sábado, 13 de junio de 2020

JUEGO DE LA LATA, UN ESCONDITE DINÁMICO QUE HOY HA DESAPARECIDO DE NUESTRAS CALLES

Era cuestión de tiempo que yo hablara de este juego, y no sé por qué no lo había hecho antes, gracias a que alguien que me inspira me lo ha traído al presente; y también era cuestión de tiempo que yo hiciera una breve reflexión sobre los juegos y qué hubiera sido de los niños de hace treinta o cuarenta años si hubieran/hubiéramos tenido que vivir un confinamiento como el que hemos padecido.

Al respecto de esto último, imagino que el niño que fui lo habría pasado no bien aunque hubiera terminado por adaptarse, como ahora nos ha ocurrido. La cuestión es que el niño de hoy sale mucho menos a la calle que el de antes, y un confinamiento así no le viene grande. Cualquier niño de hoy en día dispone en casa de un montón de alicientes para mantenerse entretenido sin tener que bajar a la calle durante largo tiempo, sin posibilidad de aburrimiento e interactuando en línea con un sinfín de amigos.

En lo que ha perdido el niño de hoy es en la convivencia en la calle. No recuerdo época del año en la que yo no saliera a la calle, daba igual que fuera verano o invierno, que hiciera calor o que el frío te calara los huesos, es más, mis recuerdos de esas salidas diarias a la calle no los consigo asociar a ninguna circunstancia climática, es que te daba igual, tú te lo pasabas bien y la meteorología era una mera acompañante. Sí, me imagino que si hubiera tenido que vivir de niño una pandemia de estas, seguro que en mi casa y en muchas casas habría habido pajarraca, porque nuestro medio natural estaba fuera y necesitábamos nuestra dosis diaria como una droga.

No obstante, si había una época del año propicia para los juegos colectivos en la calle esa era la primavera, una primavera que era el preludio del ansiado fin de curso y una primavera que era y es el sinónimo de larguísimas e interminables tardes, tales que cenabas y casi todavía era de día aunque el reloj marcara, no sé, las diez.

Y entonces eran juegos donde tomábamos las calles. Qué tiempos aquellos, no tan pretéritos, en los que aún no se habían hecho dueños de las vías públicas los coches, ni siquiera estaban copados los aparcamientos. Recuerdo que podías jugar al fútbol en mitad de la calle y muy eventualmente parabas porque venía un coche, entonces tocabas el balón con la mano en señal de parada obligada y decías aquello de «hasta que no se ponga el juego». Hoy, por desgracia, no hay tantos niños, que es muy malo, y casi al mismo nivel de perjuicio es que hay demasiados coches.

Esa forma de tomar las calles trascendía porque necesitábamos mucho espacio, eran ese tipo de juegos que no podías hacer en el patio del colegio, es más, necesitaban que el espacio fuera indefinido o por así decirlo, infinito. Todos hemos jugado alguna vez al escondite y si lo desarrollabas en la calle, las maneras de esconderse crecían de forma exponencial, hasta el punto de que te podías cargar el juego, si literalmente te ibas al campo durante minutos para que el juego no pudiera avanzar y así dar un poco por saco, claro que nunca se inventó la figura del «desaparecido».

Aquel escondite gozaba de una reinvención, una especie de escondite dinámico conocido como «la lata», era un escondite en sí pero con el recurso de que una lata rellena de piedras y aplastada por arriba para que no se salieran, servía de casa, y esta a su vez era susceptible de ser pateada por cualquier escondido y con esa acción salvaba a los que hasta ese momento habían sido encontrados.

Desde que el mundo es mundo, en el escondite siempre se debatió entre si se la quedaba el primero en ser descubierto o el último. Hay razones tanto para una solución como para otra, yo prefería que se la quedara el último.

Jugar a la lata, como jugar al escondite, debe tener una máxima y es la rapidez, es decir, no se puede eternizar porque de otro modo no consigue el resultado deseable, que es el de la diversión. Como señalaba más arriba, si alguien demoraba su salida del escondrijo para acudir a la casa para salvarse, eso implicaba que los que estaban pillados o salvados se aburrían como ostras esperando a que el que faltaba saliera de su letargo.

Siempre existía ese plus de riesgo y de heroicidad para el último, extremo este que se avisaba a viva voz para que el que asumía esa figura lo supiera, puesto que si encontraba la casa libre y se salvaba, lo hacía «por todos mis compañeros y por mí el primero», algo que no había que pregonar con la lata, ni tampoco tenías que ser el último.

Sí, porque la lata se convertía en ese objeto de deseo para cualquiera que se salvaba, ¿o era solo para el último? Yo intento recordar que era cualquiera el que podía patear la lata, fuera el primero, el tercero o el último y dándole una patada bien fuerte le permitía volver a esconderse y salvar a todos los pillados que también procedían a tomar un nuevo escondrijo.

Claro que partiendo de toda esta contingencia, si el que se la quedaba era hábil y había ido pillando uno tras otro a todos los que jugaban (lo cual podía ocurrir con esos que eran muy cautos y no arriesgaban nada y no se separaban apenas de la lata), el éxtasis llegaba cuando ese último elemento pillaba despistado al que se la quedaba y conseguía darle una magnífica patada a la lata que rodaba con ese sonido mágico de las piedras chocando contra el metal, lo cual era sinónimo de que todos, recién salvados, corrían con júbilo tras la brillante acción de su nuevo héroe.

En fin, muchas horas del juego de la lata tendremos en nuestro haber, depende del sitio donde uno viviera, me consta que en la provincia de Jaén en la década de los 70 y 80 era algo común. ¿Y hoy? Pues hace años que no he visto jugar a este juego, pero es que al escondite también muy poco, tal vez a niños muy pequeños, de menos de diez años. Una vez más habrá que reivindicar que maldita la hora en que los bicharracos tecnológicos invadieron nuestras vidas.

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