sábado, 18 de marzo de 2017

BREVES REFLEXIONES SOBRE MI EXPERIENCIA COMO ENTREVISTADOR

Cuando hace unos días una asociación empresarial de mi localidad me propuso participar en un foro de empleabilidad, y que mi cometido era el de convertirme por un rato en un empleador y realizar simulacros de entrevistas a hipotéticos aspirantes a un puesto de trabajo ficticio, pensé que no estaría mal que yo reflexionara acerca del bagaje del que dispongo en esta materia, con objeto de ofrecer a esas personas que se iban a sentar frente a mí algún tipo de estrategias para ayudar a la siempre crítica tarea de enfrentarse a una entrevista de trabajo.

Por el puesto de trabajo que tengo, de alguna responsabilidad en una Administración pública, he tenido la oportunidad a lo largo de más de dos décadas de formar parte de tribunales o comisiones en las que junto a otras personas he tenido que entrevistar a personas para dirimir puestos de trabajo de muy variada tipología y duración.

Desde luego no pretendo, ni pretendí, en aquella batería de entrevistas que realicé a los participantes de aquel foro, ser un gurú de las entrevistas, capaz de escrutar hasta el más mínimo detalle cómo se deben afrontar estas; Dios me libre de semejante osadía. Para ello hay no solo profesionales dedicados en exclusiva a adiestrar a personas en este cometido, sino infinidad de manuales (alguno leí cuando era joven) sobre esta temática, que a buen seguro ofrecen sesudos consejos sobre cómo conseguir una entrevista perfecta.

Mi modesta aportación, más allá de fallos puntuales de los aspirantes que yo corregía más por sentido común que por experiencia, pasaba por apuntar una serie de grandes líneas básicas que yo creo que podrían ayudar a esos aspirantes; estrategias que estoy convencido de que los libros y guías sobre la materia recogen y que los expertos encargados de adiestrar a esos aspirantes conocen al dedillo.

Curiosamente en ese foro de la empleabilidad yo no estaba solo, sino que a mi izquierda y a mi derecha otros empleadores, mucho más reales que yo, porque además pertenecían al sector privado, ejercían mi mismo papel; y al final del ciclo de entrevistas, en torno a la decena, todos los que estábamos en la mesa de entrevistadores pusimos en común lo que habíamos observado. Amén de alguna anécdota o consideración personal, me sentí reconfortado porque personas mucho más acostumbradas que yo a las entrevistas reales coincidían a grandes rasgos en mi apreciación de las mismas.

He de decir que si algo me molesta de un entrevistado es que por la titulación o formación que tiene, no dé de sí lo que se espera. Mis críticas son más acusadas cuanta más es la formación académica del aspirante. Y es que si de universitarios se trata, lamento decir que más en esta última década que en la anterior, observo en no pocas ocasiones que por encima de los conocimientos propios de su carrera, de los que no dudo su buena preparación, están muy faltos de otras habilidades, a las que yo llamo intangibles, quizá sea lo que los expertos llaman la inteligencia emocional, que no se aprenden en las aulas, sino que se adquieren en la universidad de la vida: leyendo, observando, interactuando, respirando…

Ya digo, observo la tendencia, más acusada en este último decenio, de que nuestros universitarios son incapaces de expresarse con soltura, con buena capacidad de expresión y de dicción. Se aturullan, hablan de generalidades para no decir nada, utilizan muchas muletillas («bueno, no sé», «eh, bien», «pues yo creo que») y lo que es peor de todo, son incapaces de enlazar una sucesión de frases coordinadas durante más de medio minuto, y básicamente es complicado encontrarte con alguien que tenga un vocabulario rico y profesional, distinto al que se utiliza en la calle.

Casualmente varios de mis ficticios entrevistados del foro me conocían y yo los conocía a ellos y aun así me manifestaron que estaban algo nerviosos. Este es un aspecto vital en una entrevista, porque el entrevistador por poco ducho que sea lo capta, que el entrevistado esté nervioso le resta a buen seguro más de un 50 % de sus posibilidades de éxito en la entrevista. Y esto hay que trabajarlo, se trabaja y se ensaya, como si de un teatrillo se tratara.

Una vez estuve en un curso de comunicación y el docente nos transmitió una idea vital para el asunto que nos ocupa, buena parte de los nervios de hablar en público vienen informados en proporción directa por la desconfianza del actor en su discurso. Si alguien sabe de su materia y conoce al detalle de lo que quiere hablar, habrá ganado mucho en su tarea, porque es como si anduviera por un camino que conoce y está totalmente iluminado. Ahora bien, si el camino no se conoce y está a oscuras será inevitable tropezar.

Y lo cierto es que bastantes veces he tenido frente a mí personas que tropezaban desde la primera frase, desde la primera palabra. Lo flagrante del asunto es que cuando hace algo más de un cuarto de siglo yo tuve que subir mi Tourmalet particular y enfrentar algunas entrevistas, trataba de ilustrarme acerca de la empresa que me iba a entrevistar. Entonces no existía Internet y procuraba valerme de las herramientas que tenía a mi alcance, libros, revistas, bibliografía variada, y patearme quioscos de periódicos, bibliotecas y cualquier foco donde se pudiera encontrar la información deseada.

Hoy con Internet a nuestra disposición, sin duda el invento más importante del cambio de siglo, tenemos a golpe de clic cualquier información que necesitemos. Qué menos que prepararse mínimamente una entrevista que entrando en la web de la empresa que nos pretende contratar.

Pero ni eso, yo he tenido entrevistados que venían, por ejemplo, a una plaza para profesor de una casa de oficios, y no eran capaces de explicar en qué consistía este programa de formación-empleo. Procesos decepcionantes en los que uno terminaba más derrotado que el propio entrevistado, ya que te tirabas una mañana entera y apenas salvabas a un puñado selectísimo de candidatos. Procesos en los que tenías que elegir al menos malo de todos.

Y es que no es de recibo, y me ha ocurrido un montón de veces, no es mentira, que en una entrevista el entrevistador termine hablando más que el entrevistado; básicamente porque cuando uno hace una entrevista y tiene cinco preguntas preparadas, espera que el entrevistado se explaye, pero cuando te responde con monosílabos (sí o no) o apenas dice dos o tres palabras, tú intentas rebuscar en el que tienes enfrente para sacarle algo que presupones que tiene dentro. No obstante, realmente estás prolongando la entrevista para justificarte ante ti mismo y ante tu organización, pues no parece muy edificante que una entrevista se dirima en un par de minutos, tras doscientas palabras formuladas en modo pregunta por el entrevistador y resueltas en veinte palabras o menos por el entrevistado.

Pues eso, que hay que prepararse las entrevistas, esto no es un misterio, no solo estudiando a tu entrevistador y lo que te puede preguntar, sino aprendiéndote lo que tú puedes decir de ti. A mis inopinados interlocutores del foro yo les transmitía un símil deportivo, hay que salir al partido con una estrategia, y nuestra estrategia es lo que yo sé de mí mismo, esto es fácil, cuál es mi currículum, cuáles son mis fortalezas, qué espero de la empresa, qué valor añadido aportaría a la empresa si se inclinara por mí… En fin toda una serie de preguntas que presumiblemente y el sentido común nos invita a pensar que nos pueden hacer. Ahora bien, hasta ahí mi estrategia, es decir, yo sé cómo voy a jugar el partido (la entrevista) y pongo encima de la mesa quién soy, porque me he entrenado para ello, pero como si de un buen entrenador deportivo se tratara, tengo que anticipar la táctica del contrario, qué es lo que me puede preguntar, y para eso hay que ilustrarse, patearse Internet, el público y el profundo, y conocer todo de la empresa que me va a entrevistar. En mi caso, en más de una ocasión hubiese deseado que mis entrevistados del pasado llevaran preparada mínimamente la entrevista para que al finalizar mi jornada laboral no me hubiera marchado bastante decepcionado con los aspirantes y con el sistema educativo.

Y a todo esto, ¿es importante ir bien vestido? Pues tal vez lo que dicen los libros sea diferente a lo que yo opino, o sea, que lo que voy a reseñar es una impresión personal. Para mí, y me da la impresión que para muchas empresas, el aspecto es secundario en el siglo XXI. Si mi empresa busca un perfil concreto, el que permita solucionar un problema existente en la organización, un nicho o una debilidad que está afectando al proceso productivo o a la prestación adecuada de un servicio (incluyendo el servicio público), escruta para encontrar el mejor candidato que ocupe ese espacio vacío con la mayor brillantez y profesionalidad, y me da igual si viene con rastas, rapado, con chupa de cuero o con zarcillos en labios, nariz o párpados.

Tal vez sea casualidad, pero tengo buena experiencia de haber trabajado junto a alumnos en prácticas de universidades y centros de formación profesional, y he tenido chavales muy hippys y/o con abundancia de pendientes y tatuajes que han dado muy buen resultado, y otros vestidos con ropita de marca que parecían pinceles, pero que demostraban un desinterés absoluto.

Eso sí, más importante que la vestimenta es la higiene, y por ahí no paso, y no se puede acudir a una entrevista siendo un guarro, desaliñado y oliendo a zorruno.

En fin, para ir terminando, las entrevistas tienen que hacerse con buena dicción, de forma pausada, estructurada, ni muy rápido ni muy despacio, sabiendo lo que se quiere decir y buscando convencer al que tienes enfrente de que tú eres el candidato ideal, esto y todo lo que he venido señalando aquí (ya he dicho, no se me tome como un experto sino como un mero observador con alguna experiencia en la materia), pueden separar el destino de cada uno, incluido el de obtener un puesto de trabajo bien remunerado y duradero o el de seguir vagando por ahí haciendo entrevistas «por probar» o «por coger experiencia». En definitiva, la frontera que separa el hacer una buena entrevista o perpetrarla.

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