domingo, 30 de junio de 2013

¿CÓMO PUEDO SABER LO QUE VALE UN SELLO DE CORREOS ANTIGUO?

Hace unas semanas apareció por mi trabajo un señor al que le habían referido que yo era coleccionista de sellos, se encontraba en una situación económica precaria y me pedía que le comprara su colección porque tenía cierta urgencia.

Le miré la colección con cariño y comprobé que había poco que rascar, los sellos más antiguos estaban pegados en una libreta escolar con la charnela correspondiente en su parte trasera, recurso este de los filatélicos de hace más de medio siglo, que estropean los sellos y que a mí particularmente no me gusta. Esos sellos, junto con otros más recientes que venían en bolsitas, la mayoría de España, eran bastante vulgares y, por ser sincero y consecuente, de escaso valor.

Obviamente no tuve que mirar un catálogo para saber su valor, tasar un sello es una operación bastante sencilla, incluso para un simple aficionado como yo; el hecho de haber manejado durante años algún catálogo “unificado”, el haber comprado en el pasado y hacerlo ahora con cierta habitualidad me permiten saber qué tengo que pagar por tal o cual sello, en especial aquellos comunes, nada de rarezas. Y ello porque si tuviera que tasar un sello español del siglo XIX no me consideraría capacitado, pues habría que mirar aparte de las supuestas cotizaciones existentes en el mercado, el estado del papel, su autenticidad, y su fisonomía general, entre otros detalles.

Aquella historia terminó con un sabor agridulce, desde el punto de vista de la cotización, los sellos no costaban ni cinco euros, haciendo un breve ejercicio mental, valoré cada sello a cinco céntimos, y a lo sumo y siendo formal diez euros tampoco sería una cantidad desorbitada. No obstante, al señor que me los ofreció le comenté que si le gustaban los sellos, que por muy mal que estuviera económicamente, no debiera desembarazarse de ellos, porque yo podría acercarme a pagarle una cantidad justa, pero jamás podría pagar el valor moral que supone haber dedicado tiempo a una pasión tan bonita; y es que ver a alguien de este mundillo, mirar a sus sellos como el hijo que se va a la guerra para no volver, me dio mucha pena, sobre todo porque lo hacía a causa de esta horrible crisis. El hombre entendió lo que yo le decía, que ese valor moral era impagable, pero me insistió en su delicada situación económica y decidí ofrecerle veinte euros, ampliando mi tasación en la que introducía un plus moral, por aquello de que uno está por suerte trabajando y cobrando, y hay que apoyar a los que menos tienen.

Ni que decir tiene que este hombre, un aficionado puntual del coleccionismo de sellos poco sabía de cotizaciones, y le daba un valor enorme a cada una de sus estampillas, es lógico, yo tengo esa sensación con todos mis sellos, porque sé cómo los conseguí y porque no tengo intención de venderlos jamás. El hombre se fue cabizbajo con su billete, y yo con una sensación rara de que había adquirido una colección de sellos vulgares pero de una persona que los había tratado con cariño; yo podía pagar la colección pero el aspecto sentimental se me escapaba, más allá de echarle una mano a su apurada situación.

Hoy en día no es, como digo, nada difícil tasar unos sellos, a decir verdad la inexistencia de demanda de sellos vulgares hace que literalmente se vendan al peso. A mi inopinado vendedor no lo convencí, aunque lo dejé algo tranquilo cuando le señalé alguna página web más o menos especializada de venta de sellos (Delcampe, Todocolección o Ebay), y le encontré con rapidez el precio de un kilo de sellos variados del mundo por apenas dieciocho euros, y ofertas similares de cinco mil o de diez mil sellos por poco menos de veinte euros.

Dicho esto, disponemos los filatélicos de algunos recursos para averiguar el precio de un sello. El tradicional y con el que yo me he manejado desde que era pequeño, así me lo enseñaron, es valerse de un catálogo unificado. Antes existían de varias marcas, no muchos, pero el más popular y extendido es el que saca anualmente Edifil, que como ellos mismos se autoproclaman es “la marca de prestigio de la filatelia española”.

El catálogo está muy bien, a todo color, con una revisión pormenorizada de los sellos que se han emitido en España en toda su historia, también están las antiguas colonias españolas, Andorra, se incluyen tarjetas postales, entero postales, aerogramas... Todo ello, con una meticulosa información acerca de la tirada, fecha de emisión, valor facial, tipo de impresión, medidas del sello, colores..., y por supuesto, el valor de cotización.

Vamos a ser sinceros, el valor de cotización de este catálogo (imagino que de otros también) ha estado siempre sobrevalorado, las razones por las que no se ajusta a la realidad del tráfico filatélico las desconozco, tal vez para no quedarse cortos jamás, más vale echarle un “chorreón” para favorecer a los vendedores que es, en teoría, el gremio al que pertenecen las editoriales filatélicas.

Rescato un catálogo que tengo de 1999 y dice Edifil a modo de prólogo entre otros detalles “Las cotizaciones del presente catálogo son orientativas y como tales deberá emplearlas el filatelista a la hora de comprar y vender (…). El coleccionista deberá utilizar este catálogo como guía y orientación, pero deberá tener en cuenta los diversos factores que motivan el alza o la baja de los sellos, como son el interés por un cierto tema o época, en un determinado momento, las ofertas especiales de comerciantes, la aparición de algún stock importante, etc. (…) el precio mínimo de un sello se fija en quince pesetas (…), es evidente que cien ejemplares de un mismo sello cuya cotización en catálogo es de quince pesetas, no valen quinientas pesetas. Su valor es mínimo.”, puedo estar en parte de acuerdo con el espíritu con el que se hace, aparte la forma de justificar los valores es un poco ambigua. Por lo que respecta al valor de un sello básico, creo que se equivocan y pueden confundir, un sello básico no vale (valía) quince pesetas, no vale nada, si yo me hubiera tenido que decantar por un precio este sería el menor posible, a día de hoy un céntimo. De todo esto podemos concluir que cuanto más básicos son los sellos más sobrevalorados están y quizás el catálogo hay que tomarlo como referencia para sellos de un cierto valor, por ejemplo, cuando superan cifras de tres ceros, hablando de euros, por supuesto; como ocurrirá en una buena parte de los sellos españoles del siglo XIX.

Realmente no critico que se siga este criterio, aunque puede despistar un poco y no sé si esto influyó en las desmesuradas cotizaciones de las colecciones de sellos que realizaban esas sociedades reconocidas como piramidales Fórum Filatélico y Afinsa (como ya he comentado en más de una ocasión, los filatélicos no compraron estos productos financieros sino gente normal que apenas sabía del valor de un sello, no fueron culpables del engaño, es obvio).

Cuando compro algún sello, algún año completo en nuevo (sin matasellar), o bien compro a algún coleccionista al que conozco personalmente, que me hace directamente un 50% de descuento sobre el valor de catálogo (Edifil), con lo que nos podemos hacer una idea mesurada de la realidad de las cotizaciones; o bien me meto en alguna página web, por la comodidad que supone comprar directamente desde el sillón de tu casa, y siempre por debajo del valor de catálogo aunque no con el descuento de mi contacto, se puede conseguir lo que se quiera.

Por tanto, mi recomendación es bien simple, es bueno disponer de un catálogo de referencia, básicamente porque esos son los valores tope sobre los que vamos a comprar, nunca paguemos más. Si tenemos algún amigo o algún contacto dedicado a la filatelia de forma profesional y nos parece honrado y de confianza, esa es una buena opción, dependerá de lo que queramos comprar y del dinero que vayamos a gastar. La otra opción es hacerlo vía Internet, comparando dos o tres páginas web, y también considerando qué es lo que vamos a gastar. Si quiero comprar un par de años completos de la década de los 50 del siglo pasado, yo miraría tres o cuatro sitios y donde fuera más barato; e incluso a veces voy a tiro fijo, porque a lo mejor en un gasto de sesenta euros, apenas te ahorras dos o tres euros comparando filatelias online y si tu tiempo es oro, no te merece la pena. Yo compro últimamente en una web que se llama Filatelia Talavera, ubicada en Madrid, muy profesional, no he tenido ni un problema jamás y, es más, cuando he requerido algún sello que no estaba colgado en la web, le he mandado un correo al gestor de la página e inmediatamente ha colgado mi petición.

Y qué duda cabe, que si ya nos vamos a gastar una suma considerable, habrá que hacer una labor de análisis concienzudo: debemos contar con el catálogo en la mano, consultar precios con los coleccionistas de la zona y mirar las web especializadas. Mi recomendación es que partiendo de la opción más económica, es conveniente regatear una sola vez (no me gusta el regateo puro y duro), pero en esta materia es justo y necesario, es decir, sobre la cifra más barata hay que pedir una rebaja del 10% porque a día de hoy, los sellos de valor no están demandados (y los comunes tampoco), y estoy convencido de que el comprador no encuentra mercado y está deseando vender aunque tenga que reducir sus exigencias.

Sí, esa es la realidad, el mercado filatélico en España en este siglo XXI está muy estático, ya ocurría antes de la crisis y ahora todavía más. Las filatelias sobreviven a duras penas y la edad media de los coleccionistas es cada vez más elevada. Las ventas de importancia son cada vez más espaciadas en el tiempo, así que los vendedores están necesitados de liquidez antes que tener muertos de risa sus sellos durante décadas sin que vean salida alguna.

A todo esto, nunca he entendido muy bien o no le encuentro lógica a que un sello nuevo tenga más valor que un sello usado o matasellado. Hace medio siglo lo puedo entender, todo el tráfico postal se realizaba con sellos, hoy no; hoy el sello matasellado puede suponer menos del 10% de todo ese tráfico, siendo muy benevolente. Por tanto, si es fácil obtener todos los sellos nuevos que se emiten en nuestro país, basta con estar suscrito al Servicio Filatélico Nacional y los tengo en mi casa cada trimestre perfectamente empaquetados, genial. Puedo comprar una colección en nuevo, dos o tres o las que quiera. Ahora bien, el conseguir los sellos del último año concluso, el 2012, usados, ya es más complicado, no voy a decir imposible, pero será más laborioso de conseguir, por lo que entiendo que debería costar algo más que en nuevo, ya que existen menos en el mercado. Esto no es así y creo que ya se debería modificar en los catálogos, porque el criterio de hace cincuenta años ya no nos vale y honestamente creo que los sellos emitidos en este siglo XXI debieran equipararse en cuanto a valor de cotización tanto si son nuevos como si están usados.

Y hablando de todo un poco, cuántos coleccionistas de sellos hay en España, mi número de suscriptor del Servicio Filatélico Nacional es el 250.507, llevaré abonado unos quince años y ese número no se habrá incrementado excesivamente, pongamos que ha llegado a 270.000, muy aventurado por cierto. Sospecho que ese 270.000 es un número corrido, o sea, que son las suscripciones realizadas en toda la historia desde la fundación del Servicio, por lo que, habrá habido bajas y defunciones, con lo que calculo que en la actualidad no habrá más de 100.000 abonados. Igualmente sospecho que un buen porcentaje de ellos serán extranjeros, pongamos que un 20% (vista la afición que hay fuera de España es posible que haya más). Por otro lado, hay estancos habilitados como expendedurías filatélicas y otros coleccionistas que se valen de otros para obtener sus sellos nuevos. Total que en un cálculo muy magnánimo seguro que no hay más 125.000 coleccionistas de sellos en España, es decir, sobre un 0'27% de la población, la minoría que me imaginaba.

Pero no me terminan de salir las cuentas, ese porcentaje implicaría que en la población donde vivo (Bailén) que tiene casi 19.000 habitantes, deberíamos estar unos cincuenta coleccionistas, y que yo sepa suscritos al Servicio Filatélico apenas llegamos a quince, y puede que haya alguno por ahí “esturreado”, pero no tanto para llegar a cincuenta. Imagino que esta reducción un tanto al absurdo se compensará con las grandes ciudades que, por una cuestión cultural o tradicional, por cercanía a las tiendas filatélicas que aún resisten, contarán con más coleccionistas.

Por último, me gustaría finalizar esta tormenta de ideas un tanto dislocada, con una diferenciación que es importante plasmar, no es lo mismo un coleccionista de sellos que un filatélico ni que un filatelista. No me baso en lo que dice el diccionario de la RAE sino en mi visión personal y mi experiencia en este ámbito. El coleccionista a secas es aquel que acumula sellos sin más, puede ser suscriptor del Servicio Filatélico pero tampoco le da un tratamiento especialmente organizado a sus sellos. Un filatélico, así me considero yo, es aquel que ha subido un peldaño y que colecciona, cambia, mueve sus sellos, evoluciona y tiene una colección viva, más o menos; y la filatelia está entre las mejores de sus aficiones. El filatelista sería aquel que se dedica profesionalmente a la filatelia o sin ser profesional, tiene una actividad que le ocupa buena parte de la jornada; para esta persona este arte es algo más que ocio. Cada uno que se ubique donde quiera, pero a ver si la filatelia no muere, me conformo con que se mantenga como hasta ahora, con cuatro gatos, un poco raretes, que nos apasionamos mirando estos papelillos de colores.

sábado, 22 de junio de 2013

SPENCER BREWER, MELODÍAS ENCANTADORAS Y COMPROMISO SOCIAL

Spencer Brewer es otro gigante desconocido, de los múltiples que nos ofrece la música New Age, tal vez tenga tanto valor o más lo que haga él que lo que desarrolla Lady Gaga; es algo así como comparar a un jugador de voleibol de máximo nivel con Messi, el primero nunca será debidamente considerado por más que se esfuerce y derroche más horas que el segundo, pero comercio y demanda social obligan.

Y lo cierto es que este es uno de los tipos que merecen la pena, un músico con arte, con energía y con presencia social. Es de esos compositores que habrá vivido y vive holgadamente de la música, pero no puedo imaginar que sea multimillonario, no obstante, tiene una serie de detalles “sociales” que hacen que el halo de su música y su personaje sean aún más atractivos.

La pasión de Brewer es el piano y sus composiciones tienen como base fundamental este instrumento, aunque en sus trabajos se ayuda de otros recursos, no obstante, lo que más gusta de su música es que ante todo escuchamos el sonido de piano, instrumento polifónico que por sus características permite que por sí mismo se puedan crear composiciones musicales de gran belleza sin que requiera necesariamente otros aportes.

Y la música de este compositor estadounidense de Dallas no pierde ese aroma de lo clásico y del buen gusto, habiendo autores que se enfrascan demasiado en lo moderno y al final no adivinas lo que es en tanta espesura.

Pues partiendo de su perfil clásico Spencer Brewer se ha hecho un nombre en el panorama musical y de vanguardia en Estados Unidos, siempre lo he dicho, la que es cuna y santuario de la música New Age. Amén de su discografía, su música se escucha y usa diariamente en todo el mundo, ya que estamos ante un especialista en melodías que enganchan, esas que se utilizan en televisión, en radio, en cine, en hipermercados...

Su música ha acompañado a importantes programas de televisión en Estados Unidos, tal vez el más célebre, el show de Opray Winfrey, melodías suyas se han podido escuchar amenizando programas deportivos en los últimos seis o siete Juegos Olímpicos, ha realizado bandas sonoras de películas, y algunas aportaciones en otras bien conocidas como “Solo en casa 2”, ha dicho Brewer en alguna ocasión con gran acierto que crear música cinematográfica es dotar de banda sonora a la vida de las personas.

También es el autor de la melodía Servicio de Correos de Japón, y algo que me parece especialmente relevante es que colabora con organizaciones no gubernamentales como YMCA (no es la que cantaba Village People, pero es la misma organización) o Big Brothers-Big Sisters; en estas colabora con su donación musical de forma altruista. Precisamente esta última organización la conocí una vez que viajé a Estados Unidos (tuve ese placer), y consistía en que jóvenes adolescentes o mayores de edad se hacían amigos de niños de barrios periféricos y procedentes de familias en riesgo de exclusión, y le ofrecían su compañía, su amistad, algo de dinero, pero especialmente los acompañaban en su desarrollo como personas, eran una especie de hermanos mayores con influjo y responsabilidad. Esta organización honró a Spencer Brewer con el título de Embajador Nacional Musical, por su colaboración con esta causa, y porque ha realizado varios conciertos benéficos en los que participaron varias personalidades famosas.

Ha desarrollado varios proyectos de producción musical destinados a facilitar a jóvenes valores grabaciones profesionales; le gusta recuperar instrumentos musicales antiguos, sobre todo pianos; está metido en proyectos tecnológicos; tiene un programa de radio; pero sobre todo es un tipo desinteresado que ha realizado numerosos conciertos privados en favor de asociaciones benéficas y conciertos gratuitos a lo largo de su vida profesional y dona recursos a las mismas.

Un tipo que rezuma un gran compromiso social, es más, esa responsabilidad le lleva a ser especialmente sensible con el medio ambiente, pues es uno de los pocos concertistas que en sus espectáculos utiliza energía solar para alimentar sus equipos. Esa apuesta medioambiental también le llevó a idear una especie de fundación dirigida a menores de 12 años que pretende ofrecer la oportunidad de experimentar y aprender acerca de la naturaleza y el medio ambiente en unas instalaciones al aire libre con las que cuenta. Como algunos de sus seguidores señalan ese talento y ese don que tiene trata de devolverlo a la comunidad en la medida de sus posibilidades.

Cerca de una veintena de discos individuales contemplan a Spencer Brewer, cualquiera de ellos es una joyita para escuchar en paz. Yo recomiendo particularmente “Shadow Dancer” y “Romantic Interludes”.

sábado, 15 de junio de 2013

"LA MARCA DEL MERIDIANO", DE LORENZO SILVA

Confieso que la vorágine de mi vida personal y profesional no me deja tiempo para estar al tanto de la actividad literaria presente. No tanto porque no lea, sino porque es imposible abarcarlo todo, y porque también es cierto que no siempre leo libros actuales, sino que casi diría yo que al 50% leo libros de ahora, y el otro 50% textos veteranos.

Por eso, puedo decir que conocía poco de Lorenzo Silva y esta ha sido la primera novela que he leído de él. Me adentré en este libro, como siempre hago en muchos, mirando la contraportada en la que se hace un resumen del mismo y puedes saber su temática. Y la historia tenía enjundia: trama policial, corrupción, con la Guardia Civil de por medio, y un asesinato.

Pues comencé a leer sus primeras páginas y me enganché como pocas veces me ha ocurrido en los últimos años; de tal guisa que utilizando los huecos de mi vida, especialmente los que mi hijo me permite o no me reclama, en apenas diez días liquidé las cerca de cuatrocientas páginas del libro.

El primer dato que me llamó la atención es su cercanía temporal, es una novela de hoy, con personajes de hoy, y que refleja las inquietudes de la sociedad española en este período de crisis: la corrupción, los recortes funcionariales, la pretendida independencia de Cataluña, la vida normal y corriente de cada españolito de a pie y de los que están encargados de velar por nuestra seguridad.

Lorenzo Silva no pierde demasiado el tiempo en realizar complejas narraciones de lugares, personas y circunstancias; su prosa apenas se recrea en estos aspectos, son sólo vehículos para introducirnos en la trama, que es clara, directa y vibrante. Ese es uno de los grandes efectos de Silva, que en su historia no se pierde el hilo, sin ser una novela inocente es fácil de seguir, y el peso narrativo lo ostentan sus personajes con sus diálogos e interacciones.

Otro dato relevante es que es una narración que avanza, todo lo contrario que otras que tienen espacios muertos, información irrelevante, o tramos de notable lentitud. El terreno en el que se mueve esta novela es el del trepidante tempo de una investigación policial. Una investigación policial, por cierto, impecablemente conseguida por Lorenzo Silva, que si no es como él nos acerca poco le faltará. Imagino que este escritor habrá tenido algún contacto con miembros del Cuerpo, que a buen seguro le habrán ilustrado sobre los entresijos de su funcionamiento. Y puedo decir que, partiendo de la base de la veracidad de los procederes de la Guardia Civil en sus investigaciones y protocolos, la novela te desvela y muestra la delgada línea, a veces, que separa a los buenos de los malos.

Sí porque esa marca del meridiano a la que acude este autor como título de su novela es esa estrecha frontera entre buenos y malos, pero también es la del pasado y la del futuro y, por supuesto, la más nítida es la de la honradez y la del lado oscuro; la de muchos hombres y mujeres de bien que un día, por las circunstancias que fueran, decidieron que más valía pasarse al otro bando para asegurarse una estabilidad económica y un estatus social, pese a los riesgos personales y legales que ello pudiera conllevar.

Eso le ocurre a un guardia civil retirado, el subteniente Robles, que aparece asesinado en un puente de un lugar poco transitado de un municipio riojano, cercano a Logroño. Hasta allí llegan los investigadores de la Benemérita, el brigada Bevilacqua (Vila en la jerga policial) que a la sazón resulta ser el discípulo y alumno aventajado del muerto, junto con la sargento Chamorro y el número Arnau, de los Servicios centrales que ponen en marcha un dispositivo convincente y fidedigno, tendente a resolver la trama principal y las subtramas adyacentes. Casualmente, en las fechas donde se sitúa la acción, 20 de octubre de 2011 y siguientes, mi mujer y yo estábamos en Logroño (lo recuerda bien el libro porque coincidió en un mismo día la muerte de Muamar el Gadafi y el “cese definitivo” de la lucha armada de ETA), con lo que dormimos a pocos metros o kilómetros de la esencia y de los personajes ficticios.

En la investigación, con diferentes ramificaciones, hay que coordinarse debidamente: Guardia Civil de La Rioja, Cataluña, Cantabria, el Servicio de Asuntos Internos, así como los Mossos d'Esquadra y los jueces correspondientes. Ya digo, todo con una gran apariencia de veracidad, porque uno no se imagina que la actuación policial se pueda hacer desde el máximo respeto a la legalidad y con, más o menos, la frecuencia y evolución que evoca la trama.

Y la prueba palpable de esa sensación de realismo de la novela es que ni siquiera tiene un final o unos finales extremadamente felices. No es un texto que implique mucha acción, lo cual no quita que el ritmo sea intenso; y eso me gusta, porque hay determinados escritores que piensan en lo que escriben de cara a una posible secuela cinematográfica, y debe tener porque sí, carreras de coches, muchos muertos, sangre, persecuciones, tiros, etc.

Hay un dato que tampoco quiero soslayar, y es que no acostumbro a leer críticas en internet antes de hacer la mía propia, pero el otro día comentando en la oficina que estaba leyendo este libro, una compañera me señaló que Silva tiene otros libros en el que el tándem Vila-Chamorro ya han tenido sus cuitas investigadores en asuntos de su índole. Y efectivamente, miré en la Wikipedia la entrada relativa a Lorenzo Silva y ya se ve que este dúo tienen una relativa fama, y ya se ha realizado una película sacada de una de sus novelas con estos dos personajes, en concreto la que recibe el nombre de “El alquimista impaciente”, habrá pues que leerla y verla. Es más, tiene tal predicamento esta pareja literaria que hasta el propio Rubén Bevilacqua tiene su propia entrada en Wikipedia, con su biografía, entresacada de los datos que ofrece Silva en sus novelas, ¿es que está fagocitando el personaje a su propio autor?

Por último, y casi al final de la novela, ofrece Silva a través de su creación ficticia Vila, un mensaje que viene al pelo en este momento de crisis, cuando este se dirige a su equipo y pone en tela de juicio las corrupciones y el hecho de pasarse al otro lado, y es que comenta que en esta época de crisis y de tantos trapos sucios, la gente, el pueblo español odia y ve con malos ojos que los políticos, los ricos, los deportistas, los famosos sean unos criminales; pero reconviene a su tropa señalándole que lo que no soportaría la población es que la gente normal, la Guardia Civil que son valedores de los ciudadanos corrientes, también superaran esa frontera, ese meridiano.

Buena lectura y buen descubrimiento el de Lorenzo Silva que por su afección a la Guardia Civil fue, por cierto, condecorado por este Instituto Armado con el título de Guardia Civil Honorífico por su contribución a la imagen del Cuerpo.

sábado, 8 de junio de 2013

SACRALIZANDO O DEMONIZANDO A LOS MÓVILES

Pues ni lo uno ni lo otro, partamos de la base de que soy un individuo atípico en esto de la telefonía móvil, porque nunca o casi nunca llevo encima un móvil. Puedo ser, calculo yo, de ese 5 o 10% de españoles adultos que no han sucumbido a esta plaga.

A decir verdad, sí tengo móvil, uno, que es de la familia y que generalmente está en mi casa, lo tiene normalmente mi mujer, y sale a la calle con ella o cuando vamos los dos juntos. Que conste que no soy un enemigo del teléfono móvil y sí de sus formas y momentos de utilización.

Me remonto a los orígenes del móvil y a su rápida popularización; he de decir que la utilidad estaba más que demostrada, no sólo podías estar localizado siempre, algo importante para gente importante, sino que te resolvía apuros (tenías un accidente y llamabas a las emergencias, necesitabas quedar con alguien en mitad de una multitud, o tu padre te tenía que recoger cuando terminara el cine). Es decir, esa localización total y ese permanente estar en contacto con alguien cercano a ti, suponía romper muchas barreras de comunicación actual, ha salvado vidas y ha resuelto problemas de muy diversa índole.

Fue en los inicios de la década de los 90 del pasado siglo cuando comenzamos a ver los primeros móviles circular por las manos de personas con una cierta “importancia”. Eran entonces fabulosos mamotretos, que no invitaban a llevarlos consigo más que lo estrictamente necesario. Yo que conozco algo del paño, era muy típico, por ejemplo, que los alcaldes lo llevaran en su coche para estar siempre localizables, y hablaban con cierta tranquilidad, porque era un fenómeno poco extendido y la Guardia Civil no perseguía estos comportamientos, de momento.

Esa fue la primera revolución, la de la instauración del móvil como una extensión del teléfono fijo, sin más prestaciones. Y en esos inicios nos burlábamos de esa “gente importante” que iba con los móviles por todos lados, hablando en la vía pública, en un ascensor, en la cola de un banco...; no era inhabitual que se asociara la tenencia de este teléfono con los bróker de la Bolsa, y bromeábamos cuando los veíamos, entonando eso de “vendo, vendo, compro, compro”.

Después de la primera revolución, vendrían bajo mi punto de vista la segunda y la tercera. La segunda se generalizó en la década pasada, cuando los móviles que ya habían sido sometidos a una cura de adelgazamiento previa, comenzaron a llevar añadidos que poca relación tenían con el objeto principal de su uso, la comunicación. Así, se les dispuso una camarita que permitía tomar fotos y vídeos, fue toda una locura, alimentada más aún por las redes sociales, puesto que la proliferación de fotos y vídeos fue brutal, podíamos ver fotos de todo y de todos, aquí y allá, aunque la mayor parte de ellas irrelevantes. Sólo salvo al pequeño porcentaje de documentos gráficos que alguien había recogido en el lugar de la noticia: inundaciones, cargas policiales, terremotos, accidentes, escenarios deportivos. Nos convertimos en periodistas anónimos, y difícilmente cualquier acontecimiento con cierto interés mediático queda sin ser reflejado en una instantánea o vídeo. Esto desde el punto de vista de la información inmediata era fabuloso, donde había y hay una noticia es difícil que no encontremos a alguien con móvil en ristre.

La tercera revolución es la que vivimos en la actualidad, el móvil tiene acceso a Internet y todos estamos comunicados con todo y con todos, a todas horas y en cualquier sitio. Para colmo se han postulado en apenas un par de años una serie de aplicaciones que hacen más atractivo el móvil, entre las más populares está “whatssap”, que permite chatear con cualquier contacto en el móvil de forma gratuita (siempre que tengas contratado Internet o tengas acceso wifi). Nuestro teléfono casi se ha convertido en un pequeño ordenador, realmente poco le falta.

En fin, vamos a reconsiderar las múltiples funcionalidades de nuestro móvil, es un teléfono que nos comunica con cualquiera y que va con nosotros, se pueden hacer fotos, vídeos, nos permite grabar música y oírla, escuchar la radio, tiene juegos chulísimos, tiene miles de melodías de llamada, GPS, dispone de Internet..., o sea, el aparato es atractivo a más no poder, es un instrumento que puede enganchar a cualquiera, es un artilugio sumamente adictivo y, de hecho, es lo que está ocurriendo.

Vale, a veces en mi casa casi me pico un poco, pero sinceramente no he sucumbido al poder letal de este cacharro; por contra, veo actitudes en bastante gente que son preocupantes, veo por ejemplo de vez en cuando en el lugar donde desayuno los días laborables a un par de pavos que se pasan todo el rato el uno enfrente del otro pegados al móvil y tecleándolo compulsivamente.

Si hace años nos parecía un poco ridículo ver al bróker de turno hablando a la vista y el oído de todo el mundo, ahora esto es generalizado, todo Dios va hablando por el móvil por la calle, y no lo puedo negar, será que soy un retrógrado pero a mi me parecía y me sigue pareciendo una solemne ridiculez. Ves caminar a alguien y lo escuchas hablar de asuntos particulares que a nadie importa y como no sabes si realmente hay alguien al otro lado, yo algunas veces he pensado que la gente lo hace para sentirse importante y transmitir importancia. El móvil democratiza la importancia. Yo me resisto a hablar en público con el móvil, salvo en contadas excepciones, y menos aún andando y mostrando mis intimidades más o menos reservadas a cualquier viandante.

Pero el colmo de la mala educación lo vemos tan a diario que exaspera, sobre todo en esos lugares donde debiera haber un cierto respeto. En las iglesias, por ejemplo, de vez en cuando suena algún móvil, hay algunas señoras mayores que se han aficionado al chisme y puedo aceptar que se les haya olvidado apagarlo al entrar al templo; pero lo que es de todo punto inaceptable es que el teléfono suena, lo cogen y hablan, he visto gente que se sale fuera, pero es que una vez, lo juro, vi a una mujer que se levantó del banco se fue a un rincón dentro de la iglesia y allí estuvo hablando un rato, hablaba en voz baja pero en el silencio del respetable se podía oír lo que decía, realmente lamentable.

Este tipo de actitudes se repiten con cierta frecuencia, seguro que más de uno que lee esto recuerda a alguien que ha respondido al móvil en un lugar inadecuado y dando el correspondiente cante: reuniones, congresos, en un colegio, en un programa de televisión, en mitad de una conferencia...

Por cierto que hablando en general de telefonía y no estrictamente de la móvil, aunque con esta última el efecto que voy a comentar se magnifica, tenemos la mala costumbre en este país e imagino que en el mundo, que los que trabajamos en la Administración, le damos prioridad a un teléfono por encima de aquel ciudadano que está físicamente delante de ti. Es decir, que a veces tengo en mi mesa a una persona que me viene a preguntar algo, que se ha preocupado de venir desde su casa hasta mi sede y en mitad de la conversación me llama alguien por teléfono, que me pregunta lo mismo que la persona que tengo enfrente, pero paso de ésta y resuelvo todas las dudas del ciudadano anónimo que tranquilamente en su casa ha descolgado el teléfono y se ha puesto en contacto conmigo. La otra se queda con un palmo de narices, aunque lo ve normal, y yo cometo una falta de educación descarada, aunque se ve normal.

No obstante, el fenómeno que más me preocupa en el futuro es el que comentaba antes, la alienación del consumidor compulsivo de telefonía móvil que se aísla durante largos períodos del día para “whatsapear”, “tuitear”, “facebookear” o “tuentiar”, entre otros ejercicios, normalmente carentes de productividad. La peña está embobada con el artilugio y no suelta prenda, viven con él, duermen con él, y lo primero que hacen al despertarse es ver si alguien le ha mandado un mensaje. Esto es cualquier cosa menos una conducta normal, no digo que no sea habitual. Porque seamos sinceros el 95% de los mensajes de “whatssap” son chorradas, y del resto de redes sociales tres cuartas de lo mismo.

Y, por cierto, cuando he señalado unos párrafos más arriba que el móvil democratiza la importancia, en realidad, he querido decir también que el móvil crea la falsa y momentánea sensación de que somos todos iguales, iguales de importantes, de poderosos, de mundanos. Crea esa falsa apariencia de que no hay diferencias sociales, y es que una persona con escasos recursos se puede permitir el lujo de manejar un móvil de última generación, el mismo que usa un joven aristócrata reconvertido en ejecutivo agresivo.

Pero digamos sin ambages que, efectivamente, es sólo una falsa apariencia. El negocio redondo, redondísimo, de las operadoras de telefonía móvil es el de proporcionar el teléfono móvil o celular (como se le llama en Hispanoamérica) a todo el mundo, y con la estrategia de que lo tengamos a un precio bajo, casi ridículo, porque lo sustancial es el contrato o la tarjeta, es decir, enganchar al usuario porque nadie tiene un móvil para no gastar nada. Es más, suele ocurrir que la gente que menos tiene, sacrifica gastos de primera necesidad por tal de estar localizable.

No nos engañemos, el móvil podrá ser todo lo sofisticado que queramos, que te lo regalan por cambiarte de compañía, y no vale ni 300 ni 400 euros, eso es parte del negocio. Para que te regalen un móvil el precio de fabricación en el mercado asiático tiene que ser y es bajísimo, casi grotesco. Estoy convencido de que un móvil normal con pantalla táctil y acceso a Internet, de los que vemos en cada esquina seguro que no vale hacerlo más de 3 o 4 euros. Dicho esto, lo que las operadoras desean con este atractivo caramelo a tu disposición es que te ciegues y consumas: que hables, que descargues, que navegues; en definitiva, que el mínimo gasto que le supuso el regalo de este artefacto del diablo se amortice rápido y en unos días comiences a resultar rentable, y seguro que la mayoría de la gente les resulta rentable.

En resumen, no sucumbo al móvil, vivo libre, puedo ser raro, el que me busca me encuentra en el buen sentido, no me considero importante, y no me pierdo tanto como para que los que me importan no sepan localizarme. No demonizo al móvil porque reconozco su utilidad, pero tampoco lo incubo como mucha gente sí que hace, a sabiendas de que no saldrá un pollo del mismo. No soy importante, no lo quiero ser, esto es lo que hay.

sábado, 1 de junio de 2013

"LES VOY A CONTAR", DE JOSÉ BONO

José Bono nos hace un magnífico repaso a unos años convulsos en el PSOE y en la política española, Ya llevo un tiempo que he desplazado mi querencia en la lectura al género ensayístico por encima de la novela, no he abandonado ésta, pero la otra te permite leer a ratos y puedes dejar el libro aparcado durante unos días para después retomarlo sin perder el hilo.

Así que cayó en mis manos este libro, de forma indirecta como otros muchos, y me dispuse a meterle mano, pues su autor era y es de los que me cae bien, de esos políticos que lo parecen de vocación y que, en contra de lo normal, suele decir cosas coherentes y defiende posturas con moderación aunque con firmeza, pese a que pueda ir en contra de su partido. Esto para mí es muy valioso.

Hay que decir que el mismo Bono señala que no se trata de unas memorias, sino que es claramente un diario, el cual tuvo el acierto por su parte y la fortuna para nosotros, de haber ido anotando, con ayuda de su secretaria, lo que acontecía en cada jornada de su vida política desde 1992 y hasta 2011, a través de su ordenador y valiéndose previamente de apuntes, recuerdos cercanos e incluso un magnetófono, fue reflejando un capítulo relevante de la historia reciente de España, vivido por una persona del estatus de uno de los políticos con más carisma de nuestro país.

La inmediatez con la que pasaba sus datos y el trabajo ímprobo y meticuloso, nos deja un testimonio que hay que entender como veraz, al menos veraz en lo que se muestra. Sí, porque este libro, es sólo la primera parte de las tres entregas que están previstas (relata lo acontecido de 1992 a 1997) habiéndose hecho un ejercicio de síntesis, en el que se muestra sólo el 10%, se sobreentiende que la porción más importante, del conjunto de estos diarios. Y digo veraz, porque se denota en su lectura que Pepe Bono no tiene remilgos a la hora de definir sus relaciones con un montón de personajes públicos, a algunos de los cuales les zurra la badana sin ningún pudor ni compasión, porque de lo contrario no entendería que se generara nuevas enemistades amén de las que hubiera podido granjearse en el ejercicio de su carrera política, donde difícilmente se camina por una línea recta y no se puede estar a buenas con todo el mundo. Sería un esfuerzo gratuito e inútil ponerse a malas de nuevas con determinadas personalidades.

Contrasta este libro con el que leí no hace mucho de Miguel A. Revilla y que también tuvo reseña en este blog. En una visión más mesurada en el tiempo y tras ver el periplo semanal de este cántabro por diversos medios de comunicación, puedo entender que se atreva a ofrecer opiniones sobre cualquier aspecto de nuestra realidad nacional, a sabiendas de que no gobernará nunca y acertadas o no, nunca podrá ponerlo en práctica. José Bono, sin embargo, tiene ese aspecto peculiar y carismático que comparte con Revilla, aunque con la sustancial diferencia que este ha gobernado muchos años. Ha sido y es uno de los barones del PSOE, ha vencido en seis elecciones autonómicas consecutivas en Castilla-La Mancha y por mayoría absoluta (todo un récord), demostrando que lo han votado por ser quien es y no por ideologías, de hecho fue irse él y ganar el PP en su comunidad. A partir de 2004 fue Ministro de Defensa y, aunque quizá tuvo oportunidad de serlo nunca quiso ser candidato a la presidencia del Gobierno. Este tarjeta de presentación avala a un hombre que realmente mandó y mucho, estuvo presente en momentos fundamentales de la transición y en este particularmente período que ocupa este primer libro de extracto de sus diarios, de 1992 a 1997, se muestran luchas intestinas, crisis económica, corrupción, ambiciones de poder y una ajetreadísima vida política plena de viajes, recepciones, visitas, reuniones...

Rezuman sus páginas una singular afección hacia la Iglesia Católica, no es una noticia, pues es bien sabido que Bono es uno de esos políticos, pocos en la derecha y menos en la izquierda que es católico practicante. Por eso siente veneración y especial afecto por los religiosos de corazón, teniendo buenos amigos en los estamentos eclesiásticos; especial es su relación con el cardenal don Marcelo González, arzobispo de Toledo; criticando abiertamente a esos otros que no considera dignos de la profesión divina, entre los que se encuentran algunos obispos que califica de mediocres. Igualmente es digna de elogio su defensa de las religiosas de clausura en sus conventos, que abundan en tierras manchegas, dicho esto por un socialista tiene más impacto social si cabe.

Ya digo que Bono no se corta ni un pelo y no deja títere con cabeza, a quien tiene que decirle algo se lo dice, y las opiniones que tiene sobre las personas que a nivel político e institucional se han relacionado con él se ejercen con libertad y con todo lujo de detalles y ejemplos. Sobrevuela en el libro una relación bastante cordial con Felipe González y más distanciada y casi opuesta con Alfonso Guerra. Tan opuesta que pudiéramos calificarla, al menos yo, de convulsa; de todos es conocido que hubo esas dos corrientes socialistas, siendo sus enfrentamientos más enconados que lo que la opinión pública pudiera llegar a conocer. Esa disensión Guerra – Bono, se mantiene a tenor de las palabras que el primero de ellos vertió en el programa de éxito “El hormiguero” esta misma semana, pues señalaba, entre otras sutilezas, que no perdería el tiempo en leer estos diarios de Bono.

Es especialmente crítico con las autonomías, y eso que el fue presidente de una de ellas, pero la deriva que tomaron tras su puesta en marcha ha desembocado en lo que hoy son, diecisiete microgobiernos con estructuras muy complejas. Él propugna que debieran ser gobiernos con competencias limitadas y con parlamentos que sólo actuaran en su calendario de sesiones unos pocos meses al año; pero al final todas engordaron y eso ha traído el tan manido “déficit de las comunidades autónomas.”

Entresaco de los múltiples detalles del libro, algunos que por curiosidad me han llamado la atención; numerosas referencias hace Bono a los entresijos de la política, a las cañerías institucionales, y se percibe como se mueven los hilos y se impulsa o se frena a gente. A mí siempre me ha parecido que la política de rodillo de los dos grandes partidos es inhumana e insensible, no miran territorios y sí intereses de partido. Por eso se explica que en la provincia de Jaén se utilice el puesto número uno de las listas al Congreso de los Diputados tanto del PP como del PSOE para meter con calzador a personas que no saben nada de esta tierra y muy probablemente ni la han pisado jamás. Para muestra un botón, cuando el tándem de jueces Baltasar Garzón y Ventura Pérez Mariño fueron abducidos por el PSOE para aprovechar su tirón mediático y ganar las Generales de 1993 (en lo que al poco tiempo se convirtió en una relación explosiva, pues ambos salieron por piernas), pues en el libro se indica como Felipe le daba elegir provincia a Ventura, textualmente: “Te meteré por Burgos, por Zaragoza o por Soria”, al final lo sería por Lugo como number one.

También en 1993, José Bono nos muestra en un pasaje sus fundamentales razones para no haber dado el salto a las más altas instancias de la política nacional (lo haría a última hora, a partir de 2004 como ministro de Defensa y posterior presidente del Congreso): “La jungla nacional es muy poco recomendable para introducirse en ella y encontrar la felicidad personal (…). En el terreno de la política nacional se produce una concentración muy elevada de neuróticos y frustrados y eso hace que podamos convertir en una ciénaga lo que debería ser más limpio y transparente.”

Por último, hace referencia también a los críticos momentos que se vivieron en Linares en 1995 cuando comienza a desmantelarse la factoría Santana que tenía la participación mayoritaria de la firma japonesa Suzuki. Recuerdo como todo mi pueblo, toda la comarca se echó a la calle; mi padre fue santanero y yo estuve al pie del cañón. Pero estaba claro que los nipones se querían ir por claras razones, aquello no era rentable, como al final se dedujo. Resulta que en Manzanares había una planta de Santana, y Bono viajó a Japón para entrevistarse con Saito, el Director General de la empresa, una vez que la planta linarense ya se ha vendido a la Junta de Andalucía, las palabras del manchego no pueden ser más elocuentes: “Cuando tienen beneficios no los comparten con el Estado y cuando pierden vienen a que el Estado les ayude. Además, después de decirme que la operación de Andalucía saldrá mal no tengo la más mínima duda”. Este no se equivocó, en Andalucía había más trabajadores y tal vez la Junta lo hizo con un criterio social más que mercantil o económico, a la vista está que Santana fue muriendo poco a poco, se gastó allí mucho dinero público y hoy en día da una triste sensación, lo que es uno de los parques industriales más grandes de Andalucía parece una ciudad fantasma.

Y esta es mi particular visión de este primer libro de diarios de José Bono, es posible que lea las dos entregas siguientes, sinceramente prometen porque son más cercanas en el tiempo y todos tenemos recuerdos más vivos en ese sentido, y puede resultar sumamente esclarecedor cómo lo vivió este señor. Por cierto que también en “El hormiguero” Bono comentó también hace unas semanas que este país necesita que los dos grandes partidos estén unidos en las cuestiones vitales de la política nacional, yo comparto esa opinión y la he reflejado en alguna ocasión en este blog, pero eso es como unir el agua con el aceite, nunca ocurrirá para nuestro fastidio, el de las clases medias me refiero.