viernes, 31 de octubre de 2014

"MALAS TIERRAS", DE TERRENCE MALICK

Y, sin embargo, es bella. Sí, es la historia de una tragedia por capítulos, la aventura de un sádico y su novia en busca de la libertad, pero rezuma como pocas veces se ha hecho en el cine una atmósfera de ternura, de compadecimiento, que convierten una trama violenta en un bello poema.

La ópera prima de Terrence Malick que en 1973 tenía treinta años se basa en hechos reales que sirven de base para la construcción de un guión, escrito por el propio director, en el que se desvía de esa realidad en cierto modo y construye una historia sugerente, llena de atractivos y de un sinfín de lecturas.

Tal vez esa bisoñez de Malick y su cercanía por edad a los protagonistas de la acción le permiten reproducir las sensaciones que experimentarían unos personajes en las circunstancias que ellos vivieron, tanto estos que son inventados, como los reales.

Es una tragedia tranquila, casi inocente, no hay ensañamiento ni en el protagonista ni en las escenas. Él es aparentemente un tonto sin causa, sin interés por la vida, al menos en la película el director no destaca por qué Kit Carruthers (un joven Martin Sheen) es así, no se adentra en la razón por la que inicia y continúa un sangriento periplo. Probablemente quiso dejarnos reflexionando acerca de la imprevisibilidad de la juventud, su ímpetu y su descaro para hacer las cosas sin pensarlas demasiado, porque sí, a la brava.

Carruthers es un operario de la basura que un buen día conoce a una jovencita, Holly (Sissy Spacek), varios años menor que él, ésta es casi una niña, tierna, ingenua e inocente, un poco feúcha también; así que cuando el apuesto Kit se acerca a ella, tal vez piense que tiene que ser su amor prohibido, porque no va a conocer algo mejor con su aspecto un tanto del montón.

Esa pasión que se va destilando a cuentagotas es tan natural como la vida misma, sin aspavientos, algo arisca, pero a la vez llena de amor. El punto de inflexión ocurre al principio, el padre de Holly, que es huérfana de madre, un individuo ciertamente atípico, un tipo duro que pinta cartelería publicitaria con mucho talento, desaprueba esa relación; tal vez ese salto de edad, la pinta del joven y que no se observe que tenga oficio ni beneficio, lo cierto es que tratará de poner coto a los devaneos de su hija, y Kit Carruthers tirará por la calle del medio y se lo cargará sin demasiados miramientos (miramientos tendrá pocos con el resto de víctimas de la película).

Sorprende la actitud de Holly que apenas siente ni padece el asesinato de su padre, para ella es como una liberación. Tal frialdad de la niña se entiende por su inmadurez, y muy levemente a lo largo de la película va adquiriendo algunas tablas. De hecho sólo al final es cuando comprende todo lo anterior, le suena la campana y rompe con esa cadena de violencia y con su actor principal.

En contraposición a este suavísimo crecimiento interior de la joven, se produce en Kit una evolución inversa, pasa de ser un tipo duro y maduro capaz de apretar el gatillo sin penitencia, frío y sin sentimientos, a terminar siendo como un niño al que han pillado en el juego de «policías y ladrones»; como si aquello no fuera con él, en plan estrellita, buscando el protagonismo al más puro estilo y permítaseme la licencia «porque yo lo valgo».

Dicha cadena violenta tiene intervalos de paz y sosiego, de mucha poesía, es como un cuentecillo de adolescentes que por un extraño sentimiento de compasión, cuando uno lo observa, experimenta el impulso de querer paradójicamente que todo acabe bien, que tenga un final feliz, aunque sabes que eso no puede ocurrir.

Que nadie piense que esta película es una revisión de los Bonnie and Clyde, lo de esta pareja de ladrones era planificación y obcecación por la riqueza, en Kit y Holly no existe tal planificación, sus desventuras y giros se suceden por impulsos, sus hurtos son para la supervivencia, todo es errático, no tienen un plan preconcebido, todo es un sugerente «cualquier cosa puede ocurrir», y nutre mucho la película.

Por cierto, muy interesante simbología la que utiliza de forma no inocente el bueno de Malick: gestos, objetos, poses; cualquier cosa está puesta ahí por un sentido concreto, el dibujo que hace el padre de Holly en la carretera, el libro que lee Holly en el bosque, el sombrero que Kit se lleva de la mansión de un rico...

La voz en off es de lo más raro que he visto en una película, es algo espectacular. Uno espera que esa voz (la de Holly) lleve la película y anticipe lo que sucederá, pero Terrence Malick es absoluta y maravillosamente grosero y provocador, porque no es una voz del futuro, sino que es del presente, nos revienta nuestras premoniciones, no quiere que el público sepa lo que va a pasar y las reflexiones de Holly son discordantes.

Por último, sin que la música seleccionada por el director sea la fuerza de esta producción, es más su fotografía, bien es cierto que hay pasajes que llaman mucho la atención, son muy vitales; para un escasamente aficionado a la música clásica como yo, no se le ha escapado, sin embargo, los acordes de una composición de Karl Orff, con evidentes similitudes de su «Carmina Burana».

Una película fresca, juvenil, nada comercial y que con los años se ha considerado de culto, la cual recomiendo para pasar un rato agradable de cinefórum. Y es que en Malas tierras hay un buen terreno para la reflexión.

sábado, 25 de octubre de 2014

"EL ASEDIO", DE ARTURO PÉREZ-REVERTE

Soy un gran lector de Arturo Pérez-Reverte, su popularidad antes de dedicarse de lleno a la literatura ha favorecido su conexión con el gran público. Ya me caía bien cuando era corresponsal de guerra en Televisión Española, su manera de contar los sucesos generó una nueva forma de hacer el periodismo de riesgo, al menos aquí en España.

Estuvo hábil la Real Academia Española al hacerlo con cierta celeridad, académico de la misma, ya que en él confluían los tradicionales y cualitativos requerimientos para un nombramiento de este carácter, sumando su juventud, su cercanía con la realidad social y su éxito en las librerías. Y así rompía la RAE con esa impresión que da de que a esa institución accede gente muy mayor y que son cargos honoríficos más que de briega.

Su irrupción en las librerías fue brutal, sus primeras novelas fueron una bocanada de aire fresco en el panorama literario no sólo nacional sino internacional, sus novelas traspasaron con inusitada velocidad de las hojas al formato cinematográfico y televisivo.

Pérez-Reverte es un hombre curtido literalmente en infinidad de batallas y es un tipo que no deja indiferente a nadie, tiene un verbo ágil y una pluma más veloz; cuando tiene que zurrar la badana a alguien no deja títere con cabeza. Tiene, por cierto, un particular idilio con las redes sociales, ya que muchos domingos por la tarde lleva a cabo en Twitter un mitin en toda regla por capítulos (los 140 caracteres que permite dicha red social).

El encumbramiento literario tiene un problema y a veces no nos damos cuenta, y es que no todo lo que hace un autor prestigioso tiene que ser necesariamente bueno, igual que ni a un gran cocinero le sale siempre un plato bien, ni Messi puede ser perfecto siempre; pero en realidad en el terreno literario parece casi como si lo fuera. Pérez-Reverte tiene obras muy buenas y otras que, bajo mi punto de vista, dejan mucho que desear. Hay críticos que opinan que «El pintor de batallas» es un magnífico libro, lleno de poesía y sensibilidad, pero a mí no me gustó, me aburrió y estaba deseando terminarlo para acabar con el sopor, porque soy de los que si he leído diez páginas estoy obligado a llegar al final.

No ocurre realmente esto con «El asedio», pero bien es cierto que una novela que podía ser muy atractiva para mí y para el conjunto de sus lectores, tiene ciertos elementos que merman ligeramente su calidad.

Para empezar, un dato de lo más evidente, su extensión, una novela de más de setecientas páginas, aunque en la edición que yo tengo, tiene una letra razonablemente grande (algo que hemos de valorar ya los que empezamos a ser cortos de vista por efectos de la edad), ha de tener esencia en todas y cada una de esas páginas, y creo que mucha gente coincidirá conmigo en que sobran o no son relevantes unas cuantas páginas.

Lo siento y me sabe mal, pero el bueno de Arturo Pérez-Reverte se recrea demasiado en sus últimas obras, en una excesiva reafirmación, con un rimbombante vocabulario que denota un poco de abuso hacia sus lectores. Y me explico en este punto concreto, casi desde mi época colegial, me enseñaron a acudir al diccionario para averiguar las palabras que no conocías de un texto y apuntarlas; pero cuando se utilizan tantísimas palabras técnicas, muchas relacionadas con el mar y la náutica, que uno no puede abarcar, trata de entenderlas en el contexto, porque sería interminable su búsqueda, ahí creo que se pasa.

He empezado por lo menos bueno, pero la novela sinceramente no me ha disgustado, quizá uno no sabe hasta bien entrada la misma de qué va, probablemente haya que leer más de cien páginas, es entonces cuando empieza a captar que no es necesario que entre los personajes y sus andanzas haya relación entre sí, de hecho, su conexión es, en algunos casos, incidental. Por eso te vas dando cuenta de que aunque, teóricamente, hay una trama principal, las otras son iguales de importantes para el autor, que trata de transportarnos al Cádiz de la Guerra de la Independencia, convirtiendo este texto en una novela histórica, pues aunque los personajes y sus tramas son inventados, el contexto es auténtico y basado en hechos reales.

No desvelo nada si cuento las tramas pues si alguien tiene interés por el libro en algún espacio estelar hay un resumen, en la edición que yo tengo está en la contraportada, así tenemos: Un asesino en serie perseguido por un comisario meticuloso, una madura empresaria naviera en busca de su futuro, un capitán de barco que es mercenario de la vida, un oficial francés de artillería obsesionado por la técnica, o un salinero gaditano que se busca la vida en medio de la guerra. Todos ellos conforman unas historias sugerentes, algunas más que otras, que nos meten de lleno en ese asedio que la Tacita de Plata sufrió durante unos dos años y medio a manos de las tropas francesas, en la época de la Guerra de la Independencia (de 1810 a 1812). Un asedio incómodo pero que no impedía una vida relativamente normal para sus habitantes, que se habrían de acostumbrar al fuego de artillería que, de vez en cuando, alteraba una paz ficticia.

No obstante, hay una historia que es muy claro que pretende erigirse en la principal o la más atractiva, es de hecho la más novelesca; el comisario Tizón ha de enfrentarse a ese asesino en serie que parece aprovechar los impactos de las bombas en determinadas zonas de la ciudad, como una especie de sesudo jeroglífico, para matar a jovencitas a las que previamente ha torturado de forma salvaje. Ese misterio lleno de interrogantes pondrá contra las cuerdas a Tizón que echará toda la carne en el asador y sus dotes detectivescas para tratar de desvelar la identidad de su enemigo. Ello se convertirá en obsesión, porque en la novela todos sus personajes son obstinados, y este quizás el que más, y no le importará sacrificar algunas víctimas, acudiendo al bando enemigo e intentando y consiguiendo influir sobre la artillería francesa para que lance bombas en determinados lugares, con tal de que ello le dé luz a sus pesquisas. Ahí se convierte esta novela, que tiene un poco de todo y no mal traído, en una novela policíaca, aunque también nos habla de amor, cultura, náutica, historia, arte...

Aunque la novela empieza algo decepcionante, por aquello de que hasta que le pillas el hilo tienes que haber pasado muchas páginas, lo mejor es el final, ya que las historias que se entretejen conllevan una conclusión, todas terminan y no te dejan con la miel en los labios. Mejor o peor como la vida misma, en drama o en final feliz, lo cierto es que estaba casi obligado Pérez-Reverte a terminar de este modo por la amplia extensión de esta obra. Y, por cierto, el final más ingenioso es el de la trama de Tizón y el asesino en serie, que alguien cuando lo lea podrá comprobar que comporta una extraña actualidad.

En definitiva, una novela a la que le doy un notable, porque se deja leer aunque esas derivas del autor destinadas a su propio florecimiento y que ya he comentado, menguan un poco la calificación final en mi modesta y humildísima opinión.

viernes, 17 de octubre de 2014

"TERESA DE JESÚS", UNA SERIE IMPRESCINDIBLE Y DE RABIOSA ACTUALIDAD

Cuando me enteré de que Concha Velasco sufría cáncer, reflexioné como siempre reflexiono acerca de la endeblez de nuestras vidas, pendiendo de un hilo que ni siquiera puedes controlar. También pensé en su figura escénica, una actriz polivalente con un físico imponente que casi no nota el paso del tiempo. Una gran profesional que abarca a numerosas generaciones que han podido apreciar su buen hacer, sin que en ese transcurrir del tiempo su protagonismo haya menguado ni un ápice.

Pues sí, polivalente, lo mismo la veías cantando, en una comedia, en alguna serie de televisión, en alguna película dramática e inevitablemente metida en algún sarao mediático de esos que la telebasura maximiza hasta la saciedad, cuando realmente cualquier famoso tiene derecho a tener sus desavenencias familiares como cada hijo de vecino sin que a nadie tenga que importarle, de hecho, a mí no me importa.

Y estando siempre Concha Velasco en la cresta de la ola de cada generación, si hay algún papel dramático que la encumbró definitivamente como una inmortal bestia de la escena, fue el que protagonizó en esta serie «Teresa de Jesús». Muchos le habrán reprochado sus ideales de izquierda, apoyó al PSOE en alguna campaña electoral, y tal vez no le perdonen esto, y quizá se piensen que por el mero hecho de pensar como le dé la gana, eso le va a impedir meterse en los papeles con la máxima dedicación.

Además, el recordatorio de esta serie, sin haberlo buscado, coincide con el V Centenario del nacimiento de la santa, que aunque será el próximo 2015, en realidad, los actos conmemorativos ya se han iniciado oficialmente. No estaría de más que Televisión Española repusiera esta serie por su contenido histórico, y como modo también de ensalzar la gran figura de una mujer, probablemente la primera mujer famosa en este país; y es que como leí hace no mucho al vicario general de la Orden del Carmelo Descalzo y responsable de la Fundación V Centenario, el cual señalaba que si Santa Teresa de Jesús viviera hoy sería una defensora de la mujer, yo doy fe de que eso sería auténticamente así.

Sin duda, Concha en ese papel en el que encarna a Teresa de Jesús está soberbia, este es un calificativo, pero habría muchos más. Supo sacarle el jugo a un personaje que no era fácil y se habrá quedado en la retina de los televidentes españoles la figura de la religiosa castellana vinculada al rostro duro de Concha.

La caracterización no sólo es excelsa, sino que la batería gestual que derrocha esta actriz se impone sobre el resto del equipo actoral, y mira que este es bueno. Cuando digo que se mete de lleno es algo tan patente como que, ante todo, la serie es profundamente fisonómica, la directora Josefina Molina, quiere contar una historia, pero a buen seguro que también quería dar un máster acelerado de expresiones y vivencias a través de los rostros de sus personajes. Tanta importancia tienen las escenas generales como los primeros planos, todo ello con un cuidado equilibrio.

La serie tiene un metraje adecuado, con ocho episodios de unos cincuenta minutos de duración; en la misma se narra la vida de esta santa, desde que prácticamente coge los hábitos de monja y rebasada por experiencias naturales y una gran vida interior, desemboca en una profunda relación con Dios.

No se excede Josefina Morales en las escenas en las que se dan esas situaciones sobrenaturales, pero cuando las hay la carga emocional y de tensión a la propia vez es muy relevante, es palpable, sin estridencias.

Y es que efectivamente, goza de importancia crucial en la serie la figura de Teresa de Jesús, que es una vida no sólo de lucha interior sino de fortaleza exterior. Es una mujer de armas tomar, como la llamaríamos hoy, capaz de enfrentarse a todo el que se inmiscuyera en los asuntos de su congregación; y eso en el final de la Edad Media era algo inaudito. No sólo tuvo que enfrentarse a la Inquisición, sino a otras religiosas, al pueblo y al poder económico. Por aquel entonces, la Iglesia tenía mucho poder y el pertenecer a un convento era una forma de vida y no necesariamente tenían que tener unas virtudes especiales sus integrantes, ni vocación; Santa Teresa es capaz de atisbar, como si fuera una adelantada a su tiempo, las incongruencias que acaecían en esos lugares de recogimiento, reflexión y oración, lo que la condujo a la radical renovación de su orden.

Es impactante, y es uno de los puntos más críticos de uno de los episodios, cómo se enfrenta con la princesa de Éboli, persuadida a sí misma de que sus suculentas contribuciones a la orden, le permitían disponer de una especie de patente de corso para hacer y deshacer a su antojo.

Esa raza que desprende Teresa a través de Concha Velasco se compensa con la dulzura con que trata a sus hermanas, a la paciencia con la que tiene que luchar contra la maledicencia de la gente, a la admiración que siente por sus directores espirituales...

Sin tal garra no se entiende cómo pudo crear en una época donde las condiciones era tan precarias una estructura espiritual y una infraestructura conventual tan impresionante.

De hecho, buena parte de la serie es un recorrido por los conventos que fundó, trascendiendo que participaba en primera persona en los planos, revisaba obras, perfilaba presupuestos y, por supuesto, sacaba dinero hasta debajo de las piedras en pos de sus fines. Unas escenas en exteriores muy bien cuidadas y pulcras, máxime con la dificultad que supone el salto de varios siglos que provoca no pocos quebraderos de cabeza al localizar lugares que no estén modernizados.

La serie, por cierto, se inicia a partir de los diecisiete años aproximadamente de una joven Teresa que literalmente está muerta, se le administra la extremaunción, y se le hacen pruebas «fidedignas» de su muerte, a partir de su obvia recuperación (¿resurrección?). Ese fue un punto de inflexión para su vida llena de gracia y su estrecha relación con Dios.

En este recorrido de ocho capítulos nos acercaremos a la que fue nombrada como primera Doctora de la Iglesia Católica, y que cobra un especial protagonismo ahora, no sólo para homenajear a una Concha Velasco que hace el mejor trabajo de su carrera sin temor a equivocarme, así como por la actualidad de las celebraciones que se llevan a cabo ahora mismo del personaje histórico al que representa.

sábado, 11 de octubre de 2014

LA PROFESIÓN MÉDICA, UNA DE LAS MÁS DIFÍCILES DEL MUNDO

La profesión de médico (en este texto me refiero genéricamente al masculino englobando a hombres y mujeres, pero por economía del lenguaje sólo utilizaré este género) es de las más complicadas que me imagino, pasan del cielo al infierno en un segundo. Son agasajados por su éxitos igual que vilipendiados por sus fracasos. Un médico, el que más o el que menos, ha cometido errores en su vida, y los errores, ya se sabe, en esta profesión, a veces tienen funestas consecuencias.

Yo me dedico profesionalmente a manejar papeles, y en mi profesión se escucha con cierta habitualidad un dicho que afirma que «el papel es muy sufrido», como sinónimo de que con una equivocación las consecuencias son asumibles, no muere nadie, aunque por el camino un error en la tramitación de un expediente suponga una merma económica para tu entidad. Sin embargo, en este país nos hemos acostumbrados a malas gestiones administrativas, y no pasa nada si hemos tirado el dinero de todos a la basura, porque a tal o cual político se le ocurrió hacer tres museos en un pueblo de dos mil habitantes, un aeropuerto en el que no aterriza ni una paloma, o un centro cultural mastodóntico en medio de la nada que hoy se cae a trozos.

Es cierto que los fallos de un profesional de la medicina pueden generar la muerte de un paciente, mientras que los errores en la administración suponen sólo, aunque no es poco, perjuicios económicos. Igual que si haces bien tu trabajo en la administración no pasa nada porque es tu trabajo, pero si un cirujano hace bien su trabajo y opera bien, es aplaudido por todos.

En este país, como en otros, la muerte de una persona sigue siendo más grave que haber dilapidado millones de euros, no hay color. No obstante, desde el punto de vista económico, la vida de una persona tiene realmente un precio, lamentablemente no vale lo mismo la vida de un ciudadano español que la de un liberiano, mírese esto con la perspectiva occidental; si muere Miguel Boyer, o un pederasta abusa de una niña, esto tiene más repercusión mediática que las miles de personas que en apenas medio año han muerto en África Occidental; la separación geográfica y mental ejerce una fuerza insuperable, e incluso algo de racismo implícito en la sociedad, pues vemos a un negro tirado en un hospital y no nos conmociona, o vemos a varios negros tirados en la calle asesinados a sangre fría, pero ¡si fueran blancos!, otro gallo cantaría, porque verías allí mismo tu cara reflejada, tú podrías estar allí, lo cual sería intolerable.

Cuando señalo que la vida de una persona tiene un precio, no es una cuestión gratuita, en realidad, los economistas han calculado el precio de la vida de una persona hasta sus últimos días, partiendo de una concepción material, considerando al ser humano como un ente productivo. Si nuestros legisladores consideraran alguna vez el derroche económico, la dilapidación de un capital, las corruptelas, en comparación con la vida de una persona, y que esas personas, en definitiva, habrían matado por equivalencia a otras muchas personas a lo largo de su vida, pues no nos encontraríamos con las ilógicas e injustas situaciones que se dan en nuestra sociedad, es decir, que alguien hurta una tarjeta de crédito y que por necesidad va a comprar a un hipermercado, pero está en la cárcel, y, sin embargo, nuestros políticos corruptos o derrochadores se pasean tan tranquilamente por nuestras ciudades. Piénsese en una reducción al absurdo, cuántas vidas se podrían haber salvado en Sierra Leona con el dinero que se apropió indebidamente el ínclito Bárcenas, dicho lo de la apropiación indebida con evidente sorna.

Por eso y por otras muchas razones en nuestra España de comienzos del siglo XXI están triunfando opciones políticas como Podemos, cuyo mayor éxito es precisamente el de poner en boca de un carismático líder con una oratoria inmaculada lo que cada hijo de vecino ve y pregona cada día con tan solo encender la tele y beber las noticias. Este Pablito Iglesias dice lo que muchos quieren escuchar.

Para los pobres y sufridos médicos estas disquisiciones no existen, están bien pagados, es cierto (no en todos los casos), pero su bienestar siempre pende de un hilo y lo saben. Hace unos años hablé con un conocido mío que ya tenía una cierta trayectoria como médico aunque aún era joven, y coincidíamos en que la medicina es la ciencia de los indicios, y que cuando un paciente llega a una consulta, un profesional se vale de lo que percibe en apenas segundos y de su experiencia, para realizar un diagnóstico. En un grandísimo porcentaje, cercano al 100 %, en las consultas de atención primaria, los médicos ofrecen un diagnóstico acertado y como su especialidad es la medicina general, tienen un amplísimo conocimiento de las enfermedades comunes, y el buen sistema público español, mejorable pero bueno, ofrece la salida rauda de que cuando se necesita una atención más especializada, por la peculiaridad de la enfermedad o su rareza o porque el asunto le ofrece dudas razonables, los médicos derivan a sus pacientes hacia otros núcleos de atención más perfilada y estos a otros, y así sucesivamente como si se tratara de una cadena.

Dicho esto, no es gratuito, y reitero el título de este articulillo, que la profesión médica no es fácil, pues en algunos casos se tienen que enfrentar, incluso al más alto nivel con una serie de síntomas que no cuadran con ninguna enfermedad conocida, y es que el cuerpo humano, estudiado prácticamente desde los albores de la humanidad, sigue siendo hoy día un universo inabarcable y preñado de misterios. Se me viene a la memoria aquella exitosa serie estadounidense «Doctor House», en la que en cada episodio un cualificado equipo médico debatía acerca de la atípica enfermedad (basada en hechos reales, según tengo entendido) que aquejaba a sus pacientes. Del mismo modo, hay que citar los cientos de enfermedades raras que están huérfanas de investigación por la escasa rentabilidad para instituciones y farmacéuticas, y que suelen ser una pesadilla para los equipos médicos que han de acudir a bibliografía, bases de datos (gracias a Dios Internet y los ordenadores hoy día ayudan mucho), comunicaciones corporativas..., para buscar soluciones, a veces parciales, para sus pacientes.

Y la profesión médica no es fácil porque estoy absolutamente convencido de que una buena parte de las enfermedades que padece la gente tienen un importante componente psíquico, y es que cuando alguien sufre una larga enfermedad, ha convivido con ella durante mucho tiempo; esa dolencia deja una mella profunda en el cerebro, uno sufre físicamente pero también su espíritu se deteriora; y los médicos tienen que enfrentarse a pacientes que son, antes que nada, personas con una salud mental debilitada. De la asertividad e inteligencia emocional de nuestros profesionales depende que el paciente salga curado en primera instancia, y me explico, los médicos saben que los primeros segundos son clave para el diagnóstico y resultado final, una sonrisa o una palabra amable hacen tanto o más que expedir una receta. Si has calado en el enfermo de primeras, te puedes dar por convencido de que el efecto de lo dictado en la receta será mayor.

El problema es que no todos los médicos son asertivos, se equivocan en esto aunque no es censurable, y les pasa lo que nos pasa a los que trabajamos de cara al público y, por ende, a la administración en general, que nos cuesta a veces ponernos en el lugar de la otra persona y que hemos de aguantar estoicamente preguntas, algunas absurdas, a las que has respondido muchas veces; para los que quieran adentrarse en esta enfermedad profesional, busquen en Internet el síndrome del quemado o «burnout».

Otras veces, también lo he vivido, a algunos médicos, los menos, aunque estén cansados y hastiados, les falta humanidad y respeto, porque hay gente, familias enteras, que se encuentran en situaciones críticas, auténticos dramas personales y familiares, y que desean cuando menos, que se les trate con dignidad y se encuentran con un tipo hosco, sin cercanía...

Pues eso, que en la profesión médica como en cualquiera otra, hay gente muy simpática y gente muy antipática, y en ese espacio una amplísima gama de colores. Igual que, como en cada profesión, hay magníficos profesionales y menos buenos, y quiero pensar honestamente que médicos malos de los malos, realmente no existen, no tendrían cabida en el sistema y serían fáciles de detectar. Y francamente hay médicos antipáticos que son muy buenos y tienen una prensa regular, y médicos simpatiquísimos y muy buenos profesionales que son jaleados por el personal.

El problema es que a esos médicos poco simpáticos pero con buena praxis, cualquier error por mínimo que sea desencadena una oleada de críticas, y viene al pelo esa tradicional aseveración que dice «una vez maté a un gato y me llamaron matagatos», que es vecina de «cría fama y échate a dormir», y las malas noticias suelen correr más rápido que las buenas, basta con poner los telediarios, alentadas generalmente por personas tóxicas que ya califican mal al que tienen enfrente tan sólo porque no les sonríe o no les mira a la cara.

Tenemos, además, toda una serie de pacientes, tóxicos a más no poder, pero tóxicos en cualquier faceta de sus vidas que se creen investidos de la verdad más absoluta y que califican mal a tal o cual médico porque no les dice lo que quieren oír, porque no le dan el medicamento o el tratamiento que ellos saben que necesitan, porque se creen más listos y capaces que los médicos. Son individuos tóxicos que pululan por las consultas hasta que dan con la tecla de aquel profesional más asertivo que les cambia el tratamiento y medio les convence de que eso es lo idóneo y que lo de atrás no era tan adecuado.

Como también tenemos esos enfermos profesionales, contra los que tienen que lidiar nuestros facultativos, que se dedican como forma de vida a procesionar por consultas, son rémoras del sistema, coleccionistas de enfermedades que no pueden pasar ni una semana sin ver una bata blanca, sin acudir a la farmacia a por el maná, y que como es imaginable cuentan en sus domicilios con una sucursal de cualquier multinacional farmacéutica. Esas personas que tienen todas las enfermedades habidas y por haber, que se jactan de estar siempre enfermos (enfermos de la vida, que no se quieren ni a sí mismos) y cuyo único tema de conversación es su batería de enfermedades y se mosquean si nadie les hace caso o si sale un competidor que dice tener una enfermedad más severa de la suya.

Por otro lado, la fama va por barrios, no siempre es generalizada, cada uno cuenta la película según le ha ido. Con los odontólogos, sin ser necesariamente médicos pero sí del ramo de la salud, ocurre lo mismo, si tú has ido y te han tratado bien lo recomendarás a otros, pero siempre habrá alguien al que no le ha ido bien con ese profesional y es posible que hable pestes del mismo.

Curiosamente pasa algo similar con los ginecólogos, el círculo de afectos trasciende el ámbito privado y se suele hablar generalizadamente de los buenos ginecólogos y los malos ginecólogos, al menos en el ámbito geográfico en el que yo me muevo (Linares y comarca). Además observo una curiosidad y es que en el gremio de la ginecología, por ser una especialidad tan delicada y crítica para las mujeres, la voz corre más que una piedra lanzada desde un acantilado, y esa fama es difícil de revertir; por otro lado, y no sé si esto ocurre en el resto de España, paradójicamente las mujeres prefieren a profesionales de la ginecología jóvenes antes que mayores o lindando con la jubilación, cuando por experiencia estos últimos debieran estar mucho más cualificados.

Sí hay un detalle que observo en la sanidad en general y, en cierto modo, es una pequeña crítica hacia esta profesión médica, a la que admiro y respeto, y es que tal vez por ese hecho que comenté al principio de que tienen en su mano y en sus decisiones la vida de las personas, que salvan vidas, eso les hace tener, a algunos no a todos, un cierto aire de exclusividad, de superioridad si se quiere que, de algún modo, se refleja en la indumentaria que utilizan. ¿Es necesario llevar una bata blanca para ejercer de médico? Probablemente la labor de un médico en un importante porcentaje de las situaciones no difiere en su parte mecánica de lo que hace un trabajador administrativo, está sentado delante de un ordenador y muchas veces no requiere auscultar a su paciente, ni se van a manchar jamás, pero hay que llevar el signo identificador para que los demás sepan que eres médico, y que no eres enfermero, auxiliar o celador, que cada uno lleva su color para que sepamos su nivel. Muchos médicos, sinceramente, necesitan que el mundo los reconozca, es como si tuvieran una imperiosa búsqueda de la eterna gratitud, quizá porque salvan vidas y sea su profesión, ello les da un orgullo extra, un halo especial, eso es loable, pero a veces algunos son inaccesibles y ciertamente engreídos.

Refería más arriba que la profesión médica estaba bien pagada, aunque es claro que esto no es tan tajante. Tenemos lamentablemente un sistema económico global y una organización de la salud en nuestro país que no ha regulado la exclusividad de nuestros profesionales, con lo que tenemos a médicos que trabajan por la mañana en la sanidad pública y por la tarde en su consulta privada. Hasta ahí todo bien, el sistema lo permite y no hay nada que reprochar. Sí que es reprochable el que haya pequeñas corruptelas que todos conocemos, yo lo he vivido en mis carnes, y es que el médico aproveche las facilidades del sistema público para su beneficio privado, como es el hecho de que te adelanten citas para hacerte pruebas médicas (caras) o para recetarte medicamentos, todo ello de cara al seguimiento en sus consultas privadas; esto es sinceramente inaceptable, pero todos colaboramos en esta corruptela porque nos interesa. A determinados médicos les falta honradez.

En el sistema de salud español no gana uno más por ser mejor, es oportunidad, es suerte y es la vida. Seguramente los profesionales peor pagados en relación con su esfuerzo y responsabilidad son los médicos rurales, dedicados en cuerpo y alma a sus pacientes, recorriendo aldeas a través de carreteras de mala muerte. Son el paradigma de la honradez y el sacrificio en la profesión médica, sólo cabe en ellos la confluencia de su sabiduría médica y la psicología, ellos saben más que nadie que vale más una palmada en el hombro que un medicamento.

Por cierto, he hablado de los errores médicos y he sido tremendamente benévolo e indulgente, y que conste que he vivido en mis carnes, en mi propia familia, una negligencia médica mayúscula que nos arrebató de nuestras vidas a una niña de cinco años, era mi sobrina. Fue un error médico evidente, pero también fue un error del sistema. Lo peor de todo es que el médico para salvar su culo se desdijo y se sigue desdiciendo de lo que aquel día terrible ocurrió, y otros lo respaldaron; y lo peor también es que el sistema echó y sigue echando balones fuera, unido ello a un deleznable corporativismo que pretende salvar la cabeza de compañeros y el conjunto del sistema, por aquello de que mañana puede ocurrirme a mí. A todo esto, han pasado varios años y la familia sigue buscando justicia para que haya una satisfacción moral, ya que el Servicio Andaluz de Salud no ha hecho más que defenderse en vez de aceptar la realidad, por el momento se van ganando los juicios, dato inequívoco de que lo que ocurrió fue un cúmulo de errores y negligencias.

Y para terminar una pequeña crítica a esos médicos que se pliegan a la política o directamente forman parte de las estructuras dedocráticas de la administración legalmente amparadas (puestos de libre designación). Debieran más mirar a los criterios médicos por encima de acariciar el lomo de su líder, porque no se explica que se tomen decisiones organizativas atendiendo a la proyección en las urnas, más que a las necesidades sanitarias de la población.

Justo estas últimas semanas lo he podido comprobar por mí mismo, me he tenido que gastar una pasta gansa en una endodoncia porque esto no lo abarca el sistema público de salud, y no puedo tener una boca bonita (me faltan algunas piezas) porque arreglársela y tenerla como los famosos sólo está al alcance de estos. Pero mis problemas de boca son necesarios, he sufrido un dolor de muelas insufrible, sufro halitosis por la deficiente salud de mis «piños» y lo más que hace el sistema es extraerme y no sé con qué rapidez porque ni me lo planteo. A todo esto, me han puesto unas plantillas ortopédicas porque tengo un pequeño espolón calcáneo y cuál fue mi sorpresa cuando el ortopedista me señaló que eso era gratuito. Me parece muy bien esto, aunque yo hubiera preferido que me costearan lo de la boca porque lo veía más necesario, yo no podía ni comer ni vivir, pero sí podía andar.

Suele ser objeto de acaloradas tertulias Andalucía que desde hace bastantes años está subvencionado el cambio de sexo, que me parece muy bien, pero lo de la boca, pues también. Y es que esto no puede ser, que atenciones de este tipo estén cubiertas por el sistema público sanitario y otras no, parecen salidas de mentes de personas con más mala idea que Mourinho después de tres noches en vela y sin haber desayunado.

En definitiva, reitero que la profesión médica es muy compleja y, por supuesto, y a todo esto, no exenta de peligro, y si no que se lo pregunten a esos facultativos que se se han contagiado de la enfermedad de los pacientes a los que han tratado, ¿les suena? Por eso, y pese a los fallos y negligencias existentes y algún que otro cabrón suelto que hay por ahí, respeto muchísimo esta profesión.

viernes, 3 de octubre de 2014

EL KAYAK POLO, UN DEPORTE QUE PIDE SITIO PARA EL FUTURO

Casi de puntillas ha pasado esta noticia por nuestros medios de comunicación y, por ende, ha calado escasamente en el gran público, pero para los que somos aficionados a los deportes minoritarios, no ha caído en saco roto: La selección española masculina de kayak polo ha conseguido la medalla de bronce en los Mundiales que se celebraron la semana pasada y que culminaron el domingo 28 de septiembre en Thury-Harcourt (Francia), hito histórico para nuestro país en competencias de este carácter hasta la fecha.

A esto hay que unir que también participaron en el Mundial nuestra selección femenina absoluta que ocupó la décima posición, y nuestros chavales sub 21 que lograron una meritoria quinta plaza; no hubo participación en la categoría femenina sub 21.

Para los que siguen de forma habitual este blog, tal vez recordarán que refería muy de pasada este deporte con ocasión de una entrada relativa a una competición global denominada Juegos Mundiales. Estos Juegos se celebran cada cuatro años y son la antesala, y esto no es gratuito, de los Juegos Olímpicos. Amparados precisamente por el Comité Olímpico Internacional, en esta cita se agrupan toda una serie de deportes de minorías, que aspiran a ser olímpicos, y ahí ejercitan sus opciones y sus deseos, se dan a conocer, se ofrecen al mundo y muestran la salud de ese deporte y su expansión en los cinco continentes.

Por cierto, que como hito histórico que ha sido para España la consecución de esa medalla de bronce mundialista, lo es también por el hecho de que en nuestras participaciones en esos Juegos Mundiales jamás se había conseguido medalla.

Por otro lado, a pesar de que la historia de los Juegos Mundiales es relativamente reciente, pues se iniciaron en 1981 con una periodicidad de cuatro años, el kayak polo sólo ha estado presente en las últimas tres citas, en Duisburgo (Alemania) 2005, en Kaohsiung (Taiwan) 2009 y en Cali (Colombia) 2013. Y es que aunque la práctica de este deporte, por la propia dinámica de las disciplinas que agrupa, puede haberse desarrollado casi desde que una piragua y una pelota existieron y, de hecho, ya hay antecedentes de que en Gran Bretaña se realizaban competiciones en el siglo XIX; lo cierto es que es un deporte relativamente moderno, oficialmente con apenas un cuarto de siglo de vida, ya que fue a partir de 1990 cuando comienza a extenderse su popularidad, se elabora un reglamento unificado y a los pocos años se organizan las primeras competiciones internacionales.

El kayak polo conjuga el piragüismo, obviamente, y el waterpolo, pero aparejado a ello también un poco de balonmano y hasta de baloncesto. Hay que decir que la potencia que se imprime al lanzamiento de la pelota tiene que ser, desde el punto de vista físico, mayor que en el waterpolo dado que hay más cuerpo fuera del nivel del agua y una mayor superficie sólida de apoyo, por cierto que la pelota con la que se juega es la de waterpolo. Algo de baloncesto tiene, aunque es relativo, básicamente porque la portería, de menores dimensiones que en el waterpolo, está apoyada a dos metros de altura del agua y sus medidas son similares a las de un tablero del baloncesto. En todo caso, el lanzamiento que se realiza suele ser fuerte y lo más cercano posible, aunque a veces se intenta lanzar cuando la portería no está defendida desde lejos y ese lanzamiento colocado y de puntería si tendría algo de baloncesto.

En todo caso, presenciando un partido de kayak polo podemos descubrir la dinámica de este deporte, es un juego rápido y vistoso, con un importante derroche físico (de ahí su duración: dos tiempos de diez minutos cada uno), en el que las estrategias de defensa y ataque se suceden, los unos intentando proteger su portería y poner cuantas más piraguas y palas de pantalla en la trayectoria de los lanzamientos rivales; los atacantes por su parte, intentando romper esos baluartes, introduciéndose en la defensa en posiciones óptimas para realizar un lanzamiento lo más cercano posible, aunque a veces se suceden otros movimientos que pretenden facilitar a un compañero que viene en trayectoria recta hacia la portería para que lance sin oposición. Realmente es mucho más difícil explicarlo que verlo.

Lo verdaderamente identificativo de este deporte es que el balón se lanza con la mano aunque también puede hacerse con la pala, esto último no es normal. Lo lógico es que la pala sirva para acercar el balón, detenerlo, acomodárselo, recogerlo del aire..., y por supuesto para parar los lanzamientos que van a portería. No existe como tal la figura del portero, sino que un jugador de los cinco que componen el equipo en el agua ocupa la posición más cercana y mantiene casi constantemente su pala en vertical para intentar detener los lanzamientos. En los partidos de máximo nivel, los jugadores tienen auténtica pericia en el manejo de la pala, y es como una extensión de sus manos y sus brazos.

A la vista de que los equipos son de cinco jugadores y de la gran movilidad y esfuerzo físico que tienen que derrochar en este deporte, hay otros tres jugadores reservas que se cambian con cierta celeridad para ir dando respiro a sus compañeros.

No podemos decir que sea un deporte de masas, porque efectivamente por el momento es minoritario, al menos en España, pero sí que es muy espectacular y a poco que los que se aficionen cuenten con el equipo, no muy caro por otra parte, y exista algún apoyo de los medios de comunicación, tal como alguna retransmisión, es posible que pueda alcanzar un cierto grado de popularidad.

En España sólo se practica a nivel aficionado, personas que, en primer lugar, son o han debido competir en piragua y que han visto una interesante y lúdica alternativa para hacer deporte y competir de una forma diferente, de manera colectiva y en espacios limitados. En otros países tales como Alemania, Francia, Holanda o Gran Bretaña este deporte tiene gran predicamento y, en algunos casos, hay un cierto profesionalismo.

En nuestro país hay varios puntos en la geografía patria donde se practica, existiendo una competición nacional que para evitar un gran desembolso económico se desarrolla mediante el formato de concentraciones.

Resulta muy ilustrativo ver algunos partidos que, como he referido antes, son de apenas veinte minutos, y podremos comprobar su vistosidad. Del mismo modo, un visionado de esta disciplina deportiva nos permitirá igualmente descubrir en qué puntos del planeta se practica, pues no sólo se concentra su práctica en Europa, sino en otros lugares más exóticos y, de paso, podremos comprobar los distintos escenarios donde se practica: piscinas, lagos, embalses..., cualquier sitio donde existan aguas tranquilas para delimitar un espacio de juego de 35 metros de largo por 23 de ancho.

Por último, hay que señalar que en España hemos adoptado el nombre de kayak polo para este deporte, pero en otros países se denomina canoe polo o simplemente canupolo. Así que para aquel que quiera adentrarse en este nuevo y pujante deporte no tiene más que pinchar en la Red y disfrutar con algún partidito.

Si este deporte va a seguir creciendo para poder aspirar alguna vez a ser olímpico es una incógnita, desde luego, no lo será a corto plazo, pero quién sabe lo que nos depara el futuro y si tal vez este deporte desbanca a otros que actualmente consideramos históricos y tradicionales.