sábado, 10 de noviembre de 2012

COMBAS, CUERDAS, GOMAS, DOSIS ASEGURADAS DE DIVERSIÓN

Estábamos el pasado sábado en mi casa celebrando el cumpleaños de mi hijo, cuando mi sobrina Alicia sacó una comba muy historiada, y los mayores ya con alguna cervecita encima empezamos a hacer alardes. Lo cierto es que fue sonar la cuerda sobre el suelo y pareció que todos pasamos a un estado momentáneo de hipnosis, porque no paramos de mirar su movimiento y algunos nos atrevimos a saltar.

Esto nos dio pie a hablar sobre los juegos que de niños se hacían con combas, cuerdas y gomas en las calles, y que hoy definitivamente se han perdido; puede que haga años que no veo a niños jugar a estos juegos. No sé realmente en qué momento sucedió esta crisis del juego en la calle, pero mucho influyeron los ordenadores y los videojuegos.

No obstante, en mi época esos eran juegos muy populares y normalmente muy practicados por niñas. He intentado deducir por qué mayoritariamente jugaban las niñas a las cuerdas y a las gomas y, en primer lugar, sostengo que los niños estábamos más dedicados al fútbol y a los juegos más físicos y un poco salvajes y, en segundo lugar, aun asumiendo que esos juegos más habitualmente practicados por las féminas nos pudieran gustar (a mi me atraían de verdad), el hecho de que las niñas aderezaran sus saltos con canciones variadas quizá nos echara un poco para atrás.

Desde luego es innegable que estos juegos no sólo tienen una importante carga de divertimento, sino que también favorecen el desarrollo físico y psicomotriz, es decir, hace falta tener un buen corazón, resistencia y, además, ser hábil para básicamente saltar en el momento justo.

Cuando hablo de combas y cuerdas, trato de diferenciar lo que es una comba como un artilugio de carácter individual en el que por las dimensiones de la cuerda sólo cabes tú y si acaso un compañero. Y por deducción, al hablar de cuerda estamos ante la misma comba sólo que de mayores dimensiones, como para que puedan saltar siete u ocho personas a la vez.

Desde luego más espectacular y divertido, y creo que más popular era la cuerda, es decir, cuando se juntaban un grupo de niñas y al ritmo de sus cánticos se iban incorporando a los saltos, primero una, luego otra…, hasta conseguir que un grupo numeroso saltara a la vez, lo que se convertía en un atractivo ejercicio de coordinación, que cuando salía bien, y era muchas veces, era muy brillante.

La táctica para saltar a tiempo tiene dos vertientes, la buena y la menos buena, y de eso saben mucho los boxeadores que tienen que saltar la comba muchas veces para tonificar sus músculos y para aumentar su resistencia cardiovascular. La buena es, sin duda, aquella que se fundamenta en una economía de recursos; puesto que una cuerda bien acompasada por los dos brazos que la mueven sean de una o de dos personas y que golpee ligeramente con el suelo (con ese sonido uno puede acoplarse al ritmo de salto), basta con dar un pequeñísimo salto, el suficiente para despegarse del suelo y superar el centímetro o dos a lo sumo que puede tener la cuerda. La estrategia menos buena es aquella que gasta más recursos y que implica a priori una mayor descoordinación, y se trata, como es obvio, de dar saltos muy grandes, difíciles de controlar, tanto que si la cuerda va rápido no tienes posibilidad de descanso y en cuanto caes ya tienes que volver a saltar, te cansas antes y al final terminarás liándote.

El grado de dificultad lo pone el hecho de utilizar dos cuerdas a la vez, lo que hace que la coordinación sea fundamental y el gasto físico mucho mayor, pero también es más plástico y espectacular.

El capítulo de las gomas es no menos atractivo, es una variante “flexible” (permítaseme el recurso fácil) de la cuerda. En este caso, los saltos repetitivos no existen y nos abre una doble vertiente: salto de altura con goma y la doble goma.

El salto de altura con goma es, como su propio nombre indica, tratar de franquear una goma elástica sujetada en sus extremos por dos niños/as. En mi época este juego era muy practicado por las niñas y, de vez en cuando nos colábamos los niños para hacer nuestros pinitos. Obviamente no consiste en hacer un salto de altura de espaldas o Fosbury, sino correr, saltar y caer de pie. A las niñas que recuerdo que saltaban hace muchos años, aprovechaban las características de la goma, básicamente que era elástica para hacer una pequeña carrera, no hacía falta correr mucho y al llegar a la goma, con habilidad y también buenas condiciones físicas, flexionaban una de sus piernas por la rodilla levantando el pie y enganchando la goma con la puntera haciendo que cediera, que bajara, para meter el resto del cuerpo y la otra pierna dando un giro en el aire de 360º. El juego comenzaba poniendo la goma a una altura razonable, como medio metro y se iba subiendo la goma; y había algunas niñas tan avezadas en este juego que eran capaces de franquear la altura de su propio cuerpo. Ahí sí que recuerdo haberlo intentado alguna vez pero sin la técnica requerida, yo lo hacía tratando de saltar la goma como una valla y no me aprovechaba de su flexibilidad, y cuando lo hacía con la técnica femenina no conseguía enganchar bien el pie con el que atacaba la goma; en fin, no descarto algún día volver a intentarlo donde pueda.

Por último, está la goma doble, tal vez más tradicional y popular que el salto de goma hasta hace bien pocos años. Se trataba de la misma goma anterior pero anudada en sus extremos para formar una goma circular o unida. La variante más extendida era la de que se tomara la goma por dos chicas alrededor de sus piernas (bien abiertas), una enfrente de la otra a una distancia de unos tres metros, depende de la longitud de la goma. La chica que se ponía en medio a jugar, al ritmo de una canción saltaba a un lado y a otro, y a veces dependiendo de la canción – juego la goma se enredaba en el pie para crear algún simpático o lío, o esta se pisaba para generar algún otro truco. También recuerdo que a veces la goma se colocaba en forma de aspa para realizar otro tipo de juegos. Por último, al igual que ocurría con el salto de goma, se podía intensificar la dificultad de estos juegos pues se empezaba con la goma a la altura de los tobillos, para pasar a la pantorrilla, rodilla (corva) y muslos. Y, por supuesto, permitía la participación de varias niñas a la vez.

Existían variantes de este último juego y que, en vez de dos personas, en los extremos fueran tres o cuatro o más, y se podían realizar otros juegos similares, igualmente muy atractivos y con grandes dosis de divertimento.

Y bueno, como digo, me traen añoranza estos juegos, que ahora son en España a buen seguro una reliquia, pero es el legado de una época donde con poco se podía hacer mucho. Ahora es posible que se practique en países que tienen mucho menos que nosotros.

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