viernes, 28 de diciembre de 2012

SIR TIM O'THEO, AVENTURAS DETECTIVESCAS EN LA INGLATERRA RURAL

Tal vez no sea el personaje de tebeo más conocido de mi generación, yo diría que no está ni en el top 10 quizá ni en el 20, pero me parece una de las historietas más ingeniosas y entretenidas con las que tuve la fortuna de crecer y de enriquecer mi lengua.

Esta historieta es fruto del pincel del historietista barcelonés Raf (Joan Rafart i Roldán), secundado por el guionista Andreu Martín Farrero y un grupo de colaboradores, que comenzó a publicarse en la revista Mortadelo y Super Mortadelo de la Editorial Bruguera en 1970.

Sir Tim O’Theo es un aristocrático vejete, algo gruñón, que vive con su mayordomo Patson y su durmiente perro Marmota en la mansión “The chims” (Las Chimeneas) en la ficticia localidad británica de Bellotha Village. El nombre del mayordomo nos da ya la primera pista de la principal afición de Sir Tim, que no es otra que la de resolver casos policíacos, emulando a su ídolo Sherlock Holmes, de ahí lo de Patson que es un guiño al ayudante de Sherlock, Watson.

La relación que tienen Sir Tim y Patson viene a ser la de una especie de matrimonio bien avenido pero con peleíllas cotidianas de pareja. El principal problema es que Sir Tim es un poco tacaño por no decir que es el más tacaño del mundo, hace décadas que no le paga a Patson y para colmo acuden a diario a la taberna local “El Ave Turuta” a trasegar cervezas y es el mayordomo el que siempre tiene que correr con los gastos.

Para colmo en Las Chimeneas conviven con un simpático fantasma, Mac Latha, cuya principal misión es molestar constantemente a Sir Tim, entre otras cosas con una cornamusa. Mac Latha sólo puede ser visto por Sir Tim y Patson piensa que este está loco cuando lo ve “hablando solo”, lo cual genera situaciones muy chistosas.

En cualquier caso, esta relación señor – mayordomo podríamos decir que es un vínculo inquebrantable, ya que Patson colabora hábilmente en los casos detectivescos de su señor, cuando no es, en muchas ocasiones, la auténtica llave para la resolución de estos.

Avanzando en la historieta aparecerá más tarde un sobrino lejano del Sir, Nikito Nipongo, que ayudará con su ingenio y astucia a resolver muchos casos, pese a que su tito intente siempre preservarlo de la acción.

Capítulo aparte merece la taberna “El Ave Turuta”, pues todos los personajes de la historieta acostumbran a referirse al garito con diferentes sinónimos, “El ave locuela”, “El pajarraco tonto”, “El ave tontuela”, “El pájaro tarado”, “El ave chiflada”, “El ave tontaina”, "El volátil chalado", “El pájaro majareta”…, allí recibe y despacha su propietario Huggins, dispuesto a poner el oído en todos los asuntos que se cuecen en el pueblo. No en vano yo diría que en más del 50% de las historietas aparece esta sede tabernaria.

Sir Tim O’Theo mantiene una desigual competencia con Blops, el gordinflón y bigotudo sargento de policía del pueblo, y es que Blops es un poco tarugo y no tiene habilidad para resolver los asuntos que se le presentan y la fortuna o la habilidad hacen que Sir Tim pase por encima de él y consiga el éxito en la mayoría de las ocasiones. Así que Blops, un incansable aficionado a las novelas de alienígenas y a las cervezas de “El ave tontorrona”, no en vano cae justo enfrente de la comisaría, ve frustrada una y otra vez la posibilidad de ascenso en el cuerpo. De sus escasas habilidades policiales da cuenta el capitán Keyasaben de Scotland Yard que una vez tras otra rechaza las habitualísimas, casi diarias, peticiones por escrito de ascenso de Blops.

Por cierto, Blops tiene un subalterno, Pitts, delgado y enjuto, que pudiera ser algo más hábil que su superior, pero de algún modo, se deja llevar por la torpeza de este y al final se nutre de su propio fracaso y mala estrella. Pitts vive con su puritana hermana Sabina, soltera ésta, y que está colada por Blops, pero este amor no es correspondido.

En Bellotha Village se dan cita toda una serie de convecinos muy característicos que van tomando juego en las historias de forma más o menos habitual, con personalidades muy marcadas, así está el Burgomaestre Bert (el alcalde), un tipo bajito obsesionado porque el pueblo no esté siempre en el punto de mira de los delincuentes y porque sus cuentas estén saneadas y su mujer la Burgomaestra, una especie de alcaldesa en la sombra. Además, se da la circunstancia de que en esta historieta las mujeres suelen ser dominantes y hasta un poco déspotas con los hombres.

El Burgomaestre no verá la paz prácticamente nunca en el pueblo, pues su equipo policial con Blops a la cabeza, ya se sabe cómo las gasta, sobre todo gasta cerveza. Para eso ante cualquier fracaso de Blops responderá arrancándole pelos de su mostacho, y no dudará ni un momento en poner en conocimiento del Sir cualquier caso de cierta enjundia.

También aparecen otros personajes tan hilarantes y simpáticos como la vecina de Sir Tim, Lady Filstrup, cuya profesión es la de programar aburridas fiestas en su mansión a las que el Sir trata de escaquearse. Por cierto que de Lady Filstrup subyace que siente una cierta atracción casi platónica hacia Sir Tim. La Lady tiene un fantasma como mayordomo, Perkins, pero a diferencia de Mac Latha es un tipo educado y correcto al que todos sí pueden ver.

Por otro lado, tenemos a personajes con mayor o menor presencia Chy Watto (el confidente del pueblo), el Dr. Pottingham (el médico), el Coronel Jones, Foody (el cuidador de cerdos, con perdón), MacRhácano (el tacaño multimillonario de la villa), Posting (el cartero), O’Jarabell (el boticario), MacGillicudy (el no siempre exitoso inventor del pueblo).

Sir Tim fue artillero en la India en su juventud junto a Patson y eso hace que tenga un bagaje muy importante y numerosas amistades que, a veces, le permiten viajar a otros confines del mundo a resolver complicados casos, que luego se revelan como asuntos triviales.

Normalmente esa es la secuencia de los hechos, pequeños o grandes casos que se resuelven de forma ingeniosa, pero también aparecen enemigos irreductibles de Sir Tim que pretenden en cada aparición liquidar a nuestro simpático aristócrata, así podremos recordar a Blackiss Black, Pavoroso Pavor, o el Dr. Von Pepen.

Uno de los aspectos que llama la atención en esta historieta es amén de los divertidos casos que se acometen, es como ya se ha visto, la habilidad que tienen los autores para españolizar nombres británicos, algo que se refleja en otros lugares de la villa y sus alrededores, como el Turuting Center (el manicomio), la librería Demam O’Treto, el periódico The Repaper, o el Remoney Bank.

Igualmente llama la atención una especie de jerga propia de los personajes de la historia, que inventan adjetivos digamos que reiterativos de la palabra que le precede y que son tremendamente ocurrentes, tales como tabarra mareante, sucesos retumbantes, furia rugiente, cacos asaltantes, gota pinchante, paseo oxigenante, frigorífico congelante, urgencias apremiantes, incendios chamuscantes, cornamusa incordiante, regodeo carcajeante, tortícolis acogotante, porra machacante, etc.

En fin, ratos muy divertidos pasé en mi infancia con Sir Tim, y ahora recordándolo, y merecía que tuviera su momentillo de gloria en esta humilde bitácora, porque quizá no tuvo este personaje la fama de otras historietas y no veo el motivo. También se trata de un pequeño homenaje el historietista Raf que nos dejó de forma algo prematura hace ya quince años.

sábado, 22 de diciembre de 2012

PONG O LOS TESTIGOS DE UNA NUEVA ERA TECNOLÓGICA

Pues el otro día leí por ahí que se había cumplido el cuarenta aniversario del primer videojuego, Pong, aunque este nombre prácticamente no le diga nada a nadie y sí diga más la foto que ilustra la cabecera de esta entrada. Es decir, el juego de la bolita y las palitas, llámese tenis o fútbol; los niños de principios de los 70 del pasado siglo, estábamos tan locos como los de ahora por el fútbol, así que dábamos por hecho que lo que había en la pantalla era una partida balompédica.

No puedo negar que me trae buenos recuerdos este jueguecillo que, de algún modo, fue el nacimiento de nuestra generación a los juegos electrónicos. Primero fueron los bares, si querías triunfar con un bar y no tenías la máquina instalada al lado de aquella de poner música o la de pinball (que los de mi época también conocíamos por máquina de petacos), mal asunto porque los niños arrastrábamos a nuestros padres allá donde esta maquinita se había hecho fuerte.

El juego lo imaginábamos sofisticado para su época y ahora lo veríamos como un ingenio de bastante simpleza, pues con la cantidad de juegos complejos que ahí ahora, con toda una industria a su alrededor, el programita para diseñar Pong se antoja algo casi nimio, aunque el que lo inventó tuviera su mérito y fuera él y no otro el que lo popularizara, en concreto el estadounidense Nolan Bushnell.

Bushnell y Ted Dabney fundarían Atari, y distribuyeron por medio mundo su simpático juego. Imagino que el éxito alcanzado les inspiró para trabajar en nuevas versiones de Pong, sí porque yo rápidamente vi en los bares que a la teórica pista de tenis le salieron porterías en sus extremos y ya definitivamente era un partido de fútbol, luego de hockey, baloncesto y se incorporaron más jugadores a la pantalla.

Ese éxito trascendió al ámbito doméstico y nacerían a mediados de los 70 las primeras videoconsolas domésticas, que los más afortunados de mis amigos habían conseguido a un precio razonable en Ceuta o Melilla, tal vez porque sus padres o algún familiar habían viajado a ver algún partido de liga acompañando al Linares, C.F.

Y recuerdo agradablemente esas visitas a casa de mis amigos para jugar con la versión ampliada de Pong, donde se ofrecían si mi mente no me falla hasta doce variantes del juego, cada vez más logradas y entretenidas. Eso sí, para poder instalar el juego, había que hacerlo a través de una maraña de cables, y tener un sitio espacioso para la consola en sí, porque era un auténtico armatoste.

Pues ya digo que los niños de mi época comenzamos a conocer de forma natural los videojuegos y no recuerdo cuándo vi por primera vez la máquina en los bares. Lo que sí tengo es un episodio vivísimo de mi vida infantil y es la vez en que una mañana de fin de semana o día festivo, mi abuelo materno que debería estar pasando una temporadilla en mi casa, me llevó con él a dar una vuelta por el centro de Linares. Mi abuelo nunca fue muy aficionado a los bares, pero ese día coincidió y entramos en el Bar el Ascensor (Pasaje del Comercio esquina con calle Baños), y allí estaba la máquina con su aparatoso armario de madera, así que mientras él se tomaba algo, yo conseguí una moneda, imagino que un duro, para jugar a Pong y luchar contra ese rival tan odioso como era su pequeña computadora interna.

Esto me hace acordarme aún con más emoción de este abuelo mío, que lo conocí siempre viejo, pero con una robusta salud, con setenta años (que fue cuando me llevó a aquel bar) era un chaval, con ochenta venía con nosotros a la aceituna, con noventa se daba sus vueltas con los amigos en la calle… y se fueron muriendo sus amigos, y él seguía sanote haciendo sus rutinas. Y llegó a los cien y le celebramos una fiesta centenaria, y pasó más tiempo, tanto que muchos amigos me preguntaban después de aquello, “bueno, ¿qué pasó con tu abuelo?”, pues nada que mi abuelo siguió viviendo. Tuvo el acierto y la potente personalidad de acompañarnos durante ciento tres años y medio. Nos dejó hace ya cinco años pero a buen seguro que vela por mí, porque ambos manteníamos una relación especial.

También, por supuesto, aunque con un cierto regustillo desagradable, uno echa de menos los bares del Linares de los 70, esos a los que ibas con tus padres y en los que estaba terminantemente prohibido pedir bebida alguna, salvo día especial en que tenías la fortuna de ser agraciado con una Fanta o una Puleva de chocolate, así como picar una gabardina de la tapa de tus progenitores. Y me vienen así, a bote pronto, garitos tan tradicionales y familiares como el Taxi, el Tarara, Rhin Bar, Ideal Bar, los Gorditos o la Marina.

Bueno, pero continuando con el asunto lúdico, el juego de la bolita y las barras supuso el pistoletazo de salida para la revolución tecnológica en el mundo de los juegos a través de una pantalla, sí porque por entonces ni existía la palabra videojuego, ese nuevo concepto vendría con el nacimiento de una industria fabulosa que surtió y surte de juegos a niños, jóvenes y mayores.

Es evidente que cuando digo mayores lo hago con conocimiento de causa, a mí me siguen gustando los juegos de ordenador y juego de vez en cuando, aunque la sofisticación de los actuales y la falta de tiempo para familiarizarme en su manejo, me han hecho quedarme un escalón por debajo de lo que se cuece en el mercado.

Por supuesto, yo estuve al pie del cañón en ese nuevo escenario lúdico, porque prácticamente con el desarrollo de las máquinas de juegos, surgió un local en Linares destinado a esa nueva oferta, los legendarios Billares París, el paraíso de las máquinas recreativas, adonde acudíamos en tropel todos los niños y niñas de Linares sobre todo los fines de semana. Era nuestra salida preferida, los domingos después de misa, a pasar unas horas viendo los nuevos juegos, no hacía falta ni jugar (que alguna partidita echábamos), nos conformábamos con ver a los ases y virtuosos que se daban cita en ese céntrico, amplísimo y bullicioso punto gravitatorio linarense. Los Billares París se hicieron de oro, y traían las novedades con suma rapidez, así que estuvimos siempre al día y fuimos testigos de excepción de esta nueva era tecnológica. También murieron en su originaria ubicación de la Corredera de San Marcos, porque los salones recreativos no resistieron el empuje de las videoconsolas domésticas y los juegos de ordenador.

sábado, 15 de diciembre de 2012

"NADIE ES MÁS QUE NADIE", DE MIGUEL ÁNGEL REVILLA

No tenía una idea acertada de quién era Miguel Ángel Revilla, el que fuera presidente autonómico de Cantabria, más allá de sus intervenciones en el programa de Andreu Buenafuente y su estilo llano y jocoso, aderezado con su fama de ser un magnífico divulgador de su tierra, con latas de anchoas por estandarte.

Pero, en todo caso, tenía un buen concepto de este tipo, gracioso, un tanto singular y que me despertaba alguna sonrisa en esas noches “buenafuentescas”. De esa gente con la que te gustaría conversar durante tardes y fines de semana completos, porque tiene batallitas para dar y regalar, y para hacer amena cualquier tertulia.

Con esos ingredientes me dispuse a seleccionar una lectura para el pasado puente de la Constitución y me atrajo el libro de este personaje por quien era, por el título sugerente de “Nadie es más que nadie” y por la foto de portada que es la del propio Revilla calzando unas albarcas al rey Juan Carlos.

El libro empieza con una breve biografía de Miguel A. Revilla, para centrarse en su experiencia y vivencias políticas y su relación con las más altas esferas del poder en nuestro país, desde el Rey, Zapatero, Aznar…, hasta Botín, el presidente del Banco de Santander. La última parte del libro es una especie de ensayo acerca de la crisis económica, la corrupción y el rol de los políticos en España.

Ya digo que no sabía gran cosa de Revilla y lo que llama la atención es que tras esa apariencia de hombre llano, hay una persona que no es ni muchísimo menos cazurra. Vivió sus primeros años en una zona rural y se crió como un niño más con las dificultades y estrecheces de los años 40 y 50 del pasado siglo, entre otros detalles pastoreando ovejas a muy corta edad. A los once años sus padres se trasladan a vivir a Santander, y tras una educación básica normal y una enseñanza media mediocre, termina por convencer a sus padres (que trabajaban ambos, con sueldos discretos) para que lo envíen a Bilbao a estudiar Económicas. Allí será un estudiante brillante, e incluso se da la circunstancia de que el destino le deparase que entablara amistad por razones de estudio con el que fuera fundador de ETA Xabi Echevarrieta. Terminada su carrera con honor, el mercado laboral se le abre en canal y su ascensión es meteórica, llegando a ser alto cargo del Banco Atlántico y profesor universitario.

Posteriormente su reivindicación de autonomía para Cantabria, desgajándola de la tradicional organización territorial que la señalaba en Castilla la Vieja, supuso su encumbramiento a la política, donde encontró su verdadero sitio, pues el libro no para de hacer constantes guiños a su lealtad a la política y a su vocación por serlo desde la defensa de los intereses de su tierra.

Y a partir de ahí comienza la parte más simpática y graciosa del libro, pues construye la personalidad de gente influyente de nuestro país a través de sus vivencias, encuentros y conversaciones. Creo que es de las pocas veces en que he tenido la posibilidad de comprobar cómo son los políticos desde el plano personal, porque una cosa es lo que la televisión nos muestra y otra bien distinta cómo son en realidad. Su relación con Zapatero ofrece muchas luces sobre la intrahistoria de este controvertido presidente de nuestro país, pues para Revilla es una persona honrada (lo califica de bisoño honrado), profundo demócrata, perfecto encajador de las críticas y buena persona, que tuvo la mala fortuna de estar mal rodeado por subalternos mediocres. En este sentido, Revilla es particularmente duro con José Blanco, quien fuera ministro de Fomento, porque tras firmar un protocolo para la llegada del AVE a Cantabria, vía Palencia, este se quedó en agua de borrajas.

De Aznar no le quedó un grato recuerdo, primero porque es tremendamente crítico con su decisión de llevar a España como una de las banderas de la guerra de Irak y, en segundo lugar, porque en sus encuentros con el vallisoletano, este fue muy frío, ausente y casi estúpido.

Particularmente simpática es la relación que le une con don Juan Carlos, y que confirma lo que mucha gente conoce, que nuestro rey es una persona normal y corriente, como tú y como yo, que le gustaría en más de una ocasión quitarse la careta de monarca y disfrutar de la vida sin la presión de ser un personaje público y con altas responsabilidades. Sus anécdotas y episodios con nuestro rey son muy graciosos y reiteran lo que más o menos todo el mundo percibe.

Mención especial merece su singular modo de hacer política, la de la defensa, entiendo que más que honrada, de su tierra, por encima de los condicionantes de los dos grandes partidos nacionales, cuyos representantes son capaces de darle la espalda a su provincia o a su pueblo antes que quebrar la disciplina de partido. Todo un gesto que tiene más impacto que el propio detalle, es el hecho de que siempre lleve de viaje unas bolsas con productos cántabros, lo cual no sólo da publicidad sino que impresiona agradablemente que un presidente de una comunidad autónoma sea el principal emisario de las virtudes de su tierra, no todos lo hacen así y debieran reflexionar.

Igualmente es necesario detenerse un ratito, al hilo de su filosofía de afrontar la política, en su idilio con los taxistas, pues también con honradez y buen criterio ha entendido siempre que lo más barato y rápido para acudir a sus citas fuera de Cantabria, es coger el avión y luego desplazarse en taxi como un ciudadano más, es decir, eludiendo el cómodo y más costoso uso del coche oficial. Eso de llegar, por ejemplo, a La Moncloa en taxi le ha proporcionado numerosas anécdotas, y los taxistas madrileños especialmente, están encantados con él, hasta el punto de que ha llegado a ser homenajeado por estos, y han tenido que hacerse sorteos para ver quién era el afortunado que hacía el servicio a Revilla. ¡Cuánto tendrían que aprender muchos políticos, sobre todo los que no son nadie, de gente honesta como Miguel A. Revilla!

Al igual que esa declaración de intenciones que es la de pasar del coche oficial, no menos potente es su decisión de no llevar escolta nunca, aun cuando ha sido una persona en el punto de mira de ETA. Se considera cántabro y español, y aun con algún disgusto que otro, eso le ha hecho enfrentarse abiertamente con los abertzales. Aprovecha para ser crítico con la justicia, pues tuvo que enfrentarse a un chorizo de esos por insultos, y cuando fue el juicio el delito había prescrito y los proetarras se rieron literalmente en su cara.

Revilla no se esconde en el libro y también entona el mea culpa, pues su verbo rápido y su naturaleza extrovertida, le han llevado en algunas ocasiones a meter la pata, ya sea por la oportunidad que ha tenido de relacionarse con gente de alto rango, o porque a veces ha filtrado detalles privados de eventos sociales donde esa gente se baja a la arena. Sin duda, episodios en los que solté alguna que otra carcajada que hacen que este tío sea muy grande, de verdad.

La última parte es una especie de ensayo, sesudo y bien madurado, en el que explica las razones de la crisis y cómo se moja dando soluciones para salir de la misma; no olvidemos que es una persona con sobrada experiencia y cualificada en la materia, vamos, que no es un mindundi.

Del mismo modo, a través de sus andanzas se destila que estamos ante un político atípico, pero porque hace las cosas que un ciudadano vería correctas y justas en cualquiera que tiene la responsabilidad de representarnos. Entiende que la corrupción y la falta de perspectiva u honradez de algunos políticos (cree que son los menos, pero hacen mucho ruido), que han olvidado que están ahí gracias a la confianza del pueblo, hace que todos estemos en contra de la clase política, especialmente en esta época de depresión, en la que la mayoría nos ajustamos el cinturón, sobre todo la amplia clase media española entre la que me encuentro, y los políticos parece que son una élite inaccesible y algo ajena a lo que sucede.

Pues de ahí el título de su libro “Nadie es más que nadie”, porque pese a la condición social o el lugar notable en el que se pueda encontrar una persona, no debiera haber privilegios o distinciones, y sin embargo, las hay..., y parecía que la dictadura había muerto hace cuarenta años.

De lectura ágil y apasionante, lo devoré en apenas unas horas y confieso que los amigos a los que se lo pasé tuvieron semejante necesidad que yo de pasar hojas con inusitada avidez.

Muchas gracias señor Revilla por ser como es, por su honradez y por habernos permitido conocer algo más de su vida y de sus experiencias. Gente como Vd. es la que necesita España.

domingo, 9 de diciembre de 2012

"EL HOMBRE DE HIERRO", DE ANDRZEJ VAJDA

Adentrarse en la historia contemporánea de Polonia, de cómo se pasó de un régimen comunista dictatorial y represivo a otro democrático, es la historia de la lucha obrera, de la protesta masiva de los trabajadores de los astilleros de Gdansk, pidiendo mejores condiciones de trabajo, en una ofensiva que estaba presente en todos los telediarios de principios de los 80 del siglo pasado y donde se encumbró la figura de un líder sindicalista llamado Lech Walesa.

Probablemente el documento gráfico que mejor represente lo que sucedió en aquellos convulsos años es la película que hoy traigo a colación, “El hombre de hierro”, una singular producción que el director de la misma, Andrzej Vajda, hizo a poco menos de un año de los acontecimientos, por lo que su valor histórico es innegable y ayuda a comprender de forma certera cómo ocurrieron los hechos que supusieron para Polonia un punto de inflexión en la historia reciente de este país.

Sin duda, no estamos ante la mejor película polaca de la historia (El Decálogo de Krzysztof Kieslowski mediante), pero intentar ahondar en ese episodio tan importante para el devenir histórico de Polonia sin visionar esta cinta es casi un sacrilegio.

Por cierto que para aquellos que se llaman y ejercen de sindicalistas de las altas esferas, los que llevan Rólex de oro y esas bagatelas, no estaría mal que dieran un repaso a películas como esta, porque dan pistas sobre lo que es una acción sindical auténtica y no una imposición, de todo punto errónea, como son las huelgas generales, que a la vista está que no tienen éxito desde dos vertientes, en mi opinión, primero porque no es seguida por una mayoría de peso ni sirve para cambiar nada, y en segundo lugar, porque abusar de un recurso tan extraordinario como es el paro global durante un día en un país (ni me acuerdo las que hemos tenido en los últimos cuatro años) termina por cansar a la gente y se vuelve en contra de los que lo promueven.

Pero bueno, esa es harina de otro costal. En la Polonia del sindicato “Solidaridad” y de las huelgas en los astilleros de Gdansk en 1980 se traslucía un sentir general de los trabajadores, de las familias, del pueblo en general; no había duda, era una lucha por las condiciones laborales, pero también era una reivindicación de un cambio de régimen, y surtió efecto.

“El hombre de hierro”, cuyo título original es “Czlowiek z zelaza” es una historia, casi documental, en la que a un profesional de la televisión se le encarga, más bien se le conmina desde el régimen, para que acuda a Gdansk a preparar un trabajo que tiene como objetivo desmontar y vilipendiar la figura de uno de los activistas obreros más beligerantes, Maciek Tomczyk, para mostrar que la lucha obrera era un instrumento para que los maleantes y antisociales hicieran su agosto.

Sin embargo, Winkel, el productor televisivo, al adentrarse en la figura de Tomczyk descubre que no hay más que convicciones puras y de peso, de cambiar una injusticia por una realidad social más favorable a los obreros y por no ceder ante las maniobras gubernamentales. Tomczyk lucha con valentía desde la memoria de su padre, que fallecería unos años antes en otra protesta obrera, y sabe no sin dificultades cómo llegar al pueblo, cómo impregnarlo de su espíritu. Winkel, a propósito, también terminará por retractarse y abandonará, por injusta, la misión que le han encomendado, aun a riesgo de sufrir represalias.

La lucha obrera se convierte también en un laberinto personal, Tomczyk debe construir su vida desde el referente paterno, no sin algunas reservas morales, y lo hace arrastrando a todos sus seres queridos. Es, por tanto, también la semblanza de una historia familiar insuflada por el fervor sindical y la defensa de unas ideas sacrificando otros valores que para un joven debieran estar por encima.

La película tiene muchos saltos al pasado, absolutamente necesarios para comprender cómo la figura protagonista del sindicalista llega a ser una pieza clave en la lucha obrera de los astilleros de Gdansk. Todo un oficio de remembranza que también goza de gran valor pedagógico.

Pero sobre todo el valor intrínseco de esta producción es el momento en que se llevó a cabo, con los rescoldos de la huelga en Gdansk y buena parte de la comunidad internacional mirando a ese puntito de Polonia donde emergía ya la figura de un bigotudo Walesa; lo cual le supuso al director de la película algún otro quebradero de cabeza, cuando ya el régimen comunista empezaba a desinflarse gracias muy especialmente a la presión social de grandes sectores de población.

Un Walesa que, como dato curioso, aparece en la película haciendo de él mismo, no podía ser de otro modo; y que es la punta de lanza de las negociaciones obreras. Walesa se convertiría en la realidad en un referente para el sindicalismo de su momento, y es triste que se le haya olvidado tan rápido. No hay que pasar por alto que habrá sido de los pocos dirigentes sindicales que ha llegado a ser presidente de su país, y lo hizo entre 1990 a 1995, y como a muchos políticos el poder lo desgastó y perdió muchos apoyos populares al final de su mandato, pero eso es algo con lo que conviven los políticos, que se queman muy rápido.

Por cierto, en la película también se revela la gran religiosidad que inunda al pueblo polaco, es impresionante ver cómo los obreros en mitad de sus protestas, siempre tienen tiempo para la oración, todo se para, es como si hubiera un paréntesis y esos momentos son respetados por todos; la verdad es que conmueve.

En fin, una película que sin ser redonda, y en algunos momentos, un poco deslavazada, se compensa con los detalles históricos que tiene y con una enseñanza sindical honesta, con la que me quedo.

domingo, 2 de diciembre de 2012

"VIVA EL SÁBADO" Y JOSÉ RAMÓN PARDO

Llevo ya un tiempo dándole vueltas a mi cabeza, pensando qué le falta a mi blog; desde luego muchas cosas, porque no deja de ser una apuesta personal en la que escribo de lo que me gusta, es decir, primero escribo por mí aunque suene un poco egoísta, y luego escribo por si a alguien le puede interesar. De ahí lo limitada que pueda ser mi perspectiva y los artículos un poco raretes que saco.

Pero como decía, creo que me faltaba algo por escribir; en el apartado de etiquetas aparecen los temas sobre los que trato y he decidido incorporar uno más, que tal vez sea el último y definitivo, se trata de la etiqueta “radio”, sí porque a lo largo de mi vida y de la vida de muchas personas, hemos estado en contacto con la radio, con programas que han formado parte de nuestro desarrollo, de nuestra rutina, de nuestra cotidianidad, y de los que guardamos gratos recuerdos.

Voy a empezar con uno de los mejores programas de música que se han hecho en la radio española, con un formato simpatiquísimo y en una época donde en la radio todavía se podían hacer buenos programas, de calidad, sin tener que mirar necesariamente la cuenta de resultados.

Pues el programa en cuestión al que le dedico esta humilde y primera reseña radiofónica es “Viva el sábado”, que presentaba y dirigía el experto musical José Ramón Pardo en Antena 3 de Radio. No tengo constancia de cuándo se comenzó a emitir el programa (probablemente por 1983-1984), porque cuando yo lo descubrí ya llevaría tiempo funcionando, y mi hallazgo fue allá por 1988.

Por aquel entonces Antena 3 de Radio se había convertido en la radio estrella para muchos sectores de población, particularmente para los universitarios entre los que me encontraba; se trataba de una radio ágil, abierta, entretenida, bastante liberal y no excesivamente parcial. Y yo la escuchaba de fondo mientras me peleaba con mis libros de la carrera.

Todos los sábados el programa empezaba a las 9 de la mañana y se extendía hasta la 1 de la tarde a nivel nacional y hasta las 2 para la provincia de Madrid; tenía un formato absolutamente maravilloso e improvisado a la vez. José Ramón Pardo proponía como regla una palabra clave para cada programa y los radioyentes llamaban para sugerir hasta un máximo de cinco canciones que contuvieran en el título esa palabra. Como es obvio los temas musicales eran de lo más dispares, podían ser de cualquier género musical: clásico, jazz, pop. rock, salsa, flamenco, disco…; y José Ramón Pardo tenía que valerse de las sugerencias de los oyentes para poner en antena algunas de las canciones que se iban anotando. De ahí surgía la improvisación y lo interesante de este formato, con los mimbres que le iba proporcionando la audiencia, José Ramón debía construir su programa y, como es obvio, cabía todo y, en ese sentido, el programa podía dar giros insospechados, lo mismo venía una canción heavy que algún tema interpretado por un soprano.

En ese ínterin, era innegable que uno se aprestaba a escuchar el programa de cada sábado sin saber qué canciones se pondrían, qué maravillas y sorpresas nos depararía esa mañana sabatina. A todo esto, para poder hacer un programa con este singular esquema tenían que coincidir dos magnitudes muy sólidas, por un lado, la increíble cultura musical de José Ramón Pardo, al que prácticamente era imposible pillar en un despiste, es decir, que se sabía toda la música habida y por haber, por raros y rebuscados que fueran los temas que se le sugerían, y es que a veces había expertos musicales de toda España que sabían mucho de música y entonces no había las herramientas que todos conocemos. Y por otro lado, para poder desarrollar el programa en condiciones y, considerando las limitaciones de una emisora hace veinticinco años, donde no había Internet y sólo había vinilo, Antena 3 de Radio en su sede central de Madrid debía tener una fabulosa discoteca perfectamente organizada para poder encontrar el material discográfico con rapidez, a veces bastante rebuscado como digo.

Bueno, obviamente con las cinco canciones que como máximo podían señalar los oyentes, en antena se podían poner entre un 10 y un 20% de lo sugerido, muchas canciones se quedaban en el tintero, pero José Ramón Pardo tenía buen gusto y hacía que el programa fuera dinámico y fresco, haciendo una selección variada de estilos, gustos musicales e incluso épocas.

Había ocasiones en las que la palabra propuesta era de tal calibre que no permitía mucho juego, y ese porcentaje de entre el 10 – 20% se elevaba, puesto que los oyentes no daban con más de una o dos canciones que contuvieran esa palabra en el título. Para esos programas donde las sugerencias escaseaban, José Ramón siempre tenía en la mochila varias canciones para dar cobertura a las horas que duraba el programa.

Aparte del atrayente formato, José Ramón Pardo destilaba simpatía, bonhomía, cercanía, tenía una voz que sonaba a que era muy buena gente, de esos que nunca se pelean con nadie.

Era posible escuchar en mitad del programa alguna cuña genial y ocurrente de “mis amigos” de Gomaespuma, a los que en su momento dedicaré también una entradilla en esta humilde bitácora.

Una vez al mes dedicaba el programa a los “favoritos”, en ese programa o bien la gente llamaba por teléfono o había escrito una carta previamente solicitando un tema musical que podía ir desde esa canción que era la favorita de tu vida, o bien alguna otra que escuchaste alguna vez y que no habías vuelto a oír jamás. Ese programa también resultaba ser muy interesante porque a alguna gente le hacía sentirse feliz.

A mí me ocurrió, yo llevaba muchos años sin escuchar una canción que cuando era pequeño (como ocho o nueve años) oía hasta la saciedad en las radios comerciales, pero que después se difuminó y nunca más se supo. Tenía en mi mente una idea cercana de cómo se llamaba pero no sé cómo sonaba aunque sí recordaba que de chico me gustaba cantarla mucho, ahora con Internet hubiera sido tan simple como darle al clic. Yo escribí la carta a José Ramón Pardo y comentaba que la canción era Silver girl o Silver lady, cuyo intérprete era el conocido actor David Soul (Hutch en la serie policíaca Starsky y Hutch).

Tuve la fortuna de que aquel sábado frío en Granada, estando todavía en la cama, el programa se inició con la lectura de mi carta, mi nombre estaba siendo escuchado en toda España, y la canción me iba a hacer feliz; casi no me dio tiempo a encender mi radiocasete para grabar mi momentillo de gloria, ya no tanto por la difusión de mi carta, sino porque volvería a escuchar a David Soul con su canción Silver lady (Chica de plata), sería el año 1989 (ya ha pasado otro porrón de años). Ya nunca se me ha ido de mi mente esa canción, puedo tararearla perfectamente, como tampoco podré borrar aquel sábado en el que José Ramón Pardo dijo mi nombre. Supongo que tuvo buenas razones para sacar mi carta la primera del programa, quizá porque coincidía conmigo en que había sido una canción muy popular y que había caído rápidamente en el olvido.

El programa dejó de emitirse en 1991 y José Ramón Pardo, como buena fiera radiofónica, sigue en activo e imagino que seguirá hasta que sus fuerzas se lo permitan, porque habrá pocos en España con tanta sapiencia musical.

Como colofón, he de decir que hace pocos años, con ocasión del Bicentenario de la Batalla de Bailén en 2008, José Ramón Pardo visitó mi localidad de residencia, acompañando y colaborando con la locutora Pepa Fernández que hacía y creo que hace áun el programa de los sábados y domingos por la mañana en Radio Nacional de España. Tenía que ir a verlo, el programa se emitía en directo, desde la Casa Consistorial bailenense, y me tenía que congratular con José Ramón, verlo y estrechar su mano. Así lo hice, cuando terminó el programa lo saludé, le recordé aquella carta que obviamente era imposible que la recordara, pero sí le felicité por aquel programa, charlamos un momentillo de la canción de David Soul que él conocía a la perfección. La breve conversación que mantuve con él me confirmó que era un tío majísimo y que, un poco a su manera, hizo que muchos españoles amáramos un poco más la música.

sábado, 24 de noviembre de 2012

JUGANDO A CONSTRUIR ALGO Y OTRAS PERIPECIAS

La mayor parte de las veces que escribo sobre juegos en mi blog, lo hago con un acusado tono de desencanto, sobre todo porque añoro los juegos que yo hacía en mi infancia en la calle y que ahora es impensable ver a los niños actuales repetirlos o reeditarlos. Apenas hace dos semanas escribía sobre los juegos de cuerdas y combas, y auguraba que difícilmente en España se volverían a popularizar.

Con ese cierto desasosiego y hasta un poco de crítica hacia esta sociedad materialista publiqué aquella última entrada sobre juegos y, por unos días, mi experiencia personal me ha quitado la razón y mi estado de desazón, dándome un poco de vidilla porque he descubierto que sí, que hay niños que todavía juegan en las calles, que se entretienen con poco, que son imaginativos y que su vida es muy divertida, son niños del siglo XXI pero pueden jugar a cosas a las que hace un siglo sus antepasados también pudieron jugar.

Mis amigos saben de mi reciente paternidad y la edad de mi hijo, siete años, me obliga a sincronizar mi reloj vital con el suyo; obviamente él pide, como parte importante de su quehacer cotidiano y de su aprendizaje, jugar, jugar y jugar. Es por ello que ahora un porcentaje razonable de mi tiempo libre también se centra en el juego.

Tratamos de salir, si no está lloviendo, todos los días un poquito a la calle, generalmente por la tarde. Una tarde de estas hace unos diez días, salimos a estrenar su patinete, a cabalgar sobre su nuevo vehículo de tracción humana y a que aprenda mi mozalbete a tener equilibrio y no caerse (ha aprendido con bastante rapidez). Por fortuna y porque mi mujer y yo así lo decidimos vivimos a las afueras de Bailén, un pueblo de poco más de 18.000 habitantes, en una zona de expansión que por la crisis se ha quedado con las calles hechas pero sin edificar, con lo que hay mucho asfalto en buen estado y pocos coches, esto te da una cierta tranquilidad. También está el campo cerca, a apenas ciento cincuenta metros de mi casa ya estoy pisando hierba, descampados donde la gente tira escombros o busca afanosamente hormigas de ala.

Así que después de dar unas vueltas nos adentramos en el descampado más cercano, en el que por las lluvias de los últimos años y las más recientes de las últimas semanas se ha formado el cauce de un arroyillo que en cuanto deja de llover se seca; pero eso sí cuando cae agua tiene cierto caudal, lo que provoca que en determinadas zonas haya hecho taludes naturales que desde el lecho hasta lo alto pueden medir un par de metros. Y allí nos encontramos a un par de niños de unos doce años, entretenidos en cavar en el talud unos agujeros para empotrar en los mismos una especie de sillas hechas de baldosas tiradas en el mismo descampado.

Mi hijo que, en el poco tiempo que lo conozco, tiene predilección por los trabajos manuales y físicos, rápidamente me indicó que él también quería hacer eso y que volviéramos a casa a buscar herramientas. Con una cierta rapidez cogí lo primero que encontré, una palita y una gubia de las que se utilizan para jardinería. Regresamos al tajo y nos dispusimos (bueno en realidad sólo él, yo observaba), a realizar un agujero para hacer exactamente lo mismo que nuestra competencia que estaba a unos veinte metros de nosotros, es decir, una silla con los materiales que teníamos allí cerca. Pero no pasaron ni diez minutos cuando uno de los chavales se nos acercó y nos dijo que si nos queríamos unir a ellos en su “chiringuito”. Pues decidimos que sí y allí nos instalamos.

La sensación fue agradable, placentera y graciosa a la vez, nuestros nuevos amigos David y Miguel, lo tenían bien montado, sus obras, sus asientos, eran un buen entretenimiento para pasar el rato y para manejarse en trabajos manuales y en labores de obra y construcción a pequeña escala. Y digo gracioso también porque se habían equipado convenientemente para estas tareas con guantes, gafas de seguridad, un cubo para la arena sobrante, escardillo, martillo, espátula, niveles…, herramientas varias para su pequeña obra de arte y juego.

Le ofrecieron a mi hijo esas herramientas y él las usó raudo para hacer su asiento de similares características a las de sus colegas de obra. Se estaba haciendo de noche y fui a mi casa a por un par de linternas, mientras ellos seguían afanados en mover tierra y en ajustar con el nivel baldosas y azulejos. Allí continuaron animados por la leve luz de los improvisados focos, hipnotizados por sus particulares tareas.

Les dije que les iba a tomar fotos, la mayoría para quedármelas de recuerdo y otras para colgarlas en mi blog, eso sí tratando de que no aparecieran sus caras por aquello de la legalidad y la protección jurídica del menor. Es evidente que no hay ninguna maldad en mi propósito, todo lo contrario, y estoy seguro de que todo el mundo tiene esta perspectiva, porque con esto de las leyes, a veces se sacan de quicio.

Pues eso, nos despedimos que ya era noche cerrada y en estos días de noviembre que son de los más cortos del año, eso ocurre a poco más de las siete de la tarde. Quedamos emplazados para el día siguiente con objeto de seguir haciendo construcciones, yo sugerí que se podía hacer una escalera natural, excavando los peldaños en la tierra arcillosa.

He de apuntar que instantes antes de que nos hicieran la invitación a unirnos a su equipo, vi desde la distancia como Miguel y David parecían estar incordiados por otros niños, pues respondían a las preguntas de estos con bastante parquedad. Efectivamente me confirmaron que se trataba de los macarrillas del barrio.

Y es que al día siguiente, mi hijo y yo llegamos los primeros al tajo y nuestra obra lamentablemente estaba destrozada. No cabía duda, habían sido los gamberretes barriales. Llegaron nuestros dos amigos y vieron como nosotros con un poco de tristeza y resignación el estropicio. Yo traté de animarlos porque por desgracia en eso el mundo no ha cambiado y yo también tuve que soportar en mi infancia a niños que disfrutaban haciendo daño a los demás, pero que no había que venirse abajo porque eso era darles alas a tus enemigos, que precisamente lo que persiguen es eso que tú te molestes y que te sientas mal, amén de que soy de los convencidos de que el mal nunca triunfa y que el futuro pone a cada cual en su sitio (en mi barrio así ocurrió y los malos hoy son don nadie). La confirmación de la autoría de los hechos vino al poco rato, ya que mientras que estábamos en nuestro particular duelo, los “malos” desde la distancia se reían señalando que sí, que habían roto nuestra cabaña.

También les comenté, haciendo un símil propio de mi edad que si el Gobierno español se hubiera rendido a las primeras de cambio al terrorismo nada sería igual, así que había que luchar, y si habían roto nuestros asientos había que reconstruirlos, y si los volvían a romper, nosotros persistiríamos, así sucesivamente hasta que se cansaran, que no hay mal que cien años dure.

Pero la vida transcurre y como buenos niños, y de eso me alegro un montón porque me demuestra que el mundo se mueve y que la infancia todavía tiene futuro, un día hacen una cosa como si les fuera su destino y al día siguiente se cansan y empiezan con otra; así que por el momento no hemos vuelto al lugar de los hechos.

Y eso, que la vida sigue y mi hijo tiene una obsesión por las cuerdas, con atar, enganchar y arrastrar y ser arrastrado, sueña con construir algo con ruedas para llevar a su “amiga favorita” que es nuestra gata Nina, y con el nuevo patinete en la nómina de sus juguetes ya está dándole vueltas a la cabeza acerca del asunto. Para empezar ya se le ocurrió que por qué no enganchábamos a nuestra perra Lúa a su patinete para que ella estirara; la perra un poco veterana ya corrió unos minutos, pero cuando se dio cuenta del percal y de que tenía que hacer un sobreesfuerzo pues se paró y dijo que hasta aquí habíamos llegado. Así que convinimos en que el cable eléctrico que estaba utilizando como enganche se podía acoplar a la bici de Miguel y estirar del patinete de mi hijo, y así nos divertimos, ellos con el juego y yo mirando.

Al día siguiente me tocó a mí desempolvar mi bici de montaña porque la perra se nos había despistado y tuve que acoplarle un cojín encima del cuadro para que pudiera sentarse mi chaval mientras yo pedaleaba por dos. La situación se complicó porque Lúa no aparecía y eso era rarísimo. Miguel y David me ayudaron a buscarla y la encontramos en la puerta de la farmacia más cercana a mi casa, apenas a doscientos metros, allí estaba tumbada esperándome, y eso que había pasado por allí unos minutos antes, pero claro no había pronunciado su nombre ni ella está acostumbrada a verme en bicicleta. Pasé un mal rato.

En fin, que puesta al día la bici, el cojín ya se ha hecho fijo, y ahora también me toca a mí enganchar el cable para tirar de mi hijo, pero lo doy por bueno, él disfruta una barbaridad y yo soy un niño más, es la verdad.

O sea, que hace un par de semanas me sentía un poco bajo de moral cada vez que hablo de los juegos que murieron en las calles y en la memoria de los que fuimos niños, pero el presente también reivindica que la infancia sigue existiendo con fortaleza y con ilusión. Y ahí estaban y están para convencerme de ello David y Miguel, dos niños sanotes y buenos que disfrutan con su infancia, que destilan alegría y felicidad, y que se relacionan con su mundo aprovechando las calles para jugar, esas calles donde también uno se hace persona, donde uno también se educa, ¿puede haber mayor maravilla?

Y, por supuesto, también sirve esto como reivindicación del ruralismo, lejos del mundanal ruido, los que vivimos en pueblos tenemos esta ventaja con respecto a las grandes ciudades, todo está a la mano, todo lo disfrutamos de manera llana y natural, todos nos conocemos y sabemos nuestros límites.

La vida en sus diferentes modalidades, versión ¡nos lo pasamos pipa!

sábado, 17 de noviembre de 2012

SIDECARES, ESAS MOTOS DONDE EL ACOMPAÑANTE NO VA DE PAQUETE

Ahora que ha concluido el Campeonato del Mundo de motociclismo llega la hora del merecido descanso para toda una legión de jóvenes motoristas de medio mundo. He de decir que en contra de los gustos de muchos, a mí las motos me aburren un poco y, por el momento, me inclino más por la Fórmula 1, aunque sea porque haya un calvo que mantiene la tensión del telespectador aunque no pase nada de nada durante una hora y media.

No tenía intención de hacer balance de la temporada motociclista, ni lo voy a hacer, pero he recordado, eso sí, que hace bastantes años este Campeonato del Mundo tenía un curioso atractivo como era las carreras de sidecar.

No recuerdo cuándo ocurrió, tal vez hace más de veinte años, pero hasta ese momento con el programa de carreras de cada gran premio, entonces había como poco cuatro cilindradas, ahora ya sabemos que hay tres, también se introducía una carrera de sidecar que, obviamente, era el propio Campeonato del Mundo de esta especialidad.

¿Y qué paso? Pues que por el poco tirón mediático de los sidecares, imagino, se separó esta disciplina de las carreras de motos y se le organizó su propio calendario. Hoy compite en coincidencia con algunas de las carreras de resistencia que también han perdido popularidad, aún me viene a la memoria aquellas míticas 24 horas de Montjuic que también echaron el cierre hace más de veinte años.

Al igual que las motos surcan nuestras calles y carreteras, y muchos jóvenes aspiran a tener una moto de gran cilindrada para atrapar el viento, los sidecares son una reliquia del pasado que es difícil ver por nuestras calles. Es más, yo recuerdo que hace veinte años por lo menos circulaba uno por Linares, pero después no tengo constancia de haber visto otros.

Lo que quiero decir con esto es que las competiciones motociclistas tienen un trasfondo comercial, en el sentido de que las industrias moteras se supone que transfieren parte de la tecnología que utilizan en las carreras para sus producciones en serie. Por lo tanto, si la fabricación en serie de sidecares no existe o es limitadísima, el atractivo que las grandes marcas pueden tener para promocionarse se desvanece.

Aun así, el Campeonato del Mundo de sidecar sigue existiendo, como competición menor, pero al amparo, del mismo modo que las motos que vemos en la tele casi uno de cada dos domingos, de la Federación Internacional de Motociclismo (FIM). Tampoco le presta mucha atención la FIM a esta especialidad porque la información en su web es bastante escueta, pero bueno, este año ha habido siete grandes premios, tres en Alemania, dos en Francia y uno en Croacia y Hungría respectivamente. Estos lugares de celebración también ofrecen una idea de los países donde sigue habiendo cierto predicamento hacia esta disciplina deportiva. No compite ninguna pareja española en el Campeonato.

He deducido de la web oficial que en cada gran premio había dos mangas y en la competición oficial la parrilla se componía de no más de veinte sidecares. En esta temporada 2012 la pareja campeona ha sido la compuesta por los británicos Tim Reeves y Ashley Hawes, rompiendo la racha de dos Campeonatos victoriosos en las temporadas precedentes de los finenes Paivarinta y Hanni.

El hecho de por qué me he planteado escribir sobre sidecares en esta entradilla no puede ser otro que la espectacularidad de esta disciplina que, como poco, podría llamar la atención alguna vez de las cadenas de televisión para que echaran un reportaje. Aún me acuerdo como hace poco, Teledeporte tenía predilección por las carreras de motos sobre arena (Speedway) que competían en grandes estadios y donde participaban motoristas de escasamente siete u ocho países, deporte que a buen seguro interesaba a tres telespectadores o menos.

Pues eso que la competición de sidecar es puro espectáculo y derroche de adrenalina. En las manos del piloto está la suerte del dúo, pero del copiloto el que va literalmente en el sidecar, depende también muy fundamentalmente el éxito o el fracaso en las carreras, para ello debe salirse de su habitáculo hasta todo lo que le den su cuerpo y su habilidad para desplazarse por toda la máquina jugándose el tipo, y tumbarse a derecha o izquierda casi rozando el suelo para conseguir atemperar la fuerza centrífuga, algo que influye bastante en un vehículo tan inestable como este con tres ruedas y que está constantemente al borde del vuelco.

Hay que decir que el sidecar de competición no es ni mucho menos ese prototipo que tenemos en la cabeza de moto de ciudad de estilo retro (Lambretta o Vespa) con el sidecar al lado bien equipado. Los sidecares que compiten en grandes premios tienen más el aspecto de pequeños coches de carreras que de motos, son una especie de bólidos, las fotos que ilustran esta entrada dan fe de ello. No se compone de dos piezas motos y sidecar, es un solo chasis donde se unen motocicleta y sidecar, que se levanta yo diría que no más de cincuenta centímetros del suelo con el objeto de vencer la oposición del viento y alcanzar mayor velocidad.

Las cabriolas de los copilotos son un auténtico espectáculo, la compenetración entre ambos es esencial. El piloto, por su parte, no va sentado en la moto, al ser el sidecar notablemente más bajo que una motocicleta, este va arrodillado con la culata del motor pegada al pecho, no tiene margen de maniobra más allá de su manillar y es el copiloto el que completa con sus inclinaciones el afrontar las diversas curvas de los circuitos.

También hay sidecares en pruebas de motocross, todo un alarde de equilibrio y subidón de adrenalina. Si ya es complicado en una pista a toda velocidad, hacerlo en una pista llena de desniveles, con saltos, baches, a veces llena de barro…, debe ser una experiencia increíble donde la pareja tiene que respirar casi a la par.

En fin, que me gustaría que alguien en España se acordara alguna vez de los sidecares, en los medios de comunicación se refiere. Y, por mi parte, no soy un amante de las motos, pero si alguna vez me toca la lotería, me compraré un sidecar clásico y me vestiré de época.

sábado, 10 de noviembre de 2012

COMBAS, CUERDAS, GOMAS, DOSIS ASEGURADAS DE DIVERSIÓN

Estábamos el pasado sábado en mi casa celebrando el cumpleaños de mi hijo, cuando mi sobrina Alicia sacó una comba muy historiada, y los mayores ya con alguna cervecita encima empezamos a hacer alardes. Lo cierto es que fue sonar la cuerda sobre el suelo y pareció que todos pasamos a un estado momentáneo de hipnosis, porque no paramos de mirar su movimiento y algunos nos atrevimos a saltar.

Esto nos dio pie a hablar sobre los juegos que de niños se hacían con combas, cuerdas y gomas en las calles, y que hoy definitivamente se han perdido; puede que haga años que no veo a niños jugar a estos juegos. No sé realmente en qué momento sucedió esta crisis del juego en la calle, pero mucho influyeron los ordenadores y los videojuegos.

No obstante, en mi época esos eran juegos muy populares y normalmente muy practicados por niñas. He intentado deducir por qué mayoritariamente jugaban las niñas a las cuerdas y a las gomas y, en primer lugar, sostengo que los niños estábamos más dedicados al fútbol y a los juegos más físicos y un poco salvajes y, en segundo lugar, aun asumiendo que esos juegos más habitualmente practicados por las féminas nos pudieran gustar (a mi me atraían de verdad), el hecho de que las niñas aderezaran sus saltos con canciones variadas quizá nos echara un poco para atrás.

Desde luego es innegable que estos juegos no sólo tienen una importante carga de divertimento, sino que también favorecen el desarrollo físico y psicomotriz, es decir, hace falta tener un buen corazón, resistencia y, además, ser hábil para básicamente saltar en el momento justo.

Cuando hablo de combas y cuerdas, trato de diferenciar lo que es una comba como un artilugio de carácter individual en el que por las dimensiones de la cuerda sólo cabes tú y si acaso un compañero. Y por deducción, al hablar de cuerda estamos ante la misma comba sólo que de mayores dimensiones, como para que puedan saltar siete u ocho personas a la vez.

Desde luego más espectacular y divertido, y creo que más popular era la cuerda, es decir, cuando se juntaban un grupo de niñas y al ritmo de sus cánticos se iban incorporando a los saltos, primero una, luego otra…, hasta conseguir que un grupo numeroso saltara a la vez, lo que se convertía en un atractivo ejercicio de coordinación, que cuando salía bien, y era muchas veces, era muy brillante.

La táctica para saltar a tiempo tiene dos vertientes, la buena y la menos buena, y de eso saben mucho los boxeadores que tienen que saltar la comba muchas veces para tonificar sus músculos y para aumentar su resistencia cardiovascular. La buena es, sin duda, aquella que se fundamenta en una economía de recursos; puesto que una cuerda bien acompasada por los dos brazos que la mueven sean de una o de dos personas y que golpee ligeramente con el suelo (con ese sonido uno puede acoplarse al ritmo de salto), basta con dar un pequeñísimo salto, el suficiente para despegarse del suelo y superar el centímetro o dos a lo sumo que puede tener la cuerda. La estrategia menos buena es aquella que gasta más recursos y que implica a priori una mayor descoordinación, y se trata, como es obvio, de dar saltos muy grandes, difíciles de controlar, tanto que si la cuerda va rápido no tienes posibilidad de descanso y en cuanto caes ya tienes que volver a saltar, te cansas antes y al final terminarás liándote.

El grado de dificultad lo pone el hecho de utilizar dos cuerdas a la vez, lo que hace que la coordinación sea fundamental y el gasto físico mucho mayor, pero también es más plástico y espectacular.

El capítulo de las gomas es no menos atractivo, es una variante “flexible” (permítaseme el recurso fácil) de la cuerda. En este caso, los saltos repetitivos no existen y nos abre una doble vertiente: salto de altura con goma y la doble goma.

El salto de altura con goma es, como su propio nombre indica, tratar de franquear una goma elástica sujetada en sus extremos por dos niños/as. En mi época este juego era muy practicado por las niñas y, de vez en cuando nos colábamos los niños para hacer nuestros pinitos. Obviamente no consiste en hacer un salto de altura de espaldas o Fosbury, sino correr, saltar y caer de pie. A las niñas que recuerdo que saltaban hace muchos años, aprovechaban las características de la goma, básicamente que era elástica para hacer una pequeña carrera, no hacía falta correr mucho y al llegar a la goma, con habilidad y también buenas condiciones físicas, flexionaban una de sus piernas por la rodilla levantando el pie y enganchando la goma con la puntera haciendo que cediera, que bajara, para meter el resto del cuerpo y la otra pierna dando un giro en el aire de 360º. El juego comenzaba poniendo la goma a una altura razonable, como medio metro y se iba subiendo la goma; y había algunas niñas tan avezadas en este juego que eran capaces de franquear la altura de su propio cuerpo. Ahí sí que recuerdo haberlo intentado alguna vez pero sin la técnica requerida, yo lo hacía tratando de saltar la goma como una valla y no me aprovechaba de su flexibilidad, y cuando lo hacía con la técnica femenina no conseguía enganchar bien el pie con el que atacaba la goma; en fin, no descarto algún día volver a intentarlo donde pueda.

Por último, está la goma doble, tal vez más tradicional y popular que el salto de goma hasta hace bien pocos años. Se trataba de la misma goma anterior pero anudada en sus extremos para formar una goma circular o unida. La variante más extendida era la de que se tomara la goma por dos chicas alrededor de sus piernas (bien abiertas), una enfrente de la otra a una distancia de unos tres metros, depende de la longitud de la goma. La chica que se ponía en medio a jugar, al ritmo de una canción saltaba a un lado y a otro, y a veces dependiendo de la canción – juego la goma se enredaba en el pie para crear algún simpático o lío, o esta se pisaba para generar algún otro truco. También recuerdo que a veces la goma se colocaba en forma de aspa para realizar otro tipo de juegos. Por último, al igual que ocurría con el salto de goma, se podía intensificar la dificultad de estos juegos pues se empezaba con la goma a la altura de los tobillos, para pasar a la pantorrilla, rodilla (corva) y muslos. Y, por supuesto, permitía la participación de varias niñas a la vez.

Existían variantes de este último juego y que, en vez de dos personas, en los extremos fueran tres o cuatro o más, y se podían realizar otros juegos similares, igualmente muy atractivos y con grandes dosis de divertimento.

Y bueno, como digo, me traen añoranza estos juegos, que ahora son en España a buen seguro una reliquia, pero es el legado de una época donde con poco se podía hacer mucho. Ahora es posible que se practique en países que tienen mucho menos que nosotros.

sábado, 3 de noviembre de 2012

ADDIS ABEBA, UNA SORPRENDENTE Y MARAVILLOSA "FLOR NUEVA"

Muchos sentimientos se arremolinan en mi cabeza cuando me dispongo a escribir sobre Addis Abeba, el lugar donde mi mujer y yo escribimos tal vez el principal capítulo de nuestras vidas. Ahora que han pasado unos meses y que uno ha asentado las emociones, ha llegado el momento de repasar de forma calmada algunos detalles de nuestra visita a un lugar increíble y mágico.

Mucha gente nos ha parado y nos ha preguntado en estos meses qué tal aquello, nuestra experiencia africana, cuánto había de verdad o mentira acerca de lo que conocemos sobre todo por los medios de comunicación de Etiopía y su capital, qué es África en definitiva.

Pues creo que la primera sensación que uno experimenta allí es que hay VIDA, gente por todos lados, para arriba y para abajo, andando, corriendo, hablando, negociando o simplemente sentada a las puertas de sus casas tomando un rico café. Este fabuloso bullir también lo inspira una frenética actividad comercial, pues las calles está repletas de locales que venden de todo y de nada, es decir, tienen poca variedad de productos, pero de lo que tienen hay bastantes existencias; eso hace que la gente deba caminar mucho para conseguir lo que en un país occidental obtienes en un supermercado. Es más ese hormigueo de gente no para ningún día, es como si los fines de semana no existieran y todos los días fueran iguales, pues en un domingo por la tarde pues ver a tanto personal ocupado en miles de tareas como un martes por la mañana.

Esta cuestión del abastecimiento puede que sorprenda al lector, porque muchos hemos asociado Etiopía con un lugar paupérrimo donde los niños se morían de hambre. Es cierto que tenemos en nuestra retina las imágenes que la televisión sacó allá por mediados de los 80 del pasado siglo, no obstante, las cosas han cambiado, al menos en Addis. No, no es que no haya pobreza en Etiopía, que la hay y seguirá existiendo, aunque últimamente se produce más por los refugiados de otros países que acceden a este, y porque sigue habiendo zonas rurales en este inmenso país, donde la civilización llega con cuentagotas.

Me hace mucha gracia cuando escuchas en España lo mal que está todo a consecuencia de la crisis, pero en Etiopía viven en una crisis desde siempre y no pasa nada. Para ser más precisos, en un lugar donde no hay excesos la gente se conforma con lo que tiene y vive con poco o menos, y es feliz. En nuestro país nos hemos acostumbrado a tener mucho y bajar la cota ya supone un sacrificio en el estado del bienestar que nos abruma.

Y también me río, no lo puedo negar, cuando se habla tanto en España del umbral de la pobreza. Podríamos utilizar cualquier ranking de medición del desarrollo económico mundial, competitividad o similar para apreciar que mientras nuestro país con crisis incluida está entre los puestos 30 – 40, Etiopía se sitúa en los últimos lugares, entre las veinte naciones menos desarrolladas de la Tierra, y eso implica estar en los últimos escalones en infraestructuras, estabilidad macroeconómica, salud, educación, mercado de trabajo, mercado financiero, I + D… El umbral de la pobreza básicamente no existe en Etiopía, allí son pobres. Un pobre en España puede comer tres veces al día, otra cuestión es saber cuáles son las fuentes de la que se nutre, y por el momento la solidaridad llega bien, en Etiopía una persona normal tal vez no pueda hacer tres comidas al día y mucho menos copiosas.

Es evidente que hay pobreza, que ves pobreza en las calles, niños pequeños que se te acercan a pedir y con que les des al cambio medio euro ya les has solucionado buena parte de la jornada. Ves a mujeres tiradas en las calles con niños en pésimo estado, lo he visto aunque no me paré, pero tomé fotos de ello, algo inhumano. Y también mucha gente con ropa agujereada y raída, a los que le solucionaríamos muy mucho la papeleta destinándoles esas bolsas de ropa que una avalancha de “organizaciones humanitarias” se empeñan en recogernos de nuestras casas con tantísima habitualidad y que no sé adónde llegan. Y gente ciega, mucha, tal vez en exceso, ya me comentaron que a causa, en la mayoría de las ocasiones, de enfermedades infantiles agravadas por la desnutrición, que con la suficiente diligencia podían haber sido curadas en su momento, pero ahora… No, no es “Las Hurdes” que nos reflejaba Buñuel hace ochenta años, pero es un país que tiene numerosas y dolorosas fallas en su estado del bienestar.

Pero Etiopía está creciendo, al ritmo de un 7% anual, que es mucho, lo que pasa es que la situación de partida es muy baja. Esto hace que se puedan apreciar muchos desequilibrios y una cierta desorganización urbanística. En Addis Abeba puedes ver la construcción de un magnífico edificio de veinte plantas, eso sí con unos rudimentarios andamios de madera, y al lado una chabola construida con paneles de madera y chapas. Igualmente encontraremos bastantes chalés con tremendas medidas de seguridad, pero el acceso se hace por una calle sin asfaltar y con basura a sus márgenes. La mayoría de las calles no tienen acerado, pero da igual porque la gente anda por todos lados, es como los pueblos pequeños en España donde todavía los vecinos ocupan toda la calle y tú en tu coche tienes que esperar a que pasen. Y es que Addis es un inmenso pueblo, pese a que tiene unos cinco millones de habitantes, otros dicen que siete, huele a pueblo, la inmensa mayoría de las calles me sugieren una aldea en cualquier serranía española más que una urbe de las dimensiones de ésta.

Tuvimos la fabulosa experiencia de adentrarnos con nuestro buen amigo Jose Galey en las entrañas de Addis, en sus barrios, donde la gente trata de resistir a la vida, y los niños son niños aunque con menos, y la gente tiene siempre una sonrisa para esos blanquitos que nos habíamos colado en su pequeño mundo. Y además paseamos con seguridad, como lo hicimos siempre en esta ciudad, más segura con toda certeza que el centro de Madrid, por ejemplo; jamás tuvimos el más mínimo problema, la gente es humilde, pobre pero muy honrada.

Y también hay coches, coches fabulosos y otros que se caen a pedazos. Sí, muchos coches, porque el etíope parece vivir con la obsesión de tener un coche, una parte importante de la vida de los ciudadanos de Addis se dedica al coche. Vale, están los nuevos, coches europeos o japoneses de alta gama, pero son los menos, yo diría que en torno al 5% del parque automovilístico, y luego está el grueso que lo componen unos vehículos que tienen una media de edad superior a los veinte o veinticinco años y donde la cuota de mercado principal la ostentan los Lada rusos y los Toyota nipones. Con unos coches tan antiguos la búsqueda de piezas originales es una odisea, y hay empresas que clonan las piezas. Los coches están de chapa regular, de interior también, de ruedas (goma en amárico) peor, y todas las inversiones del conductor se dedican a que funcione el motor.

Y ahora nos montamos en un coche, tapizado y retapizado de una forma un poco hortera para los gustos occidentales, y nos adentramos en la selva del tráfico rodado de Addis Abeba, una auténtica experiencia emocional no apta para corazones débiles. Cientos y yo diría que miles de coches se arraciman en torno a las calles principales, donde la ausencia de semáforos, señales y agentes de la autoridad es seña de identidad, y lo que podía constituir un caos verdadero, se convierte en un caos organizado. Puedes estar algunos minutos en un cruce donde se ha formado un bucle con coches mirando a los cuatro puntos cardinales, la gente protesta sosegadamente desde las ventanillas de sus vehículos, algunos pitan, y al final cuando han pasado unos minutos, por propia inercia de algún conductor que decide que ha llegado el momento, echa marcha atrás, esquiva a otro o se aparta un poco y se deshace el atranque.

Me comentaron allí que no tenía sentido poner señales de tráfico o semáforos porque nadie los respetaría. A los guardias urbanos que alguno hay, pues tampoco les hacen mucho caso y algunos opinan que atrancan el tráfico en vez de ordenarlo. Yo quise aportar mi granito de arena, y a algún taxista le comenté que la solución sería poner rotondas, no es la quimera para los accidentes pero optimizan el tráfico y evitan los choques frontales; a lo que me contestaron la mayoría que al final cada uno tomaría la rotonda por el lado más corto y que mejor le conviniera, con lo que la empanada de coches podría ser monumental.

Por cierto y para los que van por ahí de cultos y modernos europeos, he de decir que el nivel de inglés de los ciudadanos de Addis es más que bueno, especialmente en la gente que se dedica a los servicios (que son muchos), o sea, hoteles, tiendas, restaurantes, taxis…, por supuesto, mejor que el mío y que la mayoría de los españoles que tenemos el nivel del colegio y del instituto, o sea, ninguno.

Si alguien ha pensado que viajar a Addis Abeba es para visitar su patrimonio arquitectónico y monumental se equivoca, ya que la capital etíope es muy joven, tiene apenas ciento veinticinco años de historia que se cumplen precisamente este año 2012. Por tanto, cualquier guiño a su pasado tiene una retroacción muy limitada; tal vez alguna plaza con monolitos poco vistosos, muchos mensajes de la historia reciente, sus emperadores, sus regímenes totalitarios que masacraron a muchos ciudadanos y algún que otro museo que merece la pena visitar.

Precisamente alrededor de las plazas Arat Kilo, Amist Kilo y Sidist Kilo (literalmente Cuatro, Cinco y Seis Kilos, y que nadie me supo explicar el nombre y a todos los que pregunté bromeaban con alguna chufla como que eran cuatro kilos de carretera…), se puede ver el bullicio, la vida y el caos controlado que se vive en esta parte del mundo.

Por supuesto, no podemos dejar pasar la oportunidad de visitar una iglesia cristiana ortodoxa. Los etíopes son muy fieles y la devoción con la que se acercan a sus templos es conmovedora. Tal vez es lo que mejor se mantiene en un país donde no hay abundancias.

Resulta curioso pero lógico por otra parte que con estos atractivos Lonely Planet un referente en las guías de viajes, haya elegido a Addis Abeba entre las diez ciudades del planeta que recomienda visitar durante el año 2013, ahí es nada.

Otro de los puntos de atracción en Addis es su vegetación, muchos pueden asociar Etiopía con un país árido y sin lluvias, con tierras estériles, lo que genera hambrunas y pobreza, pero puede que ocurra en algunas zonas de este enorme país, que es el doble en extensión que España, no en la capital, donde el clima es tropical y las temperaturas se reducen porque se sitúa a más de 2.300 de altitud de media. Toda planta crece con desatada fuerza y el verde y las flores alientan el caminar del viandante; plantas que por cierto son todas las que tenemos en nuestros hogares, pues no encontré grandes sorpresas en los jardines etíopes.

Qué duda cabe que ir a Addis Abeba y no visitar alguna de sus zonas de compras es casi un pecado, el Merkato, la Piazza, Shiro Meda (subida a Entoto) o Post Office pueden ser algunas ideas, nosotros optamos por las dos últimas y la verdad es que uno lo pasa mal, ya que hay que regatear por norma y nunca sabes si te engañan o no, o si estás siendo demasiado cruel con el comerciante ofreciendo un precio ridículamente bajo. Y sobre todo porque para regatear a uno le tiene que gustar y a mí no me gusta, porque uno espera que el comerciante sea honesto y te diga realmente el precio justo con el que él gana la parte que le corresponde y tú te quedas satisfecho, pero eso no es así de automático y hay que averiguarlo al cabo de un tira y afloja conversacional.

Para acabar, yo me quedaría con lo que expuse al principio, el atractivo de Addis son sus gentes, su bullicio, pasear y ver miles de caras, por cierto que encontrarte con alguna persona mayor, por ejemplo mayor de sesenta años, es casi un reto porque la edad media del ciudadano etíope está en torno a los cuarenta y cinco años, y llegar a una edad longeva en un país con tantas carencias es casi un milagro. Pero bueno, andemos y descubramos los monumentos de sus gentes, particularmente he de decir que como hombre que soy no puedo eludir que la espectacular y exótica belleza de muchas mujeres etíopes haría enloquecer a no pocos occidentales.

Y bien esto es Addis Abeba visto desde un humilde y atípico turista, además, para ser rigurosos con la pronunciación real del nombre de esta ciudad, la transcripción del amárico (idioma oficial y más extendido de Etiopía) es Addis Abäba, esa a con diéresis es una mezcla entre a y e, allí suena más Ababa que Abeba, en cualquier caso, la traducción al español es “Flor Nueva”; no puede haber nombre más evocador para una tierra tan sorprendente como maravillosa.

sábado, 27 de octubre de 2012

BLOSSOM, UNA GUAPA POR DENTRO QUE NOS ENCANDILÓ

Una joven madura para su edad, inteligente y divertida en medio de una familia en la que cada uno tiene un rol muy marcado, eso y mucho más. Una adolescente fuera de lo común que cuelga en las paredes de su habitación pósters de M.C. Escher y que entusiasmó a millones de jóvenes hace un par de décadas, esa era Blossom.

A mí me pilló ya saliendo de la juventud, pero me trae muy buenos recuerdos esta chica, esta serie y la ingeniosa forma de traer la problemática juvenil a la pequeña pantalla, siempre con buen criterio e impecable desarrollo, con objeto de ofrecer estrategias para superar las vicisitudes propias de un período vital siempre convulso.

Pues Blossom vivía en una casita californiana con su padre y dos hermanos más. El punto de partida de la serie es el abandono de la familia por parte de su madre que decidió dedicarse profesionalmente a la música (es cantante) y las dificultades para recomponer el esquema familiar en esta nueva situación.

Su padre, Nick Russo (Ted Wass), es un pianista independiente con altibajos en su carrera, aunque en el terreno paternal demuestra ser un tipo muy juicioso y habilidoso, que es capaz de solucionar con buena mano los problemas de sus hijos. Es, sin duda, una figura central en la serie con el añadido especial de que en muchos capítulos él es el propio director de los mismos. De su pericia y su sentido común dependerá que esta familia no se resquebraje, tras la huida hacia delante de la madre.

En este contexto no nos encontraremos una familia corriente, y con todas las piezas del puzle dispuestas a encajar, hará falta mucho tiempo de diálogo, paciencia y comprensión, pues cada miembro de la familia tiene su particular problemática. El más complejo al inicio de la serie es el hijo mayor, Anthony o Tony (Michael Stoyanov) veinteañero y que ha pasado varios años de su juventud metido en las drogas y en el alcohol y que ahora trata de volver a hacer una vida normal.

El contrapunto más que simpático de esta familia es el pequeño, Joey Russo al que da vida el actor Joey Lawrence. Un joven muy ingenuo al que hoy diríamos que “le falta un hervor” y que vive obsesionado con las chicas y el béisbol. Pese a su aparente encefalograma plano, demuestra a lo largo de la serie ser mucho más tierno, humano y lúcido que lo que dictan sus acciones.

No podemos olvidar, porque es casi de la familia, a Six LeMeure (Jenna von Oÿ), la alocada íntima amiga de Blossom, que es visitante habitual de la casa de los Russo. Su incontinencia verbal y su acelerado pulso la hacen el complemento perfecto a una Blossom muy cabal y a veces demasiado perfecta y previsible.

A lo largo de los cinco temporadas que estuvo en pantalla la serie se suceden otros personajes que adquieren también un papel protagonista, entre los que cabe destacar al novio de Blossom durante bastantes temporadas, Vinnie Bonitardi (David Lascher), un tipo chulo y con un pasado algo turbio, al que Blossom hace entrar en vereda y este responde con respeto hacia la chica y con una progresión en su rendimiento escolar. También aparece la madre de Blossom, Maddy (Melissa Manchester) a lo largo de la serie en momentos puntuales, generando zozobra y cariño a partes iguales en la familia. Y, cómo no, el abuelo Buzz (Barnard Hughes), el padre de Maddy, que aparece con fuerza en la segunda temporada y se presenta como un viejo simpático y resultón que no siempre es el mejor ejemplo para sus nietos.

En las últimas dos temporadas Nick Russo contraerá matrimonio con Carol (Finola Hughes), lo que provocará una crisis familiar, sobre todo porque Blossom no la aceptará de ningún modo, por las obvias razones de reposición del papel de madre. Poco a poco se avendrá a razones y terminará haciendo muy buenas migas. Carol tiene una hija pequeña, la adorable y un poco repipi Kennedy (Courtney Chase), que es el tormento de la casa con sus preguntas siempre comprometidas y su espíritu curioso.

El joven Tony, a medida que avanza la serie, más maduro y rehabilitado de su vida anterior, conoce en un desliz y de casualidad a una joven de color, Shelley (Samaria Graham) con la que contraerá matrimonio y ampliarán la familia con un nuevo retoño.

Pues nada, presentados los personajes es raro que alguien con mediana edad en España y en los muchos países donde se emitió la serie y se repuso con posterioridad, no haya visto algún capítulo y haya conocido las peripecias de Blossom y sus satélites.

Desde luego aquí en España fue muy exitosa y yo la recuerdo así, quizá lo que más transmitió a los jóvenes de aquella época era más allá del hecho de que fuera una serie dirigida a ellos y que trataba problemas cotidianos, que por primera vez desde hace mucho tiempo la protagonista no era un bombón, era una chica normal y corriente, ni siquiera guapa de cara, sino más bien de ese tipo de muchachas que suplían su atractivo con su arrollador carácter, su simpatía a raudales y un estilo de persona en sus rasgos, en sus convicciones, incluso en su forma de vestir que a todos encantaba, incluso a los que la veíamos desde fuera.

Sin duda, el tirón de la serie estribaba en el papel central de Blossom, la mayoría de las tramas giraban en torno a ella, era su vida la que aglutinaba el devenir de los otros personajes; así que vimos crecer a esta señorita desde los trece a los dieciocho años, desde una niña, pasando por adolescente, hasta verla una mujer. Y en ese ínterin, todos los problemas existenciales, físicos y metafísicos de un período de nuestras vidas tan agitado como apasionante y cambiante.

Por otro lado, los directores de Blossom dotan a Mayim Bialik de un gran sentido común, aunque habiendo conocido algo de la biografía de esta actriz estadounidense quiero pensar que buena parte del encanto y del hechizo de Blossom dependían de la propia cosecha de Mayim. La recuerdo con claridad que estuvo visitando nuestro país y hablaba español con bastante soltura, era una chica muy interesante. La serie termina justo cuando Blossom acaba la enseñanza media, tras un gran expediente académico, se va a la universidad y trabaja a la par, de algún modo, el espíritu que movió a producir la serie a sus creadores, se había extinguido; y casi como si fuera una prolongación de la propia serie, Mayim Bialik prácticamente deja su faceta artística tras esta experiencia y se centra en los estudios, graduándose en Neurociencia y siendo Doctora en esta disciplina con posterioridad.

Más recientemente hemos podido ver a Mayim Bialik, y tal vez eso me inspiró el recordar esta serie, en la exitosa comedia de situación The Big Bang Theory, donde interpreta con la genialidad con la que se mueven los personajes de la misma, a Amy Farrah Fowler, la novia de Sheldon Cooper, otra maniática y casi enfermiza cabeza pensante, auténtico clon femenino de Sheldon con el que comparte una relación amorosa absolutamente atípica y gustos poco comunes.

En fin, también uno se siente un poco mayor cuando ve a la angelical Blossom, que de un plumazo ha cambiado tanto en un par de décadas, pero así es la vida…

sábado, 20 de octubre de 2012

JOAQUÍN BLUME, LA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE

De vez en cuando los aficionados al deporte tenemos que asistir a alguna injerencia de la política en el deporte, y al final es este último el que sale perjudicado, creo que porque los políticos sacan réditos de esta estrategia. He querido recordar uno de los episodios más sonados de intromisión política en el deporte de nuestro país, en el que aquí también llevó las de perder el deportista; y es que mezclar amoníaco y lejía va a producir efectos devastadores, son elementos que no se llevan bien, en definitiva, juntos política y deporte, porque es inevitable, pero nunca revueltos.

Y he querido recordar un trocito de nuestra historia que aunque fue más o menos sonado en su momento ahora ha caído en el olvido más absoluto. Me ha venido a la memoria porque con la conclusión de los últimos Juegos Olímpicos, los de Londres, nuestro piragüista David Cal se convirtió en el deportista español con más medallas olímpicas; pero hace muchos años, cuando España no era nada en el mundo del deporte pudimos haber tenido un mito tanto o más comparable que los actuales y que la política, por un lado, y la mala fortuna, por otro, privaron de haber sido el mayor deportista de todos los tiempos en nuestro país.

Corría el año 1956 y le tocaba a la ciudad australiana de Melbourne celebrar los Juegos, además lo hacía, por estar en el hemisferio sur, en su período estival, en este caso finales de noviembre y principios de diciembre. España iba a participar con una exigua representación (sólo tres deportistas), porque ya se sabe que en aquella época pintábamos poco en el concierto internacional deportivo (más allá del fútbol, aunque todavía el Real Madrid no había ganado una sola Copa de Europa), y nuestro medallero histórico era más escaso que el bigote de un adolescente.

No obstante, como si se tratara de un mirlo blanco ya llevábamos unos años en España que se hablaba con cierto interés de otro deporte aparte del fútbol, como era la gimnasia, porque apareció un tal Joaquín Blume que desde 1949, con sólo dieciséis años de edad ya se había proclamado Campeón de España y desde entonces había repetido triunfo en los años siguientes. Pero su gesta trascendía el marco patrio y ya comenzaba a sonar en torneos internacionales y competiciones oficiales, su progresión era imparable, en los Juegos del Mediterráneo de 1955 en Barcelona había conquistado seis medallas de oro y para esos Juegos del 56 había una buena oportunidad de hacer algo, ¿de medalla? Pues tal vez sí.

Joaquín Blume, conocido familiarmente como Achim, era hijo de un profesor de gimnasia de origen alemán que fue quien lo introdujo en este deporte, pues no en vano tenía su propio gimnasio. Blume destacó desde muy pequeñito por tener un físico ideal para esta disciplina, amén de una voluntad de hierro para realizar unos entrenamientos durísimos a lo largo de una jornada diaria agotadora.

Por entonces el recorrido de un gimnasta era mucho más duradero que en la actualidad, donde por encima de los veinte años ya empiezas a ser un veterano, él con veintitrés estaba empezando a entrar en sus años buenos, y estaba más que maduro y absolutamente preparado para abordar lo que podía ser una grandiosa gesta para el deporte español en tierras australianas.

Y ocurrió… El régimen dictatorial de Franco puso la antena y se enteró de que los soviéticos habían invadido Hungría, lo que había sido una respuesta popular espontánea ante el régimen comunista de dicho país y las políticas impuestas desde la U.R.S.S. Entonces nuestra Delegación Nacional de Deportes se erigió en paladín de los desamparados y reserva espiritual de las “potencias” anticomunistas, y decidió no asistir y boicotear los Juegos Olímpicos de Melbourne quince días antes de su inicio con un escueto pero quijotesco comunicado en el que se decía textualmente “…ha tomado el acuerdo de suspender el envío de una representación de atletas españoles a Melbourne (…). Al tomar esta decisión cree interpretar el espíritu del pueblo español, que no se aviene a participar en una Olimpiada en circunstancias como las actuales, en las que se está hollando la dignidad y la independencia de pueblos soberanos, y que culmina con la sanguinaria invasión de Hungría, decretada por el comunismo internacional”.

Pues a la hora de la verdad fuimos más papistas que el Papa pues este fabuloso boicot fue respaldado por dos países más, Holanda y Suiza, es más, participo igualmente el país invadido, Hungría, y sus deportistas seguramente abnegados y esforzados durante los años previos y preparados para asistir al mayor evento deportivo del cuatrienio, abstraídos de la política, estuvieron allí y con gran éxito.

El pobre de Blume tuvo poco tiempo para reaccionar, pero aún así pensó en competir por Alemania, ya que hablaba ese idioma y por su ascendente germano podría ser posible conseguir la nacionalidad con rapidez, pero entonces el que iba a ser el jefe de la delegación española en Melbourne, el ya famoso por entonces Juan Antonio Samaranch, le conminó para que no hiciera esa barbaridad que dolería mucho a los españoles, imagino que en medio de otras presiones difíciles de entender en el mundo que actualmente vivimos.

Así que Blume asistiría desde la distancia a los logros de sus compañeros de disciplina, mientras le daría vueltas a su cabeza acerca de lo que podía haber sido y no fue.

La más clara confirmación de que a Joaquín Blume le habían birlado unas cuantas medallas en Australia fue con ocasión del Campeonato de Europa de París en 1957, unos pocos meses después de los Juegos. Decir Europa en la gimnasia era casi decir el mundo, porque los mejores gimnastas estaban en el Viejo Continente más los representantes japoneses, y pare usted de contar.

Y allí arrasó nuestro gimnasta, con cuatro medallas de oro (en el torneo individual y en las especialidades de anillas, caballo con arcos y paralelas), una plata en barra fija y dos cuartos puestos en las otras dos disciplinas, salto y suelo. Ahí es nada. Su ejercicio de anillas era casi perfecto y su imagen del “Cristo” fue fijada en la retina de medio mundo. Lo curioso es que superó con más puntuación que los medallistas de oro en Melbourne a sus contrincantes y especialmente y con mucha suficiencia a Yuri Titov un famoso gimnasta soviético que llegaría a conseguir nueve medallas olímpicas a lo largo de su carrera.

Por si no le había resultado poca ignominia al régimen franquista el haber privado a Blume de hazañas olímpicas, también boicoteó los Campeonatos del Mundo de gimnasia que se celebrarían en Moscú en 1958, o sea, que tampoco pudo inscribir nuestro deportista su nombre como Campeón del Mundo.

Y ahí llegó la mala fortuna porque el avión que lo trasladaba desde Barcelona a Madrid el 29 de abril de 1959, que iba a hacer escala en la capital española para después continuar hasta Canarias donde iba a participar en una exhibición, se estrelló en la serranía de Cuenca, donde perecieron su mujer y más de una veintena de ocupantes del Douglas FEC-A.B.C de la compañía Iberia, no hubo supervivientes. Blume y su mujer dejaron huérfana a una niñita de cuatro meses (María José) que se tuvo que criar sin lo más preciado para una persona, sus padres.

Si consideramos que Yuri Titov que era sólo dos años más joven que Blume y al que había vapuleado en París, había conseguido medallas en Melbourne 56, y en las posteriores Olimpiadas de Roma 60 y Tokio 64, no sería muy aventurado pensar que aunque le hubieran salido las cosas algo torcidas a Joaquín, todavía podía haber mojado tras el fiasco australiano, pero quiso el destino que su vida se cortara de raíz aquella primavera de 1959, para desazón de su familia, amigos y aficionados al deporte.

Con el tiempo se habla cada vez menos de Blume, de lo que hizo y de lo que pudo ser, en 2009 se cumplió medio siglo de su muerte y nadie se enteró. Así que si la histeria fascista y la mala fortuna no se hubieran conjugado tal vez la historia del deporte español habría tenido otra lectura, y quizá también si el sino hubiera sido otro bien diferente hoy un Joaquín Blume veterano podría ser un mito viviente, y el mayor deportista olímpico español que es casi como decir el mejor deportista de la historia de nuestro país.