sábado, 23 de diciembre de 2017

EL CENTENILLO, PASADO MINERO QUE SE RESISTE A SUCUMBIR

No sé en qué parte de mi mente se había quedado alojado el recuerdo de haber ido alguna vez de pequeño a El Centenillo, apenas limitadas instantáneas de cuatro edificaciones y la conciencia de que se trataba de un poblado de un pujante pasado minero.

Mi reciente visita realizada ha enterrado prácticamente esos leves recuerdos y ha fijado otros nuevos casi para siempre, una imagen fidedigna que casi no tiene continuidad con lo que yo pude ver cuando infante.

El Centenillo que, pese a lo que mucha gente pueda pensar, es término municipal de Baños de la Encina y no de La Carolina, municipio este último con el que mantiene influencia por su mayor cercanía; es de estos enclaves que genera sensaciones encontradas de tristeza y alegría. Tristeza porque no solo ves un pasado minero destrozado, que evoca tiempos mejores; y alegría porque pese a todo, gracias al empeño de moradores y residentes de vacaciones y fines de semanas, permite que el pueblo resista los embates del tiempo y siga teniendo vida.

Pero vida, ¿hasta cuándo? Cuando acudo a sitios más o menos recónditos, donde la civilización se va poco a poco dando de baja (ya no queda ni una sola tienda para comprar viandas o simplemente pan), me viene a la mente la obra del genial artista jiennense José Fernández Ríos (al que tengo el gusto de haberlo conocido antes de que se hiciera famoso) en la que recreó una torre de alta tensión hecha un nudo, que creo que la ubicó en alguno de los municipios de la Sierra de Segura, y que venía a representar cómo la modernidad se retuerce en zonas apartadas para que estas sigan subsistiendo.

En esta época de tanto avance, la esencia y lo genuino que suponen nuestras raíces, porque muchos de nuestros ancestros proceden de zonas rurales, se está perdiendo y nos abocamos a una locura de rapidez, ruidos, aglomeraciones y lujos superficiales que al final desembocan en una merma de nuestra calidad de vida.

También da cierta tristeza, por lo que respecta a los restos del pasado minero, que lo que la mano del hombre tardó años en construir, casi en un suspiro se ha convertido en ruinas, ¿había tanto peligro para que las edificaciones del pasado minero fueran derribadas y apenas queden las paredes y las chimeneas? Tal vez la acción de mucho desaprensivo esté ahí latente.

Un recorrido por los alrededores rememora ese pasado minero que destila sensaciones de bullicio y actividad, inimaginable por más que intentemos poner imágenes de maquinaria, trenes, vagones y raíles que jalonaban este poblado. Cabe lamentarse de que nuestra provincia de Jaén que tuvo un pasado minero más que preeminente, ha olvidado con tanta rapidez como la que se tuvo para cerrar las minas por su falta de rentabilidad; y si semanas atrás recordaba con desazón las escasas alternativas de la provincia, sorprende que hayamos sido incapaces en tantas décadas, tras el cierre, de poner en valor esas zonas, o al menos una, y habilitar tan siquiera una mina para que sea visitable; apenas un Centro de interpretación en Linares, y los restos ruinosos de lo que fue un pasado pujante, son los limitados recursos turísticos de que disponemos.

Campo de fútbol de
El Centenillo
Más allá del recurso turístico también está la consolidación del recuerdo de los que éramos habitantes de zonas mineras, los que convivimos con vecinos mineros, y nos consternábamos cuando algún derrumbamiento segaba la vida de esos esforzados trabajadores. Hoy el recuerdo de las minas de El Centenillo, o las de Linares, son edificios en ruinas, y montañas de escoria que nadie se ha preocupado de quitar de allí (en El Centenillo algunas están al borde mismo de la carretera que cruza el poblado) y que cuando éramos niños acudíamos a ellas para localizar algún mineral curioso, algo de galena (sulfuro de plomo) o calcopirita, el llamado oro de los tontos, pero que era muy chulo, y uno se sentía orgulloso de tener una piedra de esas.

Al parecer El Centenillo ya era explotado en época romana por la existencia de filones de plata y plomo, y fueron los ingleses, muy astutos ellos, los que redescubrirían el potencial de esta zona en la segunda mitad del siglo XIX. El resurgimiento de El Centenillo trajo consigo la erección del poblado casi desde cero, en mitad de Sierra Morena, rodeado de montañas y con una orografía ciertamente abrupta. Y es palpable que el poblado recuerda, como se encargan de subrayar las informaciones turísticas del lugar, a una villa británica, por la disposición cuadrada de sus calles (manzanas) y las casitas adosadas, que a mí me traen a la memoria aquella película de mineros titulada «Qué verde era mi valle», y que transmite las duras condiciones del trabajo en la mina, pero la alegría con la que afrontaban cada jornada los habitantes de aquel poblado minero galés, felices con tan poco.

Pabellones de solteros
Aquellos momentos de renacido esplendor de finales del siglo XIX y toda la primera mitad del XX dieron lugar a infraestructuras impropias para un poblado de esas características, contando con su hospital, escuela, cines de verano e invierno, casino y hasta un campo de fútbol.

Se calcula que no menos de 500 trabajadores trabajaban en las minas que había en los alrededores de El Centenillo en el momento de máxima producción y aunque no todos se alojaban allí, buscando localidades más populosas, lo cierto es que imagino que la mayoría morarían en el poblado; porque hay que decir que la carretera de acceso desde La Carolina, el camino natural, siempre ha sido, es y será una tortuosa y sinuosa calzada; hoy con buen firme pero antaño imagino los no pocos baches, tramos sin asfalto o señalizaciones inexistentes para sortear las 178 curvas que separan El Centenillo de «la civilización», por lo que el ir y venir constante no sería una opción muy atractiva. Por eso, existían las casas para las familias, pero también los pabellones para solteros (hoy también derruidos), una especie de residencias para aventureros de la gloria. En definitiva, cabe imaginar que en El Centenillo podrían residir en el punto de máxima ocupación, no menos de 3.000 personas.

He encontrado una ficha de trabajadores de 1927 sobre reconocimientos médicos, solo la primera hoja, en la que hay datos muy curiosos, muchos trabajadores procedentes de la serrana Alpujarra almeriense y especialmente de Laujar, y la cantidad de maderistas que se necesitaban en el interior de la mina, labor tan imprescindible como la de la extracción propiamente del mineral.

Por cierto, curioso lo del campo de fútbol, puesto que dada la tradición balompédica de los británicos, poco tardaron en hacer un terreno de juego, casi excavado sobre la piedra pizarrosa de las montañas de Sierra Morena. Dicho campo pasa por ser uno de los más antiguos de España y El Centenillo F.C. también uno de los primeros equipos de fútbol nacidos en nuestro país. El campo existe hoy día como un santuario inédito del deporte rey, algo que probablemente daría para que cualquier cadena de televisión preparara un reportaje bueno, de esos del pasado que tanto gustan en recrear los espacios deportivos de los telediarios de varias cadenas generalistas. La cancha está un tanto desnivelada, con probabilidad por haber corrido el agua años y años, incluso yo diría que las porterías no están enfrentadas exactamente, pero lo que más sorprende es que existen unas gradas excavadas en la piedra de una pequeña montaña situada en uno de sus fondos, y que da la ligera impresión de ser un anfiteatro.

Hoy día El Centenillo resiste con algo menos de un centenar de personas censadas, pero mantiene destellos de civilización, dos bares y un restaurante, que puede que con el tiempo se cierren. También hay un buen alojamiento rural y residencias para niños de dos congregaciones religiosas, esas serán las referencias para darle vida a El Centenillo en las próximas décadas. Esas y que los residentes no cejan en su empeño de hacer del pueblo un sitio apacible y lleno de magnetismos. En estos días de mi visita, la plaza donde se halla la iglesia de la Inmaculada Concepción, luce con adornos navideños, modestos pero muy efectistas; ya quisieran muchos pueblos y ciudades disponer de una decoración hecha con tanto gusto y cariño, que llena de magia toda esa plaza. Y, por supuesto, algunas calles están adornadas con figuras hechas de reciclaje y pintadas con todos los colores de la paleta, todo un museo al aire libre, lo que te proporciona un sosiego indescriptible. La visita a la calle Almería es imprescindible.

Pues eso es hoy El Centenillo, un lugar apacible en el que la naturaleza trata de retomar con su reloj implacable lo que la mano del hombre se encargó de transformar y después de abandonar. Un paseo por sus calles es una experiencia de paz interior, sin ruido, contemplando el romántico legado de un pasado minero a través de casas hoy mayoritariamente deshabitadas (salvo vacaciones y fines de semana). Y luego hay que darse una vuelta por los alrededores, no solo las minas, sino el paisaje de Sierra Morena, entre encinas, pinos, alcornoques y jaras, prestos con la mirada a ver si algún ciervo quiere hacer acto de presencia para confirmar su jefatura de esas tierras.

Por cierto que los rasgos más representativos del poblado, convertido legalmente en Entidad Local Autónoma, son visibles en su escudo, que oficialmente fue inscrito en octubre de 2011 vía Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, en él está el ciervo, la cabria y la curiosa formación montañosa de «Las tres hermanas» que se aprecia desde varios puntos del pueblo.

En fin, uno revive episodios pretéritos con esta visita y reflexiona sobre varias cosas, pero sobre todo acerca de las duras condiciones del trabajo en la mina, de las esforzadas personas que dejaron su vida en la profundidad de la tierra, y por lo que respecta a El Centenillo uno se pregunta cuántos ingenios o cuántos lujos están repartidos por el mundo hechos de plomo y plata y dónde se hallan, que salieron de estas minas del corazón de Sierra Morena.

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