sábado, 22 de febrero de 2014

SUMO, UN DEPORTE DE DIOSES (V)

Hakuho
En mi particular idilio con el sumo, toca hoy mi tradicional entrega periódica de lo que ha acaecido en Japón con las competiciones oficiales de este ancestral deporte en este último año.

No sé puede decir que haya habido una gran noticia en estos últimos doce meses, ni nuevos ozekis, ni nuevos yokozunas, es decir, en los dos rangos principales. La principal noticia, que por habitual deja casi de tener el debido calado, es el continuado e insultante dominio del yokozuna Hakuho, de tal guisa que de los últimos seis torneos ha ganado cinco; desde el año 2007 no ha faltado a su cita con campeonatos o subcampeonatos, sólo ha errado en dos ocasiones. Visto lo visto, se deducen dos claras razones para la preeminencia de este luchador mongol, y es que estamos ante un sumotori excepcional y, además, ha coincidido con que se ha encontrado con una generación en la que no hay ningún luchador que le haga sombra; hay buenos palmeros que están en una, diríamos, clase media alta, pero nadie le está mojando la oreja verdaderamente.

En este ínterin, con un estado de forma tan fabuloso y arrollador, creo que a nadie le queda duda de que se va a convertir en el luchador de sumo con más títulos de la historia; ahora mismo tiene veintiocho yushos (o Copas del emperador) y el tope está en treinta y dos, que obtuviera el gran Taiho allá por 1971. Es decir, ese logro está a tiro de piedra y en este mismo año 2014 podría igualar e incluso superar esa marca. ¿Esto quiere decir que Hakuho es el mejor sumotori de la historia? En mi opinión no, porque la bajada de enteros y popularidad de este deporte en Japón ha hecho que muchos jóvenes no se sientan atraídos por la práctica de esta lucha tradicional nipona, y eso me obliga a pensar que hubo otras épocas más competitivas donde los títulos eran mucho más caros que ahora. Dicho esto, ello no quita para afirmar que Hakuho es hoy por hoy, como si de un coche se tratara, una máquina fiable. Creo que lo comenté años atrás, pero tal vez sea de los cinco deportistas de este mundo más dominante y que más distancia saca al segundo. Además, con la edad que tiene (29 años) no sólo va a triturar el récord de yushos, sino que va a dejar una marca que me atrevo a pronosticar que puede prevalecer no menos de un siglo, y es que a Hakuho le queda, sin ningún genero de duda, como poco un lustro de estar en forma y seguir ninguneando al resto del banzuke.

Ese segundo no es otro que Harumafuji, también mongol, que mantiene con pinzas ese privilegio casi sagrado de ser yokozuna, porque no termina de ser regular. Cuando gana arrasa, pero igual que se lleva la Copa del emperador un mes, en el siguiente torneo, dos meses después cede demasiados combates, y eso para los mentores de este deporte en Japón no está demasiado bien visto, y se sigue llevando los perentorios toques de atención. El último ejemplo de esa irregularidad es muy reciente, en noviembre vencía con un incontestable 14-1 y en el Torneo de Año Nuevo celebrado hace apenas unas semanas ni siquiera participó por lesión; lo que le obliga a no dar demasiado el cante en el próximo torneo de marzo que se disputará en Osaka.

Kisenosato
A todo esto, la deriva de este deporte en Japón viene marcada por la noticia que no por reiterada, deja de evidenciarse, que ya va para ocho años que un luchador japonés no gana un gran torneo (hay seis en el año). Este 2013 fue especialmente esperanzador para los aficionados nipones (incluso para mí también porque creo que con la victoria de un nipón se relanzará la calidad de este deporte), pues estuvo marcado por las magníficas prestaciones del ozeki Kisenosato que obtuvo cuatro subcampeonatos consecutivos. Incluso en el torneo de noviembre se llevó ese honor tras haber derrotado a los dos yokozunas, aunque previamente había fallado en compromisos teóricamente más sencillos. Incluso el Comité de Deliberación de Yokozuna le abrió la puerta a la promoción al máximo rango si en enero obtenía la Copa del emperador con al menos trece victorias o hasta un subcampeonato con catorce. Pero está claro que al bueno de Kisenosato, de largo el mejor luchador japonés en la actualidad, le pudo la presión y fallaba estrepitosamente con un balance de 7-8, con lo que no sólo estuvo lejos de ese logro sino que tendrá que obtener un balance positivo en marzo para no perder su grado de ozeki.

Esa flexibilización de la norma no escrita de que para ser yokozuna hay que ganar dos torneos consecutivos, que de algún modo pretendía favorecer a un sumotori nacional, criterio reinterpretado y que a mí personalmente no me gusta, es el que va a permitir igualmente que el ozeki también mongol Kakuryu pueda optar a dicha promoción, si consigue unas triunfales prestaciones en marzo; toda vez que en el pasado torneo de enero se hizo con el subcampeonato derrotando en la última jornada a Hakuho, pero cayendo contra este en el desempate final. O sea, que no está descartado que pudiéramos tener pronto tres yokozunas... mongoles.

Me entristece que este pasado 2013 se haya consumado la retirada de uno de los luchadores más combativos y prometedores del ranking, el estonio Baruto. Ganador de un yusho en 2012, no ha podido superar las reiteradas lesiones en su maltrecha rodilla izquierda. En condiciones físicas normales podría haber sido un perfecto competidor para Hakuho. En todo caso, Kaido Höövelson que es como se llama realmente, se marcha en gloria, con el reconocimiento del público nipón y de los amantes del sumo, sabedores todos de que este atípico luchador, por su melena rubia, lo daba todo cuando salía al dohyo. Baruto, además, ya declaró que terminaba su aventura en Japón y que se volvía a su Estonia natal para fomentar allí el sumo.

Peor imagen está ofreciendo el búlgaro Kotooshu que, de algún modo, se ha convertido en lo contrario que Baruto. Un tipo con una antropometría envidiable (204 cm. y un peso adecuado), que llegó a ozeki como un relámpago y estaba claramente predestinado para ser yokozuna, el que hubiera sido primer yokozuna europeo de la historia, pero fue llegar al rango de ozeki y bajó su nivel ostensiblemente, apenas una Copa del emperador y un subcampeonato lo contemplan en casi ocho años de ozeki. Se le notaba últimamente mucha desmotivación, que se esforzaba lo mínimo para conservar ese rango, y tanto tensar esa cuerda provocó que perdiera el rango hace dos torneos y ni siquiera fue capaz de lograr los resultados mínimos que le hubieran permitido recuperar el rango de ozeki por la vía rápida en el último torneo; por lo que ahora está obligado a empezar casi desde cero para volver a ser ozeki, y a tenor de lo visto, se arrastra demasiado, no está en disposición de ello, por lo que aventuro que más pronto que tarde Kotooshu, Kaloyan Stefanov Mahlyanov, va a dejar el sumo y este lo va a hacer un poco por la puerta de atrás.

Todos los años comento alguna serie de luchadores japoneses nuevos que surgen desde las categorías inferiores con fuerza, pero a la hora de la verdad, cuando llegan a las categorías profesionales se disuelven como azucarillo en el café, así que en esta ocasión paso, porque de verdad veo a muchos segundos espadas, pero no percibo una gran estrella.

Osunaarashi
Quizá por lo exótico de su procedencia sí habría que hacer mención del egipcio Osunaarashi (Abdelrahman Alaa Eldin Mohamed Ahmed), un joven luchador de veintidós años que ha volado desde las categorías inferiores hacia las profesionales en menos de dos años y que se le ve resuelto y motivado para estar entre los mejores. Y es que estamos ante el primer luchador de sumo de la historia proveniente del continente africano; con lo cual se completa el póker y ya ha habido representantes de todos los continentes en alguna ocasión en el sumo profesional.

Esa motivación encarnada en Osunaarashi contrasta con la desmotivación o falta de pundonor de los luchadores japoneses, por eso se promocionan por regla general más rápido los luchadores no nacidos en Japón que los nacionales. No existen ídolos actuales y los de antes han caído demasiado en el olvido.

Por lo demás, ha sido un año en el que ha habido mucho movimiento en las heyas (escuelas o academias oficiales de sumo, la traducción literal es establo), que se han cerrado algunas, que se han abierto otras; y por lo menos confío en algunas nuevas heyas recién inauguradas, regentadas por algunos luchadores japoneses de casta, que a ver si pueden aportarle a sus pupilos la preceptiva «testiculina» que tanto se está echando de menos en los últimos años.

No podía terminar este recorrido anual, sin hacer mención a la desagradable decisión que ha adoptado el órgano rector del sumo profesional, la Nihon Sumo Kyokai, por la que desde el último torneo ha cerrado su emisión en abierto y por Internet de las transmisiones de los torneos, por las cuales los escasos aficionados españoles y del resto del mundo nos hemos visto privados de este pequeño placer. Esto ha generado todo un aluvión de críticas a los mandamases del sumo, una auténtica cruzada en Facebook de la que formo parte, y que en definitiva, viene a criticar esta tremenda falta de tacto que no viene más que a enlodar la difusión del sumo y a confirmar su retroceso. Algo incalificable por parte de personajes llamados a divulgar este deporte y que «obliga» a los aficionados a suscribirse por unas cantidades absolutamente abusivas y que dudo mucho que alguien vaya a contratar, a no ser algún loco con tiempo y dinero.

Dicho esto y como se suele decir, hecha la ley hecha la trampa; ya que en este mundo global de Internet es difícil que algo no deje huella y menos lo que es esto, una retransmisión deportiva. Así que los buenos gestores de la web hispana www.cibersumo.com ya colocaron a la mitad del pasado torneo de enero el enlace de la televisión mongola, donde obviamente el sumo es cuestión nacional, y ahí que ya pudimos ver los aficionados la retransmisión de los combates, narrados en mongol. Eso sí, sólo conectan para las categorías profesionales (antes podías seguir hasta las categorías inferiores), con lo que el primer día que accedí al enlace me tragué algún programa de la televisión mongola, en concreto uno de moda, otro de música, anuncios y hasta una telenovela. Nunca te acostarás sin aprender algo nuevo.

domingo, 16 de febrero de 2014

LA PERIPECIA DE EDDIE "EL ÁGUILA" EDWARDS, UNA DE LAS GRANDES RAREZAS EN LA HISTORIA DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE INVIERNO

Tenía ganas de sacar algún articulillo relacionado con los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi que en estos días se celebran en esa ciudad de vacaciones rusa, y no lo digo de forma baladí esto último, pues ya se está viendo que en esa ciudad propiamente no hace demasiado frío, está a orillas del Mar Negro y simplemente es una ciudad «pija» adonde acuden muchos nuevos ricos rusos.

Estuve dándole vueltas entre escoger alguna especialidad deportiva tan poco común por estas latitudes y a la que sólo accedemos, por razones obvias, cada cuatro años; o escribir acerca de algún sufrido deportista español que se ha hecho un hueco en la élite de estas gélidas disciplinas gracias a su esfuerzo y su bolsillo, dado que las infraestructuras en España apenas permiten su práctica, generalmente porque no existen.

Y es que la gran diferencia entre un deporte de invierno y un deporte de verano es, resumiéndolo mucho, la nieve. O sea, que atletismo lo puede practicar todo el mundo, y el esquí de fondo yo jamás podré practicarlo a no ser que me gaste los cuartos para ir de vez en cuando a Granada. Todo esto implica que unos Juegos de invierno sean mucho más exclusivos que los de verano, en los que apenas hay una treintena de países con opciones de medalla, a saber, los europeos, Canadá, Estados Unidos, Australia, China, Japón y Corea del Sur.

Esta exclusividad nos hace ver raro que algunos deportistas de ciertos países exóticos acudan a una Olimpiada de invierno; puede estar justificado cuando alguien está afincado en un país invernal y compite por ese país, pero hay otros casos más rocambolescos. De algún modo podría ser el caso del español Ander Mirambell, un barcelonés que se empeñó en hacerse deportista de élite en la especialidad de skeleton (esos que se lanzan por un tubo de hielo a velocidades supersónicas), cuando no hay ni una sola pista en España ni visos de que se vaya a construir a medio plazo. El propio Ander se dedica a practicar las salidas en las playas de su tierra para no perder la forma en el período estival.

Tal vez el caso más paradigmático y mediático a la vez fue el del equipo jamaicano de bobsleigh que compitió en Calgary 1988, y es que a algún entrenador estadounidense residente en el país caribeño se le ocurrió este simpático proyecto, aseverando que un grupo de veloces morenos, que los hay y muchos, podrían hacer una salida muy rápida, una de las claves de este deporte, y compensar la falta de técnica en el circuito. Aquella historia un tanto curiosa fue tan sonada que hasta la factoría Disney llegaría a hacer una película, «Elegidos para la gloria», en la que se escenifica de forma distendida el devenir de estos aventureros. La historia, por cierto, no ha tenido fin, pues ya es muy habitual ver competir al equipo de bobs a cuatro jamaicano en las pruebas de la Copa del Mundo y, por supuesto, están presentes en Sochi 2014.

Pues nada que revisando los participantes de estos Juegos, el que más me llamó la atención fue un deportista de Tonga (país que se caracteriza en el deporte por tener una muy buena selección de rugby). Un paradisíaco país enclavado en la Polinesia Occidental y con apenas 100.000 habitantes. En estos días los medios de comunicación se han hecho eco de la sin par historia del tongano Bruno Banani, que compite en luge (más o menos como el skeleton pero boca arriba), que no se llama así sino Fuahea Semi, y que se ha cambiado el nombre por este otro más occidental que no es ni más ni menos que la marca alemana de ropa interior que lo patrocina, pues es en Alemania adonde se ha ido a vivir para poder competir en el luge.

Pero, lo dicho, en muchos medios de comunicación ya se ha divulgado esta noticia curiosa y que le da ese toque anecdótico, que siempre lo tienen los Juegos Olímpicos tanto de invierno como de verano, y fue esta historia la que me llevó a otra no menos rocambolesca que yo recordaba de pasada en mi memoria, pero que merece la pena echarle un vistazo, nunca mejor dicho, y es la de Eddie «el Águila» Edwards.

Tal vez lo primero que llame la atención es que este personaje no procedía de ningún país exótico, era británico y su nombre saltó a los medios de comunicación, al igual que los jamaicanos, en Calgary 1988. Este deportista llamado en realidad Michael Edwards, integraba el equipo de su país en esquí alpino, y ya se sabe que en Gran Bretaña son tan nulos como los españoles para los deportes de nieve y con esquís. Con todo y con eso, luchó con denuedo para participar en los Juegos previos de Sarajevo 1984, pero no pudo entrar en la selección definitiva. Pero este tipo tenía un sueño que era el de ser olímpico, y ya que su proyecto en esquí alpino no se consumaba, decidió a cambiarse a una especialidad sin ninguna tradición en su país, y así de ese modo, con un poco de práctica, ambición y suerte, podría ser olímpico.

Así fue, se decidió por los saltos de esquí y existen controversias en cuanto al modo en que entrenaba, la versión más razonable es que siendo un buen esquiador alpino, aunque le faltaba un punto para llegar a la élite, aprovechara sus estancias en otros países para probar la nueva disciplina, eso sí, todo de su propio bolsillo; no obstante, algunos maledicentes señalan que los entrenamientos los hacía en su país, donde no existen trampolines en estaciones invernales, saltando desde autobuses londinenses de dos pisos desguazados y, en teoría, pegándose un golpe tras otro; esto sinceramente me parece muy rebuscado, aun cuando alguien pudiera encontrar un sistema en «tierras de barbecho» para practicar este tipo de saltos tan específicos. Lo que sí ha trascendido es que consiguió unos esquís de salto con botas incorporadas y no eran de su número, con lo cual hacía sus entrenamientos enfundado en varios pares de calcetines gruesos.

Pero, la historia que en su origen puede ser más o menos normal, no lo fue tanto si atendiésemos a la imagen de Edwards, un tipo absolutamente cegato, con muchísimas dioptrías de miopía y que siempre competía con unas enormes gafas de «culo de vaso»; ahí sí que podíamos concluir que su imagen era de chiste o de cómic, más parecido a Mortadelo que a un deportista olímpico.

El porqué competía con esas gafas y no se operó antes, que hace veinticinco años ya existían esas operaciones, lo desconozco; lo cierto es que las gafas aparte de darle esa imagen tan cómica (y la cara tampoco acompañaba, quizá por su mandíbula prominente), le dificultaban practicar este deporte, toda vez que sobre ellas se colocaba casco y gafas o máscara superpuestas, lo que le provocaba que no pocas veces las suyas propias se le empañaran.

Imagino que él pensaría «a mí qué, yo voy a ir a unos Juegos Olímpicos». Para hacer más singular si cabe esta historia, este Eddie Edwards era yesista de profesión, oficio bastante disonante con los deportes de invierno y con cualquier deporte. No tenía que ser muy malo el muchacho en el arte (auténtico y lo digo con convencimiento) de pegar yesos en las paredes, porque la llamada para esos Juegos de 1988 le vino cuando trabajaba en Finlandia.

Sus logros deportivos en Calgary 1988 fueron inversamente proporcionales a la fama que adquirió, había nacido para la historia Eddie «el Águila» Edwards. En esos Juegos logró la 55ª plaza de 56 competidores, el último fue descalificado, y su mejor salto tenía la mitad de distancia aproximadamente que el ganador, el finlandés Matti Nykänen.

Honradamente hay que decir que no lo hacía tan mal; su salto efectivamente no era muy largo, pero el estilo era el mismo que utiliza un saltador en la actualidad; imagino que aparte de ganas le faltaría mucha técnica. Aquí viene una de las controversias que no he podido verificar, que es la de cómo sobrevino el apodo, mi hipótesis es que fue un irónico apelativo proyectado por sus muchísimos fieles seguidores, y otros también con un poco de mala idea señalan que era porque en sus saltos batía ligeramente sus manos para equilibrarse, como un águila. Lo cierto es que el vídeo que hay en «youtube» (recuerdo que no me gusta poner enlaces, pero con sólo poner el nombre ya se encuentra), no se aprecia que mueva las manos más de lo que lo hacían los profesionales.

Eddie no había ganado nada, pero sí el reconocimiento del público y hasta el recordatorio del Presidente del Comité Organizador, Frank King, en la ceremonia de clausura de aquellos Juegos, hizo alusión a este personaje señalando algo así como a organización: «En estos Juegos, algunos competidores han ganado el oro, otros batieron récords, y algunos de ustedes incluso hasta voló como un águila». Y parece ser que entonces todo el estadio se levantó aclamando el nombre de Eddie.

Total que Edwards se hizo famoso por esa especie de fracaso heroico, por ese empeño denodado en ser olímpico y, además, casi autofinanciándose y quiso seguir perseverando en su proyecto olímpico, pero no tardarían en aparecer voces discordantes entre saltadores y mandatarios deportivos que afirmaban que un competidor de su nivel casi era una burla para esa disciplina deportiva. Así que las presiones sobre el Comité Olímpico Internacional obligarían a este a cambiar las normas de acceso a unos Juegos y que se resumía en que se obligaba a los atletas a participar en competiciones oficiales a nivel internacional y a clasificarse por lo menos una vez entre los cincuenta primeros u obtener una marca dentro del 30% tomada como referencia la marca del primero.

La paradoja de todo esto es que este cambio normativo se denominó oficialmente «Eddie the Eagle Rule», es decir la Regla de Eddie el Águila, y precisamente la regla a la que dio nombre nuestro personaje fue la que le impidió participar en los Juegos siguientes de 1992, 1994 y 1998, y eso que lo intentó además de contar, ahora sí, con algunas ayudas, gracias a la fama adquirida.

A decir verdad, la vida ya no fue la misma para Eddie Edwards, ya se hizo famoso en Gran Bretaña para los restos y sus apariciones en televisión no han cesado desde entonces; yo lo comparo en cierta manera, por lo mediático, con el nadador español de grandes distancias David Meca.

Eddie haciendo publicidad y sacando partido de su historia
Pues haciendo un breve recopilatorio Eddie escribió un libro contando su historia, grabó una canción en finlandés que fue un éxito en ese país, se sacó la carrera de Derecho, hizo anuncios de televisión, participó como colaborador en programas de radio y televisión, entre ellos los internacionales «Mira quién baila», «Wipeout» o «Splash», incluso había por ahí un proyecto de hacer una película de su peripecia olímpica pero no llegó a fraguar.

Y a todo esto, Edwards se operó de la vista y abandonaría para siempre esas ridículas gafas que tan famoso le hicieron y, por supuesto, no ve más yeso que el que encierran las paredes de cualquier edificio. Él podrá haber cambiado la imagen, pero nunca podrá ser olvidada su expresión y su rostro en aquellos míticos Juegos de 1988.

sábado, 8 de febrero de 2014

LOS ROPER, LA SECUELA PERFECTA

Al que se le ocurrió inventar la Coca Cola no se hubiera imaginado jamás que no tendría que hacer publicidad, aunque la hace, porque es tal su fama que sin querer su marca aparece en cualquier escenario difundiéndose gratuitamente por los lustros de los lustros. Ese artista experimentaría una satisfacción absoluta, una especie de halo de triunfalismo. Una sensación similar debieron experimentar los productores y creadores de la serie británica «Un hombre en casa» que hace unos meses ya abordé en este blog, y es que una de sus secuelas, de las tres que tuvo, nació prácticamente con el éxito garantizado, «Los Roper», al menos en España, donde sin duda, esta serie fue mucho más popular que su matriz.

Fue tal el calado de esta serie en nuestro país que se popularizaron muchos dichos que hacían alusión a esta pareja, del tipo de «trabajas menos que los Roper». De hecho, el principal apego de los Roper con nuestro país, fue que en España no se llamó por el nombre original de la serie que era «George & Mildred», sino directamente por el apellido de los personajes de este singular matrimonio, Roper.

La secuela en sí representa a esta parejita que se muda de barrio y lo hacen a uno más refinado y menos acorde, inicialmente, con su clase social. De hecho, este detalle será muy tenido en cuenta por los vecinos Fourmile, especialmente por el padre de familia, Jeffrey, un tipo estirado y pedante, bastante politiquillo, que no podrá aceptar jamás que tenga al lado de su hogar a una familia que no es de su estatus.

A la postre las tramas de la serie alternarán el hogar de los Fourmile y los Roper y muchas veces se entrelazan las mismas. Tal vez ese talante un tanto displicente y clasista le genera demasiados problemas al tal Jeffrey, evidentemente porque se pasa de listo, y esa es una crítica que los creadores quieren acentuar en la serie.

De hecho, por suerte para los otros miembros de la unidad familiar, no se impregnan de ese carácter. Su hijo de unos siete u ocho años Tristán es un niño normal, revoltoso, vivo, al que no le importa mezclarse con niños de «otros barrios» y que, para colmo de su padre, hace buenas migas con George Roper, juegan a las cartas con dinero y otras aficiones mundanas.

La mujer de Jeffrey Fourmile, Ann es una encantadora ama de casa que se dedica a las labores familiares con mucho tacto, incluyendo al pequeño Tarquin que nacerá en la tercera temporada. Básicamente ella es la principal artífice de mantener buenas relaciones con sus vecinos, y traba una cierta amistad con Mildred; esto lógicamente sacará de quicio a Jeffrey.

Ahora bien, ¿en dónde residía el éxito de los Roper en España? Pues yo creo que pese a ser una serie británica, con humor británico, muchos guiños de la serie se veían reflejados en la sociedad española: el vago (George Roper), la que quiere aparentar socialmente más de lo que es (Mildred Roper), las reiteradas desavenencias familiares que no llegan a mayores porque ¡al final se quieren!, las dificultades económicas y los consiguientes malabarismos que hay que hacer con el presupuesto... ¿Quién no ha visto o vivido alguna vez alguna de estas situaciones?

Y es que si algo caracterizaba a los Roper era su permanente estado prebélico, parecía que siempre iba a estallar la guerra, pero jamás llegaba la sangre al río, porque se necesitaban mutuamente o porque terminaba el capítulo con la metedura de pata generalmente de George, pero a la entrega siguiente todo volvía a la normalidad. El resumen de lo que era la serie se podía observar en la cabecera que siempre era muy divertida y con música al hilo.

Curiosamente, en contra de la mala fama de George Roper, que quedó para los restos como el tipo más gandul de Inglaterra, en algo trabajó. En la serie, de hecho, consigue trabajo como agente controlador de aparcamientos, pero su afán arbitrario por colocarle multas a todo el mundo, provocará que lo larguen con cajas destempladas del Cuerpo, pese a que su mujer hará todo lo posible y lo no tan posible, incluidas insinuaciones a su jefe, para evitarlo. Mientras no trabaja, abusa del Estado británico, cobrando eternos subsidios de desempleo, y esa pequeña cantidad con la que se subvenciona a esta familia le es más o menos suficiente para vivir modestamente, para quebranto de Mildred que desearía estar en una posición superior, por eso a veces tiene que tirar de sus ahorros personales. George, por su lado, es el típico tacaño para su casa pero excelso para sí, ¿qué menos?

No obstante, a salvo de este intento de insertarse en el mundo laboral, la vida de George es bastante bohemia, por decir algo. Se dedica a cuidar sus plantas, a su pececito Mobby Dick, a beber cerveza negra en su casa o en el pub y cuando podía gorroneándosela al vecino. Es muy aficionado a la tele, a los dardos y a las chapuzas y como es imaginable es un chapucero de considerables proporciones.

Hablando de chapuzas, de vez en cuando se colaba en la serie, el diplomado en chapuzas Jerry, un tipo que también salía en la serie matriz de «Un hombre en casa» y que se reivindicaba como el certero compañero de George para todo tipo de asuntos turbios, incluyendo arreglos de cierta envergadura en casa, donde el bueno de Jerry daba rienda suelta a su escasa cualificación para culminar unos desastrosos trabajos que hacían bueno el dicho ese de «lo barato sale caro».

Pero lo que sobresalía por encima de todo en cada capítulo era esa extraña relación sentimental entre George y Mildred, una Mildred aparentemente fogosa y un George huidizo de cualquier contacto físico por pequeño que fuese, hasta un simple beso le superaba. Esa expectación sobre si los Roper consumarán el matrimonio se mantendrá a lo largo de toda la serie con el triste resultado que más o menos todo el mundo conoce.

Mildred, por su parte, perseverará en ese anhelo de situarse en una escala superior en la sociedad británica que lo que le corresponde por su economía, pero su marido no da para más, y ella pues sinceramente se las da de lo que no es porque a veces también mete la pata, por esa manía de aparentar, y dicho sea de paso tampoco hace nada por trabajar.

Se sucede a lo largo de la serie una curiosa relación con una de las hermanas de Mildred, Ethel. Esta ha tenido la fortuna de casarse con Humprey, un tipo al que le han ido bien los negocios en el sector ganadero y eso les permite vivir de forma holgadísima. Los choques entre ambos matrimonios eran proverbiales, ahí Mildred no se cortaba ni un pelo y le tiraba a su hermana a muerte; pues la hermana aprovechaba cualquier situación para hacer alarde de sus riquezas ridiculizando a los Roper. George también entraba al trapo ridiculizando a su vez a sus cuñados, porque este Roper era de una pasta única, capaz de hacer lo que le viniera en gana sin cortarse un pelo.

La serie estaba protagonizada por los actores Yootha Joyce (Mildred) y Brian Murphy (George), este último magníficamente doblado en España por la característica voz de Rafael de Penagos y que multiplica, más si cabe, la vis cómica de George Roper.

Fueron treinta y ocho capítulos a lo largo de cinco temporadas, entre 1976 y 1979; y quizá lo que nunca trascendió demasiado en la audiencia española es que no estaba previsto que la serie se cerrara, aunque sí que se iba a tomar un paréntesis, pero la actriz que encarnaba a Mildred moriría en el verano de 1980 a consecuencia de un fallo hepático derivado de su adicción al alcoholismo, una larga batalla, señalan las crónicas, que manifiesta que llevaría varios años con esa cruz. Esta truculenta faceta de Yootha Joyce no fue conocida, al parecer, por prácticamente nadie, y todos la recordaban como una profesional como la copa de un pino, sin que en ningún momento su enfermedad se antepusiera en su fantástico manejo del personaje. Su marido en la pequeña pantalla estuvo a su lado en la cama del hospital donde Mildred Roper (Yootha Joyce) nos diría adiós con cincuenta y tres años.

Por supuesto, la serie con esa extirpación brutal de uno de sus personajes principales no tenía sentido que continuara, ni tan siquiera en una secuela, pero los Roper ha quedado para siempre en España como la mejor comedia británica de la historia.

domingo, 2 de febrero de 2014

EL CUBO DE RUBIK, ENTRE EL ENTRETENIMIENTO Y LA PÉRDIDA DE TIEMPO

No sé en qué maldito o dichoso día se me ocurrió a mí hacerme con un cubo de Rubik, ese genial juguetillo que dicen que inventó casi de casualidad un profesor de arquitectura húngaro que dio nombre al juego.

Probablemente el año de la explosión en España del cubo fue finales de 1980 y principios de 1981 y se corresponde con el lanzamiento mundial como juguete, pues como invento de carácter técnico ya llevaba algunos años atrás patentado. Quizá mucha gente recuerde que se atribuía a Erno Rubik el invento de forma casual, como he señalado en el párrafo anterior, para enseñarles a sus supuestos alumnos de matemáticas ciertas lecciones, pero no fue así y fue fruto de un trabajo mucho más elaborado y muy adrede.

El cubo llegó a España y a las jugueterías de todas España con notable rapidez, imagino que alentado por lo barato que era, por aquella época no creo que costara más de quinientas pesetas. Y en cuanto lo vi, un juego en el que en teoría había que pensar, pues allí que haría mella en mis padres para que me lo compraran. Y digo que no debía costar mucho, cuando ni siquiera recuerdo que mis padres se negaran, y eso que no les gustaba que compráramos en barbecho objetos inútiles.

Apenas tardé en hacerme con lo que se denominaba «las fórmulas» para resolver el cubo, un grupo de unas diez fórmulas aproximadamente, que no eran matemáticas, sino una serie de movimientos que había que hacer de forma continuada para pasar de fase en fase. En dichas fórmulas se señalaba básicamente el movimiento simple o doble de los seis ejes existentes en el cubo, es decir, frente, trasera, izquierda, derecha, arriba y abajo. En aquel momento de mi infancia, en el que estaba pronto a pasar a la adolescencia, desconocía que, en realidad, se trataba de una serie de algoritmos de resolución de este geométrico ingenio.

Ni que decir tiene que me aficioné al cubo, que me gustaba mucho y que casi me envicié de todas todas, con lo que me he tirado muchísimas horas de mi vida haciendo y rehaciendo el cubo de Rubik. ¿Fue tiempo perdido? No lo sé, fue un entretenimiento más, aunque desconozco si esto tuvo algún fin beneficioso en mis neuronas.

Lo que he de decir es que aquellas famosas fórmulas que todos los que teníamos el cubo las teníamos apuntadas a boli en un papel, se perdían a los pocos días, una vez que ya te las sabías de memoria y eras capaz de reproducir los movimientos sin la correspondiente chuleta.

He jugado tantísimas veces al cubo, yo diría que miles, que me puedo pasar varios años sin jugar al cubo y tengo grabadas en mi memoria las fórmulas de forma mecánica sin necesidad de tener que escribirlas, es como el padrenuestro; creo que no las olvidaré jamás.

Es tal, la fijación de esos algoritmos en mi cerebro que cuando alguien se ha interesado por las fórmulas, poca gente bien es cierto, pues uno tiene que pararse e ir apuntando los movimientos; y no es fácil porque la mente y las manos van demasiado rápidas y si hago los movimientos lentos para apuntarlos me lío; es imposible, es como si hubiera un una especie de conflicto en mi cerebro que me impide ralentizar una acción tan mecánica y tan alojada en lo más profundo de mis sesos.

En cualquier caso, lo cierto es que el cubo ha sido mi fiel compañero de viaje en muchos momentos de mi vida, y siempre tengo uno de cerca de mí. Recuerdo con viveza aquella vez en la que yo estaba en 8º de EGB y me seleccionaron en mi colegio junto con dos compañeros más, para representarlo en el Concurso de redacción de Coca Cola (por cierto, creo que sigue existiendo) allá por 1982. Tenía muchas ganas de acudir a la fase provincial, que era en Jaén, porque era muy prestigioso y para la selección del colegio hice una buena redacción, una mezcla de poesía y medio ambiente. En esa fase provincial acudí, para inspirarme, con mi cubo, y hasta la chica que controlaba el aula me preguntó si sabía hacerlo y le dije que sí. Estaba claro que estaba haciendo un alarde, quería demostrarle al mundo que yo sabía hacer el cubo de Rubik. Mi destreza, dudosa destreza, se combinó a la postre con una horrible redacción (el tema era «el Mundial 82 de fútbol»), carente de inspiración y yo definitivamente me fui de aquella aula de un Instituto de Jaén con la sensación de que había escrito una birria.

Siempre he tenido una ligera frustración con respecto al cubo, y es que de vez en cuando veo en la tele a jóvenes haciendo el cubo en apenas diez segundos, y yo ni en el mejor de los casos jamás lo resolví en menos de un minuto. Desde luego, que aquellos monstruos lo manejaban con mucha más rapidez que yo, ¡qué montón de días de prácticas y cuántas noches sin dormir!

También hay algo que impidió que yo resolviera más rápido, a lo mejor diez segundos de media más veloz, y es que había cubos y cubos, o para ser exactos hay cubos y cubos. Están los buenos y están los de los chinos, y yo creo que siempre tuve uno de los chinos, con las piezas huecas y unos ejes giratorios de mala calidad que engarzaban nada más que regular, y que en cualquier movimiento rápido saltaba por los aires algún elemento.

Por cierto, en su concepto la resolución del cubo no puede ser más fácil y lógica, primero se resuelve una corona, después la segunda sin deshacer la anterior, y finalmente la tercera, la más laboriosa y con más fórmulas, con la que se llegaba al éxito final de completar el cubo.

Con el tiempo descubrí que esos ases del cubo que batían récord tras récord y que resolvían el juguetito antes de que cantara el gallo, estaban utilizando otro tipo de fórmulas. Yo aprendí el sistema tradicional, el creado por el profesor Singmaster; posteriormente matemáticos y mentes lúcidas idearon otros métodos mucho más rápidos basados en otros algoritmos, y ahí me quedé yo, lo cierto es que no descarto alguna vez aprender esas soluciones, pero tendrían que dejármelas muy claritas, porque a veces tengo fallos de memoria, será por la edad.

La gracia del cubo, en mi opinión, está en que nunca resuelves uno igual, hay pequeñas estrategias que cambian en función de la disposición de las piezas, y a ello contribuye las nada menos que cuarenta y tres trillones de permutaciones posibles, sí amigos, para estar varios siglos jugando sin encontrarte un cubo igual a otro.

Se sacaron muchas variantes del cubo, y ya no he querido tentar a la suerte, porque caigo rápidamente y si algo me gusta me engancho como si fuera un adicto y luego me cuesta trabajo deshabituarme. Y lo dicho ayer localicé uno en mi casa de tamaño mini y lo volvía a hacer, sin problemas.