sábado, 22 de diciembre de 2012

PONG O LOS TESTIGOS DE UNA NUEVA ERA TECNOLÓGICA

Pues el otro día leí por ahí que se había cumplido el cuarenta aniversario del primer videojuego, Pong, aunque este nombre prácticamente no le diga nada a nadie y sí diga más la foto que ilustra la cabecera de esta entrada. Es decir, el juego de la bolita y las palitas, llámese tenis o fútbol; los niños de principios de los 70 del pasado siglo, estábamos tan locos como los de ahora por el fútbol, así que dábamos por hecho que lo que había en la pantalla era una partida balompédica.

No puedo negar que me trae buenos recuerdos este jueguecillo que, de algún modo, fue el nacimiento de nuestra generación a los juegos electrónicos. Primero fueron los bares, si querías triunfar con un bar y no tenías la máquina instalada al lado de aquella de poner música o la de pinball (que los de mi época también conocíamos por máquina de petacos), mal asunto porque los niños arrastrábamos a nuestros padres allá donde esta maquinita se había hecho fuerte.

El juego lo imaginábamos sofisticado para su época y ahora lo veríamos como un ingenio de bastante simpleza, pues con la cantidad de juegos complejos que ahí ahora, con toda una industria a su alrededor, el programita para diseñar Pong se antoja algo casi nimio, aunque el que lo inventó tuviera su mérito y fuera él y no otro el que lo popularizara, en concreto el estadounidense Nolan Bushnell.

Bushnell y Ted Dabney fundarían Atari, y distribuyeron por medio mundo su simpático juego. Imagino que el éxito alcanzado les inspiró para trabajar en nuevas versiones de Pong, sí porque yo rápidamente vi en los bares que a la teórica pista de tenis le salieron porterías en sus extremos y ya definitivamente era un partido de fútbol, luego de hockey, baloncesto y se incorporaron más jugadores a la pantalla.

Ese éxito trascendió al ámbito doméstico y nacerían a mediados de los 70 las primeras videoconsolas domésticas, que los más afortunados de mis amigos habían conseguido a un precio razonable en Ceuta o Melilla, tal vez porque sus padres o algún familiar habían viajado a ver algún partido de liga acompañando al Linares, C.F.

Y recuerdo agradablemente esas visitas a casa de mis amigos para jugar con la versión ampliada de Pong, donde se ofrecían si mi mente no me falla hasta doce variantes del juego, cada vez más logradas y entretenidas. Eso sí, para poder instalar el juego, había que hacerlo a través de una maraña de cables, y tener un sitio espacioso para la consola en sí, porque era un auténtico armatoste.

Pues ya digo que los niños de mi época comenzamos a conocer de forma natural los videojuegos y no recuerdo cuándo vi por primera vez la máquina en los bares. Lo que sí tengo es un episodio vivísimo de mi vida infantil y es la vez en que una mañana de fin de semana o día festivo, mi abuelo materno que debería estar pasando una temporadilla en mi casa, me llevó con él a dar una vuelta por el centro de Linares. Mi abuelo nunca fue muy aficionado a los bares, pero ese día coincidió y entramos en el Bar el Ascensor (Pasaje del Comercio esquina con calle Baños), y allí estaba la máquina con su aparatoso armario de madera, así que mientras él se tomaba algo, yo conseguí una moneda, imagino que un duro, para jugar a Pong y luchar contra ese rival tan odioso como era su pequeña computadora interna.

Esto me hace acordarme aún con más emoción de este abuelo mío, que lo conocí siempre viejo, pero con una robusta salud, con setenta años (que fue cuando me llevó a aquel bar) era un chaval, con ochenta venía con nosotros a la aceituna, con noventa se daba sus vueltas con los amigos en la calle… y se fueron muriendo sus amigos, y él seguía sanote haciendo sus rutinas. Y llegó a los cien y le celebramos una fiesta centenaria, y pasó más tiempo, tanto que muchos amigos me preguntaban después de aquello, “bueno, ¿qué pasó con tu abuelo?”, pues nada que mi abuelo siguió viviendo. Tuvo el acierto y la potente personalidad de acompañarnos durante ciento tres años y medio. Nos dejó hace ya cinco años pero a buen seguro que vela por mí, porque ambos manteníamos una relación especial.

También, por supuesto, aunque con un cierto regustillo desagradable, uno echa de menos los bares del Linares de los 70, esos a los que ibas con tus padres y en los que estaba terminantemente prohibido pedir bebida alguna, salvo día especial en que tenías la fortuna de ser agraciado con una Fanta o una Puleva de chocolate, así como picar una gabardina de la tapa de tus progenitores. Y me vienen así, a bote pronto, garitos tan tradicionales y familiares como el Taxi, el Tarara, Rhin Bar, Ideal Bar, los Gorditos o la Marina.

Bueno, pero continuando con el asunto lúdico, el juego de la bolita y las barras supuso el pistoletazo de salida para la revolución tecnológica en el mundo de los juegos a través de una pantalla, sí porque por entonces ni existía la palabra videojuego, ese nuevo concepto vendría con el nacimiento de una industria fabulosa que surtió y surte de juegos a niños, jóvenes y mayores.

Es evidente que cuando digo mayores lo hago con conocimiento de causa, a mí me siguen gustando los juegos de ordenador y juego de vez en cuando, aunque la sofisticación de los actuales y la falta de tiempo para familiarizarme en su manejo, me han hecho quedarme un escalón por debajo de lo que se cuece en el mercado.

Por supuesto, yo estuve al pie del cañón en ese nuevo escenario lúdico, porque prácticamente con el desarrollo de las máquinas de juegos, surgió un local en Linares destinado a esa nueva oferta, los legendarios Billares París, el paraíso de las máquinas recreativas, adonde acudíamos en tropel todos los niños y niñas de Linares sobre todo los fines de semana. Era nuestra salida preferida, los domingos después de misa, a pasar unas horas viendo los nuevos juegos, no hacía falta ni jugar (que alguna partidita echábamos), nos conformábamos con ver a los ases y virtuosos que se daban cita en ese céntrico, amplísimo y bullicioso punto gravitatorio linarense. Los Billares París se hicieron de oro, y traían las novedades con suma rapidez, así que estuvimos siempre al día y fuimos testigos de excepción de esta nueva era tecnológica. También murieron en su originaria ubicación de la Corredera de San Marcos, porque los salones recreativos no resistieron el empuje de las videoconsolas domésticas y los juegos de ordenador.

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