domingo, 9 de diciembre de 2012

"EL HOMBRE DE HIERRO", DE ANDRZEJ VAJDA

Adentrarse en la historia contemporánea de Polonia, de cómo se pasó de un régimen comunista dictatorial y represivo a otro democrático, es la historia de la lucha obrera, de la protesta masiva de los trabajadores de los astilleros de Gdansk, pidiendo mejores condiciones de trabajo, en una ofensiva que estaba presente en todos los telediarios de principios de los 80 del siglo pasado y donde se encumbró la figura de un líder sindicalista llamado Lech Walesa.

Probablemente el documento gráfico que mejor represente lo que sucedió en aquellos convulsos años es la película que hoy traigo a colación, “El hombre de hierro”, una singular producción que el director de la misma, Andrzej Vajda, hizo a poco menos de un año de los acontecimientos, por lo que su valor histórico es innegable y ayuda a comprender de forma certera cómo ocurrieron los hechos que supusieron para Polonia un punto de inflexión en la historia reciente de este país.

Sin duda, no estamos ante la mejor película polaca de la historia (El Decálogo de Krzysztof Kieslowski mediante), pero intentar ahondar en ese episodio tan importante para el devenir histórico de Polonia sin visionar esta cinta es casi un sacrilegio.

Por cierto que para aquellos que se llaman y ejercen de sindicalistas de las altas esferas, los que llevan Rólex de oro y esas bagatelas, no estaría mal que dieran un repaso a películas como esta, porque dan pistas sobre lo que es una acción sindical auténtica y no una imposición, de todo punto errónea, como son las huelgas generales, que a la vista está que no tienen éxito desde dos vertientes, en mi opinión, primero porque no es seguida por una mayoría de peso ni sirve para cambiar nada, y en segundo lugar, porque abusar de un recurso tan extraordinario como es el paro global durante un día en un país (ni me acuerdo las que hemos tenido en los últimos cuatro años) termina por cansar a la gente y se vuelve en contra de los que lo promueven.

Pero bueno, esa es harina de otro costal. En la Polonia del sindicato “Solidaridad” y de las huelgas en los astilleros de Gdansk en 1980 se traslucía un sentir general de los trabajadores, de las familias, del pueblo en general; no había duda, era una lucha por las condiciones laborales, pero también era una reivindicación de un cambio de régimen, y surtió efecto.

“El hombre de hierro”, cuyo título original es “Czlowiek z zelaza” es una historia, casi documental, en la que a un profesional de la televisión se le encarga, más bien se le conmina desde el régimen, para que acuda a Gdansk a preparar un trabajo que tiene como objetivo desmontar y vilipendiar la figura de uno de los activistas obreros más beligerantes, Maciek Tomczyk, para mostrar que la lucha obrera era un instrumento para que los maleantes y antisociales hicieran su agosto.

Sin embargo, Winkel, el productor televisivo, al adentrarse en la figura de Tomczyk descubre que no hay más que convicciones puras y de peso, de cambiar una injusticia por una realidad social más favorable a los obreros y por no ceder ante las maniobras gubernamentales. Tomczyk lucha con valentía desde la memoria de su padre, que fallecería unos años antes en otra protesta obrera, y sabe no sin dificultades cómo llegar al pueblo, cómo impregnarlo de su espíritu. Winkel, a propósito, también terminará por retractarse y abandonará, por injusta, la misión que le han encomendado, aun a riesgo de sufrir represalias.

La lucha obrera se convierte también en un laberinto personal, Tomczyk debe construir su vida desde el referente paterno, no sin algunas reservas morales, y lo hace arrastrando a todos sus seres queridos. Es, por tanto, también la semblanza de una historia familiar insuflada por el fervor sindical y la defensa de unas ideas sacrificando otros valores que para un joven debieran estar por encima.

La película tiene muchos saltos al pasado, absolutamente necesarios para comprender cómo la figura protagonista del sindicalista llega a ser una pieza clave en la lucha obrera de los astilleros de Gdansk. Todo un oficio de remembranza que también goza de gran valor pedagógico.

Pero sobre todo el valor intrínseco de esta producción es el momento en que se llevó a cabo, con los rescoldos de la huelga en Gdansk y buena parte de la comunidad internacional mirando a ese puntito de Polonia donde emergía ya la figura de un bigotudo Walesa; lo cual le supuso al director de la película algún otro quebradero de cabeza, cuando ya el régimen comunista empezaba a desinflarse gracias muy especialmente a la presión social de grandes sectores de población.

Un Walesa que, como dato curioso, aparece en la película haciendo de él mismo, no podía ser de otro modo; y que es la punta de lanza de las negociaciones obreras. Walesa se convertiría en la realidad en un referente para el sindicalismo de su momento, y es triste que se le haya olvidado tan rápido. No hay que pasar por alto que habrá sido de los pocos dirigentes sindicales que ha llegado a ser presidente de su país, y lo hizo entre 1990 a 1995, y como a muchos políticos el poder lo desgastó y perdió muchos apoyos populares al final de su mandato, pero eso es algo con lo que conviven los políticos, que se queman muy rápido.

Por cierto, en la película también se revela la gran religiosidad que inunda al pueblo polaco, es impresionante ver cómo los obreros en mitad de sus protestas, siempre tienen tiempo para la oración, todo se para, es como si hubiera un paréntesis y esos momentos son respetados por todos; la verdad es que conmueve.

En fin, una película que sin ser redonda, y en algunos momentos, un poco deslavazada, se compensa con los detalles históricos que tiene y con una enseñanza sindical honesta, con la que me quedo.

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