sábado, 30 de enero de 2010

FILATELIA, UNA PASIÓN PARA MINORÍAS

La afición por coleccionar, otra de mis grandes pasiones, pero no ese afán compulsivo de almacenar objetos suntuarios, o contar con colecciones compradas a golpe de talonario para disponer de ellas únicamente de cara a la galería y para segregarse socialmente, no.

Mi amor por el coleccionismo es más mundano, es más barato y, sobre todo, tiene el fin de entretenerme, de ocupar mis ratos libres, de proporcionarme un orgullo privado y anónimo, y ello porque esta es otra de las facetas de esta vida que escasamente despierta la admiración de las masas.

Y bueno, quizás alguien pueda opinar que el coleccionismo es muy popular, y casi toda persona ha coleccionado o colecciona algo a lo largo de la vida; pero los que ya tenemos una cierta edad y mantenemos ese gusto, es decir, los fijos, los de siempre, ya no somos tantos.

Y si ya nos centramos en las diferentes clases de coleccionismo, parecería que nos adentramos en otra aventura minoritaria; porque a mí lo que me tira es la filatelia. Siempre recuerdo cómo la filatelia llegó a mi vida y añoro aquella década de los 70 cuando salía del Colegio San Joaquín de Linares, y en auténtica pelea con otros compañeros recorríamos diferentes empresas de la localidad para que nos facilitaran los sellos de Correos que les habían llegado en el reparto diario. Entonces llegué a conseguir varios años completos de España en usado (matados); era la época dorada del sello, cuando no había correos electrónicos, ni las agencias privadas de transporte estaban muy desarrolladas, el sello lo era todo.

Con el paso de los años y mi travesía por la juventud dejé aparcada esta afición, y todavía estoy recuperando sellos de esos años de desenfreno y lógico pavo adolescente.

Una vez que mi situación laboral se estabilizó, rescaté esa afición y ya nunca me ha abandonado ni me abandonará. En este transcurso han pasado muchas cosas y buenas, he podido ampliar mi colección, he podido gastarme algo de dinero y, últimamente, he conocido a un grupo de gente que comparte esta afición y que hace que no me sienta un bicho tan extraño.

Antes de hablar de este grupo y esta gente me gustaría hacer un paréntesis, porque en el anterior párrafo aludía al gasto de dinero que hay que desembolsar. La filatelia es algo conocido para todos en su base, pero desconocido para la mayoría en su fondo; y explico este planteamiento. Todo el mundo sabe lo que es un sello, pero pocos saben lo que cuesta un sello. Sobre este esquema se formó en España hace unos años una serie de empresas de inversión que garantizaban beneficios por la adquisición ficticia de colecciones de sellos (Afinsa y Fórum Filatélico) y de la resolución de esta historia ya sabemos todos lo que pasó. Lo único que quería señalar a este respecto es que pocos filatélicos picamos en este embolado y que la filatelia es una afición muy barata a nivel normal, pero es que si uno quiere coleccionar a mayor nivel tampoco debe hacer un desembolso exorbitante, por ejemplo, adquirir todos los sellos españoles de la historia no debe irse más allá de los 30.000 euros.

Y ahora lo bueno, hace un par de años conocí por mor de mi propia relación laboral a las personas que representaban el Grupo Filatélico Virgen del Carmen de Jaén, y me dieron una vuelta de tuerca en mi pasión por la filatelia. Encontré a personas cordiales, coleccionistas con una concepción moderna de filatelia, y aficionados como yo a este mundo de una edad similar a la mía. También hay filatelistas de la vieja escuela, coleccionistas de toda la vida, hombres entrañables en la madurez de su existencia que se desviven por este auténtico arte y nos dan impulso y sentido a los más jóvenes para perseverar en este afecto por el sello y el mundo postal.

Este Grupo del que formo parte, se reúne cada dos semanas en la Biblioteca del Instituto Virgen del Carmen de Jaén, y allí cambiamos sellos, información, cultura y sobre todo amor por lo que nos une; apenas con dos o tres euros uno se puede traer un buen puñado de sellos de todo el mundo. Sellos pegados al papel del sobre para el que se utilizó sellos, que nos evocan que detrás de cada trozo de papel coloreado hay una persona que se comunicó con otra para cualquier cosa; sellos que garantizan horas de entretenimiento y contacto con cualquier faceta de la existencia humana, porque los sellos representan todo.

Por hoy ya está bien, otro día profundizaré más en esta afición y en otros coleccionismos, porque cuando uno colecciona algo, lo normal es que se envicie en acopiar otro tipo de objetos.

domingo, 24 de enero de 2010

NEW AGE Y ENYA

Si este blog debe navegar de forma regular por algunas aguas, lo hará por unas mansas y tranquilas, a medio camino entre la música y las rarezas (una de las mías). Sí, porque este capítulo de la música, que me apasiona, se desvincula de lo comercial, de lo popular, de lo que esta en la televisión, en la radio, en las listas de descargas y en las melodías de los móviles.

Hoy voy a hablar de la música con mayúsculas, esa que es tan grande, tan genial, tan elaborada, que curiosamente el número de seguidores es mínimo, yo diría que inversamente proporcional a la enorme calidad de los compositores que forman parte de esta gran familia casi desconocida.

Tengo la intención en este blog, de vez en vez, de hacer un pequeño homenaje a esas gentes que hacen una música muy privada, en sellos minoritarios y con un público muy escaso, pero eso sí, absolutamente fiel.

Pero ¿de qué música estoy hablando? Me refiero, sin duda, a la música “New Age”, un concepto que no es fácil de definir, o al menos no tiene una dimensión unívoca. En esta magnitud entraría la música ambiental, la electrónica, composiciones de vanguardia, nuevo jazz, músicas étnicas... Es un conglomerado en el que se compendian músicas de muy diverso calado y tendencia, con dos rasgos fundamentales: minoría de seguidores y grandísima calidad.

No obstante, la primera cuestión que se puede plantear el lector es cómo siendo una música de tanta calidad, no es popular, no llena, no despierta el interés y la admiración de los canales comerciales. En principio, yo diría que la respuesta es sencilla, por un lado, y egoísta por otro. Generalmente son músicas que no tienen letra y, en muchos casos, melódicas y “suaves” al oído, lo que implica que no inspiran al baile, no llegan a las discotecas y, por ende, a uno de los públicos que más música consume, la juventud. La parte egoísta es que, con la mayor modestia, hay que tener un cierto oído y alguna cultura musical. Hay que saber escuchar ciertas músicas, por ejemplo las de vanguardia, y estar dispuesto a ponerle letra a esas melodías que nos evocan, por lo menos a mí, muchas emociones y sentimientos.

Pero, cómo llega a mí la New Age. Creo que desde muy pequeño me sentía especialmente atraído por la música sin letra, me hacía sentirme protagonista de la misma, me veía en el cielo, contemplando el mundo; esa música me parecía de otra galaxia, me sentía pleno de modernidad, sí de modernidad, siempre me pareció y me parece que era un tipo de música que se adelantaba a las demás. Siempre recuerdo ir con mi madre por las calles de Linares a mediados de los 70 y escuchar coches de publicidad con sintonías arrebatadoras para mí; me trae buenos recuerdos aquello y buena parte de mi búsqueda musical en la vida ha estado marcada por el descubrimiento de qué intérpretes eran capaces de inventar esas melodías tan celestiales. Ahora ya, a balón pasado, es sorprendente cómo hace más de treinta años, sin demasiados artilugios electrónicos, compositores de la talla de Vangelis, Joel Fajerman, Jean Michel Jarre, Michael Nyman..., eran capaces de elaborar sus obras.

Siempre he entendido que buena parte de la New Age era la continuidad en nuestra época de la tradicional música clásica, yo creo que en muchos casos lo ha sido, aunque los más puristas renieguen de esta consideración.

Un capítulo aparte hay que hacer a la persona que creo que más ha hecho por la New Age en toda su historia, y que se permitió el lujo de rebasar esa frontera casi inexpugnable que separa la música minoritaria de la del gran público. Se trata de Enya, ya sé que todo el mundo la conoce y que, hoy por hoy, es casi una autora comercial, pero yo le alabo el gusto, y pienso que aun con toda la superproducción con la que cuenta en la actualidad su música sigue siendo mágica, celestial. Enya a buen seguro que se ha hecho multimillonaria, pero tuvo que hacer una apuesta muy arriesgada y lo que es más importante, con su triunfo, ha permitido que otros muchos autores salieran del anonimato y del reducto de cuatro coleccionistas estrambóticos, para hacerse un huequillo y permitirles vivir medianamente de esto.

Hoy en día, muchos maestros de la música hacen de su pasión una profesión y, desde luego, con más esfuerzo, calidad y menos recompensa que otros “triunfitos” a los que se lo dieron todo hecho (y con una calidad ínfima en muchos casos); pueden hacer algunos conciertos, confeccionar bandas sonoras para películas, sintonías para anuncios o programas de televisión, composiciones para grandes eventos...

Este artículo se lo dedico a Enya, porque llegó a mis oídos como otra de esas casualidades de la vida. Hace más de veinte años, cuando Internet ni existía, los 40 principales de la Ser que, entonces creo que eran bastante fieles con la lista y menos mercantilistas que ahora, emitían los sábados por la tarde un programa de una emisora de Estados Unidos bastante popular que anunciaba también los principales de la lista en aquel país. Durante varias semanas asistí a la ascensión de Enya y aquel disco mítico Watermark. Y era casualidad porque yo tenía antes una grabación de música celta del grupo donde ella cantaba hasta ese momento, Clannad (otro grupo poco conocido). Entonces le dije a mis amigos, ¡ojo, que esto es un pelotazo! No me dieron crédito, y a la postre estaba claro que llevaba razón porque al poco tiempo Enya también se coló en la listas de nuestro país, y todo cambió…, bueno a lo mejor no mucho, pero fue un aliento de aire fresco para los gustos musicales de los españoles.

domingo, 17 de enero de 2010

“UN NIÑO AFORTUNADO”, DE THOMAS BUERGENTHAL

Es la Navidad tiempo para hacer muchas actividades, las lúdicas por supuesto, estas que terminan cansando al más pintado, porque te lo tienes que pasar bien por obligación, te tienes que reunir a comer con todo el mundo; y un año de estos hasta nos vamos a tener que juntar con el tendero, porque es buena gente, con ese que saludas todas las mañanas y saca el perro a pasear a tu misma hora, o con el cartero, qué se yo.

Como digo, han sido días donde ha habido margen para el tiempo libre y para enfrascarse en esas aficiones que durante el año y salvo vacaciones estivales, es complicado abordar a manos llenas. Rastreé por mi montaña de libros no leídos, demasiados ya, y me encontré con uno que me llamó la atención sobremanera cuando lo adquirí. Cuando comencé a leer las primeras páginas me arrastró de tal modo que, en apenas cuarenta y ocho horas, ya lo había devorado.

Se trata de “Un niño afortunado” de Thomas Buerghental, y narra la historia de un niño, él mismo, que vive una auténtica aventura vital entre el infierno de los campos de exterminio nazis. A diferencia de otros libros que hablan de este genocidio, esta es una historia real, vivida en primera persona y susceptible de plasmar en trama casi novelesca el horror y los avatares que tuvo que arrostrar este niño pasando por varios campos de concentración, separado de sus padres a la fuerza y salvándose de una muerte segura en más de una ocasión, de forma casi milagrosa.

Y es que este es uno de los terribles legados que nos dejó la 2ª Guerra Mundial y el la tremenda encrucijada a la que sometió al mundo la filosofía nazi. Gracias a los supervivientes de aquella barbarie, muchos de ellos han podido construir relatos novelescos, sin adornos ni alardes, sólo contando su historia, su verdad, y aún son capaces de sobrecogernos.

Este libro recuerda de forma casi instintiva a “El niño del pijama de rayas”, película y libro (yo sólo he visto la película). Pero a diferencia de este, que es ficción aunque bien podría haber ocurrido, “Un niño afortunado” es una autobiografía terrible, es un relato duro, cruel, dramático, pero finalmente lleno de vida y esperanza, porque cuando Thomas, Tommy en el libro, es liberado en Berlín con el fin de la Guerra, este comienza una nueva vida; la cual le llevará a saber qué ocurrió con su familia (su padre fue liquidado por los nazis y su madre se salva), el reencuentro emotivo con su madre (que siempre pensó que su hijo tenía la estrella de la suerte), el inicio de su educación con once años ya que la Guerra le había impedido aprender a leer y escribir, y finalmente cómo llega a ser una personalidad reconocida que, tras su paso por diversas universidades estadounidenses para estudiar Derecho, se queda definitivamente allí y se convierte en Juez de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, aún en activo, después de muchos prestigiosos cargos y siempre vinculado a la lucha por los Derechos Humanos.

Thomas Buerghental que se reencuentra con su madre en Alemania tras la Guerra, reflexiona acerca del fenómeno del nazismo y, en general, cualquier doctrina absoluta, la cual reduce la personalidad de sus actores y seguidores convirtiéndolos en ciegos y en rotundamente sumisos. Thomas nos plantea cómo personas normales de las que pasean entre nosotros, pueden bajo determinadas circunstancias romper con sus principios y someterse al sistema para advenir en seres despiadados, asesinos sin compasión, individuos agresivos...

El libro está excelentemente prologado por Miquel Roca Junyent, del que comparto su opinión de que debiera ser de obligada lectura para nuestros escolares, primero porque es un episodio histórico, no tan lejano en el tiempo, y que como se suele decir debemos conocer y no olvidar para no repetir los mismos errores; y en segundo lugar, porque tienen hoy nuestros jóvenes una vida demasiado fácil que no saben valorar, y este libro les ayudaría a darle sentido a su existencia en este mundo.

En definitiva, un libro recomendable, duro a tramos, pero con final afortunado y que no nos dejará indiferentes, una lucha por la supervivencia, un recorrido por los horrores de la Alemania nazi. Una verdad sin acentos, que sorprende que hoy, haya todavía algunos que siguen poniendo en duda.

sábado, 9 de enero de 2010

BUENAS A TODOS

Hola a todos y a nadie. Llevaba ya varios años dándole vueltas a modelar un blog y siempre, entre los agobios de la vida y una cierta apatía por afrontar un camino inhóspito, me llevaron a ir posponiendo su creación.

Hago el blog porque me gusta escribir, inicialmente para sentirme bien conmigo mismo, y disfrutar de mis reflexiones, para que no se me queden en mi mente y puedan permanecer imperecederas en el futuro, por si alguna vez tengo alguna fuga de neuronas y, entonces, ya no pueda tener tiempo para anotar mis recuerdos.

El blog nace sin un horizonte definido, quizá en el futuro tenga una temática más específica; en principio, nace con una vocación personal, en el que iré incluyendo mis reflexiones, mis vivencias, mis experiencias de la vida, y aquellos aspectos de mi universo vital que me apasionan, que me llenan o ¿por qué no?, aquellos que me enojan.

Para este primer día, esta “ópera prima”, también le he dado muchas vueltas a cuál iba a ser el objeto central de mi debut. Me venían sentimientos de miedo, de responsabilidad, y al final me planteé escribir de lo que me diera la gana sin la mayor presión. Esto se mantiene, espero, aunque en estos últimos días he madurado más la idea y medité que estando ya en el ecuador de mi vida, una persona normal tiene muchas anécdotas o historias escondidas que serían bonitas de contar, de revivir y de transmitir. Así que rebusqué y logré acordarme de una bien bonita, al menos para mí, que por su casualidad me trae momentos muy gozosos.

La podría titular “El día que conocí a Sergio Mendizábal”.

Pues corría el año 1992, aquel famoso año de las Olimpíadas de Barcelona (me gusta este nombre más que Juegos Olímpicos) y la Expo de Sevilla, y yo por mor de mis estudios universitarios había ido retrasando mi incorporación a filas, a la por entonces obligatoria mili.

Finalmente a regañadientes tuve que alistarme, con la esperanza de que aquello terminara rápido y no retrasara o impidiera mi ilusionante ascensión profesional. En aquella tarde de mayo me monté en un tren en Linares – Baeza con destino a Córdoba; billete pagado por el Ejército español que fue tomado por una ingente cantidad de reclutas que copaban vagones enteros y especialmente aquellos anexos al bar del tren.

Mi instinto primario, mi formación y mi edad, 24 años (sacaba más de seis años a la mayoría de los muchachos, y a una edad tan corta eso es un mundo), me impedían mezclarme con esa maraña de jóvenes que se tomaban la mili como una fiesta y que se emborracharon ampliamente en el tren, si antes no venían ya bebidos. Yo reflexionaba sobre el sentido de estar nueve meses de tu vida, auténticamente parentéticos, haciendo algo en contra de tu voluntad, y sobre todo, no entendía la alegría con la que otros afrontaban una experiencia tan poco edificante.

Bueno, no había ya vuelta atrás, se trataba de pasarlo lo mejor posible y aprovechar para intentar obtener aspectos positivos de una experiencia impuesta. Entré en el tren y fui pasando vagones hasta uno donde había gente normal y pocos o ningún recluta. Los asientos de los trenes de antes, creo que los de ahora no distan mucho de aquellos, son dobles, por lo que debes compartir asiento con alguien. Y allí quedaba uno libre, un señor mayor con aspecto pintoresco, yo diría que unos 70 años…, me senté a su lado y aquel viaje a Córdoba sería inolvidable.

Nada me hacía presagiar que aquel señor con pinta de sabio despistado tenía una historia curiosa y apasionante que contarme. Le comenté que me iba a la mili y seguramente también le apunté lo disgustado que iba a una misión a la que iba obligado. Después de mis datos iniciales, me comentó para mi sorpresa que era actor, creo que era la primera vez en mi vida que yo, “un chico de provincias” me topaba con todo un actor. Me dijo que se llamaba Sergio Mendizábal y que su papel más conocido era el de capellán en la película española “La vaquilla” de Berlanga, que yo no había visto (entonces no tenía demasiada pasión por el cine). Durante el trayecto me contó sus aventuras apasionantes en el mundo del cine, todo un descubrimiento para mí en el día en el que dejaba de ser persona para convertirme en un número.

Recuerdo especialmente dos detalles de Sergio Mendizábal, su cara, cara de vasco recio y a la vez abuelo entrañable, y que al contarle que yo era de Linares, me cogió las señas de casa y prometió que me mandaría una foto firmada de Palomo Linares, pues decía que era muy amigo de su mujer Marina Danko (nunca llegó, pero me daba igual). Todo un bautismo que ahora se me antojaría un poco “friki”, pero que hace casi veinte años fue una historia curiosa y, repito, inolvidable.

Justo al acabar la mili, creo incluso que para mayor casualidad, la primera noche que dormía en mi casa, echaban en la tele…, sí “La vaquilla”, y ahí pude comprobar, por si me quedaba algún atisbo de duda que, efectivamente, mi contertulio en aquel tren era Sergio Mendizábal.

Con el tiempo me he ido aficionado mucho al cine, pero no al cine comercial de las carteleras de actualidad, no; si hay alguna película buena de ahora, la dejo que madure como el buen vino y luego la veo en la tele, la descargo, me la dejan o lo que sea. Tal vez no sea la forma más ortodoxa de verlo pero así estoy viendo magníficas joyas del cine de siempre. Así, lo vi recientemente haciendo también de cura en “Tristana”, y es que tenía aspecto de muy buena persona.

Valiéndome de Internet, magnífico invento, he podido conocer más de la vida de este vasco, cuyo verdadero nombre es Hermenegildo de Igarzábal y Sánchez de Mendizábal; y que ha sido un notable actor secundario español, de dimensión internacional, con apariciones en películas tan conocidas como “Mr. Arkadin”, “Viridiana”, “El verdugo”, “La muerte tenía un precio” o “El bueno, el feo y el malo”, para completar yo diría que cerca de un centenar de títulos.

Hasta donde llega la información de Internet, parece ser que Sergio aún no ha muerto, debe ser un venerable anciano de casi 90 años. Así que desde aquí un saludo estés donde estés por permitirme gozar con esta anécdota de mi vida que llevaré conmigo para siempre, y ser mi inusitado acompañante en este bautismo de fuego.