sábado, 19 de julio de 2014

"MIRAR UN CUADRO", CUANDO LA TELEVISIÓN ERA CULTURA

La cueva de Covadonga, de Pérez Villaamil, cuadro sito
en el Museo de Bellas Artes de Asturias
No sé a cuento de qué vino, pero el caso es que comentaba hace unas semanas con mi buen amigo Miguel Ángel Angosto, erudito multidisciplinar donde los haya, lo subjetivo que era el interpretar un cuadro. Tantas facetas diferentes y todas válidas, algunas expresadas por el artista y otras, sin quererlo, inferidas propiamente tras el paso del tiempo.

La pintura no es, tal vez, lo mismo que la poesía, en esta el autor ha querido decir algo, se puede interpretar más allá pero hay una raíz concreta, apartarse de ella es posible pero da, en cierto modo, la espalda al objeto preciso de un sentir personal; la pintura, sin embargo, ofrece más lecturas.

Y dicho esto, ambos coincidimos en que hubo un programa de TVE que para la gente de nuestra época, supuso un antes y un después a la hora de enfrentarse a un trabajo pictórico, se trata de aquel mítico espacio que llevaba por título «Mirar un cuadro».

Comenzó a emitirse en 1982 y hasta 1984 en su primera temporada y luego en una segunda entre los meses de febrero y octubre de 1988. No tenía una duración determinada, aunque siempre oscilaba entre los veinte y treinta minutos.

No me fue difícil indagar en la Red y dar con el programa, es más, TVE tiene en su web un espacio dedicado a antiguos programas y series denominado «A la carta», en el que están colgadas 107 de las 109 entregas que realizó de este proyecto.

La principal característica del programa es que se basaba en la opinión, diferentes personas realizaban su interpretación del cuadro. Pero la virtud esencial del programa estribaba en que lo hacían tanto eruditos como personas anónimas. La gente de a pie se situaba enfrente del cuadro y señalaba lo que le inspiraba. Por otro lado, en otro lugar, no necesariamente en el museo, uno o dos expertos vertían la interpretación, digamos oficial, del cuadro.

Con ambos elementos en las manos y la mente, el televidente recibía una información completa del cuadro, una magnífica, la del erudito, pero también una no menos buena que, de algún modo, se asemejaba a la que él mismo podría tener, una opinión menos experta, más de andar por casa si se quiere, pero por la que uno sentía una cierta cercanía.

No era infrecuente que entre esos aficionados a la pintura intervinieran personas extranjeras que le daban un punto de calidad y universalidad al programa, y que también reforzaba el enfoque multicolor con el que se concebía este «Mirar un cuadro».

El programa tenía otro objetivo no desdeñable y era el fomento de los museos, primordialmente el Museo del Prado, pues en la primera temporada creo que todos los programas se hacían allí. Fue en la segunda temporada cuando se extendió la perspectiva a otros museos españoles, en los que se mostraba, con toda probabilidad, el cuadro estrella; en la imagen que inicia esta reseña tenemos precisamente «La cueva de Covadonga» de Pérez Villaamil, sito en el Museo de Bellas Artes de Asturias, que se analizó en el programa.

Obviamente aquel recuerdo que hacía con Miguel Ángel Angosto era también una reflexión, la de una televisión pública, la única, que dedicaba muchos espacios a la cultura, de hecho, su 2ª cadena (como la gente de antaño la recordamos) era un canal alternativo y de divulgación. No me parece que fuera una propuesta exenta de calidad, aunque aquella televisión pública tuviera sus errores, lo cierto es que no tenían cabida los programas basura y vacíos que nos martillean en muchos canales. Porque, no lo olvidemos, cambiamos una televisión con dos botones razonablemente buena, por un mando a distancia con decenas de propuestas a cual más pobre.

Este programa era el ejemplo fidedigno de una televisión cultural, una televisión que pretendía educar, en la medida de lo posible, desde esa caja que hace treinta años ya se revelaba como una caja insensible, «la caja tonta», que prácticamente era siempre unidireccional, soltaba y soltaba, sin que el televidente apenas recibiera estímulo o cualquier información que le ayudara a crecer como persona. Al menos programas como este contribuían a que esta concepción se rompiera de vez en cuando.

Ha caído demasiado en el olvido en el programa y jamás se ha repuesto, ni tampoco se ha planteado TVE hacer nuevas entregas, lo que no estaría nada mal, y repito, cada vez que me asomo a un museo y veo un cuadro trato de leer algo más que lo que me ofrece un primer vistazo.

Por otro lado, después de haber visionado algunos programas he verificado que es una estupenda herramienta pedagógica, están los cuadros más importantes que tenemos en España, y por supuesto, en el Museo del Prado, nuestra más importante pinacoteca; de manera que puede resultar tremendamente útil para niños y jóvenes que tengan que hacer algún trabajo para la escuela o el instituto, es un apoyo magnífico.

En fin, que a buen seguro que la gente de mi generación ha visto alguna vez este mítico programa y le traerá buenos recuerdos, aunque sólo fuera porque no había más canales donde elegir y nuestro tiempo libre también pasaba, como ahora, por consumir televisión.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Conoce alguien el autor y título de la pieza instrumental que sirve de sintonía al programa Cómo mirar un cuadro? Gracias.