí no paso, y no se puede acudir a una entrevista siendo un guarro, desaliñado y oliendo a zorruno.

En fin, para ir terminando, las entrevistas tienen que hacerse con buena dicción, de forma pausada, estructurada, ni muy rápido ni muy despacio, sabiendo lo que se quiere decir y buscando convencer al que tienes enfrente de que tú eres el candidato ideal, esto y todo lo que he venido señalando aquí (ya he dicho, no se me tome como un experto sino como un mero observador con alguna experiencia en la materia), pueden separar el destino de cada uno, incluido el de obtener un puesto de trabajo bien remunerado y duradero o el de seguir vagando por ahí haciendo entrevistas «por probar» o «por coger experiencia». En definitiva, la frontera que separa el hacer una buena entrevista o perpetrarla.