sábado, 31 de octubre de 2015

ARTE VANGUARDISTA, ¿ENGAÑO, TOMADURA DE PELO O ELITISMO?

Cuadrado rojo sobre fondo negro,
 de Kazimir Malévich
Corría el año 1985 y en aquella época, en una suerte de paradoja, probablemente de las más increíbles de mi vida, yo estaba en la clase de Dibujo artístico en el Instituto, imagino que me decanté por ahí ya que las otras opciones eran peores, en aquella asignatura que se llamaba EATP y que nadie sabía qué significaba (en realidad se trataba de Enseñanzas y Actividades Técnico-Profesionales); y digo paradoja porque mi sueño de haber tenido capacidad artística, don con el que me hubiera gustado haber nacido, por ejemplo para pintar un cuadro, es inversamente proporcional a mi capacidad real, que es nula.

Con buen criterio, en aquel curso de 3º de BUP en mi Instituto de Linares los profes decidieron hacer un viaje a Madrid para hacer una ruta artística. Seguramente es uno de los viajes más interesantes y mejor organizados a nivel educativo que hice jamás. Por cierto que era la primera vez que yo pisaba Madrid. En aquel sábado primaveral estuvimos por la mañana en el Museo del Prado y después en el Casón del Buen Retiro para ver el Guernica, en la sobremesa fuimos al Museo Nacional de Arte Moderno y por la tarde terminamos en la Fundación Juan March para ver una exposición de pintores vanguardistas rusos de principios del siglo XX, probablemente el nombre más conocido era el de Vassily Kandinsky.

Aquel viaje estuvo muy bien aprovechado, aprendimos mucho, nos lo pasamos bien y para un chico de provincias que iba a la mayor ciudad a la que hasta ese momento había pisado jamás, todo un cúmulo de experiencias y fotografías que se guardan a buen recaudo con añoranza en la memoria.

Fascinados por los cuadros clásicos en el Prado, por lo imponente del Guernica y por el atrevimiento de los contemporáneos aunque no exentos de virtuosismo, aquella exposición en la Fundación Juan March nos pareció lo más pobre del viaje. Aquello ya no parecía ni atrevimiento, aquello era más bien osadía, por no decir cachondeo, no todo pero si algunas obras significativas.

Y es que, entre los cuadros un poco incomprensibles pero razonablemente elaborados había otros que eran directamente una tomadura de pelo. Ocurrió una anécdota, que por el hecho de haber existido permite que esa vivencia no la olvides jamás. Pues como digo, en esa exposición a la que asistíamos algo asombrados, recuerdo con nitidez que mi amigo Gonzalo Luna (que sigue siendo mi amigo y a la sazón arquitecto en la actualidad) se percató de que había un cuadro que era muy curioso. Se titulaba algo así como «Cuadrado rojo sobre fondo negro», y no, que nadie se piense que era otra cosa, era precisamente eso, era pura mofa, algo que cualquier persona menuda de las que habitan en un jardín de infancia podría elaborar. Las risas fueron generalizadas y el cachondeo posterior irreprimible.

Catálogo de la exposición
Y como el saber de Internet es infinito, Dios ha querido que haya tenido acceso a aquella obra inolvidable e ignominiosa a la par. El individuo que la perpetró fue Kazimir Malévich y este dato lo he conocido porque la Fundación Juan March tiene una magnífica web en la que puedes acceder a los catálogos de todas sus exposiciones desde el año 1973, toda una fuente de conocimiento; catálogos que son verdaderas enciclopedias y en el que aparece este Malévich que yo creo que se reía un poco del personal, y el catálogo de aquella exposición también lo fue.

Estudiando un poco el personaje de Malévich, fue el creador del suprematismo, una suerte de corriente artística basada en formas geográficas fundamentales, «tócate la pera», permítanme esta licencia. Lo más gracioso de todo, cachondo o tomadura de pelo, es que hay opiniones diversas y «cualificadas» que le otorgan su valor, su importancia y su trascendencia artística. Decía el propio Malévich y cito textualmente: «Las claves del Suprematismo me están llevando a descubrir cosas fuera del conocimiento. Mis nuevos cuadros no sólo pertenecen al mundo» y en concreto sobre el cuadro en cuestión, por llamarlo de alguna manera «Cuadrado Negro no sólo retó a un público que había perdido interés por las innovaciones artísticas, sino que hablaba como una forma nueva de búsqueda de Dios, el símbolo de una nueva religión». En fin, yo diría que este Chiquito de la Calzada ruso, directamente se reía del personal en la cara, primero por hacer lo que hacía y después por inventarse una justificación tan sumamente irónica.

Obra de Malévich vendida por
60 millones de dólares
Por cierto que me he preocupado de ver si las obras de Malévich se pueden comprar, originales me imagino que costarán un huevo, pero hay una web por ahí especializada en venta de láminas, y tiene algunas bazofias que se pueden comprar por unos 60 euros. Aunque digo esto y también reconozco que hay gente para todo y que su cuadro «Composición suprematista» fue adquirido en una subasta por nada más y nada menos que 60 millones de dólares en 2008.

Es posible que lo que voy a comentar moleste a gente, y también he de decir que yo no soy un experto en arte, lo cual no es sinónimo de que no me guste el arte. Ahora bien, entre la impresión que nos dejaron los cuadros del Prado y aquellos vanguardistas rusos, había no sólo un abismo de años sino también de calidad. Y, por cierto, lamento meterme tanto con el difunto Malévich que falleció hace una pila de años.

Soy así, soy de los que tiene que ver que un cuadro esté elaborado, aun cuando sea abstracto, que aunque me gusta menos que lo clásico, lo acepto si se nota que el autor se lo ha currado. Pero es que te encuentras cada cosa por ahí...

Hace dos o tres años acudí con mi padre a una clínica oftalmológica en Málaga, los oftalmólogos y otras profesiones médicas liberales se han convertido en los nuevos ricos y derecho tienen porque para eso han estudiado. Imagino que disponiendo de unas cuentas bancarias tan holgadas, no sabrán ni dónde invertir su dinero, de tal forma que tenían por allí una revista especializada en venta de cuadros. Cuadros interesantes había muchos y chorradas suprematistas o del género abstraigo y mequedoconelpersonal también había unos cuantos.

Yo entiendo el arte moderno como una superación del arte clásico, pero no una prostitución; entiendo que haya nuevas formas de entendimiento, pero no que sólo esté al alcance de una élite de intelectualoides. Aquel viaje a Madrid de hace treinta años me permitió abrir mi mente, en el Museo de Arte Moderno recuerdo un majestuoso cuadro de «El marino vasco Santhi Andía, el Temerario» de Ramón de Zubiaurre (cuadro que yo conocía por un libro que tenía en mi casa y el encontrarlo allí me impactó). Valoro el trabajo de otros artistas contemporáneos, y no soy un experto, pero son aquellos que aun innovando, sus creaciones no dejan de ser un trabajo bien elaborado.

Por contra, de vez en cuando ves obras de arte, no solo cuadros, sino también esculturas (de alguna birria mamotétrica se nutre mucho paisaje urbano). Y como pasa en cualquier corriente artística o en cualquier faceta de la vida, la omnisciencia no existe ni la perfección tampoco, ser un artista no es sinónimo de que todo lo que hagas sea arte, igual que no todo gran escritor escribe siempre bien. No obstante, una cosa es que te esfuerces, trabajes, luches, y luego saques un producto bien elaborado y que podrá gustar más o menos; y otra cosa es que le tomes el pelo a la gente y te rías de todos con composiciones infantiles que has hecho entre bostezo y bostezo.

Jackson Pollock con una de sus obras
Y para concluir diré que aun con lo abstracto, por muy incomprensible que sea, se puede hacer arte. De pequeño vi, no sé si una película o un documental, donde salía un tal Jackson Pollock, un polémico pintor estadounidense aficionado al alcohol, y mundialmente célebre por pintar lanzando latas de pintura sobre unos monumentales lienzos. Pero que nadie se equivoque, hacía arte, tenía sentido y plasticidad lo que formaba, aunque luego no se entendiera bien que nos quería transmitir (a lo mejor nada), pero sus composiciones estaban chulas.


Autorretrato de Belin
En una revisión de lo que es arte moderno, tengo el placer de conocer a un artista plástico genial, al linarense Belin, considerado uno de los diez grafiteros más importantes del mundo; sus composiciones hechas con espray son obras de arte, con la dificultad que implica hacer a mano alzada y sin plantillas con un pincel tan aparentemente inestable como un bote de espray. Él innova, es vanguardia, pero se lo curra y no engaña.

Por eso, si de vez en cuando, en algún museo del mundo, los encargados de la limpieza tiran a la basura obras de arte confundiéndolas con basura, pues será porque son precisamente eso.

sábado, 24 de octubre de 2015

EL FÚTBOL SE SIGUE PENSANDO LO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS Y MIENTRAS PREMIAMOS A LOS TRAMPOSOS

Se dice tradicionalmente con bastante acierto que el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos y el rugby un deporte de villanos jugado por caballeros. Este nada desacertado aserto pretende significar que en el rugby, aparentemente rudo y un tanto salvaje, sus practicantes suelen ser bastante deportivos y tienen una ética bastante arraigada, de hecho, pese a los golpes que se meten, es infrecuente ver rencillas entre ellos, amén de que aún está institucionalizado (no tanto en los profesionales y sí más en categorías amateur) el tercer tiempo, ese post partido en el que los dos equipos confraternizan y se toman unas birrillas. Por contra, el fútbol es un deporte más fino, de menos contacto, pero donde la pillería y el engaño están en primera plana, y por supuesto, el intentar confundir al árbitro.

El rugby tiene ese código ético que lo hace diferente a tantísimos deportes, no se le protesta al árbitro que es la máxima autoridad en el terreno de juego y se le respeta, hay una norma sagrada que es la de que «no te quejarás de ninguna decisión arbitral». Los jugadores liman asperezas en el campo y ya digo que los enfrentamientos son muchos menos que los que nos pensamos; pero lo que es más importante es que los jugadores de rugby no simulan, no engañan y por si fuera poco el árbitro cuenta con una magnífica herramienta como es la grabación de vídeo y un asistente que analiza la jugada desde varios ángulos para aconsejar al principal la toma de decisión. El rugby es, no nos engañemos, un deporte bastante puro.

Un deporte el rugby, por cierto, que actualmente está disputando la Copa Mundial y donde sus jugadores se desmarcan tanto del fútbol que escuché hace no mucho unas declaraciones de un representante del equipo médico de la organización en las que señalaba que mientras en el fútbol el jugador finge estar lesionado en el rugby todo lo contrario, finge no estarlo para permanecer en el campo y participar con los compañeros de su pasión, de la victoria o de la derrota, o sea, que no se que quita del medio.

Siempre he defendido que los deportes deben valerse de las tecnologías existentes para evitar que una decisión arbitral ponga en riesgo la ilusión de millones de personas y, por supuesto, el dinero que se invierte en los grandes acontecimientos deportivos, cuestión nada baladí y que no debiera depender de un juicio subjetivo. En el rugby ocurre (aunque a veces los árbitros se continúan equivocando), también en el tenis, baloncesto, taekwondo, hockey sobre hierba, atletismo... Tantos y tantos deportes que prefieren rearbitrarse desde un estudio de televisión y en tiempo real, para filtrar la natural imperfección humana a la hora de juzgar, máxime cuando hay que tomar una determinación en décimas de segundo y se ha demostrado científicamente que el ojo humano es incapaz de discriminar, por ejemplo, un fuera de juego, si una pelota ha entrado en la portería o si ha tocado línea (en el tenis) y todo esto en un lapsus de tiempo.

Pero el fútbol sigue erre que erre, y no permite como en el rugby o en el tenis, deportes de masas, que se pare el juego por un momento, y no pasa nada, para comprobar el hecho objeto de duda o discusión. Todo ello bien organizado, con varias cámaras y un árbitro que analice las imágenes a la máxima velocidad, no debiera interferir en ningún caso en el normal desarrollo del encuentro; y ello porque interrupciones en el fútbol hay muchas, cuando hay cambios, cuando un jugador se lesiona o cuando se va a tirar una falta, y nadie pone el grito en el cielo.

No obstante, esto es lo que tenemos, es paradójico que el deporte más mediático del mundo y el que más dinero mueve, siga resolviéndose como se hacía hace un siglo, a criterio subjetivo de un árbitro, bienintencionado pero humano; y los guiños a la tecnología son mínimos, una cámara en las porterías para los clásicos goles fantasma y sólo en los grandes eventos.

Dicho esto, el futbolista, que convive con esta sutil falla del sistema, tiende a aprovecharse de ello, las simulaciones, los piscinazos, los teatros por agresiones inexistentes..., están a la orden del día. Y no sólo es malo que esto ocurra sino que la opinión pública, los aficionados, premian al tramposo (algo impensable en el rugby), a ese que se tira en el área cuando no lo han tocado y falsea el resultado de un partido y le roba literalmente el pan de sus hijos al contrario. Pero todo se ve muy bien en los medios de comunicación, que qué listo ha sido Cristiano Ronaldo o Messi (y no digo que estos sean más tramposos que otros) que se la ha colado al árbitro y lo ha forzado a pitar un penalti inexistente. El fútbol, no nos engañemos es un deporte bastante impuro.

Por eso, muy de vez en cuando, los medios de comunicación nos sorprenden con alguna noticia acerca de que algún jugador ha sido honrado y ha reconocido la verdad. Son los menos, porque esta honradez no se paga y precisamente por lo raro que es, se le da cancha, por eso precisamente, porque es muy curioso.

Y cuando se es honrado en el fútbol, todo el mundo se extraña, es como si le cambiaras el paso a los otros jugadores, a los árbitros y a la gente que está viendo el partido.

Hoy voy a poner un ejemplo clásico de algo que sucedió hace varios años, y aunque ya digo, no es algo inédito en el fútbol, sí que es poco habitual.

Tal vez esta sea, como digo, probablemente una de las famosas anécdotas de la historia del fútbol, porque al protagonista le dio ese día por tener un subidón de honradez. Corría el año 1997 y nos encontramos en la Liga Inglesa (la Premier League), la que se presume una de las ligas más honestas y caballerosas del mundo, en la que los jugadores se baten el cobre y suele primar la honradez entre rivales; en un partido de aquella competición el delantero del Liverpool Robbie Fowler se adentraba en el área en busca de un balón franco, en lo que era una clara oportunidad de gol, cuando el guardameta Seaman del Arsenal llega tarde al balón, levanta los brazos y lo derriba, Fowler cae e inmediatamente se levanta haciendo expresivos gestos de que no había sido penalti, o sea, que no le había tocado el portero, que se había tirado a la piscina.

El árbitro de la contienda no dudó ni un instante y pitó el penalti sin contemplaciones, por mucho que Fowler le insistiera en que no había sido. Es más, entiendo que el árbitro no saliera de su asombro, es decir, que el jugador le estuviera enmendando la plana. Dice luego la historia y hay una evidente controversia con ello, que Fowler tiró el penalti con desgana, que lo rechazó Seaman y otro jugador del Liverpool se encargó de rematar entre los tres palos. Yo no estoy tan de acuerdo en que Fowler lo tirara con desgana, para empezar si no hubiera querido lanzarlo podría haberse negado, y si quiso no haberlo marcado, pues con tirarlo fuera o a las nubes ya estaba hecho; pero no, Fowler abrazó a efusivamente a su compañero tras el gol, por tanto, creo que no fue honesto del todo, pudo haber hecho un completo y se quedó a las puertas.

Ni que decir tiene que el que quedó como un tonto fue el señor colegiado, porque decretó el penalti y no fue capaz de revertir su decisión, porque los árbitros en el fútbol son así, o el mismo fútbol es así, no quieren reconocer que se han equivocado, y es que yo creo que si hubiera cambiado la decisión nada hubiera pasado. A todo esto hay que decir que los aspavientos de Seaman en la jugada en cuestión, levantando los brazos desde el suelo cerca de un metro, hicieron que la credibilidad del penalti fuera total, es decir, que nadie se hubiera dado cuenta del engaño a no ser por la pasajera honestidad de Fowler. Un Fowler curiosamente conocido por otro penalti que sí marcó y que celebró simulando que esnifaba la cal de la línea de gol, todo un clásico de la mucha falta de pedagogía y educación que tienen los futbolistas.

En definitiva que sigo defendiendo a capa y espada el uso de tecnologías para todos los deportes, siempre de forma racionalizada, mediando entre el mantenimiento del ritmo y la no pérdida de espectacularidad; mientras tanto, seguiremos asistiendo al triste espectáculo de cada fin de semana, con jugadores deshonestos y árbitros humanos que fallan, incluso menos que los deportistas a los que han de juzgar. La paradoja es que los árbitros están mal vistos y a los jugadores que fallan y que generalizadamente engañan, pues les reímos la gracia.

domingo, 18 de octubre de 2015

HACIENDO UNOS AVIONES DE PAPEL CHULÍSIMOS CON AYUDA DE YOUTUBE

Quiso Dios que hace unos días mi mujer, con buen criterio, castigara a mi hijo por haber hecho una trastada en el cole; por cierto que no me molestó tanto que su profesora nos llamara la atención, lo que de algún modo ponía de relieve una falla en nuestra educación hacia él, que también, como por el mismo hecho de la falta de personalidad de mi vástago al que le he repetido hasta la saciedad que no se deje influir por nadie, sobre todo cuando son tropelías y bromas de mal gusto, y que decida todo en la vida por su cuenta, procurando que sea por el buen camino. El caso es que el castigo consistió en dejarlo sin ver la televisión u ordenador, o más exactamente, sin ver los canales infantiles durante unos días, ni dibujo animado alguno.

He de decir que fueron unos días magníficos, mi hijo sin su tele es otro (ciertamente estamos fallando en esto) y se nos abre un inmenso abanico de posibilidades por las tardes, una vez cubiertos los preceptivos deberes, que hemos de llenar con actividades de ocio. Como se suele decir que no hay mal que por bien no venga, en esos días que han sido demasiado pocos, pero también muy intensos, él ha tenido tiempo para indagar en otras tareas que no son habituales en su vida, así se ha interesado por mis cómics de la 13 Rue del Percebe y una noche se fue a la cama y se durmió con el libro a su lado.

Lamentablemente a mi hijo le puede más lo digital que lo analógico, o dicho de otro modo, en su propio ser ha ganado la partida una imagen más que lo tangible; la televisión, el ordenador o la tableta pueden más que una tarde de bici o de juegos de mesa. No obstante, alguna vez y no necesariamente forzado por las circunstancias punitivas, de vez en cuando, se sale de su aislamiento para respirar un poco de vida real. He de estar muy atento para ver lo que le gusta porque por ahí puedo tener un filón, esos gustos y aficiones bien encaminados pueden ser un buen torrente pedagógico y quizás hasta una orientación profesional.

Sin ser excesivamente presuntuoso por mi parte, he de decir que mi hijo siente una cierta atracción por la aeronáutica (cierta, no tiremos las campanas al vuelo), y en esa espita abierta es en la que yo trato de tirar de veta. Hace unos días por la tarde ocurrió así y él fue el que vino directamente a mí reclamando mi atención para ocupar esos ratos ociosos y anormalmente desconectados de ondas externas. Lo habíamos hecho antes y lo repetimos esa tarde, se trataba de hacer aviones de papel.

Alguna vez se lo he comentado a mi hijo que cuando yo iba a la escuela, el que sabía hacer aviones de papel era el rey, todo el mundo lo buscaba con una hoja para que le hiciera el suyo. Yo me limitaba a hacer unos burdos aviones con cuatro dobleces muy básicos. Hay que decir que los expertos en aviónica papirofléxica tenían un catálogo muy limitado, sabían hacer uno o dos a lo sumo. Por todo esto, supongo que si hoy regresara a mi escuela de antaño con las nociones que tengo sobre hacer aviones de papel no sería rey, sería emperador o jeque o lo que fuera, pero desde luego alguien muy importante en el cole.

Dicho esto, yo soy un manazas, y mi hijo que el que me conoce sabe que no es de sangre, se parece en mí curiosamente en algunas facetas de mi vida, ¿o me está copiando? A mí nunca se me ha dado bien aquella asignatura con el rimbombante nombre de pretecnología, e intentaba que mis padres me echaran una mano con esos dichosos trabajos que te mandaban hacer en casa; no obstante, con esto de los aviones he encontrado el cielo abierto y, de algún modo, entierro esa frustración que uno tiene de carecer de la más mínima vis artística.

El negocio con mi hijo es fantástico puesto que evidentemente contamos con una herramienta que por obligación casi le engancha a realizar esta tarea, nos valemos de Internet para hacer los aviones. En la Red hay infinidad de vídeos en los que el personal te muestra cómo hacer aviones de todo tipo y, además, tratan de mostrar cómo vuelan, o con más precisión lo mucho que vuelan.

Más concretamente la web YouTube nos permite a golpe de clic el acceso a esos vídeos. He de decir en este punto que hay que ser algo selectivos, por mi experiencia sé que cuanto más dure el vídeo más complicado será el avión y más difícil de seguir, ni precisamente un avión muy elaborado (y con muchos dobleces) te garantiza un mejor vuelo y, por otro lado, tampoco hay que hacer demasiado caso a las demostraciones de vuelo de los «ingenieros» del papel, porque hay aviones que se presentan como los que más vuelan, que tienen el récord de no sé qué, y luego son un puro fiasco.

También hay que señalar que es muy probable que mi hijo y yo, como cualquier ciudadano de a pie, no contemos con el mejor papel para hacer los aviones. Aprecio en los vídeos que el gramaje es diferente, noto que los autores de los aviones usan papel muy sólido pero de un gramaje inferior al que yo tengo, es decir, que es un papel fino pero firme a la vez, incluso he observado que algunos están hechos con papel vegetal. El mejor papel, desde luego, sería aquel que sin ser muy liviano, te permita hacer dobleces perfectos sin que los vértices sufran, lo cual es en mi opinión una de las claves fundamentales para realizar un buen avión de papel.

Metidos en materia, la mayoría de los vídeos te permiten seguir con cierta claridad dónde cortar o cuándo doblar; también hay que indicar que aunque el vídeo dure cinco minutos, esto se suelen convertir en quince o veinte, mientras paras, doblas, o incluso a veces tienes que echar hacia atrás el vídeo, porque no has visto bien lo que el actor ha realizado, o simplemente porque mi hijo se desespera y tengo que hacer mi avión y el suyo.

Y como decía antes, hay vídeos de cinco minutos y otros que pueden durar hasta veinte, pues cuanto más dure, más complejidad y más posibilidades de tirar la toalla, porque como te pierdas en algún doblez o no logres escrutar cómo lo ha hecho estás perdido. Y es que a veces son movimientos compuestos en los que se comprometen varios dobleces a la vez y puedo asegurar que por muchas veces que repitas el vídeo no llegas a acertar cómo ha hecho esa última fase. Por cierto que los vídeos están en español o en inglés, y también los hay sin voz, en general todos se pueden seguir bien, porque salvando las instrucciones, lo esencial son los movimientos de las manos interactuando con el papel.

Por último, llega el momento cumbre, es decir, cuando ya está hecho y toca echarlo a volar, sin duda, tengo que decir que es más espectacular el resultado físico que las propiedades del avión para suspenderse el aire, dicho de otra manera, que tampoco vuelan tanto; aunque a mí me vuelan más que a mi hijo, creo que porque los lanzo más horizontales y ni demasiado fuerte ni demasiado despacio.

Y cuando hablo de la espectacularidad de los aviones, creo que es eso lo más apasionante de esta afición, el haber terminado un avión que estéticamente es muy chulo. En los vídeos se anuncian incluso como réplicas de aviones reales, el F no sé qué o el Boeing no sé cuánto, de tal forma que no descarto, por la compleja elaboración que algunos tienen que esté presente por ahí la mano de algún ingeniero aeronáutico de verdad, que en sus ratos libres se puede dedicar a volar su imaginación y plasmar en papel de forma más o menos sencilla lo que unos sofisticados planos le marcan.

Para terminar, he de significar que mi hijo y yo disfrutamos más con los dobleces y el resultado final, porque además es muy entretenido, que con el vuelo. Y para ilustrar con algunos diseños que hicimos en la tarde de marras, a mi hijo ya le vino la vena artística, decorándolos un poco y se puso a fotografiar nuestros aviones en un entorno jurásico y, entre otras creaciones, con el tiranosaurio rex zampándose un avión, ¿o era el avión el que en un atentado terrorista se había metido en las fauces de esta bestia?

sábado, 10 de octubre de 2015

¿Y TÚ CÓMO VIVISTE AQUELLA CRISIS DEL ACEITE DE COLZA?

Corría la Guerra Fría, allá por el año 1981, los medios de comunicación nos atemorizaban con una inminente 3ª Guerra Mundial, realmente nos asaeteaban con noticias sobrecogedoras cada día. Y en esas estábamos la gente de mi generación, sorteando cursos y disfrutando de la niñez o la preadolescencia de la manera que creíamos mejor, sin alardes ni excesos, pero con alegría y reconozco que con bastante felicidad, cuando en mitad de ese inquietante panorama comenzaron a producirse en España unas misteriosas muertes, aquejadas con similares síntomas, pero con la peculiaridad de que los casos se sucedían en puntos muy dispersos de nuestra geografía patria.

La congoja fue generalizada aunque sin llegar a ser histeria colectiva; lo cierto es que portadas de periódico y titulares de radio y televisión se preñaban cada día con las nuevas noticias de españoles que habían fallecido a causa de lo que se llamó inicialmente «la neumonía atípica», y lo que era peor, que no se conocía el motivo y, por tanto, el tratamiento no se podía precisar al desconocerse el agente causante, con lo que se atacaba médicamente a los síntomas.

Recuerdo los no pocos bulos que corrieron en aquellos meses de incertidumbre y crisis sanitaria, y eso que no teníamos Internet, aunque a veces tampoco nos ayude tanto, imaginemos por un momento la que se lió el año pasado con el ébola en nuestro país a pesar del montón de información que manejamos. Lo que era el aleteo de una mariposa en Segovia se convertía en tornado en Lugo, y basta con que algún sesudo experto saliera con alguna recomendación sin base científica para que todo el mundo adoptara su consejo. De hecho, no recuerdo cuál fue el origen de la acción, pero el caso es que mi madre nos colocó a mis hermanos y a mí una bola de alcanfor en el bolsillo pues al parecer eso inmunizaba frente al desconocido agente que provocaba esta extraña y devastadora enfermedad. Y es verdad que salías a la calle y comentabas con los amigos el asunto y daba la impresión de que el mal estaba en el ambiente y que solo la suerte nos libraría de tan nefastas consecuencias, bueno, a mí no, porque para eso llevaba la bolita de alcanfor.

Se tardó demasiado, más de lo esperable, en resolver el entuerto, murieron unas 700 personas; pasados unos meses desde que estallara la voz de alarma, meses que se hicieron eternos, por fin comenzó a hablarse del aceite de colza desnaturalizado y aquella neumonía atípica pasó a llamarse «el síndrome tóxico». Despejada la incógnita comenzaron a difundirse los nombres de las marcas que comercializaban aquel extraño aceite, de hecho, hasta ese momento yo desconocía qué era la colza y mucho menos que se extrajera un aceite de ella. De hecho, los aparentemente insólitos y hasta rebuscados nombres de esas marcas casi evocaban que llevaban el mal dentro de sí (el veneno amasado como diría José Mota), así Raelsa, Rapsa, Selmi, Raesol, Raolí o Rarnoli, comenzaron a inundar los telediarios y también se comenzó a despejar la incógnita.

Al parecer fueron aceites de uso industrial provenientes de Francia, a los que se les había añadido colorante (anilina) para que no pudieran utilizarse para el consumo humano. Los importadores españoles pensaron que comprando unas partidas importantes y sometiendo el aceite a un proceso químico para eliminar la anilina, se podría poner en el mercado, aun de forma fraudulenta, con una evidente ganancia, que era la de comprar un aceite barato y comercializarlo fuera de los canales de consumo habituales, de hecho, se vendía en mercadillos. El proceso de desnaturalización del aceite de colza y posterior naturalización provocó que la anilina no se eliminara completamente y los comentarios de la época hablaban poco menos de que ese aceite llevaba una serie de compuestos químicos letales que lo hacían prácticamente una porquería, amén de un cóctel asesino.

A la par de estas revelaciones también se iba perfilando el mapa de afectados y la tranquilidad iba por barrios. Es evidente que una de las zonas más tranquilas fue la mía, la provincia de Jaén, consabida zona de producción en masa de aceite de oliva de excelente calidad desde tiempo inmemorial y donde no se conocía lo que era el aceite de colza ni Cristo que lo fundó. De hecho, sin ser evidentemente científico esa distribución geográfica de damnificados, entre muertos y enfermos en general, se situaba en regiones con menor superficie de olivar y, por ende, menos proclives al consumo de nuestro oro líquido.

Con la misma vertiginosidad en la producción de noticias del síndrome tóxico, resuelto el enigma y atajado el problema, también cesó la ansiedad y la producción de noticias. Esto es a los enfermos se los pudo tratar de forma más eficaz, se destruyeron todas las partidas de los aceites de colza en cuestión, y se identificó a los culpables.

Y ya está, los culpables cumplieron su pena y ni se habló mucho más de ellos, o sea, unos completos desconocidos aunque imagino que para las familias afectadas no olvidarán sus nombres ni sus caras. Pero para el conjunto de la opinión pública hoy por hoy nos podríamos encontrar con aquellos trepas, por poner un calificativo suave, y hasta los podríamos identificar con honestos ciudadanos.

Por lo que respecta al propio aceite de colza, o a la colza en sí, hay que decir que es un vegetal bastante común en cuanto a su superficie (el tercero del mundo tras trigo y cebada), incluso en nuestro país, de hecho es un cultivo muy extendido para forraje de animales y el aceite, que tras el de soja y palma va también tercero en la clasificación mundial de producción de aceites vegetales, tiene numerosas propiedades, entre ellas ácidos grasos omega 3 y 6, rico en grasas monoinsaturadas (las buenas, las que tiene el aceite de oliva) y fuente de vitamina E.

Lo cierto es que la pesada marca de lo ocurrido hace algo más de treinta años nos privó de utilizar eventualmente este rico aceite y, de facto, los de mi generación siguen recordando aquella crisis sanitaria y el consumo en España de este aceite es insignificante en relación con otros aceites vegetales, aparte de que es difícil de ver en los supermercados.

A pesar de todo lo ocurrido, y pasado el tiempo y la presión de la opinión pública, surgieron algunas voces que pusieron en tela de juicio el agente causante de aquel síndrome; la hipótesis que más ha sonado desde entonces fue una que planteaba una confabulación político-empresarial para desviar la atención y culpabilizar a cabezas de turco, pues sostienen que fueron partidas de tomates (españoles y cultivados en nuestras tierras) tratados con un letal combinado insecticida. A mí me parece demasiado rebuscado y a estas alturas de la película habría habido posibilidad aún de destapar otra verdad, si la hubiere, que yo sinceramente creo que no la hay.

Pues así viví yo aquella crisis, el resumen es que no tuve la sensación de una gran psicosis, y más aún cuando conocimos que lo que provocó aquello era un desconocido para nosotros aceite de colza. Y es que no pararemos de elogiar y engrandecer a ese aceite de oliva que forma parte de nuestras vidas y de nuestros cuerpos, que los que somos de aquí abajo compramos directamente en fábrica, sin intermediarios, y que es sano lo mires por donde lo mires, y rico, rico, ¿qué te voy a contar?

sábado, 3 de octubre de 2015

MICHEL PÉPÉ, EL MÚSICO EN COMUNIÓN CON LA NATURALEZA

Me he pasado buena parte de este verano ocupando mis ratos de ocio con sensacional música ambiental y el nombre que más ha aparecido en mis selecciones ha sido este Michel Pépé, sobre todo porque no decepcionaba, no tenía un gran tema principal para después bajar, no, se mantenía en una especie de homogeneidad musical que siempre permite que aciertes con lo que escuchas. Ya sabes que es música ambiental con pequeñas variaciones hacia otros tipos de música relajante, entre la New Age, cósmica, étnica y eclesial.

Y digo lo de ambiental quizá con más acentuación que otros compositores que he traído a esta bitácora, porque el medio ambiente y la naturaleza están presentes en el imponente trabajo de este francés, no demasiado conocido bien es cierto, aunque muy valorado en los exclusivos, por reducidos, círculos de esta corriente musical.

La naturaleza como hito para proporcionar relajación al ser humano ha sido la máxima de este parisino con raíces italianas que desde bien joven orientó su futuro hacia la música. Comenzó por los instrumentos clásicos y tuvo un punto de inflexión en su vida cuando descubrió las propiedades terapéuticas que podían generar determinadas músicas, y culminada su formación clásica fue cuando igualmente se dejó tentar por la llamada de la electrónica y su aportación al propósito que comenzó a perseguir y que yo he tratado, bajo mi punto de vista, de resumir de la siguiente forma, se trata de una música que proporciona energía para derivar en paz interior.

Su aparición en el panorama musical tuvo lugar a principios de los 90, es decir, en el que podemos decir el momento dulce de las nuevas músicas en el mundo occidental, cuando los Michael Nyman, Enya, Vangelis o Jean Michel Jarre, salvando las distancias y su matiz populista y comercial, conseguían colarse en radios y televisiones de medio mundo. Por cierto, hay un dato sustancial de este compositor y es que es relativamante joven, nace en 1962, y está plenamente activo en la actualidad, cumpliendo con una especie de autoimposición de editar un disco con una periodicidad anual.

El proyecto musical de Pépé fue madurando con el tiempo, la conjunción de música electrónica, donde el sintetizador es el monarca absoluto, y los instrumentos clásicos que él conocía por su formación, poco a poco sufrió un incremento familiar con la incorporación de otros muchos instrumentos, incluso étnicos, de cara a ese fin de fusionar música y naturaleza; así en su nómina instrumental se cuenta la flauta de pan, flauta irlandesa, violín, arpa, oboe, santur (instrumento de cuerda percutida de origen oriental) sitar indio, cuencos tibetanos...

Muy preocupado por esas propiedades terapéuticas de la música, se sentía especialmente conmovido por muchas personas que acuden a este arte como un modo de liberación y hasta de descargar la ira. La música muy alta, los sonidos estridentes, los decibelios excesivos a la par que insanos, entiende que no debieran ser el cometido de la música, de algún modo, tiene un componente negativo, y esto no hace más que posicionarse en el subconsciente de las personas, en su fuero interno.

En contraposición a eso está la naturaleza, los sonidos de la misma, a veces rayanos con el silencio, la esencia de todo ser, pues ante todo el ser humano es un animal de la naturaleza, racional bien es cierto, pero natural ante todo. Esa introspección le hizo llegar a esta música melódica y espiritual, como un modo de equilibrar nuestra salud mental y física, un apoyo para nuestro ser.

Es inevitable, pues, que la música de este francés esté muy asociada a la relajación y, de hecho, es un recurso muy utilizando en muchos gimnasios actuales donde uno se convence de que esa música que emana de no se sabe bien dónde, coadyuva para que puedas cultivar tu cuerpo en unas condiciones óptimas.

Desde luego Pépé entendió muy bien desde sus orígenes en la música, que esta representaba el auténtico lenguaje universal de la humanidad, algo en lo que coincide con sus coetáneos de este siglo, pero también era una velada afirmación que sostenían los clásicos. Sin duda que las palabras contienen una carga negativa o positiva en función de cómo se diga y lo que significan, incluso las positivas hasta pueden malinterpretarse, hay gente para todo, pero la música es unídireccional, sobre todo la melódica, la que no tiene letra; un sonido dulce sólo puede evocar en el subconsciente buenas sensaciones, siempre positivas, cercanas a la felicidad. Y es que la música no engaña y llega adonde tiene que llegar.

Michel Pépé quiere transmitir con su música un torrente de paz y serenidad, algo que pueda ajustarse al alma aunque sea de forma inconsciente, porque eso terminará liberando su profunda fuerza terapéutica, esa que disuelve las tensiones de nuestro quehacer diario, y que a veces todos necesitamos. Mucho se ha hablado del poder curativo a este respecto, yo no voy a hacer una tesis de esto, pero con que pueda puntualmente relajarte y suponer un pequeño momento de placer, yo me doy por satisfecho.

Curiosamente, si la New Age como tal está algo denostada, las músicas de meditación, como la de Michel Pépé, creo que van a ir creciendo en la conciencia de las grandes ciudades, como contrapunto, al ruido y al estrés; esto lo estamos viendo cada día en los gimnasios, balnearios urbanos (spa) e incluso supermercados.

Y esta es mi breve reseña de este magnífico compositor que, además, tiene su vertiente humanitaria, colaborando en causas de tipo social; un artista que no tengo constancia de que haya tocado en España, pero que sí que es relativamente conocido en su país. Pues eso, siéntense, escuchen y disfruten.