domingo, 26 de marzo de 2017

GANDALF O HEINZ STROBL, EL MAGO DE LA MÚSICA AMBIENTAL

Hace algo más de un año, con ocasión de mi entrada del grupo danés de chill out Bliss, reflexionaba acerca de la virtualidad de tener un nombre sonoro para tu proyecto musical. Bliss carecía de ello y, un nombre desafortunado unido a una rama musical minoritaria, formaban un cóctel de gusto no muy agradable. Ya en ese momento pregonaba, lo cual no es un misterio, que tan interesante como la música que haces es cómo te das al exterior y el nombre debe ser acertado.

Pues algo parecido le pasa a Gandalf, sí, de primeras todos acudiremos a ese personaje de las novelas de «El señor de los anillos» de J.R.R. Tolkien. Es decir, un personaje de sobra conocido y superestereotipado, confundido con un músico de New Age. Por mucho que te guste ese nombre, habrá más de uno que se haya confundido.

Es más, el otro día cuando empecé a documentarme sobre este proyecto, que conozco desde hace mucho tiempo, la siempre precisa herramienta de la desambiguación de Wikipedia me reafirmó en la extrema torpeza de nombrar a tu grupo Gandalf, no solo por ser tan común y encasillado, sino porque además la torpeza parece cundir sin mayores reservas. Sí amigos, porque si tenemos a este Gandalf que da nombre a esta entradilla que ya voy adelantado que se trata del compositor austríaco Heinz Strobl, también tenemos un grupo de heavy metal finlandés de los 90 y otra banda estadounidense de rock psicodélico de los 60 (por cierto, sorprendentemente muy buena y con claridad adelantados a su tiempo pero... desconocidos), en fin, para nota.

Pero, vamos a lo que vamos, a lo que interesa, no tengo la culpa de ese nombre desafortunado que puede liar un poco a la hora de la búsqueda de su música, así que recomiendo indicar Gandalf musician o Gandalf y entre paréntesis Heinz Strobl.

Tal vez quepa recordar que si bien el sudafricano Tolkien, de ascendencia británica, escribió sus más sobresalientes libros en la década de los 50 del pasado siglo, yo tengo el pleno convencimiento de que fue en la década de los 70 cuando empezó a hablarse mucho de ellos en Europa, esa es la percepción que yo tengo, acentuado por el hecho de que sus novelas legendarias y fantásticas comenzaron a llevarse a la gran pantalla hizo que se prolongara su éxito hasta hoy.

Ni que decir tiene que Heinz Strobl se puso el nombre por ese personaje, el mago bueno de «El señor de los anillos» (libros y películas que no he visto ni leído, porque no me han llamado la atención hasta ahora, y hablo pues, de referencias), puesto que a principios de la década de los 80 fue cuando este abandonó el estilo de rock progresivo para adentrarse en la New Age, aunque también se le ha denominado a Gandalf como música ambiental progresiva. Precisamente se comenzaba a vivir el boom de la música New Age en Estados Unidos y Europa, melodías congraciadas con la naturaleza, ambientales, mágicas y Strobl quiso no solo realizar esa música que evocara fantasía o un mundo idílico, sino que junto con el nombre de Gandalf él se atribuyó una imagen que claramente se asemejaba al mago de la epopeya de Tolkien, con el pelo muy largo, y con lo años también cano, aunque este compositor austriaco nunca optó por la barba.

Gandalf a partir de ese momento se definió como un multiinstrumentista con el sello propio de los pioneros de ese boom de la New Age. Aunque algunos lo asimilan por su sonoridad a Mike Oldfield, que no lo veo, o a Kitaro, a mí sinceramente me suena mucho más al gran Ray Lynch. En realidad, se asentó en ese tipo de música atemporal que bien podría haber sido la banda sonora de «El señor de los anillos», pero también de «Juego de tronos» o de cualquier producción que narre epopeyas y ensoñaciones que plasman líneas fronterizas entre la realidad y la fantasía.

Strobl, que nació en 1952 tiene el enorme mérito de haber persistido en su estilo durante más de treinta y cinco años, y es que con cierta regularidad va sacando discos, realiza giras y conciertos y no para de seguir inventando e innovando; es un tipo completamente activo. Hace unos años Gandalf declaró que «la música es una especie de santuario para mí, un lugar protegido para retirarse del ruido y la locura en el mundo, en ella encuentro consuelo y paz. Parar de hacer música significaría dejar de respirar».

A Gandalf se le ha calificado como «el pintor de paisajes musicales» o «compositor de música clásica del siglo XXI», su música se inspira en la belleza de la naturaleza y en sus vivencias por medio mundo, lo que le han permitido crear sintonías que tratan de disolver las barreras culturales y raciales existentes, generando un punto de apoyo para reflexionar en este ritmo vertiginoso del mundo actual.

Adentrarte en su música es como descubrir algo mágico en la misma, es un viaje a un país imaginario, es encontrar a través de sus pinceladas una paleta de colores que te producen paz y serenidad. Su música es íntima, tierna, te abre el corazón, es cálida, y puedo asegurar que te envuelve en un agradable ambiente de armonía de principio a fin. Incluso para aquellas personas más espirituales es una magnífica ancla para emprender la búsqueda de nosotros mismos, reservándonos un pequeño espacio para la individualidad en este mundo global y demasiado mediocre.

Como músico con sólidos pilares en la música clásica sus composiciones se han orquestado, y aunque el signo de la New Age es evidente, no es menos cierto que le viene como anillo al dedo eso de que se puedan calificar sus temas como la música clásica del siglo XXI, de hecho, a través de su discografía la colaboración con orquestas sinfónicas ha sido muy amplia.

Y es que Strobl elige con delicadeza los instrumentos que están presentes en su producción, desde luego parte de sintetizadores y secuenciadores pero también están presentes violonchelo, saxo, flauta, oboe, guitarra acústica, piano, percusión, así como muchos otros instrumentos autóctonos, con lo que su estilo también lo podríamos englobar en la world music. A propósito, de la percusión se encarga su hijo Christian.

En fin, Gandalf y Heinz Strobl o Heinz Strobl o Gandalf, un proyecto musical de los más exitosos de Austria, donde es ampliamente conocido, que más allá de su desacertado nombre, por lo que he referido, es una fabulosa elección musical para lanzarse a un remanso de paz mientras leemos un buen libro.

sábado, 18 de marzo de 2017

BREVES REFLEXIONES SOBRE MI EXPERIENCIA COMO ENTREVISTADOR

Cuando hace unos días una asociación empresarial de mi localidad me propuso participar en un foro de empleabilidad, y que mi cometido era el de convertirme por un rato en un empleador y realizar simulacros de entrevistas a hipotéticos aspirantes a un puesto de trabajo ficticio, pensé que no estaría mal que yo reflexionara acerca del bagaje del que dispongo en esta materia, con objeto de ofrecer a esas personas que se iban a sentar frente a mí algún tipo de estrategias para ayudar a la siempre crítica tarea de enfrentarse a una entrevista de trabajo.

Por el puesto de trabajo que tengo, de alguna responsabilidad en una Administración pública, he tenido la oportunidad a lo largo de más de dos décadas de formar parte de tribunales o comisiones en las que junto a otras personas he tenido que entrevistar a personas para dirimir puestos de trabajo de muy variada tipología y duración.

Desde luego no pretendo, ni pretendí, en aquella batería de entrevistas que realicé a los participantes de aquel foro, ser un gurú de las entrevistas, capaz de escrutar hasta el más mínimo detalle cómo se deben afrontar estas; Dios me libre de semejante osadía. Para ello hay no solo profesionales dedicados en exclusiva a adiestrar a personas en este cometido, sino infinidad de manuales (alguno leí cuando era joven) sobre esta temática, que a buen seguro ofrecen sesudos consejos sobre cómo conseguir una entrevista perfecta.

Mi modesta aportación, más allá de fallos puntuales de los aspirantes que yo corregía más por sentido común que por experiencia, pasaba por apuntar una serie de grandes líneas básicas que yo creo que podrían ayudar a esos aspirantes; estrategias que estoy convencido de que los libros y guías sobre la materia recogen y que los expertos encargados de adiestrar a esos aspirantes conocen al dedillo.

Curiosamente en ese foro de la empleabilidad yo no estaba solo, sino que a mi izquierda y a mi derecha otros empleadores, mucho más reales que yo, porque además pertenecían al sector privado, ejercían mi mismo papel; y al final del ciclo de entrevistas, en torno a la decena, todos los que estábamos en la mesa de entrevistadores pusimos en común lo que habíamos observado. Amén de alguna anécdota o consideración personal, me sentí reconfortado porque personas mucho más acostumbradas que yo a las entrevistas reales coincidían a grandes rasgos en mi apreciación de las mismas.

He de decir que si algo me molesta de un entrevistado es que por la titulación o formación que tiene, no dé de sí lo que se espera. Mis críticas son más acusadas cuanta más es la formación académica del aspirante. Y es que si de universitarios se trata, lamento decir que más en esta última década que en la anterior, observo en no pocas ocasiones que por encima de los conocimientos propios de su carrera, de los que no dudo su buena preparación, están muy faltos de otras habilidades, a las que yo llamo intangibles, quizá sea lo que los expertos llaman la inteligencia emocional, que no se aprenden en las aulas, sino que se adquieren en la universidad de la vida: leyendo, observando, interactuando, respirando…

Ya digo, observo la tendencia, más acusada en este último decenio, de que nuestros universitarios son incapaces de expresarse con soltura, con buena capacidad de expresión y de dicción. Se aturullan, hablan de generalidades para no decir nada, utilizan muchas muletillas («bueno, no sé», «eh, bien», «pues yo creo que») y lo que es peor de todo, son incapaces de enlazar una sucesión de frases coordinadas durante más de medio minuto, y básicamente es complicado encontrarte con alguien que tenga un vocabulario rico y profesional, distinto al que se utiliza en la calle.

Casualmente varios de mis ficticios entrevistados del foro me conocían y yo los conocía a ellos y aun así me manifestaron que estaban algo nerviosos. Este es un aspecto vital en una entrevista, porque el entrevistador por poco ducho que sea lo capta, que el entrevistado esté nervioso le resta a buen seguro más de un 50 % de sus posibilidades de éxito en la entrevista. Y esto hay que trabajarlo, se trabaja y se ensaya, como si de un teatrillo se tratara.

Una vez estuve en un curso de comunicación y el docente nos transmitió una idea vital para el asunto que nos ocupa, buena parte de los nervios de hablar en público vienen informados en proporción directa por la desconfianza del actor en su discurso. Si alguien sabe de su materia y conoce al detalle de lo que quiere hablar, habrá ganado mucho en su tarea, porque es como si anduviera por un camino que conoce y está totalmente iluminado. Ahora bien, si el camino no se conoce y está a oscuras será inevitable tropezar.

Y lo cierto es que bastantes veces he tenido frente a mí personas que tropezaban desde la primera frase, desde la primera palabra. Lo flagrante del asunto es que cuando hace algo más de un cuarto de siglo yo tuve que subir mi Tourmalet particular y enfrentar algunas entrevistas, trataba de ilustrarme acerca de la empresa que me iba a entrevistar. Entonces no existía Internet y procuraba valerme de las herramientas que tenía a mi alcance, libros, revistas, bibliografía variada, y patearme quioscos de periódicos, bibliotecas y cualquier foco donde se pudiera encontrar la información deseada.

Hoy con Internet a nuestra disposición, sin duda el invento más importante del cambio de siglo, tenemos a golpe de clic cualquier información que necesitemos. Qué menos que prepararse mínimamente una entrevista que entrando en la web de la empresa que nos pretende contratar.

Pero ni eso, yo he tenido entrevistados que venían, por ejemplo, a una plaza para profesor de una casa de oficios, y no eran capaces de explicar en qué consistía este programa de formación-empleo. Procesos decepcionantes en los que uno terminaba más derrotado que el propio entrevistado, ya que te tirabas una mañana entera y apenas salvabas a un puñado selectísimo de candidatos. Procesos en los que tenías que elegir al menos malo de todos.

Y es que no es de recibo, y me ha ocurrido un montón de veces, no es mentira, que en una entrevista el entrevistador termine hablando más que el entrevistado; básicamente porque cuando uno hace una entrevista y tiene cinco preguntas preparadas, espera que el entrevistado se explaye, pero cuando te responde con monosílabos (sí o no) o apenas dice dos o tres palabras, tú intentas rebuscar en el que tienes enfrente para sacarle algo que presupones que tiene dentro. No obstante, realmente estás prolongando la entrevista para justificarte ante ti mismo y ante tu organización, pues no parece muy edificante que una entrevista se dirima en un par de minutos, tras doscientas palabras formuladas en modo pregunta por el entrevistador y resueltas en veinte palabras o menos por el entrevistado.

Pues eso, que hay que prepararse las entrevistas, esto no es un misterio, no solo estudiando a tu entrevistador y lo que te puede preguntar, sino aprendiéndote lo que tú puedes decir de ti. A mis inopinados interlocutores del foro yo les transmitía un símil deportivo, hay que salir al partido con una estrategia, y nuestra estrategia es lo que yo sé de mí mismo, esto es fácil, cuál es mi currículum, cuáles son mis fortalezas, qué espero de la empresa, qué valor añadido aportaría a la empresa si se inclinara por mí… En fin toda una serie de preguntas que presumiblemente y el sentido común nos invita a pensar que nos pueden hacer. Ahora bien, hasta ahí mi estrategia, es decir, yo sé cómo voy a jugar el partido (la entrevista) y pongo encima de la mesa quién soy, porque me he entrenado para ello, pero como si de un buen entrenador deportivo se tratara, tengo que anticipar la táctica del contrario, qué es lo que me puede preguntar, y para eso hay que ilustrarse, patearse Internet, el público y el profundo, y conocer todo de la empresa que me va a entrevistar. En mi caso, en más de una ocasión hubiese deseado que mis entrevistados del pasado llevaran preparada mínimamente la entrevista para que al finalizar mi jornada laboral no me hubiera marchado bastante decepcionado con los aspirantes y con el sistema educativo.

Y a todo esto, ¿es importante ir bien vestido? Pues tal vez lo que dicen los libros sea diferente a lo que yo opino, o sea, que lo que voy a reseñar es una impresión personal. Para mí, y me da la impresión que para muchas empresas, el aspecto es secundario en el siglo XXI. Si mi empresa busca un perfil concreto, el que permita solucionar un problema existente en la organización, un nicho o una debilidad que está afectando al proceso productivo o a la prestación adecuada de un servicio (incluyendo el servicio público), escruta para encontrar el mejor candidato que ocupe ese espacio vacío con la mayor brillantez y profesionalidad, y me da igual si viene con rastas, rapado, con chupa de cuero o con zarcillos en labios, nariz o párpados.

Tal vez sea casualidad, pero tengo buena experiencia de haber trabajado junto a alumnos en prácticas de universidades y centros de formación profesional, y he tenido chavales muy hippys y/o con abundancia de pendientes y tatuajes que han dado muy buen resultado, y otros vestidos con ropita de marca que parecían pinceles, pero que demostraban un desinterés absoluto.

Eso sí, más importante que la vestimenta es la higiene, y por ahí no paso, y no se puede acudir a una entrevista siendo un guarro, desaliñado y oliendo a zorruno.

En fin, para ir terminando, las entrevistas tienen que hacerse con buena dicción, de forma pausada, estructurada, ni muy rápido ni muy despacio, sabiendo lo que se quiere decir y buscando convencer al que tienes enfrente de que tú eres el candidato ideal, esto y todo lo que he venido señalando aquí (ya he dicho, no se me tome como un experto sino como un mero observador con alguna experiencia en la materia), pueden separar el destino de cada uno, incluido el de obtener un puesto de trabajo bien remunerado y duradero o el de seguir vagando por ahí haciendo entrevistas «por probar» o «por coger experiencia». En definitiva, la frontera que separa el hacer una buena entrevista o perpetrarla.

sábado, 11 de marzo de 2017

"TRAIDOR EN EL INFIERNO", DE BILLY WILDER

Nos situamos en 1953, no ha transcurrido ni una década desde el fin de la 2ª Guerra Mundial y el grandísimo director de cine estadounidense de origen austriaco Billy Wilder, se atreve a hacer con las heridas todavía rezumando, una película que trata sobre este conflicto bélico.

Billy Wilder se caracterizó a través de toda su obra profesional por ser un genio del séptimo arte, un tipo que sabía lo que deseaban los aficionados a las salas de cine, entretenimiento por encima de todo. Y sus películas son un producto comercial, incluso populista. Guiones sencillos y tramas muy fáciles de seguir que combinan varios géneros, una especie de «todo cien» que en otras circunstancias nos podría parecer una osadía, pero que para este director es su carta de presentación.

Porque Wilder no solo tiene la osadía de producir un largometraje sobre un campo de prisioneros en la Alemania nazi cuando el dolor y el recuerdo aun está latente en medio mundo, sino que lo hace ofreciendo una cara amable incluso cómica en medio del drama que pretende también mostrarnos.

Y es que esta película podría definirse como una comedia con trasfondo serio. Lo que se cuenta es un drama, pero alrededor de su metraje se suceden las situaciones hilarantes, los chistes, los gags. No es difícil sospechar la razón por la que su director lo hacía, primero por el fin de entretener y, en segundo lugar, porque quería que sus películas estuvieran abiertas para todos los públicos. Es una película que podría ver perfectamente un niño y, de hecho, yo la vi cuando niño hace un porrón de años.

Con las reservas temporales y espaciales, Wilder le da el toque buenista que luego preconizaría la serie de televisión «Equipo A», en la que nadie muere, no hay escenas violentas y se suprime la sangre en su mayor parte. Sí, porque muertes hay, sangre y violencia también, pero todo muy tamizado, que se muestre pero sin recrearse lo más mínimo.

En algún punto del imperio de la Alemania nazi, previsiblemente en Austria, se encuentra el campo de prisioneros Stalag 17 (ese es el título original de la película). Es importante no confundir campo de prisioneros con campo de concentración. En este Campo 17 se ubica un nutrido grupo de suboficiales (sargentos) estadounidenses, y no son en nada comparables sus condiciones y trato con el que se dispensaba en los campos de concentración-exterminio. Los campos de prisioneros debían respetar la Convención de Ginebra y, de hecho, en un pasaje de la película hace acto de presencia un representante de la Cruz Roja para pulsar las condiciones y el trato que se ofrecía a sus inquilinos.

Todo comienza cuando en uno de esos barracones se lleva a cabo la fuga de dos de sus miembros, en un plan metódicamente confeccionado que fracasa con la celeridad con la que los dos soldados se mueven por el campo hasta franquear las alambradas, donde les espera un auténtico batallón de fusilamiento.

Algo ha funcionado mal, pero todo seguirá funcionando mal, cualquier plan, cualquier estratagema que los estadounidenses quieran llevar a cabo encuentra con inmediatez la respuesta de los alemanes que desbaratan toda alegría de su contendiente. La radio y la rudimentaria antenas que les permite recibir noticias del exterior son requisadas o la muerte de sus compañeros del inicio de la película tras un plan sin aparentes fisuras, comienza a alertar a los integrantes del barracón acerca de la posible existencia de un topo, de un soplón.

El principal sospechoso es Sefton (William Holden), un tipo un tanto ruin, que es capaz de apostar hasta su padre por cualquier cuita, incluso poner a prueba la fortuna de los dos soldados que mueren al inicio, ya que él apuesta por su fracaso. Con los trapicheos que hace por aquí y por allá y esa especie de personalidad «visionaria», se hace con un buen botín de fruslerías que lo convierten en el potentado y a la par el más odiado del barracón. Él es el propietario de la cantina en la que destila un bebercio fabricado a base de cáscaras de patata, también el gerente del hipódromo en el que corren unos simpáticos caballos (ratones) sobre los que se hacen apuestas de cigarrillos, y su relativa opulencia le da para comerse de vez en cuando hasta un huevo frito, por ejemplo.

La vida se sucede con aparente relajación, es la parte jocosa y costumbrista de la historia, con unos alemanes un tanto bobos que permiten todo tipo de licencias, bromas y chanzas a sus prisioneros. Es particularmente significativa la presencia de la pareja compuesta por Harry y Chimpancé, que con su gran sentido del humor mantienen el ánimo del barracón ante las adversidades.

La llegada del teniente Dunbar al campo anima un poco el cotarro entre los chicos, pues este no solo trae informaciones del exterior sino que alardea de su última contribución a su patria, atentando contra un tren nazi.

Poco tardará Dunbar en ser llevado a la máxima autoridad del campo acusado del atentado en cuestión, con lo que la hipótesis de la existencia de un topo ya deja poco lugar a dudas y, por supuesto, Sefton no solo es el principal sospechoso sino que en un juicio sumarísimo le pegan una paliza y es declarado como el chivato del barracón, siendo degradado moralmente y apropiándosele todo el arsenal de cachivaches que hasta ese momento poseía.

Como es imaginable, nada es como parece, y desde ese punto Sefton, ya sin mayor actividad que la de la contemplación, intentará descubrir al verdadero culpable. Una bombilla anudada y una pieza en el tablero de ajedrez serán las claves que le permitirán descubrir al auténtico topo.

Todo pasa por salvar a Dunbar, al que los alemanes torturan para obtener más información, y posteriormente sacarlo del campo. Será el momento de la verdad.

En definitiva, cerca de dos horas de puro entretenimiento para una película apta para todos los públicos de las clásicas de toda la vida, que los de mi generación contemplarían en esos célebres espacios de «Primera sesión» o «Sesión de tarde» que veíamos en TVE todos los sábados por la tarde cuando niños.

domingo, 5 de marzo de 2017

ALFREDO EVANGELISTA, EL BOXEADOR QUE OSÓ TUTEAR A MUHAMMAD ALI

Me ocurre en este blog que yo tengo mis particulares preferencias por determinados articulillos que escribí en su momento y que apenas han visto una veintena de personas, o sea, nadie; y también pasa lo contrario que otros que escribí con más desinterés o menos pasión resulta que se posicionan muy bien en Google, gracias a su inextricable algoritmo.

Algo así me sucede con la única entradilla que había dedicado hasta ahora al boxeo, con ocasión de la consecución del título mundial de la categoría superwélter por parte del púgil madrileño José Durán. En ese momento yo contaba cómo había vivido esa experiencia en casa cuando era niño y estaba en la mesa, a mediodía, viendo a la tele junto con mi familia. Curiosamente dicha entrada goza de una gran aceptación en la Red y desde que la publiqué la han visionado miles de internautas.

Aquella gesta se remontaba a mayo de 1976 y casualmente la que voy a contar hoy sucedió un año después, el 16 de mayo de 1977 para ser exactos.

Por cierto, en aquella entrada ya apuntaba las razones por las que hace cuarenta años este deporte era más popular que ahora. Ahondando un pelín hay que decir, al menos en nuestro país, que aparte de considerarse un deporte políticamente poco correcto, desde siempre se ha visto como una disciplina un tanto marginal, en la que sus participantes se ven envueltos en líos extradeportivos, cuando no tienen problemas con la justicia. Por otro lado, no juega a su favor el hecho de que sus practicantes estén siempre fanfarroneando, lo que les da un aire teatral y hasta cómico (pasa con la mayoría de los deportes de contacto y artes marciales), que no se pulsa tanto en otros deportes. Por si fuera poco, la maraña de organizaciones, categorías, títulos y sistemas de competición provoca que este deporte no sea atractivo.

Y el caso es que pocos deportes abonan la épica como este, multitud de historias de púgiles que hicieron de su vida toda una novela; así que películas, series de televisión o documentales han tenido una auténtica mina de episodios reseñables para captar la atención de propios, pero sobre todo de extraños. Tanto es así que a la mayoría de la gente no le gustará el deporte pero sí que habrá vivido con cierta pasión las aventuras de Rocky.

Bien, pues entrando en materia, si la memoria histórico-deportiva de nuestro país apenas se remonta a logros cercanos y especialmente de disciplinas mediáticas, la historia que cuento hoy a buen seguro que apenas queda en la memoria de los muy aficionados y solo de paso para los que en el año 1977 tenían uso de razón y manifestaban algún interés por el deporte.

Poco antes de ese año comenzó a hablarse de la nueva figura del boxeo español, un tal Alfredo Evangelista, un púgil nacido en Uruguay que con 18 años aterrizaba en España para sacar el máximo rendimiento a su potencial. Subió como la espuma en poco tiempo y tuvo el mérito de derrotar al, hasta entonces, prohombre del boxeo en nuestro país, el inolvidable Urtain.

A todo esto hay que decir que tanto Urtain como Evangelista pertenecían a la máxima categoría del boxeo, el peso pesado. Como señalaba antes, si ya de suyo, el boxeo tiene ese halo novelesco, las historias que verdaderamente se convierten en míticas se subrayan gracias al nombre de los luchadores del peso pesado: Clay (Muhammad Ali), Hollyfield, Tyson, Foreman..., son unos pocos de los apellidos que se me vienen a la memoria y que recrean en mi mente esas peleas que generaron tanta expectación que en cada momento de la pasada centuria se consideraron «el combate del siglo».

La buena preparación y ese pulido del diamante que era el joven Evangelista dio réditos de forma rápida, y tan rápido como vinieron los éxitos llegó su nacionalización, una nacionalización exprés que hoy se llamaría, pero que en aquellos años de la transición también se daba, toda vez que en apenas dos años Alfredo ya era ciudadano español.

Hete aquí que con 21 años Alfredo Evangelista había ido subiendo enteros gracias a sus victorias fundamentalmente ante púgiles europeos y para la primavera de 1977 se situaba en el ránking mundial del peso pesado en la 10ª posición.

Por aquel entonces Cassius Clay era todo un mito, convertido al Islam desde bien jovencito y más conocido por Muhammad Ali, era una referencia en la lucha social en favor de los negros, y uno de los más grandes boxeadores de la historia. Es cierto que tenía 35 años y se divisaba que su ocaso deportivo comenzaba, pero aun así ostentaba en esa fecha el cinturón de Campeón mundial del peso pesado (no me pregunten por cuál asociación), y la normativa le obligaba a poner en juego el título y retarse ante alguno que estuviera del puesto 2º al 10º. Ali digamos que apostó sobre seguro, porque intuía que el pipiolo Evangelista no tendría nada que hacer ante su técnica y la dureza de sus golpes.

Era un riesgo calculado y la noticia le llegó a Evangelista como lluvia de mayo, mes en el que se iba a celebrar el duelo, no solo por la trascendencia que ello tendría a nivel mundial, sino también y por qué no decirlo, por la suculenta bolsa (llámase así al dinero que se llevan los boxeadores en cada pelea) que se traería para España, 8 millones de pesetas que para esa época no estaban nada mal, a las que sumaría el prestigio de haberse enfrentado a un grande y las bolsas posteriores que se generarían.

El combate fijado para el 16 de mayo se celebraría en la localidad de Landover, en el estado de Maryland, a apenas 15 km. de Washington D.C. y de mayoría afroamericana. Evangelista estaba, como es lógico, en una nube, abrumado por lo que se le venía encima. Es imaginable la parafernalia que siempre se monta en torno a un combate de boxeo, máxime cuando de Muhammad Ali se trataba. Y esto venía de serie, las miradas inquisitivas, las veladas amenazas y ese fanfarroneo típico de los boxeadores que, sinceramente, yo no entiendo.

Igual que el combate de Durán yo lo pude ver y conmigo un montón de españoles, este no lo pude ver y no sé si TVE lo retransmitió porque era de madrugada; pero al día siguiente periódicos, radios y televisión se hicieron eco de la gesta de Evangelista que, aunque perdió por decisión unánime, consiguió aguantar los quince asaltos para los que estaba anunciado el combate al enorme Cassius Clay.

Revisando con el tiempo las imágenes (el combate se puede ver íntegro en YouTube), aquel día de mayo de 1997 en el Capital Centre de Maryland, hay que decir que Alfredo Evangelista tuvo sus opciones, el boxeo no es precisamente una ciencia exacta, cualquier fallo de cálculo, un momento que bajas la guardia o que fallas un golpe, puede ser el instante propicio para que el que tienes enfrente te mande a la lona. Evangelista, en entrevistas recientes, recuerda que en el asalto 12º pudo haber noqueado a Clay. A lo largo del combate se le ve bien, golpeando sin reservas y recibiendo, pero sin descomponer jamás el tipo.

Es cierto que al púgil estadounidense se le notaba sobrado y muy saltarín a lo largo de todo el combate, como si estuviera volando o flotando, frente a nuestro chicarrón; pero creo sinceramente que jamás se imaginó Ali que su rival le iba a dar tanta guerra, porque si hay algo que es seña de identidad de este deporte es que casi es más importante saber recibir (encajar) y buscar tu momento de contraataque, que golpear con insistencia.

Con el sonido final de la campana sorprende ver cómo ambos púgiles, exhaustos, acuden a su rincón y mientras un abatido Ali es recibido con mimos y con alguna que otra cara de preocupación, Evangelista se siente pletórico y su cuadro técnico lo recibe entre abrazos y sonrisas. Había sido una dulce, una muy dulce derrota, de esas que no manchan tu historial más bien al contrario. Mientras Evangelista se recuperaba sin dejar de proyectar una imagen de satisfacción, Muhammad Ali atendía a los medios comentando los entresijos de la lucha y se retiraba finalmente repitiendo la célebre frase Allahu Akbar (Alá es grande).

Obviamente aquel hito fue un punto de inflexión para la carrera de Evangelista que siguió varios años en el profesionalismo, intentando prolongar su forma para obtener éxitos y un dinero que nunca viene mal, y que siempre hay que guardar para cuando uno entra en la cuesta abajo.

Sin duda, ese fue el mérito principal en la carrera de Evangelista y por el que siempre será recordado. Dejaría los cuadriláteros en 1988 con 34 años y después la vida, y tristemente es algo que se repite en muchos boxeadores, no le trató bien o él no supo jugar sus cartas con pericia. Pasaría a ser portero de discoteca y la noche lo confundió, tanto es así que en 1995 ingresó en la cárcel por tráfico de drogas. Más recientemente ha superado un cáncer de vejiga.

Aunque nacido en Uruguay, una vez llegado a España siempre vivió aquí, y como tal hay que considerarlo como uno de los nuestros. Hoy vive disfrutando de su familia y entrenando a futuros boxeadores.

Para el recuerdo queda aquella hazaña de la que en breve se van a cumplir cuatro décadas.