miércoles, 19 de octubre de 2011

DIRECTÍSIMO, URI GELLER Y EL ILUSIONISMO

Sería allá por el año 1974 o 75, cuando en Televisión Española se había consolidado un programa magacín llamado “Directísimo”, presentado por un simpático y peculiar José María Íñigo. Es cierto que no había más que elegir en la televisión, pero el programa, instalado en horario de máxima audiencia, los sábados por la noche, se había convertido en un fenómeno social y siempre había expectación por ver qué habían preparado en cada velada.

Este presentador, José María Íñigo, es uno de esos tipos que caen bien a la gente, con una voz dulce y afable, con apariencia de estar siempre de buen humor y, además, con una característica que en aquella época era más que sobresaliente, sabía hablar inglés (ya se sabe la providencial dificultad que tiene el español de a pie con los idiomas), con lo que Iñigo podía dirigir las conversaciones con invitados extranjeros sin la mediación de intérprete, y eso le otorgaba bastante inmediatez y agilidad a las entrevistas.

En ese programa aparecían personajes de lo más variopinto, diferentes, sui generis, siempre con alguna historia curiosa que contar y cada programa era un espectáculo y una puerta abierta a la sorpresa. Por si fuera poco, Íñigo contribuía con su imagen a hacer el programa algo extravagante, porque él era también distinto por su fabuloso mostacho que casi orillaba su barbilla.

Y una buena ocasión nos trajo por su estudio a un joven israelí llamado Uri Geller que decía tener poderes paranormales y que era capaz de doblar cucharillas y llaves con sólo frotarlas, arreglar relojes averiados y leer en la mente de las personas, entre otras sutilezas.

Aquella aparición se convirtió en un gran acontecimiento mediático, toda España se revolucionó con aquel sorprendente parapsicólogo y no paró de salir gente reconociendo que en su casa y gracias a los poderes derivados por Geller desde la pantalla de la televisión, también habían podido doblar una cucharilla o echar a andar aquel reloj viejo que hace años que no funcionaba con sólo una imposición de manos.

Lo cierto es que con los años se ha demostrado que Uri Geller tenía más de mago, ilusionista y prestidigitador (el que mueve los dedos con rapidez y presteza), que de parapsicólogo, metapsíquico o mentalista. No hacía más que trucos, muy hábiles eso sí, pero trucos al fin y al cabo. De hecho, hay no menos de cinco maneras de doblar una cucharilla con sólo frotarla aparentemente. La explicación más sencilla es que hay aleaciones de metales que se malean si alcanzan los 30 grados, y eso se puede conseguir con el simple frotamiento táctil.

La razón por la que algunas personas en sus casas hubieran conseguido efectos similares tenía que ver justo con el hecho de que dispusieran de cucharillas de esos metales fácilmente maleables. Y el truco del reloj que echaba a andar estaba relacionado con un efecto físico. Algunos relojes debían engrasarse cada tiempo para que funcionaran adecuadamente y la falta de mantenimiento hacía que se parasen, el hecho de calentarlos imponiendo las manos, permitían licuarse momentáneamente esas grasas y revivirlos por un rato.

Era obvio que Uri Geller no sólo utilizaba trucos en el plató sino que jugaba con la psicología de las masas. Sabía que si había un mínimo porcentaje de personas que habían conseguido algún éxito en sus casas, por escaso que fuera, las noticias en cada punto de España resultarían muchísimo más relevantes que los elevadísimos fracasos que se hubieran producido. Es decir, que hubo personas que alardearon de sus poderes y el resto, la gran mayoría, nos callamos adorando a los supuestos clones de andar por casa de Uri Geller.

Y dicho esto, no tengo nada en contra de Uri Geller, al contrario, creo que abrió una nueva dimensión en el ilusionismo y la magia, y estuvo varios años recorriendo todo el mundo y haciendo, al parecer, una más que generosa fortuna. Pero, como siempre, surgieron los detractores, esos personajes empeñados en desvelar sus trucos y echar por tierra esa divina ilusión de hacer realidad lo imposible. De hecho, en Internet se puede ver cómo le prepararon una vez una encerrona en un programa de televisión estadounidense donde lo someten a determinadas pruebas con objetos que Geller no pudo preparar de antemano, y lo pillan, vaya que si lo pillan.

Quizás el gran error de este célebre israelí fue el de no reconocer que era un mago y dárselas de que era un psicólogo con poderes extrasensoriales, eso, de algún modo, mató su estrella.

Pero es que en este mundo en el que vivimos nos empeñamos con querer saber la verdad de todo, es loable, pero cuestiono que sea hasta el límite de conocer los trucos de magia. A mí me gusta mucho la magia y no me planteo dónde está el truco, me fascina que me sorprenda con acciones imposibles, con espectáculos diferentes y que no haya visto antes. De lo contrario, ¿dónde estaría la gracia?

De algún modo, también le pasó algo similar a David Copperfield. Sin duda, el mago actual más reconocido y espectacular. Cuando realizó su show para la televisión y a medida que hacía trucos cada vez más megalómanos, surgía toda una banda de críticos para echar abajo sus montajes. Evidentemente que Copperfield utilizaba y utiliza trucos, es obvio que la Estatua de la Libertad jamás se ha movido ni un milímetro de su sitio desde que se colocara en Nueva York en 1886, pero me encantó ver cómo se las ingeniaba para hacernos creer por un instante que había desaparecido de un plumazo, algo absolutamente memorable.

Sin ir más lejos, en España medio defenestraron al ovetense Anthony Blake en 2002 cuando adivinó el Gordo de la lotería de Navidad. Al poco salieron los listillos que adujeron la existencia de un enano dentro de la urna donde se había representado el número. Es evidente que Blake utilizó un truco, fantástico, el del enano no, pero me da igual, lo hizo genial, le salió bien, ejerció el efecto sorpresa. Pero, ¿alguien duda que fuera un truco, muy bueno, pero truco de todas todas? Si hubiera sabido el número de antemano, realmente habría comprado todos los décimos y hace años que ya sería multimillonario. De hecho, él no engaña a nadie, siempre termina sus espectáculos diciendo: "No le den más vueltas, esto es producto de su imaginación".

El gran problema de la televisión es que quema bastante a los magos, no se pueden mantener toda la vida en un programa, porque terminaremos buscando sus artimañas y eso no es bueno para el espectáculo. Por eso, la aparición en programas de televisión de magos suele ser efímera, y terminan haciendo espectáculos propios o acaban actuando en locales nocturnos o salas de fiesta.

No, no existe la parapsicología ni los poderes de prever lo que va a pasar, ni el de saber dónde está una persona desaparecida, si todo esto fuera así, muchos sucesos que estos días nos sacuden tendrían una pronta solución. Yo admiro a los grandes magos, esos que me sorprenden, que juegan con mi ilusión y que me la renuevan. Echo de menos, últimamente, algún gran mago que rompa los cánones actuales, pues estoy un poco cansado de palomas que salen de la chistera, aburridos juegos de cartas, mozas que son cortadas en dos o tres pedazos o faquires que se acuestan en una cama de clavos, pero en todo caso, no me planteo dónde está el truco, simplemente me divierto, ahí está la gracia. Quizás algún día cuando me jubile me compraré libros de magia y podré deleitar a mis amigos.

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