viernes, 25 de julio de 2014

HIJO DE SANTANERO Y A MUCHA HONRA

Pues ese hombre vestido con mono de obrero es mi padre, recibiendo de manos del señor Giménez-Cassina (Director General de Metalúrgica Santana) el reconocimiento como «Obrero ejemplar»; corría el año 1969, yo apenas era un bebé y con aquella especie de galardón, le premiaron con un reloj con el escudo de Santana, que llevó puesto en su muñeca durante muchos años y un dinerito extra para comprar algunas cosillas para casa.

Era aquel Linares de los años 70 y 80 del siglo pasado, que yo viví intensamente, una ciudad bulliciosa donde en torno a tres mil trabajadores acudían diariamente a la factoría que fabricaba aquellos míticos vehículos Land Rover.

Una ciudad que era, sin duda, cosmopolita a su manera, aquel monstruo industrial absorbió mano de obra durante muchos años y necesitó obreros cualificados y no cualificados que vinieron principalmente de toda la provincia de Jaén, pero también de toda Andalucía e incluso del resto de España.

Sin ir más lejos nuestra familia vivía (y siguen viviendo mis padres) en un barrio obrero, donde el 95% de los hombres trabajaban en Santana, y había de muchos puntos, de Torredelcampo, Alcalá la Real, Villanueva de la Reina, Alcaudete, pero también los había de la provincia de Almería, de Fuenteobejuna (Córdoba), de Sevilla capital, uno de los mejores compañeros de mi padre era de Manzanares (Ciudad Real) y mis padres que eran de Begíjar. En fin, son los sitios que he recordado así a bote pronto, pero como digo había de muchos sitios. Esto tal vez hacía que Linares fuera una ciudad atípica, con ese conglomerado de culturas y tradiciones, de costumbres rurales, pues muchos procedían del medio rural, y todos creo que racionales habitantes de una ciudad que les estaba dando su sustento y a la que habían de defender. Era y es difícil encontrar en Linares a un linarense de pura cepa, es decir, con sus ocho apellidos linarenses.

Todavía recuerdo que los sonidos de la sirena, que apenas estaba a quinientos metros de mi casa, y a esa llamada, centenares de operarios que entraban o salían, andando o en coche, generando unos embotellamientos puntuales y unas manifestaciones multicolores, que aquello parecía más un llamamiento a ir a un partido de fútbol monumental o a un concierto de música excelso.

En estos días vacacionales, me encontré en la playa a un antiguo trabajador, a uno de los miles de santaneros que forjaron sus vidas a golpe de herramienta, y recordábamos casi al alimón, aquellos años de bonanza, de prosperidad, de bienestar general de un pueblo y de una comarca, años en los que no paraban de salir camiones tráiler con vehículos Land Rover a sus lomos, destinados a toda España, pero también a muchos países europeos y africanos; de hecho, mi padre era capaz de sobresaltarnos cuando veía algún coche autóctono en algún documental o película que sabía a ciencia cierta que había sido fabricado apenas a unos metros de nuestra casa, y quién sabe si alguna vez fue tocado por sus manos. Fueron años en los que ahora uno sabe que las cosas iban bien, aunque yo lo viera entonces como lo más normal del mundo, teníamos un economato que era una envidia, traspasaba las fronteras de la propia empresa, a los niños nos daban regalos para Navidad, los obreros también recibían algunos regalitos navideños, había un periódico, Santana patrocinaba un sinfín de actividades, y sobre todo y lo más importante, había trabajo, mucho trabajo y el que quería podía trabajar casi el tiempo que quisiera.

Mi padre recuerda aquellos años también con esa añoranza, en los que efectivamente me confirma que había meses en los que cobraba más por horas extras que por la jornada normal. Mi padre comenzó a trabajar en 1959, permaneciendo allí unos treinta años hasta su jubilación. Me cuenta que siempre fue un currante, realmente lo fue, y que tal vez su tozudez física le impidió ascender en otros campos y departamentos en los que hubiera tenido un mejor salario y menos cansancio acumulado. Estuvo muchos años siendo probador de vehículos, incluso una vez tuvo un accidente por un fallo mecánico, sin consecuencias afortunadamente, y en su última época estaba en control de calidad, convirtiéndose en un cliente exigente que había de poner fallos a lo que viera mal y según dice, lo hacía con absoluto celo lo que no parecía gustar a sus superiores. Esta época ya coincidía con la presencia de Suzuki, de infausto recuerdo, aunque me referiré después a eso.

Para la historia de la familia queda el hecho de que gracias a su pericia en la conducción, mi padre siempre comentó que fue el chófer del entonces príncipe D. Juan Carlos con ocasión de una visita a Santana. Aquello siempre nos pareció su particular leyenda urbana, sobre todo porque no hay foto ni recorte de periódico; pero se lo pregunté recientemente y me aseveró que era cierto, así que no veo por qué mi padre iba a inventarse a esto, así que fue verdad.

Es cierto que yo siempre lo vi trabajar mucho, enamorado de su trabajo, de esos trabajadores que están en el tajo veinte minutos antes de que hubiera que engancharse; sólo una vez recuerdo que estuviera de baja, tuvo un dolor de lumbago y aquello fue un acontecimiento familiar, pues estuvo en cama tres o cuatro días y resultaba atípico y excepcional acudir a su dormitorio a cualquier hora porque allí permanecía escuchando la radio y allí que nos metíamos por aquella inexplicable atracción que tenía la cama de nuestros padres.

El tal Giménez-Cassina al que hacía alusión al principio fue el aventurero empresario, que junto con otro visionario, Antonio Sáenz, invirtieron unos tres millones de pesetas para adquirir unos terrenos, que fueron los que dieron el nombre a la empresa, Metalúrgica Santa Ana, pues así se llamaba la finca donde se situó la factoría, era el año 1956. Lo que tal vez no sepa la gente es que no comenzó haciendo Land Rover desde su inicio, sino que era una empresa destinada a la fabricación de maquinaria agrícola.

Fueron las dimensiones del monstruo que allí se montó lo que permitió abrir el negocio, primero fabricando cajas de cambio para Citroën España, en 1958, y en 1959 con el acuerdo con la firma británica Land Rover, coincidiendo con la entrada de mi padre en la empresa, que estuvo funcionando fantásticamente durante un cuarto de siglo.

En los años 80, y viendo que Land Rover se dormía un poco en los laureles ante la cada vez más potente presencia de marcas procedentes del mercado asiático, fundamentalmente de Japón y Corea del Sur, se propició un acuerdo estratégico con Suzuki, que duró hasta mediados de los 90. Y todo fue razonablemente bien hasta que los nipones no pudieron soportar más el mantenimiento de una producción que no era rentable o que lo era menos que disponer del mismo poder productivo pero pagando salarios notablemente inferiores a los españoles, como los eran en los incipientes países de la Europa del Este que comenzaban a despertar de su parálisis comunista. Para entonces, en 1991, los de Suzuki ya habían echado a andar una planta en Hungría, que aún sigue funcionando.

Mucho se luchó por mantener ese maná, la ciudad se volcó por entero, y hasta la comarca, como jamás se había visto, hasta hubo una huelga general en la misma, y recuerdo alguna manifestación donde no faltó nadie, fue un grito último, el último aliento de lo que era irreversible.

La Junta de Andalucía tomó el mando de las operaciones, y no seré yo quien juzgue negativamente la gestión realizada, más allá de buscar un mercado y actividades alternativas para la planta, sinceramente fue una manera de no destrozar a Linares, sino que la muerte de la factoría fuera paulatina, casi paralela al envejecimiento de sus trabajadores, que no hubiera brusquedades ni una revolución social en una ciudad que vivió gracias a Santana.

Los humanos somos muy malos y poco corporativos en los trabajos físicos, donde se suele criticar bastante al igual. Mucho se especuló con las causas del derrumbamiento de Santana, que fueron las que fueron y ahí las he resumido, pero también se habló con poca elegancia de que había muchos santaneros que no daban el callo. Niego rotundamente la mayor, como en cualquier trabajo y empresa hay trabajadores muy buenos, buenos, normales, regulares, malos y muy malos, y de verdad, no creo que los pocos o muy pocos garbanzos negros fueran la palanca que desmoronó aquella gallina de los huevos de oro.

Aunque mi padre no estudió ninguna carrera ni era un mando superior ni intermedio, el hecho de haber sido un operario cualificado le permitió hacer algunos viajes inolvidables para nosotros, por lo que contaba, estuvo en un par de ocasiones en Casablanca (Marruecos), donde Santana tenía una pequeña planta de producción (también tenía sus estrategias), o sus escalas en Vigo, donde iba a realizar pruebas en la factoría de Citroën, de hecho, durante mucho tiempo, mis hermanos y yo lo vimos en un Citroën GS rojo, que le servía de banco de pruebas para las cajas de cambio; recuerdo que alguna vez de camino al colegio me pilló lloviendo, me vio por la calle, y me montó en su «coche rojo», ¡qué orgullo!

El Linares actual da un poco de pena, efecto de la crisis y efecto también de aquel proyecto industrial que agonizó y murió definitivamente hace unos años. Como en muchas localidades de nuestra depauperada Andalucía, los paseos y las plazas se llenan de jubilados y de parados de eterna duración, que fueron en su momento los importantes engranajes de una maquinaria potentísima.

En fin, valga esta humilde reseña como homenaje a aquellos trabajadores que dieron lo mejor de cada uno para construir sus familias y engrandecer la ciudad que los acogió.

sábado, 19 de julio de 2014

"MIRAR UN CUADRO", CUANDO LA TELEVISIÓN ERA CULTURA

La cueva de Covadonga, de Pérez Villaamil, cuadro sito
en el Museo de Bellas Artes de Asturias
No sé a cuento de qué vino, pero el caso es que comentaba hace unas semanas con mi buen amigo Miguel Ángel Angosto, erudito multidisciplinar donde los haya, lo subjetivo que era el interpretar un cuadro. Tantas facetas diferentes y todas válidas, algunas expresadas por el artista y otras, sin quererlo, inferidas propiamente tras el paso del tiempo.

La pintura no es, tal vez, lo mismo que la poesía, en esta el autor ha querido decir algo, se puede interpretar más allá pero hay una raíz concreta, apartarse de ella es posible pero da, en cierto modo, la espalda al objeto preciso de un sentir personal; la pintura, sin embargo, ofrece más lecturas.

Y dicho esto, ambos coincidimos en que hubo un programa de TVE que para la gente de nuestra época, supuso un antes y un después a la hora de enfrentarse a un trabajo pictórico, se trata de aquel mítico espacio que llevaba por título «Mirar un cuadro».

Comenzó a emitirse en 1982 y hasta 1984 en su primera temporada y luego en una segunda entre los meses de febrero y octubre de 1988. No tenía una duración determinada, aunque siempre oscilaba entre los veinte y treinta minutos.

No me fue difícil indagar en la Red y dar con el programa, es más, TVE tiene en su web un espacio dedicado a antiguos programas y series denominado «A la carta», en el que están colgadas 107 de las 109 entregas que realizó de este proyecto.

La principal característica del programa es que se basaba en la opinión, diferentes personas realizaban su interpretación del cuadro. Pero la virtud esencial del programa estribaba en que lo hacían tanto eruditos como personas anónimas. La gente de a pie se situaba enfrente del cuadro y señalaba lo que le inspiraba. Por otro lado, en otro lugar, no necesariamente en el museo, uno o dos expertos vertían la interpretación, digamos oficial, del cuadro.

Con ambos elementos en las manos y la mente, el televidente recibía una información completa del cuadro, una magnífica, la del erudito, pero también una no menos buena que, de algún modo, se asemejaba a la que él mismo podría tener, una opinión menos experta, más de andar por casa si se quiere, pero por la que uno sentía una cierta cercanía.

No era infrecuente que entre esos aficionados a la pintura intervinieran personas extranjeras que le daban un punto de calidad y universalidad al programa, y que también reforzaba el enfoque multicolor con el que se concebía este «Mirar un cuadro».

El programa tenía otro objetivo no desdeñable y era el fomento de los museos, primordialmente el Museo del Prado, pues en la primera temporada creo que todos los programas se hacían allí. Fue en la segunda temporada cuando se extendió la perspectiva a otros museos españoles, en los que se mostraba, con toda probabilidad, el cuadro estrella; en la imagen que inicia esta reseña tenemos precisamente «La cueva de Covadonga» de Pérez Villaamil, sito en el Museo de Bellas Artes de Asturias, que se analizó en el programa.

Obviamente aquel recuerdo que hacía con Miguel Ángel Angosto era también una reflexión, la de una televisión pública, la única, que dedicaba muchos espacios a la cultura, de hecho, su 2ª cadena (como la gente de antaño la recordamos) era un canal alternativo y de divulgación. No me parece que fuera una propuesta exenta de calidad, aunque aquella televisión pública tuviera sus errores, lo cierto es que no tenían cabida los programas basura y vacíos que nos martillean en muchos canales. Porque, no lo olvidemos, cambiamos una televisión con dos botones razonablemente buena, por un mando a distancia con decenas de propuestas a cual más pobre.

Este programa era el ejemplo fidedigno de una televisión cultural, una televisión que pretendía educar, en la medida de lo posible, desde esa caja que hace treinta años ya se revelaba como una caja insensible, «la caja tonta», que prácticamente era siempre unidireccional, soltaba y soltaba, sin que el televidente apenas recibiera estímulo o cualquier información que le ayudara a crecer como persona. Al menos programas como este contribuían a que esta concepción se rompiera de vez en cuando.

Ha caído demasiado en el olvido en el programa y jamás se ha repuesto, ni tampoco se ha planteado TVE hacer nuevas entregas, lo que no estaría nada mal, y repito, cada vez que me asomo a un museo y veo un cuadro trato de leer algo más que lo que me ofrece un primer vistazo.

Por otro lado, después de haber visionado algunos programas he verificado que es una estupenda herramienta pedagógica, están los cuadros más importantes que tenemos en España, y por supuesto, en el Museo del Prado, nuestra más importante pinacoteca; de manera que puede resultar tremendamente útil para niños y jóvenes que tengan que hacer algún trabajo para la escuela o el instituto, es un apoyo magnífico.

En fin, que a buen seguro que la gente de mi generación ha visto alguna vez este mítico programa y le traerá buenos recuerdos, aunque sólo fuera porque no había más canales donde elegir y nuestro tiempo libre también pasaba, como ahora, por consumir televisión.

sábado, 12 de julio de 2014

"EL VIENTO DE LA LUNA", DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Muchas anécdotas y situaciones curiosas me ha generado el hecho de crear este blog y mantenerlo regularmente cada semana con un articulillo nuevo, que no es ni más ni menos que el reflejo de lo que voy haciendo en mi tiempo libre; a este respecto, el sentido de bitácora que tiene un blog, cobra en este su significado más exacto.

Pues ocurrió que un domingo de hace unos tres o cuatro meses una buena vecina que, en su momento, me confesó que era asidua a este mi blog, llamó a mi casa y me ofreció dos libros de Muñoz Molina, al hilo de la opinión que yo había mostrado acerca de un reciente y mordaz ensayo de este autor titulado «Todo lo que era sólido».

Como reza el refrán, que yo he escuchado a los más viejos «El que tiene un buen vecino tiene un buen matino», o algo parecido, para dar a entender que tener un buen vecino es realmente un tesoro, tengo la suerte de mantener buenas relaciones de vecindad con bastantes personas que viven en mi alrededor, en especial las relaciones las mantiene mi esposa, que pasa más tiempo en el hogar, pero no rehuyo el contacto con mis vecinos, aunque mi carácter algo frío me hace estar algunas veces distante.

Pues eso, mi vecina Trini, a la que tengo por amiga, me ofreció este «El viento de la Luna» y «El jinete polaco», y todo ello venía porque, de algún modo, en mi crítica de «Todo lo que era sólido», me inclinaba a pensar que Muñoz Molina se desempeñaba mejor en el ensayo, en el artículo periodístico, en el relato costumbrista, y yo lo veía perdiendo enteros en la novela pura, donde en mi opinión bajaba su caché. Esto es notablemente pretencioso por mi parte, tratándose del prestigioso Antonio Muñoz Molina, todo un Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Ya le dije a Trini que, en su momento, leí «El jinete polaco», pero que el otro no, y ella precisamente me recomendaba fervientemente este que traigo ahora aquí, pues le remontaba a su Torreperogil natal, localidad cercana y con un fuerte influjo de la Úbeda comercial y bulliciosa, como lo han sido y lo siguen siendo un montón de pueblos de la parte oriental de la provincia de Jaén. A ella le recordaba el libro tantas vivencias en esa Úbeda de Muñoz Molina (en el libro denominada Mágina), si no de finales de los 60, en donde se recrea la acción, sí de los 70.

Nada dista ese escenario y sobre todo la parte costumbrista con el que los habitantes de la provincia de Jaén, somos capaces de identificar e identificarnos. Los recuerdos de nuestros antepasados que trabajaban en el campo de sol a sol, comunidades rurales donde la percepción de los adelantos se apreciaba tan lenta como las glaciaciones. También yo he vivido, de algún modo, ese influjo ubetense, mis padres ambos nacidos en Begíjar, han tenido esa tendencia casi respetuosa, de afirmación de sus raíces al ir a comprar a Úbeda, aunque viviéramos en Linares. De revivir de vez en vez, esas entradas a Los Biedma, donde los dependientes y especialmente los dueños, te recibían a voces, de una manera rayana en la impertinencia, contraria de todo punto a los cánones del comercio, fueron unos adelantados a los chinos; también de nuestras visitas a la zapatería El Rayo, o al Métrico; paseos apresurados con esa figura siniestra de la estatua del General Saro divisando la plaza que lleva su nombre, que como recuerda Muñoz Molina estaba agujereada por disparos de bala, y lo era a mi parecer, siniestra precisamente por el recuerdo de lo que pudo ocurrir en el pasado. Una Úbeda, en definitiva, histórica y señorial, donde sus gentes también lo parecían y lo parecen, más educadas que en otros lugares, y una Úbeda siempre gélida en invierno que en sus paseos parece realmente una ciudad más castellana que andaluza.

Pues no se trata de una novela, sinceramente no lo es, apenas pasa nada, no existe trama novelesca y sí relatos vivenciales del escritor, recuerdos de su infancia y de su juventud, que a buen seguro son absolutamente reales, desconozco si por él mismo o por experiencias cercanas a él. Ahí está la esencia de esta especie de ensayo novelesco que reseña un ciclo vital del personaje del propio Antonio Muñoz Molina en su adolescencia, mostrado en paralelo con la llegada del hombre a la Luna en 1969. El cómo el protagonista vive las estrecheces de una existencia sin grandes alardes, donde se ve integrado en un mundo del que quiere desafectarse sin maldad, por ese impulso personal hacia el conocimiento que le permitirá abrirse camino en el mundo. Algo que vivió realmente, pues Antonio es un hombre de mundo que voló desde muy joven; acostumbra a tocar todo tipo de asuntos, incluidos los científicos, en su colaboración mensual en la revista «Muy Interesante», de la que soy un abnegado seguidor.

Por esas vivencias pasan también sus inclinaciones sexuales de adolescente, su educación y el influjo de haber pertenecido a una escuela regida por una congregación religiosa, los recuerdos del pasado reciente que aún no ha olvidado la Guerra Civil (estamos hablando de finales de los años 60), de cómo una ciudad va poco a poco enchufándose a la modernidad. Particularmente me emociona rememorar los tiempos de la aceituna, el vocabulario propio de esta faena tan arraigada en la provincia de Jaén, y donde claramente me he sentido identificado.

No pasa nada, pero realmente pasan muchas cosas, en el universo vecinal tan anónimo y a la par tan cargado de vida, se suceden personajes que nunca pasarán a la historia, que no fueron nada ni nadie, pero que para el autor supusieron pequeñas tramas que esculpirían su acerbo personal.

Es un libro ameno de leer, excesivamente rimbombante en algunos pasajes, donde Muñoz Molina se recrea con su pluma elocuente, pero que a veces sobra por repetitivo.

Queda dicha que me ha gustado, aunque en el apartado de lo menos bueno, el final del libro se queda un poco liviano, la fusión entre la realidad de Mágina y los avatares de los primeros hombres que pisaron la Luna no termina de llegar a un punto común. Y en lo que respecta a la faceta vital del protagonista, también se pierde un poco el hilo al final, con unos saltos en el tiempo que despistan un poco. En todo caso, el fin es bueno, y el relato es emotivo, el de un escenario que jamás se volverá a repetir en nuestras vidas, por fortuna en lo malo, y que quedará en nuestras neuronas para siempre.

sábado, 5 de julio de 2014

"IF..." DE LINDSAY ANDERSON

Si «La naranja mecánica» fue una película irreverente aparte de otros muchos calificativos, esta «If...» lo es en grado sumo, tal vez sea el principal. Ciertas similitudes incidentales existen entre una película y otra, ese grado de irreverencia, el punto de violencia, la época de rodaje y en la que se sitúa la acción, los lugares (en Inglaterra) donde se desarrolla y un excelso Malcolm McDowell protagonista de ambas cintas que con su cara de niño malcriado inunda la escena en la que se halla.

Pero amén de eso las películas son diametralmente opuestas, esta «If...» es ante todo una desconocida para el gran público, mientras que la otra es un referente para los cinéfilos y parada obligada para todo aquel que quiera conocer la historia del cine universal, y apenas tres años separan a una de otra.

Su director Lindsay Anderson se aventura en un proyecto transgresor mirado desde la distancia, sobre todo porque incide en el sistema educativo británico en una época concreta, finales de los 60, en la que mundialmente se consideraba a los internados británicos como un modelo formativo y educacional al que acudían los hijos de los burgueses y aquellos adinerados que vivían en las colonias británicas y que deseaban para los suyos una educación ortodoxa y recta. Anderson le pega una puñalada trapera a esta estructura, llevándose por delante a las instituciones, al Estado y hasta a la Iglesia (me inclino a pensar que es católica y no anglicana, aunque no lo tengo claro).

La transgresión de la película se refleja, aparte de su temática, también en su forma de discurrir, algunos detalles nos ofrecen ese panorama, la alternancia de escenas en blanco y negro y color, el que no se reconoce el hilo argumental hasta más allá de su ecuador, el balanceo entre lo trágico y lo cómico y algunas escenas surrealistas que pueden desconcertar si no se las examina con suficiente perspectiva.

Un sistema jerárquico al más puro estilo militar ensalza a los veteranos y humilla a los más jóvenes, ello se adereza con el reiterado ensimismamiento de los que tienen que mandar, constantemente mirando su ombligo y desinteresados en la educación de las personas más allá de la educación en las aulas; eso generará distorsiones en todos los estudiantes; algo que se refleja en el día a día, las novatadas o los tratos humillantes que los que tienen que vigilar eluden, esto ha ocurrido y seguirá ocurriendo por los siglos de los siglos.

Como siempre también, los más malos, no sé si por esa justicia automática, ¿divina?, que a veces deseamos que haya en el mundo, pues son los que más se divierten, pero son también los más damnificados y llevarán hasta sus últimas consecuencias su irreverencia.

Son niños bien, no lo olvidemos, son chicos que por sus antecedentes familiares han gozado de una educación privilegiada y cuentan, tal vez por dejadez de la familia que prefiere recluirlos y olvidar, con una economía holgada para caprichos de todo tipo; esa medida de los ricos ha hecho no pocas veces que les salga el tiro por la culata.

Este internado de pago es de los caros, eso se percibe no sólo en la elegante indumentaria, excesiva, de los estudiantes, sino en las habitaciones individuales o los espacios de estudio; penurias pasan pocas, más allá de la rancia disciplina, esa jerarquía cruel y ciega que desalentará a algunos.

Por cierto que los críticos de la película no se han puesto de acuerdo del todo en explicar la alternancia de escenas en color y blanco y negro. Yo al principio traté de buscarle su sentido, sinceramente creo que es intencionado, aunque no he alcanzado a descubrir la intención, tal vez debería verla más veces. La explicación oficial no puede ser más simple, el presupuesto de la película era muy ajustado y se decidió rodar parte de la misma en blanco y negro para ahorrar costes.

La película hace críticas directas al sistema, pero también hace guiños a otros asuntos que el director no quiere dejar pasar por alto aunque sean de pasada: el sexo, la homosexualidad, los pequeños vicios juveniles (alcohol y tabaco), los movimientos revolucionarios de América Latina, la guerra de Vietnam, el África negra, la anarquía... Ah, y un pequeño guiño a España, este sin ninguna intención, en una de las secuencias más gamberras, aparece en toda su inmensidad una preciosa motocicleta Ossa que a buen seguro era el sueño de los jóvenes de aquella época.

En cuanto a las escenas surrealistas, algunas son difíciles de encajar en la película por poco creíbles y otras, bien traídas, desmontan la tensión que la película tiene, dándole un toque cómico. Especialmente soberbia es aquella del reverendo del internado que después de que alguno le gaste una broma pesadísima, es capaz de perdonar saliendo desde su refugio ¡de un cajón!, ubicado en la habitación del rector donde permanece postrado.

Y para rematar la cinta, un soniquete envolvente que emociona en los momentos más recalcitrantes, una bellísima y desconocida música hasta ahora para mí, el Sanctus de la Missa Luba, una versión de la Misa latina basada en canciones tradicionales congoleñas y cantada por niños y adolescentes de dicha nacionalidad, sencillamente espectacular.

Por último, esta película de 1968, menudo año, con ese aire retro y esos peinados infames de los niños y los más jóvenes, y esas patillacas interminables de los no tan jóvenes, permite dar luz a una realidad que, tal vez, hasta ese momento estaba distorsionada.

En fin, una película absolutamente recomendable que entretiene sobremanera y que, por supuesto, tiene varias interpretaciones, sin dejar a nadie indiferente.