miércoles, 26 de octubre de 2011

LOGROÑO, PASEANDO A LAS ORILLAS DEL EBRO

En un viaje vital que como primer propósito no tenía que ver, en absoluto, con el placer ni con el turismo, la pasada semana mi mujer y yo estuvimos en Logroño. Tiempo hubo alguno en nuestra fugaz estancia, amén de lo que hicimos en primer lugar y que era nuestra principal misión, para pasear por el centro de esta ciudad y llevarnos un somera pero fructífera estampa de un emblema que es ya para nosotros la capital de La Rioja.

Tanto la gente con la que habíamos hablado previamente como allí mismo, todos coincidían en que Logroño era una pequeña ciudad, casi un pueblo. Al menos el centro histórico así lo parece, me recordaba a ratos a algunas calles de Granada o Pontevedra, por su altura, por su diseño y por el ambiente tranquilo, solitario a ratos, casi claustral.

Sí, porque tanto por el esquema de esta ciudad, como por sus gentes, el centro está por fortuna preservado de la presencia de vehículos motores y se puede caminar sosegadamente por sus amplias aceras y calles peatonales. Por otro lado, como en muchas grandes ciudades el centro está más despoblado que la periferia, no sólo porque hay casas deshabitadas, sino que muchos edificios singulares se han tomado por instituciones diversas y funcionan como centros de trabajo. De ahí esa sensación de evasión que uno percibe por sus calles centrales, lejos del bullicio y las aglomeraciones, de verdad que pensé que era un escenario idílico para componer poemas.

Lo cual no quiere decir lo anterior que en Logroño sea todo paz y silencio, porque nadie que la haya visitado habrá obviado la incursión en la calle Laurel, también conocida por “La senda de los elefantes”, por aquello de que después de su travesía y el correspondiente avituallamiento se acaba a cuatro patas y con una buena trompa. No, no es la única zona de tabernas, bares típicos y restaurantes, aunque esta sea la más turística. Mucho vino de la zona, como no podía ser de otra manera, y la habitual forma de tapear en el norte de España, con los pinchos bien presentados al público, donde abundaban las setas y los pimientos del lugar, fueron testigos de nuestro descubrimiento del mediodía festivo logroñés y de la firme convicción de que un viernes a mediodía muchos españoles en cualquier punto de nuestra geografía al azar, estamos haciendo lo mismo, ¿no será esta sana y festiva costumbre una de las características que más nos unen a todos los que habitamos en este país?

Unas calles y un centro bien cuidados y limpios, que lo cortés no quita lo valiente, o lo que es lo mismo que el ser educado no está reñido con beberse unas copitas y ponerse contento, pero para ello no hace falta inundar las calles con papeles, bolsas de chuches, restos de comida, que en Andalucía somos un poco guarretes en este sentido y uno siente envidia de lo limpio que está todo en otros sitios.

El centro de Logroño es pequeño y coqueto, todo parece estar a medida, la Catedral es estrecha y larga, y su plaza también es muy recogidita, pero no exenta de porte.

Hay dos detalles que me gustaron de esta ciudad, uno era consabido, la presencia del río Ebro, y es que siempre me gustan las localidades que tienen río, me relaja sobremanera mirar el agua, el cauce les da mucho equilibrio, todo se articula en torno al mismo. El otro detalle son los soportales de algunas de sus calles, que me inspira recogimiento, la necesidad de sentarte en un café a ver pasar el tiempo y a leer una buena novela.

Y luego la gente, aparte de ser apacible, lo cual no es sinónimo de sin gracia, la percibí muy señorial, bien vestida, a la manera de una ciudad elegante y distinguida pero sin aspavientos. Pero en las tabernas lugareñas también sacaban su gracejo, su simpatía y una mezcla en su habla de maño y vasco, lo que en consecuencia no será más que esta variedad dialectal del castellano, que es el riojano, lo que pasa es que como es una comunidad pequeña de habitantes uno no ha apreciado antes esa identidad lingüística con respecto a otras zonas de España más populosas.

También tuvimos un momento para pasear y adquirir alguna vianda riojana en el Mercado de Abastos de San Blas, igualmente nos encantó este espacio, muy bien conjuntado con su entorno, también pleno de limpieza (nuevamente qué envidia) y con una perfecta configuración en cuanto a su diseño y en cuanto al reforzamiento de este lugar como espacio urbano social y de ocio. Un magnífico ejemplo de gestión, a mi entender, de lo que debe ser una plaza de abastos en el siglo XXI, hoy que en muchos sitios casi se han perdido estos centros o su presencia es poco menos que testimonial, como ocurre en mi pueblo.

En definitiva, una buena ciudad para vivir, con perfecta armonía entre lo antiguo y lo moderno, con las ventajas del progreso, aunque sin perder un ápice de sus raíces que la hacen acogedora y tranquila, para evadirse o no…, porque allí me encontré a alguien que conocía y que jamás me hubiera imaginado encontrar, pero una vez más se vuelve a cumplir la máxima de que “el mundo es un pañuelo”.

miércoles, 19 de octubre de 2011

DIRECTÍSIMO, URI GELLER Y EL ILUSIONISMO

Sería allá por el año 1974 o 75, cuando en Televisión Española se había consolidado un programa magacín llamado “Directísimo”, presentado por un simpático y peculiar José María Íñigo. Es cierto que no había más que elegir en la televisión, pero el programa, instalado en horario de máxima audiencia, los sábados por la noche, se había convertido en un fenómeno social y siempre había expectación por ver qué habían preparado en cada velada.

Este presentador, José María Íñigo, es uno de esos tipos que caen bien a la gente, con una voz dulce y afable, con apariencia de estar siempre de buen humor y, además, con una característica que en aquella época era más que sobresaliente, sabía hablar inglés (ya se sabe la providencial dificultad que tiene el español de a pie con los idiomas), con lo que Iñigo podía dirigir las conversaciones con invitados extranjeros sin la mediación de intérprete, y eso le otorgaba bastante inmediatez y agilidad a las entrevistas.

En ese programa aparecían personajes de lo más variopinto, diferentes, sui generis, siempre con alguna historia curiosa que contar y cada programa era un espectáculo y una puerta abierta a la sorpresa. Por si fuera poco, Íñigo contribuía con su imagen a hacer el programa algo extravagante, porque él era también distinto por su fabuloso mostacho que casi orillaba su barbilla.

Y una buena ocasión nos trajo por su estudio a un joven israelí llamado Uri Geller que decía tener poderes paranormales y que era capaz de doblar cucharillas y llaves con sólo frotarlas, arreglar relojes averiados y leer en la mente de las personas, entre otras sutilezas.

Aquella aparición se convirtió en un gran acontecimiento mediático, toda España se revolucionó con aquel sorprendente parapsicólogo y no paró de salir gente reconociendo que en su casa y gracias a los poderes derivados por Geller desde la pantalla de la televisión, también habían podido doblar una cucharilla o echar a andar aquel reloj viejo que hace años que no funcionaba con sólo una imposición de manos.

Lo cierto es que con los años se ha demostrado que Uri Geller tenía más de mago, ilusionista y prestidigitador (el que mueve los dedos con rapidez y presteza), que de parapsicólogo, metapsíquico o mentalista. No hacía más que trucos, muy hábiles eso sí, pero trucos al fin y al cabo. De hecho, hay no menos de cinco maneras de doblar una cucharilla con sólo frotarla aparentemente. La explicación más sencilla es que hay aleaciones de metales que se malean si alcanzan los 30 grados, y eso se puede conseguir con el simple frotamiento táctil.

La razón por la que algunas personas en sus casas hubieran conseguido efectos similares tenía que ver justo con el hecho de que dispusieran de cucharillas de esos metales fácilmente maleables. Y el truco del reloj que echaba a andar estaba relacionado con un efecto físico. Algunos relojes debían engrasarse cada tiempo para que funcionaran adecuadamente y la falta de mantenimiento hacía que se parasen, el hecho de calentarlos imponiendo las manos, permitían licuarse momentáneamente esas grasas y revivirlos por un rato.

Era obvio que Uri Geller no sólo utilizaba trucos en el plató sino que jugaba con la psicología de las masas. Sabía que si había un mínimo porcentaje de personas que habían conseguido algún éxito en sus casas, por escaso que fuera, las noticias en cada punto de España resultarían muchísimo más relevantes que los elevadísimos fracasos que se hubieran producido. Es decir, que hubo personas que alardearon de sus poderes y el resto, la gran mayoría, nos callamos adorando a los supuestos clones de andar por casa de Uri Geller.

Y dicho esto, no tengo nada en contra de Uri Geller, al contrario, creo que abrió una nueva dimensión en el ilusionismo y la magia, y estuvo varios años recorriendo todo el mundo y haciendo, al parecer, una más que generosa fortuna. Pero, como siempre, surgieron los detractores, esos personajes empeñados en desvelar sus trucos y echar por tierra esa divina ilusión de hacer realidad lo imposible. De hecho, en Internet se puede ver cómo le prepararon una vez una encerrona en un programa de televisión estadounidense donde lo someten a determinadas pruebas con objetos que Geller no pudo preparar de antemano, y lo pillan, vaya que si lo pillan.

Quizás el gran error de este célebre israelí fue el de no reconocer que era un mago y dárselas de que era un psicólogo con poderes extrasensoriales, eso, de algún modo, mató su estrella.

Pero es que en este mundo en el que vivimos nos empeñamos con querer saber la verdad de todo, es loable, pero cuestiono que sea hasta el límite de conocer los trucos de magia. A mí me gusta mucho la magia y no me planteo dónde está el truco, me fascina que me sorprenda con acciones imposibles, con espectáculos diferentes y que no haya visto antes. De lo contrario, ¿dónde estaría la gracia?

De algún modo, también le pasó algo similar a David Copperfield. Sin duda, el mago actual más reconocido y espectacular. Cuando realizó su show para la televisión y a medida que hacía trucos cada vez más megalómanos, surgía toda una banda de críticos para echar abajo sus montajes. Evidentemente que Copperfield utilizaba y utiliza trucos, es obvio que la Estatua de la Libertad jamás se ha movido ni un milímetro de su sitio desde que se colocara en Nueva York en 1886, pero me encantó ver cómo se las ingeniaba para hacernos creer por un instante que había desaparecido de un plumazo, algo absolutamente memorable.

Sin ir más lejos, en España medio defenestraron al ovetense Anthony Blake en 2002 cuando adivinó el Gordo de la lotería de Navidad. Al poco salieron los listillos que adujeron la existencia de un enano dentro de la urna donde se había representado el número. Es evidente que Blake utilizó un truco, fantástico, el del enano no, pero me da igual, lo hizo genial, le salió bien, ejerció el efecto sorpresa. Pero, ¿alguien duda que fuera un truco, muy bueno, pero truco de todas todas? Si hubiera sabido el número de antemano, realmente habría comprado todos los décimos y hace años que ya sería multimillonario. De hecho, él no engaña a nadie, siempre termina sus espectáculos diciendo: "No le den más vueltas, esto es producto de su imaginación".

El gran problema de la televisión es que quema bastante a los magos, no se pueden mantener toda la vida en un programa, porque terminaremos buscando sus artimañas y eso no es bueno para el espectáculo. Por eso, la aparición en programas de televisión de magos suele ser efímera, y terminan haciendo espectáculos propios o acaban actuando en locales nocturnos o salas de fiesta.

No, no existe la parapsicología ni los poderes de prever lo que va a pasar, ni el de saber dónde está una persona desaparecida, si todo esto fuera así, muchos sucesos que estos días nos sacuden tendrían una pronta solución. Yo admiro a los grandes magos, esos que me sorprenden, que juegan con mi ilusión y que me la renuevan. Echo de menos, últimamente, algún gran mago que rompa los cánones actuales, pues estoy un poco cansado de palomas que salen de la chistera, aburridos juegos de cartas, mozas que son cortadas en dos o tres pedazos o faquires que se acuestan en una cama de clavos, pero en todo caso, no me planteo dónde está el truco, simplemente me divierto, ahí está la gracia. Quizás algún día cuando me jubile me compraré libros de magia y podré deleitar a mis amigos.

jueves, 13 de octubre de 2011

EL "FRANCO ROJO", ENTRE LA LEYENDA, LA RAREZA Y LA CURIOSIDAD

Reconozco que soy un nostálgico y que he soñado en muchas ocasiones con ir a una casa vieja de algún amigo o familiar a rescatar trastos y encontrarme con una caja de sellos, monedas o billetes antiguos. Eso no me ha ocurrido nunca o casi nunca, salvo cuando en casa de mis abuelos maternos, de vez en cuando, mi madre saca alguna reliquia con documentos de mis antepasados, y en ellas he cortado el sello correspondiente aunque, eso sí, de escaso valor.

No obstante, sigo esperando con que llegue ese día y que logre encontrar ese pequeño tesoro, que aunque tenga poco valor, por lo menos me deje un poso sentimental. También es cierto que supongo que tampoco me importaría que entre documentos de hace un siglo o medio siglo, apareciera algún sello que fuera una rareza, que sí que tuviera valor económico, aunque imagino que no lo vendería sino que lo guardaría en mi colección como oro en paño, y como el mayor tesoro con el que jamás pude contar.

Hay que hacer una distinción y es que la mayoría de los sellos que tienen mucho valor en España son anteriores a la II República (los primeros sellos españoles tal y como los concebimos hoy datan de 1850), por lo que escasean las rarezas en estos últimos ochenta años aproximadamente. Hace unos meses trataba en esta bitácora de una de esas excepciones en este período más reciente, se trataba de los sellos de Legazpi y Sorolla de 1953, y hoy traigo a colación tal vez un sello más conocido y que está en el género de los raros o más bien de las curiosidades, se trata del sellos de 2 pesetas rojo de Franco, de 1955, más conocido por el “Franco rojo”.

Por aquella época y siempre en cada país, en todo régimen, ha habido lo que se denomina una “serie básica”, normalmente la efigie o semblante del principal mandatario de un país, o el icono o escudo más representativo de la nación en cuestión. Aquí en España ya se sabe, desde la dictadura hasta ahora, la inmensa mayoría de los sellos han sido copados por Franco y por el Rey Juan Carlos I; esas tiradas infinitas han sido la imagen repetida en cientos de cartas que habremos abierto a lo largo de nuestras vidas.

Pues bien, he aquí que hubo una vez un sello de esos de la “serie básica” que pasó del anonimato al estrellato en un pispás. Y la historia de este “Franco rojo” no deja de ser curiosa porque hay un par de leyendas que tratan de explicar por qué se convirtió en un sello singular y, por tanto, en un sello más o menos cotizado.

El sello en cuestión se emitió el 28 de febrero de 1955, y la que parece ser la versión oficial señala que en los meses posteriores a su emisión, el sello de dos pesetas rojo se podía confundir por parecida tonalidad, con el de una peseta naranja, y claro, aquello pudo provocar algún error a la hora de despacharlos, pues la tonalidad variaba poco, y se podía vender por una peseta un sello de dos, y en aquella época, una peseta era un dinerillo, y si el error se repetía, pues no parecía plato de gusto. Por tanto, se conjetura con que estanqueros y funcionarios de Correos se quejaron amargamente de este hecho y nuestros servicios postales patrios retiraron todas las existencias del 2 pesetas rojo y no lo volvieron a emitir con ese color. La sustitución se hizo con otro de color visiblemente inconfundible con el naranja de una peseta, así nació el 2 pesetas púrpura, casi catorce meses después, el 24 de abril de 1956.

Para los detractores de esta teoría el argumento de la confusión cromática es muy endeble porque de la extensa tirada de sellos de Franco, se utilizaron muchos colores, y algunos ciertamente muy parecidos y tan susceptibles a la confusión como el que aquí nos ocupa. Pero, además, con el agravante de que la diferencia de valor era mayor que una simple peseta (el de 60 cts. y el 6 ptas. eran también muy parecidos).

Luego está la historia más sugerente o más rosa (ya que de colores estamos hablando), como queramos llamarla. ¿Cierta o deliberadamente creada por los opositores del régimen? Lo cierto es que, sea lo que fuere, el escenario se lo pusieron a huevo, y dicen las malas lenguas que Franco se coscó de que estaban circulando cartas por ahí con un sello en el que él aparecía rojo, y ¡ni mucho menos!, rojo ni en los sellos de Correos, o haciendo un chiste que viene de perillas, “¿rojo?, ni en pintura”; así que ni corto ni perezoso habría ordenado que se le cambiara el color inmediatamente al sello.

Cuesta trabajo pensar que esta última versión tuviera visos de realidad porque sería como llevar la influencia política que pudiera tener un color hasta sus últimas consecuencias, y por la misma regla de tres podría haber decidido quitar el color rojo de la bandera española, o de las camisetas de la selección española de cualquier deporte.

Además, no es del todo cierto que aquel fuera el único Franco de color rojo, en realidad, en aquellos años también salieron otros sellos de la serie básica con tonalidades o matices del rojo, el de 10 cts. es rojo burdeos y el 1'40 ptas. es rojo magenta, ambos son claros ejemplos. Curiosamente hay dos sellos que se sacaron casi en el declive del régimen, en 1974, el sello de 20 ptas. de Franco, era rojo granate y el de 4 ptas. emitido en julio de 1975, un sello rojo, pero clarísimamente rojo, y ahí el color fue lo de menos, o con un dictador en sus últimos meses de vida fue como darle un puyazo postal.

No descarto, y esa es mi hipótesis personal, porque parece razonable que, en realidad, se tratara de un error tipográfico, grave sí, pero error; es decir, que los encargados de la tipografía equivocaran el color e idearon un sello con un color que no era el originalmente diseñado.

En fin, a la hora de la verdad circularon no pocos sellos del “Franco rojo”, con casi total seguridad, miles y miles. Sinceramente hasta hace nada yo sólo había visto en vivo y en directo un sólo sello de estos en mi vida; lo tenía un viejo amigo mío del colegio, que lo heredó junto con una fabulosa colección de sellos de una tía suya. Ese “Franco rojo” era clarísima e indubitadamente rojo.

Y digo que hasta hace nada, porque para ilustrar este articulillo he tenido la curiosidad de ver en Internet por dónde andaba la cotización del “Franco rojo”, y por apenas diez euros se puede comprar en nuevo, y por cincuentas céntimos uno matasellado. Así que yo, que jamás había tenido mayor interés por comprar este sello, por mucho mito que tuviera, no pude eludir la tentación de adquirirlo, el usado. Por eso digo que seguro que hubo miles y miles porque el precio de cotización es cualquier cosa menos prohibitivo.

Por tanto, estamos ante un sello que tiene más de leyenda que de verdadera enjundia. No se sabe, en definitiva, porque se cercenó aquel “Franco rojo”, y no sé si alguien de los que tomó esa decisión vive para contarlo, pero lo cierto es que desde el punto de vista filatélico no deja de ser una vulgaridad, por mucho que yo no lo tuviera hasta ahora, pero es que ha sido por franca despreocupación.

Entiendo que alguien que comprara en su época cantidades de sellos de estos ha podido multiplicar por mucho aquella inversión con respecto al valor facial original, pero en cualquier caso, la adquisición de un “Franco rojo” en el siglo XXI es un caprichito que no nos hará salir de pobres. Así que considerando que en España hay más de medio centenar de sellos que cotizan por encima de los 600 euros, y seguramente más de medio millar que están más cotizados que este Franco “izquierdoso”, hay que concluir con que estamos ante una curiosidad más que una rareza, aunque desde luego con mucha especulación e historia de por medio.

martes, 4 de octubre de 2011

"TIEMPO DE PREGUNTAR", DE JOHN FLADER

Recuerda mi tío Pedro que cuando yo era muy chico (casi no tenía uso de razón), paseando un día en dirección hacia la ermita de la Virgen de Linarejos en Linares, que le hice alguna pregunta profunda relativa a la trascendencia del ser humano, no sé si era sobre qué pasaba cuando moríamos o quién era Dios.

Con el tiempo mi tío se hizo cura y yo he seguido haciéndole preguntas sobre la fe católica, se las hago personalmente cuando nos vemos e incluso últimamente ya hemos utilizado la vía electrónica, como no puede ser de otro modo en este mundo de las tecnologías cibernéticas; y a veces creo ponerle en una encrucijada y no lo hago con esa intención, pues realmente lo que deduzco es que la doctrina católica es tan amplia, tiene tantísimas magnitudes, cuestiones de teología profunda que no tienen una respuesta tan fácil que se pueda remitir a una afirmación o una negación.

En esta entradilla traigo hoy un libro que él me ha pasado y que se llama “Tiempo de preguntar – 150 Cuestiones sobre la fe católica”, del sacerdote australiano John Flader. Para empezar señalaré que en este siglo XXI parece que hablar de religión, de creencias, de catolicismo, de salvación, de ir a misa los domingos..., está fuera de sitio, resulta insano, anacrónico o de facha trasnochado y retrógrado.

Yo voy a misa los domingos, sí, esto es casi una declaración de intenciones para los que me siguen y sobre todo una manera de decir que no me da miedo reconocerlo y que me siento orgulloso de ello, y no pasa nada, soy una persona integrada plenamente en la sociedad y este elemento no me resta ninguna capacidad. En un mundo tan mediocre como este, donde todos nos tiramos los trastos a la cabeza, con tantas desigualdades, con tantísima pobreza espiritual, merece la pena disponer de tres cuartos de hora de meditación semanales escuchando un mensaje que pretende que la humanidad sea cada día mejor, ¿qué de malo puede haber en ello? Por tanto, no veo una pérdida de tiempo el ir a misa y sí un espacio íntimo y personal para salirse de la rutina, para reflexionar sobre la proyección divina de nuestra existencia y su evidente transitoriedad.

Dicho esto, mi tío respondió no ha mucho a mis inquietudes religiosas y morales, pasándome este libro, toda una joya, que he leído a ratos, pero con avidez y con notable interés, en el que se recogen esas susodichas 150 preguntas sobre fe católica y que responden en sumo grado a esas comeduras de olla que suelo tener sobre lo que representa mi creencia religiosa y otras dudas nimias o de menor calado pero sobre las que nunca he encontrado una resolución clara.

Con anterioridad a este libro, también me dejó mi tío un “Catecismo de la Iglesia católica”, y debo decir que no terminó de resolver mis cuitas, sobre todo porque lo vi demasiado técnico, le faltaba mayor pedagogía, especialmente en las cuestiones de fe y teología pura y dura, donde se utilizaba un lenguaje un tanto abstracto que terminaba por no aclararme o resolverme mis dudas.

Este libro nace en Australia y es fruto de la colaboración del sacerdote John Flader, perteneciente al Arzobispado de Sydney en una revista católica de tirada semanal. Entiendo que con la visita del Papa Benedicto XVI a dicha urbe oceánica en 2008, con ocasión de las Jornadas Mundiales de la Juventud, se generó un repunte de la religiosidad católica en Australia y se estuvieron preparando para ello; este compromiso se vio plasmado, entre otros relevantes hechos, en este libro que salió unos meses antes de la visita papal. El libro aúna las cuestiones que semanalmente le planteaban diferentes personas al padre Flader en la revista pastoral “The catholic weekly”.

Estoy convencido de que mi tío tuvo la intuición de pasarme el libro porque seguro que lo leyó y descubrió que una de las preguntas que se formulaban, yo se la había hecho a él hace unos años; es de las rebuscadas, pero yo me planteaba que cuando te administran la hostia, por ejemplo en la mano, es posible que queden partículas en la palma o que minúsculos trozos caigan al suelo, y en esas pequeñas fracciones entendía que también estaba Cristo, y él me respondió que había que tener un cierto celo, pero sólo lo admisible dentro de unos límites de cuidado y diligencia. También recuerdo que le planteé que si Jesucristo resucitó, ¿si siguió viviendo después? Igualmente tuvo una respuesta certera para mí.

Pues bien, preguntas de mayor o menor profundidad, algunas curiosas pero muy razonables, se repasan en este libro con un lenguaje muy cercano, con explicaciones muy llanas y convincentes, dando respuesta a múltiples dimensiones de la religión católica en este siglo XXI, donde se da luz a cuestiones que creemos saber desde siempre, pero a la hora de la verdad desconocemos y damos por hechas porque sí, sin disponer del fundamento que la Iglesia tiene para ellas.

El repaso que se hace “Tiempo de preguntar – 150 Cuestiones sobre la fe católica” es bastante sistemático a mi entender y a uno termina por aclararle una multiplicidad de aspectos más que relevantes de nuestra creencia religiosa, en la que nos hemos criado y que abrazamos, cada cual a su manera.

Aspectos del día a día u otros de fe profunda, todos tienen cabida: la creación, la vida de Jesús, la salvación, los sacramentos, las devociones, la Virgen María, el pecado, las oraciones...

Para mí ha supuesto una lectura sumamente amena e interesante, ha sido como responder a mi curiosidad innata y proverbial curiosidad, mitigada por mucho tiempo, espero, gracias a estos cerca de dos centenares de luminosas páginas.

Lo que de verdad me queda por proclamar es que la Iglesia católica y su componente humano son auténticos organismos vivos en constante cambio y evolución, y que aún sigue despertando inquietudes, ganas de conocer y el horizonte de que en el seno de las creencias de uno, se puede intentar, no digo que se logre, ser mejor persona, ser mejor ciudadano.