domingo, 5 de marzo de 2017

ALFREDO EVANGELISTA, EL BOXEADOR QUE OSÓ TUTEAR A MUHAMMAD ALI

Me ocurre en este blog que yo tengo mis particulares preferencias por determinados articulillos que escribí en su momento y que apenas han visto una veintena de personas, o sea, nadie; y también pasa lo contrario que otros que escribí con más desinterés o menos pasión resulta que se posicionan muy bien en Google, gracias a su inextricable algoritmo.

Algo así me sucede con la única entradilla que había dedicado hasta ahora al boxeo, con ocasión de la consecución del título mundial de la categoría superwélter por parte del púgil madrileño José Durán. En ese momento yo contaba cómo había vivido esa experiencia en casa cuando era niño y estaba en la mesa, a mediodía, viendo a la tele junto con mi familia. Curiosamente dicha entrada goza de una gran aceptación en la Red y desde que la publiqué la han visionado miles de internautas.

Aquella gesta se remontaba a mayo de 1976 y casualmente la que voy a contar hoy sucedió un año después, el 16 de mayo de 1977 para ser exactos.

Por cierto, en aquella entrada ya apuntaba las razones por las que hace cuarenta años este deporte era más popular que ahora. Ahondando un pelín hay que decir, al menos en nuestro país, que aparte de considerarse un deporte políticamente poco correcto, desde siempre se ha visto como una disciplina un tanto marginal, en la que sus participantes se ven envueltos en líos extradeportivos, cuando no tienen problemas con la justicia. Por otro lado, no juega a su favor el hecho de que sus practicantes estén siempre fanfarroneando, lo que les da un aire teatral y hasta cómico (pasa con la mayoría de los deportes de contacto y artes marciales), que no se pulsa tanto en otros deportes. Por si fuera poco, la maraña de organizaciones, categorías, títulos y sistemas de competición provoca que este deporte no sea atractivo.

Y el caso es que pocos deportes abonan la épica como este, multitud de historias de púgiles que hicieron de su vida toda una novela; así que películas, series de televisión o documentales han tenido una auténtica mina de episodios reseñables para captar la atención de propios, pero sobre todo de extraños. Tanto es así que a la mayoría de la gente no le gustará el deporte pero sí que habrá vivido con cierta pasión las aventuras de Rocky.

Bien, pues entrando en materia, si la memoria histórico-deportiva de nuestro país apenas se remonta a logros cercanos y especialmente de disciplinas mediáticas, la historia que cuento hoy a buen seguro que apenas queda en la memoria de los muy aficionados y solo de paso para los que en el año 1977 tenían uso de razón y manifestaban algún interés por el deporte.

Poco antes de ese año comenzó a hablarse de la nueva figura del boxeo español, un tal Alfredo Evangelista, un púgil nacido en Uruguay que con 18 años aterrizaba en España para sacar el máximo rendimiento a su potencial. Subió como la espuma en poco tiempo y tuvo el mérito de derrotar al, hasta entonces, prohombre del boxeo en nuestro país, el inolvidable Urtain.

A todo esto hay que decir que tanto Urtain como Evangelista pertenecían a la máxima categoría del boxeo, el peso pesado. Como señalaba antes, si ya de suyo, el boxeo tiene ese halo novelesco, las historias que verdaderamente se convierten en míticas se subrayan gracias al nombre de los luchadores del peso pesado: Clay (Muhammad Ali), Hollyfield, Tyson, Foreman..., son unos pocos de los apellidos que se me vienen a la memoria y que recrean en mi mente esas peleas que generaron tanta expectación que en cada momento de la pasada centuria se consideraron «el combate del siglo».

La buena preparación y ese pulido del diamante que era el joven Evangelista dio réditos de forma rápida, y tan rápido como vinieron los éxitos llegó su nacionalización, una nacionalización exprés que hoy se llamaría, pero que en aquellos años de la transición también se daba, toda vez que en apenas dos años Alfredo ya era ciudadano español.

Hete aquí que con 21 años Alfredo Evangelista había ido subiendo enteros gracias a sus victorias fundamentalmente ante púgiles europeos y para la primavera de 1977 se situaba en el ránking mundial del peso pesado en la 10ª posición.

Por aquel entonces Cassius Clay era todo un mito, convertido al Islam desde bien jovencito y más conocido por Muhammad Ali, era una referencia en la lucha social en favor de los negros, y uno de los más grandes boxeadores de la historia. Es cierto que tenía 35 años y se divisaba que su ocaso deportivo comenzaba, pero aun así ostentaba en esa fecha el cinturón de Campeón mundial del peso pesado (no me pregunten por cuál asociación), y la normativa le obligaba a poner en juego el título y retarse ante alguno que estuviera del puesto 2º al 10º. Ali digamos que apostó sobre seguro, porque intuía que el pipiolo Evangelista no tendría nada que hacer ante su técnica y la dureza de sus golpes.

Era un riesgo calculado y la noticia le llegó a Evangelista como lluvia de mayo, mes en el que se iba a celebrar el duelo, no solo por la trascendencia que ello tendría a nivel mundial, sino también y por qué no decirlo, por la suculenta bolsa (llámase así al dinero que se llevan los boxeadores en cada pelea) que se traería para España, 8 millones de pesetas que para esa época no estaban nada mal, a las que sumaría el prestigio de haberse enfrentado a un grande y las bolsas posteriores que se generarían.

El combate fijado para el 16 de mayo se celebraría en la localidad de Landover, en el estado de Maryland, a apenas 15 km. de Washington D.C. y de mayoría afroamericana. Evangelista estaba, como es lógico, en una nube, abrumado por lo que se le venía encima. Es imaginable la parafernalia que siempre se monta en torno a un combate de boxeo, máxime cuando de Muhammad Ali se trataba. Y esto venía de serie, las miradas inquisitivas, las veladas amenazas y ese fanfarroneo típico de los boxeadores que, sinceramente, yo no entiendo.

Igual que el combate de Durán yo lo pude ver y conmigo un montón de españoles, este no lo pude ver y no sé si TVE lo retransmitió porque era de madrugada; pero al día siguiente periódicos, radios y televisión se hicieron eco de la gesta de Evangelista que, aunque perdió por decisión unánime, consiguió aguantar los quince asaltos para los que estaba anunciado el combate al enorme Cassius Clay.

Revisando con el tiempo las imágenes (el combate se puede ver íntegro en YouTube), aquel día de mayo de 1997 en el Capital Centre de Maryland, hay que decir que Alfredo Evangelista tuvo sus opciones, el boxeo no es precisamente una ciencia exacta, cualquier fallo de cálculo, un momento que bajas la guardia o que fallas un golpe, puede ser el instante propicio para que el que tienes enfrente te mande a la lona. Evangelista, en entrevistas recientes, recuerda que en el asalto 12º pudo haber noqueado a Clay. A lo largo del combate se le ve bien, golpeando sin reservas y recibiendo, pero sin descomponer jamás el tipo.

Es cierto que al púgil estadounidense se le notaba sobrado y muy saltarín a lo largo de todo el combate, como si estuviera volando o flotando, frente a nuestro chicarrón; pero creo sinceramente que jamás se imaginó Ali que su rival le iba a dar tanta guerra, porque si hay algo que es seña de identidad de este deporte es que casi es más importante saber recibir (encajar) y buscar tu momento de contraataque, que golpear con insistencia.

Con el sonido final de la campana sorprende ver cómo ambos púgiles, exhaustos, acuden a su rincón y mientras un abatido Ali es recibido con mimos y con alguna que otra cara de preocupación, Evangelista se siente pletórico y su cuadro técnico lo recibe entre abrazos y sonrisas. Había sido una dulce, una muy dulce derrota, de esas que no manchan tu historial más bien al contrario. Mientras Evangelista se recuperaba sin dejar de proyectar una imagen de satisfacción, Muhammad Ali atendía a los medios comentando los entresijos de la lucha y se retiraba finalmente repitiendo la célebre frase Allahu Akbar (Alá es grande).

Obviamente aquel hito fue un punto de inflexión para la carrera de Evangelista que siguió varios años en el profesionalismo, intentando prolongar su forma para obtener éxitos y un dinero que nunca viene mal, y que siempre hay que guardar para cuando uno entra en la cuesta abajo.

Sin duda, ese fue el mérito principal en la carrera de Evangelista y por el que siempre será recordado. Dejaría los cuadriláteros en 1988 con 34 años y después la vida, y tristemente es algo que se repite en muchos boxeadores, no le trató bien o él no supo jugar sus cartas con pericia. Pasaría a ser portero de discoteca y la noche lo confundió, tanto es así que en 1995 ingresó en la cárcel por tráfico de drogas. Más recientemente ha superado un cáncer de vejiga.

Aunque nacido en Uruguay, una vez llegado a España siempre vivió aquí, y como tal hay que considerarlo como uno de los nuestros. Hoy vive disfrutando de su familia y entrenando a futuros boxeadores.

Para el recuerdo queda aquella hazaña de la que en breve se van a cumplir cuatro décadas.

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