viernes, 22 de noviembre de 2013

COYOTE OLDMAN, LA LLAMADA DE LAS FLAUTAS ANCESTRALES

Vuelvo hoy a la despensa de la música New Age, a Estados Unidos, pero esta vez lo hago con un curioso grupo que ha conseguido fusionar como pocos las músicas tradicionales e instrumentos de ese país, con la atmósfera espiritual y tenue de los sonidos de vanguardia.

Efectivamente, los estadounidenses, llamados popularmente por generalización americanos, se sienten orgullosos de su país, con independencia de donde hayan nacido o de sus orígenes, y la mayoría enarbola banderas en sus casas sin temor a ser tachada de nada, algo impensable en España (aunque con esto de los triunfos de «La Roja», se ha dulcificado la concepción facha de amar a tu propia bandera). Por extensión, los estadounidenses mantienen un idilio sentimental con su breve historia y nos la recuerdan por doquier en películas, series de televisión, anuncios, etc.; con lo que la venida de un grupo como Coyote Oldman que fue capaz de aunar tradición y modernidad, tenía todas las trazas de ser un proyecto bienvenido.

He querido aprovechar la cercanía en el tiempo de uno de los días más señalados para las familias estadounidenses, como es el Día de Acción de Gracias, que este año se celebra el próximo jueves, para aproximar este grupo que exalta las raíces de su país.

Echo de menos que en España no abunden fusiones de este carácter en la New Age, no que no las haya, pero que se profundice más, es aún una asignatura pendiente. Los intentos que se hacen en el sur, en mi sur, son apelando siempre al folclorismo, al flamenco, con intentos nunca bien engrasados de acoplar con músicas árabes. Sin duda, bajo mi punto de vista, lo que más se acerca a poner en valor el acerbo cultural hispano a través de la New Age, está en el norte con grupos como Luar na Lubre, o los gaiteros Hevia y Carlos Núñez. Por cierto que, hablando de asignaturas pendientes, todavía no he sacado en mi blog un grupo o compositor español y lo voy a poner a cocer en mi mente.

Pues bien, Coyote Oldman, que suena un poco jocoso es, en realidad, un dúo de músicos de New Age, compuesto por los instrumentistas de flautas nativas americanas Barry Stramp y Michael Graham Allen. Al parecer el nombre Coyote Oldman sugiere el arquetipo del pícaro o embaucador en la mitología indígena norteamericana.

Parece ser que a ambos les unió un sentimiento, digamos alternativo, pues se conocieron en una tienda de comercio justo en el marco de una feria de artesanía en 1981 en la localidad de Oklahoma City e idearon este proyecto musical tan curioso.

Técnicamente su música es New Age electrónica, pero han fusionado en una música puramente ambiental donde aparecen guitarras y teclados, los rasgos de lo autóctono: zampoñas, ocarinas y flautas de los nativos americanos; sin desdeñar una evolución tecnológica donde están presentes flautas procedentes de Asia, niponas e hindúes, también sudamericanas, entre otras.

Podríamos decir que se unieron para este proyecto musical desde dos puntos de partida diferentes, Barry Stramp es un hombre formado musicalmente a través de lo que en España sería un conservatorio; mientras que Michael Graham Allen es más autodidacta, ya que era fabricante de flautas hechas a mano y como tal fue aprendiendo a tocarlas y afinarlas gracias a su oficio, sin maestro, documentándose con bibliografía y visitando museos y colecciones a lo largo y ancho de Estados Unidos. Además, en una incesante evolución, sus flautas, externamente tradicionales y ancestrales, fueron incorporando algunas innovaciones musicales para hacerlas más prácticas y abarcar muchos más sonidos y posibilidades.

De algún modo, Stramp es el modernista y Allen el tradicional, en lo que viene siendo una cohesión perfecta.

La música de Coyote Oldman es una melancólica, dulce y suave mezcla de tecnología y cultura, es decir, se afanan en buscar los sonidos del pasado y rebuscan en la historia para construir flautas, totalmente artesanales, que se tocaban por los nativos hace siglos y que casi habían caído en el olvido. Esa comunidad de sentimientos fue la que los hizo explorar en este proyecto que tiene, amén de la vertiente musical, otra cultural pues las flautas que ellos mismos tocan y fabrican las venden en su web, hay muchos modelos y muy vistosos, por cierto.

Es más, las manos del artesano Graham Allen cuidan al detalle estas flautas y la tradición de sus ancestros, están hechas de madera de cedros de Arkansas, que además cortan expresamente para él unos amigos suyos, los Foster; son pintadas a mano con un tinte natural no tóxico. Pero todo ese respeto al pasado no rompe con la modernidad y son piezas sólidas para soportar el traqueteo diario, para que duren eternamente y para ser tocadas en cualquier sitio, lo mismo en una casa como en una sala de concierto. Además, partiendo de esa filosofía de comercio justo que mantienen los promotores de Coyote Oldman, venden sus creaciones a precios más que razonables, pues desean que la persona que adquiere una de sus flautas tenga la sensación de que recibe algo que es superior a lo que ha pagado. Yo ciertamente no entiendo de flautas pero, si realmente son para toda la vida, no parece que adquirir una flauta nativa por 120 euros (la más barata), que es para toda la vida y que es un auténtico instrumento musical profesional sea un precio sangrante.

Por cierto, que como ocurre muchas veces en la música New Age, alguna sintonía de radio y televisión donde suenan flautas, bien pudiera ser alguna composición de Coyote Oldman, porque se cifra que su música ha llegado a más de medio mundo.

Esta nueva introspección en la música norteamericana ha tenido algunos imitadores, pero este dúo es el genuino, pues logran un equilibrio perfecto entre el hombre y la naturaleza, la tierra y el cielo, el sonido y el espacio.

Desde 1987 hasta hoy han publicado doce álbumes, el último es de 2008. Si la escuchamos con atención observamos que no sólo es música nativa, es algo más, hay evocaciones a himnos medievales, música espacial o cósmica de este siglo, cantos tibetanos... Se trata, en definitiva, de una música ideal para la meditación, profunda y sugerente, angelical y preciosa.

sábado, 16 de noviembre de 2013

STEVEN BRADBURY, O LA MEDALLA DE ORO MÁS ROCAMBOLESCA EN LA HISTORIA DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS

Dándole el otro día vueltas a la cabeza acerca de la dificultad que entraña ser un deportista de élite y, sobre todo, llegar a lo más alto a la gloria de ser el mejor, mérito que alcanza un porcentaje ínfimo de los que practican un deporte de forma profesional, también me preguntaba cuál sería la medalla de oro más «fácil» de unos Juegos Olímpicos, o sea aquella en la que alguien la consiguió casi por la gorra.

No sé si la historia que hoy traigo a colación atiende a esa concepción de medalla más fácil, lo que si es verdad es que por su cercanía en el tiempo, cómo sucedió y porque tenemos el documento gráfico que atestigua lo que acaeció, realmente me atrevería a decir que si no fue la más fácil, a buen seguro que será la medalla de oro más rocambolesca de unos Juegos Olímpicos.

Es muy probable que en el balbuceo de los Juegos Olímpicos modernos se consiguieran medallas relativamente fáciles, ya que asistían pocos competidores y países, y muchas disciplinas deportivas que estaban en el programa olímpico eran practicadas por unos pocos, con lo que bastaba casi practicar un deporte con una cierta continuidad, a base de tiempo y una economía saludable, lo cual no era tan común hace cien años, para colgarse una medalla al cuello.

No obstante, la historia que voy a contar relata una competición que se celebró en 2002, con ocasión de los Juegos Olímpicos de invierno de Salt Lake City en Estados Unidos, además viene al caso porque estamos a apenas un par de meses de los Juegos Olímpicos de invierno en Sochi; y su inopinado protagonista fue el patinador australiano Steven Bradbury.

La disciplina en la que competía este deportista es el patinaje de velocidad sobre pista corta, más conocido por su denominación anglosajona short track. A diferencia del patinaje de velocidad en pista larga, en el short track no se compite contra el reloj, sino que es una carrera pura y dura, donde no hay calles y donde los patinadores tienen que utilizar su cuerpo para coger la mejor zona que es la más cercana al interior para tener que gastar menos energías. Es una disciplina muy espectacular ya que mientras que en el patinaje de velocidad las carreras se hacen sobre un óvalo de unos 400 metros, estas pistas son mucho más cortas, miden poco más de 100 metros y, por tanto, la lucha entre los patinadores, los roces, el cuerpo a cuerpo están a la orden del día y, por supuesto, estamos ante un deporte que es muy eléctrico, no apto para personas de sangre fría.

En el short track se corre sobre varias distancias y nuestro protagonista vivió su momento de gloria en la prueba de 1.000 metros. No era malo en esa disciplina aunque con toda seguridad estaba en ese momento no menos del puesto 15 o 20 en el ranking mundial, es decir, que no ya para el oro, sino para acceder a la gran final y conseguir una medalla de otro metal debían de darse una sucesión de acontecimientos ciertamente inesperados.

En estas carreras compiten cinco patinadores. Ganó bien su carrera de clasificación, pero fue encuadrado en cuartos de final en una serie muy fuerte, donde se tenía que ver las caras con el favorito del público, el estadounidense Apolo Ohno, y el canadiense Marc Gagnon, en ese momento el Campeón mundial sobre la distancia. A la siguiente fase siempre pasaban los dos primeros, en esta carrera quedó tercero, pero los jueces eliminarían a Gagnon por obstruir a otro patinador.

En la carrera de semifinales el entrenador Ann Zhang le comunicó a su pupilo, la poco competitiva estrategia de situarse a la zaga de sus oponentes a la espera de que se cayeran por delante y ya se sabe que a río revuelto..., y se cayeron dos, con lo que llegó el segundo, y el tío se metió en la finalísima.

Y no iba a ser menos, pues, en semejante cita que ser fiel a lo que había estado haciendo hasta ese momento, es decir, mantener una postura conservadora, a sabiendas de que era con mucha diferencia el más flojo de todos. En esa carrera de cinco, Bradbury se mantuvo a cierta distancia de sus otros cuatro competidores, para que se pelearan entre sí, y vaya que si se pelearon, en la última curva todos se cayeron y este tipo que «iba dando un paseo» a unos quince metros de ellos, atravesó la meta con los brazos en alto, conocedor de que había ganado probablemente la medalla de oro más insólita de unos Juegos Olímpicos.

No soy muy dado a poner enlaces a otras web por motivos de privacidad y todas esas pamplinas, pero es muy fácil ver el vídeo de la carrera en Internet, prácticamente escribiendo el nombre de este deportista, aparte de que esta historia la recordaba por haberla visto en la tele, ya que cuando ocurrió tuvo cierta difusión.

También resulta curioso ver la entrega de medallas, ya que también es una entrega un poco atípica, a Bradbury se le ve alegre, pero casi pidiendo perdón, es la impresión que a mí me da, pues había ganado un oro sin merecimientos deportivos, y sus otros dos compañeros en el podio, el estadounidense Ohno y el canadiense Turcotte miran al horizonte con melancolía y casi una mirada inquisitiva como queriendo decir «ya le vale». Y para colmo, Bradbury tenía y tiene cara de chiste, cara de dibujos animados, con lo cual todo parecía más cómico si cabe.

Pero ya está, Bradbury consiguió a sus veintiocho años lo que seguramente había anhelado durante mucho tiempo, el sueño de cualquier deportista de élite, conseguir la medalla de oro en unos Juegos Olímpicos.

De paso logró otro hito importante y es que le daba la primera medalla de oro a Australia en unos Juegos Olímpicos de invierno. Bradbury sería recibido como un héroe en su país y sería condecorado con posterioridad con la OAM (Orden de Australia), una distinción similar a la Orden del Imperio Británico, más conocida por estos lares.

El hecho de que consiguiera esa medalla de oro para Australia no es nada baladí, esa gloria similar la viviríamos en España en 1972 con el oro en Sapporo de nuestro añorado Paquito Fernández Ochoa aunque de forma muy limitada en un país hasta ese momento con escasa tradición deportiva y menos en los deportes de invierno; pero es que Australia es un país idílico para el deporte, con menos de la mitad de la población de España, consigue unos resultados espectaculares en los Juegos Olímpicos de verano, es célebre la enorme escuela de natación que existe en ese país y la cantidad de campeones mundiales y olímpicos en numerosas pruebas de ese deporte. Los australianos son buenos en muchísimos deportes, es un país que vive por y para el deporte, y me atrevería a decir que es de los cinco primeros países del mundo con mejores infraestructuras y estructuras deportivas.

De hecho, en Australia tan volcado con el deporte todo el mundo conoce a Steven Bradbury, doblemente famoso, por la medalla y por la rocambolesca forma de ganarla; es un auténtico ídolo nacional. Y además, se incorporó al acerbo australiano el dicho «doing a Bradbury», algo así como «hacer un Bradbury», para indicar un logro accidentado o inesperado, con importantes dosis de suerte.

En fin, que lo mejor de todo para este australiano es que su medalla es absolutamente lícita y que cuenta en las estadística del mismo modo que las que gana, por ejemplo, Usain Bolt. Al final la gente recordará más el éxito y no tanto la forma, es como ocurre en los partidos de fútbol que si uno gana o pierde injustamente, al final se olvida si se pitó o no aquel penalty, o si el gol fue o no en fuera de juego. El mismo Bradbury, como no podía se de otro modo, reconoció que no se merecía la medalla por esa carrera sino por toda una vida deportiva plena de duro trabajo.

En fin, siempre me hincha el ánimo recordar estas historias, porque me emociono por lo que el futuro nos puede deparar. De paso, es razonable pensar que la suerte existe y la mucha suerte también, aun considerando que esta disciplina del short track da pie a muchas incidencias, pero si aquel día de febrero de 2002 yo hubiera estado en la final, en el hipotético caso de que supiera patinar, a día de hoy no está entre mis habilidades, yo habría ganado esa carrera.

sábado, 9 de noviembre de 2013

DON PÍO, UN HOMBRECILLO QUE SE ACTUALIZÓ O QUE LO ACTUALIZARON

Las historietas que yo leía cuando era niño eran un auténtico reflejo del tiempo que se vivió unas décadas antes, y los célebres tebeos o revistas infantiles que comprábamos en los quioscos o que conseguíamos en los puestos de feria, seguían manteniendo su vigencia aunque no fueran recientes, aunque hubieran sido adquiridos por el vendedor al peso y fueran editados varios años atrás.

Realmente uno, como niño, no conseguía descubrir el matiz que podía imprimir el auge de los nuevos tiempos, porque parecían realmente próximos y actuales, en cierto modo eran atemporales y lo siguen siendo. Es más, ahora desde la distancia, si las historietas y los historietistas eran testigos de su tiempo, tampoco me imagino que en mi espíritu de niño pudiera caber el doble sentido que estos gráciles magos de la pluma y el pincel proporcionaban a sus personajes. Y es que uno se fijaba en la historia directa y en el colorido de los dibujos.

De la pluma del castellonense José Peñarroya, surgió Don Pío, un personaje al que he rescatado del olvido recientemente para repasar sus andanzas; y nuestro peculiar protagonista tenía ese doble sentido, claro que lo tenía, si no de qué iba a meter mano la censura de la época para llevar por el camino recto a este personaje.

Don Pío es un hombrecillo de mediana edad un tanto enclenque, con bigotito, y siempre viste chaqueta oscura, pantalón claro y remata con un bombín del que casi nunca se desprende. Su mujer, Doña Benita es clara y significativamente más alta y voluminosa que él. De hecho en la primera época, hasta 1950 más o menos, ejercía una actitud autoritaria hacia él, le atizaba con cierta habitualidad, lo tenía frito casi hasta el límite de la ¿separación?, aunque también sacaba la cara por él. Era una pareja española, llevada a lo satírico, es decir, ninguna pareja era ni es una balsa de aceite, y todos tenemos nuestros más y nuestros menos. Pero hete aquí que la censura de la época tomó cartas en el asunto y reconvino a Peñarroya para que dulcificara a los personajes, sobre todo a la esposa, porque no se podía consentir que se percibiera el más mínimo atisbo de ruptura matrimonial, todo tenía que ser perfeccionado y perfecto, todo había de discurrir según los cánones del régimen, o sea, una realidad imaginada en sus propias mentes.

Y así fue, Peñarroya decidió «cortarle» un poco las manos a Doña Benita y a partir de 1950 ya no fue tan cruel con su esposo, ahora su influencia sobre Don Pío era mucho más sutil. Por si fuera poco también le cambió el color del pelo, del negro «español», a un rubio moderno y ciertamente algo sofisticado. Y el remate del tomate para intentar solapar las diferencias familiares fue el instalar en la historieta al sobrino Luisito, que vivía con ellos en una especie de adopción irregular (quizá también era el reflejo de una época, donde estas situaciones estaban socialmente aceptadas), y todo ello porque no parecía muy de recibo que Don Pío y Doña Benita estuvieran en edad procreadora y era más fácil inventarse a este vástago impostado.

No fue el único cambio al que tuvo que someterse Peñarroya, también hasta 1950 Don Pío era un individuo que carecía de recursos y estaba siempre de trapicheos para llevar algunas perras al hogar, lo pasaba mal en verdad. Pero esto tampoco podía ser, en España nadie podía estar vagando por ahí para lograr su sustento, había que trabajar y había trabajo para todos (je, je), de manera que Don Pío progresó y fue colocado en una oficina donde ejercía su profesión como cualquier hijo de vecino, aunque nunca trascendía a qué ramo pertenecía.

Con estos ingredientes fue como verdaderamente nació el personaje para los restos, tal y como lo conocieron la mayoría de los niños de mi época, es decir, un hombre normal de clase media, con un trabajo decente, con una mujer algo dominantona y con un hijo (sobrino) para armonizar el hogar.

No obstante, Peñarroya continuó con sus sutilezas con el objeto de sacarle el jugo a su personaje. En el trabajo tenía que soportar a un jefe un tanto tirano y sin escrúpulos, y unos compañeros que se aprovechaban de la bonhomía de Don Pío.

Sí porque Don Pío pretende ser el hombre perfecto, el hombre que lo controla todo, que sabe de todo, que aspira a ser el mejor vecino, el mejor esposo y padre y, por supuesto, el mejor empleado de la oficina. Y es que su mujer medra mucho a ese respecto, pues siempre tiene presunción de ser más de lo que es, tiene ciertos aires de grandeza, porque quiere acercarse a amigos y conocidos que están en un escalón social y económico superior al de ellos. Por eso, el pobre Pío quiere ser el mejor trabajador y sus compañeros de trabajo no escatiman esfuerzos para dejarle las tareas más engorrosas y menos fructíferas, que las más de las veces no encuentran la recompensa a través de su jefe.

A todo esto la P de Pío, no sé si a caso hecho o por casualidad también, como he dicho antes, es la P de Perfecto; a Don Pío no se le escapa una, pero ese propósito de perfección es vano, porque nuestro personaje en su particular afán cometerá errores o despistes, porque no es ni puede ser lo que él quiere ser, y eso le lleva a terminar las historietas malparado.

Por cierto, que el personaje del sobrino Luisito pienso sinceramente que es lo menos acertado de la historieta, con su incorporación forzada, no aporta demasiado al personaje, más allá de la razón armonizadora, no es ni bueno ni malo, es muy plano, es un niño más; quizá podría haberle sacado más partido pero sus razones tendría Peñarroya.

Por último, no puedo resistirme a rescatar la opinión de Joan March, un historietista también de aquella época aunque más joven, que señalaba que el humor de Peñarroya y Don Pío no era explosivo como podía ser el de Ibáñez (padre de Mortadelo y Filemón), sino que era un humor más sutil, más de continuo, donde interviene mucho la fuerza del dibujo, y manifestaba que sería más entendible por los orientales que por los españoles, porque los españoles «somos un poco bestias».

Peñarroya nos dejaría en 1975 a la edad de 65 años proporcionándonos una decena de entrañables personajes que han quedado grabados en la historia de toda una generación.

viernes, 1 de noviembre de 2013

NUEVOS TIEMPOS, NUEVAS FORMAS DE HACER POLÍTICA EN ESPAÑA

Veía la pasada semana a Pérez Reverte en el exitoso programa «Salvados» de La Sexta, y hacía varias reflexiones acerca de la situación actual de crisis; hubo una que me llamó particularmente la atención y era aquella en la que señalaba que no había diferencias entre la élite política y la económica, que eran manifestaciones de un mismo concepto, es una reflexión que sinceramente comparto.

Es curioso como en este país se ha ido degradando la figura del político y no conozco, en mis cortas miras de niño que nació en los estertores del franquismo y vivió el nacimiento de nuestra democracia moderna, que en esta época reciente los políticos hayan estado bien mirados. Basta acercarse a las encuestas de opinión y comprobar que reiteradamente nuestros políticos siempre suspenden o aprueban raspando. La profesión política no genera brillantez.

Para muestra un botón, el otro día escuchaba al que fuera Director de Prensa con Adolfo Suárez, Fernando Ónega que indicaba que tras varios años de desprecio por parte de los españoles, la figura de Suárez comenzaba a ensalzarse debidamente como motor de la transición, justo cuando su deterioro físico y mental empezaba a aflorar. Ónega, señalaba que aun con los errores que cometió como todo humano, no pudo «en vida» disfrutar del reconocimiento de la gente. Yo también recuerdo en aquellos años convulsos de inicios de los 80 que todo el país deseaba con saña que se largara, ante la presión del terrorismo, crisis económica, revueltas sociales, etc.

Pero seamos francos, todo el mundo hace chistes de políticos, todo el mundo denosta a la clase política, y tal vez no nos paramos a pensar que, lo queramos o no, los políticos son necesarios, y alguien tiene que asumir esa responsabilidad poco rentable socialmente. Ahora bien, vista la realidad de un oficio que no genera simpatías, ¿tenemos los políticos que nos merecemos?

Por continuar con las citas o referencias de personajes clave de nuestro país, también escuché en la primavera pasada a Alfonso Guerra en “El Hormiguero” que decía que tenía la convicción de que en la transición y los 80, los mejores de cada profesión acudían a la política para ayudar a su país, y que entendía que ahora eso no estaba ocurriendo. Yo también tengo esa sensación, la de que aquellos que nos mandan no son los más brillantes en el oficio del que provienen. Tal vez sea por eso que comentaba antes, porque acudir a la política para saber que uno va a ser vapuleado, entiendo que no es un plato de gusto ni todo hijo de vecino está preparado para ello, aunque existen otros beneficios.

En cualquier caso, hasta no hace falta ser el mejor en tal o cual profesión, baste con ser buen político, de eso es de lo que se trata, porque para tomar decisiones hay que rodearse de buenos profesionales (asesores y técnicos); pero ahí está la otra vuelta de tuerca, que tampoco están los mejores en la Administración (y que conste que yo pertenezco a la misma), básicamente porque la empresa privada ofrece, si obviamos la crisis, mejores oportunidades económicas y de promoción profesional.

No creo que las nuevas generaciones que vienen, las que hoy están en la universidad y que deben gobernarnos en un par de décadas, estén peor preparadas que la mía, más bien al contrario. Aunque con la educación primaria y secundaria tengo mis dudas (informe PISA mediante), pienso que la universidad española está a la altura del resto de Europa, de otro modo nuestro capital humano, ese que está emigrando, por mucho que la ministra Báñez quiera denominarlo eufemísticamente movilidad exterior, no se rifaría en medio mundo. Es verdad, estamos gastando un montón de dinero público para tener a miles de españoles bien preparados, pero esa inversión la están aprovechando otros.

Dicho esto, un detalle me da vueltas en la cabeza acerca de las soluciones a la crisis y el papel que encarnan nuestros políticos y es ¿cómo puede un político gestionar una crisis si nunca sabrá de primera mano lo que es? Es decir, el discurso no puede ser más cicatero por mi parte, los políticos en nuestro país son claramente una élite social, tienen mejor sueldo que la media de los españoles, mejor casa, en un barrio bueno y mejor coche, algunos hasta tienen un patrimonio, no quiero entrar en si gracias a la política, que casi los definiría como «nuevos ricos». Para ellos la crisis no existe, en su familia cercana no hay hambre, ni problemas de fin de mes, pueden irse de vacaciones adonde quieran cada verano, ir a restaurantes caros, mandar a los hijos a estudiar al extranjero... O sea, ¿puede un político verdaderamente ponerse en la piel de esa familia que no tiene nada y que malvive con la pensión de los abuelos y de la caridad de instituciones, familiares y vecinos? Sinceramente no lo sé, creo que no, porque el pertenecer a esa élite social y económica los condiciona, y aunque estén preocupados, habrá un momento en que desconecten y vuelvan a su vida plácida y acomodada.

Para colmo, en este país la manera de hacer política no es la más sana posible, en eso nos puede el hecho de que nuestra democracia sea demasiado joven y falta de tradición. Esa estrategia de «cuanto peor, mejor», es la que esgrimen todos los partidos políticos que están en el lado contrario; no importa tanto aunar esfuerzos para sacar a este país del hoyo en el que se ha introducido, como aprovechar todo lo malo que existe y que siempre lo habrá, para despotricar del que tengo enfrente con objeto de ocupar su sillón lo más rápido posible.

Sinceramente pienso y pensamos muchos que las nuevas generaciones políticas, las que ya empiezan a tener responsabilidades de gobierno o influencia en los partidos opositores, y las que efectivamente nos gobernarán en un futuro cercano, deben tratar de cambiar los males que aquejan a la clase política actual: elitismo, oportunismo, escasez de independencia (las estructuras fagocitan cualquier opinión discordante), aprovecharse del mal ajeno, distanciamiento de la realidad social...

Mientras voy escribiendo esto, yo mismo me doy cuenta de que esto es una batalla perdida, sobre todo porque percibo que el elitismo se da en las altas instancias, pero también a pequeña escala. Sí, la política ha creado una nómina infinita de dioses territoriales, que mandan o gobiernan en un espacio muy concreto, y tienen ínfulas de ministro, con coche oficial, secretarios personales, agenda institucional, y toda una parafernalia que le precipitan a creerse más que el resto y a separarse por voluntad o por el desarrollo de los acontecimientos a ver la realidad social desde la distancia.

Por si fuera poco los partidos políticos españoles que propugnan la democracia, son ante todo, sí amigos, profundamente antidemocráticos, esos caciquillos territoriales están repartidos por todos lados y no desean que nadie les levante la mano, si lo hacen, la estructura los liquida. Elecciones internas pocas, y aquí es estar conmigo o contra mí. Qué razón tenía el movimiento 15-M cuando pedía Democracia Real Ya. No la hay, nuestra democracia es una pura falacia.

Alguien me preguntó el otro día que de qué partido era yo, y respondí lo primero que me salió, «yo quito partidos políticos del poder». Así es, creo que a lo largo de mi vida he pasado por varias fases, en mis años mozos era comunista visceral, pero el discurso de Izquierda Unida se me agotó (ahora sí vende, es verdad, porque en época de depresión, a río revuelto...) y luego he ido alternando votos a izquierda y derecha, colaborando en derrocar a aquel que se había estado sentando en el poder y lo había hecho mal o había mentido al electorado no cumpliendo sus promesas (lo que está ocurriendo ahora con el PP).

Como decía, el discurso actual de Izquierda Unida no puede ser más oportunista, dan a la mucha gente que hoy tiene necesidades lo que quiere oír, se bañan en el mar de la crisis para recoger todos los muertos posibles, pero luego cuando gobiernan, lo hacen en Andalucía, no alcanzan a plasmar sus ideas revolucionarias, y se limitan a ser un eslabón de la cadena del PSOE andaluz.

Parece que UPyD tiene un discurso coherente y puede ser una buena alternativa al bipartidismo, es un partido buenista, intenta recoger el sentir de la clase media española, tiene congruencia lo que proclama, incluso en materias tan sensibles como el independentismo catalán o el terrorismo. La duda estriba en saber si realmente pueden arrastrar a tanta población española para ser esa alternativa y si luego por aquello de «del dicho al hecho», serían capaces de poner en práctica lo que dicen, o la economía global, llámese Merkel, absorberán sus ansias de cambio. Es decir, nunca han gobernado y no sabemos si el día en que pudieran hacerlo podrán defender lo que hoy defienden.

Por su parte, malos momentos vive el PSOE con Rubalcaba a la cabeza; en Cataluña sus hermanos del PSC son díscolos y es incapaz de sofocar el fuego allí existente; y por otro lado, en buena parte de España hay compañeros que están intentando moverle la silla. Sinceramente pensaba que a Rubalcaba, un político muy veterano, lo habían mandado a las Elecciones Generales de 2011 para sacrificarlo (como los romanos que mandaban a la arena a sus esclavos para que fueran devorados por los leones), en unos comicios que iba a perder el PSOE sí o sí con rotundidad. No obstante, poquísimos meses después se descubrió sorprendentemente que este profesor universitario de química, es una especie de fórmula alquimista, se aferraba a su poltrona, demostrándose a sí mismo y a sus correligionarios que su muerte en el coliseo no había sido en vano; así de paso cercenaba a una política de gran proyección como Carmen Chacón. Esa querencia de Rubalcaba al poder, su estilo de hacer política (como todos, aprovechándose del mal contrario), su falta de carisma (parece que da clase cuando habla y aburre), su edad, tendrá 64 años en las próximas Generales, y sobre todo que no saca rédito a la pérdida de votos del PP, han hecho que las voces en el PSOE se multipliquen solicitando unas nuevas primarias (es Secretario General desde febrero de 2012), con objeto de «preparar» a un nuevo candidato, que bien pudiera ser candidata, para luchar contra el PP por el Gobierno de este país en 2015.

Hay un dato más que es muy relevante, y es que aparte del distanciamiento entre políticos y pueblo llano, los políticos no oyen a este. La gente de la calle hace constantes proclamas y más allá de opiniones movidas por un calentón, la gente normal en un razonamiento pausado odia que los políticos se tiren los trastos a la cabeza, quieren que sean más humildes, desean que se entierre el «eh tú, pues anda que tú», sueñan con que alguna vez los partidos de distinto signo sean capaces de ponerse de acuerdo en algo.

Es más, si le preguntas a la gente qué políticos son los que más les gustan, todos coincidimos en una serie de personas que se caracterizan por ser los «menos malos» y por tener un discurso que se acerca al ideal de lo que esperamos de un político en España, y curiosamente no son los que están más arriba.

Necesitamos urgentemente que el presente de la política española dé un paso al frente con nuevas formas de hacer política, de relacionarse con el contrario y de acercarse a la sociedad. Que los razonamientos sean claros e inequívocos significa que mi discurso debe basarse en propuestas que yo hago para el cambio o para la mejora, y no exclusivamente en criticar lo mal que lo está haciendo el otro.

Necesitamos políticos que enseñen y que no vociferen, y necesitamos políticos nacidos y criados en la clase media que estén impregnados del sentir de la sociedad y que sepan acercarse a los problemas del ciudadano con pleno conocimiento de causa.

Beatriz Talegón
En el PSOE por encima de las citadas disensiones internas, quiero también creer que hay una serie de políticos capaces, capaces de liderar no el cambio de este país, que también, sino el cambio que requiere la manera de hacer política en nuestro país. Así, me gusta mucho Eduardo Madina, un joven político vasco contra el que ETA atentó hace unos años, tiene un discurso sensato, razonable, se ve que es un tipo inteligente. Me gusta igualmente Antonio Hernando, lo he escuchado algunas veces en la tele y en la radio, y aunque le aquejan los males de despotricar del contrario, no lo hace de forma agresiva, lo he visto algunas veces alabando actuaciones del PP y eso es muy de valorar. Hay también una chica, Beatriz Talegón, que salió a la palestra hace unos meses, perteneciente a la Internacional Socialista de carácter juvenil, y que se atrevió a criticar en un foro internacional a las élites de su partido, precisamente por muchas de las cosas que yo comento aquí; ella misma pregona con su discurso apasionado que, efectivamente, hay nuevas maneras de hacer socialismo. Incluso me gusta mi paisano y concejal de mi Ayuntamiento, Felipe Sicilia, actual Diputado en el Congreso, un tipo con verbo fácil, bien preparado, salido de la clase media y que debiera crecer en el PSOE en los próximos años y jubilar a unos cuantos. Por último, soy de los que piensa que Carmen Chacón sería una candidata idónea para sustituir a Rubalcaba, tiene cierta moderación y sensatez, creo que aglutina bien los nuevos derroteros de su partido, y ha llegado su momento, ha llegado el momento de que España tenga una presidenta del gobierno.

Borja Sémper
En cuanto al PP, también siento especial predilección por sus dirigentes vascos, al igual que en el PSOE se trata de gente que ha tenido que soportar la ignominia de sus convecinos, y le han echado un par de bemoles jugándose su propia vida. Ahí está Borja Sémper que no tiene pelos en la lengua y es capaz de decirle a los palmeros actuales del radicalismo vasco lo que todos pensamos. También me parece un tipo brillante Iñaki Oyarzábal, que rompe con la imagen de «niños pijos» de sus compañeros de partido y que, en algún momento ha sido un punto discordante en su formación, básicamente porque ha reconocido su propia homosexualidad y eso creo que escocerá a muchos. Antes me gustaba Gallardón, quizás el hombre más inteligente que hay hoy en política en nuestro país, creo que era el político del PP que más gustaba a la gente de izquierdas, pero sus decisiones recientes en materia de justicia han dinamitado su futuro. Por último, también creo al igual que me he referido a Chacón en el PSOE, sea por un lado o por otro, espero que antes de diez años tendremos una presidenta del gobierno; en el caso, de este partido de derechas, la clara candidata es Soraya Sáenz de Santamaría, una muchacha culta y bien preparada, que se ha arrogado el papel de portavoz moderada del partido, en clara confrontación con el perro de presa que es María Dolores de Cospedal, ya saben la de la «indemnización en diferido en forma de simulación» acerca del caso Bárcenas.

Y esto es todo, que sueño con levantarme un día y ver que mis políticos, esos que son necesarios, obligatorios para nuestro país, sepan ponerse de acuerdo y luchar juntos por lo que nos beneficie, que sean más humildes y que se acerquen, bajen más a la arena y tanteen con mayor conocimiento de causa lo que requiere la sociedad.